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Celephaïs - H. P. Lovecraft


     En un sueño Kuranes vio la ciudad del valle y la costa que había más allá, y el pico que dominaba el mar, y las galeras pintadas de alegres colores que zarpan desde el puerto rumbo a las distantes regiones donde el mar se junta con los cielos. 

    También en un sueño consiguió el nombre de Kuranes, ya que durante la vigilia era llamado de forma distinta. Quizás le fue natural el soñar un nombre nuevo, ya que era el último de su estirpe y se hallaba solo entre las muchedumbres indiferentes de Londres, por lo que no había demasiados que pudieran hablar con él y recordarle quién había sido. 

    Había perdido sus tierras y dinero, y no se preocupaba de los hábitos de la gente alrededor, ya que prefería soñar y plasmar tales sueños. Cuanto escribiera había despertado la hilaridad de aquellos a los que se lo había mostrado, y, por último, dejó de escribir. Cuanto más se retiraba del mundo inmediato, más maravillosos se volvían sus sueños, y hubiera sido casi inútil el intentar traspasarlos al papel. 

    Kuranes no era un hombre moderno, y no tenía las miras de otros que también escriben. Mientras ellos pugnaban por despojar a la vida de las ornadas vestimentas del mito, Kuranes tan solo aspiraba a la belleza. Cuando la verdad y la experiencia no se la mostraron, se volvió hacia la fantasía y la ilusión, hallándola en sus mismos umbrales, entre los nebulosos recuerdos de los cuentos de su niñez y entre los sueños.

No hay mucha gente que sepa cuántas maravillas se les abren en las historias y visiones de juventud, ya que cuando somos niños oímos y soñamos, albergamos ideas a medio cuajar, y cuando al hacernos hombres intentamos recordar, nos vemos estorbados y convertidos en seres prosaicos por el veneno de la vida. 

Pero algunos de nosotros nos despertamos en mitad de la noche entre extraños fantasmas de colinas y jardines encantados, de fuentes cantarinas al sol, de acantilados dorados a la vera de mares rumorosos, de llanuras abiertas en torno a somnolientas ciudades de bronce y piedra, de la severa compañía de héroes cabalgando blancos caballos engualdrapados junto a espesas selvas; y entonces sabremos que hemos vuelto los ojos a las puertas de marfil del mundo de prodigios que fuera nuestro antes de convertirnos en sabios e infelices.

Kuranes volvió de súbito al viejo mundo de la infancia. Había estado soñando con la casa donde naciera; el gran hogar de piedra cubierto por la hiedra, donde vivieran trece generaciones de antepasados, y donde hubiera ansiado morir. 

Lucía la luna, y él se había escabullido por la fragante noche veraniega; atravesó jardines, bajó terrazas, dejó atrás los grandes robles y recorrió el largo camino blanquecino hacia el pueblo. 

La villa parecía muy antigua, con sus límites tan reducidos como aquella luna que comenzaba a menguar, y Kuranes se preguntó si bajo los tejados picudos de las casitas se albergaría el sueño o la muerte. Las malas hierbas crecían en las calles, y los cristales de las ventanas a ambos lados se encontraban rotos o acechaban transparentes. 

Kuranes no se demoró, antes bien prosiguió trabajosamente, como al reclamo de alguna meta. No osó desobedecer su llamada por miedo a que se revelase como una ilusión similar a las necesidades y aspiraciones de la vigilia, que no conducen a destino alguno. 

Luego se sintió atraído hacia un callejón que salía del casco de la ciudad rumbo a los acantilados del canal y alcanzó el final de las cosas… el precipicio y el abismo donde el pueblo y el mundo entero se desplomaban abruptamente en una vacuidad sin sonidos de infinito, y donde el cielo por delante se hallaba a oscuras, despojado de la menguante luna o de las acechantes estrellas. 

La confianza le urgió a proseguir sobre el precipicio, en el abismo por donde descendió flotando, flotando, flotando; pasó oscuridad, incorporeidad, sueños no soñados, esferas débilmente iluminadas que podían ser sueños soñados a medias y burlones seres alados que parecían mofarse de los soñadores de todos los mundos. 

Entonces pareció abrirse una falla en la oscuridad de delante y vio la ciudad del valle, refulgiendo de forma radiante a lo lejos, lejos y abajo, con el trasfondo del mar y del cielo, y la montaña cubierta de nieves al pie de la orilla.

Kuranes se despertó en el mismo instante de vislumbrar la ciudad, aunque gracias a aquel fugaz vistazo supo que no se trataba sino de Celephaïs, en el valle de Ooth-Nargai, más allá de las colinas Tanarias, donde su espíritu morara durante toda la eternidad de una hora, una tarde de verano, mucho tiempo atrás, cuando se había escapado de su aya y había permitido que la cálida brisa marina le acunara hasta alcanzar el sueño mientras observaba las nubes desde los riscos próximos al pueblo. 

Entonces se había resistido, cuando lo encontraron, lo despertaron y lo llevaron de vuelta a casa, ya que justo al despertar había estado al borde de embarcar en una galera dorada rumbo a esas seductoras regiones donde el mar se reúne con el cielo. Y ahora se sentía igualmente molesto de despertar, ya que había reencontrado su fabulosa ciudad tras cuarenta fatigosos años.

Pero Kuranes volvió a Celephaïs tres noches después. Como anteriormente, soñó al principio con el pueblo durmiente o muerto, y con el abismo por el que uno debía caer flotando en el silencio; luego apareció de nuevo el acantilado y pudo contemplar los resplandecientes minaretes de la ciudad, y vio las galeras llenas de gracia fondeadas en el puerto azul, y observó los gingkos de monte Aran meciéndose con la brisa marina. 

Pero esta vez no se vio bruscamente arrebatado y fue a posarse tan suavemente como un ser alado sobre una colina herbosa, hasta que al fin sus pies reposaron sin violencia sobre el césped. Había por fin regresado al valle de Ooth-Nargai y a la esplendorosa ciudad de Celephaïs.

Kuranes fue cuesta abajo entre hierbas aromáticas y flores brillantes, cruzó el burbujeante Naraxa por el puentecillo de madera sobre el que grabara su nombre tantos años atrás, y cruzó las susurrantes arboledas rumbo al gran puente de piedra que llevaba a las puertas de la ciudad. 

Todo seguía como antes; ni las murallas marmóreas se habían descolorido, ni se habían deslucido las estatuas de bronce que las coronaban. Y Kuranes vio que no debía temer que las cosas que conociera hubieran desaparecido, ya que incluso los centinelas de las murallas eran los mismos, y tan jóvenes como los recordaba. 

Al entrar en la ciudad, cruzando las puertas de bronce y pisando el pavimento de ónice, los mercaderes y los camelleros lo saludaban como si no se hubiera marchado jamás; y le ocurrió lo mismo en el templo de turquesa de Nath-Horthath, donde los sacerdotes tocados de orquídeas le informaron de que el tiempo no existe en Ooth-Nargai, sino tan solo juventud eterna. 

Entonces Kuranes fue por la calle de las Columnas hasta el muro marítimo, donde se reunían mercaderes y marineros, así como extrañas gentes llegadas de las regiones donde el mar se junta con el cielo. Allí estuvo largo rato, oteando sobre el puerto brillante donde el oleaje centellea bajo un sol desconocido y donde se encuentran listas para zarpar las galeras de lugares lejanos. 

Y contempló también al monte Aran alzándose regiamente sobre la orilla, las suaves laderas verdes con sus árboles balanceándose y su cima blanca rozando las nubes.

Más que nunca, Kuranes sintió el anhelo de embarcar en una galera rumbo a los lejanos lugares sobre los que había oído contar tantas extrañas historias, y buscó de nuevo al capitán que había aceptado enrolarlo hacía tanto tiempo. 

Encontró a aquel hombre, Athib, sentado sobre el mismo cofre de especias que ocupara antaño, y Athib no parecía ser consciente de cuánto tiempo había transcurrido. Entonces los dos remaron hasta una galera del puerto y, dando órdenes a los remeros, comenzaron a bogar sobre el ondulante mar Cerenio que conduce hasta el cielo. 

Durante varios días se deslizaron sobre el mar agitado hasta alcanzar por fin el horizonte, donde el mar se reúne con el firmamento. Aquí la galera no llegó a detenerse, sino que fue flotando despacio por el azul celeste entre nubes de algodón teñidas de rosa. 

Y muy por debajo de la quilla, Kuranes llegó a divisar extrañas tierras y ríos y ciudades de arrebatadora belleza, tendidas indolentes al resplandor de un sol que nunca parecía menguar o desaparecer. 

Al fin Athib le comunicó que el viaje estaba próximo a concluir, y que pronto arribarían al puerto de Serannian, la ciudad de mármol rojo de las nubes, que ha sido edificada en esa etérea costa donde el viento del poniente sopla por los cielos; pero cuando la más alta de las torres talladas de la ciudad apareció a la vista, se produjo un sonido en algún lugar y Kuranes despertó en su buhardilla de Londres.

Durante muchos meses, Kuranes buscó en vano la maravillosa ciudad de Celephaïs y sus galeras celestiales; y aunque sus sueños le llevaron a multitud de lugares magníficos, nunca antes narrados, nadie de cuantos se cruzó fue capaz de indicarle cómo encontrar Ooth-Nargai, más allá de la colinas Tanarias. 

Una noche sobrevoló oscuras montañas donde ardían mortecinos y solitarios fuegos de campamento, a una gran distancia, y había extraños rebaños de seres velludos cuyos guías portaban resonantes campanillas; y en la parte más salvaje de aquel montañoso distrito, tan remoto que pocos hombres habían llegado a verlo, encontró un muro o calzada de piedra, de espantosa antigüedad, zigzagueando entre las cimas y los valles; demasiado grande incluso para haber sido construido por manos humanas, y de tal longitud que ninguno de sus extremos estaba a la vista. 

Más allá del muro, en el alba gris, llegó a una tierra de pintorescos jardines y cerezos, y al alzarse el sol pudo contemplar la belleza de flores rojas y blancas, follajes verdes y céspedes, caminos blancos, arroyos cristalinos, estanques azules, puentes tallados y pagodas de tejados rojos; y buscó a la gente de esa tierra, pero comprobó que allí no había nadie, fuera de pájaros, abejas y mariposas. 

Otra noche Kuranes se acercó a una escalera espiral de piedra, húmeda y sin fin, y llegó a una ventana de una torre que dominaba una gran llanura y un río a la luz de la luna llena, y en aquella silenciosa ciudad que se extendía por la orilla del río creyó columbrar algún rasgo o aspecto nunca antes visto. 

Hubiera bajado a preguntar por el camino a Ooth-Nargai de no ser por la temible aurora que se alzó sobre algún remoto lugar más allá del horizonte, mostrando las ruinas y la antigüedad de la ciudad, y el estancamiento del río enrojecido y la muerte enseñoreándose de esa tierra, tal y como sucediera desde que el rey Kynaratholis volviera de sus conquistas para arrostrar la venganza de los dioses.

Así que Kuranes buscó infructuosamente la maravillosa ciudad de Celephaïs y sus galeras que bogan hasta Seranman a través de los cielos, presenciando mientras tanto multitud de maravillas y escapando en una ocasión por los pelos del sumo sacerdote que no puede ser descrito, aquel que porta una máscara de seda amarilla sobre el rostro y mora solitario en un prehistórico monasterio de piedra en la fría meseta desértica de Leng. 

Según crecía su impaciencia durante los pocos acogedores intervalos de vigilia, comenzó a comprar drogas para prolongar sus periodos de sueño. El hachís resultó de gran ayuda, y una vez lo condujo hasta una parte del espacio donde no existen formas, pero donde gases resplandecientes estudian los secretos de la existencia. 

Y un gas violeta le dijo que esa parte del espacio se encontraba más allá de lo que se conoce como infinito. El gas no había oído hablar anteriormente de planetas u organismos, pero identificó sin dificultad a Kuranes como alguien procedente de ese infinito donde existen materia, energía y gravitación. 

Kuranes se sentía ahora sumamente ansioso de volver a esa Celephaïs salpicada de minaretes y aumentó sus dosis de drogas, pero finalmente se le acabó el dinero y ya no pudo comprar más. Entonces, un día de verano lo desahuciaron de su buhardilla y vagabundeó indefenso por las calles, pasando por un puente hasta un sitio donde las casas resultaban cada vez más míseras. Y entonces llegó la culminación, y se encontró con el cortejo de caballeros llegados de Celephaïs para llevarlo allí por siempre.

Apuestos caballeros eran, a horcajadas sobre caballos ruanos y revestidos de brillantes armaduras y tabardos de curiosos blasones. Resultaban tan numerosos que Kuranes estuvo a punto de confundirlos con un ejército, pero su jefe le informó de que habían sido enviados en su honor, ya que era él quien había creado Ooth-Nargai en sus sueños, por lo que sería nombrado su dios supremo para siempre. 

Entonces brindó un caballo a Kuranes y lo emplazaron a la cabeza de la comitiva, y todos cabalgaron majestuosamente por las calles de Surrey camino de la región donde Kuranes y sus antepasados nacieran. Era algo muy extraño, ya que cada vez que pasaban por un pueblo a la luz del crepúsculo tan solo veían las casas y pueblos que Chaucer y gentes aún anteriores podían haber contemplado, y a veces veían a caballeros en sus monturas, acompañados de pequeñas compañías de secuaces. 

Al caer la noche viajaron más ligeros, hasta que pronto parecieron volar de forma asombrosa por los aires. Con la débil alborada llegaron al pueblo que Kuranes viera vivo durante su infancia y que ahora estaba dormido o muerto en sus sueños. 

Ahora vivía, y los pueblerinos más madrugadores les hicieron reverencias mientras los jinetes cruzaban ruidosamente las calles y torcían por el callejón que iba a parar al abismo del sueño. Previamente, Kuranes había entrado en tal abismo solo de noche, y se preguntaba por su aspecto durante el día; así que oteó ansioso mientras la columna se aproximaba al borde. 

Cuando galopaban por la pendiente hacia el precipicio, un fulgor dorado se alzó en alguna parte del oriente y cubrió todo el paisaje de resplandecientes ropajes. El abismo se mostraba ahora como un caos hirviente de esplendores rosados y cerúleos, y unas voces invisibles cantaban exultantes mientras el séquito de caballeros rebasaba el borde y flotaba graciosamente a través de las nubes resplandecientes y los fulgores plateados. 

Los jinetes flotaron sin fin, sus monturas hollando el éter como si galoparan sobre arenas doradas, y luego los vapores luminosos se abrieron para desvelar una luz aún mayor, el brillo de la ciudad de Celephaïs y de la ribera de más allá, y el pico nevado que dominaba el mar, y las galeras alegremente pintadas que zarpan rumbo a las lejanas regiones donde se juntan el mar y el cielo.

Y Kuranes reinó desde entonces en Ooth-Nargai y todas las regiones cercanas del sueño, y estableció alternativamente su corte entre Celephaïs y la Serannian, la ciudad de las nubes. Aún reina allí, y reinará feliz por siempre, aunque bajo los acantilados las mareas del canal agitaban burlonas el cuerpo de un vagabundo que pasara dando traspiés por el pueblo medio desierto al alba; jugueteaban burlonas y lo zaherían contra las piedras bajo Trevor Tower, cubierta de hiedra, donde un fabricante de cerveza particularmente paleto disfrutaba de una atmósfera comprada de extinta nobleza.

Terror en el espacio (Capítulo 4) - Leigh Brackett

Capítulo 4

Lundy les vio desde muy lejos. Por un momento no quiso dar crédito a sus ojos, tomándolos por sombras arrojadas por los destellos de luz que surgían de la fisura. Se apoyó en la pared de un edificio y se dedicó a observarlos.

Los observó mientras la corriente impetuosa los impelía hacia él. No se movió entonces. Sólo abrió afanosamente la boca tratando de respirar.

Recordaban vagamente las rayas gigantes que él había visto en la Tierra, con la diferencia de que éstas eran plantas. 

Grandes y esbeltos bulbos vegetales con sus hojas extendidas como alas para aprovechar la fuerza de la corriente. Su largos cuerpos en forma de lágrima terminaban en un reborde semejante a una cola de pez que hacía las veces de timón. En lugar de brazos tenían una especie de tentáculos.

Su color era rojo pardusco obscuro, el color de la sangre seca. El áureo resplandor de la fisura prestaba un extraño brillo a sus fríos ojos. Mostraba asimismo sus bocas redondas revestidas de agudas espinas, y las mortíferas ventosas que cubrían la parte interior de sus enormes tentáculos.

Aquellos brazos eran lo suficientemente largos y fuertes para desgarrar la tela de su escafandra. Lundy no sabía sí aquellos seres comían carne, pero esto poco importaba. Una vez uno de aquellos tentáculos le hubiese golpeado, de nada le serviría ya saberlo.

La red que contenía a ella se alejaba de él, y los otros se acercaban cada vez más. Aunque hubiese deseado renunciar entonces a su misión, no había ningún sitio para ocultarse en aquellos edificios arruinados y sin puertas.

Lundy llenó su traje de oxígeno, hinchándolo y confundiéndose con los seres que aquella negra corriente arrastraba hacia los infiernos.

La corriente le arrastró como una burbuja entre los muertos torreones, pero no con la suficiente celeridad. No llevaba bastante delantera a las algas caníbales. Trató de nadar, para aumentar su velocidad, pero aquello era como si un bote de remos quisiese competir con una flotilla de lanchas rápidas a plena marcha.

Ante él distinguía el grupo de hombrecillos vegetales. No habían cambiado de posición. Daban volteretas en el agua, y perdían lastimosamente el tiempo en correrías sin sentido, por lo que Lundy consiguió fácilmente darles alcance.

Pero no corría lo bastante. Lo peor era que no sabría qué hacer cuando los alcanzase. La red estaba en el centro del enjambre de hombrecillos, y éstos no le permitirían llegar hasta ella. Y aunque consiguiese arrebatársela, ¿de qué le serviría? Los hombrecillos-alga se irían igualmente tras ella, pues se hallaban tan ofuscados que no se daban cuenta de la proximidad de sus terribles enemigos.

A menos que...
Se le ocurrió a Lundy de repente. Una esperanza, una solución. Se le ocurrió claramente cuando el alga que iba delante le dio alcance y le abrazó con sus alas de hoja, estrechándole fuertemente.

Lundy lanzó un aullido de terror animal y pataleó desesperadamente, inyectando más aire en su traje. Ascendió con rapidez y las alas rozaron sus botas, pero no consiguieron apresarle. Volviéndose, Lundy descargó su pistola desintegradora contra el terrible ser, alcanzándole de pleno entre los ojos.

La voraz criatura empezó a debatirse, mientras caía desordenadamente, como un ave herida. Las que venían detrás chocaron con ella, y se detuvieron para devorarla. Muy pronto una docena de ellas se entrelazaban en lucha mortal, peleándose como una bandada de gaviotas por un pez. Lundy nadó furiosamente, maldiciendo su engorroso traje.

Pero muchas de las gigantescas rayas vegetales no se detuvieron, y las otras no estarían paradas por mucho tiempo Lundy movía brazos y piernas, fatigándose y sudando Estaba medio muerto de miedo. Le parecía vivir una pesadilla, en la que son vanos todos los esfuerzos por avanzar.

La corriente parecía ser más rápida allá arriba. Reunió todos sus pensamientos en un apretado haz, que arrojo hacia el corazón del grupo de hombrecillos-planta, tratando de alcanzar el ser encerrado en la red.
«Puedo libertarte. Soy el único que puede hacerlo.»

Una voz le respondió en el interior de su cerebro. Era la voz que había oído ya una vez en el interior de la cabina de la nave voladora hundida. Una voz tan dulce y tenue como la flauta de Pan que resonaba en las umbrías de la Arcadia.
«Lo sé. Mis pensamientos se han cruzado con los tuyos...»

Aquella voz de elfo se interrumpió de pronto, como si experimentase un acceso de dolor. Muy débilmente, Lundy oyó:
«¡Qué peso! ¡Qué peso! Me cuesta moverme...»

Un desesperado anhelo por algo que él no podía comprender atravesó la mente de Lundy como el grito de un niño asustado. Y entonces el enjambre de hombrecillos vegetales se abrió y se dispersó como barrido por un huracán.

Lundy contempló como todos se despertaban de su sueño.

Ella había desaparecido, y los pequeños hombrecillos verdes no sabían por qué estaban allí ni qué hacían. Tenían el recuerdo conmovedor de una belleza inalcanzable, y eso era todo. Se sentían perdidos y asustados.

Y entonces vieron a los otros.

Fue como si les hubiesen asestado un tremendo golpe. Permanecieron inmóviles, dejándose llevar por la corriente, con sus ojos dorados muy abiertos y sorprendidos. Sus brillantes pétalos se plegaron sobre sí mismos y desaparecieron, y sus verdes cuerpos adquirieron un color casi negro.

Las rayas vegetales desplegaron sus alas y se abalanzaron sobre ellos como grandes pájaros negros. Y más allá, bajo el opaco brillo dorado, Lundy distinguió los distantes edificios de la colonia. Algunas de las puertas aún estaban abiertas, y frente a ellas esperaban grupos de diminutas figurillas.

Lundy aún conservaba cierta ventaja sobre las primeras rayas. Se apoderó de la red flotante y se la sujetó al cinto, para dirigirse luego con torpes movimientos hacia una torre en ruinas que se alzaba a su derecha.

Dio una perentoria orden telepática a los hombrecillos vegetales, tratando de obligarles a volverse y emprender la huida, asegurándoles al propio tiempo que él plantaría cara a los otros. Los pobrecillos estaban demasiado asustados para entenderle. Casi llorando, él los apostrofó. Al tercer intento consiguió hacerse comprender y entonces todos huyeron apresuradamente, con toda la velocidad que les fue posible.
Lundy, entre tanto, se había hecho fuerte entre las ruinas para hacer frente a sus primeros atacantes.

Empuñaba una pistola en cada mano y redujo a cenizas a muchas de las feroces rayas. Las aguas que le rodeaban pronto estuvieron llenas de cuerpos que se agitaban convulsivamente, y de vivos que devoraban a los muertos o se peleaban entre sí. Pero no podía detenerlas a todas, y algunas rayas llegaron hasta él.

Casi sin volver la cabeza podía ver las enormes siluetas rojas semejantes a grandes pájaros que se abatían sobre los moribundos, para envolverías en sus anchas alas, y permanecer luego quietas en el centro de la corriente, entregadas a su espantoso festín.

Entre tanto, la algas femeninas mantenían abiertas las puertas de sus casas. Así esperaron hasta que el último de sus compañeros regresó, y entonces cerraron las puertas de oro en las narices romas de las feroces rayas. Sólo perecieron unos pocos de los hombrecillos verdes. Solamente unas cuantas viudas tendrían que ocultar sus pétalos y llevar su azul grisáceo de luto. Lundy se alegró de ello.

Más valía que Lundy se alegrase de algo, porque uno de aquellos feroces seres había hecho presa sobre los hombros del terrestre. Las voraces algas habían conseguido descubrir finalmente a su atacante. Además, Lundy era entonces la única presa visible.

Se reunieron para dar el asalto final, después de describir una apretada curva en las negras aguas. Lundy consiguió aniquilar a dos más antes de que una de sus pistolas se quedase sin carga. Poco después, la otra se encasquilló.

Lundy, solo en la torre arruinada, veía cómo la muerte giraba en círculos a su alrededor. Y entonces le habló de nuevo la dulce voz del ello encerrado en la red:
«Suéltame. ¡Suéltame!»

Lundy apretó fuertemente las mandíbulas y tomó la única alternativa que le quedaba. Deshinchó su traje y saltó, para hundirse en las negras profundidades del edificio en ruinas.
Las rayas plegaron sus alas como un pájaro al caer como una piedra y descendieron tras él, impeliéndose con enérgicos coletazos.

Por las hendiduras de los muros y por las ventanas penetraban destellos intermitentes. Lundy descendió largo rato. No necesitaba escaleras. Además, los terremotos habían hundido casi todos los pisos.

Las rayas le seguían implacablemente. Sus largos cuerpos sinuosos eran tan ágiles como el de un tiburón, y avanzaban con celeridad increíble.

Y la vocecilla no cesaba de gritar en su mente, pidiéndole que la soltase.

Así llegó Lundy al fondo.

Le rodeaban allí unos muros solidísimos, y reinaba una profunda obscuridad. Se hallaba en un lugar lleno de ruinas y cascotes. Avanzó a tientas. La luz del casco se había averiado, y además tampoco la hubiera utilizado para no atraer a sus perseguidores.

Notaba la presencia de éstos, girando veloces a su alrededor. Echó a correr sin rumbo determinado y tropezando en las piedras. Por tres veces le rozaron unos grandes cuerpos musculosos, derribándole, pero no pudieron apresarle en la obscuridad, porque chocaban entre sí y se confundían.

Lundy cayó de pronto en una gran sala, contigua a la estancia en que se hallaba y a un nivel algo inferior al de ésta. Apenas recibió daño en la caída. Las áureas puertas se abrían hacia las aguas libres, y reinaba bastante claridad.

Bastante claridad para que Lundy viese algunas cabezas de rayas que trataban de entrar, y también bastante para que éstas viesen a Lundy.
La vocecilla insistía:
«¡Suéltame ¡Suéltame!»

A Lundy no le quedaba aliento para maldecir. Volviéndose, echó a correr, pero las rayas movieron lánguidamente sus colas y le alcanzaron antes de que hubiese podido recorrer diez metros. Hubiérase dicho que se reían de él.

Lo único que salvó de momento a Lundy fue que cuando desplegaron sus grandes alas para envolverle en ellas, chocaron con las que venía del otro lado. Esto las detuvo por unos segundos. Aunque ello bastó para que Lundy viese la puerta.

Era una portezuela de piedra negra sin ningún ornamento, que permanecía entreabierta sobre sus goznes de oro, a unos tres metros de distancia.

Lundy se precipitó hacia ella. Esquivó una enorme ala que se abatía sobre él, dio un tremendo salto que casi partió su espinazo, y asió el borde de la puerta con ambas manos, tirando frenéticamente de él.

El extremo de un tentáculo chocó contra sus pies. Sus botas con suela de plomo golpearon el suelo, y por un momento pensó que le habían roto las piernas. Pero la onda líquida creada por el golpe le ayudó a introducirse por la estrecha abertura.

Media docena de romas cabezas parduscas trataron de introducirse tras él, sin conseguirlo. Lundy se hallaba a gatas, tratando de recuperar su aliento, pero le parecía como si su pecho soportara el peso de un torreón de piedra. Además, su vista se debilitaba.

Avanzó a rastras hasta arrimar su hombro a la puerta, empujándola con fuerza para cerrarla. Pero la puerta no se movió. La construcción se había movido, atascando para siempre la puerta en sus goznes. Ni siquiera las poderosas rayas podían abrirla.

Pero a pesar de ello, seguían forcejeando. Lundy se arrastró lejos de allí. Al poco rato parte de aquel peso que oprimía su pecho desapareció, y recuperó la visión.

Un rayo de luz dorada, que brillaba y se apagaba intermitentemente, entraba por una grieta situada a unos diez metros sobre su cabeza. Era una pequeña hendidura, por la que ni siquiera hubiera podido pasar un niño. En la estancia no había más abertura que aquélla y la puerta.

Era una habitación de reducidas dimensiones. Sus paredes de piedra eran completamente negras, sin adornos ni relieves, con excepción de la pared del fondo.

Ante ésta se alzaba un bloque cuadrado de azabache, de unos dos metros y medio de largo por poco más de un metro de ancho, ahuecado de manera peculiar, que hacía pensar en algo muy poco agradable. Sobre él lucía con un rojo resplandor, que parecía preludiar el fuego del infierno, un solo y enorme rubí, engarzado en la piedra.

Lundy había visto cámaras parecidas en antiguas ciudades que aún se hallaban en tierra firme. Allí era donde antaño se sacrificaban a los hombres que habían pecado contra sus semejantes o contra los dioses.

Lundy echó una mirada hacia los voraces monstruos que trataban de abrir más la puerta atrancada, y se rió, a pesar de que la situación no tenía nada de divertida. Después de disparar su último tiro, se sentó.

Aquellos monstruos terminarían sin duda por cansarse y se marcharían. Pero si no se iban dentro de pocos minutos, poco importaría que se quedasen. El oxígeno de Lundy se estaba acabando, y aún le faltaba mucho para llegar a la costa.
La vocecilla de la red gritó:
«¡Suéltame!»
–Vete al infierno –gritó Lundy. Se sentía muy cansado. Tan cansado que poco le importaba ya vivir o morir.
Se aseguró de que la red seguía bien sujeta al cinto, y el nudo que la cerraba bien apretado.
–Si vivo, irás a Vhia conmigo. Y si muero... bueno, ya no podrás hacer más daño a nadie. Habrá un diablo menos suelto en Venus.
«¡Quiero ser libre. ¡Suéltame, suéltame! Este peso agobiante.»
–Sí, claro. Quieres ser libre para volver locos a hombres como Farrell, y obligarles a abandonar sus mujeres e hijos para seguirte. Quieres ser libre para matar... –miró la red con ojos abotagados–. Jackie Smith era amigo mío ¿Y tú crees que podrás obligarme a que te suelte con tus artimañas?

Entonces la vio.

A través de la red, como si la apretada malla metálica fuese celofan. La tenía acurrucada sobre sus rodillas, un ser diminuto de apenas medio metro de estatura, doblado sobre sus piernas. La curva de su espalda parecía esculpida por un ángel en un pedazo de cálida nube rosada, nacarada...

(CONTINUARA...) 

Terror en el espacio (Capítulo 1) - Leigh Brackett

Capítulo 1 

Lundy conducía con sus propias manos el convertible aeroespacial. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo. Tanto tiempo, que la mitad inferior de su cuerpo estaba dormida e insensible hasta las puntas de los pies y la mitad superior aún más insensible, con excepción de dos dolores separados peores que los que produce un flemón: uno alojado en su espalda y el otro en la cabeza.

Los jirones de nubes desgarradas y arrancadas de la espesa atmósfera venusiana color gris perla, pasaban rápidamente junto a la veloz aeronave. Los reactores palpitaban y zumbaban, mientras los instrumentos se movían desordenadamente bajo el influjo de las corrientes magnéticas que hacen de la atmósfera venusiana la pesadilla de los pilotos.

Jackie Smith seguía frío y envarado en el asiento del copiloto. A través de la portezuela cerrada que tenía a sus espaldas y que comunicaba con la minúscula cabina interior, Lundy oía gritar y debatirse a Farrell.

Hacía rato que gritaba. Desde que la inyección de avertina que le puso Lundy cuando lo subieron a bordo dejó de surtir efecto. Se debatía chillando e intentando librarse de las correas, profiriendo roncas exclamaciones que nada significaban.

Luchaba y se debatía a causa de aquello.

En algún lugar dentro de Lundy, dentro del arrugado y sudoroso uniforme negro de la Sección Especial de la Policía de los Tres Mundos, dentro del metro sesenta y cinco de gruesos y acerados músculos que este uniforme recubría, había un nudo. Un nudo muy grande, y muy frío también a pesar del sofocante calor que reinaba en la cabina, y además tenía la mala costumbre de contraerse de vez en cuando, haciendo que Lundy se estremeciese y sudase copiosamente, como si le hubiesen pinchado.

A Lundy no le gustaba tener aquel nudo frío en el estómago, pues eso significaba que tenía miedo. Había tenido miedo muchas otras veces, y no se avergonzaba de ello. Pero en aquellos momentos necesitaba apelar a toda su inteligencia y valor para devolver aquéllo a su cuartel general de Vhia, y no deseaba tener que luchar también consigo mismo.

El miedo puede hacer las cosas muy difíciles. Puede debilitarnos cuando necesitamos ser más fuertes, si queremos salvar nuestra vida. Y en este caso se trataba de su vida y la de sus dos compañeros.

Lundy confiaba en poder dominar su miedo, y también su cansancio... porque aquello permanecía agazapado en la pequeña arquita guardada en la caja fuerte, esperando que alguien se desmoronase.

Farrell se había desmoronado completamente, desde luego, pero estaba firmemente sujeto. Jackie Smith había empezado a mostrar signos de desmoralización antes de desvanecerse, y por ello Lundy tenía una mano puesta sobre la jeringuilla hipodérmica cargada con anestésico que pendía a un lado de su asiento. Y Lundy pensaba:
«Lo peor de todo es que no se sabe cuando empieza a actuar en nosotros. No existen precedentes, o si existen nosotros los desconocemos. Quizás ahora mismo, las indicaciones que veo en estas esferas sean completamente falsas...»

Por debajo de ellos, podía atisbar de vez en cuando pequeñas extensiones de océano entre los jirones de niebla gris. Las aguas negras, inmóviles, sin mareas ni oleajes del planeta Venus, que ocultan innumerables secretos de su vida pretérita.

Lo que veía no era de ninguna utilidad para Lundy. Le era imposible calcular su rumbo... podía hallarse sobre un punto cualquiera del océano. Esperaba que los motores seguirían funcionando con regularidad, o de lo contrario todos se darían un buen baño, en la inmensa extensión de aguas negras y tranquilas.

Farrell seguía gritando. Parecía tener la garganta blindada. Chillaba y se debatía para libertarse de sus ligaduras, porque aquello estaba encerrado y pedía socorro.

–Tengo frío –dijo Smith–. Oye, enanito.

Lundy volvió la cabeza. Por lo general mostraba una cara redonda, fresca y vivaracha, en la que brillaban unos ojos obscuros y una sonrisa juvenil que dejaba al descubierto sus dientes blanquísimos. En aquellos momentos, su aspecto era más bien el de una basura que el camarero hubiese sacado con la escoba de debajo una mesa a las cuatro de la madrugada, del día de año nuevo.

–Tienes frío, ¿eh? –dijo con voz ronca, pasándose la lengua por los labios empapados de sudor–. ¡Tanto mejor! Eso es lo que necesitamos.

Jackie Smith se movió un poco, gruñó y trató de incorporarse. Su guerrera negra estaba entreabierta, mostrando los vendajes blancos que le cruzaban el pecho, y tenía la mano izquierda sobre el extremo roto de la cremallera que cerraba la guerrera. Era un hombre corpulento y no mayor que Lundy, de facciones prominentes y feas, unos cabellos ásperos y claros y una tez que parecía cuero reseco.

–En Mercurio, donde nací –dijo– el clima es adecuado para los seres humanos. Vosotros, los pisaverdes del Viejo Mundo... –se interrumpía, palideciendo bajo su piel curtida, y dijo con los dientes muy apretados–: ¡Vaya! Veo que Farrell se ha ocupado a conciencia de mí.
–Te salvarás –le dijo Lundy, tratando de no pensar en lo cerca que él y Smith estuvieron de la muerte. Farrell había luchado como un demonio cuando lo descubrieron en una aldea indígena, situada en lo más alto de los Montes de la Nube Blanca.

Lundy aún recordaba con horror lo sucedido.
A Lundy no le importaba entendérselas con matones o andar a tortas con los peores rufianes. Pero Farrell no era de ésos. Sólo era un buen muchacho que cayó en las redes de alguien mucho más fuerte que él.

Un buen muchacho, enamorado con locura de alguien inexistente. Un muchacho decente y trabajador, con esposa y dos hijos, que perdió la chaveta, el alma y el corazón por un ser del espacio, hasta el punto que estaba dispuesto a matar para protegerlo.
«¡Qué diablos!», pensó Lundy, cansado y furioso. «¿No dejará nunca de chillar?»

Los reactores rugían poderosos. Los grises jirones de niebla pasaban con rapidez junto a la nave. Jackie Smith permanecía sentado, muy rígido, con los ojos cerrados, los labios pálidos y respirando entrecortadamente. Y aún faltaba mucho para llegar a Vhia.

Tal vez más de lo que él suponía. Quizás ni siquiera se dirigía hacia Vhia. Quizá aquello ejercía su influjo sobre él, y nunca lo sabría hasta que su aparato se estrellase.

El frío nudo se apretó aún más en su estómago, como la helada hoja de un cuchillo clavado en su carne.

Lundy lanzó una maldición. Sí se dejaba llevar por aquella clase de pensamientos, se iría de cabeza al infierno.

Pero no podía dejar de pensar en aquello. En el ser que había apresado gracias a una red especial de apretadas mallas metálicas. Echó aquella red sin mirar sobre algo que Farrell estaba contemplando. El ser que había metido a la fuerza en el cofre de glasita, cubriéndolo con una tela negra porque le habían advertido que no lo mirase.

A Lundy le cosquilleaban y le ardían aún las manos, de una manera que no era desagradable. Todavía le parecía notar aquel pequeño ser debatiéndose desesperadamente para escapar, cubierto por la red. Le pareció de una forma vagamente cilíndrica y terriblemente vivo.

Aquello era vida. Vida del espacio interplanetario, que salió de una nube de polvo cósmico atraída por la fuerza de gravedad de Venus. Desde que Venus atravesó aquella nube, se desencadenó una extraña oleada de locura en todo el planeta. Una locura como la que hizo su víctima de Farrell, que causó muertes y cosas aún peores.

Los hombres de ciencia tenían algunas teorías acerca de lo que podía ser aquella vida del espacio. Tuvieron la suerte de descubrir el cadáver de uno de aquellos seres, y circulaban varios rumores acerca de una substancia de apariencia cristalina que en realidad no era cristal, de unos ocho centímetros de longitud y magníficamente cincelada y estriada, provista además de unos pequeños y extrañísimos instrumentos cuyo uso nadie supo discernir.

Pero el cadáver de aquel ser no les sirvió de gran cosa. Tenían que apresar a uno vivo, si querían descubrir el secreto de su existencia y hallar el medio de terminar con lo que los telecomentadores habían denominado «La locura del más allá», o «El hechizo del vampiro».

Sin embargo, una cosa acerca de estos seres era del dominio general. Sus víctimas enloquecían de pronto, y en su demencia afirmaban que habían encontrado a la mujer soñada o el ideal último de la feminidad. Sólo podían verla ellos, pero esto les dejaba sin cuidado. Ellos la veían, y para ellos les bastaba con ver a... Ella. Y los ojos de ésta aparecían siempre velados.

Ella constituía un verdadero rompecabezas, y estaba mucho más allá de la hipnosis y del dominio de las fuerzas de la mente. Por esta razón no se había conseguido nunca apresar con vida a Ella, o a Aquello. Esto solamente se consiguió cuando Lundy y Smith, contando con todo el asesoramiento científico de la Policía Espacial, consiguieron localizar a Farrell y apoderarse del misterioso ser que lo tenía hechizado.

Desde luego, lo consiguieron por pura casualidad, por una suerte increíble. Lundy movió su dolorida cabeza tratando de librarse de la tortícolis, parpadeó para librarse del sudor que penetraba en sus ojos inyectados en sangre, y deseó ardientemente encontrarse en su casa y acostado.
Jackie Smith observó de pronto:
–Enanito, tengo frío. Dame una manta.
Lundy le miró. Sus claros ojos verdes estaban entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Temblaba como un azogado.
–No puedo dejar los mandos, Jackie.
–Tonterías. Aún tengo una mano útil. Todavía puedo pilotar esta lata de conservas durante unos momentos.

Lundy refunfuñó. Sabía que Smith no bromeaba al afirmar que tenía frío. Las temperaturas que reinaban en Mercurio hacían que los hombres pertenecientes a la primera generación de colonizadores, fuesen sensibles a todas las temperaturas inferiores a la de un horno eléctrico. Además de la herida, Smith podía contraer una pulmonía si no le abrigaban convenientemente.
–Muy bien –Lundy tendió la mano para cerrar el interruptor señalado con una A. –Pero dejaré que Miguelito se encargue de dirigir el vuelo. Probablemente no durará más de cinco minutos antes de estallar.

Miguelito, el piloto automático, se convertía en una verdadera nulidad cuando se trataba de volar por la atmósfera de Venus. La constante compensación magnética calentaba las bobinas del robot hasta tal punto, que era cuestión de minutos que éstas se fundiesen.

Lundy se dijo que después de todo era agradable saber que aún había un par de cosas que los hombres podían hacer mejor que las máquinas.

Se levantó, y le pareció como sí hubiese estado enmoheciéndose al aire libre durante cuatrocientos años. Smith no volvió la cabeza. Lundy le gruñó:
–¡La próxima vez, hijito, ponte ropa interior de lana y déjame tranquilo!

Tras decir estas palabras notó que el nudo se apretaba en su estómago. Un sudor frío cubrió su cuerpo y una oleada de fuego recorrió sus nervios.

Farrell había dejado de gritar.

Reinó silencio en la nave. Nada lo rasgó. El fragor de los cohetes era ajeno a aquel silencio. Incluso la respiración jadeante de Jackie Smith cesó. Lundy se dirigió lentamente hacia la portezuela.

Apenas había dado dos pasos, cuando ésta se abrió. Lundy se detuvo, presa de súbita inmovilidad.

En el umbral se erguía Farrell. Farrell, un hombre bueno y honrado a carta cabal, con mujer y dos hijos. Su rostro era el mismo de siempre, pero los ojos que brillaban en él aparecían enajenados. No eran ni siquiera humanos.

Lundy le había atado por el pecho, la cintura, las piernas y los pies a la litera con cuatro fuertes correas. El cuerpo de Farrell mostraba las señales de las mismas. Se le habían clavado en su carne, en sus músculos y tendones, hasta mostrar sus desnudas costillas. Estaba cubierto de sangre, pero esto a él no parecía importarle.
–He roto las correas –dijo, dirigiendo una sonrisa a Lundy–. Ella me llamó y rompí las correas.

Hizo ademán de dirigirse hacia el cofre que se hallaba en un ángulo de la cabina. Lundy se esforzó por salir de la nube negra y fría que lo atenazaba y consiguió mover los pies.
Jackie Smith le dijo con voz queda:
–Quieto, enanito. A ella no le gusta estar encerrada en el cofre. Tiene frío y quiere salir.

Lundy le miró por encima del hombro. Smith se había vuelto a medias en su asiento y empuñaba la pistola hipodérmica, que había tomado de la funda colgada en el respaldo del asiento del piloto. Sus claros ojos verdes tenían un brillo distante y soñador, pero Lundy no se fiaba en absoluto de ello.
Sin la menor inflexión en su voz, dijo:
–Tú la has visto.
–No. La he... oído.
Los gruesos labios de Smith se plegaron en un extraño rictus. Su respiración se hizo ronca y sibilante.

Farrell se arrodilló junto al cofre. Poniendo sus manos sobre su superficie lisa y brillante, se volvió hacía Lundy. Éste vio que estaba llorando.
–Ábrelo. Tienes que abrirlo. Ella quiere salir. Está asustada la pobrecita.
Jackie Smith levantó imperceptiblemente la pistola.
–Ábrelo, enanito –susurró–. Ella tiene frío, ahí dentro.
Lundy no se movió. El sudor corría a raudales por su cuerpo y a pesar de ello tenía frío. Sin más, respondió con lengua estropajosa.
–No. Tiene calor. Allí dentro no puede respirar. Tiene calor.
Entonces levantó la cabeza con gesto convulsivo y gritó. Se volvió para enfrentarse con Smith, y con paso inseguro pero rápido se dirigió hacia él.
Las feas facciones de Smith se contrajeron como si fuese a llorar.
–¡Vamos, enanito! Mira que no quiero disparar contra ti. Abre el cofre.
Lundy, con un hilo de voz, dijo:
–Eres un pobre estúpido.
Y siguió avanzando.
Smith oprimió el gatillo.

Las agujas hipodérmicas cargadas de anestésico se clavaron en el pecho de Lundy. No dolían mucho. Sólo un pequeño pinchazo. El siguió avanzando, llevado por su impulso inicial.
A sus espaldas, Farrell gimió como un cachorro y se tendió sobre el cofrecito. Ya no volvió a moverse. Lundy cayó de rodillas y siguió avanzando a gatas y como en sueños hacia los mandos. Jackie Smith le contemplaba con mirada turbia.
Súbitamente, el piloto automático estalló.

Del cuadro de mandos surgió una llamarada azul. Su brillo cegador y el calor intenso hicieron caer a Lundy de espaldas. La cabina se llenó de silbidos, aullidos y empezó a girar locamente, mientras el convertible bailaba como una hoja en brazos del huracán. El mecanismo automático de seguridad apagó los cohetes.
La aeronave empezó a caer.

Smith balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo se entendía Ella y plegó su asiento. Lundy se frotó la cara con la mano. Sus facciones eran borrosas y estúpidas. Sus ojos negros no tenían ninguna expresión.

Empezó a arrastrarse sobre el suelo bamboleante en dirección al cofre.

La proa de la nave rasgaba las nubes, y de pronto apareció una gran extensión líquida. Un mar negro y tranquilo, sin oleaje, sembrada de islitas flotantes de sargazos que se movían y agitaban con vida propia.
Unas aguas negras que ascendían a su encuentro.

Lundy no las miró. Se arrastró sobre la sangre de Farrell empujándolo hacia la pared de la cabina, y empezó a rascar la brillante puerta, gimiendo como un perro al que no dejan entrar en casa.

La nave chocó con el agua a terrible velocidad. El impacto levantó oleadas de espuma, que brilló con una blancura cegadora sobre aquel negro mar.

El agua levantada por el impacto cayó, y los círculos concéntricos se fueran alejando y terminaron por borrarse.

Las islas verdinegras de sargazos se desplazaron lentamente sobre el lugar de la caída. Una bandada de pequeños dragones marinos agitó sus alas de pedrería para abatirse sobre las peces, y ninguno de aquellos seres demostró el menor interés por la suerte de la nave voladora que se hundía hasta. las profundidades.

Ni siquiera el propio Lundy, tendido y frío en la cabina estanca, oprimiendo con su cuerpo el cofrecillo, mientras las lágrimas y el sudor se secaban en sus mejillas recubiertas de una barba incipiente.

(CONTINUARA...) 

El mono - Stephen King

 Cuando Hal Shelbum lo vio, cuando su hijo Dennis lo sacó de una deteriorada caja de Ralston-Purina que había sido arrinconada bajo un montón de trastos en una buhardilla, brotó en él una sensación tan grande de horror y desánimo que por un momento creyó que iba a lanzar un grito. 

Apretó un puño contra su boca, como para empujarlo de vuelta y tragárselo... y entonces se limitó a toser tras su puño. Ni Terry ni Dennis se dieron cuenta de aquello, pero Petey miró a su alrededor, momentáneamente curioso.

—¡Eh, qué bonito! —dijo Dennis con deferencia. Era un tono que Hal raramente obtenía ya de su hijo. Dennis tenía doce años.
—¿Qué es? —preguntó Petey, y miró de nuevo a su padre antes de que sus ojos fueran atraídos otra vez hacia aquello que su hermano mayor había encontrado—. ¿De qué se trata, papá?
—Es un mono, chico listo —dijo Dennis—. ¿Nunca habías visto un mono antes?
—No llames a tu hermano chico listo —dijo Terry automáticamente, y se puso a examinar una caja llena de cortinas. Las cortinas estaban apolilladas, y las dejó rápidamente—. Uf.
—¿Puedo quedármelo, papá? —preguntó Petey. Tenía nueve años.
—¿Qué quieres decir? —exclamó Dennis—. ¡Lo encontré yo!
—Chicos, por favor —dijo Terry—. Me estáis dando dolor de cabeza.

Hal apenas les oyó... a ninguno de ellos. El mono resplandecía imprecisamente entre las manos de su hijo mayor, sonriendo con su vieja sonrisa familiar. La misma sonrisa que había atormentado sus pesadillas cuando era niño, atormentado hasta que él...

Afuera sopló una repentina ráfaga de viento, y por un momento unos labios sin carne hicieron sonar una larga nota a través del viejo y oxidado canalón. Petey se acercó a su padre, los ojos fijos de modo intranquilo en las vigas de madera del techo de la buhardilla, llenas de clavos.

—¿Qué ha sido eso, papá? —preguntó cuando el silbido murió en un zumbido gutural.
—Sólo el viento —dijo Hal, sin dejar de mirar al mono.

Sus platillos, más bien medias lunas de latón que círculos completos, estaban inmóviles a la débil luz de una bombilla desnuda, quizás a treinta centímetros de distancia el uno del otro. Añadió automáticamente:
—El viento puede silbar, pero no puede entonar una canción.
Entonces se dio cuenta de que ésta era una de las frases de su tío Will, y un escalofrío recorrió su espina dorsal.

La larga nota llegó de nuevo con el viento procedente del Crystal Lake en un largo y zumbante descenso y luego vibró en el canalón. Media docena de pequeñas ráfagas lanzaron el frío aire de octubre contra el rostro de Hal... Dios, aquel lugar era tan parecido al cuarto trastero de la casa en Hartford que parecía como si todos ellos hubieran sido transportados a treinta años atrás en el tiempo.

No debo pensar en eso.
Pero el pensamiento no podía ser rechazado.
En el cuarto trastero donde encontré ese maldito mono en esa misma maldita caja.
Terry se había apartado un poco para examinar una canasta de madera llena con chucherías, y caminaba agachada debido a la fuerte inclinación del techo.

—No me gusta —dijo Petey, y buscó la mano de Hal—. Dennis puede quedárselo si quiere. ¿Nos vamos, papá?
—¿Tienes miedo a los fantasmas, gallina? —inquirió Dennis.
—Dennis, ya basta —dijo Terry ausentemente, mientras cogía una tacita de hojalata con un dibujo chino—. Esto es bonito. Creo que...

Hal vio que Dennis había encontrado la llave de la cuerda en la espalda del mono. El terror aleteó con negras alas en su interior.
—¡No hagas eso!

Sus palabras brotaron más agudas de lo que hubiera deseado, y había arrancado el mono de entre las manos de Dennis antes de darse cuenta de lo que hacía. Dennis miró a su alrededor y luego a él, sorprendido. Terry miró también hacia atrás por encima de su hombro. Y Petey alzó los ojos. Por un momento todos permanecieron en silencio, y el viento silbó de nuevo, muy suavemente esta vez, como una desagradable invitación.

—Quiero decir que lo más probable es que esté roto —dijo Hal.
Solía estar roto... excepto cuando deseaba estar arreglado.
—Bueno, pero no hacía falta que me lo quitaras —dijo Dennis.
—Dennis, cállate.

Dennis parpadeó, y por un momento pareció casi inquieto. Hal no le había hablado de forma tan cortante desde hacía mucho tiempo. Desde que había perdido su trabajo en la National Aerodyne en California hacía dos años y se habían mudado a Texas. Dennis decidió no seguir adelante con aquello... por ahora. Se volvió de espaldas a la caja de Ralston-Purina y de nuevo empezó a revolver trastos, pero todo lo que había era pura basura. Juguetes rotos mostrando sus tripas de relleno y muelles.

El viento era más fuerte ahora, ululando en vez de silbar. La buhardilla empezó a crujir suavemente, haciendo un ruido como de pasos.
—Por favor, papá —pidió Petey, apenas lo suficientemente alto como para que su padre le oyera.
—Sí —dijo éste—. Terry, vámonos.
—No he terminado con este...
—He dicho vámonos.
Ahora le tocó a ella mostrarse asombrada.

Habían tomado dos habitaciones contiguas en un motel. Aquella noche a las diez, los chicos estaban durmiendo en su habitación y Terry estaba dormida en la habitación de los adultos. Había tomado dos Valium en el camino de vuelta desde la vieja casa en Casco, para librarse de la migraña. 

Últimamente tomaba mucho Valium. Había empezado aproximadamente en la época en que la National Aerodyne había despedido a Hal. Durante los últimos dos años él había estado trabajando para la Texas Instruments... Eran cuatro mil dólares menos al año, pero al menos era un trabajo. Él le había dicho a Terry que tenían suerte. Ella había asentido. 

Había muchos especialistas en software cobrando el desempleo, había dicho él. Ella había asentido. El empleo en Amette era exactamente igual de bueno que el puesto en Fresno, había dicho él. Ella había asentido, pero él tuvo la impresión de que su asentimiento era una mentira.

Y él estaba perdiendo a Dennis. Podía sentir al chico alejándose, alcanzando una prematura velocidad de escape. Adiós, Dennis. Hasta otra, desconocido. Fue bueno compartir este tren contigo. Terry decía que el chico fumaba marihuana. Podía olerlo a veces. «Tienes que hablar con él, Hal.» Y él había asentido, pero hasta ahora no lo había hecho.

Los chicos estaban durmiendo. Terry estaba durmiendo. Hal se metió en el cuarto de baño, cerró la puerta, se sentó en la tapa del inodoro y miró al mono.

Odiaba su aspecto, su blando y lanudo pelaje marrón, pelado en algunos lados. Odiaba su sonrisa... Ese mono sonríe exactamente igual que un negro, había dicho en una ocasión el tío Will, pero no sonreía como un negro, no sonreía como nada humano. Su sonrisa era todo dientes, y si se le daba cuerda, sus labios se movían, sus dientes parecían hacerse más grandes, convertirse en los dientes de un vampiro, los labios se contorsionaban y los platillos sonaban. Estúpido mono, estúpido mono a cuerda, estúpido, estúpido...

Lo dejó caer. Sus manos estaban temblando y lo dejó caer.
La llave chasqueó contra las baldosas del cuarto de baño cuando golpeó el suelo. El sonido pareció muy fuerte en el silencio y la quietud. Se quedó sonriendo con sus lóbregos ojos ambarinos, ojos de muñeco, llenos con una alegría idiota, sus platillos de latón preparados como para puntuar con sus golpes una marcha interpretada por alguna sombría banda infernal, y en el fondo estampada la frase Made in Hong Kong.

—No puedes estar aquí —susurró—. Te tiré al pozo cuando yo tenía nueve años.
El mono le sonrió desde el suelo.
Hal Shelburn se estremeció.
Afuera, en la noche, un negro soplo de viento sacudió el motel.

Bill, el hermano de Hal, y Collette, la esposa de Bill, se encontraron con ellos en la casa del tío Will y la tía Ida al día siguiente.

—¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que una muerte en la familia es una forma realmente asquerosa de renovar las relaciones familiares? —le preguntó Bill con el principio de una sonrisa. Había sido bautizado así en honor al tío Will. Will y Bill, campeones del rodayo, acostumbraba a decir el tío Will, y revolvía el pelo de Bill. Era una de sus frases... como que el viento puede silbar pero no puede entonar una canción. 

El tío Will había muerto hacía seis años, y la tía Ida había vivido desde entonces allí sola, hasta que la semana anterior un ataque al corazón se la había llevado. Todo muy repentino, había dicho Bill cuando llamó desde larga distancia para darle a Hal la noticia. Como si él pudiera saberlo, como si cualquiera pudiera saberlo. Había muerto sola.

—Sí —dijo Hal—. He pensado en ello.
Miraron juntos el lugar, la vieja casa donde habían terminado de crecer los dos. Su padre, un marino mercante, había desaparecido como si hubiera sido borrado de la faz de la Tierra cuando ellos eran pequeños; Bill decía que lo recordaba vagamente, pero Hal no tenía ni el menor recuerdo de él. 

Su madre había muerto cuando Bill tenía diez años y Hal ocho. Entonces se trasladaron a casa del tío Will y de la tía Ida desde Hartford, y fueron criados allí, y fueron a la universidad allí. Bill se había quedado y ahora era un rico abogado en Portland.

Hal observó que Petey se estaba alejando hacia las zarzamoras que crecían en el lado oriental de la casa, formando una tupida maraña.
—Apártate de ahí, Petey —dijo.
Petey le devolvió una interrogadora mirada. Hal sintió que su sencillo amor hacia el muchacho le inundaba... y entonces, repentinamente, pensó de nuevo en el mono.

—¿Por qué, papá?
—El viejo pozo está en algún lugar por aquí —dijo Bill—. Pero que me condene si recuerdo exactamente dónde. Tu papá tiene razón, Petey... Esa maraña de zarzamoras es un lugar del que es mejor permanecer alejado. Los pinchos harían un buen trabajo contigo. ¿No es así, Hal?
—Exacto —dijo Hal automáticamente.

Petey se apartó del lugar, sin mirar hacia atrás, y luego bajó por el malecón hacia la pequeña playa de guijarros donde Dennis estaba arrojando piedras al agua. Hal sintió que algo en su pecho se aflojaba un poco.

Bill podía haber olvidado dónde estaba el viejo pozo, pero a última hora de aquella tarde, Hal se dirigió directamente hacia allá, abriéndose camino entre las zarzas que desgarraron su vieja chaqueta de franela y buscaron sus ojos. 

Llegó junto a él y se detuvo allí, respirando pesadamente, mientras contemplaba las podridas y combadas planchas de madera que cubrían su boca. Tras un momento de vacilación, se arrodilló (sus rodillas crujieron como dos secos disparos de pistola) y apartó a un lado dos de las tablas.

Desde el fondo de aquella húmeda garganta rodeada de piedra, un rostro se le quedó mirando: los ojos muy abiertos, la boca distorsionada en una mueca, y un lamento escapando por ella. No era fuerte, excepto en su corazón. Allí había resonado con intensidad.

Era su propio rostro, reflejado en la oscura agua.
No era el rostro del mono. Por un momento había pensado que era el rostro del mono.
Estaba temblando. Temblando de arriba a abajo.
Lo tiré al pozo. Lo tiré al pozo, por favor, Dios mío, no dejes que me vuelva loco. Lo tiré al pozo.

El pozo se había secado el verano que Johnny McCabe murió, el año después de que Bill y Hal llegaron a la vieja casa para quedarse con el tío Will y la tía Ida. El tío Will había pedido prestado dinero al banco para perforar un pozo artesiano, y las zarzamoras habían crecido alrededor del viejo pozo. El pozo seco.
Excepto que el agua había vuelto. Como el mono.

Esta vez no podía negar el recuerdo. Hal permaneció sentado allí, impotente, dejando que acudiera a él, intentando ir con él, cabalgándolo como alguien que hace surf cabalga la monstruosa ola que puede aplastarlo si cae de su tabla, intentando simplemente seguir su paso de modo que desapareciera de nuevo por el otro lado.

Se había deslizado con el mono hasta allí afuera a finales de aquel verano, y las zarzamoras estaban en sazón, con su olor denso y empalagoso. Nadie iba hasta allí a cogerlas, aunque a veces tía Ida se detenía al borde de las zarzas y tomaba un puñado de zarzamoras en su delantal. En el interior del zarzal, las zarzamoras habían madurado en exceso; algunas se estaban pudriendo ya, rezumando un espeso fluido blanco como pus, y los grillos cantaban enloquecedoramente en la alta hierba, bajo sus pies su chirrido interminable: criiiiiiiiii...

Las zarzas se clavaron en él, punteando bolitas de sangre en sus desnudos brazos. No hizo ningún esfuerzo por evitar sus pinchazos. Había estado ciego de terror... Tan ciego que por unos pocos centímetros estuvo a punto de tropezar con las tablas que cubrían el pozo, quizá a unos centímetros de caer diez metros hasta el lodoso fondo del pozo. Había agitado los brazos para mantener el equilibrio, y más espinas habían ensartado sus antebrazos. Era ese recuerdo lo que le había hecho llamar secamente a Petey para que volviera atrás.

Era el día en que Johnny McCabe había muerto; su mejor amigo... Johnny había estado trepando por los travesaños de madera de la escalera de cuerda que conducía hasta su casa en la copa del árbol, en el patio de atrás. Los dos habían pasado muchas horas ahí arriba aquel verano, jugando a los piratas, viendo imaginarios galeones allá afuera en el lago, disparando sus cañones, preparándose para el abordaje. 

Johnny había estado trepando a su casa en la copa del árbol como había hecho miles de veces antes, y el travesaño justo debajo de la puerta trampilla en el fondo de la casa en el árbol se había partido bajo sus manos, y Johnny había caído diez metros hasta el suelo y se había roto el cuello, y la culpa era del mono, el mono, el maldito y odioso mono. 

Cuando sonó el teléfono, cuando tía Ida abrió mucho la boca y luego formó una O de horror, cuando su amiga Milly de más abajo de la calle le dio la noticia, cuando tía Ida dijo «Sal al porche, Hal, tengo que darte una mala noticia...», había pensado con mórbido horror: ¡El mono! ¿Qué ha hecho el mono ahora?

No había habido ningún reflejo de su rostro atrapado en el fondo del pozo aquel día. Únicamente los guijarros cayendo a la oscuridad y el olor del lodo húmedo. Había mirado al mono tirado allá en la resistente hierba que crecía entre las zarzas, sus platillos en suspenso, sus sonrientes y enormes dientes entre sus entreabiertos labios, su pelaje, desgastado aquí y allá hasta formar manchas peladas, sus inmóviles ojos.
—Te odio —le había susurrado.

Rodeó con su mano aquel detestable cuerpo, sintiendo crujir el lanudo pelaje. El mono le sonrió mientras lo mantenía delante de su rostro.
—¡Adelante! —le desafió, echándose a llorar por primera vez aquel día.
Lo sacudió. Los inmóviles platillos se agitaron levemente. Destruía todo lo bueno. Absolutamente todo.
—¡Adelante, hazlos sonar! ¡Hazlos sonar!
El mono simplemente sonreía.
—¡Vamos, hazlos sonar! —Su voz se alzó histéricamente—. ¡Salta, salta y hazlos sonar! ¡Vamos, atrévete! ¡Te desafío a que lo hagas!
Sus ojos amarillo amarronados. Sus enormes y regocijados dientes.

Entonces lo arrojó al pozo, loco de pesar y de terror. Lo vio girar sobre sí mismo una vez mientras caía, un simiesco acróbata haciendo un truco, y el sol se reflejó por última vez en aquellos platillos. Golpeó el fondo con un golpe sordo, y eso debió desencadenar su mecanismo, pues de repente los platillos empezaron a sonar. Su rítmico, deliberado y cantarín sonido ascendió hasta sus oídos, resonando con extraños ecos en la garganta de piedra del pozo muerto: jang-jang-jang-jang...

Hal aplastó sus manos sobre su boca y, por un momento, pudo verle allí abajo, quizá tan sólo con los ojos de la imaginación... Tendido allá en el lodo, los ojos resplandeciendo hacia arriba, mirando al pequeño círculo de su rostro infantil asomado sobre el borde del pozo (como si silueteara su forma para siempre), los labios abriéndose y contrayéndose en torno a aquellos sonrientes dientes, los platillos sonando, el alegre mono de cuerda.

Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto? Jang-jang-jang-jang, ¿es Johnny McCabe, cayendo con los ojos desorbitados, trazando su propia pirueta acrobática mientras cae a través del brillante aire veraniego de vacaciones con el roto peldaño aún sujeto en sus manos para golpear contra el suelo con un único y amargo crujido de algo que se rompe? ¿Es Johnny, Hal? ¿O eres tú?

Gimiendo, Hal había colocado las tablas sobre el agujero, clavándose astillas en las manos, sin importarle, sin darse siquiera cuenta hasta más tarde. Y aún podía oírlo, incluso a través de las tablas, ahora ahogado y, en cierto modo, peor aún: estaba ahí abajo en aquella oscuridad de piedra, golpeando sus platillos y contorsionando su repulsivo cuerpo, y el sonido ascendía como el sonido de un hombre enterrado prematuramente, arañando en busca de una salida.
Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto esta vez?

Tambaleante, se abrió camino a través de las zarzas, de vuelta a casa. Los espinos trazaron nuevos surcos de sangre en su rostro, los lampazos se aferraron a las vueltas de sus tejanos, y en una ocasión cayó cuan largo era, sus oídos tintineando aún, como si el mono le estuviera siguiendo. El tío Will lo encontró más tarde, sentado en un neumático viejo en el garaje y sollozando, y pensó que Hal estaba llorando por su amigo muerto. Así era, pero también lloraba como secuela de su terror.

Había arrojado al mono al fondo del pozo por la tarde, a primera hora. Aquel anochecer, mientras el ocaso se arrastraba a través de un brillante manto de nieblas bajas, un coche avanzando demasiado rápido para la reducida visibilidad había arrollado en la carretera al gato de la isla de Man de tía Ida y luego prosiguió su camino. 

Hubo intestinos esparcidos por todas partes y Bill vomitó, pero Hal simplemente había vuelto su rostro, su pálido y crispado rostro, mientras oía a tía Ida sollozar (esto, añadido a las noticias de la muerte del chico McCabe, había ocasionado un ataque de llanto casi histérico, y pasaron dos horas antes de que el tío Will consiguiera calmarla por completo) como si estuviera a kilómetros de distancia. 

En su corazón había una fría y exultante alegría. No había sido su turno. Había sido el gato de tía Ida, no él, ni su hermano Bill o su tío Will (dos campeones del rodayo). Y ahora el mono ya no estaba, permanecía en el fondo del pozo, y un zarrapastroso gato de la isla de Man con sus orejas llenas de garrapatas no era un precio demasiado grande a pagar. 

Si el mono deseaba tocar sus infernales platillos, que lo hiciera. Podía tocarlos y tocarlos para los insectos y los escarabajos, todas las cosas oscuras que tenían su hogar en la garganta de piedra del pozo. Se pudriría allá abajo en la oscuridad, y sus repulsivos engranajes y ruedas y muelles se oxidarían en las tinieblas. Moriría ahí abajo. En el lodo y la oscuridad. Las arañas tejerían su sudario.

Pero... había vuelto.
Lentamente, Hal tapó de nuevo el pozo, como había hecho aquel otro día, y en sus oídos resonó el eco fantasmal de los platillos del mono: Jang-jang-jang-jang, ¿quién ha muerto, Hal? ¿Es Terry? ¿Dennis? ¿Es Petey, Hal? ¿Es tu favorito, verdad? ¿Es él? Jang-¡ang-jang...

—¡Deja eso!
Petey se echó hacia atrás y soltó el mono, y por un momento de pesadilla Hal pensó que iba a ocurrir, que la sacudida iba a desencadenar la maquinaria y los platillos iban a empezar a sonar y a tintinear.
—Papi, me has asustado.
—Lo siento. Sólo que... no quiero que juegues con eso.

Los demás se habían ido a ver una película, y él había pensado que llegaría de vuelta al motel antes que ellos, pero se había quedado en la vieja casa más tiempo del que había supuesto. Los viejos y odiosos recuerdos parecían moverse en su propia y eterna zona de tiempo...

Terry estaba sentada cerca de Petey, mirando The Beverly Hillbillies. Contemplaba la vieja y granulosa impresión con una concentración fija y absorta que hablaba de una reciente toma de Valium. Dennis estaba leyendo una revista de rock, con el grupo Styx en la portada. Petey había permanecido sentado con las piernas cruzadas en la moqueta, jugueteando con el mono.

—No funciona de ninguna de las maneras —dijo Petey.
Lo cual explica por qué Dennis se lo ha dejado, pensó Hal, y entonces se sintió avergonzado y furioso consigo mismo. Parecía incapaz de controlar la hostilidad que sentía hacia Dennis cada vez más a menudo, pero luego se notaba rebajado y vulgar..., impotente.

—No —dijo—. Es viejo. Voy a tirarlo. Dámelo.
Tendió su mano y Petey, con aspecto afligido, se lo entregó.
—Papi se está volviendo un esquizofrénico asustado —dijo Dennis a su madre.

Hal ya cruzaba la habitación incluso antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, sonriendo como aprobadoramente con el mono en una mano. Sacó a Dennis de su silla tirando de su camisa, y se produjo un sonido susurrante cuando una de las costuras se rasgó en algún lugar. Dennis pareció casi cómicamente impresionado. Su ejemplar de Tiger Beat cayó al suelo.

––¡Eh!
—Ven conmigo —dijo Hal severamente, tirando de su hijo hacia la puerta que comunicaba con la otra habitación.
—¡Hal! —casi gritó Terry. Petey sólo abrió mucho los ojos.
Hal sacó a Dennis fuera. Cerró la puerta de un golpe y luego empujó a Dennis contra la puerta. Dennis empezaba a parecer asustado.
—Estás convirtiéndote en un problema —dijo Hal.
—¡Suéltame! Me has roto la camisa, me has...
Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.
—Sí —dijo—. Un auténtico problema de descaro. ¿Te han enseñado eso en la escuela? ¿O allá en el fumadero?
Dennis enrojeció, el rostro momentáneamente crispado por la culpabilidad.
—¡Yo no estaría en esa mierda de escuela si a tí no te hubieran despedido! —estalló.
Hal aplastó de nuevo al muchacho contra la puerta.
—No fui despedido. Eliminaron mi puesto y tú lo sabes. Y no necesito tu mierda de opinión al respecto. ¿Tienes problemas? Bienvenido al mundo, Dennis. Pero no eches tus problemas sobre mí. Comes cada día. Tus posaderas están cubiertas. Después de once años... no necesito... ni una mierda... de tí.

Puntuó cada frase tirando del muchacho hacia delante, hasta que sus narices estuvieron casi tocándose, y luego lo empujó contra la puerta. No lo hacía con la suficiente violencia como para hacerle daño, pero Dennis estaba asustado... Su padre no había alzado la mano sobre él desde que se habían mudado a Texas, y ahora empezó a llorar con los fuertes, roncos y saludables sollozos de un cuerpo joven.

—¡Adelante, pégame! —le gritó a Hal, su rostro crispado y moteado por el flujo de la sangre—. ¡Pégame si quieres! ¡Sé cuánto me odias!
—No te odio. Te quiero mucho. Dennis. Pero soy tu padre y tienes que mostrarme respeto o voy a tener que zurrarte para conseguirlo.

Dennis intentó soltarse, pero Hal tiró del muchacho hacia sí y lo abrazó. Dennis luchó por un momento, y luego apoyó su rostro contra el pecho de Hal y lloró como si estuviera exhausto. Era la especie de llanto que Hal no había oído a ninguno de sus hijos desde hacía años. Cerró los ojos, dándose cuenta de que él también se sentía exhausto.
Terry empezó a golpear al otro lado de la puerta.

—¡Ya basta, Hal! ¡Sea lo que sea lo que le estás haciendo, ya basta!
—No lo estoy matando —dijo Hal—. Tranquilízate, Terry.
—Pero tú...
—Todo va bien, mamá —dijo Dennis, la voz ahogada contra el pecho de Hal.
Pudo sentir su perplejo silencio por un momento, y luego ella se apartó de la puerta. Hal miró de nuevo a su hijo.
—Siento lo que te dije, papá —dijo Dennis, a disgusto.
—Cuando volvamos a casa, la próxima semana, aguardaré dos o tres días y luego voy a registrar todos tus cajones, Dennis. Si hay en ellos algo que no quieras que yo vea, será mejor que te desembaraces de ello.
De nuevo el ramalazo de culpabilidad. Dermis bajó los ojos y se secó los mocos con el dorso de la mano.
—¿Puedo irme ahora? —dijo nuevamente hosco.
—Por supuesto —dijo Hal, y le dejó marchar.

Tenemos que ir de camping en la primavera, solos los dos. Pescar un poco, como el tío Will acostumbraba a hacer con Bill y conmigo. Acercarme un poco a él. Intentarlo.
Se sentó en la cama, en la vacía habitación, y miró al mono. 

Nunca te acercarás de nuevo a él, Hal, parecía decir su sonrisa. Nunca más. Nunca más.
El simple hecho de mirar al mono le hizo sentirse agotado. Lo dejó a un lado y se puso una mano sobre los ojos.

Aquella noche, en el cuarto de baño, Hal estaba limpiándose los dientes y pensando: Estaba en la misma caja. ¿Cómo podía estar en la misma caja?

El cepillo de dientes se desvió hacia arriba, lastimando sus encías. Dio un respingo.

El tenía cuatro años, y Bill seis, la primera vez que vio el mono. Su desaparecido padre había comprado una casa en Hartford, había terminado de pagarla y era completamente de ellos antes de que muriera o desapareciera o lo que fuese. 

Su madre trabajaba como secretaria en la Holmes Aircraft, la fábrica de helicópteros en las afueras de Westville, y una serie de muchachas habían pasado por la casa para cuidar a los chicos, excepto que por aquel entonces tan sólo era a Hal a quien tenían que cuidar durante el día... Bill estaba ya en la escuela, en primer grado. Ninguna duraba mucho tiempo. O se quedaban embarazadas y se casaban con sus amigos, o se iban a trabajar a Holmes, o la señora Shelbum descubría que habían dado cuenta de su jerez para cocinar o de la botella de coñac que guardaba en el aparador para las ocasiones especiales. La mayoría eran chicas estúpidas que lo único que parecían desear era comer o dormir. Ninguna deseaba leerle a Hal del modo que lo hacía su madre.

Aquel largo verano, la niñera fue una voluminosa y zalamera chica negra llamada Beulah. Adulaba a Hal cuando la madre de Hal estaba por los alrededores, y a veces le pellizcaba cuando su madre no estaba. Sin embargo, Hal sentía un cierto aprecio hacia Beulah, que de vez en cuando le leía algún espeluznante relato de una de sus revistas románticas o de detectives. («La muerte avanzaba solapadamente hacia la voluptuosa pelirroja», entonaba Beulah amenazadoramente en el soñoliento silencio de la sala de estar, y se metía otro cacahuete salado en la boca, mientras Hal estudiaba solemnemente las mal impresas figuras de los dibujos a página entera y bebía su leche.) Y ese aprecio hizo que las cosas fueran peores.

Descubrió el mono en un frío y nuboso día de marzo. Caía una esporádica aguanieve afuera en las ventanas, y Beulah estaba dormida en el sofá, con un ejemplar de My Story abierto boca abajo sobre su admirable seno.

De modo que Hal se dirigió al cuarto trastero para echar una ojeada a las cosas de su padre.

El cuarto trastero era un lugar para guardar cosas que ocupaba toda la longitud del segundo piso por el lado izquierdo, un espacio extra que nunca había sido terminado. Uno entraba en el cuarto trastero utilizando una pequeña puerta —una especie de puertecilla como de conejera— en el lado de Bill de la habitación de los chicos. 

A ambos les gustaba meterse allí dentro, pese a que hacía frío en invierno y demasiado calor en verano, tanto como para salir con un cubo lleno del sudor brotado de sus poros. Largo y estrecho, y en cierto modo misterioso, el cuarto trastero estaba lleno de fascinantes cosas viejas. No importaba cuántas cosas mirara uno allí dentro, nunca parecía posible mirar todo lo que había. 

Él y Bill habían pasado varias tardes de sábado enteras allí arriba, apenas hablándose, sacando cosas de cajas, examinándolas, dándoles vueltas y más vueltas hasta que sus manos pudieran absorber cada única realidad, luego devolviéndolas a su sitio. Ahora Hal se preguntaba si él y Bill no habrían estado intentando, de la mejor manera posible, ponerse en contacto con su desvanecido padre.

Había sido marino mercante y el lugar estaba lleno con fajos de mapas, algunos señalados con precisos círculos (y el orificio de la punta del compás en el centro de cada uno de ellos). 

Había veinte volúmenes de algo llamado Guía para la Navegación Barron. Unos binoculares torcidos que hacían que los ojos ardieran y que falseaban de forma curiosa las cosas si se miraba por ellos demasiado rato. Había recuerdos turísticos de una docena de puertos de escala —muñecas de hula-hula de caucho, un sombrero hongo de cartón negro con una retorcida banda que decía PICA A UNA CHICA Y TE HAGO PICADILLY, una bola de cristal con una pequeña Torre Eiffel dentro—, y había también sobres, con sellos de muchos lugares dispuestos cuidadosamente en su interior, y monedas de otros países; había muestras de roca de la isla hawaiana de Maui, un cristal negro..., pesado y en cierto modo amenazador, y divertidos discos en idiomas extranjeros.

Aquel día, con el aguanieve cayendo hipnóticamente del techo justo encima de sus cabezas, Hal se abrió camino hasta el extremo más alejado del cuarto trastero, apartó a un lado una caja y debajo vio otra caja: una caja de Ralston-Purina. 

Mirando desde su interior, un par de vidriosos ojos color avellana. Le dieron un sobresalto y por un momento retrocedió, el corazón latiéndole fuertemente, como si hubiera descubierto a un mortífero pigmeo. Luego vio su silencio, la fija mirada de aquellos ojos, y se dio cuenta de que era algún tipo de juguete. Avanzó de nuevo y lo sacó cuidadosamente de la caja.

Le sonrió con su dentona sonrisa sin edad bajo la amarilla luz, sus platillos muy separados.

Encantado, Hal había dado la vuelta al juguete, sintiendo lo encrespado de su lanoso pelaje. Su alegre sonrisa le agradaba. Sin embargo, ¿no había habido algo más allí? ¿Una casi instintiva sensación de disgusto que había aparecido y desaparecido incluso antes de que fuera consciente de ella? 

Quizá fuera así, pero con un viejo recuerdo como aquél hay que procurar no creer demasiado. Los viejos recuerdos pueden mentir, pero... ¿no había visto la misma expresión en el rostro de Petey, en la buhardilla de la vieja casa?

Había descubierto la llave inserta en la parte baja de su espalda y le dio cuerda. La llave giró casi demasiado fácilmente y la cuerda no dejó oír el sonido del engranaje. Por tanto, estaba rota. Rota, pero el juguete seguía siendo bonito.
Se lo llevó afuera para jugar con él.

—¿Qué es eso que trae, Hal? —preguntó Beulah, despertando de su siesta.
—Nada —dijo Hal—. Lo encontré.

Lo colocó en la estantería de su lado en el dormitorio. Estaba encima de sus cuadernos Lassie para colorear, sonriente, mirando al espacio, los platillos en equilibrio. Estaba roto, pero pese a todo sonreía. Aquella noche, Hal se despertó de algún sueño intranquilo, la vejiga llena, y salió para utilizar el cuarto de baño del vestíbulo. Bill era un montón de sábanas respirando regularmente al otro lado de la habitación.

Hal volvió del cuarto de baño, casi dormido de nuevo... y repentinamente el mono empezó a golpear sus platillos, uno contra el otro, en la oscuridad.
Jang-jang-jang-jang...

Se despertó por completo, como si le hubiesen golpeado en pleno rostro con una toalla fría y mojada. Su corazón dio un brinco de sorpresa, y un agudo chillido, casi de ratón, escapó de su garganta. Miró al mono, los ojos muy abiertos, los labios temblando.

Jang-jang-jang-jang...
Su cuerpo se agitaba y saltaba en el estante, mientras sus labios se abrían y cerraban, se abrían y cerraban, odiosamente alegres, revelando unos dientes enormes y carnívoros.
—Para —susurró Hal.

Su hermano se dio la vuelta en la cama y emitió un único y fuerte ronquido. Todo lo demás permaneció en silencio... excepto el mono. Los platillos resonaban y tintineaban, y seguramente iban a despertar a su hermano, a su madre, a todo el mundo. Iban a despertar incluso a los muertos.
Jang-jang-jang-jang...

Hal avanzó hacia él, dispuesto a pararlo como fuera, quizá poniendo su mano entre los platillos hasta que se acabara la cuerda (pero estaba rota, ¿no?) y se detuviera por sí mismo. Los platillos entrechocaron una última vez —¡jang!— y luego se separaron lentamente hasta su posición original. El latón relucía en las sombras. Los sucios y amarillentos dientes del mono sonreían en su improbable sonrisa.

La casa estaba de nuevo silenciosa. Su madre se dio la vuelta en su cama e hizo eco al ronquido de Bill. Hal volvió a su cama y se tapó con las sábanas, su corazón latiendo aún apresuradamente, y pensó: Mañana lo devolveré al cuarto trastero. No lo quiero.

Pero a la mañana siguiente olvidó por completo devolver el mono a su lugar original, debido a que su madre no fue a trabajar: Beulah había muerto. Su madre no quiso decirles exactamente lo ocurrido.

—Fue un accidente. Sólo un terrible accidente —fue todo cuanto dijo.
Pero aquella tarde Bill compró un periódico, camino de vuelta a casa desde la escuela, y llevó hasta su habitación, escondida bajo su camisa, la página cuatro. (Dos muertos a tiros en un apartamento, decían los titulares.) 

Leyó vacilantemente el artículo a Hal, siguiéndolo con el dedo, mientras su madre preparaba la cena en la cocina, Beulah McCaffery, de 19 años, y Sally Tremont, de 20, fueron muertas a tiros por el amigo de la señorita McCaffery, Leonard White, de 25 años, a resultas de una discusión sobre quién iba a salir a recoger el encargo que habían hecho de un menú chino. 

La señorita Tremont murió en el Hartford, donde había sido trasladada urgentemente; Beulah McCaffery murió en el acto.
Era como si Beulah hubiera desaparecido dentro de una de sus propias revistas de detectives, pensó Hal Shelbum, y sintió que un frío estremecimiento recorría su espina dorsal y luego rodeaba su corazón. Entonces se dio cuenta de que los disparos se habían producido aproximadamente al mismo tiempo que el mono...

—¿Hal? —Era la voz de Terry, soñolienta—. ¿Vienes a la cama?
Escupió la pasta dentífrica al lavabo y se enjuagó la boca.
—Sí —dijo.    
Antes había puesto el mono en su maleta y la había cerrado con llave. Iban a volar de vuelta a Texas dentro de dos o tres días, pero antes quería librarse definitivamente de aquella maldita cosa. Fuera como fuese.
—Fuiste muy duro con Dennis esta tarde —dijo Terry, en la oscuridad.
—Dennis necesita que alguien empiece a mostrarse un poco duro con él, creo. Está deslizándose. Simplemente, no quiero que empiece a caer.
—Psicológicamente, pegar al chico no es la forma...
—¡Por el amor de Dios, Terry! ¡No le pegué!
—... más productiva de afirmar la autoridad paterna.
—No empieces de nuevo con la mierda esa de las sesiones de grupo —dijo Hal, furioso.
—No comprendo por qué no deseas discutir eso —su voz era fría.
—También le dije que quería ver todas esas drogas fuera de casa.
—¿Has hecho eso? —Ahora sonaba aprensiva—. ¿Cómo se lo tomó? ¿Qué dijo?
—¡Vamos, Terry! ¿Qué podía decir? ¿«Lárgate y déjame en paz»?
—Hal, ¿qué ocurre contigo? Tú no eres así... ¿Qué es lo que va mal?
—Nada —dijo, mientras pensaba en el mono encerrado en su Samsonite.
¿Lo oiría si empezaba a hacer sonar sus platillos? Sí, seguro que lo oiría. Apagado, pero audible. Haciendo sonar el sino de alguien, como lo había hecho para Beulah, Johnny McCabe, Daisy la perra del tío Will, Jang-jang-jang, ¿eres tú, Hal?
—Lo que ocurre es que he estado un poco tenso últimamente.
—Espero que sólo sea eso, porque no me gustas así.
—¿No? —Y las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas; ni siquiera lo deseó—. Entonces es mejor engullir unos cuantos Valiums y todo vuelve a estar bien, ¿eh?

Oyó que contenía la respiración y luego exhalaba su aliento temblorosamente. Entonces se echó a llorar. Hal hubiera podido consolarla (quizá), pero no parecía haber consuelo en él. Había demasiado terror. Todo iría mejor cuando el mono hubiera desaparecido de nuevo, desaparecido definitivamente. Por Dios, desaparecido definitivamente.

Permaneció tendido en la cama, despierto hasta muy tarde, hasta que el amanecer empezó a teñir el aire de gris allá afuera. Pero pensó que sabía lo que tenía que hacer.

Fue Bill quien encontró el mono la segunda vez.
Aproximadamente un año y medio después de que Beulah McCaffery resultara muerta en el acto. Era verano. Hal acababa de terminar su jardín de infancia.
Volvía de jugar con Stevie Arlingen y su madre le dijo:
—Lávate las manos, Hal. Vas sucio como un cerdo.
Estaba en el porche, tomando un té helado y leyendo un libro. Eran sus vacaciones; tenía dos semanas.
Hal metió sus manos bajo el chorro de agua fría y dejó sus huellas de suciedad en la toalla.
—¿Dónde está Bill?
—Arriba. Dile que ordene su lado de la habitación. Parece una pocilga.

Hal, que gozaba siendo el mensajero de noticias desagradables en tales cuestiones, se apresuró escaleras arriba. Bill estaba sentado en el suelo. La pequeña puerta conejera que conducía al cuarto trastero estaba abierta de par en par. Tenía el mono entre sus manos.
—No funciona —dijo Hal inmediatamente—. Está roto.

Se sentía aprensivo, aunque apenas recordaba su vuelta del cuarto de baño aquella noche, y al mono empezando a tocar repentinamente sus platillos. Aproximadamente una semana después de aquello, había tenido un mal sueño acerca del mono y de Beulah —no podía recordar exactamente cuál había sido— y se había despertado gritando, creyendo por un momento que el suave peso sobre su pecho era el mono, que iba a abrir los ojos y lo vería sonriéndole ante él. 

Por supuesto, el suave peso era tan sólo su almohada, que él mantenía aferrada en su pánico. Su madre acudió rápidamente con un vaso de agua y dos tranquilizantes infantiles con ligero sabor a naranja. Ella pensaba que era la muerte de Beulah lo que había ocasionado la pesadilla. Así era, pero no en la forma que ella creía.

Apenas recordaba nada de aquello ahora, pero el mono seguía asustándole, particularmente sus platillos. Y sus dientes.
—Lo sé —dijo Bill, y tiró el mono a un lado—. Es estúpido.
El mono aterrizó sobre la cama de Bill y se quedó mirando al techo, los platillos abiertos. A Hal no le gustaba verlo así.
—¿Quieres que vayamos a lo de Teddy y nos compremos unos polos?
—Ya me he gastado mi asignación —dijo Hal—. Además, mamá quiere que arregles tu parte de la habitación.
—Puedo hacerlo luego —dijo Bill—. Y te prestaré cinco centavos, si quieres.

Bil acostumbraba a gastarle malas pasadas a Hal, y ocasionalmente se enfadaba con él y le pegaba unos cuantos puñetazos sin razón aparente, pero normalmente se llevaban bien.
—Estupendo —dijo Hal, agradecido—. Pero primero voy a llevar ese mono roto al cuarto trastero, ¿eh?
—No —dijo Bill, tomándolo—. Déjalo.

Hal cedió. El humor de Bill era cambiable, y si se entretenían para devolver el mono a su lugar, podía perder su polo. Fueron a lo de Teddy y los compraron, y luego bajaron al descampado donde algunos chicos estaban jugando un partido de béisbol. 

Hal era demasiado pequeño para jugar, pero se sentó fuera del cuadrado, chupando su polo y persiguiendo lo que los chicos mayores llamaban «las pelotas que se van a la China». No volvieron a casa hasta que casi oscurecía, y su madre riñó a Hal por haber ensuciado la toalla del cuarto de baño. 

Al terminar de cenar vieron la televisión, y después de todo aquello Hal había olvidado por completo el mono. Este encontró en cierto modo su lugar en la estantería de Bill, donde se estableció al lado de la foto autografiada de Bill Boyd. Y allí se quedó durante casi dos años.

Cuando Hal cumplió los siete años, las niñeras se habían convertido en una extravagancia, y la última palabra de la señora Shelbum a los dos antes de irse cada mañana era: «Bill, cuida de tu hermano».

Ese día, sin embargo, Bill tenía que quedarse en la escuela después de las clases para una reunión de la Patrulla de Seguridad Infantil y Hal regresó solo a casa, deteniéndose en cada cruce hasta asegurarse de que no venía absolutamente ningún vehículo en ninguna de las dos direcciones. Entonces cruzaba a la carrera, los hombros hundidos hacia delante, como un soldado de infantería atravesando la tierra de nadie.

Cuando entró en la casa, con la llave que había debajo del felpudo, se dirigió inmediatamente a la nevera para tomar un vaso de leche. Nada más coger la botella, ésta se deslizó entre sus dedos, se estrelló contra el suelo haciéndose añicos, y los trozos de cristal volaron por todas partes, mientras el mono empezaba a batir sus platillos repentinamente, allá arriba en las escaleras.

Jang-jang-jang-jang, una y otra vez.
Hal se quedó inmóvil mirando hacia los trozos de cristal y el charco de leche, lleno de un terror que no podía nombrar ni comprender. Estaba simplemente ahí, fluyendo al parecer de todos sus poros.

Dio media vuelta y echó a correr escaleras arriba, hacia su habitación. El mono permanecía erguido en el estante de Bill, y parecía mirarle fijamente. Había derribado la foto autografiada de Bill Boyd, boca abajo sobre la cama de Bill. El mono saltaba y sonreía y hacía sonar sus platillos a la vez. Hal se le acercó lentamente. No deseaba hacerlo, pero era incapaz de permanecer alejado. Los platillos se apartaban y luego volvían a juntarse con un estruendoso tintineo, para apartarse de nuevo. Cuando se acercó, pudo oír el mecanismo girando en las entrañas del mono.

Bruscamente, soltando un grito de revulsión y terror, lo barrió del estante del mismo modo que uno barrería un enorme y asqueroso bicho. El mono golpeó contra la almohada de Bill y luego cayó al suelo, los platillos golpeando uno contra el otro, jang-jang-jang, los labios abriéndose y cerrándose mientras permanecía allí tendido sobre su espalda, en un cuadrado de luz de un sol de finales de abril.

Entonces, repentinamente, Hal recordó a Beulah. Aquella noche, el mono también había hecho sonar sus platillos.
Le dio un puntapié con su zapato Buster Brown, tan fuerte como pudo, y esta vez el grito que escapó de sus labios era un grito de furia. El mono de cuerda se deslizó por el suelo, golpeó contra la pared, y se quedó allá inmóvil. 

Hal permaneció de pie, mirándolo, los puños apretados y el corazón saltando en su pecho. El mono le sonreía insolentemente, con el sol reflejándose en un destello en uno de sus ojos de cristal. 

Patéame cuanto quieras, parecía decirle. No soy más que ruedas dentadas y engranajes y un tomillo sin fin o dos. Patéame cuanto gustes. No soy real, únicamente un divertido mono de cuerda, eso es todo lo que soy. ¿Y quién está muerto? ¡Ha habido una explosión en la fábrica de helicópteros! ¿Qué es lo que ha subido volando hacia el cielo como una enorme y ensangrentada pelota, con los ojos allá donde no deberían en absoluto estar? ¿Es la cabeza de tu madre, Hal? ¡Allá abajo, en la esquina de Brook Street! ¡El coche iba demasiado rápido! ¡El conductor estaba borracho! ¡Y ahora hay un chico de la Patrulla menos! ¿Puedes oír el sonido crujiente cuando las ruedas pasan por encima del cráneo de Bill y sus sesos brotan por sus orejas? ¿Sí? ¿No? ¿Quizá? A mí no me lo preguntes, yo no lo sé. No puedo saberlo. Todo lo que sé es golpear esos platillos entre sí: jang-jang-jang. ¿Y quién está muerto, Hal? ¿Tu madre? ¿Tu hermano? ¿O eres tú, Hal? ¿Eres tú?

Corrió de nuevo hacia él, con la intención de saltar sobre él, de aplastar su asqueroso cuerpo, de patearlo hasta que ruedas y engranajes saltaran por todos lados y sus horribles ojos de cristal rodaran por el suelo. Pero justo cuando lo alcanzaba, sus platillos empezaron a sonar de nuevo, muy suavemente... (jang), cuando, en algún lugar dentro de él, un muelle se expandió una última y minúscula vez... y una astilla de hielo pareció abrirse camino a través de las paredes de su corazón, empalándolo, congelando su furia y dejándole de nuevo enfermo de terror. El mono casi pareció darse cuenta de ello... ¡Cuan jubilosa parecía su sonrisa!

Lo cogió sujetando uno de sus brazos entre el índice y el pulgar de su mano derecha como si fueran unas pinzas, la boca crispada en un gesto de asco, como si estuviera recogiendo un cadáver. Su sarnoso pelaje de imitación parecía caliente, casi febril, contra su piel. Abrió de un golpe la puertecilla que conducía al cuarto trastero y encendió la bombilla. 

El mono le sonreía mientras Hal se arrastraba hasta el fondo del área de almacenamiento entre cajas apiladas sobre cajas, pasado el montón de libros de navegación, los álbumes de fotografías con sus emanaciones de viejos productos químicos y los recuerdos y los trajes viejos, y Hal pensó: Si empieza a tocar sus platillos ahora y se mueve en mi mano, gritaré, y si grito, hará algo más que sonreír, empezará a reír, a reírse de mí, y entonces me volveré loco y me encontrarán aquí, babeando y riendo, loco, me volveré loco, oh por favor querido Dios, por favor querido Jesús, no dejéis que me vuelva loco...

Llegó al fondo del cuarto trastero y echó dos cajas a un lado, volcando una de ellas. Arrojó el mono de vuelta a su caja de Ralston-Purina en el rincón, y el mono se acurrucó allí, confortablemente, como si estuviera finalmente en casa, los platillos separados, sonriendo con su sonrisa simiesca, como si el chiste estuviera aún en Hal. 

Hal reptó hacia atrás, sudando, sintiendo a la vez frió y calor, todo él fuego y hielo, esperando que los platillos empezaran a sonar de nuevo y que, cuando sonaran, el mono saltara de su caja y se deslizara como un escarabajo hacia él, su cuerda zumbando, sus platillos resonando alocadamente y...
...y nada de aquello ocurrió. Apagó la luz y cerró de golpe la pequeña puerta conejera y se apoyó contra ella, jadeando. 

Finalmente empezaba a sentirse un poco mejor. Se dirigió escaleras abajo sobre piernas de caucho, buscó una bolsa vacía, y empezó a recoger cuidadosamente todos los trozos de cristal de la rota botella de leche, preguntándose si iba a cortarse con ellos y desangrarse hasta morir, si era eso lo que los resonantes platillos habían proclamado. Pero tampoco ocurrió aquello. Encontró un trapo y secó toda la leche, luego se sentó a la espera de que su madre y su hermano regresaran a casa.

Su madre llegó primero, preguntando:
—¿Dónde está Bill?
Con una voz pálida y lenta, seguro ahora de que Bill debía estar muerto, Hal empezó a explicar lo de la reunión de la Patrulla, sabiendo que, por muy larga que hubiera sido la reunión, Bill debería haber llegado a casa hacía al menos media hora.

Su madre se le quedó mirando con curiosidad y empezó a preguntar qué era lo que iba mal, entonces la puerta se abrió y entró Bill... sólo que no era en absoluto Bill, no realmente. Era el fantasma de Bill, pálido y silencioso.
—¿Qué ocurre? —exclamó la señora Shelburn—. Bill, ¿qué ocurre?

Bill se echó a llorar, y supieron la historia a través de sus lágrimas. Había sido un coche, dijo. Él y su amigo Charlie Silverman volvían juntos a casa después de la reunión, y el coche apareció por la esquina de Brook Street demasiado rápido, y Charlie se había quedado como helado, y Bill había tirado de la mano de Charlie una vez, pero ésta se le había escapado de entre los dedos y el coche...

Bill empezó a gemir muy fuerte, entre histéricos sollozos, y su madre lo apretó contra ella, acunándolo, y Hal miró afuera, al porche, y vio a dos policías de pie allí. El coche patrulla en el que habían traído a Bill a casa estaba junto al bordillo. Entonces empezó a llorar él también... pero sus lágrimas eran lágrimas de alivio.

Ahora le tocó a Bill tener pesadillas..., sueños en los cuales Charlie Silverman moría una y otra vez. y sus botas de cowboy Red Ryder saltaban de sus pies, y él se empotraba contra el capó del viejo Hudson Homet que el borracho conducía. La cabeza de Charlie Silverman y el parabrisas del Hudson se encontraban con un ruido explosivo, y ambos reventaban al unísono. 

El conductor borracho, que era propietario de una tienda de dulces en Milford, sufría un ataque al corazón poco después de haber sido llevado a la cárcel (quizá fuera la visión de los sesos de Charlie Silverman secándose en sus pantalones), y su abogado obtenía un gran éxito en el juicio con su «este hombre ya ha sido suficientemente castigado». 

El borracho había recibido una condena de sesenta días (aplazada) y se le había retirado la licencia de conducir en el estado de Connecticut durante cinco años... Casi el mismo período de tiempo que duraron las pesadillas de Bill Shelbum. 

El mono estaba oculto de nuevo en el cuarto trastero. Bill nunca se dio cuenta de que faltaba de su estante... o, si se dio cuenta, nunca hizo mención de ello.

Hal se sintió seguro por un tiempo. Y de nuevo empezó a olvidar al mono, o a creer que todo aquello no había sido más que un mal sueño. Pero cuando llegó a casa procedente de la escuela, la tarde en que su madre murió, el mono estaba de vuelta en su estante, los platillos separados e inmóviles, sonriéndole.

Se acercó lentamente a él, como si estuviera fuera de su cuerpo..., como si él también se hubiera convertido en un juguete de cuerda a la vista del mono. Vio su propia mano tenderse y cogerlo. Sintió el lanudo pelaje crujir bajo su mano, pero la sensación parecía como embotada; una simple presión, como si alguien le hubiera inyectado una dosis entera de novocaína. Podía oír su respiración, rápida y seca, como el resonar del viento entre la paja.

Le dio la vuelta y sujetó la llave. Años más tarde pensaría que su drogada fascinación era como la de un hombre que toma un seis tiros con una cámara cargada, hace girar el tambor, lo apoya contra su cerrado y tembloroso párpado y aprieta el gatillo.

No lo hagas... Déjalo, tíralo lejos. No lo toques...
Hizo girar la llave, y en el silencio oyó una perfecta sucesión de ligeros clics a medida que la cuerda se remontaba. Cuando soltó la llave, el mono empezó a hacer sonar sus platillos y pudo sentir su cuerpo contorsionarse, distenderse-y-contorsionarse, distenderse-y-contorsionarse, como si estuviera vivo. 

Estaba vivo, agitándose en su mano como un repugnante pigmeo, y la vibración que sentía a través de su pelaje marrón con grandes manchas peladas no era el de engranajes girando, sino el latido de su negro y ceniciento corazón.

Con un gruñido, Hal dejó caer el mono y retrocedió, sus uñas clavándose en la carne bajo sus ojos, su palma apretada contra su boca. Tropezó con algo y casi perdió el equilibrio (entonces hubiera caído al suelo junto a él, sus desorbitados ojos azules mirando directamente a los ojos de cristal color avellana del mono). Se tambaleó hacia la puerta, la cerró de golpe a sus espaldas y se apoyó contra ella. Repentinamente, echó a correr hacia el cuarto de baño y vomitó.

Fue la señora Stukey de la fábrica de helicópteros quien trajo la noticia y se quedó con ellos aquellas dos primeras e interminables noches, hasta que tía Ida llegó de Maine. Su madre había muerto de una embolia cerebral a media tarde. 

Estaba de pie junto al distribuidor del agua fría con un vaso de agua en una mano y se había derrumbado de pronto como si hubiera recibido un tiro, sujetando aún el vaso de papel en una mano. Con la otra había intentado agarrarse al depósito de cristal del aparato y lo había derribado junto con ella. Se había hecho añicos... 

Pero el doctor de la fábrica, que llegó a toda prisa, dijo más tarde que creía que la señora Shelburn estaba muerta antes de que el agua la empapara a través de su traje y su ropa interior. A los chicos no les dijeron nada de esto, pero Hal lo supo de todos modos. 

Soñó de nuevo, una y otra vez en las largas noches que siguieron a la muerte de su madre. ¿Sigues teniendo problemas para conciliar el sueño, hermanito?, le había preguntado Bill, y Hal supuso que Bill pensaba que todas sus inquietudes y malos sueños tenían que ver con la repentina muerte de su madre. Y tenía razón..., pero sólo en parte. Se trataba de la culpabilidad; la certeza, el absoluto convencimiento de que él había matado a su madre dándole cuerda al mono en aquel soleado atardecer después de la escuela.

Cuando finalmente Hal se quedó dormido, su sueño debió de ser profundo. Cuando despertó, era casi mediodía. Petey estaba sentado en una silla, con las piernas cruzadas, al otro lado de la habitación. Comía metódicamente una naranja gajo a gajo y observaba un concurso en la televisión.

Hal sacó las piernas de la cama, sintiendo como si alguien le hubiera sumido en aquel sueño... y luego le hubiera despertado sacándole de él. La cabeza le palpitaba.
—¿Dónde está mamá, Petey?
Petey miró a su alrededor.
—Ella y Dennis se fueron de compras. Yo dije que me quedaba contigo. ¿Siempre hablas en sueños, papá?
Hal miró cautelosamente a su hijo.
—No, no lo creo. ¿Qué es lo que he dicho?
—No eran más que murmullos. No he podido entender nada. Me asusté un poco.
—Bueno, aquí estoy, dispuesto y cuerdo otra vez —dijo Hal, y consiguió esbozar una sonrisita.

Petey se la devolvió, y Hal sintió de nuevo aquel sencillo amor hacia el chiquillo, una emoción que era clara e intensa, sin complicaciones. Se preguntó por qué siempre había sido capaz de sentir aquello hacia Petey, que le comprendía y que podía ayudarle, y por qué Dennis parecía una ventana demasiado oscura como para mirar a su través, un misterio en su forma de actuar y en sus hábitos, el tipo de chico que él no podía comprender porque nunca había sido ese tipo de chico. Era demasiado fácil decir que el traslado desde California había cambiado a Dennis, o que...

Sus pensamientos se congelaron. El mono. El mono estaba sentado en el antepecho de la ventana, los platillos separados e inmóviles. Hal sintió que su corazón se paraba bruscamente en su pecho y luego, de repente, se lanzaba al galope. Su visión osciló, y su palpitante cabeza empezó a dolerle ferozmente.

Había escapado de la maleta y ahora estaba apoyado en el antepecho de la ventana, sonriéndole. Pensaste que te habías librado de mí, ¿eh? Pero ya habías pensado lo mismo antes, ¿no?
Sí, pensó de modo enfermizo. Sí, lo había pensado.
—Petey, ¿has sacado tú ese mono de mi maleta? —preguntó, conociendo ya la respuesta: había cerrado la maleta con llave y se había metido la llave en el bolsillo de su abrigo.
Petey miró al mono, y algo —Hal pensó que era inquietud— pasó por su rostro.
—No —dijo—. Mamá lo puso ahí.
—¿Mamá lo hizo?
—Sí. Lo sacó de tu lado. Se rió de ello.
—¿Lo sacó de mi lado? ¿De qué estás hablando?
—Lo tenías en la cama contigo. Yo estaba lavándome los dientes, pero Dennis lo vio. Él también se rió. Dijo que parecías un bebé con su osito de felpa.

Hal miró al mono. Su boca estaba demasiado seca como para tragar saliva. ¿Había estado en la cama con él? ¿En la cama? ¿Aquel asqueroso pelaje contra su mejilla, quizá contra su boca, aquellos ojos de cristal mirando su rostro dormido, aquellos sonrientes dientes cerca de su cuello? ¡Dios mío!
Se volvió bruscamente y se dirigió hacia el armario empotrado. La Samsonite estaba allí, aún cerrada con llave. La llave seguía todavía en el bolsillo de su abrigo.

Tras él, la televisión se apagó. Cerró lentamente el armario empotrado. Petey estaba mirándole seriamente.
—Papá, no me gusta ese mono —dijo, con una voz tan baja que casi no se oía.
—A mí tampoco —dijo Hal.
Petey lo miró fijamente para ver si estaba bromeando, y vio que no lo estaba. Avanzó hacia su padre y lo abrazó fuertemente. Hal se dio cuenta de que temblaba.
Petey habló entonces en su oído, muy rápidamente, como si tuviera miedo de no tener el suficiente valor para decirlo de nuevo... o de que el mono pudiera oírle..
—Parece que te mira. Que te mira no importa donde tú estés en la habitación. Y si vas a la otra habitación, parece que sigue mirándote a través de la pared. No puedo evitar sentir como si... como si me deseara para algo.
Petey se estremeció y Hal lo abrazó más fuerte.
—Como si deseara que le dieras cuerda —dijo Hal.
Petey asintió violentamente.
—No está realmente roto, ¿verdad, papá?
—A veces lo está —dijo Hal, mirando al mono por encima del hombro de su hijo—. Pero a veces vuelve a funcionar.
—No dejo de sentir deseos de ir hasta allá y darle cuerda. Estaba todo tan tranquilo, y pensé: «No puedo, despertaré a papá». Pero seguía deseándolo, y me dirigí hacia allá y... lo toqué, y odié aquel contacto... Pero me gustó también... Era como si me estuviera diciendo: «Dame cuerda, Petey; jugaremos. Tu padre no va a despertarse, nunca más volverá a despertarse. Dame cuerda, dame cuerda...»
El chiquillo estalló repentinamente en lágrimas.
—Es malo, sé que lo es. Hay algo malo en él. ¿Podemos tirarlo, papá? ¿Por favor?

El mono sonreía a Hal con su eterna sonrisa. Podía sentir las lágrimas de Petey entre ellos. El sol del mediodía destellaba en los platillos de latón del mono... la luz se reflejaba hacia arriba y ponía franjas de luz solar en el liso estuco blanco del techo de la habitación del motel.
—¿Cuándo dijo tu madre que ella y Dennis iban a estar de vuelta, Petey?
—Hacia la una. —Se secó sus enrojecidos ojos con la manga de su camisa, como si se sintiera embarazado por sus lágrimas; pero se negó a mirar al mono—. Puse la televisión —susurró—. Y la puse muy alta.
—Eso estuvo bien, Petey.
—Tuve una extraña idea —dijo Petey—. Tuve la idea de que si le daba cuerda a ese mono, tú... Tú simplemente morirías, aquí en la cama. Durmiendo. ¿No fue una extraña idea, papá? —Su voz había bajado nuevamente de tono, y temblaba sin poder controlarse.
¿Cómo hubiera ocurrido? ¿Un ataque al corazón? ¿Una embolia, como mi madre? ¿Qué? Realmente no importa, ¿verdad? Y, pisándole los talones a esa idea, otro pensamiento, más estremecedor aún: Librémonos de él, dice. Tirémoslo. Pero, ¿puede alguien librarse realmente de él? ¿Para siempre?

El mono le sonreía-burlonamente, sus platillos bien separados. ¿Había cobrado repentinamente vida la noche en que tía Ida murió?, se preguntó de pronto. ¿Fue ese el último sonido que ella oyó, el ahogado jang-jang-jang del mono golpeando sus platillos allá arriba, en la oscura buhardilla, mientras el viento silbaba por el canalón?
—Quizá no tan extraña —dijo Hal lentamente a su hijo—. Ve a buscar tu bolsa de viaje, Petey.
Petey le miró sin comprender.
—¿Qué es lo que vamos a hacer?

Quizá podamos librarnos de él. Quizá permanentemente, quizá tan sólo por un tiempo... Mucho o poco tiempo. Quizá simplemente vuelva y vuelva y vuelva otra vez y es así como ocurren las cosas... Pero quizá yo —nosotros— podamos decirle adiós por un largo tiempo. Ha necesitado veinte años para volver esta vez. Ha necesitado veinte años para salir del pozo...
—Vamos a dar una vuelta —dijo Hal.

Se sentía completamente tranquilo, pero de algún modo había como un peso demasiado grande debajo de su piel. Incluso los globos de sus ojos parecían haber aumentado de peso.
Pero antes quiero que vayas a buscar tu bolsa de viaje y la lleves ahí, al final del aparcamiento, y encuentres tres o cuatro piedras de buen tamaño. Ponías dentro de la bolsa y tráemelo todo. ¿De acuerdo?
La comprensión parpadeó en los ojos de Petey.
—De acuerdo, papi.
Hal miró su reloj. Eran las 12.15.
—Apresúrate. Quiero haberme ido antes de que vuelva tu madre.
—¿Adonde vamos?
—A la casa de tío Will y tía Ida —dijo Hal—. A la vieja casa.

Hal se dirigió al cuarto de baño, miró tras la taza del inodoro y cogió la escobilla que había apoyada contra la pared. Regresó junto a la ventana y se detuvo allí con la escobilla en la mano, como si fuera una varita mágica de ocasión. Miró afuera, a Petey con su chaqueta de meltón, cruzando el aparcamiento con su bolsa de viaje, con la palabra DELTA escrita en grandes letras blancas en su costado sobre fondo azul. Una mosca golpeó contra la esquina superior de la ventana, lenta y estúpida en el final de la estación cálida. Hal sabía cómo se sentía.

Observó cómo Petey recogía tres piedras de buen tamaño y luego regresaba cruzando el aparcamiento. De pronto, un coche apareció girando la esquina del motel, un coche que avanzaba demasiado rápido, indudablemente demasiado rápido. Y, sin pensarlo, reaccionando con el tipo de reflejo de un buen boxeador parando un golpe de su oponente, su mano se lanzó hacia adelante, como si fuera a dar un golpe de karate..., y se detuvo.

Los platillos se cerraron silenciosamente sobre su mano interpuesta y Hal sintió algo en el aire: algo parecido a la cólera.

Los frenos del coche chirriaron. Petey retrocedió rápidamente. El conductor le hizo impacientemente un gesto, como si lo que había estado a punto de ocurrir fuera culpa de Petey, y Petey corrió, cruzando el aparcamiento con el cuello de su chaqueta aleteando, y penetró en la entrada trasera del motel.

El sudor resbalaba por el pecho de Hal; lo sintió en su frente como un goteo de oleosa lluvia. Los platillos se apretaban fríamente contra su mano, entumeciéndola.

Sigue adelante, pensó obstinadamente. Sigue adelante, puedo esperar todo el día. Hasta que el infierno se congele, si se necesita tanto tiempo.

Los platillos se separaron y volvieron a su posición de reposo. Hal oyó un débil ¡clic! en el interior del mono. Retiró su mano y la miró. Tanto en el dorso como en la palma había unos semicírculos grisáceos marcados en la piel, como si ésta se hubiera helado allí.

La mosca zumbó incierta, intentando encontrar el frío sol de octubre que parecía tan cercano.

Petey entró en tromba, respirando rápidamente, las mejillas encendidas.

—He encontrado tres buenas piedras, papá, yo... —se interrumpió—. ¿Te encuentras bien, papá?
—Estupendamente —dijo Hal—. Trae la bolsa.

Con el pie, Hal arrastró la mesa cercana al sofá hacia la ventana, de modo que quedara debajo del antepecho, y colocó la bolsa de viaje en ella. La abrió como uno abre una boca. Podía ver las piedras que Petey había recogido en el fondo. Utilizó la escobilla del water para echar el mono dentro. Vaciló por un momento en el antepecho y luego cayó dentro de la bolsa. Hubo un débil ¡jing! cuando uno de los platillos golpeó contra una de las piedras.

—¡Papá! ¡Papá!
La voz de Petey sonaba asustada. Hal lo miró. Algo era diferente; algo había cambiado. ¿Qué era?
Entonces vio la dirección de la mirada de Petey y lo supo. El zumbido de la mosca se había detenido: yacía muerta en el antepecho de la ventana.
—¿Ha hecho eso el mono? —susurró Petey.
—Vamonos —dijo Hal, cerrando la cremallera de la bolsa—. Te lo diré mientras conducimos hacia la vieja casa.
—¿Y cómo vamos a hacerlo? Mamá y Dennis se llevaron el coche.
—Iremos allá, no te preocupes —dijo Hal, y revolvió el pelo de Petey.

Mostró al empleado de la recepción su permiso de conducir y un billete de veinte dólares. Tras recibir el reloj digital de Texas Instruments como garantía adicional, el empleado del motel le tendió a Hal las llaves de su propio coche: un deteriorado AMC Gremlin. Mientras conducían hacia el este por la carretera 302 hacia Casco, Hal empezó a hablar, vacilantemente al principio, luego un poco más rápido. 

Empezó contándole a Petey que su padre probablemente había comprado el mono en ultramar, como un regalo para sus hijos. No era un juguete particularmente único, no había nada de extraño o valioso en él. Debían de haber centenares de miles de monos de cuerda como aquél en el mundo, algunos hechos en Hong Kong, algunos en Taiwan, algunos en Corea. 

Pero en algún lugar a lo largo de su periplo —quizá incluso en el oscuro cuarto trastero de la casa en Connecticut donde los dos muchachos habían crecido al principio—, algo le había ocurrido al mono. Algo terrible, maligno. Podía ser, le dijo Hal a Petey mientras intentaba hacer que el Gremlin del empleado pasara de los sesenta (era muy consciente de la cerrada bolsa de viaje que había en el asiento de atrás, y Petey no dejaba de mirarla), que algo del mal que había en el mundo —quizá incluso la mayor parte del mal que había en el mundo— ni siquiera fuese consciente de que lo era. Podía ser que la mayor parte del mal que había en el mundo fuera algo muy parecido a un mono con un mecanismo al que uno puede darle cuerda; entonces el mecanismo gira, los platillos empiezan a sonar, los dientes sonríen, los estúpidos ojos de cristal ríen... o parecen reír...

Le habló a Petey de cómo había encontrado el mono, pero se descubrió pasando por encima de grandes aspectos de la historia, evitando aterrorizar al ya asustado muchacho más de lo que estaba. Así la historia resultó deslavazada, no demasiado clara, pero Petey no hizo preguntas. Quizá estaba llenando por sí mismo las lagunas, pensó Hal, del mismo modo que él había soñado la muerte de su madre una y otra vez, aunque no estuvo allí.

Tío Will y tía Ida sí habían estado allí para el funeral. Después, el tío Will había regresado a Maine —era la época de la cosecha— y tía Ida se había quedado durante un par de semanas con los niños para arreglar los asuntos de su hermana. Pero más que eso había pasado el tiempo haciéndose querer por los chiquillos, tan desconcertados por la repentina muerte de su madre que casi parecían sonámbulos. 

Cuando no podían dormir, ella estaba allí con un vaso de leche caliente, cuando Hal se despertaba a las tres de la madrugada con sus pesadillas (pesadillas en las cuales su madre se acercaba al distribuidor del agua sin ver al mono que flotaba y se agitaba en sus frías profundidades color zafiro, sonriendo y haciendo sonar sus platillos, que a cada contacto dejaban escapar una hilera de burbujas) estaba allí, cuando Bill cayó enfermo primero con fiebre y luego con un acceso de dolorosas llagas en la boca y luego con urticaria tres días después del funeral estaba allí. 

Se hizo conocer y querer por los muchachos, y antes de que tomaran el avión desde Hartford hasta Portland con ella, tanto Bill como Hal habían ido a ella separadamente y habían llorado en su regazo mientras ella los abrazaba y los acunaba, y los lazos se establecieron.

El día antes de que abandonaran Connecticut definitivamente para ir «allá abajo en Maine» (como se decía en aquellos días), el trapero llegó con su enorme y viejo camión traqueteante y cargó la enorme pila de trastos inútiles que Bill y Hal habían transportado hasta la acera desde el cuarto trastero. 

Cuando todos los trastos habían sido apilados junto al bordillo para ser recogidos, tía Ida les había dicho que fueran al cuarto trastero y cogieran todos los recuerdos que desearan conservar especialmente. «No tenemos espacio para todo lo que hay ahí, muchachos», les dijo, y Hal supuso que Bill había tomado sus palabras al pie de la letra y había hecho caso omiso de todas aquellas fascinantes cajas que su padre había dejado atrás la última vez. Hal no siguió a su hermano mayor. 

Hal había perdido su afición hacia el cuarto trastero. Una terrible idea se le había ocurrido durante aquellas dos primeras semanas de luto: quizá su padre no hubiera simplemente desaparecido, ni se hubiese ido porque tenía la pasión por la aventura y había descubierto que no estaba hecho para el matrimonio.

Quizá el mono se había encargado de él.

Cuando oyó el camión del trapero rugir, traquetear y petardear acercándose calle abajo, Hal se decidió. Agarró el deteriorado mono de cuerda de su estante, donde había permanecido desde el día en que murió su madre (no se había atrevido a tocarlo desde entonces, ni siquiera a arrastrarlo de vuelta al cuarto trastero), y corrió escaleras abajo con él. 

Ni Bill ni tía Ida lo vieron. Aposentada sobre un barril lleno de recuerdos rotos y libros enmohecidos estaba la caja de Ralston-Purina, llena con trastos similares. Hal lanzó al mono de vuelta a la caja de donde había salido originalmente, desafiándole histéricamente a que empezara a tocar sus platillos (adelante, adelante, te desafío, te desafío, TE DESAFÍO), pero el mono se quedó allí, recostado tranquilamente de espaldas, como si estuviera esperando el autobús, sonriendo con su horrible sonrisa de complicidad.

Hal, un chiquillo con unos viejos pantalones de pana y unas deterioradas Buster Browns, se quedó parado allí mientras el trapero, un tipo italiano que llevaba un crucifijo y silbaba entre los dientes, empezaba a cargar cajas y barriles en su viejo camión de altos costados de madera. 

Hal lo observó mientras alzaba el barril y la caja de Ralston-Purina en equilibrio sobre él; observó cómo el mono desaparecía en las fauces del camión; observó mientras el hombre trepaba de nuevo a su cabina, se sonaba ruidosamente en la palma de su mano, secaba ésta con un enorme pañuelo rojo, y poma en marcha el motor del camión con un ensordecedor rugido y un apestoso petardeo de aceitoso humo azul; observó cómo el camión se alejaba. 

Y un gran peso desapareció de su corazón... Realmente lo sintió marcharse. Dio un par de saltos, tan altos como le fue posible, los brazos abiertos, las palmas hacia arriba, y si alguno de los vecinos le vio, debió de pensar que aquella actitud era extraña hasta el punto de la blasfemia, quizá... ¿Por qué estará ese chiquillo saltando de alegría (porque eso era indudablemente; un salto de alegría difícilmente puede ser disimulado) cuando su madre ni siquiera lleva un mes en la tumba?

Estaba saltando de alegría porque el mono había desaparecido, para siempre. Desaparecido para siempre, pero no tres meses más tarde, cuando tía Ida le envió a la buhardilla a buscar las cajas de adornos de Navidad, y mientras iba de un lado para otro buscándolas, llenando de polvo las rodillas de sus pantalones, se había encontrado de pronto cara a cara con él, y su sorpresa y su terror habían sido tan grandes que había tenido que morderse fuertemente el canto de su mano para no gritar... o perder completamente el sentido. 

Allí estaba, sonriendo con su dentona sonrisa, los platillos separados e inmóviles pero dispuestos a golpear, echado tranquilamente sobre su espalda contra un rincón de una caja de Ralston-Purina, como si estuviera aguardando el autobús, como si dijera: Creíste haberte librado de mí, ¿eh? Pero no es tan fácil librarse de mí, Hal. Me gustas, Hal. Estamos hechos el uno para el otro, como un chico y su monito preferido, un par de buenos amigos. 

Y en algún lugar al sur hay un estúpido viejo trapero italiano tendido en su bañera, con los ojos desorbitados y la dentadura postiza medio salida de su boca, su gritante boca, un trapero que huele como una vieja batería quemada. 

Me había apartado para su nieto, Hal, y me puso en el estante con su jabón y su navaja y su crema de afeitar y la radio que estaba escuchando mientras se bañaba, y yo empecé a tocar los platillos, y uno de mis platillos golpeó esa vieja radio y cayó dentro de la bañera. Y entonces vine de nuevo a tí, Hal. 

Hice todo el camino por carreteras comarcales, de noche, y la luz de la luna se reflejaba en mis dientes a las tres de la madrugada, y dejé muerte en mi despertar, Hal. Vine hasta tí. Soy tu regalo de Navidad, Hal, dame cuerda. ¿Quién está muerto? ¿Es Bill? ¿Es el tío Will? ¿Eres tú, Hal? ¿Eres tú?

Hal había retrocedido, su boca locamente crispada, los ojos desorbitados, y estuvo a punto de caer escaleras abajo. Le dijo a tía Ida que no había podido encontrar los adornos de Navidad —era la primera mentira que le decía, y ella vio la mentira en su rostro, pero no le preguntó por qué se la decía, gracias a Dios—, y más tarde cuando vino Bill, le pidió que los buscara él, y Bill regresó con los adornos de Navidad. 

Más tarde, cuando estuvieron solos, Bill le susurró que era un tonto incapaz de encontrar su propio culo con las dos manos y una linterna. Hal no dijo nada. Hal estaba pálido y silencioso, tomando ausentemente su cena. 

Y aquella noche soñó de nuevo con el mono, uno de sus platillos golpeando la vieja radio mientras desgranaba las notas de una canción de Deán Martín, y la radio caía dentro de la bañera mientras el mono sonreía y golpeaba sus platillos con un JANG y un JANG y un JANG. Sólo que no era el trapero italiano quien estaba en la bañera cuando el agua se volvía eléctrica.

Era él.

Hal y su hijo bajaron al embarcadero que había detrás de la vieja casa y se dirigieron hacia la caseta de botes que se proyectaba sobre el agua encaramada a sus viejos pilotes. Hal llevaba la bolsa de viaje en su mano derecha. Su garganta estaba seca, sus oídos eran anormalmente sensibles a todos los sonidos agudos. La bolsa parecía terriblemente pesada.

—¿Qué hay ahí abajo, papá? —preguntó Petey.
Hal no respondió. Depositó en el suelo la bolsa de viaje.
—No toques eso —dijo, y Petey retrocedió unos pasos.
Hal rebuscó en sus bolsillos el manojo de llaves que Bill le había dado y encontró una claramente etiquetada C-BOTES con una tira de cinta adhesiva.

El día era claro y frío, ventoso, el cielo de un azul brillante. Las hojas de los árboles que llenaban la orilla del lago habían cambiado sus deslumbrantes tonalidades del rojo sangre al burlón amarillo. Susurraban y hablaban en el viento. Las hojas revoloteaban en torno a los zapatos de lona de Petey mientras éste permanecía ansiosamente de pie junto a él, y Hal podía oler el noviembre en el viento, con el invierno empujando detrás.

La llave giró en el candado, y Hal empujó las puertas batientes, abriéndolas por completo. La memoria era buena; Ni siquiera tuvo que mirar para colocar con el pie el bloque de madera que mantenía abierta la puerta. El olor allí dentro era todo verano: lonas y madera barnizada, un persistente olor a humedad.

El bote de remos del tío Will estaba aún allí, los remos cuidadosamente preparados, como si hubiera sido cargado con el equipo de pesca y las dos cajas de seis latas de cerveza heladas la tarde anterior. Bill y Hal habían ido a pescar con el tío Will muchas veces, pero nunca juntos; el tío Will sostenía que el bote era demasiado pequeño para tres. El asiento rojo, que el tío Will repintaba cada primavera, estaba ahora con la pintura rayada y desgastada, y las arañas habían tejido sus telas en la proa del bote.

Hal soltó las sujeciones y tiró del bote rampa abajo hacia la pequeña imitación de playa. Las excursiones de pesca habían sido uno de los mejores momentos de su infancia con el tío Will y la tía Ida. Tenía la sensación de que para Bill había significado lo mismo. 

El tío Will era normalmente el más taciturno de los hombres, pero una vez tenía el bote en la posición que él quería, unos sesenta o setenta metros lejos de la orilla, los sedales echados y los flotadores meciéndose en el agua, abría una cerveza para él y otra para Hal (que raramente bebía más de la mitad de la única que el tío Will le permitía, siempre con la advertencia ritual de que tía Ida nunca debía enterarse porque «me pegaría un tiro si supiera que os doy cerveza a vosotros los chicos, ¿sabéis?»), y se convertía en el más expansivo de los hombres. Contaba historias, respondía a preguntas, volvía a cebar el anzuelo de Hal si era necesario; y el bote podía ir derivando allá donde el viento y la débil corriente lo quisieran llevar.

—¿Por qué nunca vas directamente al centro del lago, tío Will? —había preguntado Hal en una ocasión.
—Mira por este lado de aquí, Hal —le había respondido el tío Will.
Hal lo había hecho. Vio agua azul y su sedal hundiéndose en la oscuridad.
—Estás mirando a la parte más profunda del Crystal Lake —dijo tío Will, aplastando una lata de cerveza vacía con una mano y seleccionando una fresca con la otra—. Unos treinta metros, centímetro más, centímetro menos. 

El viejo Studebaker de Amos Culligan está ahí abajo en algún lugar. El maldito estúpido lo metió en el lago a principios de un diciembre, antes de que se formara del todo la capa de hielo. Tuvo suerte pudiendo salir con vida. Nunca lo podrán sacar, ni verlo hasta que suenen las trompetas del día del Juicio Final. Las cosas más grandes están precisamente ahí, Hal. No es necesario ir más lejos. Déjame ver cómo está tu gusano. Enrolla ese cabrón de sedal.

Hal lo hizo, y mientras el tío Will colocaba en su anzuelo un gusano fresco de la vieja lata de Crisco que le servía de caja para los cebos, miró al agua, fascinado, intentando ver el viejo Studebaker de Amos Culligan. Todo oxidado y con algas surgiendo flotantes por la abierta ventanilla del lado de conductor a través de la cual había escapado Amos en el último momento, algas festoneando el volante como una corona mortuoria, algas colgando del espejo retrovisor y agitándose hacia delante y hacia atrás como una extraña rosaleda. 

Pero sólo podía ver el agua azul oscureciéndose hasta el negro, y allí estaba la silueta de la lombriz del tío Will, el anzuelo oculto en sus nudos, colgando allí arriba, en medio de muchas cosas, su propia versión de la realidad inundada de sol. Hal tuvo una breve y mareante visión de hallarse suspendido sobre un inmenso abismo, y tuvo que cerrar los ojos por un momento hasta que el vértigo pasó. Ese día, creía recordar, se había bebido toda la lata de cerveza.
...La parte más profunda del Crystal Lake... Unos treinta metros, centímetro más, centímetro menos.

Hizo una momentánea pausa, jadeando, y alzó la vista hacia Petey, que aún le observaba ansiosamente.
—¿Quieres que te ayude, papá?
—Dentro de un momento.

Recuperó de nuevo el aliento, y ahora tiró de la barca de remos cruzando la estrecha franja de pedregosa arena hasta el agua, dejando un profundo surco. La pintura se había desconchado, pero la barca había sido mantenida bajo cubierto y parecía segura.

Cuando él y el tío Will salían, era el tío Will quien tiraba de la barca rampa abajo, y cuando la proa estaba a flote, trepaba en ella, agarraba un remo para empujar con él, y decía: «Empújame fuerte, Hal... ¡Así fortalecerás tus piernas!»
—Trae la bolsa hasta aquí, Petey, y luego dame un empujón —dijo Hal a su hijo. Y, sonriendo un poco, añadió—: Así fortalecerás tus piernas.
Petey no le devolvió la sonrisa.
—¿Voy a venir contigo, papá?
—Esta vez, no. En otra ocasión te llevaré conmigo a pescar, pero... no esta vez.

Petey vaciló. El viento agitaba su cabello marrón, y unas cuantas hojas amarillentas, crujientes y secas, remolinearon en torno a sus hombros y aterrizaron en el borde del agua, balanceándose como otros tantos botes.
—Deberías haberlos amortiguado —dijo Petey en voz muy baja.
—¿Qué? —preguntó, aunque creyó comprender lo que quería decir Petey.
—Haber puesto algodón en los platillos. Haberlos almohadillado. Así no podrían... hacer ese ruido.

Hal recordó repentinamente a Daisy acercándosele —no andando, sino bamboleándose— y cómo, de pronto, la sangre empezaba a manar de ambos ojos de Daisy en un flujo que empapaba el pelaje de su cuello y goteaba hasta el suelo del granero, cómo se derrumbaba sobre sus patas delanteras... y cómo, en el quieto y lluvioso aire de primavera de aquel día, escuchó el sonido, no amortiguado, sino curiosamente claro, procedente de la buhardilla de la casa, a veinte metros de distancia: ¡Jang-jang-jang-jang!

Se había puesto a gritar histéricamente, dejando caer la brazada de madera que llevaba para el fuego. Echó a correr hacia la cocina en busca del tío Will, que estaba comiendo huevos revueltos y tostadas, antes incluso de haberse puesto los tirantes sobre los hombros.

Era una perra vieja, Hal, había dicho el tío Will, su rostro ojeroso y triste... Él también parecía viejo. Tenía doce años, y eso son muchos años para un perro. No deberías tomártelo así, muchacho... A la vieja Daisy no le hubiera gustado.

Vieja, había hecho eco el veterinario, pero, pese a todo, pareció desconcertado, porque los perros no mueren de una hemorragia cerebral explosiva, ni siquiera a los doce años («como si alguien hubiera hecho estallar un petardo en su cabeza», había oído Hal que el veterinario le decía al tío Will, mientras el tío Will cavaba un hoyo detrás del granero, no lejos del lugar donde había enterrado a la madre de Daisy en 1950: «Nunca he visto nada así, Will»).

Y más tarde, aterrado hasta casi perder el control, pero incapaz de resistirse, Hal había subido hasta la buhardilla.

Hola, Hal, ¿cómo te encuentras?, había sonreído el mono desde su oscuro rincón. Sus platillos estaban inmóviles, separados entre sí unos treinta centímetros. El cojín del sofá que Hal había colocado entre ellos estaba ahora al otro lado de la buhardilla. Algo —alguna fuerza— lo había arrojado hasta allí, con tanto impulso como para rasgar su cubierta, y el relleno brotaba del desgarrón. 

No te preocupes por Daisy, susurró el mono dentro de su cabeza, sus cristalinos ojos color avellana fijos en los azules y muy abiertos de Hal Shelburn. No te preocupes por Daisy, era vieja. Vieja, Hal. Incluso el veterinario lo ha dicho. Además, ¿viste la sangre brotar por sus ojos, Hal? Dame cuerda, Hal. Dame cuerda y juguemos. ¿Y quien está muerto, Hal? ¿Eres tú?

Cuando recuperó la cordura se dio cuenta de que había estado arrastrándose hacia el mono como si estuviera hipnotizado, y que tenía una mano tendida para coger la llave. Entonces retrocedió bruscamente y casi estuvo a punto de caerse por las escaleras de la buhardilla en su apresuramiento... Probablemente se hubiera caído si la caja de la escalera no hubiera sido tan estrecha. Un leve gemido escapó de su garganta.

Ahora se sentó en el bote, mirando a Petey.
—Amortiguar los platillos no sirve de nada —dijo—. Ya lo intenté una vez.
Petey lanzo una nerviosa mirada a la bolsa de viaje.
—¿Qué ocurrió, papá?
—Nada de lo que desee hablar ahora —dijo Hal—, y nada que tú desees oír. Ven y dame un empujón.

Petey se inclinó hacia la barca, y la popa de la embarcación rascó contra la arena. Hal empujó con un remo, y de pronto aquella sensación de estar ligado a la tierra desapareció. El bote estaba avanzando ligeramente, de nuevo en su elemento tras varios años en la oscuridad del cobertizo para los botes, balanceándose en el ligero oleaje. Hal colocó los remos en sus toletes, primero uno, luego el otro, y luego cerró las chumaceras.

—Ven con cuidado, papá —dijo Petey. Su rostro estaba pálido.
—No voy a estar mucho rato —prometió Hal, pero miró hacia la bolsa de viaje y se interrogó a sí mismo.

Empezó a remar, inclinándose ligeramente para hacerlo. El viejo y familiar dolor en la parte baja de su espalda y entre sus omoplatos empezó. La orilla fue alejándose. Petey tenía mágicamente ocho años de nuevo, seis, un niño de cuatro años de pie en el borde del agua. Se protegió los ojos con una mano infantil.

Hal miró casualmente a la orilla, pero no se permitió estudiarla realmente. Habían pasado cerca de quince años, y si estudiaba atentamente la línea de la costa vería los cambios más que las similitudes y se encontraría perdido. El sol golpeaba contra su cuello, y empezó a sudar. Miró la bolsa de viaje, y por un momento perdió el ritmo de empuja-y-tira. La bolsa de viaje parecía... parecía estar agitándose. Empezó a remar más aprisa.

El viento soplaba ahora, secando el sudor y enfriando su piel. El bote se alzó y la proa hendió el agua hacia uno y otro lado cuando volvió a caer. ¿Había refrescado el viento, justo en el último minuto o así? ¿No estaba Petey gritando algo? Sí. Hal no podía entender lo que decía por encima del viento. No importaba. Librarse del mono por otros veinte años —o quizá para siempre (por favor. Dios, para siempre)—, eso era lo que importaba.

El bote se alzó y volvió a caer. Miró hacia la izquierda y vio pequeñas cabrillas. Miró hacia la orilla de nuevo y vio la Punta del Cazador y un edificio en ruinas que debía haber sido el cobertizo para botes de Burdon cuando él y Bill eran niños. Ya casi había llegado, pues. Casi estaba encima del lugar donde el Studebaker de Amos Culligan se había hundido entre el hielo un diciembre de hacía muchos años. Casi encima de la parte más profunda del lago.

Petey estaba gritando algo; gritando y señalando. Hal seguía sin poder oír. El bote de remos se alzaba y caía, lanzando nubecillas de espuma a ambos lados de su desconchada proa. Un pequeño arcoiris brilló en uno de los lados, se deshizo en una miríada de puntos. La luz del sol y las sombras se perseguían cruzando el lago, y las olas no eran suaves ahora; las cabrillas habían crecido. 

Su sudor se había secado poniendo carne de gallina en su piel, y la espuma había empapado la parte de atrás de su chaqueta. Remó tercamente, los ojos yendo alternativamente de la orilla a la bolsa de viaje. El bote se alzó de nuevo, esta vez tanto que por un momento el remo izquierdo palmeó el aire en vez del agua.

Petey estaba señalando hacia el cielo, sus gritos ahora reducidos a un débil asomo de sonido.
Hal miró por encima de su hombro.

El lago era un frenesí de olas. Se había convertido en una masa de azul oscuro lleno de costurones blancos. Una sombra cruzaba la superficie del agua hacia el bote y algo en su forma era familiar, tan terriblemente familiar, que Hal alzó la vista, y entonces el grito estuvo allí, debatiéndose en su congestionada garganta.

El sol estaba detrás de la nube, convirtiéndola en una forma claramente identificable, con dos crecientes dorados mantenidos aparte. Había dos agujeros en un extremo de la nube, y el sol brotaba a través de ellos formando como dos pozos de luz.

Cuando la nube cruzó por encima del bote, los platillos del mono, apenas ahogados por la bolsa de viaje, empezaron a sonar. Jang-jang-jang-jang, eres tú, Hal. Finalmente eres tú. Estás encima de la parte más profunda del lago ahora y es tu turno, tu turno, tu turno...

Todos los elementos necesarios de la línea de la costa habían encajado en su lugar. Los carcomidos huesos del Studebaker de Amos Culligan estaban en algún lugar allá abajo, allí era donde estaban las cosas grandes, aquél era el lugar.

Hal metió los remos en un rápido movimiento, se inclinó hacia delante sin darse cuenta de los alocados bandazos del bote, y aferró la bolsa de viaje. Los platillos seguían lanzando su loca música pagana; los costados de la bolsa se hincharon como impelidos por una tenebrosa respiración.

—¡Exactamente aquí, hijo de puta! —gritó Hal—. ¡EXACTAMENTE AQUÍ!

Arrojó la bolsa por encima de la borda.

Se hundió rápidamente. Por un momento pudo verla descender, sus costados agitándose, y durante aquel interminable momento pudo oír aún los platillos sonando. Y por un momento las negras aguas parecieron aclararse y pudo ver hacia abajo hasta aquel terrible abismo de agua lleno de cosas enormes; allí estaba el Studebaker de Amos Culligan, y la madre de Hal estaba detrás de su legamoso volante, un sonriente esqueleto con una perca asomándose y escrutando fríamente desde la cavidad nasal de su calavera. 

El tío Will y la tía Ida estaban recostados a su lado, y el pelo gris de la tía Ida flotaba hacia arriba mientras la bolsa iba cayendo, girando y girando sobre sí misma, con unas cuantas burbujas plateadas ascendiendo hacia la superficie: Jang-jang-jang-jang...

Hal volvió a meter bruscamente los remos en el agua, rascándose los nudillos hasta hacerse sangre (¡Oh Dios! ¡El asiento de atrás del Studebaker de Amos Culligan estaba lleno de niños muertos! Charlie Silverman... Johnny McCabe...), y empezó a impulsar el bote.

Hubo un crujido como el seco disparo de una pistola entre sus pies, y de repente un chorro de limpia agua empezó a brotar entre dos tablas. El bote era viejo: la madera se había contraído ligeramente, sin la menor duda. Se trataba tan sólo de una pequeña fisura. Pero no había ninguna cuando remaba hacia el centro del lago. Podía jurarlo.

La orilla y el lago cambiaron de orientación con respecto a él. Petey estaba a sus espaldas ahora. Por encima de su cabeza, aquella horrible nube simiesca estaba desgarrándose. Hal siguió remando. Veinte segundos fueron suficientes para convencerle de que estaba remando para salvar su vida. Era tan sólo un nadador mediocre, y ni siquiera uno excelente se pondría a prueba en aquellas repentinamente agitadas aguas.

Otras dos tablas se agrietaron bruscamente con aquel sonido parecido a un disparo. Más agua penetró en el bote, empapando sus zapatos. Hubo pequeños sonidos metálicos restallantes, que supuso eran clavos partiéndose. Una de las chumaceras de los remos crujió, se rompió y cayó al agua... ¿Iba a seguirle el tolete?

El viento soplaba ahora desde su espalda, como si intentara frenarle o incluso empujarle hasta el centro del lago. Se sentía aterrorizado, pero al mismo tiempo sentía una especie de loca alegría a través del terror. El mono había desaparecido definitivamente esta vez. Lo sabía de algún modo. 

Ocurriera lo que le ocurriese a él, el mono no volvería a arrojar sombras sobre la vida de Dennis o de Petey. El mono había desaparecido, y ahora yacía quizá sobre el techo, quizá sobre el capó del Studebaker de Amos Culligan, en el fondo del Crystal Lake. Había desaparecido para siempre.

Remó, inclinándose hacia delante y tirando hacia atrás. Aquel sonido crujiente de la madera llegó de nuevo, y ahora la vieja lata de cebos oxidada que había estado en el fondo del bote flotaba en un palmo de agua. La espuma azotaba el rostro de Hal. 

Hubo un fuerte sonido restallante, y el asiento de proa se partió en dos trozos y quedó flotando cerca de la caja de cebos. Una tabla se partió en el lado izquierdo del bote, y luego otra, ésta en la línea de flotación, en el lado derecho. Hal siguió remando. La respiración raspaba en su boca, caliente y seca, y su garganta le dolía con el sabor metálico del agotamiento. Sus empapados cabellos se agitaban.

Ahora el crujido llegó directamente del fondo del bote, zigzagueó entre sus pies y avanzó hacia proa. El agua penetró en tromba; se encontró con agua hasta los tobillos, luego hasta las pantorrillas. Siguió remando, pero el avance del bote hacia la orilla era ahora fangoso. No se atrevía a mirar hacia atrás para ver a qué distancia se hallaba.

Otra tabla se soltó. El crujido que recoma el centro del bote se ramificó, como un árbol, y el agua lo inundó.

Hal empezó a manejar los remos a toda la velocidad que le fue posible, respirando entrecortadamente, jadeando. Empujó una vez..., dos veces..., y al tercer empujón ambos toletes se partieron. Perdió un remo, aferró desesperadamente el otro, se puso en pie y empezó a sacudir el agua con él. El bote se inclinó de costado hasta casi volcar y le arrojó hacia atrás, contra su asiento, con un fuerte golpe.

Segundos más tarde otras tablas se soltaron, el asiento se hundió, y se encontró tendido en el agua que llenaba el fondo del bote, sorprendido ante su frialdad. Intentó ponerse de rodillas, pensando desesperadamente: Petey no debe ver esto, no debe ver a su padre ahogándose delante de sus ojos. Vas a nadar, chapotearás como un perro si es necesario, pero lo harás. Tienes que hacer algo...

Hubo otro chasquido desgarrante —casi un crujido—, y se encontró en el agua, nadando hacia la orilla como nunca había nadado en su vida... y la orilla estaba sorprendentemente cerca. Un minuto más tarde estaba de pie en el agua, que le cubría hasta el pecho, a menos de cinco metros de la playa.

Petey chapoteó hacia él, los brazos extendidos, gritando, llorando y riendo. Hal avanzó hacia él, forcejeando. Petey, con el agua hasta el pecho, forcejeó también.
Se abrazaron fuertemente.

Hal inspiró profundamente, jadeando, apretando con fuerza al muchacho entre sus brazos y llevándolo hasta la playa, donde ambos se dejaron caer sobre la arena, agotados.
—Papá, ¿se ha ido realmente ese mono?
—Sí. Creo que se ha ido realmente.
—El bote se hizo pedazos. Así, sencillamente, se hizo pedazos a tu alrededor...

Desintegrado, pensó Hal, y miró las tablas que flotaban a la deriva en el agua, a quince metros de distancia. No tenían el menor parecido con el resistente bote de remos hecho a mano que había sacado del cobertizo de botes.

—Todo está bien ahora —dijo Hal, echándose hacia atrás y apoyándose sobre sus codos.
Cerró los ojos y dejó que el sol calentara su rostro.
—¿Viste la nube? —susurró Petey.
—Sí. Pero ahora no la veo... ¿Y tú?

Miraron al cielo. Había algunos jirones de nubes aquí y allá, pero ninguna nube grande y oscura. No se la veía... como acababa de decir.
Hal ayudó a Petey a ponerse en pie.
—Debe de haber toallas ahí arriba en la casa. Vamos. —Pero hizo una pausa, mirando a su hijo—. ¿Estás loco, correr como lo has hecho?
Petey le miró solemnemente.
—Has sido un valiente, papá.
—¿Lo he sido?

El pensamiento del valor jamás había cruzado por su mente. Sólo el del miedo. El miedo había sido demasiado grande como para ver ninguna otra cosa. Si es que realmente había habido alguna otra cosa.
—Vamos, Petey.
—¿Qué vamos a decirle a mamá?
Hal sonrió.
—No vamos a contarle nada de esto, gran muchacho. Ya se nos ocurrirá algo.

Hizo una pausa, mirando las tablas que flotaban en el agua. El lago estaba nuevamente en calma, con pequeñas olitas chispeantes. Hal pensó en los veraneantes que nunca llegaría a conocer... quizá un hombre y su hijo, pescando en busca de peces grandes. ¡He cogido algo, papi!, grita el niño. ¡Sácalo y veamos lo que es!, dice el padre. 

Y surgiendo de las profundidades, con algas colgando de sus platillos, sonriendo son su terrible sonrisa de bienvenida... el mono.

Se estremeció... pero aquellas eran tan sólo cosas que podían ocurrir.

—Vamos —le dijo de nuevo a Petey, y caminaron hacia el sendero que subía por entre los resplandecientes árboles otoñales hacia la vieja casa.