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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 2)

 II

—¿Quién es el coronel Desborough? —preguntó lady Chalvington, tomando la tarjeta que acababan de entregarle y examinándola con sus anteojos de oro—. ¿Lo conozco?

—Non lo so, Excellenza. Es cierto que primero preguntó por el señor, y après pour Madame.

El hombre que contestó con este galimatías era un personaje muy relevante en el séquito de nuestra dama. Ella a veces lo calificaba como su homme d’affaires, otras como su maggiordomo. Era un individuo de tez oscura y aire extranjero, con el pelo negro muy brillante y bastante largo, bigote negro, ojillos inquietos y nariz aguileña. Iba muy bien vestido de traje negro, y exhibía una rutilante leontina, además de numerosos anillos en unos dedos largos y huesudos. 

Jamás hablaba en una única lengua correctamente; más bien recurría a las primeras palabras que se le pasaban por la mente y sin atender nunca a las normas gramaticales. Al contestar a lady Chalvington, la miró directamente a los ojos, y ella le devolvió la mirada, aunque con expresión interrogante.

—¿Te resulta familiar el apellido, Mary? —preguntó, dirigiéndose a su hijastra.

La señorita Chalvington levantó la vista de su labor de bordado y se quedó pensativa unos instantes.

—Me parece que sí. Guardo un vago recuerdo de un tal coronel Desborough que vino a pasar unos días con nosotros en Methwold cuando yo era pequeña —dijo—. Se portó muy bien conmigo.

—¿Crees que debería recibirle, o no? Sí; hágale subir, Texere.

El intérprete hizo una pronunciada reverencia, abandonó la sala y al cabo de un minuto anunció al coronel Desborough y lo hizo pasar a la sala. Su aspecto había mejorado considerablemente después del viaje, pero todavía conservaba un rictus de ansiedad en el rostro. Sin embargo, no había visto nada que lo alterase durante la travesía, y por lo tanto había dormido bien. 

El descanso, combinado con el aire del mar, lo habían restablecido. Tan pronto entró en la estancia, lady Chalvington pensó que jamás había visto un hombre tan atractivo. Él, por su parte, quedó apabullado por el soberbio aspecto de la dama, que se adelantó a saludarlo.

Aparentaba unos veintisiete años; una mujer hermosa, de belleza selvática, si es que podía describirse así; en su cara, los enormes ojos negros, con largas pestañas, aparecían acentuados por unas cejas negras muy marcadas; la tez era de una delicada textura y de un tono aceitunado muy pálido; la nariz, de orificios redondeados, parecía más bien africana; la boca de labios carnosos la llevaba pintada de exquisito carmín. 

Era de estatura mediana, con un cuerpo robusto, bien proporcionado. El vestido era de terciopelo carmesí ribeteado de encaje amarillo antiguo; llevaba su ondulado pelo negro recogido en la coronilla y unos diamantes lanzaban destellos en sus orejas.

—Gracias por recibirme, lady Chalvington —dijo el coronel—. Soy amigo de juventud de sir Henry, acabo de llegar de la India. Pasé por su residencia de Brook Street y me enteré de que estaba usted aquí, en Brighton. Me dicen que sir Henry está en el extranjero, aquejado de problemas de salud. No será nada serio, ¿verdad?

—¡Ah! —suspiró la dama que, con un pequeño gesto de una mano blanquísima y repleta de joyas, lo invitó a sentarse en un sofá mientras ella misma tomaba asiento, con estudiada elegancia, en una silla que había al lado—. Está muy delicado de salud, le cuesta respirar en los inviernos fríos. Inglaterra es demasiado neblinosa y húmeda para él.

—Vaya, cuánto lo siento. Y ¿regresará para primavera?

—Me temo que permanecerá ausente durante un periodo indefinido de tiempo.

—¡No me diga! —contestó el coronel asombrado—. Pero, y disculpe la pregunta, ¿cómo es que no está usted con él?

—Ese ha sido su deseo, puesto que de hacerlo no podría yo atender mis compromisos sociales.

—¿Me dará usted su dirección? Me gustaría escribirle una carta.

—Yo se la remitiré encantada en su nombre. Lo hacemos así con toda la correspondencia por deseo expreso de sir Henry.

El rostro del coronel adoptó una expresión de inusitada sorpresa. Desvió casualmente la mirada hacia la joven que estaba sentada al fondo de la estancia, detrás de lady Chalvington, y vio que esta lo miraba y negaba con la cabeza. 

Al ver que sus ojos permanecían repentinamente fijos en algún objeto, lady Chalvington se dio la vuelta de golpe, aunque solo para hallar a su hijastra diligentemente ocupada en su labor.

El coronel Desborough supo aprovechar la ocasión y, levantándose con la mano tendida, avanzó hacia la hija de su amigo.

—¿Es posible que esta sea la pequeña Mary? —dijo.

—Ya no tan pequeña —contestó la señorita Chalvington con una dulce sonrisa, al mismo tiempo que dejaba reposar una mano pequeña y fina sobre la de él—. Pero sí que se acuerda del coronel Desborough, y de cómo solía ponerse a gatas y rugir, imitando a un león, para hacerla reír.

—Eso fue cuando era joven, hace quince años —dijo él—. Tú eras apenas una niña. Digo yo que rondarías los cuatro años.

—Ahora tengo diecinueve.

—¿Escribirás pronto a tu padre? —preguntó él.

La muchacha alzó la vista y lo miró de hito en hito con unos ojos grises muy serios. ¿Qué sentimiento anidaba en ellos? ¿Era súplica?, ¿temor?, ¿duda? Aquella mirada lo desconcertó.

—Eso espero —dijo ella lanzando una mirada furibunda a su madrastra.

Él retuvo la mano de la muchacha en la suya y escudriñó aquel rostro tan pálido y desmejorado. Un leve rubor se asomó a sus mejillas. Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. El coronel se sintió consternado y se atrevió a apretar aquella pequeña mano tan frágil que descansaba con absoluta confianza en la suya. Ante esta señal de amistad, ella regresó rápidamente a su silla y enterró la cara en su pañuelo, sollozando con gran pesar.

—Márchate a tu habitación, ¡ahora! —exclamó lady Chalvington, acercándose a ellos—. Deberías avergonzarte, ¡una jovencita de tu edad comportándose como una niña malcriada!

Mary se levantó apresuradamente y abandonó la estancia sin mediar palabra, enjugándose aún los ojos con el pañuelo. Desborough observó con interés cómo salía. Reparó en que era una chica muy alta y delgada, que caminaba muy erguida y que tenía el pelo rubio, el cual llevaba recogido en un moño en la parte posterior de una cabeza de rasgos clásicos. Llevaba un vestido gris, bastante sencillo, modesto como el de una cuáquera, lo que contrastaba de manera llamativa con el fastuoso atuendo de su madrastra.

—Parece una muchacha muy delicada —dijo él.

—Mary no es delicada. Lo aparenta por esa tez tan blanca que tiene, pero es arisca por naturaleza —replicó lady Chalvington ostensiblemente irritada por la escena que acababa de desarrollarse.

—Cuando escriba a sir Henry, menciónele mi nombre y dígale que quisiera verle cuanto antes.

—Así lo haré —contestó la dama, acercándose a la campanilla.

Consciente de que había demorado su visita hasta donde permitía la etiqueta, el coronel se retiró. En el vestíbulo encontró un lacayo y a Texere.

—¿Cuál es la dirección de sir Henry? —le preguntó abruptamente a este último, que lo saludó con una pronunciada reverencia.

—Entschuldigen Sie, mein Herr; in verità non posso; je ne sais pas, Monsieur.

—¿Cuánto tiempo lleva enfermo sir Henry?

—Depuis quand est-il malade… tres años. Tiene tisis.

—¿Quién se encarga de su correspondencia?

—La señora.

—¿Quién maneja sus asuntos?

—La señora.

El coronel se marchó.

—¿Qué he conseguido? —se preguntó tan pronto como se encontró en la acera de Eastern Terrace, nada más salir—. Nada. ¿Qué sucede ahí dentro? ¿De dónde se sacó a esa esposa que se maquilla la cara y los labios, y se oscurece todavía más sus ya negrísimos ojos? ¡Y esa pobre niña! ¡Con qué ojos tan implorantes me ha mirado! Hay algo en esa casa que no me acaba de encajar. Bueno, este viaje a Brighton ha resultado infructuoso. Iré a la finca familiar en Norfolk y hablaré con el administrador.

El coronel Desborough era un hombre de acción. Aquella misma noche ya estaba de regreso en Londres y tan solo un par de días después se encontraba en Norwich, desde donde partió sin demora hacia Methwold, sede de la Baronía de sir Henry Chalvington. 

A finales de noviembre el paisaje ya resultaba lo suficientemente deprimente, y el cometido al que se había encomendado le pesaba en el ánimo. ¿Dónde estaba su amigo? Sin pensárselo puso rumbo a la casa del administrador de la finca, la que recordaba situada a la entrada del parque. Por fortuna, lo encontró en casa, pero el hombre al que él buscaba había fallecido hacía mucho tiempo. El actual administrador era otro y más joven.

—Recibimos cartas de sir Henry de vez en cuando —le informó este respondiendo a las preguntas del coronel—, y siempre por medio de la señora, que es una avezada mujer de negocios. Los cheques llegan con regularidad. Pero en lo que se refiere al paradero de sir Henry, nadie lo conoce; las cartas no llevan remite alguno. El señor desea mantener en secreto su lugar de residencia.

—¿Y no le parece eso muy extraño?

—Así nos lo parece a todos por aquí, pero ¿qué le vamos a hacer?

—Hábleme de lady Chalvington —dijo el coronel—, ¿quién es exactamente? ¿A qué se dedica? Yo conocí a su primera esposa…

—Sobre quién es la dama, solo puedo decirle que era condesa de Acluna; viuda, medio extranjera y de origen sudamericano, que yo sepa. Sir Henry se casó con ella hace tres o cuatro años, en París. Es una mujer de una elegancia exquisita. Y en cuanto a qué se dedica, puedo asegurarle que da las mejores fiestas de Londres, y que sin duda es la mujer de moda.

—Pero ¿realmente asiste la gente a sus recepciones?

—Suplican para conseguir una invitación. Pero yo sé que a sir Henry no le gustaba estar en compañía. Hay quien piensa que esa es la razón por la que prefiere vivir retirado en el extranjero.

—¿Y qué me dice de la señorita Chalvington? —preguntó Desborough.

—Ella y la señora no se llevan demasiado bien. A la señorita Chalvington le encanta alojarse aquí. La señora, sin embargo, detesta la campiña.

El coronel Desborough lo miró con el semblante muy serio.

—¿Cuánto hace que sir Henry se marchó de Inglaterra?

—Ocho meses. La señora y él viajaron juntos a Engadine, y parece ser que el señor no consideró conveniente regresar. ¿Le gustaría pasarse por la casa, señor?

—Sí, me encantaría volver a echarle un vistazo a esas viejas habitaciones. Pero recuerdo a la perfección un atajo hasta allí a través del parque. No hace falta que se moleste en acompañarme.

Methwold era un viejo caserón isabelino rodeado de árboles y más allá de cuyo parque se extendía una zona boscosa. Era el elemento central de una extensa propiedad. ¡Y qué familiar le resultaba! El ama de llaves recibió al coronel con sumo placer y le enseñó la mansión. 

¡Qué bien la recordaba! Y, sin embargo, se le antojó más oscura y pequeña que cuando era joven. ¿Qué había sido de aquellos dos muchachos vehementes que corrían por sus pasillos? ¿Qué de los dos cadetes recién licenciados en Sandhurst? ¡Ay! Uno de ellos era ahora un hombre serio tostado por el sol de la India y el otro…, ¿dónde estaba el otro?

El coronel entró por último a la galería de retratos, que ocupaba un ala que corría todo a lo largo del edificio. Colgada en la pared estaba la imagen de sir Henry cuando era un agraciado niño de siete años, pintada por Harlstone. Y también otro retrato suyo, ya de joven y vestido de uniforme, obra de Richmond. 

Entristecido por los recuerdos del pasado, Desborough les dio la espalda y, al punto, quedó paralizado. Su amigo estaba allí de pie, a unos pasos de donde él se encontraba. Lo vio con absoluta claridad, parecía muy serio y entristecido, y en el pelo se le adivinaban ya algunas canas. Esta vez la impresión fue demasiado fuerte para el coronel, que se dejó caer en un sillón, completamente superado por la escena.

—Usted no está bien, señor —exclamó el ama de llaves—. Ver este viejo lugar otra vez le ha afectado.

Se marchó a toda prisa y regresó con un poco de agua y una pequeña licorera de brandy. Una vez recompuesto, el coronel no se marchó de Methwold sin someter antes al ama de llaves a un breve interrogatorio.

—No, sir Henry no estaba fuerte… tenía algo del corazón —dijo—. Había abandonado la caza y le molestaba recibir tantas visitas, que era lo que más le gustaba a mi señora, puesto que cantaba de maravilla y actuaba en pequeñas obras de teatro particulares. El mes de marzo pasado dejaron aquí a la señorita Chalvington y viajaron al continente. 

Ella regresó sola, con ese intérprete suyo, que aquí no cayó nada bien; es más, el señor Groves, nuestro mayordomo, se despidió al instante. ¿Me pregunta qué aspecto tenía el amo cuando se marchó, señor? Pues, le diré que aparentaba más edad de la que tenía, estaba flaquísimo y, ¡caramba!, el pelo se le había cubierto todo de canas.

Oído esto, el coronel Desborough se despidió. ¿Qué podía hacer? Regresar a Londres. Esta vez para visitar al abogado de la familia en su despacho de Bedford Row.

A la mañana siguiente se presentó en el despacho de dicho caballero. Sí, el señor Bruce lo recibiría cinco minutos, si se trataba de un asunto privado.

—Muy señor mío —dijo el abogado—, sé tanto sobre el paradero de sir Henry Chalvington como usted. Supongo que esta rara ventolera de ocultarse no es más que una excentricidad. Y yo acepto las cosas como me vienen dadas. Remito las cuentas a lady Chalvington, y ella, a su vez, me hace llegar las minutas y los cheques de sir Henry debidamente firmados por él. Está todo perfectamente correcto, pero aun así ¡desearía que regresara a casa!

—Debo tener noticias directas de él y las tendré —dijo el coronel—; para mí es de extrema importancia. Pienso ofrecer una recompensa a cambio de cualquier información acerca de su paradero actual o a quien pueda darme noticias suyas.

—Vamos, vamos, señor mío, ¿sinceramente cree necesario llegar a esos extremos? Espere y ya verá cómo sir Henry sale de su escondrijo por voluntad propia.

—No puedo esperar. Ofreceré una recompensa de quinientas libras.

Antes de llevar a efecto su propósito, se trasladó rápidamente a Brighton una vez más con la esperanza de entrevistarse de nuevo con lady Chalvington, pero en esta ocasión le fue denegado el acceso, ya que la dama se encontraba atendiendo otro compromiso.

Y a la señorita Chalvington, ¿podía verla a ella? No, la joven no recibía visitas. Pero el coronel no se dio por vencido. Ya avanzada la tarde volvió a presentarse en la casa de Eastern Terrace. Esta vez lady Chalvington había salido, cosa que era verdad.

Escribió un breve mensaje en su tarjeta de visita dirigido a la señorita Chalvington: «Le ruego que me reciba».

La depositó, junto con una libra de oro, en la mano del sorprendido Thomas, puesto que Texere estaba fuera con el carruaje.

—Subiré su tarjeta, señor —dijo el lacayo—, pero mi señora no permite a la señorita Chalvington recibir visitas jamás.

—Inténtelo de todos modos, mi querido amigo.

Thomas vaciló, pero finalmente hizo pasar al coronel a una pequeña estancia donde se guardaban sombreros, paraguas y mantas de carruaje, y cerró la puerta cautelosamente tras de él.

Al cabo de un rato, unos pasos ligeros y rápidos bajaron las escaleras y la señorita Chalvington entró en el cuartito. Parecía asustada y nerviosa.

—No debe entretenerme demasiado tiempo —dijo en voz baja—. Lady Chalvington podría regresar en cualquier momento; se pondrá furiosa.

—¡La temes!

—Es mi carcelera. ¡Soy su prisionera a todos los efectos!

—¿Y tu padre?

—¡Oh, coronel Desborough! Encuéntrelo, se lo imploro; por su vieja amistad, ¡tiene que dar con él! Nunca me escribe a mí, solo a ella. ¡Hace ocho meses que no lo veo! ¡Y me quería como el mejor de los padres!

—¿Acaso ella se queda con tus cartas?

A la joven le temblaba todo el cuerpo y miraba con nerviosismo hacia la puerta.

—¿Por qué querría interceptar tu correspondencia? ¿Por qué te tiene encerrada? —preguntó él.

—Porque me odia. Oh, coronel Desborough, estoy tan preocupada por mi padre… No sé qué pensar.

—Mi querida muchacha —dijo el coronel acariciándole el pelo del mismo modo que lo hiciera cuando ella no era más que una niña—, por supuesto que daré con tu padre, te lo prometo solemnemente. Pero ¿quién es esta mujer?

La señorita Chalvington se estremeció con un escalofrío.

—Es una mujer temible, una mujer cuya compañía debe uno rehuir a toda costa. Una mujer sin escrúpulos…, un lobo con piel de cordero. Y ahora, ¡márchese, por el amor de Dios, márchese!

—Sí —dijo el coronel con amargura—. Pronto regresaré para liberarte. ¡Pero antes pienso resolver este misterio!


(CONTINUARÁ...)

Corazones Perdidos - M. R. James

Fue, hasta donde puedo averiguar, en septiembre del año 1811 cuando una silla de postas se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall, en el corazón de Lincolnshire. El niño que era el único pasajero en la silla, y que saltó tan pronto como se detuvo, miró a su alrededor con la más viva curiosidad durante el corto intervalo que transcurrió entre el toque de la campanilla y la apertura de la puerta principal. 

Vio una casa alta, cuadrada, de ladrillo rojo, construida en el reinado de la reina Ana; se había añadido un pórtico de pilares de piedra en el estilo clásico más puro de 1790; las ventanas de la casa eran muchas, altas y estrechas, con cristales pequeños y carpintería blanca y gruesa. Un frontón, perforado por una ventana redonda, coronaba la fachada. 

Había alas a derecha e izquierda, conectadas por curiosas galerías acristaladas, sostenidas por columnatas, con el bloque central. Estas alas contenían claramente los establos y las dependencias de la casa. Cada una estaba rematada por una cúpula ornamental con una veleta dorada.

Una luz vespertina brillaba sobre el edificio, haciendo que los cristales de las ventanas resplandecieran como otros tantos fuegos. Frente a la mansión se extendía un parque llano, salpicado de robles y bordeado de abetos, que se recortaban contra el cielo. El reloj del campanario de la iglesia, oculto entre los árboles al borde del parque, del que solo su veleta dorada captaba la luz, daba las seis, y el sonido llegaba suavemente, arrastrado por el viento. 

Fue, en conjunto, una impresión agradable, aunque teñida con la especie de melancolía propia de una tarde de principios de otoño, la que se transmitió a la mente del niño que estaba de pie en el porche, esperando que la puerta se abriera para él.

La silla de postas lo había traído desde Warwickshire, donde, unos seis meses antes, había quedado huérfano. Ahora, gracias a la generosa oferta de su anciano primo, el señor Abney, había venido a vivir a Aswarby. La oferta fue inesperada, porque todos los que sabían algo del señor Abney lo consideraban un recluso algo austero, en cuyo hogar de costumbres tranquilas la llegada de un niño pequeño importaría un elemento nuevo y, al parecer, incongruente. 

La verdad es que se sabía muy poco de las ocupaciones o del temperamento del señor Abney. Se había oído decir al profesor de griego de Cambridge que nadie sabía más de las creencias religiosas de los últimos paganos que el dueño de Aswarby. Ciertamente, su biblioteca contenía todos los libros entonces disponibles sobre los Misterios, los poemas órficos, el culto a Mitra y los neoplatónicos. 

En el vestíbulo de mármol se erguía un magnífico grupo de Mitra matando a un toro, que había sido importado del Levante con gran costo por el propietario. Había contribuido con una descripción del mismo al Gentleman's Magazine, y había escrito una notable serie de artículos en el Critical Museum sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. 

Era considerado, en fin, como un hombre absorto en sus libros, y fue motivo de gran sorpresa entre sus vecinos que se hubiera enterado de la existencia de su primo huérfano, Stephen Elliott, y mucho más que se hubiera ofrecido a hacerlo un residente de Aswarby Hall.

Independientemente de lo que esperaran sus vecinos, es cierto que el señor Abney —el alto, el delgado, el austero— parecía dispuesto a dar a su joven primo una amable bienvenida. En el momento en que se abrió la puerta principal, salió disparado de su estudio, frotándose las manos con deleite.

—¿Cómo estás, muchacho? ¿Cómo estás? ¿Qué edad tienes? —dijo él—. Es decir, espero que no estés demasiado cansado del viaje para cenar.

—No, gracias, señor —dijo el joven Elliott—; me encuentro bastante bien.

—Así me gusta —dijo el señor Abney—. ¿Y qué edad tienes, mi niño?

Parecía un poco extraño que hubiera hecho la pregunta dos veces en los dos primeros minutos de conocerse.

—Cumplo doce años en mi próximo cumpleaños, señor —dijo Stephen.

—¿Y y cuándo es tu cumpleaños, mi querido niño? ¿El once de septiembre, eh? Eso está bien, eso está muy bien. Dentro de casi un año, ¿no es así? Me gusta… ¡ja, ja!… me gusta anotar estas cosas en mi libro. ¿Seguro que son doce? ¿Absolutamente seguro?

—Sí, completamente seguro, señor.

—¡Bien, bien! Llévelo a la habitación de la señora Bunch, Parkes, y que tome su té… su cena… lo que sea.

—Sí, señor —respondió el formal señor Parkes; y condujo a Stephen a las dependencias inferiores.

La señora Bunch fue la persona más reconfortante y humana que Stephen había conocido hasta entonces en Aswarby. Lo hizo sentirse completamente como en casa; se hicieron grandes amigos en un cuarto de hora, y grandes amigos siguieron siendo. 

La señora Bunch había nacido en los alrededores unos cincuenta y cinco años antes de la llegada de Stephen, y su residencia en la mansión era de veinte años. En consecuencia, si alguien conocía los entresijos de la casa y el distrito, la señora Bunch los conocía; y no era en absoluto reacia a comunicar su información.

Ciertamente, había muchas cosas sobre la mansión y sus jardines que Stephen, que era de natural aventurero e inquisitivo, estaba ansioso por que le explicaran. «¿Quién construyó el templete al final del paseo de los laureles? ¿Quién era el anciano cuyo retrato colgaba en la escalera, sentado a una mesa, con una calavera bajo la mano?». Estos y muchos otros puntos similares fueron aclarados por los recursos del poderoso intelecto de la señora Bunch. Había otros, sin embargo, de los cuales las explicaciones proporcionadas eran menos satisfactorias.

Una tarde de noviembre, Stephen estaba sentado junto al fuego en la habitación del ama de llaves, reflexionando sobre su entorno.

—¿Es el señor Abney un buen hombre, e irá al cielo? —preguntó de repente, con la peculiar confianza que los niños poseen en la capacidad de sus mayores para resolver estas cuestiones, cuya decisión se cree reservada para otros tribunales.

—¿Buen hombre? ¡Dios bendiga al niño! —dijo la señora Bunch—. ¡El señor es el alma más bondadosa que he visto en mi vida! ¿No te conté nunca lo del niño que recogió de la calle, como quien dice, hace ya siete años? ¿Y lo de la niña, dos años después de que yo llegara aquí?

—No. ¡Cuéntemelo todo, señora Bunch, ahora mismo!

—Bueno —dijo la señora Bunch—, de la niña no parece que me acuerde mucho. Sé que el señor la trajo consigo de su paseo un día, y le dio órdenes a la señora Ellis, que era el ama de llaves entonces, de que la cuidaran con todo esmero. Y la pobrecilla no tenía a nadie que le perteneciera, me lo dijo ella misma, y aquí vivió con nosotros cosa de tres semanas, puede ser; y luego, fuera que tuviera algo de gitana en la sangre o qué sé yo, pero una mañana se levantó de la cama antes de que ninguno de nosotros hubiera pegado ojo, y ni rastro ni huella de ella he vuelto a ver desde entonces. El señor se disgustó muchísimo e hizo dragar todos los estanques; pero yo creo que se la llevaron los gitanos, porque hubo cantos alrededor de la casa durante casi una hora la noche que se fue, y Parkes, él declara que los oyó llamar en los bosques toda esa tarde. ¡Ay, ay! Una niña extraña era, tan silenciosa en sus maneras y todo, pero yo le había cogido un cariño enorme, tan casera que era… sorprendente.

—¿Y qué hay del niño? —dijo Stephen.

—¡Ah, ese pobrecito! —suspiró la señora Bunch—. Era extranjero, Jevanny se hacía llamar, y vino a tocar su organillo por los alrededores del camino de entrada un día de invierno, y el señor lo hizo entrar en el acto, y le preguntó de dónde venía, y qué edad tenía, y cómo se ganaba la vida, y dónde estaban sus parientes, y todo tan amable como se pueda desear. Pero con él pasó lo mismo. Son una gente revoltosa, supongo, esas naciones extranjeras, y una buena mañana se marchó, igual que la niña. Por qué se fue y qué hizo fue nuestra pregunta durante casi un año después; porque nunca se llevó su organillo, y ahí está, en el estante.

El resto de la tarde lo pasó Stephen en un interrogatorio misceláneo a la señora Bunch y en esfuerzos por extraer una melodía del organillo.

Esa noche tuvo un sueño curioso. Al final del pasillo en el piso de arriba de la casa, donde estaba su dormitorio, había un viejo cuarto de baño en desuso. Se mantenía cerrado con llave, pero la mitad superior de la puerta era de cristal y, como las cortinas de muselina que solían colgar allí habían desaparecido hacía tiempo, se podía mirar adentro y ver la bañera revestida de plomo, adosada a la pared de la derecha, con la cabecera hacia la ventana.

La noche de la que hablo, Stephen Elliott se encontró, según le pareció, mirando a través de la puerta acristalada. La luna brillaba a través de la ventana, y él contemplaba una figura que yacía en la bañera.

Su descripción de lo que vio me recuerda a lo que una vez contemplé yo mismo en las famosas criptas de la iglesia de San Michan en Dublín, que poseen la horrible propiedad de preservar los cadáveres de la descomposición durante siglos. 

Una figura inexpresablemente delgada y patética, de un color plomizo y polvoriento, envuelta en una vestidura similar a un sudario, los delgados labios torcidos en una sonrisa débil y espantosa, las manos apretadas fuertemente sobre la región del corazón.

Mientras la miraba, un gemido distante, casi inaudible, pareció brotar de sus labios, y los brazos comenzaron a moverse. El terror de la visión hizo retroceder a Stephen, y despertó al hecho de que, en efecto, estaba de pie en el frío suelo de tablas del pasillo, bajo la plena luz de la luna. Con un coraje que no creo que sea común entre los niños de su edad, fue a la puerta del cuarto de baño para asegurarse de si la figura de su sueño estaba realmente allí. No lo estaba, y volvió a la cama.

La señora Bunch quedó muy impresionada a la mañana siguiente por su historia, y llegó al extremo de volver a colocar la cortina de muselina sobre la puerta acristalada del cuarto de baño. El señor Abney, además, a quien confió sus experiencias en el desayuno, se mostró muy interesado e hizo anotaciones sobre el asunto en lo que él llamaba «su libro».

Se acercaba el equinoccio de primavera, como el señor Abney recordaba con frecuencia a su primo, añadiendo que los antiguos siempre lo habían considerado un momento crítico para los jóvenes; que Stephen haría bien en cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por la noche; y que Censorino tenía algunas observaciones valiosas sobre el tema. Dos incidentes que ocurrieron por esa época dejaron una impresión en la mente de Stephen.

El primero fue después de una noche inusualmente inquieta y opresiva que había pasado, aunque no podía recordar ningún sueño en particular que hubiera tenido.

La tarde siguiente, la señora Bunch se ocupaba de remendar su camisón.

—¡Santo cielo, señorito Stephen! —exclamó con cierta irritación—. ¿Cómo se las arregla para hacer trizas su camisón de esta manera? ¡Mire aquí, señor, qué molestias les da a los pobres sirvientes que tienen que zurcir y remendar lo que usted estropea!

Había, en efecto, una serie de cortes o rasguños de lo más destructivos y aparentemente deliberados en la prenda, que sin duda requerirían una aguja hábil para repararlos. Se limitaban al lado izquierdo del pecho: cortes largos y paralelos, de unas seis pulgadas de longitud, algunos de los cuales no llegaban a perforar la tela del lino. Stephen solo pudo expresar su total ignorancia sobre su origen; estaba seguro de que no estaban allí la noche anterior.

—Pero —dijo—, señora Bunch, son exactamente iguales que los arañazos en el exterior de la puerta de mi dormitorio; y estoy seguro de que no tuve nada que ver en hacerlos.

La señora Bunch lo miró con la boca abierta, luego cogió una vela, salió apresuradamente de la habitación y se la oyó subir las escaleras. En pocos minutos bajó.

—Bueno —dijo—, señorito Stephen, me resulta muy curioso cómo han podido aparecer esas marcas y arañazos; demasiado altos para que los haya hecho un gato o un perro, y mucho menos una rata; parecen, por todo el mundo, las uñas de un chino, como nos contaba mi tío del comercio del té cuando éramos niñas. Yo no le diría nada al señor, si fuera usted, mi querido señorito Stephen; y eche la llave a la puerta cuando se vaya a la cama.

—Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto termino mis oraciones.

—Ah, ese es un buen niño: reza siempre tus oraciones, y entonces nadie podrá hacerte daño.

Con esto, la señora Bunch se dedicó a remendar el camisón dañado, con intervalos de meditación, hasta la hora de acostarse. Esto fue un viernes por la noche de marzo de 1812.

La tarde siguiente, el dúo habitual de Stephen y la señora Bunch se vio aumentado por la repentina llegada del señor Parkes, el mayordomo, quien por lo general se mantenía bastante apartado en su propia despensa. No vio que Stephen estuviera allí; además, estaba alterado y hablaba con menos lentitud de lo habitual.

—El señor puede subir su propio vino por la noche, si le place —fue su primer comentario—. O lo hago durante el día o no lo hago en absoluto, señora Bunch. No sé qué pueda ser; muy probablemente sean las ratas, o el viento que se ha metido en las bodegas; pero ya no soy tan joven como antes, y no puedo seguir con esto como lo he hecho.

—Bueno, señor Parkes, ya sabe que la mansión es un lugar sorprendente para las ratas.

—No lo niego, señora Bunch; y, desde luego, muchas veces he oído la historia de los hombres en los astilleros sobre la rata que podía hablar. Nunca antes le di crédito a eso; pero esta noche, si me hubiera rebajado a pegar el oído a la puerta del último nicho, casi podría haber oído lo que estaban diciendo.

—¡Oh, vamos, señor Parkes, no tengo paciencia con sus fantasías! ¡Ratas hablando en la bodega, vaya cosa!

—Bueno, señora Bunch, no tengo ningún deseo de discutir con usted; todo lo que digo es que, si decide ir al último nicho y pegar el oído a la puerta, puede comprobar mis palabras en este mismo instante.

—¡Qué tonterías dice, señor Parkes, no son aptas para que las escuchen los niños! ¡Va a asustar al señorito Stephen y a dejarlo sin aliento!

—¡Cómo! ¿El señorito Stephen? —dijo Parkes, dándose cuenta de la presencia del niño—. El señorito Stephen sabe de sobra cuándo estoy bromeando con usted, señora Bunch.

De hecho, el señorito Stephen sabía demasiado bien que el señor Parkes no había tenido la intención de bromear en un principio. Estaba interesado, aunque no del todo gratamente, en la situación; pero todas sus preguntas fueron infructuosas para inducir al mayordomo a dar un relato más detallado de sus experiencias en la bodega.

Hemos llegado ahora al 24 de marzo de 1812. Fue un día de experiencias curiosas para Stephen: un día ventoso y ruidoso, que llenó la casa y los jardines con una impresión de inquietud. 

Mientras Stephen estaba de pie junto a la valla de los terrenos y miraba hacia el parque, sentía como si una procesión interminable de gente invisible pasara barriendo junto a él con el viento, arrastrada irresistible e inútilmente, esforzándose en vano por detenerse, por agarrarse a algo que pudiera detener su vuelo y devolverlos al contacto con el mundo de los vivos del que habían formado parte. Después del almuerzo de ese día, el señor Abney dijo:

—Stephen, muchacho, ¿crees que podrías venir a mi estudio esta noche, tan tarde como a las once? Estaré ocupado hasta esa hora, y deseo mostrarte algo relacionado con tu vida futura que es de suma importancia que conozcas. No debes mencionar este asunto a la señora Bunch ni a nadie más en la casa; y será mejor que te vayas a tu habitación a la hora de siempre.

He aquí una nueva emoción añadida a la vida: Stephen aprovechó con avidez la oportunidad de quedarse despierto hasta las once. Echó un vistazo a la puerta de la biblioteca de camino a su habitación esa noche, y vio un brasero, que a menudo había notado en un rincón de la estancia, sacado frente al fuego; una vieja copa de plata dorada estaba sobre la mesa, llena de vino tinto, y algunas hojas de papel escritas yacían cerca. El señor Abney estaba esparciendo incienso en el brasero desde una caja de plata redonda mientras Stephen pasaba, pero no pareció notar sus pasos.

El viento había amainado, y había una noche tranquila y una luna llena. Hacia las diez, Stephen estaba de pie en la ventana abierta de su dormitorio, mirando el campo. A pesar de la quietud de la noche, la misteriosa población de los lejanos bosques iluminados por la luna aún no se había adormecido. 

De vez en cuando, extraños gritos como de vagabundos perdidos y desesperados sonaban desde el otro lado del lago. Podían ser los cantos de búhos o aves acuáticas, pero no se parecían del todo a ninguno de los dos sonidos. ¿No se estaban acercando? Ahora sonaban desde el lado más cercano del agua, y en pocos momentos parecieron flotar entre los arbustos. 

Luego cesaron; pero justo cuando Stephen pensaba en cerrar la ventana y reanudar su lectura de Robinson Crusoe, divisó dos figuras de pie en la terraza de grava que corría a lo largo del lado del jardín de la mansión: las figuras de un niño y una niña, al parecer; estaban uno al lado del otro, mirando hacia las ventanas. Algo en la forma de la niña le recordó irresistiblemente su sueño de la figura en la bañera. El niño le inspiró un miedo más agudo.

Mientras la niña permanecía quieta, medio sonriendo, con las manos entrelazadas sobre el corazón, el niño, una figura delgada, de pelo negro y ropas raídas, alzaba los brazos al aire con un ademán de amenaza y de un hambre y anhelo insaciables. 

La luna brillaba sobre sus manos casi transparentes, y Stephen vio que las uñas eran terriblemente largas y que la luz las atravesaba. Mientras estaba de pie con los brazos así levantados, reveló un espectáculo aterrador. En el lado izquierdo de su pecho se abría una herida negra y abierta; y cayó sobre el cerebro de Stephen, más que sobre su oído, la impresión de uno de esos gritos hambrientos y desolados que había oído resonar sobre los bosques de Aswarby toda esa tarde. En otro instante, esta espantosa pareja se había movido rápida y silenciosamente sobre la grava seca, y no los vio más.

Inexpresablemente asustado como estaba, decidió tomar su vela y bajar al estudio del señor Abney, pues la hora señalada para su encuentro estaba cerca. El estudio o biblioteca se abría desde el vestíbulo principal por un lado, y Stephen, acuciado por sus terrores, no tardó mucho en llegar. Entrar no fue tan fácil. No estaba cerrada con llave, estaba seguro, pues la llave estaba en el exterior de la puerta como de costumbre. 

Sus repetidos golpes no produjeron respuesta. El señor Abney estaba ocupado: estaba hablando. ¡Qué! ¿Por qué intentaba gritar? ¿Y por qué el grito se ahogaba en su garganta? ¿Había visto él también a los misteriosos niños? Pero ahora todo estaba en silencio, y la puerta cedió al empuje aterrorizado y frenético de Stephen.

Sobre la mesa del estudio del señor Abney se encontraron ciertos papeles que explicaron la situación a Stephen Elliott cuando tuvo edad para entenderlos. Las frases más importantes eran las siguientes:

«Era una creencia muy fuerte y generalmente sostenida por los antiguos —de cuya sabiduría en estos asuntos he tenido tal experiencia que me induce a confiar en sus afirmaciones— que, al realizar ciertos procesos, que para nosotros los modernos tienen algo de bárbaro, se puede alcanzar una iluminación muy notable de las facultades espirituales del hombre: que, por ejemplo, al absorber las personalidades de un cierto número de sus semejantes, un individuo puede obtener un completo dominio sobre aquellos órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales de nuestro universo.

»Se cuenta de Simón el Mago que era capaz de volar por el aire, de volverse invisible o de asumir cualquier forma que quisiera, por la acción del alma de un niño a quien, para usar la frase difamatoria empleada por el autor de las Reconocimientos Clementinos, había “asesinado”».

«Encuentro además consignado, con considerable detalle en los escritos de Hermes Trismegisto, que resultados felices similares pueden producirse por la absorción de los corazones de no menos de tres seres humanos menores de veintiún años. A la prueba de la veracidad de esta receta he dedicado la mayor parte de los últimos veinte años, seleccionando como los corpora vilia de mi experimento a personas que pudieran ser convenientemente eliminadas sin ocasionar un vacío sensible en la sociedad. El primer paso lo efectué con la eliminación de una tal Phoebe Stanley, una muchacha de origen gitano, el 24 de marzo de 1792. El segundo, con la eliminación de un muchacho italiano errante, llamado Giovanni Paoli, la noche del 23 de marzo de 1805. La “víctima” final —para emplear una palabra repugnante en el más alto grado a mis sentimientos— debe ser mi primo, Stephen Elliott. Su día debe ser este 24 de marzo de 1812.

»El mejor medio para efectuar la absorción requerida es extraer el corazón del sujeto vivo, reducirlo a cenizas y mezclarlas con aproximadamente una pinta de algún vino tinto, preferiblemente de Oporto. Los restos de los dos primeros sujetos, al menos, será bueno ocultarlos: un cuarto de baño en desuso o una bodega resultarán convenientes para tal propósito. Puede experimentarse alguna molestia por parte de la porción psíquica de los sujetos, que el lenguaje popular dignifica con el nombre de fantasmas.»

»Pero el hombre de temperamento filosófico —a quien únicamente es apropiado el experimento— será poco propenso a dar importancia a los débiles esfuerzos de estos seres por descargar su venganza sobre él. Contemplo con la más viva satisfacción la existencia ampliada y emancipada que el experimento, si tiene éxito, me conferirá; no solo poniéndome fuera del alcance de la justicia humana (así llamada), sino eliminando en gran medida la perspectiva de la muerte misma».

El señor Abney fue encontrado en su silla, con la cabeza echada hacia atrás, el rostro marcado por una expresión de rabia, espanto y dolor mortal. En su costado izquierdo tenía una terrible herida lacerada, que exponía el corazón. No había sangre en sus manos, y un largo cuchillo que yacía sobre la mesa estaba perfectamente limpio. 

Un gato montés salvaje podría haber infligido las heridas. La ventana del estudio estaba abierta, y la opinión del forense fue que el señor Abney había encontrado la muerte por la acción de alguna criatura salvaje. Pero el estudio de Stephen Elliott de los papeles que he citado lo llevó a una conclusión muy diferente.

Zipelbrúm - Alexandro Jodorowsky

A nadie le importó cuando encontraron su pieza desierta. La dueña dijo: «El de la 13 ha desaparecido».

Siguieron comiendo. Un pensionista volcó el arroz sobre su armadura. Mientras limpiaba, un mozo aprovechó para comentar: «Yo sabía que el tal Octavio iba a desaparecer; por eso no me preocupaba de asearle la pieza». Siguieron comiendo.

Octavio, en la Universidad, fue mal considerado por faltar a los cursos de Alquimia y Lanza; el profesorado llegó a despreciarlo; el Abad le negó el ingreso al Centro de Investigaciones Fonéticas y no merecía ser rechazado; era un buen estudiante aunque no de las materias que interesaban a los otros.

Había creado una teoría: «La Voz no surge de las cuerdas vocales ni del aire que las remece. Existe sin que nadie la produzca. Sólo que está prisionera en los músculos de la garganta y depende de la voluntad.»

«Quiero libertarla. Hacer que salga por cualquier parte del cuerpo: por un ojo, por una mano. Conseguido esto, independizarla de mi voluntad. Entonces sonará cuando y por donde ella quiera. Yo la oiré.»

Abandonó la ciudad universitaria y arrendó un cuarto en una pensión. Como no se asomaba al corredor, llegaron a olvidarlo. El mozo no lo atendía. Su cama se pobló de parásitos y tuvo que acostumbrarse a las privaciones: podía pasar semanas masticando pan duro y bebiendo agua. Ni siquiera necesitaba dormir; afiebrado, velaba trabajando según sus métodos.

Después de mucho, cuando, como las ratas a un barco derruido, los bichos iban abandonándolo por no tener qué succionar en su piel seca, encontró lo que buscaba. Al roer aquella noche el pan y herirse con la corteza, emitió una exclamación que salió por una pierna. Enloqueció de júbilo, escapó desnudo a la calle...

A nadie le importó. Siguieron comiendo.

Octavio, en cueros, no podía ir lejos. Los cubos de madera del pavimento se hinchaban absorbiendo lluvia. Las llaves colgadas ante el gremio de los maestros cerrajeros sonaban removidas por el viento del mar; al mismo tiempo se balanceaban los avisos de neón de las bebidas gaseosas. 

Detrás de los vitrales las hijas, junto al teléfono, tocaban el laúd, y lejos, las flores de los naranjos enanos perfumaban el aire revuelto de los extramuros mientras Octavio seguía, con los pies descalzos, caminando sin rumbo y hablando por todas las partes de su cuerpo, incluyendo las secretas.

Pronto, la baja temperatura lo volteó. Cayó ante una puerta carcomida. Lo oyó maese Brumstein. 

Maese Brumstein fabricaba a mano sus botines. En seguida los vendía a plazos. Nadie le pagaba más de la mitad del precio estipulado. Cuando iba a cobrar el saldo, se negaban, objetando que el calzado era de mala calidad. Si el zapatero insistía, le daban una botella de aguardiente y lo echaban a palos. El anciano regresaba a la zapatería; llorando, tragaba alcohol y, ebrio, llamaba a su dios, Zipelbrúm, muñeco de madera con voz humana que un día iba a llegar para darle felicidad.

Entonaba sus salmos cuando sintió golpear contra la puerta. «¿Quién interrumpe mi oración a esta hora? ¡Iré a ver!». Vio a Octavio tendido. Sintió estremecimientos, comezón de ojos, zumbar de oídos. Con la lengua seca dijo: «¡Llegó Zipelbrúm!»... Octavio tenía la piel tan endurecida que fácilmente se le podía confundir con madera.

Maese Brumstein entró al desmayado, buscó un martillo, y clavó a Octavio en la pared, encendió tres velas delante de él y esperó.

Octavio al despertar creyó que soñaba. Se encontró clavado en una pieza obscura repleta de botellas vacías, trozos de cuero y hormas de yeso; con un viejo ebrio, de rodillas, que lloraba golpeándose el pecho con un zapato a medio hacer.

—¿Quién eres tú? —preguntó.
—¡Tiene voz humana! ¡Habla sin mover la boca: es de madera! Zipelbrúm: yo sabía que alguna vez ibas a venir para traerme la felicidad.
—¿Qué felicidad esperas de mí?
—¡Que me paguen las deudas!... ¿Será eso? Si me las pagan tendré dinero. Si uno tiene dinero es pernicioso embriagarse. Vendrá el burgomaestre y me dará un sermón; vendrá un policía y me impondrá multas; vendrán los vecinos a pedirme que entre al club de los maestros abstemios; me harán la vida imposible y ya no podré beber ni cantar mis salmos... Cierto es que no hay necesidad de salmos pidiendo que vengas, porque estás aquí. ¿Qué voy a cantar ahora? Esa era mi felicidad. Tú me tienes que decir cuál será la nueva.
—No sé qué pueda ser la felicidad para ti estando yo en tu pieza.
—¡O me dices o te golpeo! —dijo maese Brumstein, sacando un látigo.
—¡Créeme, no sé! —contestó Octavio asustado.
—¡Zipelbrúm lo sabe todo! —gritó el viejo y comenzó a azotarlo. Vapuleaba con tanta furia que Octavio empezó a quejarse a través de todos sus poros. Estos lamentos enardecieron más al zapatero, quien, bebiendo aguardiente y dando latigazos, amenazaba continuar golpeando durante horas.
¡Ahora ya tengo que hacer cuando bebo:
Azoto a mi señor Zipelbrúm!
Este nuevo canto no era místico sino sensual.
Algo pasó en Octavio. Exhausto, había dejado de gritar y, sin embargo, la voz le sonaba a través de las vísceras.
—¡Gracias, maese Brumstein! ¡La Voz se ha liberado de mi voluntad!

El zapatero estaba perplejo. Empezó a buscar. Al cabo de un tiempo se acercó al cuerpo de Octavio y apoyó una oreja. Sonrió. «El canto tiene que ser para mí.»
Tomó un cuchillo y hundiéndolo en el cuerpo de su dios, lo fue abriendo. Octavio quiso pedir: «Ahora que lo he logrado, no me la quites», pero no tenía voz para decirlo. Ella vibraba libre, como un animal joven.

La voz abandonó el cadáver de su antiguo amo, recorrió el cuarto para después salir por la ventana y perderse hacia lo lejos. 

Maese Brumstein la oyó alejarse. Bebió un último trago, desclavó los restos, los arrastró al fondo de la casa y trepándose por el cerco, dejó caer el cuerpo abierto en el patio de su vecino. Siete grandes perros se acercaron.

Maese Brumstein, mientras se disponía a dormir, exclamó:
—¡No era Zipelbrúm!

Aceite de perro - Ambrose Bierce

    Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mi madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. 

En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. 

Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata.

A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias que afectaron profundamente mi futuro.

Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar atentamente mis movimientos.

Joven como era, yo había aprendido que los actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta lateral casualmente entreabierta.

Cerré en seguida y quedé a solas con mi muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos, arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes.

Dentro del caldero el aceite giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah, qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón que la pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido mortal.

Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por temor al agente. "Después de todo", me dije, "no puede importar mucho que lo ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría sus huesos de los de un cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo de la incomparable Lata de Óleo por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en una población que crece tan rápidamente". En resumen, di el primer paso en el crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.

Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mi padre, frotándose las manos con satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias.

Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres tomaron de inmediato medidas para reparar el error. 

Mi madre trasladó su estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite.

Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos que podía atraer a la aceitería. 

Mi padre, enamorado también de la calidad superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los inspiraba.

Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con espíritu hostil. 

Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera, consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al establo.

A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante cosecha para mañana. 

Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente, con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o advertir. 

De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una aguja de hoja alargada.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con sus grandes manos desnudas. 

No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin, después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron repentinamente.

El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto. Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre, malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente, reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan terrible.