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Muerte fuera de temporada - Mary Barrett

Miss Witherspoon se inclinó hacia el suelo y con su pequeño transplantador removió un poco de tierra en la hierba de su jardín. Se dijo en silencio que no debía cultivar ni remover la tierra demasiado cerca de las plantas, para no dañar las delicadas raíces de la hierba. 

Miss Witherspoon era una jardinera muy cuidadosa, como atestiguaban los resultados conseguidos. Sus flores y césped eran de lo más lozano de la ciudad; en realidad, eran la envidia de todo el mundo, aunque sus vecinos no tuvieran la elegancia de confesarlo.

«Britomar» restregó su lomo contra el tobillo de miss Witherspoon, ronroneando. Miss Witherspoon intentó apartar inútilmente a la gata negra, con un suave golpe de su enguantada mano izquierda.

—Hola, miss Witherspoon —saludó una mujer desde la acera situada al otro lado de la blanca cerca de vallas.

Se trataba de mistress Laurel, la divorciada, siempre elegantemente vestida, que se había instalado desde hacía poco en el vecindario.

—¿Está usted arreglando esos pequeños macizos de flores de mayo de los que tanto he oído hablar? —preguntó con un fingido tono amistoso que no podía ocultar su desdén.

Miss Witherspoon abandonó su tarea, enderezándose.

—Sí, lo estoy haciendo —contestó con fría amabilidad.

Mistress Laurel sonrió condescendientemente y siguió su camino. Por su parte, miss Witherspoon continuó su trabajo sin hacer el menor caso de la interrupción. Tenía cosas mucho más importantes en qué pensar que en la impertinencia de mistress Laurel.

De todos modos, miss Witherspoon estaba acostumbrada a las burlas, pues, durante el transcurso de los años, había adquirido la fama de ser la persona más excéntrica de la ciudad. Cierto es que otras personas de la ciudad se desviaban de diversas formas del comportamiento usual..., borrachos, personas de actitudes imbéciles, e incluso un asesino, si se contaba a aquel Jake Holby que golpeó a su delgada esposa hasta causarle la muerte, cuando la descubrió en el pajar del establo con su empleado. 

Sin embargo, ninguno de estos aberrantes comportamientos era considerado tan peculiar como la insistencia de la anciana miss Witherspoon en mantener el más completo aislamiento. Ninguna persona había penetrado nunca en el interior de su pequeña casa, y únicamente los chicos más temerarios, incitados por los riesgos más irresistibles, se aventuraban a traspasar la puerta o a saltar sobre la verja blanca, para penetrar en su bien cuidado césped, aunque esto lo hacían sólo en la oscuridad de la noche, una vez que la anciana se  había dormido.

Años atrás, los chicos de la ciudad habían compuesto un sonsonete burlón que todavía se cantaba con regocijo: «Miss Witherspoon es un tostón.» Aunque los chicos pensaban que era una frase ingeniosa, muy pocos de ellos se atrevieron jamás a pronunciarla ante la anciana, pues, aunque odiaban admitirlo ante sí mismos y ante los demás, la verdad es que todos se sentían atemorizados ante ella.

En la ciudad, nadie recordaba que miss Witherspoon se hubiera dirigido espontáneamente a ninguna persona que pasara por la acera: tampoco se recordaba que hubiera saludado alguna vez a un vecino a través de la verja. Nunca había llevado sopa a los enfermos, ni pasteles a los afligidos. En resumen, no observaba ninguna de las costumbres sociales habituales. 

Si alguna vez alguien se atrevió a preguntarle el porqué, y si ella decidió contestar, habría dicho que prefería las plantas a la gente, principalmente porque las plantas no pecaban y eran incapaces de causar mal, y además porque, manteniendo su aislamiento, podía observar mejor y objetivamente los delitos cometidos por quienes la rodeaban.

Sin embargo, miss Witherspoon observaba un ritual propio, más o menos social, que realizaba fielmente una vez al año, la Noche de Walpurgis. Mistress Laurel se había referido precisamente a este acontecimiento anual, pero ella no conocía, como no lo conocía ninguna otra persona, el ritual completo. 

Por primera vez, miss Witherspoon estuvo jugando este año con el pensamiento de alterar ligeramente su modelo de actuación. Después de todo, se estaba haciendo vieja y la artritis de sus dedos empezaba a ser un serio y creciente inconveniente. Puede que no le quedaran muchos años más para llevar adelante todo el programa. 

Quizá este año, y sólo por una vez, debiera preocuparse de cuidar a dos personas, en lugar de a una sola. Pero finalmente decidió lo contrario. Una vez que se ha seguido con éxito un modelo de conducta, es mucho mejor mantenerlo.

La Noche de Walpurgis era la única fecha del año que tenía algún significado para miss Witherspoon, la única que ella marcaba en su calendario. Era la víspera del Día de Mayo, nombrado según una misionera y abadesa inglesa que había alcanzado gran renombre expulsando a las brujas. Como saben todos aquellos que hayan leído a sir James Frazer, ésa es la noche preferida por las brujas para salir.

La víspera de Walpurgis de cada año miss Witherspoon preparaba exactamente diez canastillas de flores de mayo. Y cada año, durante aquella noche, las colgaba a hurtadillas de los pomos de las puertas de diez casas distintas. Nunca eran las mismas casas, aunque, como consecuencia del paso de los años, se había visto obligada a repetir en ocasiones. Y cada año, una y sólo una de las canastillas de mayo era especialmente elegida para contener algo particularmente interesante.

Naturalmente, los habitantes de la ciudad sabían perfectamente quién era su benefactor del Día de Mayo. Sólo el jardín de miss Witherspoon podía proporcionar una variedad tan abundante de flores y hierbas.

Para los habitantes de la ciudad, era una especie de juego especular sobre quién se vería favorecido con las pequeñas canastillas de flores y hierbas que, inevitablemente, iban acompañadas por un verso o un dicho escrito por la cuidadosa mano de miss Witherspoon. 

Todo el mundo se burlaba disimuladamente de esta prueba anual de la excentricidad de la anciana. De lo que no solían darse cuenta era de que, cada año, el destinatario de una de las canastillas se encontraba con un extraño e inesperado destino.

Pero eso no importaba. Miss Witherspoon no buscaba fama ni crédito por su trabajo.

Mientras escogía y arrancaba cuidadosamente las flores para cada canastilla, el sol le daba cálida y reconfortantemente sobre su espalda. Ella saboreaba en su mente sus queridos nombres latinos —Lathyrus odoratus (guisante de olor), Lobularia marítima (aliso de olor), Convallaria majalis (lirio de los valles), y, desde luego, el fabuloso jacinto que surgió de la sangre del amigo moribundo de Apolo—, «esa flor sanguínea dedicada con dolor».

Las canastillas quedaron finalmente llenas y las colocó a la sombra fresca del arce. Y ahora, para terminar, debía tomar la decisión más importante. ¿Qué hierba debía elegir para la favorecida décima canastilla? Miss Witherspoon podía utilizar el rizoma de la manzana de mayo; pero eso quizá no fuera lo bastante bonito como para captar el interés. La espuela de caballero podría servir, pero eso significaría secar las semillas y quizá supondría más trabajo del necesario.

En consideración al simbolismo, se sintió tentada de utilizar la flor «hermosa dama», belladona, o, por la misma razón, el acónito. Pero no. La mejor elección sería la Digitalis purpurea, la dedalera. Cierto que su jardín sólo contenía la variedad americana, la Phytolacca americana, y que a ella no le gustaba el feo sonido de su nombre americano. Pero, a pesar de todo, las oscuras bayas moradas eran bonitas y servirían igualmente para su propósito. Así pues, fueron a parar a la décima canastilla, junto con un verso de Rudyard Kipling, que copió con su primorosa escritura:

 

Excelentes hierbas tenían nuestros antiguos padres…

Excelentes hierbas para aliviar su dolor.

 

Como idea adicional, ella añadió: «Las bayas moradas, servidas en cualquier forma, harán que hasta un holgazán en el amor se transforme en una persona ardiente, y un ardiente en un amante apasionado increíble.»

Miss Witherspoon sentía tener que recurrir a una mentira tan franca, pues era una verdadera artista y habría preferido que su ritual anual fuera perfecto en todo. Sin embargo, tendría que olvidarse de este falso detalle en beneficio de su más amplio plan.

Aquella noche, miss Witherspoon salió a la calle, acompañada únicamente por «Britomar». La luz de la luna era brillante y el aire, cálido y húmedo daba una sensación primaveral. Sintiéndose feliz, miss Witherspoon recordó unas estrofas de El Mercader de Venecia:

 

En una noche así,

Medea recogió las hierbas encantadas.

 

Nueve canastillas quedaron colgadas y, después, la décima fue a parar... a la puerta de mistress Laurel.

Dos días después, Edward Johnston, el sastre, falleció de una muerte dolorosa e inexplicable, víctima de algún violento vomitivo ingerido accidentalmente y que, al parecer, le fue servido en una comida preparada por la atractiva divorciada. Porque, lo más extraño del caso fue que no murió en su propia casa, rodeado de su esposa y de sus cuatro hijos, sino en casa de la encantadora vecina de miss Witherspoon. 

Por su parte, miss Witherspoon fue la única de la ciudad que no se sorprendió de que muriera allí, pues sólo ella había observado las frecuentes visitas clandestinas del sastre, y sólo ella suponía cuál de los diez mandamientos estaba siendo transgredido en el interior de la casa de mistress Laurel.

A la mañana siguiente, después de que estas terribles noticias se extendieran por la ciudad, miss Witherspoon estaba trabajando tranquilamente en su jardín, como siempre, cuando llegó un visitante muy poco usual. El sheriff se acercó a ella andando sobre las piedras planas del camino.

—Buenos días, miss Witherspoon —saludó desde el camino, junto al césped.

—Buenos días, sheriff —contestó ella, mirándole desde un macizo de flores, sobre el que había estado inclinada—. ¿Desea usted hablar conmigo?

—Así es.

El vacilante tono de voz del sheriff puso al descubierto sus dudas y lo incómodo que se sentía. Ahora que la podía mirar directamente, le pareció una persona absolutamente inocente, incapaz de hacer daño a nadie. Y, sin embargo, cuando su teoría había terminado por confirmarse aquella mañana, le pareció firme... aunque de una forma extraña.

—Entremos —sugirió miss Witherspoon—. Allí podremos hablar tranquilamente.

Los dos penetraron en la fría y débilmente iluminada sala de estar y se acomodaron en sendas sillas, una frente a la otra, con la mesa de té en medio. «Britomar» saltó al regazo de miss Witherspoon, y la anciana acarició a la gata mientras habló:

—Le he estado esperando desde hace años —dijo.

—¿De verdad? —preguntó el sheriff, claramente desconcertado por aquellas palabras.

—¡Oh, sí! Sabía que no era usted un estúpido, y que algún año llegaría a darse cuenta de la verdad acerca de mis pequeños rituales.

—¿Quiere decir que ha... ¡eh!... hecho esto antes?

Miss Witherspoon asintió con la cabeza.

—¿Sabía usted que acabaría por ser descubierta y sin embargo, continuó haciéndolo?

—Claro que seguí haciéndolo. No abandonaría usted fácilmente su trabajo, su misión en la vida, ¿verdad, sheriff? —la anciana se detuvo, aunque la pregunta era evidentemente retórica—. Claro que no lo haría —se contestó a sí misma—, y tampoco lo haría yo. Después de todo, trabajamos en lo mismo, y ninguno de nosotros podría abandonar honorablemente su tarea. El mundo necesita de nuestros esfuerzos.

El sheriff, que ya empezaba a comprender, preguntó con amabilidad:

—¿Y cuál cree usted que es nuestro trabajo?

—¡Cómo! —exclamó—. Limpiar la ciudad de malhechores —afirmó, como la cosa más natural del mundo—. Hay demasiados para que usted solo se encargue de todos, y muchos de ellos no despiertan su atención. Eso es por lo que todos los años selecciono a un solo candidato para su extinción.

El sheriff no supo qué responder.

Miss Witherspoon apartó a la gata de su regazo y se levantó.

—Perdóneme. Haré el té.

Al cabo de unos minutos regresó de la cocina con una bandeja sobre la que había colocado los elementos necesarios para servir el té. Durante su ausencia, el sheriff había decidido cuál sería su próxima pregunta.

—¿Cómo escogía usted sus..., ¡ejem!..., sus candidatos para la extinción? —preguntó.

—Muy simple: tomaba nota de las personas que violaban uno de los diez mandamientos y las disponía por orden. Este año había llegado al séptimo mandamiento —se miró las manos, plegadas sobre su regazo, como si no se atreviera a pronunciar en voz alta las palabras ante la presencia de un hombre—: No cometerás adulterio.

—¿Quiere usted decir con eso que..., que ya ha eliminado a otras seis personas? —preguntó el sheriff.

—Así es —el orgullo con que contestó miss Witherspoon fue evidente—, empezando por la persona que violó el primer mandamiento con un mayor descaro... John Leger, el presidente del Banco, que tanto adoraba el dinero... y así seguí con la lista hasta llegar al número siete.

Se detuvo un momento, como si esperara un elogio, pero al ver que no escuchaba ninguno, continuó:

—Mi mayor dificultad se me presentó el año pasado... para encontrar un candidato para el número seis. Usted hace un trabajo muy eficiente cuando se trata de detener a los pocos que matan —ahora adoptaba el tono de un profesional que está hablando con otro—. Pero al fin conseguí lo que buscaba. Como comprenderá, el mandamiento no especifica lo que no se debe matar, y todo el mundo sabía que Edna Fairbanks solía preparar carne envenenada para que se la comieran los gatos.

—¡Así es que fue eso! —exclamó el sheriff, dando un suspiro al haber podido resolver de pronto aquel enigma que le atormentaba desde hacía un año. Y entonces preguntó—: Pero ¿qué sucede con usted, miss Witherspoon? ¿No ha estado violando usted misma el sexto mandamiento?

—En realidad no —contestó la anciana, brillándole los ojos ante el placer de poder revelar finalmente a alguien su inteligencia—. He pensado en todo eso con mucho cuidado. En realidad, no he matado a nadie. Me limité a poner a su alcance el instrumento de la muerte. No hay ningún mandamiento que prohíba eso.

El sheriff pensó que la anciana estaba mucho más loca de lo que se había imaginado. En voz alta, preguntó:

—Pero usted se aseguró de que esas personas utilizarían el instrumento, ¿no es cierto? Fue la nota encontrada en la canastilla de mistress Laurel la que me hizo pensar en usted.

—Es cierto que mis notas animaban a esas personas a utilizar mis hierbas, pero sólo tuve éxito porque los mensajes que les daba estimulaban lo peor de las personas que los recibían... era la misma maldad por la que estaban siendo castigadas.

—Bien —dijo el sheriff, admirándola muy a su pesar—, ha hecho usted un trabajo concienzudo Pero, aunque haya sido así, comprenderá que no podemos dejarla en libertad.

—¡Oh! Eso lo comprendo —dijo miss Witherspoon alegremente—. Usted tiene un trabajo que hacer.

El sheriff suspiró con alivio. Aquel asunto se iba a desarrollar mucho mejor de lo que había temido.

—Tómese un poco de tiempo para arreglar sus cosas —le dijo—, y volveré más tarde a por usted con una orden de arresto.

—Eso está bastante bien —dijo miss Witherspoon mientras le acompañaba hacia la puerta.

Después de todo, el jugo de perejil que había echado en el té del sheriff actuaría con rapidez y efectividad. Era tan mortal como la cicuta que bebiera Sócrates.

Sentía mucho que esta muerte tuviera que producirse fuera de temporada. Pero, al fin y al cabo, se trataba de una emergencia. Tampoco le había dicho al sheriff que se había visto obligada a saltarse uno de los mandamientos de la lista. Por lo que sabía, el sheriff no había robado nada. Pero sin duda alguna estaba a punto de violar el mandamiento número nueve, pues ¿acaso no estaba planeando sostener un falso testimonio contra ella? Se había dado cuenta de eso inmediatamente.

Un fantasma tropical - Carlos Fuentes


Les contó que en el pueblo donde vivía junto al mar había muy poca gente rica y una de ellas, fabulosamente pudiente, según decía el rumor, era una mujer muy anciana que ya no salía nunca y que, según todos los chismes de las mujeres del pueblo, guardaba tesoros incalculables y joyas finísimas en rincones secretos de su casa blanca, enjalbegada, de dos pisos, con columnas resistentes a las mordidas del mar... 

Como nadie la veía desde hacía diez años, la gente empezó a darla por muerta. Y como nadie reclamaba su herencia, todos decidieron que el cuento de las joyas era perfectamente fantástico, que la señora sólo tenía bisutería. Y como la casa iba viniendo a menos, escarapeladas las columnas, llenos de goteras los porches y vencidas e inválidas las mecedoras traídas de la Nueva Orleans el siglo pasado, cuando eran la gran novedad gringa, el status symbol de los años 1860, cuando el auge de quién sabe qué, estaba claro que a nadie le interesaba reclamar ninguna herencia, si es que la señora invisible de verdad se había muerto.

Los más viejos decían haberla visto de joven. ¿Cuándo de joven, de joven cuándo? Pues sería allá por los años veintes, cuando las mujeres de la costa empezaron a cortarse el pelo a la bob, con alas de cuervo y nucas pelonas, falditas cortas y tacones altos, toda esa putería que nos llegó del norte... y ella no. 

Los que la vieron entonces dicen que ella, joven y hermosa como era, persistía en vestirse como antes, con faldas largas y botines de lazo, blusas oscuras bien abotonadas hasta el cuello, y uno como collar de la decencia, una corbatilla blanca como la luz de las seis de la mañana detenida por un camafeo. ¿Qué era el camafeo, qué describía, era un novio perdido, muerto, qué qué qué? Una mujer. Era el retrato de una mujer. 

Y cuando la futura anciana señora salía de su casa de pisos de mármol cuadriculados como un tablero de ajedrez, siempre se cubría con un parasol negro, pero su mirada no se la daba a nadie, sino a la mujer del camafeo que tenía tendido al pecho.

La espiaban. Recibía mujeres en su casa. Jamás un hombre. Una señora decente. Pero quién sabe si lo eran las mujeres que recibía. Pelonas, con collares largos cubriéndoles los escotes de satín por donde rebotaban las teticas de seda...
-Pero todo eso pasó hace mil años.
-No hay tal cosa. Nunca hubo mil años. Hubo novecientos noventa y nueve o hubo las mil y una noches. Odio los números redondos.
-Bueno, hace cuarenta y cuatro años, pon tú.
-Pongo yo, pues...
-La dieron por muerta. Es lo interesante.

Y yo que era un muchachito curioso, pero así, reventando de curiosidad, decidí aclarar el misterio de una vez por todas. Iba a cumplir los trece y pronto mi cuerpo ya no iba a caber entre las rejas que protegían la casa de la madama esta. De modo que una noche decidí colarme, pasadas las once, cuando el pueblo o ya se durmió, o ya se emborrachó. 

Apenas cupe entre dos barrotes. Me atarantó el olor de magnolia. Sentí crujir los tablones de la escalera que conduce al porche. La puerta de entrada estaba cerrada pero una ventana tenía los vidrios rotos. Me colé y me encontré en un vestíbulo que era como una rotonda de piso blanquinegro y un techo de emplomados donde un ángel desplegaba alas de pavorreal. De las puntas de las alas caían gotas espesas, aceitosas. Y entraba una luz que no era la de la noche, aunque tampoco la de la mañana. Una luz propia, me dije, sólo de esta casa. Esas cosas pasan en el trópico.

Entonces comencé a explorar. Varias puertas se abrían sobre la rotonda. Eran idénticas entre sí, como en los cuentos de hadas. Abrí la primera y me asustó un Buda de esos que constantemente mueven la cabeza y enseñan la lengua, asintiendo y burlándose.

Cerré apresuradamente y me fui a la siguiente puerta. Aquí tuve suerte. Era una biblioteca, lugar ideal, según las películas de miedo, para esconder cosas y apretar botones que descubren paneles corredizos etcétera. Ya conocen el rollo. 

Pero yo ya había leído en la escuela el cuento de Poe traducido por Cortázar, el de la carta robada. Allí se demuestra que el mejor lugar para esconder algo es el lugar más obvio, el más visible, que de tan visible se vuelve invisible. ¿Qué era lo más obvio en una biblioteca? Los libros. ¿Y entre los libros? El diccionario, el libro sin personalidad propia. ¿Y entre los diccionarios? El de la academia española, la lengua que hablamos todos.

Me fui sobre el libro de pastas de cuero claro y etiqueta roja, que veía todos los días en la escuela. Lo abrí y era lo que yo esperaba. Un libro hueco, una simple caja que abrí sin respirar apenas. Allí estaban las joyas de la vieja dama. Metí la mano para sacar la que más brillaba y allí debí conformarme. 

Pero ustedes ya saben lo que es la codicia cuando no hay conciencia y volví a meter la mano. Sólo que esta vez había allí otra mano que se me adelantó, tomó la mía con fuerza y me obligó a soltar el collar de perlas y mirar hacia, la dueña de la mano helada, descarnada, que con tanta fuerza oprimía la mía.

No era dueña, sino dueño.
Era un hombre. Muy viejo, sin pelo, o más bien con mechones cenizos saliéndole de donde no debieran, las orejas y las narices y los rincones de los labios, un terrible anciano de dientes amarillos y ojeras pantanosas, de cuyo tacto nauseabundo (le apestaban las manos) me desasí con toda la fuerza de mis casi trece años para huir con la única joya que salvé... Me volteé para mirarlo. 

Ya les dije que mi curiosidad siempre me gana. ¡Va a ser mi perdición, muchachos! Quise ver de cuerpo entero a este espanto que se me apareció antes de la medianoche, ¡qué sería después de esa hora!

Era un hombre. Calvo, anciano, macilento y maloliente. Pero vestía como mujer. Un traje largo, antiguo, con botones, cerrado hasta el cuello, una corbatilla que fue blanca, mugrosa, amarilla, y el camafeo de una mujer bellísima, antigua, viva, muerta... ¿quién sabe?

Salí corriendo por donde entré. El espectro de la casa no me persiguió.

Dormí con mi brillante joya escondida bajo la almohada. Al día siguiente, di un pretexto para irme al puerto y enseñársela a un joyero judío que había emigrado de Ámsterdam huyendo de los nazis. Me dijo la verdad: la joya no valía nada, era de las que se encuentran en las tiendas Woolworth en todo el mundo...

Pero nunca le conté a nadie lo que me había pasado. El pueblo siguió creyendo que la vieja había muerto y que su fortuna era un mito, puesto que nadie la reclamaba. Yo no dije la verdad. Ustedes son los primeros en oír mi historia. Agradézcanmela, que nuestras noches van a ser largas y mañana quién sabe si sigamos vivos...

La aparición - María Consuelo Villarán

Agustín bebió apresurado la taza de café que Clorinda le había servido. Hay camote para el pan, le dijo, alargando un plato pequeño con unas cuantas tajadas.
El hombre cogió el camote con su recia mano velluda y lo introdujo al pan.

—Solo tengo unos minutos para desayunar —comentó— ahorita tocan el pito de la fábrica.

Clorinda se quitó el mandil que ceñía su figura.

—Todavía tienes tiempo, toma tranquilo tu desayuno, yo te voy a envolver unas yucas fritas con queso para tu almuerzo.

El hombre suspiró mirando a su mujer envolviendo apurada su merienda en un papel plástico.
Él cogió el paquete y lo cubrió con un periódico.

—Voy a trabajar de corrido —dijo, haciéndole una seña de despedida.
Clorinda lo despidió con un ademán de mano. Se dirigió al dormitorio y vio a los niños que dormían, miró el reloj, ya era hora de que se levantaran para ir a la escuela.

Suavemente los despertó y los comenzó a vestir, ante las quejas y protestas de los chicos que querían seguir durmiendo. Marita era la menor y la más quejumbrosa.

Después del desayuno les preparó su lonchera y los dejó en la escuela.

De regreso buscó las llaves en el bolsillo de su chompa. Siempre tenía dificultad en abrir la puerta, al fin lo logró y entró. Las ventanas estaban cerradas y había poca iluminación en el interior.

Distraídamente pasó revista a la salita y al mirar el sillón del fondo lanzó una exclamación de sorpresa.

Una señora muy anciana estaba sentada en un sillón.

—¿Quién es usted? —gritó sobresaltada—, ¿qué hace en mi casa?

La mujer no contestó, fijó la mirada. 

— ¿Cómo ha podido entrar si las puertas estaban con llave?

—Dame un pan —dijo la anciana estirando la mano.

Clorinda entró a la cocina llamando a su marido, aunque sabía que él no estaba.

Por fin regresó a la sala y, ante su sorpresa, la mujer había desaparecido.

Sin explicarse lo que le había sucedido, preparó el almuerzo y fue en busca de sus hijos.

De regreso los sentó a la mesa y les sirvió un plato de sopa y yucas fritas.

Marita se bajó de la silla y miró hacia la sala.

—¡Mami, mami! —dijo volteando la cara—, hay una abuelita en la sala.

Pepe volteó a mirar.

—Mentirosa —dijo— no hay nadie.

Clorinda se estremeció.

—No hay nadie, hijita, te ha parecido —murmuró.

La niña siguió almorzando, de rato en rato miraba hacia la sala.

—Pepe, mira, ahí está la abuela, me está llamando —le dijo despacio.

El chico le jaló el cabello, llevándose la cuchara a la boca.

—¡Mamá, el Pepe me está pegando porque le digo que la abuela me llama!
Clorinda no se atrevía a mirar a la sala. Esperó que terminaran de almorzar y se llevó a sus hijos al dormitorio, allí se pusieron a realizar las tareas. Ella se fue a lavar la ropa. Luego de la cena acostó a los niños y se sentó al lado de su cama. Pepe prontamente se durmió.

Marita, en cambio, estaba recostada contra su mamá.

—¿Mami, por qué la abuela no se va?

—¿Por qué dices eso, hijita? Aquí no hay nadie.

Clorinda abrigaba a su niña y le temblaban las manos.

—Sí, mami, si vamos a la sala vas a ver.

—Por favor, nena, duerme, no quiero oírte hablar tonterías, me crispas los nervios— Clorinda trataba de tranquilizar a su hija y sosegarse ella también.

La niña guardó silencio.

Clorinda sabía que su hijita no mentía. ¿Acaso no la había visto ella también?
Al llegar su esposo, la mujer lo llamó aparte y le contó lo sucedido.

—Tonterías —dijo el hombre—, mejor sería que te ocupes de algo más serio.

—Tú nunca crees en nada —dijo nerviosa y colérica la mujer.

¿Y si le hiciera algo a Marita? —pensó horrorizada—. La acostaré conmigo.

Su marido tenía turno de noche en la fábrica de tejidos. Clorinda se quedó sola.

Las horas pasaban y ella no podía dormir, tenía a su hijita abrazada contra su pecho.
Recordaba las palabras de la niña y se llenaba de miedo y de angustia. La pequeña habitación estaba cubierta por una oscuridad asfixiante.

Quiso pasar la mano por la cabecita de su niña y un grito de espanto brotó de sus labios, despertando a los niños que lloraron asustados.

Al acariciar a la nena había tocado una mano rugosa encima de la cabeza de la criatura.

—¡Pepe, hijo, enciende la luz! —exclamó.

El niño corrió y apretó el interruptor. Ella no vio nada. ¿Sería sugestión? No, había tocado una mano arrugada, fría y venosa.

La luz quedó encendida.

—¿Por qué gritaste, mamá? —preguntó el niño.

—Casi me caigo y me asusté —respondió. No tardaron los niños en quedarse dormidos nuevamente.

Al día siguiente su marido no tenía guardia, la mujer sabía que no le prestaría atención; sin embargo, llegando la noche, le contó lo sucedido al acostarse.

El hombre la escuchó distraído.

—Tengo sueño —dijo y se acomodó para dormir.

Clorinda, desconsolada, trataba de mantenerse despierta, pero al fin el sueño la rindió.
Al poco rato un ruido la despertó, de un salto encendió la luz.

Marita se había levantado y arrastrando sus zapatitos se dirigía hacia la sala. Ella me está llamando.

Clorinda gritó y corrió tras la niña deteniéndola. 

—¿Por qué te has levantado? —le preguntó asombrada.

—Déjame, mamá, no me agarres, yo quiero ir a la sala. Ella me está llamando.

—¿Pero para qué? Anda, ven, acuéstate.

—No, mami, yo quiero ir, la abuelita quiere que vaya.

—Tus abuelitos están en Piura, esa mujer es mala, no debes ir, si te vuelves a levantar le cuento a tu papá y te va a pegar.

La pequeña se puso a llorar.

—No seas mala, mamá, yo quiero ir.

—¿Van a dejar dormir o no? —rugió el marido.

—¡Ya ves, tu papá está molesto!

Marita volvió a la cama sollozando.

Clorinda apagó la luz y encendió la lamparita para vigilar a la niña. Marita fingía dormir, más de una vez Clorinda vio que su hija la observaba y luego cerraba los ojos.
La madre, al fin cansada, se quedó dormida.

Clorinda soñaba intranquila cuando, de pronto, abrió los ojos y vio a su hija que se iba nuevamente a la sala. Aterrada se levantó de la cama.

—¡Marita!, ven acá —le gritó.

La niña no contestó, se detuvo, pero luego siguió avanzando.

La mujer saltó de la cama y corriendo alcanzó a su hija, la cargó y abrazándola fuerte la llevó consigo.

—¿Estás loca? ¿Adónde quieres ir?

—Mamá —contestó llorando la niña—, yo no quiero ir, pero siento como si me jalaran.

Clorinda despertó a su marido. El hombre, al ver a su hija y a su mujer llorando, se levantó y furioso fue directo a la sala.

—¡Aquí no hay nadie! —dijo molesto, regresando a la cama—. ¡Ya déjenme dormir! ¡Mañana tengo que madrugar!

En vano Clorinda intentó retenerlo despierto, el hombre se acostó y a los pocos minutos se volvió a dormir.

La madre se acostó en la cama de Marita, sujetando fuertemente a su pequeña.

—¡Ahí está, mamá! —gritó la niña.

La madre la vio. En efecto, estaba la anciana estaba a los pies de la cama tendiendo las manos hacia la niña.

—¡Jesús, esta mujer es el demonio! —gritó la mujer.

—Jesús —repitió la niña llorando.

La anciana abrió la boca como sonriendo, pero su sonrisa era una mueca. Les mostró entonces unos colmillos que no eran humanos.

Mirando a Clorinda le dijo:

—Dame un pan —y señaló a la niña

Lady Bruja - Jane Francisca Speranza Wilde

 Hace unos cien años, vivía en Joyce’s Country una mujer a la que todos los vecinos tenían miedo, porque siempre disponía de mucho dinero, pese a que nadie sabía cómo lo conseguía; y en su casa se comía y bebía siempre lo mejor, sobre todo por la noche: carnes y aves y vino español en abundancia para todo el que quisiera pasarse por allí. Y, cuando la gente preguntaba de dónde salía todo aquello, ella se reía y respondía simplemente: «Lo he pagado».

Así que por todo el país se corrió la voz de que se había vendido al Maligno, y de que podía tener lo que quisiera con solo desearlo, y en razón de su riqueza la llamaron «Lady Bruja».

Solo salía por la noche, siempre con una brida y una fusta en la mano, y a menudo se oía en mitad de la noche a un caballo galopando a lo lejos, por los caminos cercanos a su casa.

Empezó a circular entonces el extraño rumor de que, si un hombre joven bebía sus vinos españoles en la cena y se quedaba dormido después, ella lo embridaba y lo convertía en caballo, para luego recorrer el país montada en él, y que todo lo que tocaba con su fusta pasaba a ser de su propiedad. Aves, o mantequilla, o vino, o tartas recién hechas… No tenía más que desearlo, y los espíritus se lo llevaban a casa y lo dejaban en su despensa. Cuando el viaje terminaba y ya había conseguido suficiente de todo lo que quería a lo largo y ancho del país, le quitaba la brida al joven y este volvía a su forma natural y se quedaba dormido; cuando se despertaba, no recordaba nada de lo ocurrido, y Lady Bruja lo invitaba a que volviera y bebiese sus vinos españoles siempre que quisiera.

Pues bien, había un muchacho magnífico y valiente en el vecindario que tomó la determinación de averiguar cuánta verdad encerraba aquella historia, por lo que iba a menudo a casa de Lady Bruja, hasta que entablaron amistad y se sentaba a charlar con ella, pero sin bajar nunca la guardia. Ella le cogió un gran aprecio y le dijo que tenía que ir a cenar alguna noche, que le daría lo mejor que tenía, y que no podía dejar de probar su vino español.

Así pues, fijó una fecha, y él acudió de buen grado, pues le picaba la curiosidad. Cuando llegó, había servida una espléndida cena acompañada con abundante vino. Comió y bebió, pero fue prudente con el vino, y vació su copa en el suelo cuando ella no miraba. Fingió entonces que tenía mucho sueño, y ella dijo:

—Hijo mío, estás agotado. Échate en aquel banco y duerme; se ha hecho muy tarde y estás lejos de tu casa.

De modo que se acostó como si estuviera muerto de sueño y cerró los ojos, pero sin dejar de vigilarla un instante.

Ella se acercó al poco y lo miró fijamente, pero él no se movió, solo respiró más profundamente.

A continuación, la mujer se alejó sin hacer ruido, cogió la brida de la pared y volvió a acercarse con el mismo sigilo para ponérsela en la cabeza, pero él se incorporó de pronto y, arrebatándole la brida, se la puso a ella, que se convirtió de inmediato en una briosa yegua gris. La sacó fuera, se subió de un salto y se alejó cabalgando a la velocidad del viento hasta que llegó a la forja.

—¡Herrero! —grito—. ¡Levántate y hierra mi yegua, que está agotada después del viaje!

Y el herrero se levantó e hizo el trabajo que se le pedía, con esmero y pericia. Cuando hubo terminado, el joven caballero volvió a montar, y regresó cabalgando como el viento a casa de la bruja; allí le quitó la brida, y ella recuperó al punto su forma natural y se sumió en un sueño profundo.

Pero, como en la forja habían puesto las herraduras sin decir la fórmula necesaria, siguieron clavadas a sus manos y sus pies, y no hubo poder en la tierra capaz de quitarlas.

Así que no volvió a levantarse de la cama nunca, y murió después de mucho tiempo soportando el dolor y la vergüenza. Nadie en todo el país acompañó el féretro de Lady Bruja a su tumba, y la brida ardió en el fuego, y nada quedó de todas sus riquezas más que un puñado de cenizas que fueron esparcidas por los cuatro puntos de la tierra y los cuatro vientos del cielo, con lo que se rompió el encantamiento y se puso fin al poder del Maligno.