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Cuento del Sepulturero - Lastenia Larriva de Llona

 — ¿La muerte es un bien?

— ¿La muerte es un mal?

— La muerte es el peor de los males.

— ¿Para quién? ¿Para el que muere? ¿Para los que sobreviven?

— Para el que deja por siempre esta vida, que por mucho que en contra de ella se diga es siempre amable.

— Para los que aquí se quedan, si el que ha muerto era muy amado de ellos.

— De la muerte del ser más querido se consuelan todos, más pronto o más tarde.

— Es sabia ley de la naturaleza.

— Sin embargo, se dan casos…

— Cuando existe o sobreviene un desequilibrio mental, las personas de cerebro bien organizado se consuelan siempre.

— ¿Es eso un elogio o un reproche?

— Ni una ni otra cosa. Es simplemente hacer constar un hecho.

— ¿No cree usted que hay muchas personas que desearían ardientemente que resucitaran sus deudos, a ser esto posible?

— No, no lo creo.

— ¡Escéptico!

— ¡Este hombre es terrible!

— Desengáñense ustedes: bien están los muertos en sus tumbas.

— ¿Se ha muerto usted alguna vez?

— Todavía no, pero para cuando llegue el caso no quiero resucitar. Afortunadamente, no anda ya Nuestro Señor por el mundo, pues no desearía ser un nuevo Lázaro.

— Sin embargo, lo que por lo general se observa es que se elogia a todos los muertos hasta la exageración.

— Signo de cobardía social; de la debilidad humana, en general. Además, por malos que hayan sido con nosotros los que ya no existen, puesto que la muerte nos vengó de ellos, ya
nada nos cuesta el elogiarlos. ¡Si a tan poca costa nos hubiéramos de librar de todos nuestros enemigos, no se cansaría nuestra lengua de cantar sus alabanzas en hiperbólicas necrologías!
Y, a propósito, sé un cuentecillo.

— ¡Pues a contarlo, a contarlo!

— Escuchadme.

Todos los que de sobremesa sostenían esta conversación filosófico-psicológica y que habían escuchado con creciente interés a aquel de ellos que con sus apreciaciones daba muestra de mayor pesimismo, le miraron con curiosidad, y se le aproximaron, dispuestos a no perder una sílaba del relato que ya parecía palpitar en sus labios. 

Él, sin disimular esa satisfacción que produce siempre en el ánimo del que habla tener atento auditorio, comenzó así:

— El sepulturero de mi pueblo era un ser original. Ejercía su lúgubre oficio desde antes de que yo naciera y, a pesar de dicho oficio y de las rarezas de su carácter, que eran inofensivas, todos le querían en el lugar. Era yo, de chiquillo, uno de sus predilectos amigos, tal vez porque me hallaba siempre dispuesto a escuchar sus extrañas historias, que a menudo tenían origen en las alucinaciones que padecía.

Era un hombre que, en medio de sus extravagancias, no carecía de cierta cultura y, por lo tanto, no pude explicarme nunca, ni me explico hoy mismo, el porqué había elegido, o
aceptado el poco envidiable empleo que desempeñaba. Indudablemente era esta una prueba de que su cerebro no era normal.

Ya he dicho que sus cuentos me divertían, y, después de mis largos paseos, solía entrar a hacerle compañía por un buen rato en esa silenciosa ciudad de que era guardián.

En una hermosa tarde —era ya yo un adolescente—, sentados ambos sobre una tumba, a la sombra de los cipreses y de cara al sol poniente, cuyos rayos ya casi horizontales doraban
las enhiestas cimas de esos árboles amigos y compañeros de los muertos, me contó la macabra escena que había presenciado la noche anterior, y, aunque comprendí yo que era solo producto de su imaginación enfermiza, me causó su relato tan honda impresión que jamás se ha borrado de mi memoria.

Debo advertiros, antes de dejarle a él la palabra, que Lorenzo —este era su nombre— estaba tan familiarizado con sus muertos, que solía dormir entre ellos, ya junto a una sepultura, ya junto a otra, en cualquiera de las fúnebres avenidas en que le tomaba la hora del descanso.

Y ahora, oíd su historia que, como os he dicho ya, tengo tan presente, que creo podré repetírosla sin quitar ni añadir palabra.

— ¡Día muy agitado fue el de ayer, como que estuvimos a dos de noviembre. La noche, sobre todo la noche, ha sido terrible para mí.

Así comenzó él. Yo le invité a que siguiera y no volví a interrumpirle hasta que concluyó.

— Las visitas que habían recibido mis huéspedes —prosiguió, refiriéndose a los muertos— los tenían inquietos y malhumorados. Su reposo había sido turbado y no podían recuperarlo.
Las protestas de cariño eterno que a través de la losa sepulcral habían escuchado de parientes y amigos, [así como] las lágrimas que se habían filtrado por los intersticios de las lápidas, habían hecho renacer en ellos el deseo de la vida y de aquí que prorrumpieran en clamorosos ayes y que los más ardientes ruegos al Todopoderoso turbaran el acostumbrado silencio de estos lugares.

Al principio hablaban y se quejaban cada uno aisladamente dentro de su tumba, después comenzaron a comunicar sus impresiones.

Primero fueron monólogos, en seguida diálogos.

— ¡Mis pobres hijos! ¡Cuánto han llorado hoy! ¡Y que no me sea permitido ir a enjugar su llanto!

— ¡Mi mujer! ¡Mi inconsolable esposa! ¡Si el Señor me concediera la gracia de que fuera a hacerle una visita!

— Yo no tenía más que a mi hija —gritaba una voz femenina—. Solas, desamparadas, trabajábamos juntas para vivir. ¿Qué será de ella desde que le falto? ¡Señor, Señor, muy cruel ha sido tu decreto! ¡Haz que vuelva a la vida, para el consuelo de la hija de mis entrañas!

— Vosotros todos habéis cumplido vuestra misión en la tierra —sollozaba otra voz de mujer—, pero yo, ¡yo que he muerto a los dieciocho años!... ¡Yo que he dejado a mi novio en la más horrible desesperación!... ¡Yo soy la que tengo el derecho de reclamar unos años más de existencia!

— Todos queremos volver a la vida.

— Todos.

— Todos —gritaron muchas voces a la vez.

El Ángel de la Muerte, ese bello Ángel de la Muerte que se yergue sobre su hermoso pedestal en medio de la gran avenida, se volvió lentamente hacia los sepulcros de donde salían las quejas. Separó de sus labios el dedo que sobre ellos tiene la actitud de imponer silencio, y se oyeron estas frases solemnes, que resonaron con eco pavoroso en medio de la noche, en la fúnebre mansión:

— El Dios de la Eternidad, el Dios uno y trino, permite volver a tomar la forma humana a todos los que así lo deseen, pero a condición de que solo permanecerán bajo ella los que sean
bien recibidos por sus deudos. Los demás volverán aquí, para caer de nuevo en sus sepulcros.
La prueba ha de hacerse esta misma noche. Levantaos y andad.

Se hizo otra vez el silencio y recobró el Ángel de piedra su inmovilidad acostumbrada.

Comenzaron a abrirse los sepulcros.

En sus bocas tenebrosas fueron apareciendo sus habitantes. Despojándose rápidamente del sudario, los esqueletos tomaban sus antiguas formas.

En este momento asomó la luna su faz plateada por entre los altos cipreses. Su luz pálida y misteriosa fue a reflejarse sobre el mármol de las tumbas, dándoles un aspecto fantástico.
De esta salía un viejo de figura venerable; de la de más allá, un hombre en la fuerza de la edad, gallardo y simpático. Ya aparecía una anciana caduca; ya una bellísima adolescente. Y
también figuras repelentes, hombres y mujeres marcados con el sello de los vicios y de las pasiones más repugnantes. Vi a uno, sobre todo, un mocetón, hasta de unos veinticinco años,
con la fisonomía más repulsiva que darse pueda. Tenía una expresión bestial, si expresión puede llamarse a la revelación, por medio de innobles gestos, de los más perversos instintos
de que es capaz el alma humana. Había sido un beodo consuetudinario, un ebrio impulsivo que maltrataba a diario a su propia madre y que, tal vez en castigo de su infame conducta, fue asesinado una noche en una orgía.

Todos en larga hilera, en no interrumpida procesión, caminando con cierta rigidez cadavérica, comenzaron a desfilar por delante del Ángel de la Muerte, y a cada paso que daban iba aumentando su número.

Era el éxodo de los muertos.

Pronto se perdieron por las calles que hacia afuera de esta triste mansión conducen.
Atónito yo, ante semejante despoblamiento, alcé los ojos asombrados hacia el Ángel de la Muerte, autor inmediato del desconcierto.

Volvieron a moverse sus labios pétreos.

— No tardarán en regresar a este recinto —dijo, contestando a mi muda interrogación— porque no hallarán quien los reciba de buena voluntad.

— ¿Y todos esos que vienen a llorar ante sus tumbas, todos esos que traen flores y tarjetas? —me atreví a preguntar— ¿Mienten todos? ¿Fingen un dolor que no sienten?

— Sobre eso habría mucho que decir. Algunos lo sienten verdaderamente, otros no. Pero entre estos últimos se encuentran muchos a quienes no puede tachárseles de hipócritas, sin embargo. Maridos y mujeres hay que muestran un gran dolor por la muerte de sus respectivos cónyuges, y este sentimiento que aparentan no es una hipocresía sino una generosidad que va más allá de la tumba. Fueron infelices en su matrimonio y no quieren confesarlo después de muerto aquel o aquella que fue su verdugo, sino que siguen ocultándolo, como lo ocultaron mientras vivió. Es una especie de pudor y, como tal, digno de respeto.

A la verdad —continuó diciendo el sepulturero—, no sé si todo esto me lo dijo real y efectivamente el Ángel de la Muerte o me lo sugirió mi propia imaginación —extraordinariamente exaltada en esos momentos por las excepcionales circunstancias—, pero el hecho es que yo obtuve la respuesta a mis dudas de un modo claro y preciso.

Vibraban aún en mis oídos las últimas frases de ella, cuando vi que avanzaba hacia nosotros el mismo compacto grupo de personas que había salido del cementerio pocos momentos
antes. Ya estaba de regreso.

A la cabeza del grupo venía el anciano y caminaba con tal celeridad, que claramente demostraba que más prisa tenía por volver a su antiguo reposo, que la que había tenido por abandonarlo.

— ¡He visto a mis hijos! —gritaba—. Desde que yo falto, se han casado los tres. Se repartieron mi fortuna, y cada cual vive feliz. He ido a las tres casas y los he visto sin que me vieran ellos.
No me rechazarían, probablemente, pero no les hago falta. Sus mujeres, que no me han conocido, no tienen por qué amarme. A sus hijos, que no me han visto jamás, tal vez les
inspiraría miedo mi semblante adusto y lleno de arrugas. He regresado presuroso: bien me estoy en mi tumba.

— Yo he visto a mi mujer —dijo el que seguía, que era el apuesto joven—. ¡Ojalá no hubiera salido de mi ataúd! No vive ahora con el lujo a que yo la tenía acostumbrada. En un humilde cuarto estaba y todos nuestros hijos dormían apaciblemente en la misma estancia.
Ella velaba y cosía. De cuando en cuando caía de sus cansados ojos una lágrima que iba a perderse en la tela en que trabajaban sus enflaquecidas manos. Pensé que lloraba por mí y ya iba a revelarle mi presencia cuando por su frente blanca y pura como su conciencia, vi pasar sus pensamientos y he aquí lo que en ellos leí:

— ¡Déjame llorar de gratitud, Dios mío! Mucho amé a mi Alfonso, mucho sentí su muerte, pero hoy comprendo tu misericordia infinita al decretarla y te doy gracias desde lo íntimo de mi alma. Ahora me doy cuenta de que se hallaba él al borde de horrible abismo, del abismo de los vicios, y de que allí se habría sepultado irremisiblemente a haber vivido algún tiempo más, y mis pobres e inocentes hijos, que hoy veneran su memoria, habrían quedado deshonrados y aún, quizás, hubieran seguido sus funestos ejemplos. ¡Gracias, Señor, gracias! Mucho le amé, pero tu sabiduría admiro y tu misericordia alabo!

Y de un salto, se hundió de nuevo el mozo en su abierto sepulcro.

— ¡Es más dichosa que cuando yo vivía! —venía diciendo la viejecita, entre sollozos desgarradores—. ¿Cómo no adiviné que se sacrificaba por mí? ¡Se ha casado! Estaba enamorada desde que yo existía, pero ocultaba su amor por no  abandonarme, ni despertar los celos de mi cariño. Su marido es pobre, pero la hace dichosa. ¿Para qué había de presentármele? No me necesita. Vuelvo a ponerme mi sudario.

— ¡A la tumba! ¡A la tumba! —gritaba la bella adolescente, que en pos de los otros venía—. Creí encontrar desesperado a mi novio —prosiguió vertiendo abundantes lágrimas—, a mi
novio, que aseguraba morirse si yo le faltaba, ¡y le encuentro jurando amor eterno a su nueva futura! ¡A la tumba!

— ¿Así es que volvéis completos? —preguntó con su voz grave, pero en la que se advertía cierto acento irónico, el Ángel de la Muerte.

— No todos: se ha quedado uno —contestó el último de los del grupo que había emigrado de esta mansión de la paz.

— ¿Cuál?

— Santiago, aquel que fue asesinado en una orgía: el que golpeaba a su madre.

— ¿Y quién le recibió?

— Ella. Apenas le vio, se abalanzó hacia él, abrazándolo tan fuertemente que no habría sido posible arrancarle de sus brazos. Ni él lo pretendió. ¡Hay diferencia entre el duro y frío
ataúd y los amorosos brazos de una madre!

Calló Lorenzo, y yo callo también —concluyó el narrador—. ¿No os parece que tuve razón al deciros que solo los que tienen madre pueden resucitar?

 

Nuestra Señora de las Golondrinas - Marguerite Yourcenar

El monje Therapion había sido en su juventud el discípulo más fiel del gran Atanasio; era brusco, austero, dulce tan sólo con las criaturas en quienes no sospechaba la presencia de los demonios. En Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en Bizancio había confesado a los Emperadores: había venido a Grecia obedeciendo a un sueño, con la intención de exorcizar a aquella tierra aún sometida a los sortilegios de Pan. 

Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los campesinos, cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar en su lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los falos erigidos en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los dioses de arcilla escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los manantiales. 

Se había construido con sus propias manos una estrecha cabaña a orillas del Cefiso, poniendo gran cuidado en no emplear más que materiales bendecidos. 

Los campesinos compartían con él sus escasos alimentos y aunque aquellas gentes estaban macilentas, pálidas y desanimadas, debido al hambre y a las guerras que les habían caído encima, Therapíon no conseguía acercarlos al cielo. 

Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido de oro como un sol naciente, mas su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades que viven en los árboles o emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches depositaban, al pie del plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la única cabra que les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los macizos de árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de tomillo y miel. 

Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida figura y sustancia reales. 

Veíanse las huellas de sus pasos en la greda de sus fuentes, y la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el espejo de las rocas. Incluso sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese todavía en la viga mal pulida que sostenía el techo y, por la noche, se la oía quejarse o cantar. 

Casi todos los días se perdía alguna cabeza de ganado, a causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y hasta meses más tarde no lograban encontrar el montoncito que formaban sus huesos. 

Las Malignas cogían a los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde de los precipicios; sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se tragaba los pesados cuerpecillos de los niños. 

O bien alguno de los muchachos jóvenes que les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con la muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial. 

Cuando ocurrian estos desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques donde se escondían aquellas Malditas, pero los campesinos continuaban amando a las frescas hadas casi invisibles y les perdonaban sus fechorías igual que se le perdona al sol cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto hace sufrir. 

El monje las temía como a una banda de lobas, y le producían tanta inquietud como un rebaño de prostitutas. Aquellas caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las noches sentía en su rostro su aliento caliente como el de un animal a medio domesticar que rondase tímidamente por la habitación. Si se aventuraba por los campos, para llevar el viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote caprichoso v entrecortado de aquellas cabras jóvenes. 

Cuando, a pesar de sus esfuerzos, terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle inocentemente de la barba. No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo, ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a ser muy bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las culebras. 

No obstante, lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda la sabiduría de Dios, que ha creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales, como si la creación no fuera sino un juego maléfico con el que El se complaciese. 

Una mañana, los aldeanos encontraron a su monje serrando el plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por una parte, temían la venganza de las hadas ‑que se marcharían llevándose consigo fuentes y manantiales‑, y por otra parte, aquel plátano daba sombra a la plaza, en donde acostumbraban a reunirse para bailar. 

Mas no hicieron reproche alguno al santo varón, por miedo a malquistarse con el Padre que está en los cielos y que suministra la lluvia y el sol. Se callaron, y los proyectos del monje Therapion contra las Ninfas viéronse respaldados por aquel silencio.

Ya no salía nunca sin coger antes dos pedernales, que escondía entre los pliegues de su manga, y por la noche, subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por los campos desiertos, prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía ocultar a unas diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un llanto de oro. 

Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse con sus compañeras, inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, el santo monje se regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal. 

Plantaba cruces por todas partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de aquel sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada vez más amplia de silencio y de soledad. 

Pero la lucha proseguía pie tras pie por las primeras cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas de espinas y sus piedras resbaladizas, haciendo muy dificíl desalojar de allí a los dioses. 

Finalmente, envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la ausencia de ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes del pueblo se apartaban de ellas, las Ninfas buscaron refugio en un vallecito desierto, donde unos cuantos pinos negros plantados en un suelo arcilloso recordaban a unos grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras la tierra roja y moviesen por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. 

Los manantiales que por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto fríos para atraer a lavanderas y pastores. Una gruta se abría a mitad de la ladera de una colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar pasar un cuerpo. 

Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las noches en que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos los animales del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las noches sin luna. 

Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez en aquella caverna, con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y no cesaban de alabar aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas tinieblas, y aquellas cabelleras que se adivinaban, más que se palpaban. 

Para el monje Therapion, aquella gruta escondida en la ladera de la peña era como un cáncer hundido en su propio seno, y de pie a la entrada del valle, con los brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, oraba al cielo para que le ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de los dioses. 

Poco después de Pascua, el monje reunió una tarde a los más fieles y más recios de sus feligreses; les dio picos y linternas; él cogió un crucifijo y los guió a través del laberinto de colinas, por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar aquella noche oscura. 

El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados. En la sombra opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales. Un tenue ruido palpitaba, dulce como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas dormidas, que soñaban con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no existía el hombre y en que la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y a los dioses. 

Los aldeanos encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a quemar la roca; el monje les ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras. A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita. Los muros aún no se habían secado, el tejado no estaba puesto todavía y faltaba la puerta, pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no intentarían escapar atravesando el lugar santo, que él ya había consagrado y bendecido. 

Para mayor seguridad había plantado al fondo de la capilla, allí donde se abría la boca de la gruta, un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro brazos desiguales, y las Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante aquella imagen del Ajusticiado. 

Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las cautivas sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le decían que ‑en caso de que les permitiera huir‑ lo amarían. 

Continuaron los trabajos durante todo el día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por las piedras, y se oyeron toses y gritos roncos parecidos a las quejas de los animales heridos. Al día siguiente colocaron el tejado y lo adornaron con un ramo de flores; ajustaron la puerta y la cerraron con una gruesa llave de hierro. 

Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al pueblo, pero el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado edificar y, durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron deliciosamente dormir. 

No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su hábito, pero en aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber emparedado, entre dos ladrillos, un nido de víboras.

Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y embadurnaron con ella la capilla, por dentro y por fuera; adquirió el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el seno de la roca. Dos lugareños menos miedosos que los demás se aventuraron dentro de la gruta para blanquear sus paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las fuentes y la miel de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y de sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas. 

Las Ninfas, muy débiles, no tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía adivinarse aquí y allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída, dos frágiles manos suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo. 

O asimismo, de cuando en cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus gruesos dedos blancos de cal, los aldeanos sentían huir una cabellera suave y temblorosa como esos culantrillos que crecen en los sitios húmedos y abandonados. 

El cuerpo deshecho de las Ninfas se descomponía en forma de vaho, o se preparaba a caer convertido en polvo, como las alas de una mariposa muerta; seguían gimiendo, pero había que aguzar el oído para oír aquellas débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban. 

Durante toda la noche siguiente el monje Therapion continuó montando su guardia de oración a la entrada de la capilla, como un anacoreta en el desierto. Se alegraba de pensar que antes de la nueva luna las quejas habrían cesado y las Ninfas, muertas ya de hambre, no serían más que un impuro recuerdo. 

Rezaba para apresurar el instante en que la muerte liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas a pesar suyo, y se avergonzaba de su debilidad. Ya nadie subía hasta donde él estaba; el pueblo parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos pinos y un sendero casi tapado por las agujas de oro. Sólo oía los estertores de las Ninfas, que iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus propias oraciones. 

En la tarde de aquel día vio venir por el sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la cabeza baja, un poco encorvada; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz misteriosa se abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la noche sobre la mañana. 

Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas maduras y a la de la flor perfumada. Al pasar por delante de la capilla miró atentamente al monje, que se vio turbado en sus oraciones.

‑Este sendero no lleva a ninguna parte, mujer ‑le dijo‑. ¿De dónde vienes?

 ‑Del Este, como la mañana ‑respondió la joven‑. ¿Y qué haces tú aquí, anciano monje?

‑He emparedado en esta gruta a las Ninfas que infestaban la comarca ‑dijo el monje‑, y delante de su antro he edificado una capilla. Ellas no se atreven a atravesarla para huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios. Estoy esperando a que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto suceda, la paz de Dios reinará en los campos.

‑¿Y quién te dice que la paz de Dios no se extiende también a las Ninfas lo mismo que a los rebaños de cabras? ‑respondió la joven‑ ¿No sabes que en tiempos de la Creación, Dios olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se instalaron en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas? Y otros se instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos. No exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices tampoco de Su Obra. Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber creado a Diana y a Apolo.

‑Mi espíritu no se eleva tan alto ‑dijo humildemente el monje‑. Las Ninfas importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el Infierno.

‑Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado monje ‑dijo sonriendo la joven‑. Pero ¿no puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus feligreses?

Su voz era dulce, como la música de una flauta. El monje, inquieto, agachó la cabeza. La joven le puso la mano en el hombro y le dijo con gravedad:
‑Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio. En una gruta traje yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo confié sin temor a la Muerte, con el fin de que naciera por segunda vez en su Resurrección.

El anacoreta se apartó para dejarla pasar. Sin vacilar, se dirigió ella a la entrada de la caverna, escondida detrás del altar. La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con cuidado, como un objeto familiar, y se introdujo en el antro.

Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún más agudos, un piar de pájaros y roces de alas. La joven hablaba con las Ninfas en una lengua desconocida, que acaso fuera la de los pájaros o la de los ángeles. Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del monje, que no había parado de rezar.

‑Mira, monje... ‑le dijo‑. Y escucha...

Innumerables grititos estridentes salían de debajo de su manto. Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas. Abrió ampliamente los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los pájaros. Luego dijo, con una voz tan clara como el sonido del arpa:
‑Id, hijas mías...

Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables. El anciano y la joven las siguieron un instante con la mirada, y luego la viajera le dijo al solitario:

 ‑Volverán todos los años, y tú les darás asilo en mi iglesia. Adiós, Therapion.

Y María se fue por el sendero que no lleva a ninguna parte, como mujer a quien poco importa que se acaben los caminos, ya que conoce el modo de andar por el cielo. 

El monje Therapion bajó al pueblo y al día siguiente, cuando subió a decir misa en la capilla, la gruta de las Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas. Volvieron todos los años y se metían en la iglesia, muy ocupadas en dar de comer a sus pequeñuelos o consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje Therapion interrumpía sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores y sus juegos, pues lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las golondrinas.

El vivo al gozo - Dezohara Bollstadt

Hoy asistí al funeral de un conocido, ni siquiera era amigo cercano, así, apartada del evento, pude observar el comportamiento de las personas.

En principio el amigo que me avisó necesitaba de compañía y me “invitó”; en ese caso no me pude negar, porque me lo pidió: “Acompáñame”. Moví mis “principios” de amistad y fui con él, para esto debo decir que ODIO, con mayúsculas, ir a funerales y mucho menos asistir al entierro. Son eventos que no puedo sobrellevar.

Cuando pasé por mi amigo a su casa, no le di el pésame, sólo lo abracé y nos fuimos al velatorio. El conocido era su primo, creció con él, eran casi de la misma edad. El primo se convirtió en difunto por quedarse dormido cuando conducía su auto.

Mi amigo al que bautizaré Pablo, siempre se quejaba de su primo por ser necio y meterse en problemas, pero se divertía mucho con él, porque era “el alma de la fiesta”. La mamá de Pablo, lo detestaba, era una mala influencia para su hijo: vago, flojo, sin trabajo fijo y ella sabía que usaba drogas. La mamá del difunto protestaba porque no aportaba dinero a la casa, sólo generaba gastos, basura y quehacer.

En general lo que yo escuchaba sobre el primo, era disgusto y resentimiento, pero ¡se murió! y todos, comenzaron a dibujarle una vida ficticia, lo describían como una maravillosa persona: apoyaba a su familia, siempre estaba para sus amigos, era alguien confiable, responsable, trabajador, excelente novio y hubiera sido el padre perfecto. (La novia anunció su embarazo en el funeral)

Como dije, no traté al fallecido y al estar presente ante esas declaraciones, me sacaron de mi balance, ¿eso era hipocrecía?  ¿era un homenaje bizarro? No entendí por qué cambiaban sus testimonios, ¿amabilidad? ¿conformismo? ¿un perdón? ¿una extraña muestra de bondad?. Siempre he pensado que si no tienes nada bueno que decir, no digas nada, pero hay un gran paso de guardar silencio a mentir.

Y comencé a cuestionar ¿eso pasa en todos los funerales? El ser más despreciable ¿será glorificado al morir? El único honesto fue Pablo, no dijo nada. Al final lo acompañé a su casa, cenamos y platicamos de cosas vanales, pero mi curiosidad pudo más que la prudencia y le pregunté sobre sus sentimientos hacia su primo.

Me despedí y llegue a mi casa.

Ahora pienso que a los muertos hay que dejarlos descansar en paz. Decir cosas buenas sobre el fallecido puede ser para aliviar culpas o para quitar lo malo de su personalidad y tener un bonito recuerdo de él; sin embargo, todo eso no alivia el hecho de que la familia debe enfrentar de cerca a la muerte.

La respuesta de Pablo me quitó las telarañas de la mente sobre los velorios, me dejó ver la realidad y me hizo plantar los pies sobre la tierra, él sólo me dijo: “El muerto al pozo y el vivo al gozo”.