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El arquillo del aquelarre

Mathieu Wilmart era, sin lugar a dudas, el mejor violinista de la pequeña ciudad y del país de Bouillon. Desde varios lustros, su violón hacía bailar, en diez leguas a la redonda, a los recién casados y a sus invitados; siempre era él quien en las fiestas populares atraía el mayor número de parejas, de jóvenes y viejos, con su melodía simple y seductora. En las fiestas familiares sabía hacer reír o llorar a los que le escuchaban, haciendo vibrar su instrumento como un mago; además, era muy popular y gozaba de la simpatía de todo el mundo.

Era el 15 de diciembre del año de gracia 1450. En la granja del molino Hideux, en Noirefontaine, se celebraba un gran banquete en ocasión de la boda de la hija mayor con un poderoso granjero de Curfooz. Había un gran número de invitados, abundaba comida y bebida y reinaba la alegría.

Al terminar la comida se iniciaron los preparativos para el baile. Los bailes, para todos los gustos, se sucedieron sin descanso, y la fiesta se prolongó hasta la madrugada; ya era muy tarde cuando nuestro músico, cansado, determinó marcharse a su casa.

Se hicieron esfuerzos inimaginables para disuadirlo. Unos porque su partida significaba el fin de las canciones y los bailes; otros por piedad y consideración hacia este hombre de avanzada edad que debía recorrer un largo camino antes de llegar a su destino.

–Quedaos, padre Mathieu –le decía uno–; el viento sopla del Norte e hiela hasta las piedras, y el bosque que debéis atravesar no es de fiar; sin contar los lobos y los jabalíes, están los salteadores. Y dicen que los brujos celebran en él su aquelarre.

Pero todo fue inútil. Mathieu había prometido volver hacia la medianoche y quería, a toda costa, mantener su palabra.

–Llevo una excelente provisión de vino en el estómago –replicó el testarudo ardenés–. Con mi esclavina forrada y mi bastón, desafío a lobos y a ladrones. En cuanto a las brujas o diablos, si acaso me los encuentro, los haré bailar al son de mi violón. ¡Y sea lo que Dios quiera!

Los jóvenes se reían de esta salida, mientras otros criticaban su testarudez. Insistieron hasta el final, pero fue inútil. Entonces quisieron que le acompañara el mozo, pero él se negó rotundamente, alegando que no temía a nada ni a nadie.

Acto seguido, Mathieu se envolvió cuidadosamente en su amplia capa, se ciñó su instrumento a la espalda, en bandolera, cogió su nudoso bastón, saludó cordialmente a los invitados y se marchó con la sonrisa en los labios.

Con paso firme se dirigió a Bouillon. El cielo estaba bastante estrellado y el viento había disminuido. Sólo hacía un poco más de un cuarto de hora que andaba, cuando el cielo se cubrió repentinamente de opacas y amenazadoras nubes, que sumieron la tierra en una casi total oscuridad. Entonces el músico empezó a arrepentirse de haber rechazado el cómodo albergue que le habían ofrecido y que tan soberbiamente había rechazado. 

Por un momento deseó volver sobre sus pasos, pero era demasiado orgulloso para reconocer que había tenido miedo. ¡Ah!, sí, se reirían de él, se burlarían... No, esto no podía ser. Y a pesar de la progresiva oscuridad, apretó el paso, con la mirada fija al frente, marchando al compás, con la cabeza erguida, confiado y resuelto... Pero no tardó en darse cuenta, para su mayor sorpresa, de que se había equivocado de camino. 

¡Esto ya era el colmo! ¿Y qué hacer? ¿Continuar o volver atrás? Continuar sólo serviría para perderse aún más; envolverse en su capa y acostarse bajo un árbol no le parecía seguro; podían comérselo las alimañas o morirse de frío. Los copos de nieve caían aquí y allá... Pero mientras, apoyado con las dos manos en su grueso bastón, Mathieu sufría una penosa ansiedad, he aquí que de pronto vislumbró una tenue luz en la lejanía.

«¡Ah, debe de ser una cabaña de leñador!», se dijo, con nuevos ánimos. E inmediatamente quiso encaminarse en aquella dirección; pero apenas había dado tres pasos, la luz desapareció. Se paró, golpeó el duro suelo con su bastón herrado y profirió un horrible reniego que resonó lúgubremente en el silencio sepulcral de la inmensa y desierta campiña. Y entonces volvió a aparecer la luz. Después de unos segundos de duda, Mathieu decidió proseguir, con la mirada obstinadamente fija sobre el tan codiciado objeto.

Sólo se oía el rechinar de sus pasos en la reciente capa de nieve. El camino le pareció desmesuradamente largo, y sólo después de muchos esfuerzos y peligrosísimos saltos, logró llegar al Camp des Montagnards, lugar donde se encontraba la luz hacia la que se dirigía con tanto esfuerzo desde hacía tantas horas... 

Pero su sorpresa fue enorme cuando de pronto se encontró ante un castillo de magnífico aspecto y del que nunca había oído hablar... Con sus ojos desmesuradamente abiertos miraba, miraba... Y vio pasar las elegantes siluetas de los bailarines ante las cortinas de las amplias ventanas, muy iluminadas, como negras sombras, movidas por una seductora melodía. De vez en cuando llegaban a sus oídos zumbantes ruidos de voces. Y miraba, miraba sin cesar, plácido, lleno de estupor y de temor... Al fin, sin poder contenerse más, decidió satisfacer su exacerbada curiosidad.

Después de dar varias vueltas al inmenso edificio, ya desesperaba de encontrar la puerta de entrada cuando se le apareció un viejo, que de repente se puso a tocar la trompeta. Un puente levadizo, que Mathieu no había visto hasta aquel momento, bajó inmediatamente; el violinista, respondiendo a la invitación del viejo, penetró en la mansión totalmente iluminada.

Había una multitud de hombres y mujeres de todas las edades, ricamente vestidos y adornados con carísimas joyas. Unos participaban en una suntuosa comida mientras otros jugaban a las cartas, al dominó, o a algún otro juego de azar; no obstante, la mayor parte bailaba incansablemente en una inmensa sala, decorada con gran lujo e inundada por una resplandeciente luz. 

Una música hechizadora marcaba el paso de los bailarines. Reinaba una gran animación en todas partes; gritos de alegría y comunicativas risas llenaban el aire perfumado de las distintas salas que se comunicaban entre sí.

Mathieu estaba allí, clavado en su sitio, inmóvil como una estatua, maravillado por todo aquel lujo que lo transportaba hasta enmudecerlo, cuando vio que se acercaba a él un hombre de elevada estatura, de mediana edad y simpática apariencia, que le preguntó qué deseaba. Balbuceó algunas palabras; luego, con voz dudosa que ponía en evidencia su azoramiento, dijo:

–Señor del castillo, soy un pobre músico perdido en el bosque; dignaos permitirme pasar la noche en un rincón de vuestra mansión; me marcharé al amanecer.

La persona a la que Mathieu había dirigido su ruego con tanta humildad, accedió con un simple movimiento de cabeza. Con una señal indicó a un paje que tomara el violón del músico y lo colgara de un clavo de oro que brillaba sobre el rico tapiz de la sala de baile. Este personaje, de misterioso aspecto, sonreía de un modo extraño, y allí donde su mano tocó el instrumento, ennegreció instantáneamente, como si esa mano, a pesar de su finura y lozanía, hubiese sido de fuego.

Impulsado por una irresistible curiosidad, Mathieu Wilmart empezó a examinar el lugar donde se encontraba; pero en vano intentó reconocer a alguno de los personajes que le rodeaban. Al parecer, nadie se preocupaba de su presencia insólita, en este ambiente tan elegante como ruidoso. Escuchaba, escuchaba... Miraba, miraba... 

Y entonces descubrió, no lejos de él, sobre una mesa dorada, un violón que en nada se parecía al suyo, pues era incomparablemente más bello: una forma impecable, madera reluciente, adornos de plata y piedras preciosas. Y en seguida sintió un incontenible deseo de utilizarlo. 

Se apropió del instrumento y se dirigió, fuera de sí, hacia el estrado en que estaban los músicos –violinistas como él–, que tocaban a las mil maravillas, sin interrupción, las melodías más endiabladas. Pero cuál sería su sorpresa al reconocer entre ellos a un amigo, muerto hacía ya treinta años, que le había dado las primeras lecciones de violón.

–¡Virgen Santa, apiadaos de mí! –gritó.

Y en el mismo instante, los músicos, los bailarines, los jugadores y el mismísimo castillo, todo desapareció ante sus confusos ojos.

Cuando a la mañana siguiente, los invitados del Moulin Hideux que, por prudencia, habían aplazado su partida, volvían a sus casas, encontraron a Mathieu Wilmart tendido sin conocimiento al pie de un enorme abeto.

–El padre Mathieu no escogió un lugar muy agradable para dormir–, no pudo aguantarse de comentar un inveterado bromista.

–Es muy original –dijo otro.

–Sin duda alguna –observó un tercero.

–Y un hombre precavido –añadió el cuarto–. Fijaos, llevaba consigo dos arquillos de violón, para no quedarse sin poder tocar si se le rompía uno de ellos.

Le friccionaron luego, después de levantarlo con mucha precaución, le dieron un poco de aguardiente. Poco a poco volvió en sí, abrió con esfuerzo los ojos, y al fin, se dio cuenta de la situación. Atribuyó al frío intenso la causa de su accidente, pero se guardó muy bien de mencionar las visiones infernales que había tenido. Juntos se dirigieron hacia Bouillon, donde se despidieron como buenos amigos.

Cuando llegó a su casa, Mathieu examinó detenidamente el arquillo que había llegado a su poder de una manera tan extraña. Un escalofrío sucedió a un sentimiento de terror, al constatar que este arquillo era un hueso humano trabajado con gran meticulosidad. 

Pero su sorpresa fue absoluta al leer sobre los ricos adornos de plata, el nombre de un habitante de Bouillon, considerado, y con justo título, como una persona que echaba maleficios, es decir, un brujo. Un malestar inexplicable se apoderó de todo su ser. Se tomó una tisana caliente de plantas y raíces, se echó en su camastro, y esperó que anocheciera...

Al atardecer se fue por caminos apartados, a casa de este hombre de mala reputación, que vivía en la colina de Auclin. Con el corazón, que le saltaba del pecho, abrió la ruinosa puerta que cedió sin resistencia alguna. Al ver al que buscaba le dijo, saludándolo con voz muy queda, como la de un niño asustado:

–Compadre, aquí traigo un arquillo que os pertenece, creo; me imagino que lo habéis perdido en alguna gira.

–¡Ah! –dijo Durand, con la boca muy abierta.

–Lo encontré por casualidad, y os lo devuelvo.

–¡Ah! –repitió el viejo brujo, aceptando el objeto.

Y permaneció unos instantes sin pronunciar una palabra, tanta era su emoción. Hizo un esfuerzo para dominarse y dijo al fin, con una voz ligeramente velada:

–¡Oh, oh! Mathieu, la pasada noche debisteis descubrir cosas muy singulares y... una palabra sobre ello... me haría mucho daño...

–¡Dios no quiera que yo hable de ello, compadre!

–Mathieu, sois un gran hombre. Hacéis bien en guardar silencio; pues si me quemasen vivo, cosa que seguramente ocurriría si se enterasen de que me visteis... donde, bien lo sabéis, también podrían iros mal las cosas.

Mathieu, un poco confuso, quiso marcharse, pero Durand lo llamó y, acercándose a su oído derecho, murmuró con voz muy baja:

–Decidme, Mathieu: ¿quiénes son vuestros enemigos? Esta noche echaré un maleficio sobre sus animales, o incluso les puedo contagiar a ellos mismos alguna enfermedad depresiva que acabará con ellos para siempre.

–No tengo enemigos –contestó tímidamente Wilmart–, y Dios no quiera que desee el mal del prójimo.

–Entonces, ¿en qué puedo seros útil? Decidme, os escucho, estoy a vuestras órdenes, Mathieu.

–¡En nada! –contestó resuelto el violinista, que maquinalmente se dirigió hacia la puerta: se ahogaba.

–Hablad con franqueza, Mathieu: ¿Qué queréis de mí? Como recom...

–Nada, Durand, absolutamente nada, os lo repito. No obstante, me siento muy feliz de poder devolveros un arquillo tan bello.

–Un arquillo extraordinario, este arquillo del aquelarre. Pero debo regalaros algo, un don, padre Mathieu, como recompensa por vuestro servicio.

Mathieu Wilmart iba a protestar, explicando su desinterés, cuando una voz misteriosa dijo: «Dale esta bolsa». Y al instante, apareció un hombre de siniestro aspecto, que no estaba en casa del brujo cuando llegó Mathieu. El violinista quiso huir, pero una fuerza invencible le retuvo; sus piernas temblaban y su frente se cubrió de sudor.

–Acepta –le dijo Durand.

–Sin duda será alguna obra de los malos espíritus –objetó con timidez el violinista.

–Es un talismán –respondió el desconocido, con una cierta arrogancia–. Un talismán que puede utilizarlo sin temor un cristiano.

Mathieu permaneció mudo e inmóvil; un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

–Dale esta bolsa –prosiguió Durand–. Le gustará hurgar en ella, pues siempre contendrá seis libras parisis, de gran valor.

–Si esta bolsa es obra del diablo, ¡que sea condenado! –añadió el extraño personaje, riendo amargamente.

Estas palabras parecieron convencer y tranquilizar a Mathieu Wilmart, que alargó una mano temblorosa y aceptó el tentador presente. Luego, envolviéndose en su amplia esclavina, huyó como un malhechor en el crepúsculo.

Mathieu Wilmart, que finalmente había sucumbido a la tentación, tantas veces hurgó en la bolsa maravillosa, que en poco tiempo se convirtió en propietario de una bonita casa y se puso a vivir como un rico burgués. Nada jactancioso, ¡no, eso no!, pero algo orgulloso, es decir, un poco vanidoso... No obstante, continuaba haciendo bailar a las gentes en las fiestas y festines; sólo que ahora poseía una mula para sus desplazamientos y un criado que le llevaba su violón.

Sin embargo, la nueva manera de vivir del violinista excitó algunos celos en la pequeña ciudad de Bouillon y provocó miles de habladurías contradictorias... Inacabables chismes circularon por la plaza para extenderse más allá... Se discutió, se insinuó... Y la versión más extendida era que Mathieu Wilmart había encontrado un tesoro que escondía en algún lugar secreto. Pero nadie osaba hablarle de ello, ni tan sólo aludir a la nueva situación, pues todos lo querían.

No obstante, Mathieu tenía cuatro sobrinos, que eran hermanos, con los que no tenía ninguna relación debido a su conducta. Bebedores infatigables y vagos incorregibles, vivían de la rapiña y de otros medios de existencia no menos condenables. Un día que estaban de juerga, la conversación recayó sobre la fortuna de su tío, y el mayor dijo:

–El tío Mathieu es rico, todos lo sabemos; y sólo nosotros podemos heredar su fortuna. Lo que pasa es que no parece querer «reventar». Los tiempos son duros..., ¿no es cierto? Entonces...

–¿Entonces...? Pues bien, hagámoslo «reventar» –dijo uno de ellos, sonriendo.

–¿Y por qué no? –añadió el más cínico de los cuatro.

–Por supuesto, si no quiere morir amablemente... –añadió el más joven.

Y la conversación que había empezado en un tono de broma macabra, tomó otro cariz: matarían al tío Mathieu, sin más.

Enterándose de que un sábado por la noche debía ir a La Grenelle, le fueron a esperar al borde del bosque: el violinista no pudo evitar el destino. Cuando llegó a una peligrosa encrucijada, los cuatro tunantes salieron de su escondite y se echaron a la vez sobre su víctima, que pereció en pocos segundos... Pero apenas habían empezado a vaciar sus bolsillos, un individuo de siniestro aspecto apareció de repente, se lanzó sobre el cuerpo, sacó de la alforja una pequeña bolsa y desapareció diciendo:

–Este es el fruto de mis dones.

Una risa siniestra, estridente, execrable, siguió a estas palabras.

Los asesinos de Mathieu Wilmart fueron muy pronto apresados y juzgados. Se dice que el preboste de justicia les hizo colgar de los árboles detrás de los que se habían escondido: de aquí viene que este lugar fuera denominado por mucho tiempo: «La encrucijada de los cuatro hermanos».

Bébase entero: contra la locura de masas - Ray Bradbury

    Era una de esas noches tan rematadamente calurosas en que estás rumbado y sin saber qué hacer hasta las dos de la madrugada, luego te levantas dando tumbos, te remojas con tu fermentado sudor y bajas tambaleante al gran horno del metro donde aúllan trenes perdidos.

—Infierno —musitó Will Morgan.

Y el infierno era, con un suelto ejército de bestias, gente que pasa la noche errando del Bronx hasta Coney y viceversa, hora tras hora, en busca de repentinas inhalaciones de salino viento oceánico que tal vez te hagan jadear de agradecimiento.

En alguna parte, Dios, en alguna parte de Manhattan o más lejos había refrescante viento. Al amanecer, era preciso encontrarlo...

—¡Maldita sea!

Atontado, Will Morgan vio maniacas oleadas de anuncios, chorros de sonrisas dentífricas, sus ideas propagandísticas persiguiéndole por toda la calurosa isla nocturna.

El tren gruñó y se detuvo.

Otro tren permanecía parado en la vía opuesta.

Increíble. Allí, en la abierta ventanilla del tren, al otro lado, estaba el viejo Ned Amminger. ¿Viejo? Los dos tenían la misma edad, cuarenta años, pero...

Will Morgan abrió su ventanilla.

—¡Ned, hijo de puta!

—¡Will, bastardo! ¿Paseas tan tarde a menudo?

—¡Todas las noches calurosas desde 1946!

—¡Yo también! ¡Me alegro de verte!

—¡Mentiroso!

Ambos se esfumaron entre el chirrido del acero.

Dios mío, pensó Will Morgan, dos hombres que se odian, que trabajan a menos de tres metros de distancia, que aprietan los dientes para el siguiente ascenso, se topan en este infierno de Dante de una ciudad que se funde a las tres de la madrugada. Escucha el eco de nuestras voces, apagándose:

—¡Mentiroso...!

Media hora después, en Washington Square, un fresco viento tocó la frente de Will Morgan. Siguió al viento hacia una callejuela donde...

La temperatura bajó diez grados.

—Un momento —musitó Will.

El viento tenía el olor de aquella fábrica de hielo, cuando él era niño y robaba fríos cristales para frotarse las mejillas y metérselos debajo de la camisa mientras gritaba para vencer el calor.

El frío viento le llevó callejón abajo hasta una tiendecilla donde un letrero decía:

 

MELISSA TOAD, BRUJA

LAVANDERÍA:

DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN LAVADOS POR LA NOCHE

 

Había un letrero de menor tamaño:

 

HECHIZOS, FILTROS CONTRA CLIMAS TERRIBLES, CALUROSOS O FRÍOS. POCIONES PARA INSPIRAR A EMPLEADOS Y ASEGURAR ASCENSOS. BÁLSAMOS, UNGÜENTOS Y POLVO DE MOMIA EXTRAÍDO DE ANTIGUOS JEFES DE EMPRESA. REMEDIOS PARA EL RUIDO. EMOLIENTES PARA AMBIENTES GASEOSOS O POLUCIONADOS. LOCIONES PARA CAMIONEROS PARANOICOS. MEDICINAS A TOMAR ANTES DE NADAR EN LOS MUELLES.

 

Algunas botellas estaban esparcidas en el escaparate, con etiquetas que decían:

 

MEMORIA PERFECTA.

OLOR A FRESCO VIENTO DE ABRIL.

EL SILENCIO Y EL TREMOR DEL HERMOSO CANTO

DE LOS PÁJAROS.

 

Will se echó a reír y se detuvo.

Porque el viento era frío e hizo crujir una puerta. Y de nuevo llegó el recuerdo del hielo de las blancas grutas de la fábrica de su infancia, un mundo separado de los sueños invernales y preservado en agosto.

—Entre —musitó una voz.

La puerta se abrió.

En el interior, un frío funeral aguardaba a Will.

Un bloque de dos metros de transparente y goteante hielo reposaba cual gigante reminiscencia de febrero en tres caballetes de aserrar.

—Sí —murmuró él.

En el escaparate de la ferretería de su pueblo, la esposa de un mago, MISS I. SICKLE, estaba oculta en un inmenso rectángulo de hielo a medio fundir, como un carámbano. Allí pasaba las noches ella, princesa de la Nieve. A media noche, Will y otros chicos iban a escondidas para verla sonreír en su frío sueño cristalino. Pasaron la mitad de las noches del verano mirándola fijamente, cuatro o cinco muchachos de catorce años ardientes como un horno, esperando que sus llameantes miradas fundieran el hielo...

El hielo jamás se fundió.

—Espere—musitó Will—. Escuche...

Dio un paso más dentro de la oscura tienda nocturna.

Dios, sí. Allí, ¡en ese hielo! ¿No eran esos los contornos donde, sólo hacía unos segundos, una mujer de nieve dormitaba con fríos sueños nocturnos? Sí. El hielo era hueco, curvado y encantador. Pero... la mujer había desaparecido. ¿Dónde estaba?

—Aquí —murmuró la voz.

Detrás del brillante y frío funeral, las sombras se movían en un apartado rincón.

—Bienvenido. Cierre la puerta.

Will presintió que ella estaba en las sombras, no muy lejos. Su carne, suponiendo que pudiera tocarla, sería fría, todavía estaría fresca tras su estancia en la goteante tumba de nieve. Si él alargaba la mano...

—¿Qué hace aquí? —preguntó suavemente la voz de la mujer.

—Una noche calurosa. Paseaba. Viajaba. En busca de viento frío. Creo que necesitaba ayuda.

—Ha venido al lugar indicado.

—¡Pero esto es una locura! No creo en psiquiatras. Mis amigos me odian porque afirmo que el Afilador y Freud murieron hace veinte años, con el circo. No creo en astrólogos, ni en la numerología, ni en curanderos quirománticos... —Yo no leo las manos. Aunque... deme su mano.

Will tendió la mano hacia la tenue penumbra.

Los dedos de ello tocaron los de él. Fue el mismo tacto que el de la mano de una niña que acaba de registrar una nevera.

—Su letrero dice MELISSA TOAD, BRUJA. ¿Qué puede hacer una bruja en Nueva York en el verano de 1974?

—¿Conoce alguna ciudad que necesitara más una bruja que Nueva York este año?

—Cierto. Nos hemos vuelto locos. Pero, ¿usted?

—Una bruja nace de los mismos deseos de su época —dijo ella—. Yo nací en Nueva York. Las cosas que peor están aquí me llamaron. Ahora llega usted, sin saberlo, para buscarme. Deme la otra mano.

Aunque la cara de la mujer era sólo un espectro de fría carne en la penumbra, Will notó que los ojos de la bruja recorrían su temblorosa mano.

—Oh, ¿por qué ha esperado tanto? —se lamentó ella—. Casi es demasiado tarde.

—Demasiado tarde, ¿para qué?

—Para salvarle. Para recibir el don que yo puedo dar.

El corazón de Will latió con fuerza.

—¿Qué puede darme usted?

—Paz —dijo ella—. Serenidad. Quietud en pleno jaleo. Soy hija del viento venenoso que copuló con el río Este en una noche resbaladiza como la grasa, infestada de basura. Me revuelvo contra mi origen. Vacuno contra las mismas iras que me trajeron al mundo. Soy un suero originado en venenos. Soy el antídoto de cualquier tiempo. Soy la cura. La ciudad le mata, ¿verdad? Manhattan es el ejecutor de su castigo. Permítame que sea su escudo.

—¿Cómo?

—Usted será mi pupilo. Mi protección le rodeará, igual que un invisible grupo de sabuesos. El metro nunca violará sus oídos. La polución jamás llenará de tizón sus pulmones o su nariz, ni hará febril su vista. Puedo enseñar a su paladar, en el almuerzo, a saborear los ricos campos del Edén en el perro caliente más sencillo, más barato y demasiado tierno. El agua, sorbida de la nevera de su oficina, será un raro vino de exquisita familia. La policía, cuando la requiera, responderá. Los taxis, corriendo a ninguna parte libres de servicio, se detendrán aunque usted solamente guiñe un ojo. Aparecerán entradas cuando se acerque a la ventanilla de un teatro. Las señales de tráfico cambiarán, en hora punta, fíjese bien, aunque conduzca su coche en las calles más céntricas, y ningún semáforo se pondrá rojo. Verde siempre, si usted va conmigo.

»Si va conmigo, nuestro piso será un claro umbroso en un bosque, lleno de gritos de pájaros y reclamos amorosos desde el primer caluroso y desabrido día de junio hasta la última hora después del primer lunes de septiembre, cuando los muertos vivientes, azotados por el calor, se vuelven locos con los trenes parados que regresan del mar. Nuestras habitaciones estarán llenas de campanillas de cristal. Nuestra cocina, un iglú en julio donde podremos compartir una comida de helado casero y Cháteu Lafite Rothschild. ¿Nuestra despensa?... Albaricoques frescos en agosto o febrero. Jugo de naranja recién exprimida todas las mañanas, leche fría para desayunar, frescos besos a las cuatro de la tarde, mi boca siempre del sabor de un melocotón frío, mi cuerpo siempre con el gusto de ciruelas cubiertas de escarcha. El sabor empieza muy cerca, como dijo Edith Wharton.

»Siempre que usted quiera volver a casa estando en la oficina en pleno trabajo en un espantoso día, yo llamaré a su jefe y sus deseos se cumplirán. Al poco tiempo, usted será el jefe y volverá al hogar, de todas formas, para encontrar pollo frío, ponche de frutas y a mí. Verano en las islas Vírgenes. Otoños tan cargados de promesas que usted se volverá lunático en la forma correcta. Inviernos, por supuesto, a la inversa. Yo seré su hogar. Dulce perro, échate aquí. Yo caeré sobre usted como copos de nieve.

»En resumen, tendrá todo. Yo pido poco a cambio. Sólo su alma.

Will se puso rígido y estuvo a punto de soltar la mano de la mujer.

—Bien, ¿no es eso lo que esperaba que le pediría? —La mujer se echó a reír—. Pero las almas no pueden venderse. Lo único posible es perder el alma y no volver a encontrarla. ¿Quiere que le diga qué quiero realmente de usted?

—Dígalo.

—Cásese conmigo —dijo ella.

«Véndame su alma», pensó Will, y no lo dijo. Pero ella lo leyó en sus ojos.

—Oh, querido —dijo la mujer—. ¿Es eso pedir demasiado? ¿Pese a todo lo que ofrezco?

—¡Tengo que meditarlo!

Sin darse cuenta, Will había retrocedido un paso.

La voz de la mujer reflejó mucha tristeza.

—Si tiene que meditar mucho una cosa, nunca la hará. Cuando termina un libro sabe si le gusta, ¿verdad? Al final de una obra de teatro usted está despierto o dormido, ¿verdad? Bien, una mujer hermosa es una mujer hermosa, ¿verdad?, y una buena vida es una buena vida.

—¿Por qué no sale a la luz? ¿Cómo sé yo que es hermosa?

No puede saberlo a menos que entre en la oscuridad. ¿No se lo indica mi voz? ¿No? Pobre hombre. Si no confía en mí ahora, no seré suya, nunca.

—Necesito tiempo para pensar. ¡Volveré mañana por la noche! ¿Qué pueden significar veinticuatro horas?

—Para una persona de su edad, todo.

—¡Sólo tengo cuarenta años!

—Hablo de su alma, y en cuanto a eso es tarde.

—¡Concédame otra noche!

—La tendrá, de todas formas, por su cuenta y riesgo.

—Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios, Dios —dijo Will, con los ojos cerrados.

—Ojalá Él pudiera ayudarle ahora mismo. Será mejor que se marche. Es usted un niño anciano. Qué pena. Qué pena. ¿Vive su madre?

—Murió hace diez años.

—No, empezó a vivir —dijo la mujer.

Will retrocedió hacia la puerta y se detuvo, intentando calmar su confuso corazón, intentando mover su pesada lengua:

—¿Desde cuándo está en este lugar?

Ella se echó a reír, con un levísimo toque de amargura.

—Tres veranos como este. Y en esos tres años, sólo seis hombres han entrado en mi tienda. Dos echaron a correr inmediatamente. Dos se quedaron un rato pero se fueron. Uno volvió por segunda vez, y desapareció. El sexto hombre tuvo que admitir finalmente, después de tres visitas, que él no creía. Ya ve, nadie cree en un amor exhaustivo y protector cuando lo ven claro. Un chico del campo podría quedarse para siempre, dada su simplicidad, que es lluvia, viento y semillas. ¿Un neoyorquino? Recela de todo.

»Sea usted quien sea, o lo que sea, oh, buen señor, quédese, ordeñe la vaca y ponga la leche fresca en el sombrío y refrescante cobertizo, a la sombra del roble que crece en mi buhardilla. Quédese y coja berros para lavarse los dientes. Quédese en la Despensa del Norte con el aroma de caquis, kuncuats y uvas. Quédese y frene mi lengua para que yo deje de hablar así. Quédese y refrene mi boca para que yo pueda respirar. Quédese, porque estoy aburrida de hablar y debo necesitar amor. Quédese. Quédese.

Tan ardiente era su voz, tan trémula, tan suave, tan dulce, que Will comprendió que estaba perdido si no echaba a correr.

—¡Mañana por la noche! —gritó.

Su zapato tropezó con algo. En el suelo había un trozo de hielo caído del bloque.

Will se agachó, cogió el carámbano y salió corriendo.

La puerta se cerró bruscamente. Las luces se apagaron. En su prisa, Will no vio el letrero: MELISSA TOAD, BRUJA.

Fea, pensó Will mientras corría. Una bestia, pensó, ella debe de ser una bestia y fea. ¡Sí, eso es! ¡Mentiras! ¡Todo mentiras! Ella...

Tropezó con alguien.

En medio de la calle, los dos se agarraron, se cogieron, se miraron fijamente.

¡Ned Amminger! ¡Dios mío, era el viejo Ned!

Eran las cuatro de la mañana, el ambiente continuaba siendo ardoroso. Y allí estaba Ned Amminger, un sonámbulo en busca de fríos vientos, la ropa pegada a su ardiente carne formando rosetones, la cara chorreando sudor, los ojos muertos, los pies crujiendo en sus calurosos, calcinados zapatos de cuero.

Ambos se tambalearon en el momento de la colisión.

Un espasmo de malicia hizo estremecer a Will Morgan. Agarró al viejo Ned Amminger, le obligó a dar media vuelta y le dejó de cara al oscuro callejón. En las profundidades de la callejuela... ¿no estaba encendida otra vez la luz del escaparate? ¡Sí!

—¡Ned! ¡Por ahí! ¡Ve por ahí!

Cegado por el calor, mortalmente fatigado, el viejo Ned Amminger entró dando tumbos en el callejón.

—¡Espera! —gritó Will Morgan, arrepentido de su malicia.

Pero Amminger se había esfumado.

En el metro, Will Morgan probó el carámbano.

Era Amor. Era Delicia. Era Mujer.

Cuando llegó estruendosamente el tren, las manos de Will estaban vacías, su cuerpo corrompido por el sudor. ¿Y el dulce sabor en su boca? Polvo.

Siete de la mañana y sin dormir.

En algún lugar, un inmenso alto horno abrió su puerta y quemó Nueva York hasta dejar la ciudad en ruinas.

Levántate —pensó Will Morgan—. ¡De prisa! ¡Corre al centro!»

Porque había recordado aquel letrero:

LAVANDERÍA:

DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN LAVADOS POR LA NOCHE.

Will no fue al centro. Se levantó, se duchó y salió al horno para perder su empleo.

Lo supo cuando subía en el delirantemente caluroso ascensor en compañía del señor Binns, el moreno y furioso jefe de personal. Las cejas de Binns saltaban, sus labios se movían sobre sus dientes pronunciando mudas maldiciones. Por debajo de su traje se notaban los puercoespines de su ardiente vello que pugnaban por salir a la superficie cual agujas. Cuando llegaron al piso decimocuarto, Binns era antropoide.

Alrededor, los empleados erraban como un ejército italiano que acudía a participar en una guerra perdida.

—¿Dónde está el viejo Amminger? —preguntó Will Morgan, mirando fijamente un escritorio vacío.

—Llamó diciendo que estaba enfermo. Postración por el calor. Estará aquí al mediodía —dijo alguien.

Mucho antes del mediodía el enfriador de agua estaba vacío, y la red de acondicionamiento (?) de aire se suicidó a las once treinta y dos. Doscientas personas se transformaron en toscas bestias encadenadas a escritorios junto a ventanas inventadas para que no se abrieran.

Faltando un minuto para las doce, el señor Binns, por el intercomunicador, les ordenó formar junto a sus escritores. Así lo hicieron. Aguardaron, tambaleantes. La temperatura era de treinta y siete grados. Poco a poco, Binns empezó a recorrer la larga hilera. El ardoroso siseo de invisibles moscas no se separaba de él.

—Muy bien, damas y caballeros —dijo—. Todos saben que hay una recesión, por más felizmente que el presidente de los Estados Unidos la presente. Yo preferiría darles un navajazo en el estómago a traspasarles la espalda. Bien, mientras recorro la hilera, bajaré la cabeza y susurraré: «Usted». Los empleados que oigan esta palabra, darán media vuelta, recogerán sus cosas y se irán. Una paga de cuatro semanas por cesantía les aguarda en la salida. ¡Un momento! ¡Falta alguien!

—El viejo Ned Amminger —dijo Will Morgan, y se mordió la lengua.

—¿El viejo Ned? —dijo el señor Binns, mirándole coléricamente—. ¿Viejo? ¿Viejo?

El señor Binns y Ned Amminger tenían exactamente la misma edad.

El señor Binns aguardaba, nervioso.

—Ned —dijo Will Morgan, sofocando las maldiciones que se hacía a sí mismo—, debería estar aquí...

—Aquí —dijo una voz.

Todos volvieron la cabeza.

En el extremo opuesto de la hilera, en la puerta, estaba el viejo Ned o Ned Amminger. Observó la reunión de almas perdidas, interpretó destrucción en el semblante de Binns, se acobardó. Pero luego ocupó tímidamente su lugar junto a Will Morgan.

—Muy bien —dijo Binns—. Voy a empezar.

Inició el avance: susurro, avance, susurro, avance, susurro. Dos personas, cuatro, finalmente seis dieron media vuelta para poner en orden sus escritorios.

Will Morgan respiró profundamente, contuvo la respiración, aguardó.

Binns se paró en seco delante de él.

«¿No lo dice? —pensó Morgan—. ¡No lo dice!»

—Usted —susurró Binns.

Morgan dio media vuelta y se llevó la mano a su henchido pecho. «Usted», la palabra restalló en su cabeza. ¡Usted!

Binns se detuvo para mirar a Ned Amminger.

—Bueno, viejo Ned —dijo.

Morgan, con los ojos cerrados, pensó: «Dilo, díselo a él, estás despedido, Ned, ¡despedido!».

—El viejo Ned —dijo Binns, en tono afectuoso.

Morgan se vino abajo con el sonido extraño, afectuoso y dulce de la voz de Binns.

Un ocioso viento de los mares del Sur pasó suavemente por el ambiente. Morgan parpadeó y se levantó, olisqueando. La sala, azotada por el sol, se había llenado de olor a olas y fría arena blanca.

—Ned, mi querido viejo Ned —dijo el señor Binns, apaciblemente.

Atónito, Will Morgan siguió aguardando. «Estoy loco», pensó.

—Ned —dijo el señor Binns, amablemente—. Quédese con nosotros. Quédese. —Y acto seguido, rápidamente, añadió—: Eso es todo. ¡Hora de comer!

Y Binns se fue y los heridos y los agonizantes abandonaron el campo de batalla. Y Will Morgan volvió la cabeza por fin para mirar directamente al viejo Ned Amminger, mientras esperaba. ¿Por qué, Dios mío, por qué?

Y obtuvo respuesta...

Ned Amminger estaba allí, no viejo, no joven, más bien un intermedio. Y no era el Ned Amminger que había asomado alocadamente la cabeza por la ventanilla de un caluroso tren, ni el que estaba deambulando por Washington Square a las cuatro de la madrugada.

Este Ned Amminger estaba sereno, como si oyera lejanos sonidos de un verde territorio, viento, hojas y un clima amistoso que vagaba en la fresca brisa de un lago.

El sudor se había secado en su sonrosada cara. Sus ojos no estaban inyectados en sangre, eran unos ojos firmes, azules y serenos. Ned era una isla paradisíaca en el mar muerto e inmóvil de escritorios y máquinas de escribir que podían ponerse en marcha y chillar como insectos eléctricos. Ned estaba observando la partida de los muertos vivientes. Y eso no le preocupaba. Se hallaba en espléndido y hermoso aislamiento en el interior del sosiego y la frescura de su bella piel.

—¡No! —exclamó Will Morgan, y salió corriendo.

No supo adonde iba hasta que se encontró en el lavabo de caballeros, excavando frenéticamente en la papelera.

Encontró lo que sabía que encontraría, una botellita con la etiqueta:

BÉBASE ENTERO: CONTRA LA LOCURA DE MASAS.

Tembloroso, Will destapó la botella. Sólo quedaba una pequeñísima gota azul claro. Tambaleándose junto a la cerrada y ardiente ventana, Will dejó caer la gota en su lengua.

Al instante, su cuerpo pareció haber saltado a una marejada de frialdad. Su aliento brotó como una fuente de aplastado y perfumado trébol.

Will agarró la botella con tanta fuerza que la rompió. Jadeó mientras contemplaba la sangre.

Se abrió la puerta. Ned Amminger estaba allí, observando. Se quedó sólo un instante, luego dio media vuelta y salió. La puerta se cerró.

Algunos segundos después, Morgan, con los trastos de su escritorio resonando en el maletín, bajó en el ascensor.

Al salir, volvió la cabeza para dar las gracias al operario.

Su aliento debió de tocar la cara del operario.

El operario sonrió.

¡Una loca, incomprensible, encantadora, hermosa sonrisa!

Las luces estaban apagadas en el callejón a medianoche, en la tiendecilla. No había en el escaparate ningún letrero que dijera MELISSA TOAD, BRUJA. No había botellas.

Will llamó a la puerta durante cinco largos minutos, sin obtener respuesta. Pateó la puerta durante otros dos minutos.

Y por fin, con un suspiro, no queriendo hacerlo, la puerta se abrió.

—Entre —dijo una voz muy fatigada.

En el interior Will notó el ambiente sólo un poco fresco. El enorme trozo de hielo, donde había visto la fantasmal silueta de una mujer encantadora, había menguado, había perdido una mitad de su peso y goteaba sin cesar camino de la ruina.

En alguna parte de la oscuridad, la mujer le aguardaba. Pero Will presintió que ella estaba vestida en esta ocasión, ataviada y preparada, lista para salir. Will abrió la boca para gritar, para hacer algo, pero la voz de la mujer se lo impidió:

—Le advertí. Llega demasiado tarde.

—¡Nunca es demasiado tarde! —dijo Will.

—Ayer por la noche habría sido posible. Pero en las últimas veinticuatro horas se partió su última hebra. Lo presiento. Lo sé. Lo afirmo. Ha muerto, muerto, muerto.

—¿Qué ha muerto, maldita sea?

—Pues su alma, por supuesto. Muerta. Devorada. Digerida. Esfumada. Está vacío. No hay nada ahí.

Vio que la mano de ella salía de la oscuridad. La mano tocó el pecho de Will. Quizás imaginó él que los dedos femeninos atravesaban sus costillas para sondear sus pulmones, su inquieto y acongojado corazón.

—Oh, sí, no está —gimió la bruja—. Qué triste. La ciudad lo desenvolvió como un caramelo y se lo comió. Usted no es más que una polvorienta botella de leche abandonada en la puerta de una casa, una araña que construye un nido en el tejado. El estrépito del tráfico le golpeó la médula hasta convertirla en polvo. El metro succionó su respiración como un gato succiona el alma de una criatura. Las aspiradoras actuaron en su cerebro. El alcohol disolvió el resto. Máquinas de escribir y ordenadores se ocuparon de los posos en sus tripas, le imprimieron en papel, le perforaron hasta transformarlo en confetti, le arrojaron por la abertura de una cloaca. La televisión le garabateó con nerviosos tics en viejas pantallas fantasmas. Sus últimos restos los llevará un gran autobús urbano, un fiero bulldog que le mantendrá masticado en la enorme boca con labios de goma que es su puerta.

—¡No! —exclamó él—. ¡He cambiado de opinión! ¡Cásese conmigo! ¡Cásese...!

Su voz agrietó la tumba de hielo, que se hizo añicos en el suelo a espaldas de Will. La silueta de la mujer hermosa se fundió en el suelo. Revolviéndose, Will Morgan se lanzó a la oscuridad.

Topó con la pared en el mismo momento que un panel se cerraba bruscamente.

Era inútil chillar. Will estaba solo.

Al anochecer, en julio, un año después, en el metro, Will vio a Ned Amminger por primera vez en 365 días.

Entre los apretujones, los golpes y el flujo de ardiente lava cuando los trenes pasaban estruendosamente, llevando al infierno un millón de almas, Amminger estaba tan frío como hojas de menta bajo verde lluvia. La gente de cera que le rodeaba se fundía. Él iba vadeando en su arroyo de truchas privado.

—¡Ned! —gritó Will Morgan, corriendo para cogerle la mano y estrechársela efusivamente—. ¡Ned, Ned! ¡El mejor amigo que he tenido!

—Sí, es cierto, ¿verdad?—dijo el joven Ned, risueño.

¡Y, oh, Dios, cuan cierto era! El querido Ned, el buen Ned, ¡amigo de toda la vida! ¡Échame tu aliento, Ned! ¡Dame el aliento de tu vida!

—¡Eres presidente de la empresa, Ned! ¡Me enteré!

—Sí. ¿Me acompañas a tomar un trago?

Pese al tremendo calor, un vapor de limonada helada brotaba del cremoso y fresco traje de Ned mientras ambos hombres buscaban un taxi. En medio de maldiciones, gritos y bocinazos, Ned alzó una mano.

Un taxi se detuvo. El viaje fue sereno.

En el bloque de apartamentos, por la noche, un hombre armado con una pistola salió de las sombras.

—Dadme todo lo que lleváis —dijo.

—Más tarde —dijo Ned, sonriente, echando sobre el individuo un aroma de manzanas frescas.

—Más tarde. —El hombre se hizo a un lado para dejarles pasar—. Más tarde.

Ya en el ascensor, Ned dijo:

—¿Sabías que estoy casado? Hace casi un año. Una excelente esposa.

—¿Es... —empezó a decir Will Morgan, y cambió de idea—... guapa?

—Oh, sí. Te encantará. Te encantará el piso.

«Sí —pensó Morgan—. Un verde claro umbroso, campanillas de cristal, fresca hierba como alfombra. Lo sé, lo sé.»

Entraron en el piso, que ciertamente era una isla tropical. El joven Ned sirvió grandes vasos de champaña helado.

—¿Por qué brindamos?

—Por ti, Ned. Por tu esposa. Por mí. Por la medianoche, por esta noche.

—¿Por qué por la medianoche?

—Cuando yo baje y encuentre a ese tipo que espera en el portal con su pistola. Ese tipo al que dijiste «más tarde». Y él estuvo de acuerdo. Estaré allí a solas con él. Curioso, ridículo, curioso. Y mi aliento es un aliento ordinario, no huele a melones ni a peras. Y él aguardando tantas horas con su sudorosa pistola, irritado por el calor. Qué magnífica broma. Bien..., ¿un brindis?

—¡Un brindis!

Bebieron.

Y en ese momento, entró la esposa. Ella los oyó reír de forma distinta, y participó en la risa.

Pero los ojos de la mujer, cuando miraron a Will Morgan, se llenaron de pronto de lágrimas.

Y Will Morgan sabía por quién lloraba ella.