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Tini - Eduardo Wilde


-¿Cómo va la enferma? - dijo el médico, entrando a una pieza en la que varias personas hablaban en voz baja.

-No está bien - contestó una de ellas.

-Perfectamente - repuso el doctor y penetró con precaución en la habitación contigua, que era un espacioso dormitorio, bien amueblado y dotado de cortinas dobles, alfombras blandas y lujosos adornos.

Una lámpara opaca alumbraba escasamente con su luz indecisa el aposento, cuya atmósfera denunciaba la presencia de perfumes y la per­manencia de personas cuidadas; había olor a recinto habitado por dama distinguida.

La enferma se hallaba acostada de espaldas, en un lecho limpio y acomodado.

Su semblante estaba pálido, sus labios algo descoloridos. Una cofia blanca aprisionaba sus cabellos, una bata bordada cubría su pecho; sus manos finas, blancas y suaves salían de entre un capullo de encajes que parecían un montón de espuma. Había en su persona un poco de esa coquetería permitida que tienen todas las muje­res de buena cuna y que ostentan aun cuando estén enfermas.

El doctor, mirando fijamente a la dama y to­mándole la mano, medio en uso de su profesión, medio en forma de saludo, preguntó:

-¿Cómo ha pasado el día la señora?

-Mal, doctor, he sufrido mucho; me duele todo; deme algo que me calme : ¡qué falta de compasión venir a esta hora!

-Señora, la mejor visita se deja para el últi­mo, como los postres. Es necesario buscar la es­tética aun en el desempeño de los más dolorosos deberes.

-Usted tiene siempre disculpas.

-Y usted jamás tiene necesidad de ellas. -Cúreme y le perdonaré su indolencia. -Usted será atendida con toda la prolijidad de que yo soy capaz.

En seguida hizo un interrogatorio detenido y explicó sus prescripciones.

Junto a la cama de la enferma, recientemente madre, había una cuna y en ella dormía sus pri­meros días un niño robusto, envuelto en mil bordados.

El médico se acercó a él y después de obser­varlo un rato, dijo:

-¡Será un famoso guardia nacional si la na­turaleza lo permite!

-Si Dios quiere, diga, doctor -objetó la dama.

-Bien, si Dios quiere ; en materia de creen­cias, tengo las de mis enfermas distinguidas.

El doctor se retiró, y la madre del niño se quedó reflexionando en el correctivo puesto por su médico al augurio relativo al recién nacido.

La enferma se restableció pronto, y el niño durmió mucho, lloró poco y se alimentó a satis­facción en los días y los meses siguientes.

La madre lo cuidaba con esmero, no se sepa­raba de él durante el día y todas las noches se sentaba en la cama para mirarlo largo tiempo.

Cuando el niño suspiraba, la madre se sentía agitada, y cada tos y cada estremecimiento del pequeñuelo querido, producía una alarma, pues el augurio del doctor con su correctivo, trotaba con singular insistencia, durante las largas horas de vigilia, en la cabeza de la madre.

Mientras tanto, el objeto de tales inquietudes continuaba durmiendo sus días enteros y sus noches completas. Cuando no dormía, tomaba el pecho. ¡Jamás se vio niño más dedicado a esas dos ocupaciones!

A los diez meses dijo: mamá; la casa se puso en revolución. Después dijo: papá; un criado corrió a buscar al aludido a su escritorio para anunciarle la gracia. Más tarde se paró y dio algunos pasos, estirando los brazos para aga­rrar las manos que le ofrecían.

En estos primeros ensayos recibió el nombre de Tini.

¿Qué quería decir Tini? Nadie lo supo; pero el apodo se quedó como nombre.

Tini comenzó a caminar y a conversar.

Se dio muchos golpes y dijo mil barbaridades graciosísimas y comprometedoras. Por ejemplo llamaba papá a todo el que veía con barba larga y su verdadero padre sólo obtuvo el titulo legí­timo a través de un montón de juguetes y cara­melos regalados.

Tini era muy lindo; lo pedían del barrio para mirarlo y más de una vez, en sus excursiones, hizo de las suyas.

Un día Tini estuvo de mal humor; su mamá dio por causa que tenía la boca caliente y que apretaba las encías.

Con este motivo los dedos de todos los habi­tantes masculinos y femeninos de la casa, entraron en la boca de Tini, hasta que el índice del papá, sucio del tabaco, descubrió un conato de dentadura.

Tini echó un diente, no sin un gran conflicto en el barrio y serias consultas al médico.

Escenas análogas se repitieron durante algún tiempo, y Tini presentó por fin una dentadura de ratón, chiquita, cortante, graciosa, que se mostraba sobre todo seductora en las sonrisas de su boca rosada.

Inútil es añadir que de allí en adelante Tini obtuvo el privilegio de morder los dedos que se aventuraban en exploraciones peligrosas, y de desblocar todos los pedazos de carne que le caían a la mano. Solía también mascar las cabezas de los soldados de palo que le compraban; tales atentados motivaban invariablemente una visita médica.

El adorado y consentido Tini era sublime de impertinente, y sus audacias increíbles para de­cir las cosas más crudas con el mayor aplomo, sólo tenían su explicación en su inocencia sin­gular respecto a las conveniencias sociales.

Verdad es que cuando comenzó a hablar con metáforas inteligibles, y a encontrar símiles, sólo tenía dos años y medio.

A pesar de sus franquezas y paradojas, Tini gozaba del cariño de todos, y niños, mujeres, viejos y jóvenes se disputaban su amistad y sus caricias.

Su cara y su cuerpo eran una perfección, su carne era la más fresca de la naturaleza, su piel la más blanca, sus muslos duros y llenos, sus manos blandas, chicas, finas, con los dedos do­blados hacia el dorso.

¡Qué cabeza! ¡qué pelo! ¡qué ojos y qué boca! ¡Si daba ganas de comérselo a besos!, como de­cían las muchachas más expresivas del barrio.

La boca, principalmente, era una delicia; tenía gusto a leche con azúcar y causaba el tormento de su dueño quien, tras de cada beso, se limpiaba los labios con el brazo en prueba de disgusto.

Toda su ropa se parecía a él y lo recordaba sus botines sobre todo, eran adorables; gastados en el talón, algo torcidos y rotos a la altura del dedo grande, eran toda una historia de las mil ambulancias infantiles de su dueño.

Al mirarlos tirados en cualquier parte, la ima­ginación los rellenaba con el piececito del niño, y uno veía asomar su dedito rosado por el agu­jero de la punta.

Tini progresaba diariamente y su inteligencia tomaba formas caprichosas y trascendentales.

A la edad de cuatro años emprendió una refor­ma capital de la gramática, y atacó, desde luego, los verbos irregulares con un encarnizamiento incomparable.

No decía "hecho" por nada de este mundo, sino "hacido"; el verbo "jugar" en su presente de indicativo, era para él como sigue

Yo jugo,/ vos jugás,/ él juga,/ nosotros juga­mos,/ ustedes jugara,/ ellos también jugara.

En efecto, ya que el verbo no es "juegar" sino "jugar". Tini tenía razón contra la Academia, que permite una barbaridad tan inútil.

 

Pasando los días, llegó un cumpleaños de Tini; varias aves fueron muertas y preparadas para la comida; los parientes recibieron su invitación oportuna. El niño anduvo tras de las personas que se ocupaban de los preparativos, pero con cierta indolencia que no le era habitual.

En la mesa estuvo caído, descontento y ha­ciendo esfuerzos el pobrecito, por ser cariñoso con los que lo festejaban. Pidió levantarse antes de los postres y sin atreverse a abandonar la agradable compañía, buscó un término medio entre sus deseos y su malestar, acostándose en un sofá.

La mamá comenzó a inquietarse, aun cuando se explicaba el caimiento del niño por lo agitado del día y por el cansancio consiguiente. . .

Las visitas se despidieron; Tini puso su mejilla o su boca, según el grado de afección, pata: que fuera besada, y ganó pronto su camita, en la que se durmió en el acto.

Su sueño no fue tranquilo; la respiración pa­recía anhelosa; silbaba mucho por la nariz y se daba vuelta con frecuencia. Una mano sana pues­ta sobre la frente de Tini, habría notado un li­gero aumento de calor.

El silencio se había hecho en la casa, pero había un sitio en que comenzaba a levantarse una tormenta: el corazón de la madre. Hubo unos ojos que no se cerraron y un cuerpo estre­mecido que se revolvía en el lecho sin encontrar reposo.

A eso de las doce de la noche una figura fan­tástica proyectaba su sombra en las paredes.

La madre se había levantado y se acercaba en puntas de pies a la cama del niño.

Si yo fuera pintor y quisiera pintar un cuadro que representara la fórmula de todas las inquie­tudes humanas, pintaría una madre en camisa, con una vela en la mano, observando el sueño de su hijo, cuando teme que le sobrevenga alguna enfermedad. ¡Cuánta preocupación di­señarían sus facciones! ¡cuánta zozobra y ternura mostraría su semblante! ¡cuánto temor descontado sobre la previsión de una fu­tura desgracia!

La madre de Tini parecía la imagen del dolor la ansiedad. Estuvo un rato mirando a su hijo, suspiró profundamente y se retiró con un millar de desdichas engastadas en el alma.

Tini se despertó de repente y quiso quejarse, cuando le sobrevino una tos ronca y repetida.

Cien voces dijeron crup en el oído de la madre, los ecos repitieron crup, las sombras de las cor­tinas, de las molduras y de los adornos de la ha­bitación, proyectadas por la luz escasa de la lám­para, escribieron epitafios sobre los muros; la palabra crup se difundió por toda la casa, llenó la atmósfera, penetró en los últimos resquicios y heló las entrañas de la pobre madre.

Crup, dijeron los ruidos misteriosos de la no­che; crup, decía el viento que soplaba sus lamen­tos por las rendijas de las puertas; crup, repetían los cascos de los caballos que pasaban de tiempo en tiempo, arrastrando los pesados coches por las calles silenciosas ; crup, decían la péndola del reloj y el crujido de los muebles; crup, crup, murmuraba el roer de los ratones tras de los zócalos de las piezas; crup, secreteaban las hojas de los árboles que se mecían en los patios ; crup, gritaban las veletas de los edificios vecinos, ¡y hasta las estrellas que chispeaban en los cielos, mandando su luz temblorosa a través de los vi­drios, parecían encender sus cirios para velar el cuerpo de un ángel muerto de crup!

Crup, dijeron las aves que pasaban en banda­das y los aleteos de los pájaros en sus jaulas; crup, pronunciaban las olas que chocaban en las costas; crup, vociferaban los golpes en las puer­tas de los habitantes retardados ; crup, roncaban las voces de los ebrios en las calles, y crup, crup, preludiaban los músicos ambulantes que busca­ban un pan y un cobre martirizando sus instrumentos en la noche callada.

Cuando todo en la naturaleza hubo dicho crup, la madre de Tini dio un grito estridente, desesperado, y saliendo de su cama se paró rígida en medio de la habitación.

La casa se puso en movimiento, todos sus ha­bitantes se levantaron y corrían desatinados de un lado a otro. Se mandó en busca del médico; éste llegó pronto y observó al niño con profunda atención, con mirada intensa, con imperturbable quietud. 

La madre buscaba adivinar en el sem­blante del doctor su pensamiento; pero éste se guardó bien de darle formas por temor de que sus aprensiones fueran traducidas; su fisonomía no dijo nada, su actitud dijo reserva; pero los la­tidos de su corazón se perturbaron más de un momento en su ritmo vitalicio.

Tini miraba atónito la escena, y con cariño y curiosidad a su amigo el doctor.

Había en la cara del niño algo extraño ; su expresión era entre seria y triste; no demostra­ba dolor, pero alejaba la idea de bienestar; alguna sombra rara, indecisa, alarmante, se pa­seaba por su rostro pálido.

La noche se pasó en zozobras y cuidados; el niño dormitaba de tiempo en tiempo; el médico observaba los progresos del mal y propinaba él mismo sus inciertos remedios. La tos ronca del pequeño enfermo se repetía con más frecuencia; sus palabras, antes tan graciosas y sonoras, sa­lían oscuras y veladas de su garganta.

-¡Mamá! -decía, estirando sus bracitos re­dondos -, no me duele nada, no llores -. Pero su inquietud mostraba su mal y su respiración parecía un suspiro continuado. La madre se aho­gaba, los sirvientes lloraban, el luto y la tristeza se esparcía por toda la casa.

Al otro día un pequeño alivio se inició.

Tini pidió sus juguetes predilectos: su tambor, su corderito, su polichinela y sus soldados. Pron­to se cansó de acariciarlos, sin embargo, y los empujó al borde de la cama, como si le incomo­daran: sólo el polichinela, con sus platillos le­vantados, obtuvo el privilegio de acostarse a su lado.

Más tarde la respiración se hizo anhelosa, vol­vió la inquietud; hubo varios accesos ligeros de sofocación; el llanto apareció de nuevo en todos los ojos, varios médicos examinaron a Tini y él soportó con mansedumbre angelical aquellas molestas investigaciones. Después, como quien pen­sara que todo era inútil, al ver acercarse a los médicos armados de cuchara, instrumento al cual ya miraba con horror, se daba vuelta desesperado y gritaba con voz ronca y lastimera " ¡Basta, mamá!"

El corazón de la madre se desgarraba, sus lágrimas corrían a torrentes y con su mano tem­blorosa apartaba la del médico que iba a martiri­zar a su hijo.

Nunca mayor dolor penetró en pecho humano, jamás zozobra igual desgarró más cruelmente las entrañas de mujer alguna.

Se habló de peligro inminente, de remedios he­roicos y de operación; pero la confianza, esa tabla de salvación de todos los infortunados de la tierra, había desaparecido de todos los pechos.

Las conversaciones se pararon, las comunica­ciones intelectuales no tuvieron ya más expresión que la mirada, y los ojos investigadores no hacían más que preguntas sin esperanza, ni obtenían más que respuestas dolorosas.

A la noche siguiente, la operación fue deci­dida.

El cuerpo de la madre, desarticulado y dese­cho, fue arrancado de la habitación donde Tini tramitaba sus momentos de vida.

-¡Pobre Tini !

Con sus ojos abiertos desmesuradamente y su rostro asombrado, fue colocado sobre una mesa con la cabeza echada hacia atrás y el cuello tendido.

El doctor, sin mirar la cara de su tierno már­tir, pues no habría podido mirarla sin vacilar, hizo rápidamente una herida en el sitio elegi­do...; se oyó un estertor de agonía... -¡Muer­to! - gritaron los asistentes... La sangre co­rrió mansamente por los lados del cuello del niño...; los médicos, silenciosos, no se inquie­taron; en la herida se colocó una cánula por la que se proyectó con violencia un montón de sangre y de espuma. Tini, desesperado, se sentó llevándose las manos al cuello: ¡quiso gritar y no pudo! ¡no tenía voz! Su mirada fue, sin em­bargo, más inteligente, respiró mejor y su débil cuerpecito se extendió de nuevo sobre su lecho de tortura.

Si hubiera palabras en algún idioma para des­cribir el momento en que la madre de Tini volvió a ver a su hijo operado, yo intentaría bosquejar la escena, medir la duración de los abrazos infi­nitos, contar las caricias imprudentes, desespe­radas y dementes, numerar los besos, recoger los suspiros y mostrar la tensión del llanto sujeto tras de los párpados por la intensidad de senti­mientos contradictorios.

Pero no hay tales palabras. La naturaleza ha puesto la expresión de los inmensos dolores fuera del alcance del lenguaje articulado, entregándo­sela a la música y a la pintura. Para sentir no basta entender, es necesario oír y ver.

El padre de Tini se paseaba en las habitaciones sin preguntar, sin hablar, sin escuchar, con­ sumiéndose en el incendio de su tormento in­terno.

Cuando se organizó la asistencia consiguiente la operación ; cuando los médicos se retira­ron; cuando la casa volvió a su monotonía de dolores, las horas continuaron pasando, marca­das por la indiferencia de los relojes y los con­flictos de las curaciones.

El sueño había huido de todos los cerebros; los practicantes que cuidaban al niño, camina­ban cautelosamente por la pieza : ¡el menor rui­do era una sorpresa! ¡la menor palabra un so­bresalto!

La niñera de Tini, sentada a los pies de la cama, ocultaba su rostro entre sus manos y escondía su dolor anónimo y menospreciado co­mo todo pesar de sirviente. ¡Su Tini, su adora­do Tini, no la hablaba, no la veía, no le estiraba los brazos como lo hacía siempre!

El día pasaba silencioso y la noche tristísima. La cabeza de Tini esparcía sus rulos de oro sobre la almohada mojada, y su pobre cerebro, envenenado por la enfermedad, comenzaba ya a enloquecerse y a mostrar a su conciencia desorientada, las fantasías del otro mundo con los detalles de éste, ¡mezclados, tergiversados, increíbles!

Cuando la aurora apuntaba, su luz indecisa, gris primero, blanca después, pasaba por los postigos entreabiertos y, advirtiendo a la lám­para que su tarea penosa de alumbrar durante la noche había concluido, iba a herir la pupila del niño con sus caricias cristalinas y sus besos transparentes.

Hacía frío en la alcoba; la luz del día traía horripilaciones del horizonte, sus rayos ba­ñados en las aguas de los mares, helaban con su lujo de vida los corazones de cuantos pre­senciaban aquellos preparativos de tragedia, tras de una noche de desvelo.

¡Qué días y qué noches tan tristes se pasaba en el lúgubre aposento! ¡qué horas tan largas y tan desiertas! El silencio parecía el acompaña­miento solemne del pesar que extendía sus alas sombrías, y los ruidos inciertos, uno que otro crujido de muebles, alguna ligera oscilación de las puertas sobre sus goznes, el estallido de una burbuja de aceite en la pequeña lámpara o el choque repentino de algún insecto atolondrado contra las paredes, eran interrupciones sin ca­dencia que tomaban las proporciones atronado­ras de una explosión en las soledades de aquel mar de aflicciones.

Los espejos parecían meditar melancólicamen­te sobre las imágenes deslustradas que refleja­ban; los armarios entreabiertos, dejaban ver en su fondo semioscuro, las ropas ajusticiadas, cu­yos cadáveres colgaban de las perchas; las cor­tinas diseñaban en los muros figuras fantásticas, y las molduras y los adornos proyectaban sombras de caras grotescas o de esfinges extrañas, sobre las cuales se fijaba con tenacidad la ima­ginación apesadumbrada de las personas que hacían su guardia a la cabecera de Tini.

Una mosca grande, impertinente, exótica, de­safiaba a veces las persecuciones más bien com­binadas de los asistentes, y con una insistencia digna de mejor propósito, daba vuelta zumban­do alrededor de todas las cabezas, inquietándolas con su aleteo sonoro y musical; de repente se paraba, luego comenzaba de nuevo su prolija tarea; se alejaba, volvía, se asentaba en un obje­to, se levantaba y repetía su paseo circular mo­dulando sus óperas abstrusas, hasta que tomaba rumbo hacia una puerta y se escapaba satisfecha, como si acabara de encantar a su auditorio.

La atmósfera del aposento quedaba cargada con el bordoneo del insecto y parecía mantener en conserva algún mensaje lamentable, dicho por una comadre mal intencionada.

Y luego continuaban los silencios y los ruidos, las luces y las sombras, las caras y las esfinges, aterrorizando la imaginación y girando lastimeramente en torno del niño enfermo.

¡Pobre Tini! Entre un letargo y otro letargo él veía cambiarse los personajes de la escena: unos entraban, otros salían, algunos permane­cían estáticos y serios como senadores petrifi­cados, o bailaban contradanzas haciendo figuras al compás de una música que no se oía.  

Los ruidos de las calles comenzaban luego a amontonarse en la atmósfera y penetraban poco a poco hasta la cama de Tini, solitarios primero, juntos y en tropel después, hasta que su número y su mezcla producía un rumor uniforme, monó­tono, sin articulación ni timbre.

El farol del patio, que había mirado con su ojo amarillo durante toda la noche a través de las persianas el doliente cuadro, urgido por ta economía doméstica y la competencia insosteni­ble de la luz solar, se vio obligado a dejar de pestañear con su gas a medio foco, y sus fajas penumbradas, que desde las paredes del cuarto acompañaban a los veladores, se borraron de gol­pe, dejando en ellos la tristeza de una innovación.

Y a la plácida aurora, y al sol naciente y a los nublados de la tarde, sucedían el crepúsculo, la oscuridad de la noche, la semiluz de las estrellas o la serena reflexión de la luna que con su cara bruñida se levantaba lentamente hacia los cielos.

Las horas pasaban unas tras otras, con su número de orden a la espalda, en series por docenas, marcadas como camisas de gente me­tódica y llevándose al infinito las desgracias que sucedieron en ellas, sin dar vuelta jamás la cara, para mirar la mísera tarea de sus compañeras; las horas pasaban prendidas las unas a los fal­dones de las otras, con su paso uniforme, como soldados de teatro, sin pararse ni acabarse ja­más.

La número seis o siete de la segunda serie, que había visto esconderse el sol tras de los edi­ficios, con su cara roja como la de un enfermo de escarlatina, entraba en el cuarto de Tini en­vuelta en el crepúsculo, a pedir que encendieran las luces y pusieran un punto brillante en el vaso de aceite, donde iba a navegar toda la noche un disco de porcelana con una mecha mi­croscópica.

Los ojos de Tini, medio empañados ya, veían los círculos difusos de aquella luz clandestina que alargaba y acortaba sus rayos, en un eterno juego sin consecuencia y sin destino.

 Los ruidos de la calle se hacían cada vez más raros y se presentaban más separados. La voz de los vendedores se alejaba; el fragor de los vehículos disminuía y sólo de tiempo en tiempo, un coche apurado atronaba los aires raspando el pavimento.

Ruidos, luces, olores, todo llegaba a Tini como si viniera de otro mundo, y su cabeza desvanecida poblaba de fantasías increíbles ese cosmos de sensaciones.

Los médicos entraban, observaban, conversa­ban, ordenaban y salían silenciosos.

Sólo uno, el de la casa, se quedaba más tiempo junto a la cama de Tini. Su jovialidad había desaparecido, su ciencia había medido el abismo y su corazón de hombre se impresionaba ante aquella desolación inevitable.

-¡Doctor,. mi hijo se muere! - le decía la madre de Tini -. "Se mueren, repercutía como un eco en el pecho del médico, pero sus labios no pro­ferían una palabra.

Tini ya no conocía, su cerebro preparaba voluptuosidades de otro mundo; sus rulos continuaban esparcidos sobre la almohada y sólo la cánula, sujeta a su garganta, daba indicios de vida, roncando flemas y sosteniendo artificialmente una existencia que se extinguía.

Por fin sus manos comenzaron a enfriarse; pequeñas esferitas de sudor helado brotaron en su rostro pálido, un movimiento convulsivo pa­reció iniciarse; hubo un momento de quietud extrema... Tini hizo un esfuerzo supremo para incorporarse: no pudo. Abrió sus grandes ojos, miró fijamente la luz de la lámpara, estiró los brazos hacia su mamá y los dejó caer de nuevo; la cánula dio su último ronquido y...

 

 

¡Las horas continuaron pasando con su núme­ro de orden, marcadas coño camisas de gente metódica!...

¡Es una felicidad morirse en la estación de las flores! El cajón de Tini iba literalmente cubierto de ellas y la mano callosa del sepulturero, des­hizo más de una corona al tratar de llenar su función municipal.

¡Y qué bueno es vivir en un pueblo donde hay carruajes de todas clases y de todos precios empresarios de diligencias, de ómnibus y de co­ches fúnebres; de coches fúnebres, sobre todo para casados, para solteros, para viejos y para niños!

¡Qué gran ventaja poder llevar un buen acom­pañamiento y que hasta los caballos y los vehícu­los se vistan de luto o se adornen con penachos blancos! ¡Cómo retrata esto los sentimientos hu­manos! ¡Un llamador con tules negros, un cuadro de Mesfitófeles cubierto de marino, una vela de estearina con corbata oscura, y hasta las teteras con capuchón de duelo, con la expresión más seria del pesar por la pérdida de un deudo!

Las teteras principalmente, ¡qué té tan amar­go hacen cuando están de luto! Y si ustedes vie­ran con qué desgano comen su limosna de pasto averiado los caballos de las cocherías cuando vuelven del cementerio, comprenderían la aflic­ción que los oprime y se explicarían el aspecto dolorido que ofrecen cuando cojean su trote de alquiler, balanceando sus penachos por las calles y caminando sin ojos delante de un catafalco con ruedas.

Y los cocheros sentimentales de los acompaña­mientos, que han aprendido a afligirse por el fallecimiento de todos los desconocidos, o por la tarea monótona de transportarlos por el mismo camino y con el mismo paso, ¡qué pesar insólito manifiestan en sus sombreros abollados y sus guantes de algodón, mientras metodizan su mar­cha, gestionando la última cuenta de su patrón, tras del deudor que llevan a enterrar, junto con las coronas de siemprevivas marcadas con una calumnia de terciopelo negro que dice:

"¡Eterno recuerdo!"

Tini, ¿ dónde estás? Cuando corre una estrella por los cielos y cae para hundirse en los mares, ¿tú viajas en ella? Cuando las hojas de los árbo­les de tu casa hablan en voz baja con el viento, ¿dicen algo de ti? Cuando mi corazón se oprime al ver un niño rubio como tú, ¿es tu mano peque­ña la que me lo aprieta desde el otro mundo? Cuando se evaporan las lágrimas que tu muerte ha hecho derramar sobre la tierra, ¿el pesar que disuelven llega hasta ti? ¿Dónde estás, dime? ¿Habré de morirme para verte?

¡Pobre Tini! Las flores de su cajón se han secado hace tiempo, las letras de su nombre se han carcomido, todo está viejo a su lado, pero el sepulcro que tiene en el seno materno se conserva nuevo y perfumado.

Su pelo está en muchos relicarios, su ropa está guardada cuidadosamente y uno de sus botincitos extraviado que ha sido descubierto en una cómoda antigua, un año después de no haber ya tal Tini sobre la tierra, ha producido una escena conmovedora y dolorosa; la imaginación de la madre lo ha llenado con el pie de Tini, y la ni­ñera asegura que, al ver esa reliquia, ha visto al mismo Tini con el botín amoldado, duro y torci­do, mostrando su dedo rosado por el agujero de la punta.

Sus juguetes yacen escondidos; el polichinela se ha quedado en el fondo de un mueble con los brazos tiesos y los platillos levantados; el tambor y los soldados están rotos y ¡ya ningún niño ju­gará con ellos!

Vida Moderna - Eduardo Wilde

 Mi querido amigo:

Por fin me encuentro solo con mi sirviente y la cocinera, una señora cuadrada de este pueblo, muy entendida en política y en pasteles criollos.

Ocupo una casa vacía que tiene ocho habitaciones, un gran patio enladrillado y un fondo con árboles y con barro. Tengo dos caballos de montar y uno de tiro. Mi dotación de amigos es reducida; total: dos viejos maldicientes. 

He traído libros y pa­so mi vida leyendo, paseando, comiendo y dur­miendo. Esto por sí sólo constituye una buena parte de la felicidad; el complemento - ¡quién lo creyera! ­se encuentra también a mi alcance, aquí, en este pueblo solitario y en esta casa medio arruinada y desierta ¡soy completamente feliz! 

Básteme decirte que nadie me invita a nada, que no hay banquetes ni óperas ni bailes y, lo que parece mitológico en mate­ria de suerte, no tengo ni un bronce ni un mármol ni un cuadro antiguo ni moderno; no tengo vajilla ni cubiertos especiales para pescado, para espárragos, para ostras, para ensalada y para postres; ni centros de mesa que me impida ver a los de enfrente; ni vasos de diferentes colores; ni sala ni antesala ni es­critorio ni alcoba ni cuarto de espera; todo es todo. 

Duermo y como en cualquier parte. El caballo de montar entra a saciar su sed al cuarto de baño, en la tina, antes que yo me bañe, con recomendación es­pecial de no beber de a poquitos, ni dejar gotear en la bañera el sobrante del agua que le queda en el hocico.

Recuerdo que cuando era niño conocí un señor viejo, hombre importante, acomodado, instruido y muy culto. Pues el viejo no tenía en su cuarto de recibo sino seis sillas, una mesa grande con pies torneados, gruesos y groseros, cubierta con una colcha usada, sobre la que estaba el tintero de plomo con tres agujeros en que permanecían a pique tres plumas de pato o ganso. 

Había además papeles, libros, tabaqueras, anteojos y naipes. De noche se reunían allí los hombres más notables del pueblo: el cura, el corregidor, el juez de letras, el tendero y otros ilustres habitantes. Allí se hablaba de la política, de la patria, de la moral y de filosofía, tópicos que ya no se usan. 

Concluida la tertulia el viejo se retiraba a su dormitorio en el que no había sino una cama pobre, una mesita ética, una silla de baqueta, un candelero de bronce con vela de sebo, una percha inclinada como la torre de Pisa, que se ladeaba más cuando colgaban en ella la capa de su dueño y, por todo adorno en las paredes, una imagen de San Roque, abogado de los perros.

A pesar de esta ausencia de mobiliario que escandalizaría hoy al más pobre estudiante, el viejo era muy considerado, muy respetado y vivía muy feliz; nada le faltaba.

¡Dime ahora lo que sería de cualquiera de nues­tros contemporáneos en tal desnudez! Cuando me doy cuenta de lo estúpido que somos, me da gana de matarme.

Por eso me gusta el poeta Guido Spano.

La semana pasada lo encuentro en la calle y le digo:

-¿Cómo le va? tanto tiempo que no lo veo; ¡usted habrá hecho también negocios!

-No -me contestó-, soy el hombre más feliz de la tierra; me sobra casa, me sobra cama, me sobra ropa, me sobra comida y me sobra tiempo; ¡no tengo reloj y no se me importa un comino de las horas!

Con tamaña filosofía ¡cómo no había de estar ese hombre contento!

En una ocasión me acuerdo haberlo visto en cama enfermo de reumatismo y tocando la flauta con un pequeño atril y un papel de música por de­lante. Nunca he sentido mayor envidia por el ca­rácter de hombre alguno.

A mí también, aquí en Río IV, me sobra todo, pero no tengo flauta, ni atril, ni sé música.

¿Sabes por qué me he venido? Por huir de mi casa donde no podía dar un paso sin romperme la crisma contra algún objeto de arte. La sala parecía un bazar, la antesala ídem, el escritorio, ¡no se diga!, el dormitorio o los veinte dormitorios, la despensa, los pasadizos y hasta la cocina estaban repletos de cuanto Dios crió. 

No había número de sirvientes que diera abasto. La luz no entraba en las piezas por causa de las cortinas; yo no podía sentarme en un sillón sin hundirme hasta el pescuezo en los elásti­cos; el aire no circulaba por culpa de los biombos, de las estatuas, de los jarrones y de la grandísima madre que los dio a luz. 

No podía comer; la comida duraba dos horas porque el sirviente no dejaba usar los cubiertos que tenía a la mano, sino los especiales para cada plato. Aquí como aceitunas con cuchara, porque me da la gana, y nadie me dice nada ni me creo deshonrado.

Mira, ¡no sabes la delicia que es vivir sin bronces! No te puedes imaginar cómo los aborrezco. Me han amargado la vida y me han hecho tomarle odio. Cuando era pobre, admiraba a Gladstone; me exta­siaba ante la Venus de Milo; me entusiasmaba por Apolo y me pasaba las horas mirando el cuadro de la Virgen de la Silla.

Ahora no puedo pensar en tales personajes sin encolerizarme. ¡Cómo no! Casi me saqué un ojo una noche que entré a oscuras a mi escritorio, contra el busto de Gladstone. Otro día la Venus de Milo me hizo un moretón que todavía me duele; me alegré de que tuviera el brazo roto. Después, por impedir que se cayera la Mascota, me disloqué un dedo en la silla de Napoleón en Santa Elena, un bronce pesadísimo, y casi me caí enredado en un tapiz del Japón.

Luego, todos los días tenía disgustos con los sirvientes.

Cada día había alguna escena entre ellos y los adornos de la casa.

-Señora - decía la mucama -, Francisco le ha roto un dedo a Fidias.

-¿Cómo ha hecho usted eso Francisco?

-Señora; si ese Fidias es muy malo de sacudir.

Otra vez dejaba Fidias de ser maltratado y apa­recía el busto de Praxíteles sin nariz. Francisco se la había echado abajo de un plumerazo; o bien le to­caba el turno a Mercurio, que se quedaba cojo de algún porrazo. Ya sabes que Mercurio tiene un pie en el aire.

Bismarck, el rey Guillermo y Moltke, en barro pintado, se han escapado hasta ahora casi ilesos, gracias a que su pequeña estatura les permite escon­derse tras del reloj de la sala. Pero un gran elefante de porcelana cargado de una torre, pierde cada ocho días la trompa que le vuelven a pegar con goma.

Otro día, se le ocurre al mismo Francisco limpiar con kerosene el cuadro del Descendimiento.

En fin, he pasado estos últimos años en cuidar jarrones, cortinas, cuadros, relojes, candelabros, arañas, bronces y mármoles, y en echar gallegos la calle con plumero y todo para que vayan a romperle las narices a su abuela.

No te puedes imaginar los tormentos que he su­frido con mis objetos de arte; bástame decirte que muchas veces al volver a mi casa he deseado, en el fondo de mi alma, encontrarla quemada y hallar fundidos en un solo lingote a Cavour, a la casta Su­sana, al Papa Pío nono, a madama Recamier y otros bronces notables de mi terrible colección.

¿Y las flores, las macetas, los ramos, los árboles enteros que mandan a casa y que la señora coloca en mi estudio como si tal cosa? El patio es un bosque; creo que hay en él toda la flora y fauna argentinas: leones, tigres y millones de sabandijas. 

Los cactus no me dejan ir a mi cuarto, me enredo en los hele­chos y unos malditos arbustos que hay con puntas y que están ahora de moda, tienen obstruida la puerta del comedor al cual no se puede entrar sin careta, a menos de exponerse a perder un ojo. Ya estuve a punto de quedarme tuerto, a causa de un alisum espinosum.

Mire Juan -le dije al portero-: al primero que venga aquí con árboles, con bronces o con vasijas de loza, péguele un balazo. Ya no hay donde poner nada. Para pasar de una pieza a otra es necesario volar. 

Uno de mis amigos, muy aficionado a los adornos, ha tenido que alquilar una barraca para depositar sus estatuas y sus cuadros. Yo tengo una estatua de la caridad que es el terror de cuantos me visitan; no sé qué arte tiene para hacer que tropiecen con ella. 

En casa de otro amigo se perdió hace poco una criatura que había ido con su mamá. Cuando ésta quiso retirarse se buscó al niño en todas partes sin hallarlo; al fin se oyó un llanto lastimero que pa­recía venir del techo y voces que decían: ¡aquí estoy! ¡aquí estoy! El pobre niño se había metido en un rincón del que no podía salir porque le cerraban el paso un chifonier, dos biombos, una ánfora de no sé donde, los doce Pares de Francia, ocho caballeros cruzados, un camello y Demóstenes de tamaño na­tural, en zinc bronceado.

¡Vaya usted a limpiar una casa así! Lo primero que se me ocurre al entrar a un salón moderno es pensar en un buen remate o en un terremoto que simplifique la vida.

Tengo intención de pasar aquí una temporada, y estaría del todo contento si no fuera la espantosa expectativa de volver a mi bazar. Algunas noches sueño con mis estatuas y creo que, sabiendo ellas el odio que les tengo, me pagan en la misma moneda y me atacan en mi cama. 

Hasta he pensado alguna vez en fingirme loco y arrojar a la calle por la ventana los bustos de los hombres más célebres, los cua­dros, las macetas, las arañas y los espejos. En fin, tengo un consuelo: no ocurre casamiento, cumplea­ños o bautismo en casa de amigos, que no me proporcione el placer de soltarle al beneficiado algún león de alabastro, un oso de bronce o los gladiado­res de hierro antiguo. ¡A incomodar a otra parte y allá se las avenga el novio, el bautizado o el que festeja un aniversario!

Excuso decirte que cuando un sirviente torpe echa abajo un armario lleno de loza y cristales, no quepo en mi de contento.

Escríbeme pronto y no te olvides de comuni­carme en el acto, si por acaso quiebra la casa de La­coste o la de algún otro bandolero de su estirpe.

Te recomiendo, además, que si puedes hacerme robar durante mi ausencia algunos pedestales con sus correspondientes bustos, varios cuadros y todos los muebles de mi escritorio, no dejes de hacerlo.

Sobre todo, por favor, hazme sustraer las pal­meras que obstruyen los pasadizos y el alisum espi­nosum que está en la puerta del comedor y al cual profeso la más corrosiva ojeriza.

En el último caso puedes recurrir al incendio. ¡Te autorizo! Tu amigo,

BALDOMERO TAPIOCA

 

 

P. D. Si el día 1 ° de Año me mandan tarjetas de felicitación, cartas o telegramas, toma todo ello del escritorio, haz un paquete y mándalo a Francia, diri­gido al presidente Carnot, con una carta insultante, diciéndole que su nación tiene la culpa de que, a más de todas las mortificaciones criollas que so­portamos, tengamos todavía que aguantar la moda francesa de las felicitaciones del año nuevo.

Lady Bruja - Jane Francisca Speranza Wilde

 Hace unos cien años, vivía en Joyce’s Country una mujer a la que todos los vecinos tenían miedo, porque siempre disponía de mucho dinero, pese a que nadie sabía cómo lo conseguía; y en su casa se comía y bebía siempre lo mejor, sobre todo por la noche: carnes y aves y vino español en abundancia para todo el que quisiera pasarse por allí. Y, cuando la gente preguntaba de dónde salía todo aquello, ella se reía y respondía simplemente: «Lo he pagado».

Así que por todo el país se corrió la voz de que se había vendido al Maligno, y de que podía tener lo que quisiera con solo desearlo, y en razón de su riqueza la llamaron «Lady Bruja».

Solo salía por la noche, siempre con una brida y una fusta en la mano, y a menudo se oía en mitad de la noche a un caballo galopando a lo lejos, por los caminos cercanos a su casa.

Empezó a circular entonces el extraño rumor de que, si un hombre joven bebía sus vinos españoles en la cena y se quedaba dormido después, ella lo embridaba y lo convertía en caballo, para luego recorrer el país montada en él, y que todo lo que tocaba con su fusta pasaba a ser de su propiedad. Aves, o mantequilla, o vino, o tartas recién hechas… No tenía más que desearlo, y los espíritus se lo llevaban a casa y lo dejaban en su despensa. Cuando el viaje terminaba y ya había conseguido suficiente de todo lo que quería a lo largo y ancho del país, le quitaba la brida al joven y este volvía a su forma natural y se quedaba dormido; cuando se despertaba, no recordaba nada de lo ocurrido, y Lady Bruja lo invitaba a que volviera y bebiese sus vinos españoles siempre que quisiera.

Pues bien, había un muchacho magnífico y valiente en el vecindario que tomó la determinación de averiguar cuánta verdad encerraba aquella historia, por lo que iba a menudo a casa de Lady Bruja, hasta que entablaron amistad y se sentaba a charlar con ella, pero sin bajar nunca la guardia. Ella le cogió un gran aprecio y le dijo que tenía que ir a cenar alguna noche, que le daría lo mejor que tenía, y que no podía dejar de probar su vino español.

Así pues, fijó una fecha, y él acudió de buen grado, pues le picaba la curiosidad. Cuando llegó, había servida una espléndida cena acompañada con abundante vino. Comió y bebió, pero fue prudente con el vino, y vació su copa en el suelo cuando ella no miraba. Fingió entonces que tenía mucho sueño, y ella dijo:

—Hijo mío, estás agotado. Échate en aquel banco y duerme; se ha hecho muy tarde y estás lejos de tu casa.

De modo que se acostó como si estuviera muerto de sueño y cerró los ojos, pero sin dejar de vigilarla un instante.

Ella se acercó al poco y lo miró fijamente, pero él no se movió, solo respiró más profundamente.

A continuación, la mujer se alejó sin hacer ruido, cogió la brida de la pared y volvió a acercarse con el mismo sigilo para ponérsela en la cabeza, pero él se incorporó de pronto y, arrebatándole la brida, se la puso a ella, que se convirtió de inmediato en una briosa yegua gris. La sacó fuera, se subió de un salto y se alejó cabalgando a la velocidad del viento hasta que llegó a la forja.

—¡Herrero! —grito—. ¡Levántate y hierra mi yegua, que está agotada después del viaje!

Y el herrero se levantó e hizo el trabajo que se le pedía, con esmero y pericia. Cuando hubo terminado, el joven caballero volvió a montar, y regresó cabalgando como el viento a casa de la bruja; allí le quitó la brida, y ella recuperó al punto su forma natural y se sumió en un sueño profundo.

Pero, como en la forja habían puesto las herraduras sin decir la fórmula necesaria, siguieron clavadas a sus manos y sus pies, y no hubo poder en la tierra capaz de quitarlas.

Así que no volvió a levantarse de la cama nunca, y murió después de mucho tiempo soportando el dolor y la vergüenza. Nadie en todo el país acompañó el féretro de Lady Bruja a su tumba, y la brida ardió en el fuego, y nada quedó de todas sus riquezas más que un puñado de cenizas que fueron esparcidas por los cuatro puntos de la tierra y los cuatro vientos del cielo, con lo que se rompió el encantamiento y se puso fin al poder del Maligno.

El Ruiseñor y la Rosa - Óscar Wilde

 —Ella me prometió que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas —murmuró el Estudiante—; pero en todo el jardín no queda ni una sola rosa roja.
El Ruiseñor le estaba escuchando desde su nido en la encina, y lo miraba a través de las hojas; al oír esto último, se sintió asombrado.
—¡Ni una sola rosa roja en todo el jardín! —repitió el Estudiante con sus ojos llenos de lágrimas—. ¡Ay, es que la felicidad depende hasta de cosas tan pequeñas! Ya he estudiado todo lo que los sabios han escrito, conozco los secretos de la filosofía y sin embargo, soy desdichado por no tener una rosa roja.
—Por fin tenemos aquí a un enamorado auténtico —se dijo el ruiseñor—. He estado cantándole noche tras noche, aunque no lo conozco; y noche tras noche le he contado su historia a las estrellas; y por fin lo veo ahora. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios son tan rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha hecho palidecer su rostro hasta dejarlo del color del marfil, y la tristeza ya le puso su marca en la frente.
—El Príncipe da el baile mañana por la noche —seguía quejándose el Estudiante—, y allí estará mi amada. Si le llevo una rosa roja bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja la estrecharé entre mis brazos, y ella apoyará su cabeza sobre mi hombro, y apoyará su mano en la mía. Pero como no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, tendré que sentarme solo, y ella pasará bailando delante mío, sin siquiera mirarme y se me romperá el corazón.
—Este sí que es un auténtico enamorado verdadero —seguía pensando el Ruiseñor—. Yo canto y él sufre; lo que para mí es alegría, para él es dolor. No cabe duda que el amor es una cosa admirable, más preciosa que las esmeraldas y más rara que los ópalos blancos. Ni con perlas ni con ungüentos se lo puede comprar, porque no se vende en los mercados. No se puede adquirir en el comercio ni pesar en las balanzas del oro.
—Los músicos estarán sentados en su estrado —decía el Estudiante—, y harán surgir la música de sus instrumentos, y mi amada bailará al son del arpa y el violín. Ella bailará tan levemente, que sus pies casi no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus trajes fastuosos, formarán corro en torno suyo para admirarla. Pero conmigo no bailará, porque no tengo una rosa roja para darle.
Y se arrojó sobre la hierba, y ocultando su rostro entre las manos, se puso a llorar amargamente.
—¿Por qué está llorando? —preguntó una lagartija verde que pasaba frente a él con la cola al aire.
—¿Sí, por qué? —murmuraba una margarita a su vecina, con voz dulce y tenue.
—Está llorando por una rosa roja —explicó el Ruiseñor.
—¿Por una rosa roja? —exclamaron las otras en coro. ¡Qué ridiculez!
La lagartija, que era un poco cínica, se puso a reír a carcajadas. Sólo el Ruiseñor comprendía el secreto de la pena del Estudiante y, posado silenciosamente en la encina, meditaba sobre el misterio del amor.
Por último, desplegó sus alas oscuras y se elevó en el aire. Cruzó como una sombra a través de la avenida, y como una sombra se deslizó por el jardín.
En medio del prado había un magnífico rosal, y el Ruiseñor voló hasta posársele en una de sus ramas.
—Necesito una rosa roja —le dijo. Dámela y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su ramaje.
—Mis rosas son blancas —le contestó—, como la espuma del mar y más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve donde mi hermana que crece al lado del viejo reloj de sol, y puede ser que ella te proporcione la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló hacia el gran rosal que crecía junto al viejo reloj de sol.
—Dame una rosa roja —le dijo—, y te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
—Mis rosas son amarillas —contestó—, tan amarillas como el cabello de la sirena que se sienta en un trono de ámbar, y más amarillas que el Narciso que florece en el prado. Pero anda a ver a mi hermano, que crece al pie de la ventana del Estudiante, y quizás él pueda darte la flor que necesitas.
El Ruiseñor voló entonces hasta el viejo rosal que crecía al pie de la ventana del Estudiante.
—Dame una rosa roja —le dijo—, y yo te cantaré mi canción más dulce.
Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
—Rojas son, en efecto, mis rosas —contestó—; tan rojas como las patas de las palomas, y más rojas que los abanicos de coral que relumbran en las cavernas del océano. Pero el invierno heló mis venas, y la escarcha marchitó mis capullos, y la tormenta rompió mis ramas y durante todo este año no tendré rosas rojas.
—Una rosa roja es todo lo que necesito —exclamó el Ruiseñor—; ¡sólo una rosa roja! ¿No hay manera alguna de que la pueda obtener?
—Hay una manera —contestó el rosal—, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtela.
—Dímela —repuso el Ruiseñor—. Yo no me asustaré.
—Si quieres una rosa roja —dijo el rosal—, tienes que construirla con tu música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu corazón. Debes cantar con tu pecho apoyado sobre una de mis espinas. Debes cantar toda la noche, hasta que la espina atraviese tu corazón y la sangre de tu vida fluirá en mis venas y se hará mía...
—La propia muerte es un precio muy alto por una rosa roja —murmuró el Ruiseñor—, y la vida es dulce para todos. Es agradable detenerse en el bosque verde y ver al sol viajando en su carroza de oro y a la luna en su carroza de perlas. Es muy dulce el aroma del espino, y también son dulces las campanillas azules que crecen en el valle y los brezos que florecen en el collado. Sin embargo, el Amor es mejor que la vida, y, por último, ¿qué es el corazón de un ruiseñor comparado con el corazón de un hombre enamorado?
Y, desplegando sus alas oscuras, el ruiseñor se elevó en el aire, cruzó por el jardín como una sombra, y como una sombra se deslizó a través de la avenida.
El Estudiante seguía echado en la hierba, como lo había dejado; y las lágrimas no se secaban en sus anchos ojos.
—¡Alégrate! —le gritó el Ruiseñor—. ¡Siéntete dichoso, porque tendrás tu rosa roja! Yo la construiré con mi música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi corazón. Lo único que pido en cambio, es que seas un verdadero amante, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, por muy sabia que ésta sea, y es más poderoso que la Fuerza, por muy fuerte que ella sea. Las alas del Amor son llamas de mil tonalidades, y su cuerpo es del color del fuego. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como la mirra silvestre.
El Estudiante levantó la vista de la hierba y escuchó, pero no comprendió lo que decía el Ruiseñor, porque él sólo podía entender lo que estaba escrito en los libros.
En cambio, la encina comprendió y se puso a balancear muy tristemente, porque sentía un hondo cariño por el pequeño Ruiseñor que había construido el nido en sus ramajes.
—Cántame, por favor, una última canción —le susurró la encina—, porque voy a sentirme muy sola cuando te hayas ido.
Y el Ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que cae de una jarra de plata.
Cuando terminó la canción del Ruiseñor, se levantó el Estudiante y sacó del bolsillo un cuadernito y un lápiz.
—He de admitir que ese pájaro tiene estilo —se dijo a sí mismo caminando por la alameda—, eso no puede negarse; pero ¿acaso siente lo que canta? Temo que no, debe ser como tantos artistas, puro estilo y nada de sinceridad. Jamás se sacrificaría por alguien, piensa solamente en música y ya se sabe que el arte es egoísta. Sin embargo, debo reconocer que su voz da notas muy bellas. ¡Lástima que no signifiquen nada, o que no signifiquen nada importante para nadie!
Luego entró en su alcoba, y, echándose sobre su cama, comenzó de nuevo a pensar en su amor. Después de unos momentos se quedó dormido.
Cuando la luna alumbró en los cielos, el Ruiseñor voló hacia el rosal, y apoyó su pecho sobre la mayor de las espinas. Toda la noche estuvo cantando con el pecho contra la espina, y la luna fría y cristalina se inclinó para escuchar. Toda la noche estuvo cantando así apoyado, y la espina se hundía más y más en su carne y la sangre de su vida se derramaba en el rosal.
Cantó primero al nacimiento del Amor en el corazón de los adolescentes. Entonces, en la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo como canción tras canción. Al principio era pálida, como la niebla que flota sobre el río; pálida como los pies de la mañana y plateada como las alas de la aurora. La rosa que floreció en la rama más alta del rosal era como el reflejo de una rosa en un cáliz de plata, era como el reflejo de una rosa en espejo de agua.
El rosal le gritó al Ruiseñor para que apretara más su pecho contra la espina.
—¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o el día llegará antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y más y más creció su canto porque ahora cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un joven y de una virgen.
Y un delicado rubor comenzó a cubrir las hojas de la rosa, como el rubor que cubre las mejillas del novio cuando besa los labios de su prometida.
Pero la espina no llegaba todavía al corazón del corazón, y el corazón de la rosa permanecía blanco, porque sólo la sangre de un ruiseñor puede enrojecer el corazón de una rosa.
Y el rosal le gritó al Ruiseñor para que se apretara más aún contra la espina.
—¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o llegará el día antes de haber terminado de fabricar la rosa!
Y el Ruiseñor se apretó más aún contra la espina, y la espina al fin le alcanzó el corazón. Un terrible dolor lo traspasó. Más y más amargo era el dolor, y más y más impetuosa se hacía su canción, porque ahora cantaba el Amor sublimado por la muerte, el Amor que no puede aprisionar la tumba.
Y la rosa del rosal se puso camersí como la rosa del cielo del Oriente. Su corona de pétalos era púrpura como es purpúreo el corazón de un rubí.
La voz del Ruiseñor ya desmayaba, sus alitas comenzaron a agitarse, y una nube le cayó sobre sus ojos. Su canto desmayaba más y más, y sentía que algo le obstruía la garganta.
Entonces tuvo una última explosión de música. Al oírla la luna blanca se olvidó del alba y se demoró en el horizonte. Al oírla la rosa roja tembló de éxtasis y abrió sus pétalos al frescor de la mañana. El eco llevó la canción a la caverna de las montañas, y despertó a los pastores dormidos. Luego navegó entre los juncos del río que llevaron el mensaje hasta el mar.
—¡Mira, mira —gritó el rosal—, la rosa ya está terminada!
Pero el Ruiseñor no contestó, porque estaba muerto con la espina clavada en su corazón.
Ya era eso del mediodía cuando despertó el Estudiante; abrió la ventana y miró hacia afuera.
—¡Caramba, qué maravillosa visión! —exclamó—. ¡Una rosa roja! En mi vida he visto una rosa semejante. Es tan hermosa que estoy seguro que tiene un nombre muy largo en latín.
Se inclinó por el balcón y la cortó.
En seguida se caló el sombrero, y con la rosa en la mano, corrió a la casa del profesor.
La hija del profesor estaba sentada cerca de la puerta, devanando una madeja de seda azul, con su perrito a los pies.
—Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja —exclamó el Estudiante—. Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. Esta noche la prenderás sobre tu corazón y como bailaremos juntos podré decirte cuánto te amo.
Pero la jovencita frunció el ceño.
—Me temo que no va a hacer juego con mi vestido nuevo —repuso—, Y, además el sobrino del Chambelán me envió unas joyas de verdad, y todo el mundo sabe que las joyas son más caras que las flores.
—Eres una ingrata incorregible —dijo agriamente el Estudiante, y tiró con ira la rosa al arroyo donde un carro la aplastó al pasar.
—¿Ingrata? —dijo la muchacha—. Yo te digo que eres un grosero. ¿Qué eres tú, después de todo? Sólo un estudiante, y ni siquiera creo que lleves hebillas de plata en los zapatos, como lo hace el sobrino del Chambelán.
Y muy altanera se metió en su casa.
—¡Qué cosa más estúpida es el Amor! —se dijo el Estudiante mientras caminaba—. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no demuestra nada y le habla a uno siempre de cosas que no suceden nunca, y hace creer verdades que no son ciertas. En realidad no es nada práctico, y como en estos tiempos ser práctico es serlo todo, volveré a la Filosofía y al estudio de la Metafísica.
Y al llegar a su casa, abrió un libro lleno de polvo, y se puso a leer.