INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta ninfas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ninfas. Mostrar todas las entradas

El hombre que amó a las Nereidas - Marguerite Yourcenar

Estaba de pie, descalzo entre el polvo, el calor y los hedores del puerto, bajo el deteriorado toldo de un café donde unos cuantos clientes se habían desplomado en las sillas con la vana esperanza de protegerse del sol. 

Los pantalones, viejos y rojizos, apenas le llegaban a los tobillos y el huesecillo puntiagudo, la arista del talón, las plantas largas y llenas de callosidades y escoriaduras, los dedos flexibles y táctiles, pertenecían a esa raza de pies inteligentes, acostumbrados al contacto del aire y del sol endurecidos por las asperezas de las piedras, que aún conservan en los países mediterráneos algo de la libre soltura del hombre desnudo en el hombre vestido. Pies ágiles, tan diferentes de los torpes soportes encerrados en los zapatos del norte... 

El azul desvaído de su camisa armonizaba con las tonalidades del cielo desteñido por la luz del verano; sus hombros y omoplatos se vislumbraban por los rotos de la tela como descarnadas rocas; tenía las orejas un poco alargadas y encuadraban oblicuamente su rostro a la manera de las asas de un ánfora; incontestables rastros de belleza veíanse todavía en su rostro macilento y ausente, como el aflorar, en un terreno ingrato, de una antigua estatua rota. Sus ojos de animal enfermo se escondían sin desconfianza tras unas pestañas tan largas como las que orlan los párpados de las mulas; llevaba la mano derecha continuamente tendida, con el ademán obstinado e importuno de los ídolos arcaicos que hay en los museos y que parecen reclamar a los visitantes la limosna de su admiración, y unos balidos desarticulados se escapaban de su boca abierta de par en par, que dejaba ver unos dientes espléndidos.

-¿Es sordomudo?
-Sordo no es.

Jean Demetriadis, el propietario de las grandes fábricas de jabón de la isla, aprovechó un momento de desatención, en que la mirada vaga del idiota se perdía del lado del mar, para dejar caer una dracma en las lisas baldosas. El ligero tintineo, medio ahogado por la fina capa de arena, no se perdió para el mendigo, quien recogió ávidamente la monedita de blanco metal y volvió de inmediato a su postura contemplativa y quejumbrosa, como una gaviota a orillas del muelle.

-No está sordo -repitió Jean Demetriadis dejando ante él la taza medio llena de untuosos posos negros-. La palabra y el entendimiento le fueron arrebatados en tales condiciones que, en algunas ocasiones, hasta llego a envidiarle; yo, que soy un hombre razonable y rico, pues no encuentro a menudo en mi camino más que aburrimiento y vacío. 

Ese Panegyotis (así se llama) se quedó mudo a los dieciocho años por haber tropezado con las Nereidas desnudas.

Una sonrisa tímida se dibujó en los labios de Panegyotis, que había oído pronunciar su nombre. No parecía entender el sentido de las palabras que decía aquel hombre tan importante, en quien él reconocía vagamente a un protector, pero el tono, ya que no las palabras mismas, le llegaba. 

Contento de saber que hablaban de él y pensando que tal vez convendría esperar de nuevo una limosna, avanzó la mano imperceptiblemente, con el movimiento temeroso de un perro que roza con la pata la rodilla de su amo para que no se olvide de darle de comer.

-Es hijo de uno de los campesinos más acomodados de mi pueblo -prosiguió Jean Demetriadis-, y por excepción entre nosotros, estas gentes son ricas de verdad. Sus padres poseen tantos campos que no saben qué hacer con ellos, una buena casa de piedra sillar, un vergel con diversas variedades de árboles frutales y un huerto con verduras, un despertador en la cocina, una lámpara encendida ante la pared de los iconos; en fin, que disponen de todo lo necesario. 

Podía decirse de Panegyotis lo que pocas veces se puede decir de un joven griego: que tenía asegurado su pan para toda la vida. También podía decirse que ya tenía trazado el camino que debería seguir, un camino griego, polvoriento, lleno de guijarros y bastante monótono, aunque con unos cuantos grillos cantarines aquí y allá, y la posibilidad de hacer de cuando en cuando un alto agradable a la puerta de la taberna. 

Ayudaba a las viejas a varear las aceitunas; vigilaba el embalaje de los cajones de uvas y el peso de los fardos de lana; en las discusiones con los compradores de tabaco apoyaba discretamente a su padre escupiendo con asco ante cualquier proposición que no rebasara el precio apetecido; era novio de la hija del veterinario, una agraciada muchachita que trabajaba en mi fábrica. 

Como era muy apuesto, se le atribuían tantas amantes como mujeres existen en la comarca aficionadas al amor; se llegó incluso a decir que se acostaba con la mujer del sacerdote; si así era, el sacerdote no le guardaba rencor, pues no le gustaban las mujeres y se desinteresaba de la suya, que, por lo demás, suele ofrecerse a cualquiera. 

Imagínese la humilde felicidad de un Panegyotis; poseía el amor de las hermosas, la envidia de los hombres y, en algunas ocasiones, su deseo; un reloj de plata, cada dos o tres días una camisa maravillosamente blanca planchada por su madre, arroz "pilaf", al mediodía y el "ouzo" glauco y perfumado antes de la cena. 

Pero la felicidad es frágil y, cuando no la destruyen las circunstancias o los hombres, se ve amenazada por los fantasmas. Acaso no sepa usted que nuestra isla se halla poblada de presencias misteriosas. 

Nuestros fantasmas no se parecen a sus espectros del norte, que sólo salen a medianoche y se alojan durante el día en los cementerios. Nuestros fantasmas olvidan cubrir su cuerpo con una sábana blanca y su esqueleto se halla recubierto de carne. Pero tal vez sean más peligrosos que las almas de los muertos, ya que éstos, al menos, han sido bautizados y han conocido la vida, han sabido lo que es sufrir. 

Las Nereidas de nuestros campos son inocentes y malvadas como la naturaleza misma, que tan pronto protege al hombre como lo destruye. Los dioses y las diosas de la antigüedad están bien muertos, y los museos sólo conservan sus cadáveres de mármol. 

Nuestras ninfas se parecen más a las hadas de su país que a la imagen que de ellas tienen ustedes, según el modelo de Praxiteles. Pero nuestro pueblo cree en ellas y en sus poderes; existen igual que la tierra, el agua y el peligroso sol. En ellas, la luz del verano se hace carne, y, por eso, verlas dispensa vértigo y estupor. Sólo salen a la hora trágica del mediodía; están como inmersas en el misterio de la luz del día. 

Si los campesinos atrancan la puerta de sus casas antes de echarse la siesta, es por ellas; estas hadas auténticamente fatales son hermosas, van desnudas y son refrescantes y nefastas como el agua en que bebemos los gérmenes de la fiebre; los que las vieron se consumen lentamente de languidez y de deseo. 

Los que tuvieron el atrevimiento de acercarse a ellas se quedan mudos para toda la vida, pues no deben revelarse al vulgo los secretos del amor. Pues bien, una mañana de julio dos corderos del padre de Panegyotis se pusieron a dar vueltas. 

La epidemia se propagó rápidamente a las más bellas reses del rebaño y el cuadro de tierra apisonada que había delante de la casa tuvo que transformarse rápidamente en asilo para ganado alienado. 

Panegyotis se fue solo, en plena canícula, bajo el sol, a buscar a un veterinario que vive en la otra vertiente del Monte de San Elías, en un pueblecito agazapado a orillas del mar. Al llegar el crepúsculo, aún no estaba de vuelta. 

La inquietud del padre de Panegyotis pasó de sus corderos a su hijo; registraron en vano todo el campo y los valles de los alrededores; durante toda la noche, las mujeres de la familia estuvieron rezando en la capilla del pueblo -que no es más que un granero iluminado por dos docenas de cirios-, donde parece que a cada momento vaya a entrar la Virgen para dar a luz a Jesús. 

Al día siguiente por la noche, a la hora del descanso, cuando los hombres se sientan en la plaza del pueblo ante una taza de café, un vaso de agua o una cucharada de mermelada, vieron volver a un Panegyotis muy cambiado, tanto como si hubiera pasado por la muerte. 

Sus ojos centelleaban, pero parecía como si el blanco del ojo y la pupila hubieran devorado al iris; dos meses de malaria no lo hubieran puesto más amarillo; una sonrisa un poco repugnante deformaba sus labios, de los que ya no salían palabras. No obstante, aún no estaba completamente mudo. Unas sílabas entrecortadas se le escapaban de la boca como los últimos gorgoteos de un manantial que muere:

"-Las Nereidas... Las señoras... Nereidas... Hermosas... Desnudas... Es estupendo... Rubias. .. Todo el cabello rubio..."

Estas fueron las únicas palabras que se le pudieron sacar. Varias veces, en los días que siguieron, se le oyó de nuevo repetir despacio, para sí mismo: "Pelo rubio... rubio", como si estuviera acariciando seda. Sus ojos dejaron de brillar, pero su mirada, que se hizo vaga y fija, adquirió unas propiedades peculiares: puede contemplar el sol sin pestañear; tal vez encuentra un gran placer en contemplar este astro de un rubio tan deslumbrador. 

Yo estaba en el pueblo durante las primeras semanas de su delirio: no tenía fiebre, ni síntomas de insolación o ataque alguno. Sus padres lo llevaron para que lo exorcizasen a un célebre monasterio que había en la vecindad: se dejó conducir con la misma dulzura que un cordero enfermo, pero ni las ceremonias de la Iglesia, ni las fumigaciones de incienso, ni los ritos mágicos de las viejas del pueblo pudieron liberar su sangre de las ninfas locas de color del sol. 

Los primeros días de su nuevo estado transcurrieron en incesantes idas y venidas; retornaba incansablemente al lugar donde había surgido la aparición: hay allí una fuente, donde van los pescadores algunas veces para proveerse de agua dulce, un valle pequeño y encajonado, un campo de higueras y un sendero que desciende hasta el mar. 

Las gentes han creído ver en la hierba rala unas huellas ligeras de pies femeninos, algún espacio que otro hollado por el peso de unos cuerpos. Puede uno imaginar fácilmente la escena: los rayos de sol abriéndose camino por la sombra de las higueras, que no es una sombra, sino una forma más verde y más suave que la luz; el joven lugareño inquieto al oír unas risas y unos gritos de mujer, lo mismo que un cazador ante un batir de alas; las divinas muchachas levantando sus brazos con el vello dorado interceptando el sol; la sombra de una hoja que se desplaza sobre un vientre desnudo; un seno claro, cuyo pezón es rosa y no violeta; los besos de Panegyotis devorando aquellas cabelleras, lo que daría la impresión de estar masticando miel; su deseo perdiéndose por entre aquellas piernas doradas. 

Del mismo modo que no existe amor sin arrebato del corazón, apenas existe auténtica voluptuosidad sin la fascinación de la belleza. El resto no es más que funcionamiento maquinal, como la sed o el hambre. Las Nereidas dieron acceso al joven insensato a un mundo femenino tan diferente de las muchachas de la isla como éstas lo son de las hembras del ganado; le trajeron la embriaguez de lo desconocido, el agotamiento del milagro, las malignidades centelleantes de la felicidad. 

Se pretende que sigue viéndose con ellas en las horas cálidas, cuando esos hermosos demonios del mediodía rondan en busca de amor; parece haber olvidado hasta el rostro de su antigua novia, de la que se aparta como si fuera una repugnante mona; escupe cuando pasa la mujer del pope, que estuvo llorando dos meses antes de consolarse. 

Las ninfas lo han idiotizado, para poder mezclarlo más fácilmente a sus juegos, como una especie de fauno inocente. Ya no trabaja; no se preocupa ni de los meses ni de los días; se ha hecho mendigo, de suerte que casi siempre logra comer lo necesario.

Vagabundea por la comarca evitando las carreteras anchas; se mete por los campos y por los bosques de pinos, así como por los desfiladeros de las desiertas colinas, y se cuenta que una flor de jazmín colocada encima de una tapia de adobe, una piedrecilla blanca al pie de un ciprés son otros tantos mensajes en los que descifra la hora y el lugar de la próxima cita con las hadas. 

Los campesinos pretenden que nunca envejecerá: como todos aquellos a quienes han echado mal de ojo, se marchitará sin que se sepa si tiene dieciocho o cuarenta años. Pero sus rodillas tiemblan, su entendimiento se fue para no volver jamás y la palabra no renacerá en sus labios. 

Homero ya sabía cómo ven consumirse su inteligencia y sus fuerzas aquellos que se acuestan con las diosas de oro. Más yo envidio a Panegyotis. Ha salido del mundo de los hechos para entrar en el de las ilusiones, y a veces se me ocurre pensar que tal vez la ilusión sea la forma que adoptan a los ojos del vulgo las más secretas realidades.

-Pero, vamos, Jean -dijo irritada la señora Demetriadis-, ¿no creerás de verdad que Panegyotis se encontró con las Nereidas?
Jean Demetriadis no contestó, ocupado como estaba en levantarse de su silla para devolver su altivo saludo a tres extranjeras que pasaban por allí. 

Aquellas tres jóvenes americanas, muy bien vestidas con trajes de tela blanca, caminaban con paso ligero por el muelle inundado de sol, seguidas de un viejo mozo de cuerda, doblado en dos bajo el peso de las vituallas compradas en el mercado; y lo mismo que tres niñas pequeñas al salir del colegio, se cogían de la mano. 

Una de ellas no llevaba sombrero, sino unas briznas de mirto prendidas en su rojiza cabellera; la segunda llevaba un enorme sombrero mexicano, y la tercera, gafas de sol con cristales ahumados que la protegían como si fuera una máscara. 

Aquellas tres jóvenes se habían instalado en la isla, donde habían comprado una casa situada lejos de las carreteras importantes: pescaban por las noches con un tridente, a bordo de su barca, y cazaban codornices en el otoño. No se hablaban con nadie y ellas mismas realizaban las tareas de la casa, por miedo a introducir una criada en la intimidad de su existencia; se aislaban, hurañas, para evitar murmuraciones, prefiriendo tal vez las calumnias. 

Traté en vano de interceptar la mirada que echó Panegyotis a aquellas tres diosas, pero sus ojos distraídos seguían vagos y sin luz: era manifiesto que no reconocía a sus Nereidas vestidas de mujer. De repente, se agachó con el movimiento ágil de un animal, para recoger la dracma que había caído de nuestros bolsillos y pude observar, entre el basto pelo del chaquetón que llevaba al hombro, sujeto a sus tirantes, el único objeto que podía proporcionar una prueba imponderable a mi convicción: el hilo sedoso, el delgado hilo, el hilo perdido de un cabello rubio.

Nuestra Señora de las Golondrinas - Marguerite Yourcenar

El monje Therapion había sido en su juventud el discípulo más fiel del gran Atanasio; era brusco, austero, dulce tan sólo con las criaturas en quienes no sospechaba la presencia de los demonios. En Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en Bizancio había confesado a los Emperadores: había venido a Grecia obedeciendo a un sueño, con la intención de exorcizar a aquella tierra aún sometida a los sortilegios de Pan. 

Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los campesinos, cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar en su lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los falos erigidos en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los dioses de arcilla escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los manantiales. 

Se había construido con sus propias manos una estrecha cabaña a orillas del Cefiso, poniendo gran cuidado en no emplear más que materiales bendecidos. 

Los campesinos compartían con él sus escasos alimentos y aunque aquellas gentes estaban macilentas, pálidas y desanimadas, debido al hambre y a las guerras que les habían caído encima, Therapíon no conseguía acercarlos al cielo. 

Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido de oro como un sol naciente, mas su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades que viven en los árboles o emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches depositaban, al pie del plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la única cabra que les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los macizos de árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de tomillo y miel. 

Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida figura y sustancia reales. 

Veíanse las huellas de sus pasos en la greda de sus fuentes, y la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el espejo de las rocas. Incluso sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese todavía en la viga mal pulida que sostenía el techo y, por la noche, se la oía quejarse o cantar. 

Casi todos los días se perdía alguna cabeza de ganado, a causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y hasta meses más tarde no lograban encontrar el montoncito que formaban sus huesos. 

Las Malignas cogían a los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde de los precipicios; sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se tragaba los pesados cuerpecillos de los niños. 

O bien alguno de los muchachos jóvenes que les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con la muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial. 

Cuando ocurrian estos desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques donde se escondían aquellas Malditas, pero los campesinos continuaban amando a las frescas hadas casi invisibles y les perdonaban sus fechorías igual que se le perdona al sol cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto hace sufrir. 

El monje las temía como a una banda de lobas, y le producían tanta inquietud como un rebaño de prostitutas. Aquellas caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las noches sentía en su rostro su aliento caliente como el de un animal a medio domesticar que rondase tímidamente por la habitación. Si se aventuraba por los campos, para llevar el viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote caprichoso v entrecortado de aquellas cabras jóvenes. 

Cuando, a pesar de sus esfuerzos, terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle inocentemente de la barba. No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo, ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a ser muy bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las culebras. 

No obstante, lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda la sabiduría de Dios, que ha creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales, como si la creación no fuera sino un juego maléfico con el que El se complaciese. 

Una mañana, los aldeanos encontraron a su monje serrando el plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por una parte, temían la venganza de las hadas ‑que se marcharían llevándose consigo fuentes y manantiales‑, y por otra parte, aquel plátano daba sombra a la plaza, en donde acostumbraban a reunirse para bailar. 

Mas no hicieron reproche alguno al santo varón, por miedo a malquistarse con el Padre que está en los cielos y que suministra la lluvia y el sol. Se callaron, y los proyectos del monje Therapion contra las Ninfas viéronse respaldados por aquel silencio.

Ya no salía nunca sin coger antes dos pedernales, que escondía entre los pliegues de su manga, y por la noche, subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por los campos desiertos, prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía ocultar a unas diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un llanto de oro. 

Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse con sus compañeras, inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, el santo monje se regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal. 

Plantaba cruces por todas partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de aquel sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada vez más amplia de silencio y de soledad. 

Pero la lucha proseguía pie tras pie por las primeras cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas de espinas y sus piedras resbaladizas, haciendo muy dificíl desalojar de allí a los dioses. 

Finalmente, envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la ausencia de ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes del pueblo se apartaban de ellas, las Ninfas buscaron refugio en un vallecito desierto, donde unos cuantos pinos negros plantados en un suelo arcilloso recordaban a unos grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras la tierra roja y moviesen por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. 

Los manantiales que por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto fríos para atraer a lavanderas y pastores. Una gruta se abría a mitad de la ladera de una colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar pasar un cuerpo. 

Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las noches en que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos los animales del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las noches sin luna. 

Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez en aquella caverna, con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y no cesaban de alabar aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas tinieblas, y aquellas cabelleras que se adivinaban, más que se palpaban. 

Para el monje Therapion, aquella gruta escondida en la ladera de la peña era como un cáncer hundido en su propio seno, y de pie a la entrada del valle, con los brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, oraba al cielo para que le ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de los dioses. 

Poco después de Pascua, el monje reunió una tarde a los más fieles y más recios de sus feligreses; les dio picos y linternas; él cogió un crucifijo y los guió a través del laberinto de colinas, por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar aquella noche oscura. 

El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados. En la sombra opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales. Un tenue ruido palpitaba, dulce como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas dormidas, que soñaban con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no existía el hombre y en que la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y a los dioses. 

Los aldeanos encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a quemar la roca; el monje les ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras. A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita. Los muros aún no se habían secado, el tejado no estaba puesto todavía y faltaba la puerta, pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no intentarían escapar atravesando el lugar santo, que él ya había consagrado y bendecido. 

Para mayor seguridad había plantado al fondo de la capilla, allí donde se abría la boca de la gruta, un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro brazos desiguales, y las Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante aquella imagen del Ajusticiado. 

Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las cautivas sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le decían que ‑en caso de que les permitiera huir‑ lo amarían. 

Continuaron los trabajos durante todo el día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por las piedras, y se oyeron toses y gritos roncos parecidos a las quejas de los animales heridos. Al día siguiente colocaron el tejado y lo adornaron con un ramo de flores; ajustaron la puerta y la cerraron con una gruesa llave de hierro. 

Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al pueblo, pero el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado edificar y, durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron deliciosamente dormir. 

No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su hábito, pero en aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber emparedado, entre dos ladrillos, un nido de víboras.

Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y embadurnaron con ella la capilla, por dentro y por fuera; adquirió el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el seno de la roca. Dos lugareños menos miedosos que los demás se aventuraron dentro de la gruta para blanquear sus paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las fuentes y la miel de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y de sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas. 

Las Ninfas, muy débiles, no tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía adivinarse aquí y allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída, dos frágiles manos suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo. 

O asimismo, de cuando en cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus gruesos dedos blancos de cal, los aldeanos sentían huir una cabellera suave y temblorosa como esos culantrillos que crecen en los sitios húmedos y abandonados. 

El cuerpo deshecho de las Ninfas se descomponía en forma de vaho, o se preparaba a caer convertido en polvo, como las alas de una mariposa muerta; seguían gimiendo, pero había que aguzar el oído para oír aquellas débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban. 

Durante toda la noche siguiente el monje Therapion continuó montando su guardia de oración a la entrada de la capilla, como un anacoreta en el desierto. Se alegraba de pensar que antes de la nueva luna las quejas habrían cesado y las Ninfas, muertas ya de hambre, no serían más que un impuro recuerdo. 

Rezaba para apresurar el instante en que la muerte liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas a pesar suyo, y se avergonzaba de su debilidad. Ya nadie subía hasta donde él estaba; el pueblo parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos pinos y un sendero casi tapado por las agujas de oro. Sólo oía los estertores de las Ninfas, que iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus propias oraciones. 

En la tarde de aquel día vio venir por el sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la cabeza baja, un poco encorvada; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz misteriosa se abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la noche sobre la mañana. 

Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas maduras y a la de la flor perfumada. Al pasar por delante de la capilla miró atentamente al monje, que se vio turbado en sus oraciones.

‑Este sendero no lleva a ninguna parte, mujer ‑le dijo‑. ¿De dónde vienes?

 ‑Del Este, como la mañana ‑respondió la joven‑. ¿Y qué haces tú aquí, anciano monje?

‑He emparedado en esta gruta a las Ninfas que infestaban la comarca ‑dijo el monje‑, y delante de su antro he edificado una capilla. Ellas no se atreven a atravesarla para huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios. Estoy esperando a que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto suceda, la paz de Dios reinará en los campos.

‑¿Y quién te dice que la paz de Dios no se extiende también a las Ninfas lo mismo que a los rebaños de cabras? ‑respondió la joven‑ ¿No sabes que en tiempos de la Creación, Dios olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se instalaron en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas? Y otros se instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos. No exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices tampoco de Su Obra. Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber creado a Diana y a Apolo.

‑Mi espíritu no se eleva tan alto ‑dijo humildemente el monje‑. Las Ninfas importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el Infierno.

‑Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado monje ‑dijo sonriendo la joven‑. Pero ¿no puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus feligreses?

Su voz era dulce, como la música de una flauta. El monje, inquieto, agachó la cabeza. La joven le puso la mano en el hombro y le dijo con gravedad:
‑Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio. En una gruta traje yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo confié sin temor a la Muerte, con el fin de que naciera por segunda vez en su Resurrección.

El anacoreta se apartó para dejarla pasar. Sin vacilar, se dirigió ella a la entrada de la caverna, escondida detrás del altar. La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con cuidado, como un objeto familiar, y se introdujo en el antro.

Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún más agudos, un piar de pájaros y roces de alas. La joven hablaba con las Ninfas en una lengua desconocida, que acaso fuera la de los pájaros o la de los ángeles. Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del monje, que no había parado de rezar.

‑Mira, monje... ‑le dijo‑. Y escucha...

Innumerables grititos estridentes salían de debajo de su manto. Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas. Abrió ampliamente los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los pájaros. Luego dijo, con una voz tan clara como el sonido del arpa:
‑Id, hijas mías...

Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables. El anciano y la joven las siguieron un instante con la mirada, y luego la viajera le dijo al solitario:

 ‑Volverán todos los años, y tú les darás asilo en mi iglesia. Adiós, Therapion.

Y María se fue por el sendero que no lleva a ninguna parte, como mujer a quien poco importa que se acaben los caminos, ya que conoce el modo de andar por el cielo. 

El monje Therapion bajó al pueblo y al día siguiente, cuando subió a decir misa en la capilla, la gruta de las Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas. Volvieron todos los años y se metían en la iglesia, muy ocupadas en dar de comer a sus pequeñuelos o consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje Therapion interrumpía sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores y sus juegos, pues lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las golondrinas.