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Lady Bruja - Jane Francisca Speranza Wilde

 Hace unos cien años, vivía en Joyce’s Country una mujer a la que todos los vecinos tenían miedo, porque siempre disponía de mucho dinero, pese a que nadie sabía cómo lo conseguía; y en su casa se comía y bebía siempre lo mejor, sobre todo por la noche: carnes y aves y vino español en abundancia para todo el que quisiera pasarse por allí. Y, cuando la gente preguntaba de dónde salía todo aquello, ella se reía y respondía simplemente: «Lo he pagado».

Así que por todo el país se corrió la voz de que se había vendido al Maligno, y de que podía tener lo que quisiera con solo desearlo, y en razón de su riqueza la llamaron «Lady Bruja».

Solo salía por la noche, siempre con una brida y una fusta en la mano, y a menudo se oía en mitad de la noche a un caballo galopando a lo lejos, por los caminos cercanos a su casa.

Empezó a circular entonces el extraño rumor de que, si un hombre joven bebía sus vinos españoles en la cena y se quedaba dormido después, ella lo embridaba y lo convertía en caballo, para luego recorrer el país montada en él, y que todo lo que tocaba con su fusta pasaba a ser de su propiedad. Aves, o mantequilla, o vino, o tartas recién hechas… No tenía más que desearlo, y los espíritus se lo llevaban a casa y lo dejaban en su despensa. Cuando el viaje terminaba y ya había conseguido suficiente de todo lo que quería a lo largo y ancho del país, le quitaba la brida al joven y este volvía a su forma natural y se quedaba dormido; cuando se despertaba, no recordaba nada de lo ocurrido, y Lady Bruja lo invitaba a que volviera y bebiese sus vinos españoles siempre que quisiera.

Pues bien, había un muchacho magnífico y valiente en el vecindario que tomó la determinación de averiguar cuánta verdad encerraba aquella historia, por lo que iba a menudo a casa de Lady Bruja, hasta que entablaron amistad y se sentaba a charlar con ella, pero sin bajar nunca la guardia. Ella le cogió un gran aprecio y le dijo que tenía que ir a cenar alguna noche, que le daría lo mejor que tenía, y que no podía dejar de probar su vino español.

Así pues, fijó una fecha, y él acudió de buen grado, pues le picaba la curiosidad. Cuando llegó, había servida una espléndida cena acompañada con abundante vino. Comió y bebió, pero fue prudente con el vino, y vació su copa en el suelo cuando ella no miraba. Fingió entonces que tenía mucho sueño, y ella dijo:

—Hijo mío, estás agotado. Échate en aquel banco y duerme; se ha hecho muy tarde y estás lejos de tu casa.

De modo que se acostó como si estuviera muerto de sueño y cerró los ojos, pero sin dejar de vigilarla un instante.

Ella se acercó al poco y lo miró fijamente, pero él no se movió, solo respiró más profundamente.

A continuación, la mujer se alejó sin hacer ruido, cogió la brida de la pared y volvió a acercarse con el mismo sigilo para ponérsela en la cabeza, pero él se incorporó de pronto y, arrebatándole la brida, se la puso a ella, que se convirtió de inmediato en una briosa yegua gris. La sacó fuera, se subió de un salto y se alejó cabalgando a la velocidad del viento hasta que llegó a la forja.

—¡Herrero! —grito—. ¡Levántate y hierra mi yegua, que está agotada después del viaje!

Y el herrero se levantó e hizo el trabajo que se le pedía, con esmero y pericia. Cuando hubo terminado, el joven caballero volvió a montar, y regresó cabalgando como el viento a casa de la bruja; allí le quitó la brida, y ella recuperó al punto su forma natural y se sumió en un sueño profundo.

Pero, como en la forja habían puesto las herraduras sin decir la fórmula necesaria, siguieron clavadas a sus manos y sus pies, y no hubo poder en la tierra capaz de quitarlas.

Así que no volvió a levantarse de la cama nunca, y murió después de mucho tiempo soportando el dolor y la vergüenza. Nadie en todo el país acompañó el féretro de Lady Bruja a su tumba, y la brida ardió en el fuego, y nada quedó de todas sus riquezas más que un puñado de cenizas que fueron esparcidas por los cuatro puntos de la tierra y los cuatro vientos del cielo, con lo que se rompió el encantamiento y se puso fin al poder del Maligno.

La brujería en Gales - Mary Lewes

 Por extraordinario que parezca en estos tiempos realistas, las «brujas» y los «hechiceros» profesionales, según creo, ni mucho menos han desaparecido de las regiones rurales más remotas de Gales, aunque, por supuesto, su número, ya reducido, disminuye de día en día. Además, es muy difícil tener noticias suyas, puesto que rara vez dan pruebas de su talento. Pero no cabe duda de que pueden encontrarse con facilidad ejemplos no muy antiguos —quizá incluso actuales— de personas enfermas que consultaron con el hechicero local como último recurso cuando el tratamiento del médico tradicional había fallado.

Sea cual sea la cualidad o atributo propios de los hechiceros y las brujas, se decía a veces que era exclusivo de ciertas familias. En una aldea que quedaba a pocos kilómetros de mi casa, había una familia «de brujas»; es decir, que siempre había en ella uno u otro miembro que afirmaba tener poderes «de bruja».

La creencia en la relación entre brujas y liebres estaba muy extendida. Addison la menciona en uno de sus ensayos al hablar de una vieja bruja llamada Moll White: «Si una liebre logra escapar de forma sorprendente de unos perros de caza, el cazador maldice a Moll White […]. He visto cómo, en una ocasión así, el amo de una jauría mandaba a uno de sus criados a comprobar si Moll White había salido aquella mañana».

No solo se creía que las brujas se transformaban en liebres, sino que Elias Owen, en su Welsh Folk-lore [Folclore galés], nos cuenta que, en su época, los ancianos de Gales creían que las brujas, por medio de encantamientos, podían transformar a otras personas en animales. Recoge el caso de un hombre, en el vecindario de Ystrad Meurig (Cardiganshire), al que convirtieron en liebre mediante brujería. Refiere también el caso de una mujer de Gales del Norte que sabía, antes de que nadie se lo dijera, que cierta persona acababa de morir. El clérigo del distrito le preguntó cómo podía tener conocimiento de la muerte de aquel vecino si nadie la había informado y no había ido a su casa. Su respuesta fue: «Lo sé porque vi a una liebre venir desde la casa y cruzar el camino delante de mí». Evidentemente, la mujer había relacionado la aparición de la liebre con la muerte del hombre.

Se aprecia en esta historia un rastro de la creencia, imperante antiguamente en algunas partes de Gales, en la transfiguración de las almas, según la cual el alma que abandona el cuerpo del difunto se aloja en el de un animal.

Pero es probable que en toda Gales se tuviese a la liebre por una especie de heraldo de la muerte. Se dice que este animal era muy utilizado por los druidas en sus profecías, que hacían a partir de la interpretación de sus movimientos cuando arrancaban a correr. Así pues, es muy probable que la atmósfera incómoda que parece rodear a esta criatura inofensiva en todos los países celtas tenga su origen en su vínculo con los lejanos misterios druidas.

Antiguamente, las brujas galesas solían lanzar hechizos a animales y vecinos que las molestaban. Si la víctima era una vaca, enfermaba sin motivo aparente, dejaba de dar leche y, a menos que se rompiese el hechizo, moría. El efecto de la brujería en un cerdo consistía en una extraña locura, una especie de ataque; y también en este caso las consecuencias eran fatales si no se evitaba con un contrahechizo. No hace mucho, un recopilador de folclore citó uno de estos hechizos en un periódico local: «A una vieja bruja que vivía cerca de Llangadock (en Carmarthenshire), en una ocasión en que había embrujado a un cerdo, la obligaron después a “desembrujar” al animal. Ella puso la mano en el lomo del cerdo, y dijo: “Duwa’th gadwo i’th berchenog (Dios te guarde para tu dueño)”», lo que se antoja una forma dócil de calmar a un cerdo enloquecido.

A unos dos kilómetros y medio de mi casa, vivía una famosa bruja. Era conocida como Mary Perllan Peter, pues el nombre de su casa, situada en lo más profundo de un frondoso barranco —u hondonada, como solemos llamarlo aquí en Cardiganshire—, era Perllan Peter. Esta forma de ponerle nombre a la gente es habitual en Gales, donde la variedad de apellidos entre el campesinado tiende a ser muy limitada, con preferencia por los Jones, Davies, Evans, etc. De tal modo que el nombre de pila de la persona, seguido del de su casa, resulta mucho más distintivo que un apellido que seguramente coincide con el de un tercio de la región. Así pues, la bruja era «Mary del Huerto de Peter» (porque perllan significa «huerto», si bien nunca supe quién era Peter), y no cabe duda de que tenía grandes poderes, como demostrarán las siguientes historias.

Un día le pidió a un vecino que le trajera un poco de trigo que le hacía falta, y el hombre accedió a regañadientes, pues el sendero que llevaba hasta la casa era muy escarpado y no resultaba nada fácil bajarlo con una pesada carga de trigo. Se le cayó un poco por el camino, y Mary se enfadó mucho y farfulló amenazas delante de sus amigas cuando se marchó. Cuando él volvió a su casa y fue al establo, cuál no sería su sorpresa al ver a su pequeña yegua «sentada como un cerdo» sobre su grupa y mirando al frente con los ojos desorbitados. Se acercó a ella y tiró del cabestro para intentar ponerla de pie, pero no lo consiguió; el animal parecía incapaz de moverse. Entonces el hombre, muy asustado, se acordó de las amenazas de la bruja, pues no tenía ninguna duda de que la yegua estaba hechizada. Así que ordenó que hicieran venir a Mary para que rompiera el hechizo y, cuando esta llegó, fue derecha hacia el animal; «Moron fach[32] (¿Qué te pasa?)», fue lo único que dijo, y la yegua se puso en pie de un salto, tan sana y briosa como siempre.

En otra ocasión, Mary Perllan Peter fue al molino de un pueblo vecino para moler algo de trigo. El molinero realizó el trabajo con mucha lentitud, hasta tal punto que Mary acabó irritándose y maldijo el molino. Con lo cual, un momento después este empezó a girar en sentido contrario, y así continuó hasta que lograron aplacar a la bruja y rompió el hechizo.

Estos casos los relató un primo de Mary llamado John Pwllglas, quien, al parecer, creía sinceramente en el asombroso poder de su prima.

En Cardiganshire, como en otras muchas regiones rurales, se ha creído siempre con firmeza que, cuando la mantequilla no cuaja el día de batir la nata, es porque la nata o la mantequera han sido embrujadas. Había muchos remedios para este contratiempo: uno consistía en colgar una rama de serbal encima de la puerta de la lechería, y otro, en meter un cuchillo en la mantequera, pues todas las brujas, igual que las hadas, odian el hierro.

Conozco una casa de la que, hace unos años, la lechera se marchó en un acceso de furia. Nunca habían tenido ninguna dificultad en la preparación de la mantequilla en esa lechería en concreto, que funcionaba con gran eficiencia, pero, por extraño que parezca, desde la semana en que Jane la lechera se marchó, no había forma de cuajar la mantequilla.

Batir la nata era una tarea que en primavera se empezaba de buena mañana y duraba horas: todos los de la casa hacían turnos en la manivela, y por fin, hacia el mediodía, la renuente mantequilla se dignaba aparecer. Pero ¡qué mantequilla! Aquello era incomible, y esa situación se prolongó varias semanas; no era una cuestión de temperatura, ni de constancia en la tarea de batido, y los expertos en preparación de mantequilla no lograban dar con ninguna otra razón que explicase el sorprendente comportamiento de la nata. Por supuesto, todos los vecinos decían que Jane había embrujado la mantequera al marcharse; no soy capaz de dar una explicación, pero lo cierto es que, al cabo de cinco o seis semanas, y sin causa aparente, la mantequilla empezó de repente a cuajarse bien de nuevo, es de suponer que porque el «hechizo» había terminado.

En cierta ocasión en que fui a pasar unos días en Aberdovey, observé una depresión con forma extraña en la colina que había detrás de la escuela y, cuando pregunté, me dijeron que se llamaba Tumba de la Bruja, y que, al parecer, habían quemado allí a una bruja y enterrado después sus cenizas en el mismo lugar. El antiguo prado comunal se encontraba en el pequeño altiplano donde estaba la «tumba», así que, si se había quemado a alguien alguna vez, muy probablemente habría sido allí.

Esta es la única leyenda que he oído hasta ahora sobre brujas maltratadas en Gales. Creo que, a diferencia de lo ocurrido en otras regiones, en el Principado nunca se ha molestado mucho a las brujas y los hechiceros, sino que más bien se les temía y se les buscaba. La bruja quemada en Aberdovey, si hemos de dar crédito a la leyenda, fue quizá víctima de la terrible oleada de quemas y persecuciones que arrasó Gran Bretaña y el continente en los siglos XVII y XVIII.

La práctica de realizar hechizos con hilo estaba, según he podido averiguar, muy arraigada en la región de Aberdovey, si bien ya se ha abandonado casi por completo. Otra creencia extendida en la zona es la de la «mantequilla de bruja». Se trata de un tipo de hongo que se agita y tiembla cuando lo tocas. Trae muy mala suerte encontrárselo, pues significa que estás embrujado. El remedio consiste en coger un poco con mucho cuidado y clavarle agujas. Estas agujas remorderán la conciencia de quien te haya embrujado y conseguirán que retire el hechizo.

Llegó a mis oídos una curiosa historia sobre un capitán de barco de Aberdovey cuyo jardín estaba infestado de gusanos, lo que, según él, era resultado de un hechizo lanzado por una bruja a la que había ofendido.

Los «hechiceros» parecen haber florecido desde tiempos inmemoriales en Gales, donde cada población tenía antaño su dyn hysbys[33]. Se dice que si había tantos era por la supersticiosa práctica, extendida entre la ignorante población rural, de «sacrificar niños al Diablo» con la finalidad de convertirlos en «hechiceros». El reverendo Rees Pritchard, de Llaydovery, en un cántico contra los «prestidigitadores», alude a esta horrible costumbre:

Tynnu’r plentyn trwy ben crwcca.

Neu trwy’r fflam ar nos f’lamgaua,

a’u rhoi ymhinny felyn uchel,

yw offrumm plant i Gythraul.

Que significa: «Obligar a un niño a pasar por un aro de fuego en Halloween, y llevarlo al granero del molino para zarandearlo, es la forma de sacrificarlo al Maligno».

Creo que el primer paso de los descritos —es decir, obligarlo a pasar por un aro— podría hacer referencia a la costumbre galesa de hacer pasar a niños delicados por un fresno talado para curarlos de raquitismo u otras dolencias. Conozco a una persona que pasó por esta experiencia de pequeño, pero en su caso no cabe duda de que la intención fue únicamente curativa, y nada tuvo que ver en ello la devoción al Maligno. Sin embargo, en la época del vicario Pritchard —hace unos trescientos años, más o menos—, existían en el país, con toda certeza, muchos vestigios de creencias que han desaparecido desde entonces; del mismo modo que otras están desapareciendo poco a poco hoy en día y, a menos que los interesados en este tipo de cosas tomen nota de ellas, se perderán para las futuras generaciones.

Ni que decir tiene que el príncipe de Gales de los magos era Merlín, de quien todavía se cuentan maravillosos relatos y leyendas entre los vecinos de Carmarthen, el pueblo donde se supone que nació el gran astrólogo y adivino. Todavía se conserva una profecía suya en galés en la que predice el intento de desembarco de los franceses en Fishguard, y cómo lord Cawdor se encargaría de frustrarlo; se trata de un texto muy curioso, pero no aburriré a los lectores con más citas en lengua vernácula.

Se dice que Merlín profetizó también la inundación de Carmarthen, un desastre que, afortunadamente, no ha sucedido todavía[34].

Dejemos atrás la enigmática personalidad del gran mago, junto con otras muchas luces menos brillantes que le siguieron, y volvamos a tiempos históricos, donde encontramos numerosos ejemplos de «hechiceros» famosos, de quienes podría decirse que, en términos generales, su influencia entre la gente era beneficiosa, y su talento parecía más inclinado a la bondad que a la maldad. Un mago de Gales del Norte al que llamaban Mochyn y Nant y que murió hace unos cien años causaba pavor entre los malhechores de la región por el asombroso conocimiento que poseía de todos sus delitos, por muy en secreto que los cometiesen. De Quincey visitó una vez a Mochyn y Nant, y ofrece un divertido relato de la experiencia en sus Confesiones.

La siguiente historia, rescatada de entre mis notas, ilustra a la perfección el tipo de asunto sobre el que estos videntes eran consultados siempre.

Un caballero de Denbigshire perdió una gran copa de plata de gran valor, una reliquia familiar desde hacía varias generaciones. Después de indagar a conciencia totalmente en vano, decidió poner el asunto en manos de Robin Ddu, el mago. Robin fue a la casa solariega y, después de ponerse su gorro rojo en la cabeza, hizo llamar a los criados para que se presentaran ante él y les aseguró que encontraría al ladrón antes de medianoche. Todos negaron haber robado la copa. «En ese caso —dijo Robin—, puesto que sois inocentes, no tendréis inconveniente en que os haga una prueba mágica». Ordenó entonces que pusieran un gallo joven debajo de una olla en la despensa, y les dijo a todos los criados que frotasen la olla con las dos manos. Si alguno de ellos era culpable, el gallo cacarearía mientras el ladrón frotase el recipiente. Cuando todos hubieron pasado por la despensa, el mago ordenó que le enseñasen las manos, y advirtió que las del mayordomo estaban limpias. Su conciencia le había impedido tocar la olla. Robin lo acusó del robo, y el mayordomo lo reconoció, y al final la copa le fue restituida a su propietario.

Las siguientes historias, que me han llegado por la mejor de las fuentes, nos llevan al concejo de Llanfihangel-Geneurglyn, en Cardiganshire, y el John Price que se menciona vivía hace muy pocos años y, que yo sepa, sigue vivo.

Había un hombre en el pueblo de Llanfihangel que tenía una vaca enferma. No conseguía averiguar lo que le ocurría al animal, y al final, desesperado, fue a consultar a John Price, el hechicero, que vivía en Llanbadarn-fawr, a solo unos kilómetros. John afirmó de inmediato que la vaca estaba embrujada.

—Porque, como puedes ver —dijo—, tiene todos los dientes flojos.

—Caray, y ¿quién le habrá hecho eso? —preguntó el granjero.

—No lo sé —le respondió el hechicero—, pero sí puedo decirte que la persona que la ha embrujado ha visitado tu casa hoy.

No dijo nada más, y el granjero se marchó corriendo a su casa.

Fue a examinar la boca de la vaca sin perder un instante y, en efecto, todos los dientes estaban flojos. A continuación le preguntó a su mujer:

—¿Quién ha venido hoy?

—Nadie —respondió ella—, excepto… —y dijo el nombre de una pobre muchacha que iba de vez en cuando a buscar trabajo. Así supo el granjero quién había hechizado a su vaca, que, dicho sea de paso, se recuperó.

En el mismo distrito de Llanfihangel había un niño muy enfermo; tan enfermo, de hecho, que los médicos lo habían desahuciado. El padre fue en secreto a consultar a John Price, quien afirmó que el niño estaba embrujado pero se recuperaría; y así fue.

Conozco a un hombre que era vicario de este distrito cuando se dieron estos dos casos, y fue él quien los puso por escrito. Ahora es vicario de un distrito en el norte de Pembrokeshire.

Cerca de Borth (en la costa, a poca distancia de Aberystwyth), vivía en una granja otro hechicero al que se le consultaba a menudo. Llegó a mis oídos el caso de una joven que estaba enferma, y su familia pensaba que la habían embrujado, conque la llevaron al hechicero, quien les dijo que, cuando volviesen a casa, la primera persona que se encontrasen por el camino sería la «bruja» que le había echado el maleficio. Salieron hacia su casa, y no habían avanzado mucho cuando ¿a quién se cruzaron sino a un pobre anciano inofensivo que, como bien sabían ellos, no podía ser el responsable de aquella maldad? Así pues, volvieron a toda prisa a contárselo al hechicero, quien les respondió con calma:

—No ha sido él, sino su hermano fallecido. Y la muchacha no se pondrá bien hasta que el cuerpo de ese hombre se descomponga. —Es decir, al cabo de unos veinte años.

La historia no aclara si la familia creyó al mago en esta ocasión, pero la persona que me habló de él dijo que tenía muchos clientes, y que una de sus habilidades consistía en escribir «conjuros» para que la gente los llevase encima.

Por los días en que me hablaron de este mago, mi informador me preguntó si alguna vez había oído algo sobre el «vicario Pritchard de Pwllheli» (ya fallecido), quien en su época fue un conocido ahuyentador de fantasmas, y cuya fama aún perdura en Merionethshire, pues estaba muy solicitado en todo el país cada vez que un espectro molesto incordiaba. Provisto de una vela y un libro, al modo ortodoxo, le decía al fantasma:

—¿Me prometes que dejarás de perturbar esta casa mientras dure esta vela?

El espíritu lo prometía encantado, pensando que no tendría que esperar más que una o dos horas. Pero el vicario apagaba al momento la llama y metía la vela en una caja de plomo, la cerraba herméticamente y la enterraba bajo un árbol, donde sigue hoy en día, y el fantasma no puede seguir haciendo daño.

La mayoría de los lectores me perdonará esta digresión irrelevante por el ejemplo que supone de un clérigo más o menos moderno actuando como ahuyentador profesional de fantasmas.

El relato que sigue, sobre una bruja de Pembrokeshire, me lo mandó un viejo amigo hace algunos años, y es preferible reproducirlo aquí con sus propias palabras, cambiando tan solo los nombres personales por sus iniciales.

Estuve en Carmarthen la semana pasada, y volví en compañía del archidiácono H. y el señor H. W. En Whitland, un médico local entró en el compartimento; yo no lo conocía, pero ellos sí, y esto es lo esencial de lo que nos contó: vivía cerca de la abadía de Whitland una famosa bruja. La casa de esa mujer se vendió, y quien la compró fue un cuñado del narrador de la historia. Un guardabosques del señor Z., el propietario de la abadía, entró en la casita de la bruja. Ella se enfadó mucho y anunció que ajustaría cuentas con todos los implicados. Lo que ocurrió fue lo siguiente: la mujer del guardabosques se convirtió en madre (el narrador atendió el parto), y el niño nació con un número anómalo de extremidades, y murió. El cuñado del médico se vio aquejado de repente por una misteriosa enfermedad mientras se vestía una mañana, y tuvo que guardar cama durante mucho tiempo. El médico perdió una vaca, dos caballos y una cerda.

Estos sucesos causaron un gran revuelo, e incluso el señor Z. estaba preocupado. Era un poco supersticioso y estaba impaciente por que el médico le sacase sangre a la bruja colocando la hoja de un cortaplumas entre el dedo índice y el pulgar de tal modo que sobresaliese lo justo para hacerla sangrar sin producirle una herida grave. El médico dijo que no estaba dispuesto a hacerlo, porque ¡la mujer lo denunciaría por agresión!

Cuando se le requirió, el médico atendió a la bruja, pero por nada del mundo se habría atrevido a presentarle la factura.

Si los hechos relatados anteriormente son ciertos, sin duda presentan un ejemplo extraordinario de «malevolencia»: un poder que desde hace siglos se cree que poseen unas pocas personas de voluntad férrea y disposición malvada, y que inspira un miedo tan antiguo como la humanidad, aún latente, como hemos visto, entre la población rural de regiones remotas de este y otros muchos países.

El tema de las brujas nos lleva de forma natural a los extraordinarios remedios que prescribían a menudo y a los antiguos herbolarios hasta llegar a los albores del pasado siglo, o después incluso. Todavía puede encontrarse a gente que visita y consulta a los herboristas, encontrándolos a veces escondidos en tendejones oscuros y polvorientos de callejuelas apartadas del centro, o viviendo, solos por lo general, en apartadas casitas de campo cerca de algún bosque o páramo en remotas zonas rurales. Y no hay duda de que algunas de las mixturas que prescriben estos «herboristas» modernos son efectivas y están preparadas hoy en día a partir de productos alimenticios comunes y plantas más o menos saludables y totalmente inofensivas. Es improbable, por ejemplo, que un herbolario del siglo XX le venda lombrices secas a un paciente como remedio para los ataques, o le recomiende aceite de lombriz para tratar los nervios y «aliviar el dolor de las articulaciones». Y, aunque se recetasen estos remedios, nadie en su sano juicio se tomaría algo tan nauseabundo.

Sin embargo, hace poco más de un siglo, no solo era habitual encontrar en las prescripciones de «hechiceros» y herbolarios cosas así de desagradables, sino que hay razones fundadas para creer que ingredientes que hoy se nos antojan espantosos eran ingeridos con docilidad y fe ciega en su eficacia por personas cultivadas, no solo por las clases ignorantes y menos exigentes.

Me prestaron en una ocasión un libro antiguo y curioso; se titulaba A General Dispensatory [Farmacopea general], del doctor R. Brookes, y la fecha de publicación era 1753. Había una larga lista, ordenada alfabéticamente, de toda la materia medica utilizada en el siglo XVIII, y algunas de esas «materias» eran de lo más extrañas. Una buena parte del recetario consistía en preparaciones a partir de varios tipos de piedra; de estas, las principales eran la piedra de águila, la piedra de judío, la de bezoar y la de sangre. El bezoar se extraía de ciertas especies de «cabra montés, llamada por algunos “capricarva” […]. Se trata de un animal muy medroso al que le encanta la montaña y rara vez desciende a la llanura […]. Se ensalza el uso de las piedras como antídoto contra toda suerte de venenos, plagas, enfermedades contagiosas, fiebres malignas; contra la viruela y el sarampión»…

Estas piedras se molían y se administraban en polvos. Otras se aplicaban externamente frotando la parte afectada. Me consta que hay una piedra en Cardiganshire, del tamaño de una canica grande, que era utilizada antiguamente para curar el bocio; se les prestaba a los afectados por esta dolencia para que la frotasen contra su cuello. Su actual propietaria, una dama anciana, conoce casos en los que la piedra, sin la menor duda, curó esta enfermedad en otros tiempos. Al parecer, existe la creencia de que dicha piedra está relacionada de algún modo con una serpiente, si bien nadie recuerda la naturaleza exacta de esa relación. Pero es muy probable que se la conociera en tiempos remotos como piedra de serpiente, y que se creyera que había sido extraída de la cabeza de una serpiente; pues en Gales se pensaba que ese tipo de piedras se encontraban a veces en la cabeza de sapos y víboras, y que estaban dotadas de maravillosos poderes mágicos y curativos.

La piedra de sangre, por supuesto, se ha utilizado desde tiempos inmemoriales para detener hemorragias, y otro remedio para lo mismo era el hueso o «piedra» sacado de la cabeza de un manatí o vaca marina. Llevar pelo de liebre en el bolsillo prevenía el ardor de estómago. Otro remedio «de bolsillo» era una patata para el reumatismo, y tengo constancia de que se confiaba en él hasta hace muy poco tiempo. Por lo visto, los ojos de cangrejo —probablemente secados y en polvo— eran una medicina popular; se decía que la mandíbula de lucio tenía propiedades muy parecidas a las de los ojos de cangrejo, pero resultaban más «eficaces para la pleuresía y la neumonía». El ámbar gris, quemado y reducido a polvo, se echaba en un calientaplatos, y el humo se inhalaba para detener las hemorragias nasales. Este precioso producto marino se llevaba a modo de amuleto contra las brujas, el mal de ojo[35] y la ceguera.

El caldo de caracoles se consideraba un gran remedio rural para la tisis antiguamente. Culpeper, en su libro Herbal, da una receta para prepararlo. «Se lavan los caracoles con su concha, a continuación se rompe la concha y se hierven en agua mineral, pero sin quitar la espuma, pues esta se irá depositando en el fondo por sí sola, y el caldo resultante, tomado como una bebida normal, es un remedio excelente para la tisis». El «agua de caracol» también se prescribe para la misma enfermedad; era una mixtura verdaderamente espantosa, pues, además de «dos kilos de caracoles de jardín», incluía hiedra picada, pata de potro, escabiosa, pulmonaria, verdolaga, ambrosía, verónica, sangre de cerdo castrado y vino blanco, hojas secas de tabaco, orozuz, elecampana, orris, semillas de algodón, semillas de anís, azafrán, rosas rojas, violetas y flores de borraja; se dejaba macerando tres días y después se destilaba. Uno se pregunta si el desdichado paciente que ingería esta decocción tenía la menor idea de lo que estaba tragando. Un pulmón de zorro desecado y convertido en jarabe, así como succionar el extremo de un palo de regaliz, eran también «remedios de acción rápida en tísicos».

Las natillas, o el trigo hervido hasta crear una gelatina, eran otro remedio rural para la tisis, especialmente en Gales, donde los ancianos también ensalzaban las virtudes de la infusión de ortigas, «muy buena para el pecho» y para dolencias varias.

Una decocción de semillas de ortiga se suponía que curaba la rabia, pero no era el único remedio aconsejado para esta temida enfermedad. Una que encontré en un recetario manuscrito muy antiguo, bajo el encabezamiento «Para la mordedura de un perro rabioso», era sencilla en extremo: «Pelar una cebolla, mezclarla con miel y sal y aplicar en la herida». Frotar con cebolla una picadura de abeja o avispa proporciona sin duda un alivio inmediato, pero cuesta imaginar que pueda hacer mucho para contrarrestar el veneno mortal de la rabia. La raíz de hepática —lichen caninus— se consideraba infalible para curar o prevenir en el caso de mordedura de perro rabioso. Hay que mezclar la hepática molida con pimienta negra, y el paciente «debe perder entre doscientos cincuenta y trescientos mililitros de sangre, para después tomar dos gramos y medio del polvo todas las mañanas en ayunas, durante cuatro mañanas seguidas, con un cuarto de litro de leche de vaca tibia; a continuación ha de meterse en una bañera con agua fría, en un manantial o en un río a primera hora de la mañana, antes de desayunar, durante cuarenta días seguidos, sumergiéndose por completo; pero no debe permanecer allí con la cabeza fuera del agua más de medio minuto, si el agua está muy fría».

Otro curioso específico para la rabia lo menciona Iolo Morganwg en su Diario de 1802. Mientras paseaba en dirección a Llanfernach, en North Pembrokeshire, se encontró con un hombre «que cargaba con una piedra por aquella región, que él llamaba Llysfaen. La raspaba con un cuchillo para conseguir polvo y lo vendía a unos cinco chelines la onza como remedio infalible para la rabia canina. Decía que aquella piedra solo podía conseguirse en la montaña después de una tormenta eléctrica, y que no todos eran capaces de encontrarla. Yo le aseguré que no era más que alabastro de Glamorganshire, pero me sorprendió oír a mucha gente afirmar con rotundidad que habían visto con sus propios ojos cómo esos polvos curaban la rabia en perros y en personas, después de haberlos tomado con leche nueve días seguidos, durante los cuales eran la única bebida y también el único alimento».

Un método mucho más drástico que el arriba mencionado para tratar a pacientes con rabia lo cita la señora Trevelyan como un remedio que antiguamente gozaba de gran popularidad en toda la costa de Gales. A la persona que había sido mordida se la llevaba en barco al mar. «Antes de nada, se la ataba con firmeza de pies y manos, y, cuando ya estaba a cierta distancia de la costa, dos hombres la sumergían en el agua tres veces. En cada ocasión, al hombre, o mujer, si ese era el caso, se le preguntaba si había tenido suficiente. Pero, justo cuando abría la boca para responder, lo hundían de nuevo. La zambullida se repetía nueve veces, haciendo una pausa cada tres para darle al paciente la oportunidad de tomar aire. La impresión o el miedo temporal producido por las zambullidas, y la cantidad de agua tragada, obraban su efecto».

La recurrencia del número nueve en muchas de estas viejas recetas resulta llamativa, y pone de manifiesto que estos tratamientos rudimentarios escondían un significado místico en el que residía el poder «curativo», y que posiblemente seguía curando a los que los utilizaban con fe mucho después de que ese significado cayera en el olvido.

Verdaderamente asombrosos eran algunos de los remedios prescritos para «la enfermedad que te derrumba», como se conocía a la epilepsia. Ya he mencionado el uso de lombrices en polvo, pero también se tomaban decocciones de madera y hojas de muérdago; y la pezuña de alce, bien llevándola en un anillo, bien raspada e ingerida, era una recomendación habitual. «Pero —aclara una autoridad en la materia— tiene que ser la pezuña de la pata trasera derecha». Con más fervor aún se creía en el poder curativo de un polvo hecho a partir de cráneos humanos, un ingrediente repugnante que figura en una receta que tengo para «los ataques convulsivos». «Tómese cinabrio nativo, raíces de peonía macho y un preparado de cráneo humano, treinta gramos de cada cosa; azúcar blanco y sal de ámbar, dos gramos de cada; mézclese todo y divídase en cuarenta y ocho partes iguales. Esta es la receta del doctor Pughe».

Se consideraban especialmente valiosos los cráneos de quienes habían sufrido una muerte violenta, y las cabezas de los delincuentes se compraban con avidez por este motivo. El hígado de erizo, secado, pulverizado y bebido con vino, era otro específico para la epilepsia.

Las víboras eran muy apreciadas como medicina en varias partes del país, y, preparadas de diversas formas, se tomaban con gran fe. La antigua farmacopea citada más arriba dice: «La carne de víbora se considera un fantástico reconstituyente, muy balsámica, enemiga de toda malignidad y excelente para purificar la sangre, razón por la que se prescribe para alargar la vida y contrarrestar venenos».

He leído una vieja receta para preparar «caldo de víbora», que incluye pollo además de serpiente; solo cabe esperar, pues, que el sabor predominante fuera el del ave y no el de la sierpe.

No parece del todo descabellado que haya varias hierbas que posean propiedades terapéuticas para mejorar la visión; la eufrasia se utilizaba mucho a tal objeto. Pero cuesta creer que comer crías de golondrina, algo que se recomendaba también, pudiera beneficiar en algo a los ojos, a menos que los polluelos se tomasen acompañados de una ingente cantidad de fe.

En algunos distritos, se creía que llevar un sapo desecado en el sobaco prevenía la fiebre. A los pobres animalillos los metían vivos en una vasija de barro y los secaban poco a poco en un horno con calor moderado hasta que estaban listos para reducirlos a polvo. El mismo procedimiento se seguía con las abejas; y una antigua receta dice: «Quemar hasta reducir a cenizas y convertirlas en sosa, y de pelo se cubrirá la cabeza calva que se lave con ella».

Un extraño remedio para la ictericia consistía en rebozar con mantequilla una araña viva hasta formar una píldora y tragársela. Muy recientemente leí en el periódico el caso de un niño al que habían encontrado con una araña encerrada en una nuez que, a su vez, llevaba colgada del cuello con el propósito de curarse de tos ferina. Pero lo llevaba a modo de amuleto, por supuesto; un tipo de remedio que, según parece, gozará de popularidad mientras el mundo siga girando.

Las bebidas dietéticas eran un recurso frecuente de los médicos poco profesionales de las zonas rurales, y seguro que pueden encontrarse recetas para su preparación en alguno de esos singulares «libros caseros» que atesoran las viejas casas solariegas. Tuve la oportunidad de hojear uno de ellos, y di con una receta para la preparación de una «bebida dietética» compuesta por no menos de diecinueve ingredientes, en su mayoría hierbas, tales como saúco menor, celidonia, retama negra, aro, verónica, ajenjo, eufrasia, etcétera, etcétera, hasta llenar «dos cubos y medio de bebida». Siento lástima por la pobre víctima que tuviera que empezar el día bebiéndose una taza de tan nauseabunda mixtura.

En el Cardiganshire actual, se cree que una decocción de zuzón silvestre es excelente para el reumatismo; y otra de ajo se recomienda para «la indigestión». Me consta que en ese mismo condado se aplican hojas de zarzamora para curar úlceras; se trata de un remedio muy antiguo, y su supervivencia es interesante. Como también lo es que en la parroquia de Talybont, en North Cardiganshire, haya una familia que posee una receta para la cura de la erisipela, la cual ha alcanzado una fama considerable en la zona, pero cuyo secreto no conoce nadie más que ellos.

Ese punto de secretismo es una característica común a casi todos estos «remedios» rurales; vestigio sin duda de la antigua creencia de que, para que un tratamiento médico funcione, debe estar envuelto en misterio.

La bruja del ámbar - Lady Duff-Gordon

 Cuando comparecimos de nuevo ante el tribunal, la sala estaba abarrotada, y algunos se estremecieron al vernos, mientras que otros rompieron a llorar; mi hija volvió a negar la acusación de que era una bruja. Pero cuando llamaron a declarar a nuestra vieja sirvienta Ilse, a la que no habíamos visto porque estaba sentada en un banco del fondo, la entereza de la que el Señor había dotado a Mary la abandonó de nuevo, y repitió las palabras de nuestro Salvador: «El que come conmigo se ha vuelto contra mí»; y se agarró con fuerza a mi silla. La vieja Ilse también se tambaleaba al caminar debido a la pena, las lágrimas le impedían hablar y se contorsionaba como si la estuvieran sometiendo a un suplicio. Pero, cuando el Dom. Consul la amenazó con que el alguacil la ayudaría a hablar, declaró que mi hija se despertaba a menudo por la noche y llamaba en voz alta al abyecto demonio.

P: ¿Alguna vez ha oído que Satanás le respondiera?

R: No, nunca le he oído.

P: ¿Ha observado que la rea[37] tenga un familiar[38], y en qué forma? Recuerde que se encuentra bajo juramento y ha de decir la verdad.

R: Nunca he visto ninguno.

P: ¿La ha oído alguna vez salir volando por la chimenea?

R: No, siempre ha salido en silencio por la puerta.

P: ¿Nunca ha echado en falta por la mañana su escoba o su horca?

R: Una vez la escoba no estaba, pero la encontré detrás de la cocina, donde pude haberla dejado yo por equivocación.

P: ¿Alguna vez ha oído a la rea lanzar un maleficio, o desearle mal a esta o aquella persona?

R: No, nunca; lo único que les ha deseado siempre a los vecinos es el bien; y no solo eso, sino que, en las épocas en que más acuciaba el hambre, se ha quitado el pan de la boca para dárselo a otros.

P: ¿Está al tanto del ungüento que se ha encontrado en el cofre de la rea?

R: ¡Sí, claro! Mi joven señora lo trajo de Wolgast para su piel, y me dio un poco en una ocasión en que yo tenía las manos agrietadas, y me alivió mucho.

P: ¿Tiene algo más que decir?

R: No. Solo cosas buenas.

Llamaron a continuación a mi criado, Claus Neels. También él se presentó llorando, pero respondió a todas las preguntas con un «no», y al final declaró que nunca había visto ni oído nada malo de mi hija, y que no tenía conocimiento de sus actividades nocturnas, puesto que dormía en el establo con los caballos; tenía además el absoluto convencimiento de que algunas personas malvadas —al decir esto miró a la vieja Lizzie— la habían arrastrado a esta desgracia, y creía que era completamente inocente.

Cuando le llegó el turno a aquella extremidad de Satanás, que era la testigo principal, mi hija volvió a declarar que no aceptaba el testimonio de la vieja Lizzie contra ella, y pidió justicia al tribunal, pues esa mujer la odiaba desde pequeña y tenía costumbres y fama de bruja desde mucho antes que ella.

Pero la vieja arpía exclamó:

—Que Dios perdone tus pecados; todos en el pueblo saben que soy una mujer devota y fiel servidora del Señor.

Apeló entonces al viejo Zuter Witthahn y a mi coadjutor, Claus Bulk, quienes así lo atestiguaron. El viejo Paasch, en cambio, se quedó de pie negando con la cabeza; sin embargo, cuando mi hija dijo: «Paasch, ¿por qué mueves la cabeza?», él se sobresaltó y respondió:

—¡Oh, por nada!

No obstante, el Dom. Consul también se había dado cuenta, y le preguntó si tenía alguna acusación que hacer contra Lizzie; de ser así, debía rendir gloria a Dios y formularla; item[39], todos estaban en la obligación de hacerlo; es más, el tribunal les exhortaba a que dijeran todo lo que supieran.

Pero, por miedo a la vieja arpía, todos callaron como ratoncillos, de forma que podía oírse a las moscas sobrevolando la escribanía. Entonces me puse en pie, cargando con toda mi desdicha, extendí los brazos hacia mis asombrados y pusilánimes sirvientes, y les hablé así:

—¿Seréis capaces de crucificarme de esta forma junto a mi pobre hija? ¿Acaso merezco esto de vosotros? Hablad, pues; ¡ay de mí!, ¿es que vais a guardar silencio?

Lo cierto es que oí cómo varios lloraban amargamente, pero nadie dijo una palabra; y en ese momento mi pobre hija fue obligada a guardar silencio.

Y tal fue la maldad de la vieja arpía que no solo acusó a mi hija de los actos más horribles de brujería, sino que contó también que un día la muchacha se había entregado a Satanás para que le robase su honor de doncella; y dijo que sin duda Satanás la había deshonrado. Mi hija no respondió, pero bajó la mirada y el rostro se le encendió de vergüenza ante semejante obscenidad; y a la otra calumnia blasfema que la vieja arpía lanzó con muchas lágrimas, esto es, que mi hija había entregado a su marido (el de Lizzie), en cuerpo y alma, a Satanás, ella reaccionó como lo había hecho antes. Pero, cuando la vieja bruja pasó a relatar cómo la había visto bautizándose de nuevo en el mar, y dijo que, mientras buscaba fresas en el bosquecillo, había reconocido la voz de mi hija y se había acercado sigilosamente a ella, y había observado aquella conducta diabólica, mi hija sonrió y respondió:

—¡Mujer malvada! ¿Cómo pudiste oír mi voz si yo estaba en el mar y tú en el bosque en lo alto de la montaña? Está claro que mientes, puesto que el murmullo de las olas te lo habría impedido.

Esto enfureció a la arpía y, al intentar deshacer el error, lo agravó aún más diciendo:

—¡Vi el movimiento de tus labios, y así fue como supe que estabas llamando a tu amante el Diablo!

A lo que mi hija replicó:

—¡Vieja impía! Acabas de decir que estabas en el bosque cuando oíste mi voz; ¿cómo pudiste ver desde allí si yo, que estaba abajo en el agua, movía los labios o no?

Estas contradicciones asombraron incluso al Dom. Consul, por lo que amenazó a la vieja bruja con el potro de tortura si seguía mintiendo; a lo que ella respondió:

—¡Escuche, entonces, y verá si miento! Cuando se metió desnuda en el agua, no tenía ninguna marca en el cuerpo, pero, cuando volvió a salir, vi entre sus pechos una marca del tamaño de un penique de plata, por lo que deduje que se la había hecho el Diablo, si bien no lo había visto con ella, ni había visto tampoco ningún espíritu o humano, pues parecía estar completamente sola.

En ese momento, el gobernador civil saltó de su asiento y gritó:

—¡Hay que buscar esa marca ahora mismo!

A lo que el Dom. Consul respondió:

—Sí, pero no lo haremos nosotros, sino dos mujeres de buena reputación.

Haciendo oídos sordos a las protestas de mi hija, que intentaba explicarle que se trataba de un lunar y que lo tenía desde la infancia, mandó buscar a la mujer del alguacil y, cuando se presentó, le murmuró algo al oído. Como los ruegos y las lágrimas no sirvieron de nada, obligaron a mi hija a ir con ella. No obstante, le concedieron el favor de que no fuera Lizzie Kolken la otra mujer, como a esta le habría gustado, sino nuestra vieja doncella Ilse. También yo las acompañé, con gran pesar, pues no sabía lo que podían hacerle esas dos mujeres. Mary lloró amargamente mientras la desvestían, y se tapó los ojos con las manos, incapaz de soportar la vergüenza.

¡Ay de mí!, su cuerpo era tan blanco como el de mi difunta esposa; aunque de niña, si mal no recuerdo, era muy amarilla, y vi con asombro el lunar entre sus pechos, del que nunca antes había oído hablar. De pronto soltó un fuerte grito y dio un salto hacia atrás, pues la mujer del alguacil, cuando nadie la miraba, le había clavado un alfiler en el lunar, tan profundamente que la sangre roja goteaba entre sus pechos. Esto me enfureció, pero la mujer dijo que lo había hecho por orden del juez, lo que resultó cierto[40], pues, cuando volvimos al tribunal y el gobernador civil le preguntó cómo había ido, ella testificó que tenía una marca del tamaño de un penique de plata, de color amarillento, pero que tenía sensibilidad, dado que la rea había gritado cuando ella, sin que se diera cuenta, la había pinchado con un alfiler. Sin embargo, el Dom. Camerarius, entretanto, se había levantado de pronto y, acercándose a mi hija, le levantó los párpados y exclamó, poniéndose a temblar:

—Contemplad la señal que nunca falla.

Toda la sala se puso en pie y miró el pequeño punto debajo de su párpado derecho, que era en verdad la marca de un orzuelo, pero nadie quiso creernos.

—¡Mira, Satanás te ha marcado el cuerpo y el alma! —dijo el Dom. Consul—. Y tú sigues mintiendo ante el Espíritu Santo; pero no te servirá de nada, pues recibirás el castigo más severo. ¡Mujer desvergonzada! Has negado el testimonio de la vieja Lizzie; ¿negarás también el de todas estas personas, que te han oído llamar en la montaña a tu amante el Diablo, y lo han visto aparecer en forma de gigante barbudo que te besaba y te acariciaba?

Al oír esto, el viejo Paasch, la señora Witthahn y Zuter se presentaron para dar testimonio de que habían visto cómo esto sucedía en torno a la medianoche, y tan seguros estaban que lo habrían jurado por su vida. Contaron que la vieja Lizzie los había despertado un sábado a las once de la noche, les había dado una jarra de cerveza y los había convencido para que siguieran a escondidas a la hija del párroco y espiaran lo que hacía en la montaña. Al principio se negaron, pero, con el fin de averiguar la verdad sobre la brujería en el pueblo, y después de rezar con fervor una oración, consintieron por fin en hacer lo que se les pedía y la siguieron en nombre del Señor.

No tardaron en ver a través de los arbustos a la bruja bajo la luz de la luna; parecía estar cavando, sin dejar de hablar mientras tanto en una lengua extraña, cuando apareció de pronto el horrible demonio y se lanzó a su cuello. Huyeron entonces despavoridos, pero, con la ayuda de Dios Todopoderoso, en quien habían depositado su fe desde el primer momento, quedaron a salvo del poder del Maligno. Pues, aunque se dio la vuelta al oír un crujido en los arbustos, no tuvo poder suficiente para hacerles daño.

Finalmente, a mi hija le imputaron como delito incluso que se hubiera desmayado en la carretera de Coserow a Pudgle; nadie creyó que hubiera sido a causa de la humillación producida por las habladurías de la vieja Lizzie, y no por mala conciencia, como afirmó el juez.

Cuando se hubo interrogado a todos los testigos, el Dom. Consul le preguntó si había provocado ella la tormenta, cuál era el significado de la rana que había saltado en su regazo, item, del erizo que se había cruzado en su camino. A todo esto respondió que sabía tan poco de una cosa como de la otra, en vista de lo cual el Dom. Consul negó con la cabeza y ordenó que se la sometiera a tortura para determinar la verdad. El tribunal acordó de inmediato que debía hacerse al día siguiente, y se levantó la sesión. A mi hija se la llevaron a prisión, donde tendría que esperar a su interrogatorio.

El jueves, día 25 de Augusti, a mediodía, el honorable tribunal entró en la prisión en la que yo estaba haciendo compañía a mi hija, como era mi costumbre. El alto alguacil se asomó por la puerta de la celda y, con una sonrisa, gritó:

—¡Ajajá! Ya están aquí, ya están aquí; ahora empiezan las cosquillas.

Mi hija se estremeció, pero no tanto por la noticia como por la visión de aquel sujeto. Apenas se había ido cuando volvió de nuevo para quitarle los grilletes y llevársela. La acompañé al tribunal, donde el Dom. Consul leyó la sentencia del honorable y alto tribunal como sigue: que debía ser interrogada una vez más con buenos modos en relación a los artículos incluidos en la acusación; y, si persistía en mostrarse testaruda, debería ser sometida a la peine forte et dure, puesto que la defensio presentada resultaba insuficiente y había indicia legitima, prægnantia et sufficientia ad torturam ipsam[41]; a saber:

1. Mala fama.

2. Maleficium, publicè commissum.

3. Apparitio dæmonis in monte[42].

El honorabilísimo tribunal central citó entonces más de veinte auctores, de los que, sin embargo, solo recuerdo unos pocos. Cuando el Dom. Consul le hubo leído esto a mi hija, alzó la voz una vez más y la conminó con muchas palabras a confesar por voluntad propia, pues era hora de que la verdad saliese a la luz.

Ella respondió con rotundidad que esperaba una sentencia mejor, pero que, como era la voluntad de Dios someterla a una prueba aún más dura, se ponía resignadamente en Sus manos misericordiosas, y solo podía confesar lo que ya había dicho antes: esto es, que era inocente y que algunas personas malvadas la habían arrastrado a esta desgracia. El Dom. Consul le hizo entonces una señal al alguacil y este abrió de inmediato la puerta de la sala contigua para dejar entrar al Pastor Benzensis con su sobrepelliz, a quien el tribunal había llamado para que la conminara de forma más efectiva valiéndose de la Palabra de Dios.

Suspiró profundamente y dijo:

—Mary, Mary, ¿es así como tenemos que volver a vernos?

Al oír esto, mi hija rompió a llorar con amargura y a declarar su inocencia una vez más. Pero él hizo caso omiso de su aflicción, y en cuanto la oyó rezar el Padrenuestro, «Los ojos de todos están puestos en Ti» y «Dios Padre habita en nosotros», alzó su voz y le recordó el odio del Dios vivo a todos los brujos y brujas, pues no solo se les castiga con el fuego en el Antiguo Testamento, sino que lo dice el Espíritu Santo en el Nuevo Testamento (Gálatas, 5), que «los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios», sino que «serán arrojados al lago de fuego y azufre, que es la segunda muerte» (Apocalipsis, 21). Por eso no debía ser testaruda ni murmurar contra el tribunal cuando fuera torturada, puesto que todo se hacía por amor cristiano y para salvar su alma desdichada. No debía retrasar más su arrepentimiento, porque solo conseguiría torturar su cuerpo y entregarle su alma desgraciada a Satanás, quien con toda seguridad no cumpliría en el infierno las promesas que le había hecho en la tierra, ya que era «un asesino desde el principio, y no dice nunca la verdad, porque es el padre de la mentira» (Juan, 8).

—¡Ay, Mary, hija mía! —exclamó—, tú que tantas veces te has sentado en mis rodillas, y por quien ahora imploro cada noche y cada mañana a mi Dios, si no te apiadas de ti ni de mí, apiádate al menos de tu honrado padre, a quien no soy capaz de mirar sin que se me salten las lágrimas al ver que su pelo se ha vuelto del color de la nieve en tan solo unos días. Salva tu alma, hija mía, y ¡confiesa! Tu Padre Celestial sufre por ti tanto como tu padre terrenal, y los santos ángeles ocultan su rostro por el dolor que les causa ver a quien fue una vez su hermana querida convertida ahora en la hermana y novia del Diablo. ¡Regresa, pues, y arrepiéntete! Hoy el Salvador te llama, pobre cordero descarriado, para que vuelvas a Su rebaño. «¿No debería esta mujer, que es hija de Abraham, y a quien Satanás ha maniatado… ser liberada de esta atadura?». Tales son sus compasivas palabras (Lucas, 13); item, «Regresa, apóstata Israel, dijo el Señor, y no descargaré mi ira contra ti, pues soy misericordioso» (Jeremías, 3). ¡Regresa, pues, alma apóstata, junto al Señor tu Dios! Él, que escuchó la oración del idólatra Manasés, cuando «buscó al Señor su Dios y se humilló» (2 Crónicas, 23); Él, que mediante Pablo aceptó el arrepentimiento de los brujos de Éfeso (Hechos, 19); el mismo Dios misericordioso que ahora te grita a ti como lo hizo al ángel de la iglesia de Éfeso, diciendo: «Recuerda, por lo tanto, de dónde has caído y arrepiéntete» (Apocalipsis, 2). ¡Oh, Mary, Mary, recuerda, hija mía, de dónde has caído, y arrepiéntete!

Con esto guardó silencio, y pasó un rato hasta que las lágrimas y los sollozos permitieron hablar a mi hija, quien al fin respondió:

—Si las mentiras no le resultan menos detestables a Dios que la brujería, no puedo mentir, sino más bien declarar, por la gloria de Dios, lo mismo que he declarado siempre: que soy inocente.

Esta respuesta enojó sobremanera al Dom. Consul, que frunció el ceño y le preguntó al alguacil si estaba todo listo; item, si las mujeres estaban preparadas para desvestir a la rea; a lo que el alguacil respondió con una sonrisa, como era su costumbre, y dijo:

—Ja, ja, ja. Nunca he faltado a mi deber, y no lo haré hoy; le haré cosquillas de tal forma que no tardará en confesar.

A continuación, el Dom. Consul se volvió hacia mi hija y dijo:

—Eres estúpida, y no sabes el tormento que te espera, por eso sigues obstinándote en tu actitud. Ahora sígueme a la cámara de tortura, donde el verdugo te mostrará los instrumenta, y tal vez recapacites cuando veas a lo que te enfrentas.

Pasó entonces a otra sala, y el alguacil lo siguió con mi hija. Cuando me disponía a acompañarlos, el Pastor Benzensis me sujetó, con muchas lágrimas, y me suplicó que me quedase donde estaba. Pero no le presté atención y me zafé de él, y juré que, mientras corriese una gota de sangre por mi desgraciado cuerpo, no abandonaría a mi hija. Así pues, pasé a la sala contigua, y de ahí a un sótano, donde estaba la cámara de tortura, sin ventanas para que desde fuera no se oyeran los gritos del torturado. Cuando entré, ya ardían dos teas, y aunque al principio el Dom. Consul me ordenó que me marchara, al cabo de un rato se compadeció de mí y me permitió quedarme.

Después, aquel perro del infierno que era el alguacil se adelantó y primero le enseñó a mi pobre hija el potro, diciendo con salvaje regocijo:

—¡Mira! En primer lugar, te tumbarás aquí, y te ataremos de pies y manos. A continuación, te colocaremos estas empulgueras[43], que enseguida harán que la sangre mane a chorros de la punta de tus dedos; como tal vez hayas observado, todavía están manchadas con la sangre de la vieja Gussy Biehlke, a la que quemaron el año pasado, y que, como tú, no quería confesar al principio. Si tú sigues negándote a confesar, lo siguiente que te pondré serán estas botas españolas[44], y, si te vienen demasiado grandes, les pondré una cuña, para que la pantorrilla, que ahora tienes en la parte posterior de la pierna, sea empujada hacia el frente, y la sangre saldrá a borbotones de tu pecho, como cuando aplastas moras en una bolsa.

»Si a pesar de todo sigues sin confesar…

Dando un fuerte bramido, abrió de una patada la puerta que tenía detrás, de tal modo que el sótano tembló, y mi pobre hija cayó de rodillas, asustada. Al poco tiempo, dos mujeres trajeron un caldero burbujeante, lleno de brea y azufre hirviendo. Aquel perro del infierno ordenó que pusieran el caldero en el suelo y, de debajo de la capa roja que llevaba puesta, sacó un ala de ganso, de la que arrancó cinco o seis plumas que sumergió en el azufre hirviente. Después de tenerlas un rato en el caldero, las tiró al suelo, donde se retorcieron y salpicaron azufre por todas partes. A continuación, llamó a mi pobre hija de nuevo:

—¡Mira! Echaré estas plumas sobre tus lomos blancos, y el azufre hirviente irá penetrando en tu carne hasta llegar al hueso, lo que te servirá de anticipo de las diversiones que te esperan en el infierno.

Al oírlo hablar así, entre risas y burlas, se apoderó de mí tal furia que salí del rincón en el que estaba de pie, apoyando mis temblorosas articulaciones en un viejo barril, y grité:

—¡Oh, perro infernal! ¿Dices todo eso por ti mismo, o te lo han ordenado otros?

Aquel hombre me propinó tal golpe en el pecho que me caí de espaldas contra la pared, y Dom. Consul me gritó lleno de cólera:

—¡Viejo demente!, si quieres estar aquí, ni se te ocurra molestar al alguacil; de lo contrario, haré que te echen inmediatamente. Se limita a cumplir con su deber, y lo que ha dicho es exactamente lo que le ocurrirá a tu hija si no confiesa, o si parece que el abyecto demonio le ha dado un hechizo contra la tortura[45].

En ese momento, el perro del infierno se acercó a hablar con mi pobre hija sin prestarme la menor atención, excepto para reírse en mi cara.

—¡Mira! Cuando ya estés bien rota, ja, ja, ja, te levantaré mediante estas dos anillas que hay en el suelo y en el techo, te extenderé los brazos por encima de la cabeza y los ataré bien al techo, para luego coger estas dos antorchas y ponerlas debajo de tus hombros hasta que tu piel parezca la corteza de un jamón ahumado. A partir de ese momento, tu amante infernal ya no podrá ayudarte, y confesarás la verdad. Ahora ya has visto y oído todo lo que voy a hacerte, en nombre de Dios y por orden de los magistrados.

El Dom. Consul se adelantó una vez más y la conminó a confesar la verdad. Pero ella se atuvo a lo que llevaba diciendo desde el principio; así pues, él la puso en manos de las dos mujeres que habían traído el caldero para que le quitasen la ropa hasta dejarla como Dios la trajo al mundo y le pusieran la vestidura negra de los torturados; hecho lo cual, se dispusieron a conducirla descalza ante el honorable tribunal. Pero una de esas mujeres era el ama de llaves del gobernador civil (la otra era la esposa del insolente alguacil), y mi hija dijo que no permitiría que la tocasen más que mujeres honradas, algo que el ama de llaves estaba lejos de ser, y le rogó al Dom. Consul que mandase buscar a su doncella, quien estaba en su celda leyendo la Biblia, si no tenía a mano a otra mujer decente. Esto hizo que el ama de llaves soltase una extraordinaria andanada de insultos e imprecaciones, pero el Dom. Consul la reprendió, y le respondió a mi hija que también en este asunto accedería a su deseo, ordenando a la mujer del descarado alguacil que hiciese venir de la prisión a la doncella. Después me cogió del brazo y me rogó tan encarecidamente que lo acompañase arriba, dado que mi hija todavía no iba a sufrir ningún daño, que no pude negarme.

No había pasado mucho rato cuando ella misma subió, acompañada por las dos mujeres; iba descalza y con la vestidura negra de tortura, y estaba tan pálida que a mí mismo me costó reconocerla. El odioso alguacil, que las seguía de cerca, la agarró de la mano y la llevó ante el honorable tribunal.

Dieron comienzo una vez más las reprensiones, y el Dom. Consul le ordenó que mirase las manchas marrones de la túnica negra, pues era la sangre de la vieja señora Biehlke, y que se parase a pensar en que, dentro unos pocos minutos, se mancharía también con su propia sangre; a lo que ella respondió:

—Lo he pensado muy bien, pero confío en que mi fiel Salvador, que me ha deparado este tormento aun conociendo mi inocencia, me ayudará también a soportarlo, como ayudó a los santos mártires de la antigüedad; porque, si ellos, con la ayuda de Dios y de su fe, soportaron los tormentos que les infligieron los ciegos paganos, también yo soportaré los tormentos que me inflijan otros ciegos paganos que, de hecho, se hacen llamar cristianos, pero son más crueles que los de antaño; porque aquellos se limitaban a hacer que las santas vírgenes fueran despedazadas por bestias salvajes, pero vosotros habéis recibido el nuevo mandamiento: «Que os améis unos a otros, como vuestro Salvador os ha amado; que os améis unos a otros, pues así todos sabrán que sois Sus discípulos» (Juan, 13); vosotros mismos seréis las bestias salvajes y despedazaréis a una doncella inocente, hermana vuestra, quien nunca os ha hecho el menor daño. Haced, pues, como se os antoje, pero pensad bien cómo responderéis de ello ante el Juez supremo. Y os digo una vez más, nada teme el cordero, pues está en manos del Buen Pastor.

Después de que mi incomparable hija hubo hablado de ese modo, el Dom. Consul se puso en pie, se quitó el casquete negro que llevaba siempre porque ya estaba calvo en la coronilla, hizo una reverencia al tribunal y dijo:

—En ese caso, le hacemos saber al honorable tribunal que el interrogatorio ordinario y extraordinario de la testaruda y blasfema bruja Mary Schweidler va a comenzar, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Ante estas palabras, toda la sala se puso en pie excepto el gobernador civil, que ya se había levantado antes y caminaba inquieto de un lado a otro. De lo que ocurrió a continuación, y de lo que hice yo mismo, no recuerdo una palabra, pero lo relataré tal y como me lo contaron mi hija y otros testes[46].

Cuando el Dom. Consul, después de hablar así, cogió el reloj de arena de encima de la mesa y se dirigió hacia la puerta, yo me dispuse a seguirlo. Entonces el Pastor Benzensis me rogó con muchas palabras que desistiera de mi propósito, y, al ver que no servía de nada, mi hija me acarició las mejillas y me dijo:

—Padre, ¿alguna vez has leído que la Santísima Virgen estuviera presente cuando su cándido Hijo fue azotado? Aléjate de mí, entonces. Estarás junto a la pira en la que me quemen, te lo prometo; igual que la Santísima Virgen estuvo al pie de la cruz. Pero ahora vete; ¡vete, te lo ruego, porque no serás capaz de soportarlo, ni yo tampoco!

En vista de que tampoco esto lograba convencerme, el Dom. Consul le ordenó al alguacil que me llevase a la fuerza a otra sala y me encerrase allí; sin embargo, me zafé de él y caí a los pies del magistrado, suplicándole por las heridas de Cristo que no me separase de mi hija; le prometí que nunca olvidaría su amabilidad y su misericordia, y que rezaría por él día y noche; es más, el día del juicio final yo sería su intercesor con Dios y los santos ángeles si me permitía estar junto a mi hija; no movería un dedo ni diría una palabra, le aseguré, pero tenía que ir con ella.

Tanto conmovieron mis palabras al digno hombre que rompió a llorar, y tanto tembló de pena por mí que el reloj de arena se le cayó de las manos y rodó hasta los pies del gobernador civil, como si el mismísimo Dios quisiera darle a entender que tenía las horas contadas; y así debió de interpretarlo él, porque estaba tan blanco como la pared cuando lo recogió y se lo devolvió al Dom. Consul. Este por fin accedió a dejarme ir con ellos, diciendo que aquel día le iba a quitar diez años de vida, pero le ordenó al insolente alguacil, que también nos acompañaría, que me sacase de allí si hacía el menor rumor durante la tortura. Y con esto el tribunal en pleno bajó al sótano, a excepción del gobernador civil, quien dijo que le dolía la cabeza y que creía que su antiguo malum, la gota, lo estaba atacando de nuevo, por lo que se fue a otra sala; item, el Pastor Benzensis también se marchó.

Abajo, en la cámara de tortura, el alguacil trajo antes de nada mesas y sillas para que se sentase el tribunal, y el Dom. Consul también me acercó a mí una silla, pero no la utilicé, sino que me arrodillé en un rincón. Entonces empezaron de nuevo con sus viles amonestaciones, y como mi hija, a semejanza del cándido Salvador ante Sus injustos jueces, guardó silencio, el Dom. Consul se levantó y le ordenó al alguacil que la tumbara en el potro de tortura.

Ella tembló como una hoja de álamo mientras la ataba de pies y manos; y cuando estaba a punto de vendarle sus preciosos ojos con un trapo viejo, mugriento y asqueroso en el que mi doncella le había visto llevar pescado el día anterior y que aún estaba lleno de brillantes escamas, me percaté y saqué mi pañuelo de seda, rogándole que utilizara este en lugar de aquel, como así hizo. Acto seguido, le pusieron las empulgueras, y le preguntaron otra vez si estaba dispuesta a confesar libremente, pero ella se limitó a mover su pobre cabecita cegada, y a repetir con un suspiro las palabras en arameo de su Salvador agonizante: «Eli, Eli, lama sabachthani?», y en griego: «Theé mou, Theé mou, giatí me enkataleípsate?»[47]. El Dom. Consul retrocedió asustado e hizo la señal de la cruz (pues, como no sabía griego, creyó, como reconoció él mismo después, que estaba llamando al Diablo para que la ayudase), y entonces le ordenó con un grito al alguacil:

—¡Atornilla!

Pero, al oír esto, lancé tal alarido que tembló toda la cámara; y cuando mi pobre hija, que estaba muerta de miedo y desesperación, escuchó mi voz, forcejeó primero intentando librarse de las ataduras como un cordero moribundo en el matadero, y por fin gritó:

—Soltadme y confesaré lo que queráis.

Lo cual supuso una alegría tal para el Dom. Consul que, mientras el alguacil la desataba, cayó de rodillas y le dio gracias a Dios por evitarle aquella angustia. Pero, en cuanto soltaron a mi desesperada hija y hubo dejado a un lado su corona de espinas (es decir, mi pañuelo de seda), saltó del potro y fue corriendo hacia mí, que estaba desplomado y medio muerto en el rincón después de haber sufrido un desmayo.

Esto enojó mucho al honorable tribunal, y, cuando el alguacil me hubo sacado de allí, la rea fue conminada a confesar conforme a lo prometido. Pero, en vista de que estaba demasiado débil para tenerse en pie, el Dom. Consul le ofreció una silla, pese al ostensible descontento del Dom. Camerarius, y estas fueron las principales preguntas que le hicieron por orden del honorabilísimo tribunal central, formuladas por el Dom. Consul y registradas ad protocollum.

P: ¿Sabe embrujar?

R: Sí, sé embrujar.

P: ¿Quién le ha enseñado?

R: El mismo Satanás.

P: ¿Cuántos diablos tiene?

R: Con uno me basta.

P: ¿Cómo se llama?

Lo pensó un momento.

R: Se llama Disidæmonia.

El Dom. Consul se estremeció y dijo que debía de ser un diablo verdaderamente terrible, pues no había oído nunca ese nombre, y que tenía que deletrearlo, para que el Scriba no cometiese ningún error. Y así lo hizo ella, después de lo cual, el interrogatorio continuó.

P: ¿En qué forma se le ha aparecido?

R: En forma de gobernador civil, y a veces como una cabra con cuernos enormes.

P: ¿La ha rebautizado Satanás? ¿Dónde?

R: Sí, en el mar.

P: ¿Qué nombre le ha dado?

R: …

P: ¿Algún vecino estuvo presente cuando la rebautizaron? ¿Quiénes?

En este punto, mi incomparable hija alzó la mirada al cielo, como si se debatiese entre deshonrar o no a la vieja Lizzie, pero finalmente dijo:

R: ¡No!

P: Debe de haber tenido padrinos. ¿Quiénes son? ¿Cuál fue su regalo de bautizo?

R: Allí solo había espíritus; por eso la vieja Lizzie no vio a nadie cuando me descubrió rebautizándome.

P: ¿Alguna vez ha vivido con el Diablo?

R: Nunca he vivido en ningún sitio más que en la casa de mi padre.

P: Creo que ha preferido no entenderme. Lo que quiero decir es si ha tenido relaciones licenciosas con Satanás, y si le conoce carnalmente.

Ante esta pregunta, ella se sonrojó, y fue tal su vergüenza que se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar. Y, como después de muchas preguntas siguió sin dar respuesta, la conminaron otra vez a decir la verdad; de lo contrario, el verdugo volvería a ponerla en el potro. Por fin dijo: «¡No!»; sin embargo, el venerable tribunal no la creyó, y ordenó al verdugo que la apresara de nuevo, y entonces ella respondió: «¡Sí!».

P: ¿Encontró al Diablo caliente o frío?

R: No lo recuerdo.

P: ¿Ha concebido y dado a luz a algún hijo de Satanás? ¿Qué forma tenía?

R: No, a ninguno.

P: ¿Le ha hecho el abyecto demonio alguna señal o marca en el cuerpo? Si es así, ¿dónde?

R: El tribunal ya ha tenido oportunidad de ver la marca.

La acusaron entonces de toda la brujería practicada en el pueblo, y ella asumió la responsabilidad de todo, excepto de la muerte del viejo Seden, item, de la enfermedad de la pequeña Paasch; y tampoco quiso, por último, reconocer que había echado a perder mi cosecha y llenado mi huerto de orugas. Aunque trataron de asustarla tumbándola una vez más en el potro y poniéndole las empulgueras, ella se mantuvo firme, y dijo:

—¿Por qué tendríais que torturarme, si he reconocido delitos mucho más graves que esos, y negar estos no me va a ayudar a salvar mi vida?

Finalmente, el honorable tribunal se dio por satisfecho, y le permitieron levantarse del potro de tortura, sobre todo porque había confesado el articulus principalis; esto es, que Satanás se le había aparecido en la montaña en forma de gigante barbudo. De la tormenta y la rana, igual que del erizo, nada se dijo, pues para entonces el honorable tribunal ya había comprendido lo absurdo de suponer que podía haber desatado una tormenta mientras estaba sentada tranquilamente en un carruaje. Por último, rogó que le concedieran el deseo de morir vestida con la misma ropa que había llevado cuando fue a saludar al rey de Suecia; item, que le permitieran a su desdichado padre acompañarla a la hoguera y quedarse a su lado mientras la quemaban, pues así se lo había prometido en presencia del honorable tribunal.

Con esto la dejaron una vez más a cargo del alto alguacil, a quien se le ordenó que la pusiera en una celda más segura y austera. Pero aún no había salido con ella de la cámara cuando el hijo bastardo del gobernador civil, el que había tenido con el ama de llaves, entró con un tambor y se puso a tocar y a gritar:

—¡Vamos a asar el ganso! ¡Vamos a asar el ganso!

Esto enfureció mucho al Dom. Consul, que salió corriendo detrás de él; pero no consiguió atraparlo, pues el pequeño bellaco se conocía todas las entradas y salidas de la cámara. Fue en ese momento cuando el Señor hizo que me desmayase, y mis sentidos abandonaron este terrible lugar donde no parecía que hubiera reposo ni para mí ni para mi pobre hija, tan injustamente condenada.

[Nota del editor: gracias sobre todo al esfuerzo de su padre (nuestro narrador), Mary consigue finalmente quedar absuelta de todos los cargos de brujería, pero no antes de una serie de episodios dramáticos que la acercan peligrosamente a la hoguera].