Una tarde de otoño, muy hermosa, se hallaba Ichabod sumido en sus
reflexiones, con las posaderas descansadas en el alto taburete desde el que
dominaba su pequeño imperio escolar y cuanto hacían sus alumnos, blandiendo en
su mano la vara de castigar, aquella especie de representación un tanto
espectral de la justicia con que ejercía su poder.
Tenía detrás, colgada en la
pared de tres clavos roñosos, otra vara, por si se le rompía la primera, y
delante, sobre su mesa, alguna que otra arma y unas cuantas cosas de contrabando que había decomisado a sus alumnos, tales como una
manzana herida por unos cuantos mordiscos, varias cerbatanas, peonzas, jaulas
para moscas y grillos y un montón de pajaritas de papel, lo que denotaba que
no mucho antes habíase visto obligado a impartir justicia, haciendo víctima de
ella a cualquiera de los pilluelos que acudían a oír su sabia palabra; de
hecho, los muchachos permanecían ahora en silencio, fijos los ojos en sus
libros; todo lo más, algunos cuchicheaban muy bajito sin perder de vista al
maestro, por si se les acercaba vara en ristre...
Un murmullo sutil, de
expectativa temerosa, flotaba en el ambiente de la clase... De súbito se rompió
aquel silencio, empero, con la entrada en la escuela de un negro que vestía
chaqueta y pantalones de estopa y que se tocaba con un viejo y mugriento sombrero
de copa, como un Mercurio con sombrero... Había llegado montando un penco
flaco, medio salvaje y cojo, al que guiaba no más que con una soguilla atada a
los belfos.
Naturalmente, su presencia en la puerta de la escuela no pudo pasar
inadvertida, al contrario; y mucho menos para el maestro, puesto que le llevaba
un recado según el cual aquella misma noche el matrimonio Van Tassel y su hija
ofrecían una recepción a la que estaba invitado muy especialmente.
El negro
declamó, más que decirlo, su mensaje de manera harto elocuente, haciendo un
gran esfuerzo por decirlo con las palabras más a propósito para tan magno
evento, cual solían hacerlo los negros de aquellos días, habitualmente
utilizados como embajadores para llevar todo tipo de recados y encomiendas.
Después volvió a subirse a su penco y pronto se le perdió de vista, galopando,
no tan ceremoniosamente como veloz, hasta perderse en lo más oculto de la
hondonada, cual debe hacerlo un buen mensajero. No cesó con su ida el follón
que entre el alumnado provocó aquello, perdida ya la paz que dominaba la clase
una vez consumado el último castigo.
Con la anuencia del maestro dieron cuenta
los alumnos de sus lecciones a toda prisa, sin parar mientes en la observación
de esos aspectos que de común, minucioso, les exigía el bueno de Crane; más
aún, los más pillos se saltaban de golpe hasta media página, sin que el digno
pedagogo reparase en ello, lo que no fue óbice, sin embargo, para que los más
torpes se llevaran algún que otro coscorrón, y algún que otro varetazo, sólo
porque titubearon ante una palabra, o se trabaron en otra, considerando el
maestro que ocurría así porque no prestaban la necesaria atención...
Crane, por
su parte, no reparó en el hecho de que sus alumnos, una vez diera él por
concluida la clase, salieran casi de estampida, olvidándose de ordenar los
libros, cual solían hacerlo, en las baldas dispuestas para ello; volaron además
unos cuantos tinteros, se volcó algún pupitre, y una hora antes de lo que era
normal la escuela quedó vacía... Aquel tropel de pequeños diablos se iba
pegando gritos, saltando y revolcándose en la hierba para celebrar una
liberación tan insólita como anticipada.
El galante Ichabod tardó más de media hora en arreglarse para acudir a
la recepción, algo raro en él; cepilló con mimo el mejor de sus trajes, un
terno negro muy sobrio, aunque algo resobado, empero, y con tanto o mayor
cuidado se peinó los rizos ante un trozo de espejo que aún le quedaba sano en
una pared.
Luego fue a pedir prestado un caballo a un viejo granjero holandés,
Hans Van Ripper, un tipo gruñón y malencarado, a fin de presentarse ante la
amada de la manera más elegante posible, y así, cabalgando como todo un
caballero capaz de enfrentarse a cualesquiera aventuras o al más arrebatador de
los lances amorosos, puso tierra de por medio entre la escuela y la granja de
Van Tassel.
Por supuesto, y por seguir en lo que era común a las novelas de
caballeros andantes, hay que hacer una descripción tan detenida como minuciosa
de las trazas e impedimenta del caballero a lomos de su caballo. De éste, no
obstante, hay que decir que era una bestia usada de común para el tiro de
labranza, lleno de mataduras y perdida, por viejo, su arrogancia y hermosura de
otros días; por lo demás, y como caballo viejo y resabiado que era, no resultaban pocos sus defectos, todo lo
contrario; flaco, peludo, sucio, con cuello más de carnero que de corcel y con
la cabeza digna de un martillo; le amarilleaban las crines, de viejura y
mugre, al igual que la cola llena de nudos; a uno de sus ojos le faltaba la
pupila, por lo que parecía de cristal, y en el otro le brillaba una especie de
luz demoníaca, que sin duda era reflejo de su maldad resabiada; puede que aquel
pobre penco hubiera sido en tiempos un brioso corcel que aún hacía honor a su
nombre, Pólvora...
No en vano había sido el caballo favorito del colérico Van
Ripper, cuando aún montaba y galopaba furiosamente, antes de destinarlo a la
labranza; y no en vano, con toda certeza, el amo había contagiado a su caballo
aquel su iracundo carácter; aun viejo y muy castigado, el bruto albergaba tanta
maldad como para superar a la que pudieran demostrar todos los jóvenes potros
de la región juntos.
Ichabod componía una figura idónea para semejante montura. Montaba con
estribos cortos, por lo que llevaba las rodillas a la altura de la silla; sus
codos, visto desde atrás, parecían las patas de un saltamontes por lo mucho que
los sacaba; llevaba la fusta en perpendicular, como si fuera un cetro; al
trotar el caballo, en fin, sus brazos parecían las alas abiertas de un
pájaro...
Se tocaba además con un pequeño sombrero de lana inglesa que casi le
caía hasta la nariz prominente, pues cabe recordar que su frente no era más
que una franja estrecha entre el pelo y aquélla; los faldones de su levita
negra, además, parecían flotar sobre las ancas del caballo casi hasta cubrirle
la cola sucia. Con semejante porte salió el maestro de la granja de Van Ripper.
Pocas veces se tuvo la ocasión de ver algo semejante a plena luz del día.
Era,
como ya he dicho, una hermosa tarde de otoño, de cielo despejado, azul y
apacible, así que la naturaleza mostraba esa su librea dorada que nos sugiere
abundancia, cuando los bosques parecen poner en el ambiente pinceladas de profusos
ocres y amarillos; la helada de la noche anterior había dejado, además, una
hermosa capa púrpura sobre los árboles más tiernos y frágiles, y otras de
naranja y de escarlata en los más firmes y grandes.
Atravesaban los patos
salvajes el horizonte en bandadas interminables; hasta podía oírse latir el
corazón de las vivaces ardillas, incesantes en su corretear por entre los
bosques de hayas y de nogales, mientras los rastrojos de las veredas parecían abrirse
cual telones de teatro para que se dejara oír el canto largo y solitario de una
codorniz.
Los pajarillos del bosque se despedían ya del día regalándose con un
banquete en lo alto de las ramas tremolantes, y piaban y saltaban por doquier
de árbol en árbol, gozosos en su libertad de escoger uno u otro, esta o aquella
rama, felices entre tantos árboles como tenían.
Había petirrojos, ese pájaro
que suele ser la diana preferida de los cazadores más jóvenes, revoloteando
mientras sin desmayo soltaban sus notas siempre altas como en un lamento; había
también mirlos cantores que en algunos claros parecían haberse puesto de
acuerdo para formar una sola nube negra; y pájaros carpinteros de alas
relucientes como los chorros del oro y con el penacho de fuego, hermosos con
su amplia gorguera; y el pájaro del cedro, con las alas rematadas en puntas
rojas, la cola en amarillo y su pequeño sombrero de plumas; y el arrendajo,
esa especie de barbián vocinglero que parece lucir un chaquetón de espejos
azules y debajo un traje blanco, pájaro chillón y zalamero, cobista en sus
continuas reverencias, como si deseara congraciarse con todos los demás
pájaros cantores del bosque para que le perdonaran sus gritos y desafinaciones.
Ichabod, a paso lento ahora, continuaba a caballo mientras sus ojos,
atentos en toda circunstancia a cualquier cosa que sugiriese abundancia en la
cocina, hacían una suerte de deleitoso inventario de las maravillas que ofrecía
tan pródigo otoño.
A cada lado del camino veía, pues, ora un almacén hasta
arriba de manzanas, las unas venciendo con su maduro peso las ramas de los
árboles, las otras ya recogidas en cestos incontables y prestas a ser llevadas a los mercados, las de más allá apiladas para
ser en breve pasto gozoso de la prensa que habría de convertirlas en sidra
excelente.
Más allá, en los apartados campos de maíz, se alzaban magníficas
las doradas mazorcas como escapando del abrigo de sus hojas, como ofreciéndose
gustosas a las diestras manos que harían de su sabrosura no menos apetecibles
pasteles; y en la misma tierra, las calabazas restallantes de brillo
ofreciendo a sus ojos esos sus prominentes vientres dignos de los mejores
platos.
Atrás los trigales, atravesaba ahora Ichabod campos en los que se disfrutaba
del olor dulce de las colmenas, lo que hacía que unas ilusiones no menos dulces
comenzaran a cobrar forma en su mente ensoñecida de tanta paz y maravilla; así,
degustaba ya una tarta de mantequilla espesa y miel en capas no menos densas...
Una tarta que, naturalmente, le había preparado, para darle la bienvenida, la
impar Katrina Van Tassel con sus propias y lindísimas manos.
Así, con tan amelcochadas imaginaciones, alimentaba sus sueños cuando
iba por las faldas de unos cerros desde los que se avistaba uno de los más
hermosos paisajes del Hudson. El sol, como una gran rueda, se iba deslizando
poco a poco hacia los abismos del oeste. El amplio seno del Tappan Zee se
mostraba ahora remansado como un cristal impoluto; sólo algún leve salto del
agua alteraba el reflejo de la inmensa sombra azulada de las montañas.
Allá,
en el horizonte, una hermosa luz dorada se iba mudando lentamente al verde
propio de las manzanas de sidra, y aún más allá, en un azul que inequívocamente
pertenecía al cielo. Las últimas luces caían en oblicuo y alargadas sobre el
río, dando un brillo de plata a las grandes piedras de sus márgenes y un fulgor
púrpura a las orillas.
A lo lejos, una barca parecía mecerse lentamente en el
agua, confiada en aquella tranquila corriente, con la vela acariciando lacia y
voluptuosa el mástil; parecía la barca suspendida entre dos cielos, pues el
agua aquella tarde no era más que el propio cielo reflejado.
Estaba a punto de caer la noche, también infinitamente apacible,
cuando llegó Ichabod a los dominios de Heer Von Tassel. Ya estaba la casa llena con la flor y nata de la región.
Había allí viejos granjeros de rostros enjutos y con las arrugas curtidas por
el paso de todas las estaciones durante muchísimos años, vestidos con chaquetas
sencillas, sus medias azules limpias, y relucientes las grandes hebillas de sus
cinturones; sus esposas, tan ajadas como parlanchinas y vivaces, con la cofia
bien ajustada, el corpiño largo y firme, la enagua humilde pero limpia, y
tijeras, acericos y un bolso grande de percal colgando de sus cinturones.
Había
también alegres muchachas, vestidas tal cual lo hacían sus madres, salvo en
algún que otro caso en que lucían un sombrero de paja, el pelo al aire con una
cinta, o algún que otro vestido impolutamente blanco, por afán de seguir la
moda de la ciudad.
Los hombres más jóvenes llevaban levitas de corte
rectangular en el faldón, dos filas de botones metálicos y relucientes en
ellas, y el cabello largo recogido en una cola de caballo, según era moda
entonces; brillantes colas de caballo, sobre todo las de quienes se las
frotaban con piel de anguila, cosa que se consideraba en aquellos días el mejor
tónico capilar.
Brom el Huesos, como no podía ser menos, era el héroe principal de
aquella escena; había llegado a la fiesta montando su caballo Temerario, el favorito de cuantos tenía, tan brioso y valiente como su amo, que
pudo hacerse con él, cuando lo quiso, por ser el único hombre de la comarca
capaz de domarlo; además, siempre prefirió caballos rebeldes, incluso
resabiados, o los que se sabían todos los trucos de los jinetes expertos en
doma; esos caballos, en fin, con los que hay que ser muy diestro si no quieres
acabar partiéndote el cuello. Decía Brom el Huesos que un caballo dócil sólo
era propio de cobardes.
Me encantaría llenar estas páginas con el relato pormenorizado del
montón de placeres que se mostraron a los ojos de mi héroe apenas entró en el
salón principal de la casa de Van Tassel, aunque quede claro que no hablo de
las encantadoras muchachas que allí había, jóvenes en la flor de la vida
llenándolo todo con el ir y venir de sus ropas en rojo y en blanco.
Ese
universo de placeres era, por el contrario, cuanto se ofrece a la degustación
de un buen paladar y de un estómago de enormes tragaderas en las fiestas de
los granjeros prósperos, más si son holandeses y celebran las bondades del
otoño. ¡Qué enorme cantidad de fuentes llenas de todos los pasteles habidos y
por haber, y de pastas, y de otros dulces cuya relación sería inacabable,
delicias cuyas recetas se cuidaban muy mucho de decir a las otras aquellas
hacendosas amas de casa holandesas!
Y el muy ilustrísimo doughnut, y el oly koek tan
esponjoso, y el cruller crocante y de sabor tenue, delicadísimo... Y bizcochos, y una
exquisita tarta de jengibre, e incontables pastelitos de miel... Y tartas de
manzana, de melocotón... Y jamón cortado en lonchas, y carne ahumada, y
conservas y confituras de ciruelas, de pera y de membrillos... Y enormes
parrilladas de pescado, y pollos asados por docenas... Y cuencos rebosantes de
leche recién ordeñada. Y más cuencos, hasta arriba de crema dulce...
Todo,
arbitrariamente puesto sobre las mesas; tan arbirariamente como mi propia
enumeración de las viandas, pero, eso sí, todo parecía girar alrededor de una
enorme tetera que de continuo silbaba anunciando que ya tenía la infusión
presta. ¡Que Dios los bendiga! Me faltan el tiempo y la capacidad necesarios
para describir convenientemente aquel banquete cual sería debido y justo
hacerlo, y pues tengo que apresurarme en la conclusión de la historia, sigamos
a otra cosa.
Ichabod Crane, felizmente, no tenía tanta prisa como yo, el que relata
su historia, y se deleitó como cabe imaginar que lo hizo con todas aquellas y
muy auténticas delicias, es verdad que con cierta pausa y hasta con ceremonia,
pero sin despreciar nada de ningún plato... Era un hombre bondadoso y
agradecido, de buen conformar y con un corazón tan grande como capaz era su
cuerpo flaco, sin embargo, de ensancharse increíblemente para dar cabida a todo
lo que engullía.
Parecía unido en extática unción a las divinidades, merced a
la comida, como otros parecen estarlo merced a la bebida... Por lo demás, no
entornaba los ojos mientras degustaba tanta exquisitez, sino que los mantenía
bien abiertos, desplazándolos de un lado a otro a la par que comía a dos carrillos,
acariciando la ilusión de que todo aquello, algún día no muy lejano, bien podía
ser suyo gracias a su matrimonio con la rica heredera del anfitrión.
Si tal
ventura le acontecía, pensaba sin dejar de masticar, sin dejar de mirar,
abandonaría la escuela sin volverse para echarle una última mirada, haría una
higa con su dedo a todos los Van Ripper de la comarca, y a todos los miserables
que de mala gana lo acogían en sus casas, y pobre del maestro de escuela que se
atreviera a llamarle compañero...
El viejo Baltus Van Tassel iba de un grupo a otro de invitados, con el
semblante alegre, rojo de contento y buen humor, orondo y grato como una luna
nueva de aquel otoño dadivoso. Era un excelente anfitrión, sin exageraciones;
expresivo pero sin hacer notar a los otros su munificencia; daba a uno un
fuerte apretón de manos, a otro una cariñosa palmada en la espalda, soltaba
una carcajada limpia cuando le contaban alguna historia graciosa, y para todos
sus invitados tenía frases de ánimo y aliento: «Vamos, muchachos, sírvanse ustedes mismos cuanto quieran, que no tiene que
quedar nada en las fuentes».
No pasó mucho rato hasta que desde el salón contiguo se dejara sentir
una música que invitaba al baile. El músico era un viejo negro de cabello
plateado, toda una orquesta ambulante él solo, durante más de medio siglo, de
un lado a otro por los pueblos, villas y aldeas de la región. Tocaba un violín
tan viejo y averiado como él mismo, del que sin embargo extraía alegres
melodías, acompañando los rápidos movimientos de su arco con unos no menos
rítmicos movimientos de su cabeza; cada vez que una nueva pareja se lanzaba a
bailar, saludaba su presencia inclinándose hasta casi tocar el suelo y pegaba
un fuerte zapatazo para animarles.
En lo que a Ichabod de refiere, baste decir que se consideraba tan
buen bailarín como cantante de salmos... Ni una sola de sus fibras, ni uno solo
de sus miembros, era ajeno a la música cuando se lanzaba a bailar; su figura
tan poco grácil, bailando hasta casi desmadejarse, podría haber hecho pensar a
cualquier que el mismísimo San Vito, el bendito patrón del baile, como es bien
sabido, había bajado a la tierra desde los cielos para danzar sin descanso
entre los hombres.
Tanto se movía el maestro, que despertaba la admiración
entre los negros de todas las edades y estaturas, los cuales, llegados de las
granjas vecinas, se apiñaban en las ventanas del salón, por fuera, para
contemplar aquel jolgorio. Las blancas bolas de sus ojos giraban divertidas al
verle y una sonrisa de dientes de marfil les llenaba la cara, pues nadie como
ellos para apreciar la excelencia de aquellos movimientos, realmente
difíciles...
¿Cómo era posible que aquel maestro tan terrible, martillo de
niños herejes y holgazanes, fuese así de divertido? Era su pareja de baile,
por cierto, la dueña de su corazón, la hija del buen Van Tassel, y respondía
con sonrisas a los guiños de ojos y otras morisquetas que él le hacía mientras
se daba sin freno a las más diversas e imposibles contorsiones; a Brom,
espectador impaciente de todo aquello, le hervían los huesos de rabia en el
puchero de los rencores, mientras tanto; sentado en una esquina, ahora solo,
sin nadie que le diera conversación ni le riese cualquier gracia, o lo alentara
a una bravuconada, o a una apuesta, se mordía los puños por culpa de los celos.
Acabado el baile, Ichabod mostró interés en la conversación que
mantenían Balt Van Tassen y un grupo de hombres ya de edad provecta y al
parecer muy enterados. Fumaban plácidamente, mientras conversaban sentados en
el porche, y yéndose a otros tiempos hablaban de viejas historias de la guerra.
La región toda había sido el escenario en que se libraran grandes e
importantes batallas; había sido testigo, pues, de hechos cruciales y de las
hazañas de muchos hombres. No muy lejos de donde se hallaba el grupo de
granjeros habían librado duros combates las tropas inglesas contra las
americanas, lo que hizo que vieran aquellas tierras, en tiempos, llegar a
gentes procedentes de innumerables fronteras; las había de toda condición:
emigrados que huían o que buscaban empleo, vaqueros, aventureros, soldados de
fortuna...
Tanto tiempo había pasado ya de aquello, sin embargo, que cada uno
de los hombres reunidos en el porche del granjero holandés contaba su historia
con un halo de leyenda; en lo incierto y vago de la memoria, evitar un toque de
ilusión en lo que se cuenta, evitar narrar los hechos pretendidos sin tenerse
uno por su máximo protagonista, resulta cosa poco menos que imposible, por lo
que cada uno tenía su historia que contar, a cada cual más extraordinaria.
Así de emocionadamente, por ejemplo, hizo uno de aquellos hombres el
relato de las aventuras de Doffue Martling, un holandés de barbas azuladas,
según era fama, que hubiera podido hacerse con el control de una fragata
inglesa él solo, no más que con un pequeño cañón del calibre noveno, viejo y
oxidado, además, de no haberle explotado cuando disparó el cuarto proyectil.
Otro habló de un anciano
caballero, cuyo nombre no diremos aquí pues es el de alguien con mucho poder y
no debe pronunciarse ni escribirse a la ligera, un hombre tan diestro en las
artes de la esgrima, que en la batalla de White Plains evitó que una bala de mosquetón lo hiriese, desviándola como si nada
con la punta de su sable, y que oyó perfectamente, y tan tranquilo, cómo el
proyectil iba lamiendo poco a poco la hoja de su sable hasta detenerse contra
la empuñadura.
Aquel caballero, según el que decía la historia, estaba dispuesto
a enseñar su sable a quien dudara, para demostrar la veracidad de su historia,
o lo que era lo mismo, la veracidad de sus legendarias hazañas blandiendo la
espada. Otros de los allí reunidos hablaron de sí mismos, refirieron sus
hazañas guerreras, tan importantes muchas de ellas que podría decirse que sin
su participación en los combates librados la guerra no habría llegado a buen
término.
Ninguna de aquellas historias, sin embargo, tuvo parangón con las de
aparecidos que se relataron una vez agostadas las guerreras... Ya se ha dicho
que hablamos de una región rica en leyendas y otros tesoros semejantes. La
superstición, pues, se da tanto en las más recónditas aldeas como en los
pueblos más prósperos, aunque el continuo flujo inmigratorio vaya barriendo
poco a poco tal sentir.
Por otra parte, no tienen los muertos mucho
predicamento, que se diga, en las modernas ciudades que habitamos en nuestros
días, pues apenas se quedan dormidos en su lecho de gusanos, ya abandonan la
ciudad quienes los conocieron, llevados de avatares diversos y de afanes no
menos distintos, por lo que, cuando los muertos salen de sus tumbas para
iniciar sus nocturnas rondas, nadie a quien cursar una visita les queda...
Por
eso, seguramente, apenas oímos ya contar a cualquiera que se le ha aparecido el
espectro de un difunto. Sólo en las antiguas comunidades holandesas siguen
siendo sensibles a estos casos, lo que es como decir que a los fantasmas.
La causa que explica la prevalencia de estos asuntos en regiones como
Sleepy Hollow, pues, se debe a la formidable presencia en el valle de gentes de
raigambre holandesa... Y quizás a ese ambiente, a ese aire pleno de misterio y
ensoñaciones que todo lo presidía. Los que conversaban en el porche de Van
Tassel, así las cosas, comenzaron a competir por ver quién se sabía la leyenda
más brutal, quién había presenciado los hechos más tremebundos...
Naturalmente,
se oyeron cuentos de fantasmas, decidida y claramente espantosos; fantasmas,
por ejemplo, que impertérritos, sin mover ni los labios, sin parpadear
siquiera, lanzaban gemidos y lloros que helaban la sangre a quien los oía;
otros, fantasmas también, como es claro, vagaban de un lado a otro, siempre según
los narradores, en procesiones inacabables; a otros, igualmente fantasmas, como es de rigor, los habían visto en una suerte de
asamblea bajo un gran árbol... Éstos, por cierto, fueron los que, según era
fama, dieron captura al infortunado mayor André, del que nunca más se volvió a tener noticia.
Tampoco faltaban las leyendas protagonizadas
por mujeres, como aquella de la dama apenas cubierta con un velo vaporoso y
blanco que se dejaba ver en la siempre tenebrosa Cañada de la Roca del Cuervo,
donde había muerto en medio de una nevada... Cuando se aparecía, la pobre
gritaba sus lamentos de manera tal que no podía por menos que poner de punta,
los pelos de quienes la oían, sobre todo en mitad de las más inclementes y
tormentosas noches de invierno.
Mas, ni que decirlo tiene, estas historias
juntas eran apenas nada en comparación con la que a todos emocionaba muy
especialmente: la del jinete decapitado de Sleepy Hollow, al que, según decían
varios de aquellos hombres que hacían su tertulia en el
porche de Van Tassel, se había visto de
nuevo, muy recientemente, recorriendo la comarca tan a menudo como en sus
mejores tiempos, amarrando su caballo, cada noche, en cualquiera de las tumbas
del camposanto de la iglesia del pueblo.
Ha sido a buen seguro lo apartado en que se
alza esta iglesia cuanto, por lo que parece, hizo del recinto sagrado un punto
de reunión ineludible de espectros y espíritus de toda la zona. La iglesia se
levanta, a fin de cuentas, sobre una loma rodeada de olmos y de algarrobos
centenarios, entre los cuales destacan sobremanera los muros blancos del
templo, que son como relámpagos de la pureza cristiana que pugna por lucir
incluso en los más negros parajes.
Una leve depresión del terreno conduce de
la iglesia a un remanso de agua como de plata rodeado de árboles de altas
copas a través de los cuales se observan a lo lejos las azules colinas del
Hudson. Cuando se contempla el camposanto anexo a la iglesia, cubierto de
hierba muy verde sobre la que parecen echarse a dormir los rayos del sol,
embargados de tanta paz como rezuma, tienes la impresión de que en semejante
lugar los muertos no pueden hacer otra cosa que no sea reposar eternamente,
cual les corresponde...
A uno de los lados de la iglesia se abre un hondo
barranco por el que arrastra la corriente, sobre todo en los días de lluvia
fuerte, troncos de árboles caídos, pedruscos arrancados de cuajo, ramas...; en
el punto más negro y denso y hondo del torrente, no lejos del templo, hubo en
tiempos un puente de madera; el sendero que llevaba hasta el mismo puente, el
puente también, quedaba prácticamente cubierto por la densa sombra de los
frondosos árboles cuyas ramas parecían no ya no dejar pasar el aire, sino
estrangularlo; por eso, aun de día, era un lugar en el que sólo moraban las
sombras; y de noche, la oscuridad más plena.
Tal era, al parecer, uno de los caminos que con
mayor constancia frecuentaba el jinete decapitado de Sleepy Hollow. Y una de
las historias que corría de boca en boca de todos los moradores de la región
hablaba de que cierta noche, el viejo Brouwer, un tipo algo insolente,
incrédulo y hasta hereje en lo que concierne a los fantasmas, al volver de
Sleepy Hollow y antes de abandonar el valle por aquel camino se topó de golpe
con el jinete, no ocurriéndosele otra cosa que hacer la tontería de seguirlo...
Así, a galope tendido, fueron ambos, uno delante, otro detrás, a través de
bosques, de malezas, entre las colinas, por las ciénagas... hasta llegar al
puente... Allí, de súbito, el jinete se convirtió en un esqueleto reluciente,
que se abalanzó sobre el viejo Brouwer para empujarlo con furia y hacerlo caer
al torrente mortal, mientras rugían las copas de los árboles como si de ellas, y no del
cielo, emanara la tormenta preñada de relámpagos y de truenos.
El relato de esta historia que se daba por
verídica, halló parangón más que conveniente en la aventura que narró a
continuación el propio Brom el Huesos, que se había sumado a la tertulia, no
sin antes decir que él, como se vería de inmediato, superaba como caballista al
jinete sin cabeza...
Ocurrió, según dijo Brom, que regresando del pueblo próximo
de Sing Sing, se le plantó de golpe en el camino aquel legendario caballero sin
cabeza para apostarse con él lo siguiente: una carrera por una jarra de ponche. Aceptó valientemente Brom el Huesos; la cabeza de
su caballo Temerario fue durante toda
la carrera a la par que la de la montura del fantasma decapitado, sin que éste
pudiera superarle por mucho que lo intentara, y hubiera ganado la apuesta, y la
carrera, que era cuanto más interesaba al joven fanfarrón, de no ser porque, al
llegar al puente, el jinete decapitado dio un salto increíble para salvarlo,
perdiéndose a continuación en una llamarada que se extinguió lentamente, en la
lejanía...
Todos estos relatos, hechos en ese tono de voz con que se suelen contar
en la oscuridad historias tales, historias de terror y de misterio, con los
rostros de los allí reunidos apenas iluminados por el resplandor de una pipa
que quema tabaco ávidamente, impresionaron muy de veras al bueno de Ichabod
Crane.
Él mismo, además, puso su granito de arena citando largas parrafadas de
su muy estimado Cotton Mather y refiriendo algún caso que, según él, pudo
observar en el Estado donde naciera, Connecticut, e incluso allí mismo, en
Sleepy Hollow, durante sus paseos nocturnos...
Estaba a punto de acabar la fiesta, pues muchos de aquellos granjeros
comenzaban a montar en sus carretas para irse, tras reunir a la familia, y se
iban de hecho poco a poco, llenando ahora el silencio de la noche con el choque
de las ruedas contra los pedruscos del camino.
Varias muchachas montaban a la
jineta en la grupa del caballo, tal y como se lo ofreciera algún pretendiente;
reían alegres y sus risas se iban alejando lentamente entre el trote rítmico
de los cascos de los caballos, para ser devueltas por el eco de los bosques
dormidos...
Al cabo desaparecían voces, carcajadas, trotes y ecos, como si un
desierto ignoto se lo hubiera tragado todo tras brotar en el mismo sitio donde
antes hubo jarana y contento... Ichabod, sin embargo, seguía allí, como hubiera
hecho cualquier otro enamorado de aquella región, en la esperanza de poder conversar
a solas con su amada, y en adorable tête-á-tête,
siquiera unos minutos, antes de partir.
Tenía la cara iluminada de dicha,
pues no albergaba más convicción que la de hallarse a las puertas del éxito.
Mas no pretendo decir qué ocurrió en la entrevista que mantuvieron, pues debo
señalar, en aras de la mayor sinceridad, que lo ignoro por completo... Algo,
no obstante, debió de ir mal, pues al cabo de muy pocos minutos de conversación
el pobre maestro mostró un amargo y desolado rictus en su antes feliz y
satisfecho semblante.
¡Oh, estas mujeres! ¡Cómo son! ¿Sería posible que aquella
muchacha no hubiera hecho más que coquetear con él, para divertirse, o acaso
para burlarse, un rato? ¿Sería posible que hubiera alentado arteramente las
esperanzas del pobre pedagogo, para dar celos a quien era el peor enemigo del
bueno de Ichabod, nada más? Yo, la verdad, no lo sé; quizás el cielo...
Limitémonos a decir que Ichabod salió de la granja de Van Tassel, más que como
un digno invitado, como un granuja que hubiera ido allí para robar un par de
gallinas y no para hacerse con los favores del corazón de una damisela...
Así,
ahora, sin reparar ya en la bondad y riqueza de cuanto allí había, se dirigió a
toda prisa a los establos, pegó un puntapié al penco que lo llevara, para que
se levantase del suelo sobre cuyas pajas se había tirado a dormir puede que
soñando con auténticas montañas de maíz, o con unas praderas repletas de tréboles, o con interminables valles de alfalfa y forraje;
unos sueños, pobre bruto, que se le desvanecieron de golpe.
(CONTINUARA...)