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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 2)

 II

—¿Quién es el coronel Desborough? —preguntó lady Chalvington, tomando la tarjeta que acababan de entregarle y examinándola con sus anteojos de oro—. ¿Lo conozco?

—Non lo so, Excellenza. Es cierto que primero preguntó por el señor, y après pour Madame.

El hombre que contestó con este galimatías era un personaje muy relevante en el séquito de nuestra dama. Ella a veces lo calificaba como su homme d’affaires, otras como su maggiordomo. Era un individuo de tez oscura y aire extranjero, con el pelo negro muy brillante y bastante largo, bigote negro, ojillos inquietos y nariz aguileña. Iba muy bien vestido de traje negro, y exhibía una rutilante leontina, además de numerosos anillos en unos dedos largos y huesudos. 

Jamás hablaba en una única lengua correctamente; más bien recurría a las primeras palabras que se le pasaban por la mente y sin atender nunca a las normas gramaticales. Al contestar a lady Chalvington, la miró directamente a los ojos, y ella le devolvió la mirada, aunque con expresión interrogante.

—¿Te resulta familiar el apellido, Mary? —preguntó, dirigiéndose a su hijastra.

La señorita Chalvington levantó la vista de su labor de bordado y se quedó pensativa unos instantes.

—Me parece que sí. Guardo un vago recuerdo de un tal coronel Desborough que vino a pasar unos días con nosotros en Methwold cuando yo era pequeña —dijo—. Se portó muy bien conmigo.

—¿Crees que debería recibirle, o no? Sí; hágale subir, Texere.

El intérprete hizo una pronunciada reverencia, abandonó la sala y al cabo de un minuto anunció al coronel Desborough y lo hizo pasar a la sala. Su aspecto había mejorado considerablemente después del viaje, pero todavía conservaba un rictus de ansiedad en el rostro. Sin embargo, no había visto nada que lo alterase durante la travesía, y por lo tanto había dormido bien. 

El descanso, combinado con el aire del mar, lo habían restablecido. Tan pronto entró en la estancia, lady Chalvington pensó que jamás había visto un hombre tan atractivo. Él, por su parte, quedó apabullado por el soberbio aspecto de la dama, que se adelantó a saludarlo.

Aparentaba unos veintisiete años; una mujer hermosa, de belleza selvática, si es que podía describirse así; en su cara, los enormes ojos negros, con largas pestañas, aparecían acentuados por unas cejas negras muy marcadas; la tez era de una delicada textura y de un tono aceitunado muy pálido; la nariz, de orificios redondeados, parecía más bien africana; la boca de labios carnosos la llevaba pintada de exquisito carmín. 

Era de estatura mediana, con un cuerpo robusto, bien proporcionado. El vestido era de terciopelo carmesí ribeteado de encaje amarillo antiguo; llevaba su ondulado pelo negro recogido en la coronilla y unos diamantes lanzaban destellos en sus orejas.

—Gracias por recibirme, lady Chalvington —dijo el coronel—. Soy amigo de juventud de sir Henry, acabo de llegar de la India. Pasé por su residencia de Brook Street y me enteré de que estaba usted aquí, en Brighton. Me dicen que sir Henry está en el extranjero, aquejado de problemas de salud. No será nada serio, ¿verdad?

—¡Ah! —suspiró la dama que, con un pequeño gesto de una mano blanquísima y repleta de joyas, lo invitó a sentarse en un sofá mientras ella misma tomaba asiento, con estudiada elegancia, en una silla que había al lado—. Está muy delicado de salud, le cuesta respirar en los inviernos fríos. Inglaterra es demasiado neblinosa y húmeda para él.

—Vaya, cuánto lo siento. Y ¿regresará para primavera?

—Me temo que permanecerá ausente durante un periodo indefinido de tiempo.

—¡No me diga! —contestó el coronel asombrado—. Pero, y disculpe la pregunta, ¿cómo es que no está usted con él?

—Ese ha sido su deseo, puesto que de hacerlo no podría yo atender mis compromisos sociales.

—¿Me dará usted su dirección? Me gustaría escribirle una carta.

—Yo se la remitiré encantada en su nombre. Lo hacemos así con toda la correspondencia por deseo expreso de sir Henry.

El rostro del coronel adoptó una expresión de inusitada sorpresa. Desvió casualmente la mirada hacia la joven que estaba sentada al fondo de la estancia, detrás de lady Chalvington, y vio que esta lo miraba y negaba con la cabeza. 

Al ver que sus ojos permanecían repentinamente fijos en algún objeto, lady Chalvington se dio la vuelta de golpe, aunque solo para hallar a su hijastra diligentemente ocupada en su labor.

El coronel Desborough supo aprovechar la ocasión y, levantándose con la mano tendida, avanzó hacia la hija de su amigo.

—¿Es posible que esta sea la pequeña Mary? —dijo.

—Ya no tan pequeña —contestó la señorita Chalvington con una dulce sonrisa, al mismo tiempo que dejaba reposar una mano pequeña y fina sobre la de él—. Pero sí que se acuerda del coronel Desborough, y de cómo solía ponerse a gatas y rugir, imitando a un león, para hacerla reír.

—Eso fue cuando era joven, hace quince años —dijo él—. Tú eras apenas una niña. Digo yo que rondarías los cuatro años.

—Ahora tengo diecinueve.

—¿Escribirás pronto a tu padre? —preguntó él.

La muchacha alzó la vista y lo miró de hito en hito con unos ojos grises muy serios. ¿Qué sentimiento anidaba en ellos? ¿Era súplica?, ¿temor?, ¿duda? Aquella mirada lo desconcertó.

—Eso espero —dijo ella lanzando una mirada furibunda a su madrastra.

Él retuvo la mano de la muchacha en la suya y escudriñó aquel rostro tan pálido y desmejorado. Un leve rubor se asomó a sus mejillas. Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. El coronel se sintió consternado y se atrevió a apretar aquella pequeña mano tan frágil que descansaba con absoluta confianza en la suya. Ante esta señal de amistad, ella regresó rápidamente a su silla y enterró la cara en su pañuelo, sollozando con gran pesar.

—Márchate a tu habitación, ¡ahora! —exclamó lady Chalvington, acercándose a ellos—. Deberías avergonzarte, ¡una jovencita de tu edad comportándose como una niña malcriada!

Mary se levantó apresuradamente y abandonó la estancia sin mediar palabra, enjugándose aún los ojos con el pañuelo. Desborough observó con interés cómo salía. Reparó en que era una chica muy alta y delgada, que caminaba muy erguida y que tenía el pelo rubio, el cual llevaba recogido en un moño en la parte posterior de una cabeza de rasgos clásicos. Llevaba un vestido gris, bastante sencillo, modesto como el de una cuáquera, lo que contrastaba de manera llamativa con el fastuoso atuendo de su madrastra.

—Parece una muchacha muy delicada —dijo él.

—Mary no es delicada. Lo aparenta por esa tez tan blanca que tiene, pero es arisca por naturaleza —replicó lady Chalvington ostensiblemente irritada por la escena que acababa de desarrollarse.

—Cuando escriba a sir Henry, menciónele mi nombre y dígale que quisiera verle cuanto antes.

—Así lo haré —contestó la dama, acercándose a la campanilla.

Consciente de que había demorado su visita hasta donde permitía la etiqueta, el coronel se retiró. En el vestíbulo encontró un lacayo y a Texere.

—¿Cuál es la dirección de sir Henry? —le preguntó abruptamente a este último, que lo saludó con una pronunciada reverencia.

—Entschuldigen Sie, mein Herr; in verità non posso; je ne sais pas, Monsieur.

—¿Cuánto tiempo lleva enfermo sir Henry?

—Depuis quand est-il malade… tres años. Tiene tisis.

—¿Quién se encarga de su correspondencia?

—La señora.

—¿Quién maneja sus asuntos?

—La señora.

El coronel se marchó.

—¿Qué he conseguido? —se preguntó tan pronto como se encontró en la acera de Eastern Terrace, nada más salir—. Nada. ¿Qué sucede ahí dentro? ¿De dónde se sacó a esa esposa que se maquilla la cara y los labios, y se oscurece todavía más sus ya negrísimos ojos? ¡Y esa pobre niña! ¡Con qué ojos tan implorantes me ha mirado! Hay algo en esa casa que no me acaba de encajar. Bueno, este viaje a Brighton ha resultado infructuoso. Iré a la finca familiar en Norfolk y hablaré con el administrador.

El coronel Desborough era un hombre de acción. Aquella misma noche ya estaba de regreso en Londres y tan solo un par de días después se encontraba en Norwich, desde donde partió sin demora hacia Methwold, sede de la Baronía de sir Henry Chalvington. 

A finales de noviembre el paisaje ya resultaba lo suficientemente deprimente, y el cometido al que se había encomendado le pesaba en el ánimo. ¿Dónde estaba su amigo? Sin pensárselo puso rumbo a la casa del administrador de la finca, la que recordaba situada a la entrada del parque. Por fortuna, lo encontró en casa, pero el hombre al que él buscaba había fallecido hacía mucho tiempo. El actual administrador era otro y más joven.

—Recibimos cartas de sir Henry de vez en cuando —le informó este respondiendo a las preguntas del coronel—, y siempre por medio de la señora, que es una avezada mujer de negocios. Los cheques llegan con regularidad. Pero en lo que se refiere al paradero de sir Henry, nadie lo conoce; las cartas no llevan remite alguno. El señor desea mantener en secreto su lugar de residencia.

—¿Y no le parece eso muy extraño?

—Así nos lo parece a todos por aquí, pero ¿qué le vamos a hacer?

—Hábleme de lady Chalvington —dijo el coronel—, ¿quién es exactamente? ¿A qué se dedica? Yo conocí a su primera esposa…

—Sobre quién es la dama, solo puedo decirle que era condesa de Acluna; viuda, medio extranjera y de origen sudamericano, que yo sepa. Sir Henry se casó con ella hace tres o cuatro años, en París. Es una mujer de una elegancia exquisita. Y en cuanto a qué se dedica, puedo asegurarle que da las mejores fiestas de Londres, y que sin duda es la mujer de moda.

—Pero ¿realmente asiste la gente a sus recepciones?

—Suplican para conseguir una invitación. Pero yo sé que a sir Henry no le gustaba estar en compañía. Hay quien piensa que esa es la razón por la que prefiere vivir retirado en el extranjero.

—¿Y qué me dice de la señorita Chalvington? —preguntó Desborough.

—Ella y la señora no se llevan demasiado bien. A la señorita Chalvington le encanta alojarse aquí. La señora, sin embargo, detesta la campiña.

El coronel Desborough lo miró con el semblante muy serio.

—¿Cuánto hace que sir Henry se marchó de Inglaterra?

—Ocho meses. La señora y él viajaron juntos a Engadine, y parece ser que el señor no consideró conveniente regresar. ¿Le gustaría pasarse por la casa, señor?

—Sí, me encantaría volver a echarle un vistazo a esas viejas habitaciones. Pero recuerdo a la perfección un atajo hasta allí a través del parque. No hace falta que se moleste en acompañarme.

Methwold era un viejo caserón isabelino rodeado de árboles y más allá de cuyo parque se extendía una zona boscosa. Era el elemento central de una extensa propiedad. ¡Y qué familiar le resultaba! El ama de llaves recibió al coronel con sumo placer y le enseñó la mansión. 

¡Qué bien la recordaba! Y, sin embargo, se le antojó más oscura y pequeña que cuando era joven. ¿Qué había sido de aquellos dos muchachos vehementes que corrían por sus pasillos? ¿Qué de los dos cadetes recién licenciados en Sandhurst? ¡Ay! Uno de ellos era ahora un hombre serio tostado por el sol de la India y el otro…, ¿dónde estaba el otro?

El coronel entró por último a la galería de retratos, que ocupaba un ala que corría todo a lo largo del edificio. Colgada en la pared estaba la imagen de sir Henry cuando era un agraciado niño de siete años, pintada por Harlstone. Y también otro retrato suyo, ya de joven y vestido de uniforme, obra de Richmond. 

Entristecido por los recuerdos del pasado, Desborough les dio la espalda y, al punto, quedó paralizado. Su amigo estaba allí de pie, a unos pasos de donde él se encontraba. Lo vio con absoluta claridad, parecía muy serio y entristecido, y en el pelo se le adivinaban ya algunas canas. Esta vez la impresión fue demasiado fuerte para el coronel, que se dejó caer en un sillón, completamente superado por la escena.

—Usted no está bien, señor —exclamó el ama de llaves—. Ver este viejo lugar otra vez le ha afectado.

Se marchó a toda prisa y regresó con un poco de agua y una pequeña licorera de brandy. Una vez recompuesto, el coronel no se marchó de Methwold sin someter antes al ama de llaves a un breve interrogatorio.

—No, sir Henry no estaba fuerte… tenía algo del corazón —dijo—. Había abandonado la caza y le molestaba recibir tantas visitas, que era lo que más le gustaba a mi señora, puesto que cantaba de maravilla y actuaba en pequeñas obras de teatro particulares. El mes de marzo pasado dejaron aquí a la señorita Chalvington y viajaron al continente. 

Ella regresó sola, con ese intérprete suyo, que aquí no cayó nada bien; es más, el señor Groves, nuestro mayordomo, se despidió al instante. ¿Me pregunta qué aspecto tenía el amo cuando se marchó, señor? Pues, le diré que aparentaba más edad de la que tenía, estaba flaquísimo y, ¡caramba!, el pelo se le había cubierto todo de canas.

Oído esto, el coronel Desborough se despidió. ¿Qué podía hacer? Regresar a Londres. Esta vez para visitar al abogado de la familia en su despacho de Bedford Row.

A la mañana siguiente se presentó en el despacho de dicho caballero. Sí, el señor Bruce lo recibiría cinco minutos, si se trataba de un asunto privado.

—Muy señor mío —dijo el abogado—, sé tanto sobre el paradero de sir Henry Chalvington como usted. Supongo que esta rara ventolera de ocultarse no es más que una excentricidad. Y yo acepto las cosas como me vienen dadas. Remito las cuentas a lady Chalvington, y ella, a su vez, me hace llegar las minutas y los cheques de sir Henry debidamente firmados por él. Está todo perfectamente correcto, pero aun así ¡desearía que regresara a casa!

—Debo tener noticias directas de él y las tendré —dijo el coronel—; para mí es de extrema importancia. Pienso ofrecer una recompensa a cambio de cualquier información acerca de su paradero actual o a quien pueda darme noticias suyas.

—Vamos, vamos, señor mío, ¿sinceramente cree necesario llegar a esos extremos? Espere y ya verá cómo sir Henry sale de su escondrijo por voluntad propia.

—No puedo esperar. Ofreceré una recompensa de quinientas libras.

Antes de llevar a efecto su propósito, se trasladó rápidamente a Brighton una vez más con la esperanza de entrevistarse de nuevo con lady Chalvington, pero en esta ocasión le fue denegado el acceso, ya que la dama se encontraba atendiendo otro compromiso.

Y a la señorita Chalvington, ¿podía verla a ella? No, la joven no recibía visitas. Pero el coronel no se dio por vencido. Ya avanzada la tarde volvió a presentarse en la casa de Eastern Terrace. Esta vez lady Chalvington había salido, cosa que era verdad.

Escribió un breve mensaje en su tarjeta de visita dirigido a la señorita Chalvington: «Le ruego que me reciba».

La depositó, junto con una libra de oro, en la mano del sorprendido Thomas, puesto que Texere estaba fuera con el carruaje.

—Subiré su tarjeta, señor —dijo el lacayo—, pero mi señora no permite a la señorita Chalvington recibir visitas jamás.

—Inténtelo de todos modos, mi querido amigo.

Thomas vaciló, pero finalmente hizo pasar al coronel a una pequeña estancia donde se guardaban sombreros, paraguas y mantas de carruaje, y cerró la puerta cautelosamente tras de él.

Al cabo de un rato, unos pasos ligeros y rápidos bajaron las escaleras y la señorita Chalvington entró en el cuartito. Parecía asustada y nerviosa.

—No debe entretenerme demasiado tiempo —dijo en voz baja—. Lady Chalvington podría regresar en cualquier momento; se pondrá furiosa.

—¡La temes!

—Es mi carcelera. ¡Soy su prisionera a todos los efectos!

—¿Y tu padre?

—¡Oh, coronel Desborough! Encuéntrelo, se lo imploro; por su vieja amistad, ¡tiene que dar con él! Nunca me escribe a mí, solo a ella. ¡Hace ocho meses que no lo veo! ¡Y me quería como el mejor de los padres!

—¿Acaso ella se queda con tus cartas?

A la joven le temblaba todo el cuerpo y miraba con nerviosismo hacia la puerta.

—¿Por qué querría interceptar tu correspondencia? ¿Por qué te tiene encerrada? —preguntó él.

—Porque me odia. Oh, coronel Desborough, estoy tan preocupada por mi padre… No sé qué pensar.

—Mi querida muchacha —dijo el coronel acariciándole el pelo del mismo modo que lo hiciera cuando ella no era más que una niña—, por supuesto que daré con tu padre, te lo prometo solemnemente. Pero ¿quién es esta mujer?

La señorita Chalvington se estremeció con un escalofrío.

—Es una mujer temible, una mujer cuya compañía debe uno rehuir a toda costa. Una mujer sin escrúpulos…, un lobo con piel de cordero. Y ahora, ¡márchese, por el amor de Dios, márchese!

—Sí —dijo el coronel con amargura—. Pronto regresaré para liberarte. ¡Pero antes pienso resolver este misterio!


(CONTINUARÁ...)

El gran cambiazo - Roald Dahl (Primera Parte)

Había unas cuarenta personas en el cóctel que Jerry y Samantha daban aquella noche. Era la gente de siempre, la incomodidad de siempre, el horrible ruido de siempre. Los invitados tenían que apretujarse unos contra otros y hablar a gritos para hacerse oír. Muchos sonreían, mostrando unos dientes blancos y empastados. La mayoría de ellos tenía un cigarrillo en la mano izquierda y una copa en la derecha.

Me aparté de mi esposa, Mary, y su grupo y me dirigí hacia el pequeño bar que había en un rincón. Al llegar a él, me senté en un taburete de cara a la concurrencia. Lo hice para poder mirar a las mujeres. Me acomodé con los hombros apoyados en la barra, bebiendo sorbos de mi whisky escocés y examinando a las mujeres, una a una, por encima del borde de mi vaso.

No estudiaba sus figuras, sino sus rostros, y lo que me interesaba de ellos no era tanto el rostro en sí como la boca grande y roja que había en la mitad del mismo. Y ni siquiera me interesaba la boca en su totalidad, sino únicamente el labio inferior. Recientemente había decidido que el labio inferior era el gran revelador. Revelaba más cosas que los ojos. Los ojos ocultaban sus secretos. El labio inferior ocultaba muy poco. 

Ahí estaba, por ejemplo, el labio inferior de Jacinth Winkleman, que era el invitado que se encontraba más cerca de mí. Observen las arrugas que hay en aquel labio, vean cómo algunas son paralelas y otras se extienden hacia fuera. No hay dos personas que tengan las mismas arrugas en los labios y, ahora que lo pienso, eso serviría para capturar a un criminal si existiera un registro de huellas labiales y él se hubiese tomado una copa en el lugar del crimen. 

El labio inferior es el que chupas y mordisqueas cuando algo te perturba, y eso era precisamente lo que Martha Sullivan hacía en aquel momento, mientras contemplaba desde lejos cómo a su marido se le caía la baba mientras hablaba con Judy Martinson. Te pasas la lengua por él cuando estás caliente. 

Pude ver que Ginny Lomax se lamía el suyo con la puntita de la lengua mientras se encontraba al lado de Ted Dorling y le miraba fijamente a la cara. Se lo lamía de forma deliberada, sacando la lengua lentamente y mojando el labio inferior en toda su longitud. Vi que Ted Dorling miraba la lengua de Ginny, lo cual era justamente lo que ella quería que hiciese.

Mientras mis ojos iban escudriñando el labio inferior de todos los presentes, me dije que, al parecer, era verdad que todas las características menos atractivas del animal humano (la arrogancia, la rapacidad, la glotonería, la lascivia y demás) se reflejan claramente en ese pequeño carapacho de piel escarlata. Pero es necesario conocer el código. 

Se supone que el labio inferior protuberante o abultado significa sensualidad. Pero eso es solo una verdad a medias en el caso de los hombres y una falsedad total en el caso de las mujeres. En ellas lo que hay que observar es la línea de piel, el estrecho filo con el borde inferior claramente delineado. Y en la ninfomaníaca hay una diminuta cresta de piel, apenas perceptible, en la parte superior del centro del labio inferior.

Samantha, mi anfitriona, la tenía.

¿Dónde estaría ahora Samantha?

Ah, allí estaba, cogiendo una copa vacía de manos de un invitado. Ahora se acercaba hacia donde me encontraba yo, con la intención de llenarla de nuevo.

—Hola, Vic —dijo—. ¿Estás solito?

«Desde luego es una ninfo —me dije—. Aunque un ejemplar muy raro de la especie, puesto que es entera y absolutamente monógama. Es una ninfo monógama y casada que nunca sale de su propio nido. También es la hembra más apetitosa sobre la que jamás haya puesto los ojos en toda mi vida».

—Deja que te ayude —dije, levantándome y cogiéndole el vaso de la mano—. ¿Qué hay que echar aquí dentro?

—Vodka con hielo —dijo Samantha—. Gracias, Vic —apoyó un brazo largo y blanco, precioso, sobre el mostrador y se inclinó hacia adelante hasta que su seno se apoyó en la barra, apretándose hacia arriba.

—¡Vaya! —exclamé al ver que un poco de vodka iba a parar al suelo.

Samantha me miró con sus ojazos castaños, pero no dijo nada.

—Ya lo limpiaré yo mismo —dije.

Cogió la copa llena de mis manos y se alejó. La seguí con la vista. Llevaba unos pantalones negros. Se ceñían a las nalgas de tal forma que cualquier granito o lunar, por pequeño que fuese, se habría notado a través de la ropa. Pero Samantha Rainbow no tenía ningún defecto en el trasero. De pronto me di cuenta de que me estaba lamiendo el labio inferior.

«De acuerdo —pensé—. La deseo. Me apetecería acostarme con esa mujer. Pero es demasiado arriesgado intentarlo. Sería un suicidio echarle un tiento a una chica como esa. En primer lugar, vive en la casa de al lado, lo cual es demasiado cerca. En segundo lugar, es monógama, como ya he dicho. En tercer lugar, ella y Mary, mi mujer, son uña y carne. Siempre están intercambiando oscuros secretos femeninos. En cuarto lugar, Jerry, su marido, es un viejo y buen amigo mío y ni siquiera yo, Víctor Hammond, aunque arda en deseos, soñaría en tratar de seducir a la esposa de un hombre que es un gran amigo y confía en mí.

A menos que...».

En aquel momento, mientras desde el taburete del bar me comía con los ojos a Samantha Rainbow, una idea interesante empezó a filtrarse silenciosamente en la parte central de mi cerebro. Permanecí donde estaba, dejando que la idea fuera ensanchándose. Miré a Samantha, que se encontraba en el otro extremo de la habitación, y me puse a encajarla en el marco de la idea. Oh, Samantha, mi hermosa y jugosa joya, aún serás mía.

Pero ¿podía alguien albergar seriamente la esperanza de que semejante locura diese resultado?

No, ni siquiera disponiendo de un millón de noches.

Ni tan solo podía intentarse, a menos que Jerry estuviera de acuerdo. Así pues, ¿por qué pensar en ello?

Samantha se encontraba a unos seis metros de mí, hablando con Gilbert Mackesy. Los dedos de su mano derecha se curvaban en torno a una copa. Eran unos dedos largos y estaba casi convencido de que también eran diestros.

Suponiendo, solo para divertirse haciendo conjeturas, que Jerry se mostrase de acuerdo, incluso entonces habría obstáculos gigantescos en el camino. Había que tener en cuenta, por ejemplo, el pequeño detalle de las características físicas. En el club había visto muchas veces a Jerry duchándose después de una partida de tenis pero, en aquel momento, no hubiese podido recordar los detalles necesarios aunque en ello me fuese la vida. No era la clase de cosa en la que uno se fijaba demasiado. Generalmente uno ni siquiera miraba.

De todos modos, sería una locura sugerirle el asunto a Jerry a quemarropa. No le conocía tanto como para hacer algo así. Podía sentirse horrorizado. Incluso podía ponerse desagradable. Cabía la posibilidad de que se produjese una escena poco grata. Así pues, antes tenía que ponerle a prueba de una manera sutil.

—¿Sabes una cosa? —le dije a Jerry cerca de una hora después, cuando estábamos sentados los dos en el sofá, tomándonos la última copa. Los invitados empezaban a marcharse y Samantha estaba al lado de la puerta despidiéndose de ellos. Mary, mi mujer, estaba fuera en la terraza conversando con Bob Swain. Podía verlos a través de la puerta ventana, que estaba abierta—. ¿Sabes una cosa divertida? —dije.

—¿Qué es esa cosa divertida? —me preguntó Jerry.

—Un individuo con el que almorcé hoy me contó una historia fantástica. Totalmente increíble.

—¿Qué historia? —dijo Jerry. El whisky ya empezaba a darle sueño.

—Este hombre, el que almorzó conmigo hoy, deseaba terriblemente a la mujer de un amigo suyo, unos vecinos. Y su amigo deseaba con la misma intensidad a la mujer del hombre con el que almorcé hoy. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—¿Quieres decir que dos individuos que vivían cerca el uno del otro deseaban cada uno a la esposa del otro?

—Precisamente —dije.

—Entonces no había problema —dijo Jerry.

—Había un problema muy gordo —dije—. Las dos esposas eran muy fieles y honorables.

—Samantha también lo es —dijo Jerry—. No miraría a otro hombre.

—Mary tampoco —dije—. Es una buena chica.

Jerry apuró su copa y depositó cuidadosamente el vaso sobre la mesita que había delante del sofá.

—¿Y qué pasó en esa historia? —dijo Jerry—. Seguramente algo picante.

—Lo que pasó —dije— fue que ese par de cachondos tramaron un plan que permitió que cada uno de ellos retozara con la mujer del otro sin que esta se diese cuenta. ¿Eres capaz de creer una cosa así?

—¿Utilizaron cloroformo? —preguntó Jerry.

—Nada de cloroformo. Las dos estuvieron totalmente conscientes.

—Imposible —dijo Jerry—. Alguien te ha tomado el pelo.

—No lo creo —dije—. A juzgar por la forma en que ese hombre me lo contó, con toda suerte de detalles y demás, no creo que estuviese inventando la historia. De hecho, estoy seguro de que no la inventó. Y escúchame bien: ¡ni tan siquiera se limitaron a hacerlo una sola vez! ¡Llevan meses haciéndolo cada dos o tres semanas!

—¿Y ellas sin enterarse?

—Ni la menor sospecha.

—Tengo que oír esa historia —dijo Jerry—. Primero tomemos otra copa.

Nos acercamos al bar y volvimos a llenar nuestras copas; luego regresamos al sofá.

—No debes olvidar —dije— que fueron necesarios muchos preparativos y mucho ensayar antes de poner en práctica el plan. Y los dos hombres tuvieron que intercambiar muchos detalles íntimos para que el plan tuviera una oportunidad de dar resultado. Pero la parte esencial del plan era sencilla:

»Señalaron una noche, digamos que la del sábado. Aquella noche los dos matrimonios tenían que acostarse como de costumbre, supongamos que a las once o a las once y media.

»A partir de aquel momento seguirían la rutina normal. Leerían un poco, tal vez charlarían un rato y luego apagarían la luz.

»Tan pronto como la luz estuviera apagada, los maridos darían media vuelta y fingirían dormirse. El objeto de eso era impedir que las esposas pidieran guerra, cosa que en esa etapa no debe permitirse bajo ningún concepto. De modo que las esposas se durmieron también. Pero los maridos permanecieron despiertos. Hasta aquí, bien.

»Luego, exactamente a la una de la madrugada, cuando las esposas estuvieran profundamente dormidas, los dos maridos tenían que levantarse sin despertarlas, ponerse las zapatillas y bajar en pijama. Luego abrirían la puerta principal y saldrían a la calle cuidando de no cerrar la puerta tras de sí.

»Vivían —proseguí— en la misma calle, casi enfrente el uno del otro. El barrio era residencial, muy tranquilo, y raramente pasaba alguien a aquella hora. Así que las dos figuras furtivas en pijama se encontrarían al cruzar la calle, cada uno camino de otra casa, de otra cama, de otra mujer».

Jerry me escuchaba atentamente. Tenía los ojos algo vidriosos a causa del alcohol, pero no se perdía una sola palabra.

—Lo que venía a continuación —dije— había sido preparado meticulosamente por ambos hombres. Cada uno de ellos conocía el interior de la casa del otro casi tan bien como la suya propia. Sabía cómo abrirse paso en la oscuridad, tanto abajo como en el piso de arriba, sin derribar ningún mueble. Sabía cómo llegar a la escalera y exactamente cuántos peldaños había hasta arriba y cuáles de ellos crujían y cuáles no. Sabía en qué lado de la cama dormía la mujer que estaba arriba.

»Cada uno se quitó las zapatillas, las dejó en el vestíbulo y luego, con los pies desnudos y enfundado en el pijama, subió sigilosamente al piso de arriba. Esta parte del plan, según me dijo mi amigo, resultaba bastante excitante. Se encontraba en una casa oscura y silenciosa, una casa que no era la suya, y para llegar al dormitorio principal tenía que pasar nada menos que por delante de tres dormitorios infantiles, cuyas puertas quedaban siempre ligeramente entreabiertas.

—¡Niños! —exclamó Jerry—. ¡Dios mío! ¿Y si uno de los pequeños llega a despertarse y preguntara «Papá, ¿eres tú?»?

—Ya habían pensado en esa contingencia —dije—. En tal caso, inmediatamente habría entrado en funcionamiento un plan de emergencia. También en el caso de que la mujer, justo en el momento de entrar él en la alcoba, se hubiese despertado y preguntara «Cariño, ¿qué ocurre? ¿Qué haces dando vueltas por ahí?». También entonces habrían recurrido al plan de emergencia.

—¿Qué plan de emergencia? —preguntó Jerry.

—Muy sencillo —repuse—. El hombre hubiese bajado inmediatamente y, tras salir de la casa y cruzar la calle, habría llamado al timbre de su propia casa. Esta era la señal para que el otro personaje, sin importar lo que estuviese haciendo en aquel momento, bajara también corriendo, abriera la puerta y dejase entrar al otro mientras él salía. De esta forma los dos regresarían rápidamente a sus propias casas.

—Y se descubriría el pastel —dijo Jerry.

—Nada de eso —dije.

—El timbre habría despertado a toda la casa —dijo Jerry.

—Desde luego —dije—. Y el marido, al volver arriba en pijama, se limitaría a decir «He bajado a ver quién diablos llamaba al timbre a horas tan intempestivas. No había nadie. Debe de haber sido algún borracho».

—¿Y qué me dices del otro tipo? —preguntó Jerry—. ¿Cómo le explica a su mujer o a su hijo el hecho de que bajara corriendo a abrir la puerta?

—Pues diciéndole «Oí que alguien merodeaba por el jardín, así que bajé corriendo para echarle el guante, pero se me escapó». «¿Has llegado a verle?», le preguntaría la esposa llena de ansiedad. «Por supuesto que le he visto», contestaría el marido. «Ha huido a todo correr calle abajo. Demasiado rápido para mí». Después de lo cual el marido sería felicitado por su valor.

—De acuerdo —dijo Jerry—. Esa es la parte fácil. Hasta aquí todo es cuestión de planear bien las cosas y llevarlas a cabo en el momento preciso. Pero ¿qué sucede cuando cada uno de estos dos personajes cornudos se mete en la cama con la mujer del otro?

—Pues ponen manos a la obra sin perder un segundo —dije.

—Pero si las mujeres están durmiendo —dijo Jerry.

—Ya lo sé —dije—. De modo que inmediatamente inician los prolegómenos del amor, de manera dulce pero habilidosa y, cuando las dos damas despiertan del todo, están tan calientes como serpientes de cascabel.

—Supongo que todo ello se hace sin hablar —dijo Jerry.

—Ni una palabra.

—De acuerdo. Así que ya tenemos a las esposas despiertas —dijo Jerry—. Y sus manos se ponen a trabajar. Pues bien, para empezar, ¿qué me dices de la sencilla cuestión del tamaño del cuerpo? ¿Qué me dices de la diferencia entre el hombre nuevo y el marido? ¿Qué me dices sobre detalles como el que el marido sea alto o bajo, gordo o flaco? No irás a decirme que estos hombres eran físicamente idénticos.

—Idénticos no, evidentemente —dije—. Pero eran de estatura y complexión más o menos parecida. Ese punto es esencial. Ninguno de los dos llevaba barba y ambos tenían aproximadamente la misma cantidad de pelo en la cabeza. Esa clase de parecido es corriente. Aquí estamos tú y yo, por ejemplo. Más o menos tenemos la misma estatura y la misma complexión, ¿no es verdad?

—¿Lo es? —dijo Jerry.

—¿Cuánto mides? —preguntá.

—Exactamente uno ochenta.

—Yo uno setenta y ocho —dije—. Apenas hay diferencia. ¿Cuánto pesas?

—Ochenta y cuatro kilos.

—Yo peso ochenta y tres —dije—. ¿Qué es un kilo entre amigos?

Hicimos una pausa y Jerry miró por la puerta ventana hacia la terraza, donde Mary, mi esposa, seguía hablando con Bob Swain y el sol del atardecer arrancaba destellos de su pelo. Mary era una chica morena, bonita y dueña de un hermoso busto. Observé a Jerry. Vi que sacaba la lengua y recorría con ella la superficie del labio inferior.

—Supongo que tienes razón —dijo Jerry, sin dejar de mirar a Mary—. Supongo que tú y yo somos más o menos de la misma estatura —al volverse nuevamente de cara a mí observé que tenía las mejillas encarnadas—. Sigue contándome lo de esos dos hombres —dijo—. ¿Qué me dices de algunas de las otras diferencias?

—¿Te refieres a las caras? —dije—. Nadie puede verte la cara en la oscuridad.

—No me refiero a sus caras —dijo Jerry.

—Entonces, ¿a qué te refieres?

—Me refiero a sus pichas —dijo Jerry—. De eso se trata, ¿no es así? Y no irás a decirme que...

—Oh, sí, sí voy a decírtelo —dije—. Mientras ambos hombres estuviesen circuncidados o no, no había realmente ningún problema.

—¿Pretendes que me crea que todos los hombres tienen el mismo tamaño de picha? —preguntó Jerry—. Pues no es así.

—Ya sé que no es así —dije.

—Algunas son enormes —dijo Jerry—. Y algunas son pequeñísimas.

—Siempre hay excepciones —le dije—. Pero te llevarías una sorpresa si supieses cuántos hombres tienen virtualmente las mismas medidas, centímetro más, centímetro menos. Según mi amigo, el noventa por ciento son normales. Solo el diez por ciento son notablemente grandes o pequeñas.

—No me lo creo —dijo Jerry.

—Compruébalo alguna vez —dije—. Pregúntaselo a alguna chica que esté muy viajada.

Jerry bebió lentamente un largo sorbo de whisky y sus ojos volvieron a mirar a Mary por encima del borde de la copa.

—¿Y qué hay del resto? —preguntó.

—No es problema —dije.

—¡Que no es problema! —exclamó—. ¿Quieres que te diga por qué esa historia es una patraña?

—Adelante.

—Todo el mundo sabe que una mujer y un hombre que llevan casados algunos años crean una especie de rutina. Es inevitable. ¡Dios mío! Un nuevo operario sería detectado inmediatamente. Sabes de sobra que es así. No puedes aparecer con un estilo totalmente distinto y esperar que la mujer no se dé cuenta, por muy caliente que esté. ¡Se lo olería enseguida!

—Una rutina puede duplicarse —dije—. Basta con que antes se describa cada uno de sus detalles.

—Eso resulta un poquito personal —dijo Jerry.

—Todo el asunto es personal —dije—. Así que cada hombre cuenta su historia. Cuenta detalladamente lo que suele hacer. Lo cuenta todo. Sin olvidar nada. Ni el menor detalle. Toda la rutina desde el principio hasta el fin.

—¡Jesús! —exclamó Jerry.

—Cada uno de estos dos hombres —dije— tuvo que aprenderse un papel nuevo. En efecto, tuvo que convertirse en actor, puesto que iba a encarnar otro personaje.

—No es tan fácil eso —dijo Jerry.

—No es ningún problema, según mi amigo. La única cosa que había que vigilar era no dejarse llevar por el entusiasmo y ponerse a improvisar. Había que seguir al pie de la letra las instrucciones del director de escena, sin separarse un ápice de ellas.

Jerry bebió otro trago de whisky. También echó otro vistazo a Mary, que seguía en la terraza. Luego se reclinó en el sofá, con la copa en la mano.

—Estos dos personajes —dijo—. ¿Pretendes decirme que realmente lo consiguieron?

—Estoy seguro de ello —dije—. Todavía lo hacen. Una vez cada tres semanas o así.

—¡Qué historia más fantástica! —exclamó Jerry—. ¡Y qué cosa más peligrosa! Imagínate la que se armaría si te atrapasen. Divorcio inmediato. Mejor dicho, dos divorcios. Uno en cada lado de la calle. No vale la pena.

—Se necesitan muchos redaños —dije.

—La fiesta está terminando —dijo Jerry—. Cada quisque se vuelve a su casita con su condenada esposa.

No dije nada más del asunto. Permanecimos sentados durante otro par de minutos, bebiendo nuestras copas mientras los invitados comenzaban a moverse hacia el vestíbulo.

—¿Te dijo que resultaba divertido... ese amigo tuyo? —preguntó Jerry de pronto.

—Dijo que se lo pasaba bomba —contesté—. Dijo que todos los placeres normales se intensificaban en un ciento por ciento debido al riesgo. Juró que era la mejor forma de hacerlo que hay en el mundo: hacerse pasar por el marido sin que la mujer se entere.

En aquel momento Mary entró por la puerta ventana en compañía de Bob Swain. Llevaba una copa vacía en la mano y una azalea roja como el fuego en la otra. Había cogido la azalea en la terraza.

—Te he estado observando —dijo, apuntándome con la flor como si fuese una pistola—. Apenas has parado de hablar durante los últimos diez minutos. ¿Qué te ha estado contando, Jerry?

—Un chiste verde —repuso Jerry, sonriendo.

—Siempre hace lo mismo cuando bebe —dijo Mary.

—El chiste es bueno —dijo Jerry—. Pero totalmente imposible. Haz que te lo cuente algún día.

—No me gustan los chistes verdes —dijo Mary—. Vamos, Vic. Ya es hora de irnos.

—No os vayáis aún —dijo Jerry, clavando los ojos en el espléndido seno de Mary—. Tomaos otra copa.

—No, gracias —dijo Mary—. Los niños estarán pidiendo la cena a gritos. Lo he pasado muy bien.

—¿No vas a darme el beso de las buenas noches? —preguntó Jerry, levantándose del sofá. Buscó la boca de Mary, pero ella volvió rápidamente la cabeza y solo pudo rozarle la mejilla.

—Márchate, Jerry —dijo ella—. Estás bebido.

—Bebido, no —dijo Jerry—. Solamente salido.

—No te pongas salido conmigo, muchacho —dijo secamente Mary—. Detesto esta clase de conversaciones —se alejó de nosotros, llevando el seno ante sí como si se tratara de un ariete.

—Hasta la vista, Jerry —dije—. Bonita fiesta.

Mary me estaba esperando en el vestíbulo con cara de pocos amigos. Samantha también estaba allí, despidiendo a los últimos invitados: Samantha con sus dedos diestros y su piel tersa y sus muslos tersos, peligrosos.

—Anímate, Vic —me dijo, mostrándome sus blancos dientes. Parecía la creación, el principio del mundo, la primera mañana—. Buenas noches, Vic, querido —dijo, moviendo sus dedos en mis partes vitales.

Salí de la casa detrás de Mary.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

—Sí —dije—. ¿Por qué no?

—Lo que llegas a beber pondría malo a cualquiera —dijo.

Un seto viejo y esmirriado separaba nuestra casa de la de Jerry y en él había un boquete que nosotros utilizábamos siempre. Mary y yo cruzamos el boquete en silencio. Entramos en casa y Mary preparó un montón de huevos revueltos con tocino y nos lo comimos con los niños.

Después de cenar salí a dar una vuelta por el jardín. Era una tarde de verano despejada y fresca y, como no tenía nada más que hacer, decidí cortar el césped de la parte delantera. Saqué el cortacésped del cobertizo y lo puse en marcha. Luego inicié la vieja rutina de marchar arriba y abajo detrás de la máquina. Me gusta cortar el césped. Es una operación que sosiega y, desde la parte delantera de nuestro jardín, siempre puedo mirar hacia la casa de Samantha al ir en una dirección y pensar en ella al volver en dirección opuesta.

Llevaba unos diez minutos manejando el cortacésped cuando Jerry entró por el boquete del seto. Fumaba en pipa, con las manos en los bolsillos y se detuvo al borde del césped, contemplándome. Me detuve ante él, pero dejé el motor en marcha.

—Hola, chico —dijo—. ¿Qué tal anda todo?

—Estoy en desgracia —dije—. Y tú también.

—Tu mujercita —dijo—, es increíble lo remilgada y gazmoña que llega a ser.

—Oh, eso ya lo sabía.

—Me riñó en mi propia casa —dijo Jerry.

—No mucho.

—Lo suficiente —dijo, sonriendo levemente.

—¿Lo suficiente para qué?

—Para hacerme desear una pequeña revancha a costa suya. Así que, ¿qué te parecería si te sugiriese que probásemos suerte con eso de lo que te habló tu amigo a la hora de almorzar?

Cuando le oí decir aquello me invadió una excitación tan grande que el estómago estuvo a punto de salirme por la boca. Así con fuerza el manillar del cortacésped y aceleré el motor.

—¿He dicho alguna inconveniencia? —preguntó Jerry. No contesté.

—Escúchame —dijo—, si crees que es una idea asquerosa, olvidemos que la he mencionado y se acabó. No estarás enfadado conmigo, ¿eh?

—No estoy enfadado contigo, Jerry —dije—. Es solo que no se me había ocurrido que nosotros debiéramos probarlo.

—Pues a mí sí se me ha ocurrido —dijo—. El escenario es perfecto. Ni siquiera tendríamos que cruzar la calle —la cara se le había iluminado de repente y sus ojos relucían como dos estrellas—. ¿Qué me dices, entonces, Vic?

—Estoy pensando —repuse.

—A lo mejor es que Samantha no te tienta.

—No lo sé, honradamente —dije.

—Con ella se lo pasa uno de maravilla —dijo Jerry—. Te lo garantizo.

En aquel momento vi que Mary salía al porche delantero.

—Ahí está Mary —dije—. Andará buscando a los niños. Ya volveremos a hablar del asunto mañana.

—Entonces... ¿trato hecho?

—Podría ser, Jerry. Pero solo con la condición de que no nos precipitemos. Antes de empezar quiero estar completamente seguro de que todo vaya a salir bien. ¡Maldita sea! ¡Estas cosas son totalmente nuevas para mí! ¡Podríamos pillarnos los dedos!

—¡Nada de eso! —dijo—. Tu amigo dice que se lo pasan bomba; y que, además, es la mar de fácil.

—Ah, sí —dije—. Mi amigo. Desde luego. Pero cada caso es distinto.

Apreté el acelerador del cortacésped y salí disparado hacia el otro extremo del jardín. Cuando llegué allí y me volví, Jerry ya había cruzado el boquete del seto y se dirigía hacia la puerta principal de su casa.

El siguiente par de semanas fue un período de mucho conspirar para Jerry y para mí. Celebramos reuniones secretas en bares y restaurantes con el objeto de preparar la estrategia, y, a veces, él se dejaba caer por mi oficina después del trabajo y trazábamos planes a puerta cerrada. Siempre que surgía algún punto dudoso, Jerry decía: «¿Cómo lo resolvió tu amigo?». Y yo, tratando de ganar tiempo, le contestaba: «Le llamaré para preguntárselo».

Después de numerosas conferencias y de mucho hablar, acordamos los siguientes puntos principales:

  1. Que el día «D» fuese un sábado.

  2. Que la noche del día «D» llevaríamos a nuestras esposas a cenar en un buen restaurante, los cuatro juntos.

  3. Que Jerry y yo saldríamos de casa y cruzaríamos el boquete del seto a la una en punto de la madrugada.

  4. Que en lugar de acostarnos en la cama a oscuras hasta la una, los dos, en cuanto nuestras esposas se durmieran, bajaríamos sin hacer ruido a la cocina y beberíamos café.

  5. Que recurriríamos al timbre de la puerta en el supuesto de que se presentara algún imprevisto.

  6. Que la hora de volver a nuestras respectivas casas a través del seto serían las dos de la madrugada.

  7. Que durante nuestra permanencia en cama ajena a las preguntas de la mujer (si las había) contestaríamos con un «¡Hum!» pronunciado con los labios bien apretados.

  8. Que yo debía renunciar inmediatamente a los cigarrillos y habituarme a fumar en pipa para «oler» igual que Jerry.

  9. Que inmediatamente empezaríamos a usar las mismas marcas de brillantina y loción para después del afeitado.

  10. Que, en vista de que ambos nos acostábamos sin quitarnos el reloj de pulsera y que el mío y el suyo tenían más o menos la misma forma, no los intercambiaríamos. Ninguno de los dos llevaba anillo.

  11. Que cada uno de nosotros debía llevar encima algo insólito que la mujer identificase sin lugar a dudas con su propio marido. Por consiguiente, inventamos lo que dimos en llamar «El truco del esparadrapo». Consistía en lo siguiente: la noche del día «D», cuando los dos matrimonios llegasen a casa procedentes del restaurante, ambos maridos iríamos a la cocina diciendo que nos apetecía un poco de queso. Una vez en la cocina, los dos nos pegaríamos un trozo grande de esparadrapo en el dedo índice de la mano derecha. Luego, al volver junto a nuestras respectivas esposas, les mostraríamos el dedo y diríamos: «Me he cortado. No es nada, pero sangra un poco». De esta manera, cuando al cabo de un rato cambiáramos de cama, las dos mujeres notarían claramente el esparadrapo (el hombre se cuidaría de que así fuera) y lo asociarían directamente con su propio esposo. Se trataba de una importante estratagema psicológica, calculada para disipar cualquier sospecha, por pequeña que fuese, que pudiera entrar en el cerebro de las dos hembras.

     

     (CONTINUARÁ...)

El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 1)

La historia que voy a contar es verdadera. Yo respondo personalmente de ello: conocí a todos sus actores y mi relato será lo más fiel posible al sucesivo desarrollo de los acontecimientos que perturbaron y enlutaron a una honorable familia de Dublín. 

A finales del siglo pasado, es decir, a finales de 1790, un tal capitán Barton se instaló en nuestra ciudad, de la que su familia era oriunda. Había servido muy honorablemente en los rangos de la marina real, y durante la guerra de América comandó una fragata. 

Cuando se retiró tenía poco más de cuarenta años y los que le conocían bien estaban de acuerdo en afirmar que era de trato agradable, aunque sujeto a veces a ciertos cambios de humor.

Sea lo que fuere, tenía la reputación de un perfecto gentleman y ni su tono ni sus modales recordaban su historia de marino. Por el contrario, iba siempre elegantemente vestido y se expresaba como un hombre de mundo. Físicamente, era buen mozo, sólido, con un rostro grave, serio, reflexivo, una amplia frente que denotaba una gran inteligencia. De este modo, la perfecta honorabilidad de su nombre, su excelente reputación, así como su fortuna, le daban acceso a los medios más aristocráticos de Dublín.

A pesar de la importancia de sus ingresos, el capitán Barton vivía con sencillez: moraba al sur de la ciudad, en un barrio elegante. El servicio de su casa estaba compuesto por un caballo y un solo sirviente. Se sabía que era ateo, pero su existencia estaba muy lejos de la de un libertino: no practicaba ninguno de los vicios de moda, bebía moderadamente, jamás tocaba las cartas y pasaba la mayor parte de su tiempo en casa, leyendo o soñando. No se le conocían compañeros favoritos como tampoco amigos íntimos, y cuando aceptaba una invitación, se le veía pasear por los salones observando a la gente como un filósofo. Raramente participaba en las conversaciones.

Tenía, pues, la reputación de una persona honesta, ordenada, nada malversadora, poco inclinada a los placeres de la sociedad. Se decía que, dada su prudente conducta, lograría desbaratar las trampas que le tendían las madres con hijas casaderas. Añadían que, por lo que a esto respecta, llegaría a viejo, moriría muy rico y dejaría sus bienes a una obra de caridad.

Pongamos en claro que todos los que se dedicaban a predecir el futuro se equivocaban fundamentalmente en cuanto a las intenciones del excelente capitán Barton. Tuvieron la prueba de ello cuando miss Montague, muchacha cabal y de la mejor sociedad, hizo su entrada en el gran mundo. Esto ocurrió, recuerdo, en casa de la vieja lady L..., tía de miss Montague.

La muchacha era encantadora, y, además, poseía una inteligencia poco común en las jóvenes de su condición. La mimaron, pero su popularidad no pasaba de ahí y, si bien esto halagaba agradablemente su vanidad, no acababa de solucionar sus problemas, y ya empezaba a preguntarse si se convertiría en una solterona. 

En efecto, no poseía nada aparte de sus atractivos personales y ningún pretendiente se le declaraba. Así estaba la situación cuando el capitán Barton le pidió la mano. Es fácil adivinar la sorpresa que esta novedad causó, tanto debido a la pobreza de miss Montague como a la famosa misoginia del antiguo marino.

Naturalmente, lady L... admitió a Barton y extendió por todas partes la noticia de los esponsales: su sobrina aceptó con la sola condición de que el general Montague, su padre, consintiera en ello. El general era aguardado de una semana a otra, de regreso de las Indias. No era equivocado suponer la poca importancia de esta demora, pues el viejo Montague, se decía, sería muy feliz de casar a su hija sin dote, y Barton era muy aceptable como futuro esposo. Así se llegó a considerar al capitán y a la muchacha decididamente prometidos.

En consecuencia, lady L..., que respetaba el viejo código de la costumbre, sacó a su sobrina del torbellino de la vida mundana; es sabido, en efecto, que está muy bien visto enseñar por todas partes a las muchachas casaderas, llevarlas de baile en baile y de fiesta en fiesta hasta que un joven, o un hombre no tan joven, gentleman, se propone desposarlas. A partir de este momento se encierra a la muchacha hasta el día de su boda. 

Sin ser adivino, podemos suponer lo que opinan las damiselas de este trato. Es muy posible que miss Montague no fuera la excepción de la regla y que en el fondo de su corazón maldijera a su tía por alejarla de placeres a los que, a fe mía, empezaba a estimar. Pero como era una chica bien educada, lo aceptó sin protestar. Y desde entonces, Barton tomaba a menudo el camino de la mansión de lady L... A veces almorzaba allí y se le atendía con todos los cuidados con que se trata a un novio... por el miedo a que no cambie de opinión.

Lady L... vivía en una bonita casa situada en el norte de la ciudad, en el lado opuesto al lugar en que vivía el capitán. La distancia que separaba las dos casas era considerable, pero el capitán la recorría, por placer, a pie. Y en particular cuando regresaba a su casa al atardecer. Se marchaba solo, en el calmo anochecer, y tomaba el camino más corto, lo que le obligaba a pasar por una calle nueva, larga y desierta, cuyas casas estaban en su mayoría por terminar.

Una noche, pocos días después de ser admitido oficialmente como novio de miss Montague, el capitán Barton permaneció más tiempo de lo acostumbrado en casa de lady L... Más tarde supe que la discusión había versado sobre cuestiones religiosas y, en especial, sobre las pruebas de la existencia de Dios. Por lo que a esto respecta, Barton mantenía las opiniones de los filósofos franceses ateos y las dos damas no estaban lejos de seguirlo; si bien no compartían totalmente su falta de religión, no veían en ello un motivo suficiente para romper los proyectos matrimoniales. Y, de todas formas, lady L... estaba demasiado empeñada en casar a su sobrina para detenerse ante problemas tan secundarios como entonces le parecían los problemas metafísicos.

La conversación se había desviado hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Ante estos temas, Barton había aplicado el mismo escepticismo distinguido que a los precedentes. En este punto debo decir que el capitán era completamente sincero, que su ateísmo y su incredulidad eran para él como una fe negativa y que, en suma, lo menos curioso de la curiosa aventura que he empezado a relatar, no es realmente el hecho de que le ocurriera precisamente a Barton, que negaba cualquier influencia sobrenatural.

El capitán se retiró bastante más tarde de las doce y se fue solo en la noche. Al fin llegó a la nueva calle de la que he hablado. La atmósfera estaba impregnada de una niebla que la luna hacía lechosa; todo era calma y silencio. Barton sentía una punzante sensación de aventura y hacía sonar sus tacones fuerte y claro sobre el pavimento. Quizá hacía cinco minutos que andaba por la calle desierta cuando oyó un ruido de pasos tras de sí.

Barton era un hombre valiente, muchas veces lo había demostrado, pero es muy incómodo sentirse seguido cuando uno camina, por la noche, en un lugar apartado. Se volvió para ver quién le seguía. Ya lo he dicho, había luna llena y se podían distinguir sin dificultades los objetos en esa pálida luz. Pero Barton no alcanzó a distinguir nada, ni hombre, ni animal, y ni siquiera una forma indefinida.

Por un momento pensó que debía ser el eco de sus propios pasos; quiso experimentarlo y martilló el suelo con el tacón, pataleó. Inútil. El aire de la noche no le devolvía ruido alguno. Podía inquietarse, pero no lo hizo e imaginó simplemente, como persona de carácter que era, que había creído oír algo que en realidad no había oído. No era muy propio de él, pero a falta de mejor explicación, aceptó esta como la más racional y reemprendió el camino. Y volvió a empezar, tap-tap-tap, el ruido de pasos volvía a oírse tras de sí.

El capitán Barton, como era persona bien educada, no renegó y se contentó con aguzar más el oído. Los pasos aumentaban o disminuían según un ritmo muy distinto de la marcha del capitán. Comprendió que no podía tratarse del eco, y furioso a la vez que desconcertado, Barton se volvió de nuevo, pero como la primera vez, la calle estaba totalmente desierta. 

Entonces volvió sobre sus pasos, escrutando cada zona de sombras con la esperanza de descubrir al bromista de mal gusto que se burlaba de esta manera de él y de hacerle sentir el peso del bastón en sus espaldas. Pero fue inútil dar vueltas, girar, buscar; no descubrió nada, absolutamente nada.

Por más racional y librepensador que fuera, el excelente Barton sintió que un ligero terror supersticioso le empezaba a dominar. Esto le desagradaba profundamente, pero nada podía contra la angustia misteriosa e incómoda que ahora le atrapaba por el cuello. Dio media vuelta y reemprendió el camino hacia su casa. El silencio le acompañó hasta que llegó al mismo lugar donde se había detenido anteriormente. Desde allí, los pasos volvieron a oírse. El invisible perseguidor parecía correr como si deseara alcanzar al capitán, que cada vez entendía menos lo que pasaba y se inquietaba más por ello.

Volvió a inmovilizarse, se sentía demasiado incómodo y cedió a las absurdas ganas que tenía de gritar:

—¡Dejaos ver, por todos los diablos! —gritó.

El silencio fue la única respuesta y Barton empezó a dudar seriamente de sus sentidos. Se puso nervioso y tuvo que hacer un violento esfuerzo para no ponerse a correr y continuar caminando al mismo paso. Para mayor alivio, su misterioso seguidor le abandonó al final de la calle, y pudo, sin más problemas, volver a su casa.

Una vez sentado tranquilamente en un buen sillón al lado de la chimenea, en la que quemaba un buen fuego, se puso a reflexionar sobre aquella aventura. Progresivamente recuperaba su equilibrio y determinó que había sido el juguete de una alucinación. Por otra parte, estaba demasiado orgulloso de su incredulidad para aceptar la hipótesis de una intervención sobrenatural.

El capitán se levantó bastante tarde a la mañana siguiente y, saboreando su desayuno, pensaba en su aventura con la indiferencia divertida que a veces sentimos, durante el día, cuando evocamos nuestros temores nocturnos. Su sirviente entró sin hacer ruido —tenía órdenes muy severas a este respecto—, puso cerca de su plato una carta y se retiró tan silenciosamente como había entrado.

Barton observó el sobre unos minutos; no tenía nada de particular, la escritura no le recordaba a nadie, aunque parecía expresamente disfrazada. El capitán dudó unos momentos y luego abrió el sobre y leyó la carta que decía lo siguiente:

«Queremos prevenir al capitán Barton, antiguo comandante del Dolphin, que un gran peligro le amenaza. Si es prudente renunciará a pasar por la calle nueva; de no ser así se arriesga a caer en una trampa. Es importante que el señor Barton haga caso seriamente de esta carta, pues puede temerse cualquier cosa del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS.»

Barton hizo una mueca de incomprensión, se encogió de hombros, volvió a leer la carta y la observó detenidamente. Su examen no le descubrió nada nuevo y el sello que había cerrado el sobre no le reveló ningún indicio; sólo era un trozo de cera con la huella de un pulgar.

El capitán, incitado por este desagradable misterio, elaboró mil suposiciones. Realmente no se imaginaba quién podía haber escrito esta incoherente misiva, cuyo autor, al mismo tiempo que le ponía en guardia, le daba a entender que era a él, el firmante, a quien debía temer. Por otra parte, el hecho de que el mensaje le recordara su penosa aventura nocturna acababa por inquietar al excelente Barton. No obstante, no dijo nada de ello a nadie, ni siquiera a su prometida. Podemos suponer con toda lógica que era su orgullo de librepensador el que le hacía callar. 

El capitán Barton podía suponer que, después de sus profesiones de fe de ateísmo, de racionalismo y de librepensamiento, miss Montague tendría fundamento para burlarse de sus terrores nocturnos y del miedo supersticioso que se amparaba de él cuando pensaba en la carta del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Y no quería ser el objeto de las burlas de la muchacha, primero porque tenía fama de criticona y luego porque ello habría disminuido, sin duda, el prestigio del futuro esposo.

Con el transcurso del tiempo, acabó por considerar todo aquello como una broma de mal gusto, aunque, no obstante, no podía volver a encontrar la tranquilidad de espíritu que, no hacía mucho, le era propia. Por otra parte, durante muchos días, evitó la nueva calle... Una semana más tarde, aconteció un nuevo incidente que despertó en Barton las desagradables sensaciones que había sufrido.

Aquella noche volvía del teatro, había acompañado a lady L... y a su sobrina al coche y caminaba en compañía de algunas personas conocidas. Se despidió de ellas cerca de los austeros edificios de la Universidad y continuó solo el camino. Quizá era la una de la madrugada; todo estaba quieto y desierto alrededor de Barton, que andaba de prisa. 

Ya antes de despedirse de sus compañeros había tenido la impresión de que le seguían. Furtivamente había mirado hacia atrás, más o menos consciente de que aquello volvía a empezar, que volvería a ser perseguido sin saber por quién. Esperaba ver algo, lo que le habría tranquilizado, pero no había visto nada.

Y ahora que estaba solo, se sentía cada vez más nervioso, cada vez más aterrorizado. Dado que el ruido de pasos era cada vez más fuerte, más insistente. Durante todo el rato que siguió a los muros que rodean el parque de la Universidad, los pasos le siguieron. Muchas veces se volvió sin ver tras de sí nada más que el creciente de luna que parecía provocarle.

Barton estaba bajo una tensión nerviosa tan intolerable que incluso cuando llegó a su casa no pudo calmarse y permaneció en pie toda la noche, recorriendo su mesa de trabajo de arriba abajo. 

Hasta el amanecer no se acostó; durmió muy mal, con un pesado sueño entrecortado por horribles pesadillas, y fue despertado por su sirviente, que le traía el correo. Una de las cartas llamó su atención; conocía demasiado bien la escritura del sobre. La abrió temblando:

«Os será tan difícil huir de mí como de vuestra sombra. Os veré tantas veces como me plazca, cuando y allí donde yo quiera, y no podréis hacer nada para evitarlo. Y también usted, capitán Barton, me verá: no me escondo como parece que creéis. De todas formas, esto no debe impediros dormir, ya que si tenéis la conciencia tranquila, ¿por qué habríais de tener miedo del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS?»

Me parece completamente inútil insistir sobre lo que debería pensar en estos momentos el excelente Barton. Durante los siguientes días, la gente se dio cuenta de que el capitán parecía terriblemente sombrío y preocupado, y ello se atribuyó a su futura boda y a la angustia que podría sentir por pensar en su casi difunta tranquilidad de soltero. Naturalmente se equivocaban, y era desconocer por completo a Barton atribuirle estas absurdas ideas, pero la explicación pareció suficiente y no se habló más de ello.

En cuanto a la causa de estas suposiciones gratuitas, estaba terriblemente preocupado, pues se decía si era posible hacer el ruido de pasos gracias a una ilusión cualquiera de los sentidos debida, por ejemplo, a un abuso de té verde; de todos modos, tenía que ser una mano tan real como malévola la que escribió las dos cartas. 

Y, por otra parte, el hecho de que las cartas en cuestión llegaran inmediatamente después del ruido de pasos parecía algo más complicado que una pura y simple coincidencia. Cuando pensaba en ello, Barton se acordaba confusamente de ciertos episodios de su vida pasada que asociaba, a pesar de todo, a la inexplicable serie de acontecimientos que se cernían sobre él.

Felizmente (¿es exacta la palabra?) para el pobre hombre, un importante asunto llegó en el momento adecuado para distraerle, junto con la idea de su próximo matrimonio, de una preocupación que amenazaba con convertirse en idea fija. Se trataba de un asunto inmobiliario que se demoraba desde hacía tiempo y que, de repente, parecía que iba a resolverse muy de prisa. De este modo, Barton se encontró sumergido en un torbellino de visitas, de gestiones, de reivindicaciones que lo alejó de sus problemas. Su mal humor cedió el puesto a su acostumbrada ecuanimidad.

No obstante, durante este feliz período, volvió a escuchar los pasos que no hacía mucho le habían trastornado, pero como sólo se oían débilmente y no recibió ninguna carta, se rió de sus antiguos terrores y se ocupó únicamente de las cosas serias.

No conozco mucho a Barton, pero teníamos un amigo común que era diputado, y una noche nos dirigimos los tres al Parlamento. Esta fue una de las raras veces que tuve ocasión de encontrarme con el capitán. Parecía preocupado y contestaba al margen las preguntas que le hacía el diputado respecto a su asunto. Lanzaba furtivas miradas hacia atrás y mantenía una hosca expresión. Mucho más tarde, me enteré de que había oído los misteriosos pasos que le siguieron a lo largo de nuestro camino. También supe que en aquella ocasión, por última vez, fue la desgraciada víctima de aquella persecución.

Pero esto lo supe el mismo día, y no comprendí en absoluto de qué podía tratarse. Llegábamos a los alrededores de la Universidad cuando un individuo, al que recuerdo muy mal, se acercó a nosotros murmurando algo sin cesar. Me acuerdo de que era bajo, de que parecía extranjero y de que llevaba un gorro de marino de piel y de que lo tomé por un loco al ver la extrema agitación que parecía poseerle. El hombre se dirigió a Barton, se detuvo ante él, lo miró malévolamente y luego se marchó a paso rápido. 

Lo que me sorprendió de esta escena no fue tanto el físico vulgar del individuo ni su insolencia ante el capitán, sino la especie de impresión malhechora y peligrosa que se desprendía de su persona. Pero, e insisto en este punto para que se me entienda bien, todo esto me afectó muy poco... como si esta maledicencia y peligro no me concernieran lo más mínimo. Sólo me quedaba la impresión de haberme encontrado con un enfermo mental.

Por ello me quedé muy sorprendido del efecto que este encuentro había producido en el bueno de Barton, del que conocía su reputación de valiente y de persona con sangre fría. Se puso a temblar de arriba abajo, me cogió del brazo y dio un paso atrás cuando el otro se detuvo ante él. Los dedos del capitán se hundían en mi carne; me hacía un daño espantoso. El desconocido se marchó, Barton me soló, se lanzó tras de él, pareció cambiar de idea y se sentó en un banco. Una espantosa expresión de horror dominaba sus rasgos.

Nuestro amigo, el diputado, se precipitó hacia él:

—Por todos los diablos, amigo mío, ¿qué os sucede? ¿No os encontráis bien?

Barton pareció no oírle, y murmuró:

—¿Qué decía? ¿Qué decía? No le pude oír...

El miembro del Parlamento se encogió de hombros:

—Me pregunto qué pueden importarnos las palabras de este individuo; está completamente loco, es evidente, y usted, Barton, no está bien. Voy a llamar un coche...

El capitán hacía visiblemente grandes esfuerzos para recuperar su equilibrio y, cuando habló, fue con una voz casi anormal:

—Ya ha pasado, amigos míos, estoy mucho mejor... ¡Demasiado trabajo por culpa de este asunto de propiedades! No sé lo que me ha pasado. Los nervios, sin duda. Continuemos el camino.

El diputado se negó e invitó a Barton a volver a su casa para descansar. Nosotros lo podíamos acompañar, si lo deseaba. Insistí en este sentido, ya que, además, el capitán parecía dispuesto a dejarse convencer. No obstante, rehusó nuestra proposición de acompañarlo hasta la puerta de su casa y se marchó solo, todavía con pasos inseguros.

Como quizá se ha adivinado leyendo mi relato, mis relaciones con el miembro del Parlamento no eran tan familiares como para hablar de la curiosa aventura de la que acabábamos de ser testigos, pero me di cuenta, por el aire que tenía, que estaba tan intrigado como yo y que las torpes justificaciones del capitán no le habían convencido más que a mí. Por lo que a mí respecta, la cosa no me parecía nada clara.

Por educación, al día siguiente visité a Barton para preguntar por su salud. Cuando interrogué a su sirviente, me dijo que estaba todavía en cama, pero que consideraba que iba a curarse muy pronto. El mismo día, el capitán hizo llamar a un célebre médico, el doctor Rowlands. Más tarde me explicaron que la consulta fue bastante curiosa.

(CONTINUARÁ...)