—Muerte
accidental —dijo el juez de instrucción. El único que sabía que fue un
asesinato, nunca lo diría...
Emily
se revolvió, sintiéndose incómoda entre Fred y «Cinnamon», en el asiento
delantero. El roce con el pelo de «Cinnamon» le hacía estremecer la piel,
aunque el último sol de agosto calentaba el aire de Nueva Inglaterra.
Su
esposo, Fred, escueto y afable, parecía no darse cuenta.
Emily
pellizcó con dureza el rabo de «Cinnamon». La perra, dirigiéndole una mirada de
reproche, cambió de postura y sacó su nariz por la ventana, mientras Fred
miraba con ojos de miope la carretera que tenía delante, a través de unas gafas
de montura de hueso.
—Ahí
está nuestro motel —dijo, dirigiendo el coche hacia una salida secundaria—.
Sólo son las cuatro de la tarde. Hemos avanzado mucho.
Una
vez en su habitación, Fred pidió una cerveza y dos bocadillos de jamón y queso.
—No
pidas nada para mí —dijo Emily—. El ir todo el día en coche me trastorna el
estómago.
—Está
bien —dijo Fred, condescendiente.
Cuando
llegaron la cerveza y los bocadillos, Fred los colocó sobre la mesa, y se sentó
en el sillón, frente a la ventana desde donde dominaba una buena panorámica.
Tomó un buen trago de cerveza, extendió el periódico y observó
apreciativamente, por encima de él, los bikinis que había alrededor de la
piscina.
En
el momento en que Emily empezaba a sentarse, «Cinnamon» saltó al sillón y se
quedó allí sentada, observando expectante a Fred. Este partió con la mano un
trozo de bocadillo.
—¡Habla!
—le ordenó.
«Cinnamon»
emitió un ladrido breve y agudo. Fred le dio el trozo de bocadillo.
—¡Baja!
—ordenó Emily.
Pero
«Cinnamon» no le hizo el menor caso.
—Te
dije que la teníamos que haber dejado en la perrera —comentó Emily de mal
humor—. Dile que baje.
—Cuando
viajamos, «Cin» y yo siempre hacemos esto —dijo Fred, sintiéndose herido—.
Observamos a la gente que hay en la piscina, y nos tomamos un bocadillo.
Fred,
representante de una empresa manufacturera, estaba en la carretera desde el
lunes hasta el viernes.
—Pero
esta semana, no estás en la carretera. Hemos alquilado una cabaña en las
montañas y son nuestras vacaciones, y no las de esa perra. La estoy aguantando todo el viaje
en el asiento de delante, cerca de la ventana, para que no se ponga enferma. Ahora quiero sentarme.
Cogió
parte del periódico y levantó el brazo amenazadoramente, en dirección a
«Cinnamon».
—Baja,
«Cinnamon», baja —dijo Fred rápidamente.
A
regañadientes, la perra saltó al suelo y se colocó junto al codo de Fred, con
los ojos rogando aún por su bocadillo.
Emily
se quedó mirando maliciosamente a «Cinnamon». ¿Cómo era posible que aquella perra la hiciera sentirse como una intrusa en su propia casa? Trató de
imaginárselo. Todo empezó el último otoño, cuando Fred la hizo dejar de
enseñar.
—Veinticinco
años ya es bastante tiempo —le dijo él—. Estoy ganando dinero suficiente para
vivir... Tenemos pagada la casa y el coche. Quédate en casa. Descansa. Visita a
los amigos.
Pero
todos los amigos de Emily seguían trabajando en la enseñanza. Se sentía sola,
llevando una vida solitaria en una casa vacía. Y fue entonces cuando él trajo aquella perra a casa.
Un
viernes por la noche, entró en la cocina con las manos a la espalda.
—Te
traigo un regalo —le dijo con orgullo, y colocó en sus brazos el cálido,
inquieto y sonrosado muñeco.
—¡Oh,
qué lindo es! —exclamó Emily, sonriendo con indecisión.
—Es
perra. Te hará compañía —dijo Fred, contento consigo mismo—. Y te protegerá
mientras yo esté fuera.
En
aquellos momentos, desde luego, ella no tenía la menor idea de cómo aquella
perra desorganizaría su casa y su vida entera.
«Cinnamon»
la miró, con sus ojos grises brillando con una luz muy peculiar. Aunque
pareciera increíble, Emily podría haber jurado que aquella perra estaba
sonriendo. Como una premonición, por su mente cruzó el pensamiento de que dos
hembras no podrían vivir juntas, pacíficamente, en la misma casa. Aquello la
hizo sentirse intranquila. Dejó la perra en el suelo de linóleo, de un amarillo
brillante, donde sus pequeñas y aún débiles patas empezaron a resbalar.
—¿De
qué raza es? —preguntó Emily, mirando las orejas puntiagudas dotadas de puntas
colgantes y el espeso rabo, que se doblaba en un círculo perfecto.
—Es
un cruce —dijo Fred a la defensiva—. Parte de fox terrier, parte de Weimaraner,
quizá tenga algo de esquimal en el rabo —acarició su pelo corto y suave y
añadió—: Su nombre es «Cinnamon».
La
perra se le quedó mirando, con ojos de adoración.
—Es
una perra callejera, eso es lo que es —dijo ella—. ¿Cómo se hará de grande?
—¡Oh!
Unos cincuenta o sesenta centímetros —contestó, rascando las orejas de
«Cinnamon», que acarició su mano con el hocico.
—Bueno,
tendrás que entrenarla. Yo ya tengo bastantes cosas que hacer para ir limpiando
además las porquerías de una perra.
Fred
entrenó a «Cinnamon». La enseñó a pedir, hablar, ir a buscar cosas y a rodar
sobre sí misma.
La
bañaba y la cepillaba y se la llevaba a dar largos paseos. Un día, Emily dijo:
—Me
parece que te pasas más tiempo con esa perra que conmigo.
Lo
más irritante de todo era que él no lo negaba. Emily no le decía que, cuando él
estaba fuera, de viaje, la perra iba cabizbaja de un lado a otro, con
indiferencia, con el rabo colgando, incluso cuando Emily la dejaba estar dentro
de casa. Únicamente volvía a la vida cuando escuchaba el ruido del coche de
Fred entrando por el camino.
Poco
a poco, los ojos malhumorados de la perra y su semblante acusador empezaron a
deprimir a Emily. Se sentía enferma y cansada de sacar a la perra de la casa y
atarla con la cadena, y de tener que sacarla a hacer sus necesidades. En una
ocasión, Emily encontró a «Cinnamon» debajo de su cama, con sus zapatillas de
satén verde tan masticadas que apenas si pudo reconocerlas.
—¡Mala
perra! —gritó, golpeándola—. ¡Vas a tener que marcharte de esta casa!
Emily
trató de imaginar un medio para librarse de ella. Al final se le ocurrió una
idea que pareció ser la solución perfecta.
—Fred,
¿por qué no te llevas a esa perra contigo cuando vayas de viaje? Te hará
compañía en la carretera.
Al
principio, él se negó, pero finalmente Emily le convenció de que a ella no le
importaría estar sola. A partir de entonces, Fred se marchaba cada lunes en el
coche, con «Cinnamon» a su lado, serena y altiva, con los ojos y las orejas
alertas, sonriendo como si fuera la dueña del coche.
«¡Pero desde luego no tenía la intención de traerme a esa
perra durante mis vacaciones!», pensaba ahora Emily.
—Es
hora de cenar —dijo Fred, interrumpiendo sus recuerdos.
Fred
le puso la cena a «Cinnamon» y después llevó a Emily al restaurante del motel.
Cuando terminaron de cenar ya era casi de noche, aunque seguía habiendo luces
en la piscina y nadadores que, como peces brillantes, ponían en movimiento el
agua transparentemente azul y centelleante.
—Quedémonos
aquí un rato —dijo Emily, deambulando por el césped y sentándose finalmente en
una silla, sobre el cemento, cerca de la piscina.
—Tengo
que sacar a «Cinnamon» a pasear.
—Te
esperaré aquí.
Sin
duda alguna, él no se atrevería a traer a aquella perra cerca de la piscina.
Volvió
con «Cinnamon», que andaba airosa y elegantemente a su lado.
—¡No
puedes tener a esa perra aquí! —murmuró Emily con enojo.
—Tonterías.
Sabe muy bien cómo portarse. Siéntate, «Cinnamon», siéntate.
La
perra se sentó a sus pies, con las orejas aguzadas, la nariz venteando el aire,
contemplando el mundo que la rodeaba como una esfinge egipcia. Tranquilamente,
Fred acarició a «Cinnamon» entre las orejas, y cruzó una pierna sobre la otra.
Un muchacho se tiró a la piscina cerca de ellos, salpicándoles de agua y
rápidamente Fred limpió las gotas que habían caído sobre el lomo de «Cinnamon»,
suavizando su pelo.
«No puede dejar de tocarla —pensó Emily—. Es indignante que prodigue tanto afecto a esa
perra. Si me hubiera prestado a mí la mitad de la atención que le concede a
ella... quizá si hubiéramos podido tener hijos... Si Fred no viajara tanto...»
«Cinnamon»
se levantó de pronto y trotó hacia la piscina.
—¡Quieta!
—ordenó Fred.
«Cinnamon»
se detuvo, miró hacia el agua y volvió una mirada de ruego al amo.
—¡No!
¡Quieta! ¡Apártate del agua!
«Cinnamon»
se quedó quieta. «Siempre obediente, siempre comportándose bien», pensó
amargamente Emily. Y no era de extrañar. Fred se pasaba todo su tiempo libre
entrenándola. Cada vez más, a Emily le parecía que Fred prefería estar con
«Cinnamon» que con ella. ¿Sería todo igual en la cabaña? Fred y «Cinnamon»
explorando y dando largos paseos juntos.
Entonces,
«Cinnamon» se extendió a los pies de Fred. Él le acarició suavemente el
estómago y la perra se volvió lánguidamente, con las patas al aire y los ojos
cerrados en éxtasis. Por sus labios negros se extendió una sonrisa de pura
felicidad, con la punta de su lengua sonrosada recostada indolentemente sobre
su mejilla.
Desconcertada,
Emily se dio cuenta de que la gente estaba mirándoles. De repente, escuchó
exclamar a la joven del bañador negro:
—¡Mira,
esa perra se está riendo! ¡Realmente se está riendo!
Allí
estaba la prueba, pensó triunfalmente Emily. No eran imaginaciones suyas;
aquella estúpida perra se estaba riendo... de ella.
Mientras
observaba a los bañistas deseó desesperadamente poder nadar, pero el agua aún
estaba demasiado fría para aprender. «Me pregunto si esa perra puede nadar», pensó maliciosamente Emily. Había oído decir que los perros nadan
instintivamente cuando son arrojados al agua. ¿Pero durante cuánto tiempo? Y si
a uno le estiraban hacia abajo...
Cuando
la piscina se cerró y se apagaron las luces, se marcharon, andando en fila,
como patos. «Cinnamon» haciendo cabriolas delante, con Fred inmediatamente
después, escoltándola orgullosamente, y Emily siguiéndoles despacio, detrás.
Por
muy fuerte que lo intentara, Emily no podía vencer los celos, la rabia y el
daño que ahora se fundían en su interior, formando un nudo de profundo odio.
¡Dedicar todo su amor a una perra! ¡Era indecente! No lo consentiría más
tiempo.
Sería
inútil pedirle que diera la perra a alguna persona. No lo haría. Tendría que
plantearle un ultimátum. Fred tendría que elegir entre ella y aquella perra.
Pero él nunca podría olvidarla... y existía la terrible posibilidad,
impensable, desde luego —aunque a pesar de todo existía— de que él eligiera a
la perra. Pero había otra forma.
Emily
esperó hasta que Fred estuvo metido en la cama, mirando la televisión.
—Creo
que esa perra tiene que volver a salir —dijo.
—No,
no lo necesita —afirmó Fred, sin apartar la mirada de la pantalla.
—Parece
terriblemente inquieta.
—No,
no lo está.
—No
tienes que sacarla tú, si no quieres —insistió Emily—. Me pondré la bata y...
—¡No!
—exclamó Fred severamente—. ¡Olvídalo!
Durante
un largo tiempo, Emily permaneció tumbada, despierta, notando una sensación de
frustración y derrota. Lo tendría que hacer a la mañana siguiente.
Como
consecuencia de largos años de práctica, Emily podía ponerse un despertador en
la mente y despertarse a la hora que quería. Lo hizo a las cinco de la
madrugada, poco antes de que amaneciera. A hurtadillas, sacó a «Cinnamon» al
exterior, llevándola a través del césped, húmedo por el rocío, hacia la
piscina. No estaba todo tan oscuro como ella hubiera deseado.
Su
corazón le golpeaba en el pecho, temerosa de que alguien pudiera verla. Tendría
que arriesgarse. Si alguien le preguntaba, diría que la perra se había caído a
la piscina y que ella estuvo tratando de sacar al animal del agua. Empezó a
caminar por el suelo de cemento. «Cinnamon» se detuvo, y se sentó.
—¡Vamos,
vamos! —dijo Emily ásperamente.
La
perra se negó a moverse. Emily dio un tirón de la correa. ¡Aquella perra no
podría recordar que no le estaba permitido acercarse al agua! Exasperada, Emily
tiró del animal hacia la piscina. La perra se resistió, con su hocico raspando
el cemento.
—¡Emi-i-ly!
—gritó impacientemente Fred desde el balcón de la habitación, en el gris del
amanecer—. No intentes andar con ella a través de la piscina. Sabe que no le
está permitido.
Emily
apretó los dientes, forzando una sonrisa, osciló hacia un lado y empezó a
moverse hacia la zona del aparcamiento, con «Cinnamon» trotando obedientemente
a su lado. Después, le dijo a Fred que la perra la había despertado y que quiso
salir fuera. Furiosa, se dijo a sí misma que no fracasaría en la siguiente
ocasión.
Aquella
tarde se introdujeron con el coche en un camino arenoso, metiéndose entre los
bosques. El perfume de los pinos refrescaba el aire y los rayos del sol se
filtraban por entre los altos robles, teñidos de musgo. Se detuvieron ante una
rústica cabaña, construida sobre un montículo.
—Mira,
Em, estamos completamente rodeados de montañas. Desde el porche se puede ver el
lago, allá abajo.
Con
una secreta sonrisa, Emily miró hacia el lago, que relucía bajo los rayos del
sol.
—Y
los árboles empiezan a enrojecer y...
—Hay
allá abajo un bote, que se alquila junto con la cabaña. Tendremos que intentar
pescar algo en el lago.
—¡Hummm!
—murmuró Emily pensativamente—. Pero ahora hace un tiempo estupendo.
Fred
recogió la última cucharada de arándanos de su plato y terminó de beber el té
helado.
—Bien,
mientras tú limpias los platos, «Cin» y yo daremos un pequeño paseo
exploratorio. ¿Paseo, «Cin»? ¿Paseo?
La
perra empezó a hacer cabriolas, encantada, oscilando el rabo como una bandera.
Los labios de Emily se estrecharon, formando una línea de expresión decidida.
Una
hora después, cuando Emily ya estaba empezando a sentirse furiosa, aparecieron
en el porche, llenos de excitación.
—¿Sabes
lo que hemos encontrado, Em? Ese camino de atrás de la cabaña da unas vueltas y
termina en una senda. Al fondo de la senda, hay otro sendero con huellas de
carro, ahora cubiertas de hierba. Hemos seguido el sendero un rato y entonces
la hemos visto. Una vieja granja de piedra, toda carbonizada y con el interior
destruido, como si se hubiera producido un incendio. Hemos echado un vistazo al
interior; estaba tan oscuro que casi me caí al sótano; hay un agujero en el
suelo, donde antes estaban las escaleras que conducían al sótano.
Emily
empezó a escuchar con atención, brillándole los ojos.
—Fuera
de la casa, todo está lleno de maleza. Hay una parra y rosas silvestres y
gencianas. ¿Y sabes lo que ha encontrado «Cinnamon»?
Confundida,
Emily sacudió su cabeza en un gesto de negación.
—¡«Cinnamon»
encontró un pozo! ¡Qué digo un pozo...! Un gran agujero en el suelo, que parece
como si fuera a desembocar a China. Me hubiera caído allí si «Cinnamon» no
hubiera olfateado alrededor y no me hubiera hecho detener. Es tan
inteligente... ¿Sabes lo que hizo? Se sentó justo delante del agujero. Nadie
podría haberla movido de allí. ¿Puedes creer que una perra sea tan inteligente?
—No
—dijo Emily ásperamente.
Fred
acarició cariñosamente la cabeza de «Cinnamon».
—Tienes
que ver el lugar, Em. Debe tener por lo menos doscientos años.
—Sí,
me gustaría verlo.
«Ningún perro es más inteligente que yo —pensó—. ¡No lo toleraré!»
Al
día siguiente, después de comer, Fred se tumbó un rato a dormir la siesta. En
cuanto empezó a roncar, Emily enganchó la correa en el collar de «Cinnamon» y
salió silenciosamente por la puerta trasera de la cabaña. Siguió el camino
hasta llegar a la senda y tras haber seguido dos caminos falsos, encontró el
sendero con huellas de carro, que le llevó hasta la antigua granja.
Subió los
desgastados escalones, cruzó el porche de la puerta de entrada y penetró
cautelosamente en el interior. El suelo que quedaba parecía sólido. Unas pocas
tablas estaban carcomidas, otras faltaban. Delante de ella observó una gran
abertura negra, donde debieron estar los escalones que conducían al sótano.
Avanzando
con mucho cuidado, se acercó. Cuando «Cinnamon» empezó a gruñir, se detuvo, la
levantó y le quitó la correa. Se detuvo ante el borde del hueco, tratando de no
respirar el aire malsano procedente de la madera carcomida y del sótano de
tierra. «Cinnamon», inquieta entre sus brazos, gimió más fuerte.
De
repente, Emily se dio cuenta de algo. El sótano no tenía una profundidad
suficiente. La caída no sería lo bastante grande. «Cinnamon» se pondría a
ladrar y quizá no la escuchara nadie, pero sus aullidos, que encontrarían eco
en el oscuro sótano, se escucharían a varios kilómetros de distancia.
Emily
sacó la perra al exterior, le volvió a sujetar la correa y la colocó en el
suelo. Cautelosamente, rodeó la casa, observando con cuidado a «Cinnamon» para
ver si hacía signos de querer retirarse a medida que iba olfateando. Fred
habría advertido a «Cinnamon» que se mantuviera apartada del pozo, del mismo
modo que había hecho con la piscina.
Emily volvió a dar vueltas alrededor de la
casa, en un círculo más amplio en esta ocasión, pasando disgustadamente a
través de las hierbas altas y las malas hierbas que le pinchaban las piernas,
mientras «Cinnamon» olfateaba delante de ella.
Emily
se volvió abruptamente para evitar andar sobre algunos maderos anchos que
encontró en el camino. Emily creyó que se trataba de maderos procedentes del
antiguo suelo de la casa. Parecía como si alguien los hubiera colocado allí,
uno al lado del otro. Pero «Cinnamon», olfateando con su nariz los secretos de
la tierra, no quiso apartarse de allí. De repente, saltó hacia adelante y la
correa se escapó de los dedos de Emily.
—¡Maldita
seas! —gritó Emily, enfurecida—. ¡Vete! ¡Piérdete de mi vista!
Podría
decirle a Fred que la perra había salido de la cabaña y se había marchado. Pero
si él la descubría después llevando la correa, sabría que le había mentido. O
le podría decir que había sacado a «Cinnamon» a dar un paseo y que la perra se
le había escapado. Pero si aquella estúpida perra quedaba atrapada en unos
arbustos y se estrangulaba al tirar de la correa, él nunca se lo perdonaría.
No
podía hacerlo de aquel modo. Tendría que soltarle la correa del collar, o él
sabría que la había sacado a pasear. Su cabeza le palpitaba y sentía las manos
húmedas.
Entonces,
«Cinnamon» se detuvo a medio camino, sobre las tablas. La perra parecía estar
sonriendo, invitándola a seguirla. Emily corrió hacia «Cinnamon», intentando
cogerla por el collar, y no lo consiguió. «Cinnamon» avanzó ligeramente sobre
las maderas. Enfurecida, Emily intentó entonces coger el extremo de la correa y
tampoco lo consiguió.
Bajo el peso de su cuerpo, las maderas carcomidas
empezaron a resquebrajarse y de pronto se partieron y Emily cayó hacia abajo, a
través de la oscuridad que olía a humedad. Trató de gritar, pero su garganta se
cerró, negándose a emitir ningún sonido. Parecía como si estuviera cayendo para
siempre, pero no se sintió asustada, al menos hasta que se hundió en el agua
helada del fondo.
Moviendo
frenéticamente las piernas, Emily tuvo fuerzas para sacar la cabeza una sola
vez sobre la superficie del agua. Todo lo que vio en el amplio círculo azul de
cielo que había sobre ella fue a «Cinnamon» que, desde el borde, miraba hacia
abajo, riendo.