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Terror en el espacio (Capítulo 4) - Leigh Brackett

Capítulo 4

Lundy les vio desde muy lejos. Por un momento no quiso dar crédito a sus ojos, tomándolos por sombras arrojadas por los destellos de luz que surgían de la fisura. Se apoyó en la pared de un edificio y se dedicó a observarlos.

Los observó mientras la corriente impetuosa los impelía hacia él. No se movió entonces. Sólo abrió afanosamente la boca tratando de respirar.

Recordaban vagamente las rayas gigantes que él había visto en la Tierra, con la diferencia de que éstas eran plantas. 

Grandes y esbeltos bulbos vegetales con sus hojas extendidas como alas para aprovechar la fuerza de la corriente. Su largos cuerpos en forma de lágrima terminaban en un reborde semejante a una cola de pez que hacía las veces de timón. En lugar de brazos tenían una especie de tentáculos.

Su color era rojo pardusco obscuro, el color de la sangre seca. El áureo resplandor de la fisura prestaba un extraño brillo a sus fríos ojos. Mostraba asimismo sus bocas redondas revestidas de agudas espinas, y las mortíferas ventosas que cubrían la parte interior de sus enormes tentáculos.

Aquellos brazos eran lo suficientemente largos y fuertes para desgarrar la tela de su escafandra. Lundy no sabía sí aquellos seres comían carne, pero esto poco importaba. Una vez uno de aquellos tentáculos le hubiese golpeado, de nada le serviría ya saberlo.

La red que contenía a ella se alejaba de él, y los otros se acercaban cada vez más. Aunque hubiese deseado renunciar entonces a su misión, no había ningún sitio para ocultarse en aquellos edificios arruinados y sin puertas.

Lundy llenó su traje de oxígeno, hinchándolo y confundiéndose con los seres que aquella negra corriente arrastraba hacia los infiernos.

La corriente le arrastró como una burbuja entre los muertos torreones, pero no con la suficiente celeridad. No llevaba bastante delantera a las algas caníbales. Trató de nadar, para aumentar su velocidad, pero aquello era como si un bote de remos quisiese competir con una flotilla de lanchas rápidas a plena marcha.

Ante él distinguía el grupo de hombrecillos vegetales. No habían cambiado de posición. Daban volteretas en el agua, y perdían lastimosamente el tiempo en correrías sin sentido, por lo que Lundy consiguió fácilmente darles alcance.

Pero no corría lo bastante. Lo peor era que no sabría qué hacer cuando los alcanzase. La red estaba en el centro del enjambre de hombrecillos, y éstos no le permitirían llegar hasta ella. Y aunque consiguiese arrebatársela, ¿de qué le serviría? Los hombrecillos-alga se irían igualmente tras ella, pues se hallaban tan ofuscados que no se daban cuenta de la proximidad de sus terribles enemigos.

A menos que...
Se le ocurrió a Lundy de repente. Una esperanza, una solución. Se le ocurrió claramente cuando el alga que iba delante le dio alcance y le abrazó con sus alas de hoja, estrechándole fuertemente.

Lundy lanzó un aullido de terror animal y pataleó desesperadamente, inyectando más aire en su traje. Ascendió con rapidez y las alas rozaron sus botas, pero no consiguieron apresarle. Volviéndose, Lundy descargó su pistola desintegradora contra el terrible ser, alcanzándole de pleno entre los ojos.

La voraz criatura empezó a debatirse, mientras caía desordenadamente, como un ave herida. Las que venían detrás chocaron con ella, y se detuvieron para devorarla. Muy pronto una docena de ellas se entrelazaban en lucha mortal, peleándose como una bandada de gaviotas por un pez. Lundy nadó furiosamente, maldiciendo su engorroso traje.

Pero muchas de las gigantescas rayas vegetales no se detuvieron, y las otras no estarían paradas por mucho tiempo Lundy movía brazos y piernas, fatigándose y sudando Estaba medio muerto de miedo. Le parecía vivir una pesadilla, en la que son vanos todos los esfuerzos por avanzar.

La corriente parecía ser más rápida allá arriba. Reunió todos sus pensamientos en un apretado haz, que arrojo hacia el corazón del grupo de hombrecillos-planta, tratando de alcanzar el ser encerrado en la red.
«Puedo libertarte. Soy el único que puede hacerlo.»

Una voz le respondió en el interior de su cerebro. Era la voz que había oído ya una vez en el interior de la cabina de la nave voladora hundida. Una voz tan dulce y tenue como la flauta de Pan que resonaba en las umbrías de la Arcadia.
«Lo sé. Mis pensamientos se han cruzado con los tuyos...»

Aquella voz de elfo se interrumpió de pronto, como si experimentase un acceso de dolor. Muy débilmente, Lundy oyó:
«¡Qué peso! ¡Qué peso! Me cuesta moverme...»

Un desesperado anhelo por algo que él no podía comprender atravesó la mente de Lundy como el grito de un niño asustado. Y entonces el enjambre de hombrecillos vegetales se abrió y se dispersó como barrido por un huracán.

Lundy contempló como todos se despertaban de su sueño.

Ella había desaparecido, y los pequeños hombrecillos verdes no sabían por qué estaban allí ni qué hacían. Tenían el recuerdo conmovedor de una belleza inalcanzable, y eso era todo. Se sentían perdidos y asustados.

Y entonces vieron a los otros.

Fue como si les hubiesen asestado un tremendo golpe. Permanecieron inmóviles, dejándose llevar por la corriente, con sus ojos dorados muy abiertos y sorprendidos. Sus brillantes pétalos se plegaron sobre sí mismos y desaparecieron, y sus verdes cuerpos adquirieron un color casi negro.

Las rayas vegetales desplegaron sus alas y se abalanzaron sobre ellos como grandes pájaros negros. Y más allá, bajo el opaco brillo dorado, Lundy distinguió los distantes edificios de la colonia. Algunas de las puertas aún estaban abiertas, y frente a ellas esperaban grupos de diminutas figurillas.

Lundy aún conservaba cierta ventaja sobre las primeras rayas. Se apoderó de la red flotante y se la sujetó al cinto, para dirigirse luego con torpes movimientos hacia una torre en ruinas que se alzaba a su derecha.

Dio una perentoria orden telepática a los hombrecillos vegetales, tratando de obligarles a volverse y emprender la huida, asegurándoles al propio tiempo que él plantaría cara a los otros. Los pobrecillos estaban demasiado asustados para entenderle. Casi llorando, él los apostrofó. Al tercer intento consiguió hacerse comprender y entonces todos huyeron apresuradamente, con toda la velocidad que les fue posible.
Lundy, entre tanto, se había hecho fuerte entre las ruinas para hacer frente a sus primeros atacantes.

Empuñaba una pistola en cada mano y redujo a cenizas a muchas de las feroces rayas. Las aguas que le rodeaban pronto estuvieron llenas de cuerpos que se agitaban convulsivamente, y de vivos que devoraban a los muertos o se peleaban entre sí. Pero no podía detenerlas a todas, y algunas rayas llegaron hasta él.

Casi sin volver la cabeza podía ver las enormes siluetas rojas semejantes a grandes pájaros que se abatían sobre los moribundos, para envolverías en sus anchas alas, y permanecer luego quietas en el centro de la corriente, entregadas a su espantoso festín.

Entre tanto, la algas femeninas mantenían abiertas las puertas de sus casas. Así esperaron hasta que el último de sus compañeros regresó, y entonces cerraron las puertas de oro en las narices romas de las feroces rayas. Sólo perecieron unos pocos de los hombrecillos verdes. Solamente unas cuantas viudas tendrían que ocultar sus pétalos y llevar su azul grisáceo de luto. Lundy se alegró de ello.

Más valía que Lundy se alegrase de algo, porque uno de aquellos feroces seres había hecho presa sobre los hombros del terrestre. Las voraces algas habían conseguido descubrir finalmente a su atacante. Además, Lundy era entonces la única presa visible.

Se reunieron para dar el asalto final, después de describir una apretada curva en las negras aguas. Lundy consiguió aniquilar a dos más antes de que una de sus pistolas se quedase sin carga. Poco después, la otra se encasquilló.

Lundy, solo en la torre arruinada, veía cómo la muerte giraba en círculos a su alrededor. Y entonces le habló de nuevo la dulce voz del ello encerrado en la red:
«Suéltame. ¡Suéltame!»

Lundy apretó fuertemente las mandíbulas y tomó la única alternativa que le quedaba. Deshinchó su traje y saltó, para hundirse en las negras profundidades del edificio en ruinas.
Las rayas plegaron sus alas como un pájaro al caer como una piedra y descendieron tras él, impeliéndose con enérgicos coletazos.

Por las hendiduras de los muros y por las ventanas penetraban destellos intermitentes. Lundy descendió largo rato. No necesitaba escaleras. Además, los terremotos habían hundido casi todos los pisos.

Las rayas le seguían implacablemente. Sus largos cuerpos sinuosos eran tan ágiles como el de un tiburón, y avanzaban con celeridad increíble.

Y la vocecilla no cesaba de gritar en su mente, pidiéndole que la soltase.

Así llegó Lundy al fondo.

Le rodeaban allí unos muros solidísimos, y reinaba una profunda obscuridad. Se hallaba en un lugar lleno de ruinas y cascotes. Avanzó a tientas. La luz del casco se había averiado, y además tampoco la hubiera utilizado para no atraer a sus perseguidores.

Notaba la presencia de éstos, girando veloces a su alrededor. Echó a correr sin rumbo determinado y tropezando en las piedras. Por tres veces le rozaron unos grandes cuerpos musculosos, derribándole, pero no pudieron apresarle en la obscuridad, porque chocaban entre sí y se confundían.

Lundy cayó de pronto en una gran sala, contigua a la estancia en que se hallaba y a un nivel algo inferior al de ésta. Apenas recibió daño en la caída. Las áureas puertas se abrían hacia las aguas libres, y reinaba bastante claridad.

Bastante claridad para que Lundy viese algunas cabezas de rayas que trataban de entrar, y también bastante para que éstas viesen a Lundy.
La vocecilla insistía:
«¡Suéltame ¡Suéltame!»

A Lundy no le quedaba aliento para maldecir. Volviéndose, echó a correr, pero las rayas movieron lánguidamente sus colas y le alcanzaron antes de que hubiese podido recorrer diez metros. Hubiérase dicho que se reían de él.

Lo único que salvó de momento a Lundy fue que cuando desplegaron sus grandes alas para envolverle en ellas, chocaron con las que venía del otro lado. Esto las detuvo por unos segundos. Aunque ello bastó para que Lundy viese la puerta.

Era una portezuela de piedra negra sin ningún ornamento, que permanecía entreabierta sobre sus goznes de oro, a unos tres metros de distancia.

Lundy se precipitó hacia ella. Esquivó una enorme ala que se abatía sobre él, dio un tremendo salto que casi partió su espinazo, y asió el borde de la puerta con ambas manos, tirando frenéticamente de él.

El extremo de un tentáculo chocó contra sus pies. Sus botas con suela de plomo golpearon el suelo, y por un momento pensó que le habían roto las piernas. Pero la onda líquida creada por el golpe le ayudó a introducirse por la estrecha abertura.

Media docena de romas cabezas parduscas trataron de introducirse tras él, sin conseguirlo. Lundy se hallaba a gatas, tratando de recuperar su aliento, pero le parecía como si su pecho soportara el peso de un torreón de piedra. Además, su vista se debilitaba.

Avanzó a rastras hasta arrimar su hombro a la puerta, empujándola con fuerza para cerrarla. Pero la puerta no se movió. La construcción se había movido, atascando para siempre la puerta en sus goznes. Ni siquiera las poderosas rayas podían abrirla.

Pero a pesar de ello, seguían forcejeando. Lundy se arrastró lejos de allí. Al poco rato parte de aquel peso que oprimía su pecho desapareció, y recuperó la visión.

Un rayo de luz dorada, que brillaba y se apagaba intermitentemente, entraba por una grieta situada a unos diez metros sobre su cabeza. Era una pequeña hendidura, por la que ni siquiera hubiera podido pasar un niño. En la estancia no había más abertura que aquélla y la puerta.

Era una habitación de reducidas dimensiones. Sus paredes de piedra eran completamente negras, sin adornos ni relieves, con excepción de la pared del fondo.

Ante ésta se alzaba un bloque cuadrado de azabache, de unos dos metros y medio de largo por poco más de un metro de ancho, ahuecado de manera peculiar, que hacía pensar en algo muy poco agradable. Sobre él lucía con un rojo resplandor, que parecía preludiar el fuego del infierno, un solo y enorme rubí, engarzado en la piedra.

Lundy había visto cámaras parecidas en antiguas ciudades que aún se hallaban en tierra firme. Allí era donde antaño se sacrificaban a los hombres que habían pecado contra sus semejantes o contra los dioses.

Lundy echó una mirada hacia los voraces monstruos que trataban de abrir más la puerta atrancada, y se rió, a pesar de que la situación no tenía nada de divertida. Después de disparar su último tiro, se sentó.

Aquellos monstruos terminarían sin duda por cansarse y se marcharían. Pero si no se iban dentro de pocos minutos, poco importaría que se quedasen. El oxígeno de Lundy se estaba acabando, y aún le faltaba mucho para llegar a la costa.
La vocecilla de la red gritó:
«¡Suéltame!»
–Vete al infierno –gritó Lundy. Se sentía muy cansado. Tan cansado que poco le importaba ya vivir o morir.
Se aseguró de que la red seguía bien sujeta al cinto, y el nudo que la cerraba bien apretado.
–Si vivo, irás a Vhia conmigo. Y si muero... bueno, ya no podrás hacer más daño a nadie. Habrá un diablo menos suelto en Venus.
«¡Quiero ser libre. ¡Suéltame, suéltame! Este peso agobiante.»
–Sí, claro. Quieres ser libre para volver locos a hombres como Farrell, y obligarles a abandonar sus mujeres e hijos para seguirte. Quieres ser libre para matar... –miró la red con ojos abotagados–. Jackie Smith era amigo mío ¿Y tú crees que podrás obligarme a que te suelte con tus artimañas?

Entonces la vio.

A través de la red, como si la apretada malla metálica fuese celofan. La tenía acurrucada sobre sus rodillas, un ser diminuto de apenas medio metro de estatura, doblado sobre sus piernas. La curva de su espalda parecía esculpida por un ángel en un pedazo de cálida nube rosada, nacarada...

(CONTINUARA...) 

Terror en el espacio (Capítulo 3) - Leigh Brackett

Capítulo 3
 

A Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La comunicación mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta, en muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba lecciones de telepatía a sus hombres.
–Sí, vivo gracias a vosotras.

Había algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que lo desconcertaba. Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie, no muy firme.
–Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba aquí?
–Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que es tener miedo. Entonces, vinimos.
–No os puedo decir otra cosa sino «gracias».
–Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias.

Lundy miró las flores que brillaban con apagado resplandor en las tinieblas.
–¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...?
–¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras.
Este último pensamiento expresaba un terror cerval.
–Caníbales...

Lundy miró a la nube de delicadas figurillas femeninas de color azul grisáceo. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
Aquellos seres le miraron benévolamente con sus suaves ojos dorados, y le pareció como si sonriesen.
–Sí, somos diferentes de ti, ya lo sabemos. Del mismo modo como somos diferentes de los peces. ¿Qué piensas? En las algas... las algas brillantes que crecen... sí, son parientes nuestras.

Parientes, se dijo Lundy. En efecto. Como nosotros somos parientes de los animales. Eran plantas. Las plantas vivientes no eran nada nuevo en Venus. ¿Por qué no admitir la existencia de plantas pensantes, de plantas que se desplazaban en sus raíces, y miraban con tristes ojos suaves?
–Vámonos de aquí –dijo Lundy.

Salieron del obscuro túnel y prosiguieron por la carretera, mientras las flores abrían sus bocas como canes hambrientos tratando de morder a Lundy, pero sin conseguir alcanzarlo.

Él empezó a atravesar la estrecha llanura, con las plantas femeninas nadando lánguidamente como una nube a su alrededor.

Eran algas. Pequeños fragmentos de algas con los que se podía conversar telepáticamente. Lundy se hallaba pasmado ante lo increíble de la situación.

La ciudad no hizo más que aumentar su pasmo. Estaba sumida en las sombras cuando la vio desde la llanura, débilmente iluminada por el resplandor procedente de la arena, semejante al claro de luna. Era una gran ciudad, que se extendía a lo lejos, rodeada de sus murallas. Era grande, silenciosa y antiquísima. Parecía esperar al final de la carretera.

En aquella luz mortecina, por curioso que fuese, parecía más real. Lundy se olvidó por un momento de la existencia del agua. Le parecía caminar hacia una ciudad dormida, bañada por la pálida claridad lunar, sintiendo su fuerza secreta y débilmente hostil domeñada y retenida hasta el alba...

Aunque jamás habría un alba para aquella ciudad. Nunca jamás.

Lundy deseó de pronto emprender la huida.
–No temas. Nosotros vivimos aquí. Es un lugar seguro.

Lundy movió la cabeza con irritación. De pronto la luz brillante centelleó de nuevo por tres veces consecutivas. Parecía venir de algún lugar a la derecha, más allá de la cordillera submarina. Lundy notó un débil temblor en la arena. Una hendidura volcánica, probablemente, que se abrió al hundirse la arena.

La luz dorada hizo cambiar de nuevo el aspecto de la ciudad, que volvió a parecer una ciudad de cuento de hadas al atardecer... un lugar de los que se ven en sueños.

Cuando atravesó las puertas se sentía intimidado, pero no experimentaba temor. Y entonces, mientras permanecía en el centro de la plaza contemplando los grandes y borrosos edificios que se alzaban a su alrededor le alcanzó un pensamiento procedente de la nube de pequeñas criaturas femeninas.
–Era un lugar seguro y dichoso... antes de que ella viniese.
Tras una larga pausa, Lundy dijo:
–¿Ella?
–No la hemos visto. Pero nuestros compañeros si la vieron. Ella vino no hace mucho y recorrió las calles, y todos nuestros compañeros nos dejaron para irse en su seguimiento. Decían, al irse, que su belleza es incomparable, muy superior a la de cualquiera de nosotras y que...
–...Y que tiene los ojos velados y que ellos desean verlos. Si no le ven los ojos enloquecerán, y por esto la siguen.

La triste nubecilla azul grisácea se agitó entre las aguas obscuras. Varios pares de ojos dorados le miraron.
Lundy respiró profundamente. Tenía las palmas de las manos húmedas.
–Si. Sí, yo también la seguí.
–Comprendemos tu pensamiento...

Descendieron hacia él, rodeándole, mientras sus delicadas membranas aleteaban como las transparentes alas de los elfos. Sus grandes ojos dorados tenían una expresión cariñosa y suplicante.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Puedes hacer que vuelvan nuestros compañeros, sanos y salvos? Lo han olvidado todo. Si los otros viniesen...
–¿Los otros?

La mente de Lundy se sumió en un espantoso temor. Se representó las más terribles imágenes. Vio engendros de pesadilla...
–Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.

Las delicadas figurillas vagamente femeninas se echaron a temblar como hojas agitadas por el viento.
–Nos escondemos de ellas en las casas. Así los tenemos a raya, evitando que lleguen hasta nuestras semillas y nuestros vástagos. Pero nuestros compañeros lo han echado todo al olvido. Si los otros vienen mientras ellos la siguen, los encontrarán inermes y desamparados y los matarán a todos. 

Entonces nosotras nos quedaremos solas, sin simiente y sin descendencia.

Se apretujaron a su alrededor, tocándole con sus pequeñas aletas delanteras de color azul grisáceo.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Verdad que nos ayudarás?
Lundy cerró los ojos. Cerró fuertemente las mandíbulas. Cuando abrió los ojos de nuevo, éstos eran duros como ágatas.
–Os ayudaré o moriré en la demanda.

Reinaba la obscuridad en la enorme plaza. Por las puertas abiertas se filtraba el débil resplandor procedente de la arena. Por un momento los pequeños seres azul grisáceos se apiñaron a su alrededor, inmóviles, oscilando únicamente bajo la acción del lento ritmo del océano.

De pronto todas se apartaron de él, arrebatadas por una loca esperanza... y Lundy se quedó mirándolas, boquiabierto.

Ya no eran de color azul grisáceo. De pronto brillaron y sus alas y sus delicados y flexibles cuerpecillos adquirieron un cálido tono verde que latía con la vibrante palpitación de la vida.

Sus largos y esbeltos pétalos vivientes debían de estar contraídos, mientras llevaban su color azul grisáceo de luto. De pronto estallaron como corolas llameantes en torno a sus cabecitas.

Eran de color azul, escarlata y dorado, rojas como amapolas violetas y de color de fuego, de color blanco plateado y rosado como una nube matinal, tiñendo las negras aguas con pinceladas de color. Surgían de los cuerpecitos verdes que hacían cabriolas y ascendían a gran altura junto a los obscuros y ceñudos edificios, semejantes a las mariposas que habían revoloteado ante ellos cuando la luz del sol aún no había desaparecido para siempre.

Tan repentinamente como habían empezado esta danza, la terminaron. Se dejaron arrastrar inmóviles por las aguas y sus colores palidecieron. Lundy les preguntó:
–¿Dónde están?
–En lo más profundo de la ciudad, más allá de estas casas donde moramos... en las calles que sólo visitan los jóvenes curiosos. ¡Haz que vuelvan, por favor! ¡Te lo suplicamos, tráelos de nuevo junto a nosotras! 

Dejándolas sobre la gran plaza obscura, penetró en la ciudad.
Recorrió anchas calles pavimentadas marcadas por profundas roderas y desgastadas por generaciones de pies calzados por sandalias. Las grandes construcciones corroídas por el agua se alzaban a ambos lados, dominadas por el resplandor intermitente de la lejana fisura volcánica.

Las ventanas, de forma típicamente venusiana, estaban cerradas por celosías de mármol y de piedra semipreciosa, delicadamente labrada hasta parecer una joya complicadísima. Las grandes puertas doradas permanecían abiertas sobre sus goznes no atacados por la corrosión. Por aquellas puertas Lundy tuvo un atisbo de la vida de aquel pequeño pueblo vegetal.

La planta baja de algunas de las casas se hallaba recubierta de una capa de arena. Sobre ella se cernían con gesto protector aquellas plantas femeninas, alisando la arena cuando el movimiento del agua la alteraba. Lundy conjeturó que allí estaban plantadas las semillas.

En otros lugares vio colonias enteras de diminutos seres que parecían flores plantados en la arena; brillaban en la semiobscuridad con un pálido resplandor verde y primaveral. Permanecían en tranquilas hileras moviendo sus pequeñas corolas infantiles de color rosado y jugando solemnemente con pedacitos de alga de alegres colores y piedras abigarradas. 

Las pequeñas flores estaban atendidas y cuidadas solícitamente por plantas adultas.

Varias veces Lundy pudo ver a grupos de jóvenes retoños, que ya se habían desprendido de la arena, aprendiendo a nadar bajo la égida de las plantas femeninas, agitándose en las negras aguas como pétalos de vivos colores bajo el viento de la primavera.

Todas las plantas femeninas mostraban el mismo color gris azulado de luto con sus flores ocultas.

Así seguirían a menos que Lundy pudiese dar cima a la tarea que le había encomendado la Policía Espacial. Hasta aquel momento no había demostrado hallarse a la altura de aquella misión.

El pobre Farrell, casi desollado vivo y sin sentirlo porque sólo era capaz de pensar en ella. Jackie Smith, ahogado en una esclusa estanca porque ella quería ser libre y él tuvo que ayudarla a conseguir su propósito.

¿Sería superior él, Lundy, a Farrell y a Smith y a todos cuantos ella había hecho enloquecer? ¿Sería capaz de apresar a aquella diabólica vampiresa en una red y mantenerla a buen recaudo en ella, sin perder antes la razón?

Lundy no se sentía capaz de ello. Aquella misión era superior a sus fuerzas.

Recordaba la primera vez que consiguió apresar a aquel ser en su red. Recordaba también los últimos minutos antes de estrellarse, cuando lo oyó gritar desde el interior del cofre, pidiéndole que le pusiese en libertad. Recordó la cara de Jackie Smith cuando entró en la cabina empujado por el agua que inundaba la esclusa, y la pregunta que entonces se hizo él mismo... Dios mío, ¿qué vio antes de ahogarse?

Notó de nuevo que se le hacia un nudo frío en el estómago, pero esta vez aquel nudo tenía espinas que se clavaban en su carne.

Dejó atrás la colonia de plantas y penetró en calles desiertas iluminadas por el intermitente centelleo de la fisura volcánica. Empezó a encontrar ruinas a su paso. Pavimentos agrietados y removidos, torres hundidas, las celosías de piedra esculpida caídas de las ventanas. Paredes enteras habíanse desmoronado en algunos sitios, y la mayoría de las puertas doradas estaban rotas, abiertas violentamente o faltaban por completo.

Era una ciudad muerta. Tan muerta y silenciosa que en ella no se podía respirar, y tan antigua que amedrentaba el ánimo más templado.

Buen sitio para volverse loco en seguimiento de un ensueño.

Al cabo de mucho tiempo, Lundy los vio... vio a los compañeros de las pequeñas algas femeninas. Formaban una larga hilera... dijérase una bandada de aves migratorias, que serpenteaba entre las obscuras torres en ruinas.

Se parecían a sus compañeras. Quizá eran algo mayores, un poco más robustos, de cuerpos verdinegros fuertes y recios y brillantes colores. Sus ojos dorados permanecían fijos en algo que Lundy no podía ver, y hubiérase dicho que eran los ojos de Lucifer suplicando que le franqueasen la entrada en el Cielo.

Lundy empezó a avanzar contra la corriente, cruzando en diagonal una amplia plaza para avanzar a la cabeza de la procesión. Entre tanto descolgó la red de su cintura con manos semejantes a dos peces muertos.

De pronto se tambaleó, perdió pie y cayó de bruces. Le parecía que alguien le había empujado de un fuerte empellón. Trató de levantarse, pero algo le empujó de nuevo. El áureo resplandor procedente de la fisura brillaba ahora ininterrumpidamente, y era cegador.

La hilera de figurillas vagamente masculinas se dobló de pronto como bajo los efectos de un latigazo y Lundy comprendió lo que ocurría.

Se alzaba una corriente en la ciudad. Era una corriente que surgía como los vientos cálidos que antes la barrían, procedentes del mar, y que traían las lluvias.
«Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.»
Eran los otros... los otros, caníbales...
Ella conducía el brillante cortejo de algas masculinas entre los torreones, mientras en las calles se alzaba la corriente...

Lundy se incorporó Después de equilibrarse para resistir el empuje de la corriente, echó a correr en seguimiento de la procesión. Resultaba muy difícil correr en aquel medio líquido y con sus botas de suela de plomo. Se esforzó por calcular dónde debía de hallarse aquello –o ella– a juzgar por el lugar hacia donde miraban los hombrecillos-plantas.

La luz cegadora brillaba ininterrumpidamente, y aún parecía hacerse más rutilante. El agua frenaba su avance, tirando de él con mil manos. Miró una vez hacia atrás, pero no pudo ver nada en las sombras que se extendían entre los torreones. 

Sintió miedo.

Cuando extendió la red, el miedo le dominaba. 

Aquello –o ella– no le vio, aunque esto pueda parecer raro. Tampoco notó la proximidad de su mente, a pesar de que él alzó barreras protectoras a su alrededor. Pero Lundy quedaba muy empequeñecido bajo las sombras que proyectaban los gigantescos muros y el esfuerzo de crear una ilusión para tantas mentes debía tener muy ocupado al espantoso ser del espacio.

La suerte estaba nuevamente de su lado como cuando consiguió alcanzar a Farrell. Rogó al Cielo que la suerte no le desamparase.
 

Lo consiguió.
 

La corriente empujó a la procesión hacia el lugar donde se hallaba agazapado Lundy. Éste observó los ojos de las algas. Ella aun conducía a los diminutos seres. Ella tenía un cuerpo físico, aunque él no pudiese verlo, y notaría el influjo de la corriente, por pequeño que fuese.

Tiró la red con rapidez.

La red se hinchó en las aguas negras y entonces él tiró de ella. 

Había apresado algo. Algo pequeño, cilíndrico y que se debatía. Algo vivo.

Apretó el lazo que cerraba la red, temblando y sudando de excitación nerviosa. Y entonces los hombrecillos vegetales le atacaron.

Cayeron sobre él, como una nube resplandeciente. Sus ojos dorados resplandecían de furor. Habían perdido el juicio. Sus mentes chillaban en un solo clamor de ira... y de temor por ella.

Le pegaron con sus pequeñas aletas verdes. Sus corolas echaban chispas, cálidas manchas de color, llamaradas que brillaban en las aguas obscuras. Tiraron de la red, la sacudieron, agitando sus membranas como alas en su esfuerzo por luchar contra la corriente.

Lundy era un sujeto rechoncho, fuerte y musculoso. Lanzando verdaderos rugidos, luchó para defender la red como hubiera hecho un lobo al que intentasen arrebatar un tierno corderillo. Sin embargo, la perdió. Cayó de bruces bajo un montón de hombrecillos vegetales, jadeando afanosamente bajo su peso, y dando gracias a Dios de que su sólida escafandra le salvase de morir aplastado.

Vio como ellos se apoderaban de la red. Se apiñaron a su alrededor como un enjambre de abejas, danzando en las aguas movedizas. Sus ojos dorados tenían una terrible expresión de dolor.

No podían abrir la red. Lundy la había asegurado con un fuerte nudo, y aquellos seres no tenían dedos. La golpeaban y acariciaban con sus aletas, pero eran incapaces de abrirla para que ella escapase.

Lundy se puso a gatas. La corriente se hacía más violenta. Rugía entre las torres desmoronadas como un negro vendaval y se llevó con ella el enjambre de hombrecillos verdes, que seguían aferrando la red.

Y entonces llegaron los otros.

(CONTINUARA...)