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La sonrisa de Marko - Marguerite Yourcenar

El buque flotaba blandamente sobre las aguas lisas, como una medusa descuidada. Un avión daba vueltas, con el insoportable zumbido de un insecto irritado, por el estrecho espacio de cielo encajonado entre las montañas. 

A
ún no había transcurrido más que la tercera parte de una hermosa tarde de verano y ya el sol había desaparecido por detrás de los áridos contrafuertes de los Alpes montenegrinos sembrados de desmedrados árboles. 

El mar, tan azul de mañana por el horizonte, adquiría tintes sombríos en el interior de aquel fiordo largo y sinuoso, ex
trañamente situado en las cercanías de los Balcanes. 

Las formas humildes y recogidas de las
casas y la franqueza salubre del paisaje eran ya eslavos, pero la apagada violencia de los colores, el orgullo desnudo del cielo, recordaban todavía al Oriente y al Islam. 

La mayoría de los pasajeros había bajado a tierra y trataba de entenderse con los aduaneros, vestidos de blanco, y con unos admirables sol
dados, provistos de una daga triangular, hermosos como el Ángel exterminador. 

El arqueólogo griego, el bajá egipcio y el ingeniero francés se habían quedado en la cubierta superior. El ingeniero había pedido una cerveza, el bajá bebía whisky y el arqueólogo se refrescaba con una limonada.

—Este país me excita —dijo el ingeniero—. El muelle de Kotor y el de Ragusa son seguramente las únicas salidas mediterráneas de este gran territorio eslavo que se extiende desde los Balcanes al Ural, ignora las delimitaciones variables del mapa de Europa y le vuelve resueltamente la espalda al mar, que no penetra en él más que por las complicadas angosturas del Caspio, de Finlandia, del Ponto Euxino o de las costas dálmatas. 

<<Y en este vasto continente humano, la infinita variedad de las razas no destruye la unidad misteriosa del conjunto, del mismo modo que la diversidad de las olas no rompe la majestuosa monotonía del mar. Pero lo que a mí en estos momentos me interesa no es ni la geografía, ni la historia: es Kotor. Las bocas de Cattaro, como dicen… Kotor, tal y como la vemos desde la cubierta de este buque italiano; Kotor la indómita, la bien escondida con su camino que asciende en zig-zag hacia Cetinje, y la Kotor apenas más ruda de las leyendas y cantares de gesta eslavos. 

<<Kotor la infi
el, que antaño vivió bajo el yugo de los musulmanes de Albania y a los que no siempre rindió justicia la poesía épica de los servios, ¿lo comprende usted, verdad, bajá? Y usted, Lukiadis, que conoce el pasado igual que un granjero conoce los menores recovecos de su granja, ¿no van a decirme que nunca oyeron hablar de Marko Kralievitch?

—Soy arqueólogo —respondió el griego dejando su vaso de limonada—. Mi saber se limita a la piedra esculpida, y sus héroes servios tallaban más bien en la carne viva. No obstante, ese Marko me interesó a mí también, y encontré sus huellas en un país muy alejado de la cuna de su leyenda, en un suelo puramente griego, aun cuando la piedad servia haya elevado unos monasterios asaz hermosos…

—En el monte Athos —interrumpió el ingeniero—. Los huesos gigantescos de Marko Kralievitch reposan en alguna parte de esa santa montaña en donde nada ha cambiado desde la Edad Media, salvo, quizá, la calidad de las almas, y donde seis mil monjes con moños y flotantes barbas oran todavía hoy por la salvación de sus piadosos protectores, los príncipes de Trebisonda, cuya raza se ha extinguido seguramente hace siglos. 

<<¡Qué sosiego produce pensar que el olvido no llega tan rápidamente como creemos, ni es tan absoluto como se supone, y que aún existe un lugar en el mundo donde una dinastía de la época de las Cruzadas sobrevive en las oraciones de unos cuantos monjes ancianos! 

<<Si no me equivoco, Marko murió en una batalla contra los otomanos, en Bosnia o en un país croata, pero su último deseo fue que lo inhumar
an en ese Sinaí del mundo ortodoxo, una barca logró transportar hasta allí su cadáver, pese a los escollos del mar oriental y a las emboscadas de las galeras turcas. Una hermosa historia, y que me hace recordar, no sé por qué, la última travesía de Arturo…
 
<<Existen héroes en Occidente, pero parecen sostenidos por su armadura de principios al igual que los caballeros de la Edad Media por su armadura de hierro. En ese servio salvaje hallamos al héroe al desnudo. Los turcos sobre los que Marko se precipitaba debían de tener la impresión de que un roble de la montaña se les venía encima. 

<<Ya les dije a ustedes que, en aquellos tiempos,
Montenegro pertenecía al Islam: las bandas servias no eran muy numerosas y no podían disputar abiertamente a los circuncisos la posesión de la Tzernagora, la Montaña Negra de la que toma su nombre aquella tierra. Marko Kralievitch establecía relaciones secretas en tierra infiel con unos cristianos falsamente conversos, con funcionarios descontentos y con bajás en peligro de desgracia o muerte; le era cada vez más y más necesario entrevistarse directamente con sus cómplices. 

<<Pero su alta e
statura le impedía deslizarse en el campo enemigo disfrazado de mendigo, de músico ciego o de mujer, aun cuando este último disfraz hubiera sido posible gracias a su gran belleza: lo hubieran reconocido por la longitud desmesurada de su sombra. Tampoco podía pensar en amarrar una barca en algún rincón desierto de la orilla: innumerables centinelas, al acecho detrás de las rocas, oponían a un Marko solitario ausente su presencia múltiple e infatigable. 
 
<<Pero allí donde una barca es visible, un buen nadador puede pasar inadvertido, y sólo los peces descubren su pista entre dos aguas. Marko hechizaba a las olas; nadaba tan bien como Ulises, su antiguo vecino de Ítaca. También hechizaba a las mujeres: los complicados canales del mar llevábanle a menudo a Kotor, al pie de una casa de madera toda carcomida, que jadeaba ante el empuje de las olas; la viuda del bajá de Scutari pasaba allí sus noches soñando con Marko, y sus mañanas esperándolo. 

<<Frotaba con aceite su cuerpo helado por los besos bla
ndos del mar; lo calentaba en su cama sin que lo supieran sus sirvientas; le facilitaba los encuentros nocturnos con agentes y cómplices. En las primeras horas del día, bajaba a la cocina aún vacía para prepararle los platos que más le gustaba comer. Él se resignaba a sus pesados senos, a sus gruesas piernas y a las cejas que se le juntaban en medio de la frente; se tragaba la rabia al verla escupir cuando él se arrodillaba para hacer la señal de la cruz. 

<<Una noche, la víspera del día en que Marko se proponía llegar a nado h
asta Ragusa, la viuda bajó como de costumbre a hacerle la cena. Las lágrimas le impidieron cocinar con el mismo cuidado de siempre; le subió, por desgracia, un plato de cabrito demasiado hecho. Marko acababa de beber; su paciencia se había quedado en el fondo de la jarra: la cogió por los cabellos con las manos pegajosas de salsa y aulló:
 
—¡Perra del diablo! ¿Pretendes que me coma una vieja cabra centenaria?

—Era un hermoso animal —respondió la viuda—. Y la más joven del rebaño.

—¡Estaba tan correosa como tu carne de vieja bruja, y tenía el mismo maldito olor! —dijo el joven cristiano, que estaba borracho—. ¡Ojalá ardas tú como ella en el Infierno!

Y de una patada lanzó el plato de guisado por la ventana que daba al mar y que estaba abierta de par en par.

La viuda lavó silenciosamente el piso, manchado de grasa, y su propio rostro, hinchado por las lágrimas. No estuvo ni menos tierna, ni menos apasionada que el día anterior, y al apuntar el alba, cuando el viento del Norte empezó a soplar sembrando la rebelión en las olas del Golfo, aconsejó suavemente a Marko que retrasara su marcha. Él accedió. 

<<Cuando llegaron las horas ardientes del día, volvió a acostarse para dormir la siesta. Al despertarse, en el momento en que se estiraba perezosamente delante de las ventanas, protegido de la mirada de los transeúntes por unas complicadas persianas, vio brillar las cimitarras: una tropa de soldados turcos rodeaba la casa, tapando todas las salidas. 

<<Marko se precipitó hacia el balcón, que dominaba al mar desde muy alto: las olas, saltarinas, rompían en las rocas haciendo el mismo ruido que el trueno en el cielo. Marko se arrancó la camisa y se tiró de cabeza en medio de aquella tempestad donde ni siquiera una barca se hubiese aventurado. Rodaron montañas de agua bajo su cuerpo; rodó él bajo aquellas montañas.

Los soldados registraron la casa, conducidos por la viuda, sin encontrar ni la menor huella del gigante desaparecido; por fin, la camisa desgarrada y las rejas arrancadas del balcón los pusieron sobre la verdadera pista; se abalanzaron en dirección a la playa aullando de despecho y de terror. Retrocedían a pesar suyo cada vez que una ola, más furiosa que las demás, rompía a sus pies, y los embates del viento les parecían la risa de Marko; y la insolente espuma, un salivazo suyo en la cara. 

<<Durante dos horas estuvo nadando Marko sin conseguir
avanzar ni una brazada; sus enemigos le apuntaban a la cabeza, pero el viento desviaba sus dardos; Marko desaparecía y volvía a aparecer debajo del mismo verde almiar. Finalmente, la viuda ató fuertemente su pañuelo de seda a la esbelta y flexible cintura de un albanés; un hábil pescador de atunes consiguió apresar a Marko con aquel lazo de seda, y el nadador, medio estrangulado, no tuvo más remedio que dejarse arrastrar hasta la playa. 

<<Durant
e las partidas de caza, allá en las montañas de su país, Marko había visto a menudo cómo los animales se fingen muertos para evitar que los rematen; su instinto lo llevó a imitar esta astucia: el joven de tez lívida que los turcos llevaron a la playa estaba rígido y frío como un cadáver de tres días; sus cabellos, sucios de espuma, se le pegaban a las sienes hundidas; sus ojos, fijos, ya no reflejaban la inmensidad del cielo ni de la noche; sus labios, salados por el mar, se hallaban inmóviles entre sus mandíbulas contraídas; sus brazos, muertos, dejábanse caer, y el pecho hinchado impedía oír su corazón. 

<<Los notables del pueblo se inclinaron sobre Marko, cosquilleándole el rostro con sus largas barbas y después, levantando todos a un tiempo la cabeza, exclamaron, con una única y misma voz:
 
—¡Por Alá! Ha muerto como un topo podrido, como un perro reventado. Arrojémosle de nuevo al mar, que lava las basuras, con el fin de que nuestro suelo no se manche con su cuerpo.

Pero la malvada viuda se puso a llorar, y luego a reír:

—Hace falta algo más que una tempestad para ahogar a Marko —dijo—, y más que un nudo para estrangularlo. Tal como lo veis aquí, todavía no está muerto. Si lo arrojáis al mar, hechizará a las olas, igual que me hechizó a mí, pobre mujer. Coged unos clavos y un martillo; crucificad a ese perro igual que crucificaron a su Dios, que no acudirá aquí a ayudarle, y ya veréis cómo sus rodillas se retuercen de dolor y cómo su condenada boca empieza a vomitar alaridos.

<<Los verdugos cogieron unos clavos y un martillo del banco del carpintero, que calafateaba las barcas, y agujerearon las manos del joven servio, y atravesaron sus pies de parte a parte. Pero el cuerpo torturado permaneció inerte: ningún estremecimiento agitaba aquel rostro, que parecía insensible, y ni la sangre chorreaba de sus carnes abiertas a no ser a gotitas lentas y escasas, pues Marko mandaba en sus arterias lo mismo que mandaba en su corazón. Entonces, el más viejo de los notables arrojó el martillo a lo lejos y exclamó, quejumbrosamente:
 
—¡Que Alá nos perdone por haber tratado de crucificar a un muerto! Vamos a atar una gruesa piedra al cuello de este cadáver para que el abismo se trague nuestro error, y para que el mar no nos lo devuelva.
 
—Hacen falta más de mil clavos y más de cien martillos para crucificar a Marko Kralievitch —dijo la malvada viuda—. Tomad carbones encendidos y ponédselos en el pecho, ya veréis cómo se retuerce de dolor, tal un gusano largo y desnudo.
 
<<Los verdugos cogieron brasas del hornillo de un calafate y trazaron un amplio círculo en el pecho del nadador helado por el mar. Los carbones se encendieron, después se apagaron y se volvieron negros como unas rosas rojas que mueren. El fuego recortó en el pecho de Marko un amplio anillo carbonoso, parecido a esos redondeles trazados en la hierba por la danza de los brujos, pero el muchacho no gemía y ni una sola de sus pestañas se estremeció.
 
—¡Oh, Alá! —dijeron los verdugos—; hemos pecado, pues sólo Dios tiene derecho a torturar a los muertos. Sus sobrinos y los hijos de sus tíos vendrán a pedirnos cuentas de este ultraje: por eso, lo mejor será meterlo en un saco medio lleno de pedruscos con el fin de que ni siquiera el mar sepa quién es el cadáver que le damos a comer.

—Desgraciados —dijo la viuda—, reventará con los brazos todas las telas y escupirá todas las piedras. Pero mandad que acudan las muchachas del pueblo, y ordenadles que bailen en corro sobre la arena. Ya veremos si el amor continúa torturándolo.

<<Llamaron a las muchachas, quienes se pusieron a toda prisa los trajes de fiesta; trajeron tamboriles y flautas; juntaron las manos para bailar en corro alrededor del cadáver, y la más hermosa de todas, con un pañuelo rojo en la mano, dirigía el baile. Les llevaba a sus compañeras la altura de la cabeza morena y de su cuello blanco. Era como el corzo cuando salta, como el halcón cuando vuela. 

<<Marko, inmóvil, dejaba que lo rozase con sus pies descalzos, pero su
corazón, agitado, latía de manera cada vez más violenta, tan desordenada y fuertemente que tenía miedo de que todos los espectadores acabasen por oírlo, a pesar suyo; una sonrisa de dicha casi dolorosa se dibujaba en sus labios, que se movían como para dar un beso. 
 
<<Gracias al crepúsculo, que oscurecía lentamente, los verdugos y la viuda no se habían dado cuenta de aquellas señales de vida, pero los ojos claros de Haisché permanecían fijos en el rostro del joven, pues lo encontraba hermoso. De repente, dejó caer su pañuelo rojo para ocultar aquella sonrisa y dijo con tono de orgullo:
 
—No me gusta bailar delante del rostro desnudo de un cristiano muerto, y por eso acabo de taparle la boca, ya que sólo verla me da horror.

<<Pero continuó bailando, con el fin de distraer la atención de los verdugos y para que llegase la hora de la oración, en que se verían forzados a alejarse de la orilla. Por fin, una voz gritó desde lo alto del minarete que ya era hora de adorar a Dios. 

<<Los hombres se encaminaron hacia la pequeña mezquita tosca y bárbara; las cansadas jóvenes se desgranaron hacia la ciudad arrastrando sus babuchas; Haisché se fue, sin dejar de mirar atrás; tan sólo la viuda se quedó allí para vigilar el falso cadáver. 

<<De repente, Marko se enderezó; con la mano derecha se quitó el clavo de la mano izquierda, agarró a la viuda por los pelos rojizos y se lo clavó en la garganta; luego, tras quitarse el clavo de la mano derecha con la mano izquierda, se lo clavó en la frente. Arrancó después las dos espinas de piedra que le atravesaban los pies y con ellas le reventó los ojos. 

<<Cuando regresaron los verdugos, encontraron en la playa el cadáver convulso de una vieja, en lugar del cuerpo desnudo del héroe. La tempestad había amainado, pero las lentas barcas trataron en vano de dar alcance al nadador desaparecido en el vientre de las olas. 

<<Ni qué decir tiene que Marko reconquistó el país y raptó a la hermosa muchacha que había despertado su sonrisa; pero ni su gloria ni la dicha de ambos es lo que a mí me conmueve, sino ese exquisito eufemismo, esa sonrisa en los labios de un hombre sometido a suplicio y para quien el deseo es la tortura más dulce. 

<<Observen ustedes: empieza a caer la noche; casi podríamos imaginar, en la playa de Kotor, al grupito de verdugos trabajando a la luz de los carbones encendidos, a la joven bailando y al muchacho que no sabe resistirse a la belleza.

—Una extraña historia —dijo el arqueólogo—. Pero la versión que usted nos ofrece es sin duda reciente. Debe de existir alguna otra, más primitiva. Ya me informaré.

—Haría usted mal —dijo el ingeniero—. Se la he contado tal y como a mí me la contaron los campesinos del pueblo donde pasé mi último invierno, ocupado en abrir un túnel para el Oriente-Express. No quisiera hablar mal de sus héroes griegos, Lukiadis: se encerraban en su tienda en un ataque de despecho; aullaban de dolor cuando morían sus amigos; arrastaban por los pies el cadáver de sus enemigos alrededor de las ciudades conquistadas, pero, créame usted, le faltó a la Ilíada una sonrisa de Aquiles.

El arquillo del aquelarre

Mathieu Wilmart era, sin lugar a dudas, el mejor violinista de la pequeña ciudad y del país de Bouillon. Desde varios lustros, su violón hacía bailar, en diez leguas a la redonda, a los recién casados y a sus invitados; siempre era él quien en las fiestas populares atraía el mayor número de parejas, de jóvenes y viejos, con su melodía simple y seductora. En las fiestas familiares sabía hacer reír o llorar a los que le escuchaban, haciendo vibrar su instrumento como un mago; además, era muy popular y gozaba de la simpatía de todo el mundo.

Era el 15 de diciembre del año de gracia 1450. En la granja del molino Hideux, en Noirefontaine, se celebraba un gran banquete en ocasión de la boda de la hija mayor con un poderoso granjero de Curfooz. Había un gran número de invitados, abundaba comida y bebida y reinaba la alegría.

Al terminar la comida se iniciaron los preparativos para el baile. Los bailes, para todos los gustos, se sucedieron sin descanso, y la fiesta se prolongó hasta la madrugada; ya era muy tarde cuando nuestro músico, cansado, determinó marcharse a su casa.

Se hicieron esfuerzos inimaginables para disuadirlo. Unos porque su partida significaba el fin de las canciones y los bailes; otros por piedad y consideración hacia este hombre de avanzada edad que debía recorrer un largo camino antes de llegar a su destino.

–Quedaos, padre Mathieu –le decía uno–; el viento sopla del Norte e hiela hasta las piedras, y el bosque que debéis atravesar no es de fiar; sin contar los lobos y los jabalíes, están los salteadores. Y dicen que los brujos celebran en él su aquelarre.

Pero todo fue inútil. Mathieu había prometido volver hacia la medianoche y quería, a toda costa, mantener su palabra.

–Llevo una excelente provisión de vino en el estómago –replicó el testarudo ardenés–. Con mi esclavina forrada y mi bastón, desafío a lobos y a ladrones. En cuanto a las brujas o diablos, si acaso me los encuentro, los haré bailar al son de mi violón. ¡Y sea lo que Dios quiera!

Los jóvenes se reían de esta salida, mientras otros criticaban su testarudez. Insistieron hasta el final, pero fue inútil. Entonces quisieron que le acompañara el mozo, pero él se negó rotundamente, alegando que no temía a nada ni a nadie.

Acto seguido, Mathieu se envolvió cuidadosamente en su amplia capa, se ciñó su instrumento a la espalda, en bandolera, cogió su nudoso bastón, saludó cordialmente a los invitados y se marchó con la sonrisa en los labios.

Con paso firme se dirigió a Bouillon. El cielo estaba bastante estrellado y el viento había disminuido. Sólo hacía un poco más de un cuarto de hora que andaba, cuando el cielo se cubrió repentinamente de opacas y amenazadoras nubes, que sumieron la tierra en una casi total oscuridad. Entonces el músico empezó a arrepentirse de haber rechazado el cómodo albergue que le habían ofrecido y que tan soberbiamente había rechazado. 

Por un momento deseó volver sobre sus pasos, pero era demasiado orgulloso para reconocer que había tenido miedo. ¡Ah!, sí, se reirían de él, se burlarían... No, esto no podía ser. Y a pesar de la progresiva oscuridad, apretó el paso, con la mirada fija al frente, marchando al compás, con la cabeza erguida, confiado y resuelto... Pero no tardó en darse cuenta, para su mayor sorpresa, de que se había equivocado de camino. 

¡Esto ya era el colmo! ¿Y qué hacer? ¿Continuar o volver atrás? Continuar sólo serviría para perderse aún más; envolverse en su capa y acostarse bajo un árbol no le parecía seguro; podían comérselo las alimañas o morirse de frío. Los copos de nieve caían aquí y allá... Pero mientras, apoyado con las dos manos en su grueso bastón, Mathieu sufría una penosa ansiedad, he aquí que de pronto vislumbró una tenue luz en la lejanía.

«¡Ah, debe de ser una cabaña de leñador!», se dijo, con nuevos ánimos. E inmediatamente quiso encaminarse en aquella dirección; pero apenas había dado tres pasos, la luz desapareció. Se paró, golpeó el duro suelo con su bastón herrado y profirió un horrible reniego que resonó lúgubremente en el silencio sepulcral de la inmensa y desierta campiña. Y entonces volvió a aparecer la luz. Después de unos segundos de duda, Mathieu decidió proseguir, con la mirada obstinadamente fija sobre el tan codiciado objeto.

Sólo se oía el rechinar de sus pasos en la reciente capa de nieve. El camino le pareció desmesuradamente largo, y sólo después de muchos esfuerzos y peligrosísimos saltos, logró llegar al Camp des Montagnards, lugar donde se encontraba la luz hacia la que se dirigía con tanto esfuerzo desde hacía tantas horas... 

Pero su sorpresa fue enorme cuando de pronto se encontró ante un castillo de magnífico aspecto y del que nunca había oído hablar... Con sus ojos desmesuradamente abiertos miraba, miraba... Y vio pasar las elegantes siluetas de los bailarines ante las cortinas de las amplias ventanas, muy iluminadas, como negras sombras, movidas por una seductora melodía. De vez en cuando llegaban a sus oídos zumbantes ruidos de voces. Y miraba, miraba sin cesar, plácido, lleno de estupor y de temor... Al fin, sin poder contenerse más, decidió satisfacer su exacerbada curiosidad.

Después de dar varias vueltas al inmenso edificio, ya desesperaba de encontrar la puerta de entrada cuando se le apareció un viejo, que de repente se puso a tocar la trompeta. Un puente levadizo, que Mathieu no había visto hasta aquel momento, bajó inmediatamente; el violinista, respondiendo a la invitación del viejo, penetró en la mansión totalmente iluminada.

Había una multitud de hombres y mujeres de todas las edades, ricamente vestidos y adornados con carísimas joyas. Unos participaban en una suntuosa comida mientras otros jugaban a las cartas, al dominó, o a algún otro juego de azar; no obstante, la mayor parte bailaba incansablemente en una inmensa sala, decorada con gran lujo e inundada por una resplandeciente luz. 

Una música hechizadora marcaba el paso de los bailarines. Reinaba una gran animación en todas partes; gritos de alegría y comunicativas risas llenaban el aire perfumado de las distintas salas que se comunicaban entre sí.

Mathieu estaba allí, clavado en su sitio, inmóvil como una estatua, maravillado por todo aquel lujo que lo transportaba hasta enmudecerlo, cuando vio que se acercaba a él un hombre de elevada estatura, de mediana edad y simpática apariencia, que le preguntó qué deseaba. Balbuceó algunas palabras; luego, con voz dudosa que ponía en evidencia su azoramiento, dijo:

–Señor del castillo, soy un pobre músico perdido en el bosque; dignaos permitirme pasar la noche en un rincón de vuestra mansión; me marcharé al amanecer.

La persona a la que Mathieu había dirigido su ruego con tanta humildad, accedió con un simple movimiento de cabeza. Con una señal indicó a un paje que tomara el violón del músico y lo colgara de un clavo de oro que brillaba sobre el rico tapiz de la sala de baile. Este personaje, de misterioso aspecto, sonreía de un modo extraño, y allí donde su mano tocó el instrumento, ennegreció instantáneamente, como si esa mano, a pesar de su finura y lozanía, hubiese sido de fuego.

Impulsado por una irresistible curiosidad, Mathieu Wilmart empezó a examinar el lugar donde se encontraba; pero en vano intentó reconocer a alguno de los personajes que le rodeaban. Al parecer, nadie se preocupaba de su presencia insólita, en este ambiente tan elegante como ruidoso. Escuchaba, escuchaba... Miraba, miraba... 

Y entonces descubrió, no lejos de él, sobre una mesa dorada, un violón que en nada se parecía al suyo, pues era incomparablemente más bello: una forma impecable, madera reluciente, adornos de plata y piedras preciosas. Y en seguida sintió un incontenible deseo de utilizarlo. 

Se apropió del instrumento y se dirigió, fuera de sí, hacia el estrado en que estaban los músicos –violinistas como él–, que tocaban a las mil maravillas, sin interrupción, las melodías más endiabladas. Pero cuál sería su sorpresa al reconocer entre ellos a un amigo, muerto hacía ya treinta años, que le había dado las primeras lecciones de violón.

–¡Virgen Santa, apiadaos de mí! –gritó.

Y en el mismo instante, los músicos, los bailarines, los jugadores y el mismísimo castillo, todo desapareció ante sus confusos ojos.

Cuando a la mañana siguiente, los invitados del Moulin Hideux que, por prudencia, habían aplazado su partida, volvían a sus casas, encontraron a Mathieu Wilmart tendido sin conocimiento al pie de un enorme abeto.

–El padre Mathieu no escogió un lugar muy agradable para dormir–, no pudo aguantarse de comentar un inveterado bromista.

–Es muy original –dijo otro.

–Sin duda alguna –observó un tercero.

–Y un hombre precavido –añadió el cuarto–. Fijaos, llevaba consigo dos arquillos de violón, para no quedarse sin poder tocar si se le rompía uno de ellos.

Le friccionaron luego, después de levantarlo con mucha precaución, le dieron un poco de aguardiente. Poco a poco volvió en sí, abrió con esfuerzo los ojos, y al fin, se dio cuenta de la situación. Atribuyó al frío intenso la causa de su accidente, pero se guardó muy bien de mencionar las visiones infernales que había tenido. Juntos se dirigieron hacia Bouillon, donde se despidieron como buenos amigos.

Cuando llegó a su casa, Mathieu examinó detenidamente el arquillo que había llegado a su poder de una manera tan extraña. Un escalofrío sucedió a un sentimiento de terror, al constatar que este arquillo era un hueso humano trabajado con gran meticulosidad. 

Pero su sorpresa fue absoluta al leer sobre los ricos adornos de plata, el nombre de un habitante de Bouillon, considerado, y con justo título, como una persona que echaba maleficios, es decir, un brujo. Un malestar inexplicable se apoderó de todo su ser. Se tomó una tisana caliente de plantas y raíces, se echó en su camastro, y esperó que anocheciera...

Al atardecer se fue por caminos apartados, a casa de este hombre de mala reputación, que vivía en la colina de Auclin. Con el corazón, que le saltaba del pecho, abrió la ruinosa puerta que cedió sin resistencia alguna. Al ver al que buscaba le dijo, saludándolo con voz muy queda, como la de un niño asustado:

–Compadre, aquí traigo un arquillo que os pertenece, creo; me imagino que lo habéis perdido en alguna gira.

–¡Ah! –dijo Durand, con la boca muy abierta.

–Lo encontré por casualidad, y os lo devuelvo.

–¡Ah! –repitió el viejo brujo, aceptando el objeto.

Y permaneció unos instantes sin pronunciar una palabra, tanta era su emoción. Hizo un esfuerzo para dominarse y dijo al fin, con una voz ligeramente velada:

–¡Oh, oh! Mathieu, la pasada noche debisteis descubrir cosas muy singulares y... una palabra sobre ello... me haría mucho daño...

–¡Dios no quiera que yo hable de ello, compadre!

–Mathieu, sois un gran hombre. Hacéis bien en guardar silencio; pues si me quemasen vivo, cosa que seguramente ocurriría si se enterasen de que me visteis... donde, bien lo sabéis, también podrían iros mal las cosas.

Mathieu, un poco confuso, quiso marcharse, pero Durand lo llamó y, acercándose a su oído derecho, murmuró con voz muy baja:

–Decidme, Mathieu: ¿quiénes son vuestros enemigos? Esta noche echaré un maleficio sobre sus animales, o incluso les puedo contagiar a ellos mismos alguna enfermedad depresiva que acabará con ellos para siempre.

–No tengo enemigos –contestó tímidamente Wilmart–, y Dios no quiera que desee el mal del prójimo.

–Entonces, ¿en qué puedo seros útil? Decidme, os escucho, estoy a vuestras órdenes, Mathieu.

–¡En nada! –contestó resuelto el violinista, que maquinalmente se dirigió hacia la puerta: se ahogaba.

–Hablad con franqueza, Mathieu: ¿Qué queréis de mí? Como recom...

–Nada, Durand, absolutamente nada, os lo repito. No obstante, me siento muy feliz de poder devolveros un arquillo tan bello.

–Un arquillo extraordinario, este arquillo del aquelarre. Pero debo regalaros algo, un don, padre Mathieu, como recompensa por vuestro servicio.

Mathieu Wilmart iba a protestar, explicando su desinterés, cuando una voz misteriosa dijo: «Dale esta bolsa». Y al instante, apareció un hombre de siniestro aspecto, que no estaba en casa del brujo cuando llegó Mathieu. El violinista quiso huir, pero una fuerza invencible le retuvo; sus piernas temblaban y su frente se cubrió de sudor.

–Acepta –le dijo Durand.

–Sin duda será alguna obra de los malos espíritus –objetó con timidez el violinista.

–Es un talismán –respondió el desconocido, con una cierta arrogancia–. Un talismán que puede utilizarlo sin temor un cristiano.

Mathieu permaneció mudo e inmóvil; un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

–Dale esta bolsa –prosiguió Durand–. Le gustará hurgar en ella, pues siempre contendrá seis libras parisis, de gran valor.

–Si esta bolsa es obra del diablo, ¡que sea condenado! –añadió el extraño personaje, riendo amargamente.

Estas palabras parecieron convencer y tranquilizar a Mathieu Wilmart, que alargó una mano temblorosa y aceptó el tentador presente. Luego, envolviéndose en su amplia esclavina, huyó como un malhechor en el crepúsculo.

Mathieu Wilmart, que finalmente había sucumbido a la tentación, tantas veces hurgó en la bolsa maravillosa, que en poco tiempo se convirtió en propietario de una bonita casa y se puso a vivir como un rico burgués. Nada jactancioso, ¡no, eso no!, pero algo orgulloso, es decir, un poco vanidoso... No obstante, continuaba haciendo bailar a las gentes en las fiestas y festines; sólo que ahora poseía una mula para sus desplazamientos y un criado que le llevaba su violón.

Sin embargo, la nueva manera de vivir del violinista excitó algunos celos en la pequeña ciudad de Bouillon y provocó miles de habladurías contradictorias... Inacabables chismes circularon por la plaza para extenderse más allá... Se discutió, se insinuó... Y la versión más extendida era que Mathieu Wilmart había encontrado un tesoro que escondía en algún lugar secreto. Pero nadie osaba hablarle de ello, ni tan sólo aludir a la nueva situación, pues todos lo querían.

No obstante, Mathieu tenía cuatro sobrinos, que eran hermanos, con los que no tenía ninguna relación debido a su conducta. Bebedores infatigables y vagos incorregibles, vivían de la rapiña y de otros medios de existencia no menos condenables. Un día que estaban de juerga, la conversación recayó sobre la fortuna de su tío, y el mayor dijo:

–El tío Mathieu es rico, todos lo sabemos; y sólo nosotros podemos heredar su fortuna. Lo que pasa es que no parece querer «reventar». Los tiempos son duros..., ¿no es cierto? Entonces...

–¿Entonces...? Pues bien, hagámoslo «reventar» –dijo uno de ellos, sonriendo.

–¿Y por qué no? –añadió el más cínico de los cuatro.

–Por supuesto, si no quiere morir amablemente... –añadió el más joven.

Y la conversación que había empezado en un tono de broma macabra, tomó otro cariz: matarían al tío Mathieu, sin más.

Enterándose de que un sábado por la noche debía ir a La Grenelle, le fueron a esperar al borde del bosque: el violinista no pudo evitar el destino. Cuando llegó a una peligrosa encrucijada, los cuatro tunantes salieron de su escondite y se echaron a la vez sobre su víctima, que pereció en pocos segundos... Pero apenas habían empezado a vaciar sus bolsillos, un individuo de siniestro aspecto apareció de repente, se lanzó sobre el cuerpo, sacó de la alforja una pequeña bolsa y desapareció diciendo:

–Este es el fruto de mis dones.

Una risa siniestra, estridente, execrable, siguió a estas palabras.

Los asesinos de Mathieu Wilmart fueron muy pronto apresados y juzgados. Se dice que el preboste de justicia les hizo colgar de los árboles detrás de los que se habían escondido: de aquí viene que este lugar fuera denominado por mucho tiempo: «La encrucijada de los cuatro hermanos».

Cenicienta - James Finn Garner

Érase una vez una joven llamada Cenicienta cuya madre natural había muerto siendo ella muy niña. Pocos años después, su padre había contraído matrimonio con una viuda que tenía dos hijas mayores. La madre política de Cenicienta la trataba con notable crueldad, y sus hermanas políticas le hacían la vida sumamente dura, como si en ella tuvieran a una empleada personal sin derecho a salario.

Un día, les llegó una invitación. El príncipe proyectaba celebrar un baile de disfraces para conmemorar la explotación a la que sometía a los desposeídos y al campesinado marginal. 

A las hermanas políticas de Cenicienta les emocionó considerablemente verse invitadas a palacio, y comenzaron a planificar los costosos atavíos que habrían de emplear para alterar y esclavizar sus imágenes corporales naturales con vistas a emular modelos irreales de belleza femenina. (Especialmente irreales en su caso, dado que desde el punto de vista estético se hallaban lo bastante limitadas como para parar un tren.) La madre política de Cenicienta también planeaba asistir al baile, por lo que Cenicienta se vio obligada a trabajar como un perro (metáfora tan apropiada como desafortunadamente denigratoria de la especie canina).

Cuando llegó el día del baile, Cenicienta ayudó a su madre y hermanas políticas a ponerse sus vestidos. Se trataba de una tarea formidable: era como intentar apelmazar cuatro kilos y medio de carne animal no humana en un pellejo con capacidad para contener apenas la mitad. A continuación, vino la colosal intensificación cosmética, proceso que resulta preferible no describir aquí en absoluto. 

Al caer la tarde, la madre y hermanas políticas de Cenicienta la dejaron sola con órdenes de concluir sus labores caseras. Cenicienta se sintió apenada, pero se contentó con la idea de poder escuchar sus discos de canción protesta.

Súbitamente, surgió un destello de luz y Cenicienta pudo ver frente a ella a un hombre ataviado con holgadas prendas de algodón y un sombrero de ala ancha. Al principio, pensó que se trataba de un abogado del Sur o de un director de banda, pero el recién llegado no tardó en sacarla de su error.

—Hola, Cenicienta, soy el responsable de tu padrinazgo en el reino de las hadas o, si lo prefieres, tu representante sobrenatural privado. ¿Así que deseas asistir al baile, no es cierto? ¿Y ceñirte, con ello, al concepto masculino de belleza? ¿Apretujarte en un estrecho vestido que no hará sino cortarte la circulación? ¿Embutir los pies en unos zapatos de tacón alto que echarán a perder tu estructura ósea? ¿Pintarte el rostro con cosméticos y productos químicos de efectos previamente ensayados en animales no humanos?

—Oh, sí, ya lo creo —repuso ella al instante.

Su representante sobrenatural dejó escapar un profundo suspiro y decidió aplazar la educación política de la joven para otro día. Recurriendo a su magia, la envolvió de una hermosa y brillante luz y la transportó hasta el palacio.

Frente a sus puertas, podía verse aquella noche una interminable hilera de carruajes: aparentemente, a nadie se le había ocurrido compartir su vehículo con otras personas. Y llegó Cenicienta en un pesado carruaje dorado que arrastraba con enorme esfuerzo un tiro de esclavos equinos. La joven iba vestida con una ajustada túnica fabricada con seda arrebatada a inocentes gusanos, y llevaba los cabellos adornados con perlas producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas. Y en los pies, por arriesgado que ello pueda parecer, llevaba unos zapatos labrados en fino cristal.

Al entrar Cenicienta en el salón de baile, todas las cabezas se volvieron hacia ella. Los hombres admiraron y codiciaron a aquella mujer que tan perfectamente había sabido satisfacer la estética de muñeca Barbie que unos y otros aplicaban a su concepto de atractivo femenino. 

Las mujeres, por su parte, adiestradas desde su más tierna edad en el desprecio de sus propios cuerpos, contemplaron a Cenicienta con envidia y rencor. Ni siquiera su propia madre y hermanas políticas, consumidas por los celos, fueron capaces de reconocerla.

Cenicienta no tardó en captar la mirada errante del príncipe, quien se encontraba en aquel momento ocupado discutiendo acerca de torneos y peleas de osos con sus amigotes. Al verla, el príncipe se sintió temporalmente incapaz de hablar con la misma libertad que la generalidad de la población. «He aquí —pensó—, una mujer a la que podría convertir en mi princesa e impregnar con la progenie de mis perfectos genes, lo que me convertiría en la envidia del resto de los príncipes en varios kilómetros a la redonda. ¡Y encima es rubia!»

El príncipe se dispuso a atravesar el salón de baile en dirección a su presa. Sus amigos siguieron sus pasos en pos de Cenicienta, y todos aquellos varones presentes en la sala que contaban menos de setenta años de edad y no estaban ocupados sirviendo copas hicieron lo propio.

Cenicienta, orgullosa de la conmoción que estaba causando, avanzaba con la cabeza alta, adoptando el porte propio de una mujer de elevada condición social. Pronto, sin embargo, resultó evidente que dicha conmoción se estaba convirtiendo en algo desagradable o, al menos, susceptible de producir disfunción social.

El príncipe había declarado de modo inequívoco a sus amigos que tenía intención de «poseer» a aquella joven mujer. Su determinación, no obstante, había irritado a sus compañeros, ya que también ellos la codiciaban y pretendían poseerla. Los hombres comenzaron a gritarse y empujarse unos a otros. 

El mejor amigo del príncipe, un duque tan robusto como cerebralmente constreñido, le detuvo a medio camino de la pista de baile e insistió en que él sería quien consiguiera a Cenicienta. La respuesta del príncipe consistió en un rápido puntapié en la ingle, lo que dejó al duque temporalmente inactivo. El príncipe, sin embargo, se vio inmovilizado por otros varones sexualmente enloquecidos y desapareció bajo una montaña de animales humanos.

Las mujeres contemplaban la escena, espantadas ante aquella depravada exhibición de testosterona, pero, por más que lo intentaron, se vieron incapaces de separar a los combatientes. A sus ojos, parecía que no era otra que Cenicienta la causa del problema, por lo que la rodearon dando muestras de una nada fraternal hostilidad. Ella trató de escapar, pero sus incómodos zapatos de cristal lo hacían casi imposible. Afortunadamente para ella, ninguna de sus rivales había acudido mejor calzada.

El estruendo creció hasta el punto de que nadie oyó que el reloj de la torre estaba dando las doce. Al sonar la última campanada, la hermosa túnica y los zapatos de Cenicienta se esfumaron y la joven se vio nuevamente ataviada con sus viejos harapos de campesina. Su madre y hermanas políticas la reconocieron de inmediato, pero guardaron silencio para evitar una situación embarazosa.

Ante aquella mágica transformación, todas las mujeres enmudecieron. Liberada del estorbo de su túnica y de sus zapatos, Cenicienta suspiró, se estiró y se rascó los costados. A continuación, sonrió, cerró los ojos y dijo:

—Y ahora, hermanas, podéis matarme si así lo deseáis, pero al menos moriré contenta.

Las mujeres que la rodeaban volvieron a experimentar una sensación de envidia, pero esta vez enfocaron la situación desde una perspectiva diferente: en lugar de perseguir venganza, comenzaron a desprenderse de los corpiños, corsés, zapatos y demás prendas que las limitaban. Inmediatamente, empezaron a bailar, a saltar y a gritar de alegría, pues se sentían al fin cómodas con sus prendas interiores y sus pies descalzos.

De haber distraído los varones la mirada de su machista orgía de destrucción, habrían podido ver a numerosas mujeres ataviadas tal y como normalmente acuden al tocador. Sin embargo, no cesaron de golpearse, aporrearse, patearse y arañarse hasta perecer todos, desde el primero hasta el último.

Las mujeres chasquearon los labios, sin experimentar remordimiento alguno. El palacio y el reino habían pasado a ser suyos. Su primer acto oficial consistió en vestir a los hombres con sus propios vestidos y afirmar ante los medios de comunicación que los disturbios habían surgido cuando algunas personas amenazaron con revelar la tendencia del príncipe y de sus amigos al travestismo. 

El segundo fue fundar una cooperativa textil destinada únicamente a la producción de prendas femeninas confortables y prácticas. A continuación, colgaron un cartel en el castillo anunciando la venta de CeniPrendas (pues así se denominaba la nueva línea de vestidos) y, gracias a su actitud emprendedora y a sus hábiles sistemas de comercialización, todas —incluidas la madre y hermanas políticas de Cenicienta— vivieron felices para siempre.

Los zapatos rojos - Hans Christian Andersen

Érase una vez una niña muy linda y delicada, pero tan pobre, que en verano andaba siempre descalza, y en invierno tenía que llevar unos grandes zuecos, por lo que los piececitos se le ponían tan encarnados, que daba lástima.

En el centro del pueblo habitaba una anciana, viuda de un zapatero. Tenía unas viejas tiras de paño colorado, y con ellas cosió, lo mejor que supo, un par de zapatillas. Eran bastante patosas, pero la mujer había puesto en ellas toda su buena intención. Serían para la niña, que se llamaba Karen.

Le dieron los zapatos rojos el mismo día en que enterraron a su madre; aquel día los estrenó. No eran zapatos de luto, cierto, pero no tenía otros, y calzada con ellos acompañó el humilde féretro.

Acertó a pasar un gran coche, en el que iba una señora anciana. Al ver a la pequeñuela, sintió compasión y dijo al señor cura:

- Dadme la niña, yo la criaré.

Karen creyó que todo aquello era efecto de los zapatos colorados, pero la dama dijo que eran horribles y los tiró al fuego. La niña recibió vestidos nuevos y aprendió a leer y a coser. La gente decía que era linda; sólo el espejo decía:

- Eres más que linda, eres hermosa.

Un día la Reina hizo un viaje por el país, acompañada de su hijita, que era una princesa. La gente afluyó al palacio, y Karen también. La princesita salió al balcón para que todos pudieran verla. Estaba preciosa, con un vestido blanco, pero nada de cola ni de corona de oro. 

En cambio, llevaba unos magníficos zapatos rojos, de tafilete, mucho más hermosos, desde luego, que los que la viuda del zapatero había confeccionado para Karen. No hay en el mundo cosa que pueda compararse a unos zapatos rojos.

Llegó la niña a la edad en que debía recibir la confirmación; le hicieron vestidos nuevos, y también habían de comprarle nuevos zapatos. El mejor zapatero de la ciudad tomó la medida de su lindo pie; en la tienda había grandes vitrinas con zapatos y botas preciosos y relucientes. 

Todos eran hermosísimos, pero la anciana señora, que apenas veía, no encontraba ningún placer en la elección. Había entre ellos un par de zapatos rojos, exactamente iguales a los de la princesa: ¡qué preciosos! Además, el zapatero dijo que los había confeccionado para la hija de un conde, pero luego no se habían adaptado a su pie.

- ¿Son de charol, no? -preguntó la señora-. ¡Cómo brillan!

- ¿Verdad que brillan? - dijo Karen; y como le sentaban bien, se los compraron; pero la anciana ignoraba que fuesen rojos, pues de haberlo sabido jamás habría permitido que la niña fuese a la confirmación con zapatos colorados. Pero fue.

Todo el mundo le miraba los pies, y cuando, después de avanzar por la iglesia, llegó a la puerta del coro, le pareció como si hasta las antiguas estatuas de las sepulturas, las imágenes de los monjes y las religiosas, con sus cuellos tiesos y sus largos ropajes negros, clavaran los ojos en sus zapatos rojos; y sólo en ellos estuvo la niña pensando mientras el obispo, poniéndole la mano sobre la cabeza, le habló del santo bautismo, de su alianza con Dios y de que desde aquel momento debía ser una cristiana consciente. El órgano tocó solemnemente, resonaron las voces melodiosas de los niños, y cantó también el viejo maestro; pero Karen sólo pensaba en sus magníficos zapatos.

Por la tarde se enteró la anciana señora -alguien se lo dijo­ de que los zapatos eran colorados, y declaró que aquello era feo y contrario a la modestia; y dispuso que, en adelante, Karen debería llevar zapatos negros para ir a la iglesia, aunque fueran viejos.

El siguiente domingo era de comunión. Karen miró sus zapatos negros, luego contempló los rojos, volvió a contemplarlos y, al fin, se los puso.

Brillaba un sol magnífico. Karen y la señora anciana avanzaban por la acera del mercado de granos; había un poco de polvo.

En la puerta de la iglesia se había apostado un viejo soldado con una muleta y una larguísima barba, más roja que blanca, mejor dicho, roja del todo. Se inclinó hasta el suelo y preguntó a la dama si quería que le limpiase los zapatos. Karen presentó también su piececito.

- ¡Caramba, qué preciosos zapatos de baile! -exclamó el hombre-. Ajustad bien cuando bailéis - y con la mano dio un golpe a la suela.

La dama entregó una limosna al soldado y penetró en la iglesia con Karen.

Todos los fieles miraban los zapatos rojos de la niña, y las imágenes también; y cuando ella, arrodillada ante el altar, llevó a sus labios el cáliz de oro, estaba pensando en sus zapatos colorados y le pareció como si nadaran en el cáliz; y se olvidó de cantar el salmo y de rezar el padrenuestro.

Salieron los fieles de la iglesia, y la señora subió a su coche. Karen levantó el pie para subir a su vez, y el viejo soldado, que estaba junto al carruaje, exclamó: - ¡Vaya preciosos zapatos de baile! -. Y la niña no pudo resistir la tentación de marcar unos pasos de danza; y he aquí que no bien hubo empezado, sus piernas siguieron bailando por sí solas, como si los zapatos hubiesen adquirido algún poder sobre ellos. 

Bailando se fue hasta la esquina de la iglesia, sin ser capaz de evitarlo; el cochero tuvo que correr tras ella y llevarla en brazos al coche; pero los pies seguían bailando y pisaron fuertemente a la buena anciana. Por fin la niña se pudo descalzar, y las piernas se quedaron quietas.

Al llegar a casa los zapatos fueron guardados en un armario; pero Karen no podía resistir la tentación de contemplarlos.

Enfermó la señora, y dijeron que ya no se curaría. Hubo que atenderla y cuidarla, y nadie estaba más obligado a hacerlo que Karen. Pero en la ciudad daban un gran baile, y la muchacha había sido invitada. Miró a la señora, que estaba enferma de muerte, miró los zapatos rojos, se dijo que no cometía ningún pecado. Se los calzó - ¿qué había en ello de malo? - y luego se fue al baile y se puso a bailar.

Pero cuando quería ir hacia la derecha, los zapatos la llevaban hacia la izquierda; y si quería dirigirse sala arriba, la obligaban a hacerlo sala abajo; y así se vio forzada a bajar las escaleras, seguir la calle y salir por la puerta de la ciudad, danzando sin reposo; y, sin poder detenerse, llegó al oscuro bosque.

Vio brillar una luz entre los árboles y pensó que era la luna, pues parecía una cara; pero resultó ser el viejo soldado de la barba roja, que haciéndole un signo con la cabeza, le dijo:

- ¡Vaya hermosos zapatos de baile!

Se asustó la muchacha y trató de quitarse los zapatos para tirarlos; pero estaban ajustadísimos, y, aun cuando consiguió arrancarse las medias, los zapatos no salieron; estaban soldados a los pies. Y hubo de seguir bailando por campos y prados, bajo la lluvia y al sol, de noche y de día. ¡De noche, especialmente, era horrible!

Bailando llegó hasta el cementerio, que estaba abierto; pero los muertos no bailaban, tenían otra cosa mejor que hacer. Quiso sentarse sobre la fosa de los pobres, donde crece el amargo helecho; mas no había para ella tranquilidad ni reposo, y cuando, sin dejar de bailar, penetró en la iglesia, vio en ella un ángel vestido de blanco, con unas alas que le llegaban desde los hombros a los pies. Su rostro tenía una expresión grave y severa, y en la mano sostenía una ancha y brillante espada.

- ¡Bailarás -le dijo-, bailarás en tus zapatos rojos hasta que estés lívida y fría, hasta que tu piel se contraiga sobre tus huesos! Irás bailando de puerta en puerta, y llamarás a las de las casas donde vivan niños vanidosos y presuntuosos, para que al oírte sientan miedo de ti. ¡Bailarás!

- ¡Misericordia! - suplicó Karen. Pero no pudo oír la respuesta del ángel, pues sus zapatos la arrastraron al exterior, siempre bailando a través de campos, caminos y senderos.

Una mañana pasó bailando por delante de una puerta que conocía bien. En el interior resonaba un cantar de salmos, y sacaron un féretro cubierto de flores. Entonces supo que la anciana señora había muerto, y comprendió que todo el mundo la había abandonado y el ángel de Dios la condenaba.

Y venga bailar, baila que te baila en la noche oscura. Los zapatos la llevaban por espinos y cenagales, y los pies le sangraban.

Luego hubo de dirigirse, a través del erial, hasta una casita solitaria. Allí se enteró de que aquélla era la morada del verdugo, y, llamando con los nudillos, al cristal de la ventana dijo:

- ¡Sal, sal! ¡Yo no puedo entrar, tengo que seguir bailando! El verdugo le respondió:

- ¿Acaso no sabes quién soy? Yo corto la cabeza a los malvados, y cuido de que el hacha resuene.

- ¡No me cortes la cabeza -suplicó Karen-, pues no podría expiar mis pecados; pero córtame los pies, con los zapatos rojos!

Reconocía su culpa, y el verdugo le cortó los pies con los zapatos, pero éstos siguieron bailando, con los piececitos dentro, y se alejaron campo a través y se perdieron en el bosque.

El hombre le hizo unos zuecos y unas muletas, le enseñó el salmo que cantan los penitentes, y ella, después de besar la mano que había empuñado el hacha, emprendió el camino por el erial.

- Ya he sufrido bastante por los zapatos rojos -dijo-; ahora me voy a la iglesia para que todos me vean-. Y se dirigió al templo sin tardanza; pero al llegar a la puerta vio que los zapatos danzaban frente a ella, y, asustada, se volvió.

Pasó toda la semana afligida y llorando amargas lágrimas; pero al llegar el domingo dijo:

- Ya he sufrido y luchado bastante; creo que ya soy tan buena como muchos de los que están vanagloriándose en la iglesia -. Y se encaminó nuevamente a ella; mas apenas llegaba a la puerta del cementerio, vio los zapatos rojos que continuaban bailando y, asustada, dio media vuelta y se arrepintió de todo corazón de su pecado.

Dirigiéndose a casa del señor cura, rogó que la tomasen por criada, asegurando que sería muy diligente y haría cuanto pudiese; no pedía salario, sino sólo un cobijo y la compañía de personas virtuosas. La señora del pastor se compadeció de ella y la tomó a su servicio. 

Karen se portó con toda modestia y reflexión; al anochecer escuchaba atentamente al párroco cuando leía la Biblia en voz alta. Era cariñosa con todos los niños, pero cuando los oía hablar de adornos y ostentaciones y de que deseaban ser hermosos, meneaba la cabeza con un gesto de desaprobación.

Al otro domingo fueron todos a la iglesia y le preguntaron si deseaba acompañarlos; pero ella, afligida, con lágrimas en los ojos, se limitó a mirar sus muletas. Los demás se dirigieron al templo a escuchar la palabra divina, mientras ella se retiraba a su cuartito, tan pequeño que no cabían en él más que la cama y una silla. Sentóse en él con el libro de cánticos, y, al absorberse piadosa en su lectura, el viento le trajo los sones del órgano de la iglesia. Levantó ella entonces el rostro y, entre lágrimas, dijo:

- ¡Dios mío, ayúdame!

Y he aquí que el sol brilló con todo su esplendor, y Karen vio frente a ella el ángel vestido de blanco que encontrara aquella noche en la puerta de la iglesia; pero en vez de la flameante espada su mano sostenía ahora una magnífica rama cuajada de rosas. 

Tocó con ella el techo, que se abrió, y en el punto donde había tocado la rama brilló una estrella dorada; y luego tocó las paredes, que se ensancharon, y vio el órgano tocando y las antiguas estatuas de monjes y religiosas, y la comunidad sentada en las bien cuidadas sillas, cantando los himnos sagrados. 

Pues la iglesia había venido a la angosta habitación de la pobre muchacha, o tal vez ella había sido transportada a la iglesia. Encontróse sentada en su silla, junto a los miembros de la familia del pastor, y cuando, terminado el salmo, la vieron, la saludaron con un gesto de la cabeza, diciendo:

- Hiciste bien en venir, Karen. -Fue la misericordia de Dios ­dijo ella.

Y resonó el órgano, y, con él, el coro de voces infantiles, dulces y melodiosas. El sol enviaba sus brillantes rayos a través de la ventana, dirigiéndolos precisamente a la silla donde se sentaba Karen. El corazón de la muchacha quedó tan rebosante de luz, de paz y de alegría, que estalló. Su alma voló a Dios Nuestro Señor, y allí nadie le preguntó ya por los zapatos rojos.