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El problema de la señora Blynn, el problema del mundo - Patricia Highsmith

La señora Palmer se estaba muriendo; ni a ella ni a ninguna otra persona de la casa le cabía la menor duda al respecto. Los habitantes de la casa habían pasado de ser dos —la señora Palmer y Elsie, la doncella— a ser cuatro en los diez últimos días. 

La hija de Elsie, Liza, que tenía 14 años, había acudido a ayudar a su madre y se había llevado a su peludo perro pastor, Princy, que para la señora Palmer era el cuarto habitante de la casa. Liza se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en la cocina y dormía en la pequeña habitación de techo bajo con dos literas, situada tan solo unos escalones más abajo de la habitación de la señora Palmer. 

La casa era pequeña: un saloncito, comedor y cocina en la planta baja, y arriba, el dormitorio de la señora Palmer, el cuarto de las literas y un cuartito donde dormía Elsie. Todos los techos eran bajos y las puertas y el techo de la escalera aún más bajos, de modo que uno tenía que agachar la cabeza constantemente.

La señora Palmer pensó que ya no tendría que seguir agachando la cabeza mucho tiempo, ya que solo se levantaba dos veces al día, con su bata color lavanda ceñida al cuerpo contra el frío, camino del cuarto de baño. Tenía leucemia. No sufría ningún dolor, pero estaba terriblemente débil. Tenía sesenta y un años. 

Su hijo Gregory, oficial de la RAF, estaba destacado en Oriente Próximo. Tal vez llegaría a tiempo y tal vez no. La señora Palmer, de forma deliberada, no le había mandado un telegrama urgente, pues no quería molestarle ni importunarle; y en su telegrama de respuesta, él había dicho simplemente que haría lo posible por conseguir un permiso e ir a verla, y que le comunicaría la fecha exacta de su llegada. 

Su propio telegrama había sido cobarde, pensó la señora Palmer. ¿Por qué no había tenido el valor de decirle claramente: «Me estoy muriendo, no creo que dure más de una semana. ¿Puedes venir a verme?»?

¡Señora Palmer! ―Elsie asomó la cabeza por la puerta, con una mano enharinada apoyada en el quicio―. ¿A qué hora ha dicho hoy la señora Blynn: a las cuatro y media o a las cinco y media?

La señora Palmer no lo sabía, y le parecía que no tenía ninguna importancia.

―Creo que a las cinco y media.

Elsie asintió preocupada, pensando en qué serviría con el té si era a las cinco y media y no a las cuatro y media. El té de las cinco y media podía ser menos sustancioso, porque la señora Blynn ya habría tomado un té en otra parte.

―¿Quiere que le traiga algo, señora Palmer? ―preguntó en un tono dulce, con sincera preocupación.

―No, gracias, Elsie, estoy bien. ―La señora Palmer suspiró cuando Elsie volvió a cerrar la puerta. Elsie era voluntariosa, pero no inteligente. La señora Palmer no podía hablar con ella, y aunque no pretendía hablar de cosas íntimas con ella, sí le habría gustado tener la sensación de que podía hablar con alguien en la casa si lo deseaba.

La señora Palmer no tenía amigos íntimos en el pueblo, porque solo llevaba un mes allí. Se dirigía a Escocia cuando la invadió otra vez aquella debilidad y se desmayó en el andén de la estación de Ipswich. Un largo viaje a Escocia en tren o incluso en avión pareció entonces totalmente fuera de lugar, de modo que, siguiendo las indicaciones de un médico desconocido, la señora Palmer había cogido un taxi y se había desplazado a un pueblo de la costa este llamado Eamington, donde, según el propio médico, había una enfermera que visitaba a domicilio, y donde el aire era espléndido y vigorizante. 

Obviamente, el médico había pensado que solo necesitaba descansar unas semanas y que luego se recuperaría, pero la señora Palmer tenía la premonición de que eso no era verdad.

Los primeros días se había encontrado mejor en aquel pueblo pequeño y tranquilo; había visto la casita llamada Sea Maiden («Doncella del Mar») y la había alquilado enseguida, pero la racha de energía había durado poco. Ya en Sea Maiden había vuelto a desmayarse y tenía la sensación de que Elsie e incluso otras personas que habían conocido, como el señor Frowley, el agente inmobiliario, tomaban a mal su faiblesse

Ella no solo era una extraña que había venido a molestarles, a pedirles cosas, sino que su recaída ponía en cuestión los poderes curativos del aire de Eamington, que, en aquel momento, consistía básicamente en vientos de tormenta que azotaban día y noche desde el noreste, arrancando los botones de los abrigos y cubriendo todas las ventanas de las casas costeras de una película opaca de sal y rociaduras del mar.

La señora Palmer sentía convertirse en una carga, pero por lo menos podía pagarlo, pensó. Había alquilado una casa de campo bastante desvencijada que, de lo contrario, habría estado vacía todo el invierno, pues ya era principios de febrero. 

Había contratado a Elsie, ofreciéndole un salario por encima de lo habitual en Eamington, le pagaba a la señora Blynn una guinea por una visita de media hora (y la mayor parte de aquella media hora se consumía con el té) y pronto daría trabajo a la funeraria, al sacristán y tal vez también a la floristería. Además, había pagado por adelantado el alquiler de marzo.

Al oír unos pasos rápidos en el pavimento, en un momento de calma del rugido del viento, la señora Palmer se incorporó un poco en la cama. Llegaba la señora Blynn. Un ansioso ceño transformó la fina piel de la frente de la señora Palmer, pero ella sonrió cortésmente, con una cortesía anticipada. Cogió el espejo de mango largo que había en la mesita de noche. Su cara grisácea había dejado de impresionarla o avergonzarla. 

La edad era la edad, la muerte era la muerte, y aunque no era guapa, seguía sintiendo el impulso de hacer lo que pudiera por parecer más agradable al mundo. Se arregló un poco el pelo, se humedeció los labios, esbozó una leve sonrisa, equilibró los hombros del camisón y se acercó más su rebeca rosa. Su palidez le volvía los ojos aún más azules. Ese era un pensamiento agradable.

Elsie llamó a la puerta y la abrió al mismo tiempo.

―La señora Blynn, señora.

―Buenas tardes, señora Palmer ―dijo la señora Blynn, bajando los dos escalones desde el umbral a la habitación de la señora Palmer. Era una mujer corpulenta, con el pelo rubio oscuro y de altura mediana, de unos cuarenta y cinco años, y llevaba su habitual traje de dos piezas, grueso y negro, con un broche rosa en forma de flor sobre el pecho izquierdo, los labios pintados de rosa pálido y tacones bastante altos. 

Como muchas mujeres de Eamington, era viuda de marino, y había empezado a trabajar de enfermera después de los cuarenta. En el pueblo la consideraban una mujer enérgica que hacía su trabajo eficazmente―. ¿Cómo se encuentra esta tarde?

―Buenas tardes. Digamos que bien, dentro de lo que cabe ―dijo la señora Palmer, haciendo un esfuerzo para mostrarse animosa. Ya estaba soltando las sábanas remetidas, preparándose para apartarlas del todo y que la enfermera le pusiera su inyección diaria.

Pero la señora Blynn permanecía de pie con una sonrisa ausente en medio de la habitación, con las manos puestas hacia atrás en las caderas, examinando las paredes y mirando por la ventana. La señora Blynn había vivido en aquella casa con su marido en otro tiempo, durante los seis primeros meses de matrimonio, y todos los días hacía algún comentario al respecto. 

Su marido había sido capitán de un barco mercante y había muerto diez años atrás al colisionar con un barco sueco solo a cincuenta millas de Eamington. La señora Blynn nunca había vuelto a casarse. Elsie decía que su casa estaba llena de fotografías del capitán en uniforme y de su barco.

―Sí, es una casita maravillosa ―dijo la señora Blynn―, aunque esté expuesta al viento. ―Miró a la señora Palmer con ojos brillantes, como diciendo: «Bueno, y ahora vamos a poner esa inyección a ver si se pone bien de una vez, ¿de acuerdo?».

Pero su expresión cambió al instante. Hurgó en su bolso negro en busca de la jeringa y el frasco de claro fluido que no serviría de nada. Su boca perdió la sonrisa y se curvó hacia abajo, y se acentuaron las arrugas en las comisuras. Cuando se concentraba en el descarnado cuerpo de la señora Palmer, sus ojos verde grisáceo se volvían vidriosos, como si no viera nada ni necesitara ver nada: aquel era su oficio y ella sabía cómo hacerlo. La señora Palmer era un objeto que pagaba una guinea por la visita. El objeto iba a morir. La señora Blynn se volvía apática, como si ni siquiera la pérdida de la guinea diaria en tres u ocho días le importara tampoco.

A la señora Palmer no le importaban en absoluto las guineas, pero en vista del hecho de que pronto iba a dejar este mundo, le hubiera gustado que la señora Blynn mostrara algún rasgo humano, como el deseo de prolongar las guineas de sus visitas. Los ojos de la señora Blynn seguían vidriosos, incluso cuando miró hacia la puerta para ver si llegaba Elsie con el té. 

Ocasionalmente, el suelo de madera del vestíbulo crujía por el calor o por la ausencia del mismo, y también crujía cuando alguien andaba cerca de la puerta. Aquel día le dolió la inyección, pero la señora Palmer aguantó sin rechistar. En realidad, no era nada y sonrió ante su insignificancia.

―Hoy ha salido un poco el sol, ¿verdad? ―dijo.

―¿Ah, sí? ―La señora Blynn extrajo la aguja.

―Hacia las once de la mañana, me he fijado. ―Débilmente hizo un gesto con el brazo señalando hacia la ventana que quedaba tras ella.

―Pues ya era hora ―respondió la señora Blynn, guardando su instrumental en el bolso―. Dios mío, y también viene bien un poco de fuego. ―Había cerrado el bolso y se frotaba las manos, acercándose a la chimenea.

Princy estaba echado ante el fuego cuan largo era, como si fuese una alfombra de pelo largo enrollada. La señora Palmer intentó pensar en algo agradable que decir sobre el marido de la señora Blynn, su época en aquella casa, el pueblo, lo que fuera. Pero solo podía pensar en que la vida de la señora Blynn debía de haber sido muy solitaria desde la muerte de su marido. No habían tenido hijos. Según Elsie, la señora Blynn adoraba a su marido y estaba orgullosa de no haber vuelto a casarse.

―¿Tiene muchos pacientes en esta época del año? ―preguntó.

―Oh, sí. Como siempre ―contestó la señora Blynn, todavía frente al fuego y frotándose las manos.

«¿Quién?», se preguntó la señora Palmer. «Háblame de ellos». Esperó, respirando suavemente. Elsie llamó una vez, golpeando con un canto de la bandeja en la puerta.

―Pase, Elsie ―dijeron las dos a la vez, la señora Blynn un poco más alto.

―Aquí tienen ―dijo Elsie, poniendo la bandeja sobre una banqueta formada por dos sólidos almohadones color verde oliva, apilados uno sobre otro. Por el lado de uno de los bollitos chorreó mantequilla derretida, que cayó sobre el plato y empezó a solidificarse mientras Elsie servía el té.

Elsie le tendió a la señora Palmer una taza de té con tres terrones de azúcar, pero sin bollo, porque la señora Blynn decía que eran demasiado indigestos para ella. A la señora Palmer no le importaba. De todas formas apreciaba la visión de los bollitos bien untados de mantequilla, y de gente sana como la señora Blynn comiéndoselos. Le ofrecieron una galleta de jengibre y la rechazó.

La señora Blynn habló brevemente con Elsie de las cañerías de su casa y de alguna oferta que había aquella semana en la carnicería, mientras Elsie permanecía de pie con los brazos cruzados, apoyada en el marco de la puerta, dejando pasar una corriente de aire frío hacia la señora Palmer. Elsie anotaba mentalmente toda la información de la señora Blynn sobre precios. Ahora era la salsa de tomate de la tienda de dietética, que estaba de oferta aquella semana.

―Llámeme si necesita algo ―dijo Elsie como de costumbre, agachando la cabeza para salir.

La señora Blynn estaba absorta en sus bollos, inclinada para que la mantequilla que chorreaba cayera al suelo y no en su falda. La señora Palmer se estremeció y se tapó más.

―¿Va a venir su hijo? ―preguntó la señora Blynn en voz alta y clara, mirando directamente a la señora Palmer.

La señora Palmer no sabía lo que Elsie le habría contado a la señora Blynn. Ella le había dicho a Elsie que su hijo tal vez viniera, eso era todo.

―Aún no lo sé. Supongo que está esperando a decirme la fecha exacta... o para comprobar si puede o no. Ya sabe cómo son las cosas en las Fuerzas Aéreas.

―Humm ―dijo la señora Blynn a través de un bollo, como si por supuesto tuviera que saberlo, ya que su marido había sido militar―. Si no me equivoco, es su único hijo y heredero.

―El único ―contestó la señora Palmer.

―¿Está casado?

―Sí. ―Y anticipándose a la siguiente pregunta―: Tiene una hija, pero aún es muy pequeña.

Los ojos de la señora Blynn vagaron hacia la mesita de noche de la señora Palmer y, de pronto, esta se dio cuenta de que estaba observando... su broche de amatista. La señora Palmer lo había llevado en su rebeca unos días, hasta que se había encontrado tan mal que el broche ya no la animaba, e incluso había empezado a verlo cursi, por lo que había acabado quitándoselo.

―Es un broche muy bonito ―dijo la señora Blynn.

―Sí. Me lo regaló mi marido hace años.

La señora Blynn se acercó a mirarlo, pero no lo tocó. La amatista rectangular estaba engarzada en diminutos brillantes. Se quedó allí de pie, mirándolo con ojos atentos y saltones.

―Supongo que se lo dejará a su hijo... o a su mujer.

La señora Palmer enrojeció, incómoda o disgustada. La verdad era que no había pensado a quién se lo iba a dejar.

―Supongo que mi hijo se lo quedará todo, como mi heredero.

―Espero que su mujer sepa apreciarlo ―dijo la señora Blynn con una sonrisa, dándose la vuelta para dejar la taza de té en el platillo.

Luego, la señora Palmer cayó en la cuenta de que la señora Blynn llevaba días mirando aquel broche, cada vez que sus ojos se desviaban hacia la mesilla de noche. Cuando se marchó la señora Blynn, la señora Palmer cogió el broche y lo guardó en la palma de su mano, con actitud protectora. Su joyero estaba en el otro extremo de la habitación. En aquel momento entró Elsie.

―Elsie, ¿le importaría pasarme esa caja azul de ahí? ―le dijo la señora Palmer.

―Claro, señora ―contestó Elsie, desviándose desde la bandeja del té hacia la caja que había sobre la estantería―. ¿Esta?

Sí, gracias. ―La señora Palmer la cogió, levantó la tapa y guardó el broche junto al collar de perlas. No tenía muchas joyas, tal vez diez u once piezas, pero cada una evocaba una ocasión especial de su vida, un periodo especial, y las apreciaba todas. Observó el perfil romo y sincero de Elsie, que se inclinaba sobre la bandeja, ordenándolo todo para poder llevárselo en un solo viaje.

―Esta señora Blynn ―dijo Elsie, negando con la cabeza y sin mirar a la señora Palmer―. Me ha preguntado si creía que su hijo vendría. ¿Y cómo voy a saberlo yo? Le dije que sí, que yo suponía que sí. ―Estaba de pie con la bandeja, mirando a la señora Palmer y sonriendo tímidamente, como si hubiera hablado demasiado―. El problema de la señora Blynn es que siempre está metiendo la nariz en todo, si me perdona la expresión. Siempre está haciendo preguntas, ¿sabe?

La señora Palmer asintió, sintiéndose demasiado débil en aquel momento como para hacer un comentario. Tampoco tenía nada que decir. Pensó que Elsie había pasado junto al broche de amatista durante días y nunca lo había mencionado ni tocado, seguramente ni siquiera se había fijado en él. De pronto comprendió que prefería de largo a Elsie que a la señora Blynn.

―El problema de la señora Blynn... Tiene buenas intenciones, pero... ―Elsie hizo tambalearse y tintinear la bandeja en su esfuerzo por encogerse de hombros―. Es una lástima. Todo el mundo lo dice ―concluyó, como si aquello le resumiera todo, y se dirigió a la puerta ya abierta―. Con el té, por ejemplo. Siempre hay que comprarle esto y aquello, como si fuera una gran señora o algo así. Me lo dice un día antes. No entiendo por qué no trae ella misma lo que quiere de la panadería de vez en cuando. Ya sabe lo que quiero decir.

La señora Palmer asintió. Supuso que sí lo sabía. La señora Blynn era como una de las antiguas niñeras de Gregory. Como una divorciada que su marido y ella habían conocido en Londres. En realidad, se parecía a mucha gente.

La señora Palmer murió dos días más tarde. Fue un día en que la señora Blynn entró y salió de la casa seis u ocho veces. Por la mañana había llegado un telegrama de Gregory, diciendo que por fin había conseguido un permiso y que saldría en cuestión de horas y aterrizaría en un aeropuerto militar cerca de Eamington. 

La señora Palmer no sabía si llegaría a verle o no; no podía valorar con tanta precisión hasta cuándo durarían sus fuerzas. La señora Blynn le tomaba la temperatura y el pulso con frecuencia, luego giraba sobre un pie en la habitación, mirando a su alrededor como si estuviera sola y sumida en sus pensamientos. Tenía una mirada inexpresivamente agradable y sus mejillas frescas y satinadas irradiaban salud.

―Su hijo vendrá hoy ―había dicho, medio preguntándolo, la señora Blynn en una de sus visitas.

―Sí ―contestó la señora Palmer.

Ya empezaba a oscurecer, aunque solo eran las cuatro de la tarde. Aquellas fueron las últimas palabras claras que intercambió con alguien, porque después se sumió en una especie de ensoñación. 

Veía a la señora Blynn mirando la cajita azul de la estantería, mirándola fijamente incluso mientras sacudía el termómetro. La señora Palmer llamó a Elsie e hizo que le acercara la caja. La señora Blynn ya no estaba en la habitación.

―Esto es para mi hijo, cuando llegue ―dijo la señora Palmer―. Todo. Cada una de las piezas. ¿Entendido? Está todo escrito... ―Pero aunque estuviera todo detallado, una pieza suelta como el broche de amatista podía extraviarse y tal vez Gregory nunca hiciera nada al respecto, tal vez ni siquiera lo echaría en falta, o tal vez pensaría que ella lo había perdido en alguna parte durante las últimas semanas y no lo había comunicado. 

Gregory era así. Luego la señora Palmer sonrió para sí, y también se regañó un poco. «No puedes llevártelo contigo». Aquello era una verdad como un templo, y la gente que lo intentaba era despreciable y bastante absurda―. ¡Elsie, esto es para usted! ―dijo la señora Palmer y le tendió a Elsie el broche de amatista.

―¡Oh, señora Palmer! ¡Oh no, no puedo aceptar algo así! ―dijo Elsie; y no solo no lo cogió sino que incluso retrocedió un paso.

―Ha sido muy buena conmigo ―dijo la señora Palmer. Estaba muy cansada y su brazo cayó sobre la cama―. Está bien ―murmuró, al ver que era inútil.

Su hijo llegó a las seis de aquella tarde, se sentó al borde de su cama, le cogió la mano y le besó la frente. Pero cuando se murió, la señora Blynn estaba más cerca, inclinándose sobre ella con su ancha cara lisa y aterciopelada y sus ojos verde grisáceo, tan inexpresivos como los de un fantástico reptil. 

La señora Blynn continuó hasta el final diciendo cosas animosas y concluyentes como: «Ahora respira bien. Eso es...» o «No hace mucho frío, ¿verdad? Bien...».

Un poco antes, alguien había mencionado la posibilidad de llamar a un sacerdote, pero Gregory y la señora Palmer lo habían rechazado. De modo que fueron los ojos de la señora Blynn lo último que vio cuando la vida la abandonaba. La señora Blynn, tan autoritaria, fuerte y eficaz que uno podría haberla tomado por el propio Dios. 

Sobre todo porque cuando la señora Palmer miró a su hijo, realmente no lo vio; solo distinguió una vaga y pálida figura en la esquina, alto y erguido, con una mancha oscura arriba que debía de ser su pelo. Él la estaba mirando, pero ella ya estaba demasiado débil como para llamarle.

De todas formas, la señora Blynn había hecho que todos se apartaran. Elsie también estaba de pie apoyada en la puerta cerrada, dispuesta a salir corriendo por lo que hiciere falta, dispuesta a obedecer a cualquier petición. Cerca de ella estaba la pequeña figura de Liza, que ocasionalmente susurraba algo y era acallada por su madre.

En un instante, la señora Palmer vio toda su vida —su despreocupada niñez y su juventud, su matrimonio feliz, la sombra de la muerte de su otro hijo a los diez años, el impacto de la muerte de su marido ocho años atrás—, pero en conjunto había sido una vida feliz, pensó, aunque le hubiera gustado tener mejor carácter, más puro, no haber mostrado nunca mal genio o egoísmo, por ejemplo. 

Todo formaba ya parte del pasado, pero lo que quedaba era una sensación de que ella había sido imperfecta, inadecuada, como lo era ahora la presencia de la señora Blynn, como la débil sonrisa de la señora Blynn, inadecuada para el momento y la ocasión. La señora Blynn no lo entendía. Ni siquiera la conocía. En cierto modo, la señora Blynn no podía comprender la buena voluntad.

«Ese era el error, el error de la propia vida. La vida es un largo fracaso de comprensión», pensó la señora Palmer, «una larga y falsa cerrazón del corazón».

La señora Palmer tenía el broche de amatista en la mano izquierda cerrada. Horas atrás, en algún momento de la tarde, lo había cogido con la idea de preservarlo, pero ahora se daba cuenta de que había sido absurdo. También había querido dárselo a Gregory directamente y se le había olvidado. 

Su mano cerrada se levantó dos o tres centímetros, sus labios se movieron, pero no salió de ellos ningún sonido. Quería dárselo a la señora Blynn: un gesto positivo y generoso que todavía podía compensar aquella esencia de incomprensión, pensó, pero ya no tenía fuerzas para realizar su voluntad, y aquello también era como la vida: todo llegaba un poco demasiado tarde. 

Los párpados de la señora Palmer se cerraron ante la visión de los vidriosos y atentos ojos de la señora Blynn.

El gato Mog - Joan Aiken

Érase una vez una señora mayor, la señora Jones, que vivía con su gato Mog. Esta señora tenía una panadería en un pueblecito situado en el fondo de un valle que había entre dos montañas.

Todas las mañanas podía verse encendida la luz de la casa de la panadera, mucho antes que la de las otras casas del pueblo, ya que ella se levantaba muy temprano para preparar hogazas y bollos, tartas de mermelada y bizcochos.

Lo primero que hacía la señora Jones por la mañana era encender un buen fuego. Luego, preparaba la masa a la que añadía agua, azúcar y levadura. A continuación colocaba la masa en moldes y los ponía junto al fuego para que el contenido aumentara de volumen.

Mog se despertaba también temprano. Se levantaba para cazar ratones. Cuando había cazado todos los ratones de la panadería, le gustaba echarse junto al calor del fuego. Pero la señora Jones no lo dejaba, para que no la estorbase al hacer las hogazas y los bollos.

Ella le decía:

—No te eches sobre los bollos, Mog.

Los bollos iban aumentando de tamaño, debido a la levadura. Esta hace que el pan y los bollos se esponjen y se hagan más y más grandes.

Como a Mog no le estaba permitido echarse junto al fuego, se iba a jugar al fregadero.

La mayoría de los gatos odian el agua, pero Mog no. Le encantaba, le gustaba sentarse junto al grifo, y atrapar con sus garras las gotas, a medida que caían, y mojarse los bigotes.

¿Qué aspecto tenía Mog? Su lomo y sus costados, así como sus patas (hasta donde hubieran llegado los calcetines, caso de llevarlos), su cara, sus orejas y parte de su cola, eran blancos. Tenía blanca la punta de la cola, franjas blancas en las orejas y bigotes blancos. El agua había aclarado el color de mermelada de su piel y sus patas y barriga estaban limpias.

Sin embargo, esta afición al agua tampoco le agradaba a su dueña, y le dijo:

—Mog, estás muy excitado. No haces más que salpicar agua sobre mis moldes de bollos. Vete a jugar fuera.

Mog se sintió ofendido. Se marchó con las orejas gachas y el rabo caído (cuando los gatos están contentos, alzan las orejas y el rabo). Estaba lloviendo mucho. Un río impetuoso, que arrastraba muchas piedras, cruzaba la ciudad. Mog se metió en el agua en busca de algún pez. Pero en aquella parte del río no había peces. Mog estaba calado, aunque no le importó. De pronto comenzó a estornudar.

En ese momento, la señora Jones abrió la puerta y lo llamó:

—¡Mog! Ya he puesto los bollos en el horno. Ahora ya puedes venir y echarte junto al fuego.

Mog estaba tan mojado que relucía como si le hubieran sacado brillo. Cuando se echó junto al fuego, estornudó nueve veces.

La señora Jones dijo:

—¡Oh, Mog! ¿No te habrás enfriado?

Lo secó con una toalla y le dio un poco de leche con levadura, ya que la levadura es buena para las personas enfermas. A continuación lo dejó echado junto al fuego y se puso a preparar unas tartas de mermelada. Después de poner las tartas en el horno, cogió su paraguas y se marchó a hacer unas compras.

¿Qué creéis que le estaba sucediendo a Mog?

Pues que la levadura estaba haciéndole crecer. Mientras dormitaba junto al calor del fuego, aumentaba de tamaño con gran rapidez.

Primero creció como una oveja.

Luego creció como un asno.

Luego creció como un caballo percherón.

Luego creció como un hipopótamo.

Llegó a ser demasiado grande para caber en la pequeña cocina de la señora Jones, y era enorme para poder salir por la puerta. Las paredes de la cocina estaban a punto de estallar.

Cuando la señora Jones volvió a su casa con la bolsa de la compra y el paraguas, dio un grito:

—¡Dios mío! ¿Qué le pasa a mi casa?

Toda la casa estaba abombada y se balanceaba. Unos enormes bigotes asomaban por la ventana de la cocina. Por la puerta salió una cola de color mermelada. Una pata blanca asomó por la ventana de un dormitorio, y una oreja con franjas blancas por otra ventana.

—¡Miau! —dijo Mog.

Se acababa de despertar de su siesta y estaba estirándose.

En aquel momento se derrumbó la casa.

—¡Oh, Mog! —dijo llorando la señora Jones—. ¡Mira lo que has hecho!

Los habitantes del pueblo se quedaron atónitos cuando vieron lo que había sucedido. A la señora Jones le dejaron que se fuera a vivir al ayuntamiento, porque estaban orgullosos de ella (y de sus bollos), pero la situación de Mog era más complicada.

El alcalde dijo:

—Supongamos que sigue creciendo y derrumba nuestro ayuntamiento. ¿Y si se vuelve agresivo? No es aconsejable tenerlo en el pueblo. Es demasiado grande.

La señora Jones replicó:

—Mog es un gato muy cariñoso. No sería capaz de hacer daño a nadie.

—Esperaremos y veremos lo que hacemos —dijo el alcalde—. Supongamos que se sienta encima de alguien, por ejemplo. Y si tiene hambre, ¿qué va a comer? Es mejor que viva fuera del pueblo, en el monte.

En ese momento todos comenzaron a azuzarlo:

—¡Psssst!

Y el pobre Mog fue echado del pueblo. Aún seguía lloviendo con fuerza y el agua bajaba en riada de las montañas, lo que a Mog no le preocupó en absoluto.

Pero la pobre señora Jones estaba muy triste. Comenzó a preparar un nuevo surtido de hogazas de pan y de bollos en el ayuntamiento, llorando tanto sobre ellos que la masa resultó muy húmeda y salada.

Mientras, Mog caminaba por el valle, entre las dos montañas. Ya era mayor que un elefante, casi tan grande como una ballena. Cuando lo vieron acercarse las ovejas que había por allí, se asustaron mucho y se alejaron corriendo. Pero él no les prestó atención. Estaba buscando peces en el río y pescó un montón. Lo estaba pasando bien.

Llegó a llover tanto, que Mog escuchó un rugido sordo proveniente de la parte alta del valle. Miró y vio una avalancha de agua que descendía hacia él. El río comenzaba a desbordarse, a medida que caía en él más y más agua de lluvia procedente de la montaña.

Mog pensó:

—Si no detengo esa agua, se llevará todos esos sabrosos peces.

Así que se sentó en mitad del valle y se reclinó. Parecía una enorme hogaza de pan casero.

El agua no pudo pasar.

La gente del pueblo oía el ruido del agua desbordada y estaba muy asustada.

El alcalde gritó:

—Corramos hacia las montañas antes de que el agua llegue al pueblo, si no queremos ahogarnos todos.

Así que todos corrieron hacia las montañas, unos hacia un lado del pueblo y otros hacia otro.

¿Qué vieron entonces?

¡Caramba! Vieron a Mog sentado en medio del valle. Detrás de él había un gran lago.

—Señora Jones —dijo el alcalde—. ¿Puede usted hacer que su gato permanezca ahí hasta que construyamos un dique de lado a lado del valle para poder retener el agua?

—Lo intentaré —contestó la señora—. Normalmente se queda quieto si se le acaricia debajo de la barbilla.

Y así se hizo. Durante tres días, todo el mundo se turnó haciéndole cosquillas a Mog debajo de la barbilla con rastrillos para el heno. Mog ronroneaba de placer. Sus ronroneos producían grandes olas en la superficie del lago que había formado el agua.

Durante todo este tiempo los mejores constructores estaban levantando un dique de lado a lado del valle.

La gente llevó a Mog toda clase de golosinas para comer. Crema y leche condensada, hígado y tocino, sardinas e, incluso, chocolate. Pero no tenía mucha hambre, había comido muchos peces.

Al tercer día terminaron el dique. El pueblo estaba a salvo.

El alcalde, muy contento, dijo:

—Ahora veo que Mog es un gato gentil y cariñoso. Puede vivir con usted en el ayuntamiento, señora Jones. Le entrego este premio en agradecimiento por su labor.

El premio, que en adelante distinguiría a Mog, consistía en una placa que, prendida de una cadena de plata, colgaba de su cuello. La placa decía:

«MOG SALVÓ A NUESTRO PUEBLO»

La señora Jones y Mog vivieron felizmente desde entonces en el Ayuntamiento.

Si vais al pueblecito de Carnmog, veréis al policía deteniendo el tráfico, mientras Mog se dirige por las calles camino del lago a pescar algo para el desayuno. Su cola se agita por encima de las casas, y sus bigotes rozan las ventanas de los pisos altos. Pero la gente sabe que no les hará ningún daño, porque el gato es un amigo.

Le encanta jugar en el lago y algunas veces se moja tanto que estornuda. Pero la señora Jones no le volverá a dar levadura.

¡Ya es bastante grande!

Nuestra Señora de las Golondrinas - Marguerite Yourcenar

El monje Therapion había sido en su juventud el discípulo más fiel del gran Atanasio; era brusco, austero, dulce tan sólo con las criaturas en quienes no sospechaba la presencia de los demonios. En Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en Bizancio había confesado a los Emperadores: había venido a Grecia obedeciendo a un sueño, con la intención de exorcizar a aquella tierra aún sometida a los sortilegios de Pan. 

Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los campesinos, cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar en su lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los falos erigidos en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los dioses de arcilla escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los manantiales. 

Se había construido con sus propias manos una estrecha cabaña a orillas del Cefiso, poniendo gran cuidado en no emplear más que materiales bendecidos. 

Los campesinos compartían con él sus escasos alimentos y aunque aquellas gentes estaban macilentas, pálidas y desanimadas, debido al hambre y a las guerras que les habían caído encima, Therapíon no conseguía acercarlos al cielo. 

Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido de oro como un sol naciente, mas su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades que viven en los árboles o emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches depositaban, al pie del plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la única cabra que les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los macizos de árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de tomillo y miel. 

Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida figura y sustancia reales. 

Veíanse las huellas de sus pasos en la greda de sus fuentes, y la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el espejo de las rocas. Incluso sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese todavía en la viga mal pulida que sostenía el techo y, por la noche, se la oía quejarse o cantar. 

Casi todos los días se perdía alguna cabeza de ganado, a causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y hasta meses más tarde no lograban encontrar el montoncito que formaban sus huesos. 

Las Malignas cogían a los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde de los precipicios; sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se tragaba los pesados cuerpecillos de los niños. 

O bien alguno de los muchachos jóvenes que les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con la muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial. 

Cuando ocurrian estos desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques donde se escondían aquellas Malditas, pero los campesinos continuaban amando a las frescas hadas casi invisibles y les perdonaban sus fechorías igual que se le perdona al sol cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto hace sufrir. 

El monje las temía como a una banda de lobas, y le producían tanta inquietud como un rebaño de prostitutas. Aquellas caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las noches sentía en su rostro su aliento caliente como el de un animal a medio domesticar que rondase tímidamente por la habitación. Si se aventuraba por los campos, para llevar el viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote caprichoso v entrecortado de aquellas cabras jóvenes. 

Cuando, a pesar de sus esfuerzos, terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle inocentemente de la barba. No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo, ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a ser muy bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las culebras. 

No obstante, lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda la sabiduría de Dios, que ha creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales, como si la creación no fuera sino un juego maléfico con el que El se complaciese. 

Una mañana, los aldeanos encontraron a su monje serrando el plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por una parte, temían la venganza de las hadas ‑que se marcharían llevándose consigo fuentes y manantiales‑, y por otra parte, aquel plátano daba sombra a la plaza, en donde acostumbraban a reunirse para bailar. 

Mas no hicieron reproche alguno al santo varón, por miedo a malquistarse con el Padre que está en los cielos y que suministra la lluvia y el sol. Se callaron, y los proyectos del monje Therapion contra las Ninfas viéronse respaldados por aquel silencio.

Ya no salía nunca sin coger antes dos pedernales, que escondía entre los pliegues de su manga, y por la noche, subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por los campos desiertos, prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía ocultar a unas diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un llanto de oro. 

Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse con sus compañeras, inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, el santo monje se regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal. 

Plantaba cruces por todas partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de aquel sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada vez más amplia de silencio y de soledad. 

Pero la lucha proseguía pie tras pie por las primeras cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas de espinas y sus piedras resbaladizas, haciendo muy dificíl desalojar de allí a los dioses. 

Finalmente, envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la ausencia de ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes del pueblo se apartaban de ellas, las Ninfas buscaron refugio en un vallecito desierto, donde unos cuantos pinos negros plantados en un suelo arcilloso recordaban a unos grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras la tierra roja y moviesen por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. 

Los manantiales que por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto fríos para atraer a lavanderas y pastores. Una gruta se abría a mitad de la ladera de una colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar pasar un cuerpo. 

Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las noches en que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos los animales del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las noches sin luna. 

Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez en aquella caverna, con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y no cesaban de alabar aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas tinieblas, y aquellas cabelleras que se adivinaban, más que se palpaban. 

Para el monje Therapion, aquella gruta escondida en la ladera de la peña era como un cáncer hundido en su propio seno, y de pie a la entrada del valle, con los brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, oraba al cielo para que le ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de los dioses. 

Poco después de Pascua, el monje reunió una tarde a los más fieles y más recios de sus feligreses; les dio picos y linternas; él cogió un crucifijo y los guió a través del laberinto de colinas, por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar aquella noche oscura. 

El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados. En la sombra opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales. Un tenue ruido palpitaba, dulce como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas dormidas, que soñaban con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no existía el hombre y en que la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y a los dioses. 

Los aldeanos encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a quemar la roca; el monje les ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras. A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita. Los muros aún no se habían secado, el tejado no estaba puesto todavía y faltaba la puerta, pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no intentarían escapar atravesando el lugar santo, que él ya había consagrado y bendecido. 

Para mayor seguridad había plantado al fondo de la capilla, allí donde se abría la boca de la gruta, un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro brazos desiguales, y las Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante aquella imagen del Ajusticiado. 

Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las cautivas sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le decían que ‑en caso de que les permitiera huir‑ lo amarían. 

Continuaron los trabajos durante todo el día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por las piedras, y se oyeron toses y gritos roncos parecidos a las quejas de los animales heridos. Al día siguiente colocaron el tejado y lo adornaron con un ramo de flores; ajustaron la puerta y la cerraron con una gruesa llave de hierro. 

Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al pueblo, pero el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado edificar y, durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron deliciosamente dormir. 

No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su hábito, pero en aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber emparedado, entre dos ladrillos, un nido de víboras.

Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y embadurnaron con ella la capilla, por dentro y por fuera; adquirió el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el seno de la roca. Dos lugareños menos miedosos que los demás se aventuraron dentro de la gruta para blanquear sus paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las fuentes y la miel de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y de sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas. 

Las Ninfas, muy débiles, no tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía adivinarse aquí y allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída, dos frágiles manos suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo. 

O asimismo, de cuando en cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus gruesos dedos blancos de cal, los aldeanos sentían huir una cabellera suave y temblorosa como esos culantrillos que crecen en los sitios húmedos y abandonados. 

El cuerpo deshecho de las Ninfas se descomponía en forma de vaho, o se preparaba a caer convertido en polvo, como las alas de una mariposa muerta; seguían gimiendo, pero había que aguzar el oído para oír aquellas débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban. 

Durante toda la noche siguiente el monje Therapion continuó montando su guardia de oración a la entrada de la capilla, como un anacoreta en el desierto. Se alegraba de pensar que antes de la nueva luna las quejas habrían cesado y las Ninfas, muertas ya de hambre, no serían más que un impuro recuerdo. 

Rezaba para apresurar el instante en que la muerte liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas a pesar suyo, y se avergonzaba de su debilidad. Ya nadie subía hasta donde él estaba; el pueblo parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos pinos y un sendero casi tapado por las agujas de oro. Sólo oía los estertores de las Ninfas, que iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus propias oraciones. 

En la tarde de aquel día vio venir por el sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la cabeza baja, un poco encorvada; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz misteriosa se abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la noche sobre la mañana. 

Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas maduras y a la de la flor perfumada. Al pasar por delante de la capilla miró atentamente al monje, que se vio turbado en sus oraciones.

‑Este sendero no lleva a ninguna parte, mujer ‑le dijo‑. ¿De dónde vienes?

 ‑Del Este, como la mañana ‑respondió la joven‑. ¿Y qué haces tú aquí, anciano monje?

‑He emparedado en esta gruta a las Ninfas que infestaban la comarca ‑dijo el monje‑, y delante de su antro he edificado una capilla. Ellas no se atreven a atravesarla para huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios. Estoy esperando a que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto suceda, la paz de Dios reinará en los campos.

‑¿Y quién te dice que la paz de Dios no se extiende también a las Ninfas lo mismo que a los rebaños de cabras? ‑respondió la joven‑ ¿No sabes que en tiempos de la Creación, Dios olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se instalaron en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas? Y otros se instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos. No exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices tampoco de Su Obra. Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber creado a Diana y a Apolo.

‑Mi espíritu no se eleva tan alto ‑dijo humildemente el monje‑. Las Ninfas importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el Infierno.

‑Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado monje ‑dijo sonriendo la joven‑. Pero ¿no puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus feligreses?

Su voz era dulce, como la música de una flauta. El monje, inquieto, agachó la cabeza. La joven le puso la mano en el hombro y le dijo con gravedad:
‑Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio. En una gruta traje yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo confié sin temor a la Muerte, con el fin de que naciera por segunda vez en su Resurrección.

El anacoreta se apartó para dejarla pasar. Sin vacilar, se dirigió ella a la entrada de la caverna, escondida detrás del altar. La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con cuidado, como un objeto familiar, y se introdujo en el antro.

Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún más agudos, un piar de pájaros y roces de alas. La joven hablaba con las Ninfas en una lengua desconocida, que acaso fuera la de los pájaros o la de los ángeles. Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del monje, que no había parado de rezar.

‑Mira, monje... ‑le dijo‑. Y escucha...

Innumerables grititos estridentes salían de debajo de su manto. Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas. Abrió ampliamente los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los pájaros. Luego dijo, con una voz tan clara como el sonido del arpa:
‑Id, hijas mías...

Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables. El anciano y la joven las siguieron un instante con la mirada, y luego la viajera le dijo al solitario:

 ‑Volverán todos los años, y tú les darás asilo en mi iglesia. Adiós, Therapion.

Y María se fue por el sendero que no lleva a ninguna parte, como mujer a quien poco importa que se acaben los caminos, ya que conoce el modo de andar por el cielo. 

El monje Therapion bajó al pueblo y al día siguiente, cuando subió a decir misa en la capilla, la gruta de las Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas. Volvieron todos los años y se metían en la iglesia, muy ocupadas en dar de comer a sus pequeñuelos o consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje Therapion interrumpía sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores y sus juegos, pues lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las golondrinas.