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Muerte fuera de temporada - Mary Barrett

Miss Witherspoon se inclinó hacia el suelo y con su pequeño transplantador removió un poco de tierra en la hierba de su jardín. Se dijo en silencio que no debía cultivar ni remover la tierra demasiado cerca de las plantas, para no dañar las delicadas raíces de la hierba.  Miss Witherspoon era una jardinera muy cuidadosa, como atestiguaban los resultados conseguidos. Sus flores y césped eran de lo más lozano de la ciudad; en realidad, eran la envidia de todo el mundo, aunque sus vecinos no tuvieran la elegancia de confesarlo. «Britomar» restregó su lomo contra el tobillo de miss Witherspoon, ronroneando. Miss Witherspoon intentó apartar inútilmente a la gata negra, con un suave golpe de su enguantada mano izquierda. —Hola, miss Witherspoon —saludó una mujer desde la acera situada al otro lado de la blanca cerca de vallas. Se trataba de mistress Laurel, la divorciada, siempre elegantemente vestida, que se había instalado desde hacía poco en el vecindario. —¿Está usted arregla...

Un fantasma tropical - Carlos Fuentes

Les contó que en el pueblo donde vivía junto al mar había muy poca gente rica y una de ellas, fabulosamente pudiente, según decía el rumor, era una mujer muy anciana que ya no salía nunca y que, según todos los chismes de las mujeres del pueblo, guardaba tesoros incalculables y joyas finísimas en rincones secretos de su casa blanca, enjalbegada, de dos pisos, con columnas resistentes a las mordidas del mar...  Como nadie la veía desde hacía diez años, la gente empezó a darla por muerta. Y como nadie reclamaba su herencia, todos decidieron que el cuento de las joyas era perfectamente fantástico, que la señora sólo tenía bisutería. Y como la casa iba viniendo a menos, escarapeladas las columnas, llenos de goteras los porches y vencidas e inválidas las mecedoras traídas de la Nueva Orleans el siglo pasado, cuando eran la gran novedad gringa, el status symbol de los años 1860, cuando el auge de quién sabe qué, estaba claro que a nadie le interesaba reclamar ninguna herencia, si es...

La aparición - María Consuelo Villarán

Agustín bebió apresurado la taza de café que Clorinda le había servido. Hay camote para el pan, le dijo, alargando un plato pequeño con unas cuantas tajadas. El hombre cogió el camote con su recia mano velluda y lo introdujo al pan. —Solo tengo unos minutos para desayunar —comentó— ahorita tocan el pito de la fábrica. Clorinda se quitó el mandil que ceñía su figura. —Todavía tienes tiempo, toma tranquilo tu desayuno, yo te voy a envolver unas yucas fritas con queso para tu almuerzo. El hombre suspiró mirando a su mujer envolviendo apurada su merienda en un papel plástico. Él cogió el paquete y lo cubrió con un periódico. —Voy a trabajar de corrido —dijo, haciéndole una seña de despedida. Clorinda lo despidió con un ademán de mano. Se dirigió al dormitorio y vio a los niños que dormían, miró el reloj, ya era hora de que se levantaran para ir a la escuela. Suavemente los despertó y los comenzó a vestir, ante las quejas y protestas de los chicos que querían seguir durmiendo. Marita era la...

Lady Bruja - Jane Francisca Speranza Wilde

 Hace unos cien años, vivía en Joyce’s Country una mujer a la que todos los vecinos tenían miedo, porque siempre disponía de mucho dinero, pese a que nadie sabía cómo lo conseguía; y en su casa se comía y bebía siempre lo mejor, sobre todo por la noche: carnes y aves y vino español en abundancia para todo el que quisiera pasarse por allí. Y, cuando la gente preguntaba de dónde salía todo aquello, ella se reía y respondía simplemente: «Lo he pagado». Así que por todo el país se corrió la voz de que se había vendido al Maligno, y de que podía tener lo que quisiera con solo desearlo, y en razón de su riqueza la llamaron «Lady Bruja». Solo salía por la noche, siempre con una brida y una fusta en la mano, y a menudo se oía en mitad de la noche a un caballo galopando a lo lejos, por los caminos cercanos a su casa. Empezó a circular entonces el extraño rumor de que, si un hombre joven bebía sus vinos españoles en la cena y se quedaba dormido después, ella lo embridaba y lo convertía...