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El problema de la señora Blynn, el problema del mundo - Patricia Highsmith

La señora Palmer se estaba muriendo; ni a ella ni a ninguna otra persona de la casa le cabía la menor duda al respecto. Los habitantes de la casa habían pasado de ser dos —la señora Palmer y Elsie, la doncella— a ser cuatro en los diez últimos días. 

La hija de Elsie, Liza, que tenía 14 años, había acudido a ayudar a su madre y se había llevado a su peludo perro pastor, Princy, que para la señora Palmer era el cuarto habitante de la casa. Liza se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en la cocina y dormía en la pequeña habitación de techo bajo con dos literas, situada tan solo unos escalones más abajo de la habitación de la señora Palmer. 

La casa era pequeña: un saloncito, comedor y cocina en la planta baja, y arriba, el dormitorio de la señora Palmer, el cuarto de las literas y un cuartito donde dormía Elsie. Todos los techos eran bajos y las puertas y el techo de la escalera aún más bajos, de modo que uno tenía que agachar la cabeza constantemente.

La señora Palmer pensó que ya no tendría que seguir agachando la cabeza mucho tiempo, ya que solo se levantaba dos veces al día, con su bata color lavanda ceñida al cuerpo contra el frío, camino del cuarto de baño. Tenía leucemia. No sufría ningún dolor, pero estaba terriblemente débil. Tenía sesenta y un años. 

Su hijo Gregory, oficial de la RAF, estaba destacado en Oriente Próximo. Tal vez llegaría a tiempo y tal vez no. La señora Palmer, de forma deliberada, no le había mandado un telegrama urgente, pues no quería molestarle ni importunarle; y en su telegrama de respuesta, él había dicho simplemente que haría lo posible por conseguir un permiso e ir a verla, y que le comunicaría la fecha exacta de su llegada. 

Su propio telegrama había sido cobarde, pensó la señora Palmer. ¿Por qué no había tenido el valor de decirle claramente: «Me estoy muriendo, no creo que dure más de una semana. ¿Puedes venir a verme?»?

¡Señora Palmer! ―Elsie asomó la cabeza por la puerta, con una mano enharinada apoyada en el quicio―. ¿A qué hora ha dicho hoy la señora Blynn: a las cuatro y media o a las cinco y media?

La señora Palmer no lo sabía, y le parecía que no tenía ninguna importancia.

―Creo que a las cinco y media.

Elsie asintió preocupada, pensando en qué serviría con el té si era a las cinco y media y no a las cuatro y media. El té de las cinco y media podía ser menos sustancioso, porque la señora Blynn ya habría tomado un té en otra parte.

―¿Quiere que le traiga algo, señora Palmer? ―preguntó en un tono dulce, con sincera preocupación.

―No, gracias, Elsie, estoy bien. ―La señora Palmer suspiró cuando Elsie volvió a cerrar la puerta. Elsie era voluntariosa, pero no inteligente. La señora Palmer no podía hablar con ella, y aunque no pretendía hablar de cosas íntimas con ella, sí le habría gustado tener la sensación de que podía hablar con alguien en la casa si lo deseaba.

La señora Palmer no tenía amigos íntimos en el pueblo, porque solo llevaba un mes allí. Se dirigía a Escocia cuando la invadió otra vez aquella debilidad y se desmayó en el andén de la estación de Ipswich. Un largo viaje a Escocia en tren o incluso en avión pareció entonces totalmente fuera de lugar, de modo que, siguiendo las indicaciones de un médico desconocido, la señora Palmer había cogido un taxi y se había desplazado a un pueblo de la costa este llamado Eamington, donde, según el propio médico, había una enfermera que visitaba a domicilio, y donde el aire era espléndido y vigorizante. 

Obviamente, el médico había pensado que solo necesitaba descansar unas semanas y que luego se recuperaría, pero la señora Palmer tenía la premonición de que eso no era verdad.

Los primeros días se había encontrado mejor en aquel pueblo pequeño y tranquilo; había visto la casita llamada Sea Maiden («Doncella del Mar») y la había alquilado enseguida, pero la racha de energía había durado poco. Ya en Sea Maiden había vuelto a desmayarse y tenía la sensación de que Elsie e incluso otras personas que habían conocido, como el señor Frowley, el agente inmobiliario, tomaban a mal su faiblesse

Ella no solo era una extraña que había venido a molestarles, a pedirles cosas, sino que su recaída ponía en cuestión los poderes curativos del aire de Eamington, que, en aquel momento, consistía básicamente en vientos de tormenta que azotaban día y noche desde el noreste, arrancando los botones de los abrigos y cubriendo todas las ventanas de las casas costeras de una película opaca de sal y rociaduras del mar.

La señora Palmer sentía convertirse en una carga, pero por lo menos podía pagarlo, pensó. Había alquilado una casa de campo bastante desvencijada que, de lo contrario, habría estado vacía todo el invierno, pues ya era principios de febrero. 

Había contratado a Elsie, ofreciéndole un salario por encima de lo habitual en Eamington, le pagaba a la señora Blynn una guinea por una visita de media hora (y la mayor parte de aquella media hora se consumía con el té) y pronto daría trabajo a la funeraria, al sacristán y tal vez también a la floristería. Además, había pagado por adelantado el alquiler de marzo.

Al oír unos pasos rápidos en el pavimento, en un momento de calma del rugido del viento, la señora Palmer se incorporó un poco en la cama. Llegaba la señora Blynn. Un ansioso ceño transformó la fina piel de la frente de la señora Palmer, pero ella sonrió cortésmente, con una cortesía anticipada. Cogió el espejo de mango largo que había en la mesita de noche. Su cara grisácea había dejado de impresionarla o avergonzarla. 

La edad era la edad, la muerte era la muerte, y aunque no era guapa, seguía sintiendo el impulso de hacer lo que pudiera por parecer más agradable al mundo. Se arregló un poco el pelo, se humedeció los labios, esbozó una leve sonrisa, equilibró los hombros del camisón y se acercó más su rebeca rosa. Su palidez le volvía los ojos aún más azules. Ese era un pensamiento agradable.

Elsie llamó a la puerta y la abrió al mismo tiempo.

―La señora Blynn, señora.

―Buenas tardes, señora Palmer ―dijo la señora Blynn, bajando los dos escalones desde el umbral a la habitación de la señora Palmer. Era una mujer corpulenta, con el pelo rubio oscuro y de altura mediana, de unos cuarenta y cinco años, y llevaba su habitual traje de dos piezas, grueso y negro, con un broche rosa en forma de flor sobre el pecho izquierdo, los labios pintados de rosa pálido y tacones bastante altos. 

Como muchas mujeres de Eamington, era viuda de marino, y había empezado a trabajar de enfermera después de los cuarenta. En el pueblo la consideraban una mujer enérgica que hacía su trabajo eficazmente―. ¿Cómo se encuentra esta tarde?

―Buenas tardes. Digamos que bien, dentro de lo que cabe ―dijo la señora Palmer, haciendo un esfuerzo para mostrarse animosa. Ya estaba soltando las sábanas remetidas, preparándose para apartarlas del todo y que la enfermera le pusiera su inyección diaria.

Pero la señora Blynn permanecía de pie con una sonrisa ausente en medio de la habitación, con las manos puestas hacia atrás en las caderas, examinando las paredes y mirando por la ventana. La señora Blynn había vivido en aquella casa con su marido en otro tiempo, durante los seis primeros meses de matrimonio, y todos los días hacía algún comentario al respecto. 

Su marido había sido capitán de un barco mercante y había muerto diez años atrás al colisionar con un barco sueco solo a cincuenta millas de Eamington. La señora Blynn nunca había vuelto a casarse. Elsie decía que su casa estaba llena de fotografías del capitán en uniforme y de su barco.

―Sí, es una casita maravillosa ―dijo la señora Blynn―, aunque esté expuesta al viento. ―Miró a la señora Palmer con ojos brillantes, como diciendo: «Bueno, y ahora vamos a poner esa inyección a ver si se pone bien de una vez, ¿de acuerdo?».

Pero su expresión cambió al instante. Hurgó en su bolso negro en busca de la jeringa y el frasco de claro fluido que no serviría de nada. Su boca perdió la sonrisa y se curvó hacia abajo, y se acentuaron las arrugas en las comisuras. Cuando se concentraba en el descarnado cuerpo de la señora Palmer, sus ojos verde grisáceo se volvían vidriosos, como si no viera nada ni necesitara ver nada: aquel era su oficio y ella sabía cómo hacerlo. La señora Palmer era un objeto que pagaba una guinea por la visita. El objeto iba a morir. La señora Blynn se volvía apática, como si ni siquiera la pérdida de la guinea diaria en tres u ocho días le importara tampoco.

A la señora Palmer no le importaban en absoluto las guineas, pero en vista del hecho de que pronto iba a dejar este mundo, le hubiera gustado que la señora Blynn mostrara algún rasgo humano, como el deseo de prolongar las guineas de sus visitas. Los ojos de la señora Blynn seguían vidriosos, incluso cuando miró hacia la puerta para ver si llegaba Elsie con el té. 

Ocasionalmente, el suelo de madera del vestíbulo crujía por el calor o por la ausencia del mismo, y también crujía cuando alguien andaba cerca de la puerta. Aquel día le dolió la inyección, pero la señora Palmer aguantó sin rechistar. En realidad, no era nada y sonrió ante su insignificancia.

―Hoy ha salido un poco el sol, ¿verdad? ―dijo.

―¿Ah, sí? ―La señora Blynn extrajo la aguja.

―Hacia las once de la mañana, me he fijado. ―Débilmente hizo un gesto con el brazo señalando hacia la ventana que quedaba tras ella.

―Pues ya era hora ―respondió la señora Blynn, guardando su instrumental en el bolso―. Dios mío, y también viene bien un poco de fuego. ―Había cerrado el bolso y se frotaba las manos, acercándose a la chimenea.

Princy estaba echado ante el fuego cuan largo era, como si fuese una alfombra de pelo largo enrollada. La señora Palmer intentó pensar en algo agradable que decir sobre el marido de la señora Blynn, su época en aquella casa, el pueblo, lo que fuera. Pero solo podía pensar en que la vida de la señora Blynn debía de haber sido muy solitaria desde la muerte de su marido. No habían tenido hijos. Según Elsie, la señora Blynn adoraba a su marido y estaba orgullosa de no haber vuelto a casarse.

―¿Tiene muchos pacientes en esta época del año? ―preguntó.

―Oh, sí. Como siempre ―contestó la señora Blynn, todavía frente al fuego y frotándose las manos.

«¿Quién?», se preguntó la señora Palmer. «Háblame de ellos». Esperó, respirando suavemente. Elsie llamó una vez, golpeando con un canto de la bandeja en la puerta.

―Pase, Elsie ―dijeron las dos a la vez, la señora Blynn un poco más alto.

―Aquí tienen ―dijo Elsie, poniendo la bandeja sobre una banqueta formada por dos sólidos almohadones color verde oliva, apilados uno sobre otro. Por el lado de uno de los bollitos chorreó mantequilla derretida, que cayó sobre el plato y empezó a solidificarse mientras Elsie servía el té.

Elsie le tendió a la señora Palmer una taza de té con tres terrones de azúcar, pero sin bollo, porque la señora Blynn decía que eran demasiado indigestos para ella. A la señora Palmer no le importaba. De todas formas apreciaba la visión de los bollitos bien untados de mantequilla, y de gente sana como la señora Blynn comiéndoselos. Le ofrecieron una galleta de jengibre y la rechazó.

La señora Blynn habló brevemente con Elsie de las cañerías de su casa y de alguna oferta que había aquella semana en la carnicería, mientras Elsie permanecía de pie con los brazos cruzados, apoyada en el marco de la puerta, dejando pasar una corriente de aire frío hacia la señora Palmer. Elsie anotaba mentalmente toda la información de la señora Blynn sobre precios. Ahora era la salsa de tomate de la tienda de dietética, que estaba de oferta aquella semana.

―Llámeme si necesita algo ―dijo Elsie como de costumbre, agachando la cabeza para salir.

La señora Blynn estaba absorta en sus bollos, inclinada para que la mantequilla que chorreaba cayera al suelo y no en su falda. La señora Palmer se estremeció y se tapó más.

―¿Va a venir su hijo? ―preguntó la señora Blynn en voz alta y clara, mirando directamente a la señora Palmer.

La señora Palmer no sabía lo que Elsie le habría contado a la señora Blynn. Ella le había dicho a Elsie que su hijo tal vez viniera, eso era todo.

―Aún no lo sé. Supongo que está esperando a decirme la fecha exacta... o para comprobar si puede o no. Ya sabe cómo son las cosas en las Fuerzas Aéreas.

―Humm ―dijo la señora Blynn a través de un bollo, como si por supuesto tuviera que saberlo, ya que su marido había sido militar―. Si no me equivoco, es su único hijo y heredero.

―El único ―contestó la señora Palmer.

―¿Está casado?

―Sí. ―Y anticipándose a la siguiente pregunta―: Tiene una hija, pero aún es muy pequeña.

Los ojos de la señora Blynn vagaron hacia la mesita de noche de la señora Palmer y, de pronto, esta se dio cuenta de que estaba observando... su broche de amatista. La señora Palmer lo había llevado en su rebeca unos días, hasta que se había encontrado tan mal que el broche ya no la animaba, e incluso había empezado a verlo cursi, por lo que había acabado quitándoselo.

―Es un broche muy bonito ―dijo la señora Blynn.

―Sí. Me lo regaló mi marido hace años.

La señora Blynn se acercó a mirarlo, pero no lo tocó. La amatista rectangular estaba engarzada en diminutos brillantes. Se quedó allí de pie, mirándolo con ojos atentos y saltones.

―Supongo que se lo dejará a su hijo... o a su mujer.

La señora Palmer enrojeció, incómoda o disgustada. La verdad era que no había pensado a quién se lo iba a dejar.

―Supongo que mi hijo se lo quedará todo, como mi heredero.

―Espero que su mujer sepa apreciarlo ―dijo la señora Blynn con una sonrisa, dándose la vuelta para dejar la taza de té en el platillo.

Luego, la señora Palmer cayó en la cuenta de que la señora Blynn llevaba días mirando aquel broche, cada vez que sus ojos se desviaban hacia la mesilla de noche. Cuando se marchó la señora Blynn, la señora Palmer cogió el broche y lo guardó en la palma de su mano, con actitud protectora. Su joyero estaba en el otro extremo de la habitación. En aquel momento entró Elsie.

―Elsie, ¿le importaría pasarme esa caja azul de ahí? ―le dijo la señora Palmer.

―Claro, señora ―contestó Elsie, desviándose desde la bandeja del té hacia la caja que había sobre la estantería―. ¿Esta?

Sí, gracias. ―La señora Palmer la cogió, levantó la tapa y guardó el broche junto al collar de perlas. No tenía muchas joyas, tal vez diez u once piezas, pero cada una evocaba una ocasión especial de su vida, un periodo especial, y las apreciaba todas. Observó el perfil romo y sincero de Elsie, que se inclinaba sobre la bandeja, ordenándolo todo para poder llevárselo en un solo viaje.

―Esta señora Blynn ―dijo Elsie, negando con la cabeza y sin mirar a la señora Palmer―. Me ha preguntado si creía que su hijo vendría. ¿Y cómo voy a saberlo yo? Le dije que sí, que yo suponía que sí. ―Estaba de pie con la bandeja, mirando a la señora Palmer y sonriendo tímidamente, como si hubiera hablado demasiado―. El problema de la señora Blynn es que siempre está metiendo la nariz en todo, si me perdona la expresión. Siempre está haciendo preguntas, ¿sabe?

La señora Palmer asintió, sintiéndose demasiado débil en aquel momento como para hacer un comentario. Tampoco tenía nada que decir. Pensó que Elsie había pasado junto al broche de amatista durante días y nunca lo había mencionado ni tocado, seguramente ni siquiera se había fijado en él. De pronto comprendió que prefería de largo a Elsie que a la señora Blynn.

―El problema de la señora Blynn... Tiene buenas intenciones, pero... ―Elsie hizo tambalearse y tintinear la bandeja en su esfuerzo por encogerse de hombros―. Es una lástima. Todo el mundo lo dice ―concluyó, como si aquello le resumiera todo, y se dirigió a la puerta ya abierta―. Con el té, por ejemplo. Siempre hay que comprarle esto y aquello, como si fuera una gran señora o algo así. Me lo dice un día antes. No entiendo por qué no trae ella misma lo que quiere de la panadería de vez en cuando. Ya sabe lo que quiero decir.

La señora Palmer asintió. Supuso que sí lo sabía. La señora Blynn era como una de las antiguas niñeras de Gregory. Como una divorciada que su marido y ella habían conocido en Londres. En realidad, se parecía a mucha gente.

La señora Palmer murió dos días más tarde. Fue un día en que la señora Blynn entró y salió de la casa seis u ocho veces. Por la mañana había llegado un telegrama de Gregory, diciendo que por fin había conseguido un permiso y que saldría en cuestión de horas y aterrizaría en un aeropuerto militar cerca de Eamington. 

La señora Palmer no sabía si llegaría a verle o no; no podía valorar con tanta precisión hasta cuándo durarían sus fuerzas. La señora Blynn le tomaba la temperatura y el pulso con frecuencia, luego giraba sobre un pie en la habitación, mirando a su alrededor como si estuviera sola y sumida en sus pensamientos. Tenía una mirada inexpresivamente agradable y sus mejillas frescas y satinadas irradiaban salud.

―Su hijo vendrá hoy ―había dicho, medio preguntándolo, la señora Blynn en una de sus visitas.

―Sí ―contestó la señora Palmer.

Ya empezaba a oscurecer, aunque solo eran las cuatro de la tarde. Aquellas fueron las últimas palabras claras que intercambió con alguien, porque después se sumió en una especie de ensoñación. 

Veía a la señora Blynn mirando la cajita azul de la estantería, mirándola fijamente incluso mientras sacudía el termómetro. La señora Palmer llamó a Elsie e hizo que le acercara la caja. La señora Blynn ya no estaba en la habitación.

―Esto es para mi hijo, cuando llegue ―dijo la señora Palmer―. Todo. Cada una de las piezas. ¿Entendido? Está todo escrito... ―Pero aunque estuviera todo detallado, una pieza suelta como el broche de amatista podía extraviarse y tal vez Gregory nunca hiciera nada al respecto, tal vez ni siquiera lo echaría en falta, o tal vez pensaría que ella lo había perdido en alguna parte durante las últimas semanas y no lo había comunicado. 

Gregory era así. Luego la señora Palmer sonrió para sí, y también se regañó un poco. «No puedes llevártelo contigo». Aquello era una verdad como un templo, y la gente que lo intentaba era despreciable y bastante absurda―. ¡Elsie, esto es para usted! ―dijo la señora Palmer y le tendió a Elsie el broche de amatista.

―¡Oh, señora Palmer! ¡Oh no, no puedo aceptar algo así! ―dijo Elsie; y no solo no lo cogió sino que incluso retrocedió un paso.

―Ha sido muy buena conmigo ―dijo la señora Palmer. Estaba muy cansada y su brazo cayó sobre la cama―. Está bien ―murmuró, al ver que era inútil.

Su hijo llegó a las seis de aquella tarde, se sentó al borde de su cama, le cogió la mano y le besó la frente. Pero cuando se murió, la señora Blynn estaba más cerca, inclinándose sobre ella con su ancha cara lisa y aterciopelada y sus ojos verde grisáceo, tan inexpresivos como los de un fantástico reptil. 

La señora Blynn continuó hasta el final diciendo cosas animosas y concluyentes como: «Ahora respira bien. Eso es...» o «No hace mucho frío, ¿verdad? Bien...».

Un poco antes, alguien había mencionado la posibilidad de llamar a un sacerdote, pero Gregory y la señora Palmer lo habían rechazado. De modo que fueron los ojos de la señora Blynn lo último que vio cuando la vida la abandonaba. La señora Blynn, tan autoritaria, fuerte y eficaz que uno podría haberla tomado por el propio Dios. 

Sobre todo porque cuando la señora Palmer miró a su hijo, realmente no lo vio; solo distinguió una vaga y pálida figura en la esquina, alto y erguido, con una mancha oscura arriba que debía de ser su pelo. Él la estaba mirando, pero ella ya estaba demasiado débil como para llamarle.

De todas formas, la señora Blynn había hecho que todos se apartaran. Elsie también estaba de pie apoyada en la puerta cerrada, dispuesta a salir corriendo por lo que hiciere falta, dispuesta a obedecer a cualquier petición. Cerca de ella estaba la pequeña figura de Liza, que ocasionalmente susurraba algo y era acallada por su madre.

En un instante, la señora Palmer vio toda su vida —su despreocupada niñez y su juventud, su matrimonio feliz, la sombra de la muerte de su otro hijo a los diez años, el impacto de la muerte de su marido ocho años atrás—, pero en conjunto había sido una vida feliz, pensó, aunque le hubiera gustado tener mejor carácter, más puro, no haber mostrado nunca mal genio o egoísmo, por ejemplo. 

Todo formaba ya parte del pasado, pero lo que quedaba era una sensación de que ella había sido imperfecta, inadecuada, como lo era ahora la presencia de la señora Blynn, como la débil sonrisa de la señora Blynn, inadecuada para el momento y la ocasión. La señora Blynn no lo entendía. Ni siquiera la conocía. En cierto modo, la señora Blynn no podía comprender la buena voluntad.

«Ese era el error, el error de la propia vida. La vida es un largo fracaso de comprensión», pensó la señora Palmer, «una larga y falsa cerrazón del corazón».

La señora Palmer tenía el broche de amatista en la mano izquierda cerrada. Horas atrás, en algún momento de la tarde, lo había cogido con la idea de preservarlo, pero ahora se daba cuenta de que había sido absurdo. También había querido dárselo a Gregory directamente y se le había olvidado. 

Su mano cerrada se levantó dos o tres centímetros, sus labios se movieron, pero no salió de ellos ningún sonido. Quería dárselo a la señora Blynn: un gesto positivo y generoso que todavía podía compensar aquella esencia de incomprensión, pensó, pero ya no tenía fuerzas para realizar su voluntad, y aquello también era como la vida: todo llegaba un poco demasiado tarde. 

Los párpados de la señora Palmer se cerraron ante la visión de los vidriosos y atentos ojos de la señora Blynn.

La Sirena - Ray Bradbury

 
Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba a los barcos solitarios. 

Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

—Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? —preguntó McDunn.
—Sí —dije—. Afortunadamente, es usted un buen conversador.
—Bueno, mañana irás a tierra —agregó McDunn sonriendo— a bailar con las muchachas y tomar gin.
—¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?
—En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativamente—. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, cuando todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los pequeños ojos. Me quedé helado. 

Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

—Oh, hay tantas cosas en el mar. —McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa—. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300.000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

—Sí, es un mundo viejo.
—Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

—Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? —McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza—. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año —dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla—, algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces?
—No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

—Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: «Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida».

La sirena llamó.
—Imaginé esta historia —dijo McDunn en voz baja— para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...
—Pero... —interrumpí.
—Chist... —ordenó McDunn—. ¡Allí!
Señaló los abismos.
Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una pequeña isla de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.
—Calma, muchacho, calma —murmuró McDunn.
—¡Es imposible! —exclamé.
—No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros. 

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.
—¡Parece un dinosaurio!
—Sí, uno de la tribu.
—¡Pero murieron todos!
—No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.
—¿Pero por qué viene aquí?
En seguida tuve la respuesta.
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

—¿Entiendes ahora —susurró McDunn— por qué viene aquí?
Asentí con un movimiento de cabeza.
—Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir.

»El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.
El monstruo respondió.

Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.
—El año pasado —dijo McDunn—, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y del silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego e hielo.

—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.
La sirena llamó.

—Veamos que ocurre —dijo McDunn.
Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

—¡McDunn! —grité—. ¡La sirena!
McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. 

Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.
—¡Abajo! —gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.
—¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.
Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.
Y así pasamos aquella noche.
 
A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultado bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.
—Se vino abajo, eso es todo —dijo McDunn gravemente—. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.
Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.
—Por si acaso —dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.
¿El monstruo?
No volvió.

—Se fue —dijo McDunn—. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

El mar del espejo - Lawrence Yep

Cielo irreal.

Mar irreal.

Cuando se puso el sol enano y se enfrió la superficie del mar de cristal, fueron apareciendo jirones de una piel oscura y arrugada, y, entre ellos, pude ver mi propio reflejo. La imagen del ser humano con su traje espacial era tan perfecta que podría haber sido mi propio cuerpo irreal aprisionado dentro del mar, y mi persona sobre el mar podría ser sólo un objeto etéreo, un espíritu humano suspendido sobre los grandes y oscuros misterios de otro mundo, empeñado en recuperar su antiguo cuerpo.

El aire color sangre pareció tornarse más oscuro y más sólido, como si el cielo se hiciera carne para envolverme. Incesantes ondulaban las olas desde el horizonte: marejadas de fluido resinoso se extendían perezosamente pendiente arriba, se detenían un instante como gigantescas amebas de transparente vidrio violeta para escurrirse luego otra vez hacia el mar.

Las constelaciones desconocidas comenzaron a aparecer en el cielo violeta a mis espaldas y avisté la estrella blanca que era mi nave, la "Regina Coeli", deslizándose velozmente entre ellas. Sólo cien millas me separaban de mi propia especie y de un pasaje de retorno a la Tierra, pero en una distancia vertical. Palpé la radio destruida en la parte posterior de mi equipo de respiración. Sin medios para comunicarme con la nave, tanto daría que estuviera a un año luz de ella.

Luego sentí a Llyth invadiendo mi mente: reconfortando mi espíritu, dispersando las sombras. Ahora veo el mundo de Llyth a través de sus ojos y ya no me resulta tan extraño: es un bello mundo cristalino, tan frágil y tan delicado que apenas me atrevo a respirar. Es un mundo de silencios donde las palabras son armas peligrosas y es preferible no pronunciarlas.

-¿Estás bien? -me transmitió telepáticamente ella-. ¿Has comido?

Miré hacia la cámara hemisférica donde ella había pasado todo el día, aquejada de una misteriosa enfermedad.

-Es un día propicio para el ayuno -mentí.

El agua reciclada de mi traje espacial estaba tan putrefacta que no podía seguir bebiéndola menos que estuviera muy sediento. Acababa de recoger mi hilo de nilón, suavemente, para que no se desprendiera ni un poquito del plancton que se había acumulado sobre él. 

El plancton alcanzaba un par de centímetros de espesor, pero era todo de un color inadecuado. Pasé los dedos por el hilo y oí crujir los cuerpos de cristal. Durante un cierto tiempo había podido recoger un poco de plancton de base orgánica, que luego transformaba en una pasta e introducía a través de una válvula de expulsión de mi casco, pero ya había terminado la temporada. Había sido un error pensar que podría llegar a adaptarme al mundo de Llyth.

-Tú... -comenzó a decir Llyth, pero sus palabras se disolvieron en un intenso estallido blanco de dolor. Empecé a subir apoyándome en la barandilla.

-No, no. No te acerques -dijo exasperadamente ella.

Permanecí impotente en la cubierta de su nave de cristal. Sólo Llyth era capaz de controlarlo. Nave es una palabra humana que yo empleaba para facilitar la descripción. En realidad, el casco era una colonia de gusanos a los que habían hecho crecer de manera forzada en torno a los compartimentos y el generador, formando una semiesfera. 

Los gusanos vivían en tubos de vidrio y cada generación se había ido superponiendo a la anterior hasta transformar el casco en un panal de diminutos tubos de escaso peso. La capa exterior todavía seguía con vida y sólo Llyth era capaz de hacer salir a los gusanos de sus tubos y filtrar el agua, con lo cual impartían un lento movimiento perezoso a la nave. Los gusanos estaban dotados de la inteligencia suficiente para actuar colectivamente e impedir que la nave se hundiera.

Entonces divisé tres luces que pasaron rozando la superficie del mar en formación triangular, proyectando sus reflejos sobre los montículos casi solidificados. Eran varios bólidos de mi nave. Excitado, busqué a tientas la linterna de mano que llevaba colgada del cinturón del traje.

-Llyth, se acercan -dije-. Llegará ayuda para ti y para mí.

-Nos separarán -dijo Llyth asustada.

Naturalmente, Llyth tenía razón Yo sólo había estado posponiendo el momento en que tendría que dejarla. Ningún capitán humano, y especialmente Christie, permitiría que Llyth me acompañase. No sabía demasiado bien qué hacer. A fin de cuentas, le debía la vida a Llyth.

-Estás herida. Tal vez incluso moribunda -dije en tono poco convincente-. Necesitas ayuda.

-Por favor. Espera sólo un poquito más y... -El resto de su frase se descompuso y los fragmentos de las palabras se perdieron en otro estallido de dolor.

-¿Llyth?

Como respuesta me llegó un suave resplandor pero ella era incapaz de formar ideas claras. Avancé cautelosamente sobre la cubierta de cristal. Aunque le habían dado una textura rugosa, mis botas espaciales a duras penas lograban la suficiente tracción. La puerta de su camarote estaba cerrada y la golpeé sintiéndome frustrado.

-¿Llyth?

Sólo recibí una débil respuesta, apenas consciente. Nuevamente intentó formar un pensamiento coherente, pero el dolor era demasiado grande. Los bólidos estaban casi al alcance de mis señales, de modo que me dispuse a coger la linterna. Un minuto más y podrían verme, pero Llyth no podía esperar ni siquiera eso.

Sólo se me ocurría una salida: Llyth me había dicho que sus gentes empleaban un procedimiento de cura mental, no un encantamiento de brujos, ni un dominio de la mente sobre la materia, sino una especie de animación mental suspendida. 

Cuando el dolor de un paciente era tan intenso que amenazaba con desintegrar la matriz de su identidad, un telépata experimentando abría su propia mente al paciente y absorbía su identidad conmovida por el dolor para integrarla en sus propias memorias. El telépata mantenía al paciente en su propia mente hasta que desaparecía el dolor físico.

Yo no era un gran telépata, pero decidí hacer lo que pudiera. Me senté y comencé a reconstruir nuestro primer encuentro tan vívidamente como me fue posible. Recurrí a todo: imágenes, sonido y tacto, y sentí penetrar a Llyth dentro de mí. No tenía muchos otros buenos recuerdos que pudiera emplear. Llyth siempre me impulsaba a hablarle de la Tierra, pero cuando uno ha nacido en el Noveno Círculo, la esfera más baja de la Tierra, lo único que uno desea es olvidarlo. Muchas personas -como mi familia- ni siquiera han visto nunca el Sol.

Esa es la razón de que yo no fuera capitán explorador, la tarea más peligrosa de la flota. Una nave exploradora está formada en su mayor parte por el motor y los medidores, con una envoltura tan condenadamente fina que bastaría una ballesta para derribarla. 

Por lo general sólo salía en vuelo de reconocimiento una vez cada cuatro semanas terráqueas corrientes para comprobar si el mundo merecía ser "ilustrado" por nuestra flota y era digno de recibir las bendiciones de nuestra civilización. Cada veintiocho días pasaba doce horas convertido en blanco flotante; pero hasta el momento había sobrevivido a todos mis compañeros de promoción. 

Había salido con vida de ocho colisiones, todo un récord. En la flota incluso habían comenzado a llamarme Jack "el Gato" Cleland y dejaron de cruzar apuestas sobre la fecha de mi muerte.

El mundo de Llyth era teóricamente una misión sencilla. Según los informes preliminares obtenidos a través de los comerciantes, el pueblo de Llyth estaba en el nivel tecnológico 4, preatómico, y su inmovilidad social les hacía propicios para la ilustración. 

Estaban organizados en familias matriarcales y sólo las mujeres que habían cumplido una cierta edad podían aparearse con los escasos zánganos supervivientes. Al parecer, empleaban drogas para mantener en funcionamiento a los zánganos hasta que éstos caían exhaustos, pero aun así había sido preciso fijar la edad de la pubertad social de las mujeres en los veinticinco años, aunque la mujer tal vez ya estuviera físicamente madura a los diez años. A las mujeres de edades comprendidas entre los diez y los veinticinco años las mantenían apartadas del serrallo, dedicadas a trabajar o combatir duramente.

La "Regina Coeli" se alzaba negra y enorme sobre mi cabeza cuando me lancé en mi nave exploradora. Christie, o la capitana Christina, no dijo nada, pero lo cierto es que ya nos habíamos despedido la noche anterior en su camarote. Christie, que había logrado algunos rescates que estuvieron a punto de hundir su fuselaje o de hacer caer un proyectil en el puente, era en parte la causa de que yo aún siguiera con vida.

Desvié la nave exploradora a través de un enorme banco de nubes, con el sol a mis espaldas, en dirección a la cara nocturna. Sabía que debía haber un mar a mis pies, pero los datos que recibía lo situaban a una distancia que podía ser tanto de un metro como de tres millas. En aquel momento no lo sabía, pero los reflejos procedían de una bandada de pájaros-sol. Cometí el error de descender para efectuar una inspección visual.

Llyth me habló luego de los pájaros-sol. En realidad son animales, con una fina membrana silícea que recubre un esqueleto muy rudimentario. Tienen una forma como de barriles huecos. Por las noches flotan sobre las corrientes de aire y se alimentan de insectos voladores y durante el día permanecen en la superficie del mar. Lo primero que noté fueron los chirridos de los tubos de entrada al succionar los cuerpos de vidrio.

Cuando la maldita nave empezó à saltar, encendí las luces y casi quedé cegado por el reflejo. Concentré los retropropulsores a toda velocidad e hice subir la nave casi en vertical. Tenía que ponerme en órbita antes de que los conductos del combustible estuvieran hechos del todo jirones. No importaba que la órbita fuera muy próxima: si conseguía dar dos o tres vueltas al mundo, con toda seguridad me recogerían.

Puse todo mi empeño en hacer subir la nave remolona y estaba a punto de salir de la atmósfera -casi veía ya las estrellas- cuando sentí que la nave daba una sacudida y se detenía en seco. De nada hubiera servido enviar una señal por radio con el mundo interpuesto entre la nave madre y yo. 

Permanecí un largo instante mirando las estrellas; había estado tan cerca de la salvación... Luego accioné la cápsula de eyección. Nunca me había sentido tan solo como cuando sentí el contacto de la espuma amortiguadora en torno a mis tobillos, allí sentado en la oscuridad.

La cápsula salió proyectada con una explosión ensordecedora que desperdigó los fragmentos de mi nave por el firmamento. Tenía la esperanza de que la "Regina Coeli" encontrara algunos de los restos y pudiera hacerse una idea general de dónde me hallaba. 

Las envolturas de metal fueron desprendiéndose con agudos chirridos, mientras una pesada mano intentaba aplastarme; las placas contragravitatorias entraron en funcionamiento cuando ya empezaba a notar el olor a quemado de los circuitos. Aterricé con un choque seco y me estuve balanceando un rato.

Cuando la cápsula se detuvo, aparté la espuma con las manos y busqué la puerta. Cuando asomé la cabeza al mundo, me quedé sin aliento. Me parecía estar flotando en el espacio. La superficie solidificada reflejaba casi a la perfección el cielo nocturno, excepto en las grandes hendiduras causadas por mi caída. 

La cápsula estaba en una grieta de unos tres metros de ancho, pero un fluido resinoso ya empezaba a rellenar el hueco a su alrededor para congelarla en una gran cicatriz. Volví a mirar fascinado las estrellas reflejadas; cada rayo parecía una fina aguja, como si apuntara a mis ojos. Me sentí como un dios, de pié sobre el piso del cielo. Era bello y aterrador, encantador y, sin embargo, tan remoto...

Estaba en el centro de la oscuridad, donde la verdad y la belleza y el honor no significaban gran cosa. No había arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha, ni delante ni detrás. Bajo la superficie estrellada descubrí unos objetos dorados semejantes a serpientes, borrosos como espectros, que subían hasta darse de narices contra la superficie. Apretaban sus hinchados vientres blancos contra el vidrio para mirarme, antes de desaparecer nuevamente en las sombras.

Entonces vi a Llyth. Le habían ordenado recoger una especie de lirio marino que sus gentes tomaron en otros tiempos por estrellas caídas y que aún eran considerados un delicado manjar. 

Al principio Llyth era una silueta contra las estrellas, una sombra que avanzaba a través del cíelo nocturno. Su cuerpo era más alargado y con menos curvas que el de un ser humano y ello le daba en cierto modo un aspecto más grácil, como si su cuerpo fuera una purificación del cuerpo humano. 

Su cara azul parecía extraña y salvaje, como si el frío páramo desconocido respirara al unísono con ella. No tenía cabellos y eso confería una apariencia suave e infantil a su rostro.

Intenté salir con cuidado de la cápsula, pero mis manos parecían como engrasadas sobre la superficie casi sin roce. Salieron despedidas bajo mi cuerpo y me deslicé fuera de la cápsula. 

Apoyé lentamente las manos para incorporarme del suelo y sentarme, pero descubrí que no me era posible. Una brisa me arrastró y comencé a deslizarme hacia adelante. El tejido de mi traje siseaba contra la superficie helada y mi casco chirriaba. La radio rota dejó una estela de diodos y trocitos de circuito a mis espaldas.

De no haber sido por Llyth, podría haber seguido deslizándome hasta que el amanecer iniciara el deshielo. Al principio, mi aspecto y mi voz le parecieron los de un demonio, pero cuando vio mi impotencia, deslizándome allí sobre el hielo, empezó a considerarme una larva encerrada en su capullo, en vez de un ser de otro mundo con una piel extraña. Llyth llevaba pequeñas hojas aserradas acopladas a la suela de sus botas que le permitían patinar sobre la superficie.

Me recogió y me sostuvo, acariciándome como en su caso habría consolado a una larva. Cuando sintió que respondía a su gentileza con sentimientos de gratitud y de paz, supo que no era un monstruo; pero también sintió algo más (no quiero pensar en ello); bajo la superficie serena latía una corriente oculta. 

Era algo que Llyth sólo lograba comprender a medias. Yo -no, ella- veía una confusión de cuerpos y de rostros que se encendían y se apagaban entre las sombras, ora aflorando casi a la superficie, ora ocultos en la oscuridad. No quiero pensar en ello, pero pude sentir que Llyth me empujaba a recordar las imágenes reales...

Eva me había tocado. Aunque sólo tenía dieciséis años, era una mujer de la noche desde hacía dos. Yo tenía quince años cuando le di la rosa que había robado durante la visita informativa a los jardines botánicos del Círculo Uno. 

Ella me cogió de la mano y me condujo a través de la hierba de polietileno y entre los macizos de luminiscentes flores de plástico hasta el tubo de servicio que se elevaba junto a los gigantescos tubos de los ascensores. Pude ver su triste sonrisa bajo la pálida luz verdosa.

-Eres tan bello -dijo-. Pareces un ángel.

No dije nada mientras su mano bajaba y mis entrañas se encabritaban..., pero no quiero seguir recordando.

Marie tenía cabellos plateados que flotaban en torno a su cuello movidos por la brisa del bólido descapotado. Nos deslizábamos a ritmo lento por el espacio de aire privado de su padre. Había conectado el piloto automático para que el aparato no cesara de moverse en círculos. 

Las luces del Círculo Uno resplandecían muy abajo, como los ríos de monedas de oro, y arriba, casi al alcance de mi mano, estaban las estrellas. Ya había estado otras veces en el Círculo Uno, pero las luces ahogaban siempre el resplandor de las estrellas. Marie se reía de la mirada hambrienta con que yo contemplaba las estrellas, como si fuera a comérmelas..., pero quiero olvidar...

No quería continuar. Había recordado algunas cosas de la Tierra y lo vívido de su aspecto me asustaba. Después levanté la vista para mirarla y comprobé que lo que yo había tomado por unos ajustados pantalones era, en realidad, una gruesa capa aislante de silicona. 

Su esqueleto recubría su cuerpo por fuera y todas sus partes blandas estaban dentro. Su cara era como un cristal azul oscuro a través del cual podía distinguir finos cables, como de oro, acabados en pequeñas estrellas que eran sus terminaciones nerviosas. 

Con ellas podía captar pequeñas descargas eléctricas, incluso a través de su traje, desde las reacciones galvánicas de la piel para los animales hasta la electricidad estática de los objetos inanimados.

Emitió un leve zumbido con su garganta, pero dejó de tocarme cuando advirtió que eso me ponía muy nervioso, sobre todo después de lo que acababa de ocurrir. De pronto me sentí inundado por una oleada de confianza que me reconfortó y me hizo sentir a salvo. Imposible sentirme solo o tener sentimientos de duda o de culpabilidad. Ella tenía ahora los poderes de una madre.

Sacó del bolsillo un dado negro de aproximadamente un centímetro de arista. Era una piedra de la memoria, el tesoro más preciado de Llyth, su alma, a decir verdad; y me lo entregó impulsada por lo que había podido presenciar por azar. 

Mientras yo lo sostenía en mis guantes, ella inició una queda centinela, que era la clave para liberar la energía almacenada en el corazón, del cristal.

Cuando la energía tocó la matriz de cristales que la rodeaban, comenzaron a proyectarse imágenes tridimensionales hacia el exterior y éstas activaron la capa contigua, que se hizo transparente durante algunos segundos para que pudiera atravesarla la imagen. 

Luego, también esa capa se excitó, liberando sus imágenes. El proceso continuó, hasta que la energía hubo activado la matriz más externa. Después seria preciso recargar el cubo haciéndolo absorber la luz del sol.

De pronto me encontré mirando, no un mar de cristal, sino un magnífico patio de cristal lechoso fundido. Había árboles como varitas mágicas, que habrían cabido en la palma de mi mano, y sus hojas, como fragmentos de rubí, arrojaban su luz sobre el empedrado. 

Había pájaros de espumoso plumaje y vi los congéneres de Llyth bajo un sol blanco e intenso. Era un mundo en el cual todas las mujeres podían tener hijos y no era preciso compartir los zánganos, un mundo que había desaparecido varios eones atrás. La luz centelleaba y parpadeaba como velos tendidos sobre el mar. 

Esas hermosas gentes y esa sol intenso eran sueños, antiguos sueños de belleza que se resistían a abandonar el mundo de Llyth: recuerdos que insistían en atormentar a los actuales habitantes de aquel mundo moribundo.

El mundo de Llyth estaba impregnado de un silencio mayestático, de modo que cualquier sonido, cualquier palabra, poseía una delicada belleza. Parecía necesario contemplar, atesorar y pulimentar cualquier sonido hasta hacerle alcanzar una pureza que yo jamás conocería. 

Sentí un dolor dentro de mí cuando Llyth depositó el cubo sobre el hielo del mar y empezó a canturrear cada vez más alto y más fuerte la tonada, aumentando así la cantidad de energía desprendida. Las imágenes adquirieron su tamaño real y nos convertimos en dos espectros entre aquellas hermosas gentes.

Llyth tenía un aspecto tan anhelante y fantasmagórico que tuve que rodearla con los brazos. Sensibilicé mis guantes. Los electrodos conectados a los puntos de contacto mecánico transmitirían señales a mi piel y me darían una ilusión de tacto. 

Su traje parecía tan compacto, suave y cálido como cualquier carne humana. Deslicé mis manos por sus costados. Llyth parecía el espíritu mismo de ese mundo oscuro, extraño, tan adorable y, sin embargo, tan inalcanzable. Me causó verdadero dolor no poder tocarla realmente. Luego su mano volvió a encontrarme...

Oí el rugido de los bólidos cuando pasaron a una milla de distancia. Había llegado el momento de hacerles una señal.

-Llyth -pregunté con cautela-, ¿estás bien?

Sentí cómo emanaba de ella una cálida oleada de gratitud.

-Te quiero -dijo, y los recuerdos, unos recuerdos dolorosos, insistieron en retornar...

..."Te quiero", le había dicho yo a Eva. La cara de Eva se endureció y ella se incorporó, alisándose el vestido.

-No sabes lo que dices -dijo-. Ahora vas a ese colegio elegante del Círculo Dos para las gentes refinadas. Este ya no es tu sitio. No, el Nueve...

...Marie y yo dormimos uno en brazos del otro como chiquillos, imaginando que nos alejábamos flotando en nuestra cama rumbo a las estrellas; pero llegó el amanecer. Cuando le dije que la quería, Marie se quedó muy callada y no dijo nada hasta que hubo hecho aterrizar el bólido junto al ascensor más próximo:

-Tal vez será mejor que no volvamos a vernos, Jack.

-Pero, ¿por qué? -pregunté, aunque ya sabía amargamente que, a pesar de toda mi inteligencia y mis capacidades, yo seguía siendo un habitante del Círculo Nueve para ella...

...Y Eva murió un año más tarde de una sobredosis de píldoras del paraíso verde y un año después Marie se casaba con un subalterno, un descendiente de una antigua estirpe de generales; que tenía la absoluta confianza de llegar a ser general a su vez cuando cumpliera los cuarenta...

Quería dejar de recordar. Quería regresar a casa. Quería a Christie, la loca Christie...

-Tranquilo ahora -dijo Christie-. Tranquilo.

Se alejó aproximadamente un metro, flotando, desnuda, con los cabellos agitados como un animal salvaje, en la gravedad cero. Pensé que aun considerándome bastante buen luchador en los enfrentamientos en el vacío, después de la última hora pasada en ese pequeño camarote debía reconocer la superioridad de Christie:

-¿Qué es lo que quieres, Christie? -pregunté finalmente exasperado.

Las facciones de Christie se habían dulcificado.

-No me gusta que me toquen, Jack.

-¡Demonios! -Alargué el brazo para coger mis ropas que pasaron flotando por mi lado.

-No me has entendido. -Me cogió la muñeca y la retuvo firmemente-. Deseo compartir contigo algo mejor y más limpio que el sexo. Cuando hayas usado un catex, no querrás volver a hacer nunca el amor.

Sacó apresuradamente una fina varita negra de la caja fuerte del capitán. Un catex transmitía una pequeña descarga eléctrica que sacudía e inmovilizaba las defensas de la mente, permitiendo aflorar los recuerdos dotados de una carga emocional. Yo había visto catatéticos en otras ocasiones con las mandíbulas caídas y los rostros babeantes, o arrastrándose a cuatro patas y gruñendo como animales.

-No quiero, Christie.

Christie agitó levemente una pierna y se interpuso entre la puerta y yo.

-Esta es la primera vez que comparto mi catex con alguien.

Había un tono de muda súplica en su voz.

-De acuerdo, Christie -dije al fin.

Vi la varita acercándose a mi sien como una serpiente. Una explosión de luz inundó mi cabeza y disolvió mi conciencia...

-Lo sé. -Llyth se movió en su camarote y me transmitió cálidos sentimientos-. Esa primera vez cuando pude sentir la promesa que encerrabas a través de ti, comprendí lo que era ser madre. Fue un gran regalo, algo que jamás podría tomarme a la ligera.

Aquella primera ocasión, Llyth había tenido que excitarse a través de mis asociaciones, pero por fortuna más adelante pudimos prescindir de ellas. Sin embargo, Llyth había comprendido cuánto me avergonzaba compartir con ella esos recuerdos e hizo todo lo que pudo por recompensarme. 

De no haber sido por Llyth, yo habría muerto en el plazo de una semana. Fue ella quien encontró el plancton orgánico que yo podía comer, y si yo le había revelado a Llyth los secretos de mi mente, ella me mostró los misterios de su mundo. Algunos días nos sumergíamos, Llyth nadando delante como una foca, mientras yo la seguía más patosamente en mi traje espacial.

Por la noche, cuando el mar se helaba y se fundía con el cielo nocturno, Llyth le cantaba a su dado y reconstruía ese antiguo mundo dorado. Durante un tiempo me pareció haber trascendido las leyes humanas para entrar en un universo separado, en el cual era lo más natural del mundo que hiciéramos el amor de la única manera a nuestro alcance, aunque ésta fuera cuando menos desmañada.

Estuvimos ideando maneras de poder estar juntos desnudos, pero ninguna resultó practicable. Yo llevaba un contador de atmósferas en el guante derecho y los colores de la franja me decían qué gases componían el aire de Llyth. El verdadero problema era que éste no contenía suficiente oxígeno para los humanos. 

A través de cautelosas pruebas dimos con una combinación que ambos podíamos respirar, basada en el aire de mi reciclador y la atmósfera de Llyth. El compartimento de su nave era hermético y calculé que podría permanecer allí durante toda una noche si iba renovando de vez en cuando el ambiente con aire de mi reciclador. 

El único inconveniente era que una vez sacado el aire de mi reciclador no podría comprimirlo otra vez y, sin posibilidad de acceso a un nuevo suministro, moriría a la mañana siguiente.

-Creo que ya es hora de que salga -dijo recatadamente Llyth.

Se detuvo tímidamente en el umbral, bajo las estrellas. Yo sabía que Llyth podía remodelar su traje para adaptarlo a la forma que deseara, pero ello solía hacerse bajo anestesia y con aparatos especiales. Sin embargo, Llyth, valiéndose sólo del pequeño soplete manual de mi cinturón, había modelado dolorosamente su traje para darle la forma de un cuerpo humano, con detalles obtenidos de mis recuerdos.

Sus senos eran pequeñas y firmes aureolas lisas y pezones. Tenía una fina cintura moldeada que, se ensanchaba para formar unas caderas y nalgas bien contorneadas con unos muslos llenos y otras cosas. Se había introducido en todos los misterios de la femineidad con un abandono que me asustó. Se había configurado de una manera que le permitiera conocer la completa consumación del amor humano.

Giró tímidamente sobre sí misma para que pudiera admirarla por todos lados.

-¿Te gusto?

-¿Por qué te has transformado? --pregunté.

Deslizó sus brazos alrededor de mi cintura y apretó sus pechos contra mí.

-Porque no quiero vivir sin ti. Cuando tú mueras, quiero morir yo también.

Los bólidos habían desaparecido del cielo nocturno y sólo veía las extrañas estrellas desconocidas. Miré hacia donde suponía que estaba la Tierra y de pronto comprendí que ya no me importaba si regresaba o no a casa. Al diablo la humanidad. ¿Qué ser humano había hecho nunca tanto por mí? Con quién más me había aproximado a un amor como ése había sido con mi viciosa Christie.

La noche de ese mundo extraño parecía tan fría y tan dura, tan inmensa y terrorífica... Abracé a Llyth un instante porque era tan cálida y suave, tan serena y amable.

-Sí -dije-. Yo deseo lo mismo.