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El mejor amigo del hombre - Dee Stuart

—Muerte accidental —dijo el juez de instrucción. El único que sabía que fue un asesinato, nunca lo diría...

Emily se revolvió, sintiéndose incómoda entre Fred y «Cinnamon», en el asiento delantero. El roce con el pelo de «Cinnamon» le hacía estremecer la piel, aunque el último sol de agosto calentaba el aire de Nueva Inglaterra.

Su esposo, Fred, escueto y afable, parecía no darse cuenta.

Emily pellizcó con dureza el rabo de «Cinnamon». La perra, dirigiéndole una mirada de reproche, cambió de postura y sacó su nariz por la ventana, mientras Fred miraba con ojos de miope la carretera que tenía delante, a través de unas gafas de montura de hueso.

—Ahí está nuestro motel —dijo, dirigiendo el coche hacia una salida secundaria—. Sólo son las cuatro de la tarde. Hemos avanzado mucho.

Una vez en su habitación, Fred pidió una cerveza y dos bocadillos de jamón y queso.

—No pidas nada para mí —dijo Emily—. El ir todo el día en coche me trastorna el estómago.

—Está bien —dijo Fred, condescendiente.

Cuando llegaron la cerveza y los bocadillos, Fred los colocó sobre la mesa, y se sentó en el sillón, frente a la ventana desde donde dominaba una buena panorámica. Tomó un buen trago de cerveza, extendió el periódico y observó apreciativamente, por encima de él, los bikinis que había alrededor de la piscina.

En el momento en que Emily empezaba a sentarse, «Cinnamon» saltó al sillón y se quedó allí sentada, observando expectante a Fred. Este partió con la mano un trozo de bocadillo.

—¡Habla! —le ordenó.

«Cinnamon» emitió un ladrido breve y agudo. Fred le dio el trozo de bocadillo.

—¡Baja! —ordenó Emily.

Pero «Cinnamon» no le hizo el menor caso.

—Te dije que la teníamos que haber dejado en la perrera —comentó Emily de mal humor—. Dile que baje.

—Cuando viajamos, «Cin» y yo siempre hacemos esto —dijo Fred, sintiéndose herido—. Observamos a la gente que hay en la piscina, y nos tomamos un bocadillo.

Fred, representante de una empresa manufacturera, estaba en la carretera desde el lunes hasta el viernes.

—Pero esta semana, no estás en la carretera. Hemos alquilado una cabaña en las montañas y son nuestras vacaciones, y no las de esa perra. La estoy aguantando todo el viaje en el asiento de delante, cerca de la ventana, para que no se ponga enferma. Ahora quiero sentarme.

Cogió parte del periódico y levantó el brazo amenazadoramente, en dirección a «Cinnamon».

—Baja, «Cinnamon», baja —dijo Fred rápidamente.

A regañadientes, la perra saltó al suelo y se colocó junto al codo de Fred, con los ojos rogando aún por su bocadillo.

Emily se quedó mirando maliciosamente a «Cinnamon». ¿Cómo era posible que aquella perra la hiciera sentirse como una intrusa en su propia casa? Trató de imaginárselo. Todo empezó el último otoño, cuando Fred la hizo dejar de enseñar.

—Veinticinco años ya es bastante tiempo —le dijo él—. Estoy ganando dinero suficiente para vivir... Tenemos pagada la casa y el coche. Quédate en casa. Descansa. Visita a los amigos.

Pero todos los amigos de Emily seguían trabajando en la enseñanza. Se sentía sola, llevando una vida solitaria en una casa vacía. Y fue entonces cuando él trajo aquella perra a casa.

Un viernes por la noche, entró en la cocina con las manos a la espalda.

—Te traigo un regalo —le dijo con orgullo, y colocó en sus brazos el cálido, inquieto y sonrosado muñeco.

—¡Oh, qué lindo es! —exclamó Emily, sonriendo con indecisión.

—Es perra. Te hará compañía —dijo Fred, contento consigo mismo—. Y te protegerá mientras yo esté fuera.

En aquellos momentos, desde luego, ella no tenía la menor idea de cómo aquella perra desorganizaría su casa y su vida entera.

«Cinnamon» la miró, con sus ojos grises brillando con una luz muy peculiar. Aunque pareciera increíble, Emily podría haber jurado que aquella perra estaba sonriendo. Como una premonición, por su mente cruzó el pensamiento de que dos hembras no podrían vivir juntas, pacíficamente, en la misma casa. Aquello la hizo sentirse intranquila. Dejó la perra en el suelo de linóleo, de un amarillo brillante, donde sus pequeñas y aún débiles patas empezaron a resbalar.

—¿De qué raza es? —preguntó Emily, mirando las orejas puntiagudas dotadas de puntas colgantes y el espeso rabo, que se doblaba en un círculo perfecto.

—Es un cruce —dijo Fred a la defensiva—. Parte de fox terrier, parte de Weimaraner, quizá tenga algo de esquimal en el rabo —acarició su pelo corto y suave y añadió—: Su nombre es «Cinnamon».

La perra se le quedó mirando, con ojos de adoración.

—Es una perra callejera, eso es lo que es —dijo ella—. ¿Cómo se hará de grande?

—¡Oh! Unos cincuenta o sesenta centímetros —contestó, rascando las orejas de «Cinnamon», que acarició su mano con el hocico.

—Bueno, tendrás que entrenarla. Yo ya tengo bastantes cosas que hacer para ir limpiando además las porquerías de una perra.

Fred entrenó a «Cinnamon». La enseñó a pedir, hablar, ir a buscar cosas y a rodar sobre sí misma.

La bañaba y la cepillaba y se la llevaba a dar largos paseos. Un día, Emily dijo:

—Me parece que te pasas más tiempo con esa perra que conmigo.

Lo más irritante de todo era que él no lo negaba. Emily no le decía que, cuando él estaba fuera, de viaje, la perra iba cabizbaja de un lado a otro, con indiferencia, con el rabo colgando, incluso cuando Emily la dejaba estar dentro de casa. Únicamente volvía a la vida cuando escuchaba el ruido del coche de Fred entrando por el camino.

Poco a poco, los ojos malhumorados de la perra y su semblante acusador empezaron a deprimir a Emily. Se sentía enferma y cansada de sacar a la perra de la casa y atarla con la cadena, y de tener que sacarla a hacer sus necesidades. En una ocasión, Emily encontró a «Cinnamon» debajo de su cama, con sus zapatillas de satén verde tan masticadas que apenas si pudo reconocerlas.

—¡Mala perra! —gritó, golpeándola—. ¡Vas a tener que marcharte de esta casa!

Emily trató de imaginar un medio para librarse de ella. Al final se le ocurrió una idea que pareció ser la solución perfecta.

—Fred, ¿por qué no te llevas a esa perra contigo cuando vayas de viaje? Te hará compañía en la carretera.

Al principio, él se negó, pero finalmente Emily le convenció de que a ella no le importaría estar sola. A partir de entonces, Fred se marchaba cada lunes en el coche, con «Cinnamon» a su lado, serena y altiva, con los ojos y las orejas alertas, sonriendo como si fuera la dueña del coche.

«¡Pero desde luego no tenía la intención de traerme a esa perra durante mis vacaciones!», pensaba ahora Emily.

—Es hora de cenar —dijo Fred, interrumpiendo sus recuerdos.

Fred le puso la cena a «Cinnamon» y después llevó a Emily al restaurante del motel. Cuando terminaron de cenar ya era casi de noche, aunque seguía habiendo luces en la piscina y nadadores que, como peces brillantes, ponían en movimiento el agua transparentemente azul y centelleante.

—Quedémonos aquí un rato —dijo Emily, deambulando por el césped y sentándose finalmente en una silla, sobre el cemento, cerca de la piscina.

—Tengo que sacar a «Cinnamon» a pasear.

—Te esperaré aquí.

Sin duda alguna, él no se atrevería a traer a aquella perra cerca de la piscina.

Volvió con «Cinnamon», que andaba airosa y elegantemente a su lado.

—¡No puedes tener a esa perra aquí! —murmuró Emily con enojo.

—Tonterías. Sabe muy bien cómo portarse. Siéntate, «Cinnamon», siéntate.

La perra se sentó a sus pies, con las orejas aguzadas, la nariz venteando el aire, contemplando el mundo que la rodeaba como una esfinge egipcia. Tranquilamente, Fred acarició a «Cinnamon» entre las orejas, y cruzó una pierna sobre la otra. Un muchacho se tiró a la piscina cerca de ellos, salpicándoles de agua y rápidamente Fred limpió las gotas que habían caído sobre el lomo de «Cinnamon», suavizando su pelo.

«No puede dejar de tocarla —pensó Emily—. Es indignante que prodigue tanto afecto a esa perra. Si me hubiera prestado a mí la mitad de la atención que le concede a ella... quizá si hubiéramos podido tener hijos... Si Fred no viajara tanto...»

«Cinnamon» se levantó de pronto y trotó hacia la piscina.

—¡Quieta! —ordenó Fred.

«Cinnamon» se detuvo, miró hacia el agua y volvió una mirada de ruego al amo.

—¡No! ¡Quieta! ¡Apártate del agua!

«Cinnamon» se quedó quieta. «Siempre obediente, siempre comportándose bien», pensó amargamente Emily. Y no era de extrañar. Fred se pasaba todo su tiempo libre entrenándola. Cada vez más, a Emily le parecía que Fred prefería estar con «Cinnamon» que con ella. ¿Sería todo igual en la cabaña? Fred y «Cinnamon» explorando y dando largos paseos juntos.

Entonces, «Cinnamon» se extendió a los pies de Fred. Él le acarició suavemente el estómago y la perra se volvió lánguidamente, con las patas al aire y los ojos cerrados en éxtasis. Por sus labios negros se extendió una sonrisa de pura felicidad, con la punta de su lengua sonrosada recostada indolentemente sobre su mejilla.

Desconcertada, Emily se dio cuenta de que la gente estaba mirándoles. De repente, escuchó exclamar a la joven del bañador negro:

—¡Mira, esa perra se está riendo! ¡Realmente se está riendo!

Allí estaba la prueba, pensó triunfalmente Emily. No eran imaginaciones suyas; aquella estúpida perra se estaba riendo... de ella.

Mientras observaba a los bañistas deseó desesperadamente poder nadar, pero el agua aún estaba demasiado fría para aprender. «Me pregunto si esa perra puede nadar», pensó maliciosamente Emily. Había oído decir que los perros nadan instintivamente cuando son arrojados al agua. ¿Pero durante cuánto tiempo? Y si a uno le estiraban hacia abajo...

Cuando la piscina se cerró y se apagaron las luces, se marcharon, andando en fila, como patos. «Cinnamon» haciendo cabriolas delante, con Fred inmediatamente después, escoltándola orgullosamente, y Emily siguiéndoles despacio, detrás.

Por muy fuerte que lo intentara, Emily no podía vencer los celos, la rabia y el daño que ahora se fundían en su interior, formando un nudo de profundo odio. ¡Dedicar todo su amor a una perra! ¡Era indecente! No lo consentiría más tiempo.

Sería inútil pedirle que diera la perra a alguna persona. No lo haría. Tendría que plantearle un ultimátum. Fred tendría que elegir entre ella y aquella perra. Pero él nunca podría olvidarla... y existía la terrible posibilidad, impensable, desde luego —aunque a pesar de todo existía— de que él eligiera a la perra. Pero había otra forma.

Emily esperó hasta que Fred estuvo metido en la cama, mirando la televisión.

—Creo que esa perra tiene que volver a salir —dijo.

—No, no lo necesita —afirmó Fred, sin apartar la mirada de la pantalla.

—Parece terriblemente inquieta.

—No, no lo está.

—No tienes que sacarla tú, si no quieres —insistió Emily—. Me pondré la bata y...

—¡No! —exclamó Fred severamente—. ¡Olvídalo!

Durante un largo tiempo, Emily permaneció tumbada, despierta, notando una sensación de frustración y derrota. Lo tendría que hacer a la mañana siguiente.

Como consecuencia de largos años de práctica, Emily podía ponerse un despertador en la mente y despertarse a la hora que quería. Lo hizo a las cinco de la madrugada, poco antes de que amaneciera. A hurtadillas, sacó a «Cinnamon» al exterior, llevándola a través del césped, húmedo por el rocío, hacia la piscina. No estaba todo tan oscuro como ella hubiera deseado.

Su corazón le golpeaba en el pecho, temerosa de que alguien pudiera verla. Tendría que arriesgarse. Si alguien le preguntaba, diría que la perra se había caído a la piscina y que ella estuvo tratando de sacar al animal del agua. Empezó a caminar por el suelo de cemento. «Cinnamon» se detuvo, y se sentó.

—¡Vamos, vamos! —dijo Emily ásperamente.

La perra se negó a moverse. Emily dio un tirón de la correa. ¡Aquella perra no podría recordar que no le estaba permitido acercarse al agua! Exasperada, Emily tiró del animal hacia la piscina. La perra se resistió, con su hocico raspando el cemento.

—¡Emi-i-ly! —gritó impacientemente Fred desde el balcón de la habitación, en el gris del amanecer—. No intentes andar con ella a través de la piscina. Sabe que no le está permitido.

Emily apretó los dientes, forzando una sonrisa, osciló hacia un lado y empezó a moverse hacia la zona del aparcamiento, con «Cinnamon» trotando obedientemente a su lado. Después, le dijo a Fred que la perra la había despertado y que quiso salir fuera. Furiosa, se dijo a sí misma que no fracasaría en la siguiente ocasión.

Aquella tarde se introdujeron con el coche en un camino arenoso, metiéndose entre los bosques. El perfume de los pinos refrescaba el aire y los rayos del sol se filtraban por entre los altos robles, teñidos de musgo. Se detuvieron ante una rústica cabaña, construida sobre un montículo.

—Mira, Em, estamos completamente rodeados de montañas. Desde el porche se puede ver el lago, allá abajo.

Con una secreta sonrisa, Emily miró hacia el lago, que relucía bajo los rayos del sol.

—Y los árboles empiezan a enrojecer y...

—Hay allá abajo un bote, que se alquila junto con la cabaña. Tendremos que intentar pescar algo en el lago.

—¡Hummm! —murmuró Emily pensativamente—. Pero ahora hace un tiempo estupendo.

Fred recogió la última cucharada de arándanos de su plato y terminó de beber el té helado.

—Bien, mientras tú limpias los platos, «Cin» y yo daremos un pequeño paseo exploratorio. ¿Paseo, «Cin»? ¿Paseo?

La perra empezó a hacer cabriolas, encantada, oscilando el rabo como una bandera. Los labios de Emily se estrecharon, formando una línea de expresión decidida.

Una hora después, cuando Emily ya estaba empezando a sentirse furiosa, aparecieron en el porche, llenos de excitación.

—¿Sabes lo que hemos encontrado, Em? Ese camino de atrás de la cabaña da unas vueltas y termina en una senda. Al fondo de la senda, hay otro sendero con huellas de carro, ahora cubiertas de hierba. Hemos seguido el sendero un rato y entonces la hemos visto. Una vieja granja de piedra, toda carbonizada y con el interior destruido, como si se hubiera producido un incendio. Hemos echado un vistazo al interior; estaba tan oscuro que casi me caí al sótano; hay un agujero en el suelo, donde antes estaban las escaleras que conducían al sótano.

Emily empezó a escuchar con atención, brillándole los ojos.

—Fuera de la casa, todo está lleno de maleza. Hay una parra y rosas silvestres y gencianas. ¿Y sabes lo que ha encontrado «Cinnamon»?

Confundida, Emily sacudió su cabeza en un gesto de negación.

—¡«Cinnamon» encontró un pozo! ¡Qué digo un pozo...! Un gran agujero en el suelo, que parece como si fuera a desembocar a China. Me hubiera caído allí si «Cinnamon» no hubiera olfateado alrededor y no me hubiera hecho detener. Es tan inteligente... ¿Sabes lo que hizo? Se sentó justo delante del agujero. Nadie podría haberla movido de allí. ¿Puedes creer que una perra sea tan inteligente?

—No —dijo Emily ásperamente.

Fred acarició cariñosamente la cabeza de «Cinnamon».

—Tienes que ver el lugar, Em. Debe tener por lo menos doscientos años.

—Sí, me gustaría verlo.

«Ningún perro es más inteligente que yo —pensó—. ¡No lo toleraré!»

Al día siguiente, después de comer, Fred se tumbó un rato a dormir la siesta. En cuanto empezó a roncar, Emily enganchó la correa en el collar de «Cinnamon» y salió silenciosamente por la puerta trasera de la cabaña. Siguió el camino hasta llegar a la senda y tras haber seguido dos caminos falsos, encontró el sendero con huellas de carro, que le llevó hasta la antigua granja. 

Subió los desgastados escalones, cruzó el porche de la puerta de entrada y penetró cautelosamente en el interior. El suelo que quedaba parecía sólido. Unas pocas tablas estaban carcomidas, otras faltaban. Delante de ella observó una gran abertura negra, donde debieron estar los escalones que conducían al sótano.

Avanzando con mucho cuidado, se acercó. Cuando «Cinnamon» empezó a gruñir, se detuvo, la levantó y le quitó la correa. Se detuvo ante el borde del hueco, tratando de no respirar el aire malsano procedente de la madera carcomida y del sótano de tierra. «Cinnamon», inquieta entre sus brazos, gimió más fuerte.

De repente, Emily se dio cuenta de algo. El sótano no tenía una profundidad suficiente. La caída no sería lo bastante grande. «Cinnamon» se pondría a ladrar y quizá no la escuchara nadie, pero sus aullidos, que encontrarían eco en el oscuro sótano, se escucharían a varios kilómetros de distancia.

Emily sacó la perra al exterior, le volvió a sujetar la correa y la colocó en el suelo. Cautelosamente, rodeó la casa, observando con cuidado a «Cinnamon» para ver si hacía signos de querer retirarse a medida que iba olfateando. Fred habría advertido a «Cinnamon» que se mantuviera apartada del pozo, del mismo modo que había hecho con la piscina. 

Emily volvió a dar vueltas alrededor de la casa, en un círculo más amplio en esta ocasión, pasando disgustadamente a través de las hierbas altas y las malas hierbas que le pinchaban las piernas, mientras «Cinnamon» olfateaba delante de ella.

Emily se volvió abruptamente para evitar andar sobre algunos maderos anchos que encontró en el camino. Emily creyó que se trataba de maderos procedentes del antiguo suelo de la casa. Parecía como si alguien los hubiera colocado allí, uno al lado del otro. Pero «Cinnamon», olfateando con su nariz los secretos de la tierra, no quiso apartarse de allí. De repente, saltó hacia adelante y la correa se escapó de los dedos de Emily.

—¡Maldita seas! —gritó Emily, enfurecida—. ¡Vete! ¡Piérdete de mi vista!

Podría decirle a Fred que la perra había salido de la cabaña y se había marchado. Pero si él la descubría después llevando la correa, sabría que le había mentido. O le podría decir que había sacado a «Cinnamon» a dar un paseo y que la perra se le había escapado. Pero si aquella estúpida perra quedaba atrapada en unos arbustos y se estrangulaba al tirar de la correa, él nunca se lo perdonaría.

No podía hacerlo de aquel modo. Tendría que soltarle la correa del collar, o él sabría que la había sacado a pasear. Su cabeza le palpitaba y sentía las manos húmedas.

Entonces, «Cinnamon» se detuvo a medio camino, sobre las tablas. La perra parecía estar sonriendo, invitándola a seguirla. Emily corrió hacia «Cinnamon», intentando cogerla por el collar, y no lo consiguió. «Cinnamon» avanzó ligeramente sobre las maderas. Enfurecida, Emily intentó entonces coger el extremo de la correa y tampoco lo consiguió. 

Bajo el peso de su cuerpo, las maderas carcomidas empezaron a resquebrajarse y de pronto se partieron y Emily cayó hacia abajo, a través de la oscuridad que olía a humedad. Trató de gritar, pero su garganta se cerró, negándose a emitir ningún sonido. Parecía como si estuviera cayendo para siempre, pero no se sintió asustada, al menos hasta que se hundió en el agua helada del fondo.

Moviendo frenéticamente las piernas, Emily tuvo fuerzas para sacar la cabeza una sola vez sobre la superficie del agua. Todo lo que vio en el amplio círculo azul de cielo que había sobre ella fue a «Cinnamon» que, desde el borde, miraba hacia abajo, riendo. 

El lobo y el perro - Jean de la Fontaine

      Era un Lobo, y estaba tan flaco, que no tenía más que piel y huesos: tan vigilantes andaban los perros de ganado. Encontró a un Mastín, rollizo y lustroso, que se había extraviado. Acometerlo y destrozarlo, cosa es que hubiese hecho de buen grado el señor Lobo; pero había que emprender singular batalla, y el enemigo tenía trazas de defenderse bien.

    El Lobo se le acerca con la mayor cortesía, entabla conversación con él, y le felicita por sus buenas carnes.

     “No estáis tan lucido como yo, porque no queréis, contesta el Perro: dejad el bosque; los vuestros, que en él se guarecen, son unos desdichados, muertos siempre de hambre. ¡Ni un bocado seguro! ¡Todo a la ventura! ¡Siempre al atisbo de lo que caiga! Seguidme, y tendréis mejor vida.” 

    Contestó el Lobo: “¿Y qué tendré que hacer? 

    –Casi nada, repuso el Perro: acometer a los pordioseros y a los que llevan bastón o garrote; acariciar a los de casa, y complacer al amo. Con tan poco como es esto, tendréis por gajes buena pitanza, las sobras de todas las comidas, huesos de pollos y pichones; y algunas caricias, por añadidura.”

    El Lobo, que tal oye, se forja un porvenir de gloria, que le hace llorar de gozo.

    Camino haciendo, advirtió que el perro tenía en el cuello una peladura. “¿Qué es eso? preguntóle. 

    –Nada.

    _¡Cómo nada! 

    _Poca cosa.

    _Algo será. 

    _Será la señal del collar a que estoy atado.

   _¡Atado! exclamó el Lobo: pues ¿que? ¿No vais y venís a donde queréis? 

    –No siempre, pero eso, ¿qué importa?

   -Importa tanto, que renuncio a vuestra pitanza, y renunciaría a ese precio el mayor tesoro.”

     Dijo, y echó a correr. Aún está corriendo.

El perro - Yelinna Pulliti Carrasco

La aguja del medidor cayó y el auto se detuvo.

Angello se apeó y le arreó una patada. Acababa de quedarse sin gasolina, hacía un frío endemoniado y, para colmo, estaba a cien kilómetros del área poblada más cercana.

—¡Por la grandísima...!

Intentó mantener la calma, pero ya le era bastante difícil. Estaba varado junto a un camino solitario en el que, con suerte, vería pasar a alguien después de varios días. No le gustaba la idea de estar en un lugar desconocido sin agua ni comida, rodeado apenas por la hierba seca y un aire capaz de helarle los pulmones, y todo por haberse desviado de la carretera para acortar el trayecto unas pocas horas.

—¿Por qué tenía que pasarme esto justo ahora?

Se juró nunca más aceptar entregar encomiendas en lugares remotos, sin importar cuánto dinero le ofrecieran. Según sus cálculos, debía estar de regreso en la capital en la madrugada.
Unas horas de retraso y eran capaces de acusarlo de robo.

Le dio otra patada al auto. Abrió la puerta y se recostó en el asiento de atrás intentando pensar en qué debía hacer.

Nunca debió sobreestimar el volumen de su tanque de gasolina y menos en una zona completamente despoblada. Se había pasado la mitad del camino seguro que podría llegar a la ciudad sin recargar el tanque, y la otra mitad rogando por llegar a cualquier parte donde poder adquirir gasolina y comida antes de agotar el combustible del todo.

Pasaron algunas horas después de las cuales dejó de considerar que quedarse en su auto fuera una buena idea. Se trepó sobre el techo esperando ver algo, pero todo estaba quieto y tan silencioso que empezó a sentir una extraña presión en los oídos. Ni siquiera se veían pájaros. Volvió a bajar, buscó sus mapas en la maletera y se puso a examinarlos hasta que se le cansó la vista. 

Era inútil, ninguno mencionaba el camino por el que se había desviado, no tenía ni la menor idea de dónde se encontraba. Recordaba estar al sudeste de la carretera tal antes de llegar al puente tanto, eso era todo.

Se sentó junto al volante e intentó pensar.

Si se quedaba, lo más seguro es que moriría de deshidratación antes de que alguien lo hallara. Eso lo hizo temblar, la única agua que poseía era la del radiador.

—Cómo pude ser tan estúpido…

Dejó caer los mapas que tenía en la mano y movió la cabeza.

—Si permanezco aquí, me moriré antes de que alguien me encuentre... o encuentre lo que haya quedado de mí. ¿Cuánto puede vivir una persona sin absolutamente nada de agua ni alimento?

Volvió a contemplar el horizonte.

—¿Cuatro días?, ¿acaso cinco?

Una ráfaga de viento helado le dio de lleno.

—¿Debo dejar que la suerte decida si debo caer muerto en este maldito desierto?
Salió del auto y permaneció observando el horizonte durante varios minutos.

—¿Cuánto seré capaz de esperar antes de que sea demasiado tarde?

Parecía no tener opción.

Se abrochó la casaca, cerró su auto y se alejó.

La tarde avanzaba con rapidez y Angello estaba cada vez más preocupado. Según su reloj ya llevaba casi seis horas caminando sin ver absolutamente a nadie. Por momentos, tenía la sensación de que toda la extensión del Espacio se desplegaba, plana y vacía, frente a él. Le dolía todo el cuerpo y sentía un hambre feroz. Ya la noche estaba cayendo y no tenía ninguna luz, ni linterna, ni siquiera un encendedor.

—¡Demonios!

Antes de que se diera cuenta, la oscuridad fue tal que apenas pudo ver unos metros delante. El corazón empezó a acelerársele. Se olvidó del cansancio y del hambre, solo quería escapar de esa tremenda sensación de soledad. Empezó a hablar en voz alta, a silbar y a cantar hasta que el aire frío lo dejó ronco. Por momentos se detenía, esperando oír algo, pero el silencio era completo. El cielo no tenía ni una estrella y se veía tan denso y profundo que llegó a creer que se encontraba a miles de metros por debajo del mar.  

—Tranquilízate o te dará un infarto —se decía.

A pesar de que las piernas le temblaban, se juró no detenerse. Temía que si se dejaba caer a tierra no sería capaz de volver a levantarse. Sin darse cuenta empezó a alucinar: creía ver movimiento más allá de su estrecho radio de visión e incluso, por momentos, tenía la clara sensación de que lo observaban. Más de una vez gritó, pero no recibió respuesta.

Le parecía escuchar a alguien cerca antes de darse cuenta de que era el sonido de sus propios pasos. La atmósfera tenía una presencia casi humana, aplastante. Llegó a pensar que podría coger puñados de aire.

El paisaje era tan monótono que se preguntó si no estaría caminando en círculos. En medio de su delirio, se creyó víctima de una cruel confabulación perpetrada por todos los elementos de los que dispone el Universo para hacer el mal; entonces se sentía vulnerable, como si del cielo pudiera caer un rayo y aniquilarlo, como si en cualquier instante pudiera simplemente desaparecer sin dejar rastro alguno de haber existido.

Al no poder ver su reloj, perdió la noción del tiempo y estuvo seguro de haber caminado durante siglos enteros en medio de un mar helado, a años luz de cualquier otra cosa que pudiera existir y que fuera algo más que vacío.

El alba lo sorprendió al borde de un ataque de nervios, mareado de cansancio y medio muerto de hambre y frío. Apenas notó que el cielo empezaba a clarear, las lágrimas se asomaron a sus ojos. De un golpe, la luz borró sus alucinaciones. Maravillado por el hecho de que aún hubiera un sol en el firmamento, empezó a llorar.

Pasaron varios minutos antes de que estuviera en condiciones de seguir caminando. Se pasó las manos por el rostro y su vista fue atraída por una alta colina. Se dirigió a ella y trepó esperando tener un mejor punto de observación.

Ya era de día cuando llegó a la cima. Desde allí, contempló el horizonte.

A lo lejos se distinguía una casa pequeña e insignificante en medio de la llanura. De lo que parecía una chimenea, se extendía un hilo de humo.

Angello sintió que de alguna forma era nuevamente arrojado al mundo, descendió de la colina a saltos y corrió con todas sus fuerzas hacia la casa. Ya estaba a escasos metros cuando notó que, de un costado, un enorme perro de pelaje oscuro le daba el encuentro ladrando con fuerza.

Angello se detuvo, el perro seguía ladrando y mostrándole los colmillos. Definitivamente, ese animal no permitiría que se acercara a la casa.

—Diablos…

Angello dio un paso adelante y el perro le gruñó de tal forma que solo daba a entender que lo haría pedazos si se atrevía a acercarse más. Pero Angello no podía simplemente alejarse y buscar otro sitio donde pedir ayuda, el siguiente podía estar a varios días de distancia. 

Además, estaba tan agotado que pensó que no sería capaz de huir si el perro corría a morderlo.

Intentaba pensar en alguna manera de espantarlo cuando escuchó que alguien llamaba:

—¡Tadeo! ¡Tadeo!

Angello vio a un hombre que rondaba seguramente los setenta años en el umbral de la puerta haciendo señas para atraer al perro.

Este corrió hacia su amo moviendo la cola.

El desconocido observó a Angello como si se asegurara de que no fuera peligroso.

—¡Buenos días! —dijo acercándose—. Espero que comprendas a Tadeo, no suele pasar mucha gente por aquí, suele ladrarle a todo lo que se mueve. Angello pensó que era algo muy lógico tratándose de un lugar como ese. El perro lo observaba con la cabeza baja, desconfiado. Angello deseaba desesperadamente pedirle ayuda al extraño, pero no quería arriesgarse a ser atacado por un animal capaz de derribarlo.

—Mi nombre es Oskar —se presentó el viejo—. Tadeo se encarga de cuidar mi propiedad y avisarme si alguien se acerca.

Miró a Angello de arriba a abajo:

—Parece que necesitas ayuda.

Este asintió.

—Quedé varado a un lado del camino ayer —dijo en tono de súplica—. He pasado una noche espantosa y apenas me tengo en pie... si usted pudiera…

Oskar sonrió benevolente y le ordenó a su perro hacerse a un lado. 

Mientras devoraba lo que le diera Oskar, Angello le contó el porqué se encontraba en un lugar tan apartado y del sitio aproximado donde había abandonado su auto. Se cuidó de
omitir todo lo referente a sus padecimientos durante su caminata nocturna, especialmente porque él también quería olvidarlos.

Oskar, a su vez, le contó que vivía solo en esa casa desde hacía más de veinte años, la mitad de los cuales, Tadeo le había hecho compañía.

—Además de esta casa, tengo una huerta y algunas gallinas —dijo—. Suelo vender y comprar las cosas que necesito en el pueblo que está a un día de camino en mi camioneta.

—¿A un día en camioneta? —preguntó Angello.

—Sé lo que estás pensando —le respondió Oskar, observándolo—. Podría usarla para remolcar tu auto hasta el pueblo donde podrías comprar gasolina. Pero la tengo estropeada desde hace días, tendrás que esperar hasta que la repare.

—¿Cuánto podría tardar eso? Yo apenas tengo dinero para…

—No tienes que pagarme la estadía —lo interrumpió—. A cambio de la habitación y la comida que te dé, quiero que te dediques a limpiar un poco este lugar y hacer lo que te ordene.

—¿Qué?

—Ya me escuchaste.

—Pero yo lo único que quisiera es…

—Tú eliges: es eso o llegar hasta el pueblo por tus propios medios y, por lo que veo —señaló a Angello con la cabeza—, no creo que puedas durar lo suficiente para completar el trayecto.
Angello no respondió, temía que Oskar tuviera razón. En el fondo, habría preferido pagar por el cuarto y el alimento, o por lo menos disponer de un teléfono. Ya se imaginaba el revuelo que habría en la fábrica debido a su retraso; cuando regresara, su supervisor iba a arrancarle las orejas.

—No puedo perder más tiempo —dijo.

—Solo serán dos o tres días —insistió Oskar—, entonces podremos ir por tu auto. Además —se inclinó hacia él—, con la cara que tienes se te nota que realmente necesitas descansar un par de días.

Angello se pasó la mano por el rostro. Hasta ese momento había ignorado el aspecto que debía tener después de pasar toda una noche huyendo de ni él sabía qué. Más Oskar estaba
en lo correcto, necesitaba urgentemente reposo.

—Te prometo no demorar más que eso —le dijo, casi con lástima— y, si sucede, de todos modos intentaremos pensar en qué se puede hacer al respecto.

Angello inclinó la cabeza en gesto de resignación.

Oskar le permitió dormir en la habitación vacía del segundo piso. Cuando despertó, ya era avanzada la tarde. Sabiendo que no podría volver a conciliar el sueño, se levantó.

La casa más se asemejaba a una cueva. Las paredes parecían hechas de tierra, la habitación era oscura y no había electricidad. Angello no dejaba de sentirse incómodo, todo allí exhalaba un aura de frío abandono.

—Ideal para una persona solitaria —pensó.

Dio algunas vueltas por el cuarto sin pensar en nada en concreto, hasta que percibió que alguien estaba bajo su ventana, fue a abrirla esperando encontrar a Oskar.

Pero en su lugar estaba Tadeo, apenas este lo vio empezó a gruñir amenazante.

Al notar cómo se le erizaba el pelo, Angello empezó a inquietarse. Se preguntó, en el caso de que tuviera la oportunidad, si Tadeo podría alcanzarle el cuello de un salto y si tendría la intención de hacerlo. Lentamente retrocedió y cerró la ventana. Se oyeron varios gruñidos más y luego el rumor de patas que corrían, alejándose.

—Maldito perro —murmuró.

Trató de no pensar en él, ya bastante tenía con recordar lo que le esperaba en la fábrica después de retrasarse tanto tiempo. No era solo por el hecho de que lo despidieran, el malnacido de su supervisor no desaprovecharía la oportunidad de hacer públicas todas sus faltas.

—¡Angello!

La voz de Oskar lo regresó a la realidad. Pudo escuchar sus pasos subir las escaleras.

—¡Angello!

No quiso admitir que tenía miedo de abrirle. Por las pisadas, intentó averiguar si venía con su perro.

Oskar entró al cuarto sin avisar:

—Te he estado llamando —le dijo de mal humor.

—Ya lo sé.

—Supongo que ya habrás dormido lo suficiente.

—Sí, desperté hace un rato.

—¿Entonces por qué no bajabas?

—Tadeo me vio por la ventana y empezó a gruñir.

—¿Y qué con eso?

—Ese perro parece querer atacarme.

Oskar soltó tal carcajada que hizo que Angello se sobresaltara.

—¿De qué se ríe tanto? —le preguntó colérico.

—No seas tonto —le recriminó el viejo—, Tadeo jamás ha atacado a nadie.

—Siempre hay una primera vez.

—Mira, no quiero oír más de eso. Si Tadeo estuvo husmeando es porque no te conoce y punto.

—Gruñe de tal forma que…

—Te he dicho que no quiero oír más de ese asunto.

—Pero…

—¡Silencio! Llevo diez años viviendo con Tadeo, lo conozco mejor que a mí mismo y cuando digo que jamás atacaría a nadie es porque es cierto. Angello prefirió no seguir discutiendo. Quería creer lo que Oskar le decía, que tal vez su perro solo sabía asustar a los extraños, pero en su interior lo corroía la duda.

Esa tarde Oskar lo puso a barrer el suelo mientras él trabajaba en su camioneta. Angello se alegró que se llevara a Tadeo consigo, pues el animal no dejaba de mirarlo con ojos feroces. Mientras barría, su preocupación iba en aumento, no confiaba en Oskar. 

La razón por la que su perro no había atacado a nadie anteriormente podía deberse a que no había ninguna persona a quién atacar; y ahora que él estaba en la casa, fácilmente Tadeo podría percibir que su territorio estaba siendo invadido y defenderlo hasta las últimas consecuencias. Considerando todo esto, llegó a pensar en robarle comida a Oskar, coger algo de ropa y huir, pero al recordar que el pueblo más cercano estaba a un día en camioneta, le pareció una locura, no tenía medios para recorrer a pie una distancia tan grande. Además, ya estaba anocheciendo.

Creyó más prudente esperar.

Al día siguiente ambos se pusieron a arreglar los corrales de las gallinas. Trabajaban en silencio, Oskar aparentemente feliz de tener a un ayudante y Angello impaciente porque este volviera a ocuparse de la camioneta.

—Terminado —dijo Oskar secándose el sudor de la frente—. Voy a preparar la comida. Recoge algunos huevos y entra por la puerta de atrás. No te demores, te estaré esperando.

Entró a la casa mientras Angello lo fulminaba con la mirada:

—Un «por favor» no le habría costado nada.

De rodillas, revisaba los nidos cuando sintió que alguien lo observaba, intentó ignorarlo, pero la sensación se hizo tan fuerte que se vio obligado a mirar sobre sus hombros.

Frente a él, los profundos ojos amarillos de Tadeo aparecieron muy cerca de los suyos.

Se incorporó de un salto.

Antes de que el perro hiciera algún movimiento, Angello caminó hacia la casa intentando mantener una distancia prudencial, mas Tadeo corrió y se plantó frente a la puerta impidiéndole el paso.

Empezó a ladrar.

—¡Quítate! —le gritó.

Solo consiguió hacerlo ladrar más fuerte.

—¡Quítate, demonios!

Tadeo empezó a avanzar y Angello a retroceder, si se atrevía a atacarlo le patearía el hocico, estaba decidido, aunque después Oskar lo echara de la casa a palos.

—¡Lárgate!

Angello trató de ignorar el acelerado golpetear de su corazón, bastaba que Tadeo hiciera un mínimo movimiento para que la adrenalina inundara su sangre. Temía que el perro llegara a adivinar la superioridad que poseía ante él.

—¡Cállate!

Tadeo hizo ademán de querer atacar.

—Tendré suerte si solo me muerde un brazo —pensó.

Inconscientemente, Angello se preparó para una embestida.

Tadeo arqueó la espalda aparentemente preparándose para saltar, cuando de pronto la puerta se abrió y apareció Oskar.

—¡Tadeo! —gritó—, ¡deja de estar fastidiando! ¡Ve y métete a tu caja!

Este movió las orejas y obedeció en el acto.
Angello lo vio alejarse y respiró sintiendo cómo desaparecía la tensión de su cuerpo, iba a agradecerle a Oskar, pero este empezó a decir:

—No era necesario que gritaras de esa forma. Tadeo no obedece a la gente desconocida.

—¿Entonces qué otra cosa podía hacer?

—No hacerle caso, simplemente.

—No creo que pueda mientras me está ladrando de esa forma.

—La culpa es tuya. No debiste levantar la voz.

—¡Ese animal parecía querer lanzarse encima de mí! ¡Yo no quería gritarle, él me obligó!

—Ya te he dicho que Tadeo jamás ha atacado a nadie. Tú debes haberlo provocado de
alguna forma.

—¡Yo no lo provoqué!

Oskar lo miró enojado, era evidente que no le creía una palabra, después de arrebatarle la canasta de huevos, entró en la casa.

Desde el exterior, Angello pudo escuchar su risa. Se sintió tan humillado que, en lugar de enfurecerse, se le formó un nudo en la garganta.

—¿Por qué Tadeo, cada vez que me ve, se pone a gruñir como si quisiera cogerme del cuello? —le preguntó Angello a Oskar durante el almuerzo.

—No debes preocuparte por él, solo ataca a lo que considera su presa.

—¿Presa? ¿Es un perro cazador?

—Suele perseguir y matar a los animales que se aproximan demasiado. Aunque no lo parezca, en esta zona hay ratas.

—Es decir que... ya ha probado la sangre.

—Sí, pero ha sido sangre de animales.

—Pero aun así…

—¿No me digas que crees tener sangre de rata en las venas? —empezó a reírse—. No me sorprendería.

—No le permito que se burle, yo lo único que…

—Y yo no te permito que hables mal de mi perro y además andes imaginando cosas. ¿Me escuchaste?

—En ningún momento he hablado mal de su perro.

—Y más te vale que no lo hagas. Recuerda que estás en mi casa y por eso deberás acatar mis reglas. Si Tadeo se muestra agresivo es solo por instinto. Te lo repito: él solo mata a animales de presa, nada más.

—Pero si está defendiendo la casa de los intrusos, entonces…

—Si sigues insistiendo con este asunto te echaré de aquí y ya verás cómo te las arreglas.

—Lo que pasa es que…

—Haz el favor de cerrar la boca.

Angello prefirió obedecer a pesar de que no quedó más tranquilo después de oír lo que le dijera Oskar. Tenso como estaba, llegó a pensar que Tadeo lo había escogido como su presa, dispuesto a atacarlo en cualquier momento.

—Tal vez está escogiendo el momento adecuado, sabe que soy un animal grande, tal vez quiere atacarme por la espalda, tal vez…

Empezó a temblar. Miró a Oskar y su expresión de indiferente despreocupación le hizo entender que no podía esperar ayuda de él.

Ya era de casi de noche cuando Oskar lo mandó traer verduras de la huerta. Apenas Tadeo lo distinguió en la semioscuridad, fue tras él. Angello no notó su presencia hasta que lo tuvo a un metro de sus piernas.

—Maldita sea. ¿Qué has venido a hacer aquí?

Tadeo empezó a gruñir y Angello a ponerse nervioso. La noche caía con rapidez y las formas se hacían más confusas. Los ojos de Tadeo brillaban fantasmales.

—Lárgate —le dijo con un hilo de voz.

Los gruñidos empezaron a hacerse más salvajes. Angello trataba vanamente de no sucumbir al pánico. Si el perro lo deseaba, podía asesinarlo de una mordida bien asestada y nadie lo sabría jamás a menos que Oskar lo confesara.

—Cuando te huela el miedo estarás muerto —pensó.

Apenas podía ver a Tadeo, pero sabía que este podía verlo perfectamente a él. Si Angello se movía, Tadeo mostraba sus colmillos. Angello a duras penas se obligaba a permanecer allí
y no salir corriendo.

A su mente volvieron las sensaciones de su caminata en la noche y tuvo ganas de gritar.

—... estarás muerto... —se repitió.

Tadeo se fundió en la oscuridad y solo se veían sus ojos amarillos. Estos empezaron a aproximarse, lentamente.

—No, maldición.

Los ojos parecían suspendidos en el aire. Por alguna razón, Angello no podía moverse, ignoraba si era debido al miedo o a la poderosa atracción que esos ojos ejercían en él. Eran casi hipnóticos, Angello se veía caer a través de ellos hacia la nada. Interiormente supo que estaba a merced de ese animal, a merced de lo que deseara hacer con él.

Rogó por dentro si es que Tadeo iba a matarlo, que no lo hiciera sufrir demasiado.

—¡¡Angello!!

La voz de Oskar la sintió como un latigazo en la espalda. Había roto el hechizo.

Este se acercaba con una lámpara de gas.

—¿Por qué demoras tanto?
Angello intentó responder, mas su garganta estaba seca.

—Entra a la casa. Ya veo que eres incapaz de hacer algo tan sencillo como arrancar unas cuantas plantas.

Angello, ignorando el despectivo comentario, se apresuró a obedecer. Por dentro sentía que le debía la vida a Oskar.

Esa noche permaneció contemplando la negra llanura desde su ventana, incapaz de conciliar el sueño. Para entonces habría vendido su alma al mismísimo infierno a cambio de estar en cualquier otro lugar, incluso hubiera preferido encontrarse en la fábrica recibiendo los insultos de su supervisor, cualquier cosa era preferible a permanecer en medio de un desierto a merced de un idiota y su perro.

—¿Cómo fui a meterme en esto?

Estaba considerando volver a la cama cuando, de entre las sombras, hizo su aparición Tadeo, posando su mirada sobre él. Sus ojos eran brillantes y Angello se sintió perderse en la pesada intensidad de su mirada, como si no fuera un perro el que lo observara, sino algo más grande, más demoníaco, algo que se ocultaba detrás de esos ojos encendiéndolos con un furor homicida.

Angello lanzó un gemido, Tadeo lo observaba inmóvil bajo su ventana, respirando fuertemente con el hocico entreabierto, incluso podía ver el vapor que exhalaba de sus fauces.

—Es cierto —murmuró aterrorizado—, va a cazarme, soy su presa.

Angello retrocedió alejándose de la ventana, jadeando como si lo hubieran herido de gravedad.

—¿Es que está esperando el momento adecuado para despedazarme? Entonces Tadeo se le presentó a su mente como la encarnación de todo el odio que pudiera pesar sobre él; se habían encontrado, se habían visto y se habían reconocido, y ahora uno de ellos destruiría al otro

No pudiendo soportarlo más, fue a refugiarse entre las mantas, lejos de la ventana. Desde allí podía escuchar el rumor que Tadeo producía al moverse. Se cubrió la cabeza con la almohada. Aun cuando le daba la espalda a la ventana, podía sentir sobre sí la poderosa mirada del animal, con los ojos fijos sobre él.

Apenas estaba amaneciendo cuando Angello se despertó. Ya no oía a Tadeo, pero no por eso estuvo más tranquilo. En sueños, estuvo seguro de haber sentido sus dientes alrededor de su cuello.

—Esto no puede continuar así.

Quiso comprobar que Oskar hubiera hecho algún avance en su camioneta. Procurando no hacer ruido, bajó al primer piso.

Para llegar hasta la puerta que daba a donde estaba la camioneta, primero debía atravesar el comedor y luego la cocina.

Para su mala suerte, allí se encontraba Tadeo.

Bastó que lo oliera para ponerlo en alerta. Nuevamente empezó a ladrarle.

—¡Cállate! —le gritó.

No hizo caso.

—¡¡Cállate!!

Pero mientras más fuerte gritaba Angello, más fuerte ladraba Tadeo. Apenas podían oírse, especialmente porque Angello necesitaba gritar, lanzar su miedo fuera de sí a gritos.

—¡Ya me cansaste, estúpido animal del diablo!

Alcanzó una jarra de metal dispuesto a golpearlo, mas Tadeo no se inmutó, lanzó unos ladridos tan potentes que le lastimaron los oídos a Angello.

Este sintió escalofríos, Tadeo ya estaba caminando hacia él, despacio, con la mirada encendida de odio.

Tadeo avanzaba un paso y Angello retrocedía otro, rodearon la mesa hasta llegar al umbral de la puerta de la cocina. Antes de darle más tiempo, Angello se la tiró en las narices al perro.

Este rasqueteó la puerta durante un largo rato antes de alejarse.

—Maldito animal —murmuró Angello, recostándose en la pared.
De pronto, oyó a Oskar riéndose a sus espaldas.

—¿¿Qué le parece tan divertido, eh?? —le preguntó furioso.

—No sé cómo puedes tenerle tanto miedo a Tadeo, ¡si no te ha hecho nada!

—¿¿¿Nada???

Oskar seguía riéndose, eso lo enfureció más. Si hubiera sido treinta años más joven lo habría molido a golpes.

—Su perro es una fiera —le dijo, casi gritando—. Lo único que sabe hacer es ladrar como un demonio y usted ni siquiera es capaz de reprenderlo.

— No tengo por qué reprenderlo. Ya bastante hago por ti permitiendo que te quedes, y si me veo obligado a escoger entre tu pellejo y Tadeo, creo que ya sabes cuál será mi elección.

—¿Y por qué tendría que verse obligado a hacer esa elección?

—No permitiré que lastimes a mi perro, óyelo muy bien.

Entonces Angello se dio cuenta de que aún tenía la jarra de metal en la mano. Era notorio que Oskar tomaba aquello como una declaración de guerra.

Ante enemigos tan poderosos, Angello se sintió completamente indefenso. Si permanecía con vida aún era porque inspiraba lástima, no podía haber otro motivo.

—Te lo repito —le advirtió Oskar al pasar a su costado, hacia el comedor—: si lastimas a mi perro no te lo perdonaré.

Salió.

La forma en que Oskar le había hecho esa última advertencia lo paralizó de miedo. Creyó posible que, en ese mismo momento, le estuviera enseñando a Tadeo la manera más efectiva de matar a una persona, y con solo imaginarlo, se sintió enfermo.

Desde el comedor, le llegó la risa de Oskar y creyó enloquecer.

—Mañana mismo me largo —pensó—. No sé cómo, ¡pero mañana mismo abandonaré este miserable lugar!

Aquella noche Tadeo no dejó de aullar helándole la sangre. Él ya no sabía a quién odiaba más: a Oskar o a Tadeo, pero lo que sí sabía era que no podía pasar otro día cerca de alguno
de los dos.

Por los aullidos sabía que el perro estaba bajo su ventana, incansable.

Angello se tapó los oídos intentando no escucharlo.

—Cállate —murmuró—, cállate, por Dios, cállate.

Los aullidos le eran insoportables, deseó desesperadamente que todo no fuera sino una horrenda pesadilla, que cuando despertara se hallara en su casa, para poder olvidarlo todo.

—Un sueño, una pesadilla, eso es todo —pensó al borde de la histeria—. Solo en las pesadillas suceden estas cosas.

Se preguntaba cuánto tiempo podía aullar un perro antes de cansarse. Sabiendo que no podría dormir, se levantó y buscó a tientas cualquier objeto que pudiera arrojarle a la cabeza. Oskar no le había proporcionado nada que sirviera para alumbrarse y eso lo inquietaba más. Tanteó entre los viejos muebles y de repente, tropezó con una silla cayendo pesadamente al suelo.

El golpe le sacudió los nervios. Comenzó a llorar de forma incontrolable rogándole en su mente a Tadeo que se callara.

—Tiene que ser una pesadilla, tiene que ser una pesadilla —se repetía.

Golpeó su cabeza contra el suelo varias veces, pensando que era mejor estar muerto antes de seguir oyendo los infernales aullidos de ese perro. Quiso levantarse y seguir buscando qué arrojarle, incluso llegó a pensar en arrojarse él mismo por la ventana, pero por algún motivo, su cuerpo no le respondía.

—Cállate, por favor —suplicó en voz baja.

Angello se arrastró como pudo al otro extremo de la habitación, lejos de la ventana. Tenía los miembros tan rígidos que agotó todas sus fuerzas al punto de saber que le sería imposible regresar a la cama.

Los aullidos eran tan potentes que Angello creyó tener al perro a su lado.


¡Por favor!

Llegó a convencerse de que la misma oscuridad no era más que una extensión de su cuerpo, de su poder. De que si Angello no tenía forma de levantarse y huir era porque Tadeo así lo quería, el que permaneciera en el suelo era demostración de su dominio sobre él.

—Te lo ruego, ten piedad.

Entonces un gruñido de fiera desgarró la noche, Angello dejó escapar un lamento y perdió el sentido.

Cuando abrió los ojos ya era de madrugada. El silencio era absoluto. Tenía el cuerpo entumecido y le dolía la espalda. Tardó unos segundos en recordar lo que había sucedido y qué hacía tirado en el suelo.

Se pasó las manos por la cara y estiró sus miembros. Nuevamente dueño de su cuerpo, se puso de pie. No quiso perder tiempo, si Oskar y Tadeo dormían aún, era el momento
indicado para marcharse.

Angello se deslizó hasta la cocina y llenó una bolsa con comida. Quiso apoderarse también de un cuchillo, pero Oskar los guardaba bajo llave. También se apropió de una botella, la
que llenó de agua del depósito. Abrió la puerta que daba al exterior y descolgó un poco de ropa del tendedero. Pensó que esos serían los últimos segundos que estaría cerca de Oskar o Tadeo, y respiró sintiéndose libre.

Se puso la bolsa a la espalda y caminó alejándose.

Ya estaba a unos veinte metros de la casa cuando volteó a mirarla por última vez. Entonces vio a Tadeo aparecer desde un costado, igual que la primera vez, lanzar un gruñido bestial y correr a toda velocidad hacia él.

—Dios mío, ¡no!

Miró hacia la casa, Oskar debió oírlo rebuscar en la cocina, pues los observaba desde el umbral de la puerta con los brazos cruzados.

—¡Oskar! —gritó—, ¡¡llame a su perro!!

Pero parecía no escuchar.

—¡¡Llámelo!! —insistió, suplicando—, ¡¡¡llámelo!!!
No obtuvo resultado.

Tadeo ya estaba muy cerca, sin perder más tiempo Angello echó a correr.

—¡Oskar! —imploró—, ¡¡llame a su perro!!

—¡Tadeo! —oyó que gritaba.

Angello dejó caer la bolsa, corría con toda su alma intentando huir del rumor de patas que lo perseguían, del jadeo de animal enfurecido detrás de él.

—No me dejará ir. Soy su presa ¡no me dejará escapar!

Empezó a sentir que le faltaba el aliento, mas no se detuvo. Tenía el claro presentimiento de que detenerse significaría su muerte.

—¡Esperó hasta el último momento para venir a despedazarme!

Tadeo regresó con Oskar y empezó a lamerle la mano. Este le acarició la cabeza.

Ambos observaban a Angello, quien en loca carrera, se perdía en la inmensidad de la llanura.

—Me pregunto de qué estará huyendo —se dijo.

Y Angello lo sabía, sabía que Tadeo había regresado con su amo, sabía que ambos lo observaban desde la casa.

También sabía que su perseguidor corría detrás de él, haciendo sonar sus pisadas en la tierra y su respiración en el aire.

Pues sabía que lo había estado esperando desde siempre, escondido detrás de los ojos de un perro, oculto en la voz de un anciano, aterrorizándolo y acosándolo para luego darle caza.

Lo perseguiría hasta el fin del mundo, hasta el borde mismo del horizonte, hasta que le faltara totalmente el aliento y ya no pudiera seguir escapando.

Entonces le asestaría la certera mordida, haciéndole el peor daño que se le puede hacer a un ser vivo: un daño más allá de la materia.

Angello sabía y esa era su condena, aunque no pudiera ver a su perseguidor pero sí percibirlo, más allá de la razón, más allá de toda lógica, en el centro mismo de sus pesadillas.