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Nuestra Señora de las Golondrinas - Marguerite Yourcenar

El monje Therapion había sido en su juventud el discípulo más fiel del gran Atanasio; era brusco, austero, dulce tan sólo con las criaturas en quienes no sospechaba la presencia de los demonios. En Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en Bizancio había confesado a los Emperadores: había venido a Grecia obedeciendo a un sueño, con la intención de exorcizar a aquella tierra aún sometida a los sortilegios de Pan. 

Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los campesinos, cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar en su lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los falos erigidos en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los dioses de arcilla escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los manantiales. 

Se había construido con sus propias manos una estrecha cabaña a orillas del Cefiso, poniendo gran cuidado en no emplear más que materiales bendecidos. 

Los campesinos compartían con él sus escasos alimentos y aunque aquellas gentes estaban macilentas, pálidas y desanimadas, debido al hambre y a las guerras que les habían caído encima, Therapíon no conseguía acercarlos al cielo. 

Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido de oro como un sol naciente, mas su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades que viven en los árboles o emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches depositaban, al pie del plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la única cabra que les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los macizos de árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de tomillo y miel. 

Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida figura y sustancia reales. 

Veíanse las huellas de sus pasos en la greda de sus fuentes, y la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el espejo de las rocas. Incluso sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese todavía en la viga mal pulida que sostenía el techo y, por la noche, se la oía quejarse o cantar. 

Casi todos los días se perdía alguna cabeza de ganado, a causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y hasta meses más tarde no lograban encontrar el montoncito que formaban sus huesos. 

Las Malignas cogían a los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde de los precipicios; sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se tragaba los pesados cuerpecillos de los niños. 

O bien alguno de los muchachos jóvenes que les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con la muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial. 

Cuando ocurrian estos desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques donde se escondían aquellas Malditas, pero los campesinos continuaban amando a las frescas hadas casi invisibles y les perdonaban sus fechorías igual que se le perdona al sol cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto hace sufrir. 

El monje las temía como a una banda de lobas, y le producían tanta inquietud como un rebaño de prostitutas. Aquellas caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las noches sentía en su rostro su aliento caliente como el de un animal a medio domesticar que rondase tímidamente por la habitación. Si se aventuraba por los campos, para llevar el viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote caprichoso v entrecortado de aquellas cabras jóvenes. 

Cuando, a pesar de sus esfuerzos, terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle inocentemente de la barba. No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo, ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a ser muy bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las culebras. 

No obstante, lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda la sabiduría de Dios, que ha creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales, como si la creación no fuera sino un juego maléfico con el que El se complaciese. 

Una mañana, los aldeanos encontraron a su monje serrando el plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por una parte, temían la venganza de las hadas ‑que se marcharían llevándose consigo fuentes y manantiales‑, y por otra parte, aquel plátano daba sombra a la plaza, en donde acostumbraban a reunirse para bailar. 

Mas no hicieron reproche alguno al santo varón, por miedo a malquistarse con el Padre que está en los cielos y que suministra la lluvia y el sol. Se callaron, y los proyectos del monje Therapion contra las Ninfas viéronse respaldados por aquel silencio.

Ya no salía nunca sin coger antes dos pedernales, que escondía entre los pliegues de su manga, y por la noche, subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por los campos desiertos, prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía ocultar a unas diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un llanto de oro. 

Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse con sus compañeras, inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, el santo monje se regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal. 

Plantaba cruces por todas partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de aquel sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada vez más amplia de silencio y de soledad. 

Pero la lucha proseguía pie tras pie por las primeras cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas de espinas y sus piedras resbaladizas, haciendo muy dificíl desalojar de allí a los dioses. 

Finalmente, envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la ausencia de ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes del pueblo se apartaban de ellas, las Ninfas buscaron refugio en un vallecito desierto, donde unos cuantos pinos negros plantados en un suelo arcilloso recordaban a unos grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras la tierra roja y moviesen por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. 

Los manantiales que por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto fríos para atraer a lavanderas y pastores. Una gruta se abría a mitad de la ladera de una colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar pasar un cuerpo. 

Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las noches en que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos los animales del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las noches sin luna. 

Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez en aquella caverna, con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y no cesaban de alabar aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas tinieblas, y aquellas cabelleras que se adivinaban, más que se palpaban. 

Para el monje Therapion, aquella gruta escondida en la ladera de la peña era como un cáncer hundido en su propio seno, y de pie a la entrada del valle, con los brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, oraba al cielo para que le ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de los dioses. 

Poco después de Pascua, el monje reunió una tarde a los más fieles y más recios de sus feligreses; les dio picos y linternas; él cogió un crucifijo y los guió a través del laberinto de colinas, por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar aquella noche oscura. 

El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados. En la sombra opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales. Un tenue ruido palpitaba, dulce como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas dormidas, que soñaban con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no existía el hombre y en que la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y a los dioses. 

Los aldeanos encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a quemar la roca; el monje les ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras. A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita. Los muros aún no se habían secado, el tejado no estaba puesto todavía y faltaba la puerta, pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no intentarían escapar atravesando el lugar santo, que él ya había consagrado y bendecido. 

Para mayor seguridad había plantado al fondo de la capilla, allí donde se abría la boca de la gruta, un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro brazos desiguales, y las Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante aquella imagen del Ajusticiado. 

Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las cautivas sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le decían que ‑en caso de que les permitiera huir‑ lo amarían. 

Continuaron los trabajos durante todo el día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por las piedras, y se oyeron toses y gritos roncos parecidos a las quejas de los animales heridos. Al día siguiente colocaron el tejado y lo adornaron con un ramo de flores; ajustaron la puerta y la cerraron con una gruesa llave de hierro. 

Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al pueblo, pero el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado edificar y, durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron deliciosamente dormir. 

No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su hábito, pero en aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber emparedado, entre dos ladrillos, un nido de víboras.

Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y embadurnaron con ella la capilla, por dentro y por fuera; adquirió el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el seno de la roca. Dos lugareños menos miedosos que los demás se aventuraron dentro de la gruta para blanquear sus paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las fuentes y la miel de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y de sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas. 

Las Ninfas, muy débiles, no tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía adivinarse aquí y allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída, dos frágiles manos suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo. 

O asimismo, de cuando en cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus gruesos dedos blancos de cal, los aldeanos sentían huir una cabellera suave y temblorosa como esos culantrillos que crecen en los sitios húmedos y abandonados. 

El cuerpo deshecho de las Ninfas se descomponía en forma de vaho, o se preparaba a caer convertido en polvo, como las alas de una mariposa muerta; seguían gimiendo, pero había que aguzar el oído para oír aquellas débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban. 

Durante toda la noche siguiente el monje Therapion continuó montando su guardia de oración a la entrada de la capilla, como un anacoreta en el desierto. Se alegraba de pensar que antes de la nueva luna las quejas habrían cesado y las Ninfas, muertas ya de hambre, no serían más que un impuro recuerdo. 

Rezaba para apresurar el instante en que la muerte liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas a pesar suyo, y se avergonzaba de su debilidad. Ya nadie subía hasta donde él estaba; el pueblo parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos pinos y un sendero casi tapado por las agujas de oro. Sólo oía los estertores de las Ninfas, que iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus propias oraciones. 

En la tarde de aquel día vio venir por el sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la cabeza baja, un poco encorvada; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz misteriosa se abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la noche sobre la mañana. 

Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas maduras y a la de la flor perfumada. Al pasar por delante de la capilla miró atentamente al monje, que se vio turbado en sus oraciones.

‑Este sendero no lleva a ninguna parte, mujer ‑le dijo‑. ¿De dónde vienes?

 ‑Del Este, como la mañana ‑respondió la joven‑. ¿Y qué haces tú aquí, anciano monje?

‑He emparedado en esta gruta a las Ninfas que infestaban la comarca ‑dijo el monje‑, y delante de su antro he edificado una capilla. Ellas no se atreven a atravesarla para huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios. Estoy esperando a que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto suceda, la paz de Dios reinará en los campos.

‑¿Y quién te dice que la paz de Dios no se extiende también a las Ninfas lo mismo que a los rebaños de cabras? ‑respondió la joven‑ ¿No sabes que en tiempos de la Creación, Dios olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se instalaron en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas? Y otros se instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos. No exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices tampoco de Su Obra. Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber creado a Diana y a Apolo.

‑Mi espíritu no se eleva tan alto ‑dijo humildemente el monje‑. Las Ninfas importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el Infierno.

‑Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado monje ‑dijo sonriendo la joven‑. Pero ¿no puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus feligreses?

Su voz era dulce, como la música de una flauta. El monje, inquieto, agachó la cabeza. La joven le puso la mano en el hombro y le dijo con gravedad:
‑Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio. En una gruta traje yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo confié sin temor a la Muerte, con el fin de que naciera por segunda vez en su Resurrección.

El anacoreta se apartó para dejarla pasar. Sin vacilar, se dirigió ella a la entrada de la caverna, escondida detrás del altar. La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con cuidado, como un objeto familiar, y se introdujo en el antro.

Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún más agudos, un piar de pájaros y roces de alas. La joven hablaba con las Ninfas en una lengua desconocida, que acaso fuera la de los pájaros o la de los ángeles. Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del monje, que no había parado de rezar.

‑Mira, monje... ‑le dijo‑. Y escucha...

Innumerables grititos estridentes salían de debajo de su manto. Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas. Abrió ampliamente los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los pájaros. Luego dijo, con una voz tan clara como el sonido del arpa:
‑Id, hijas mías...

Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables. El anciano y la joven las siguieron un instante con la mirada, y luego la viajera le dijo al solitario:

 ‑Volverán todos los años, y tú les darás asilo en mi iglesia. Adiós, Therapion.

Y María se fue por el sendero que no lleva a ninguna parte, como mujer a quien poco importa que se acaben los caminos, ya que conoce el modo de andar por el cielo. 

El monje Therapion bajó al pueblo y al día siguiente, cuando subió a decir misa en la capilla, la gruta de las Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas. Volvieron todos los años y se metían en la iglesia, muy ocupadas en dar de comer a sus pequeñuelos o consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje Therapion interrumpía sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores y sus juegos, pues lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las golondrinas.

Protectores de la historia - Cubillo Steven

 Aquellos guerreros se formaban en filas perfectas, uno a uno, se les veía de tan variados tamaños y colores. Algunas bestias jóvenes, pero no por eso menos astutas, relucían su piel brillante e innovadores conocimientos, otras, tan viejas como el mismo mundo, se mantenían quietas con apariencia de sabios; en sus envejecidos lomos de cuero caminaban sin cuidado algunas polillas que les habitaban.

Todos estaban ahí con una sola misión: proteger con sus corazas la historia. Eran llamados los guardianes de la sabiduría, y al servicio de los humanos defendían con su vida todos los conocimientos registrados hasta el momento.

Dejaban pasar solo a aquellos que con sed de sabiduría tuvieran las agallas de sumergirse en nuevos horizontes.

Se decía que tras ellos se ocultaban universos colosales, portales místicos a otras realidades y las respuestas a casi todas las dudas humanas, pero lo más impresionante es que tras su conocimiento estaba el don de no cometer los mismos errores del pasado.

Pero por alguna razón tenían enemigos que querían deshacerse de ellos y alzando una cruz de oro, dedicaban su vida a cazarlos; hombres incultos con sotanas negras que se enfrentaban a las bestias, las rebuscaban por todo el planeta con la única misión de destruir el conocimiento.

Miles ardieron con el fuego. Pero no pudieron con todos, tenían la batalla perdida, porque siempre habrá uno de ellos para proteger la historia, siempre habrá un libro donde habite un hombre.

Escapar por los Pelos - Lord Dunsany

Ocurrió bajo tierra.
En aquella malsana y húmeda cueva bajo Belgrave Square las paredes goteaban. Mas ¿qué le importaba eso al mago? lo que necesitaba era discreción, no sequedad. Allí sopesó la marcha de los acontecimientos, determinó destinos y urdió brebajes mágicos.
Durante los últimos años, la serenidad de sus reflexiones se había visto perturbada por el ruido del autobús. Entre tanto, a su fino oído llegaba a lo lejos el estruendo y la convulsión del tren subterráneo bajando Sloane Street; y lo que oía del mundo que
tenía por encima de su cabeza no decía mucho a su favor.
Un atardecer, allá abajo en su oscura y maloliente cámara con su horrible pipa, decidió que Londres había vivido ya demasiado, había desaprovechado sus oportunidades; en resumidas cuentas, había llevado demasiado lejos su civilización. Así es que decidió
destruirla.
Por consiguiente, hizo señas a su acólito desde el extremo cubierto de maleza de la caverna y dijo: "Tráeme el corazón del sapo que mora en Arabia junto a las montañas de Bethany". El acólito se escabulló por una puerta oculta, dejando a tan torvo anciano
con su espantosa pipa; y adónde se fue o por qué camino volvió, sólo lo saben los gitanos. Mas al cabo de un año estaba de nuevo en la caverna, después de haberse introducido en secreto por el escotillón mientras el anciano fumaba, trayendo consigo una pequeña cosa carnosa que se descomponía dentro de un cofre de oro macizo.

–¿Qué es eso? –gruñó el anciano.

–Es –respondió el acólito– el corazón del sapo que mora en Arabia junto a las montañas de Bethany.

Los retorcidos dedos del anciano se aferraron al cofre, mientras bendecía al acólito con voz áspera y levantaba una mano que parecía una garra; el autobús rodaba por encima de sus cabezas en su interminable trayecto; a lo lejos, el tren sacudió Sloane Street.

–Ven –dijo el anciano mago–, ya va siendo hora.

E inmediatamente abandonaron ambos la caverna cubierta de maleza, llevando el acólito un caldero, un atizador de oro y todo lo necesario, y salieron afuera a la luz. Y el anciano presentaba un aspecto maravilloso con su gorra y su chaquetilla de jockey.
Su meta era las afueras de Londres. El anciano caminaba delante a grandes zancadas y el acólito corría tras él, y había algo mágico en el paso del solitario anciano, sin contar su maravillosa vestimenta, en el caldero, en la varita, en el apresurado acólito y en el pequeño atizador de oro.
La chiquillería se mofó hasta llamar la atención del anciano. La extraña procesión de dos siguió atravesando Londres a una velocidad que imposibilitaba su seguimiento. Allá arriba las cosas parecían peor que en la caverna, y cuanto más avanzaban en
dirección a las afueras de Londres, tanto peor encontraban a la ciudad.

–Ya va siendo hora –dijo el anciano–, no hay duda.

Y de esta manera llegaron finalmente a las afueras de Londres y a una pequeña colina desde la que se observaba una lúgubre vista. Era tan desagradable que el acólito echó de menos la caverna, a pesar de ser malsana y húmeda y estar poseída por las terribles sentencias que el anciano profería mientras dormía.
Ascendieron la colina y dejaron el caldero en el suelo; luego, metieron dentro todo lo necesario, encendieron un fuego con hierbas que ningún boticario vendería ni ningún jardinero decente cultivaría, y finalmente removieron el caldero con el atizador de oro.
El mago reservó una parte, refunfuñando; luego, volvió a acercarse al caldero a grandes zancadas y, cuando todo estuvo listo, abrió de pronto el cofre y dejó que la cosa carnosa se cociera.
Después hizo sortilegios y levantó los brazos. Cuando los vapores del caldero penetraron en su mente dijo cosas horribles que antes no sabía y utilizó espantosas runas que hicieron chillar al acólito; maldijo a Londres, desde su bruma hasta sus minas de marga, desde el cenit al abismo, autobuses, fábricas, parlamento, gente.

–Dejemos que todo esto perezca –dijo– y Londres desaparecerá; dejemos que desaparezcan las líneas de tranvías, los ladrillos y el pavimento, usurpadores del campo por demasiado tiempo, y volverán las liebres salvajes, la zarzamora y la gavanza.

–Dejemos que desaparezcan –siguió diciendo–, que desaparezcan ahora, que desaparezcan completamente.

En medio de aquel silencio momentáneo el anciano tosió, luego esperó con ojos ansiosos; y el gran murmullo de Londres zumbó como siempre lo ha hecho desde que se establecieron junto al río las primeras chozas de carrizo, cambiando a veces de tono pero sin dejar de zumbar noche y día, aunque con voz quebrada por los años; y así continuó.
Y el anciano se volvió en redondo hacia su tembloroso acólito y le dijo con voz terrible mientras se hundía bajo tierra:
"¡NO ME TRAJISTE EL CORAZÓN DEL SAPO QUE MORA EN ARABIA JUNTO A LAS MONTAÑAS DE BETHANY!".

El cuenco de cobre - George Fielding Eliot

Yuan Li, el mandarín, se recostó en su sillón de palisandro y habló sin alzar la voz:

—Está escrito que un buen servidor es un don de los dioses, mientras que uno malo...

El alto y corpulento hombre que permanecía humildemente en pie ante la figura enfundada en una túnica y sentada en su sillón, hizo tres reverencias apresuradas y sumisas.

A pesar de que iba armado y de que le consideraban un hombre valiente, el miedo brilló en sus ojos. Podría haber quebrado al menudo mandarín de rostro lampiño doblándolo sobre su rodilla, y sin embargo...

—Diez mil perdones, ¡oh magnánimo! —le dijo—. Lo he hecho todo obedeciendo vuestra honorable orden de no matar al hombre ni causarle una lesión permanente... He hecho todo cuanto he podido, pero...

— ¡ Pero no habla! — murmuró el mandarín —. ¿Y me vienes con el cuento de que has fracasado? ¡No me gustan los fracasos, capitán Wang!

El mandarín jugueteó con un pequeño cortaplumas que estaba sobre la mesita baja, a su lado. Wang se estremeció.

—Bien, pase por esta vez —dijo el mandarín al cabo de un momento. Wang exhaló un hondo suspiro de alivio, y el mandarín esbozó una sonrisa tenue y huidiza—. No obstante —añadió—, nuestra tarea todavía ha de llevarse a cabo. Tenemos al hombre..., y él tiene la información que necesitamos. Sin duda, ha de haber algún sistema para que hable. El servidor ha fracasado y ahora debe probar el amo. Tráeme al hombre.

Wang hizo una reverencia y se marchó apresuradamente.

El mandarín permaneció sentado en silencio, mirando a través de la amplia y soleada sala a una pareja de aves cantoras en una jaula de mimbre que colgaba al lado de la ventana más alejada. Entonces, hizo un breve y satisfecho gesto de asentimiento, y tocó una campanilla de plata que estaba sobre la mesa bellamente taraceada.

Al instante, entró un servidor vestido con una túnica blanca, se acercó con pasos silenciosos e inclinó la cabeza, esperando la venia de su amo. Yuan Li le dio unas órdenes rápidas e incisivas.

Apenas se había ido el hombre de la túnica blanca, cuando Wang, el capitán de la guardia del mandarín, entró de nuevo en la espaciosa estancia.

—El prisionero, ¡oh magnánimo! —anunció.

El mandarín hizo un ligero movimiento con su fina mano; Wang Li gritó una orden y, escoltado por dos guardianes musculosos y semidesnudos, entró un hombre de baja estatura, macizo, descalzo y vestido tan sólo con una camisa andrajosa y unos pantalones caqui, pero cuyos ojos azules, bajo la masa de su pelo desgreñado, miraron directamente, sin temor, a Yuan Li.

¡Un hombre blanco!

— ¡Ah, el excelente teniente Fournet! —dijo Yuan Li, con su tono sosegado, en un francés impecable—. ¿Todavía obstinado?

Fournet le maldijo vivamente en francés y en tres dialectos chinos.

—¡Pagarás por esto, Yuan Li! —terminó diciendo—. ¡No creas que tus brutos asquerosos pueden someter a un oficial francés a la tortura de los nudillos y otros procedimientos diabólicos, y salir indemnes!

Yuan Li jugueteó con su cortaplumas, sonriendo.

—Me amenaza usted, teniente Fournet —respondió—, pero sus amenazas son como pétalos de rosa impulsados por la brisa matinal. A menos, claro está, que regrese a su puesto para hacer un informe.

—¡Maldito seas! —exclamó el prisionero—. ¡No hace falta que lo intentes! ¡Sabes muy bien que no puedes matarme! Mi comandante conoce mis movimientos a la perfección, ¡y llamará a tu puerta con una compañía de la Legión a su espalda si no me presento mañana a la hora de diana!

Yuan Li sonrió de nuevo.

—Sin duda..., pero aun así tenemos la mayor parte del día por delante. Mucho es lo que puede conseguirse en una tarde y una noche.

Fournet soltó otro juramento.

—Puedes torturarme, pero sabes tan bien como yo que no te atreverás a matarme o lesionarme de tal manera que no pueda volver a Fort Deschamps. Por lo demás, haz lo que quieras, ¡bruto de piel amarilla!

—¡Vaya, un desafío! —exclamó el mandarín—. ¡Pues bien, teniente Fournet, recojo su guante! Mire, lo que necesito de usted es que me informe del número de efectivos y la situación de su puesto de avanzada en el río Mephong. De modo que...

—De modo que tus malditos bandidos, cuyos asesinatos y rapiñas te permiten vivir aquí revolcado en el lujo, puedan atacar el fuerte alguna noche oscura y abrir la ruta del río a sus embarcaciones. Te conozco, Luán Yi, y conozco tu oficio, ¡mandarín de ladrones! El gobernador militar de Tonkin envió aquí un batallón de la Legión Extranjera para tratar con la gente como tú y restaurar la paz y el orden en la frontera, ¡no para ceder ante amenazas infantiles! Ése no es el sistema de la Legión, deberías saberlo. Lo mejor que puedes hacer es rendirte, o te aseguro que dentro de quince días tu cabeza se pudrirá sobre la puerta norte de Hanoi, como una advertencia para otros que pudieran seguir tu mal ejemplo.

La sonrisa del mandarín no se alteró, aunque sabía bien que la amenaza no era vana. Con los tiradores tonquineses, incluso con la infantería colonial, podía hacer algún progreso, pero aquellos legionarios tres veces malditos eran diablos del mismo infierno. Y él, Yuan Li, que había gobernado como rey en el valle del Mephong y a quien media provincia china y muchos kilómetros cuadrados del Tonkin francés pagó humildemente tributo, sentía que su poderoso trono se tambaleaba bajo él. Pero le quedaba una esperanza: río abajo, más allá de los puestos de avanzada franceses, había barcos cargados de hombres y el botín de una docena de pueblos, el saqueo de mayor éxito de todos los que había ordenado. Si llegaban aquellos barcos, si sus hombres regresaban (y eran los mejores) y ponía sus manos en el botín, quizá podría hacerse algo. Oro, joyas, jade..., y aunque los soldados de Francia eran terribles, había en Hanoi ciertos funcionarios civiles que no eran indiferentes a esas cosas. Pero en las orillas del Mephong, como si conocieran sus esperanzas, la Legión Extranjera había establecido un puesto de avanzada. Tenía que saber exactamente dónde estaba y cuáles eran sus fuerzas, pues hasta que ese puesto junto al río no desapareciera, los barcos nunca podrían llegar hasta él.

Y ahora, el teniente Fournet, oficial del estado mayor del comandante, había caído en sus manos. Durante toda la noche, los torturadores habían razonado con el joven y testarudo normando, y no le habían dejado ni un minuto durante la mañana. No le habían dejado ninguna marca, ni roto hueso alguno, ni siquiera le habían producido un corte o un moratón. ¡Pero hay otras maneras! Fournet se estremeció de nuevo al pensar en lo que había padecido durante aquella noche y aquella mañana que le parecieron eternas.

Para Fournet, su deber era lo primero; para Yuan Li, que Fournet hablara era cosa de vida o muerte. Para ello, el mandarín había tomado unas medidas que ahora se acercaban a su ejecución.

No se atrevía a utilizar un método extremo con Fournet, pues la justicia francesa aún no podía conectar al mandarín Yuan Li con los bandidos del Mephong.

Quizá tuvieran sospechas, pero no podían probar nada, y un ultraje como la muerte o la mutilación de un oficial francés en su propio palacio era más de lo que Yuan Li se atrevía a intentar. En aquellos días veraniegos caminaba realmente sobre una fina capa de hielo, y lo hacía con cautela.

Sin embargo, había tomado ciertas medidas.

—Tengo la cabeza segura sobre los hombros —replicó a Fournet— . No creo que llegue a decorar vuestras puertas clavada de una pica. Así pues, ¿no vas a hablar?

— ¡Desde luego que no!

Las palabras del teniente Fournet eran tan firmes como su mandíbula.

—Claro que lo harás. ¡Wang!

—¡Sí, magnánimo!

—Otros cuatro guardias. Asegurad al prisionero.

Wang dio una palmada.

Al instante, otros cuatro hombres semidesnudos entraron en la sala; dos de ellos se arrodillaron y cogieron a Fournet de las piernas; otro rodeó con sus musculosos brazos la cintura del teniente y el último permaneció al lado, con un garrote en la mano, como reserva en caso de..., ¿qué?

Los dos primeros guardianes seguían aferrando los brazos de Fournet.

Ahora, cogido por tantas y tan poderosas manos, estaba inmóvil, totalmente impotente, como una estatua viviente.

Yuan Li, el mandarín, volvió a sonreír. Quien no le conociera habría pensado que su sonrisa reflejaba una ternura infinita, una compasión divina.

Hizo sonar una campanilla que estaba a su lado.

Inmediatamente, por la puerta más alejada, entraron dos servidores que conducían a una persona cubierta por un velo, una mujer vestida con ropas oscuras.

A una orden de Yuan Li, ásperas manos apartaron el velo a un lado, revelando, extenuada entre los impasibles servidores que la sujetaban, a una encantadora muchacha de apenas veinte años, morena y esbelta, con los grandes y tiernos ojos de un corzo, ojos que se abrieron de súbito al ver al teniente Fournet.

—¡Lily! —exclamó el militar, y sus cinco guardianes le sujetaron con fuerza mientras se debatía—. ¡Maldito demonio! —le gritó a Yuan Li —. Si le tocas a esta muchacha un solo pelo, te juro por la santa Virgen de Yvelot que te asaré vivo en las llamas de tu propio palacio. Dios mío, Lily, ¿cómo...?

—Es muy sencillo, mi querido teniente —le interrumpió la sedosa voz del mandarín—. En el norte de Tonkin, todo criado doméstico es uno de mis espías y, naturalmente, sabíamos que usted le tenía afecto a esta mujer. Por eso, cuando supe que se mostraba usted obstinado bajo las pequeñas atenciones de mis hombres, pensé en ir a buscarla. El bungalow de su padre no está lejos del fuerte; como usted sabe, incluso se encuentra en territorio chino. Así que la tarea no resultó difícil. Y ahora...

—¡André! ¡André! —gritó la muchacha, debatiéndose a su vez para zafarse de los servidores—. Sálvame, André. Estos bestias...

—No temas, Lily —replicó André Fournet—. No se atreverán a hacerte daño, igual que a mí. Fanfarronean.

—¿Lo ha considerado bien, teniente? —preguntó el mandarín en tono suave—. Usted, naturalmente, es un oficial francés. El brazo de Francia, que es un brazo largo y que no perdona, se estirará para coger a sus asesinos. No quieran los dioses que ese brazo me alcance, a mí y a los míos. Pero esta muchacha, ¡ah, es diferente!

—¿Diferente? ¿Qué quiere decir? Esta muchacha es una ciudadana francesa.

—Creo que no, mi buen teniente Fournet. Es cierto que en sus tres cuartas partes tiene sangre francesa, pero su padre es medio chino, y es un ciudadano de China. Ella reside en este país... Me temo que la justicia francesa no estará dispuesta a vengar su muerte con tanta prontitud como la de usted. En cualquier caso, es un riesgo que pienso correr.

La sangre de Fournet pareció helársele en las venas. ¡El sonriente demonio tenía razón! Lily, su encantadora y blanca Lily, cuya única señal de sangre oriental era la oblicuidad tan atractiva de sus grandes ojos, no tenía derecho a la protección de la tricolor.

¡Señor, qué posición la suya! Tenía que elegir entre traicionar a su bandera, su regimiento, sus camaradas, todos los cuales morirían, o ver a su Lily asesinada ante sus propios ojos.

—Bien, teniente Fournet, creo que ahora nos entendemos —siguió diciendo Yuan Li, tras una breve pausa para que todo el horror de la situación embargara el alma del prisionero—. Supongo que ahora será capaz de recordar los datos de ese puesto avanzado...

Fournet miró al hombre en tenso silencio, pero las palabras habían proporcionado a la sagaz Lily una clave de la situación, que al principio apenas había comprendido.

— ¡ No, no, André, no se lo digas! — gritó —. ¡ Prefiero morir a que seas un traidor! Mira, estoy dispuesta.

Fournet echó atrás la cabeza, recuperada su vacilante resolución.

—¡Esta muchacha hace que me avergüence! ¡Mátala si debes hacerlo, Yuan Li, y si Francia no la venga, yo lo haré! ¡Pero no seré un traidor!

—No creo que ésa sea su última palabra, teniente —susurró entonces el mandarín—. Si fuera a estrangular a la chica, sí, quizá. Pero primero debe gritar pidiéndole ayuda, y cuando usted oiga gritar en su agonía a la mujer que ama, quizá entonces olvidará esos nobles gestos heroicos.

Volvió a batir palmas, y de nuevo unos silenciosos servidores entraron en la sala. Uno de ellos llevaba un braserillo con carbones encendidos; otro sostenía una pequeña jaula de gruesa tela metálica, dentro de la cual algo se movía horriblemente, y un tercero llevaba un cuenco de cobre con asas a cada lado, al que estaba adherida una faja de acero que brillaba a la luz del sol.

A Fournet se le erizó el vello de la nuca. ¿Qué horror les esperaba ahora? Algo en su interior le advertía de que lo que iba a ocurrir sería tan maligno que ningún hombre mortal podría concebirlo. Los ojos del mandarín parecieron brillar súbitamente con fuegos infernales. ¿Era realmente un hombre o un demonio?

Tras una áspera palabra en algún dialecto de Yunnan que Fournet desconocía, los sirvientes tendieron a la muchacha en el suelo, con los brazos y las piernas extendidos, en una postura de penoso desamparo, sobre una magnífica alfombra con el dibujo de un pavo real.

Otra palabra de los delgados labios del mandarín y desgarraron ásperamente las ropas de la parte superior del cuerpo de la muchacha. Yacía blanca y silenciosa sobre la espléndida alfombra, sus ojos todavía fijos en los de Foumet: guardaba silencio para que sus palabras no destruyeran la resolución del hombre al que amaba.

Fournet se debatía furiosamente con sus guardianes, pero eran cinco hombres fuertes y le tenían bien sujeto.

— ¡Recuerda, Yuan Li! —jadeó—. ¡Pagarás por esto! ¡Maldita sea tu alma amarilla!

El mandarín hizo caso omiso de la amenaza.

—Adelante —les dijo a los servidores—. Observe cuidadosamente lo que estamos haciendo, Monsieur le Lieutenant Fournet. Verá primero que atan las muñecas y los tobillos de la muchacha a postes y muebles pesados, adecuadamente colocados para que no pueda moverse. ¿Se pregunta usted por la resistencia de la cuerda, por el número de vueltas que le damos para sujetar a una persona tan frágil? Le aseguro que serán las necesarias. Bajo el cuenco de cobre, he visto a un débil viejo liberar su muñeca de una cadena de hierro.

El mandarín hizo una pausa; ahora la muchacha estaba tan bien atada que apenas podía mover un músculo de su cuerpo.

Yuan Li contemplaba los preparativos.

—Bien hecho —aprobó—. Sin embargo, si libera alguno de sus miembros, el hombre que se lo haya atado sufrirá una hora bajo las varas de bambú. ¡Ahora, el cuenco! Dejadme verlo.

Tendió una mano delgada. Un sirviente le ofreció respetuosamente el cuenco, con su colgante faja de acero flexible. Fournet, que observaba con los ojos rebosantes de temor, vio que la faja tenía un cierre, adaptable a diversas posiciones. Era como un cinturón, una correa.

—Muy bien —asintió el mandarín, haciendo girar el objeto entre sus dedos, casi acariciándolo—. Pero me estoy adelantando, quizá el teniente y la joven no están familiarizados con este pequeño dispositivo. Permítanme que se lo explique, o más bien que se lo demuestre. Coloca el cuenco en su sitio, Kan-Su. No, no, esta vez sólo el cuenco.

Otro servidor que se había adelantado, regresó a su rincón. El hombre llamado Kan-Su cogió el cuenco, se arrodilló al lado de la muchacha, pasó la faja de acero por debajo de su cuerpo y situó el cuenco, con el fondo hacia arriba, sobre su abdomen desnudo, tirando del cinto hasta que el borde del recipiente apretó la suave carne. Entonces, accionó el cierre, haciendo así que el cuenco quedara firmemente en su lugar mediante la correa de acero adherida a las asas y que rodeaba la cintura de la muchacha. El sirviente se levantó y, cruzado de brazos, permaneció en silencio.

Fournet se estremeció de horror. Durante todo este tiempo Lily no había dicho una sola palabra, aunque el apretado cinto y la presión del borde circular del cuenco debían de haberle causado considerable dolor.

Pero ahora habló, y lo hizo con valentía.

—No cedas, André —le dijo—. Puedo soportarlo. No me..., ¡no me duele!

—¡Dios! —gritó André Fournet, que en vano continuaba debatiéndose contra las manos amarillas que le atenazaban.

—¡No duele! —El mandarín repitió las últimas palabras de la muchacha—. Bueno, quizá no, pero de todos modos se lo quitaremos. Debemos ser misericordiosos.

A su orden, el servidor levantó el cuenco y la correa. Un círculo de un color rojo intenso apareció en la piel blanca del vientre de la muchacha, allí donde había descansado el borde.

—Me temo que siguen sin comprender, Mademoiselle y Monsieur —siguió diciendo el mandarín—. Ahora hemos de aplicar el cuenco de nuevo, y cuando lo hagamos, pondremos en su interior... ¡Esto!

Con un rápido movimiento del brazo, arrebató del sirviente que estaba en el rincón la jaula metálica, y la alzó para que le diera la luz del sol.

Las miradas de Fournet y Lily se fijaron horrorizadas en la jaula, pues en su interior, que ahora veían claramente, se movía una gran rata gris, una rata bigotuda, de ojos como cuentas de vidrio, inquieta, escabrosa, sus blancos dientes en forma de cincel brillantes a través de la tela metálica.

—Dieu de Dieu! —exclamó Fournet.

La mente del oficial francés se negaba a comprender el pleno significado del terrible destino que le esperaba a Lily; sólo podía mirar al inquieto roedor, mirar y mirar...

—Estoy seguro de que ahora comprende —ronroneó el mandarín—, La rata bajo el cuenco..., observe el fondo del recipiente y vea el pequeño reborde. Ahí ponemos el carbón encendido, el cobre se calienta, el calor es enorme, la rata no puede soportarlo, y sólo tiene un modo de escapar: ¡roe su camino a través del cuerpo de la dama! ¿Qué me dice ahora del puesto de avanzada, teniente Fournet?

—¡No, no, no! —exclamó Lily—. ¡No lo harán! Tratan de asustarnos. Son seres humanos, y los hombres no pueden hacer cosas así. Cállate, André, cállate, pase lo que pase. ¡No dejes que te venzan! ¡No permitas que hagan de ti un traidor!

A una señal del mandarín, el servidor con el cuenco se aproximó de nuevo a la muchacha semidesnuda. En esta ocasión también se adelantó el hombre de la jaula. Diestramente, introdujo una mano, evitó los dientes de la alimaña y la agarró por el cogote.

Colocaron el cuenco en posición. Fournet luchó desesperadamente para liberarse... ¡Si sólo pudiera disponer de un brazo y hacerse con algún arma!

De pronto, Lily lanzó un grito ahogado.

Habían introducido la rata bajo el cuenco.

Se oyó un ruido metálico: el cierre del cinturón de acero. Ahora amontonaban las brasas sobre el fondo del cuenco, colocado al revés, mientras Lily se retorcía en sus ligaduras al notar el horroroso contacto de la rata, bajo aquel cuenco demoníaco, sobre su piel desnuda.

Uno de los servidores entregó un pequeño objeto al impasible mandarín.

Yuan Li lo levantó para mostrarlo. Era un llavín.

—Esta llave, teniente Fournet, abre el cinto de acero que mantiene el cuenco en su sitio. Es suya, como recompensa por la información que necesito. ¿No va a ser razonable? ¡Pronto será demasiado tarde!

Fournet miró a Lily. Ahora la muchacha estaba quieta, había dejado de debatirse; si no tuviera los ojos abiertos, el teniente la habría creído desmayada.

El carbón al rojo brillaba sobre el fondo del cuenco de cobre, y bajo su superficie tallada, Fournet podía imaginar a la gran rata gris moviéndose sin cesar, dando vueltas, buscando una escapatoria a aquel calor creciente y, al final, hundiendo los dientes en aquella piel blanca y suave, royendo, ahondando desesperadamente...

¡Dios!

¡Su deber..., su bandera..., su regimiento..., Francia! El joven subteniente Pierre Desjardins, el joven y alegre Fierre, y veinte hombres, que serían sorprendidos y asesinados horriblemente, algunos torturados, por una abrumadora horda de bandidos diabólicos, y todo por su traición. En lo más profundo de su corazón sabía que no podía hacerlo.

Tenía que ser fuerte y mantener su firmeza.

Si pudiera ser él quien sufriera en lugar de Lily..., la pequeña y adorable Lily, la valiente Lily que jamás había hecho daño a nadie.

Un grito terrible se expandió por la sala.

André se volvió, horrorizado, y vio que el cuerpo de Lily se tensaba y arqueaba sobre la alfombra, parecía a punto de arrancar las ligaduras que lo sujetaban. Vio lo que antes le había pasado desapercibido: una pequeña muesca en el borde del cuenco. Por la abertura y sobre la blanca superficie del cuerpo arqueado de la muchacha, corría un pequeño reguero de sangre.

La rata había atacado.

Entonces, algo estalló en el centro de André y se volvió loco.

Con la fuerza que les es dada a los dementes, apartó el brazo derecho del guardián que lo retenía, se soltó y descargó los puños contra el rostro del hombre. El guardián del garrote saltó adelante sin cautela; un momento después, André tenía el arma y golpeaba a su alrededor con la furia de un poseso. Tres guardianes cayeron al suelo antes de que Wang desenvainara su espada e interviniera en la pelea.

Wang era un soldado capaz y bien adiestrado. Acero contra madera, golpeó, acometió y paró las embestidas de su contrincante durante un momento y, finalmente, obtuvo la recompensa de su estrategia. Los otros dos guardianes, a los que había hecho una señal, y un par de servidores se arrojaron contra la espalda de Fournet y le derribaron rugiendo al suelo.

La muchacha gritó de nuevo, quebrando los sonidos más ásperos de la batalla.

Incluso en su locura, Fournet la oyó. Y al mismo tiempo, la empuñadura de un cuchillo que pendía del cinto de un servidor rozó su mano. Lo cogió y acometió salvajemente: un hombre gritó; el peso sobre la espada de Fournet se hizo más liviano, y la sangre se deslizó sobre su cuello y sus hombros. Golpeó de nuevo, se liberó de la carga y vio que un hombre agonizaba con la garganta abierta, mientras otro, con las dos manos en la ingle, se retorcía en el suelo, en silenciosa agonía.

André Fournet hincó la rodilla en el suelo y se impulsó como una pantera hacia la garganta del capitán Wang.

Los dos hombres cayeron al suelo y rodaron un trecho. Las armas de Wang tintineaban contra las losas. Un cuchillo se alzó y penetró en la carne.

Con un grito de triunfo, André Fournet se puso en pie, su terrible cuchillo en una mano y la espada de Wang en la otra.

Gritando, los restantes servidores huyeron ante aquel hombre enloquecido.

Yuan Li, el mandarín, se quedó solo frente a aquella encarnación de la venganza.

—¡ La llave!

Fournet lanzó la orden con voz ronca; en su cerebro enfebrecido sólo había espacio para un pensamiento: «¡La llave, demonio amarillo!».

Yuan Li retrocedió un paso, hacia una tronera, a través de la cual todavía soplaba dulcemente la brisa de la tarde, con su aroma a jazmín.

El palacio estaba construido en el borde de un precipicio; bajo el saledizo de la tronera había una altura de quince metros hasta las rocas y los bajíos del Mephong superior.

Yuan Li sonrió una vez más, sin que su calma se alterase.

—Me has vencido, Fournet —le dijo—, pero también yo te he vencido. Te deseo alegría en tu victoria. Aquí está la llave.

Levantó el objeto en la mano, y cuando André se abalanzó gritando, Yuan Li dio media vuelta, avanzó hasta el reborde de la tronera y, sin decir nada más, se lanzó al vacío, llevándose consigo la llave.

Su cuerpo se estrelló contra las rocas, tiñéndolas de rojo, y las aguas del turbulento Mephong se cerraron para siempre sobre la llave del cuenco de cobre.

André corrió al lado de Lily. La sangre ya no corría desde el borde del cuenco, y la muchacha permanecía muy quieta y muy fría...

¡Dios! ¡Estaba muerta!

En el torturado pecho no latía su corazón.

En vano, André tiró del cuenco y del cinto de acero, tiró con los dedos ensangrentados, con los dientes rotos, con furia. En vano.

No pudo moverlos.

Y Lily estaba muerta.

¿O no lo estaba? ¿Qué era aquello?

Oyó un latido en el costado de la muchacha, un latido fuerte, cada vez más fuerte...

¿Había aún esperanza?

El enloquecido Fournet empezó a frotarle el cuerpo y los brazos.

¿Podría revivirla? Sin duda, no estaba muerta... ¡No podía estar muerta!

Seguía oyendo el latido... Era extraño que sólo lo oyera en un lugar: en el blanco y suave costado, bajo la última costilla.

Besó sus fríos e insensibles labios.

Cuando levantó la cabeza, el latido había cesado. En el lugar donde lo había oído, la sangre brotaba perezosamente, sangre oscura, fluyendo como un horror purpúreo.

Y, desde el centro del costado de la muchacha, salía la cabeza gris y puntiaguda de la rata, su hocico goteando sangre y fragmentos de entrañas, sus ojillos brillantes como cuentas de vidrio mirando al hombre que farfullaba y echaba espuma por la boca.

Una hora después, sus camaradas encontraron a André Fournet y a Lily, su amada. El torturado maniaco llorando sobre la muerta torturada.

Pero a la rata gris no la encontraron jamás.