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El mejor amigo del hombre - Dee Stuart

—Muerte accidental —dijo el juez de instrucción. El único que sabía que fue un asesinato, nunca lo diría...

Emily se revolvió, sintiéndose incómoda entre Fred y «Cinnamon», en el asiento delantero. El roce con el pelo de «Cinnamon» le hacía estremecer la piel, aunque el último sol de agosto calentaba el aire de Nueva Inglaterra.

Su esposo, Fred, escueto y afable, parecía no darse cuenta.

Emily pellizcó con dureza el rabo de «Cinnamon». La perra, dirigiéndole una mirada de reproche, cambió de postura y sacó su nariz por la ventana, mientras Fred miraba con ojos de miope la carretera que tenía delante, a través de unas gafas de montura de hueso.

—Ahí está nuestro motel —dijo, dirigiendo el coche hacia una salida secundaria—. Sólo son las cuatro de la tarde. Hemos avanzado mucho.

Una vez en su habitación, Fred pidió una cerveza y dos bocadillos de jamón y queso.

—No pidas nada para mí —dijo Emily—. El ir todo el día en coche me trastorna el estómago.

—Está bien —dijo Fred, condescendiente.

Cuando llegaron la cerveza y los bocadillos, Fred los colocó sobre la mesa, y se sentó en el sillón, frente a la ventana desde donde dominaba una buena panorámica. Tomó un buen trago de cerveza, extendió el periódico y observó apreciativamente, por encima de él, los bikinis que había alrededor de la piscina.

En el momento en que Emily empezaba a sentarse, «Cinnamon» saltó al sillón y se quedó allí sentada, observando expectante a Fred. Este partió con la mano un trozo de bocadillo.

—¡Habla! —le ordenó.

«Cinnamon» emitió un ladrido breve y agudo. Fred le dio el trozo de bocadillo.

—¡Baja! —ordenó Emily.

Pero «Cinnamon» no le hizo el menor caso.

—Te dije que la teníamos que haber dejado en la perrera —comentó Emily de mal humor—. Dile que baje.

—Cuando viajamos, «Cin» y yo siempre hacemos esto —dijo Fred, sintiéndose herido—. Observamos a la gente que hay en la piscina, y nos tomamos un bocadillo.

Fred, representante de una empresa manufacturera, estaba en la carretera desde el lunes hasta el viernes.

—Pero esta semana, no estás en la carretera. Hemos alquilado una cabaña en las montañas y son nuestras vacaciones, y no las de esa perra. La estoy aguantando todo el viaje en el asiento de delante, cerca de la ventana, para que no se ponga enferma. Ahora quiero sentarme.

Cogió parte del periódico y levantó el brazo amenazadoramente, en dirección a «Cinnamon».

—Baja, «Cinnamon», baja —dijo Fred rápidamente.

A regañadientes, la perra saltó al suelo y se colocó junto al codo de Fred, con los ojos rogando aún por su bocadillo.

Emily se quedó mirando maliciosamente a «Cinnamon». ¿Cómo era posible que aquella perra la hiciera sentirse como una intrusa en su propia casa? Trató de imaginárselo. Todo empezó el último otoño, cuando Fred la hizo dejar de enseñar.

—Veinticinco años ya es bastante tiempo —le dijo él—. Estoy ganando dinero suficiente para vivir... Tenemos pagada la casa y el coche. Quédate en casa. Descansa. Visita a los amigos.

Pero todos los amigos de Emily seguían trabajando en la enseñanza. Se sentía sola, llevando una vida solitaria en una casa vacía. Y fue entonces cuando él trajo aquella perra a casa.

Un viernes por la noche, entró en la cocina con las manos a la espalda.

—Te traigo un regalo —le dijo con orgullo, y colocó en sus brazos el cálido, inquieto y sonrosado muñeco.

—¡Oh, qué lindo es! —exclamó Emily, sonriendo con indecisión.

—Es perra. Te hará compañía —dijo Fred, contento consigo mismo—. Y te protegerá mientras yo esté fuera.

En aquellos momentos, desde luego, ella no tenía la menor idea de cómo aquella perra desorganizaría su casa y su vida entera.

«Cinnamon» la miró, con sus ojos grises brillando con una luz muy peculiar. Aunque pareciera increíble, Emily podría haber jurado que aquella perra estaba sonriendo. Como una premonición, por su mente cruzó el pensamiento de que dos hembras no podrían vivir juntas, pacíficamente, en la misma casa. Aquello la hizo sentirse intranquila. Dejó la perra en el suelo de linóleo, de un amarillo brillante, donde sus pequeñas y aún débiles patas empezaron a resbalar.

—¿De qué raza es? —preguntó Emily, mirando las orejas puntiagudas dotadas de puntas colgantes y el espeso rabo, que se doblaba en un círculo perfecto.

—Es un cruce —dijo Fred a la defensiva—. Parte de fox terrier, parte de Weimaraner, quizá tenga algo de esquimal en el rabo —acarició su pelo corto y suave y añadió—: Su nombre es «Cinnamon».

La perra se le quedó mirando, con ojos de adoración.

—Es una perra callejera, eso es lo que es —dijo ella—. ¿Cómo se hará de grande?

—¡Oh! Unos cincuenta o sesenta centímetros —contestó, rascando las orejas de «Cinnamon», que acarició su mano con el hocico.

—Bueno, tendrás que entrenarla. Yo ya tengo bastantes cosas que hacer para ir limpiando además las porquerías de una perra.

Fred entrenó a «Cinnamon». La enseñó a pedir, hablar, ir a buscar cosas y a rodar sobre sí misma.

La bañaba y la cepillaba y se la llevaba a dar largos paseos. Un día, Emily dijo:

—Me parece que te pasas más tiempo con esa perra que conmigo.

Lo más irritante de todo era que él no lo negaba. Emily no le decía que, cuando él estaba fuera, de viaje, la perra iba cabizbaja de un lado a otro, con indiferencia, con el rabo colgando, incluso cuando Emily la dejaba estar dentro de casa. Únicamente volvía a la vida cuando escuchaba el ruido del coche de Fred entrando por el camino.

Poco a poco, los ojos malhumorados de la perra y su semblante acusador empezaron a deprimir a Emily. Se sentía enferma y cansada de sacar a la perra de la casa y atarla con la cadena, y de tener que sacarla a hacer sus necesidades. En una ocasión, Emily encontró a «Cinnamon» debajo de su cama, con sus zapatillas de satén verde tan masticadas que apenas si pudo reconocerlas.

—¡Mala perra! —gritó, golpeándola—. ¡Vas a tener que marcharte de esta casa!

Emily trató de imaginar un medio para librarse de ella. Al final se le ocurrió una idea que pareció ser la solución perfecta.

—Fred, ¿por qué no te llevas a esa perra contigo cuando vayas de viaje? Te hará compañía en la carretera.

Al principio, él se negó, pero finalmente Emily le convenció de que a ella no le importaría estar sola. A partir de entonces, Fred se marchaba cada lunes en el coche, con «Cinnamon» a su lado, serena y altiva, con los ojos y las orejas alertas, sonriendo como si fuera la dueña del coche.

«¡Pero desde luego no tenía la intención de traerme a esa perra durante mis vacaciones!», pensaba ahora Emily.

—Es hora de cenar —dijo Fred, interrumpiendo sus recuerdos.

Fred le puso la cena a «Cinnamon» y después llevó a Emily al restaurante del motel. Cuando terminaron de cenar ya era casi de noche, aunque seguía habiendo luces en la piscina y nadadores que, como peces brillantes, ponían en movimiento el agua transparentemente azul y centelleante.

—Quedémonos aquí un rato —dijo Emily, deambulando por el césped y sentándose finalmente en una silla, sobre el cemento, cerca de la piscina.

—Tengo que sacar a «Cinnamon» a pasear.

—Te esperaré aquí.

Sin duda alguna, él no se atrevería a traer a aquella perra cerca de la piscina.

Volvió con «Cinnamon», que andaba airosa y elegantemente a su lado.

—¡No puedes tener a esa perra aquí! —murmuró Emily con enojo.

—Tonterías. Sabe muy bien cómo portarse. Siéntate, «Cinnamon», siéntate.

La perra se sentó a sus pies, con las orejas aguzadas, la nariz venteando el aire, contemplando el mundo que la rodeaba como una esfinge egipcia. Tranquilamente, Fred acarició a «Cinnamon» entre las orejas, y cruzó una pierna sobre la otra. Un muchacho se tiró a la piscina cerca de ellos, salpicándoles de agua y rápidamente Fred limpió las gotas que habían caído sobre el lomo de «Cinnamon», suavizando su pelo.

«No puede dejar de tocarla —pensó Emily—. Es indignante que prodigue tanto afecto a esa perra. Si me hubiera prestado a mí la mitad de la atención que le concede a ella... quizá si hubiéramos podido tener hijos... Si Fred no viajara tanto...»

«Cinnamon» se levantó de pronto y trotó hacia la piscina.

—¡Quieta! —ordenó Fred.

«Cinnamon» se detuvo, miró hacia el agua y volvió una mirada de ruego al amo.

—¡No! ¡Quieta! ¡Apártate del agua!

«Cinnamon» se quedó quieta. «Siempre obediente, siempre comportándose bien», pensó amargamente Emily. Y no era de extrañar. Fred se pasaba todo su tiempo libre entrenándola. Cada vez más, a Emily le parecía que Fred prefería estar con «Cinnamon» que con ella. ¿Sería todo igual en la cabaña? Fred y «Cinnamon» explorando y dando largos paseos juntos.

Entonces, «Cinnamon» se extendió a los pies de Fred. Él le acarició suavemente el estómago y la perra se volvió lánguidamente, con las patas al aire y los ojos cerrados en éxtasis. Por sus labios negros se extendió una sonrisa de pura felicidad, con la punta de su lengua sonrosada recostada indolentemente sobre su mejilla.

Desconcertada, Emily se dio cuenta de que la gente estaba mirándoles. De repente, escuchó exclamar a la joven del bañador negro:

—¡Mira, esa perra se está riendo! ¡Realmente se está riendo!

Allí estaba la prueba, pensó triunfalmente Emily. No eran imaginaciones suyas; aquella estúpida perra se estaba riendo... de ella.

Mientras observaba a los bañistas deseó desesperadamente poder nadar, pero el agua aún estaba demasiado fría para aprender. «Me pregunto si esa perra puede nadar», pensó maliciosamente Emily. Había oído decir que los perros nadan instintivamente cuando son arrojados al agua. ¿Pero durante cuánto tiempo? Y si a uno le estiraban hacia abajo...

Cuando la piscina se cerró y se apagaron las luces, se marcharon, andando en fila, como patos. «Cinnamon» haciendo cabriolas delante, con Fred inmediatamente después, escoltándola orgullosamente, y Emily siguiéndoles despacio, detrás.

Por muy fuerte que lo intentara, Emily no podía vencer los celos, la rabia y el daño que ahora se fundían en su interior, formando un nudo de profundo odio. ¡Dedicar todo su amor a una perra! ¡Era indecente! No lo consentiría más tiempo.

Sería inútil pedirle que diera la perra a alguna persona. No lo haría. Tendría que plantearle un ultimátum. Fred tendría que elegir entre ella y aquella perra. Pero él nunca podría olvidarla... y existía la terrible posibilidad, impensable, desde luego —aunque a pesar de todo existía— de que él eligiera a la perra. Pero había otra forma.

Emily esperó hasta que Fred estuvo metido en la cama, mirando la televisión.

—Creo que esa perra tiene que volver a salir —dijo.

—No, no lo necesita —afirmó Fred, sin apartar la mirada de la pantalla.

—Parece terriblemente inquieta.

—No, no lo está.

—No tienes que sacarla tú, si no quieres —insistió Emily—. Me pondré la bata y...

—¡No! —exclamó Fred severamente—. ¡Olvídalo!

Durante un largo tiempo, Emily permaneció tumbada, despierta, notando una sensación de frustración y derrota. Lo tendría que hacer a la mañana siguiente.

Como consecuencia de largos años de práctica, Emily podía ponerse un despertador en la mente y despertarse a la hora que quería. Lo hizo a las cinco de la madrugada, poco antes de que amaneciera. A hurtadillas, sacó a «Cinnamon» al exterior, llevándola a través del césped, húmedo por el rocío, hacia la piscina. No estaba todo tan oscuro como ella hubiera deseado.

Su corazón le golpeaba en el pecho, temerosa de que alguien pudiera verla. Tendría que arriesgarse. Si alguien le preguntaba, diría que la perra se había caído a la piscina y que ella estuvo tratando de sacar al animal del agua. Empezó a caminar por el suelo de cemento. «Cinnamon» se detuvo, y se sentó.

—¡Vamos, vamos! —dijo Emily ásperamente.

La perra se negó a moverse. Emily dio un tirón de la correa. ¡Aquella perra no podría recordar que no le estaba permitido acercarse al agua! Exasperada, Emily tiró del animal hacia la piscina. La perra se resistió, con su hocico raspando el cemento.

—¡Emi-i-ly! —gritó impacientemente Fred desde el balcón de la habitación, en el gris del amanecer—. No intentes andar con ella a través de la piscina. Sabe que no le está permitido.

Emily apretó los dientes, forzando una sonrisa, osciló hacia un lado y empezó a moverse hacia la zona del aparcamiento, con «Cinnamon» trotando obedientemente a su lado. Después, le dijo a Fred que la perra la había despertado y que quiso salir fuera. Furiosa, se dijo a sí misma que no fracasaría en la siguiente ocasión.

Aquella tarde se introdujeron con el coche en un camino arenoso, metiéndose entre los bosques. El perfume de los pinos refrescaba el aire y los rayos del sol se filtraban por entre los altos robles, teñidos de musgo. Se detuvieron ante una rústica cabaña, construida sobre un montículo.

—Mira, Em, estamos completamente rodeados de montañas. Desde el porche se puede ver el lago, allá abajo.

Con una secreta sonrisa, Emily miró hacia el lago, que relucía bajo los rayos del sol.

—Y los árboles empiezan a enrojecer y...

—Hay allá abajo un bote, que se alquila junto con la cabaña. Tendremos que intentar pescar algo en el lago.

—¡Hummm! —murmuró Emily pensativamente—. Pero ahora hace un tiempo estupendo.

Fred recogió la última cucharada de arándanos de su plato y terminó de beber el té helado.

—Bien, mientras tú limpias los platos, «Cin» y yo daremos un pequeño paseo exploratorio. ¿Paseo, «Cin»? ¿Paseo?

La perra empezó a hacer cabriolas, encantada, oscilando el rabo como una bandera. Los labios de Emily se estrecharon, formando una línea de expresión decidida.

Una hora después, cuando Emily ya estaba empezando a sentirse furiosa, aparecieron en el porche, llenos de excitación.

—¿Sabes lo que hemos encontrado, Em? Ese camino de atrás de la cabaña da unas vueltas y termina en una senda. Al fondo de la senda, hay otro sendero con huellas de carro, ahora cubiertas de hierba. Hemos seguido el sendero un rato y entonces la hemos visto. Una vieja granja de piedra, toda carbonizada y con el interior destruido, como si se hubiera producido un incendio. Hemos echado un vistazo al interior; estaba tan oscuro que casi me caí al sótano; hay un agujero en el suelo, donde antes estaban las escaleras que conducían al sótano.

Emily empezó a escuchar con atención, brillándole los ojos.

—Fuera de la casa, todo está lleno de maleza. Hay una parra y rosas silvestres y gencianas. ¿Y sabes lo que ha encontrado «Cinnamon»?

Confundida, Emily sacudió su cabeza en un gesto de negación.

—¡«Cinnamon» encontró un pozo! ¡Qué digo un pozo...! Un gran agujero en el suelo, que parece como si fuera a desembocar a China. Me hubiera caído allí si «Cinnamon» no hubiera olfateado alrededor y no me hubiera hecho detener. Es tan inteligente... ¿Sabes lo que hizo? Se sentó justo delante del agujero. Nadie podría haberla movido de allí. ¿Puedes creer que una perra sea tan inteligente?

—No —dijo Emily ásperamente.

Fred acarició cariñosamente la cabeza de «Cinnamon».

—Tienes que ver el lugar, Em. Debe tener por lo menos doscientos años.

—Sí, me gustaría verlo.

«Ningún perro es más inteligente que yo —pensó—. ¡No lo toleraré!»

Al día siguiente, después de comer, Fred se tumbó un rato a dormir la siesta. En cuanto empezó a roncar, Emily enganchó la correa en el collar de «Cinnamon» y salió silenciosamente por la puerta trasera de la cabaña. Siguió el camino hasta llegar a la senda y tras haber seguido dos caminos falsos, encontró el sendero con huellas de carro, que le llevó hasta la antigua granja. 

Subió los desgastados escalones, cruzó el porche de la puerta de entrada y penetró cautelosamente en el interior. El suelo que quedaba parecía sólido. Unas pocas tablas estaban carcomidas, otras faltaban. Delante de ella observó una gran abertura negra, donde debieron estar los escalones que conducían al sótano.

Avanzando con mucho cuidado, se acercó. Cuando «Cinnamon» empezó a gruñir, se detuvo, la levantó y le quitó la correa. Se detuvo ante el borde del hueco, tratando de no respirar el aire malsano procedente de la madera carcomida y del sótano de tierra. «Cinnamon», inquieta entre sus brazos, gimió más fuerte.

De repente, Emily se dio cuenta de algo. El sótano no tenía una profundidad suficiente. La caída no sería lo bastante grande. «Cinnamon» se pondría a ladrar y quizá no la escuchara nadie, pero sus aullidos, que encontrarían eco en el oscuro sótano, se escucharían a varios kilómetros de distancia.

Emily sacó la perra al exterior, le volvió a sujetar la correa y la colocó en el suelo. Cautelosamente, rodeó la casa, observando con cuidado a «Cinnamon» para ver si hacía signos de querer retirarse a medida que iba olfateando. Fred habría advertido a «Cinnamon» que se mantuviera apartada del pozo, del mismo modo que había hecho con la piscina. 

Emily volvió a dar vueltas alrededor de la casa, en un círculo más amplio en esta ocasión, pasando disgustadamente a través de las hierbas altas y las malas hierbas que le pinchaban las piernas, mientras «Cinnamon» olfateaba delante de ella.

Emily se volvió abruptamente para evitar andar sobre algunos maderos anchos que encontró en el camino. Emily creyó que se trataba de maderos procedentes del antiguo suelo de la casa. Parecía como si alguien los hubiera colocado allí, uno al lado del otro. Pero «Cinnamon», olfateando con su nariz los secretos de la tierra, no quiso apartarse de allí. De repente, saltó hacia adelante y la correa se escapó de los dedos de Emily.

—¡Maldita seas! —gritó Emily, enfurecida—. ¡Vete! ¡Piérdete de mi vista!

Podría decirle a Fred que la perra había salido de la cabaña y se había marchado. Pero si él la descubría después llevando la correa, sabría que le había mentido. O le podría decir que había sacado a «Cinnamon» a dar un paseo y que la perra se le había escapado. Pero si aquella estúpida perra quedaba atrapada en unos arbustos y se estrangulaba al tirar de la correa, él nunca se lo perdonaría.

No podía hacerlo de aquel modo. Tendría que soltarle la correa del collar, o él sabría que la había sacado a pasear. Su cabeza le palpitaba y sentía las manos húmedas.

Entonces, «Cinnamon» se detuvo a medio camino, sobre las tablas. La perra parecía estar sonriendo, invitándola a seguirla. Emily corrió hacia «Cinnamon», intentando cogerla por el collar, y no lo consiguió. «Cinnamon» avanzó ligeramente sobre las maderas. Enfurecida, Emily intentó entonces coger el extremo de la correa y tampoco lo consiguió. 

Bajo el peso de su cuerpo, las maderas carcomidas empezaron a resquebrajarse y de pronto se partieron y Emily cayó hacia abajo, a través de la oscuridad que olía a humedad. Trató de gritar, pero su garganta se cerró, negándose a emitir ningún sonido. Parecía como si estuviera cayendo para siempre, pero no se sintió asustada, al menos hasta que se hundió en el agua helada del fondo.

Moviendo frenéticamente las piernas, Emily tuvo fuerzas para sacar la cabeza una sola vez sobre la superficie del agua. Todo lo que vio en el amplio círculo azul de cielo que había sobre ella fue a «Cinnamon» que, desde el borde, miraba hacia abajo, riendo. 

El hombre que vendía magia - Nicholas Stuart Gray

 Había una vez, no hace mucho tiempo, un hombre que estaba sentado tranquilamente jugando una partida de ajedrez con su hijo. La lluvia caía tras los ventanales del castillo.

—Jaque —dijo el barón.

—¡No! —le replicó el joven.

—Ya lo creo que sí.

—Oh, vaya...

Y el juego siguió. Y también la lluvia. Pasado un rato:

—Jaque mate —murmuró el barón.

—¡No!

—No hay duda posible.

Su hijo consideró el tablero durante unos minutos, reprobatoriamente, y luego sacudió la hermosa cabeza y rió.

—Tenía que haberlo visto venir —dijo.

—Por supuesto, pero es que haces unos movimientos tan precipitados, hijo... Sacrificas tus piezas sin ningún propósito. Siempre es preferible pensar las cosas antes de hacerlas.

Gavin asentía con la cabeza sin escuchar realmente. Miró la cortina de lluvia que caía tras las ventanas, suspiró, y cambió la posición de las piezas en el tablero. Los tres sabuesos que yacían inquietos junto al hogar bostezaron y se estiraron, y luego volvieron a dejar caer las cabezas con sonoros golpes. Nadie iba a salir afuera.

—¡Si al menos dejase de llover! —exclamó el hijo del barón enfáticamente—. ¡No creo que haya más lluvia en el mundo!

—Hay mucha —le dijo el padre—. Recoge tu peón, hijo. Está justo al lado de tu pie. No, del izquierdo. Febrero es un buen mes para la lluvia y, a la larga, es lo mejor para la tierra Eres demasiado impaciente. Estás seco y caliente frente al fuego. Hay otros que no tienen tanta suerte.

—Ya pueden quedarse con mi parte de comodidad —murmuró Gavin—. Jaque!

—Pero has dejado a tu rey desprotegido —dijo sonriendo el barón—. Deshaz el movimiento y vuelve a pensarlo.

Los perros levantaron la cabeza al unísono, dirigiendo la mirada hacia la puerta. Gruñeron. Se oyó el sonido de una voz más allá del umbral.

—Señor, ¿puedo entrar?

—¿Quién eres para tener que pedir permiso? —gritó Gavin, antes de que su padre tuviera tiempo para hablar.

—Un pobre vendedor ambulante —contestó la voz.

—Es raro que un buhonero llegue hasta aquí por sí solo, sin nadie que le anuncie —comentó Gavin al barón—. ¿Cómo se las habrá arreglado para pasar delante de todo el mundo y llegar hasta tu habitación privada?

—Parece muy emprendedor —dijo el barón a media voz—. Ya que ha llegado tan lejos, dejémosle entrar.

—¡Entra, hombre! —gritó Gavin.

La puerta permaneció cerrada, y la voz en silencio.

Al cabo de un momento Gavin lanzó una exclamación de impaciencia, llegó de una zancada hasta la puerta y la abrió de par en par. El vendedor se introdujo en la habitación rápidamente. Dirigió a Gavin una ligera inclinación de cabeza.

—Gracias —dijo.

El joven retrocedió con la boca apretada.

—No he abierto la puerta para ti —dijo fríamente—. Simplemente, he venido a ver...

Su voz se apagó al ver la sonrisa del extraño.

—En ese caso, estaba en un error. Pensé que estabais mostrando cierta hospitalidad —dijo el vendedor—, obligada para el hijo de un noble.

Se inclinó nuevamente y se movió con rapidez antes de que Gavin tuviera tiempo de pensar en algo que contestar, y se plantó frente a la mesa a la que se sentaba el barón, quien miraba sonriente las piezas de ajedrez. Gavin frunció el entrecejo y se fue a atizar el fuego.

—Sé bienvenido —dijo el barón—, a pesar de tu brusca llegada. Habrías sido recibido con menos... sorpresa... de haber sido anunciado en la forma habitual.

—Mis disculpas, señor. —El hombre se inclinó—. Pero tengo tesoros para vender que sólo incumben al señor de la casa. No deseaba que me hicieran esperar largo rato en las cocinas. No soy un buhonero común, señor, ni mis mercancías son baratijas corrientes.

Bajo la resplandeciente luz del fuego, su apariencia parecía respaldar su afirmación. Era muy alto, y su cabello tenía el color del acero brillante. Era difícil analizar sus rasgos, ya que sus penetrantes ojos claros y la boca torcida atraían toda la atención del observador. Podía ser viejo, incluso muy viejo, o podía ser más joven de lo que representaba. Sus ropas eran harapientas y descoloridas, y de su hombro colgaba una bolsa de cuero, la cual se anudaba casi en el extremo con una correa escarlata, con la que jugueteó mientras terminaba de hablar.

—Lo mejor sería que nos dejaras ver tus mercancías —dijo el barón—, y que juzguemos nosotros mismos su valor.

Pero Gavin se mantenía cerca del fuego, malhumorado. Los sabuesos se apretaban a sus pies y, afectados ya fuese por la hostilidad de su amo hacia el extraño o bien por cierto instinto propio de los perros, miraban fija y constantemente al hombre, y emitían profundos gruñidos.

A pesar de la atmósfera un tanto desfavorable, el buhonero no pareció desconcertarse en absoluto. Desató la correa de la bolsa y obsequió al barón con una sonrisa torcida en la comisura de una dura boca mientras el hombre más viejo pestañeaba ligeramente ante aquel repentino vislumbre de humor satírico.

—Espero despertar vuestro interés, señor —dijo el forastero secamente.

Buscó a tientas en la bolsa de cuero y rápidamente sacó de ella varios objetos brillantes que colocó sobre la mesa, situándolos con cierto arte para que sus mejores cualidades resultaran atractivas. Algunos botones pequeños, de color dorado, con cabezas de leones grabadas, una hebilla, un broche, un peine de plata. Arqueó una ceja hacia el barón, que apenas parecía vagamente interesado. El vendedor metió la mano más profundamente en la bolsa. Sobre la mesa fueron apareciendo, por turno, un corte de seda brillante, roja y amarilla, una pequeña daga con piedras preciosas en la empuñadura, una caja de marfil, unos broches. Luego depositó con cuidado una bola de cristal, con algo alegremente coloreado que se movía en el centro. Sacó un silbato de ébano con una borla de plata, así como cintas y un par de guantes bordados.

—Bonitos —dijo el barón—, pero no tan fuera de lo corriente. Ya he visto todas estas cosas antes.

—Padre —dijo Gavin, que se había acercado un poco—, su basura estaría mejor en la cocina y en los establos que aquí. —Miró al buhonero con desprecio—. Te has colado en las habitaciones de mi padre porque querías sacar mejores precios a tu chatarra de lo que podrías pedirles a los sirvientes.

—No he mencionado precios, señor. —El vendedor volvió la brillante mirada hacia el joven—. Y éstas, señor, no son todas mis mercancías. Por otra parte, incluso éstas son adecuadas para uso de los nobles, señor. ¿Os gustaría comprarlas?

El barón tosió y dijo:

—Me quedaré con el silbato, y no vamos a discutir sobre su precio.

Sacó varias monedas de oro reluciente de la bolsa y las depositó en la extendida mano del hombre. El vendedor hizo una reverencia.

—Por supuesto, señor, nunca puede haber discusión cuando hay generosidad.

Colocó el silbato de ébano aparte, y tocó la daga con un largo dedo, mirando al barón inquisitivamente. Pero sólo consiguió que éste negara con la cabeza y riera con buen humor.

—No, no, amigo. Sólo el silbato. Vete a las cocinas que pareces despreciar y diles que te alimenten bien. ¡Quédate caliente en mi castillo hasta que decidas lidiar con el tiempo, o hasta que desplumes a mi gente y decidan echarte ellos mismos!

El barón hizo un gesto de despedida. Pero los extraños ojos del buhonero se habían vuelto hacia el joven, y fue a Gavin a quien habló a continuación.

—¿No hay nada que os interese entre todas estas mercancías? Esta seda, señor, podría valer para hacer un alegre jubón, y haría resaltar vuestro dorado cabello..

—¿Ese tejido barato? —dijo Gavin—. Se caerá a trozos al hacerlo. Has hablado de otras mercancías. Sin duda, más basura, más baratijas como éstas.

—Nada de eso —dijo el buhonero—. Son muy diferentes, por supuesto. Y no son baratas. Incluso son demasiado caras para vos, señor.

Se inclinó ligeramente y empezó a recoger su material de encima de la mesa, tomándolo cuidadosamente con los huesudos dedos.

—Enséñame el resto —dijo Gavin. El barón le puso una mano en la manga, pero Gavin lo ignoró y paseó alrededor de la mesa y del forastero—. Muéstramelo —pidió de nuevo.

—Pienso que lo mejor es que no lo haga.

—Lo que tú pienses no importa. Enséñame el resto de tus mercancías.

El hombre miró brevemente al barón, pero no llegó a mantener la mirada. Se encogió de hombros y se puso una mano en la pechera del andrajoso jubón. Con gran cuidado y aparente desgana, sacó a continuación una caja de madera. Era pequeña y fea, de madera de haya, garabateada toda ella con un burdo diseño y borrones de pintura negra. El buhonero la sujetó por los lados y delicadamente abrió la tapa.

—Mirad, pues —le dijo al hijo del barón—. Mirad, pero no lo toquéis.

Dentro de la caja había una seca hoja de haya. Encima de la hoja, un anillo. Era un opaco aro de metal con una piedra de color rojo y sin brillo montada en él.

—Magia —dijo el buhonero—. Poderosa y peligrosa, y de un precio prohibitivo.

Gavin miró el anillo. Miró al hombre. Titubeaba. Luego, desafiante, tocó la piedra roja con un dedo. El buhonero siseó entre dientes y apartó la caja ligeramente, haciendo un movimiento como para cerrar la tapa.

—Espera —dijo Gavin—. ¿Qué clase de magia hay en esa bagatela?

Lo sacó de la caja, rápido como el zarpazo de un gato, y se lo deslizó en el dedo meñique de la mano derecha. Luego lo frotó, le dio vueltas, y tiró de él.

—Parece que no quiere salir fácilmente —dijo, con cierto temblor en la voz.

—Señor, tendréis que hacerlo salir—dijo el buhonero, con mala cara—. Y, si fuese necesario, cortarlo... El precio es mucho más alto de lo que podéis pagar.

Gavin dejó de intentar calcular el valor de lo que llevaba en el dedo.

—Puede que desee comprarlo, amigo —dijo altivamente—. Dime qué poder encierra y cuál es el precio.

El hombre se encogió de hombros y pareció crecer, su demacrada cabeza sobresaliendo como una amenaza por encima del hijo del barón. Hablaba con una voz que salía del fondo de su garganta, dejando que cada palabra sonara como una advertencia.

—El propietario de este anillo puede conseguir cualquier deseo. Pero uno solo, después el anillo se desvanecerá para siempre.

El joven observó el feo anillo.

—¿Es eso posible? —resopló.

—Es cierto.

—¿Cuánto vale?

—Mucho, muchísimo. Devolvédmelo, señor, es muy arriesgado llevarlo, aunque sea tan sólo durante unos minutos.

Gavin le miró enfadado.

—Me quedaré con él —dijo—. Y sea lo que sea lo que pidas, se te pagará.

—¡No! ¡No! Devuélveselo, hijo—le dijo el barón.

—Quiero quedármelo.

—Un momento —dijo el buhonero—. Vais demasiado de prisa. No os habéis tomado tiempo suficiente para pensarlo.

—Pero...

—Dadme licencia...

Una huesuda y enorme mano se alzó para silenciar al hijo del barón, mientras la voz del buhonero se hacía aún más grave hasta resonar como una campana por la habitación.

—Hay una condición que debe exigirse, además de un precio que pagar. Podéis desear y desear hasta que os duela la lengua, pero vuestro deseo quedará sin realizar si durante el año pasado habéis dicho una mentira. El anillo no se desvanecerá. Seguirá en vuestra mano, pero sólo será un anillo de metal sin ningún valor, con un engarce de vidrio vulgar. Y el precio no podrá volverse a pagar. Devolved el anillo, joven señor. Y estad contento por haberos podido librar de él.

Gavin dio vueltas al anillo en la mano.

—Nunca he mentido —contestó—. Pagaré cualquier precio que pidas.

El hombre le miró fijamente y sus pálidos ojos brillaron más que nunca. La amplia y tosca boca se retorció en una sonrisa. El hombre se inclinó, haciendo una gran reverencia, y dijo:

—El precio es éste, señor: el anillo que lleváis en la otra mano y el color de vuestro cabello...

El barón alzó los puños y golpeó con ellos la mesa violentamente.

—¡Devuelve el anillo, Gavin!

—No —contestó el joven.

Respiró largamente y miró al buhonero con detenimiento.

—Cóbrate el precio —contestó.

—Oh, Gavin... —murmuró el barón—. ¿Cuándo aprenderás a razonar?

El buhonero hizo un gesto, extendiendo las pahuas de sus manos como si lamentase lo que no podía impedir. Luego levantó la mano izquierda de Gavin y le quitó un espléndido anillo en el que refulgían magníficas esmeraldas y, como sin darle importancia, se lo metió en la túnica a la altura del pecho. Después miró sombríamente al joven y le dijo:

—Agachad la cabeza.

Estiró un dedo y le tocó el brillante cabello dorado.

—Pagado —dijo.

Con la mirada perdida, se dirigió a su bolsa y, de su interior, sacó un pequeño espejo. Estaba hecho de acero y cristal, tenía alrededor serpientes labradas.

—Mirad, señor..., mirad el precio que habéis pagado. Y cuando os hayáis mirado, no podréis volver a hacerlo en ningún otro espejo, puesto que si lo hacéis, moriréis...

—Gavin... —dijo el barón con desesperación, y luego quedó mudo.

Su hijo se estaba mirando en el espejo que el buhonero le había ofrecido. Hubo un largo silencio. Gavin levantó la mano que llevaba el anillo y se tocó los cabellos sin vida, sin color, que caían en lúgubres mechones a ambos lados de su cara.

—Bueno, al menos tengo el anillo —dijo.

Luego se acercó al fuego y se quedó mirando sin ver las quejumbrosas llamas. Oyó que su padre decía algo. Oyó gruñir a los sabuesos. Y cuando miró a su alrededor, el buhonero se había ido.

El barón se pasó la mano por el mentón, mirando a su hijo pensativamente.

—Insistes en aprender por el peor camino —le dijo—, pero, querido Gavin, trata de pensar un poco ahora...

Su hijo pensó. Pasado un minuto más o menos, dijo:

—Podría desear que volviera el color a mis cabellos, pero sería perder una oportunidad. Me acostumbraré a como están ahora. Además, puedo conseguir cualquier cosa que exista en el mundo sólo con desearlo.

Se rió un poco. Dio vuelta al anillo en su mano. Pero el barón le miraba ceñudo, tabaleando con los dedos sobre la mesa y sacudiendo la cabeza.

—Puede que ahora aprendas a ser más prudente —dijo sin demasiadas esperanzas.

Llamó a un paje y le mandó averiguar qué estaba haciendo el buhonero en el castillo.

—Ha de ser vigilado—dijo el barón.

Pero el hombre se había ido; sin hacer ruido, sin ser visto, tal y como llegara, había salido a la interminable lluvia.

Gavin estuvo muy callado el resto del día, hasta que la lluvia aminoró y por último cesó al comienzo de la tarde. Luego, se puso una capa y fue a los establos, donde pidió que le ensillaran un caballo.

Galopó bajo los árboles goteantes, respirando con ansia el aire húmedo, con el anillo encantado colocado en el dedo. Salió hacia el oeste, hacia el sol, que estaba brillando sin que se le pudiera ver, adentrándose en el bosque por un sendero lleno de musgo encharcado. Se bajó del caballo y se sentó a escuchar el agua que goteaba de los árboles empapados y el murmullo de los cientos de arroyuelos que corrían entre sus raíces. Tenía el pelo totalmente pegado a la cabeza y, de pronto, tiritó.

—¡Odio la lluvia! —gritó en voz alta—. ¡Desearía que el sol brillase!

Había emprendido el regreso por el camino del bosque y estaba llegando con la noche cerrada a las primeras casas del pueblo, cuando supo lo que había ocurrido.

Su caballo se encabritó cuando el joven tiró de las riendas y se volvió para ver el camino por donde había cabalgado.

—Ya se ha puesto el sol y sigue lloviendo —murmuró Gavin—. El anillo sólo es un aro de metal sin ningún valor. El precio ha sido pagado. ¿Cuándo, pues, he dicho una mentira?

Silencioso, se dirigió a su habitación en el castillo y se tiró sobre la cama, encerrando la cabeza entre los brazos. Entró un paje para quitarle las botas manchadas de barro y Gavin se sentó, mirando al muchacho con sus enigmáticos ojos verdes.

—Que tú sepas, ¿he dicho alguna vez una mentira? He estado haciendo memoria una y otra vez y no recuerdo ninguna.

—No, señor, que yo sepa no —dijo el paje, con convencimiento.

Le dio a su amo un par de zapatos y se fue, y comentó el incidente con uno de los pajes del barón. Más tarde, el paje se lo contó al barón, y el barón se dirigió a la habitación de su hijo.

—¿Cuándo he mentido? —preguntó Gavin.

El barón sonrió y le dijo, muy suavemente:

—De una cosa tan insignificante difícilmente podrías acordarte, pero la otra noche estabas harto de perder al ajedrez una y otra vez y dejaste de jugar pretextando un dolor de cabeza. ¿Realmente te dolía la cabeza?

Su hijo permaneció silencioso.

—No te lo reprocho en absoluto —dijo el barón, tocándole el hombro—. Ni ha sido un gran daño, ni ha sido motivo de disgusto.

 Al día siguiente la lluvia caía con más intensidad que nunca, pero el barón se puso una capa de pieles y bajó al pueblo para charlar con algunos de sus súbditos sobre el estado de los tejados.

Gavin estaba solo en el vestíbulo del castillo con los sabuesos. Estaba recostado sobre ellos, como si fueran almohadones, cuando apareció el buhonero.

—Señor, soy vuestro siervo, señor —dijo el hombre.

Gavin levantó la asustada cara y vio los ojos pálidos fijos en su mano derecha. Quitó la mano del alcance de la vista y se la puso a la espalda.

—El anillo se ha desvanecido —dijo el buhonero, con voz aterradora—. Eso quiere decir que habéis conseguido vuestro deseo...

Hizo una reverencia.

Pero Gavin se ruborizó y escondió el rostro.

—Me lo quité —dijo—. Vete. No tienes permiso para venir aquí.

El hombre sonrió, observándole con ojos enigmáticos. Cuando habló, había una nota profunda en su voz, suave pero, de cualquier forma, siniestra.

—Ved, señor. Os previne. Es muy peligroso mezclarse con la magia. ¡Por suerte no habéis visto ninguno de mis otros tesoros especiales, señor!

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta. Pero por encima del hombro vio el gesto interesado de la hermosa cabeza que estaba recostada entre los perros. Gavin se sentó.

—Vuelve aquí —dijo cortante.

Al ver que el hombre se volvía, dubitativo, le apremió:

—Enséñame tus tesoros...

—¡Ah, no seáis imprudente, señor!

—Insisto.

El hombre suspiró. Meneó con desaprobación la macilenta cabeza.

—Vuestro noble padre no lo aprobaría —dijo—. Pero si insistís, ¿quién soy yo para contradeciros?

Se metió la mugrienta mano en la pechera de la túnica y sacó una pequeña y oscura bola de madera.

—Así pues, mirad, señor —dijo—. De hecho, si una vez desafiasteis a la magia cara a cara, supongo que podréis osar hacerlo de nuevo, y a lo mejor conseguís recuperar vuestras pérdidas, señor.

—¿Qué es? —preguntó Gavin.

El buhonero se acercó a él y se detuvo para mostrarle cómo desenroscaba la bola, que quedó dividida en dos mitades, una en cada una de sus manos. Gavin miró su demacrado rostro, de expresión apremiante, y luego el contenido de la bola hueca.

En cada mitad había una hoja seca de roble, en cada hoja un pendiente de metal, y cada pendiente tenía un cristal incrustado.

—No llevo tales ornamentos —dijo Gavin—. Ni me gustan.

—La gran magia pocas veces se presenta como nos gusta —comentó el buhonero suavemente—. Y veo que tenéis los lóbulos de las orejas perforados, como es costumbre entre los jóvenes nobles.

—Aunque así sea, yo...

—En cada uno de éstos hay un deseo, señor. Con estos dos deseos podéis recuperar el esplendor de vuestro brillante cabello y obtener todo cuanto deseéis en el mundo.

Gavin apartó a los sabuesos y tomó las dos mitades de la bola de madera. Eran toscas y estaban sucias, y le producían un intenso desagrado, pero dijo:

—¿Cuál es su precio?

—El anillo de vuestra mano izquierda y el color de vuestros ojos.

Gavin aguantó la respiración y dijo entre dientes:

—Tómalos.

El buhonero levantó la mano en señal de desaprobación. Su boca esbozó una turbia sonrisa, y había cierto destello en sus ojos que podía interpretarse como de triunfo, o burla, o ambas cosas. Dijo:

—¡Señor, señor, no tan de prisa! Hay una condición.

—¿Cuál?

—Si habéis robado algo en los últimos cinco años, no obtendréis los deseos. Los pendientes no serán nada más que vil metal con trozos de cristal. Y ya habréis pagado su precio.

—De buen grado —dijo Gavin. Volvió sobre sus pasos y añadió con voz ruda y desafiante—: Buhonero, toma tu precio y vete. ¡Podré ser cualquier cosa, pero no soy un ladrón!

El hombre hizo una reverencia, tomó la mano izquierda de Gavin y sacó el anillo cuajado de espléndidos zafiros. Lo guardó en su pecho con cuidado, dentro de la túnica; luego se quedó quieto por un momento, mirando fijamente a los ojos del hijo del barón. Alargó las huesudas manos y con ellas cubrió los ojos de Gavin, quien los cerró al sentir el contacto, que fue muy breve.

El buhonero se retiró e hizo una reverencia.

—Pagado —dijo.

Gavin ni siquiera le miró. Se sentó en el suelo, a ras de tierra, con las manos en las rodillas y las dos mitades de la bola de madera apoyadas ligeramente en sus palmas.

—Señor..., tenéis que miraros, señor, y ser testigo de que habéis pagado.

Gavin levantó la cabeza y vio el espejo de cristal que el hombre le acercaba. Vio las serpientes metálicas enroscadas en el marco. Vio su cabello muerto, que le caía alrededor de la cara, enmarcando sus ojos descoloridos.

Se volvió. Y ni siquiera oyó cuándo se fue el buhonero, aunque los sabuesos se tensaron, su pelo se erizó y gruñeron.

 «Sea como fuere —se dijo el hijo del barón—, tengo las joyas mágicas.»

Se había repuesto ligeramente del peso que había caído sobre su alma. Se levantó y recordó que no debía volver a mirarse en ningún espejo, y llamó a su paje.

Los pendientes no eran cómodos de llevar. Eran muy ligeros y le arañaban la piel. El paje de Gavin no hizo ningún ademán para ocultar su desaprobación, y al ser despedido, salió dispuesto a criticar abiertamente la falta de gusto y la nueva afectación de su amo.

Pero Gavin no se había dado cuenta de la molestia de los pendientes, ni del desdén de su paje. Estaba pensando.

«Tendré que tener más cuidado —se dijo—. Pediré los dos deseos aquí y ahora, y así no me veré sorprendido por un deseo que no haya solicitado.»

Se sentó y apoyó la barbilla en la mano.

«Puedo aguantarme con el pelo como está —meditó—. Pero odio los ojos con ese color desvaído, siempre tristes. Así que pediré el precio que he pagado. ¿Y para mi segundo deseo?»

Consideró el asunto durante algún tiempo. La fría lluvia azotaba las ventanas, húmeda furia que finalmente acabó por distraerle de sus profundos pensamientos. Miró por la habitación y tiritó. Respiró profundamente.

—Deseo..., éstos son mis dos deseos... —dijo en voz alta—. Mis ojos tendrán su color de nuevo y dejará de llover para siempre.

—Mi queridísimo hijo —le interpeló su padre desde la puerta—. ¡Qué suerte tenemos de que no seas mago!

Quedó sorprendido. Su hijo había corrido hacia la ventana, la había abierto bruscamente y miraba con fijeza la intensa lluvia, que rebotaba en el alféizar, salpicándole el afligido rostro.

—¿Qué pasa, hijo? ¿Qué ocurre?

—¿Qué he robado yo en mi vida?

—Ah...

Hubo una ligera pausa. El barón miró los pendientes de bisutería y la aturdida expresión de su hijo, y luego dijo pausadamente:

—¿Es eso? Bueno, nunca te lo he reprochado, hijo, pero la primavera pasada cogiste la primera rosa blanca del rosal que tu madre plantó. La rosa que yo tanto había esperado y deseado. No tenías intención de robarme, me consta, pero lo hiciste por puro atolondramiento. Ahora debes explicarme qué es lo que has estado haciendo y lo que ha hecho ese hombre. Estoy seguro de que ni ha sido un gran daño, ni ha sido motivo de disgusto.

Más tarde, aquella misma noche, cuando su hijo se hubo ido a la cama, el barón llamó a un sirviente y le dio cuidadosas instrucciones. Luego, se sentó ante el fuego durante un buen rato, solo. Su semblante era grave y severo, pero tenía un destello de diversión en los ojos.

—Si ese que se llama a sí mismo buhonero osa volver por aquí —dijo—, se las verá conmigo.

 Pero el buhonero no regresó al castillo.

A la noche siguiente, al salir la luna, salió de entre los árboles del bosque y le hizo una reverencia al hijo del barón cuando éste pasó a caballo por allí.

Gavin estaba mojado y con frío, con la capa empapada y el cabello sin cubrir chorreándole agua sobre los hombros. Su caballo se espantó del buhonero al sentir que su jinete daba un respingo.

—Señor, ¿por qué no lleváis los pendientes? —dijo el buhonero—. ¿Se satisficieron vuestros deseos?

Gavin pico espuelas para seguir adelante. Pero el hombre dio una zancada, asió las riendas con las mojadas manos y sujetó al animal, obligándole a permanecer quieto.

—¡Esperad! ¡Esperad! —dijo—. ¿Acaso os he dado alguna razón para que me temáis?

—¿Temerte?

El hijo del barón se echó hacia atrás el cabello y se quedó mirándole enfadado. El hombre también le observaba a través de la lluvia,

—Oh, cuan estúpido soy, señor..., por supuesto que no tenéis miedo. De modo que me contaréis cómo os fue con vuestros deseos, ¿no es así?

Gavin le miró en silencio. Durante unos minutos, ninguno de los dos hombres se movió. Entonces el buhonero suspiró, y su boca se torció hacia un lado.

—¡Bien, bien! —dijo—. Hice mal en enseñaros mis mercancías menos valiosas. ¡Hubierais hecho mejor comprando una de aquellas pequeñas y bellas cosas que llamasteis baratijas! Os diré adiós. Tenía intención de enseñaros otra cosa, pero no lo haré. Ya habéis perdido mucho. Y vuestras pérdidas demuestran algo, ¿debemos llamarlas debilidades?, a quienes conocen los términos de lo mágico.

Aquella declaración incitó a Gavin a hablar.

—¡Las faltas fueron sin intención! ¡Sin pensar! ¡Basta ya!

El hombre le hizo una reverencia.

—Por supuesto —dijo con un ronroneo—. Y estoy más que contento por saber que no sois ni un ladrón ni un mentiroso.

Gavin clavó las espuelas en los costados del caballo, pero la mano del hombre aún sujetaba las riendas. Sin esfuerzo aparente, contenía a la fuerte bestia, haciéndola permanecer inmóvil. El hijo del barón se ladeó en la silla y con la empuñadura del látigo golpeó los enjutos y sucios dedos.

El caballo se encabritó y se cruzó en el estrecho camino, mientras el buhonero se reía de Gavin, brillándole los dientes en medio de la suciedad de su demacrado rostro.

—¡Oh, bravo! —dijo—. Sois tan valiente, señor, que os voy a enseñar el último de mis tesoros. Con vuestro gran coraje, podréis recuperar todo lo que habéis perdido, y mucho más. Señor, mirad, señor.

Introdujo la mano entre los pliegues de la túnica y sacó, de algún escondido bolsillo a la altura del pecho, un rudo cilindro de madera de pino. Lo tomó con delicadeza, como si se tratase de algo precioso.

—¿Qué es? —dijo el hijo del barón pomposamente, en contra de su buen juicio—. ¿Qué contiene?

—Temo que debo pediros que desmontéis, señor. Esto es demasiado frágil para verse a lomos de un caballo.

Gavin miró a su alrededor, a los húmedos árboles, al anegado camino, a la brillante luna, y se deslizó de la silla. El buhonero se enroscó las riendas alrededor de la muñeca y le dio a Gavin el cilindro de madera.

Tocarlo no fue agradable. La madera estaba algo enmohecida y olía a humedad. El buhonero sonrió con su retorcida sonrisa y dijo:

—Es más seguro, señor, disfrazar el valor de estas cosas con un aspecto poco atractivo. El hombre sabio siempre espera a ver lo que hay dentro...

El buhonero alargó una mano, levantó el cierre redondo del cilindro y puso al descubierto su interior, lleno de agujas secas de pino entre las que se adivinaba un objeto de metal opaco. Por unos momentos, ninguno de los dos hizo nada. Luego, Gavin respiró profundamente y sacó del cilindro un collar de planos, delgados y toscamente labrados discos coloreados, en todos los cuales se engarzaba una pequeña piedra marrón, como un guijarro. Era una cosa barata, sin gusto y horripilante.

—Si lleváis esto —dijo el buhonero, con voz terrorífica—, todos los hechizos que hayan tenido lugar tanto en vuestro cuerpo como en vuestra alma se desvanecerán, y podréis desear el verdadero deseo de vuestro corazón...

Gavin lo miró fijamente y lo rechazó. Todos sus instintos le decían que volviese a ponerlo en su sitio rápidamente y que no tuviera nada que ver con ello nunca más. Seguramente lo habría devuelto, pero la solícita voz del hombre le incitaba a no hacerlo.

—... No lo tengáis demasiado tiempo en las manos, señor. Devolvédmelo. ¡Veo vuestra repulsa, vuestro miedo ante tan gran brujería! Y estáis en lo cierto, señor, en tener miedo. El precio es terrible, demasiado elevado incluso para vos. Devolvédmelo, señor, y seguid vuestro camino. No me volveréis a ver. Abandono vuestras tierras. Dejad que conmigo se vaya mi magia; de ese modo no correréis el riesgo de veros aún más desdichado de lo que ya sois, señor.

En la palma abierta de la mano de Gavin, el collar depositado no incitaba a la codicia, ni brillaba, ni reflejaba maldad. Y su mano tembló.

—¿Cuál es la condición? —preguntó.

—No haber sido el causante de la muerte de ningún ser humano.

Un silencio profundo.

—¿Y el precio?

Otro silencio. El collar permanecía frío y sin valor en las manos del joven, y pensó en el olor de antigua perversidad que desprendía aquel objeto.

—Si estuviera aquí vuestro padre, señor, os pediría que os detuvieseis y lo consideraseis —dijo el buhonero, muy amablemente.

La expresión de sus ojos hizo que Gavin vacilase por un momento. Después dijo:

—Pagaré el precio que pides, sea cual sea. Dime lo que es.

El hombre le hizo una reverencia,

—El anillo de vuestra mano izquierda y la belleza de vuestro rostro.

Gavin parpadeó. Luego asintió con la cabeza.

El caballo agitó las crines con un salvaje y difícil movimiento que hizo tintinear todo el arnés. El buhonero tomó el collar de manos de Gavin y, al mismo tiempo, le quitó el anillo, que brillaba luciendo toda la esplendidez de un magnífico diamante. Se lo guardó en el bolsillo de la túnica, a la altura del pecho, y le puso el collar por la cabeza al hijo del barón. Luego alargó un huesudo dedo y lo pasó por la cara de Gavin, con un movimiento vertical de la frente al mentón y a la inversa. Sonrió con su torcida y amarga sonrisa.

—Pagado —dijo.

Y se sacó el espejo metálico del bolsillo.

Gavin tiró al suelo el cilindro de madera de pino y juntó las manos fuertemente.

—Todos estos hechizos desaparecerán, pues sé positivamente que nunca he matado a nadie.

Apretó los dientes y miró para verse en el espejo de enroscadas serpientes: vio su descolorido y húmedo cabello, sus tristes y mortecinos ojos, y su cara arruinada. Se dio la vuelta. Con voz baja y temblorosa, dijo:

—No entiendo nada.

—Pagado —repitió el buhonero—. Hecho y terminado. —Dejó de sonreír y miró al caballo, cuyas riendas aún permanecían arrolladas a su muñeca y, luego, volvió la siniestra cabeza hacia el hijo del barón—. Tenía intención de tomar este caballo —dijo—. Pero he cambiado de idea. Cabalgad de regreso al castillo. Y, señor, pedid consejo a vuestro buen padre. Ya no volveréis a verme.

Rodeó el caballo y le tendió la mano a Gavin para ayudarle a montar, pues el joven parecía aturdido y apático. Le puso las riendas entre los dedos, dio un paso atrás y le hizo una reverencia. Luego, siguió retrocediendo hacia la oscuridad del goteante bosque. Alzó la desgarrada túnica, cerrándosela alrededor de la garganta. Por un momento, pareció un vulgar y viejo mendigo de los que rondan por los caminos. Pero después se irguió cuan alto era; sus pálidos ojos brillaron en su rostro sin edad, nada en él era vulgar.

—Señor—dijo—, casi lo lamento, señor.

Y se alejó por entre los árboles.

El barón levantó la mirada del tablero de ajedrez, en el que estaba estudiando algún problema.

—Has entrado muy silenciosamente, hijo.

—Padre, ¿a quién he podido yo matar?

El barón habló dos veces, con una gran pausa entre ambas.

—Hijo... —dijo. Y al cabo de un momento—: Cuando naciste, perdí a mi esposa.

—Nunca pensé en ello...

—Nunca te lo reproché, hijo.

Gavin cruzó lentamente la habitación hasta el lugar donde un gran espejo colgaba entre las sombras de los tapices que había sobre las paredes. Permaneció frente a él con la cabeza gacha.

—No debo mirarme en un espejo —dijo—, so pena de morir instantáneamente. —El barón comenzó a decir algo, pero se calló y observó a su hijo en silencio—. Me parece que hay algo oculto detrás de todo lo que se ha dicho y hecho, algo que no acabo de entender. Quizás encuentre aquí la solución.

Levantó la cabeza y miró su imagen reflejada.

Tras una pausa, dijo:

—Las sombras son profundas. Es difícil ver con claridad, pero me veo como siempre he sido. No ha habido cambio alguno. Y no he muerto.

Se volvió hacia su padre y vio que el barón no se había movido, que ni siquiera había levantado un dedo para disuadirle de lo que acababa de hacer. Gavin ladeó la cabeza ligeramente, y en sus ojos brilló una mirada de total desconcierto.

—No has cambiado ni una pizca —dijo su padre—. Y no hay razón alguna para que mueras, al menos por ahora. Ven aquí, Gavin, mi pobre, imprudente y querido hijo, y escúchame de una vez por todas.

Gavin se acercó a la alfombra de piel que había a los pies de su padre.

—Me ha dolido mucho, hijo, verte tan afligido. Pero no he querido intervenir, pues esperaba que pudieras pensar un rato y darte cuenta por ti mismo de lo que te estaban haciendo.

Tocó el collar de quincalla que su hijo llevaba al cuello, con gesto de disgusto.

—Habíame de esto —dijo—. Echaré a ese buhonero de mis tierras. Ha hecho su juego con demasiada frecuencia.

—Ya se ha ido —contestó el joven.

—Tanto mejor. ¡Cruel e implacable granuja!

Gavin le contó la última compra que había hecho, y todo lo que había sido dicho y hecho en el húmedo bosque. Habló al principio con voz vacilante y concluyó con una prisa repentina.

—Esas feas joyas, esos encantamientos..., las condiciones que no podía cumplir... ¿Padre, tiene esto algún sentido para ti?

El barón asintió.

—Sí, Gavin. No han existido joyas encantadas, sólo bagatelas sin valor. No ha caído sobre ti hechizo alguno, sólo palabras. Te prohibió mirarte en un espejo para que no lo descubrieras por ti mismo. ¡Que el cielo le perdone! ¡Las únicas cosas mágicas que tenía eran su propia astucia y el espejo que llevaba en el bolso!

Se hizo un largo silencio.

—¿Por qué? —preguntó finalmente Gavin.

Uno de los sabuesos gimoteó al percibir el tono de la voz de su joven amo, y el barón los apaciguó a ambos con su gentileza. Luego dijo:

—Te tiraste de cabeza en las trampas que tendió para ti, mi querido hijo.

—¿Y qué ganaba él con ello?

El barón rió brevemente.

—¡Vaya! —dijo—. ¡Pues ha ganado tres anillos dignos del rescate de un príncipe! Mi silbato fue mejor negocio, y eso que pagué por él unas pocas piezas de oro. Es un viejo truco que ya se ha utilizado otras veces. Pero ni ha sido un gran daño, ni ha sido motivo de disgusto.