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El ataúd en el mar - Eddy C. Bertin

A Marc Dolan le agradó Spring Cottage apenas la vio. Aquella casita de campo, recién pintada de blanco, con sus grandes ventanas, parecía estar dibujada en el mismo cielo, ya que estaba edificada sobre una de las dunas más altas. No encontró mucha oposición al regatear con la señora Berens, la propietaria, sobre el alquiler de una de sus mejores habitaciones. 

La temporada turística aún no había empezado, y ella se alegró de haber encontrado un huésped unos meses antes de que comenzara la estación veraniega y llegasen los extranjeros de los países vecinos. 

Marc Dolan sabía que al llegar aquella época, la paz y la tranquilidad se esfumarían: la playa de marfil se vería hollada por millares de sudorosos pies, arrastrándose con dificultad por la ardiente arena como estúpidos cangrejos. 

La playa se cubriría de cuerpos obesos, feos y blancuzcos, el color de las cosas muertas, y el estruendo de los transistores y los chillidos de los niños violarían el silencio que él tanto adoraba. La estación veraniega no había sido hecha para él ya que, como artista, Marc necesitaba desesperadamente descanso y soledad.

Alquiló un taxi para ir a recoger sus maletas, que había dejado en la estación cuando llegó, y luego se instaló en su confortable habitación. Esta se hallaba situada en el primer piso, y su ventana era tan alta y tan ancha como su pared exterior. Un butacón de colosales dimensiones se hallaba frente a dicha ventana, con su alto respaldo vuelto hacia la puerta. 

Durante los primeros instantes, Marc tuvo la impresión de que aquel gigantesco sillón giraría de repente y alguien se levantaría de él diciéndole «hola». La señora Berens le dijo que aquel butacón había estado siempre en el ático, pero que al anterior inquilino le agradaba tanto la espléndida panorámica sobre el mar y la playa, que él mismo trasladó el tosco sillón a su habitación. 

Marc estaba plenamente de acuerdo con el gusto de aquel señor: mirar a través de aquella ventana era como si uno estuviera en las mismas dunas, pisando la blanca arena y la pura espuma de las ondas. Y más allá de aquella espuma abrazándose con el mar, una masa enorme de agua gris, aparentemente sin vida, pero moviéndose con lentitud como bajo la influencia de un laborioso respirar, se veían unos cuantos barquitos de blancas velas triangulares arrastrados hacia el lejano horizonte.

Marc retiró el pesado reloj y los candelabros vacíos que estaban sobre el manto de la chimenea, y colocó en su lugar sus propios libros de pintura. Luego descolgó un grabado del siglo XIX y colgó en aquella pared una copia hecha por él de un cuadro famoso de Turner. Después puso en el armario sus escasas pertenencias. 

Marc no era rico. De vez en cuando, vendía uno o dos de sus cuadros, y había hecho dos exposiciones de su trabajo pictórico, una en Gantes y otra en Bruselas; mas por lo general, la suerte estaba en contra de él. Quizá la culpa la tuviese su propio trabajo, pues sabía que no era lo suficientemente moderno. 

Marc no podía comprender el arte pop, y mucho menos aquella forma de pintar con pies y manos, e incluso con el propio cuerpo, revolcándose primero en pintura fresca y luego sobre el lienzo virgen. A él le agradaba pintar lo que realmente veía, poder mirar después su propia obra y ser capaz de distinguir lo que representaba, y no algo parecido a esas visiones imaginarias propias de una intoxicación de LSD. 

Los resultados de su obstinada búsqueda del estilo antiguo podían condensarse en un baúl lleno de pinturas que no pudo vender. Suaves rostros sombreados, ensoñadoras campiñas en colores de otoño, rugientes tormentas en el mar, lagos de plata a la luz de la luna... Nadie quería nada de eso. Pero él continuaba, con tenacidad de acero, convencido de que algún día reconocerían su talento.

Marc acostumbraba pasar unas semanas junto al mar, en especial durante aquel período comprendido entre el último invierno y la temprana primavera, cuando las costas eran azotadas por vientos tormentosos y los turistas amantes del sol aún continuaban en sus países, temblando de frío junto a sus chimeneas. 

Durante aquel período interestacional, en que el mar era puro y libre y la expectante playa estaba llena de esperanzas, Marc se encontraba en condiciones de captar la pureza que tanto amaba reproducir en sus lienzos.

El primer día no hizo nada en especial. Se limitó a dar un corto paseo por las dunas, con los ojos semicerrados para evitar aquella arena que un viento juguetón levantaba del suelo. Cuando el crepúsculo estrechaba entre sus brazos la hermosa playa, se dirigió al pueblo más cercano y compró algunas bebidas, pero regresó de inmediato a casa, a través de las desiertas calles.

En aquella época del año, casi todas las tiendas aún estaban cerradas, y sólo permanecían abiertos dos o tres cafés. Una vez en su habitación, encendió el fuego en la chimenea, y luego escogió un libro, para leer en la cama, de su autor favorito: Edgar Allan Poe. Al fin se decidió por El cuervo

A la mañana siguiente, cogió sus elementos de trabajo, se sentó en el colosal butacón y se puso a contemplar el mar. Había una atmósfera muy especial de serenidad en aquella masa acuosa y gris, que Marc dejó penetrar hasta el fondo de su alma. Se relajó total y completamente, por primera vez durante tantos meses permitiendo que la paz y la calma entrasen a través de los poros en su piel, como si fuera el primer calorcillo de una temprana mañana de sol, que aún conservara algo de la frialdad de la noche anterior. 

No pintó nada aquel día, y se limitó a descansar, buscando el ambiente adecuado. A la mañana siguiente, fue a dar un paseo por la playa, antes de que saliera el sol, saboreando el escalofrío de la noche sobre sus mejillas y el aguijón de una fría brisa en sus ojos, mientras sus pies iban dejando huellas sobre la arena mojada de la orilla. Después de cenar, volvió a sentarse en el colosal butacón, y dejó que la profunda calma de la noche rodara sobre él en perezosas ondas de silencio.

Llevaba viviendo más de una semana en aquella casita de campo, cuando tuvo una pesadilla por primera vez. Esa noche, no vio nada de excepcional en su sueño. Había comido más bien tarde, y en su soledad había bebido una botella entera de vino barato pero pesado. Por ello no era nada extraño que sintiera deseos de irse a la cama antes de lo acostumbrado. 

Pero le costó mucho dormirse, ya que la cama parecía moverse de un lado a otro, como un barco durante una tormenta. La parte del lecho en que reposaban sus pies se levantaba cada vez más, y entonces, de repente, hacía un movimiento lateral, como si hubiera alcanzado la cresta de una gigantesca ola, para luego descender cada vez más bajo, cada vez con más rapidez. 

Se agarró firmemente con ambas manos a los lados de la pequeña cama, pero la impresión de estar a bordo de un yate pequeño era continua. Un espantoso viento empezó a rugir en sus oídos, con agudo y doloroso silbido, y a continuación sintió la espuma mojándole la cara. Su boca estaba ardiente, y en sus labios sintió el sabor de la sal del mar. Estaba sediento, muy sediento. 

El continuo balanceo, subidas y bajadas del barco le hizo sentirse mal, y su estómago empezó a removerse, pero no podía vomitar. Había una obscuridad absoluta, pero algunas veces tenía la impresión de ver el pequeño centelleo de una estrella lejana, muy por encima de él, antes de que una nueva ola cayese sobre él, dejándolo como un abrigo mojado y viscoso.

Con un movimiento instintivo, extendió sus manos para detener la siguiente ola, pero se topó con algo situado a unos cinco centímetros por encima de él. Una cosa dura y firme. Sus dedos palparon aquella dura superficie a ambos lados, y de repente encontró allí un obstáculo, que no podía mover. 

Trató de levantarse, mas de inmediato se dio un porrazo en la cabeza. Pero, por todos los santos, ¿dónde se encontraba? De repente se dio cuenta de que aquélla no era su cama en la que estaba acostado, y con esta impresión se despertó al fin. 

La habitación estaba a oscuras, y fuera rugía espantosamente un viento huracanado. La cama aún hizo unos movimientos desagradables, y se sintió muy enfermo, pero al final pudo moverse otra vez con libertad. 

El resto de aquella noche estuvo exento de sueños, pero por la mañana, al despertar, sintió un horrible dolor de cabeza que no pudo aliviar, a pesar de haber tomado varias aspirinas. Aquel día fue incapaz de sostener un pincel, pero se hizo la firme resolución de empezar a pintar al día siguiente.

Por la tarde, se acomodó en el sillón, y se puso a contemplar el mar con ojos soñolientos. Qué serena parecía, como una mujer dormida, infinitamente serena y pacífica, y, no obstante, plena de vida oculta. Una gaviota pasó por encima de él, semejante a un pequeño aeroplano blanco, dejando a su paso su solitario grito. 

Allá a lo lejos, en el horizonte, había un barco pequeño, tan pequeño que parecía que podía cogerse entre dos dedos. Qué hermoso sería sentarse allí y dejar que la vida pasara, como una lejana y neblinosa nube de lluvia; ser uno con el reposo y la paz, parte de aquella trinidad de playa, mar y cielo.

Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él, y el mar lo envolvió con sus olas tormentosas, acunándolo en su espantoso movimiento. Pero ante su sorpresa, ahora sabía que aquello no era real, que era parte de una pesadilla. Sabía que estaba soñando, con una certeza absoluta, pero ni siquiera intentó despertarse. 

Se sintió curioso y extrañamente indiferente al mismo tiempo, como si aquello no le afectase. Sin embargo, tenía una impresión de seguridad, sabiendo que todo era irreal, que podía despertarse en cualquier momento que desease. No era más que un mero espectador en todo aquello: ¿por qué, pues, no iba a contemplarlo todo?

Pero Marc no yacía con comodidad; debajo de él sentía frío y una gran humedad, y le dolían los hombros. Trató de frotarlos y moverse luego. Había suficiente espacio a su derecha e izquierda, pero no el suficiente como para girar, ni para llevarse las manos a la cara. Aquel movimiento oscilatorio casi le ponía enfermo, aunque empezó a acostumbrarse a él. ¡Si al menos supiera sobre qué estaba acostado...!

Entonces, de repente, llegó a saberlo. Todas las paredes alrededor suyo eran de madera, ¿acaso no lo eran? Ello explicaba su imposibilidad de moverse más de unos centímetros a su izquierda y derecha. Luego había aquella espantosa obscuridad. 

Estaba en un ataúd. 

Estaba muerto y encerrado en un ataúd, en algún sitio de un barco o flotando en el mar. El espanto y el shock le hicieron abrir los ojos, volviendo de nuevo al sillón donde se había sentado, poniéndose a contemplar aquel mar gris y aquella serena playa que las sombras de la noche iban cubriendo poco a poco.

Aquella tarde, a la luz de la lámpara de su habitación, hizo algunos bosquejos, pero ninguno le agradó, por lo que los tiró a la papelera y, descontento consigo mismo, decidió irse a la cama. De un modo inevitable, la maldita pesadilla acudió a él apenas hubo cerrado los ojos, pero ya se había acostumbrado a ella y no sentía ningún espanto. 

Después de todo, sabía que estaba soñando, y que podía despertarse en cualquier momento que lo deseara. Pero no quería despertarse, aún no. Trató de pensar con lógica. Una situación realmente fantástica, saber que uno se halla en medio de un sueño y tratar de razonar sobre el mismo. 

El ataúd en el que estaba encerrado no podía estar en un barco, ya que no se oía ningún ruido, excepto el ulular del viento. Además, daba espantosos tumbos, cosa que no sucedería si estuviera en un lugar seguro en un barco. De modo que la única solución era que iba a la deriva en el mar. 

No sentía ningún dolor bajo los efectos de aquellos tumbos, aunque su cabeza chocó más de una vez contra las paredes de madera. Pero, después de todo, ¿cómo iba a sentir dolor estando en un sueño? Sentía una impresión serena de seguridad, como si en el ataúd se encontrase igual que en casa, balanceado con suavidad por las ondas del mar.

La vida y la realidad parecían estar desprovistas de todo estorbo, de cualquier molestia, y se hallaba a placer en esta situación. En un momento determinado, pensó: «Ahora debo realmente despertarme», y entonces el sueño se alejaba de él como una neblina, para ser sustituida por la plena luz del día que le bañaba en una hermosa y radiante claridad.

Al fin se decidió a pintar. Necesitó una mañana entera para lograr los colores exactos que buscaba, y a mediados de la tarde empezó a trazar en el lienzo los primeros y confusos trazos. Pero, sin poder evitarlo, su mirada se dirigía furtivamente hacia el exterior, al mar. 

Su enorme masa gris le producía un sentimiento fútil e impotente: ¿por qué estaba tratando de crear algo allí, cuando sólo necesitaba sentarse en aquel gran sillón e intentar comprender lo que en realidad deseaba plasmar en el lienzo? Pero todo era en vano. Marc sabía que nunca lograría pintar lo que en el fondo de su alma ansiaba, y que lo único que podía hacer era intentarlo. Con una tenacidad férrea, continuó pintando, pero su mente se hallaba lejos, muy lejos en el mar, concentrada en aquel mecedor ataúd.

Las fantasías de su pesadilla fueron interrumpidas por unos golpes en su puerta; era la señora Berens, que venía a decirle que el café estaba listo. Entró en la habitación, y cuando vio lo que Marc había pintado, exclamó sorprendida:

—¡Ah!, no me dijo que conocía usted a mister Morgan.

—¿Quién? —respondió Marc, sin comprender lo que la señora decía.

Luego siguió la mirada de la señora Berens hacia su lienzo, y a su mano, que aún sostía el pincel. En el fondo gris brillante del cuadro, ahora había un rostro, trazado de prisa, siguiendo aquellas líneas fuertes que él siempre utilizaba; el rostro de un hombre de mediana edad, con una pequeña barba, ojos fríos y afilados, y un cráneo casi calvo. Era el rostro de una persona completamente extraña para él.

—¿Quién? ¿A quién dice usted que conozco? —volvió a preguntar Marc a la señora Berens.

—Pues a mister Morgan, a Charles Morgan —respondió la señora Berens—. El hombre cuyo rostro ha pintado usted en el lienzo, ahí. Seguramente usted sabrá que fue el ocupante de esta habitación antes que usted. ¿No es así?

—Pero..., pero... bueno, quiero decir..., yo sé que... —balbuceó Marc.

—Sin duda alguna tiene que ser usted un admirador de su obra —continuó la señora Berens su interrumpido monólogo—, al haber venido especialmente aquí, a trabajar donde él lo hizo. Oh, no puede usted negarlo, míster Dolan, pues sé muy bien cuán sensibles son los artistas, y cómo gustan de buscar el adecuado ambiente para su labor pictórica. 

Mister Charles Morgan era también así. Siempre se sentaba aquí, en ese enorme sillón, contemplando el mar. Algunas veces sólo pintaba un cuadro durante varios meses, y siempre era sobre el mar. Solía decir que sólo aquí uno podría sentirse realmente uno con el mar, que esta casita de campo parecía haber sido construida en un foco de mar, y que aquí se sentía realmente libre y en paz.

Mientras tomaba el café, la señora Berens le contó más cosas sobre el anterior huésped de aquella habitación, cuyo rostro Marc había pintado durante el sueño que tuvo en el día, y al que ahora recordaba. Un pintor de aquella época, de cierto renombre, especializado en pinturas marinas, y que había desaparecido de repente para la gente, ya que la pintura moderna tendía al arte pop. La señora Berens le contó que había vivido allí durante varios años, antes de que mister Morgan decidiera emprender un largo viaje.

Marc se fue a la cama con cierta impresión misteriosa. Un ataúd en sus sueños, el rostro de un extraño en su lienzo. ¿Cuál era la causa de todo aquel misterio?..., si es que había uno.

Como siempre, la pesadilla volvió, pero el ambiente había cambiado; había una sensación espantosa de inquietud en él. Parecía como si la paz hubiera absorbido todo, deseando algo a cambio; había algo de famélico alrededor suyo, como si tuviera algo que el sueño apetecía y deseara de él, y se despertó con el rostro bañado del sudor del miedo. Cuando se levantó, sus pies parecían de hielo, y además estaban mojados. 

Su cama también estaba húmeda, como asimismo parte del suelo. Mojó el dedo en aquel líquido y lo paladeó. Era sal. Pero recibió la impresión más grande cuando encendió la luz y contempló sus pinturas. El fondo de las mismas había sido alterado; había algo en aquel color gris que él pintara, una indescriptible sensación de movimiento, de grandes olas encrespadas, y una aureola de amenaza, todo ello conseguido con unos cuantos trazos de hábil pincel. 

Y en aquel monótono gris, había sido dibujada una caja rectangular con fuertes líneas blancas. No había ninguna cruz en aquella caja, ni cerradura alguna en sus lados; sólo el horrible significado de lo que representaba: un ataúd. Marc puso un papel sobre la pintura, de forma que no pudiera verla.

¿Qué cosas tan extrañas eran aquéllas? ¿Qué era lo que allí estaba ocurriendo? Seguramente habría empezado a padecer de sonambulismo; no había otra explicación, aunque él nunca en su vida había tenido esa enfermedad nerviosa. Iría a ver al médico, y le pediría un somnífero lo bastante fuerte como para no volver a padecer la espantosa pesadilla. No tenía más remedio que obrar así, no podía seguir de aquella forma. Pero no iría aquel día a ver al médico, pues no se encontraba en condiciones para ello. Quizá iría mañana.

Fue a dar un corto paseo por la playa, y por la tarde volvió a sentarse en el colosal sillón, incapaz de trabajar. La musa no acudía a su mente, y en un arranque de desesperación tiró sus pinceles y pinturas a un rincón. Una indescriptible sensación de peligro flotaba en el aire; la playa parecía extraña y ajena a él. 

Su pensamiento voló otra vez al ataúd que flotaba en el mar, al rostro extraño que había pintado, el cual, sin duda alguna, había sido hecho por otra persona. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía concentrarse en nada, su mente no hacía más que interrogarse constantemente a sí misma. 

Tan pronto como empezó a razonar sobre aquel extraño suceso, una enorme rueda comenzó a girar en algún sitio de su cerebro, desgarrando sus pensamientos y convirtiéndolos en un espantoso caos. Y siempre estaba el mar, delante de sus ojos, gris e infinito, y en cierto modo llamándole, como si el mundo se detuviera para existir sólo allí; nada más que el mar, y la blanca y virgen arena de la playa, donde sólo sus pies habían dejado huellas, enseguida borradas por el poderoso viento. 

El silencio de aquella tarde le ahogaba, y luego dio paso al silencio de la noche; pero a pesar de todo, volvió a sentarse en el colosal sillón, luchando contra el caos existente en su mente. Una tormenta se estaba acercando, el viento se hizo más fuerte, y negras nubes empezaban a obscurecer el cielo de aquella noche. En la lontananza, los relámpagos arrojaban su fuego a través del plomizo cielo.

—...Y ha dibujado el rostro de mister Morgan —le decía la señora Berens a uno de sus pocos amigos, que había venido a hacerle una breve visita y a tomar una taza de café con ella—, ya sabe usted a quién me refiero, aquel pintor que estuvo viviendo aquí hasta el año pasado, aquel del que tanto le hablé a usted, que amaba tanto el mar, y que nunca quería ver a nadie.

—Sí, recuerdo que usted me hablaba mucho de él; nunca le vi, pues jamás quería salir de su habitación, ¿no es así? Era un hombre muy sensible. ¿Qué le ocurrió? ¿Se ahogó?

—No, no exactamente. Adoraba el mar, pero nunca se acercaba a él, sentía cierta aprensión a ello. Siempre decía que el mar quería apoderarse de él, y por ello prefería contemplarlo desde su sillón, a través de la ventana. Ni siquiera fue nunca a dar un paseo por la playa o por las dunas. Tiempo después fue a una gran exposición de pinturas en una famosa galería de arte de Londres, y allí murió de un modo repentino.

—Pero yo creía que...

—Pero nunca fue sepultado. Trajeron su cuerpo a este lugar en un barco pequeño, pero se desató una imprevista tormenta y nunca llegó a nuestro puerto. Estuvieron buscando restos del naufragio, pero ni siquiera encontraron un pedazo de madera de su ataúd...

En aquellos instantes, la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y ocultaba todo bajo una espesa cortina de agua. El mar era un animal desencadenado, una gigantesca ameba hambrienta, con largos tentáculos de espuma. Los relámpagos formaban lenguas de fuego en la ardiente obscuridad. 

Se acabó la paz, la tranquilidad, todo; Marc estaba en el infierno, un infierno de gritos y de movimiento, que se balanceaba y subía, cada vez que venía una ola, arriba y abajo, cayendo, deslizándose, sumergiéndose. La habitación, el sillón, la ventana, todo había desaparecido como sombras de las fantasías de un sueño. 

Para Marc, la única realidad era aquella dura madera encima y debajo de él, el estruendo de las olas al chocar contra los lados del ataúd, el crujido de la torturada madera, el ulular del viento en el exterior, el desenfrenado tumulto del mar enloquecido. Y en medio de aquellos horrendos ruidos, había algo más, algo que desgarró sus oídos cual afiladas y sangrientas garras, algo que pronunciaba su nombre, pidiendo algo para sí, clamando algo de él.

Instintivamente, luchó contra aquel algo misterioso, pero su resistencia fue débil. Una vez que la tormenta hubiera pasado, volvería de nuevo la paz y la calma, pensó Marc; pero los gritos seguían, desgarrando su mente con la caótica y férrea rueda de recuerdos fragmentarios de sueños y realidad. «Quiero despertarme —gritó—. ¡Dios mío, debo despertarme. ¡¡¡Debo despertarme!!!»

Pero no se despertó, no podía despertarse; allí estaban las despiadadas paredes del ataúd, y ese algo desconocido y amenazador, que se sobreponía a su mente, arrancándole cuerpo y pensamiento.

Entonces dejó de luchar, y sintió que su mente y su cuerpo fluían, como si sólo fueran protoplasma, sumergiéndose en el mar, y al mismo tiempo que sentía un sabor de sal húmeda en la boca, llegó un prolongado y obscuro reposo, y, por fin, la paz, una paz absoluta...

—¿Qué es ESTO? —gritó la señora Berens. Algo cayó del techo, dejando unas manchas verduscas y húmedas sobre el mantel de su mesa. Había un penetrante olor de mar en la habitación, y cayeron gotas de arriba, a través de las pequeñas grietas del techo—. ¿Pero qué está haciendo ese hombre allá arriba, en su habitación? —exclamó la señora Berens.

Sorprendida y muy enojada, subió de prisa las escaleras, seguida de su amigo. Al llegar a la habitación de su huésped, la señora Berens dudó un poco, pues no se oía el menor ruido dentro de la estancia de Marc, y nadie contestó a sus llamadas. 

Luego abrió la puerta con resolución, y se vio mojada por una ola de aire salino. Sus preciosas paredes pintadas, el suelo, los muebles, incluso el techo, toda la habitación estaba humedecida de agua de mar. Pequeños fragmentos de alga colgaban de las lámparas y de los cuadros en las paredes, y unos cangrejos se escabulleron deslizándose por el suelo. Un pescado solitario agonizaba dando sus últimas convulsiones, con sus rojas agallas cual sangrientas bocas desdentadas. Al pintor no se le veía por ningún lado, pero el alto sillón estaba ligeramente inclinado.

—Pero bueno, ¿es que se ha propuesto usted...? —empezó a decir la señora Berens, mientras se dirigía hacia el sillón.

Mas no pudo acabar la frase, porque entonces vio AQUELLO que estaba sentado en el sillón, contemplando el mar tormentoso con una vaga sonrisa en lo que había quedado de su rostro. No pudo reconocer sus facciones, ya que no quedaba lo suficiente de ellas, pero antes de caer al suelo sin conocimiento, la señora Berens identificó el gran anillo de oro en una de las manos del esqueleto, con las iniciales «C M» grabadas en él.

Charles Morgan había hecho un viaje muy largo, pero al fin había encontrado el camino de regreso a casa.

La soledad del escorpión - Jorge Velasco Mackenzie

Detrás del mar estaba el muelle y la colina; digo bien, porque el mar era lo que abandonábamos, junto a El Escorpión, anclado allí, entregado a los cargadores que entre risas y gritos subían grandes bultos a bordo. 

Habíamos navegado durante tres meses para llegar a esta isla. Situada en la mitad del golfo donde desembocaba un río, en cuyas riberas serpenteaban los manglares —más que manglares parecían tentáculos, ramas, retorciéndose, enredándose—, como la cabellera de una inmensa Medusa que sacaba la cabeza sobre las aguas oscuras.

El Cojo Marcial ya antes había estado aquí, fue él quien propuso venir. «Es burdel y despensa a la vez, la dueña cobra por igual libras de manteca y los puntos que hacen las muchachas, buen negocio, ¿no?», decía sonriendo, mostrando aquel fulgor horrendo de un diente de oro. 

Bajamos a tierra despacio; cuando uno navega por mucho tiempo pierde la prisa, todas las horas son lentas y los días se van sin apuro, estás como encerrado en una cárcel, sólo que en vez de rejas te encuentras rodeado de agua; lo digo yo, que he vivido esos dos encierros muchas veces.  

El Escorpión es un barco viejo que navega siempre por las mismas rutas: Panamá, Cartagena, a veces, si hay contrabando, la isla de San Andrés, Buenaventura y Guayaquil; es igual a esos insectos de los que tomó su nombre, nunca se aleja demasiado de su escondite, si lo hace es para matarse o matar. 

Puedo asegurar esto porque la única vez que avanzamos hasta Valparaíso, nos atacaron fuertes vientos terrales que estuvieron a punto de hacernos zozobrar, se desató una peste de viruela que diezmó a la tripulación, incluido el jefe de máquinas; por último, fuimos acusados de transportar armas para una guerrilla en no sé dónde y nos detuvieron cuarenta días en la cárcel del puerto. «Nunca de los nuncas», prometió el capitán y marcó en la carta de navegación, con tinta roja, esos únicos cinco puertos que El Escorpión tocaría.

Pronto empezamos a subir la colina; al hacerlo se me ocurrió voltearme para ver el mar desde lo alto: lucía ancho, como un mantón azul extendido hasta el horizonte. Hacia el frente aparecía marcada la línea del macizo andino de este país que sólo conocía en los mapas. 

Matías, como un práctico que conoce los accidentes del canal, iba delante de la tripulación; el capitán se había quedado en el muelle vigilando la carga. Al bajar vimos la tienda, primero el techo de zinc, después las grandes puertas abiertas por donde entraban mujeres y niños, todos descalzos. 

Al descubrirnos corrieron hacia nosotros, como si fuéramos los primeros seres vivos que vieran en mucho tiempo; caminaban saltando, felices junto a nosotros. Uno de los chicos se acercó a la trastienda y gritó hacia adentro: «¡El Escorpión, señora Tenia, llegó El Escorpión!».

¿Tenia? ¿Tentáculos? ¿Medusas? Todo parecía ir tomando sentido. Me quedé rezagado, tal vez deseando no haber venido. Una mujer alta y delgada apareció; no era mayor, pero tenía una sonrisa vieja dibujada en la cara. Matías se acercó y ella dijo para todos: «Mi nombre es Tania, pero ellos no pueden decirlo bien»; enseguida añadió dirigiéndose al chico: «Tania, ya te lo he dicho cien veces: Tania. Anda, ve a llamar a las muchachas». 

El chico salió corriendo, pero lo detuvo con un grito, casi imposible de creer que salía de ese cuerpo delgado: «¡Oye, no olvides llevar la sal!»; después, volviendo a hablarnos, dijo: «Vamos, señores, pasen, pasen, no hay escorpiones».

En alta mar, cuando no había nada que hacer, me ponía a pensar en la soledad de los escorpiones, en su temor a ser vistos, incluso por las madres a las que devoran al nacer. Pensaba que al salir del istmo de Panamá, rumbo a Cartagena de Indias, éramos uno de ellos abandonando la piedra debajo de la cual viven para avanzar por una pared mojada. 

El barco tenía el casco pintado de negro y en los amaneceres yo imaginaba que al dueño de la embarcación se le ocurrió llamarlo así para que todos le temieran, lo odiaran, porque nunca perdonan a nadie al inyectar su veneno, por vivir ocultos en el fondo de una vieja botella, en un rincón olvidado del mundo, o en el colchón gastado de un hotel de marineros.

El piso del burdel era de tierra, una tierra apisonada y húmeda que no levantaba polvo. Hacia un lado había algo así como un escenario de tablas bordeado de grandes caracoles. Las mesas de madera, igual que las sillas, estaban colocadas frente a ese lugar. Nos sentamos con cuidado para no caer y Tania se acercó; había cambiado su traje y lucía una especie de batón floreado con escote abierto, el pelo suspendido en un moño, también estaba descalza.

«A ver, mis hombres de mar, qué van a beber», dijo inclinándose para limpiar la mesa; el escote se abrió y pude ver sus senos casi planos, los pezones abiertos en una mancha oscura que ella no se preocupó en cubrir. 

«¡Bielas!», gritó Matías, «no se preocupe, tenemos completo el dinero de tres meses», explicó. Alamiro, el más joven de nosotros, dijo algo entre dientes y la mujer contestó: «No hay cuidado, ya vienen, es que tienen que dejar cocinado y barrer la casa, después vestirse y arreglarse, ya vienen, tranquilo...». 

«¿Cuáles casas?», debí haber preguntado yo, pero esta mujer que parecía adivinarlo todo indicó: «El poblado queda más abajo, detrás de la empalizada, no tardan». Se alejó caminando rápidamente. Siguiéndola con la mirada, pude ver el golpe de la luz del congelador iluminando su cara.

Con Alamiro ha venido Bribón, que es negro y no habla español, y el Tieso; le decimos así por su caminar muy erguido, como echado hacia atrás. El Tieso, alguna vez, en un bar de San Andrés, esperando que cesara un torrencial aguacero, me contó que se había embarcado porque en su tierra natal había matado a un hombre; ese hombre era su hermano. 

Empecé a preguntarme si los escorpiones machos se matan entre sí; mientras servían las botellas me dije que no, porque no los conocen, al nacer huyen; lo que ellos no soportan es ver esa figura horrenda donde se reflejan como en un espejo, por eso viven solos y mueren en solitario.

Soportando las bromas de Matías, la impaciencia de Alamiro, el silencio del Tieso y de Bribón, esperamos a las mujeres; la mesa se fue humedeciendo, marcada por los círculos de las botellas que bebíamos sin parar. 

Cuando llegaron me sorprendí: ninguna tenía facha de puta, eran simplemente unas dóciles madres de familia que pasaron de largo, rumbo a un cuarto posterior donde Tania las esperaba, y fueron entrando sin hablar; salían de allí transformadas, mostrando escotes profundos, como tajaduras de un pez espada, faldas cortas y deshilachadas, con los costados abiertos. 

Una de ellas, la más robusta, lucía un vestido rojo que tenía una randa transparente en el lugar del sexo y los pezones. Los labios ardían en bermellones sangrantes, los cabellos fueron reemplazados con viejas pelucas rubias; la única parte de sus cuerpos que no había sido tocada eran los pies, iban descalzas, como si jamás quisieran dejar de sentir la corteza dura de la tierra donde vivían. 

Cada una recibía sus instrucciones: «Oye, Ramira, ten más cuidado con el vestido, la otra vez lo quemaste», «Carmela, el que tiene que acabar es el cliente, no tú», «Fernanda, no chupes mucho, después te quedas dormida», «y tú, Algarrobo, debes moverte más en el baile, eso ayuda a excitarlos, a vender». 

Con las cabezas bajas se sentaron frente a nosotros las tres primeras, menos esa a la que llamó Algarrobo; ella caminó a la trastienda a encender el picó, la voz de Daniel Santos inundó el ambiente: «réntame un cuartito / en el hotel de tu alma / quiero estar cerquita / de tu corazoncito». Algarrobo era flaca, tal vez por eso le decían Algarrobo; rápidamente traspuso los caracoles y se ubicó en el centro de la pista, allí comenzó a bailar.

Bribón tenía los ojos muy abiertos y la miraba fijamente; las manos grandes, con las palmas arrugadas y amarillas, se apretaban con fuerza, como si temiera despertar de un sueño o alguna pesadilla. 

El negro era de algún lugar de la Martinica y lo recogimos en la zona del Canal, vagaba perdido sin tener voz para nadie, otro escorpión que ni siquiera sabía decir su nombre; le pusimos Bribón porque en una pelea repetía esa palabra cada vez que tiraba al suelo a algún contrincante, nunca supe qué quería decir y nadie quiso llamarlo de otra forma; le temíamos cuando se enojaba, como a los escorpiones reales, queríamos acabar con él antes de saber sus intenciones, lo inmovilizábamos entre todos y, después de amarrarlo, lo encerrábamos en la bodega para que no se matara o nos matara a todos.

Algarrobo enseguida dejó caer la blusa de gasa oscura sobre el entablado y se quedó en un sostén con lentejuelas y un calzón brilloso; sus movimientos eran torpes, alejados del baile. Imaginé a una condenada que no quiere avanzar por el pasillo que la llevará a su ejecución. 

Mis amigos seguían bebiendo y gritando. En un momento ella caminó hasta el filo de la pista donde estaban los caracoles, se volvió de  espaldas y pude ver, sobre uno de sus omóplatos, el dibujo de un escorpión: el insecto estaba allí inmóvil, ausente a todo, a los gritos de los tres marineros, a mis silencios; Algarrobo no lo sentía ni parecía importarle demasiado, una picadura podía dejarla en cama varios días, con fiebres altas y delirios. 

Quise levantarme para liberarla de él, algo me mantuvo aferrado a la silla; más que un baile provocador me pareció que ella se retorcía, con señas le pedí que se volteara pero no me entendió; cuando se quitó el sostén y los senos pequeños aparecieron, pensé que el escorpión había caído junto a la prenda, me equivocaba: el animal seguía en su espalda, inmóvil pese a que ella había aumentado sus movimientos yéndose hacia atrás, después hacia delante. «Mujer vil», pensé, «torturas a ese pobre insecto que morirá cuando clave en ti sus tenazas». 

Me arrepentí de hacerlo, quise creer que todas convivían con un escorpión, eran esas hembras escorpionas que ellos no reconocen como sus madres y se reproducen en alguna parte de sus cuerpos. «Ramira, Carmela o Fernanda llevan un escorpión», dije en voz baja. La tripulación no me escuchó, seguía bebiendo cerveza; sólo Alamiro se acercó a una de ellas, le dijo algo, pero regresó cabizbajo.

La canción de Daniel Santos me pareció interminable, igual que el mar, no se acababa nunca, o era Tania o Tenia que volvía a poner el disco. De pronto, como un hecho fugaz, un relámpago, Algarrobo se soltó el calzón; allí, a un palmo de nuestros ojos y manos, apareció su pubis de vellos escasos o perdidos tal vez de tanto uso, nada podía ser más desolador que eso. 

Bribón estiró el brazo pero ella se apartó, fijándose un poco en mí, en la mirada que yo posaba sobre ella sin compasión. Tenía mucho rato sin beber, levanté una botella y pasé un trago largo; al bajarla vi aquella pared de cañas, desde adentro, a contraluz, pude observar algunos brillos de ojos, todos apuntando hacia donde nos encontrábamos, en posiciones diferentes, unos más altos que otros, pero todos con un brillo infeliz y un rumor de voces cortadas. 

Cuando Tania regresó con un nuevo pedido, le pregunté: «¿Qué es eso?»; ella ni siquiera miró hacia allá: «No se preocupe, son los hijos que vienen a verlas, están contentos, hoy también comerán». La pared de cañas era como un tapiz en movimiento, una alfombra mágica de luces y oscuridades; golpeé la mesa furioso, asustando a Bribón que seguía obsesionado mirando el baile de Algarrobo y su desnudez.

Algarrobo se estremeció, y yo me pregunté si en ese momento ya le había picado el escorpión; el insecto ya iniciaba su muerte y ella su dolor, pero en el rostro de la mujer no había ninguna mueca de sufrimiento, sólo un gesto extraño que era un gesto de soledad y vergüenza. 

Hubiera deseado saber en esos momentos si los escorpiones conocen cuando la piel de la víctima está desnuda; imaginé que era así, ellos avanzan sintiendo que sus cuerpos brillantes se deslizan suavemente, buscando el mejor espacio, el más sensible, para hundir sus tenazas, sin los contratiempos de sortear los pliegues de tela del vestido o el abrigo, el veneno llegará más rápido y la herida será más bella.

En nuestra mesa fue creciendo un marcado silencio. Alamiro, desde que fue rechazado por la mujer, bebía cabizbajo; con el dedo humedecido dibujaba algo sobre la mesa. Matías se despreocupó de ellas y llenaba los vasos con aplicación, pedía nuevas rondas y llevaba las cuentas de cada uno. 

De pronto, el Tieso se puso de pie, echó hacia atrás su pesado cuerpo y avanzó hasta donde ellas estaban, se detuvo por un instante y, estirando el brazo, sin decir una sola palabra, agarró a Ramira por la muñeca y la levantó causándole dolor; el escote del vestido de la mujer se abrió más, dejando al descubierto sus senos y sus hombros. 

Con pasos largos se la llevó al cuarto de atrás; desde la pared se oyeron otras voces entrecortadas, los puntos brillantes se movieron como luciérnagas en la oscuridad.

Tania o Tenia, recostada en el mostrador, lo observaba todo con una mirada de triunfo complacido; yo continuaba observando el escorpión sobre el omóplato de Algarrobo cuando la sirena del barco sonó con fuerza: era el primer aviso de regreso a bordo, siempre eran tres, espaciados en media hora cada uno. 

Bribón, al escucharlo, frunció el ceño y apretó más las manos mirando el cuerpo desnudo de la mujer, bailando siempre dentro del espacio bordeado de caracoles. Alamiro había desaparecido con su secreto, Matías siguió bebiendo y era el más complacido de los tres; yo comprendí que ya no me quedaba demasiado tiempo para salvar a Algarrobo, ahuyentar el escorpión de su espalda, pero me asustaba Bribón, que también quería ir con ella al cuarto de atrás.

Me pregunto ahora, cuando termino de contar esta historia lejos del mar, si yo odiaba o admiraba a los escorpiones, por qué me perseguían y tuvo que tocarme viajar en un barco que tenía ese nombre. De niño, salía al patio de mi casa para buscarlos; cuando hallaba alguno, lo rodeaba con papeles encendidos, esperando el momento supremo de su suicidio. 

He leído que de todas las especies vivas, después del hombre, el escorpión es el único que decide qué hacer con su vida: se clava una de las tenazas entre los ojos y muere para evitar otro aniquilamiento más doloroso; como siempre están solos, ellos son como los muertos sin deudos, no son llorados, igual a tantos hombres de mar que yo conocí, fallecidos sin patria, sin hijos, sin mujeres.

Me pareció que Algarrobo había entrado en un trance porque bailaba sin música, desnuda para dos pares de ojos, los míos y los de Bribón. Matías no la miraba, bebía las últimas botellas y contaba el dinero sobre la mesa para entregárselo a Tania antes de que sonara un nuevo llamado del barco. 

Cuando sucedió, nos levantamos los dos al mismo tiempo, traspusimos los caracoles y nos acercamos a ella adelantando las manos: las palmas gruesas y amarillas del negro, las mías blancas, pero cruzadas por viejas cicatrices de sogas y arpones. 

Recordé aquellos bailes públicos en mi pueblo lejano, cuando la chica más bella de la noche es invitada a bailar por varios hombres a la vez, quienes le extienden sus manos esperando ser elegidos. 

Algarrobo no levantó la vista ni detuvo su baile, solamente se dejó caer contra mi pecho como si buscara protección. Yo esperé el golpe y la furia de Bribón que no llegaron; se apartó y levantó en vilo a la mujer del traje rojo para llevarla a la trastienda.

Como pude llevé a Algarrobo al cuarto de atrás. El Tieso ya lo había abandonado, alcancé a verlo correr rumbo al muelle, asustado de que el barco partiera sin él. Al cerrar la puerta, la mujer resbalaba entre mis brazos, tenía la piel húmeda y fría; encendí la luz para quitarle el escorpión de la espalda y al mostrármela me di cuenta de que era un tatuaje, una marca perfecta de color verde oscuro que parecía moverse con su respiración. 

Aturdido le pregunté quién se lo había hecho. Después de un silencio prolongado, con una voz debilitada, respondió: «Nadie, un marinero que me pagó bien por dejármelo hacer». Le pedí que se fuera. Sentado en ese catre sucio, oculto y solo como los escorpiones, escuché la sirena, el último llamado.

Terror en el espacio (Capítulo 4) - Leigh Brackett

Capítulo 4

Lundy les vio desde muy lejos. Por un momento no quiso dar crédito a sus ojos, tomándolos por sombras arrojadas por los destellos de luz que surgían de la fisura. Se apoyó en la pared de un edificio y se dedicó a observarlos.

Los observó mientras la corriente impetuosa los impelía hacia él. No se movió entonces. Sólo abrió afanosamente la boca tratando de respirar.

Recordaban vagamente las rayas gigantes que él había visto en la Tierra, con la diferencia de que éstas eran plantas. 

Grandes y esbeltos bulbos vegetales con sus hojas extendidas como alas para aprovechar la fuerza de la corriente. Su largos cuerpos en forma de lágrima terminaban en un reborde semejante a una cola de pez que hacía las veces de timón. En lugar de brazos tenían una especie de tentáculos.

Su color era rojo pardusco obscuro, el color de la sangre seca. El áureo resplandor de la fisura prestaba un extraño brillo a sus fríos ojos. Mostraba asimismo sus bocas redondas revestidas de agudas espinas, y las mortíferas ventosas que cubrían la parte interior de sus enormes tentáculos.

Aquellos brazos eran lo suficientemente largos y fuertes para desgarrar la tela de su escafandra. Lundy no sabía sí aquellos seres comían carne, pero esto poco importaba. Una vez uno de aquellos tentáculos le hubiese golpeado, de nada le serviría ya saberlo.

La red que contenía a ella se alejaba de él, y los otros se acercaban cada vez más. Aunque hubiese deseado renunciar entonces a su misión, no había ningún sitio para ocultarse en aquellos edificios arruinados y sin puertas.

Lundy llenó su traje de oxígeno, hinchándolo y confundiéndose con los seres que aquella negra corriente arrastraba hacia los infiernos.

La corriente le arrastró como una burbuja entre los muertos torreones, pero no con la suficiente celeridad. No llevaba bastante delantera a las algas caníbales. Trató de nadar, para aumentar su velocidad, pero aquello era como si un bote de remos quisiese competir con una flotilla de lanchas rápidas a plena marcha.

Ante él distinguía el grupo de hombrecillos vegetales. No habían cambiado de posición. Daban volteretas en el agua, y perdían lastimosamente el tiempo en correrías sin sentido, por lo que Lundy consiguió fácilmente darles alcance.

Pero no corría lo bastante. Lo peor era que no sabría qué hacer cuando los alcanzase. La red estaba en el centro del enjambre de hombrecillos, y éstos no le permitirían llegar hasta ella. Y aunque consiguiese arrebatársela, ¿de qué le serviría? Los hombrecillos-alga se irían igualmente tras ella, pues se hallaban tan ofuscados que no se daban cuenta de la proximidad de sus terribles enemigos.

A menos que...
Se le ocurrió a Lundy de repente. Una esperanza, una solución. Se le ocurrió claramente cuando el alga que iba delante le dio alcance y le abrazó con sus alas de hoja, estrechándole fuertemente.

Lundy lanzó un aullido de terror animal y pataleó desesperadamente, inyectando más aire en su traje. Ascendió con rapidez y las alas rozaron sus botas, pero no consiguieron apresarle. Volviéndose, Lundy descargó su pistola desintegradora contra el terrible ser, alcanzándole de pleno entre los ojos.

La voraz criatura empezó a debatirse, mientras caía desordenadamente, como un ave herida. Las que venían detrás chocaron con ella, y se detuvieron para devorarla. Muy pronto una docena de ellas se entrelazaban en lucha mortal, peleándose como una bandada de gaviotas por un pez. Lundy nadó furiosamente, maldiciendo su engorroso traje.

Pero muchas de las gigantescas rayas vegetales no se detuvieron, y las otras no estarían paradas por mucho tiempo Lundy movía brazos y piernas, fatigándose y sudando Estaba medio muerto de miedo. Le parecía vivir una pesadilla, en la que son vanos todos los esfuerzos por avanzar.

La corriente parecía ser más rápida allá arriba. Reunió todos sus pensamientos en un apretado haz, que arrojo hacia el corazón del grupo de hombrecillos-planta, tratando de alcanzar el ser encerrado en la red.
«Puedo libertarte. Soy el único que puede hacerlo.»

Una voz le respondió en el interior de su cerebro. Era la voz que había oído ya una vez en el interior de la cabina de la nave voladora hundida. Una voz tan dulce y tenue como la flauta de Pan que resonaba en las umbrías de la Arcadia.
«Lo sé. Mis pensamientos se han cruzado con los tuyos...»

Aquella voz de elfo se interrumpió de pronto, como si experimentase un acceso de dolor. Muy débilmente, Lundy oyó:
«¡Qué peso! ¡Qué peso! Me cuesta moverme...»

Un desesperado anhelo por algo que él no podía comprender atravesó la mente de Lundy como el grito de un niño asustado. Y entonces el enjambre de hombrecillos vegetales se abrió y se dispersó como barrido por un huracán.

Lundy contempló como todos se despertaban de su sueño.

Ella había desaparecido, y los pequeños hombrecillos verdes no sabían por qué estaban allí ni qué hacían. Tenían el recuerdo conmovedor de una belleza inalcanzable, y eso era todo. Se sentían perdidos y asustados.

Y entonces vieron a los otros.

Fue como si les hubiesen asestado un tremendo golpe. Permanecieron inmóviles, dejándose llevar por la corriente, con sus ojos dorados muy abiertos y sorprendidos. Sus brillantes pétalos se plegaron sobre sí mismos y desaparecieron, y sus verdes cuerpos adquirieron un color casi negro.

Las rayas vegetales desplegaron sus alas y se abalanzaron sobre ellos como grandes pájaros negros. Y más allá, bajo el opaco brillo dorado, Lundy distinguió los distantes edificios de la colonia. Algunas de las puertas aún estaban abiertas, y frente a ellas esperaban grupos de diminutas figurillas.

Lundy aún conservaba cierta ventaja sobre las primeras rayas. Se apoderó de la red flotante y se la sujetó al cinto, para dirigirse luego con torpes movimientos hacia una torre en ruinas que se alzaba a su derecha.

Dio una perentoria orden telepática a los hombrecillos vegetales, tratando de obligarles a volverse y emprender la huida, asegurándoles al propio tiempo que él plantaría cara a los otros. Los pobrecillos estaban demasiado asustados para entenderle. Casi llorando, él los apostrofó. Al tercer intento consiguió hacerse comprender y entonces todos huyeron apresuradamente, con toda la velocidad que les fue posible.
Lundy, entre tanto, se había hecho fuerte entre las ruinas para hacer frente a sus primeros atacantes.

Empuñaba una pistola en cada mano y redujo a cenizas a muchas de las feroces rayas. Las aguas que le rodeaban pronto estuvieron llenas de cuerpos que se agitaban convulsivamente, y de vivos que devoraban a los muertos o se peleaban entre sí. Pero no podía detenerlas a todas, y algunas rayas llegaron hasta él.

Casi sin volver la cabeza podía ver las enormes siluetas rojas semejantes a grandes pájaros que se abatían sobre los moribundos, para envolverías en sus anchas alas, y permanecer luego quietas en el centro de la corriente, entregadas a su espantoso festín.

Entre tanto, la algas femeninas mantenían abiertas las puertas de sus casas. Así esperaron hasta que el último de sus compañeros regresó, y entonces cerraron las puertas de oro en las narices romas de las feroces rayas. Sólo perecieron unos pocos de los hombrecillos verdes. Solamente unas cuantas viudas tendrían que ocultar sus pétalos y llevar su azul grisáceo de luto. Lundy se alegró de ello.

Más valía que Lundy se alegrase de algo, porque uno de aquellos feroces seres había hecho presa sobre los hombros del terrestre. Las voraces algas habían conseguido descubrir finalmente a su atacante. Además, Lundy era entonces la única presa visible.

Se reunieron para dar el asalto final, después de describir una apretada curva en las negras aguas. Lundy consiguió aniquilar a dos más antes de que una de sus pistolas se quedase sin carga. Poco después, la otra se encasquilló.

Lundy, solo en la torre arruinada, veía cómo la muerte giraba en círculos a su alrededor. Y entonces le habló de nuevo la dulce voz del ello encerrado en la red:
«Suéltame. ¡Suéltame!»

Lundy apretó fuertemente las mandíbulas y tomó la única alternativa que le quedaba. Deshinchó su traje y saltó, para hundirse en las negras profundidades del edificio en ruinas.
Las rayas plegaron sus alas como un pájaro al caer como una piedra y descendieron tras él, impeliéndose con enérgicos coletazos.

Por las hendiduras de los muros y por las ventanas penetraban destellos intermitentes. Lundy descendió largo rato. No necesitaba escaleras. Además, los terremotos habían hundido casi todos los pisos.

Las rayas le seguían implacablemente. Sus largos cuerpos sinuosos eran tan ágiles como el de un tiburón, y avanzaban con celeridad increíble.

Y la vocecilla no cesaba de gritar en su mente, pidiéndole que la soltase.

Así llegó Lundy al fondo.

Le rodeaban allí unos muros solidísimos, y reinaba una profunda obscuridad. Se hallaba en un lugar lleno de ruinas y cascotes. Avanzó a tientas. La luz del casco se había averiado, y además tampoco la hubiera utilizado para no atraer a sus perseguidores.

Notaba la presencia de éstos, girando veloces a su alrededor. Echó a correr sin rumbo determinado y tropezando en las piedras. Por tres veces le rozaron unos grandes cuerpos musculosos, derribándole, pero no pudieron apresarle en la obscuridad, porque chocaban entre sí y se confundían.

Lundy cayó de pronto en una gran sala, contigua a la estancia en que se hallaba y a un nivel algo inferior al de ésta. Apenas recibió daño en la caída. Las áureas puertas se abrían hacia las aguas libres, y reinaba bastante claridad.

Bastante claridad para que Lundy viese algunas cabezas de rayas que trataban de entrar, y también bastante para que éstas viesen a Lundy.
La vocecilla insistía:
«¡Suéltame ¡Suéltame!»

A Lundy no le quedaba aliento para maldecir. Volviéndose, echó a correr, pero las rayas movieron lánguidamente sus colas y le alcanzaron antes de que hubiese podido recorrer diez metros. Hubiérase dicho que se reían de él.

Lo único que salvó de momento a Lundy fue que cuando desplegaron sus grandes alas para envolverle en ellas, chocaron con las que venía del otro lado. Esto las detuvo por unos segundos. Aunque ello bastó para que Lundy viese la puerta.

Era una portezuela de piedra negra sin ningún ornamento, que permanecía entreabierta sobre sus goznes de oro, a unos tres metros de distancia.

Lundy se precipitó hacia ella. Esquivó una enorme ala que se abatía sobre él, dio un tremendo salto que casi partió su espinazo, y asió el borde de la puerta con ambas manos, tirando frenéticamente de él.

El extremo de un tentáculo chocó contra sus pies. Sus botas con suela de plomo golpearon el suelo, y por un momento pensó que le habían roto las piernas. Pero la onda líquida creada por el golpe le ayudó a introducirse por la estrecha abertura.

Media docena de romas cabezas parduscas trataron de introducirse tras él, sin conseguirlo. Lundy se hallaba a gatas, tratando de recuperar su aliento, pero le parecía como si su pecho soportara el peso de un torreón de piedra. Además, su vista se debilitaba.

Avanzó a rastras hasta arrimar su hombro a la puerta, empujándola con fuerza para cerrarla. Pero la puerta no se movió. La construcción se había movido, atascando para siempre la puerta en sus goznes. Ni siquiera las poderosas rayas podían abrirla.

Pero a pesar de ello, seguían forcejeando. Lundy se arrastró lejos de allí. Al poco rato parte de aquel peso que oprimía su pecho desapareció, y recuperó la visión.

Un rayo de luz dorada, que brillaba y se apagaba intermitentemente, entraba por una grieta situada a unos diez metros sobre su cabeza. Era una pequeña hendidura, por la que ni siquiera hubiera podido pasar un niño. En la estancia no había más abertura que aquélla y la puerta.

Era una habitación de reducidas dimensiones. Sus paredes de piedra eran completamente negras, sin adornos ni relieves, con excepción de la pared del fondo.

Ante ésta se alzaba un bloque cuadrado de azabache, de unos dos metros y medio de largo por poco más de un metro de ancho, ahuecado de manera peculiar, que hacía pensar en algo muy poco agradable. Sobre él lucía con un rojo resplandor, que parecía preludiar el fuego del infierno, un solo y enorme rubí, engarzado en la piedra.

Lundy había visto cámaras parecidas en antiguas ciudades que aún se hallaban en tierra firme. Allí era donde antaño se sacrificaban a los hombres que habían pecado contra sus semejantes o contra los dioses.

Lundy echó una mirada hacia los voraces monstruos que trataban de abrir más la puerta atrancada, y se rió, a pesar de que la situación no tenía nada de divertida. Después de disparar su último tiro, se sentó.

Aquellos monstruos terminarían sin duda por cansarse y se marcharían. Pero si no se iban dentro de pocos minutos, poco importaría que se quedasen. El oxígeno de Lundy se estaba acabando, y aún le faltaba mucho para llegar a la costa.
La vocecilla de la red gritó:
«¡Suéltame!»
–Vete al infierno –gritó Lundy. Se sentía muy cansado. Tan cansado que poco le importaba ya vivir o morir.
Se aseguró de que la red seguía bien sujeta al cinto, y el nudo que la cerraba bien apretado.
–Si vivo, irás a Vhia conmigo. Y si muero... bueno, ya no podrás hacer más daño a nadie. Habrá un diablo menos suelto en Venus.
«¡Quiero ser libre. ¡Suéltame, suéltame! Este peso agobiante.»
–Sí, claro. Quieres ser libre para volver locos a hombres como Farrell, y obligarles a abandonar sus mujeres e hijos para seguirte. Quieres ser libre para matar... –miró la red con ojos abotagados–. Jackie Smith era amigo mío ¿Y tú crees que podrás obligarme a que te suelte con tus artimañas?

Entonces la vio.

A través de la red, como si la apretada malla metálica fuese celofan. La tenía acurrucada sobre sus rodillas, un ser diminuto de apenas medio metro de estatura, doblado sobre sus piernas. La curva de su espalda parecía esculpida por un ángel en un pedazo de cálida nube rosada, nacarada...

(CONTINUARA...) 

Terror en el espacio (Capítulo 3) - Leigh Brackett

Capítulo 3
 

A Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La comunicación mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta, en muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba lecciones de telepatía a sus hombres.
–Sí, vivo gracias a vosotras.

Había algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que lo desconcertaba. Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie, no muy firme.
–Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba aquí?
–Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que es tener miedo. Entonces, vinimos.
–No os puedo decir otra cosa sino «gracias».
–Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias.

Lundy miró las flores que brillaban con apagado resplandor en las tinieblas.
–¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...?
–¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras.
Este último pensamiento expresaba un terror cerval.
–Caníbales...

Lundy miró a la nube de delicadas figurillas femeninas de color azul grisáceo. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
Aquellos seres le miraron benévolamente con sus suaves ojos dorados, y le pareció como si sonriesen.
–Sí, somos diferentes de ti, ya lo sabemos. Del mismo modo como somos diferentes de los peces. ¿Qué piensas? En las algas... las algas brillantes que crecen... sí, son parientes nuestras.

Parientes, se dijo Lundy. En efecto. Como nosotros somos parientes de los animales. Eran plantas. Las plantas vivientes no eran nada nuevo en Venus. ¿Por qué no admitir la existencia de plantas pensantes, de plantas que se desplazaban en sus raíces, y miraban con tristes ojos suaves?
–Vámonos de aquí –dijo Lundy.

Salieron del obscuro túnel y prosiguieron por la carretera, mientras las flores abrían sus bocas como canes hambrientos tratando de morder a Lundy, pero sin conseguir alcanzarlo.

Él empezó a atravesar la estrecha llanura, con las plantas femeninas nadando lánguidamente como una nube a su alrededor.

Eran algas. Pequeños fragmentos de algas con los que se podía conversar telepáticamente. Lundy se hallaba pasmado ante lo increíble de la situación.

La ciudad no hizo más que aumentar su pasmo. Estaba sumida en las sombras cuando la vio desde la llanura, débilmente iluminada por el resplandor procedente de la arena, semejante al claro de luna. Era una gran ciudad, que se extendía a lo lejos, rodeada de sus murallas. Era grande, silenciosa y antiquísima. Parecía esperar al final de la carretera.

En aquella luz mortecina, por curioso que fuese, parecía más real. Lundy se olvidó por un momento de la existencia del agua. Le parecía caminar hacia una ciudad dormida, bañada por la pálida claridad lunar, sintiendo su fuerza secreta y débilmente hostil domeñada y retenida hasta el alba...

Aunque jamás habría un alba para aquella ciudad. Nunca jamás.

Lundy deseó de pronto emprender la huida.
–No temas. Nosotros vivimos aquí. Es un lugar seguro.

Lundy movió la cabeza con irritación. De pronto la luz brillante centelleó de nuevo por tres veces consecutivas. Parecía venir de algún lugar a la derecha, más allá de la cordillera submarina. Lundy notó un débil temblor en la arena. Una hendidura volcánica, probablemente, que se abrió al hundirse la arena.

La luz dorada hizo cambiar de nuevo el aspecto de la ciudad, que volvió a parecer una ciudad de cuento de hadas al atardecer... un lugar de los que se ven en sueños.

Cuando atravesó las puertas se sentía intimidado, pero no experimentaba temor. Y entonces, mientras permanecía en el centro de la plaza contemplando los grandes y borrosos edificios que se alzaban a su alrededor le alcanzó un pensamiento procedente de la nube de pequeñas criaturas femeninas.
–Era un lugar seguro y dichoso... antes de que ella viniese.
Tras una larga pausa, Lundy dijo:
–¿Ella?
–No la hemos visto. Pero nuestros compañeros si la vieron. Ella vino no hace mucho y recorrió las calles, y todos nuestros compañeros nos dejaron para irse en su seguimiento. Decían, al irse, que su belleza es incomparable, muy superior a la de cualquiera de nosotras y que...
–...Y que tiene los ojos velados y que ellos desean verlos. Si no le ven los ojos enloquecerán, y por esto la siguen.

La triste nubecilla azul grisácea se agitó entre las aguas obscuras. Varios pares de ojos dorados le miraron.
Lundy respiró profundamente. Tenía las palmas de las manos húmedas.
–Si. Sí, yo también la seguí.
–Comprendemos tu pensamiento...

Descendieron hacia él, rodeándole, mientras sus delicadas membranas aleteaban como las transparentes alas de los elfos. Sus grandes ojos dorados tenían una expresión cariñosa y suplicante.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Puedes hacer que vuelvan nuestros compañeros, sanos y salvos? Lo han olvidado todo. Si los otros viniesen...
–¿Los otros?

La mente de Lundy se sumió en un espantoso temor. Se representó las más terribles imágenes. Vio engendros de pesadilla...
–Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.

Las delicadas figurillas vagamente femeninas se echaron a temblar como hojas agitadas por el viento.
–Nos escondemos de ellas en las casas. Así los tenemos a raya, evitando que lleguen hasta nuestras semillas y nuestros vástagos. Pero nuestros compañeros lo han echado todo al olvido. Si los otros vienen mientras ellos la siguen, los encontrarán inermes y desamparados y los matarán a todos. 

Entonces nosotras nos quedaremos solas, sin simiente y sin descendencia.

Se apretujaron a su alrededor, tocándole con sus pequeñas aletas delanteras de color azul grisáceo.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Verdad que nos ayudarás?
Lundy cerró los ojos. Cerró fuertemente las mandíbulas. Cuando abrió los ojos de nuevo, éstos eran duros como ágatas.
–Os ayudaré o moriré en la demanda.

Reinaba la obscuridad en la enorme plaza. Por las puertas abiertas se filtraba el débil resplandor procedente de la arena. Por un momento los pequeños seres azul grisáceos se apiñaron a su alrededor, inmóviles, oscilando únicamente bajo la acción del lento ritmo del océano.

De pronto todas se apartaron de él, arrebatadas por una loca esperanza... y Lundy se quedó mirándolas, boquiabierto.

Ya no eran de color azul grisáceo. De pronto brillaron y sus alas y sus delicados y flexibles cuerpecillos adquirieron un cálido tono verde que latía con la vibrante palpitación de la vida.

Sus largos y esbeltos pétalos vivientes debían de estar contraídos, mientras llevaban su color azul grisáceo de luto. De pronto estallaron como corolas llameantes en torno a sus cabecitas.

Eran de color azul, escarlata y dorado, rojas como amapolas violetas y de color de fuego, de color blanco plateado y rosado como una nube matinal, tiñendo las negras aguas con pinceladas de color. Surgían de los cuerpecitos verdes que hacían cabriolas y ascendían a gran altura junto a los obscuros y ceñudos edificios, semejantes a las mariposas que habían revoloteado ante ellos cuando la luz del sol aún no había desaparecido para siempre.

Tan repentinamente como habían empezado esta danza, la terminaron. Se dejaron arrastrar inmóviles por las aguas y sus colores palidecieron. Lundy les preguntó:
–¿Dónde están?
–En lo más profundo de la ciudad, más allá de estas casas donde moramos... en las calles que sólo visitan los jóvenes curiosos. ¡Haz que vuelvan, por favor! ¡Te lo suplicamos, tráelos de nuevo junto a nosotras! 

Dejándolas sobre la gran plaza obscura, penetró en la ciudad.
Recorrió anchas calles pavimentadas marcadas por profundas roderas y desgastadas por generaciones de pies calzados por sandalias. Las grandes construcciones corroídas por el agua se alzaban a ambos lados, dominadas por el resplandor intermitente de la lejana fisura volcánica.

Las ventanas, de forma típicamente venusiana, estaban cerradas por celosías de mármol y de piedra semipreciosa, delicadamente labrada hasta parecer una joya complicadísima. Las grandes puertas doradas permanecían abiertas sobre sus goznes no atacados por la corrosión. Por aquellas puertas Lundy tuvo un atisbo de la vida de aquel pequeño pueblo vegetal.

La planta baja de algunas de las casas se hallaba recubierta de una capa de arena. Sobre ella se cernían con gesto protector aquellas plantas femeninas, alisando la arena cuando el movimiento del agua la alteraba. Lundy conjeturó que allí estaban plantadas las semillas.

En otros lugares vio colonias enteras de diminutos seres que parecían flores plantados en la arena; brillaban en la semiobscuridad con un pálido resplandor verde y primaveral. Permanecían en tranquilas hileras moviendo sus pequeñas corolas infantiles de color rosado y jugando solemnemente con pedacitos de alga de alegres colores y piedras abigarradas. 

Las pequeñas flores estaban atendidas y cuidadas solícitamente por plantas adultas.

Varias veces Lundy pudo ver a grupos de jóvenes retoños, que ya se habían desprendido de la arena, aprendiendo a nadar bajo la égida de las plantas femeninas, agitándose en las negras aguas como pétalos de vivos colores bajo el viento de la primavera.

Todas las plantas femeninas mostraban el mismo color gris azulado de luto con sus flores ocultas.

Así seguirían a menos que Lundy pudiese dar cima a la tarea que le había encomendado la Policía Espacial. Hasta aquel momento no había demostrado hallarse a la altura de aquella misión.

El pobre Farrell, casi desollado vivo y sin sentirlo porque sólo era capaz de pensar en ella. Jackie Smith, ahogado en una esclusa estanca porque ella quería ser libre y él tuvo que ayudarla a conseguir su propósito.

¿Sería superior él, Lundy, a Farrell y a Smith y a todos cuantos ella había hecho enloquecer? ¿Sería capaz de apresar a aquella diabólica vampiresa en una red y mantenerla a buen recaudo en ella, sin perder antes la razón?

Lundy no se sentía capaz de ello. Aquella misión era superior a sus fuerzas.

Recordaba la primera vez que consiguió apresar a aquel ser en su red. Recordaba también los últimos minutos antes de estrellarse, cuando lo oyó gritar desde el interior del cofre, pidiéndole que le pusiese en libertad. Recordó la cara de Jackie Smith cuando entró en la cabina empujado por el agua que inundaba la esclusa, y la pregunta que entonces se hizo él mismo... Dios mío, ¿qué vio antes de ahogarse?

Notó de nuevo que se le hacia un nudo frío en el estómago, pero esta vez aquel nudo tenía espinas que se clavaban en su carne.

Dejó atrás la colonia de plantas y penetró en calles desiertas iluminadas por el intermitente centelleo de la fisura volcánica. Empezó a encontrar ruinas a su paso. Pavimentos agrietados y removidos, torres hundidas, las celosías de piedra esculpida caídas de las ventanas. Paredes enteras habíanse desmoronado en algunos sitios, y la mayoría de las puertas doradas estaban rotas, abiertas violentamente o faltaban por completo.

Era una ciudad muerta. Tan muerta y silenciosa que en ella no se podía respirar, y tan antigua que amedrentaba el ánimo más templado.

Buen sitio para volverse loco en seguimiento de un ensueño.

Al cabo de mucho tiempo, Lundy los vio... vio a los compañeros de las pequeñas algas femeninas. Formaban una larga hilera... dijérase una bandada de aves migratorias, que serpenteaba entre las obscuras torres en ruinas.

Se parecían a sus compañeras. Quizá eran algo mayores, un poco más robustos, de cuerpos verdinegros fuertes y recios y brillantes colores. Sus ojos dorados permanecían fijos en algo que Lundy no podía ver, y hubiérase dicho que eran los ojos de Lucifer suplicando que le franqueasen la entrada en el Cielo.

Lundy empezó a avanzar contra la corriente, cruzando en diagonal una amplia plaza para avanzar a la cabeza de la procesión. Entre tanto descolgó la red de su cintura con manos semejantes a dos peces muertos.

De pronto se tambaleó, perdió pie y cayó de bruces. Le parecía que alguien le había empujado de un fuerte empellón. Trató de levantarse, pero algo le empujó de nuevo. El áureo resplandor procedente de la fisura brillaba ahora ininterrumpidamente, y era cegador.

La hilera de figurillas vagamente masculinas se dobló de pronto como bajo los efectos de un latigazo y Lundy comprendió lo que ocurría.

Se alzaba una corriente en la ciudad. Era una corriente que surgía como los vientos cálidos que antes la barrían, procedentes del mar, y que traían las lluvias.
«Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.»
Eran los otros... los otros, caníbales...
Ella conducía el brillante cortejo de algas masculinas entre los torreones, mientras en las calles se alzaba la corriente...

Lundy se incorporó Después de equilibrarse para resistir el empuje de la corriente, echó a correr en seguimiento de la procesión. Resultaba muy difícil correr en aquel medio líquido y con sus botas de suela de plomo. Se esforzó por calcular dónde debía de hallarse aquello –o ella– a juzgar por el lugar hacia donde miraban los hombrecillos-plantas.

La luz cegadora brillaba ininterrumpidamente, y aún parecía hacerse más rutilante. El agua frenaba su avance, tirando de él con mil manos. Miró una vez hacia atrás, pero no pudo ver nada en las sombras que se extendían entre los torreones. 

Sintió miedo.

Cuando extendió la red, el miedo le dominaba. 

Aquello –o ella– no le vio, aunque esto pueda parecer raro. Tampoco notó la proximidad de su mente, a pesar de que él alzó barreras protectoras a su alrededor. Pero Lundy quedaba muy empequeñecido bajo las sombras que proyectaban los gigantescos muros y el esfuerzo de crear una ilusión para tantas mentes debía tener muy ocupado al espantoso ser del espacio.

La suerte estaba nuevamente de su lado como cuando consiguió alcanzar a Farrell. Rogó al Cielo que la suerte no le desamparase.
 

Lo consiguió.
 

La corriente empujó a la procesión hacia el lugar donde se hallaba agazapado Lundy. Éste observó los ojos de las algas. Ella aun conducía a los diminutos seres. Ella tenía un cuerpo físico, aunque él no pudiese verlo, y notaría el influjo de la corriente, por pequeño que fuese.

Tiró la red con rapidez.

La red se hinchó en las aguas negras y entonces él tiró de ella. 

Había apresado algo. Algo pequeño, cilíndrico y que se debatía. Algo vivo.

Apretó el lazo que cerraba la red, temblando y sudando de excitación nerviosa. Y entonces los hombrecillos vegetales le atacaron.

Cayeron sobre él, como una nube resplandeciente. Sus ojos dorados resplandecían de furor. Habían perdido el juicio. Sus mentes chillaban en un solo clamor de ira... y de temor por ella.

Le pegaron con sus pequeñas aletas verdes. Sus corolas echaban chispas, cálidas manchas de color, llamaradas que brillaban en las aguas obscuras. Tiraron de la red, la sacudieron, agitando sus membranas como alas en su esfuerzo por luchar contra la corriente.

Lundy era un sujeto rechoncho, fuerte y musculoso. Lanzando verdaderos rugidos, luchó para defender la red como hubiera hecho un lobo al que intentasen arrebatar un tierno corderillo. Sin embargo, la perdió. Cayó de bruces bajo un montón de hombrecillos vegetales, jadeando afanosamente bajo su peso, y dando gracias a Dios de que su sólida escafandra le salvase de morir aplastado.

Vio como ellos se apoderaban de la red. Se apiñaron a su alrededor como un enjambre de abejas, danzando en las aguas movedizas. Sus ojos dorados tenían una terrible expresión de dolor.

No podían abrir la red. Lundy la había asegurado con un fuerte nudo, y aquellos seres no tenían dedos. La golpeaban y acariciaban con sus aletas, pero eran incapaces de abrirla para que ella escapase.

Lundy se puso a gatas. La corriente se hacía más violenta. Rugía entre las torres desmoronadas como un negro vendaval y se llevó con ella el enjambre de hombrecillos verdes, que seguían aferrando la red.

Y entonces llegaron los otros.

(CONTINUARA...)