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Bébase entero: contra la locura de masas - Ray Bradbury

    Era una de esas noches tan rematadamente calurosas en que estás rumbado y sin saber qué hacer hasta las dos de la madrugada, luego te levantas dando tumbos, te remojas con tu fermentado sudor y bajas tambaleante al gran horno del metro donde aúllan trenes perdidos.

—Infierno —musitó Will Morgan.

Y el infierno era, con un suelto ejército de bestias, gente que pasa la noche errando del Bronx hasta Coney y viceversa, hora tras hora, en busca de repentinas inhalaciones de salino viento oceánico que tal vez te hagan jadear de agradecimiento.

En alguna parte, Dios, en alguna parte de Manhattan o más lejos había refrescante viento. Al amanecer, era preciso encontrarlo...

—¡Maldita sea!

Atontado, Will Morgan vio maniacas oleadas de anuncios, chorros de sonrisas dentífricas, sus ideas propagandísticas persiguiéndole por toda la calurosa isla nocturna.

El tren gruñó y se detuvo.

Otro tren permanecía parado en la vía opuesta.

Increíble. Allí, en la abierta ventanilla del tren, al otro lado, estaba el viejo Ned Amminger. ¿Viejo? Los dos tenían la misma edad, cuarenta años, pero...

Will Morgan abrió su ventanilla.

—¡Ned, hijo de puta!

—¡Will, bastardo! ¿Paseas tan tarde a menudo?

—¡Todas las noches calurosas desde 1946!

—¡Yo también! ¡Me alegro de verte!

—¡Mentiroso!

Ambos se esfumaron entre el chirrido del acero.

Dios mío, pensó Will Morgan, dos hombres que se odian, que trabajan a menos de tres metros de distancia, que aprietan los dientes para el siguiente ascenso, se topan en este infierno de Dante de una ciudad que se funde a las tres de la madrugada. Escucha el eco de nuestras voces, apagándose:

—¡Mentiroso...!

Media hora después, en Washington Square, un fresco viento tocó la frente de Will Morgan. Siguió al viento hacia una callejuela donde...

La temperatura bajó diez grados.

—Un momento —musitó Will.

El viento tenía el olor de aquella fábrica de hielo, cuando él era niño y robaba fríos cristales para frotarse las mejillas y metérselos debajo de la camisa mientras gritaba para vencer el calor.

El frío viento le llevó callejón abajo hasta una tiendecilla donde un letrero decía:

 

MELISSA TOAD, BRUJA

LAVANDERÍA:

DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN LAVADOS POR LA NOCHE

 

Había un letrero de menor tamaño:

 

HECHIZOS, FILTROS CONTRA CLIMAS TERRIBLES, CALUROSOS O FRÍOS. POCIONES PARA INSPIRAR A EMPLEADOS Y ASEGURAR ASCENSOS. BÁLSAMOS, UNGÜENTOS Y POLVO DE MOMIA EXTRAÍDO DE ANTIGUOS JEFES DE EMPRESA. REMEDIOS PARA EL RUIDO. EMOLIENTES PARA AMBIENTES GASEOSOS O POLUCIONADOS. LOCIONES PARA CAMIONEROS PARANOICOS. MEDICINAS A TOMAR ANTES DE NADAR EN LOS MUELLES.

 

Algunas botellas estaban esparcidas en el escaparate, con etiquetas que decían:

 

MEMORIA PERFECTA.

OLOR A FRESCO VIENTO DE ABRIL.

EL SILENCIO Y EL TREMOR DEL HERMOSO CANTO

DE LOS PÁJAROS.

 

Will se echó a reír y se detuvo.

Porque el viento era frío e hizo crujir una puerta. Y de nuevo llegó el recuerdo del hielo de las blancas grutas de la fábrica de su infancia, un mundo separado de los sueños invernales y preservado en agosto.

—Entre —musitó una voz.

La puerta se abrió.

En el interior, un frío funeral aguardaba a Will.

Un bloque de dos metros de transparente y goteante hielo reposaba cual gigante reminiscencia de febrero en tres caballetes de aserrar.

—Sí —murmuró él.

En el escaparate de la ferretería de su pueblo, la esposa de un mago, MISS I. SICKLE, estaba oculta en un inmenso rectángulo de hielo a medio fundir, como un carámbano. Allí pasaba las noches ella, princesa de la Nieve. A media noche, Will y otros chicos iban a escondidas para verla sonreír en su frío sueño cristalino. Pasaron la mitad de las noches del verano mirándola fijamente, cuatro o cinco muchachos de catorce años ardientes como un horno, esperando que sus llameantes miradas fundieran el hielo...

El hielo jamás se fundió.

—Espere—musitó Will—. Escuche...

Dio un paso más dentro de la oscura tienda nocturna.

Dios, sí. Allí, ¡en ese hielo! ¿No eran esos los contornos donde, sólo hacía unos segundos, una mujer de nieve dormitaba con fríos sueños nocturnos? Sí. El hielo era hueco, curvado y encantador. Pero... la mujer había desaparecido. ¿Dónde estaba?

—Aquí —murmuró la voz.

Detrás del brillante y frío funeral, las sombras se movían en un apartado rincón.

—Bienvenido. Cierre la puerta.

Will presintió que ella estaba en las sombras, no muy lejos. Su carne, suponiendo que pudiera tocarla, sería fría, todavía estaría fresca tras su estancia en la goteante tumba de nieve. Si él alargaba la mano...

—¿Qué hace aquí? —preguntó suavemente la voz de la mujer.

—Una noche calurosa. Paseaba. Viajaba. En busca de viento frío. Creo que necesitaba ayuda.

—Ha venido al lugar indicado.

—¡Pero esto es una locura! No creo en psiquiatras. Mis amigos me odian porque afirmo que el Afilador y Freud murieron hace veinte años, con el circo. No creo en astrólogos, ni en la numerología, ni en curanderos quirománticos... —Yo no leo las manos. Aunque... deme su mano.

Will tendió la mano hacia la tenue penumbra.

Los dedos de ello tocaron los de él. Fue el mismo tacto que el de la mano de una niña que acaba de registrar una nevera.

—Su letrero dice MELISSA TOAD, BRUJA. ¿Qué puede hacer una bruja en Nueva York en el verano de 1974?

—¿Conoce alguna ciudad que necesitara más una bruja que Nueva York este año?

—Cierto. Nos hemos vuelto locos. Pero, ¿usted?

—Una bruja nace de los mismos deseos de su época —dijo ella—. Yo nací en Nueva York. Las cosas que peor están aquí me llamaron. Ahora llega usted, sin saberlo, para buscarme. Deme la otra mano.

Aunque la cara de la mujer era sólo un espectro de fría carne en la penumbra, Will notó que los ojos de la bruja recorrían su temblorosa mano.

—Oh, ¿por qué ha esperado tanto? —se lamentó ella—. Casi es demasiado tarde.

—Demasiado tarde, ¿para qué?

—Para salvarle. Para recibir el don que yo puedo dar.

El corazón de Will latió con fuerza.

—¿Qué puede darme usted?

—Paz —dijo ella—. Serenidad. Quietud en pleno jaleo. Soy hija del viento venenoso que copuló con el río Este en una noche resbaladiza como la grasa, infestada de basura. Me revuelvo contra mi origen. Vacuno contra las mismas iras que me trajeron al mundo. Soy un suero originado en venenos. Soy el antídoto de cualquier tiempo. Soy la cura. La ciudad le mata, ¿verdad? Manhattan es el ejecutor de su castigo. Permítame que sea su escudo.

—¿Cómo?

—Usted será mi pupilo. Mi protección le rodeará, igual que un invisible grupo de sabuesos. El metro nunca violará sus oídos. La polución jamás llenará de tizón sus pulmones o su nariz, ni hará febril su vista. Puedo enseñar a su paladar, en el almuerzo, a saborear los ricos campos del Edén en el perro caliente más sencillo, más barato y demasiado tierno. El agua, sorbida de la nevera de su oficina, será un raro vino de exquisita familia. La policía, cuando la requiera, responderá. Los taxis, corriendo a ninguna parte libres de servicio, se detendrán aunque usted solamente guiñe un ojo. Aparecerán entradas cuando se acerque a la ventanilla de un teatro. Las señales de tráfico cambiarán, en hora punta, fíjese bien, aunque conduzca su coche en las calles más céntricas, y ningún semáforo se pondrá rojo. Verde siempre, si usted va conmigo.

»Si va conmigo, nuestro piso será un claro umbroso en un bosque, lleno de gritos de pájaros y reclamos amorosos desde el primer caluroso y desabrido día de junio hasta la última hora después del primer lunes de septiembre, cuando los muertos vivientes, azotados por el calor, se vuelven locos con los trenes parados que regresan del mar. Nuestras habitaciones estarán llenas de campanillas de cristal. Nuestra cocina, un iglú en julio donde podremos compartir una comida de helado casero y Cháteu Lafite Rothschild. ¿Nuestra despensa?... Albaricoques frescos en agosto o febrero. Jugo de naranja recién exprimida todas las mañanas, leche fría para desayunar, frescos besos a las cuatro de la tarde, mi boca siempre del sabor de un melocotón frío, mi cuerpo siempre con el gusto de ciruelas cubiertas de escarcha. El sabor empieza muy cerca, como dijo Edith Wharton.

»Siempre que usted quiera volver a casa estando en la oficina en pleno trabajo en un espantoso día, yo llamaré a su jefe y sus deseos se cumplirán. Al poco tiempo, usted será el jefe y volverá al hogar, de todas formas, para encontrar pollo frío, ponche de frutas y a mí. Verano en las islas Vírgenes. Otoños tan cargados de promesas que usted se volverá lunático en la forma correcta. Inviernos, por supuesto, a la inversa. Yo seré su hogar. Dulce perro, échate aquí. Yo caeré sobre usted como copos de nieve.

»En resumen, tendrá todo. Yo pido poco a cambio. Sólo su alma.

Will se puso rígido y estuvo a punto de soltar la mano de la mujer.

—Bien, ¿no es eso lo que esperaba que le pediría? —La mujer se echó a reír—. Pero las almas no pueden venderse. Lo único posible es perder el alma y no volver a encontrarla. ¿Quiere que le diga qué quiero realmente de usted?

—Dígalo.

—Cásese conmigo —dijo ella.

«Véndame su alma», pensó Will, y no lo dijo. Pero ella lo leyó en sus ojos.

—Oh, querido —dijo la mujer—. ¿Es eso pedir demasiado? ¿Pese a todo lo que ofrezco?

—¡Tengo que meditarlo!

Sin darse cuenta, Will había retrocedido un paso.

La voz de la mujer reflejó mucha tristeza.

—Si tiene que meditar mucho una cosa, nunca la hará. Cuando termina un libro sabe si le gusta, ¿verdad? Al final de una obra de teatro usted está despierto o dormido, ¿verdad? Bien, una mujer hermosa es una mujer hermosa, ¿verdad?, y una buena vida es una buena vida.

—¿Por qué no sale a la luz? ¿Cómo sé yo que es hermosa?

No puede saberlo a menos que entre en la oscuridad. ¿No se lo indica mi voz? ¿No? Pobre hombre. Si no confía en mí ahora, no seré suya, nunca.

—Necesito tiempo para pensar. ¡Volveré mañana por la noche! ¿Qué pueden significar veinticuatro horas?

—Para una persona de su edad, todo.

—¡Sólo tengo cuarenta años!

—Hablo de su alma, y en cuanto a eso es tarde.

—¡Concédame otra noche!

—La tendrá, de todas formas, por su cuenta y riesgo.

—Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios, Dios —dijo Will, con los ojos cerrados.

—Ojalá Él pudiera ayudarle ahora mismo. Será mejor que se marche. Es usted un niño anciano. Qué pena. Qué pena. ¿Vive su madre?

—Murió hace diez años.

—No, empezó a vivir —dijo la mujer.

Will retrocedió hacia la puerta y se detuvo, intentando calmar su confuso corazón, intentando mover su pesada lengua:

—¿Desde cuándo está en este lugar?

Ella se echó a reír, con un levísimo toque de amargura.

—Tres veranos como este. Y en esos tres años, sólo seis hombres han entrado en mi tienda. Dos echaron a correr inmediatamente. Dos se quedaron un rato pero se fueron. Uno volvió por segunda vez, y desapareció. El sexto hombre tuvo que admitir finalmente, después de tres visitas, que él no creía. Ya ve, nadie cree en un amor exhaustivo y protector cuando lo ven claro. Un chico del campo podría quedarse para siempre, dada su simplicidad, que es lluvia, viento y semillas. ¿Un neoyorquino? Recela de todo.

»Sea usted quien sea, o lo que sea, oh, buen señor, quédese, ordeñe la vaca y ponga la leche fresca en el sombrío y refrescante cobertizo, a la sombra del roble que crece en mi buhardilla. Quédese y coja berros para lavarse los dientes. Quédese en la Despensa del Norte con el aroma de caquis, kuncuats y uvas. Quédese y frene mi lengua para que yo deje de hablar así. Quédese y refrene mi boca para que yo pueda respirar. Quédese, porque estoy aburrida de hablar y debo necesitar amor. Quédese. Quédese.

Tan ardiente era su voz, tan trémula, tan suave, tan dulce, que Will comprendió que estaba perdido si no echaba a correr.

—¡Mañana por la noche! —gritó.

Su zapato tropezó con algo. En el suelo había un trozo de hielo caído del bloque.

Will se agachó, cogió el carámbano y salió corriendo.

La puerta se cerró bruscamente. Las luces se apagaron. En su prisa, Will no vio el letrero: MELISSA TOAD, BRUJA.

Fea, pensó Will mientras corría. Una bestia, pensó, ella debe de ser una bestia y fea. ¡Sí, eso es! ¡Mentiras! ¡Todo mentiras! Ella...

Tropezó con alguien.

En medio de la calle, los dos se agarraron, se cogieron, se miraron fijamente.

¡Ned Amminger! ¡Dios mío, era el viejo Ned!

Eran las cuatro de la mañana, el ambiente continuaba siendo ardoroso. Y allí estaba Ned Amminger, un sonámbulo en busca de fríos vientos, la ropa pegada a su ardiente carne formando rosetones, la cara chorreando sudor, los ojos muertos, los pies crujiendo en sus calurosos, calcinados zapatos de cuero.

Ambos se tambalearon en el momento de la colisión.

Un espasmo de malicia hizo estremecer a Will Morgan. Agarró al viejo Ned Amminger, le obligó a dar media vuelta y le dejó de cara al oscuro callejón. En las profundidades de la callejuela... ¿no estaba encendida otra vez la luz del escaparate? ¡Sí!

—¡Ned! ¡Por ahí! ¡Ve por ahí!

Cegado por el calor, mortalmente fatigado, el viejo Ned Amminger entró dando tumbos en el callejón.

—¡Espera! —gritó Will Morgan, arrepentido de su malicia.

Pero Amminger se había esfumado.

En el metro, Will Morgan probó el carámbano.

Era Amor. Era Delicia. Era Mujer.

Cuando llegó estruendosamente el tren, las manos de Will estaban vacías, su cuerpo corrompido por el sudor. ¿Y el dulce sabor en su boca? Polvo.

Siete de la mañana y sin dormir.

En algún lugar, un inmenso alto horno abrió su puerta y quemó Nueva York hasta dejar la ciudad en ruinas.

Levántate —pensó Will Morgan—. ¡De prisa! ¡Corre al centro!»

Porque había recordado aquel letrero:

LAVANDERÍA:

DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN LAVADOS POR LA NOCHE.

Will no fue al centro. Se levantó, se duchó y salió al horno para perder su empleo.

Lo supo cuando subía en el delirantemente caluroso ascensor en compañía del señor Binns, el moreno y furioso jefe de personal. Las cejas de Binns saltaban, sus labios se movían sobre sus dientes pronunciando mudas maldiciones. Por debajo de su traje se notaban los puercoespines de su ardiente vello que pugnaban por salir a la superficie cual agujas. Cuando llegaron al piso decimocuarto, Binns era antropoide.

Alrededor, los empleados erraban como un ejército italiano que acudía a participar en una guerra perdida.

—¿Dónde está el viejo Amminger? —preguntó Will Morgan, mirando fijamente un escritorio vacío.

—Llamó diciendo que estaba enfermo. Postración por el calor. Estará aquí al mediodía —dijo alguien.

Mucho antes del mediodía el enfriador de agua estaba vacío, y la red de acondicionamiento (?) de aire se suicidó a las once treinta y dos. Doscientas personas se transformaron en toscas bestias encadenadas a escritorios junto a ventanas inventadas para que no se abrieran.

Faltando un minuto para las doce, el señor Binns, por el intercomunicador, les ordenó formar junto a sus escritores. Así lo hicieron. Aguardaron, tambaleantes. La temperatura era de treinta y siete grados. Poco a poco, Binns empezó a recorrer la larga hilera. El ardoroso siseo de invisibles moscas no se separaba de él.

—Muy bien, damas y caballeros —dijo—. Todos saben que hay una recesión, por más felizmente que el presidente de los Estados Unidos la presente. Yo preferiría darles un navajazo en el estómago a traspasarles la espalda. Bien, mientras recorro la hilera, bajaré la cabeza y susurraré: «Usted». Los empleados que oigan esta palabra, darán media vuelta, recogerán sus cosas y se irán. Una paga de cuatro semanas por cesantía les aguarda en la salida. ¡Un momento! ¡Falta alguien!

—El viejo Ned Amminger —dijo Will Morgan, y se mordió la lengua.

—¿El viejo Ned? —dijo el señor Binns, mirándole coléricamente—. ¿Viejo? ¿Viejo?

El señor Binns y Ned Amminger tenían exactamente la misma edad.

El señor Binns aguardaba, nervioso.

—Ned —dijo Will Morgan, sofocando las maldiciones que se hacía a sí mismo—, debería estar aquí...

—Aquí —dijo una voz.

Todos volvieron la cabeza.

En el extremo opuesto de la hilera, en la puerta, estaba el viejo Ned o Ned Amminger. Observó la reunión de almas perdidas, interpretó destrucción en el semblante de Binns, se acobardó. Pero luego ocupó tímidamente su lugar junto a Will Morgan.

—Muy bien —dijo Binns—. Voy a empezar.

Inició el avance: susurro, avance, susurro, avance, susurro. Dos personas, cuatro, finalmente seis dieron media vuelta para poner en orden sus escritorios.

Will Morgan respiró profundamente, contuvo la respiración, aguardó.

Binns se paró en seco delante de él.

«¿No lo dice? —pensó Morgan—. ¡No lo dice!»

—Usted —susurró Binns.

Morgan dio media vuelta y se llevó la mano a su henchido pecho. «Usted», la palabra restalló en su cabeza. ¡Usted!

Binns se detuvo para mirar a Ned Amminger.

—Bueno, viejo Ned —dijo.

Morgan, con los ojos cerrados, pensó: «Dilo, díselo a él, estás despedido, Ned, ¡despedido!».

—El viejo Ned —dijo Binns, en tono afectuoso.

Morgan se vino abajo con el sonido extraño, afectuoso y dulce de la voz de Binns.

Un ocioso viento de los mares del Sur pasó suavemente por el ambiente. Morgan parpadeó y se levantó, olisqueando. La sala, azotada por el sol, se había llenado de olor a olas y fría arena blanca.

—Ned, mi querido viejo Ned —dijo el señor Binns, apaciblemente.

Atónito, Will Morgan siguió aguardando. «Estoy loco», pensó.

—Ned —dijo el señor Binns, amablemente—. Quédese con nosotros. Quédese. —Y acto seguido, rápidamente, añadió—: Eso es todo. ¡Hora de comer!

Y Binns se fue y los heridos y los agonizantes abandonaron el campo de batalla. Y Will Morgan volvió la cabeza por fin para mirar directamente al viejo Ned Amminger, mientras esperaba. ¿Por qué, Dios mío, por qué?

Y obtuvo respuesta...

Ned Amminger estaba allí, no viejo, no joven, más bien un intermedio. Y no era el Ned Amminger que había asomado alocadamente la cabeza por la ventanilla de un caluroso tren, ni el que estaba deambulando por Washington Square a las cuatro de la madrugada.

Este Ned Amminger estaba sereno, como si oyera lejanos sonidos de un verde territorio, viento, hojas y un clima amistoso que vagaba en la fresca brisa de un lago.

El sudor se había secado en su sonrosada cara. Sus ojos no estaban inyectados en sangre, eran unos ojos firmes, azules y serenos. Ned era una isla paradisíaca en el mar muerto e inmóvil de escritorios y máquinas de escribir que podían ponerse en marcha y chillar como insectos eléctricos. Ned estaba observando la partida de los muertos vivientes. Y eso no le preocupaba. Se hallaba en espléndido y hermoso aislamiento en el interior del sosiego y la frescura de su bella piel.

—¡No! —exclamó Will Morgan, y salió corriendo.

No supo adonde iba hasta que se encontró en el lavabo de caballeros, excavando frenéticamente en la papelera.

Encontró lo que sabía que encontraría, una botellita con la etiqueta:

BÉBASE ENTERO: CONTRA LA LOCURA DE MASAS.

Tembloroso, Will destapó la botella. Sólo quedaba una pequeñísima gota azul claro. Tambaleándose junto a la cerrada y ardiente ventana, Will dejó caer la gota en su lengua.

Al instante, su cuerpo pareció haber saltado a una marejada de frialdad. Su aliento brotó como una fuente de aplastado y perfumado trébol.

Will agarró la botella con tanta fuerza que la rompió. Jadeó mientras contemplaba la sangre.

Se abrió la puerta. Ned Amminger estaba allí, observando. Se quedó sólo un instante, luego dio media vuelta y salió. La puerta se cerró.

Algunos segundos después, Morgan, con los trastos de su escritorio resonando en el maletín, bajó en el ascensor.

Al salir, volvió la cabeza para dar las gracias al operario.

Su aliento debió de tocar la cara del operario.

El operario sonrió.

¡Una loca, incomprensible, encantadora, hermosa sonrisa!

Las luces estaban apagadas en el callejón a medianoche, en la tiendecilla. No había en el escaparate ningún letrero que dijera MELISSA TOAD, BRUJA. No había botellas.

Will llamó a la puerta durante cinco largos minutos, sin obtener respuesta. Pateó la puerta durante otros dos minutos.

Y por fin, con un suspiro, no queriendo hacerlo, la puerta se abrió.

—Entre —dijo una voz muy fatigada.

En el interior Will notó el ambiente sólo un poco fresco. El enorme trozo de hielo, donde había visto la fantasmal silueta de una mujer encantadora, había menguado, había perdido una mitad de su peso y goteaba sin cesar camino de la ruina.

En alguna parte de la oscuridad, la mujer le aguardaba. Pero Will presintió que ella estaba vestida en esta ocasión, ataviada y preparada, lista para salir. Will abrió la boca para gritar, para hacer algo, pero la voz de la mujer se lo impidió:

—Le advertí. Llega demasiado tarde.

—¡Nunca es demasiado tarde! —dijo Will.

—Ayer por la noche habría sido posible. Pero en las últimas veinticuatro horas se partió su última hebra. Lo presiento. Lo sé. Lo afirmo. Ha muerto, muerto, muerto.

—¿Qué ha muerto, maldita sea?

—Pues su alma, por supuesto. Muerta. Devorada. Digerida. Esfumada. Está vacío. No hay nada ahí.

Vio que la mano de ella salía de la oscuridad. La mano tocó el pecho de Will. Quizás imaginó él que los dedos femeninos atravesaban sus costillas para sondear sus pulmones, su inquieto y acongojado corazón.

—Oh, sí, no está —gimió la bruja—. Qué triste. La ciudad lo desenvolvió como un caramelo y se lo comió. Usted no es más que una polvorienta botella de leche abandonada en la puerta de una casa, una araña que construye un nido en el tejado. El estrépito del tráfico le golpeó la médula hasta convertirla en polvo. El metro succionó su respiración como un gato succiona el alma de una criatura. Las aspiradoras actuaron en su cerebro. El alcohol disolvió el resto. Máquinas de escribir y ordenadores se ocuparon de los posos en sus tripas, le imprimieron en papel, le perforaron hasta transformarlo en confetti, le arrojaron por la abertura de una cloaca. La televisión le garabateó con nerviosos tics en viejas pantallas fantasmas. Sus últimos restos los llevará un gran autobús urbano, un fiero bulldog que le mantendrá masticado en la enorme boca con labios de goma que es su puerta.

—¡No! —exclamó él—. ¡He cambiado de opinión! ¡Cásese conmigo! ¡Cásese...!

Su voz agrietó la tumba de hielo, que se hizo añicos en el suelo a espaldas de Will. La silueta de la mujer hermosa se fundió en el suelo. Revolviéndose, Will Morgan se lanzó a la oscuridad.

Topó con la pared en el mismo momento que un panel se cerraba bruscamente.

Era inútil chillar. Will estaba solo.

Al anochecer, en julio, un año después, en el metro, Will vio a Ned Amminger por primera vez en 365 días.

Entre los apretujones, los golpes y el flujo de ardiente lava cuando los trenes pasaban estruendosamente, llevando al infierno un millón de almas, Amminger estaba tan frío como hojas de menta bajo verde lluvia. La gente de cera que le rodeaba se fundía. Él iba vadeando en su arroyo de truchas privado.

—¡Ned! —gritó Will Morgan, corriendo para cogerle la mano y estrechársela efusivamente—. ¡Ned, Ned! ¡El mejor amigo que he tenido!

—Sí, es cierto, ¿verdad?—dijo el joven Ned, risueño.

¡Y, oh, Dios, cuan cierto era! El querido Ned, el buen Ned, ¡amigo de toda la vida! ¡Échame tu aliento, Ned! ¡Dame el aliento de tu vida!

—¡Eres presidente de la empresa, Ned! ¡Me enteré!

—Sí. ¿Me acompañas a tomar un trago?

Pese al tremendo calor, un vapor de limonada helada brotaba del cremoso y fresco traje de Ned mientras ambos hombres buscaban un taxi. En medio de maldiciones, gritos y bocinazos, Ned alzó una mano.

Un taxi se detuvo. El viaje fue sereno.

En el bloque de apartamentos, por la noche, un hombre armado con una pistola salió de las sombras.

—Dadme todo lo que lleváis —dijo.

—Más tarde —dijo Ned, sonriente, echando sobre el individuo un aroma de manzanas frescas.

—Más tarde. —El hombre se hizo a un lado para dejarles pasar—. Más tarde.

Ya en el ascensor, Ned dijo:

—¿Sabías que estoy casado? Hace casi un año. Una excelente esposa.

—¿Es... —empezó a decir Will Morgan, y cambió de idea—... guapa?

—Oh, sí. Te encantará. Te encantará el piso.

«Sí —pensó Morgan—. Un verde claro umbroso, campanillas de cristal, fresca hierba como alfombra. Lo sé, lo sé.»

Entraron en el piso, que ciertamente era una isla tropical. El joven Ned sirvió grandes vasos de champaña helado.

—¿Por qué brindamos?

—Por ti, Ned. Por tu esposa. Por mí. Por la medianoche, por esta noche.

—¿Por qué por la medianoche?

—Cuando yo baje y encuentre a ese tipo que espera en el portal con su pistola. Ese tipo al que dijiste «más tarde». Y él estuvo de acuerdo. Estaré allí a solas con él. Curioso, ridículo, curioso. Y mi aliento es un aliento ordinario, no huele a melones ni a peras. Y él aguardando tantas horas con su sudorosa pistola, irritado por el calor. Qué magnífica broma. Bien..., ¿un brindis?

—¡Un brindis!

Bebieron.

Y en ese momento, entró la esposa. Ella los oyó reír de forma distinta, y participó en la risa.

Pero los ojos de la mujer, cuando miraron a Will Morgan, se llenaron de pronto de lágrimas.

Y Will Morgan sabía por quién lloraba ella.

La noche de la gallina - Francisco Tario

—Los hombres son vanos y crueles como no tienes idea —me decía hace casi un siglo una gallina amiga, cuando todavía era yo joven y virgen, y habitaba un corral indescriptiblemente suntuoso, poblado de árboles frutales.

—Lo que ocurre —objeté yo, sacudiendo mi cola blanca— es que tú no los comprendes; ni siquiera te has cuidado de observarlos adecuadamente. ¡Confiesa! ¿Qué has hecho durante la mayor parte de tu existencia, sino corretear como una locuela detrás de tus cien maridos y empollar igual que una señora burguesa? ¡El hombre es un ser admirable, caritativo y muy sabio, a quien debemos estar agradecidas profundamente!

Esto decía yo hace tiempo; no sé cuántos meses. Cuando aún me dejaba sorprender por las apariencias, rendía culto a los poetas y llevaba minuciosamente clasificadas en un cuaderno las características de los petimetres que me perseguían. Cuando mi cresta era voluptuosa cual un seno de mujer, y mi cola, artística, poblada. Cuando dormía en posturas graciosas y, al crepúsculo, languidecía bajo la influencia inefable de las encinas. Decía esto —entre otros motivos más graves— porque mi amo era muy cordial conmigo y solía conducirme a los rincones más apartados de la finca, con objeto de obsequiarme los residuos de los banquetes y otras golosinas menos importantes.

Hoy no. Hoy pienso de otro modo.

Heme aquí confinada en una celda tenebrosa, condenada a muerte. ¿Creen que no lo adivino? ¿Creen los hombres que por ser diminutas y estar cubiertas de plumas, no tenemos las gallinas nuestro corazoncito, nuestra sensibilidad y nuestro entendimiento?

Me apresaron al atardecer. Paseaba yo con una amiga por el sendero de las coles. Soplaba una cautivadora brisa. Íbamos charlando de mil cosas triviales y picoteando, ora un rábano, ora una fruta caída, cuando se entreabrió la puerta fatídica y apareció el cocinero. Nunca me simpatizó este hombre. Es un tipo grueso, perverso, de epidermis muy roja, con un bigote cuadrado y un delantal demasiado largo, tinto en sangre generalmente. De ordinario, salta al corral con un cuchillo en la mano y se contonea por entre los árboles, berreando siempre la misma tonada. Cuando alguien osa acercársele, toma la primera estaca o piedra que ve a su alcance y la arroja contra el intruso. En seguida corta una ciruela o un albérchigo y, tras de frotarlo contra su trasero, lo engulle, escupiendo la piedra a gran distancia... Pues bien, llegó el cocinero y me fue persiguiendo taimadamente por la vereda de las coles. Tan pronto llegamos a la tapia —¡oh, perfumada muy lindamente por las enredaderas de Bécquer!— me atrapó con sus manazas de simio, sujetándome por las alas. Me introdujo en la casa, hizo girar la puerta de un cuarto muy tétrico y me lanzó al aire, cual si se tratara de una avioneta. Caí como mejor pude y tardé mucho tiempo en moverme.

Aquí estoy, en consecuencia, sola, en tinieblas, sin un galán indómito que se aventure a rescatarme. Sola con mis reminiscencias, con mi pasado turbulento, con mi angustia loca, con mi cresta ya no tan voluptuosa y mi pechuguita tierna.

"Posiblemente —cavilo— me reste una noche de vida: doce horas: varios cientos de minutos... Si me pusiera a contar desde ahora, no llegaría a treinta mil seguramente."

Suspiro y prosigo, dejando que mis pensamientos fluyan, fluyan, como una bandada de canarios.

"¡Cuan crueles y vanos son los hombres! ¿Por qué nos asesinan? ¿Por qué nos comen? ¿Qué daño les he hecho yo, por ejemplo? ¿Qué grave trastorno o qué perjuicio irreparable les he ocasionado...? Les he dado huevos frescos, cría; los he recreado con mi canto; les he anunciado el mal tiempo, el bueno —tal vez con mayor exactitud y armonía que los maestros cantores—, la presencia de un ladrón. No me he enfermado nunca; por el contrario, siempre podía admirárseme pizpireta, complaciente, muy limpia, tomando el sol a toda hora del día, meciendo mis alas níveas, que un joven galante comparó una vez con las de un cisne. He servido también de modelo a cierto pintor impertinente que profanó nuestros dominios. Me han retratado los chiquillos, he respetado la siembra, no he herido, injuriado a nadie. Jamás hice un mal gesto. ¿Qué culpa es, pues, la mía? Y sin embargo, van a inmolarme, van a comerme."

Me estrujará el cocinero entre sus garras inicuas e irá arrancando a puñados mis plumas finas, mis plumas albas, que tan celosamente he cuidado. Me las arrancará, sí, con la avidez de un enamorado que deshoja una margarita, y las irá arrojando a un cubo lleno de sangre —abollado, fétido—, cual si se tratara de algo despreciable e inmundo. Me desprenderá el cuello de un tajo, y mis ojitos pardos, mis ojitos picaros —que otro galán comparó con los de una gacela— se obscurecerán definitivamente. Mis piernas doradas y elásticas caerán por tierra como las ramas secas de un árbol... y las comerán los cerdos —¿quién iba a pensarlo?— los cerdos: esa especie de hipopótamos color de rosa que liban sus propios orines y jamás alzan la jeta, temerosos de vaciarse un ojo. Bien asada, me acomodarán en una fuente de loza y me transportarán a la mesa, humeante, guarnecido mi cuerpecito con zanahorias, trufas o espárragos. Y es tal la crueldad de los hombres, tal su sadismo, que quizá respeten mi forma y me presenten así enterita, sin plumas, en cueros, exhibiendo para deleite de todos mi inocente vergüenza.

Los invitados se relamerán de gusto, no importa que entre ellos se cuente algún filósofo o canónigo.

"Bien sabrosa que debe estar" —pensarán para sus adentros.

Y la dueña de la casa, esa berruga con faldas, exclamará melifluamente:

—No es malo, que digamos, su aspecto; pero temo que esté un poquito dura. ¡Era tan vieja!

También es creíble que un niño me rechace y su mamá le ofrezca un muslito.

—Mamá, no quiero gallina —protestará el infante, con su carita de ángel bobo y rico.

—Si está muy tiernecita, tonto... ¡Mira!

Y el rorro objetará entonces, gesticulando:

—¿Por qué me das esas cosas, si sabes que las gallinas comen caquita?

¡Ay, me sacrificarán sin remedio! ¡Me asesinarán los hombres, no obstante que he alegrado sus vidas! Son vanos, crueles, egoístas. Principalmente eso: egoístas. ¿Por qué no matan al perro? ¡Porque los defiende! ¿Por qué no matan al gato? ¡Porque se come a los ratones! ¿Por qué no matan al burro? ¡Porque transporta sus mercancías! ¿Por qué no matan al caballo? ¡Porque los transporta a ellos! ¿Por qué no sacrifican al tigre, a la víbora o al lobo? ¡Porque les temen! ¡Canallas! ¡Cobardes! ¡Nos asesinan a nosotras, y a los pajaritos, y a los gansos, y a los cerdos, que no sirven para nada. Nos ven pequeños, indefensos, asequibles!

Ya sé de qué modo hablan los hombres. Cierta tarde sorprendí a uno de ellos interrogando:

—Y diga usted ¿es que no ha probado por casualidad el gato?

Otro respondió, llevándose el pañuelo viscoso a la boca:

—Por Dios, qué excentricidades... ¡Valiente asco!

Yo he gritado entonces:

—¡Mentira! ¡Mentira! ¡No es asco lo que tenéis ni mucho menos!

Pero nuestro lenguaje resulta enteramente incomprensible para esa gente. Tanto, que el primero de ellos dijo:

—¡Maldito bicho éste! ¡Qué lata nos está dando!

Y según es costumbre en tales seres, me lanzó un pedrusco, a riesgo de matarme. Pero yo esquivé el proyectil, dando rienda suelta a la hilaridad más desbordante. Prorrumpí desde lejos:

—¡No, no es asco lo que le tenéis al gato! ¡Cuidáis vuestro queso!

¡Cómo! Oigo una llave... la tos del cocinero... ¿Es que ha llegado la hora? ¡Oh, se anticipan! Pero ¿qué significa todo esto? ¿Es que no van a permitirme confesar siquiera? He oído contar no sé dónde que a los reos a muerte se les dispensan privilegios de tal índole: se les conforta, se les auxilia espiritualmente. ¿Y por qué a mí no? Yo también creo en Dios. También a mí me espanta el infierno. Mis pecados pueden ser graves... ¡Sí, sí, creo en Dios, creo en Dios lo mismo que pueda creer el hombre más docto! ¡He nacido de Dios! ¡He cometido adulterio...! ¡Y tengo mi alma —chiquita y débil— pero mi alma! ¡Aquí está! ¡Quiero salvarla! ¡Quiero salvarla! ¿Qué clase de justicia es ésta?

Inútil. Chirría la puerta sobre sus goznes y aparece el cocinero. Le veo al trasluz divinamente, con su delantal hasta los tobillos y su cabezota calva. Entreabre los brazos para atraparme. Me escurro una, dos, tres veces con éxito. Insiste; se desespera. Yo pienso:

"Perfectamente. Puesto que así sois de villanos, la pagaréis bien cara."

Doy un salto increíble, ridículo si se quiere para una gallina, y escapo por encima de los hombros del verdugo; vuelo a través de un pasadizo que apesta a vinagre; de un corredor lleno de muebles y ropa sucia; de la escalera... Detrás viene el cocinero blasfemando y sacudiendo su panza dura. Descubro en el segundo piso de la casa una ventana abierta y me lanzo al vacío, ahora sí como una avioneta. Tardo en caer al corral y, abajo, se produce un clamoreo inenarrable, consecuencia de mis gritos desgarradores. Quien chilla, pidiendo auxilio; quien corre de un lado para otro, tapándose los ojos; mi amiga sufre un soponcio. Pero yo anuncio, y mi anuncio lo escuchan hasta los muertos:

—¡La pagaréis bien cara! ¡La pagaréis bien cara!

Cuando el cocinero salta al jardín, ya he alcanzado mi meta. Es una planta misteriosa, azafranada, de hojas muy ásperas, que, de niñas, nos prohibían frecuentar nuestras mamas:

—Quien pruebe de ellas, sucumbe —nos prevenían, cubriéndonos con sus temblorosas alas.

Y yo comí esta vez hasta hartarme. Comí raíces, tallos, flores, ¡cuanto pude!

Un poco más tarde, el verdugo empuñaba el cuchillo y me apoyaba su hoja en el pecho, diciéndome:

—¡Escápate ahora, maldita...!

Aún solté una carcajada que atronó la casa.

Desde el retrete preguntó la dueña:

—Cirilo: ¿qué ocurre?

—¡Nada! —prorrumpió el asesino, trozándome el cuello—. ¡Esta maldita perra...!

—¿Cuál perra? —oí a la vieja, como entre sueños.

—O lo que sea. ¡Esta gallina!

Una vez más ratifiqué mi amenaza:

—¡La pagaréis bien cara!

Y en efecto: treinta y seis horas más tarde, cinco ataúdes en fila bajaban por la arboleda rumbo al cementerio.