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Delfina - Claude Seignolle (Parte 2 y última)

Cuando volví a mirarla de nuevo, me di cuenta hasta qué punto había sufrido por mí. Con las manos adosadas a sus mejillas, Delfina lloraba en su mundo silencioso, como si hubiera estado a punto de perderme para siempre. 

Emocionado, teniendo en mis manos la más tangible de las pruebas de amor, volví precipitadamente hacia ella y me contuve de arrodillarme y besar sus pies, como lo exigía antaño una bárbara costumbre, prueba indefectible de sumisión. Si me lo hubiese pedido, me habría despojado del sol, igual que de la palabra o de mi propia vida, ya que en un instante, Delfina se había convertido en Todo para mí.

Entonces observé algo que creía imposible: vi que Delfina sonreía, y descubrí que hasta entonces yo no había sabido nunca verdaderamente lo que era una sonrisa. Solo creía saberlo. La sonrisa de Delfina era el detalle más precioso que poseía. Aunque hubiera estado triste, aquella sonrisa iluminaría hasta mi último segundo de vida humana.

Pero, al acercarme para admirar mejor aquella sonrisa, la apagué a pesar mío. Comprendiendo la ofensa que ella temía, bajé la cabeza y, para hacerme perdonar, pensé en el vestido que le había comprado. Arranqué el papel que lo envolvía, extendí el vestido y lo dirigí a la luz más cercana. La seda tuvo un brusco reflejo de llama encarnada semimuerta, lo que, quizá, me hizo pasar por el diablo desplegando su potencia astuta y tornasolada.

Delfina no demostró la sorpresa que yo esperaba. Su mirada, ausente de la ropa, me dio a entender que yo era el único regalo que ella deseaba.

Cuando el alba ya se insinuaba, Delfina regresó a la entrada de su calle. Una vez allí, y por primera vez, pareció fijarse en los descarnados edificios. Me lo indicó con tal gesto de resignación que, para consolarla, volví a ofrecerle por segunda vez el vestido, como algo de un valor eterno. Lo observó con inquietud, pero no se quedó con él, no quiso aceptarlo. ¿Acaso observé en aquel gesto que temía aceptarlo? Ya no me acuerdo de ello. ¡Oh, si lo hubiera sabido!

Luego se alejó de mí, apartándose un poco, como a disgusto. La calle desierta me la quitó lentamente. Me fijé en la puerta que la acogía, luego ya no la vi más. Deseando seguir a su lado, me dirigí hacia aquella puerta. Entré, y en la oscuridad, la llamé desesperadamente. ¿Pero cómo iba ella a poder responderme si era muda? Deposité el vestido en algo que parecía un nicho. Cuando salí a la calle, me tambaleé bajo el efecto de un brusco pesar.

Me acosté apesadumbrado por sentimientos confusos y me dormí de inmediato para despertarme por la noche, ya que mi amor por Delfina me había desposado con las tinieblas. No quise moverme, ni siquiera respirar, como si, habiéndome construido pacientemente sobre el cuerpo el vertiginoso castillo de cartas de todas mis esperanzas, temiese que el menor de mis impulsos para consolidarlo aún más no lo destruyese para siempre. Y la angustia, cómplice de coyunturas amenazadoras, sumergió mi espíritu...

Finalmente, después de levantarme me dirigí a la ventana, para observar el río de la noche. Sus aguas me parecieron tan atormentadas, como removidas por un invisible vidueño, que me vestí y me dirigí a toda prisa a la rue Saint-Martin con el fin de eliminar el terrible peligro que según mis presentimientos amenazaba a Delfina.

Apenas apercibí la entrada de la rue Maubée, me paré en seco, dominado por la emoción... Una alta empalizada la bloqueaba, poniendo un muro de madera ante la libertad de Delfina.

Entonces pensé en el otro extremo de la calle. Si Delfina no podía salir por aquí, iría forzosamente al otro lado. Asimismo, temiendo perderla por culpa de mis vacilaciones, eché a correr, le di la vuelta a todo el barrio, y, casi sin aliento, me encontré ante otro obstáculo, tan implacable como el anterior. 

Precipitándome sobre él, me puse a darle fuertes golpes con los hombros, hasta que empecé a sentir un fuerte dolor en todos mis músculos. El obstáculo resistía. Encontré un intersticio. Mis dedos se deslizaron por él, crujieron con rabia. Tiré con todas mis fuerzas y, desplazando unos clavos mohosos, conseguí finalmente arrancar una de las planchas de madera. Me deslicé entonces por el estrecho pasaje, desgarrando mi ropa. 

Con mis gritos llamando a Delfina rompí el silencio de aquella calle prisionera, sin comprender que eran estériles. Mis pies tropezaron con unas herramientas que habían dejado abandonadas en el suelo. Caminé sorteando toda clase de obstáculos, pisoteando trozos de vidrios de botellas rotas, pero, preocupado por la suerte de aquella a la que amaba, no pensé inmediatamente en la destrucción de la rue Maubée.

Al llegar al inmueble de Delfina, entré en él. Las vigas que habían caído del techo llenaban los pasillos, oponiéndose a mi paso. Me puse a gritar, pero inmediatamente el silencio hostil apagó mis gritos. Me puse a llorar y mis lágrimas se trenzaron con mi voz. Entonces esas lágrimas, mojando las plumas de los grandes pájaros que eran mis llamadas, hicieron que estos fuesen incapaces de echar a volar desde mis labios... 

Delfina no podía oírme, y esto hizo que me sintiera derrotado a muerte. Me coloqué delante de aquella puerta de todas mis esperanzas, convertida –lo sentía en lo más profundo de mí– en la de mi desesperanza. El suelo me acogió con dureza. ¿Dónde estaban las dulces huellas dejadas por los pies desnudos de Delfina?

El alba me sorprendió allí, envuelto en un profundo sopor con la cabeza sobre la acera, las mejillas mojadas por las lágrimas, la mirada fija como la de una bestia que ha perdido su amo, pero que permanece fiel a él en su vana espera. Y aquel alba que, cada mañana, yo había asociado a la tristeza de nuestra separación, creyéndola siempre compasiva, me demostró que ella solo era el impasible germen del día anunciando sin piedad el final de mis sueños... 

Entonces me fue desvelada la verdadera realidad de la calle Maubée, ruina naciente ya sangrada en vida. Con los alerones arrancados, los techos yacían en el suelo, torcidos. Los pisos superiores habían sido desmantelados. Se sentía una prisa de acabar cuanto antes, de desarraigarla y de olvidarla para siempre.

¿Delfina? ¿Dónde se habría marchado al verse expulsada...? Me levanté, pero, semejante a un mendigo al que ahora me parecía, no pude hacerlo completamente. Con la espalda pegada al muro, no podía siquiera moverme.

A las ocho, las empalizadas fueron levantadas por unos obreros que, riendo y hablando en voz alta, entraron en la martirizada calle. Eran los obreros que iban a demolerla. Uno de ellos me vio. Inmediatamente se acercó a mí haciendo grandes gestos. Creo que me trató de loco indicándome hacia una gran piedra que había quedado en equilibrio en el reborde de una ventana justamente encima de mí. Luego me gritó que si quería suicidarme solo tenía que quedarme donde estaba.

Miré hacia la piedra y anhelé con fervor su caída.

Los obreros me obligaron a abandonar aquel sitio. No quise ceder. Entonces me insultaron, sin saber que insultaban a un amor martirizado; me cogieron brutalmente, sin saber tampoco que había que cogerme con delicadeza como un cuerpo herido. Opuse resistencia, pero aquellos hombres que estaban acostumbrados a derribar las murallas más rebeldes, supieron manejar sin esforzarse mis débiles fuerzas de adolescente. 

Me arrastraron hasta la rue Saint-Martin donde me abandonaron, tirado entre dos camiones que habían venido a cargar los escombros de la demolida calle. Pronto se formó alrededor de mí un grupo de curiosos y unas rameras se inclinaron sobre mi cuerpo. Al ver aquellos rostros embadurnados de polvo como la mentira, volví a sentirme dominado por las pesadillas. Luego oí a una de ellas: «A esta edad solo puede tratarse de un gamberro...»

Me levanté y me fui. Titubeando de vergüenza tanto como de pesar, comencé a andar como un borracho, aunque estaba embriagado de una especie atroz de borrachera. Para reconfortarme un poco, me dirigí al café de enfrente. Era el café de mis felices esperas, por lo que no me atreví a entrar en él. Volví a marcharme. La gente me siguió, esperando ver una graciosa exhibición de borracho incapaz de aguantar el alcohol ingerido, cuando en realidad era la desesperación lo que yo no podía soportar...

Llegada la noche, regresé a la rue Saint-Martin. Reinaba el silencio, lo preciso para el milagro apetecido. Pero, por superstición, temiendo que implorándola yo la contrariaría, no la deseé. Me limité solamente a apoyar mi frente, luego mis labios, contra la madera de la empalizada. Allí estaba, vencido, deshecho de mí mismo. 

Besé amargamente el obstáculo rugoso como si Delfina se encontrase detrás de él, y como si, de los dos, fuese yo el prisionero, y ella mi visitante provista de toda la inmensa libertad sin límite de la rue Maubée.

Luego, comprendiendo que ningún milagro podía ya producirse, me alejé sin volver la vista atrás y rehice el camino de Delfina hasta el puente de Notre-Dame, rozando las fachadas tal como ella lo hacía, imaginando que la seguía, invisible delante de mí. 

Mucho me habría agradado haberme acordado de otros detalles de ella: aquellos temores que yo quería entonces sentir dentro de mí mismo. Por eso hice un esfuerzo, traté de experimentarlos, pero solo la pena nacía en mí: aquel dolor que la felicidad teme.

Queriendo evadirme de mi pesar, soñé con tanta necesidad que me sorprendió sobre el puente de Notre-Dame otra alba repentina, descubriendo el río que se deslizaba bajo mis pies. Fue entonces cuando el señor Baucaire me vino a la memoria. Solo él podía ayudarme. ¿Acaso no poseía el duplicado de la llave que yo había perdido?

Inmediatamente me dirigí a su casa. Vivía en la rue de Vaugirard, en aquel lejano distrito decimoquinto sin carácter, en el tercer piso de un edificio vulgar y corriente. Toqué el timbre con impaciencia. Primero brevemente, luego sin soltar el pulsador. Como no oía ningún ruido, temí que ya no viviera allí, y que, perdiéndole a él, perdía a Delfina definitivamente. 

Entonces me di cuenta en qué medida aquel hombre a quien yo consideraba equívoco se me había convertido en algo precioso e indispensable. Al fin escuché un ruido de pasos. El pomo de la puerta giró; y al entreabrirse, me dejó ver al señor Baucaire en pijama, y con un aspecto sumamente desconfiado y de un humor desagradable. 

Al reconocerme, no tuvo aquel impulso que yo esperaba cándidamente de él. Por el contrario, creí comprender que, no solo mi visita le sorprendía, sino que incluso le molestaba. Dudó antes de permitirme pasar, pero no me ofreció la acogida de su salón recibidor. ¿Por qué dirigió él la cabeza varias veces en aquella dirección? ¿Por qué miraba yo también hacia allí?

Entonces observé, echadas sobre un sillón, las anticuadas ropas de Delfina. La impresión que recibí fue tal, que, para huir de un insoportable dolor, retrocedí y salí corriendo enloquecido.

Mi confusión no me abandonó hasta que llegué al pasillo de entrada del inmueble donde mis sollozos me detuvieron. Me pegué contra uno de los muros sucios y quedé, brazos abiertos, como para ser crucificado allí en el acto. Y así fue... 

Sintiendo en mi carne aquellos agudos dolores que me daban la sensación de ser clavado vivo, apretando contra el muro mi rostro igualmente perforado por mis lágrimas, la imagen de Delfina, desnuda, sucia, penetraba de esta forma en mi carne. «¿Por qué, Delfina? –suplicaba yo–. ¿Por qué?...»

¡Delfina se había burlado de mí! Delfina despreciable, disponible para el primero que llegase, pero negándose a mí que, en un impulso de cariño, le había ofrecido mi amor joven y puro, y sus frutos, reservados para todos nuestros deseos. 

Sufriendo peor dolor que si se hubiera perdido realmente, volvía incesantemente a ver sus ropas deshechas y, sin cesar también, sentía otro atroz recuerdo: Baucaire apretándola entre sus brazos... ocultándola en su casa, al lado de él, quizá dichosa durante dos noches... dos días, mientras que durante ese mismo tiempo a mí su desaparición me torturaba. 

Bruscamente, para apagar mi sed de odio, bebí de un trago el ácido brebaje de los celos. Todo tenía una explicación: yo no me había equivocado, Baucaire conocía ya a Delfina y yo había hablado demasiado de ella..., había dicho demasiado de aquella vida interior de Delfina que él seguramente ignoraba. Asimismo, como hombre conquistador, había deseado para él aquella mujer maravillosa. 

Ella era su víctima, se había dejado atrapar en su tela de araña... Delfina no podía consentir aquello... el culpable era Baucaire... toda aquella maquinación venía de él... la inocente era Delfina... Baucaire era un parásito que había que destruir... Delfina era Delfina.

Volví a casa de Baucaire, subí las escaleras empujado por la cólera y me puse a golpear repetidamente la puerta. Esta vez Baucaire acudió inmediatamente. Se me presentó ya afeitado y vestido. ¿Cuánto tiempo había yo permanecido desamparado mientras creía que le había despertado hacía unos instantes? Inmediatamente pensé que, considerándose una vez más importunado en su propia casa, iba a echarme a la calle, pero me recibió sin que el tono de su voz denunciase la menor agresividad.

Después de un instante de duda, súbitamente calmado, entré en su casa, emocionado como si hubiera conseguido convencerle para que me dejase ver por última vez a Delfina, solo el tiempo necesario para curar mi locura.

–¿Qué es lo que le ha pasado hace unos instantes? –me preguntó con tal aplomo que deduje que estaba acostumbrado a esa clase de situaciones.

La puerta del salón estaba cerrada. Me fijé en ella con todas mis fuerzas, intensamente, con intención de abrirla.

–Pensé que se había vuelto loco –añadió Baucaire, sin parecer fijarse en la atención que yo dirigía hacia aquella habitación, donde él recelaba la prueba de la presencia de Delfina.

«Sí –pensé para mí–, estoy loco... y voy a demostrárselo inmediatamente.»

Y, no pudiendo esperar más, me dirigí hacia la puerta del salón. De un violento empujón la abrí de par en par. Las ropas de Delfina aún seguían allí.

Me amparé de mi bien de nuevo hallado. Lo apreté posesivamente contra mi pecho. Enterré en él mi rostro y respiré ávidamente Delfina sin preocuparme de Baucaire. Este momento valía por sí mismo todas las horas de alegría de toda mi vida, vivida y por vivir. Era la primera vez que yo abrazaba a Delfina... 

Una vez pasada esta breve exaltación, me fijé cuán fría y seca estaba la tela. Ninguno de los olores que yo esperaba aspirar emanaba de ella. Solamente hallé ese característico olor de moho que los años incrustan en los tejidos abandonados. Asombrado, miré a Baucaire. 

En mi ciega rivalidad creí leer en su expresión una fría amenaza. Entonces, me precipité a la habitación vecina. Estaba vacía. Todas las demás habitaciones me ofrecieron, una por una, la ausencia de Delfina. Cuando volví al salón, Baucaire acababa de doblar las ropas y las ponía cuidadosamente sobre el sillón. Afectó una sorpresa que me pareció sincera.

–Bueno, hijo mío –me dijo con impaciencia–, ¿me quiere explicar lo que le sucede? Fíjese en qué estado se encuentra...

Y entonces, a la fuerza, me hizo situar frente a un espejo. Le dejé que me mostrase a mí mismo, y descubrí hasta qué punto mi enloquecimiento exterior era parecido a aquel que yo sentía interiormente. No me contemplé mucho tiempo en el espejo y le supliqué que me confesara dónde tenía oculta a Delfina.

–¿Delfina? –repitió él con un asombro total.

–Y sobre todo no me diga –le dije, acordándome de su conducta la primera vez que nos encontramos– que no la conoce, pues aquí está su vestido..., su corsé..., su delantal...

Y, como un inspector de policía mostrando las sucesivas pruebas de culpabilidad, se las señalé una por una sin pensar que ella podría haber huido usando el vestido rojo.

–¿Pero es que acaso sabe usted exactamente lo que me está enseñando? –exclamó Baucaire.

A su defensa le faltaba habilidad, y un ligero esbozo de sonrisa acabó por revelarme su culpabilidad. Recibí muy mal aquella actitud y me tuve que sentar en el sillón, apretando contra mi cuerpo los vestidos de Delfina. Viendo esto, Baucaire se enfadó de repente, obligándome a levantarme para coger la ropa con sumo cuidado, lo que testimoniaba una auténtica adoración. 

Me arrancó con tanta delicadeza el único bien que me quedaba de Delfina que no supe disculparme. La dulzura, la ternura diría yo, que puso a continuación en doblar aquellas prendas, acabó por trastornarme del todo. No podía ser más que la actitud de un hombre que gozaba en prolongar los ritos del amor incluso después de la marcha de la mujer.

–Su ciencia –me dijo al fin con ironía– es mucho más sutil que la mía...

Creyendo conocer entonces sus lazos con Delfina, pensé que Baucaire iba a echarme a la calle diciéndome al mismo tiempo una palabra malsonante. Pero no fue aquella su intención...

–...Porque –continuó– usted afirma conocer a la propietaria de estas ropas, mientras que nadie en el mundo, por mucha voluntad que pusiera en ello, podría hacerlo.

Únicamente, a pesar de esta denegación, su mano, acariciando la falda de Delfina, desmentía sus palabras. Asimismo, el hecho de que continuase poseyéndola de esta forma bajo mis propios ojos, hizo que a duras penas pudiese yo contener mis lágrimas. Baucaire se dio cuenta de ello y, compadecido sin duda, se esforzó en consolarme. 

Voluble, muy generoso en los detalles, me explicó que la víspera, cuando unos obreros demolían una habitación de un viejo inmueble de la rue Maubée, habían descubierto una alcoba que se hallaba desde hacía mucho tiempo, quizá un siglo, condenada, emparedada... y habían encontrado aquellas prendas femeninas que yo veía allí, conservadas en perfecto estado gracias al cierre hermético del lugar. 

Baucaire había llegado justo en el momento en que los obreros se disponían a tirar, como si fueran vulgares harapos, aquellos preciosos testimonios del pasado. En una palabra, empleando su habitual talento, quiso hacerme pasar por frías piezas de museo estos humildes testimonios de Delfina. 

Concluyó diciéndome cuán cándido y pretencioso era yo al afirmarle que aquellas ropas pertenecían a una... Delfina. Únicamente un probable ser venido del otro mundo, habiéndose escapado de aquella alcoba cerrada herméticamente, habría podido vestir aquellas ropas. Y como esto, a menos que se soñara, era imposible... luego...

El hecho de que me tratase casi de mentiroso hizo que inmediatamente le afirmara que no solo había visto a Delfina vestida de esta forma, bien viva, sino que además, en varias ocasiones, habíamos paseado juntos, sintiendo cada uno de nosotros una alegría realmente verdadera y compartida. 

Y, para demostrarle mejor aún la existencia de Delfina, le detallé los rasgos de su rostro, los impulsos de su caminar, su fidelidad a un trayecto determinado, lo mismo que las inquietudes que ella siempre demostraba. Pero, pensando que esta revelación podría perjudicarme, no le precisé los lugares donde ella sentía aquellos incomprensibles temores...

Baucaire no trató abiertamente de reírse de mí. Me escuchó, con los párpados entornados, y reconoció que yo ya le había hablado anteriormente de aquella Delfina con cierta convicción. Luego, con una gravedad pontificante, me pidió que le precisara ciertas fases de este extraño fenómeno visual. 

Con toda intención, Baucaire se apoyaba en cada palabra, separándolas, dándoles un sentido que me fue de lo más desagradable. De haber sido médico, habría actuado de la misma forma para establecer su diagnóstico. Dándome cuenta de que estaba en contra de mí, busqué otra defensa mucho más convincente, cuando volví a percibir el olor a moho de aquellas ropas, insidiosamente presentadas por Baucaire, imponiéndose a mi olfato. Me incliné de nuevo sobre las ropas de Delfina y aspiré el polvoriento olor. Pero, en lugar de embriagarme y de reconfortarme, ello trastornó e hizo más confusos mis pensamientos.

Baucaire siguió con sus comentarios. Entonces, como si estuviese bajo los efectos de alguna droga sutil, mi espíritu se dispersó. Me pareció que la voz de Baucaire se alejaba de mí. Pronto se me hizo lejana, pero atrozmente persuasiva. 

Baucaire me decía que volviera a casa, que reposara, que me olvidara de toda aquella historia de Delfina, que yo favorecía demasiado vehemente mis alucinaciones, cuyo efecto a la larga podía ser dañino y llevarme lejos, que muchos cerebros privilegiados, habiéndose arriesgado en aquel juego, habían acabado en la locura total, y oí cómo Baucaire mencionaba el nombre de un poeta que yo veneraba...

Me encontré acostado en mi cama, incapaz del menor movimiento, alma y miembros como apresados por un resistente hilo negro. ¿De qué forma había podido yo regresar a casa? Fui incapaz de acordarme de ello. Me parecía que había cesado momentáneamente de vivir, con mi cuerpo girando durante horas enteras, insensible a una nada vertiginosa.

Entonces me esforcé en acordarme de una mano dulce, la única que podía haberme guiado a través de aquel vacío total. Una débil mano tibia que me hacía falta absolutamente...

Fui aquella clase de enfermo sin mal aparente, postrado en una inquietante languidez cuya causa todos ignoraban. Pero, aunque inmóvil, representaba en crueles pesadillas un papel activo y desesperante que creía realmente vivir.

Llamaba a Delfina, pero ella nunca llegaba a unirse a mí... Trataba de huir de Baucaire, pero él no quería dejarme... Luego los veía a los dos juntos, cogiéndose por el brazo o por el talle, riéndose de la comedia que hacían: ella, ocultándose de mí, y él, pretendiendo que ella no existía...

En ciertos momentos unos obreros entraban en mi habitación ruidosamente. A golpe de maza derribaban las paredes y descubrían secretas alcobas que desconocía. Yo los alentaba, pues sabía que en una de ellas se ocultaba Delfina, momificada por ellos, viva aún para mí. Derribaban alcoba tras alcoba, penetraban tan al fondo de la casa que oía sus ruidos multiplicarse como bajo la bóveda de un túnel infinito. Y aquellos sonidos no eran otra cosa que las sordas palpitaciones de mi corazón...

Me agoté en vano, volvía una y otra vez a caer sobre mi cama, donde me contraía sobre mi cuerpo. Olía su olor muerto. Reagrupé tenazmente mis fuerzas; conseguí levantar mis párpados... Pero siempre era para volver a ver a Baucaire enseñándome sus vestidos vacíos, emanando el aliento mohoso de los años. Baucaire se convertía en esfinge de mármol; incapaz de la menor palabra de aliento, precisamente él que me había irónicamente planteado el enigma de Delfina...

Cuando pensaba que ya no volvería a escucharla, me llegaba el dulce murmullo de unos ligeros pies desnudos caminando. Era ella... Veía revolotear su falda, ligera. Su corsé se hinchaba. Pero no tenía ni brazos ni piernas ni cabeza... Era una Delfina vacía que Baucaire, sarcástico, agitaba delante de mi mirada desencantada... 

Traté rápidamente de taparme los oídos con el fin de que su risa torturante, que yo presentía cercana, no me llegase. Pero ya estaba dentro de mi cabeza y allí explotaba con tanta más fuerza que, para impedir que huyera, cerré la boca para que nadie creyera que era mía.

O bien, Delfina se ponía de pie delante de mí, tendiéndome sus brazos. No era posible cualquier duda, era realmente ella, más bonita que nunca, plena de vida, ardiente, deseable... Me levanté de prisa y, en el momento en que iba a alcanzarla, Baucaire, disfrazado de Arlequín, me rechazaba para demostrarme que solo era un frágil maniquí de cartón pintado, vulnerable al menor choque. 

Y luego me recordaba que estábamos en la época del Carnaval... Que había que festejarlo dignamente porque, sin mascarada, la vida no era posible. Me aplicaba a la fuerza sobre el rostro una máscara tan grotesca que la pobre Delfina de cartón huía inmediatamente, asustada...

Luego yo era aquel dichoso prometido impaciente, esperando a Delfina al pie del altar de la iglesia de Saint-Merri. Como tardaba en llegar, salía a la calle para ver si la divisaba. Entonces veía una multitud de gentes. Me acercaba a ver qué era aquello y sorprendía a Baucaire esforzándose en vender en subasta pública, a mis hilarantes invitados, el vestido de Delfina. 

Yo me indignaba, y mis amigos, enfadados, me abandonaban, dejándome solo con Baucaire, el cual decía al sacerdote que su presencia se debía a que yo había cambiado de opinión y ya no me casaba: ya no quería desposarme con Delfina, ya no la amaba... En tono protector, me consolaba dándome grandes golpes en la espalda. La sangre me subía a la cabeza, y lloraba yo sangre...

Sin cesar, él se marchaba golpeando la puerta. Pero yo sabía que no había abandonado la cabecera de mi cama y que, siempre allí, se reía de mi calvario...

Pasé una semana con esta locura interior que me pareció durar una noche pero que, para mis afligidos parientes, pareció un año entero. Luego todo se calló en mí. Volviendo a la realidad, la hallé peor aún, pues estaba vacía de Delfina...

¡Delfina, tan dulce, tan incapaz de la menor maldad, me había hecho conocer sin quererlo todas las penas humanas!

No pudiendo soportar esta desgarrante soledad, volví a casa de Baucaire y, a pesar del riesgo de nuevas explicaciones capaces de aumentar más aún mi desesperación, me alegré de verlo. Al igual que el insecto sin defensa acude a la llama de la que debería huir pero que le fascina irresistiblemente, los trastornadores propósitos de aquel hombre me cegaban y me atraían al brasero de un vivo tormento.

Me recibió con diligencia y, con una sonrisa, me hizo pasar a su despacho. Una vez allí, me indicó un sillón. Adivinando en él la tenacidad de un verdugo seguro de su papel, tomé asiento dócilmente como si lo hiciera en una silla de tortura. Baucaire se sentó enfrente de mí, detrás de su mesa de trabajo y me dijo con una voz pausada de misterio: «He trabajado para usted...» Pero yo entendí: «...contra usted». 

Y, mostrándome unos papeles amontonados al alcance de su mano, añadió como si estuviera presentándome a alguien: «Delfina...» Su énfasis tenía una seguridad de procurador poseedor de una requisitoria inobjetable. No me había equivocado: Baucaire empezaba ya a cortarme en carne viva. Me fue tan insoportable que, bajando la cabeza como bajo el tormento de un dolor, me creí aún sometido a los efectos de mi anterior pesadilla.

Me dijo que mi caso era mucho más apasionante de lo que había pensado al principio. La sinceridad de mi comportamiento, y los detalles que yo había dado, concordaban con indiscutibles documentos: coincidencias y fechas, todo se compaginaba perfectamente. 

Empecé a parlotear, apoyado en una sólida erudición. Lo escuché, debilitado por un amor lentamente dispersado por dudas nocivas que, avanzando dentro de mí, habían llegado a hacerme dudar entre rechazar o admitir sus afirmaciones. 

Baucaire se sentía tan a gusto en su papel de hombre competente que no pensó ni por un instante que enfrente de él temblaba una esperanza que otras palabras habrían podido, sin grandes concesiones, salvar de una vez por todas... Evocó las extraordinarias posibilidades de la clarividencia. 

Aquellas características insospechadas que activan de repente la extrasensibilidad de la materia y permiten asombrosas percepciones visuales capaces de traspasar murallas y siglos... Y luego me describió el itinerario de Delfina con tal precisión que solo los dones que acababa de evocar podían habérselo dado a conocer a distancia... a menos que la hubiera seguido.

Baucaire me precisó los lugares, me indicó la duración y la importancia de los obstáculos que ella solo veía, deteniéndola primeramente a treinta metros de la rue de Maubée... luego diez metros después... y, sucesivamente, otras tres veces antes de llegar a la rue du Cloître-Saint-Merri... después en el ángulo norte de la iglesia... Después, Delfina se alejaba de las fachadas actuales de la rue Saint-Martin... En ese lugar ella aligeraba el paso... En otro sitio, por el contrario, lo disminuía...

Estupefacto, me creí de repente en presencia de un mago quitándose al fin la máscara.

Continuando sin la menor equivocación, llegó al quai de Gesvres y, con algunas palabras más violentas, me dijo el curso súbito que hacía Delfina hasta llegar al centro del pont Notre-Dame.

–De modo que –afirmó Baucaire– ella se detenía ocho veces antes de alcanzar el Sena... ¿Tengo razón?

Asentí con un apenas perceptible movimiento de cabeza. Aquella cifra era exacta.

–Créame –continuó Baucaire–, le hacía falta cierto valor para alcanzar el centro del puente. La más mínima duda y habría sido fatal para ella... Pero, tranquilícese, usted personalmente no tenía nada que temer...

Al oír aquellas palabras me levanté súbitamente y le supliqué que me dijera qué peligros amenazaban a Delfina en aquel lugar. Se lo imploré, dispuesto a creer cualquier mentira. Cogiendo un espeso papel amarillento, envuelto en tela y enrollado, lo extendió ante mis ojos con verdadero deleite. Era un viejo plano de París.

Entonces leí las fechas: 27, 28 y 29 de julio... Revolución... Vi aquellas calles cortadas por numerosas barricadas: adoquines y carretas obstruyendo las arterias parisienses afectas de una violenta crisis de euforia revolucionaria, generalizada hasta lo increíble... Baucaire deslizó lentamente su dedo sobre la rue Saint-Martin y señaló una por una las ocho barricadas que la obstruían, lo que explicaba la marcha temerosa de Delfina. 

Luego me indicó las cruces rojas, las cuales simbolizaban las algaradas de los ciudadanos armados amenazando la calzada entre estos obstáculos que la fraccionaban en múltiples pequeñas revoluciones locales. Y el dedo llegó al pont Notre-Dame, defendido por un cañón realista que, situado a la entrada de la rue Saint-Martin, en poder de los insurrectos, había lanzado su metralla de muerte y cuyo soplo, sobre el plano, estaba marcado con una larga raya de lápiz púrpura... Triunfador sin modestia, Baucaire marcó un silencio para dejar caminar entre nosotros el galope de aquella mortandad... Por un instante me pareció oír el galopar de la Muerte.

–Esta pieza de artillería –continuó Baucaire– disparaba contra todo lo que se movía, y sus servidores no querían en modo alguno a las jóvenes ciudadanas que lograban distraer su atención y alcanzaban el centro del puente, donde, al abrigo de la inmensa pompa entonces construida y adosada a él, se ocultaban unos ciudadanos que los amenazaban por la retaguardia... En fin, y para nuestro agrado y la lógica de vuestra historia de amor, pongamos que en aquella época su heroína ha sido a menudo olvidada por su destino o, si lo prefiere, abandonada entre la vida y la muerte. Todo es posible dentro de lo imposible y nuestra imaginación está aquí para facilitar la credibilidad de todas las fantasías que podrían venirnos a la mente. Añadamos solamente, puesto que aquí tenemos las pruebas, que esta Delfina ha conseguido siempre pasar desapercibida en todos sus recorridos, salvando la vida gracias a sus vestidos de aspecto sombrío...

Y bruscamente, Baucaire me tendió un grabado de la época.

–Y ahora –me dijo–, puesto que usted es el único que la ha visto, quizá podría decirme si la reconoce...

No pude contener una violenta exclamación. ¡Eran las formas, la silueta de Delfina! Como estaba dibujada de espalda, no pude ver su rostro, pero lo recreé en un instante.

–Hace algunos años –continuó Baucaire, persuasivo– usted vio la reproducción de este grabado en un libro de Historia, lo mismo que la de este plano asombroso. Tanto la una como la otra os impresionaron, y luego se olvidó de ellas. Pero aquellas imágenes permanecieron en su inconsciente. Un cambio de situación y de ambiente las ha reanimado, proyectándolas desde su espíritu a la vida corriente, haciéndole un incauto de sí mismo...

Trastornado, ya no le escuchaba. Veía netamente a Delfina perseguida por los sublevados. Su noche estriada por unas balas ariscas que buscaban su presa. Comprendí al fin sus temores ante aquella despiadada matanza, y comprendí que, de nosotros dos, el solitario era yo... 

Volví a pensar en las palabras de Baucaire: «Ella solo salvó su vida gracias a estos vestidos sombríos...» Entonces, violentamente, carne de mi carne, raíz en mí, sentí a Delfina dentro de mí como jamás la sintiera. Ella continuaba viviendo y aquel Satán de Baucaire había estado a punto de que yo la abandonara justo en el momento en que mi traidor regalo la hacía peligrar haciéndola vulnerable a otros peligros mucho más reales que aquellos que él acababa de sugerirme. Conseguí deshacerme de la nociva hipnosis en la que Baucaire se deleitaba encerrándome y salí corriendo para ir a salvar a la pobre Delfina en peligro.

Yo sabía que no había soñado a Delfina; no se recibe un amor tan grande de la nada... La nada no puede dar más que nada, y, además, la forma aguda que adoptaba repentinamente mi tormento me confirmaba su real existencia. En cuanto al peligro que ella corría, mi angustia me lo sugería cercano y actuante. 

Volví a subir a disgusto, llegando hasta la rue Maubée. La noche se ajustaba a su caos de piedras hundidas. Con el corazón oprimido, recorrí los restos de aquella calle, pero comprendí amargamente que Delfina no volvería nunca más a aquel lugar... que yo debía buscarla en otro sitio.

Me aparté de aquella desolación en que se había convertido la rue Maubée, en otros tiempos abra de Delfina, y descendí por la rue Saint-Martin escrutando al pasar los menores recovecos. La noche se endurecía a medida que yo avanzaba. Me tropezaba con ella sin comprender que ya la impotencia me frenaba de ese modo. 

Tenso, me estremecí sin cesar ante la imprecisa pero tenaz llamada de Delfina, y, al mismo tiempo, me hallaba acribillado hasta en mi alma por las disimuladas amenazas que corrían, paralelas a mi búsqueda, e iban, ellas también, a su encuentro. Busqué en vano el fanal de seda que la dirigía hacia un destino que yo sentía implacable, y yo quería sacrificarme para salvar a Delfina, con el fin de que ella pudiera vivir en este mundo las dulzuras de la inocencia. 

Pero, pensando en la idea de que mi muerte, ofrecida por su vida, la haría para siempre desgraciada, unas lágrimas acudieron a mis ojos que solo calmó el pensamiento de que nosotros podríamos quizá tener la suerte de morir juntos.

Cada vez más angustiado, atravesé varias veces el pont Notre-Dame, vacío. Subí hasta el estrechamiento de la vieja rue Saint-Martin, también vacía. Y, como la ciudad permanecía silenciosa, padecí todas las torturas de la desesperación.

De repente, la apercibí...

...Distinguí allí a Delfina, dirigiéndose hacia el Sena, que acababa yo de abandonar... Ella salía de la oscuridad que servía de fachada a la plaza de Saint-Jacques. Era ella, no tenía la menor duda... La reconocí en primer lugar por aquel color vivo que yo había deseado imprudentemente para ella, y que se había convertido en la única tonalidad que mi mirada era capaz de detectar; y, además, por el grito que surgió de mi boca y que se perdió en la noche hostil.

Me lancé rápidamente hacia ella, pero, a pesar de mi certeza de poder al fin unirme a su persona, mi alegría fue incapaz de centellear y tuve la atroz impresión de no entrever más que lo inaccesible... No me engañaba. Pronto, en lugar de hacerme avanzar, mis esfuerzos me detuvieron. Martirizado, impotente, vi a Delfina acercarse al muelle. Corrió hacia el centro del puente donde por primera vez habíamos dejado agitarse juntas y por ellas mismas las chispas de nuestro amor. 

Aligeré mi paso, pero ella se resistía... Delfina era visible, hasta el extremo que solo se veía a ella, confiada en aquella noche que ya no la protegía más. Forcé mis piernas a detenerse, pero estas se oponían. Allá, Delfina era el blanco de todas las amenazas... Corrí inmediatamente hacia ella sin poder alcanzarla con el fin de poner mi cuerpo ante el suyo y protegerla eficazmente. 

Con todas mis fuerzas, le grité que huyera rápidamente de aquel lugar que yo sabía nefasto para ella. Grité más aún, como si pudiera realmente oírme mejor, y la sentía tan presente, pensando por su parte intensamente en mí, que creía alcanzarla con mis inútiles llamadas, multiplicadas a riesgo de alertar y de provocar la fatalidad. Ni siquiera me di cuenta de que entre nosotros existía su infranqueable silencio.

¿Me oía ella? Deteniéndose a la entrada del puente, se volvió en mi dirección y se inmovilizó, espantosamente vulnerable... En una fría y agresiva pesadilla, me pareció que mis pies y mis piernas penetraban en una capa de barro que, cómplice del destino de Delfina, se espesaba, reteniéndome allí como a designio, lejos de ella... Lloré sobre unas palabras de amor que yo murmuraba con tanto ardor que tuve la sensación de que ella me las cogía tiernamente, una a una, en sus labios...

Fui sacado de mi desesperación por unos repentinos ruidos de motor. No lejos de Delfina dos vehículos se cruzaron. Hubo algo así como unas salvas... Fui alcanzado inmediatamente en pleno pecho, y aquella raíz viva de carne que yo sabía que era la de Delfina, se enganchó más violentamente en mí, como si la forzaran a abandonarme y ella se negase. Luego me fue arrancada... lentamente arrancada... En su lugar se hizo un vacío que se llenó de sombríos dolores. Anonadado, me hundí en el barro que me retenía en aquel sitio. No había ningún barro...

Cuando, algunos instantes después, me levanté, el silencio estaba de nuevo allí, Delfina, aquella mancha en el suelo...

Al verla así, quedé libre del barro. Reemprendí mi camino. Llegado al puente, tropecé con unos hombres ajenos a nuestro drama. Inflexibles, no quisieron dejarme que me acercara a Delfina, inanimada y tan cercana.

Le pegué a uno de ellos. Me sujetaron y, a pesar del desorden en el que se encontraba mi mente, pude enterarme de que una joven transeúnte acababa de ser matada por una bala perdida.

Pusieron sobre unas angarillas aquel débil y joven cuerpo de mujer, envuelto en mi vestido rojo. Con las sacudidas que le daban mientras la transportaban, sus pies desnudos se balanceaban...

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 6 y última)

Dilvish se detuvo una vez para apoyar la mano en el muro.

—¿Está lejos? —preguntó.

—Sí. ¿Por qué?

—Sigo notando las vibraciones con mucha fuerza —dijo Dilvish—. Debemos estar muy por debajo del nivel del castillo... metidos ya en la montaña.

—Cierto —replicó Reena, dando otra vuelta.

—Al principio he temido que nos echaran el castillo en la cabeza...

—Seguramente destruirán el castillo si esto dura mucho más —dijo la joven—. Estoy muy orgullosa de Ridley... a pesar de las inconveniencias.

—No me refería exactamente a eso —dijo Dilvish, mientras continuaban la huida hacia abajo—. ¡Eh! ¡Esto empeora! —Extendió una mano para conservar el equilibrio mientras la escalera temblaba con una pasajera onda de choque—. ¿No os parece que toda la montaña está temblando?

—Sí, así es —replicó Reena—. Debe ser cierto.

—¿El qué?

—Oí decir que hace siglos, en la cumbre de su poder, el ma... Jelerak creó esta montaña con un conjuro.

—¿Y?

—Si él está suficientemente arraigado en este lugar, supongo que podrá recurrir a esos viejos hechizos suyos para obtener más fuerza. En cuyo caso...

—La montaña podría derrumbarse igual que el castillo.

—Existe esa posibilidad. ¡Oh, Ridley! ¡Buena suerte!

—¡No será tan buena si seguimos debajo!

—Cierto —dijo Reena, que de pronto avanzó más deprisa todavía—. Puesto que él no es vuestro hermano, entiendo vuestra opinión. Sin embargo, debéis estar complacido viendo a Jelerak tan apremiado.

—Así es —admitió Dilvish—, pero debéis prepararos para cualquier contingencia.

Reena guardó silencio unos instantes.

—¿La muerte de Ridley? —preguntó por fin—. Sí. Hace tiempo que comprendí que había grandes posibilidades de esto, fuera cual fuese la naturaleza de su encuentro. De todas formas, desaparecer con tanto estrépito... Eso también impresiona, ¿sabéis?

—Sí —replicó Dilvish—. Yo también lo he pensado muchas veces.

De pronto, llegaron al rellano. Reena lo cruzó inmediatamente y condujo a Dilvish hacia un túnel. El rocoso suelo tembló bajo sus pies. La luz danzó de nuevo. En alguna parte hubo un lento ruido rechinante que duró tal vez diez segundos. Entraron corriendo en el túnel.

—¿Y vos? —dijo Reena, mientras se adentraban presurosos en el túnel—. Si Jelerak sobrevive, ¿continuaréis buscándole?

—Sí —dijo Dilvish—. Sé con certeza que él tiene como mínimo otras seis ciudadelas. Conozco la localización aproximada de varias. Las buscaré igual que busqué este lugar.

—Yo he estado en tres —replicó Reena—. Si sobrevivimos a esto, os explicaré algo de ellas. Tampoco será fácil asaltarlas.

—Eso no importa —dijo Dilvish—. Nunca pensé que fuera fácil. Si él vive, iré a visitarlas. Si no consigo localizarle, las destruiré una a una hasta que él tenga que verme por fuerza.

El ruido rechinante se produjo otra vez. Fragmentos de roca cayeron alrededor de la pareja. Mientras esto ocurría, la luz flotante desapareció.

—Quedaos quieto —dijo Reena—. Haré otra.

Varios instantes después, otra luz brilló entre las manos de la joven. Siguieron avanzando y los ruidos de la roca cesaron un rato.

—¿Qué haréis si Jelerak muere? —preguntó Reena.

Dilvish guardó silencio unos momentos.

—Visitaré mi patria —dijo por fin—. Ha pasado mucho tiempo desde que me fui. ¿Qué haréis vos si conseguimos salir de aquí?

—Tooma, Ánkyra, Blostra —replicó Reena—, como ya he dicho, si encuentro algún caballero deseoso de escoltarme hasta alguna de esas ciudades.

—Creo que eso podría arreglarse —dijo Dilvish.

Al acercarse al final del túnel, un intenso temblor recorrió la montaña entera. Reena se tambaleó; Dilvish la sujetó y fue arrojado contra el muro. A través de los hombros, notó las potentes vibraciones de la roca. Detrás de la pareja se inició un constante estruendo al caer piedras.

—¡Deprisa! —dijo Dilvish, empujando a la joven.

La luz avanzó ebriamente ante ellos. Llegaron a una fría caverna.

—Este es el lugar —dijo Reena, señalando con el dedo—. El trineo está allí.

Dilvish vio el vehículo, cogió del brazo a Reena y se dirigió hacia él.

—¿A qué altura de la montaña estamos? —preguntó.

—Dos tercios del camino, más o menos —dijo Reena—. Estamos un poco por debajo del punto donde la pendiente se hace muy escarpada.

—De todas formas, la pendiente no será suave —dijo Dilvish. Se detuvo junto al vehículo y apoyó una mano en el borde—. ¿Cómo proponéis sacarlo fuera?

—Esa será la parte difícil —replicó la joven. Metió la mano en su corpiño y sacó un pergamino doblado—. He arrancado esta hoja de uno de los libros de la torre. Cuando ordené a los criados que construyeran este trineo, sabía que necesitaría algo fuerte para arrastrarlo. Se trata de un encantamiento bastante complejo, pero hará venir a un animal demoníaco que obedecerá nuestras órdenes.

—¿Puedo verlo?

Reena le dio la hoja. Dilvish la desdobló y la sostuvo cerca de la luz flotante.

—Este hechizo requiere preparativos bastante largos —dijo instantes después—. No creo que nos quede tanto tiempo, a juzgar por la forma en que tiembla y se desmorona todo.

—Pero es la única posibilidad que tenemos —dijo Reena—. Necesitaremos estas provisiones. Yo no podía saber que la maldita montaña iba a desmoronarse. Tendremos que arriesgarnos a esa demora.

Dilvish sacudió la cabeza y le devolvió la hoja.

—Aguardad aquí —dijo—, ¡y no iniciéis ese hechizo todavía!

Dilvish dio media vuelta y se abrió paso por el túnel, donde soplaban heladas ráfagas. Cristales de nieve yacían en el suelo. Tras doblar un breve recodo, vio la amplia boca de la cueva, débilmente iluminada. El suelo tenía una gruesa capa de nieve encima del hielo. 

Dilvish se acercó a la entrada, asomó la cabeza, miró hacia abajo. Era posible pasar el trineo por el borde del saliente hasta un punto no muy alto a la izquierda. Pero luego el vehículo simplemente caería como un cohete, alcanzando una velocidad suicida mucho antes de llegar al pie de la montaña.

Dilvish avanzó hasta el mismo saliente, miró hacia arriba. Una proyección rocosa le impidió ver más arriba. Avanzó cinco pasos a la izquierda, observó, miró alrededor. Luego se aproximó al extremo derecho del saliente y volvió a mirar, protegiendo sus ojos de la ráfaga de helados cristales con una mano.

—¿Qué era aquello...?

—¡Black! —gritó Dilvish a un retazo de sombra más oscuro situado más arriba y a un lado—. ¡Black!

La sombra pareció agitarse. Dilvish ahuecó las manos a ambos lados de su boca y gritó de nuevo.

—¡Diiil... viish! —La respuesta bajó la pendiente hacia el guerrero en cuanto se apagó su grito.

—¡Aquí abajo! —Agitó las manos por encima de la cabeza.

—¡Ya... te... veo!

—¡¿Puedes llegar hasta aquí?!

No hubo réplica, pero la sombra se movió. Bajó del saliente donde estaba e inició un lento descenso con las patas rígidas hacia Dilvish, que siguió donde estaba, bien visible, agitando los brazos. 

La silueta de Black no tardó en aclararse entre los remolinos de nieve. Avanzaba con paso firme. Pasó por la mitad del recorrido, continuó. Al llegar junto a Dilvish, Black irradió calor varios segundos y la nieve se fundió y goteó a ambos lados.

—Están ocurriendo asombrosas brujerías en lo alto —dijo Black—. Vale la pena observarlas.

—Mucho mejor que lo hagamos de lejos —replicó Dilvish—. La montaña entera podría venirse abajo.

—Sí, se vendrá abajo —dijo Black—. Algo que hay arriba está recurriendo a viejos encantamientos muy elementales incrustados por todo el lugar. Es muy instructivo. Monta y te llevaré abajo.

—No es tan sencillo.

—¿Ah, no?

—Hay una mujer... y un trineo en la cueva.

Black apoyó las patas delanteras en el saliente y, tras tomar impulso, se situó junto a Dilvish.

—Entonces será mejor echar un vistazo —dijo—. ¿Cómo te ha ido arriba?

Dilvish se encogió de hombros.

—Todo eso habría sucedido igualmente sin estar yo, seguramente —dijo—, pero al menos he tenido el placer de ver a alguien poner en apuros a Jelerak.

—¿Está él arriba?

Se adentraron en la cueva.

—Su cuerpo está en otro sitio, pero la parte que muerde ha rendido visita.

—¿Con quién está peleando?

—Con el hermano de la dama que estás a punto de conocer. Por aquí.

Doblaron el recodo y entraron en la cueva más espaciosa. Reena seguía de pie junto al trineo. Se había cubierto con una piel. Los cascos metálicos de Black resonaron en la roca.

—¿Deseabais un animal demoníaco? —le dijo Dilvish—. Black, esta es Reena. Reena, os presento a Black.

Black inclinó la cabeza.

—Encantado —dijo Black—. Vuestro hermano me ha proporcionado considerable diversión mientras aguardaba fuera.

Reena sonrió y extendió una mano para tocarle el cuello.

—Gracias —dijo la joven—. Me complace conocerte. ¿Puedes ayudarnos?

Black se volvió y observó el trineo.

—Detrás —dijo al cabo de unos instantes. Y agregó—: Enganchado detrás del trineo, podría sujetarlo un poco y dejar que me precediera montaña abajo. Pero los dos tendréis que caminar... junto a mí, agarrados. No creo poder hacerlo si os ponéis en el trineo. Incluso así será difícil, pero considero que es la única forma.

—En ese caso, será mejor que lo saquemos y partamos —dijo Dilvish mientras la montaña temblaba de nuevo.

Reena y Dilvish agarraron el vehículo por ambos lados. Black se apoyó sobre la parte trasera. El trineo empezó a moverse. En cuanto llegaron a la nieve del suelo de la cueva, el avance se hizo más fácil. Finalmente, dieron vuelta al vehículo en la boca de la gruta y engancharon a Black a los arreos. 

Con cuidado, suavemente después, pasaron la parte trasera del vehículo por el saliente en la zona no muy elevada de la izquierda mientras Black avanzaba despacio, manteniendo la tensión en los arreos. Los patines golpearon la nieve de la pendiente y Black dejó caer el trineo hasta que reposó totalmente en el terreno. Luego fue detrás cautelosamente, dando rígidos tirones hacia arriba para sujetar el trineo tras dar el último salto.

—Muy bien —dijo—. Ahora bajad y agarraos a mí, uno a cada lado.

Dilvish y Reena lo siguieron y ocuparon sus respectivas posiciones. Black inició lentamente el avance.

—Difícil —dijo mientras descendían—. Un día inventarán nombres para las propiedades de los objetos, como la tendencia de un objeto a moverse en cuanto está en movimiento.

—¿De qué servirá eso? —preguntó Reena—. Todo el mundo sabe ya que eso es lo que sucede.

—¡Ah! Pero pueden aplicarse números a la cantidad de materia implicada y a la cantidad de empuje requerido, y obtener prodigiosos y útiles cálculos.

—Parece demasiado problemático para tan escaso provecho —dijo la joven—. Idear magia es mucho más fácil.

—Quizá tengáis razón.

Descendieron firmemente; los cascos de Black aplastaron la helada corteza. Más tarde, cuando por fin llegaron a un lugar desde donde se divisaba el castillo, vieron que la torre más elevada y otras no tan altas habían caído. Mientras lo observaban, una porción de muro se desmoronó. Los fragmentos rodaron por el borde y, por fortuna, bajaron la ladera muy a la derecha del grupo. 

Debajo de la nieve, la montaña temblaba constantemente, y llevaba ya largo rato así. Rocas y trozos de hielo rebotaban de vez en cuando junto a los tres fugados. Siguieron descendiendo durante lo que les pareció un tiempo interminable. Black movió el trineo hacia abajo, poco a poco, paso a paso, mientras Reena y Dilvish arrastraban sus ateridos pies junto a la montura.

Al llegar cerca del pie de la ladera, un terrible estruendo reverberó alrededor del grupo. Tras levantar la cabeza, vieron cómo se desmoronaban y menguaban los restos del castillo, que se plegaba sobre sí mismo. Black apretó el paso arriesgadamente mientras los fragmentos caían alrededor.

—Cuando lleguemos abajo —dijo—, desatadme inmediatamente, pero poneos al otro lado del trineo mientras lo hacéis. Lo pondré de través cuando lleguemos allí. Después, si podéis engancharme delante sin perder tiempo, hacedlo. Pero si la lluvia de fragmentos es demasiado fuerte, agazapaos al otro lado del trineo. Yo me situaré delante para servir de escudo. Pero si podéis engancharme delante, subid enseguida y mantened agachada la cabeza.

Bajaron patinando buena parte del trecho final, y por un instante pareció que el trineo iba a volcar mientras Black lo manejaba. Tras incorporarse, Dilvish empezó a desenganchar rápidamente el arnés. Reena se puso detrás del trineo y miró hacia arriba.

—¡Dilvish! ¡Mirad! —gritó.

Dilvish levantó la cabeza mientras terminaba de soltar los arreos y Black se apartó. El castillo había desaparecido por completo y habían surgido grandes fisuras en la ladera. En la cumbre de la montaña, dos columnas de humo, una oscura y otra clara, se erguían inmóviles pese al viento que debía azotarlas. Black se colocó entre los arreos. Dilvish comenzó a engancharlo otra vez. Más fragmentos descendían por la ladera, a la derecha del grupo.

—¿Qué es eso? —dijo Dilvish.

—La columna oscura es Jelerak —replicó Black.

Dilvish siguió observando de vez en cuando mientras enganchaba a Black, y de pronto vio que las columnas se movían, despacio, una hacia la otra. No tardaron en entrecruzarse, aunque sin confundirse, retorciéndose y enredándose como un par de serpientes en plena pelea. Dilvish terminó de poner los arneses.

—¡Subid! —gritó a Reena mientras otra porción de la montaña se desmoronaba.

—¡Tú también! —dijo Black, y Dilvish se colocó junto a la joven.

No tardaron en correr, cobrando cada vez más velocidad. La parte alta de la masa de hielo reventó y, pese a ello, los ondulantes rivales siguieron girando en el cielo.

—¡Oh, no! ¡Ridley está debilitándose! —dijo Reena mientras continuaba la huida. Dilvish vio que la columna oscura llevaba a la otra hacia el corazón de la desmoronada montaña. Black apretó el paso, aunque todavía resbalaban. Al poco tiempo, los humeantes rivales desaparecieron en lo alto. Black más velozmente, hacia el sur.

Tal vez pasó un cuarto de hora sin cambios en el panorama que dejaban atrás, aparte de que iba menguando de tamaño. Pero Dilvish y Reena, agazapados bajo las pieles, siguieron observando. Una sensación de premonición parecía brotar del paisaje. 

Cuando se produjo la conmoción, la tierra tembló y lanzó el trineo de un lado a otro, y los temblores continuaron mucho tiempo. La cumbre de la montaña reventó, salpicando el cielo con una oscura nube expansiva. Luego, la negra mancha quedó marcada con rayas, ensanchada por el viento, y algunas porciones se alargaron hacia el oeste como dedos lentamente extendidos. Al cabo de un rato, una potente onda de choque alcanzó al grupo.

Mucho más tarde, una solitaria nube, apagada y de bordes irregulares, la nube oscura, se separó de la confusión. Arrastrando rasgadas humaredas, sacudida por el viento, avanzó igual que un viejo tambaleante, huyendo hacia el sur. Pasó muy a la derecha del grupo y no se detuvo.

—Ese es Jelerak —dijo Black—. Está herido.

Contemplaron la turbulenta nube hasta que desapareció de pronto muy hacia el sur. Luego, de nuevo volvieron la cabeza hacia las ruinas del norte. Siguieron observando hasta que el lugar dejó de verse, pero la columna blanca no se alzó. Finalmente, Reena bajó la cabeza. Dilvish le pasó un brazo por los hombros. Los patines del trineo cantaban suavemente al deslizarse por la nieve.

Nuestra Señora de las Golondrinas - Marguerite Yourcenar

El monje Therapion había sido en su juventud el discípulo más fiel del gran Atanasio; era brusco, austero, dulce tan sólo con las criaturas en quienes no sospechaba la presencia de los demonios. En Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en Bizancio había confesado a los Emperadores: había venido a Grecia obedeciendo a un sueño, con la intención de exorcizar a aquella tierra aún sometida a los sortilegios de Pan. 

Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los campesinos, cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar en su lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los falos erigidos en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los dioses de arcilla escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los manantiales. 

Se había construido con sus propias manos una estrecha cabaña a orillas del Cefiso, poniendo gran cuidado en no emplear más que materiales bendecidos. 

Los campesinos compartían con él sus escasos alimentos y aunque aquellas gentes estaban macilentas, pálidas y desanimadas, debido al hambre y a las guerras que les habían caído encima, Therapíon no conseguía acercarlos al cielo. 

Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido de oro como un sol naciente, mas su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades que viven en los árboles o emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches depositaban, al pie del plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la única cabra que les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los macizos de árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de tomillo y miel. 

Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida figura y sustancia reales. 

Veíanse las huellas de sus pasos en la greda de sus fuentes, y la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el espejo de las rocas. Incluso sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese todavía en la viga mal pulida que sostenía el techo y, por la noche, se la oía quejarse o cantar. 

Casi todos los días se perdía alguna cabeza de ganado, a causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y hasta meses más tarde no lograban encontrar el montoncito que formaban sus huesos. 

Las Malignas cogían a los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde de los precipicios; sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se tragaba los pesados cuerpecillos de los niños. 

O bien alguno de los muchachos jóvenes que les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con la muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial. 

Cuando ocurrian estos desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques donde se escondían aquellas Malditas, pero los campesinos continuaban amando a las frescas hadas casi invisibles y les perdonaban sus fechorías igual que se le perdona al sol cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto hace sufrir. 

El monje las temía como a una banda de lobas, y le producían tanta inquietud como un rebaño de prostitutas. Aquellas caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las noches sentía en su rostro su aliento caliente como el de un animal a medio domesticar que rondase tímidamente por la habitación. Si se aventuraba por los campos, para llevar el viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote caprichoso v entrecortado de aquellas cabras jóvenes. 

Cuando, a pesar de sus esfuerzos, terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle inocentemente de la barba. No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo, ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a ser muy bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las culebras. 

No obstante, lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda la sabiduría de Dios, que ha creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales, como si la creación no fuera sino un juego maléfico con el que El se complaciese. 

Una mañana, los aldeanos encontraron a su monje serrando el plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por una parte, temían la venganza de las hadas ‑que se marcharían llevándose consigo fuentes y manantiales‑, y por otra parte, aquel plátano daba sombra a la plaza, en donde acostumbraban a reunirse para bailar. 

Mas no hicieron reproche alguno al santo varón, por miedo a malquistarse con el Padre que está en los cielos y que suministra la lluvia y el sol. Se callaron, y los proyectos del monje Therapion contra las Ninfas viéronse respaldados por aquel silencio.

Ya no salía nunca sin coger antes dos pedernales, que escondía entre los pliegues de su manga, y por la noche, subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por los campos desiertos, prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía ocultar a unas diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un llanto de oro. 

Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse con sus compañeras, inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, el santo monje se regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal. 

Plantaba cruces por todas partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de aquel sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada vez más amplia de silencio y de soledad. 

Pero la lucha proseguía pie tras pie por las primeras cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas de espinas y sus piedras resbaladizas, haciendo muy dificíl desalojar de allí a los dioses. 

Finalmente, envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la ausencia de ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes del pueblo se apartaban de ellas, las Ninfas buscaron refugio en un vallecito desierto, donde unos cuantos pinos negros plantados en un suelo arcilloso recordaban a unos grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras la tierra roja y moviesen por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. 

Los manantiales que por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto fríos para atraer a lavanderas y pastores. Una gruta se abría a mitad de la ladera de una colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar pasar un cuerpo. 

Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las noches en que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos los animales del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las noches sin luna. 

Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez en aquella caverna, con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y no cesaban de alabar aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas tinieblas, y aquellas cabelleras que se adivinaban, más que se palpaban. 

Para el monje Therapion, aquella gruta escondida en la ladera de la peña era como un cáncer hundido en su propio seno, y de pie a la entrada del valle, con los brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, oraba al cielo para que le ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de los dioses. 

Poco después de Pascua, el monje reunió una tarde a los más fieles y más recios de sus feligreses; les dio picos y linternas; él cogió un crucifijo y los guió a través del laberinto de colinas, por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar aquella noche oscura. 

El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados. En la sombra opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales. Un tenue ruido palpitaba, dulce como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas dormidas, que soñaban con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no existía el hombre y en que la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y a los dioses. 

Los aldeanos encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a quemar la roca; el monje les ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras. A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita. Los muros aún no se habían secado, el tejado no estaba puesto todavía y faltaba la puerta, pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no intentarían escapar atravesando el lugar santo, que él ya había consagrado y bendecido. 

Para mayor seguridad había plantado al fondo de la capilla, allí donde se abría la boca de la gruta, un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro brazos desiguales, y las Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante aquella imagen del Ajusticiado. 

Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las cautivas sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le decían que ‑en caso de que les permitiera huir‑ lo amarían. 

Continuaron los trabajos durante todo el día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por las piedras, y se oyeron toses y gritos roncos parecidos a las quejas de los animales heridos. Al día siguiente colocaron el tejado y lo adornaron con un ramo de flores; ajustaron la puerta y la cerraron con una gruesa llave de hierro. 

Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al pueblo, pero el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado edificar y, durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron deliciosamente dormir. 

No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su hábito, pero en aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber emparedado, entre dos ladrillos, un nido de víboras.

Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y embadurnaron con ella la capilla, por dentro y por fuera; adquirió el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el seno de la roca. Dos lugareños menos miedosos que los demás se aventuraron dentro de la gruta para blanquear sus paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las fuentes y la miel de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y de sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas. 

Las Ninfas, muy débiles, no tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía adivinarse aquí y allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída, dos frágiles manos suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo. 

O asimismo, de cuando en cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus gruesos dedos blancos de cal, los aldeanos sentían huir una cabellera suave y temblorosa como esos culantrillos que crecen en los sitios húmedos y abandonados. 

El cuerpo deshecho de las Ninfas se descomponía en forma de vaho, o se preparaba a caer convertido en polvo, como las alas de una mariposa muerta; seguían gimiendo, pero había que aguzar el oído para oír aquellas débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban. 

Durante toda la noche siguiente el monje Therapion continuó montando su guardia de oración a la entrada de la capilla, como un anacoreta en el desierto. Se alegraba de pensar que antes de la nueva luna las quejas habrían cesado y las Ninfas, muertas ya de hambre, no serían más que un impuro recuerdo. 

Rezaba para apresurar el instante en que la muerte liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas a pesar suyo, y se avergonzaba de su debilidad. Ya nadie subía hasta donde él estaba; el pueblo parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos pinos y un sendero casi tapado por las agujas de oro. Sólo oía los estertores de las Ninfas, que iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus propias oraciones. 

En la tarde de aquel día vio venir por el sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la cabeza baja, un poco encorvada; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz misteriosa se abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la noche sobre la mañana. 

Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas maduras y a la de la flor perfumada. Al pasar por delante de la capilla miró atentamente al monje, que se vio turbado en sus oraciones.

‑Este sendero no lleva a ninguna parte, mujer ‑le dijo‑. ¿De dónde vienes?

 ‑Del Este, como la mañana ‑respondió la joven‑. ¿Y qué haces tú aquí, anciano monje?

‑He emparedado en esta gruta a las Ninfas que infestaban la comarca ‑dijo el monje‑, y delante de su antro he edificado una capilla. Ellas no se atreven a atravesarla para huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios. Estoy esperando a que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto suceda, la paz de Dios reinará en los campos.

‑¿Y quién te dice que la paz de Dios no se extiende también a las Ninfas lo mismo que a los rebaños de cabras? ‑respondió la joven‑ ¿No sabes que en tiempos de la Creación, Dios olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se instalaron en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas? Y otros se instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos. No exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices tampoco de Su Obra. Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber creado a Diana y a Apolo.

‑Mi espíritu no se eleva tan alto ‑dijo humildemente el monje‑. Las Ninfas importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el Infierno.

‑Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado monje ‑dijo sonriendo la joven‑. Pero ¿no puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus feligreses?

Su voz era dulce, como la música de una flauta. El monje, inquieto, agachó la cabeza. La joven le puso la mano en el hombro y le dijo con gravedad:
‑Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio. En una gruta traje yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo confié sin temor a la Muerte, con el fin de que naciera por segunda vez en su Resurrección.

El anacoreta se apartó para dejarla pasar. Sin vacilar, se dirigió ella a la entrada de la caverna, escondida detrás del altar. La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con cuidado, como un objeto familiar, y se introdujo en el antro.

Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún más agudos, un piar de pájaros y roces de alas. La joven hablaba con las Ninfas en una lengua desconocida, que acaso fuera la de los pájaros o la de los ángeles. Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del monje, que no había parado de rezar.

‑Mira, monje... ‑le dijo‑. Y escucha...

Innumerables grititos estridentes salían de debajo de su manto. Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas. Abrió ampliamente los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los pájaros. Luego dijo, con una voz tan clara como el sonido del arpa:
‑Id, hijas mías...

Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables. El anciano y la joven las siguieron un instante con la mirada, y luego la viajera le dijo al solitario:

 ‑Volverán todos los años, y tú les darás asilo en mi iglesia. Adiós, Therapion.

Y María se fue por el sendero que no lleva a ninguna parte, como mujer a quien poco importa que se acaben los caminos, ya que conoce el modo de andar por el cielo. 

El monje Therapion bajó al pueblo y al día siguiente, cuando subió a decir misa en la capilla, la gruta de las Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas. Volvieron todos los años y se metían en la iglesia, muy ocupadas en dar de comer a sus pequeñuelos o consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje Therapion interrumpía sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores y sus juegos, pues lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las golondrinas.