De
todos los ámbitos de la brujería y lo sobrenatural a los que he dirigido mi
atención, el de la «posesión demoníaca» es quizá el que despierta mayor
fascinación. Muchos médicos alemanes sostienen que hoy en día siguen dándose
casos de auténtica posesión, y son varios los trabajos publicados en su lengua
sobre la materia; además, creen que el magnetismo es el único remedio, y
desechan los demás por resultar, según su parecer, del todo inútiles.
De hecho,
consideran la posesión un estado magnético-demoníaco, en el cual el paciente
está en comunicación con espíritus perversos o malévolos. Afirman que, si bien
se trata de un mal poco frecuente, aflige a ambos sexos y a todas las edades, y
es un grave error suponer que ha cesado desde la resurrección de Cristo, o que
la expresión «poseído por el demonio», utilizada en las Escrituras, hace
referencia simplemente a quien padecía locura o convulsiones.
Los griegos
conocían bien esta enfermedad, que no es contagiosa, y, en época más reciente,
Hofman recogió varios casos que han quedado probados fuera de toda duda.
Destacan como síntomas más característicos que el paciente hable con una voz
que no es la suya y que sufra horribles convulsiones y movimientos del cuerpo,
manifestaciones de la enfermedad que se presentan de repente, sin ninguna
indisposición previa; también el uso de expresiones blasfemas y obscenas, así
como un conocimiento de cosas secretas y de sucesos futuros; vomitar cosas
extraordinarias, como pelo, piedras, alfileres, agujas de coser, etc. Huelga
decir que esta no es una opinión aceptada por todo el mundo en Alemania, pero
es la predominante entre muchos que han tenido numerosas oportunidades de
observación.
El
doctor Bardili tuvo en 1830 un caso que juzgó con todo convencimiento de
posesión. La paciente era una campesina de treinta y cuatro años que nunca
había padecido ninguna enfermedad, y cuyas funciones corporales siguieron
mostrando un comportamiento normal mientras se daban los fenómenos extraños
descritos a continuación. Cabe señalar que la mujer estaba felizmente casada y
era madre de tres hijos, no era ninguna fanática y disfrutaba además de una
bien ganada reputación de persona constante y trabajadora, cuando, sin indicio
alguno ni causa aparente, se vio sometida a las más violentas convulsiones,
mientras de su interior salía una voz extraña, supuestamente la de un espíritu
maligno que había habitado anteriormente una forma humana. Mientras sufría
estos ataques, perdió por completo su identidad y se convirtió en esa otra
persona; cuando volvió en sí, recobró del todo su entendimiento y su
personalidad. Las blasfemias y las maldiciones, igual que los aullidos y los
alaridos, fueron espantosas. Resultó gravemente herida a causa de las fuertes
caídas y los golpes violentos que se propinaba ella misma; y, cuando disfrutaba
de una tregua, no podía hacer otra cosa más que llorar por lo que le decían que
había ocurrido y el estado en que se encontraba. Se quedó además en los huesos,
pues cuando intentaba comer la cuchara giraba en su mano, y a menudo se pasaba
varios días seguidos sin probar bocado. Este mal se prolongó tres años; todos
los remedios resultaban inútiles, y el único alivio se lo procuraban las
continuas y fervorosas plegarias de quienes tenía a su lado y las suyas
propias; porque, aunque a este demonio no le agradaban los rezos y se oponía
con violencia a que se arrodillase, forzándola incluso a estallar en
vergonzosos ataques de risa, ejercían poder sobre él. Resulta sorprendente que
el embarazo, la reclusión y la crianza de su hijo no influyesen en absoluto en
la enfermedad de la mujer. Todo se desarrolló con normalidad, pero el demonio
no abandonó su puesto. Finalmente, al ser magnetizada, la paciente se sumió en
un estado parcialmente sonámbulo en el que habló con otra voz distinta a la
anterior, que no era sino la de su espíritu protector, el cual la animó a tener
paciencia y esperanza, y le prometió que obligaría al invitado maligno a
abandonar su actual aposento. Para entonces se sumía a menudo en un estado
magnético sin la ayuda de un magnetizador. Al cabo de tres años, se recuperó
del todo y volvió a estar tan sana como siempre.
En
el caso de Rosina Wildin, una niña de tres años, ocurrido en Pleidelsheim en
1834, el demonio solía anunciar su llegada gritando: «¡Aquí estoy de nuevo!», y
la exhausta niña, que hasta ese momento yacía postrada como un cadáver, se
enfurecía y despotricaba con voz de hombre, haciendo los más extraordinarios
movimientos y demostraciones de violencia y fuerza, hasta que gritaba: «¡Ahora
tengo que irme otra vez!». Este espíritu solía hablar en plural, pues, según
decía, la niña tenía otro a su lado, un demonio mudo, que era el que más la
atormentaba. «Él es quien la obliga a dar vueltas y más vueltas, le deforma el
rostro, hace girar sus ojos, aprieta sus dientes y demás. ¡Lo que él me ordena,
lo tengo que hacer!». Esta niña logró ser curada por fin con magnetismo.
Barbara
Rieger, una niña de diez años de Steinbach, fue poseída en 1834 por dos
espíritus que hablaban en dos dialectos y con dos voces claramente
diferenciadas; uno decía que había sido mampostero, y el otro se presentó como
un provisor muerto, siendo este último el peor de los dos con diferencia.
Cuando hablaban, la niña cerraba los ojos, y, cuando volvía a abrirlos, no era
consciente de haber dicho nada. El mampostero confesó que había sido un pecador
impenitente, pero el provisor era frío y orgulloso, y se negaba a confesar
nada. Pedían comida a menudo, y la obligaban a comérsela, si bien a ella no le
hacía ningún provecho, pues, cuando volvía en sí, estaba muy hambrienta. Al
mampostero le gustaba mucho el brandi, y lo bebía en grandes cantidades; si no
se lo servían cuando lo pedía, su furia y sus bramidos causaban auténtico
pavor. Cuando se encontraba en pleno uso de sus facultades, la niña detestaba
este licor. Le dispensaron tratamientos para lombrices y otras dolencias, sin
el menor resultado; hasta que por fin, por magnetismo, logró expulsarse al
mampostero. El provisor se mostró más pertinaz, pero finalmente consiguieron
deshacerse también de él, y la niña se restableció del todo.
En
1835, un respetable ciudadano, cuyo nombre completo no se nos revela, fue
llevado a la consulta del doctor Kerner. Tenía treinta y siete años y, hasta
hacía siete, tanto su carácter como su comportamiento habían sido de lo más
corrientes. Sin embargo, a la edad de treinta años, había experimentado un
cambio incomprensible que había hecho muy infeliz a su familia; y de pronto un
día, hacía poco tiempo, una voz extraña había empezado a hablar a través de él,
diciendo que era el difunto juez S., y que llevaba dentro de él seis años.
Cuando se expulsó a este espíritu por medio del magnetismo, el hombre cayó al
suelo y se retorció con tal violencia que a punto estuvo de romperse en
pedazos; pero entonces se quedó quieto durante un rato, como si hubiera muerto,
y después se levantó, completamente recuperado y libre.
En
otro caso, una mujer de Gruppenbach que estaba en su sano juicio oyó la voz de
su demonio (que era también una persona fallecida) hablar a través de ella, sin
que pudiera hacer nada para evitarlo.
En
resumen, los ejemplos de este tipo no son ni mucho menos infrecuentes; y, si un
fenómeno como el de la posesión ha existido alguna vez, no veo con qué
autoridad habríamos de afirmar que ya no existe, pues, a decir verdad, no
sabemos nada de él; solo que, decididos a no aceptar nada tan contrario a las
ideas de hoy en día, zanjamos el asunto concluyendo que es imposible.
Puesto
que se dan casos en otros países, no cabe duda de que deben darse también en
este; de hecho, yo misma me encontré con un caso mucho más notable en sus
detalles que cualquiera de los referidos anteriormente, el cual ocurrió en Bishopwearmouth,
cerca de Sunderland, en el año 1840; y, dado que los pormenores del caso han
sido publicados y atestiguados por dos médicos y dos cirujanos, por no hablar
del testimonio de muchas otras personas, creo que estamos obligados a aceptar
los hechos, cualquiera que sea la interpretación que elijamos darles.
La
paciente, llamada Mary Jobson, tenía entre doce y trece años; sus padres eran
personas respetables de costumbres humildes, y ella asistía a una escuela
dominical. Enfermó en noviembre de 1839, y al poco comenzó a sufrir ataques
terribles que continuaron, a intervalos, a lo largo de once semanas. Fue en
este período cuando la familia advirtió uno golpes extraños a los que no fueron
capaces de encontrar explicación. Unas veces se oían en un sitio, y otras en
otro; incluso por encima de la cama, cuando la niña yacía profundamente
dormida, con las manos entrelazadas por encima de las sábanas. A continuación,
oyeron una voz desconocida, la cual les contó cosas que ellos no sabían en ese
momento, pero que resultaron ser ciertas. Después se oyó un ruido como de
espadas chocando, y un estruendo tal que el inquilino del piso de abajo pensó
que la casa iba a caérsele encima; pasos donde no se veía a nadie, agua
goteando en el suelo desde nadie sabía dónde, puertas cerradas que se abrían y,
por encima de todo, una música indescriptiblemente melodiosa. Los médicos y el
padre se mostraron suspicaces, y se tomaron todas las precauciones posibles,
pero no consiguieron encontrar explicación a aquel misterio. Este espíritu, sin
embargo, era bondadoso, y les sermoneaba y les daba muchos consejos buenos.
Fueron muchas las personas que visitaron la casa para presenciar el extraño
fenómeno, y a algunas la voz les expresó su deseo de que la siguieran cuando se
encontraban en su propia casa. Así, Elizabeth Gauntlett, mientras estaba
ocupada en las tareas domésticas, se sobresaltó el oír una voz que le decía:
«Sé fiel y verás las obras de tu Dios, y ¡lo oirás con tus propios oídos!».
Ella exclamó: «¡Dios mío! ¿Qué es esto?», y al momento vio una gran nube blanca
cerca de ella. Esa misma tarde, la voz le dijo: «Mary Jobson, una de tus
alumnas, está enferma; ve a verla; será beneficioso para ti». Esta mujer no
sabía dónde vivía la niña, pero averiguó la dirección y fue, y en la puerta
volvió a oír la misma voz pidiéndole que subiera. Al entrar en la habitación,
escuchó otra voz, dulce y bonita, que le pidió que fuera fiel y le dijo: «Soy
la Virgen María». Esta voz le prometió una señal en casa; y así fue que esa
misma noche, mientras leía la Biblia, la oyó decirle: «Jemima, no te asustes;
soy yo; si sigues mis mandamientos, todo te irá bien». Cuando visitó a la niña
por segunda vez, ocurrió lo mismo que la anterior, y escuchó la música más
exquisita.
Todos
los que fueron experimentaron fenómenos de idéntica naturaleza: los inmorales
fueron reprendidos; los buenos, alentados. Algunos recibieron la orden de
marcharse de inmediato, y se les obligó a hacerlo. También se oyeron las voces
de algunos familiares muertos de la niña, que hicieron revelaciones.
La
voz dijo: «¡Mirad, y veréis el sol y la luna en el cielo!», y al punto apareció
una bonita representación de estos astros en colores vivos: a saber, verde,
amarillo y naranja. Además eran figuras indelebles; pero el padre, que albergaba
dudas desde hacía mucho tiempo, insistió en taparlas con una mano de cal; sin
embargo, siguieron siendo visibles.
Entre
otras cosas, la voz dijo que, aunque pareciese que la niña estaba sufriendo, no
era así; ella no sabía dónde estaba su cuerpo; su espíritu lo había abandonado
y otro lo había ocupado. Dijo también que su cuerpo había sido convertido en un
megáfono. La voz les contó a la familia y a los visitantes muchas cosas sobre
los amigos que tenían lejos, y, como comprobaron después, eran todas ciertas.
La
joven vio en dos ocasiones una forma divina que le hablaba junto a la cabecera
de la cama, y a Joseph Ragg, uno de los que habían sido invitados por la voz,
se le apareció una figura bella y celestial junto a su cabecera a las once de
la noche del 17 de enero. Llevaba un atuendo masculino y estaba rodeada por un
resplandor. Esa misma noche se le volvió a aparecer por segunda vez. En cada
ocasión, abrió las cortinas y lo miró con expresión benévola durante un cuarto
de hora. Cuando se marchaba, las cortinas volvían a su sitio. Un día, estando
en la habitación de la niña enferma, Margaret Watson vio un cordero atravesar
el dormitorio y entrar en otra habitación en la que se encontraba el padre,
John Jobson; pero este no lo vio.
Uno
de los aspectos más destacables de este caso es la música agradable que escuchó
todo el mundo; también la familia, incluido el padre incrédulo, y, de hecho,
parece que fue esto, en gran medida, lo que acabó por convencerlo. Esta música
fue escuchada en repetidas ocasiones a lo largo de seis semanas; unas veces
sonaba como un órgano, aunque más bonito; otras, eran cantos de canciones
sagradas, en parte, y la letra se
escuchaba con claridad. La súbita aparición de agua en la habitación fue
también inexplicable; porque la sintieron, y era realmente agua. Cuando la voz
expresó su deseo de que el agua fuera rociada, esta al momento pareció
rociarlos. En otra ocasión, después de haberle prometido al padre una señal, el
suelo se cubrió súbitamente de agua; y esto sucedió «no una, sino veinte
veces».
En
el transcurso de toda esta posesión, las voces les dijeron que un milagro iba a
obrarse en la niña; y, en efecto, el 22 de junio, cuando estaba más enferma que
nunca y ellos rezaban ya solo por que muriese, a las cinco de la madrugada la
voz ordenó que preparasen la ropa de la niña y abandonasen todos la habitación,
excepto la hermana pequeña, que tenía dos años y medio. Ellos obedecieron y,
después de esperar junto a la puerta un cuarto de hora, la voz gritó:
«¡Entrad!», y al hacerlo vieron a la niña completamente vestida y con muy buen
aspecto, sentada en una silla con la pequeña en sus rodillas, y no ha vuelto a
estar enferma ni una hora desde ese día hasta la publicación del reportaje, que
lleva fecha del 30 de enero de 1841.
Es
muy fácil reírse y afirmar que nada de todo esto ocurrió, porque es absurdo e
imposible; pero, puesto que personas inteligentes, honradas y bienintencionadas
que estuvieron allí aseguran lo contrario, confieso que me siento obligada a
creerlas, a pesar de los muchos detalles del caso que son incompatibles con mis
ideas. No fue cosa de una hora o un día: hubo tiempo de sobra para la
observación, pues el fenómeno se prolongó desde el 9 de febrero hasta el 22 de
junio; y el descreimiento del padre sobre la posibilidad de apariciones
espirituales, tan enérgico que finalmente expresó un gran arrepentimiento por
la severidad de su conducta, es una garantía nada despreciable para descartar
el engaño. Además, se negaron en redondo a aceptar dinero o ayuda, y ningún bien
podía hacer a su imagen pública el reconocimiento de estos sucesos.
El
doctor Reid Clanny, quien publicó el reportaje a partir de la declaración de
los testigos, es un médico con muchos años de experiencia, y es también, según
tengo entendido, el inventor de la lámpara de seguridad; y se declara
firmemente convencido de la veracidad de los hechos, asegurando a sus lectores
que «muchas personas de rango superior en la iglesia establecida, clérigos de
otras confesiones y muchos ciudadanos laicos, muy respetados por su erudición y
devoción, se muestran igual de convencidos». La primera vez que vio a la niña
tumbada de espaldas, aparentemente inconsciente y con los ojos inyectados en
sangre, no le cupo duda de que padecía una enfermedad cerebral, y no estaba ni
mucho menos dispuesto a creer que el asunto tuviera un componente misterioso,
hasta que la subsiguiente investigación le obligó a aceptarlo. Podemos estar
seguros de que su creencia era firme, habida cuenta de que estuvo dispuesto a
cargar con el oprobio inevitable tras semejante confesión.
Dice
también que, desde que la niña se recuperó, tanto la familia de esta como la de
Joseph Ragg han oído con frecuencia la misma música celestial que sonaba en el
curso de su enfermedad; y el señor Torbock, un cirujano, quien no duda de la
veracidad de lo narrado anteriormente, menciona también un caso en el que tanto
él como la persona moribunda a la que estaba atendiendo oyeron una música
divina justo antes del fallecimiento.
De
este último fenómeno, el de oír música celestial justo antes de una muerte, he
encontrado numerosos ejemplos.
A
partir de la investigación del caso anterior, el doctor Clanny ha llegado a la
conclusión de que el mundo espiritual se identifica ocasionalmente con nuestros
asuntos, y el doctor Drury afirma que, además de este caso, se ha encontrado
con otras situaciones que lo han conducido a la firme convicción de que vivimos
en un mundo de espíritus, y de que él ha estado en presencia de un ser
ultraterreno que había «cruzado un límite del que, según dicen, ningún viajero
regresa».