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El gato Mog - Joan Aiken

Érase una vez una señora mayor, la señora Jones, que vivía con su gato Mog. Esta señora tenía una panadería en un pueblecito situado en el fondo de un valle que había entre dos montañas.

Todas las mañanas podía verse encendida la luz de la casa de la panadera, mucho antes que la de las otras casas del pueblo, ya que ella se levantaba muy temprano para preparar hogazas y bollos, tartas de mermelada y bizcochos.

Lo primero que hacía la señora Jones por la mañana era encender un buen fuego. Luego, preparaba la masa a la que añadía agua, azúcar y levadura. A continuación colocaba la masa en moldes y los ponía junto al fuego para que el contenido aumentara de volumen.

Mog se despertaba también temprano. Se levantaba para cazar ratones. Cuando había cazado todos los ratones de la panadería, le gustaba echarse junto al calor del fuego. Pero la señora Jones no lo dejaba, para que no la estorbase al hacer las hogazas y los bollos.

Ella le decía:

—No te eches sobre los bollos, Mog.

Los bollos iban aumentando de tamaño, debido a la levadura. Esta hace que el pan y los bollos se esponjen y se hagan más y más grandes.

Como a Mog no le estaba permitido echarse junto al fuego, se iba a jugar al fregadero.

La mayoría de los gatos odian el agua, pero Mog no. Le encantaba, le gustaba sentarse junto al grifo, y atrapar con sus garras las gotas, a medida que caían, y mojarse los bigotes.

¿Qué aspecto tenía Mog? Su lomo y sus costados, así como sus patas (hasta donde hubieran llegado los calcetines, caso de llevarlos), su cara, sus orejas y parte de su cola, eran blancos. Tenía blanca la punta de la cola, franjas blancas en las orejas y bigotes blancos. El agua había aclarado el color de mermelada de su piel y sus patas y barriga estaban limpias.

Sin embargo, esta afición al agua tampoco le agradaba a su dueña, y le dijo:

—Mog, estás muy excitado. No haces más que salpicar agua sobre mis moldes de bollos. Vete a jugar fuera.

Mog se sintió ofendido. Se marchó con las orejas gachas y el rabo caído (cuando los gatos están contentos, alzan las orejas y el rabo). Estaba lloviendo mucho. Un río impetuoso, que arrastraba muchas piedras, cruzaba la ciudad. Mog se metió en el agua en busca de algún pez. Pero en aquella parte del río no había peces. Mog estaba calado, aunque no le importó. De pronto comenzó a estornudar.

En ese momento, la señora Jones abrió la puerta y lo llamó:

—¡Mog! Ya he puesto los bollos en el horno. Ahora ya puedes venir y echarte junto al fuego.

Mog estaba tan mojado que relucía como si le hubieran sacado brillo. Cuando se echó junto al fuego, estornudó nueve veces.

La señora Jones dijo:

—¡Oh, Mog! ¿No te habrás enfriado?

Lo secó con una toalla y le dio un poco de leche con levadura, ya que la levadura es buena para las personas enfermas. A continuación lo dejó echado junto al fuego y se puso a preparar unas tartas de mermelada. Después de poner las tartas en el horno, cogió su paraguas y se marchó a hacer unas compras.

¿Qué creéis que le estaba sucediendo a Mog?

Pues que la levadura estaba haciéndole crecer. Mientras dormitaba junto al calor del fuego, aumentaba de tamaño con gran rapidez.

Primero creció como una oveja.

Luego creció como un asno.

Luego creció como un caballo percherón.

Luego creció como un hipopótamo.

Llegó a ser demasiado grande para caber en la pequeña cocina de la señora Jones, y era enorme para poder salir por la puerta. Las paredes de la cocina estaban a punto de estallar.

Cuando la señora Jones volvió a su casa con la bolsa de la compra y el paraguas, dio un grito:

—¡Dios mío! ¿Qué le pasa a mi casa?

Toda la casa estaba abombada y se balanceaba. Unos enormes bigotes asomaban por la ventana de la cocina. Por la puerta salió una cola de color mermelada. Una pata blanca asomó por la ventana de un dormitorio, y una oreja con franjas blancas por otra ventana.

—¡Miau! —dijo Mog.

Se acababa de despertar de su siesta y estaba estirándose.

En aquel momento se derrumbó la casa.

—¡Oh, Mog! —dijo llorando la señora Jones—. ¡Mira lo que has hecho!

Los habitantes del pueblo se quedaron atónitos cuando vieron lo que había sucedido. A la señora Jones le dejaron que se fuera a vivir al ayuntamiento, porque estaban orgullosos de ella (y de sus bollos), pero la situación de Mog era más complicada.

El alcalde dijo:

—Supongamos que sigue creciendo y derrumba nuestro ayuntamiento. ¿Y si se vuelve agresivo? No es aconsejable tenerlo en el pueblo. Es demasiado grande.

La señora Jones replicó:

—Mog es un gato muy cariñoso. No sería capaz de hacer daño a nadie.

—Esperaremos y veremos lo que hacemos —dijo el alcalde—. Supongamos que se sienta encima de alguien, por ejemplo. Y si tiene hambre, ¿qué va a comer? Es mejor que viva fuera del pueblo, en el monte.

En ese momento todos comenzaron a azuzarlo:

—¡Psssst!

Y el pobre Mog fue echado del pueblo. Aún seguía lloviendo con fuerza y el agua bajaba en riada de las montañas, lo que a Mog no le preocupó en absoluto.

Pero la pobre señora Jones estaba muy triste. Comenzó a preparar un nuevo surtido de hogazas de pan y de bollos en el ayuntamiento, llorando tanto sobre ellos que la masa resultó muy húmeda y salada.

Mientras, Mog caminaba por el valle, entre las dos montañas. Ya era mayor que un elefante, casi tan grande como una ballena. Cuando lo vieron acercarse las ovejas que había por allí, se asustaron mucho y se alejaron corriendo. Pero él no les prestó atención. Estaba buscando peces en el río y pescó un montón. Lo estaba pasando bien.

Llegó a llover tanto, que Mog escuchó un rugido sordo proveniente de la parte alta del valle. Miró y vio una avalancha de agua que descendía hacia él. El río comenzaba a desbordarse, a medida que caía en él más y más agua de lluvia procedente de la montaña.

Mog pensó:

—Si no detengo esa agua, se llevará todos esos sabrosos peces.

Así que se sentó en mitad del valle y se reclinó. Parecía una enorme hogaza de pan casero.

El agua no pudo pasar.

La gente del pueblo oía el ruido del agua desbordada y estaba muy asustada.

El alcalde gritó:

—Corramos hacia las montañas antes de que el agua llegue al pueblo, si no queremos ahogarnos todos.

Así que todos corrieron hacia las montañas, unos hacia un lado del pueblo y otros hacia otro.

¿Qué vieron entonces?

¡Caramba! Vieron a Mog sentado en medio del valle. Detrás de él había un gran lago.

—Señora Jones —dijo el alcalde—. ¿Puede usted hacer que su gato permanezca ahí hasta que construyamos un dique de lado a lado del valle para poder retener el agua?

—Lo intentaré —contestó la señora—. Normalmente se queda quieto si se le acaricia debajo de la barbilla.

Y así se hizo. Durante tres días, todo el mundo se turnó haciéndole cosquillas a Mog debajo de la barbilla con rastrillos para el heno. Mog ronroneaba de placer. Sus ronroneos producían grandes olas en la superficie del lago que había formado el agua.

Durante todo este tiempo los mejores constructores estaban levantando un dique de lado a lado del valle.

La gente llevó a Mog toda clase de golosinas para comer. Crema y leche condensada, hígado y tocino, sardinas e, incluso, chocolate. Pero no tenía mucha hambre, había comido muchos peces.

Al tercer día terminaron el dique. El pueblo estaba a salvo.

El alcalde, muy contento, dijo:

—Ahora veo que Mog es un gato gentil y cariñoso. Puede vivir con usted en el ayuntamiento, señora Jones. Le entrego este premio en agradecimiento por su labor.

El premio, que en adelante distinguiría a Mog, consistía en una placa que, prendida de una cadena de plata, colgaba de su cuello. La placa decía:

«MOG SALVÓ A NUESTRO PUEBLO»

La señora Jones y Mog vivieron felizmente desde entonces en el Ayuntamiento.

Si vais al pueblecito de Carnmog, veréis al policía deteniendo el tráfico, mientras Mog se dirige por las calles camino del lago a pescar algo para el desayuno. Su cola se agita por encima de las casas, y sus bigotes rozan las ventanas de los pisos altos. Pero la gente sabe que no les hará ningún daño, porque el gato es un amigo.

Le encanta jugar en el lago y algunas veces se moja tanto que estornuda. Pero la señora Jones no le volverá a dar levadura.

¡Ya es bastante grande!