Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Fragmento de un diario - Amparo Dávila
Xélucha - Matthew Phipps Shiell
¡Hace tres días! Cielos, parece un siglo. Pero estoy conmocionado… mi razón está pervertida. Hace un rato me sumí en un coma que recordaba en todo a un ataque de petit mal. «Tumbas, y gusanos, y epitafios»: esa es la fantasía de mi sueño. A mi edad, con mi físico, ¡camino tambaleándome, como un hombre acabado! Pero todo eso pasará: debo volver en mí… mi razón está pervertida. ¡Hace tres días, y parece un siglo!
Sentado en el suelo ante una vieja cista llena de cartas, encontré un paquete de las de Cosmo. ¡Vaya, las había olvidado, ya empiezan a amarillear! En verdad, ya no puedo llamarme joven.
Me quedé allí leyendo, inmóvil, arrebatado por los recuerdos. ¡Pero divagar es perderse!, debo retorcer el cuello a esa mala costumbre, o disponerme a perecer. Una vez más me deslicé por la laberíntica armonía esférica del minueto, y di vueltas con el vals, mientras las llamas alargadas de los candelabros y el mediodía de la bacanal giraban a mi alrededor.
¡Cosmo era el auténtico zar y marajá de los sibaritas, el Príapo de los détraqués! En cada alcoba inesperada de su villa romana había un diván elevado, con su necesario escabel, flanqueado y endoselado por espejos de oro puro. La tisis le tenía bien atenazado; cuando al fin se recostaba ante la mesa, hasta que entraba en calor, apenas podía levantar su copa de vino. ¡Sus ojos eran como luciérnagas enroscadas, cercadas por un halo de vaporosas emanaciones de fósforo! Se veía a las claras que libraba una lucha desesperada con la Devoradora.
Pero hasta el final persistió su sonrisa principesca, hasta el final, entre aquella cómica compañía, siguió siendo el director indiscutido del coro de todos los ritos, ¡no diré de Pafos, pero sí de Quemos y Baal-Peor! Cuando se animaba no rehuía la fiesta, el baile, la cámara oscura.
Aquella cámara, a la que se accedía por un pasadizo secreto, era negra y opaca, de forma circular, circundada enteramente por otomanas de Marruecos; en el aire cálido flotaban perfumes de bálsamos, de bedelio, y se oían leves sones de flauta y dulcémele. Fue allí donde Lucy Hill apuñaló en el corazón a Caccofogo, al confundir la cicatriz que tenía en la espalda con la marca de Soriac. Y allí, en una bañera de malaquita, un día en que había despertado tarde, encontró la princesa Egla a Cosmo tiesamente muerto, sumergido enteramente en el agua del baño.
«¡Pero en nombre de Dios, Mérimée!», me escribía, «¡pensar que Xélucha está muerta! ¡Xélucha! ¿Puede entonces un rayo de luna perecer de supuraciones? ¿Puede el arcoíris ser comido por los gusanos? ¡Ja, ja, ja, ja, ríete conmigo, amigo mío: “elle dérangera l’Enfer”! ¡Pondrá de moda en Tofet el pas de tarentule! ¡Xélucha, la femenina! ¡Xélucha, que recordaba a las espléndidas rameras de la historia! Llora conmigo: manat rara meas lacrima per genas!
Experta como Targelia, culta como Aspasia, púrpura como Semíramis. Comprendía el tabernáculo humano, amigo mío, sus resortes y humores secretos, más íntimamente que cualquier savant de Salamanca. Tarare… ¡pero Xélucha no está muerta!
La vitalidad no es mortal; no puedes envolver una llama en un sudario. ¡Xélucha! Entonces, ¿dónde está? Transferida, quizá: raptada a una constelación como la hija de Leda. Viajó hasta el Indostán, acompañada por la comitiva y el fasto de una begum, y amenazó con atacar al Emperador de Tartaria.
Yo hablé de la desolación de Occidente; ella me besó, y prometió regresar. También te mencionó a ti, Mérimée, “su Conquistador”, “Mérimée, el Destructor de Mujeres”. Vaharadas de invernadero se enredaban en su pelo encrespado, mechones esparcidos sobre esa tez de tulita que tú conoces. Disfrazada cap-à-pie tenía, amigo mío, la delicada complexión de una margarita brillantemente reflejada en el ojo del bruto que pace.
En la Jerarquía Urania y el libro de Fausto encuentras una compleción: ardiente serafín, querubín lleno de ojos. En Xélucha se combinaban ambos. Reconquistará el Oriente para Dionisio, y volverá. Oí de ella resplandeciente en Delhi, en una carroza tirada por leones. Después ese rumor… probablemente falso. Como Odín, Arturo y los demás, Xélucha… reaparecerá».
Poco después Cosmo se tendió en su balneum de malaquita, y tras cubrirse con el agua como con una manta, se durmió. Yo, en Inglaterra, oí poco sobre Xélucha: primero que estaba viva, luego muerta, luego que había aparecido en la antigua Tadmor del Desierto, que ahora llaman Palmira.
Tampoco me preocupaba, pues hacía mucho tiempo que Xélucha se había convertido en mi boca en manzanas de Sodoma. Hasta que me senté junto a la cista de cartas y releí la de Cosmo, llevaba años desaparecida de mi memoria activa.
Ya es inveterado en mí el hábito de dormir durante la mayor parte del día, y vagar por la noche a lo largo y ancho de la ciudad bajo la influencia sedante de una tintura que se ha vuelto necesaria para mi vida. Tal existencia de sombra no deja de tener su encanto, y no creo que haya muchas almas que, sometidas a sus condiciones, no dejarían de ganar en elevación y temor reverencial.
Viajar solo con el Primordial no puede sino ser solemne. La luna tiene el color de la luciérnaga, y la Noche el del sepulcro. Nux lleva en su seno a Tánatos no menos que a Hipnos, y las lágrimas amargas de Isis confluyen en un manantial. A las tres, si pasa un coche de alquiler, el ruido tiene el tono augusto del trueno.
Una vez, a las dos, junto a una esquina, encontré a un sacerdote sentado, muerto, sonriendo impúdicamente, con las piernas dobladas. Un brazo, apoyado en una rodilla, señalaba hacia arriba con un índice acusador. Mediante una exacta observación descubrí que apuntaba hacia Betelgeuse, la estrella “a” de la lluviosa Orión. Estaba horriblemente hinchado, pues había muerto de hidropesía. Así, en todos los Supremos hay una grotesquerie; y uno de los hijos de la Noche es… Buffo.
En una plaza de Londres que, me imagino, estará desierta incluso de día, oí acercándose el metálico tintineo argentino de unos zapatitos. Eran las tres de una madrugada de invierno, al día siguiente de mi redescubrimiento de Cosmo. Me había detenido junto a una verja, mirando cómo navegaban las nubes guiadas por una luna envuelta en mantos de inclemencia.
Al volverme vi a una dama menuda, gloriosamente vestida. Había caminado directamente hacia mí. Llevaba descubierta la cabeza, y el pelo encrespado en ondas que se unían formando un moño, tachonado de joyas, en su nuca. En la redundancia abultada de su décolleté recordaba a Parvati, la diosa del amor de la exquisita fantasía de los brahmanes.
Me hizo esta pregunta:
—¿Qué estás haciendo aquí, querido?
Su belleza me espoleaba, y la Noche es bon camarade.
Respondí:
—Tomando el sol por medio de la luna.
—Todo eso es brillo prestado —contestó—, lo has sacado de Las flores de Sión del viejo Drummond.
Al recordarla ahora, no puedo decir que esta réplica me asombrara, aunque por supuesto debería haberlo hecho. Dije:
—Te juro por mi alma que no; pero ¿y tú?
—¡Deberías adivinar de dónde vengo yo!
—Estás radiante: vienes de Paz.
—¡Oh, más lejos que eso, hijo mío! Digamos de un baile privado en el Soho.
—¿Sí?… ¿sola?, ¿con este frío?, ¿andando…?
—Bueno, soy vieja, y soy filósofa. Puedo distinguir allí arriba a la Andrómeda que cabalga del Carnero que es su montura. Se equivocan, M’sieur, quienes suponen la existencia de una atmósfera en la cara ancha de la luna. Tengo razones para creer que en Marte habita una raza de párpados transparentes como el cristal, por lo que sus ojos son visibles mientras duermen, y quien los contempla puede ver todos los sueños desplegándose en un diminuto panorama sobre el iris. ¡No puedes imaginarme como una simple fille! Dejar que te acompañen es admitir que eres una mujer, y eso es impropio en la Nada. El joven Enós conduce un équipage à quatre, pero Artemisa «camina» sola. ¡En nombre de Diógenes, apártate de mi luz prestada! Me voy a casa.
—¿Queda lejos?
—Cerca de Piccadilly.
—Pero ¿un coche?
—Yo no voy en coche, gracias. La distancia no es nada. Ven.
Nos pusimos en marcha. Mi acompañante marcó en seguida una distancia entre nosotros, citando de El coadjutor español que los espacios abiertos son enemigos del amor. Los talmudistas, insistió dos veces, sostienen con razón que la mano es la parte más sagrada de la persona, y en ese terreno también me prohibió el contacto por el momento.
Caminaba con suma rapidez. Yo la seguía. No se veía un alma por ninguna parte. Finalmente llegamos ante la puerta de una mansión en St. James que parecía deshabitada: no se veía ninguna luz, las ventanas no tenían cortinas, y en algunas había carteles con la leyenda SE ALQUILA.
Sin embargo, mi acompañante subió corriendo las escaleras y, haciéndome una seña, entró en la casa. Yo la seguí, cerré la puerta de golpe y me encontré a oscuras. La oí subir, y al rato una luz difusa procedente de arriba reveló una ancha escalera que se curvaba en su ascenso. En el piso bajo donde estaba yo no había alfombras, ni muebles; el polvo era espeso. Había empezado a subir cuando, para mi sorpresa, reapareció a mi lado y susurró:
—Hasta arriba del todo, querido.
Subió ágilmente delante de mí. Más arriba no pude dudar ya de que la casa estaba vacía, salvo por nosotros. Todo era un vacío lleno de polvo y ecos. Pero en el último piso brotaba luz de una puerta, y entré en un espacioso salón.
Quedé deslumbrado por el repentino resplandor de la estancia, en medio de la cual había una mesa puesta, cuadrada, opulenta con platos de oro, frutas y fuentes de comida; del techo pendían tres pesadas arañas de luz eléctrica, y me fijé también (lo que resultaba muy bizarre) en un pequeño candelero de latón, con un resto curvo de sebo, que había en la mesa.
Pero la impresión del conjunto era de una magnificencia no menos que asiria: un diván de marfil, a un lado de la mesa, tenía una cabecera de calcedonia que formaba un mar donde retozaban ictiosaurios de color esmeralda; tapices cobrizos, alternados con espejos, hacían juego con una bóveda de cobre (aunque esta última, según recuerdo ahora, produjo en mi mirada una clara impresión de mugre).
Señaló el vino en una botella negra, y una copa, pero no hizo el menor ademán de beber o comer; se quedó tendida sobre la cadera y el codo, petite, resplandeciente, mirando gravemente hacia arriba. Sin embargo, yo bebí.
—Se ve —dije— que estás cansada.
—¡Bien poco es lo que tú ves! —replicó ella con aire soñador, casi sin mirarme.
—Vaya, ¿así que has cambiado de humor? Estás taciturna.
—Me imagino que nunca habrás visto una tumba-pasadizo escandinava.
—Y arisca.
—¿La has visto?
—¿Una tumba-pasadizo? No.
—¡Merece la pena el viaje! Son cámaras circulares de piedra, cubiertas por túmulos de tierra, con un «pasadizo» de losas que las conecta con el aire exterior. Todo alrededor de la cámara se sientan los muertos, con la cabeza apoyada en las rodillas dobladas, y celebran consejo en silencio.
—Bebe vino conmigo, y no seas tan tartárea.
—Ciertamente pareces un necio —contestó con sarcástica frialdad—. ¿No es de lo más romántico? Sabes, datan de la Era Neolítica. A medida que caen los dientes, uno a uno, de las bocas sin labios… quedan recogidos en el regazo. Cuando el regazo adelgaza… ruedan al suelo. A partir de entonces, todo diente que cae en la cámara rompe bruscamente el silencio.
—¡Ja, ja, ja!
—Sí. Es como un lento goteo siglo tras siglo en una profunda cueva subterránea.
—¡Ja, ja! ¡Este vino se sube a la cabeza! Se expresan en un dialecto básicamente dental.
—El simio, por otra parte, lo hace en un lenguaje enteramente gutural.
Un reloj de la calle dio las cuatro. Nuestra conversación avanzaba pesadamente, agujereada por silencios. Las exhalaciones del vino llegaban a mi cerebro; la veía a través de una bruma, dilatándose vagamente, volviendo a encogerse en una delicada forma compacta. Pero todo deseo amoroso se había extinguido en mi interior.
—¿Sabes —preguntó— lo que ha descubierto un niñito en una de las kjökkenmöddings danesas? Algo horrendo. El esqueleto de un pez enorme con facciones…
—Eres sumamente infeliz.
—Cállate.
—Estás llena de zozobra.
—Creo que eres un gran imbécil.
—Te atormenta la desdicha.
—Eres un crío. No tienes ningún instinto del significado de las palabras.
—¡Cómo! ¿No soy un hombre? ¿También yo infeliz, preocupado?
—En realidad no eres nada… hasta que puedas crear.
—¿Crear qué?
—Materia.
—Eso es pretencioso. La materia no puede crearse, ni destruirse.
—En verdad, pues, debes de ser una criatura con un intelecto inusualmente débil. Ahora me doy cuenta. Así, la materia no existe, en realidad no hay nada que pueda llamarse así… es una apariencia, un espectro… salvo los imbéciles, todo escritor de Platón a Fichte ha demostrado eso, de forma voluntaria o involuntaria, para siempre. Crear es producir una impresión de su realidad en los sentidos; destruir es pasar un trapo húmedo por una pizarra cubierta de garabatos.
—Quizá. No me importa. Puesto que nadie puede hacerlo.
—¿Nadie? Tú eres un mero embrión…
—Entonces ¿quién?
—Cualquiera cuyo poder de Voluntad sea equivalente a la fuerza gravitatoria de una estrella de Primera Magnitud.
—¡Ja, ja, ja! Cielos, te gusta ser ocurrente. Entonces, ¿existen voluntades de tamaña magnitud?
—Ha habido tres, los fundadores de religiones. Hubo un cuarto: un zapatero de Herculano cuya voluntad indujo el cataclismo del Vesubio en el año 79, en directa oposición a la gravedad de Sirio. Sabes, hay más famas que las que tú has cantado. Estoy segura de que la mayor parte de los espíritus incorpóreos también…
—¡Cielos, no puedo dejar de pensar que estás llena de dolor! ¡Pobre criatura!, ven, bebe conmigo. El vino es espeso y estimulante. ¿No es setiano? Hace que te balancees y te hinches ante mí, lo juro, como una nube púrpura crepuscular…
—¡Pero eres pura pesantez, eso no lo sabía! ¡No eres un compañero! Todos tus pequeños intereses giran en torno a los centros más bajos.
—Vamos… olvida tus agonías…
—¿Cuál, crees tú, es la parte del cuerpo enterrado que buscan primero los gusanos?
—¡Los ojos!, ¡los ojos!
—Estás horriblemente equivocado… estás tan completamente en la inopia…
—¡Dios mío!
Se había inclinado hacia adelante con tal rabia de contradicción que se acercó mucho a mí. Un vestido suelto de seda ambarina, con anchas mangas, había sustituido su traje de noche, aunque no hubiera sido capaz de decir en qué momento; ahora lo advertí, perplejo, cuando se inclinó para apoyar en la mesa las palmas de las manos. Una ráfaga repentina como de flores de azahar, mezclada con el tenue olor de la mortalidad más que madura para la tumba, llenó mi olfato. Un escalofrío me recorrió la carne.
—Yerras tan garrafalmente…
—Por el amor de Dios…
—¡Estás tan miserablemente engañado! ¡No son para nada los ojos!
—¿Entonces qué, en nombre del cielo?
Un reloj anunció las cinco.
—¡La úvula!, esa pizca de carne mucosa, ya sabes, que pende del paladar por encima de la glotis: devoran el tejido de la piel y la mejilla, o se deslizan por los labios entre los dientes defectuosos, llenando la boca. Van derechos hacia ella: es la deliciae de la bóveda palatina.
Sentí náuseas ante el horror de su interés, su olor y sus palabras. Una indecible sensación de insignificancia, de debilidad, me hizo enmudecer.
—Dices que estoy llena de pesares. Dices que estoy atormentada por la aflicción, que rechino los dientes de angustia. Bueno, eres un crío en intelecto. Usas las palabras sin percatarte de su sentido, como esas mentes en lo que Leibniz llama la «conciencia simbólica». Pero supongamos que sea así…
—Es así.
—No sabes nada.
—Te veo retorcerte y penar. Tus ojos están muy pálidos. Creía que eran de color avellana; ahora tienen el tono azulado de trémulas llamas fosfóricas vistas en la oscuridad.
—Eso no prueba nada.
—Pero el blanco de la esclerótica está teñido de amarillo. Y pareces ensimismada. Dime, por tu alma, ¿por qué pareces tan pálidamente ensimismada? ¿Por qué no puedes hablar de nada que no sea el sepulcro y su podredumbre? Tus ojos me parecen descoloridos por siglos de vigilia, por misterios y milenios de dolor.
—¡El dolor!, ¡qué poco sabes de él! ¡Eres todo aire y palabrería! ¡Nada sabes de su filosofía y su rationale!
—¿Y quién sabe?
—Te daré una pista. El dolor es la subconsciencia en los seres conscientes de la Eternidad, y de la pérdida eterna. Un ínfimo pinchazo de alfiler que ni Peán ni Esculapio ni todos los poderes del cielo y el infierno pueden curar del todo. El cuerpo
—¡De qué modo tan disparatado exageras! ¡Ja, ja! Te digo que es la aflicción la que te hace perorar sobre lugares comunes…
—El infierno es el lugar donde un Espíritu claro e ilimitado es subconsciente del Tiempo perdido, donde se retuerce de envidia pensando en el mundo vivo, ¡odiándolo para siempre, y a todos los hijos de la Vida!
—¡Pero domínate! Bebe… te lo ruego… yo te lo ruego… por el amor de Dios… aunque solo sea una vez…
—Precipitarse hacia la trampa… ¡eso es aflicción! Arrojar tu barco contra la roca del faro… ¡eso es Mara! Despertar, y sentir la irrevocable verdad de que fuiste en pos de ella… y los muertos estaban allí… y sus huéspedes estaban en las profundidades del infierno… ¡y no lo sabías!… aunque hubieras podido saberlo. Mira ahí fuera las casas de la ciudad en este día que amanece: te digo que no hay una que no esté habitada por algún alma… que recorre de un lado a otro el viejo teatro de su breve Día… espoleando la imaginación con mil trucos pueriles, semejanzas… engañándose minuciosamente con la fantasía de que todavía vive, de que la oportunidad de la vida no está perdida para siempre, para siempre… pero desgarrada todo el tiempo por memorias latentes del Verano desperdiciado, de la breve luz caduca entre las dos tinieblas eternas… ¡desgarrada, te digo y te grito!… ¡desgarrada, Mérimée, demonio destructor!…
Se había puesto en pie de un salto —ahora me parecía alta— entre el diván y la mesa.
—¡Mérimée! —grité—, ¿mi nombre, ramera, en tu boca maníaca? ¡Por Dios, mujer, me inspiras un terror mortal!
También yo me levanté de un salto, con el pelo erizado por el horror de mis fantasías.
—¿Tu nombre? ¿Puedes creer que ignoro tu nombre, o cualquier otra cosa sobre ti? ¡Mérimée! Vamos, ¿acaso no estabas ayer sentado leyendo sobre mí en una carta de Cosmo?
—Ah-h… —brotó la histeria en sollozos y risas de mis labios resecos—. ¡Ah! ¡Ja, ja! ¡Xélucha! ¡Mi memoria se entumece y agrisalla cada vez más, Xélucha! Apiádate de mí… ¡camino por el mismísimo valle de las sombras!… ¡marchito y senil!… mira mi pelo, Xélucha, mis mechones entrecanos… tembloroso, Xélucha, anublado… ¡No soy el hombre que conociste, Xélucha, en los palacios… de Cosmo! ¡Tú eres Xélucha!
—¡Deliras, pobre gusano! —exclamó ella, la cara retorcida por una especie de malicioso desdén—. Xélucha murió de cólera en Antioquía hace diez años. Yo enjugué la espuma de sus labios. Su nariz experimentó una descomposición verdosa antes del entierro. El ojo izquierdo estaba tan hundido en el cerebro que…
—Tú eres… ¡eres Xélucha! —grité—. Así lo aúllan ahora voces de trueno dentro de mi conciencia… y por Dios santísimo, Xélucha, aunque me apestes con el aliento del infierno que eres, te voy a abrazar… vivo o condenado…
Me abalancé hacia ella. Oí la palabra «¡Loco!», como siseada por las lenguas de diez mil serpientes por toda la estancia; por un momento, ante mis ojos desorbitados, pareció elevarse hasta el techo, expandiéndose, una torre de nubes deshilachadas, y en el preciso instante en que mis brazos se cerraban sobre el vacío, por obra de algún poderoso Behemot, me vi violentamente arrojado contra una pared de la habitación, donde caí sin sentido al suelo.
Desperté cuando el sol concluía ya su descenso hacia la noche, y me quedé mirando apáticamente el techo mugriento, y la sórdida silla, y el candelero de latón, y la botella de la que había bebido. La mesa, de madera de pino y sin mantel, estaba muy sucia.
Todo tenía el aspecto de llevar así muchos años. Aparte de estas cosas la habitación estaba vacía; aquella visión de lujo se había esfumado en el aire. El recuerdo repentino me iluminó como un fogonazo. A duras penas me puse en pie, salí de la casa y eché a correr tambaleándome, dando alaridos, por las calles crepusculares.
La Primera Gripe de Adán - Bernardo Atxaga
Yo no estuve allí, desde luego, pero tengo para mí que Adán no debió sentir mucho la pérdida del paraíso. Le ocurriría probablemente como a los que saltan de la cama a una habitación fría y no reparan en la baja temperatura hasta el momento en que su cuerpo pierde el calor que había absorbido entre las sábanas: vería Adán el mismo cielo azul que había visto antes, y vería los mismos ríos limpios, y los mismos pájaros, y no tendría otra incomodidad que la provocada por algunas imágenes llegadas en sueños, imágenes de un ángel con una espada, o de una serpiente, o de un árbol lleno de manzanas a causa del cual, él no sabía muy bien por qué, habían tenido en el paraíso una gran discusión.
¿Durante cuánto tiempo viviría Adán inmerso en aquella inocencia? Ya he dicho que no estuve allí, y no lo sé. Lo que sí sé, porque me es fácil imaginarlo, es lo que sintió un día al despertar: dolor de garganta, tos persistente, cierta sensación de mareo y malestar en el estómago.
Todo es relativo, y para alguien que había vivido en el paraíso el mal que sentía era un mal terrible, y Adán, presa del pánico y de un humor que luego, siglos después, alguien llamaría melancolía, se dirigió hacia la mujer que tenía a su lado y exclamó: “Eva, me estoy muriendo”. La exclamación, por decirlo así, resultó en aquel contexto revolucionaria: se utilizaba por primera vez el verbo morir, y por primera vez también, aquel hombre reparaba en la persona que le había acompañado tras la salida del paraíso. Efectivamente, allí estaba Eva. Allí estaba él, Adán, muriéndose.
Incontables fueron, o debieron ser, las mutaciones que se produjeron durante los días que Adán tuvo la gripe, pero en esta somera descripción solo voy a dar cuenta de aquella que, por primera vez en su vida, y por primera vez en el mundo, permitió a Adán decir una frase ligeramente inútil, del estilo de “¡qué color tan bonito tienen esos melocotones!” ¿Qué había ocurrido? Pues que, asustado y débil, es decir, enfermo, pudo descubrir al fin la belleza de las cosas.
Imagino ahora lo que ocurrió una semana después. Imagino que, repuesto de la gripe, abrazaría a su mujer y le diría: “¡Eva, nunca me he sentido mejor!” Expresión que en su caso, viniendo de donde venía, era muchísimo decir. Y supongo –para seguir con mis imaginaciones– que Adán mantuvo esa convicción hasta el día en que, por poner un ejemplo más que posible, descubrió al pequeño Caín con la frente ardiendo y todo el cuerpo lleno de manchitas rojas. Y supongo que volvió a pasarlo mal para luego volver a pasarlo bien y que vivió hasta el día en que descubrió que la flaqueza que tenía era la flaqueza final. ¿Qué pensaría entonces Adán? Me da bastante pena no haber estado allí y no saberlo con seguridad, pero me aventuraría a afirmar que, a pesar de todo, a pesar de encontrarse ya sin salida, a pesar de las desgracias familiares, comprendió y aceptó que la vida era precisamente lo que había ocurrido después de haber salido del paraíso.
La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 2 y última)
III. LOS DOS HERMANOS
A
partir de aquel momento, quedó establecida mi residencia en el
castillo; y a partir de aquel momento también dio comienzo el drama que
voy a contaros.
Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno con sus propios matices de temperamento.
Kostaki
me confesó, al día siguiente, que me amaba, y declaró que yo sería suya
y de nadie más, y que me mataría antes de que yo perteneciera a
cualquier otro.
Gregoriska
no dijo nada de ello, pero me rodeó de cuidados y de atenciones. Para
complacerme puso en práctica todos los medios de una refinada educación,
todos los recuerdos de una juventud pasada en las más nobles cortes de
Europa. Pero, ¡ay!, no era algo difícil, pues al primer sonido de su voz
había sentido que esa voz acariciaba mi alma; y a la primera mirada de
sus ojos había sentido que esa mirada penetraba hasta mi corazón.
Al
cabo de tres meses, Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y
yo lo odiaba; al cabo de tres meses, Gregoriska todavía no me había
dicho ni una sola palabra de amor, y yo sentía que cuando él lo desease
sería totalmente suya.
Kostaki
había dejado sus correrías. No salía del castillo. Había cedido
temporalmente el mando a una especie de lugarteniente que, de vez en
cuando, venía a pedirle órdenes y desaparecía al punto.
También
Smeranda me quería con una amistad apasionada, cuyas expresiones me
atemorizaban. Protegía a todas luces a Kostaki, y parecía estar más
celosa de mí de lo que lo estaba él. Pero como no entendía ni el polaco
ni el francés, y yo no comprendía el moldavo, no tenía forma de abogar
ante mí en favor de su hijo; pero había aprendido a decir en francés
cuatro palabras, que me repetía siempre cuando posaba sus labios en mi
frente:
—¡Kostaki ama a Jadwige!
Un
día me enteré de una noticia terrible y que era el colmo de mis
desdichas: los cuatro hombres que habían sobrevivido al combate habían
sido puestos en libertad y regresado a Polonia, dando su palabra de que
uno de ellos, antes de tres meses, regresaría para traerme noticias de
mi padre.
Y,
efectivamente, una mañana reapareció uno de ellos. Nuestro castillo
había sido tomado, incendiado y arrasado, y mi padre había encontrado la
muerte defendiéndolo.
En adelante estaba sola en el mundo.
Kostaki
redobló sus insinuaciones, y Smeranda su afecto; pero esta vez aduje
como pretexto mi luto por mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto
más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre
insistió como él y con él, más incluso que él.
Gregoriska
me había hablado del dominio de sí mismos que tienen los moldavos
cuando no quieren que otros lean en sus sentimientos. Él era un vivo
ejemplo de ello. Era imposible estar más segura del amor de un hombre de
lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si alguien me hubiera
preguntado en qué basaba mi certeza, me habría sido imposible decirlo:
nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la mía, o que
sus ojos buscaran los míos. Tan solo los celos podían hacer tomar
conciencia a Kostaki acerca de esta rivalidad, como solo mi amor podía
hacerme tomar conciencia de este amor.
Sin
embargo, lo confieso, me inquietaba mucho ese dominio de sí de
Gregoriska. Yo confiaba en él, pero no era suficiente; necesitaba estar
convencida; cuando he aquí que una noche, justo cuando acababa de volver
a mi aposento, oí llamar suavemente a una de las dos puertas que, como
ya he indicado, cerraban por dentro. Por la manera de llamar adiviné que
era una llamada amiga. Me acerqué y pregunté quién era.
—Gregoriska —contestó una voz cuyo acento no podía engañarme.
—¿Qué queréis de mí? —le pregunté temblando como una hoja.
—Si confiáis en mí —dijo Gregoriska—, si me creéis hombre de honor, aceptad una petición mía.
—¿Cuál?
—Apagad la luz como si os hubierais acostado y, de aquí a media hora, abridme esta puerta.
—Volved en media hora —me limité a responder.
Apagué la luz y esperé.
El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía que se trataba de un hecho importante.
Pasó
la media hora. Oí llamar más suavemente aún que la primera vez. Durante
el intervalo había descorrido el cerrojo; no me quedaba, pues, sino
abrir la puerta.
Entró Gregoriska y, sin esperar a que me lo pidiera, cerré la puerta tras él y eché el cerrojo.
Él
permaneció un momento mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con una
indicación. Luego, una vez que se hubo asegurado de que no nos amenazaba
peligro alguno por el momento, me llevó al centro del amplio aposento, y
sintiendo, por mi temblor, que no podría sostenerme en pie, fue a
buscar una silla.
Me senté, mejor dicho, me dejé caer sobre el asiento.
—¡Dios mío! —le dije—, ¿qué sucede y por qué tantas precauciones?
—Porque mi vida, lo que no sería nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que vamos a tener.
Le
tomé de una mano, toda asustada. Él se la llevó a los labios, mientras
me miraba como si quisiera excusarse por semejante audacia.
Yo bajé los ojos, lo que era una forma de consentir.
—Os amo —me dijo con su voz melodiosa como un canto—. ¿Me amáis vos?
—Sí —le respondí.
—¿Y aceptaríais ser mi mujer?
—Sí.
Se llevó la mano a la frente con una profunda aspiración de felicidad.
—Entonces, ¿no os negaréis a seguirme?
—¡Os seguiré a donde sea!
—Así que comprendéis —continuó— que no podemos ser felices si no es huyendo de aquí.
—¡Oh, sí! —exclamé yo—, huyamos.
—¡Silencio! —dijo él estremeciéndose—. ¡Silencio!
—Tenéis razón.
Y yo me acerqué a él temblando.
—He
aquí lo que he hecho —me dijo—, he aquí por qué he estado tanto tiempo
sin confesaros que os amaba: es que quería, una vez que estuviera seguro
de vuestro amor, que nada pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy
rico, querida Jadwige, inmensamente rico, pero a la manera de los
señores moldavos: rico en tierras, en rebaños, en siervos. Pues bien, he
vendido, por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de
Hango. Me han dado por todo ello trescientos mil francos en muchas
piedras preciosas, cien mil francos en oro y el resto en letras de
cambio pagaderas en Viena. ¿Os bastará con un millón?
Le apreté la mano.
—Me hubiera bastado con vuestro amor, Gregoriska, así que juzgad vos mismo.
—Pues
bien, escuchad. Mañana iré al monasterio de Hango para tomar mis
últimas disposiciones con el superior. Este me tiene preparados unos
caballos que nos esperarán a partir de las nueve de la mañana ocultos a
cien pasos del castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo igual que
hoy a vuestro aposento; apagaréis la luz y, como hoy, yo entraré. Pero
mañana, en lugar de salir solo de aquí, me seguiréis vos, saldremos por
la puerta que da a los campos, iremos a por los caballos, montaremos en
ellos y, pasado mañana por la mañana, habremos hecho treinta leguas.
—¡Oh! ¿Por qué no será ya pasado mañana?
—¡Querida Jadwige!
Gregoriska
me estrechó contra su corazón; y nuestros labios se encontraron. ¡Oh!
Bien que lo había dicho él: había abierto la puerta de mi aposento a un
hombre de honor; pero él comprendió perfectamente que, si no le
pertenecía de cuerpo, le pertenecía de alma.
Pasó
la noche sin que pudiera pegar ojo ni un instante. ¡Me veía huyendo con
Gregoriska, me sentía transportada por él como lo había sido ya por
Kostaki! Solo que esa carrera terrible, espantosa, fúnebre, se trocaba
ahora en un dulce y delicioso aprieto al que la velocidad añadía también
su parte de goce, pues la velocidad es un placer en sí misma.
Despuntó
el día. Bajé. Me pareció que había algo más sombrío aún que de
ordinario en la manera en que Kostaki me saludó. Su sonrisa no era ya
una ironía, sino una amenaza. En cuanto a Smeranda, me pareció la misma
que de costumbre.
Durante el almuerzo, Gregoriska pidió sus caballos. Pareció que Kostaki no prestase la menor atención a aquella orden.
Hacia
las once, Gregoriska se despidió, anunciando que no estaría de vuelta
hasta el atardecer, y rogando a su madre que no le esperase para comer;
luego se volvió hacia mí y me rogó que tuviera a bien admitir sus
disculpas.
Salió.
La mirada de su hermano le siguió hasta el momento en que dejó la
estancia, y en ese instante sus ojos echaron tales chispas de odio que
me estremecí.
Podéis
imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. No había confiado a nadie
nuestros planes, a duras penas me atreví a hablarle a Dios de ellos en
mis oraciones, y tenía la impresión de que todos estaban al tanto de
ellos, que cada mirada que se ponía en mí podía penetrar y leer en el
fondo de mi corazón.
La
comida fue un suplicio: sombrío y taciturno, Kostaki hablaba raramente;
esta vez se limitó a decir dos o tres palabras en moldavo a su madre, y
cada vez el acento de su voz me provocó un estremecimiento.
Cuando
me levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de costumbre, me
abrazó, y, al hacerlo, repitió aquella frase que, desde hacía ya ocho
días, no había vuelto a salir de su boca:
—¡Kostaki ama a Jadwige!
Esta
frase me persiguió como una amenaza; una vez en mi aposento, me parecía
que una voz fatal me susurrase al oído: «¡Kostaki ama a Jadwige!».
Ahora bien, el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la muerte.
Hacia
las siete de la tarde, y como el día comenzaba a declinar, vi a Kostaki
atravesar el patio. Se volvió para mirar hacia mi lado, pero yo me eché
hacia atrás, para que no pudiera verme.
Estaba
inquieta, pues durante todo el tiempo en que la posición de mi ventana
me había permitido seguirle, lo había visto dirigirse hacia las
caballerizas. Me aventuré a descorrer el cerrojo de mi puerta, y
deslizarme hacia la habitación contigua, desde donde podría ver todo lo
que hiciese.
En
efecto, se dirigía a las caballerizas. Entonces hizo salir él mismo a
su caballo favorito, lo ensilló personalmente y con el esmero de un
hombre que concede la mayor importancia a los menores detalles. Vestía
el mismo traje con el que lo había conocido la primera vez. Solo que,
por toda arma, llevaba su alfanje.
Cuando
hubo ensillado el caballo, dirigió sus ojos una vez más a mi aposento.
Luego, al no verme, saltó sobre la silla, mandó abrir la misma puerta
por la que había salido y por la que debía regresar su hermano, y se
alejó al galope, en dirección al monasterio de Hango.
Entonces
mi corazón se encogió de una manera terrible; un presentimiento fatal
me decía que Kostaki iba al encuentro de su hermano.
Me
quedé en aquella ventana mientras pude distinguir aquel camino, que, a
un cuarto de legua del castillo, hacía un recodo, y se perdía al
comienzo de un bosque. Pero la noche se volvía cada momento más cerrada,
y el camino no tardó en desaparecer totalmente de mi vista. Seguí en la
ventana. Finalmente mi inquietud, por su propio exceso, me devolvió las
fuerzas, y, como era, evidentemente, abajo en la sala donde debía
recibir las primeras noticias de uno o del otro de los dos hermanos,
bajé.
Mi
primera mirada fue para Smeranda. Por la serenidad de su rostro
comprendí que no sentía ningún recelo; daba sus órdenes para la cena
como de costumbre, y los cubiertos de los dos hermanos estaban en su
sitio.
Yo
no me atrevía a preguntar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiese
podido preguntar? Nadie en el castillo, a excepción de Kostaki y de
Gregoriska, hablaba ninguna de las dos únicas lenguas que yo sabía.
Al menor ruido me estremecía.
Normalmente
era a las nueve cuando nos sentábamos a la mesa para cenar. Yo había
bajado a las ocho y media; y seguía con la mirada el minutero, cuya
marcha era casi visible en la amplia esfera del reloj.
La
aguja viajera rebasó la distancia que la separaba del cuarto. Sonó el
cuarto. La vibración resonó sombría y triste; luego la aguja retomó su
marcha silenciosa, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la
regularidad y la lentitud de una punta de compás.
Unos
minutos antes de las nueve, me pareció oír el galope de un caballo en
el patio. Smeranda también lo oyó, pues volvió la cabeza del lado de la
ventana; pero la noche era demasiado espesa para que ella pudiera ver.
¡Oh!
¡Si ella me hubiese mirado en aquel momento, seguro que habría podido
adivinar lo que pasaba en mi corazón! No se había oído más que el trote
de un único caballo, y era muy simple. Ya sabía perfectamente que no
regresaría más que un solo jinete.
Pero ¿cuál?
Unos
pasos resonaron en la antecámara. Estos pasos eran lentos y parecían
muy titubeantes; cada uno de estos pasos parecía pesar sobre mi corazón.
Se
abrió la puerta, y vi en la oscuridad dibujarse una sombra. La sombra
se detuvo un momento en la puerta. Yo tenía el corazón en vilo.
La sombra avanzó, y, a medida que entraba dentro del círculo de luz, yo respiraba.
Reconocí a Gregoriska. Un instante de duda más y mi corazón se hubiera roto.
Reconocí a Gregoriska, pero pálido como un muerto. Nada más verle, se intuía que algo terrible acababa de pasar.
—¿Eres tú, Kostaki? —preguntó Smeranda.
—No, madre —respondió Gregoriska con una voz sorda.
—¡Ah!, aquí estáis —dijo ella—; ¿y desde cuándo vuestra madre debe esperaros?
—Madre mía —dijo Gregoriska echando una mirada al péndulo—, no son más que las nueve.
Y en ese momento, en efecto, dieron las nueve.
—Es cierto —dijo Smeranda—. ¿Dónde está vuestro hermano?
A mi pesar, pensé que era la misma pregunta que Dios había hecho a Caín.
Gregoriska no respondió.
—¿Nadie ha visto a Kostaki? —preguntó Smeranda.
El vatar, o mayordomo, se informó a su alrededor.
—A eso de las siete —dijo—, el conde ha ido a las caballerizas, ha ensillado su caballo él mismo y ha tomado el camino de Hango.
En
ese momento, mi mirada se cruzó con la de Gregoriska. Yo no sabía si
era una realidad o una alucinación, pero me pareció que había una gota
de sangre en medio de su frente.
Llevé lentamente mi dedo a mi propia frente, indicando el lugar donde creía ver esta mancha.
Gregoriska comprendió; tomó su pañuelo y se secó.
—Sí,
sí —murmuró Smeranda—, se habrá encontrado a algún oso, o a algún lobo,
y se habrá divertido en perseguirlo. Por eso es por lo que un niño hace
esperar a su madre. ¿Dónde lo habéis dejado, Gregoriska? Decid.
—Madre mía —respondió Gregoriska con una voz emocionada, pero firme—, mi hermano y yo no hemos partido juntos.
—¡Está
bien! —dijo Smeranda—. Que sirvan, sentaos a la mesa y que cierren las
puertas; el que se quede fuera pasará la noche fuera.
Las
dos primeras partes de esta orden fueron ejecutadas al pie de la letra:
Smeranda ocupó su lugar, Gregoriska se sentó a su derecha y yo a su
izquierda.
Acto seguido los servidores salieron para cumplir la tercera, es decir, para cerrar las puertas del castillo.
En aquel momento se oyó un gran ruido en el patio, y un criado completamente trastornado entró en la sala diciendo:
—Princesa, el caballo del conde Kostaki acaba de entrar en el patio, solo, y todo cubierto de sangre.
—¡Oh! —murmuró Smeranda alzándose pálida y amenazadora—, así es como regresó un atardecer el caballo de su padre.
Dirigí mi mirada hacia Gregoriska: ya no estaba pálido, sino lívido.
En
efecto, el caballo del conde Koproli había entrado un atardecer en el
patio del castillo, totalmente cubierto de sangre, y, una hora después,
los servidores habían encontrado y traído el cuerpo cubierto de heridas.
Smeranda tomó una antorcha de las manos de uno de los criados, avanzó hacia la puerta, la abrió y bajó al patio.
El
caballo, totalmente espantado, era refrenado a su pesar por tres o
cuatro servidores que unían sus esfuerzos para apaciguarlo.
Smeranda se adelantó hacia el animal, miró la sangre que manchaba su silla y reconoció una herida en la parte alta de su testuz.
—Kostaki
ha muerto de frente —afirmó ella—, en duelo y por la mano de un solo
enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos a su
asesino.
Como
el caballo había regresado por la puerta de Hango, todos los servidores
se precipitaron por aquella puerta, y se vio perderse por los campos
sus antorchas e internarse en el bosque, igual que en un bonito
atardecer de verano se ve resplandecer las luciérnagas en las llanuras
de Niza y de Pisa.
Smeranda,
como si estuviese convencida de que la marcha no sería larga, esperó de
pie en la puerta. Ni una lágrima corría de los ojos de esta madre
desolada, y sin embargo se sentía rugir la desesperación en el fondo de
su corazón.
Gregoriska permanecía detrás de ella, y yo estaba cerca de Gregoriska.
Al abandonar la sala, hizo un amago de ofrecerme el brazo, pero no se atrevió.
Al
cabo de un cuarto de hora aproximadamente, se vio por un recodo del
camino reaparecer una antorcha, luego dos, y acto seguido todas las
demás.
Solo que esta vez, en lugar de dispersarse por los campos, estaban agrupadas en torno a un centro común.
Pronto pudo verse que este centro común se componía de unas parihuelas y de un hombre tendido sobre ellas.
El
fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero avanzaba. Al cabo de diez
minutos, estuvo ante la puerta. Al ver a la madre viva que esperaba al
hijo muerto, los que lo portaban se descubrieron instintivamente, luego
entraron silenciosos en el patio.
Smeranda
echó a andar tras ellos, y nosotros seguimos a Smeranda. Se llegó así a
la gran sala, en la que fue depositado el cuerpo.
Entonces,
haciendo un gesto de suprema majestad, Smeranda mandó apartarse a todo
el mundo y, acercándose al cadáver, hincó una rodilla en tierra delante
de él, apartó los cabellos que velaban su rostro, lo contempló
largamente, con los ojos secos en todo momento. Luego, abriendo la
casaca moldava, apartó la camisa manchada de sangre.
La herida estaba en el lado derecho del pecho. Debía de haber sido hecha por una hoja recta y de doble filo.
Me
acordé de que había visto ese mismo día, en el costado de Gregoriska,
el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina.
Busqué esta arma en su costado, pero había desaparecido.
Smeranda pidió agua, empapó su pañuelo en ella y lavó la herida.
Una sangre fresca y pura enrojeció los labios de la herida.
El
espectáculo que tenía ante mis ojos presentaba un no sé qué de atroz y
de sublime al mismo tiempo. Aquella amplia estancia, ahumada por las
antorchas de resina, esos rostros bárbaros, esos ojos relucientes de
ferocidad, esas costumbres extrañas, esa madre que calculaba, a la vista
de la sangre todavía caliente, cuánto tiempo hacía que la muerte le
había arrebatado a su hijo, ese gran silencio, solo interrumpido por los
sollozos de esos bandidos, cuyo jefe era Kostaki, todo ello, repito, era
atroz y sublime de ver.
Finalmente,
Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y acto seguido, tras
levantarse y echarse hacia atrás las largas trenzas de sus blancos
cabellos que se habían desprendido, dijo:
—¿Gregoriska?
Gregoriska se estremeció, meneó la cabeza y, abandonando su atonía, repuso:
—¿Sí, madre?
—Venid aquí, hijo mío, y escuchadme.
Gregoriska obedeció estremeciéndose, pero obedeció.
A
medida que se acercaba al cuerpo, la sangre brotaba de la herida, más
copiosa y más bermeja. Por fortuna, Smeranda no miraba ya de ese lado,
pues, a la vista de aquella sangre acusadora, no hubiera tenido ya
necesidad de buscar quién era el asesino.
—Gregoriska
—dijo—, bien sabes que Kostaki y tú no os tenéis ningún aprecio. Sé
perfectamente que tú eres Waivady por parte de padre, y él Koproli por
parte del suyo; pero, por parte de vuestra madre, sois los dos
Brancovan. Sé que tú eres un hombre de las ciudades de Occidente, y él
un hijo de las montañas orientales; pero, por el seno que os trajo al
mundo a ambos, sois hermanos. Pues bien, Gregoriska, quiero saber si
vamos a llevar a mi hijo al lado de su padre sin que el juramento haya
sido pronunciado, si puedo llorar tranquila por fin, como una mujer,
pudiendo confiar en vos, es decir, en un hombre, para el castigo.
—Decidme
el nombre del asesino de mi hermano, señora, y solo tenéis que darme
una orden; os juro que antes de una hora, si así lo exigís, habrá dejado
de vivir.
—Jurad,
Gregoriska, jurad, so pena de mi maldición, ¿entendido, hijo mío?,
jurad que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de su
casa; que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida
perecerán por vuestra mano. Jurad, y, al hacerlo, que la ira del cielo
caiga sobre vos si faltáis a este sagrado juramento. ¡Si faltáis a este
sagrado juramento, someteos a la miseria, a la execración de vuestros
amigos, a la maldición de vuestra madre!
Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver.
—¡Juro que el asesino morirá! —dijo.
A
este extraño juramento, y cuyo verdadero sentido solo el muerto y yo,
tal vez, podíamos comprender, vi o creí ver producirse un prodigio
espantoso. Los ojos del cadáver se volvieron a abrir y se clavaron en mí
más vivos de lo que los había visto jamás, y sentí, como si ese doble
rayo hubiese sido palpable, penetrar un hierro candente hasta mi
corazón.
Era más de lo que podía soportar y me desvanecí.
IV. EL MONASTERIO DE HANGO
Cuando
me desperté, estaba en mi aposento, acostada en mi cama; una de las dos
mujeres velaba cerca de mí. Yo pregunté dónde estaba Smeranda; se me
respondió que velaba cerca del cuerpo de su hijo. Yo pregunté dónde
estaba Gregoriska; se me respondió que estaba en el monasterio de Hango.
Ni hablar de una huida. Pues ¿acaso Kostaki no estaba muerto? Ni
tampoco de casarme con él. Pues ¿acaso podía desposarse el fratricida?
Pasaron
tres días y tres noches en medio de unos sueños extraños. En mi vigilia
o en mi sueño, veía en todo momento esos dos ojos vivos en medio de
aquel rostro muerto: era una visión horrible. Era al tercer día cuando
debía tener lugar el enterramiento de Kostaki. Por la mañana de aquel
día me trajeron de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo
puse y bajé. La casa parecía vacía; todo el mundo estaba en la capilla.
Me encaminé hacia el lugar de la ceremonia. En el momento en que
franqueé el umbral, Smeranda, a la que llevaba tres días sin ver, vino
hacia mí.
Parecía
una efigie encarnada del dolor. Con un movimiento lento como el de una
estatua, posó sus labios gélidos en mi frente y, con una voz que parecía
salir ya de la tumba, pronunció estas palabras habituales:
—Kostaki os ama.
No
podéis haceros una idea del efecto que produjeron en mí tales palabras.
Esta declaración de amor hecha en tiempo presente, en lugar de hacerla
en tiempo pasado; ese «os ama», en lugar de «os amaba»; ese amor de
ultratumba que venía a buscarme en la vida, me produjo una terrible
impresión.
Al mismo tiempo, un extraño sentimiento se apoderaba de mí,
como si yo hubiera sido, en efecto, la mujer de aquel que estaba muerto y
no la prometida del que estaba vivo. Ese féretro me atraía hacia él, a
mi pesar, dolorosamente, como se dice que la serpiente atrae al pájaro
que fascina. Busqué los ojos de Gregoriska; lo vi, pálido y erguido
contra una columna; sus ojos miraban al cielo. No puedo asegurar que él
me viera.
Los
monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando unas salmodias
del rito griego, algunas veces muy armoniosas, pero las más, muy
monótonas. También yo quería rezar, pero la oración moría en mis labios;
tenía el espíritu tan trastornado que me parecía más bien estar
asistiendo a una junta de diablos que a una reunión de sacerdotes.
En el
momento en que levantaron el cuerpo, yo quise seguirlo, pero mis
fuerzas se negaron a ello. Sentí que me flaqueaban las piernas y me
apoyé en la puerta. Entonces Smeranda vino hacia mí e hizo una señal a
Gregoriska.
Gregoriska obedeció y se acercó. Smeranda me dirigió la palabra en lengua moldava.
—Mi madre me ordena que os repita palabra por palabra lo que ella va a decir —dijo Gregoriska.
Entonces Smeranda habló de nuevo; y, cuando hubo terminado, dijo:
—He
aquí las palabras de mi madre: «Lloráis a mi hijo, Jadwige, pues lo
amabais, ¿no es así? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de
ahora en adelante vos seréis mi hija como si Kostaki hubiera sido
vuestro esposo; tenéis de ahora en adelante una patria, una madre, una
familia. Derramemos la suma de lágrimas debidas a los muertos, luego
volvamos a ser de nuevo dignas las dos de aquel que no está…, ¡yo su
madre, y vos su mujer! Adiós, volved a vuestro aposento; yo voy a seguir
a mi hijo hasta su última morada; a mi vuelta, me encerraré con mi
dolor, y vos no me veréis hasta que lo haya vencido; estad tranquila, lo
venceré, pues no quiero que sea él el que me venza a mí».
No
pude responder a estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska,
más que con un gemido. Volví a subir a mi aposento, el cortejo se
alejó. Lo vi desaparecer por un recodo del camino. El convento de Hango
no estaba más que a una media legua del castillo en línea recta; pero
los obstáculos del suelo obligaban a que el camino se desviara, por lo
que se tardaba cerca de dos horas en recorrerlo.
Estábamos en el mes de
noviembre. Los días se habían vuelto fríos y cortos. A las cinco de la
tarde era ya noche cerrada. Hacia las siete, vi reaparecer unas
antorchas. Era el cortejo fúnebre que venía de regreso. El cadáver
reposaba en la tumba de sus padres. Estaba todo dicho.
Ya
os he confesado presa de qué extraña obsesión vivía desde el fatal
suceso que nos había vestido a todos de luto, y sobre todo desde que yo
había visto reabrir y clavarse en mí los ojos que la muerte había
cerrado. Aquella tarde, abrumada por las emociones de la jornada, estaba
más triste aún.
Escuchaba dar las diferentes horas en el reloj del
castillo, y me entristecía conforme el tiempo que volaba me acercaba al
instante en que Kostaki debía de haber muerto. Oía sonar las nueve menos
cuarto.
Entonces
una extraña sensación se apoderó de mí. Era un terror estremecedor que
corría por todo mi cuerpo y lo helaba; luego, con este terror, algo como
un sueño invencible que entorpecía mis sentidos; sentí una opresión en
el pecho, mis ojos se velaron, extendí los brazos y, retrocediendo, fui a
caer sobre mi cama.
Sin embargo, no había perdido a tal punto mis
sentidos para no poder oír cómo unos pasos se acercaban a mi puerta;
luego me pareció que mi puerta se abría. Luego no vi y no oí ya nada.
Únicamente sentí un vivo dolor en el cuello. Tras lo cual, caí en un
completo letargo.
Me
desperté a medianoche; mi lámpara todavía ardía; quise levantarme, pero
estaba tan débil que tuve que intentarlo dos veces. Sin embargo, vencí
esta debilidad y, como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que
había experimentado en mi sueño, me arrastré, apoyándome contra la
pared, hasta el espejo y miré. Algo parecido a un pinchazo de alfiler
señalaba la arteria de mi cuello. Pensé que algún insecto me habría
mordido mientras dormía, y, como estaba muerta de cansancio, me acosté y
me dormí.
Al
día siguiente, me desperté como de costumbre. Y como de costumbre quise
levantarme en cuanto mis ojos se hubieron abierto; pero sentí una
debilidad que no había experimentado todavía más que una sola vez en mi
vida, al día siguiente de un día en que me habían aplicado una sangría.
Me acerqué al espejo y me quedé sorprendida de mi palidez. La jornada
pasó triste y sombría; experimentaba una cosa extraña; sentía la
necesidad de quedarme allí donde estaba, pues todo desplazamiento
suponía una fatiga.
Cuando llegó la noche, me trajeron mi lámpara; mis
mujeres, al menos eso comprendía por sus gestos, se ofrecían a quedarse a
mi lado. Yo les di las gracias; ellas salieron. A la misma hora que la
víspera, experimenté los mismos síntomas. Entonces quise levantarme y
pedir socorro; pero no pude ir hasta la puerta.
Oí vagamente el carillón
del reloj que daba las nueve menos cuarto, resonaron los pasos, la
puerta se abrió; pero yo no veía, no oía ya nada; al igual que la
víspera, había ido a caer desplomada sobre mi cama. Al igual que la
víspera, sentí un dolor agudo en el mismo sitio. Al igual que la
víspera, me desperté a medianoche; solo que me desperté más débil y más
pálida que la víspera.
Al
día siguiente se repitió también la horrible obsesión. Estaba decidida a
bajar para estar al lado de Smeranda, por más débil que estuviese,
cuando una de mis mujeres entró en mi aposento y pronunció el nombre de
Gregoriska.
Gregoriska venía detrás de ella. Quise levantarme para
recibirle; pero volví a caer en mi sillón. Él lanzó un grito al verme y
quiso abalanzarse hacia mí; pero yo tuve fuerzas para extender el brazo
hacia él.
—¿Qué venís a hacer aquí? —le pregunté.
—¡Ay!
—dijo él—, ¡venía a deciros adiós! Venía a deciros que abandono este
mundo que me es insoportable sin vuestro amor y sin vuestra presencia;
venía a deciros que me retiro al convento de Hango.
—Os
veis privado de mi presencia, Gregoriska —le respondí—, pero no de mi
amor. Lamentablemente, os sigo amando, y mi gran dolor es que de ahora
en adelante este amor sea poco menos que un crimen.
—Entonces, ¿puedo esperar que rezaréis por mí, Jadwige?
—Sí, solo que no rezaré por largo tiempo —añadí con una sonrisa.
—¿Qué os ocurre, en efecto, y por qué estáis tan pálida?
—¡Que… Dios se apiada de mí, sin duda, y me llama con Él!
Gregoriska se acercó a mí, me tomó de una mano que yo no tuve fuerzas de retirar y, mirándome con fijeza, dijo:
—Esta palidez no es natural, Jadwige; ¿de qué os viene? Hablad.
—Si os lo dijera, Gregoriska, creeríais que estoy loca.
—No,
no, hablad, Jadwige, os lo suplico; nos encontramos en un país que no
se parece a ningún otro, en una familia que no se parece a ninguna otra
familia. Hablad, decidlo todo, os lo suplico.
Le
conté todo: esa extraña alucinación que me dominaba a la misma hora en
que debía de haber muerto Kostaki; ese terror, ese amodorramiento, ese
frío gélido, esa postración que me obligaba a acostarme, ese ruido de
pasos que creía oír, esa puerta que creía ver abrirse y, por último, ese
dolor agudo seguido de una palidez y de una debilidad que no hacían
sino ir en aumento.
Yo había creído que mi relato le parecería a
Gregoriska un principio de locura, y lo concluí no sin una cierta
timidez, cuando, por el contrario, vi que prestaba a este relato una
profunda atención. Cuando hube dejado de hablar, él reflexionó unos
instantes.
—¿Así que —preguntó— os dormís todas las noches a las nueve menos cuarto?
—Sí, por más esfuerzos que haga por resistir al sueño.
—¿Así que creéis ver abrirse vuestra puerta?
—Sí, aunque echo el cerrojo.
—¿Así que sentís un dolor agudo en el cuello?
—Sí, aunque apenas mi cuello conserva la señal de una herida.
—¿Me permitiríais que la viera? —preguntó.
Eché mi cabeza sobre un hombro. Él examinó esa cicatriz.
—Jadwige —dijo, al cabo de unos instantes—, ¿tenéis confianza en mí?
—¿Y me lo preguntáis? —repuse yo.
—¿Creéis en mi palabra?
—Como si fuera el Evangelio.
—Pues bien, Jadwige, a fe mía, os juro que no os quedan ocho días de vida si no aceptáis hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros.
—¿Y si acepto?
—Si aceptáis, tal vez podréis salvaros.
—¿Tal vez?
Guardó silencio.
—Sea lo que sea lo que haya de pasar, Gregoriska —proseguí—, haré lo que me mandéis hacer.
—Pues
bien, escuchad —dijo—, y sobre todo no os asustéis. En vuestro país,
como en Hungría, como en nuestra Rumanía, existe una tradición.
Me estremecí, pues me había vuelto esta tradición a la memoria.
—¡Ah! —dijo él—, ¿sabéis a lo que me refiero?
—Sí —respondí—, he visto en Polonia personas sometidas a esta horrible fatalidad.
—Os referís a los vampiros, ¿no es cierto?
—Sí,
en mi infancia vi cómo desenterraban en el cementerio de un pueblo que
pertenecía a mi padre a cuarenta personas, muertas en quince días, sin
que hubiera podido adivinarse la causa de su fallecimiento. Entre estos
muertos, diecisiete mostraban señales de vampirismo, es decir, fueron
encontrados lozanos, bermejos y parecidos a seres vivos; los otros eran
sus víctimas.
—¿Y qué se hizo para liberar a la región de ellos?
—Se les clavó una estaca en el corazón y, a continuación, se los quemó.
—Sí,
así es como se actúa de ordinario; pero eso para nosotros no basta.
Para liberaros del fantasma, primero quiero conocerlo, y vive Dios que
lo conoceré. Sí, y si es preciso lucharé cuerpo a cuerpo con él, sea
quien sea.
—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo aterrada.
—Ya
lo he dicho: quienquiera que sea, repito. Pero para llevar a buen fin
esta terrible aventura, es preciso que aceptéis todo lo que voy a exigir
de vos.
—Hablad.
—Estad
preparada a las siete, bajad a la capilla y hacedlo sola; tenéis que
vencer vuestra debilidad, Jadwige, tenéis que hacerlo. Allí recibiremos
la bendición nupcial. Consentid a ello, querida mía; es preciso, para
defenderos, que ante Dios y ante los hombres tenga yo derecho a velar
por vos. Volveremos a subir aquí y entonces veremos.
—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo—, ¡si es él, os matará!
—No temáis nada, mi querida Jadwige. Limitaos a dar vuestro consentimiento.
—Sabéis muy bien que haré cuanto queráis, Gregoriska.
—Hasta el atardecer, pues.
—Sí, haced por vuestra parte lo que se os antoje y yo os secundaré del mejor modo; podéis iros.
Salió.
Un cuarto de hora después, vi a un jinete correr precipitadamente por
el camino del convento: ¡era él! Apenas lo hube perdido de vista, cuando
caí de rodillas y recé, como no se reza ya en vuestros países
incrédulos, y esperé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el
sacrificio de mis pensamientos: no volví a levantarme hasta el momento
en que dieron las siete.
Estaba débil como una moribunda, pálida como
una muerta. Me toqué con un gran velo negro, bajé la escalera,
sosteniéndome contra las paredes, y me dirigí a la capilla sin haberme
encontrado con nadie.
Gregoriska
me esperaba con el padre Basilio, superior del convento de Hango.
Llevaba a un costado una espada santa, reliquia de un viejo cruzado que
había tomado Constantinopla con Villehardouin y Balduino de Flandes.
—Jadwige
—dijo dando un golpe en su espada con una mano—, con la ayuda de Dios,
esto es lo que romperá el hechizo que amenaza vuestra vida. Acercaos,
pues, resueltamente; he aquí un santo varón que, tras haber recibido mi
confesión, va a recibir nuestros juramentos.
Dio
comienzo la ceremonia; tal vez nunca ha habido algo más sencillo y más
solemne a la vez. Nadie ayudaba al pope; él mismo nos colocó sobre la
cabeza las coronas nupciales.
Vestidos de luto los dos, dimos la vuelta
al altar con un cirio en la mano; luego el religioso, tras haber
pronunciado las palabras santas, añadió:
—Ahora
podéis iros, hijos míos, y que Dios os infunda la fuerza y el valor de
luchar contra el enemigo del género humano. Estáis armados de vuestra
inocencia y de su justicia; venceréis al demonio. Id y benditos seáis.
Nosotros
besamos los libros sagrados y salimos de la capilla.
Entonces, por
primera vez, me apoyé en el brazo de Gregoriska y me pareció que, al
tocar aquel valeroso brazo, que al contacto con aquel noble corazón, la
vida retornaba a mis venas. Me creía segura de triunfar, puesto que
Gregoriska estaba conmigo; volvimos a subir a mi aposento. Dieron las
ocho y media.
—Jadwige
—me dijo entonces Gregoriska—, no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres
dormirte como de costumbre y que todo suceda durante tu sueño? ¿O
quieres permanecer despierta y verlo todo?
—A tu lado no temo nada, por lo que quiero permanecer despierta, quiero verlo todo.
Gregoriska extrajo de su pecho una ramita de boj bendecido, completamente húmeda aún de agua bendita, y me la entregó.
—Coge,
pues, esta ramita —dijo—, acuéstate en tu cama, di las oraciones a la
Virgen y espera sin temor. Dios está con nosotros. Sobre todo, no dejes
caer tu ramita; con ella podrás mandar hasta en el mismísimo infierno.
No me llames, no grites; reza, ten esperanza y aguarda.
Yo
me acosté en la cama. Crucé mis manos sobre mi pecho, sobre el cual
apoyé la ramita bendecida. En cuanto a Gregoriska, se escondió detrás
del dosel al que ya me he referido y que ocultaba el rincón de mi
aposento. Yo contaba los minutos y sin duda Gregoriska los contaba
también por su parte.
Dieron los tres cuartos. El resonar del martillo
vibraba aún cuando sentí ese mismo amodorramiento, ese mismo terror, ese
mismo frío glacial; pero acerqué la ramita bendecida a mis labios y
esta primera sensación se disipó. Entonces oí muy claramente el ruido de
esos pasos lentos y mesurados que resonaban en la escalera y que se
acercaban a mi puerta.
Luego mi puerta se abrió lentamente, sin ruido,
como empujada por una fuerza sobrehumana, y entonces…
La voz se detuvo como ahogada en la garganta de la narradora.
Y
entonces —continuó no sin esfuerzo—, vi a Kostaki, pálido como lo había
visto sobre las parihuelas; sus largos cabellos, esparcidos sobre sus
hombros, goteaban sangre: llevaba su traje habitual, solo que abierto a
la altura del pecho, y dejaba ver su herida sangrante. Todo estaba
muerto, todo era cadáver, carne, ropa, andares…, únicamente los ojos,
esos ojos terribles estaban vivos.
Al ver esto, ¡cosa extraña!, en lugar
de sentir redoblarse mi espanto, sentí aumentar mi valor. Me lo
infundía Dios, sin duda, para que pudiera juzgar yo mi situación y
defenderme contra el infierno. Al primer paso que el fantasma dio hacia
mi cama, crucé osadamente mi mirada con esa mirada plomiza y le presenté
la ramita bendecida.
El espectro trató de avanzar; pero un poder más fuerte que el suyo lo mantenía en su sitio. Se detuvo.
—¡Oh! —murmuró—, no duerme; lo sabe todo.
Hablaba
en moldavo y, sin embargo, yo entendía como si sus palabras hubiesen
sido pronunciadas en una lengua que yo comprendiera. Estábamos así
enfrente el uno del otro, el fantasma y yo, sin que mis ojos pudieran
desviarse de los suyos, cuando vi, sin necesitar volver la cabeza hacia
su lado, a Gregoriska salir de detrás de la silla de coro de madera,
parecido al ángel exterminador y empuñando la espada.
Se santiguó con la
mano izquierda y avanzó lentamente con la espada tendida hacia el
fantasma; este, al reconocer a su hermano, había sacado a su vez su
alfanje con una carcajada terrible; pero apenas el alfanje hubo tocado
el acero bendito cuando el brazo del fantasma volvió a caer inerme al
lado de su cuerpo.
Kostaki dejó escapar un suspiro lleno de lucha y desesperación.
—¿Qué quieres? —preguntó a su hermano.
—En el nombre de Dios vivo —dijo Gregoriska—, te suplico que respondas.
—Habla —dijo el fantasma con un rechinar de dientes.
—¿Fui yo quien te esperó?
—No.
—¿Fui yo quien te atacó?
—No.
—¿Fui yo quien te hirió?
—No.
—Fuiste
tú quien se arrojó sobre mi espada, eso es todo. Por tanto, a los ojos
de Dios y de los hombres, no soy culpable del crimen de fratricidio; por
tanto, no has recibido ninguna misión divina, sino infernal; por eso
has salido de la tumba no como una sombra santa, sino como un espectro
maldito, y volverás a tu tumba.
—Con ella, sí —exclamó Kostaki haciendo un esfuerzo supremo para apoderarse de mí.
—Solo —exclamó a su vez Gregoriska—; esta mujer es mía.
Y
al pronunciar estas palabras, con la punta del acero bendecido tocó la
herida viva. Kostaki lanzó un grito como si una espada flamígera le
hubiese tocado y, llevándose la mano izquierda a su pecho, dio un paso
hacia atrás.
Al mismo tiempo, y con un movimiento que parecía acompasado
con el suyo, Gregoriska dio un paso hacia delante; entonces, con los
ojos fijos en los ojos del muerto, la espada contra el pecho de su
hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne; algo parecido al
paso de Don Juan y del Comendador; el espectro retrocediendo ante la
espada sagrada, ante la voluntad irresistible del campeón de Dios; este
siguiéndole paso a paso sin pronunciar una palabra, los dos jadeando,
los dos lívidos, el vivo empujando al muerto delante de él y obligándole
a abandonar aquel castillo, que fuera su morada en el pasado, por la
tumba, que era su morada en el futuro. ¡Oh! Era un espectáculo horrible,
os lo juro.
Y
sin embargo, movida yo misma por una fuerza superior a mí, invisible,
desconocida, sin darme cuenta de lo que hacía, me levanté y les seguí.
Bajamos la escalera, alumbrados tan solo por las pupilas ardientes de
Kostaki. Atravesamos así la galería y también el patio. Franqueamos la
puerta con esos mismos pasos mesurados: el espectro retrocediendo,
Gregoriska con el brazo tendido, yo siguiéndolos.
Este recorrido
fantástico se prolongó por espacio de una hora: era preciso llevar de
nuevo al muerto a su tumba; solo que, en lugar de seguir el camino
habitual, Kostaki y Gregoriska atajaron yendo en línea recta, sin
preocuparse por unos obstáculos que habían dejado de existir: bajo sus
pies, el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles
retrocedían, las rocas se apartaban; por lo que hace a mí, se operaba el
mismo milagro que se operaba para con ellos; solo que todo el cielo me
parecía cubierto de un crespón negro, la luna y las estrellas habían
desaparecido, y yo no veía brillar en la noche en todo momento más que
los ojos llameantes del vampiro.
Llegamos
así a Hango, pasamos así a través del seto de arbustos que servía de
cerca al cementerio. Apenas en su interior, distinguí en la sombra la
tumba de Kostaki situada al lado de la de su padre; ignoraba que
estuviese allí y, sin embargo, la reconocí. Esa noche lo sabía todo. Al
borde de la fosa abierta, Gregoriska se detuvo.
—Kostaki
—dijo—, no ha terminado todo aún para ti, y una voz del cielo me dice
que serás perdonado si te arrepientes: ¿prometes, pues, volver a entrar
en tu tumba, prometes no volver a salir de ella, prometes consagrar, por
último, a Dios el culto que has consagrado al infierno?
—¡No! —respondió Kostaki.
—¿Te arrepientes? —preguntó Gregoriska.
—¡No!
—Por última vez, ¿te arrepientes, Kostaki?
—¡No!
—¡Pues
bien, invoca en tu ayuda a Satanás, que yo invoco a Dios en la mía, y
veamos una vez más de parte de quién se decantará la victoria!
Dos
gritos resonaron al mismo tiempo; los aceros se cruzaron despidiendo
chispas, y el combate se prolongó por espacio de un minuto que me
pareció un siglo. Kostaki se desplomó; vi alzarse la espada terrible, la
vi hundirse en su cuerpo y clavar ese cuerpo en la tierra recién
removida. Un grito supremo, y que nada tenía de humano, recorrió los
aires.
Yo acudí. Gregoriska se había quedado de pie, pero tambaleándose. Yo acudí y lo sostuve en mis brazos.
—¿Estáis herido? —le pregunté con ansiedad.
—No
—me dijo—; pero en un duelo semejante, querida Jadwige, no es la herida
la que mata, sino la lucha. Yo he luchado con la muerte y pertenezco a
la muerte.
—¡Amigo, amigo! —exclamé yo—, aléjate, aléjate de aquí, y la vida tal vez retorne.
—No
—dijo él—, esta es mi tumba, Jadwige: pero no perdamos tiempo; coge una
poca de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala sobre la
mordedura que él te ha hecho; es el único medio para preservarte en el
futuro de su horrible amor.
Yo
obedecí temblando. Me agaché para recoger aquella tierra ensangrentada
y, al hacerlo, vi el cadáver clavado en el suelo; la espada bendecida le
atravesaba el corazón y una sangre negra y copiosa brotaba de su
herida, como si acabara de morir en ese mismo instante. Amasé un poco de
tierra con la sangre y apliqué el horrible talismán en mi herida.
—Ahora,
mi adorada Jadwige —dijo Gregoriska con una voz debilitada—, escucha
bien mis últimas instrucciones: abandona el país en cuanto puedas. La
distancia es la única seguridad para ti. El padre Basilio ha recibido
hoy mis últimas voluntades y las cumplirá. ¡Jadwige! ¡Un beso! ¡El
último, el único, Jadwige! Me muero.
Y,
diciendo estas palabras, Gregoriska se desplomó cerca de su hermano. En
cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de
aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres tendidos uno al lado
del otro, me hubiese vuelto loca; pero, ya lo he dicho, Dios me había
infundido unas fuerzas parejas a los sucesos de los que Él me hacía no
solo testigo, sino también protagonista.
En el momento en que miré en
torno mío, buscando alguna ayuda, vi abrirse la puerta del claustro y
los monjes, conducidos por el padre Basilio, avanzaron de dos en dos,
llevando unas antorchas encendidas y cantando las preces por los
difuntos. El padre Basilio acababa de llegar al convento; había previsto
lo sucedido y, a la cabeza de toda la comunidad, se dirigía al
cementerio.
Me encontró viva cerca de los dos muertos. Kostaki tenía el
rostro trastornado por una última convulsión. Gregoriska, por el
contrario, estaba sereno y casi sonriente.
Tal
como había pedido Gregoriska, lo enterraron cerca de su hermano, el
cristiano guardando al condenado. Smeranda, al tener conocimiento de esa
nueva desgracia y la parte que había tenido yo en ella, quiso verme;
vino a visitarme al convento de Hango y supo por mi boca todo lo
sucedido en aquella terrible noche. Yo le conté con todo pormenor la
fantástica historia, pero ella me escuchó como me había escuchado
Gregoriska, sin asombro ni espanto.
—Jadwige
—respondió tras unos momentos de silencio—, por más extraño que resulte
lo que acabáis de contar, no habéis dicho sin embargo más que la pura
verdad. La raza de los Brancovan es una raza maldita, hasta la tercera y
la cuarta generación, y ello porque un Brancovan dio muerte a un
sacerdote. Pero la maldición ha tocado a su fin; pues, aunque esposa,
sois virgen, y conmigo se acaba la raza. Si mi hijo os ha legado un
millón, tomadlo. Después de mí, aparte de los legados piadosos que
pienso hacer, el resto de mi fortuna será para vos. Ahora seguid el
consejo de vuestro esposo, regresad cuanto antes a los países donde Dios
no permite que ocurran estos terribles prodigios. Yo no tengo necesidad
de nadie conmigo para llorar a mis hijos. Mi dolor exige soledad.
Adiós, no preguntéis más por mí. Mi suerte futura pertenece solo a mí y a
Dios.
Y
tras besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse
en el castillo de Brancovan. Ocho días después, partí para Francia. Tal
como había esperado Gregoriska, mis noches dejaron de verse hostigadas
por el terrible fantasma. Restablecida mi salud, no he guardado de este
acontecimiento más que esa palidez mortal que acompaña hasta la tumba a
toda criatura humana que ha sufrido el beso de un vampiro.
La
dama se calló, dieron las doce de la noche, y casi me atrevería a decir
que el más valiente de nosotros se estremeció al oír el carillón del
reloj de péndulo.