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Los esponsales inenarrables - Robert Bloch

    Avis sabía muy bien que no estaba tan enferma como decía el doctor Clegg. Simplemente, sólo estaba cansada de la vida. Se trataba, acaso, de una especie de ganas de morir; o simplemente, del aburrimiento profundo que le infundían aquellos jóvenes pícaros que se dirigían a ella empezando con estas palabras: «¡Oh, rara Avis!»

Pero actualmente se sentía mejor. La fiebre había bajado hasta no ser más que un velo blanco que la cubría, una cosa que habría podido apartar de un gesto, si no hubiera sido tan agradable refugiarse debajo, acurrucarse contra su calor reconfortante.

Al darse cuenta de la realidad, Avis sonrió: la monotonía era, en verdad, lo único que no la aburría. Al fin y al cabo, la verdadera, la derrengante rutina era la esterilidad de la agitación. En comparación, esta tranquila sensación de quietud, esta dulce serenidad parecía rica y fértil. Rica y fértil... Creadora... Matriz.

Las palabras se enlazaban. Retorno a la matriz. Cuarto negro, lecho caliente; acostarse como perrillo de fusil en la reparadora, la nutricia letargia de la fiebre...

Eso no era realmente la matriz; no había remontado tan lejos; lo sabía. Pero esto le recordaba los días de aquellos tiempos de su niñez. De cuando era una niñita de ojos oscuros devorados por la curiosidad. Una niñita que vivía sola en una casona grande y antigua, como una princesa de leyenda en un castillo encantado.

Ah, claro, su tío y su tía también vivían allá, y no era realmente un castillo... ¡y nadie sabía que ella era princesa! Salvo Marvin Mason, hay que decirlo.

Marvin vivía al lado, e iba a veces a jugar con ella. Subían a su cuarto y miraban por el ojo de buey de la claraboya, pequeño párpado que se abría al cielo.

Marvin sabía, seguramente, que era princesa; que su cuarto era una torre de marfil y el ojo de perra una ventana encantada. Cuando se subían a una silla para mirar fuera, veían el mundo detrás del firmamento.

A veces ella no estaba segura de si Marvin veía real y sinceramente el mundo de más allá de la ventana; acaso dijera que sí, sencillamente, porque la amaba.

Pero escuchaba con sosiego las historias que ella le contaba de aquel mundo maravilloso. A veces le contaba las que había leído en los libros; otras veces, se las inventaba ella misma. Los sueños no vinieron hasta más tarde; unas historias que también contó a Marvin.

Y he ahí lo que sucedía: empezaba bien, pero de una manera o de otra las palabras acababan enredándose. Y no siempre encontraba las frases precisas para lo que había visto en sueños. Eran unos sueños muy especiales. Sólo le venían las noches en que tía May se había dejado la ventana abierta, y también, además, si no había luna. Entonces se acostaba en la cama, muy apelotonadita, hecha un ovillo y esperaba que el viento llegase a través del ojo de libélula. Vendría suavemente y ella sentiría en la frente y el cuello como la caricia de sus dedos. Unos dedos dulces y frescos que apenas le rozaban la cara, unos dedos apaciguadores que la hacían desenroscarse y abrirse como una flor que las sombras venían a libar.

Ella se adormecía en la espaciosa cama y las sombras entraban en cortejo por la ventana. Una noche que no estaba dormida, vio cómo llegaban las sombras, y supo que eran reales. Entraban traídas por la brisa y se reunían a su entorno. Quizá fuesen las sombras, y no el viento, las que tuvieran aquel dulce frescor. Quizá fuesen también las sombras las que la acariciaban y jugueteaban con su cabello hasta que se dormía.

Y entonces no le faltaba nunca la visita de los sueños. Llegaban siguiendo siempre el mismo camino, igual que el viento y las sombras. Bajaban del cielo por el ojo de pavo real. Había voces que ella escuchaba sin poder entenderlas, colores que veía sin poder nombrarlos, formas que entreveía pero que no se parecían a nada de lo que había visto en los libros.

Algunas veces, las mismas voces, los mismos colores y las mismas formas venían repetidamente, y aprendió a reconocerlas, en cierto modo. Una de las voces era grave, rezongante, y parecía salir directamente del interior de su propia cabeza, aunque ella sabía muy bien que procedía en realidad de la especie de pirámide negra y brillante que tenía ojos en las puntas de los brazos. Aquello no parecía ser ni viscoso ni repulsivo; no había motivo para asustarse. Avis no comprendía por qué Marvin Mason la hacía callar, cuando ella empezaba a hablarle de aquellos sueños.

Claro, era un chiquillo nada más; cogía miedo y huía a casa, con su madre. Avis no tenía madre, no tenía sino a tía May; pero a ésta no le habría contado nunca aquellas cosas. Además, ¿por qué habría tenido que contárselas? A ella los sueños no le daban miedo, ¡eran tan claros, tan interesantes!

A veces, en días grises, lluviosos, cuando no había otra cosa que hacer que jugar con la muñeca o recortar imágenes para pegarlas en el álbum, Avis deseaba que la noche se diera prisa en llegar para poder soñar y revivir todas aquellas cosas.

Acabó por gustarle quedarse en cama todo el día y alegar que se había resfriado, para no tener que ir a la escuela. Avis mantenía entonces la vista fija en el ojo de tórtola y esperaba la llegada de los sueños. Pero durante el día no venían nunca; sólo venían por la noche.

Con frecuencia se preguntaba cómo sería allá arriba. Los sueños debían venir del cielo, estaba segura. Las voces y las formas vivían allá arriba, en algún lugar al otro lado de la ventana. Tía May pretendía que los sueños los producían los desarreglos intestinales; pero Avis sabía muy bien que no era cierto.

Tía May se inquietaba siempre por los dolores de barriga de Avis y le reprochaba que no saliera a jugar fuera de casa. Decía que si estaba pálida y delicaducha era porque no salía. Pero Avis se encontraba bien, y además, tenía aquellos secretos que repasar en su mente. Ahora ya casi no veía nunca a Marvin Mason, ni se tomaba la molestia de leer. Por otra parte, aquello de ser princesa ya no la divertía. Los sueños eran muchísimo más reales; podía hablar con aquellas voces y pedirles que, cuando se fueran, se la llevaran con ellas.

Avis llegó a ser casi capaz de entender todo lo que decían; había eso brillante que se contentaba con columpiarse en la abertura de la ventana y aquello otro que tenía el aire de ser mucho más que lo que ella, Avis, podía ver... y esto producía en su cabeza una música familiar. No un estribillo, siempre igual, ¡ah, no! ¡Era más bien una especie de poema! En sus sueños, Avis le pedía que se la llevara de aquí. Montaría sobre sus espaldas y volaría con ella más allá de las estrellas. Era una picardía pedirle que volase, pero Avis sabía que, fuera, tenía alas. Unas alas grandes como el mundo.

Avis argüía y suplicaba, pero las voces le hacían comprender que no podían llevarse consigo a las niñitas pequeñas. O, en fin, algo así. Porque aquello era demasiado frío y estaba demasiado lejos, y habría que la transformarla.

Y Avis contestaba que le importaba poco el cambiar, que quería marcharse. Les dejaría hacer todo lo que quisieran, con tal que se la llevasen. ¡Ah, sería formidable poder hablarles continuamente, bañarse en aquel dulce frescor y soñar eternamente!

Una noche vinieron en mayor número que las veces anteriores. Se columpiaban en la abertura del ojo de ruiseñor y por todo el cuarto. Las había tan curiosas que se podía ver a través de ellas, y a veces se montaban unas sobre otras.

Avis se daba cuenta de que, durmiendo, estallaba en carcajaditas nerviosas; pero no podía remediarlo. Después se calmó y las escuchó.

Le dijeron que todo estaba dispuesto. Que iban a llevársela. Sólo que no debía decir nada a nadie, ni tener miedo. Que regresarían pronto. Que no podían llevársela tal como era ahora, y que ella debía querer transformarse.

Avis respondió que sí. Ellas, todas, rumorearon una especie de melodía y se fueron.

La mañana siguiente, Avis estaba enferma de verdad, muy grave, y no tenía ningunas ganas de levantarse. Tenía tanto calor que apenas podía respirar, y cuando tía May le trajo la bandeja, no pudo engullir ni un solo bocado.

Aquella noche no soñó. Le dolía la cabeza y no paraba de revolverse. De todos modos, fuera había luna llena, y los sueños tampoco habrían venido. Sabía que llegarían cuando la luna se hubiera marchado, no había de hacer otra cosa que esperar. Además, estaba tan enferma que no lo lamentaba demasiado. Era preciso que mejorase antes de poder partir, o hacer lo que fuere.

Al día siguiente el doctor Clegg vino a verla. Era un buen amigo de tía May y la visitaba con frecuencia; además, era su médico particular.

El doctor Clegg le cogió la mano, preguntándole qué era lo que no le marchaba bien aquella mañana a la damita. Avis estaba con demasiada fiebre para responder nada en absoluto, y, por otra parte, tenía una cosa brillante en la boca. El doctor cogió el objeto, lo examinó y meneó la cabeza. Se marchó un rato después, y entonces entraron tía May y tío Roscoe. Le hicieron engullir una especie de medicamento que tenía un sabor espantoso.

Empezaba a ser de noche; fuera se preparaba una tormenta. Avis casi no podía hablar, y cuando cerraron el ojo de gato no tuvo fuerzas para pedirles, por favor, que dejasen la ventana abierta esta noche, porque no había luna y vendrían a buscarla, a ella.

Luego todo empezó a girar y girar; tía May se acercó a la cama y pareció aplanarse como una sombra o una de aquellas formas que ella esperaba, aunque haciendo un ruido de trueno que estallaba al exterior. Ahora Avis dormía, dormía profunda y dulcemente, a pesar de que oía los truenos; aunque, por lo demás, no eran verdaderos truenos. Nada era verdadero, excepto las formas. Sí, nada era real sino las voces, las formas y los colores...

...Entraban por el ojo de serpiente, que ya no estaba cerrado porque Avis lo había abierto y ella estaba allá arriba, más alto de lo que hubiera ascendido nunca hasta entonces; aunque así, sin cuerpo, era fácil, y pronto tendría uno nuevo, si bien las formas querían también el antiguo, puesto que se lo habían llevado igualmente. Además, todo esto le daba igual, porque no lo necesitaba para nada y ahora ellas iban a llevar su ulnagr Yuggoth Farnomi ilyaa...

Fue en este instante cuando la encontraron tía May y tío Roscoe y, de un tirón, la hicieron bajar de la ventana. Más tarde dijeron que Avis había gritado a todo pulmón; que de no ser así se habría marchado sin que ellos se dieran cuenta.

Después de todo esto, el doctor Clegg la condujo al hospital. Allá no había ojo de tortuga y la gente entraba a verla toda la noche. Los sueños cesaron.

Cuando se hubo restablecido lo suficiente para volver a casa, descubrió que la ventana también había desaparecido.

Tía May y tío Roscoe la habían condenado porque Avis era sonámbula. La muchacha no sabía qué era ser sonámbula, pero adivinaba que tenía algo que ver con su enfermedad y con los sueños, que ya no volvían.

Porque parecía que entonces los sueños habían desaparecido definitivamente. No había manera de hacerlos volver, y, por otra parte, ella no tenía tantísimas ganas de que volvieran. Actualmente se divertía mucho jugando con Marvin Mason, y pronto volvería a la escuela en cuanto empezase el semestre próximo.

Ahora, sin ojo de búho que mirar, dormía muy bien por las noches. Tía May y tío Roscoe estaban contentos, y el doctor Clegg decía que iba a ser un demonio de preciosidad...

Avis lo recordaba todavía como si hubiera sido ayer. U hoy. O mañana.

Recordaba cómo había crecido. Cuando Marvin Mason se enamoró de ella. Todo lo que experimentó la noche que tía May y tío Roscoe perecieron en el accidente de Leedsville. Triste momento aquél.

Otro mal momento todavía: cuando Marvin se marchó. Ahora estaba sirviendo en las colonias. Avis se había quedado sola en aquella casona grande, que actualmente le pertenecía.

Reba venía todos los días para ocuparse de la casa, y el doctor Clegg pasaba de vez en cuando, incluso cuando hubo cumplido ya los veinte años y heredado oficialmente la finca.

No parecía aprobar la clase de vida que ella había decidido vivir y en diversas ocasiones le preguntó por qué no cerraba la casona y se iba a vivir en un pisito de la ciudad. Al médico le inquietaba ver que Avis no manifestaba el menor deseo de conservar las amistades que había hecho en el colegio. Y esto recordaba vivamente a la joven la solicitud que el doctor demostraba por ella cuando no era más que una niña.

Pero Avis ya no era una niña. E iba a ponerlo de manifiesto suprimiendo lo que había representado siempre, para ella, el símbolo del dominio de los mayores. Hizo abrir otra vez la alta ventana redonda de su dormitorio.

Era algo estúpido. Avis se dio cuenta en aquel mismo momento; pero, para ella, aquello revestía un significado particular, porque aquello restablecía en cierto modo el lazo con su niñez. Y en aquello se resumía su dicha: en la niñez y siempre en la niñez.

Ausente Marvin Mason, tía May y tío Roscoe difuntos, poca cosa quedaba con que poblar el presente. Entonces Avis subía a su cuarto y se hundía en los álbumes de recortes que había coleccionado durante su infancia. Había guardado también las muñecas y los viejos cuentos de hadas, que ahora hojeaba para ayudarse a pasar las largas tardes solitarias. Con tales diversiones, uno casi llega a perder la noción del tiempo. Los objetos que la rodeaban no habían cambiado. Ah, claro, Avis era mucho más alta, y la cama ya no tenía un aire tan impresionante, ¡ni la ventana estaba tan arriba!

Pero ambos estaban allí. Ambos esperaban a la niña en que se convirtió de nuevo cuando, al caer la noche, se enroscó como una pelotita y se escondió entre las sábanas; se escondió para fijar la mirada en el ojo de buey, aquel párpado que se abría contra el cielo. Avis aspiraba de todo corazón a soñar otra vez. Al principio no lo consiguió.

Al fin y al cabo era ya una mujer adulta, estaba prometida, iba a casarse y no era ningún personaje de Peter Ibbetson. Aquellos sueños de su infancia habían sido bastante estúpidos.

Quizá. Pero eran muy hermosos. Sí, incluso cuando estuvo tan enferma que faltó poco para que se cayera de la ventana. Hasta aquella vez habla sido muy agradable soñar. Evidentemente, aquellas voces y aquellas formas no habían sido más que obsesiones de neurótica, como decía Freud. Esto lo sabían todos.

¿Y si todos se equivocaban?

Supongamos que todo aquello hubiera sido real. Supongamos que los sueños no sean, simplemente, manifestaciones del subconsciente provocadas por una indigestión o un aumento de colesterol. ¿Y si los sueños fuesen producidos, en realidad, por impulsos electrónicos o radiaciones planetarias emitidas en la misma longitud de onda que tuviera la mente del durmiente?

El pensamiento es un impulso eléctrico. ¿Puede ser que el que sueña actúe como una especie de médium sumido en un estado de receptividad particular? Si el durmiente posee la rara facultad de actuar como catalizador, es posible que lo que ve aparecer no sean fantasmas, sino criaturas de otro mundo, o de otra dimensión. Se podría pensar que los sueños se alimentan de la sustancia misma del soñador, al igual que los espíritus se convierten en ectoplasmas absorbiendo la energía del médium.

Avis lo pensó y volvió a pensar, y cuando hubo desarrollado su teoría, se dijo que todo parecía perfectamente coherente. Aunque, a pesar de ello, no hablaría con nadie de su descubrimiento. El doctor Clegg se reiría en sus propias narices, o, peor aún, se contentaría con bajar la cabeza. Tampoco Marvin Mason habría estado de acuerdo. Nadie quería verla soñar. La trataban siempre como a una chiquilla.

Muy bien, se haría la chiquilla, una chiquilla que ahora podía hacer todo lo que quisiera. Y soñaría.

Muy poco tiempo después de haber tomado esta decisión vio retornar los sueños. Casi como si hubieran esperado que los aceptase plenamente por lo que eran.

Sí, retornaron, lentamente, poquito a poco. Avis observó que si se concentraba sobre el pasado, durante el día, si se esforzaba en recordar la infancia, facilitaba el proceso. Y por esta razón pasó cada día más y más tiempo en su cuarto, dejando los cuidados de la casa confiados a Reba. Si quería aire fresco, siempre podía mirar por la ventana. Estaba muy alta y era pequeña; pero bastaba que Avis se subiera a una silla para que pudiera ver el cielo y las nubes que lo escondían a trozos, mientras esperaba la llegada de la noche.

Entonces se acostaba en la gran cama y aguardaba al viento. El viento se acercaba suavemente, y las tinieblas se deslizaban dentro del cuarto; y pronto podía escuchar el cuchicheo de las voces apagadas.

Las voces fueron las primeras que regresaron; pero eran débiles, lejanas. Poco a poco ganaron en intensidad, y Avis pudo observar de nuevo las diferencias y reconocer las distintas entonaciones individuales.

Tímidamente, con muchas vacilaciones, las formas reaparecieron a su vez. Cada noche se hacían más claras. Avis Long (una chiquilla de grandes ojos redondos en una espaciosa cama bajo el ojo de terciopelo) las esperaba con impaciencia.

Ya no estaba sola. No tenía necesidad de ver amigos ni de hablar con aquel viejo imbécil de doctor Clegg. Ni por qué perder el tiempo hablando tonterías con Reba, ni de hacer melindres con motivo de las comidas. No tenía necesidad de vestirse para salir. De día, tenía la ventana; de noche, los sueños.

Así las cosas, un buen día se sintió singularmente débil y le sobrevino esta curiosa enfermedad. Pero no era esto lo que esperaba en cuanto a transformación física.

Su espíritu continuaba intacto, lo sabía. Poco importaba el número de veces que el doctor Clegg se había quejado de ella y hablado de llamar a un «especialista»; no tenía miedo. Claro, sabía que la verdad era que querían que la examinase un psiquiatra. Aquel viejo chocho no se cansaba de soltar discursitos zalameros aludiendo a su «retirada de la realidad» y sus «mecanismos de fuga».

Clegg no sabía nada de sueños. Por lo demás, Avis no se lo habría explicado. El médico no había sabido imaginar nunca la riqueza, la plenitud, el sentimiento de conquista que procuraba el hábito de ponerse en contacto con otros mundos.

Actualmente Avis estaba al corriente de todo esto. Las voces y las formas que entraban por el ojo de mochuelo venían de otros mundos. Como una niña cándida, las había atraído por su propia simplicidad. Ahora, al esforzarse conscientemente en hallar otra vez su ingenuidad infantil, las veía retornar.

Llegaban de otros universos, de unos universos de belleza y esplendor. De momento Avis no podía ir a su encuentro más que en alas de los sueños; pero un día... un día, muy pronto, traspasaría la barrera.

Las voces cuchichearon señalando su cuerpo. Dijeron algo relacionado con un viaje, que hablaba de «cambio». Aquello no se podía expresar con palabras usuales; pero ella les tenía confianza y, después de todo, un cambio físico significaba poca cosa, si una se fijaba en el fin perseguido.

Pronto se habría restablecido y estaría fuerte. Bastante fuerte para decir sí. Y entonces vendrían a buscarla, cuando la luna lo permitiese. Hasta aquel momento, ella podía reforzar su determinación, su manera de soñar.

Avis Long estaba tendida en la inmensa cama, bien calentita, en las tinieblas, aquellas tinieblas que penetraban de manera visible por la ventana abierta. Las formas se insinuaban, se enroscaban en los lienzos, se alimentaban de la noche misma, crecían, palpitaban, lo envolvían todo.

Las formas la tranquilizaron con respecto a su cuerpo; pero a la joven la tenía sin cuidado y les dijo que no le daba importancia, porque creía que el cuerpo era accesorio y que sí, que consideraría aquello, de buena gana, como un cambio, con tal de poder partir, lo cual, sabía, dependía exclusivamente de ellas.

No es más allá de las estrellas, sino entre las estrellas, en medio de ellas, donde reside la esencia, tiniebla de las tinieblas, porque Yuggoth no es más que un símbolo; aunque no, esto no es cierto, no hay símbolos, porque todo es realidad, y sólo es la percepción lo limtitado... porque... ch'yar ul'nyar shaggornith...

Nos cuesta trabajo hacernos comprender — pero yo te comprendo — tú no puedes resistirte — yo no quiero resistirme — tratarán de impedírtelo — nada podrá impedírmelo porque yo les pertenezco — sí, y tú perteneces - y es para muy pronto — sí, es para pronto — muy pronto — sí, sí, muy, muy pronto...

Marvin Mason no esperaba que le recibieran de este modo, ni pensarlo. Avis no había escrito, ni había venido a la estación, evidentemente..., pero la posibilidad de que estuviera enferma de gravedad no había cruzado por su mente.

El muchacho se había ido derechamente a casa de Avis, y le causó una trágica sorpresa el encontrar al doctor Clegg a la puerta.

El anciano médico tenía un semblante apenado, y la primera frase que pronunció contribuyó todavía a reforzar esta sensación. Estaban sentados cara a cara, abajo, en la biblioteca. Mason sentíase incómodo dentro del uniforme, y el anciano se mostraba demasiado repleto de vocabulario profesional.

—En fin, ¿qué hay, doctor?

—No sé. Una ligera fiebre crónica. Insomnio. Lo he comprobado todo: ni vestigio de tuberculosis o de infección maligna. Su mal no es... orgánico.

—¿Quiere decir que es el espíritu...?

El doctor Clegg se hundió profundamente en el sillón y bajó la cabeza.

—Le podría contar muchas cosas, Mason. Las teorías de la medicina psicosomática, los beneficios de la psiquiatría, la... Pero importa poco. Sería una hipocresía.

»He hablado con Avis, o, más bien, he tratado de hablarle. Ella no decía gran cosa; pero lo poco que ha explicado me ha trastornado profundamente. Y su conducta me ha inquietado más todavía. Usted adivinará adónde quiero ir a parar, imagino, si le digo que Avis lleva la vida de una niña de ocho años. La vida que llevaba a dicha edad.

Mason frunció el entrecejo.

—¡No me dirá que sube otra vez a sentarse en su cuarto y a mirar por la ventana!

El doctor Clegg hizo un signo afirmativo.

—Pues yo creía que la habían cerrado tiempo atrás, cuando se dieron cuenta de que Avis era sonámbula y que...

—La hizo abrir de nuevo meses atrás. Y Avis no sido nunca sonámbula.

—¿Qué quiere decir?

—Avis Long no ha paseado nunca en sueños. Me acuerdo muy bien de la noche en que la encontré sobre el marco de la ventana. No sobre la mesita, porque no la había. Estaba encaramada sobre la pieza de apoyo de la ventana abierta, con la mitad del cuerpo afuera, como un perrito que hubiera probado de saltar demasiado alto.

»Pero no había ninguna silla debajo, ninguna escalera. Ningún medio para llegar allá arriba. Sencillamente, ella estaba allí... y nada más.

El médico volvió la cara antes de continuar.

—No me pregunte qué significa esto. No podría, ni querría, explicarlo. Habría debido hablarle de las cosas que cuenta..., sus sueños y las presencias que vienen a verla. Las presencias que quieren llevársela.

»Mason, es usted quien debe intervenir. Honradamente, yo no puedo hacerla encerrar; por una razós muy sencilla: la reclusión no significa nada para los sueños. No se puede construir muralla alguna para protegerse de ellos.

»Pero usted puede rodearla de afecto, puede curarla. Usted es el único que puede cuidarla, que puede despertar su interés por la realidad. Ah, ya sé que esta perspectiva tiene el aire de un romanticismo exagerado y estúpido, tanto como la otra debe de parecer loca y abracadabrante.

»Y sin embargo, es así. Es lo que ocurre. En este preciso instante ella duerme en su cuarto y oye las voces..., lo sé muy bien. Pruebe, pues, de hacerle oír la de usted.

Mason salió del aposento y empezó a subir las escaleras.

 —Pero ¿qué quiere decir eso de «no puedo casarme contigo»?

Mason contemplaba el cuerpo sumido en un revoltijo de sábanas. Probó de esquivar la mirada directa de los ojos curiosamente infantiles de Avis, como también evitaba mirar la negra, siniestra abertura de la ventana redonda.

—No puedo, y no hay más que hablar.

Hasta su voz parecía tener un acento infantil. Los tonos agudos, penetrantes, habrían podido salir muy bien de los labios de una niña, una niña fatigada, medio dormida, y ligeramente irritada de que la hubieran despertado con un sobresalto.

—Pero tus proyectos..., tus cartas...

—Lo siento. No puedo hablar. Sabes que no he estado bien. Sin duda el doctor Clegg te lo habrá dicho, abajo.

—Pero ahora vas mucho mejor —insistió Mason—. Dentro de pocos días volverás a estar en pie.

Avis meneó la cabeza. Una sonrisa —la sonrisa equívoca de una niña desobediente— levantó las comisuras de sus labios.

—No puedes comprenderlo, Marvin. No podrás comprenderlo nunca. Tú perteneces a... esto. —Un ademán indicó la estancia— Yo pertenezco a otra parte.

Y la mano señalaba, inconscientemente, hacia la ventana.

Ahora Marvin alzó la mirada. No podía evitarlo; el agujero redondo y negro se abría sobre la nada. O sobre... algo. Fuera, el cielo estaba negro, sin luna. Un viento frío venía a rodar como una ola alrededor de la cama.

—Cerraré la ventana —dijo, procurando adoptar un tono sosegado y previsor.

—No.

—Niña, estás enferma; vas a resfriarte.

Incluso cuando acusaba, la voz de Avis parecía curiosamente aguda. La joven se sentó, muy erguida y se encaró con él.

—Tú estás celoso, Marvin. Tienes celos de mí. De ellas. No me dejarías soñar nunca. No me dejarías partir jamás. Y yo quiero irme. Ellas van a venir a buscarme.

»Yo sé por qué te ha enviado acá, el doctor Clegg. Quiere que me convenzas de que baje otra vez. Quiere encerrarme, como también quiere cerrar la ventana. Quiere que me esté aquí porque tiene miedo. Todos tenéis miedo de lo que hay allá... fuera.

»Pues todo eso no sirve de nada; no podrás detenerme. No podrás detenerlas.

—Cálmate, querida...

—Me da igual. ¿Crees que me preocupo de lo que hagan de mí, desde que sé que podré partir? No tengo miedo. Sé que no puedo partir tal como soy ahora. Sé que primero tienen que transformarme. Hay ciertos puntos que quieren guardar secretos por motivos que sólo ellas saben. Si te contara ciertas cosas, te aterrorizarías. En cambio, yo no tengo miedo. Tú piensas que estoy enferma y loca... No digas lo contrario.

»Me siento bastante bien, bastante fuerte para verlas cara a cara y enfrentarme con su mundo. Eres tú el que está demasiado afectado para soportar todo esto.

Avis había terminado gritando, con un gemidito agudo de rabieta infantil.

—Mañana abandonamos esta casa, tú y yo —dijo Mason—. Nos vamos. Nos casaremos y seremos felices eternamente, como en los libros de cuentos de hadas. Lo que le pasa a usted, princesa, es que no ha crecido. Todas estas historias de duendes y de reinos exteriores...

Avis lanzó un chillido.

Mason simuló que no lo oía.

—Y para empezar voy a cerrar esta ventana.

Avis siguió chillando. Sus gritos se convirtieron en aullido estridente cuando Mason estiró el brazo y empujó el vidrio redondo sobre la negra abertura. El viento trató de oponerse a sus esfuerzos, pero él cerró la ventana y aseguró el pestillo.

De súbito, unas manos se le hundieron en la garganta, por detrás, mientras los gritos estallaban en sus oídos.

—Te mataré —gritó Avis.

Era el grito de una niña enfurecida. Pero no había nada de infantil ni de débil en la fuerza que movía aquellos dedos encarnizados. Mason se deshizo de ella, sin aliento.

Luego, repentinamente, el doctor Clegg apareció en la habitación. Brilló una jeringa hipodérmica y se hundió con un destello de plata.

Condujeron a la muchacha a la cama y la acostaron. Las blancas sábanas formaban como un aderezo alrededor del rostro cansado de la niña dormida.

Ahora la ventana estaba bien cerrada. Todo había quedado ya en orden cuando los dos hombres apagaron la luz y se retiraron de puntillas.

 Mason suspiraba delante del fuego.

—Poco importa cómo, pero mañana me la llevo de aquí —se prometió—. Quizá haya sido demasiado repentino, todo esto... Volver a mitad de la noche y precipitarme a despertarla. No he sido muy delicado. Pero había algo en ella, algo en la atmósfera del cuarto, que me ha aterrorizado.

El doctor Clegg encendió la pipa.

—Lo sé —rubricó—. Es esto lo que me impide comprender lo que pasa. Hay mucho más que una simple alucinación.

—Voy a pasar la noche aquí —continuó Mason—, por si ocurriera algo.

—Avis dormirá —aseguró el médico—. Puede darlo por seguro.

—A pesar de todo, estaré más tranquilo si me quedo. Empiezo a tener una idea propia sobre todo eso que cuenta... Esos otros mundos, y los cambios que han de producirse en el cuerpo de ella antes del viaje... Esto tiene algo que ver con la ventana, probablemente. Y se parece mucho a un deseo de suicidarse.

—¿Intuición de la muerte? Es posible. Hubiera debido prever esta posibilidad. Sueños premonitorios... Pensándolo bien, Mason, me quedaré con usted. Podríamos instalarnos bastante cómodamente aquí, ante la lumbre.

Se hizo el silencio.

Sería más de la medianoche cuando los dos hombres abandonaron sus respectivos puestos para acercarse al fuego.

Un ruido agudo se desarticuló en fragmentos estridentes. Ambos estuvieron en pie antes de que el eco argentino se apagase, y se precipitaron hacia las escaleras.

No intercambiaron ni una sola palabra. Arriba el ruido había cesado, y sólo el sordo golpear de sus pisadas en los escalones rompía el silencio. Cuando se pararon delante de la puerta de Avis Long pareció que el silencio se condensaba. Era un silencio total, perfecto, casi palpable.

La mano del médico fue en busca del pestillo y lo hizo girar. Sin resultado.

—¡Cerrada! —exclamó—. Se habrá levantado y habrá pasado el cerrojo.

Mason arrugó el ceño.

—¡La ventana...! ¿Cree que habrá podido...?

El doctor Clegg no respondió. Volvióse y lanzó el macizo hombro contra la puerta, poniendo de relieve los músculos del cuello. Las tablas crepitaron y cedieron. Mason pasó la mano y abrió desde el interior.

Entraron en el oscuro cuarto, el doctor Clegg delante, tanteando en busca del interruptor. La dura claridad eléctrica inundó la estancia.

Movidos por un terrible presentimiento, los dos hombres levantaron la vista instintivamente hacia la claraboya, el «ojo de buey», de lo alto de la pared.

El aire frío de la noche se desparramaba por la abertura desmenuzada cuyo cristal había volado a pedazos, como bajo el golpe de un puño gigante. Dispersos por todas partes, brillaban fragmentos de vidrio; pero no se veía rastro de proyectil alguno. No obstante, era evidente que el cristal lo habían roto desde el exterior.

—El viento —murmuró Mason con voz débil.

Pero al decirlo no se atrevió a mirar al doctor Clegg. No hacía viento; apenas una brisa muy leve, dulce y fresca que acariciaba las cortinas y hacía danzar las sombras en la pared. Unas sombras que oscilaban en silencio en torno a la cama grande del fondo de la habitación.

La brisa, el silencio y las sombras los envolvían cuando se acordaron por fin de mirar al lecho.

Reposando sobre la blanca almohada, el semblante de Avis estaba vuelto hacia ellos. El doctor Clegg dedujo lo que Mason había comprendido por instinto. Los ojos de Avis Long se habían cerrado para siempre.

Pero no fue esto lo que hizo estremecerse a Mason... no era la vista de la muerte lo que le arrancó un grito al doctor.

El pacífico rostro vuelto hacia ellos entre los velos de la muerte no tenía nada de amedrentador. No, en la cara no había nada que hiciera temblar...

Sobre la blanca almohada, los rasgos de Avis Long manifestaban una serenidad perfecta.

Pero su cuerpo había... huido.

El geniecillo y Jack - Clive Barker

    El geniecillo no acertaba a averiguar por qué los poderes (que puedan presidir el tribunal por largo tiempo, que por largo tiempo puedan iluminar las cabezas de los condenados) lo habían mandado desde el infierno a seguir los pasos de Jack Polo. 

Siempre que elevaba una demanda, por mediación del sistema, a su amo, planteando la simple pregunta de «¿Qué estoy haciendo aquí?», se le contestaba con un rápido reproche por su curiosidad. «No es asunto tuyo», era la réplica. «Tú hazlo. O muere en el intento.» 

Y, después de seis meses de perseguir a Polo, el geniecillo empezaba a ver en la extinción una salida fácil. Este interminable juego del escondite no beneficiaba a nadie y sólo contribuía a su inmensa frustración. 

Temía las úlceras, la lepra psicosomática (enfermedades a las que estaban sujetos los demonios inferiores como él) y, sobre todo, temía perder del todo el control y matar al hombre en el acto en un arrebato irreprimible de resentimiento. ¿Qué era Polo, a fin de cuentas? Un importador de pepinillos, ¡por los cuernos del Levítico!, era un simple importador de pepinillos. Su vida estaba destrozada, su familia era gris, su política, necia, y su teología inexistente.

 El hombre era una insignificancia, una de las hormiguitas más diminutas de la naturaleza: ¿por qué preocuparse por tipos como él? No era precisamente un Fausto, un sellador de pactos, un vendedor de almas. Era la clase de individuo que no se lo piensa dos veces en espera de una inspiración divina: en semejante tesitura, la habría olisqueado, se habría encogido de hombros y habría seguido importando pepinillos. 

Con todo, el geniecillo estaba confinado a esa casa, durante largas noches y días aún más largos, hasta que convirtiera a ese hombre en un lunático, o casi. Iba a ser un trabajo lento, por no decir interminable. Sí, había veces en que hasta la lepra psicosomática sería soportable si ello significaba que lo dieran de baja por invalidez en esa misión imposible. 

Por su parte, Jack J. Polo seguía siendo el más ignorante de los hombres. Siempre había sido así; desde luego, su historia estaba jalonada por las víctimas de su ingenuidad. Cuando su última y llorada esposa lo había engañado (él había estado en casa por lo menos en dos de las ocasiones, mirando la televisión) fue el último en descubrirlo. ¡Con la de pistas que habían dejado! Un hombre ciego, sordo y mudo se habría olido algo. Jack no. Se ocupaba de su triste negocio y no advirtió jamás el fuerte olor de la colonia del adúltero ni la regularidad anormal con que su mujer cambiaba la ropa de cama. 

No estuvo menos desinteresado por los acontecimientos cuando su hija menor, Amanda, le confesó que era lesbiana. Su respuesta fue un suspiro y una mirada de desconcierto. –Bueno, mientras no te quedes embarazada, chata –le dijo, y salió a pasear por el jardín, alegre como siempre. ¿Qué podía hacer una furia con un hombre así? 

Para una criatura enseñada a hurgar con los dedos en las heridas de la psiquis humana, Polo ofrecía una superficie tan glacial, tan profundamente lisa como para negarle cualquier influencia a la maldad. Los acontecimientos no parecían hacer mella en su absoluta indiferencia. Los desastres de su vida no parecían conturbar su espíritu. 

Cuando se enfrentó finalmente a la infidelidad de su esposa (se los encontró haciendo el amor en el cuarto de baño) no llegó a sentirse herido o humillado. –Estas cosas ocurren –se dijo, saliendo del baño para dejarles acabar lo que habían empezado. –Che serà, serà. Che serà, serà. El hombre mascullaba esa maldita frase con monótona regularidad. 

Parecía vivir con la filosofía del fatalismo, dejando que los ataques a su virilidad, a su ambición y a su dignidad resbalaran por su ego como la lluvia por su calva cabeza. 

El geniecillo había oído a la mujer de Polo confesárselo todo a su marido (estaba colgado cabeza abajo de la lámpara, invisible como siempre) y la escena le había disgustado. Ahí estaba, la pecadora enloquecida, suplicando que la acusaran, la maldijeran, la pegaran incluso, y, en lugar de darle la satisfacción de su odio, Polo se había limitado a encogerse de hombros y a dejar que expusiera su parecer sin tratar de interrumpirla, hasta que no tuvo nada más que revelar. 

Al final se fue más llena de frustración y tristeza que de culpabilidad; el geniecillo la había oído decir al espejo del cuarto de baño cuánto la ultrajaba la ausencia de cólera legítima por parte de su marido. Poco después se tiró por el balcón del cine Roxy. Su suicidio resultó útil de alguna manera a la furia. 

Con la mujer desaparecida y las hijas lejos de casa, podía planear trucos más refinados para acobardar a su víctima, sin tener que preocuparse por si se aparecía o no a seres que los poderes no habían designado como blancos. Pero la ausencia de la esposa dejó la casa vacía durante el día y esto se convirtió pronto en una losa de aburrimiento que al geniecillo le costaba soportar. 

El tiempo transcurrido de nueve a cinco, solo en la casa, solía parecerle interminable. Tenía ideas negras y erraba meditando venganzas complejas e imposibles contra Polo, yendo y viniendo por las habitaciones, con el corazón enfermo, acompañado sólo por los tictacs y los zumbidos de la casa al enfriarse los radiadores o conectarse y desconectarse sola la nevera. 

La situación se hizo pronto tan desesperada que la llegada del correo de mediodía se convirtió en el punto culminante del día, y una insuperable melancolía se apoderaba de él si el cartero no tenía nada que dejar y pasaba de largo hacia la casa siguiente. 

Cuando Jack regresaba empezaban en serio los juegos. La rutina habitual de calentamiento: se encontraba con Polo en la puerta y no dejaba que su llave girara en la cerradura. La competición duraba un minuto o dos, hasta que Jack descubría accidentalmente la medida de la resistencia del geniecillo y triunfaba momentáneamente. 

Una vez dentro, hacía oscilar todas las lámparas. El hombre ignoraba por lo general esa demostración, por violento que fuera el movimiento. A lo mejor se encogía de hombros y murmuraba para su coleto: «hundimiento», y luego, inevitablemente, «Che serà, serà». 

En el baño, el geniecillo había esparcido pasta de dientes alrededor de la taza y atascado la alcachofa de la ducha con papel higiénico empapado. Compartía incluso la ducha con Jack, colgando invisible de la barra que sostenía la cortina y murmurando a su oído sugerencias obscenas. Eso siempre tiene éxito, se les decía a los demonios en la academia. 

La rutina de las obscenidades al oído siempre angustiaba a los clientes, haciéndoles creer que eran ellos quienes imaginaban esos actos perniciosos, y llevándolos a asquearse de sí mismos, luego a rechazarse y finalmente a la locura. 

Naturalmente, en algunos casos las víctimas se enardecían tanto ante estas sugerencias murmuradas que salían a la calle y actuaban en ella. En esas circunstancias la víctima era a menudo arrestada y encarcelada. La prisión conducía a nuevos crímenes y a una lenta disminución de las reservas morales –y de esta forma se conseguía la victoria–. De una manera u otra acababa por aparecer la locura. 

Salvo que, por alguna razón, esta regla no era aplicable a Polo; era imperturbable: un bastión de la decencia. Desde luego, tal como iban las cosas, el geniecillo sería el primero en arrojar la toalla. Estaba cansado; cansadísimo. 

Fueron interminables días de torturar al gato, leer las tiras cómicas en el periódico de ayer, mirar los acontecimientos deportivos: agotaban a la furia. 

Últimamente había alimentado una pasión por la mujer que vivía enfrente de Polo. Era una viuda joven; y parecía ocupar la mayor parte de su vida paseando completamente desnuda por la casa. A veces le resultaba casi insoportable, en medio de un día en que el cartero no llamaba, observar a la mujer sabiendo que nunca podría cruzar el umbral de la casa de Polo. Eso decía la ley. 

El geniecillo era un demonio menor y su radio de influencia anímica estaba estrictamente confinado al perímetro de la casa de su víctima. Salir de ahí era cederle todos los poderes a la víctima: ponerse a merced de la humanidad. Todo el mes de junio, de julio y la mayor parte de agosto sudó en su prisión, y a lo largo de esos meses brillantes y calientes Jack Polo mantuvo una absoluta indiferencia con respecto a sus ataques. 

Era completamente vergonzoso y estaba destrozando gradualmente la confianza del demonio en sí mismo el ver que su blanda víctima sobrevivía a cualquier tentativa o truco que intentara contra él. El geniecillo lloró. El geniecillo gritó. En un acceso de angustia insoportable, hizo hervir el agua de la pecera, escalfando a los guppys. Polo no oyó nada. No vio nada. 

 Finalmente, a finales de septiembre, el demonio rompió una de las primeras reglas de su condición y apeló directamente a sus amos. Otoño es la estación del infierno; y los demonios de las esferas superiores se sentían benignos.

 Condescendieron a hablar con su criatura. –¿Qué quieres? –preguntó Belcebú, y su voz oscureció el aire del salón. –Este hombre... –empezó a decir el geniecillo nerviosamente. –¿Sí? –Este Polo... –¿Sí? –No tengo recursos contra él. No puedo inducirle al pánico, no puedo provocarle miedo, ni siquiera una leve inquietud. Soy estéril, Señor de las Moscas, y deseo que me saquen de mi miseria. 

La cara de Belcebú se dibujó un momento en el espejo que había encima de la repisa de la chimenea. –¿Que quieres qué? Belcebú era mitad elefante mitad mosca. El geniecillo estaba aterrorizado. –Yo... me quiero morir. –No puedes morir. –En este mundo. Sólo morirme en este mundo. Desaparecer. Ser sustituido. –No morirás. –¡Pero no puedo vencerlo! –chilló el geniecillo, lloroso. –Es tu obligación. –¿Por qué? –Porque te lo ordenamos. –Belcebú siempre usaba el «nosotros» mayestático, aunque no tenía derecho a hacerlo. 

–Déjeme saber por lo menos por qué estoy en esta casa –suplicó el demonio–. ¿Qué es él? ¡Nada! ¡No es nada! A Belcebú esto le pareció ocurrente. Se rió, zumbó y barritó. –Jack Johnson Polo es hijo de uno de los fieles de la Iglesia de la Salvación Perdida. Nos pertenece. –Pero ¿por qué lo iba a querer? Es tan torpe. –Lo queremos porque su alma nos estaba prometida, y su madre no la entregó. O se dejó convencer. Ella nos engañó. Murió en brazos de un sacerdote y fue escoltada sin peligro hasta el... La palabra siguiente era anatema. El Señor de las Moscas le costaba trabajo pronunciarla. –...cielo –dijo, con una debilitación infinita de su voz. 

–Cielo –dijo el geniecillo, sin saber bien qué se entendía por esa palabra. –Hay que perseguir a Polo en nombre del Diablo, y castigarlo por los crímenes de su madre. Ningún tormento es demasiado duro para una familia que nos ha engañado. 

–Estoy cansado –confesó el geniecillo, atreviéndose a acercarse al espejo–. Por favor. Se lo suplico. –Persigue a ese hombre –dijo Belcebú– o sufrirás en su lugar. La figura del espejo agitó su tronco negro y amarillo y se desvaneció. 

–¿Dónde está tu orgullo? –dijo la voz de su amo según se perdía en la distancia–. Orgullo, geniecillo, orgullo. Y desapareció. En su frustración, cogió el gato y lo echó al fuego, donde se quemó rápidamente. Sólo con que la ley permitiera una crueldad tan sencilla con los seres humanos, pensó. Ojalá. Ojalá. Entonces le haría padecer esos tormentos a Polo. Pero no. 

El geniecillo conocía las reglas como la palma de la mano; los profesores se las habían grabado en su tierna corteza de demonio novato. Y la Ley Primera declaraba: «No pondrás la mano sobre tus víctimas». Nunca le habían dicho por qué era pertinente esa ley, pero lo era. «No pondrás...» Así que todo siguió igual. Transcurrían los días, y el hombre no daba todavía señales de irse a someter. 

A lo largo de las semanas siguientes el geniecillo mató dos gatos más que Polo trajo a casa para sustituir a su querido Freddy (ahora reducido a cenizas). La primera de estas pobres víctimas fue ahogada en la taza del water un aburrido viernes por la tarde. Fue una pequeña satisfacción ver cómo la cara de Polo se teñía de desagrado al desabrocharse la bragueta y mirar hacia abajo. 

Pero el placer que obtuvo el geniecillo con el desconcierto de Jack fue anulado por la forma alegre y eficaz con que el hombre trató al gato muerto, levantando el montón de piel empapada de la cazoleta, envolviéndolo en una toalla y enterrándolo en el jardín trasero sin una queja. 

El tercer gato que trajo Polo a casa fue consciente de la presencia invisible del demonio desde el principio. Fue sin duda una semana divertida, a mediados de noviembre, en que la vida casi se volvió interesante para el geniecillo, mientras jugó al gato y al ratón con Freddy III. Freddy hacía de ratón. No siendo los gatos animales especialmente brillantes, el juego apenas suponía un gran desafío intelectual, pero fue un cambio frente a los días interminables de espera, persecución y fracaso. 

Por lo menos el gato aceptaba su presencia. Sin embargo, con el tiempo, en un estado de ánimo pésimo (debido a que la viuda desnuda se volvía a casar), el demonio perdió los estribos con el gato. Estaba afilándose las uñas sobre la alfombra de nilón, rasgando y arañando el pelo durante horas enteras. El ruido le daba dentera metafísica al demonio. Miró al gato una vez, brevemente, y éste salió volando como si se hubiera tragado una granada activada. 

El efecto fue espectacular. Los resultados, sensacionales. Sesos de gato, pelo de gato, tripas de gato por todas partes. Esa tarde Polo llegó exhausto a casa y se quedó en la puerta del comedor, con cara de mareo al observar la carnicería que había sido Freddy III. –¡Malditos perros! –dijo–. ¡Malditos, malditos perros! Había enfado en su voz. Sí, exultaba el geniecillo: enfado. El hombre estaba trastornado; había claras pruebas de emoción en su rostro. 

Regocijado, el demonio atravesó la casa corriendo, decidido a sacar partido de su victoria. Abrió y cerró todas las puertas. Rompió jarrones. Hizo oscilar las pantallas. Polo se limitó a recoger el gato. El geniecillo se lanzó escaleras abajo, destrozó una almohada. Representó el papel de una cosa con cojera y hambre de carne humana, y se rió tontamente. Polo se limitó a enterrar a Freddy III al lado de la tumba de Freddy II y a las cenizas de Freddy I. Luego se metió en la cama sin su almohada. 

El demonio se quedó totalmente perplejo. Si ese hombre no podía mostrar más que una chispa de pesadumbre cuando su gato explotaba en el comedor, ¿qué posibilidades tenía de derrotar algún día a ese bastardo? 

Aún quedaba una última oportunidad. Se acercaba la Navidad, y las hijas de Jack vendrían a casa, a la intimidad de la familia. A lo mejor podían convencerlo de que no estaba todo bien en el mundo; tal vez podrían clavar sus uñas en su absoluta indiferencia y empezar a socavarlo. 

Esperando contra toda esperanza, el geniecillo se estuvo quieto unas semanas hasta finales de diciembre, planeando sus ataques con toda la maldad imaginativa que pudo reunir. 

Mientras tanto, la vida de Jack siguió su curso. Parecía vivir al margen de su experiencia, vivir su vida como un autor podría escribir una historia extravagante sin involucrarse nunca demasiado en el argumento. 

Sin embargo, mostró su entusiasmo de varias formas significativas por las vacaciones venideras. Limpió inmaculadamente las habitaciones de sus hijas. Hizo sus camas con sábanas perfumadas. Lavó todas las manchas de sangre de gato de la alfombra. Hasta preparó un árbol de Navidad en el salón, con bolas iridiscentes, oropeles y regalos colgando de él. 

De vez en cuando, mientras hacía los preparativos, Jack pensó en el juego al que jugaba y calculó tranquilamente los elementos que tenía en contra. En los próximos días no sólo su sufrimiento, sino también el de sus hijas, tendrían que decidir la posible victoria. Y siempre, cuando hacía esos cálculos, la posibilidad de una victoria parecía pesar más que los riesgos. Así que siguió escribiendo su vida y esperó. 

Llegó la nieve, en suaves golpecitos contra la ventana, contra la puerta. Llegaron niños cantando villancicos y fue generoso con ellos. Fue posible, durante unos pocos días, creer que la paz reinaba sobre la tierra. Avanzada la tarde del veintitrés de diciembre llegaron las hijas con un revuelo de chismes y besos. 

La más joven, Amanda, llegó la primera. Desde el lugar privilegiado que ocupaba en el rellano, el geniecillo miró siniestramente a la joven. No parecía el material ideal en quien provocar una crisis. De hecho parecía peligrosa. Gina llegó una o dos horas más tarde; era una mujer de rasgos delicados, mundana, de unos veinticuatro años; parecía tan intimidatoria en todo como su hermana. 

Ambas trajeron a la casa su animación y sus risas; volvieron a disponer los muebles; metieron las sobras de comida en el congelador, se dijeron cada una (y a su padre) lo mucho que habían echado a faltar su mutua compañía. En unas pocas horas la casa gris se volvió a pintar de luz, alegría y amor. 

Eso enfermó al geniecillo. Gimoteando, se escondió en la habitación para no oír la efusión del cariño, pero sus ondas expansivas lo envolvieron. Todo lo que pudo hacer fue sentarse, escuchar y perfeccionar su venganza. 

Jack estaba contento de tener a sus bellezas en casa. Amanda, tan llena de opiniones y tan fuerte como su madre. Gina, más parecida a la madre de él: equilibrada y sensible. Se sentía tan feliz con su presencia que se podría haber echado a llorar; y ahí estaba él, el padre orgulloso, exponiendo a ambas a tantos riesgos. Pero ¿qué alternativa le quedaba? 

Habría resultado muy sospechoso que suprimiera los festejos de Navidad. Podría incluso haber echado por tierra toda su estrategia, haciendo sospechar al enemigo qué trampa le tendía. No, debía mantenerse en sus trece. Hacerse el mudo como el enemigo había acabado por esperar de él. Ya llegaría el momento de actuar. 

A las tres y cuarto de la madrugada del día de Navidad, el geniecillo inició las hostilidades tirando a Amanda de la cama. Una actuación ínfima en el mejor de los casos, pero que tuvo el efecto deseado. Adormecida, se frotó la magullada cabeza y se subió otra vez a la cama, sólo para que ésta se corcoveara, agitara y la derribara otra vez, como un potro indomado. El ruido despertó al resto de la casa. 

Gina fue la primera en llegar al cuarto de su hermana. –¿Qué pasa? –Hay alguien debajo de mi cama. –¿Qué? Gina cogió un pisapapeles del tocador y le gritó al asaltante que saliera. El geniecillo, invisible, estaba sentado en el asiento junto a la ventana y hacía gestos obscenos a las mujeres, retorciéndose los genitales. Gina se asomó debajo de la cama. 

El demonio estaba agarrado ahora a la lámpara, haciéndola oscilar adelante y atrás, para que la habitación diera vueltas. –Aquí no hay nada. –Sí. Amanda lo sabía. Claro que lo sabía. –Hay algo ahí, Gina –dijo–. Hay algo en la habitación, con nosotras, estoy segura. –No. –Gina fue tajante–. Está vacía. Amanda estaba buscando detrás del ropero cuando entró Polo. –¿Qué es todo este jaleo? –Hay alguien en casa, papá. Me tiraron de la cama. 

Jack miró las sábanas arrugadas, el colchón fuera de su sitio, y luego a Amanda. Ésta era la primera prueba: tenía que mentir con toda la naturalidad de que fuera capaz. –Parece que has tenido pesadillas, guapa –dijo, afectando una sonrisa inocente. –Había algo debajo de la cama –insistió Amanda. –Aquí no hay nadie ahora. –Pero yo lo noté. –Bueno, inspeccionaré el resto de la casa –propuso, sin entusiasmo por la tarea–. Vosotras dos quedáos aquí, por si acaso. 

En cuanto Polo salió de la habitación, el geniecillo agitó un poco más la luz. –¡Esto se hunde! –dijo Gina. Hacia frío en el piso de abajo, y Polo se habría abstenido de andar de puntillas y descalzo sobre las baldosas de la cocina, pero estaba relativamente satisfecho de que la guerra hubiera empezado de una manera tan inocente. 

Temía que el enemigo se volviera salvaje con víctimas tan tiernas a mano. Pero no: había juzgado el espíritu de esa criatura con bastante precisión. Era de las órdenes menores. Poderoso pero lento. Se le podía sacar de sus casillas. «Procede cuidadosamente», se dijo, «procede cuidadosamente.» 

Se paseó por toda la casa, abriendo pacientemente aparadores y mirando detrás de los muebles; luego volvió con sus hijas, que estaban sentadas arriba de las escaleras. Amanda parecía pequeña y pálida, no la mujer de veintidós años que era, sino de nuevo una niña. –No pasa nada –les dijo con una sonrisa–. Es la mañana de Navidad y en toda la casa... Gina acabó la estrofa. –Nada se mueve; ni siquiera un ratón. –Ni siquiera un ratón, cariño. 

En ese momento el geniecillo hizo que su cola tirara un jarrón de la repisa del salón. Incluso Jack se sobresaltó. –Mierda –dijo. Necesitaba dormir, pero estaba claro que el demonio no tenía intención de dejarlos en paz justamente ahora. –Che serà, serà –murmuró, recogiendo los pedazos del jarrón chino y envolviéndolos en un trozo de periódico–. Por cierto, que la casa se hunde un poco del lado izquierdo –dijo elevando la voz–. Lo ha hecho durante años. 

–Un hundimiento –dijo Amanda con una serena tranquilidad– no me tiraría de la cama. Gina no dijo nada. Las opciones eran limitadas. Las alternativas poco atrayentes. –Bueno, a lo mejor fue Santa Claus –dijo Polo, ensayando la frivolidad. 

Empaquetó los pedazos del jarrón y se dirigió a la cocina, seguro de que lo seguían a cada paso–. ¿Qué otra cosa puede ser? –Hizo la pregunta por encima del hombro al tirar el periódico a la basura–. La única explicación que resta... –y por poco se regocija al rozar tan de cerca la verdad–, la única explicación que resta es demasiado absurda para expresarla. 

Fue una ironía exquisita negar la existencia del mundo invisible con el conocimiento pleno de que ahora mismo estaba resoplando vengativamente detrás de su cuello. –¿Quieres decir duendes? –dijo Gina. –Me refiero a cualquier cosa que dé trastazos de noche. Pero somos gente mayorcita, ¿verdad? No creemos en el coco. –No –dijo Gina categóricamente–, yo no, pero tampoco creo que la casa se esté hundiendo. –Bueno, tendremos que aceptarlo de momento –dijo Jack con una determinación negligente–. La Navidad empieza ahora. Y no vamos a estropearla hablando de duendes, ¿verdad? Se rieron juntos. 

Duendes. Ese fue un duro golpe. Llamar duende a un enviado del infierno. El geniecillo, debilitado por la frustración, con lágrimas ácidas que hervían en sus mejillas intangibles, hizo rechinar sus dientes y se calló. Aún quedaba tiempo para borrar esa sonrisa atea de la cara suave y gorda de Jack. Tiempo de sobras. Ningún paño caliente de ahora en adelante. Ninguna sutileza. Sería un ataque a fondo. Que haya sangre. Que haya sufrimiento. Todos se desmoronarían. 

Amanda estaba en la cocina, preparando la cena de Navidad, cuando el geniecillo lanzó su siguiente ataque. Por la casa resonaban las voces del coro del King’s College: «Oh, pequeña ciudad de Belén, qué tranquila te vemos yacer...». Se habían abierto los regalos se estaban bebiendo los gin-tonics, la casa era un cálido abrazo desde el tejado hasta el sótano. 

En la cocina se coló una súbita ráfaga fría entre el calor y el vapor, haciendo estremecerse a Amanda; alcanzó la ventana, abierta de par en par para ventilar el aire, y la cerró. No fuera a resfriarse. El geniecillo observó su espalda mientras ella se ocupaba de la cocina, disfrutando de la vida doméstica durante un día. 

Amanda notó con toda claridad que la miraban. Se dio la vuelta. Nadie, nada. Siguió lavando las coles de Bruselas y cortó una con un gusano acurrucado en medio. Lo ahogó. El coro seguía cantando. 

En el salón, Jack que estaba con Gina, se reía de algo. Luego hubo un ruido. Un traqueteo al principio, seguido del golpear del puño de alguien contra una puerta. Amanda dejó caer el cuchillo en la pila de las coles y se dio la vuelta ante el fregadero siguiendo el ruido. Éste se hacia cada vez más fuerte. Como si algo encerrado en uno de los armarios intentara desesperadamente escapar. Un gato encerrado en una jaula o un... Pájaro. 

Procedía del horno. A Amanda se le encogió el estómago y empezó a imaginar lo peor. ¿Habría encerrado algo en el horno al meter el pavo? Llamó a su padre mientras cogía el paño de cocina y avanzaba hacia el horno, que se agitaba con el pánico de su prisionero. Tuvo visiones de un gato apaleado saltándole encima, con el pelo achicharrado y la carne medio cocida. Jack estaba en la puerta de la cocina. 

–Hay algo en el horno –le dijo, como si hiciera falta que se lo dijeran. El horno estaba frenético; su sobresaltado contenido casi había echado la puerta abajo. Le quitó el paño de cocina. «Éste es un truco nuevo», pensó. «Eres mejor de lo que creía. Esto es astuto. Es original.» Gina ya estaba en la cocina. –¿Qué se está cociendo? –preguntó irónicamente. 

Pero el chiste se echó a perder cuando la cocina empezó a bailar y las cacerolas con agua hirviendo se cayeron bruscamente de los quemadores al suelo. El agua abrasó la pierna de Jack. Éste gritó y retrocedió tropezándose con Gina, antes de abalanzarse contra la cocina con un chillido que no habría asustado a un samurai. 

El mango del horno estaba resbaladizo por el calor y la grasa, pero lo agarró y abrió la puerta. Del interior salió una ola de vapor y de calor abrasadora; olía a carne de pavo suculenta. 

Pero el pájaro que estaba dentro no tenía aparentemente ninguna intención de que se lo comieran. Se arrojaba de lado a lado de la bandeja del asador, lanzando gotas de salsa en todas direcciones. Sus alas marrones y churruscadas se agitaban lamentablemente, sus patas repiqueteaban contra el techo del horno. Entonces pareció advertir que la puerta estaba abierta. Las alas se estiraron a cada lado de su cuerpo asado, y medio saltó medio cayó en la puerta del horno, en una parodia de su personalidad viva. 

Descabezado, rezumando condimentos y cebollas, dio aletazos por doquier como si nadie le hubiera informado a ese condenado bicho de que estaba muerto; la manteca aún hervía en su lomo cubierto de bacon. 

Amanda chilló. Jack se abalanzó sobre la puerta mientras el pájaro daba bandazos por el aire, ciego pero vengativo. Nunca se descubrió qué pretendía hacer una vez que alcanzara a sus tres acobardadas víctimas. Gina arrastró a Amanda al pasillo, seguidas ambas de cerca por su padre, y cerraron la puerta de un portazo justo cuando el pájaro se lanzaba contra el revestimiento, golpeando contra él con todas sus fuerzas. 

Corrió salsa por la ranura de debajo de la puerta, oscura y grasienta. Ésta no tenía cerradura, pero Jack pensó que el pájaro no sería capaz de hacer girar el pomo. Al retirarse sin aliento, maldijo su confianza. La oposición tenía más trucos en reserva de lo que se había imaginado. 

Amanda estaba apoyada contra la pared, sollozando, con la cara manchada de salpicaduras de grasa de pavo. Sólo parecía capaz de negar lo que había visto, agitando la cabeza y repitiendo la palabra «no» como un talismán contra ese horror ridículo que todavía se abalanzaba contra la puerta. Jack la acompañó hasta el salón. 

La radio aún emitía villancicos que cubrían el estrépito del pájaro, pero sus promesas de buena voluntad eran un mediocre consuelo. Gina sirvió un coñac fuerte a su hermana y se sentó detrás de ella en el sofá dándole, solícita, ánimos y palabras tranquilizadoras. Hicieron poca mella en Amanda. 

–¿Qué fue eso? –preguntó Gina a su padre en un tono que exigía réplica. –No lo sé –contestó Jack. –¿Histeria colectiva? –El disgusto de Gina era evidente. Su padre tenía un secreto: sabía qué ocurría en la casa pero, por alguna razón, se negaba a revelarlo. –¿A quién llamo: a la policía o a un exorcista? –A ninguno de los dos. –Por el amor de Dios... –No pasa nada, Gina, de verdad. 

Junto a la ventana, su padre se dio la vuelta y la miró. Sus ojos dijeron lo que su boca no quería decir: que eso era la guerra. Jack estaba asustado. La casa se había convertido en una prisión. De repente el juego era mortal. 

El enemigo, en lugar de jugar a juegos inofensivos, quería hacerles daño, daño de verdad, a todos ellos. En la cocina, el pavo había admitido por fin su derrota. Los villancicos de la radio habían dado paso a un sermón sobre las bendiciones de Dios. Lo que había sido dulce era agrio y peligroso. 

Miró a través de la habitación a Amanda y a Gina. Cada una por sus razones, estaban temblando. Polo quiso hablarles, explicarles lo que estaba ocurriendo. Pero la cosa debía estar ahí, lo sabía, refocilándose. Estaba equivocado. 

El geniecillo se había retirado al ático, satisfecho con sus esfuerzos. El del pájaro, le parecía, había sido un golpe genial. Ahora podía descansar un rato: recuperarse. Dejar que poco a poco los nervios del enemigo flaquearan. Entonces, en el momento apropiado, asestaría el coup de grâce. 

Pensó distraídamente si alguno de los inspectores habría observado su obra con el pavo. A lo mejor estaban lo bastante impresionados por su originalidad como para mejorar sus perspectivas de trabajo. Seguro que no había pasado todos esos años de entrenamiento para perseguir a imbéciles medio lerdos como Polo. Debía haber algo más estimulante que eso. Sentía la victoria, y era una sensación agradable. 

La persecución de Polo seguramente se precipitaría. Sus hijas lo convencerían (si es que aún no lo estaba) de que había algo terrible en marcha. Se rajaría. Se tambalearía. A lo mejor se volvía loco a la manera clásica: mesándose los cabellos, rasgándose las vestiduras, untándose con sus propios excrementos. Sí, la victoria se acercaba. ¿Y no tendrían sus amos atenciones con él? ¿No lo recompensarían con alabanzas y poder? 

Sólo era necesaria una nueva manifestación. Una intervención final inspirada y Polo no sería más que una masa gimoteante. Cansado pero confiado, el geniecillo bajó al salón. Amanda estaba tumbada cuan larga era sobre el sofá, dormida. Obviamente, estaba soñando con el pavo. Sus ojos se movían bajo los finos párpados, el labio inferior le temblaba. Gina se había sentado detrás de la radio, que ahora estaba apagada. Tenía un libro abierto en el regazo, pero no lo estaba leyendo. 

El importador de pepinillos no estaba en la habitación. ¿No era ésa de la escalera su huella? Sí, la estaba subiendo para aliviar su intestino lleno de coñac. Una sincronización perfecta. El geniecillo cruzó la habitación. 

Mientras dormía, Amanda soñó que algo oscuro revoloteaba delante de su vista, algo maligno, algo que le sabía amargo en la boca. Gina levantó la mirada del libro. Las bolas plateadas del árbol se mecían suavemente. No sólo las bolas: el oropel y las ramas también. De hecho, todo el árbol. Todo el árbol se agitaba como si alguien se hubiera apoderado de él. 

A Gina le dio muy mala espina. Se levantó. El libro se cayó al suelo. El árbol empezó a girar. –Cristo –dijo–. Jesucristo. Amanda seguía durmiendo. El árbol ganaba velocidad. Gina anduvo todo lo silenciosamente que pudo en dirección al sofá y trató de despertar a su hermana agitándola. Amanda, encerrada en sus sueños, se resistió un momento. –Padre –dijo Gina. Su voz era fuerte y llegó hasta el vestíbulo. También despertó a Amanda. 

Polo oyó un ruido como de perro quejándose en el piso de abajo. No, como dos perros quejándose. Al bajar corriendo las escaleras, el dúo se convirtió en trío. Irrumpió en el salón esperando encontrar a todas las huestes infernales con cabeza de perro bailando sobre sus bellezas. Pero no. 

Era el árbol de Navidad el que gemía, gemía como una jauría de perros, y giraba y giraba. Las bombillas habían saltado hacía mucho de sus casquillos. El aire apestaba a plástico chamuscado y a savia de pino. El propio árbol giraba como una peonza, repartiendo los regalos y adornos de sus atormentadas ramas con la generosidad de un rey loco. 

Jack apartó la vista del espectáculo del árbol y encontró a Gina y Amanda, en cuclillas y aterrorizadas, detrás del sofá. –¡Fuera de ahí! –chilló. En aquel momento, la televisión se levantó impertinentemente sobre una pata y empezó a girar como el árbol, ganando velocidad rápidamente. El reloj de la repisa se unió al ballet. Y los atizadores del lado del fuego. Y los cojines. Y los adornos. Cada objeto añadía su propia nota singular a la orquestación de gemidos que crecían por segundos hasta alcanzar un volumen ensordecedor. 

El aire empezó a rebosar de olor a leña quemada, pues la fricción calentaba los extremos giratorios hasta hacerlos casi explotar. El humo se arremolinó por la habitación. Gina cogió a Amanda por el brazo y la arrastró hacia la puerta, protegiendo su cara contra la lluvia de agujas de pino que el árbol, sin dejar de acelerarse, iba lanzando. Ahora daban vueltas las luces. Los libros, que se habían caído de las estanterías, se unieron a la tarantela. 

Jack se podía imaginar al enemigo corriendo entre los objetos como un malabarista que hiciera rodar platos con palos, intentando que todos se movieran al unísono. Debía ser un trabajo agotador, pensó. Probablemente el demonio estaba a punto de venirse abajo. No podía pensar con claridad. Sobreexcitado. Impulsivo. Vulnerable. Éste debía ser el momento, si es que había un momento, de unirse por fin a la batalla. De enfrentarse a eso, desafiarlo y hacerle caer en la trampa. 

Por su parte, el geniecillo estaba disfrutando de esta orgía de destrucción. Lanzaba a la refriega todo objeto que pudiera moverse, haciendo que todo diera vueltas. Observaba con satisfacción cómo la hija se crispaba y se escabullía; reía al ver cómo miraba el viejo, con los ojos desorbitados, ese ballet estrafalario. Seguro que ya estaba casi loco, ¿no? Las bellezas habían llegado a la puerta, con el pelo y la piel llenas de agujas de pino. Polo no las vio salir. 

Corrió a través de la habitación esquivando una lluvia de adornos y recogió una horquilla de cobre para asar que el enemigo había descuidado. Las baratijas llenaban el aire alrededor de su cabeza, bailando a una velocidad vertiginosa. Tenía la carne herida y pinchada. Pero la hilaridad de unirse a la batalla se había apoderado de él, y se puso a hacer añicos libros, relojes y porcelanas chinas. 

Como un hombre en medio de una nube de cigarras, corrió por la habitación, derribando sus libros favoritos en un remolino de batir de páginas, golpeando a Dresden mientras dibujaba espirales, destrozando las lámparas. Un montón de objetos rotos inundaba el suelo, algunos de ellos aún se crispaban al salir la vida de sus fragmentos. Pero por cada objeto derrumbado quedaba todavía una docena girando y gimiendo. 

Podía oír a Gina en la puerta gritándole que saliera, que lo dejara tal cual. Pero era muy divertido jugar contra el enemigo más directamente de lo que se había permitido hacerlo hasta entonces. No quería rendirse. Quería que el demonio se mostrase, que lo conocieran, que lo reconocieran. Quería un enfrentamiento con el emisario de Pedro Botero inmediato y definitivo. 

Sin previo aviso, el árbol dio paso a los dictados de la fuerza centrífuga y estalló. El ruido fue como un aullido de muerte. Ramas, ramitas, agujas, bolas, luces, cables y cintas volaron por la habitación. Jack, dando la espalda a la explosión, notó que una onda expansiva lo golpeaba con fuerza y lo tiraba al suelo. La parte de atrás de su cuello y cuero cabelludo fueron alcanzadas de lleno por las agujas de pino. Una rama reseca salió disparada por encima de su cabeza y atravesó el sofá. 

A su alrededor repiquetearon pedazos del árbol en el suelo. Explotaban, como el árbol, otros objetos de la habitación, arrojados más allá de lo que sus estructuras toleraban. La televisión estalló, enviando una ola letal de cristales por la habitación, gran parte de la cual se hundió en la pared de enfrente. 

Sobre Jack, que reptaba hacia la puerta como un soldado bajo un bombardeo, cayeron trozos de entrañas del televisor tan calientes que chamuscaban la piel. La habitación estaba tan atestada de andanadas de cascos que parecía envuelta en niebla. Los cojines habían contribuido al espectáculo con sus tripas, que caían como nieve sobre la alfombra. 

En cuanto a los trozos de porcelana, un brazo primorosamente barnizado y una cabeza de cortesano rebotaron en el suelo delante de su nariz. Gina estaba en cuclillas en la puerta, instándole a que se diera prisa y entornando los ojos para protegerse contra la lluvia. 

Cuando Jack la alcanzó y sintió sus brazos alrededor suyo, juró que podía oír risas en el salón. Risas tangibles, audibles, sonoras y satisfechas. Amanda estaba en el vestíbulo, con el pelo lleno de agujas de pino, mirándolo. Arrastró sus piernas por el pasillo y Gina cerró la puerta de un golpe detrás de la demolición. –¿Qué es? –preguntó–. ¿Duende? ¿Fantasma? ¿El fantasma de mamá? La idea de que su difunta mujer fuera la responsable de esa destrucción total le pareció divertida a Jack. Amanda sonreía a medias. «Bueno, pensó, lo está superando.» 

Entonces se cruzó con la mirada ausente de sus ojos y se dio cuenta de la verdad. Se había derrumbado, su cordura se había refugiado donde esta fantasmagoría no la pudiera alcanzar. –¿Qué hay ahí? –preguntó Gina, aferrándole el brazo tan fuertemente que le detuvo la circulación. –No sé –mintió–. ¿Amanda? La sonrisa de Amanda no desaparecía. Se quedó mirando hacia él, a través de él. –Sí que lo sabes. –No. –Estás mintiendo. –Creo... Se levantó del suelo y se sacudió los trozos de porcelana, las plumas y el cristal de su camisa y pantalones. –Creo... que me voy a dar un paseo.

 Detrás de él, los últimos vestigios de zumbidos se habían apagado en el salón. El aire del pasillo estaba electrizado de presencias ocultas. Estaba muy cerca de él, invisible como siempre, pero muy cerca. Éste era el momento más peligroso. No debía perder la calma ahora. Debía actuar como si no hubiera pasado nada; tenía que dejar a Amanda tal cual, dejar las explicaciones y las recriminaciones hasta que todo se hubiera acabado y resuelto. 

–¿Pasear? –dijo Gina, incrédula. –Sí... pasear... Necesito un poco de aire fresco. –No puedes dejarnos aquí. –Buscaré a alguien que nos ayude a limpiar. –¿Y Mandy? –Se recuperará. Déjala tal como está. Eso fue duro. Casi imperdonable. Pero ya estaba dicho. Anduvo inseguro hasta la puerta principal, sintiendo náuseas después de tanto remolino. A sus espaldas, Gina estaba enfurecida. 

–¡No puedes irte así, sin más! ¿Estás chiflado? –Necesito aire –dijo, tan tranquilamente como se lo permitieron su corazón, que latía con fuerza, y su reseca garganta–. Así que saldré un rato. No, dijo el geniecillo. No, no, no. Estaba detrás suyo, Polo podía sentirlo. Muy enfadado, a punto de cortarle la cabeza. Salvo que no estaba autorizado a tocarlo jamás. Pero podía notar su resentimiento como una presencia física. 

Dio otro paso hacia la puerta principal. Todavía estaba con él, siguiendo cada uno de sus pasos. Era su sombra, su lapa; inseparable. Gina le gritó: –¡Hijo de puta, mira a Mandy! ¡Se ha vuelto loca! No, no debía mirar a Mandy. Si la miraba, podría echarse a llorar, derrumbarse como quería esa cosa, y entonces todo estaría perdido. –Se pondrá bien –dijo, apenas más fuerte que un murmullo. Cogió el pomo de la puerta principal. El demonio echó el cerrojo rápidamente, sonoramente. Ya no estaba de humor para seguir fingiendo. 

Jack, manteniendo sus movimientos todo lo pausados que pudo, descerrojó la puerta, por arriba y por abajo. Pero la puerta se cerró de nuevo. Era un juego emocionante, pero también aterrador. Si iba demasiado lejos, la frustración del demonio se sobrepondría seguramente a lo que le habían enseñado. 

Lentamente, suavemente, quitó otra vez el cerrojo. Con la misma lentitud, la misma suavidad, el geniecillo la cerró. Jack pensó cuánto tiempo podría soportar eso. Tenía que salir como fuera: tenía que hacerle atravesar el umbral. Un paso era todo lo que la ley pedía, de acuerdo con sus investigaciones. Un solo paso. Abierta. Cerrada, Abierta. Cerrada. 

Gina estaba de pie a uno o dos metros de su padre. No comprendía lo que estaba viendo, pero era obvio que su padre luchaba con alguien, o algo. –Papá... –empezó a decir. –Cállate –dijo bondadosamente, gimiendo al abrir la puerta por séptima vez. Hubo un temblor de locura en su gemido: fue demasiado largo y demasiado laxo. Inexplicablemente, ella le devolvió la sonrisa. Era triste, pero genuina. Por mucho que estuviera en juego en todo esto, ella lo quería. 

Polo se dirigió hacia la puerta trasera. El demonio iba tres pasos por delante de él, corriendo por la casa como un esprínter y echando el cerrojo antes de que Polo pudiera alcanzar siquiera el pomo. Unas manos invisibles hicieron girar la llave en la cerradura y la redujeron en el aire a cenizas. 

Jack fingió una escapada hacia la ventana que había junto a la puerta trasera, pero se bajaron las persianas y se cerraron los postigos de un golpe. El geniecillo, demasiado preocupado por la ventana para vigilar a Jack de cerca, no advirtió que éste volvía sobre sus pasos por la casa. Cuando vio la trampa que le tendían, soltó un pequeño chillido y lo persiguió; estuvo a punto de resbalar sobre el pulimentado suelo y darse contra Polo. 

Evitó la colisión sólo gracias a la más artística de las maniobras. Eso habría resultado fatal, desde luego: tocar al hombre en el calor de la pelea. Jack estaba otra vez en la puerta principal y Gina, comprendiendo la estrategia de su padre, le había quitado el cerrojo mientras el geniecillo y él luchaban en la puerta trasera. Jack había deseado fervientemente que aprovechara la oportunidad de abrirla. Lo había hecho. Estaba entornada: el aire gélido y vivificante de la tarde entraba en remolinos por el pasillo. 

Jack cubrió los últimos metros que lo separaban de la puerta como un relámpago, sintiendo sin oírlo el aullido de queja que lanzó el geniecillo al ver que su víctima escapaba al mundo exterior. No era una criatura ambiciosa. Todo lo que quería en ese momento, por encima de cualquier sueño, era coger ese cráneo humano entre sus manos y hacer un disparate con él. Hacerlo añicos y tirar su obsesión fuera, a la nieve. Hacer eso con Jack Polo, por siempre jamás. ¿Era eso mucho pedir? 

Polo había salido a la nieve fresca y crujiente, con las zapatillas y los dobladillos de sus pantalones enterrados en el hielo. Para cuando la furia llegó al umbral, Jack ya estaba tres o cuatro metros más allá, andando tranquilamente por el sendero hacia la verja. Escapando, escapando. 

El geniecillo volvió a aullar y olvidó sus años de entrenamiento. Todas las lecciones que había aprendido, todas las reglas de guerra que habían grabado en su cerebro quedaron anegadas por el simple deseo de hacerse con la vida de Polo. 

Franqueó el umbral y se puso a perseguirlo. Fue una transgresión imperdonable. En alguna parte del infierno, los poderes (que por largo tiempo puedan presidir el tribunal, que por largo tiempo puedan iluminar las cabezas de los condenados) sintieron el pecado y supieron que la batalla por el alma de Polo estaba perdida. Jack también lo sintió. 

Oyó el sonido de agua hirviendo a medida que los pasos del demonio derretían la nieve del sendero. ¡Lo estaba siguiendo! La cosa había transgredido la primera condición de su existencia. Había perdido sus prerrogativas. Sintió la victoria en su espina dorsal y en el estómago. 

El demonio lo alcanzó en la verja. Se podía ver claramente su aliento en el aire, aunque el cuerpo del que procedía aún no se había vuelto visible. Jack intentó abrir la verja, pero el geniecillo la cerró de un portazo. –Che serà, serà –dijo Jack. El demonio no lo pudo soportar más. Cogió, lleno de ira, la cabeza de Jack con sus manos con la intención de reducir el frágil hueso a cenizas. 

Tocarlo fue su segundo pecado; y lo hizo sufrir más de lo admisible. Aulló como un hada y se apartó tambaleando de su presa, resbalando en la nieve y cayendo de espaldas. Conocía su error. Las lecciones que le habían inculcado a golpes se le presentaron vertiginosamente ante su imaginación. También sabía cuál era el castigo por abandonar la casa y tocar al hombre. 

Estaba sujeto a un nuevo amo, esclavizado a esa víctima idiota que tenía encima. Polo había vencido. Se reía observando la manera en que se formaba la figura del demonio sobre la nieve del sendero. Como una fotografía que se revelara en una hoja de papel, la imagen de la furia se hizo nítida. La ley se estaba cobrando sus derechos. 

El geniecillo nunca podría volver a esconderse de su amo. Ahí estaba, visible a los ojos de Polo, en toda su gloria desencantada. Piel castaña y ojo brillante sin párpado, brazos fláccidos, removiendo la nieve con su cola y derritiéndola a la vez. –¡Bastardo! –dijo. Su voz tenía un deje australiano. –No hablarás hasta que se te dirija la palabra –dijo Polo, con una autoridad tranquila pero absoluta–. ¿Comprendido? El ojo sin párpado lo miró, lleno de humildad. –Sí –dijo el geniecillo. –Sí, señor Polo. –Sí, señor Polo. La cola se le hundió entre las piernas, como a un perro acobardado. 

–Puedes levantarte. –Gracias, señor Polo. Se levantó. No era agradable de ver, pero Jack disfrutó a pesar de todo. –Acabarán con usted, sin embargo. –¿Quiénes? –Ya lo sabe –dijo, dubitativo. –Nómbralos. –Belcebú –contestó, orgulloso de nombrar a su antiguo amo–. Los poderes. El propio infierno. –No creo –musitó Polo–. No contigo sometido a mí como prueba de mis habilidades. ¿No soy el mejor de todos? La mirada de la criatura parecía hosca. –¿No lo soy? –Sí –concedió amargamente–. Sí, usted es el mejor de todos. Había empezado a temblar. –¿Tienes frío? –preguntó Polo. Asintió, imitando el aspecto de un niño perdido. –Entonces necesitas ejercicio –dijo–. Mejor que vuelvas a casa y empieces a arreglarlo todo. 

La furia pareció perpleja, hasta desengañada, por esa orden. –¿Nada más? –preguntó, incrédula–. ¿Ningún milagro? ¿Ni Helena de Troya ni vuelos? La idea de volar en una tarde tan nevada como ésa dejó frío a Polo. Era ante todo un hombre de gustos sencillos: todo lo que le pedía a la vida era el amor de sus hijas, una casa agradable y un buen precio comercial para los pepinillos. –Nada de vuelos –dijo. 

Al dirigirse cabizbajo por el sendero hacia la casa, pareció idear una nueva maldad. Se volvió hacia Polo, obsequioso pero inconfundiblemente pagado de sí mismo. –¿Podría decir algo? –preguntó. –Habla. –Es justo que le informe de que se considera impío tener contactos con tipos como yo. Incluso herético. –¿Es eso cierto? –Sí –dijo el geniecillo, animándose por su profecía–. Se ha quemado a gente por menos. –No en los tiempos que corren –replicó Polo. –Pero el serafín lo verá –dijo–. Y eso significa que nunca irá a ese lugar. –¿Qué lugar? 

El demonio buscó la palabra especial que había oído usar a Belcebú. –El cielo –dijo, triunfante. Había aparecido una fea sonrisa en su cara; ésta era la maniobra más astuta a la que había recurrido jamás; era teología malabar. Jack asintió despacio, poniéndose el índice en el labio inferior. 

Lo que decía la criatura era probablemente cierto: la asociación con él o con tipos como él no la verían con buenos ojos las huestes de santos y ángeles. Probablemente le fuera vedado el acceso a las praderas del paraíso. –Bueno –dijo–, ya sabes lo que tengo que responder a eso, ¿no es verdad? 

El geniecillo se quedó mirándolo frunciendo el entrecejo. No, no lo sabía. Entonces desapareció su sonrisa de satisfacción al ver lo que quería decir Polo. –¿Qué digo? –le preguntó Polo. Derrotado, murmuró la frase. –Che serà, serà. Polo sonrió. –Todavía te queda una oportunidad –dijo, y lo llevó camino del umbral, cerrando la puerta con algo muy parecido a la serenidad en su rostro.