Mostrando entradas con la etiqueta amigo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amigo. Mostrar todas las entradas

El mejor amigo del hombre - Dee Stuart

—Muerte accidental —dijo el juez de instrucción. El único que sabía que fue un asesinato, nunca lo diría...

Emily se revolvió, sintiéndose incómoda entre Fred y «Cinnamon», en el asiento delantero. El roce con el pelo de «Cinnamon» le hacía estremecer la piel, aunque el último sol de agosto calentaba el aire de Nueva Inglaterra.

Su esposo, Fred, escueto y afable, parecía no darse cuenta.

Emily pellizcó con dureza el rabo de «Cinnamon». La perra, dirigiéndole una mirada de reproche, cambió de postura y sacó su nariz por la ventana, mientras Fred miraba con ojos de miope la carretera que tenía delante, a través de unas gafas de montura de hueso.

—Ahí está nuestro motel —dijo, dirigiendo el coche hacia una salida secundaria—. Sólo son las cuatro de la tarde. Hemos avanzado mucho.

Una vez en su habitación, Fred pidió una cerveza y dos bocadillos de jamón y queso.

—No pidas nada para mí —dijo Emily—. El ir todo el día en coche me trastorna el estómago.

—Está bien —dijo Fred, condescendiente.

Cuando llegaron la cerveza y los bocadillos, Fred los colocó sobre la mesa, y se sentó en el sillón, frente a la ventana desde donde dominaba una buena panorámica. Tomó un buen trago de cerveza, extendió el periódico y observó apreciativamente, por encima de él, los bikinis que había alrededor de la piscina.

En el momento en que Emily empezaba a sentarse, «Cinnamon» saltó al sillón y se quedó allí sentada, observando expectante a Fred. Este partió con la mano un trozo de bocadillo.

—¡Habla! —le ordenó.

«Cinnamon» emitió un ladrido breve y agudo. Fred le dio el trozo de bocadillo.

—¡Baja! —ordenó Emily.

Pero «Cinnamon» no le hizo el menor caso.

—Te dije que la teníamos que haber dejado en la perrera —comentó Emily de mal humor—. Dile que baje.

—Cuando viajamos, «Cin» y yo siempre hacemos esto —dijo Fred, sintiéndose herido—. Observamos a la gente que hay en la piscina, y nos tomamos un bocadillo.

Fred, representante de una empresa manufacturera, estaba en la carretera desde el lunes hasta el viernes.

—Pero esta semana, no estás en la carretera. Hemos alquilado una cabaña en las montañas y son nuestras vacaciones, y no las de esa perra. La estoy aguantando todo el viaje en el asiento de delante, cerca de la ventana, para que no se ponga enferma. Ahora quiero sentarme.

Cogió parte del periódico y levantó el brazo amenazadoramente, en dirección a «Cinnamon».

—Baja, «Cinnamon», baja —dijo Fred rápidamente.

A regañadientes, la perra saltó al suelo y se colocó junto al codo de Fred, con los ojos rogando aún por su bocadillo.

Emily se quedó mirando maliciosamente a «Cinnamon». ¿Cómo era posible que aquella perra la hiciera sentirse como una intrusa en su propia casa? Trató de imaginárselo. Todo empezó el último otoño, cuando Fred la hizo dejar de enseñar.

—Veinticinco años ya es bastante tiempo —le dijo él—. Estoy ganando dinero suficiente para vivir... Tenemos pagada la casa y el coche. Quédate en casa. Descansa. Visita a los amigos.

Pero todos los amigos de Emily seguían trabajando en la enseñanza. Se sentía sola, llevando una vida solitaria en una casa vacía. Y fue entonces cuando él trajo aquella perra a casa.

Un viernes por la noche, entró en la cocina con las manos a la espalda.

—Te traigo un regalo —le dijo con orgullo, y colocó en sus brazos el cálido, inquieto y sonrosado muñeco.

—¡Oh, qué lindo es! —exclamó Emily, sonriendo con indecisión.

—Es perra. Te hará compañía —dijo Fred, contento consigo mismo—. Y te protegerá mientras yo esté fuera.

En aquellos momentos, desde luego, ella no tenía la menor idea de cómo aquella perra desorganizaría su casa y su vida entera.

«Cinnamon» la miró, con sus ojos grises brillando con una luz muy peculiar. Aunque pareciera increíble, Emily podría haber jurado que aquella perra estaba sonriendo. Como una premonición, por su mente cruzó el pensamiento de que dos hembras no podrían vivir juntas, pacíficamente, en la misma casa. Aquello la hizo sentirse intranquila. Dejó la perra en el suelo de linóleo, de un amarillo brillante, donde sus pequeñas y aún débiles patas empezaron a resbalar.

—¿De qué raza es? —preguntó Emily, mirando las orejas puntiagudas dotadas de puntas colgantes y el espeso rabo, que se doblaba en un círculo perfecto.

—Es un cruce —dijo Fred a la defensiva—. Parte de fox terrier, parte de Weimaraner, quizá tenga algo de esquimal en el rabo —acarició su pelo corto y suave y añadió—: Su nombre es «Cinnamon».

La perra se le quedó mirando, con ojos de adoración.

—Es una perra callejera, eso es lo que es —dijo ella—. ¿Cómo se hará de grande?

—¡Oh! Unos cincuenta o sesenta centímetros —contestó, rascando las orejas de «Cinnamon», que acarició su mano con el hocico.

—Bueno, tendrás que entrenarla. Yo ya tengo bastantes cosas que hacer para ir limpiando además las porquerías de una perra.

Fred entrenó a «Cinnamon». La enseñó a pedir, hablar, ir a buscar cosas y a rodar sobre sí misma.

La bañaba y la cepillaba y se la llevaba a dar largos paseos. Un día, Emily dijo:

—Me parece que te pasas más tiempo con esa perra que conmigo.

Lo más irritante de todo era que él no lo negaba. Emily no le decía que, cuando él estaba fuera, de viaje, la perra iba cabizbaja de un lado a otro, con indiferencia, con el rabo colgando, incluso cuando Emily la dejaba estar dentro de casa. Únicamente volvía a la vida cuando escuchaba el ruido del coche de Fred entrando por el camino.

Poco a poco, los ojos malhumorados de la perra y su semblante acusador empezaron a deprimir a Emily. Se sentía enferma y cansada de sacar a la perra de la casa y atarla con la cadena, y de tener que sacarla a hacer sus necesidades. En una ocasión, Emily encontró a «Cinnamon» debajo de su cama, con sus zapatillas de satén verde tan masticadas que apenas si pudo reconocerlas.

—¡Mala perra! —gritó, golpeándola—. ¡Vas a tener que marcharte de esta casa!

Emily trató de imaginar un medio para librarse de ella. Al final se le ocurrió una idea que pareció ser la solución perfecta.

—Fred, ¿por qué no te llevas a esa perra contigo cuando vayas de viaje? Te hará compañía en la carretera.

Al principio, él se negó, pero finalmente Emily le convenció de que a ella no le importaría estar sola. A partir de entonces, Fred se marchaba cada lunes en el coche, con «Cinnamon» a su lado, serena y altiva, con los ojos y las orejas alertas, sonriendo como si fuera la dueña del coche.

«¡Pero desde luego no tenía la intención de traerme a esa perra durante mis vacaciones!», pensaba ahora Emily.

—Es hora de cenar —dijo Fred, interrumpiendo sus recuerdos.

Fred le puso la cena a «Cinnamon» y después llevó a Emily al restaurante del motel. Cuando terminaron de cenar ya era casi de noche, aunque seguía habiendo luces en la piscina y nadadores que, como peces brillantes, ponían en movimiento el agua transparentemente azul y centelleante.

—Quedémonos aquí un rato —dijo Emily, deambulando por el césped y sentándose finalmente en una silla, sobre el cemento, cerca de la piscina.

—Tengo que sacar a «Cinnamon» a pasear.

—Te esperaré aquí.

Sin duda alguna, él no se atrevería a traer a aquella perra cerca de la piscina.

Volvió con «Cinnamon», que andaba airosa y elegantemente a su lado.

—¡No puedes tener a esa perra aquí! —murmuró Emily con enojo.

—Tonterías. Sabe muy bien cómo portarse. Siéntate, «Cinnamon», siéntate.

La perra se sentó a sus pies, con las orejas aguzadas, la nariz venteando el aire, contemplando el mundo que la rodeaba como una esfinge egipcia. Tranquilamente, Fred acarició a «Cinnamon» entre las orejas, y cruzó una pierna sobre la otra. Un muchacho se tiró a la piscina cerca de ellos, salpicándoles de agua y rápidamente Fred limpió las gotas que habían caído sobre el lomo de «Cinnamon», suavizando su pelo.

«No puede dejar de tocarla —pensó Emily—. Es indignante que prodigue tanto afecto a esa perra. Si me hubiera prestado a mí la mitad de la atención que le concede a ella... quizá si hubiéramos podido tener hijos... Si Fred no viajara tanto...»

«Cinnamon» se levantó de pronto y trotó hacia la piscina.

—¡Quieta! —ordenó Fred.

«Cinnamon» se detuvo, miró hacia el agua y volvió una mirada de ruego al amo.

—¡No! ¡Quieta! ¡Apártate del agua!

«Cinnamon» se quedó quieta. «Siempre obediente, siempre comportándose bien», pensó amargamente Emily. Y no era de extrañar. Fred se pasaba todo su tiempo libre entrenándola. Cada vez más, a Emily le parecía que Fred prefería estar con «Cinnamon» que con ella. ¿Sería todo igual en la cabaña? Fred y «Cinnamon» explorando y dando largos paseos juntos.

Entonces, «Cinnamon» se extendió a los pies de Fred. Él le acarició suavemente el estómago y la perra se volvió lánguidamente, con las patas al aire y los ojos cerrados en éxtasis. Por sus labios negros se extendió una sonrisa de pura felicidad, con la punta de su lengua sonrosada recostada indolentemente sobre su mejilla.

Desconcertada, Emily se dio cuenta de que la gente estaba mirándoles. De repente, escuchó exclamar a la joven del bañador negro:

—¡Mira, esa perra se está riendo! ¡Realmente se está riendo!

Allí estaba la prueba, pensó triunfalmente Emily. No eran imaginaciones suyas; aquella estúpida perra se estaba riendo... de ella.

Mientras observaba a los bañistas deseó desesperadamente poder nadar, pero el agua aún estaba demasiado fría para aprender. «Me pregunto si esa perra puede nadar», pensó maliciosamente Emily. Había oído decir que los perros nadan instintivamente cuando son arrojados al agua. ¿Pero durante cuánto tiempo? Y si a uno le estiraban hacia abajo...

Cuando la piscina se cerró y se apagaron las luces, se marcharon, andando en fila, como patos. «Cinnamon» haciendo cabriolas delante, con Fred inmediatamente después, escoltándola orgullosamente, y Emily siguiéndoles despacio, detrás.

Por muy fuerte que lo intentara, Emily no podía vencer los celos, la rabia y el daño que ahora se fundían en su interior, formando un nudo de profundo odio. ¡Dedicar todo su amor a una perra! ¡Era indecente! No lo consentiría más tiempo.

Sería inútil pedirle que diera la perra a alguna persona. No lo haría. Tendría que plantearle un ultimátum. Fred tendría que elegir entre ella y aquella perra. Pero él nunca podría olvidarla... y existía la terrible posibilidad, impensable, desde luego —aunque a pesar de todo existía— de que él eligiera a la perra. Pero había otra forma.

Emily esperó hasta que Fred estuvo metido en la cama, mirando la televisión.

—Creo que esa perra tiene que volver a salir —dijo.

—No, no lo necesita —afirmó Fred, sin apartar la mirada de la pantalla.

—Parece terriblemente inquieta.

—No, no lo está.

—No tienes que sacarla tú, si no quieres —insistió Emily—. Me pondré la bata y...

—¡No! —exclamó Fred severamente—. ¡Olvídalo!

Durante un largo tiempo, Emily permaneció tumbada, despierta, notando una sensación de frustración y derrota. Lo tendría que hacer a la mañana siguiente.

Como consecuencia de largos años de práctica, Emily podía ponerse un despertador en la mente y despertarse a la hora que quería. Lo hizo a las cinco de la madrugada, poco antes de que amaneciera. A hurtadillas, sacó a «Cinnamon» al exterior, llevándola a través del césped, húmedo por el rocío, hacia la piscina. No estaba todo tan oscuro como ella hubiera deseado.

Su corazón le golpeaba en el pecho, temerosa de que alguien pudiera verla. Tendría que arriesgarse. Si alguien le preguntaba, diría que la perra se había caído a la piscina y que ella estuvo tratando de sacar al animal del agua. Empezó a caminar por el suelo de cemento. «Cinnamon» se detuvo, y se sentó.

—¡Vamos, vamos! —dijo Emily ásperamente.

La perra se negó a moverse. Emily dio un tirón de la correa. ¡Aquella perra no podría recordar que no le estaba permitido acercarse al agua! Exasperada, Emily tiró del animal hacia la piscina. La perra se resistió, con su hocico raspando el cemento.

—¡Emi-i-ly! —gritó impacientemente Fred desde el balcón de la habitación, en el gris del amanecer—. No intentes andar con ella a través de la piscina. Sabe que no le está permitido.

Emily apretó los dientes, forzando una sonrisa, osciló hacia un lado y empezó a moverse hacia la zona del aparcamiento, con «Cinnamon» trotando obedientemente a su lado. Después, le dijo a Fred que la perra la había despertado y que quiso salir fuera. Furiosa, se dijo a sí misma que no fracasaría en la siguiente ocasión.

Aquella tarde se introdujeron con el coche en un camino arenoso, metiéndose entre los bosques. El perfume de los pinos refrescaba el aire y los rayos del sol se filtraban por entre los altos robles, teñidos de musgo. Se detuvieron ante una rústica cabaña, construida sobre un montículo.

—Mira, Em, estamos completamente rodeados de montañas. Desde el porche se puede ver el lago, allá abajo.

Con una secreta sonrisa, Emily miró hacia el lago, que relucía bajo los rayos del sol.

—Y los árboles empiezan a enrojecer y...

—Hay allá abajo un bote, que se alquila junto con la cabaña. Tendremos que intentar pescar algo en el lago.

—¡Hummm! —murmuró Emily pensativamente—. Pero ahora hace un tiempo estupendo.

Fred recogió la última cucharada de arándanos de su plato y terminó de beber el té helado.

—Bien, mientras tú limpias los platos, «Cin» y yo daremos un pequeño paseo exploratorio. ¿Paseo, «Cin»? ¿Paseo?

La perra empezó a hacer cabriolas, encantada, oscilando el rabo como una bandera. Los labios de Emily se estrecharon, formando una línea de expresión decidida.

Una hora después, cuando Emily ya estaba empezando a sentirse furiosa, aparecieron en el porche, llenos de excitación.

—¿Sabes lo que hemos encontrado, Em? Ese camino de atrás de la cabaña da unas vueltas y termina en una senda. Al fondo de la senda, hay otro sendero con huellas de carro, ahora cubiertas de hierba. Hemos seguido el sendero un rato y entonces la hemos visto. Una vieja granja de piedra, toda carbonizada y con el interior destruido, como si se hubiera producido un incendio. Hemos echado un vistazo al interior; estaba tan oscuro que casi me caí al sótano; hay un agujero en el suelo, donde antes estaban las escaleras que conducían al sótano.

Emily empezó a escuchar con atención, brillándole los ojos.

—Fuera de la casa, todo está lleno de maleza. Hay una parra y rosas silvestres y gencianas. ¿Y sabes lo que ha encontrado «Cinnamon»?

Confundida, Emily sacudió su cabeza en un gesto de negación.

—¡«Cinnamon» encontró un pozo! ¡Qué digo un pozo...! Un gran agujero en el suelo, que parece como si fuera a desembocar a China. Me hubiera caído allí si «Cinnamon» no hubiera olfateado alrededor y no me hubiera hecho detener. Es tan inteligente... ¿Sabes lo que hizo? Se sentó justo delante del agujero. Nadie podría haberla movido de allí. ¿Puedes creer que una perra sea tan inteligente?

—No —dijo Emily ásperamente.

Fred acarició cariñosamente la cabeza de «Cinnamon».

—Tienes que ver el lugar, Em. Debe tener por lo menos doscientos años.

—Sí, me gustaría verlo.

«Ningún perro es más inteligente que yo —pensó—. ¡No lo toleraré!»

Al día siguiente, después de comer, Fred se tumbó un rato a dormir la siesta. En cuanto empezó a roncar, Emily enganchó la correa en el collar de «Cinnamon» y salió silenciosamente por la puerta trasera de la cabaña. Siguió el camino hasta llegar a la senda y tras haber seguido dos caminos falsos, encontró el sendero con huellas de carro, que le llevó hasta la antigua granja. 

Subió los desgastados escalones, cruzó el porche de la puerta de entrada y penetró cautelosamente en el interior. El suelo que quedaba parecía sólido. Unas pocas tablas estaban carcomidas, otras faltaban. Delante de ella observó una gran abertura negra, donde debieron estar los escalones que conducían al sótano.

Avanzando con mucho cuidado, se acercó. Cuando «Cinnamon» empezó a gruñir, se detuvo, la levantó y le quitó la correa. Se detuvo ante el borde del hueco, tratando de no respirar el aire malsano procedente de la madera carcomida y del sótano de tierra. «Cinnamon», inquieta entre sus brazos, gimió más fuerte.

De repente, Emily se dio cuenta de algo. El sótano no tenía una profundidad suficiente. La caída no sería lo bastante grande. «Cinnamon» se pondría a ladrar y quizá no la escuchara nadie, pero sus aullidos, que encontrarían eco en el oscuro sótano, se escucharían a varios kilómetros de distancia.

Emily sacó la perra al exterior, le volvió a sujetar la correa y la colocó en el suelo. Cautelosamente, rodeó la casa, observando con cuidado a «Cinnamon» para ver si hacía signos de querer retirarse a medida que iba olfateando. Fred habría advertido a «Cinnamon» que se mantuviera apartada del pozo, del mismo modo que había hecho con la piscina. 

Emily volvió a dar vueltas alrededor de la casa, en un círculo más amplio en esta ocasión, pasando disgustadamente a través de las hierbas altas y las malas hierbas que le pinchaban las piernas, mientras «Cinnamon» olfateaba delante de ella.

Emily se volvió abruptamente para evitar andar sobre algunos maderos anchos que encontró en el camino. Emily creyó que se trataba de maderos procedentes del antiguo suelo de la casa. Parecía como si alguien los hubiera colocado allí, uno al lado del otro. Pero «Cinnamon», olfateando con su nariz los secretos de la tierra, no quiso apartarse de allí. De repente, saltó hacia adelante y la correa se escapó de los dedos de Emily.

—¡Maldita seas! —gritó Emily, enfurecida—. ¡Vete! ¡Piérdete de mi vista!

Podría decirle a Fred que la perra había salido de la cabaña y se había marchado. Pero si él la descubría después llevando la correa, sabría que le había mentido. O le podría decir que había sacado a «Cinnamon» a dar un paseo y que la perra se le había escapado. Pero si aquella estúpida perra quedaba atrapada en unos arbustos y se estrangulaba al tirar de la correa, él nunca se lo perdonaría.

No podía hacerlo de aquel modo. Tendría que soltarle la correa del collar, o él sabría que la había sacado a pasear. Su cabeza le palpitaba y sentía las manos húmedas.

Entonces, «Cinnamon» se detuvo a medio camino, sobre las tablas. La perra parecía estar sonriendo, invitándola a seguirla. Emily corrió hacia «Cinnamon», intentando cogerla por el collar, y no lo consiguió. «Cinnamon» avanzó ligeramente sobre las maderas. Enfurecida, Emily intentó entonces coger el extremo de la correa y tampoco lo consiguió. 

Bajo el peso de su cuerpo, las maderas carcomidas empezaron a resquebrajarse y de pronto se partieron y Emily cayó hacia abajo, a través de la oscuridad que olía a humedad. Trató de gritar, pero su garganta se cerró, negándose a emitir ningún sonido. Parecía como si estuviera cayendo para siempre, pero no se sintió asustada, al menos hasta que se hundió en el agua helada del fondo.

Moviendo frenéticamente las piernas, Emily tuvo fuerzas para sacar la cabeza una sola vez sobre la superficie del agua. Todo lo que vio en el amplio círculo azul de cielo que había sobre ella fue a «Cinnamon» que, desde el borde, miraba hacia abajo, riendo. 

El hombre de arena - E. T. A. Hoffmann (parte 4)

Nadie podría imaginar algo tan extraño y maravilloso como lo que le sucedió a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que voy a referirte, lector. ¿Acaso no has sentido alguna vez tu interior lleno de extraños pensamientos? ¿Quién no ha sentido latir su sangre en las venas y un rojo ardiente en las mejillas? 

Las miradas parecen buscar entonces imágenes fantásticas e invisibles en el espacio y las palabras se exhalan entrecortadas. En vano los amigos te rodean y te preguntan qué te sucede. Y tú querrías pintar con sus brillantes colores, sus sombras y sus luces destellantes, las vaporosas figuras que percibes, y te esfuerzas inútilmente en encontrar palabras para expresar tu pensamiento. 

Querrías reproducir con una sola palabra todo cuanto estas apariciones tienen de maravilloso, de magnífico, de sombrío horror y de alegría inaudita, para sacudir a los amigos como con una descarga eléctrica, pero toda palabra, cada frase, te parece descolorida, glacial, sin vida. Buscas y rebuscas, y balbuces y murmuras, y las tímidas preguntas de tus amigos vienen a golpear, como el soplo del viento, tu ardiente imaginación hasta acabar apagándola. 

Pero si tú, como un hábil pintor, trazas un rápido esbozo de tales imágenes interiores, del mismo modo puedes también animar con poco esfuerzo los colores y hacerlos cada vez más brillantes, y las diversas figuras fascinan a los amigos que te ven en medio del mundo que tu alma ha creado. 

Debo confesar que, a mí, querido lector, nadie me ha preguntado por la historia del joven Nataniel; pero tú sabes que yo pertenezco a esa clase de autores que cuando se encuentra en el estado de ánimo que acabo de describir se imagina que cuantos lo rodean, e incluso el mundo entero, le preguntan, «¿qué te pasa?, ¡cuéntanos!». Así, una fuerza poderosa me obliga a hablarte del fatal destino de Nataniel. 

Su vida singular me impresionaba, y por esta razón me atormentaba la idea de comenzar su historia de una manera significativa, original. «Érase una vez…» bonito principio, para aburrir a todo el mundo. «En la pequeña ciudad de S…, vivía…» algo mejor, si se tiene en cuenta que prepara ya el desenlace. 

O bien entrar in medias res:
«—¡Váyase al diablo! —exclamó colérico con los ojos llenos de furia y de espanto el estudiante Nataniel cuando el vendedor de barómetros Giuseppe Coppola…». 

Así había empezado ya a escribir cuando creí ver algo de burla en la enfurecida mirada de Nataniel, aunque la historia no es en absoluto divertida. No me vino a la mente ninguna frase que reflejara el estallido de colores de la imagen que brillaba en mi interior. Decidí entonces no empezar. Toma, querido lector, las tres cartas que mi amigo Lotario me invitó a compartir como el esbozo del cuadro que me esforzaré, en el curso de la narración, en animar cada vez con más colorido, lo mejor que pueda.

Quizá consiga, como un buen retratista, dar a algún personaje un toque expresivo de manera que al verlo lo encuentres parecido al original, aun sin conocerlo, y te parecerá verlo en persona. Quizá creerás, lector, que no hay nada tan maravilloso y fantástico como la vida real, y que el poeta se limita a recoger un pálido brillo, como en un espejo sin pulir.

Para que desde el principio quede claro lo que es necesario saber, hay que añadir como aclaración a las cartas que, inmediatamente después de la muerte del padre de Nataniel, Clara y Lotario, hijos de un pariente lejano también recientemente fallecido, fueron recogidos por la madre de aquel.

Clara y Nataniel sintieron una fuerte inclinación mutua, contra la que nadie tuvo nada que oponer. Estaban, pues, prometidos cuando Nataniel abandonó la ciudad para proseguir sus estudios en G. Aquí se encuentra mientras escribe su última carta y asiste al curso del célebre profesor de física Spalanzani.

Ahora podría continuar mi relato tranquilamente, pero la imagen de Clara se presenta ante mis ojos tan llena de vida que no puedo apartarla de mí, como me pasaba siempre que me miraba dulcemente. No podía decirse que Clara fuese bella, esto pensaban al menos los entendidos en belleza. Sin embargo, los arquitectos elogiaban la pureza de las líneas de su talle; los pintores decían que su nuca, sus hombros y su seno eran tal vez demasiado castos, pero todos amaban su maravillosa cabellera que recordaba a la de la Magdalena y coincidían en el color de su tez, digno de un Battoni. 

Uno de ellos, un auténtico extravagante, comparaba sus ojos a un lago de Ruisdael, donde se reflejan el azul del cielo, el colorido del bosque y las flores del campo, la vida apacible. 

Poetas y virtuosos iban más lejos y decían:
—¡Cómo hablan de lagos y de espejos! No podemos contemplar a esta muchacha sin que su mirada haga brotar de nuestra alma cantos y armonías celestes que nos sobrecogen y nos animan. ¿Acaso no cantamos nosotros también, y alguna vez hasta creemos leer en la tenue sonrisa de Clara que es como un cántico, no obstante algunos tonos disonantes?

Así era. Clara poseía la imaginación alegre y vivaz de un niño inocente, un alma de mujer tierna y delicada, y una inteligencia penetrante y lúcida.

Los espíritus ligeros y presuntuosos no tenían nada que hacer a su lado, pues ella, sin muchas palabras, conforme a su temperamento silencioso, parecía decirles con su mirada transparente y su sonrisa irónica: «Queridos amigos, ¿pretenden que mire sus tristes sombras como auténticas figuras animadas y con vida?». 

Por esta razón Clara fue acusada por muchos de ser fría, prosaica e insensible. Pero otros, que veían la vida con más claridad, amaban fervorosamente a esta joven y encantadora muchacha; pero nadie tanto como Nataniel, quien se dedicaba a las ciencias y a las artes con pasión. Clara le correspondía con toda su alma. 

Las primeras nubes de tristeza pasaron por su vida cuando se separó de ella. ¡Con cuánta alegría se arrojó en sus brazos cuando él, al volver a su ciudad natal, entró en casa de su madre, como había anunciado en su última carta a Lotario! 

Sucedió entonces lo que Nataniel había imaginado; en el momento en que volvió a ver a Clara desapareció la imagen del abogado Coppelius y la fatal y razonable carta de Clara, que tanto lo había contrariado.

Sin embargo, Nataniel tenía razón cuando escribía a su amigo Lotario que su encuentro con el repugnante vendedor de barómetros había ejercido una funesta influencia en su vida. 

Todos sintieron desde los primeros días de su estancia que Nataniel había cambiado su forma de ser. Se hundía en sombrías ensoñaciones y se comportaba de un modo extraño, no habitual en él. La vida era sólo sueños y presentimientos; hablaba siempre de cómo los hombres, creyéndose libres, son sólo juguete de oscuros poderes, y humildemente deben conformarse con lo que el destino les depara. 

Aún iba más lejos, y afirmaba que era una locura creer que el arte y las ciencias pueden ser creados a nuestro antojo, puesto que la exaltación necesaria para crear no proviene de nuestro interior sino de una fuerza exterior de la que no somos dueños.

Clara no estaba de acuerdo con esos delirios místicos pero era inútil refutarlos. Sólo cuando Nataniel afirmaba que Coppelius era el principio maligno que se había apoderado de él en el momento en que se escondió tras la cortina para observarlo, y que aquel demonio enemigo turbaría su dichoso amor, Clara decía seriamente:

—Sí, Nataniel, tienes razón, Coppelius es un principio maligno y
enemigo, puede actuar de forma espantosa, como una fuerza diabólica que se introduce visiblemente en tu vida, pero sólo si no lo destierras de tu pensamiento y de tu alma. Mientras tú creas en él, existirá; su poder está en tu credulidad.

Nataniel, irritado al ver que Clara sólo admitía la existencia del demonio en su interior, quiso probársela por medio de doctrinas místicas de demonios y fuerzas oscuras, pero Clara interrumpió la discusión con una frase indiferente, con gran disgusto de Nataniel. 

Pensó entonces que las almas frías encerraban estos profundos misterios sin saberlo, y que Clara pertenecía a esta naturaleza secundaria, por lo cual decidió hacer todo lo posible para iniciarla en tales secretos. Al día siguiente, mientras Clara preparaba el desayuno, fue a su lado y empezó a leer diversos pasajes de libros místicos, hasta que Clara dijo:

—Pero, mi querido Nataniel, ¿y si yo te considerase a ti como el
principio diabólico que actúa contra mi café? Porque, si me pasara el día escuchándote mientras lees y mirándote a los ojos como tú quieres, el café herviría en el fuego y no desayunaríais ninguno.

Nataniel cerró el libro de golpe y se dirigió malhumorado a su
habitación. En otro tiempo había escrito cuentos agradables y animados que Clara escuchaba con indescriptible placer, pero ahora sus composiciones eran sombrías, incomprensibles, vagas, y podía sentir en el indulgente silencio de Clara que no eran de su gusto. 

Nada era peor para Clara que el aburrimiento; su mirada y sus palabras dejaban ver que el sueño se apoderaba de ella. Las obras de Nataniel eran de hecho muy aburridas. Su disgusto por el frío y prosaico carácter de Clara fue en aumento, y Clara no podía vencer el mal humor que le producía el sombrío y aburrido misticismo de Nataniel; y así, sus almas se fueron alejando una de otra, sin que se dieran cuenta.

La imagen del odioso Coppelius, como el mismo Nataniel podía reconocer, cada vez era más pálida en su fantasía, y hasta le costaba a menudo un esfuerzo darle vida y color en sus poemas, donde aparecía como un horrible espantajo del destino. Finalmente, el atormentado presentimiento de que Coppelius destruiría su amor le inspiró el tema de una de sus composiciones. 

Se describía a él mismo y a Clara unidos por un amor fiel, pero de vez en cuando una mano amenazadora aparecía en su vida y les arrebataba la alegría. Cuando por fin se encontraban ante el altar aparecía el horrible Coppelius que tocaba los maravillosos ojos de Clara; estos saltaban al pecho de Nataniel como chispas sangrientas encendidas y ardientes, luego Coppelius se apoderaba de él, lo arrojaba a un círculo de fuego que giraba con la velocidad de la tormenta y lo arrastraba en medio de sordos bramidos, de un rugido como cuando el huracán azota la espuma de las olas en el mar, que se alzan, como negros gigantes de cabeza blanca, en furiosa lucha. En medio de aquel salvaje bramido oyó la voz de Clara:

—¿No puedes mirarme? Coppelius te ha engañado, no eran mis ojos los que ardían en tu pecho, eran ardientes gotas de sangre de tu propio corazón… yo tengo mis ojos, ¡mírame!

Nataniel piensa: «Es Clara, y yo soy eternamente suyo». Es como si dominase el círculo de fuego donde se encuentra, y el sordo estruendo desaparece en un negro abismo. Nataniel mira los ojos de Clara, pero es la muerte la que lo contempla amigablemente con los ojos de Clara.

Mientras Nataniel escribía este poema estaba muy tranquilo y reflexivo, limaba y perfeccionaba cada línea, y volcado por completo en la rima, no descansaba hasta conseguir que todo fuera puro y armonioso. Cuando terminó y leyó el poema en voz alta, el horror se apoderó de él y exclamó espantado:
—¿De quién es esa horrible voz?

Enseguida le pareció, sin embargo, que había escrito un poema excelente, y que podría inflamar el frío ánimo de Clara, sin darse cuenta de  que así conseguiría sobresaltarla con terribles imágenes que presagiaban un destino fatal que destruiría su amor.

Nataniel y Clara se hallaban sentados en el pequeño jardín de su madre. Clara estaba muy alegre porque Nataniel, desde hacía tres días durante los cuales había trabajado en el poema, no la había atormentado con sus sueños y presentimientos. También Nataniel hablaba con entusiasmo y alegría de cosas divertidas, de modo que Clara dijo:
—Ahora vuelvo a tenerte, ¿ves cómo hemos desterrado al odioso Coppelius?

Nataniel entonces se acordó de que llevaba el poema en el bolsillo y de que deseaba leérselo. Sacó las hojas y comenzó su lectura. Clara, esperando algo aburrido como de costumbre, y resignándose, empezó a hacer punto. Pero, del mismo modo que se van levantando los negros y cada vez más sombríos nubarrones, dejó caer su labor y miró fijamente a Nataniel a los ojos. 

Este seguía su lectura fascinado, con las mejillas encendidas y los ojos llenos de lágrimas. Cuando terminó suspiró profundamente abatido, cogió la mano de Clara y sollozando exclamó desconsolado:
—¡Ah, Clara, Clara! —Clara lo estrechó contra su pecho y le dijo
dulcemente pero seria:
—Nataniel, querido Nataniel, ¡arroja al fuego esa loca y absurda historia!
Nataniel se levantó indignado y exclamó apartándose de Clara:
—Eres un autómata inanimado y maldito —y se alejó corriendo.
Clara se echó a llorar amargamente, y decía entre sollozos:
—Nunca me ha amado, pues no me comprende.

Los esponsales inenarrables - Robert Bloch

    Avis sabía muy bien que no estaba tan enferma como decía el doctor Clegg. Simplemente, sólo estaba cansada de la vida. Se trataba, acaso, de una especie de ganas de morir; o simplemente, del aburrimiento profundo que le infundían aquellos jóvenes pícaros que se dirigían a ella empezando con estas palabras: «¡Oh, rara Avis!»

Pero actualmente se sentía mejor. La fiebre había bajado hasta no ser más que un velo blanco que la cubría, una cosa que habría podido apartar de un gesto, si no hubiera sido tan agradable refugiarse debajo, acurrucarse contra su calor reconfortante.

Al darse cuenta de la realidad, Avis sonrió: la monotonía era, en verdad, lo único que no la aburría. Al fin y al cabo, la verdadera, la derrengante rutina era la esterilidad de la agitación. En comparación, esta tranquila sensación de quietud, esta dulce serenidad parecía rica y fértil. Rica y fértil... Creadora... Matriz.

Las palabras se enlazaban. Retorno a la matriz. Cuarto negro, lecho caliente; acostarse como perrillo de fusil en la reparadora, la nutricia letargia de la fiebre...

Eso no era realmente la matriz; no había remontado tan lejos; lo sabía. Pero esto le recordaba los días de aquellos tiempos de su niñez. De cuando era una niñita de ojos oscuros devorados por la curiosidad. Una niñita que vivía sola en una casona grande y antigua, como una princesa de leyenda en un castillo encantado.

Ah, claro, su tío y su tía también vivían allá, y no era realmente un castillo... ¡y nadie sabía que ella era princesa! Salvo Marvin Mason, hay que decirlo.

Marvin vivía al lado, e iba a veces a jugar con ella. Subían a su cuarto y miraban por el ojo de buey de la claraboya, pequeño párpado que se abría al cielo.

Marvin sabía, seguramente, que era princesa; que su cuarto era una torre de marfil y el ojo de perra una ventana encantada. Cuando se subían a una silla para mirar fuera, veían el mundo detrás del firmamento.

A veces ella no estaba segura de si Marvin veía real y sinceramente el mundo de más allá de la ventana; acaso dijera que sí, sencillamente, porque la amaba.

Pero escuchaba con sosiego las historias que ella le contaba de aquel mundo maravilloso. A veces le contaba las que había leído en los libros; otras veces, se las inventaba ella misma. Los sueños no vinieron hasta más tarde; unas historias que también contó a Marvin.

Y he ahí lo que sucedía: empezaba bien, pero de una manera o de otra las palabras acababan enredándose. Y no siempre encontraba las frases precisas para lo que había visto en sueños. Eran unos sueños muy especiales. Sólo le venían las noches en que tía May se había dejado la ventana abierta, y también, además, si no había luna. Entonces se acostaba en la cama, muy apelotonadita, hecha un ovillo y esperaba que el viento llegase a través del ojo de libélula. Vendría suavemente y ella sentiría en la frente y el cuello como la caricia de sus dedos. Unos dedos dulces y frescos que apenas le rozaban la cara, unos dedos apaciguadores que la hacían desenroscarse y abrirse como una flor que las sombras venían a libar.

Ella se adormecía en la espaciosa cama y las sombras entraban en cortejo por la ventana. Una noche que no estaba dormida, vio cómo llegaban las sombras, y supo que eran reales. Entraban traídas por la brisa y se reunían a su entorno. Quizá fuesen las sombras, y no el viento, las que tuvieran aquel dulce frescor. Quizá fuesen también las sombras las que la acariciaban y jugueteaban con su cabello hasta que se dormía.

Y entonces no le faltaba nunca la visita de los sueños. Llegaban siguiendo siempre el mismo camino, igual que el viento y las sombras. Bajaban del cielo por el ojo de pavo real. Había voces que ella escuchaba sin poder entenderlas, colores que veía sin poder nombrarlos, formas que entreveía pero que no se parecían a nada de lo que había visto en los libros.

Algunas veces, las mismas voces, los mismos colores y las mismas formas venían repetidamente, y aprendió a reconocerlas, en cierto modo. Una de las voces era grave, rezongante, y parecía salir directamente del interior de su propia cabeza, aunque ella sabía muy bien que procedía en realidad de la especie de pirámide negra y brillante que tenía ojos en las puntas de los brazos. Aquello no parecía ser ni viscoso ni repulsivo; no había motivo para asustarse. Avis no comprendía por qué Marvin Mason la hacía callar, cuando ella empezaba a hablarle de aquellos sueños.

Claro, era un chiquillo nada más; cogía miedo y huía a casa, con su madre. Avis no tenía madre, no tenía sino a tía May; pero a ésta no le habría contado nunca aquellas cosas. Además, ¿por qué habría tenido que contárselas? A ella los sueños no le daban miedo, ¡eran tan claros, tan interesantes!

A veces, en días grises, lluviosos, cuando no había otra cosa que hacer que jugar con la muñeca o recortar imágenes para pegarlas en el álbum, Avis deseaba que la noche se diera prisa en llegar para poder soñar y revivir todas aquellas cosas.

Acabó por gustarle quedarse en cama todo el día y alegar que se había resfriado, para no tener que ir a la escuela. Avis mantenía entonces la vista fija en el ojo de tórtola y esperaba la llegada de los sueños. Pero durante el día no venían nunca; sólo venían por la noche.

Con frecuencia se preguntaba cómo sería allá arriba. Los sueños debían venir del cielo, estaba segura. Las voces y las formas vivían allá arriba, en algún lugar al otro lado de la ventana. Tía May pretendía que los sueños los producían los desarreglos intestinales; pero Avis sabía muy bien que no era cierto.

Tía May se inquietaba siempre por los dolores de barriga de Avis y le reprochaba que no saliera a jugar fuera de casa. Decía que si estaba pálida y delicaducha era porque no salía. Pero Avis se encontraba bien, y además, tenía aquellos secretos que repasar en su mente. Ahora ya casi no veía nunca a Marvin Mason, ni se tomaba la molestia de leer. Por otra parte, aquello de ser princesa ya no la divertía. Los sueños eran muchísimo más reales; podía hablar con aquellas voces y pedirles que, cuando se fueran, se la llevaran con ellas.

Avis llegó a ser casi capaz de entender todo lo que decían; había eso brillante que se contentaba con columpiarse en la abertura de la ventana y aquello otro que tenía el aire de ser mucho más que lo que ella, Avis, podía ver... y esto producía en su cabeza una música familiar. No un estribillo, siempre igual, ¡ah, no! ¡Era más bien una especie de poema! En sus sueños, Avis le pedía que se la llevara de aquí. Montaría sobre sus espaldas y volaría con ella más allá de las estrellas. Era una picardía pedirle que volase, pero Avis sabía que, fuera, tenía alas. Unas alas grandes como el mundo.

Avis argüía y suplicaba, pero las voces le hacían comprender que no podían llevarse consigo a las niñitas pequeñas. O, en fin, algo así. Porque aquello era demasiado frío y estaba demasiado lejos, y habría que la transformarla.

Y Avis contestaba que le importaba poco el cambiar, que quería marcharse. Les dejaría hacer todo lo que quisieran, con tal que se la llevasen. ¡Ah, sería formidable poder hablarles continuamente, bañarse en aquel dulce frescor y soñar eternamente!

Una noche vinieron en mayor número que las veces anteriores. Se columpiaban en la abertura del ojo de ruiseñor y por todo el cuarto. Las había tan curiosas que se podía ver a través de ellas, y a veces se montaban unas sobre otras.

Avis se daba cuenta de que, durmiendo, estallaba en carcajaditas nerviosas; pero no podía remediarlo. Después se calmó y las escuchó.

Le dijeron que todo estaba dispuesto. Que iban a llevársela. Sólo que no debía decir nada a nadie, ni tener miedo. Que regresarían pronto. Que no podían llevársela tal como era ahora, y que ella debía querer transformarse.

Avis respondió que sí. Ellas, todas, rumorearon una especie de melodía y se fueron.

La mañana siguiente, Avis estaba enferma de verdad, muy grave, y no tenía ningunas ganas de levantarse. Tenía tanto calor que apenas podía respirar, y cuando tía May le trajo la bandeja, no pudo engullir ni un solo bocado.

Aquella noche no soñó. Le dolía la cabeza y no paraba de revolverse. De todos modos, fuera había luna llena, y los sueños tampoco habrían venido. Sabía que llegarían cuando la luna se hubiera marchado, no había de hacer otra cosa que esperar. Además, estaba tan enferma que no lo lamentaba demasiado. Era preciso que mejorase antes de poder partir, o hacer lo que fuere.

Al día siguiente el doctor Clegg vino a verla. Era un buen amigo de tía May y la visitaba con frecuencia; además, era su médico particular.

El doctor Clegg le cogió la mano, preguntándole qué era lo que no le marchaba bien aquella mañana a la damita. Avis estaba con demasiada fiebre para responder nada en absoluto, y, por otra parte, tenía una cosa brillante en la boca. El doctor cogió el objeto, lo examinó y meneó la cabeza. Se marchó un rato después, y entonces entraron tía May y tío Roscoe. Le hicieron engullir una especie de medicamento que tenía un sabor espantoso.

Empezaba a ser de noche; fuera se preparaba una tormenta. Avis casi no podía hablar, y cuando cerraron el ojo de gato no tuvo fuerzas para pedirles, por favor, que dejasen la ventana abierta esta noche, porque no había luna y vendrían a buscarla, a ella.

Luego todo empezó a girar y girar; tía May se acercó a la cama y pareció aplanarse como una sombra o una de aquellas formas que ella esperaba, aunque haciendo un ruido de trueno que estallaba al exterior. Ahora Avis dormía, dormía profunda y dulcemente, a pesar de que oía los truenos; aunque, por lo demás, no eran verdaderos truenos. Nada era verdadero, excepto las formas. Sí, nada era real sino las voces, las formas y los colores...

...Entraban por el ojo de serpiente, que ya no estaba cerrado porque Avis lo había abierto y ella estaba allá arriba, más alto de lo que hubiera ascendido nunca hasta entonces; aunque así, sin cuerpo, era fácil, y pronto tendría uno nuevo, si bien las formas querían también el antiguo, puesto que se lo habían llevado igualmente. Además, todo esto le daba igual, porque no lo necesitaba para nada y ahora ellas iban a llevar su ulnagr Yuggoth Farnomi ilyaa...

Fue en este instante cuando la encontraron tía May y tío Roscoe y, de un tirón, la hicieron bajar de la ventana. Más tarde dijeron que Avis había gritado a todo pulmón; que de no ser así se habría marchado sin que ellos se dieran cuenta.

Después de todo esto, el doctor Clegg la condujo al hospital. Allá no había ojo de tortuga y la gente entraba a verla toda la noche. Los sueños cesaron.

Cuando se hubo restablecido lo suficiente para volver a casa, descubrió que la ventana también había desaparecido.

Tía May y tío Roscoe la habían condenado porque Avis era sonámbula. La muchacha no sabía qué era ser sonámbula, pero adivinaba que tenía algo que ver con su enfermedad y con los sueños, que ya no volvían.

Porque parecía que entonces los sueños habían desaparecido definitivamente. No había manera de hacerlos volver, y, por otra parte, ella no tenía tantísimas ganas de que volvieran. Actualmente se divertía mucho jugando con Marvin Mason, y pronto volvería a la escuela en cuanto empezase el semestre próximo.

Ahora, sin ojo de búho que mirar, dormía muy bien por las noches. Tía May y tío Roscoe estaban contentos, y el doctor Clegg decía que iba a ser un demonio de preciosidad...

Avis lo recordaba todavía como si hubiera sido ayer. U hoy. O mañana.

Recordaba cómo había crecido. Cuando Marvin Mason se enamoró de ella. Todo lo que experimentó la noche que tía May y tío Roscoe perecieron en el accidente de Leedsville. Triste momento aquél.

Otro mal momento todavía: cuando Marvin se marchó. Ahora estaba sirviendo en las colonias. Avis se había quedado sola en aquella casona grande, que actualmente le pertenecía.

Reba venía todos los días para ocuparse de la casa, y el doctor Clegg pasaba de vez en cuando, incluso cuando hubo cumplido ya los veinte años y heredado oficialmente la finca.

No parecía aprobar la clase de vida que ella había decidido vivir y en diversas ocasiones le preguntó por qué no cerraba la casona y se iba a vivir en un pisito de la ciudad. Al médico le inquietaba ver que Avis no manifestaba el menor deseo de conservar las amistades que había hecho en el colegio. Y esto recordaba vivamente a la joven la solicitud que el doctor demostraba por ella cuando no era más que una niña.

Pero Avis ya no era una niña. E iba a ponerlo de manifiesto suprimiendo lo que había representado siempre, para ella, el símbolo del dominio de los mayores. Hizo abrir otra vez la alta ventana redonda de su dormitorio.

Era algo estúpido. Avis se dio cuenta en aquel mismo momento; pero, para ella, aquello revestía un significado particular, porque aquello restablecía en cierto modo el lazo con su niñez. Y en aquello se resumía su dicha: en la niñez y siempre en la niñez.

Ausente Marvin Mason, tía May y tío Roscoe difuntos, poca cosa quedaba con que poblar el presente. Entonces Avis subía a su cuarto y se hundía en los álbumes de recortes que había coleccionado durante su infancia. Había guardado también las muñecas y los viejos cuentos de hadas, que ahora hojeaba para ayudarse a pasar las largas tardes solitarias. Con tales diversiones, uno casi llega a perder la noción del tiempo. Los objetos que la rodeaban no habían cambiado. Ah, claro, Avis era mucho más alta, y la cama ya no tenía un aire tan impresionante, ¡ni la ventana estaba tan arriba!

Pero ambos estaban allí. Ambos esperaban a la niña en que se convirtió de nuevo cuando, al caer la noche, se enroscó como una pelotita y se escondió entre las sábanas; se escondió para fijar la mirada en el ojo de buey, aquel párpado que se abría contra el cielo. Avis aspiraba de todo corazón a soñar otra vez. Al principio no lo consiguió.

Al fin y al cabo era ya una mujer adulta, estaba prometida, iba a casarse y no era ningún personaje de Peter Ibbetson. Aquellos sueños de su infancia habían sido bastante estúpidos.

Quizá. Pero eran muy hermosos. Sí, incluso cuando estuvo tan enferma que faltó poco para que se cayera de la ventana. Hasta aquella vez habla sido muy agradable soñar. Evidentemente, aquellas voces y aquellas formas no habían sido más que obsesiones de neurótica, como decía Freud. Esto lo sabían todos.

¿Y si todos se equivocaban?

Supongamos que todo aquello hubiera sido real. Supongamos que los sueños no sean, simplemente, manifestaciones del subconsciente provocadas por una indigestión o un aumento de colesterol. ¿Y si los sueños fuesen producidos, en realidad, por impulsos electrónicos o radiaciones planetarias emitidas en la misma longitud de onda que tuviera la mente del durmiente?

El pensamiento es un impulso eléctrico. ¿Puede ser que el que sueña actúe como una especie de médium sumido en un estado de receptividad particular? Si el durmiente posee la rara facultad de actuar como catalizador, es posible que lo que ve aparecer no sean fantasmas, sino criaturas de otro mundo, o de otra dimensión. Se podría pensar que los sueños se alimentan de la sustancia misma del soñador, al igual que los espíritus se convierten en ectoplasmas absorbiendo la energía del médium.

Avis lo pensó y volvió a pensar, y cuando hubo desarrollado su teoría, se dijo que todo parecía perfectamente coherente. Aunque, a pesar de ello, no hablaría con nadie de su descubrimiento. El doctor Clegg se reiría en sus propias narices, o, peor aún, se contentaría con bajar la cabeza. Tampoco Marvin Mason habría estado de acuerdo. Nadie quería verla soñar. La trataban siempre como a una chiquilla.

Muy bien, se haría la chiquilla, una chiquilla que ahora podía hacer todo lo que quisiera. Y soñaría.

Muy poco tiempo después de haber tomado esta decisión vio retornar los sueños. Casi como si hubieran esperado que los aceptase plenamente por lo que eran.

Sí, retornaron, lentamente, poquito a poco. Avis observó que si se concentraba sobre el pasado, durante el día, si se esforzaba en recordar la infancia, facilitaba el proceso. Y por esta razón pasó cada día más y más tiempo en su cuarto, dejando los cuidados de la casa confiados a Reba. Si quería aire fresco, siempre podía mirar por la ventana. Estaba muy alta y era pequeña; pero bastaba que Avis se subiera a una silla para que pudiera ver el cielo y las nubes que lo escondían a trozos, mientras esperaba la llegada de la noche.

Entonces se acostaba en la gran cama y aguardaba al viento. El viento se acercaba suavemente, y las tinieblas se deslizaban dentro del cuarto; y pronto podía escuchar el cuchicheo de las voces apagadas.

Las voces fueron las primeras que regresaron; pero eran débiles, lejanas. Poco a poco ganaron en intensidad, y Avis pudo observar de nuevo las diferencias y reconocer las distintas entonaciones individuales.

Tímidamente, con muchas vacilaciones, las formas reaparecieron a su vez. Cada noche se hacían más claras. Avis Long (una chiquilla de grandes ojos redondos en una espaciosa cama bajo el ojo de terciopelo) las esperaba con impaciencia.

Ya no estaba sola. No tenía necesidad de ver amigos ni de hablar con aquel viejo imbécil de doctor Clegg. Ni por qué perder el tiempo hablando tonterías con Reba, ni de hacer melindres con motivo de las comidas. No tenía necesidad de vestirse para salir. De día, tenía la ventana; de noche, los sueños.

Así las cosas, un buen día se sintió singularmente débil y le sobrevino esta curiosa enfermedad. Pero no era esto lo que esperaba en cuanto a transformación física.

Su espíritu continuaba intacto, lo sabía. Poco importaba el número de veces que el doctor Clegg se había quejado de ella y hablado de llamar a un «especialista»; no tenía miedo. Claro, sabía que la verdad era que querían que la examinase un psiquiatra. Aquel viejo chocho no se cansaba de soltar discursitos zalameros aludiendo a su «retirada de la realidad» y sus «mecanismos de fuga».

Clegg no sabía nada de sueños. Por lo demás, Avis no se lo habría explicado. El médico no había sabido imaginar nunca la riqueza, la plenitud, el sentimiento de conquista que procuraba el hábito de ponerse en contacto con otros mundos.

Actualmente Avis estaba al corriente de todo esto. Las voces y las formas que entraban por el ojo de mochuelo venían de otros mundos. Como una niña cándida, las había atraído por su propia simplicidad. Ahora, al esforzarse conscientemente en hallar otra vez su ingenuidad infantil, las veía retornar.

Llegaban de otros universos, de unos universos de belleza y esplendor. De momento Avis no podía ir a su encuentro más que en alas de los sueños; pero un día... un día, muy pronto, traspasaría la barrera.

Las voces cuchichearon señalando su cuerpo. Dijeron algo relacionado con un viaje, que hablaba de «cambio». Aquello no se podía expresar con palabras usuales; pero ella les tenía confianza y, después de todo, un cambio físico significaba poca cosa, si una se fijaba en el fin perseguido.

Pronto se habría restablecido y estaría fuerte. Bastante fuerte para decir sí. Y entonces vendrían a buscarla, cuando la luna lo permitiese. Hasta aquel momento, ella podía reforzar su determinación, su manera de soñar.

Avis Long estaba tendida en la inmensa cama, bien calentita, en las tinieblas, aquellas tinieblas que penetraban de manera visible por la ventana abierta. Las formas se insinuaban, se enroscaban en los lienzos, se alimentaban de la noche misma, crecían, palpitaban, lo envolvían todo.

Las formas la tranquilizaron con respecto a su cuerpo; pero a la joven la tenía sin cuidado y les dijo que no le daba importancia, porque creía que el cuerpo era accesorio y que sí, que consideraría aquello, de buena gana, como un cambio, con tal de poder partir, lo cual, sabía, dependía exclusivamente de ellas.

No es más allá de las estrellas, sino entre las estrellas, en medio de ellas, donde reside la esencia, tiniebla de las tinieblas, porque Yuggoth no es más que un símbolo; aunque no, esto no es cierto, no hay símbolos, porque todo es realidad, y sólo es la percepción lo limtitado... porque... ch'yar ul'nyar shaggornith...

Nos cuesta trabajo hacernos comprender — pero yo te comprendo — tú no puedes resistirte — yo no quiero resistirme — tratarán de impedírtelo — nada podrá impedírmelo porque yo les pertenezco — sí, y tú perteneces - y es para muy pronto — sí, es para pronto — muy pronto — sí, sí, muy, muy pronto...

Marvin Mason no esperaba que le recibieran de este modo, ni pensarlo. Avis no había escrito, ni había venido a la estación, evidentemente..., pero la posibilidad de que estuviera enferma de gravedad no había cruzado por su mente.

El muchacho se había ido derechamente a casa de Avis, y le causó una trágica sorpresa el encontrar al doctor Clegg a la puerta.

El anciano médico tenía un semblante apenado, y la primera frase que pronunció contribuyó todavía a reforzar esta sensación. Estaban sentados cara a cara, abajo, en la biblioteca. Mason sentíase incómodo dentro del uniforme, y el anciano se mostraba demasiado repleto de vocabulario profesional.

—En fin, ¿qué hay, doctor?

—No sé. Una ligera fiebre crónica. Insomnio. Lo he comprobado todo: ni vestigio de tuberculosis o de infección maligna. Su mal no es... orgánico.

—¿Quiere decir que es el espíritu...?

El doctor Clegg se hundió profundamente en el sillón y bajó la cabeza.

—Le podría contar muchas cosas, Mason. Las teorías de la medicina psicosomática, los beneficios de la psiquiatría, la... Pero importa poco. Sería una hipocresía.

»He hablado con Avis, o, más bien, he tratado de hablarle. Ella no decía gran cosa; pero lo poco que ha explicado me ha trastornado profundamente. Y su conducta me ha inquietado más todavía. Usted adivinará adónde quiero ir a parar, imagino, si le digo que Avis lleva la vida de una niña de ocho años. La vida que llevaba a dicha edad.

Mason frunció el entrecejo.

—¡No me dirá que sube otra vez a sentarse en su cuarto y a mirar por la ventana!

El doctor Clegg hizo un signo afirmativo.

—Pues yo creía que la habían cerrado tiempo atrás, cuando se dieron cuenta de que Avis era sonámbula y que...

—La hizo abrir de nuevo meses atrás. Y Avis no sido nunca sonámbula.

—¿Qué quiere decir?

—Avis Long no ha paseado nunca en sueños. Me acuerdo muy bien de la noche en que la encontré sobre el marco de la ventana. No sobre la mesita, porque no la había. Estaba encaramada sobre la pieza de apoyo de la ventana abierta, con la mitad del cuerpo afuera, como un perrito que hubiera probado de saltar demasiado alto.

»Pero no había ninguna silla debajo, ninguna escalera. Ningún medio para llegar allá arriba. Sencillamente, ella estaba allí... y nada más.

El médico volvió la cara antes de continuar.

—No me pregunte qué significa esto. No podría, ni querría, explicarlo. Habría debido hablarle de las cosas que cuenta..., sus sueños y las presencias que vienen a verla. Las presencias que quieren llevársela.

»Mason, es usted quien debe intervenir. Honradamente, yo no puedo hacerla encerrar; por una razós muy sencilla: la reclusión no significa nada para los sueños. No se puede construir muralla alguna para protegerse de ellos.

»Pero usted puede rodearla de afecto, puede curarla. Usted es el único que puede cuidarla, que puede despertar su interés por la realidad. Ah, ya sé que esta perspectiva tiene el aire de un romanticismo exagerado y estúpido, tanto como la otra debe de parecer loca y abracadabrante.

»Y sin embargo, es así. Es lo que ocurre. En este preciso instante ella duerme en su cuarto y oye las voces..., lo sé muy bien. Pruebe, pues, de hacerle oír la de usted.

Mason salió del aposento y empezó a subir las escaleras.

 —Pero ¿qué quiere decir eso de «no puedo casarme contigo»?

Mason contemplaba el cuerpo sumido en un revoltijo de sábanas. Probó de esquivar la mirada directa de los ojos curiosamente infantiles de Avis, como también evitaba mirar la negra, siniestra abertura de la ventana redonda.

—No puedo, y no hay más que hablar.

Hasta su voz parecía tener un acento infantil. Los tonos agudos, penetrantes, habrían podido salir muy bien de los labios de una niña, una niña fatigada, medio dormida, y ligeramente irritada de que la hubieran despertado con un sobresalto.

—Pero tus proyectos..., tus cartas...

—Lo siento. No puedo hablar. Sabes que no he estado bien. Sin duda el doctor Clegg te lo habrá dicho, abajo.

—Pero ahora vas mucho mejor —insistió Mason—. Dentro de pocos días volverás a estar en pie.

Avis meneó la cabeza. Una sonrisa —la sonrisa equívoca de una niña desobediente— levantó las comisuras de sus labios.

—No puedes comprenderlo, Marvin. No podrás comprenderlo nunca. Tú perteneces a... esto. —Un ademán indicó la estancia— Yo pertenezco a otra parte.

Y la mano señalaba, inconscientemente, hacia la ventana.

Ahora Marvin alzó la mirada. No podía evitarlo; el agujero redondo y negro se abría sobre la nada. O sobre... algo. Fuera, el cielo estaba negro, sin luna. Un viento frío venía a rodar como una ola alrededor de la cama.

—Cerraré la ventana —dijo, procurando adoptar un tono sosegado y previsor.

—No.

—Niña, estás enferma; vas a resfriarte.

Incluso cuando acusaba, la voz de Avis parecía curiosamente aguda. La joven se sentó, muy erguida y se encaró con él.

—Tú estás celoso, Marvin. Tienes celos de mí. De ellas. No me dejarías soñar nunca. No me dejarías partir jamás. Y yo quiero irme. Ellas van a venir a buscarme.

»Yo sé por qué te ha enviado acá, el doctor Clegg. Quiere que me convenzas de que baje otra vez. Quiere encerrarme, como también quiere cerrar la ventana. Quiere que me esté aquí porque tiene miedo. Todos tenéis miedo de lo que hay allá... fuera.

»Pues todo eso no sirve de nada; no podrás detenerme. No podrás detenerlas.

—Cálmate, querida...

—Me da igual. ¿Crees que me preocupo de lo que hagan de mí, desde que sé que podré partir? No tengo miedo. Sé que no puedo partir tal como soy ahora. Sé que primero tienen que transformarme. Hay ciertos puntos que quieren guardar secretos por motivos que sólo ellas saben. Si te contara ciertas cosas, te aterrorizarías. En cambio, yo no tengo miedo. Tú piensas que estoy enferma y loca... No digas lo contrario.

»Me siento bastante bien, bastante fuerte para verlas cara a cara y enfrentarme con su mundo. Eres tú el que está demasiado afectado para soportar todo esto.

Avis había terminado gritando, con un gemidito agudo de rabieta infantil.

—Mañana abandonamos esta casa, tú y yo —dijo Mason—. Nos vamos. Nos casaremos y seremos felices eternamente, como en los libros de cuentos de hadas. Lo que le pasa a usted, princesa, es que no ha crecido. Todas estas historias de duendes y de reinos exteriores...

Avis lanzó un chillido.

Mason simuló que no lo oía.

—Y para empezar voy a cerrar esta ventana.

Avis siguió chillando. Sus gritos se convirtieron en aullido estridente cuando Mason estiró el brazo y empujó el vidrio redondo sobre la negra abertura. El viento trató de oponerse a sus esfuerzos, pero él cerró la ventana y aseguró el pestillo.

De súbito, unas manos se le hundieron en la garganta, por detrás, mientras los gritos estallaban en sus oídos.

—Te mataré —gritó Avis.

Era el grito de una niña enfurecida. Pero no había nada de infantil ni de débil en la fuerza que movía aquellos dedos encarnizados. Mason se deshizo de ella, sin aliento.

Luego, repentinamente, el doctor Clegg apareció en la habitación. Brilló una jeringa hipodérmica y se hundió con un destello de plata.

Condujeron a la muchacha a la cama y la acostaron. Las blancas sábanas formaban como un aderezo alrededor del rostro cansado de la niña dormida.

Ahora la ventana estaba bien cerrada. Todo había quedado ya en orden cuando los dos hombres apagaron la luz y se retiraron de puntillas.

 Mason suspiraba delante del fuego.

—Poco importa cómo, pero mañana me la llevo de aquí —se prometió—. Quizá haya sido demasiado repentino, todo esto... Volver a mitad de la noche y precipitarme a despertarla. No he sido muy delicado. Pero había algo en ella, algo en la atmósfera del cuarto, que me ha aterrorizado.

El doctor Clegg encendió la pipa.

—Lo sé —rubricó—. Es esto lo que me impide comprender lo que pasa. Hay mucho más que una simple alucinación.

—Voy a pasar la noche aquí —continuó Mason—, por si ocurriera algo.

—Avis dormirá —aseguró el médico—. Puede darlo por seguro.

—A pesar de todo, estaré más tranquilo si me quedo. Empiezo a tener una idea propia sobre todo eso que cuenta... Esos otros mundos, y los cambios que han de producirse en el cuerpo de ella antes del viaje... Esto tiene algo que ver con la ventana, probablemente. Y se parece mucho a un deseo de suicidarse.

—¿Intuición de la muerte? Es posible. Hubiera debido prever esta posibilidad. Sueños premonitorios... Pensándolo bien, Mason, me quedaré con usted. Podríamos instalarnos bastante cómodamente aquí, ante la lumbre.

Se hizo el silencio.

Sería más de la medianoche cuando los dos hombres abandonaron sus respectivos puestos para acercarse al fuego.

Un ruido agudo se desarticuló en fragmentos estridentes. Ambos estuvieron en pie antes de que el eco argentino se apagase, y se precipitaron hacia las escaleras.

No intercambiaron ni una sola palabra. Arriba el ruido había cesado, y sólo el sordo golpear de sus pisadas en los escalones rompía el silencio. Cuando se pararon delante de la puerta de Avis Long pareció que el silencio se condensaba. Era un silencio total, perfecto, casi palpable.

La mano del médico fue en busca del pestillo y lo hizo girar. Sin resultado.

—¡Cerrada! —exclamó—. Se habrá levantado y habrá pasado el cerrojo.

Mason arrugó el ceño.

—¡La ventana...! ¿Cree que habrá podido...?

El doctor Clegg no respondió. Volvióse y lanzó el macizo hombro contra la puerta, poniendo de relieve los músculos del cuello. Las tablas crepitaron y cedieron. Mason pasó la mano y abrió desde el interior.

Entraron en el oscuro cuarto, el doctor Clegg delante, tanteando en busca del interruptor. La dura claridad eléctrica inundó la estancia.

Movidos por un terrible presentimiento, los dos hombres levantaron la vista instintivamente hacia la claraboya, el «ojo de buey», de lo alto de la pared.

El aire frío de la noche se desparramaba por la abertura desmenuzada cuyo cristal había volado a pedazos, como bajo el golpe de un puño gigante. Dispersos por todas partes, brillaban fragmentos de vidrio; pero no se veía rastro de proyectil alguno. No obstante, era evidente que el cristal lo habían roto desde el exterior.

—El viento —murmuró Mason con voz débil.

Pero al decirlo no se atrevió a mirar al doctor Clegg. No hacía viento; apenas una brisa muy leve, dulce y fresca que acariciaba las cortinas y hacía danzar las sombras en la pared. Unas sombras que oscilaban en silencio en torno a la cama grande del fondo de la habitación.

La brisa, el silencio y las sombras los envolvían cuando se acordaron por fin de mirar al lecho.

Reposando sobre la blanca almohada, el semblante de Avis estaba vuelto hacia ellos. El doctor Clegg dedujo lo que Mason había comprendido por instinto. Los ojos de Avis Long se habían cerrado para siempre.

Pero no fue esto lo que hizo estremecerse a Mason... no era la vista de la muerte lo que le arrancó un grito al doctor.

El pacífico rostro vuelto hacia ellos entre los velos de la muerte no tenía nada de amedrentador. No, en la cara no había nada que hiciera temblar...

Sobre la blanca almohada, los rasgos de Avis Long manifestaban una serenidad perfecta.

Pero su cuerpo había... huido.