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La Sirena - Ray Bradbury

 
Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba a los barcos solitarios. 

Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

—Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? —preguntó McDunn.
—Sí —dije—. Afortunadamente, es usted un buen conversador.
—Bueno, mañana irás a tierra —agregó McDunn sonriendo— a bailar con las muchachas y tomar gin.
—¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?
—En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativamente—. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, cuando todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los pequeños ojos. Me quedé helado. 

Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

—Oh, hay tantas cosas en el mar. —McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa—. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300.000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

—Sí, es un mundo viejo.
—Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

—Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? —McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza—. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año —dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla—, algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces?
—No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

—Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: «Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida».

La sirena llamó.
—Imaginé esta historia —dijo McDunn en voz baja— para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...
—Pero... —interrumpí.
—Chist... —ordenó McDunn—. ¡Allí!
Señaló los abismos.
Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una pequeña isla de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.
—Calma, muchacho, calma —murmuró McDunn.
—¡Es imposible! —exclamé.
—No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros. 

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.
—¡Parece un dinosaurio!
—Sí, uno de la tribu.
—¡Pero murieron todos!
—No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.
—¿Pero por qué viene aquí?
En seguida tuve la respuesta.
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

—¿Entiendes ahora —susurró McDunn— por qué viene aquí?
Asentí con un movimiento de cabeza.
—Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir.

»El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.
El monstruo respondió.

Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.
—El año pasado —dijo McDunn—, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y del silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego e hielo.

—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.
La sirena llamó.

—Veamos que ocurre —dijo McDunn.
Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

—¡McDunn! —grité—. ¡La sirena!
McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. 

Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.
—¡Abajo! —gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.
—¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.
Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.
Y así pasamos aquella noche.
 
A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultado bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.
—Se vino abajo, eso es todo —dijo McDunn gravemente—. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.
Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.
—Por si acaso —dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.
¿El monstruo?
No volvió.

—Se fue —dijo McDunn—. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

El mar del espejo - Lawrence Yep

Cielo irreal.

Mar irreal.

Cuando se puso el sol enano y se enfrió la superficie del mar de cristal, fueron apareciendo jirones de una piel oscura y arrugada, y, entre ellos, pude ver mi propio reflejo. La imagen del ser humano con su traje espacial era tan perfecta que podría haber sido mi propio cuerpo irreal aprisionado dentro del mar, y mi persona sobre el mar podría ser sólo un objeto etéreo, un espíritu humano suspendido sobre los grandes y oscuros misterios de otro mundo, empeñado en recuperar su antiguo cuerpo.

El aire color sangre pareció tornarse más oscuro y más sólido, como si el cielo se hiciera carne para envolverme. Incesantes ondulaban las olas desde el horizonte: marejadas de fluido resinoso se extendían perezosamente pendiente arriba, se detenían un instante como gigantescas amebas de transparente vidrio violeta para escurrirse luego otra vez hacia el mar.

Las constelaciones desconocidas comenzaron a aparecer en el cielo violeta a mis espaldas y avisté la estrella blanca que era mi nave, la "Regina Coeli", deslizándose velozmente entre ellas. Sólo cien millas me separaban de mi propia especie y de un pasaje de retorno a la Tierra, pero en una distancia vertical. Palpé la radio destruida en la parte posterior de mi equipo de respiración. Sin medios para comunicarme con la nave, tanto daría que estuviera a un año luz de ella.

Luego sentí a Llyth invadiendo mi mente: reconfortando mi espíritu, dispersando las sombras. Ahora veo el mundo de Llyth a través de sus ojos y ya no me resulta tan extraño: es un bello mundo cristalino, tan frágil y tan delicado que apenas me atrevo a respirar. Es un mundo de silencios donde las palabras son armas peligrosas y es preferible no pronunciarlas.

-¿Estás bien? -me transmitió telepáticamente ella-. ¿Has comido?

Miré hacia la cámara hemisférica donde ella había pasado todo el día, aquejada de una misteriosa enfermedad.

-Es un día propicio para el ayuno -mentí.

El agua reciclada de mi traje espacial estaba tan putrefacta que no podía seguir bebiéndola menos que estuviera muy sediento. Acababa de recoger mi hilo de nilón, suavemente, para que no se desprendiera ni un poquito del plancton que se había acumulado sobre él. 

El plancton alcanzaba un par de centímetros de espesor, pero era todo de un color inadecuado. Pasé los dedos por el hilo y oí crujir los cuerpos de cristal. Durante un cierto tiempo había podido recoger un poco de plancton de base orgánica, que luego transformaba en una pasta e introducía a través de una válvula de expulsión de mi casco, pero ya había terminado la temporada. Había sido un error pensar que podría llegar a adaptarme al mundo de Llyth.

-Tú... -comenzó a decir Llyth, pero sus palabras se disolvieron en un intenso estallido blanco de dolor. Empecé a subir apoyándome en la barandilla.

-No, no. No te acerques -dijo exasperadamente ella.

Permanecí impotente en la cubierta de su nave de cristal. Sólo Llyth era capaz de controlarlo. Nave es una palabra humana que yo empleaba para facilitar la descripción. En realidad, el casco era una colonia de gusanos a los que habían hecho crecer de manera forzada en torno a los compartimentos y el generador, formando una semiesfera. 

Los gusanos vivían en tubos de vidrio y cada generación se había ido superponiendo a la anterior hasta transformar el casco en un panal de diminutos tubos de escaso peso. La capa exterior todavía seguía con vida y sólo Llyth era capaz de hacer salir a los gusanos de sus tubos y filtrar el agua, con lo cual impartían un lento movimiento perezoso a la nave. Los gusanos estaban dotados de la inteligencia suficiente para actuar colectivamente e impedir que la nave se hundiera.

Entonces divisé tres luces que pasaron rozando la superficie del mar en formación triangular, proyectando sus reflejos sobre los montículos casi solidificados. Eran varios bólidos de mi nave. Excitado, busqué a tientas la linterna de mano que llevaba colgada del cinturón del traje.

-Llyth, se acercan -dije-. Llegará ayuda para ti y para mí.

-Nos separarán -dijo Llyth asustada.

Naturalmente, Llyth tenía razón Yo sólo había estado posponiendo el momento en que tendría que dejarla. Ningún capitán humano, y especialmente Christie, permitiría que Llyth me acompañase. No sabía demasiado bien qué hacer. A fin de cuentas, le debía la vida a Llyth.

-Estás herida. Tal vez incluso moribunda -dije en tono poco convincente-. Necesitas ayuda.

-Por favor. Espera sólo un poquito más y... -El resto de su frase se descompuso y los fragmentos de las palabras se perdieron en otro estallido de dolor.

-¿Llyth?

Como respuesta me llegó un suave resplandor pero ella era incapaz de formar ideas claras. Avancé cautelosamente sobre la cubierta de cristal. Aunque le habían dado una textura rugosa, mis botas espaciales a duras penas lograban la suficiente tracción. La puerta de su camarote estaba cerrada y la golpeé sintiéndome frustrado.

-¿Llyth?

Sólo recibí una débil respuesta, apenas consciente. Nuevamente intentó formar un pensamiento coherente, pero el dolor era demasiado grande. Los bólidos estaban casi al alcance de mis señales, de modo que me dispuse a coger la linterna. Un minuto más y podrían verme, pero Llyth no podía esperar ni siquiera eso.

Sólo se me ocurría una salida: Llyth me había dicho que sus gentes empleaban un procedimiento de cura mental, no un encantamiento de brujos, ni un dominio de la mente sobre la materia, sino una especie de animación mental suspendida. 

Cuando el dolor de un paciente era tan intenso que amenazaba con desintegrar la matriz de su identidad, un telépata experimentando abría su propia mente al paciente y absorbía su identidad conmovida por el dolor para integrarla en sus propias memorias. El telépata mantenía al paciente en su propia mente hasta que desaparecía el dolor físico.

Yo no era un gran telépata, pero decidí hacer lo que pudiera. Me senté y comencé a reconstruir nuestro primer encuentro tan vívidamente como me fue posible. Recurrí a todo: imágenes, sonido y tacto, y sentí penetrar a Llyth dentro de mí. No tenía muchos otros buenos recuerdos que pudiera emplear. Llyth siempre me impulsaba a hablarle de la Tierra, pero cuando uno ha nacido en el Noveno Círculo, la esfera más baja de la Tierra, lo único que uno desea es olvidarlo. Muchas personas -como mi familia- ni siquiera han visto nunca el Sol.

Esa es la razón de que yo no fuera capitán explorador, la tarea más peligrosa de la flota. Una nave exploradora está formada en su mayor parte por el motor y los medidores, con una envoltura tan condenadamente fina que bastaría una ballesta para derribarla. 

Por lo general sólo salía en vuelo de reconocimiento una vez cada cuatro semanas terráqueas corrientes para comprobar si el mundo merecía ser "ilustrado" por nuestra flota y era digno de recibir las bendiciones de nuestra civilización. Cada veintiocho días pasaba doce horas convertido en blanco flotante; pero hasta el momento había sobrevivido a todos mis compañeros de promoción. 

Había salido con vida de ocho colisiones, todo un récord. En la flota incluso habían comenzado a llamarme Jack "el Gato" Cleland y dejaron de cruzar apuestas sobre la fecha de mi muerte.

El mundo de Llyth era teóricamente una misión sencilla. Según los informes preliminares obtenidos a través de los comerciantes, el pueblo de Llyth estaba en el nivel tecnológico 4, preatómico, y su inmovilidad social les hacía propicios para la ilustración. 

Estaban organizados en familias matriarcales y sólo las mujeres que habían cumplido una cierta edad podían aparearse con los escasos zánganos supervivientes. Al parecer, empleaban drogas para mantener en funcionamiento a los zánganos hasta que éstos caían exhaustos, pero aun así había sido preciso fijar la edad de la pubertad social de las mujeres en los veinticinco años, aunque la mujer tal vez ya estuviera físicamente madura a los diez años. A las mujeres de edades comprendidas entre los diez y los veinticinco años las mantenían apartadas del serrallo, dedicadas a trabajar o combatir duramente.

La "Regina Coeli" se alzaba negra y enorme sobre mi cabeza cuando me lancé en mi nave exploradora. Christie, o la capitana Christina, no dijo nada, pero lo cierto es que ya nos habíamos despedido la noche anterior en su camarote. Christie, que había logrado algunos rescates que estuvieron a punto de hundir su fuselaje o de hacer caer un proyectil en el puente, era en parte la causa de que yo aún siguiera con vida.

Desvié la nave exploradora a través de un enorme banco de nubes, con el sol a mis espaldas, en dirección a la cara nocturna. Sabía que debía haber un mar a mis pies, pero los datos que recibía lo situaban a una distancia que podía ser tanto de un metro como de tres millas. En aquel momento no lo sabía, pero los reflejos procedían de una bandada de pájaros-sol. Cometí el error de descender para efectuar una inspección visual.

Llyth me habló luego de los pájaros-sol. En realidad son animales, con una fina membrana silícea que recubre un esqueleto muy rudimentario. Tienen una forma como de barriles huecos. Por las noches flotan sobre las corrientes de aire y se alimentan de insectos voladores y durante el día permanecen en la superficie del mar. Lo primero que noté fueron los chirridos de los tubos de entrada al succionar los cuerpos de vidrio.

Cuando la maldita nave empezó à saltar, encendí las luces y casi quedé cegado por el reflejo. Concentré los retropropulsores a toda velocidad e hice subir la nave casi en vertical. Tenía que ponerme en órbita antes de que los conductos del combustible estuvieran hechos del todo jirones. No importaba que la órbita fuera muy próxima: si conseguía dar dos o tres vueltas al mundo, con toda seguridad me recogerían.

Puse todo mi empeño en hacer subir la nave remolona y estaba a punto de salir de la atmósfera -casi veía ya las estrellas- cuando sentí que la nave daba una sacudida y se detenía en seco. De nada hubiera servido enviar una señal por radio con el mundo interpuesto entre la nave madre y yo. 

Permanecí un largo instante mirando las estrellas; había estado tan cerca de la salvación... Luego accioné la cápsula de eyección. Nunca me había sentido tan solo como cuando sentí el contacto de la espuma amortiguadora en torno a mis tobillos, allí sentado en la oscuridad.

La cápsula salió proyectada con una explosión ensordecedora que desperdigó los fragmentos de mi nave por el firmamento. Tenía la esperanza de que la "Regina Coeli" encontrara algunos de los restos y pudiera hacerse una idea general de dónde me hallaba. 

Las envolturas de metal fueron desprendiéndose con agudos chirridos, mientras una pesada mano intentaba aplastarme; las placas contragravitatorias entraron en funcionamiento cuando ya empezaba a notar el olor a quemado de los circuitos. Aterricé con un choque seco y me estuve balanceando un rato.

Cuando la cápsula se detuvo, aparté la espuma con las manos y busqué la puerta. Cuando asomé la cabeza al mundo, me quedé sin aliento. Me parecía estar flotando en el espacio. La superficie solidificada reflejaba casi a la perfección el cielo nocturno, excepto en las grandes hendiduras causadas por mi caída. 

La cápsula estaba en una grieta de unos tres metros de ancho, pero un fluido resinoso ya empezaba a rellenar el hueco a su alrededor para congelarla en una gran cicatriz. Volví a mirar fascinado las estrellas reflejadas; cada rayo parecía una fina aguja, como si apuntara a mis ojos. Me sentí como un dios, de pié sobre el piso del cielo. Era bello y aterrador, encantador y, sin embargo, tan remoto...

Estaba en el centro de la oscuridad, donde la verdad y la belleza y el honor no significaban gran cosa. No había arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha, ni delante ni detrás. Bajo la superficie estrellada descubrí unos objetos dorados semejantes a serpientes, borrosos como espectros, que subían hasta darse de narices contra la superficie. Apretaban sus hinchados vientres blancos contra el vidrio para mirarme, antes de desaparecer nuevamente en las sombras.

Entonces vi a Llyth. Le habían ordenado recoger una especie de lirio marino que sus gentes tomaron en otros tiempos por estrellas caídas y que aún eran considerados un delicado manjar. 

Al principio Llyth era una silueta contra las estrellas, una sombra que avanzaba a través del cíelo nocturno. Su cuerpo era más alargado y con menos curvas que el de un ser humano y ello le daba en cierto modo un aspecto más grácil, como si su cuerpo fuera una purificación del cuerpo humano. 

Su cara azul parecía extraña y salvaje, como si el frío páramo desconocido respirara al unísono con ella. No tenía cabellos y eso confería una apariencia suave e infantil a su rostro.

Intenté salir con cuidado de la cápsula, pero mis manos parecían como engrasadas sobre la superficie casi sin roce. Salieron despedidas bajo mi cuerpo y me deslicé fuera de la cápsula. 

Apoyé lentamente las manos para incorporarme del suelo y sentarme, pero descubrí que no me era posible. Una brisa me arrastró y comencé a deslizarme hacia adelante. El tejido de mi traje siseaba contra la superficie helada y mi casco chirriaba. La radio rota dejó una estela de diodos y trocitos de circuito a mis espaldas.

De no haber sido por Llyth, podría haber seguido deslizándome hasta que el amanecer iniciara el deshielo. Al principio, mi aspecto y mi voz le parecieron los de un demonio, pero cuando vio mi impotencia, deslizándome allí sobre el hielo, empezó a considerarme una larva encerrada en su capullo, en vez de un ser de otro mundo con una piel extraña. Llyth llevaba pequeñas hojas aserradas acopladas a la suela de sus botas que le permitían patinar sobre la superficie.

Me recogió y me sostuvo, acariciándome como en su caso habría consolado a una larva. Cuando sintió que respondía a su gentileza con sentimientos de gratitud y de paz, supo que no era un monstruo; pero también sintió algo más (no quiero pensar en ello); bajo la superficie serena latía una corriente oculta. 

Era algo que Llyth sólo lograba comprender a medias. Yo -no, ella- veía una confusión de cuerpos y de rostros que se encendían y se apagaban entre las sombras, ora aflorando casi a la superficie, ora ocultos en la oscuridad. No quiero pensar en ello, pero pude sentir que Llyth me empujaba a recordar las imágenes reales...

Eva me había tocado. Aunque sólo tenía dieciséis años, era una mujer de la noche desde hacía dos. Yo tenía quince años cuando le di la rosa que había robado durante la visita informativa a los jardines botánicos del Círculo Uno. 

Ella me cogió de la mano y me condujo a través de la hierba de polietileno y entre los macizos de luminiscentes flores de plástico hasta el tubo de servicio que se elevaba junto a los gigantescos tubos de los ascensores. Pude ver su triste sonrisa bajo la pálida luz verdosa.

-Eres tan bello -dijo-. Pareces un ángel.

No dije nada mientras su mano bajaba y mis entrañas se encabritaban..., pero no quiero seguir recordando.

Marie tenía cabellos plateados que flotaban en torno a su cuello movidos por la brisa del bólido descapotado. Nos deslizábamos a ritmo lento por el espacio de aire privado de su padre. Había conectado el piloto automático para que el aparato no cesara de moverse en círculos. 

Las luces del Círculo Uno resplandecían muy abajo, como los ríos de monedas de oro, y arriba, casi al alcance de mi mano, estaban las estrellas. Ya había estado otras veces en el Círculo Uno, pero las luces ahogaban siempre el resplandor de las estrellas. Marie se reía de la mirada hambrienta con que yo contemplaba las estrellas, como si fuera a comérmelas..., pero quiero olvidar...

No quería continuar. Había recordado algunas cosas de la Tierra y lo vívido de su aspecto me asustaba. Después levanté la vista para mirarla y comprobé que lo que yo había tomado por unos ajustados pantalones era, en realidad, una gruesa capa aislante de silicona. 

Su esqueleto recubría su cuerpo por fuera y todas sus partes blandas estaban dentro. Su cara era como un cristal azul oscuro a través del cual podía distinguir finos cables, como de oro, acabados en pequeñas estrellas que eran sus terminaciones nerviosas. 

Con ellas podía captar pequeñas descargas eléctricas, incluso a través de su traje, desde las reacciones galvánicas de la piel para los animales hasta la electricidad estática de los objetos inanimados.

Emitió un leve zumbido con su garganta, pero dejó de tocarme cuando advirtió que eso me ponía muy nervioso, sobre todo después de lo que acababa de ocurrir. De pronto me sentí inundado por una oleada de confianza que me reconfortó y me hizo sentir a salvo. Imposible sentirme solo o tener sentimientos de duda o de culpabilidad. Ella tenía ahora los poderes de una madre.

Sacó del bolsillo un dado negro de aproximadamente un centímetro de arista. Era una piedra de la memoria, el tesoro más preciado de Llyth, su alma, a decir verdad; y me lo entregó impulsada por lo que había podido presenciar por azar. 

Mientras yo lo sostenía en mis guantes, ella inició una queda centinela, que era la clave para liberar la energía almacenada en el corazón, del cristal.

Cuando la energía tocó la matriz de cristales que la rodeaban, comenzaron a proyectarse imágenes tridimensionales hacia el exterior y éstas activaron la capa contigua, que se hizo transparente durante algunos segundos para que pudiera atravesarla la imagen. 

Luego, también esa capa se excitó, liberando sus imágenes. El proceso continuó, hasta que la energía hubo activado la matriz más externa. Después seria preciso recargar el cubo haciéndolo absorber la luz del sol.

De pronto me encontré mirando, no un mar de cristal, sino un magnífico patio de cristal lechoso fundido. Había árboles como varitas mágicas, que habrían cabido en la palma de mi mano, y sus hojas, como fragmentos de rubí, arrojaban su luz sobre el empedrado. 

Había pájaros de espumoso plumaje y vi los congéneres de Llyth bajo un sol blanco e intenso. Era un mundo en el cual todas las mujeres podían tener hijos y no era preciso compartir los zánganos, un mundo que había desaparecido varios eones atrás. La luz centelleaba y parpadeaba como velos tendidos sobre el mar. 

Esas hermosas gentes y esa sol intenso eran sueños, antiguos sueños de belleza que se resistían a abandonar el mundo de Llyth: recuerdos que insistían en atormentar a los actuales habitantes de aquel mundo moribundo.

El mundo de Llyth estaba impregnado de un silencio mayestático, de modo que cualquier sonido, cualquier palabra, poseía una delicada belleza. Parecía necesario contemplar, atesorar y pulimentar cualquier sonido hasta hacerle alcanzar una pureza que yo jamás conocería. 

Sentí un dolor dentro de mí cuando Llyth depositó el cubo sobre el hielo del mar y empezó a canturrear cada vez más alto y más fuerte la tonada, aumentando así la cantidad de energía desprendida. Las imágenes adquirieron su tamaño real y nos convertimos en dos espectros entre aquellas hermosas gentes.

Llyth tenía un aspecto tan anhelante y fantasmagórico que tuve que rodearla con los brazos. Sensibilicé mis guantes. Los electrodos conectados a los puntos de contacto mecánico transmitirían señales a mi piel y me darían una ilusión de tacto. 

Su traje parecía tan compacto, suave y cálido como cualquier carne humana. Deslicé mis manos por sus costados. Llyth parecía el espíritu mismo de ese mundo oscuro, extraño, tan adorable y, sin embargo, tan inalcanzable. Me causó verdadero dolor no poder tocarla realmente. Luego su mano volvió a encontrarme...

Oí el rugido de los bólidos cuando pasaron a una milla de distancia. Había llegado el momento de hacerles una señal.

-Llyth -pregunté con cautela-, ¿estás bien?

Sentí cómo emanaba de ella una cálida oleada de gratitud.

-Te quiero -dijo, y los recuerdos, unos recuerdos dolorosos, insistieron en retornar...

..."Te quiero", le había dicho yo a Eva. La cara de Eva se endureció y ella se incorporó, alisándose el vestido.

-No sabes lo que dices -dijo-. Ahora vas a ese colegio elegante del Círculo Dos para las gentes refinadas. Este ya no es tu sitio. No, el Nueve...

...Marie y yo dormimos uno en brazos del otro como chiquillos, imaginando que nos alejábamos flotando en nuestra cama rumbo a las estrellas; pero llegó el amanecer. Cuando le dije que la quería, Marie se quedó muy callada y no dijo nada hasta que hubo hecho aterrizar el bólido junto al ascensor más próximo:

-Tal vez será mejor que no volvamos a vernos, Jack.

-Pero, ¿por qué? -pregunté, aunque ya sabía amargamente que, a pesar de toda mi inteligencia y mis capacidades, yo seguía siendo un habitante del Círculo Nueve para ella...

...Y Eva murió un año más tarde de una sobredosis de píldoras del paraíso verde y un año después Marie se casaba con un subalterno, un descendiente de una antigua estirpe de generales; que tenía la absoluta confianza de llegar a ser general a su vez cuando cumpliera los cuarenta...

Quería dejar de recordar. Quería regresar a casa. Quería a Christie, la loca Christie...

-Tranquilo ahora -dijo Christie-. Tranquilo.

Se alejó aproximadamente un metro, flotando, desnuda, con los cabellos agitados como un animal salvaje, en la gravedad cero. Pensé que aun considerándome bastante buen luchador en los enfrentamientos en el vacío, después de la última hora pasada en ese pequeño camarote debía reconocer la superioridad de Christie:

-¿Qué es lo que quieres, Christie? -pregunté finalmente exasperado.

Las facciones de Christie se habían dulcificado.

-No me gusta que me toquen, Jack.

-¡Demonios! -Alargué el brazo para coger mis ropas que pasaron flotando por mi lado.

-No me has entendido. -Me cogió la muñeca y la retuvo firmemente-. Deseo compartir contigo algo mejor y más limpio que el sexo. Cuando hayas usado un catex, no querrás volver a hacer nunca el amor.

Sacó apresuradamente una fina varita negra de la caja fuerte del capitán. Un catex transmitía una pequeña descarga eléctrica que sacudía e inmovilizaba las defensas de la mente, permitiendo aflorar los recuerdos dotados de una carga emocional. Yo había visto catatéticos en otras ocasiones con las mandíbulas caídas y los rostros babeantes, o arrastrándose a cuatro patas y gruñendo como animales.

-No quiero, Christie.

Christie agitó levemente una pierna y se interpuso entre la puerta y yo.

-Esta es la primera vez que comparto mi catex con alguien.

Había un tono de muda súplica en su voz.

-De acuerdo, Christie -dije al fin.

Vi la varita acercándose a mi sien como una serpiente. Una explosión de luz inundó mi cabeza y disolvió mi conciencia...

-Lo sé. -Llyth se movió en su camarote y me transmitió cálidos sentimientos-. Esa primera vez cuando pude sentir la promesa que encerrabas a través de ti, comprendí lo que era ser madre. Fue un gran regalo, algo que jamás podría tomarme a la ligera.

Aquella primera ocasión, Llyth había tenido que excitarse a través de mis asociaciones, pero por fortuna más adelante pudimos prescindir de ellas. Sin embargo, Llyth había comprendido cuánto me avergonzaba compartir con ella esos recuerdos e hizo todo lo que pudo por recompensarme. 

De no haber sido por Llyth, yo habría muerto en el plazo de una semana. Fue ella quien encontró el plancton orgánico que yo podía comer, y si yo le había revelado a Llyth los secretos de mi mente, ella me mostró los misterios de su mundo. Algunos días nos sumergíamos, Llyth nadando delante como una foca, mientras yo la seguía más patosamente en mi traje espacial.

Por la noche, cuando el mar se helaba y se fundía con el cielo nocturno, Llyth le cantaba a su dado y reconstruía ese antiguo mundo dorado. Durante un tiempo me pareció haber trascendido las leyes humanas para entrar en un universo separado, en el cual era lo más natural del mundo que hiciéramos el amor de la única manera a nuestro alcance, aunque ésta fuera cuando menos desmañada.

Estuvimos ideando maneras de poder estar juntos desnudos, pero ninguna resultó practicable. Yo llevaba un contador de atmósferas en el guante derecho y los colores de la franja me decían qué gases componían el aire de Llyth. El verdadero problema era que éste no contenía suficiente oxígeno para los humanos. 

A través de cautelosas pruebas dimos con una combinación que ambos podíamos respirar, basada en el aire de mi reciclador y la atmósfera de Llyth. El compartimento de su nave era hermético y calculé que podría permanecer allí durante toda una noche si iba renovando de vez en cuando el ambiente con aire de mi reciclador. 

El único inconveniente era que una vez sacado el aire de mi reciclador no podría comprimirlo otra vez y, sin posibilidad de acceso a un nuevo suministro, moriría a la mañana siguiente.

-Creo que ya es hora de que salga -dijo recatadamente Llyth.

Se detuvo tímidamente en el umbral, bajo las estrellas. Yo sabía que Llyth podía remodelar su traje para adaptarlo a la forma que deseara, pero ello solía hacerse bajo anestesia y con aparatos especiales. Sin embargo, Llyth, valiéndose sólo del pequeño soplete manual de mi cinturón, había modelado dolorosamente su traje para darle la forma de un cuerpo humano, con detalles obtenidos de mis recuerdos.

Sus senos eran pequeñas y firmes aureolas lisas y pezones. Tenía una fina cintura moldeada que, se ensanchaba para formar unas caderas y nalgas bien contorneadas con unos muslos llenos y otras cosas. Se había introducido en todos los misterios de la femineidad con un abandono que me asustó. Se había configurado de una manera que le permitiera conocer la completa consumación del amor humano.

Giró tímidamente sobre sí misma para que pudiera admirarla por todos lados.

-¿Te gusto?

-¿Por qué te has transformado? --pregunté.

Deslizó sus brazos alrededor de mi cintura y apretó sus pechos contra mí.

-Porque no quiero vivir sin ti. Cuando tú mueras, quiero morir yo también.

Los bólidos habían desaparecido del cielo nocturno y sólo veía las extrañas estrellas desconocidas. Miré hacia donde suponía que estaba la Tierra y de pronto comprendí que ya no me importaba si regresaba o no a casa. Al diablo la humanidad. ¿Qué ser humano había hecho nunca tanto por mí? Con quién más me había aproximado a un amor como ése había sido con mi viciosa Christie.

La noche de ese mundo extraño parecía tan fría y tan dura, tan inmensa y terrorífica... Abracé a Llyth un instante porque era tan cálida y suave, tan serena y amable.

-Sí -dije-. Yo deseo lo mismo.

La coronación del señor Thomas Shap - Lord Dunsany

La ocupación del señor Thomas Shap consistía en persuadir a los clientes de que la mercancía era genuina y de excelente calidad, y que en cuanto al precio su voluntad tácita sería consultada. Para llevar a cabo esta ocupación todas las mañanas iba muy temprano en tren a unas pocas millas de la City desde el suburbio en donde pasaba la noche. Así era como empleaba su vida.

Desde el momento en que por vez primera se dio cuenta (no como se lee un libro, sino como las verdades son reveladas al instinto) de la bestialidad propia de su ocupación, y de la casa en la que pasaba la noche -su aspecto, forma y pretensiones-, e incluso de la ropa que llevaba puesta, desde aquel mismo momento dejó de cifrar en ellos sus sueños, sus ilusiones, sus ambiciones; se olvidó de todo excepto de aquel laborioso señor Shap vestido con levita que adquiría billetes de tren, manejaba dinero y a su vez podía ser manejado por las estadísticas. Ni el sacerdote que había en el señor Shap, ni el poeta, tomaron jamás el primer tren para la City.

Al principio solía hacer pequeños recorridos en su imaginación, fijándose en su ensueño en los campos y ríos tendidos al sol, en los que éste sorprendía al mundo con mayor brillantez cuanto más hacia el sur. Luego empezó a imaginar mariposas; después de eso, gente vestida de seda y templos que construían a sus dioses.

Se advertía que el señor Shap era más bien callado, e incluso a veces distraído; mas no se criticaba su comportamiento con los clientes, para los cuales seguía siendo tan convincente como antaño. Por tanto, soñó durante un año más y, según soñaba, su fantasía se reforzaba. Leía todavía en el tren publicaciones baratas, seguía discutiendo los efímeros tópicos de la vida cotidiana y todavía votaba en las elecciones, aunque ya no lo hacía con todo su ser: su alma ya no intervenía.

Había tenido un año agradable, aunque su imaginación era completamente nueva para él, y a menudo le había descubierto cosas hermosas lejos de donde estaban disponibles, al sudeste del limbo crepuscular. Como tenía una mente lógica y prosaica, a veces decía: "¿Por qué he de pagar dos peniques en el teatro eléctrico cuando bastante fácilmente puedo ver gratis todo tipo de cosas?" Cualquier cosa que hiciera era ante todo lógica, y los que le conocían hablaban siempre de Shap como de "un hombre bueno, sensato y juicioso".

El día más importante de su vida, con mucho, fue a la ciudad como de costumbre en el primer tren a vender artículos plausibles a sus clientes, mientras su parte espiritual vagaba por tierras imaginarias. Según venía de la estación, lleno de sueños pero completamente despierto, descubrió repentinamente que el verdadero Shap no era el que iba al Comercio con fea ropa negra, sino el que vagaba a lo largo del borde de la jungla cerca de las murallas de una antigua ciudad oriental que surgía de la arena y que el desierto lamía con su eterna ondulación. Solía imaginar que el nombre de esa ciudad era Larkar. "Después de todo, la ilusión es tan real como el mismo cuerpo", decía con perfecta lógica. Era una teoría peligrosa.

Al igual que en el Comercio, se daba perfecta cuenta de la importancia y el valor del método para aquella otra vida que llevaba. No dejaba que su fantasía vagara demasiado lejos hasta conocer perfectamente sus principales aledaños. En particular evitaba la jungla: no es que temiera encontrar allí un tigre (después de todo, no era real), mas sí que pudieran agazaparse extrañas criaturas. 

Creó Larkar lentamente: muralla a muralla, torres para los arqueros, puerta de latón, y todo lo demás. Y entonces, un día se persuadió, y con toda razón, de que toda aquella gente vestida de seda que recorría sus calles, sus camellos, sus mercancías procedentes de Inkustahn, la misma ciudad, eran producto de su voluntad, por lo que él mismo se hizo Rey. 

Después sonreía cuando la gente no se quitaba el sombrero a su paso por las calles, mientras caminaba de la estación al Comercio; mas era lo suficientemente práctico como para reconocer que era preferible no comentar esas cosas con los que únicamente le conocían como señor Shap.

Ahora que era Rey de la ciudad de Larkar y de todo el desierto que se extiende hacia el este y el norte, dejó vagar más lejos su fantasía. Se llevó los regimientos de camelleros y abandonó Larkar entre tintineos producidos por las campanillas de plata que llevaban los camellos debajo de la barbilla, y llegó a otras remotas ciudades del desierto que se alzaban al sol con sus blancas murallas y torres. Atravesó las puertas de estas ciudades con sus tres regimientos vestidos de seda: el regimiento azul pálido estaba a su derecha, el regimiento verde cabalgaba a su izquierda y el regimiento lila iba delante. 

Cuando hubo atravesado las calles de cada una de las ciudades, y observado los modales de sus gentes, y contemplado la forma en que el sol daba en sus torres, se proclamó Rey allí mismo y a continuación siguió adelante con su fantasía. De esa manera pasó de ciudad en ciudad y de país en país. Aunque el señor Shap era perspicaz, creo que pasó por alto el ansia de engrandecimiento del que tan a menudo son víctimas los reyes. 

De manera que, cuando las primeras ciudades abrieron sus relucientes puertas y vio que la gente se postraba ante su camello, y que los lanceros le aclamaban a lo largo de innumerables balcones, y que los sacerdotes salían a hacerle reverencias, él, que nunca había tenido siquiera la más modesta autoridad en su mundo familiar, se volvió insensatamente insaciable. 

Apenas fue Rey dejó que su fantasía vagase a velocidades desmesuradas, renunció al método, y ansió ampliar sus fronteras; de manera que se internó cada vez más en terrenos completamente desconocidos para él. 

La concentración que mostró en sus desmesurados avances a través de países que la historia desconoce y de ciudades de tan fantásticos baluartes que, aunque sus habitantes eran humanos, sin embargo el enemigo al que temían no lo parecía tanto; el asombro con que percibió puertas y torres desconocidas incluso para el arte, y gente furtiva afluyendo por intrincados caminos para aclamarle como su soberano; todas esas cosas comenzaron a afectar su capacidad para el Comercio. Sabía como cualquiera que su imaginación no podía gobernar aquellas hermosas tierras a menos que el otro Shap, por insignificante que fuera, estuviera bien amparado y alimentado: y el amparo y el alimento significan dinero, y el dinero Comercio. 

Su error se parecía más al de un jugador astuto que ignorara la codicia humana. Un día su imaginación, vagando de buena mañana, llegó a una ciudad espléndida como el alba, en cuyas opalescentes murallas había puertas de oro, tan enormes que entre sus barrotes fluía un río en el que, cuando aquéllas se abrían, flotaban grandes galeones con las velas alzadas. De ellas salió danzando un grupo instrumental que ejecutó una melodía alrededor de la muralla. Aquella mañana el señor Shap, el Shap corporal de Londres, se olvidó del tren que le conducía a la ciudad.

Hasta hacía un año nunca había imaginado nada; no hay por qué extrañarse de que todas aquellas cosas recientemente imaginadas por su fantasía le jugaran al principio una mala pasada a la memoria de un hombre tan cuerdo.

Dejó por completo de leer los periódicos, perdió todo su interés por la política, y cada vez le importaban menos las cosas que pasaban a su alrededor. Incluso volvió a ocurrirle aquella desgraciada pérdida del tren de la mañana y la empresa le reprendió severamente por ello. Mas él se consoló. ¿Acaso no le pertenecían Aráthrion y Argun Zeerith y todo el litoral de Oora? 

E incluso cuando la empresa le criticó, contempló en su imaginación a los yaks en viajes agotadores, lentas partículas sobre los campos nevados, portando sus ofrendas; y vio los ojos verdes de los montañeses que le habían mirado de una manera extraña en la ciudad de Nith cuando entró por la puerta del desierto. 

No obstante, su lógica no le abandonó del todo; sabía que sus extraños súbditos no existían, y estaba más orgulloso de haberlos creado en su mente que de poder gobernarlos únicamente. Así que, en su orgullo, se consideraba más importante que un Rey, sin atreverse a pensar exactamente qué. Entró en el templo de la ciudad de Zorra y permaneció allí algún tiempo solo: todos los sacerdotes se arrodillaron ante él cuando salió.

Cada vez le importaban menos las cosas que a nosotros nos preocupan, los asuntos propios de Shap, el comerciante de Londres. Comenzó a despreciarle con soberano desdén.

Un día, hallándose en Sowla, la ciudad de los thuls, sentado en el trono de amatista, decidió, y al momento fue proclamado con trompetas de plata por todo el país, que sería coronado Rey de todo el País de las Maravillas.

Delante de aquel viejo templo donde año tras año, durante más de mil, fueron venerados los thuls, instalaron pabellones al aire libre. Los árboles que allí florecían despedían radiantes fragancias, desconocidas en todos los países incluidos en los mapas; las estrellas brillaban intensamente por aquel excelente motivo. 

Una fuente lanzaba incesantemente hacia arriba con gran estrépito brazada tras brazada de diamantes; un profundo silencio aguardaba a las trompetas doradas: se acercaba la noche de la coronación. En lo alto de aquellos viejos y gastados escalones, que bajaban no se sabe adónde, se encontraba el Rey con su manto de color esmeralda y amatista, la antigua vestidura de los thuls; a su lado estaba la Esfinge que en las pasadas semanas le había aconsejado en sus asuntos.

Lentamente, subieron hacia él, de no se sabe dónde, ciento veinte arzobispos, veinte ángeles y dos arcángeles, llevando la fabulosa corona, la diadema de los thuls. Mientras ascendían hasta él, sabían que a todos ellos les esperaba un ascenso por su labor aquella noche. Silencioso, majestuoso, el Rey les aguardaba.

Los doctores de abajo fueron sentándose a cenar, los vigilantes pasaron lentamente de una habitación a otra, y cuando, en aquel confortable dormitorio de Hanwell, vieron al Rey todavía erguido y regio, resuelto, subieron hasta él y le dijeron: "Váyase a la cama... a la linda cama". Así es que se acostó y pronto se quedó dormido: el gran día había terminado.

Cosas - Úrsula K. Le Guin

En la playa, miraba a lo lejos, más allá de las largas líneas de espuma, donde estaban las islas, o donde se adivinaban.

–Allí –le dijo al mar–, allí está mi reino.

El mar le dijo lo que dice el mar a todo el Mundo. A medida que avanzaba la tarde desde detrás de su espalda, por encima del agua, las líneas de espuma palidecieron y amainó el viento, y al oeste, muy lejos, brilló una estrella, quizá, quizá una luz, o su deseo de una luz.

Avanzado el crepúsculo, volvió a subir los escalones de piedra de su pueblo. Las tiendas y casas de sus vecinos estaban vacías, desocupadas; todo había sido recogido apresuradamente en preparación del final. Casi todo el Mundo estaba allá arriba, en Heights Hall, con los plañideros, o allá abajo, en los campos, con los iracundos. 

Pero Lif no había podido recoger y vaciar su casa; sus mercancías y pertenencias pesaban demasiado para tirarlas, eran demasiado duras para romperlas, y eran imposibles de quemar. Sólo los siglos podían destruirlas. Allí donde habían sido amontonadas o arrojadas formaban lo que habría podido ser, o parecía ser, o podía ser, una ciudad. Por ello, Lif no había intentado deshacerse de sus cosas. 

Su patio estaba aún lleno de pilas y montones de ladrillos, hechos por él mismo. El horno estaba frío pero dispuesto, los barriles de arcilla, de mortero seco y de cal, los capachos y carretillas de su oficio, todo estaba allí. Un hombre de Scriveners Lane le había preguntado, con una sonrisa burlona:

–¿Vas a levantar una pared de ladrillo para esconderte detrás cuando llegue el final?

Otro vecino, que subía a Heights Hall, se quedó unos momentos mirando aquellos montones y pilas de ladrillos bien formados y bien cocidos, que adquirían todos un suave color dorado rojizo en el oro del Sol de la tarde, y exclamó después con un suspiro, sintiendo un peso en el corazón:

–¡Cosas, cosas! ¡Libérate de las cosas, Lif, de ese peso que te arrastra hacia abajo! ¡Ven con nosotros, por encima de ese Mundo que se acaba!

Lif sonrió, confuso, mientras tomaba un ladrillo de un montón y lo colocaba en su lugar, en una pila. Cuando hubieron pasado todos, él no había subido a Heights Hall ni había salido para ayudarles a arrasar los campos y a matar a los animales, sino que había bajado a la playa, al final de aquel Mundo que terminaba, más allá del cual sólo había agua. 

Ahora, otra vez en la fábrica de ladrillos, con el olor a sal en la ropa y la cara caliente por el viento del mar, seguía sin sentir la desesperación riente y destructora de los iracundos, ni la creciente y llorosa desesperación de los comulgantes de los Heights; se sentía vacío; sentía hambre. Era un hombre bajo y pesado; el viento del mar, en el límite del Mundo, había soplado sobre él durante toda la tarde sin moverle en absoluto.

–¡Hola, Lif! –exclamó la viuda de Weavers Lane, una callejuela que cruzaba la calle de él algunas casas más abajo–. Te he visto subir por la calle. No he visto pasar a nadie más desde la puesta del Sol. Todo está más silencioso que... –no acabó la frase, pero siguió hablando–. ¿Has cenado? Estoy a punto de sacar el asado del horno, y el crío y yo no podremos acabarnos la carne antes de que llegue el final. Y me duele que se desperdicie una carne tan buena.

–Ah, pues muchas gracias –dijo Lif, volviendo a ponerse el abrigo.

Bajaron los dos por Masons Lane hacia Weavers Lane, atravesando la obscuridad y el viento que barría las empinadas calles. En la casa iluminada de la viuda, Lif jugó con el pequeño, el último niño que había nacido en el pueblo, un crío gordito que empezaba a tenerse en pie. Lif le puso en pie, y el niño se echó a reír y se cayó, mientras la viuda ponía pan y carne caliente en la mesa de gruesa caña. Se sentaron a comer los tres; el niño roía con cuatro dientes un pedazo de pan duro.

–¿Cómo es que no estás en la colina, ni en los campos? –preguntó Lif.

Y la viuda le respondió, como si la respuesta fuese suficiente para ella:

–Es que yo tengo al niño.

Lif echó una mirada a la casita que había construido el esposo de la mujer, que había sido albañil suyo.

–¡Qué buena está esta carne! –exclamó–. No comía carne desde el año pasado, no recuerdo el día.

–Sí, claro. Ya no se construyen casas.

–Ni una –dijo él–. Ni una pared, ni un gallinero, ni reparaciones siquiera. Y tú, ¿sigues tejiendo alguna cosa?

–Sí; hay personas que quieren tener ropa nueva hasta el final. Esta carne se la he comprado a los iracundos, que mataron a todos los animales de mi señor, y la he pagado con el dinero que me dieron por una pieza de lienzo fino que tejí para la hija de mi señor, para un vestido que quiere llevar el último día... –emitió una leve exclamación de burla, y de comprensión también, y continuó–: Pero ya no hay lino, ni apenas lana. Nada que hilar, nada que tejer. Los campos quemados y los rebaños muertos.

–Sí –dijo Lif, mientras comía la sabrosa carne asada–. Son malos tiempos. Los peores.

–Y ahora que los campos están quemados –continuó la viuda–, ¿de dónde saldrá el pan? Y ahora que están envenenando los pozos, ¿de dónde saldrá el agua? Ah, pero estoy hablando como una plañidera... Sírvete, Lif. El cordero de primavera es la mejor carne del Mundo, como decía siempre mi marido; hasta que llegaba el otoño, y entonces decía que la mejor carne del Mundo es el cerdo asado. Vamos, sírvete una buena tajada.

Aquella noche, en su casita de la fábrica de ladrillos, Lif tuvo un sueño. Él solía dormir tan quieto como los propios ladrillos, pero aquella noche surcó las aguas del mar y fue hacia las islas. Y, cuando despertó, las islas no eran ya un deseo ni una intuición: como una estrella cuando se debilita la luz del día, se habían convertido en una certeza, las conocía. Pero, ¿qué era, en su sueño, lo que le había llevado por encima del agua? No había volado, ni había caminado, ni había ido por debajo del agua, como los peces; pero había cruzado las llanuras verdes y grises del mar, y sus montecillos movidos por el viento, hasta llegar a las islas, y una vez allí había oído voces, había visto luces de pueblos.

Se puso a pensar en cómo podía un hombre moverse por encima del agua. Pensó en cómo flota la hierba en los ríos, y vio que se podía hacer una especie de alfombra de cañas, echarse en ella e impulsarse con los brazos. Pero los grandes cañaverales humeaban aún junto al río, y los montones de juncos que tenía el cestero habían sido quemados. 

En su sueño, había visto en las islas unas cañas o hierbas de unos quince metros de altura, cuyos tallos de color pardo eran más gruesos de lo que podían abarcar sus brazos, y un mundo de hojas verdes que se extendía hacia el Sol desde las mil ramas ascendentes. Sobre aquellos tallos podía un hombre desplazarse por encima del mar. Pero en su país no crecían ni habían crecido nunca plantas como aquéllas, aunque en Heights Hall había un cuchillo cuyo mango era de un material marrón y opaco del que se decía que procedía de una planta que crecía en algún otro país y que se llamaba madera. Pero él no podía cabalgar por el mar rugiente montado en el mango de un cuchillo.

Tal vez los pellejos de animales, engrasados, pudiesen flotar; pero los curtidores llevaban varias semanas sin trabajar, y no había pellejos en venta. Decidió dejar de buscar la ayuda de otros. Aquella mañana blanca y ventosa, llevó a la playa su carretilla y su capacho más grande, y los dejó en la quieta superficie del agua de una laguna. Vio que flotaban, pero, cuando apoyó en ellos una mano, se inclinaron, se llenaron de agua y se hundieron. Pensó que aquellos objetos eran demasiado ligeros.

Volvió al acantilado y a su casa. Cargó la carretilla de inútiles y bien hechos ladrillos, y los llevó a la playa. Como habían nacido tan pocos niños en los últimos años, no se vio rodeado de ninguna curiosidad infantil que le preguntase qué estaba haciendo, aunque uno o dos iracundos, aturdidos aún por la orgía destructiva de la noche anterior, le miraron de soslayo desde un obscuro portal, a través del aire luminoso. 

Pasó todo el día bajando a la playa ladrillos y los elementos necesarios para el mortero, y a la mañana siguiente, aunque no había vuelto a tener aquel sueño, empezó a colocar sus ladrillos en la playa de marzo, barrida por las ráfagas de viento, con lluvia y arena disponibles en grandes cantidades para endurecer el cemento. 

Construyó una pequeña cúpula de ladrillo, ovalada, con los extremos puntiagudos, parecida a un pez, hecha de una sola hilada de ladrillos hábilmente dispuestos en espiral. Si una taza o una carretilla llenas de aire podían flotar, ¿por qué no podía flotar una cúpula de ladrillo? Y, además, sería resistente. Pero, cuando hubo fraguado el mortero, y cuando Lif, forzando su ancha espalda, volcó la cúpula y la empujó hasta la espuma blanca de los rompientes, se hundió más y más en la arena mojada, como una almeja o un mosquito de agua. Las olas la llenaron, y volvieron a llenarla cuando él la vació inclinándola, y por fin la atrapó una oleada verde en su poderosa resaca blanca, la volcó, la desintegró en sus ladrillos elementales y hundió éstos en la agitada arena.

Lif se quedó mojado hasta el cuello y enjugándose el rocío salado de los ojos. Al oeste, sobre el mar, no se veía otra cosa que restos de algas y unas nubes de lluvia. Pero las islas estaban allí. Lif las conocía, con sus grandes hierbas que tenían diez veces la altura de un hombre, sus solitarios campos dorados barridos por el viento del mar, sus pueblos blancos, sus colinas coronadas de blanco por encima del mar, y las voces de los pastores en las colinas.

–Yo soy ladrillero, y esto de flotar en el agua no es lo mío –dijo Lif, cuando hubo considerado su estupidez desde todos los puntos de vista.

Y, obstinadamente, salió del agua, subió por el camino del acantilado y por las calles mojadas de lluvia, para ir a buscar otra carretilla de ladrillos.

Libre, por primera vez en una semana, de su absurdo deseo de desplazarse por el agua, se dio cuenta de que Leather Street parecía desierta. La tenería estaba vacía; sólo había basura. Las tiendas de los artesanos eran como una hilera de pequeñas bocas abiertas y negras, y, encima de ellas, las ventanas de los dormitorios estaban ciegas. Al final de la calle, un anciano zapatero remendón quemaba, dando lugar a un hedor terrible, un pequeño montón de zapatos nuevos, sin usar. Junto a él esperaba un asno, ensillado, que sacudía las orejas al percibir el pestilente humo.

Lif siguió su camino y cargó de ladrillos la carretilla. Esta vez, cuando bajaba con ella, frenando su peso en las pendientes, usando toda la fuerza de sus hombros para equilibrar su avance por el tortuoso sendero del acantilado que llevaba a la playa, le siguieron dos de sus convecinos. A éstos se sumaron dos o tres más de Scriveners Lane, y otros varios de las calles que rodeaban la plaza del mercado, de modo que, cuando se enderezó, con la espuma del mar siseando sobre sus negros pies desnudos y un sudor frío en la cara, había un grupo numeroso de personas a lo largo del profundo surco que había hecho la carretilla en la arena. Tenían el aspecto perezoso y apático de los iracundos. Lif no les prestó atención, aunque se dio cuenta de que en lo alto del acantilado estaba la viuda de Weavers Lane observando la escena con expresión asustada.

Introdujo la carretilla en el mar hasta que el agua le llegó al pecho, y volcó los ladrillos. Volvió a la playa corriendo, ayudado por una gran ola, con la carretilla llena de espuma.

Algunos de los iracundos se alejaban ya. Un hombre alto del grupo de Scriveners Lane le dijo con una sonrisita:

–Oye, ¿por qué no los tiras desde lo alto del acantilado?

–Si lo hiciese así, caerían en la arena –respondió Lif.

–Y tú lo que quieres es ahogarlos. Muy bien. Había quien pensaba que querías construir algo ahí abajo, y querían convertirte en cemento. Deja los ladrillos mojados y tranquilos, amigo.

Sonriendo, el hombre se alejó, y Lif echó a andar por el sendero para ir a buscar otra carga de ladrillos.

–Ven a cenar con nosotros, Lif –le dijo la viuda en lo alto del acantilado.

Parecía preocupada, y apretaba al bebé contra ella para protegerlo del viento.

–Vendré –dijo él–, y traeré una hogaza. Guardé unas cuantas antes de que se marchasen los panaderos.

Lif sonrió, pero ella no. Cuando subían juntos por las callejuelas, la viuda le preguntó:

–¿Estás echando los ladrillos al mar, Lif?

Él se rió de buena gana y le contestó que sí.

Ella mostró entonces una expresión que habría podido ser de alivio y que habría podido ser de tristeza; pero durante la cena en la casa iluminada estuvo tranquila y amable como siempre, y comieron alegremente pan seco y queso.

Al día siguiente, Lif siguió bajando ladrillos a la playa, una carga tras otra, y, si los iracundos le observaban, le creyeron ocupado en la misma tarea que ellos. La pendiente de la arena era gradual, así que podía seguir construyendo sin trabajar siquiera por encima del agua. Había empezado con la marea baja, de modo que su obra no quedase nunca al descubierto. Durante la marea alta el trabajo era difícil, pero él no lo abandonaba. Volcaba los ladrillos y se esforzaba después por disponerlos en hiladas, mientras el mar le hervía en la cara y atronaba por encima de su cabeza. 

Al atardecer, bajó al mar unas largas barras de hierro y apuntaló lo que había construido, pues una contracorriente tendía a socavar su carretera a unos dos metros y medio del principio. Se aseguró de que incluso los extremos de las barras quedasen ocultos por el agua durante la marea baja, de modo que ningún iracundo pudiese sospechar que se estaba llevando a cabo un acto de afirmación. Dos ancianos que venían de llorar en Heights Hall pasaron junto a él cuando subía, empujando ruidosamente la carretilla vacía por las callejuelas de piedra envueltas en el crepúsculo, y sonrieron gravemente al verle.

–Es bueno liberarse de las cosas –dijo en voz baja uno de los dos.

El otro asintió.

Al día siguiente, aunque no había vuelto a soñar con las islas, Lif siguió construyendo su carretera. A medida que avanzaba, era mayor el declive de la arena. Su método consistía ahora en subirse al extremo de lo que había construido, volcar desde allí la carretilla cuidadosamente cargada, y después tirarse al agua y seguir trabajando, con dificultad, saliendo a flote e impulsándose hacia el fondo, para nivelar los ladrillos y encajarlos entre las barras que había colocado previamente y después volvía a subir por la arena gris, por el acantilado y por las tranquilas callejuelas, empujando la ruidosa carretilla, a buscar otra carga de ladrillos.

Un día de aquella semana, la viuda fue a verle al ladrillar y le dijo:

–Déjame tirarlos yo por el acantilado; así te ahorrarás un trecho del camino.

–Cargar la carretilla es un trabajo pesado –dijo él.

–No importa.

–Muy bien, hazlo si quieres. Pero los ladrillos pesan mucho. No cargues demasiados. Te daré la carretilla pequeña. Y puedes sentar al niño encima de la carga y darle un paseo.

Ella le ayudó, pues, de vez en cuando, durante unos días de tiempo gris y suave, niebla por la mañana, mar y cielo claros toda la tarde, y floridas las hierbas que crecían en las grietas del acantilado; no quedaba nada más que pudiese florecer.

El camino tenía ya muchos metros de longitud, y Lif había tenido que aprender una habilidad que no había aprendido nadie más, que él supiera, excepto los peces. Podía flotar en el agua y moverse por encima o por debajo de ella, sin apoyarse en el fondo con los pies ni con las manos.

Nunca había oído decir que un hombre pudiese hacer aquello; pero no pensó mucho en el asunto, por lo muy ocupado que estaba todo el día con sus ladrillos, rodeado de espuma, de burbujas de aire rodeadas de agua, o de gotas de agua rodeadas de aire, y la niebla, y la lluvia de abril, una confusión de elementos. A veces se sentía feliz en aquel Mundo irrespirable, sombrío y verde, luchando con los ladrillos, que se mostraban extrañamente rebeldes e ingrávidos, entre los bancos de pececillos que le miraban, y sólo la necesidad de respirar le hacía salir, jadeando, al aire cargado de rocío.

Trabajaba durante todo el día, gateando por la arena para recoger los ladrillos que le arrojaba su fiel ayudante desde el acantilado, los cargaba en la carretilla y los llevaba por el camino que construía, que quedaba a medio metro por debajo del nivel del mar durante la marea baja, y a un metro o metro y medio durante la marea alta, los dejaba caer cuando llegaba al extremo, se tiraba al agua y seguía construyendo; después volvía a la playa a buscar otra carga. 

No subía al pueblo hasta el anochecer, agotado, con la piel y los ojos irritados por la sal, hambriento como un tiburón, para compartir con la viuda y con el pequeño la comida que hubiese. Últimamente, aunque la primavera avanzaba con sus suaves, largas, tibias tardes, el pueblo estaba muy obscuro y silencioso.

Una noche en que Lif se dio cuenta de esto porque no estaba demasiado cansado, hablaron de ello, y la viuda dijo:

–Ah, es que ya se han ido todos, creo.

–¿Todos? Y, ¿a dónde han ido?

Ella se encogió de hombros. Alzó sus ojos obscuros hacia los de él, que estaba sentado frente a ella, y le miró unos momentos a través del silencio iluminado.

–¿A dónde lleva tu camino de ladrillos, Lif?

Él calló un momento.

–A las islas –le respondió por fin.

Y después se echó a reír y la miró a los ojos.

Ella no se rió; se limitó a decir:

–¿Están allí esas islas? ¿Es verdad, pues, que existen?

Miró a su hijito que dormía, y miró, por la puerta abierta, la obscuridad de la primavera, la obscuridad tibia que llenaba las calles por las que no andaba nadie y las estancias en las que no vivía nadie. Después volvió a mirar a Lif, y le dijo:

–Lif, no quedan muchos ladrillos. Sólo unos centenares. Tendrás que hacer más.

Y se echó a llorar quedamente.

–¡Santo Dios! –exclamó Lif, pensando en su camino sumergido que tenía treinta y cinco metros de longitud, y en el mar que se extendía veinte mil kilómetros más allá–. ¡Pues iré a las islas nadando! Pero no llores, querida. ¿Crees que os dejaría aquí solos, a ti y al pequeño? Después de todos los ladrillos que has estado a punto de tirarme a la cabeza, después de todas las hierbas extrañas y los moluscos que has encontrado para que comiésemos, después de tu mesa, del fuego de tu hogar, de tu cama y de tu risa, ¿crees que podría dejarte cuando lloras? Anda, no llores más. Déjame pensar en alguna manera de llegar a las islas, los tres juntos.

Pero él sabía que, para un ladrillero, no había ninguna manera. Había hecho lo que había podido. Lo que había podido hacer llegaba a treinta y cinco metros de la playa.

–¿Tú crees...? –preguntó Lif al cabo de un buen rato, durante el cual ella recogió la mesa y lavó los platos en agua del pozo, que volvía a salir limpia ahora que los iracundos se habían ido hacía días–. ¿Tú crees que esto... puede ser...? –le costaba decirlo, pero ella le escuchaba en silencio, y hubo de decirlo–: ¿Tú crees que esto es el fin?

Silencio. En la única habitación iluminada y en todas las obscuras habitaciones y calles, en los campos quemados y en las tierras asoladas, silencio. Por encima de ellos, en la colina, en Heights Hall, silencio. Un aire silencioso, un cielo silencioso, silencio en todos los lugares, silencio continuado, ninguna respuesta. Excepto el sonido lejano del mar, y, muy leve aunque más cercana, la respiración de un niño dormido.

–No –respondió la mujer.

Se sentó frente a él y apoyó las manos en la mesa, unas manos hermosas tan obscuras como la tierra, las palmas como el marfil.

–No –dijo la mujer–. El fin será el fin. Esto sólo es la espera.

–Entonces, ¿por qué estamos aquí todavía... los tres solos?

–Bueno... –respondió ella–, tú tenías tus cosas... tus ladrillos... y yo tenía al niño...

–Tenemos que irnos mañana –dijo él al cabo de unos momentos.

Ella asintió con un gesto.

Se levantaron antes del amanecer. No quedaba nada para comer, de modo que, cuando ella hubo guardado en una bolsa unas pocas ropas para el bebé y se hubo puesto su cálido abrigo de cuero, y él una gruesa capa que había sido del esposo de ella, dejaron la casita y salieron a la luz pálida y fría de las calles desiertas.

Bajaron hacia la playa. Él iba delante y ella le seguía, llevando al niño soñoliento en un pliegue del abrigo. Lif no se volvió ni hacia la carretera que llevaba al norte por la costa ni hacia la carretera del sur, sino que pasó junto a la plaza del mercado, llegó al acantilado y bajó por el rocoso sendero hasta la playa. Ella le siguió, y ninguno de los dos dijo nada. Cuando llegaron al borde del agua, él se volvió.

–Os sostendré en el agua tanto tiempo como pueda –dijo.

Ella asintió, y dijo quedamente:

–Iremos por el camino que has construido, hasta donde llegue.

Lif le tomó la mano libre, y entraron en el agua. Estaba muy fría, y la fría luz del este, detrás de ellos, brillaba en las líneas de espuma que siseaban en la arena. Cuando subieron al principio del camino, sintieron los ladrillos firmes bajo sus pies, y el niño quedó dormido en el hombro de su madre, en un pliegue de su abrigo.

A medida que avanzaban, el embate de las olas se hizo más fuerte. Subía la marea. El agua mojó sus ropas, heló sus carnes, empapó sus cabellos y sus caras. Llegaron al final del largo trabajo de Lif. Detrás de ellos quedaba la playa, a poca distancia, la arena obscura al pie del acantilado, por encima del cual estaba el cielo silencioso, que se iba aclarando. A su alrededor estaban el agua y la espuma turbulenta. Ante ellos estaban el agua intranquila, el gran abismo, el vacío.

Una oleada les golpeó en su avance hacia la playa, y se tambalearon; el niño, sobresaltado por el duro bofetón del mar, se despertó y se echó a llorar, un débil gemido en el largo, frío, siseante murmullo del mar, que decía siempre la misma cosa.

–¡Oh, no puedo! –exclamó la madre.

Pero se aferró a la mano del hombre y se colocó a su lado.

Cuando Lif levantaba la cabeza para dar el último paso desde aquel camino a ninguna playa, vio, al oeste, la silueta que cabalgaba en el agua, la luz que saltaba, el parpadeo blanco como el pecho de una golondrina que refleja la luz del amanecer. Le pareció que sonaban unas voces por encima de la voz del mar.

–¿Qué es eso? –le preguntó la mujer.

Pero ella inclinaba la cabeza sobre su hijo, intentando acallar el débil gemido que desafiaba al vasto balbuceo del mar. Lif se quedó inmóvil y vio la blancura de la vela, la luz que saltaba por encima de las olas, que saltaba hacia ellos y hacia la luz más grande que aumentaba detrás de ellos.

–¡Esperad! ¡Esperad!

La llamada salió de la forma que cabalgaba por las olas grises y bailaba sobre la espuma. Las voces sonaban muy dulces, y, cuando la vela se inclinó, blanca, hacia él, vio las caras y los brazos que se tendían hacia él, y les oyó decir:

–¡Venid, subid a la barca, venid con nosotros a las islas!

–Agárrate bien –le dijo suavemente a la mujer, y dieron el último paso.