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El arquillo del aquelarre

Mathieu Wilmart era, sin lugar a dudas, el mejor violinista de la pequeña ciudad y del país de Bouillon. Desde varios lustros, su violón hacía bailar, en diez leguas a la redonda, a los recién casados y a sus invitados; siempre era él quien en las fiestas populares atraía el mayor número de parejas, de jóvenes y viejos, con su melodía simple y seductora. En las fiestas familiares sabía hacer reír o llorar a los que le escuchaban, haciendo vibrar su instrumento como un mago; además, era muy popular y gozaba de la simpatía de todo el mundo.

Era el 15 de diciembre del año de gracia 1450. En la granja del molino Hideux, en Noirefontaine, se celebraba un gran banquete en ocasión de la boda de la hija mayor con un poderoso granjero de Curfooz. Había un gran número de invitados, abundaba comida y bebida y reinaba la alegría.

Al terminar la comida se iniciaron los preparativos para el baile. Los bailes, para todos los gustos, se sucedieron sin descanso, y la fiesta se prolongó hasta la madrugada; ya era muy tarde cuando nuestro músico, cansado, determinó marcharse a su casa.

Se hicieron esfuerzos inimaginables para disuadirlo. Unos porque su partida significaba el fin de las canciones y los bailes; otros por piedad y consideración hacia este hombre de avanzada edad que debía recorrer un largo camino antes de llegar a su destino.

–Quedaos, padre Mathieu –le decía uno–; el viento sopla del Norte e hiela hasta las piedras, y el bosque que debéis atravesar no es de fiar; sin contar los lobos y los jabalíes, están los salteadores. Y dicen que los brujos celebran en él su aquelarre.

Pero todo fue inútil. Mathieu había prometido volver hacia la medianoche y quería, a toda costa, mantener su palabra.

–Llevo una excelente provisión de vino en el estómago –replicó el testarudo ardenés–. Con mi esclavina forrada y mi bastón, desafío a lobos y a ladrones. En cuanto a las brujas o diablos, si acaso me los encuentro, los haré bailar al son de mi violón. ¡Y sea lo que Dios quiera!

Los jóvenes se reían de esta salida, mientras otros criticaban su testarudez. Insistieron hasta el final, pero fue inútil. Entonces quisieron que le acompañara el mozo, pero él se negó rotundamente, alegando que no temía a nada ni a nadie.

Acto seguido, Mathieu se envolvió cuidadosamente en su amplia capa, se ciñó su instrumento a la espalda, en bandolera, cogió su nudoso bastón, saludó cordialmente a los invitados y se marchó con la sonrisa en los labios.

Con paso firme se dirigió a Bouillon. El cielo estaba bastante estrellado y el viento había disminuido. Sólo hacía un poco más de un cuarto de hora que andaba, cuando el cielo se cubrió repentinamente de opacas y amenazadoras nubes, que sumieron la tierra en una casi total oscuridad. Entonces el músico empezó a arrepentirse de haber rechazado el cómodo albergue que le habían ofrecido y que tan soberbiamente había rechazado. 

Por un momento deseó volver sobre sus pasos, pero era demasiado orgulloso para reconocer que había tenido miedo. ¡Ah!, sí, se reirían de él, se burlarían... No, esto no podía ser. Y a pesar de la progresiva oscuridad, apretó el paso, con la mirada fija al frente, marchando al compás, con la cabeza erguida, confiado y resuelto... Pero no tardó en darse cuenta, para su mayor sorpresa, de que se había equivocado de camino. 

¡Esto ya era el colmo! ¿Y qué hacer? ¿Continuar o volver atrás? Continuar sólo serviría para perderse aún más; envolverse en su capa y acostarse bajo un árbol no le parecía seguro; podían comérselo las alimañas o morirse de frío. Los copos de nieve caían aquí y allá... Pero mientras, apoyado con las dos manos en su grueso bastón, Mathieu sufría una penosa ansiedad, he aquí que de pronto vislumbró una tenue luz en la lejanía.

«¡Ah, debe de ser una cabaña de leñador!», se dijo, con nuevos ánimos. E inmediatamente quiso encaminarse en aquella dirección; pero apenas había dado tres pasos, la luz desapareció. Se paró, golpeó el duro suelo con su bastón herrado y profirió un horrible reniego que resonó lúgubremente en el silencio sepulcral de la inmensa y desierta campiña. Y entonces volvió a aparecer la luz. Después de unos segundos de duda, Mathieu decidió proseguir, con la mirada obstinadamente fija sobre el tan codiciado objeto.

Sólo se oía el rechinar de sus pasos en la reciente capa de nieve. El camino le pareció desmesuradamente largo, y sólo después de muchos esfuerzos y peligrosísimos saltos, logró llegar al Camp des Montagnards, lugar donde se encontraba la luz hacia la que se dirigía con tanto esfuerzo desde hacía tantas horas... 

Pero su sorpresa fue enorme cuando de pronto se encontró ante un castillo de magnífico aspecto y del que nunca había oído hablar... Con sus ojos desmesuradamente abiertos miraba, miraba... Y vio pasar las elegantes siluetas de los bailarines ante las cortinas de las amplias ventanas, muy iluminadas, como negras sombras, movidas por una seductora melodía. De vez en cuando llegaban a sus oídos zumbantes ruidos de voces. Y miraba, miraba sin cesar, plácido, lleno de estupor y de temor... Al fin, sin poder contenerse más, decidió satisfacer su exacerbada curiosidad.

Después de dar varias vueltas al inmenso edificio, ya desesperaba de encontrar la puerta de entrada cuando se le apareció un viejo, que de repente se puso a tocar la trompeta. Un puente levadizo, que Mathieu no había visto hasta aquel momento, bajó inmediatamente; el violinista, respondiendo a la invitación del viejo, penetró en la mansión totalmente iluminada.

Había una multitud de hombres y mujeres de todas las edades, ricamente vestidos y adornados con carísimas joyas. Unos participaban en una suntuosa comida mientras otros jugaban a las cartas, al dominó, o a algún otro juego de azar; no obstante, la mayor parte bailaba incansablemente en una inmensa sala, decorada con gran lujo e inundada por una resplandeciente luz. 

Una música hechizadora marcaba el paso de los bailarines. Reinaba una gran animación en todas partes; gritos de alegría y comunicativas risas llenaban el aire perfumado de las distintas salas que se comunicaban entre sí.

Mathieu estaba allí, clavado en su sitio, inmóvil como una estatua, maravillado por todo aquel lujo que lo transportaba hasta enmudecerlo, cuando vio que se acercaba a él un hombre de elevada estatura, de mediana edad y simpática apariencia, que le preguntó qué deseaba. Balbuceó algunas palabras; luego, con voz dudosa que ponía en evidencia su azoramiento, dijo:

–Señor del castillo, soy un pobre músico perdido en el bosque; dignaos permitirme pasar la noche en un rincón de vuestra mansión; me marcharé al amanecer.

La persona a la que Mathieu había dirigido su ruego con tanta humildad, accedió con un simple movimiento de cabeza. Con una señal indicó a un paje que tomara el violón del músico y lo colgara de un clavo de oro que brillaba sobre el rico tapiz de la sala de baile. Este personaje, de misterioso aspecto, sonreía de un modo extraño, y allí donde su mano tocó el instrumento, ennegreció instantáneamente, como si esa mano, a pesar de su finura y lozanía, hubiese sido de fuego.

Impulsado por una irresistible curiosidad, Mathieu Wilmart empezó a examinar el lugar donde se encontraba; pero en vano intentó reconocer a alguno de los personajes que le rodeaban. Al parecer, nadie se preocupaba de su presencia insólita, en este ambiente tan elegante como ruidoso. Escuchaba, escuchaba... Miraba, miraba... 

Y entonces descubrió, no lejos de él, sobre una mesa dorada, un violón que en nada se parecía al suyo, pues era incomparablemente más bello: una forma impecable, madera reluciente, adornos de plata y piedras preciosas. Y en seguida sintió un incontenible deseo de utilizarlo. 

Se apropió del instrumento y se dirigió, fuera de sí, hacia el estrado en que estaban los músicos –violinistas como él–, que tocaban a las mil maravillas, sin interrupción, las melodías más endiabladas. Pero cuál sería su sorpresa al reconocer entre ellos a un amigo, muerto hacía ya treinta años, que le había dado las primeras lecciones de violón.

–¡Virgen Santa, apiadaos de mí! –gritó.

Y en el mismo instante, los músicos, los bailarines, los jugadores y el mismísimo castillo, todo desapareció ante sus confusos ojos.

Cuando a la mañana siguiente, los invitados del Moulin Hideux que, por prudencia, habían aplazado su partida, volvían a sus casas, encontraron a Mathieu Wilmart tendido sin conocimiento al pie de un enorme abeto.

–El padre Mathieu no escogió un lugar muy agradable para dormir–, no pudo aguantarse de comentar un inveterado bromista.

–Es muy original –dijo otro.

–Sin duda alguna –observó un tercero.

–Y un hombre precavido –añadió el cuarto–. Fijaos, llevaba consigo dos arquillos de violón, para no quedarse sin poder tocar si se le rompía uno de ellos.

Le friccionaron luego, después de levantarlo con mucha precaución, le dieron un poco de aguardiente. Poco a poco volvió en sí, abrió con esfuerzo los ojos, y al fin, se dio cuenta de la situación. Atribuyó al frío intenso la causa de su accidente, pero se guardó muy bien de mencionar las visiones infernales que había tenido. Juntos se dirigieron hacia Bouillon, donde se despidieron como buenos amigos.

Cuando llegó a su casa, Mathieu examinó detenidamente el arquillo que había llegado a su poder de una manera tan extraña. Un escalofrío sucedió a un sentimiento de terror, al constatar que este arquillo era un hueso humano trabajado con gran meticulosidad. 

Pero su sorpresa fue absoluta al leer sobre los ricos adornos de plata, el nombre de un habitante de Bouillon, considerado, y con justo título, como una persona que echaba maleficios, es decir, un brujo. Un malestar inexplicable se apoderó de todo su ser. Se tomó una tisana caliente de plantas y raíces, se echó en su camastro, y esperó que anocheciera...

Al atardecer se fue por caminos apartados, a casa de este hombre de mala reputación, que vivía en la colina de Auclin. Con el corazón, que le saltaba del pecho, abrió la ruinosa puerta que cedió sin resistencia alguna. Al ver al que buscaba le dijo, saludándolo con voz muy queda, como la de un niño asustado:

–Compadre, aquí traigo un arquillo que os pertenece, creo; me imagino que lo habéis perdido en alguna gira.

–¡Ah! –dijo Durand, con la boca muy abierta.

–Lo encontré por casualidad, y os lo devuelvo.

–¡Ah! –repitió el viejo brujo, aceptando el objeto.

Y permaneció unos instantes sin pronunciar una palabra, tanta era su emoción. Hizo un esfuerzo para dominarse y dijo al fin, con una voz ligeramente velada:

–¡Oh, oh! Mathieu, la pasada noche debisteis descubrir cosas muy singulares y... una palabra sobre ello... me haría mucho daño...

–¡Dios no quiera que yo hable de ello, compadre!

–Mathieu, sois un gran hombre. Hacéis bien en guardar silencio; pues si me quemasen vivo, cosa que seguramente ocurriría si se enterasen de que me visteis... donde, bien lo sabéis, también podrían iros mal las cosas.

Mathieu, un poco confuso, quiso marcharse, pero Durand lo llamó y, acercándose a su oído derecho, murmuró con voz muy baja:

–Decidme, Mathieu: ¿quiénes son vuestros enemigos? Esta noche echaré un maleficio sobre sus animales, o incluso les puedo contagiar a ellos mismos alguna enfermedad depresiva que acabará con ellos para siempre.

–No tengo enemigos –contestó tímidamente Wilmart–, y Dios no quiera que desee el mal del prójimo.

–Entonces, ¿en qué puedo seros útil? Decidme, os escucho, estoy a vuestras órdenes, Mathieu.

–¡En nada! –contestó resuelto el violinista, que maquinalmente se dirigió hacia la puerta: se ahogaba.

–Hablad con franqueza, Mathieu: ¿Qué queréis de mí? Como recom...

–Nada, Durand, absolutamente nada, os lo repito. No obstante, me siento muy feliz de poder devolveros un arquillo tan bello.

–Un arquillo extraordinario, este arquillo del aquelarre. Pero debo regalaros algo, un don, padre Mathieu, como recompensa por vuestro servicio.

Mathieu Wilmart iba a protestar, explicando su desinterés, cuando una voz misteriosa dijo: «Dale esta bolsa». Y al instante, apareció un hombre de siniestro aspecto, que no estaba en casa del brujo cuando llegó Mathieu. El violinista quiso huir, pero una fuerza invencible le retuvo; sus piernas temblaban y su frente se cubrió de sudor.

–Acepta –le dijo Durand.

–Sin duda será alguna obra de los malos espíritus –objetó con timidez el violinista.

–Es un talismán –respondió el desconocido, con una cierta arrogancia–. Un talismán que puede utilizarlo sin temor un cristiano.

Mathieu permaneció mudo e inmóvil; un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

–Dale esta bolsa –prosiguió Durand–. Le gustará hurgar en ella, pues siempre contendrá seis libras parisis, de gran valor.

–Si esta bolsa es obra del diablo, ¡que sea condenado! –añadió el extraño personaje, riendo amargamente.

Estas palabras parecieron convencer y tranquilizar a Mathieu Wilmart, que alargó una mano temblorosa y aceptó el tentador presente. Luego, envolviéndose en su amplia esclavina, huyó como un malhechor en el crepúsculo.

Mathieu Wilmart, que finalmente había sucumbido a la tentación, tantas veces hurgó en la bolsa maravillosa, que en poco tiempo se convirtió en propietario de una bonita casa y se puso a vivir como un rico burgués. Nada jactancioso, ¡no, eso no!, pero algo orgulloso, es decir, un poco vanidoso... No obstante, continuaba haciendo bailar a las gentes en las fiestas y festines; sólo que ahora poseía una mula para sus desplazamientos y un criado que le llevaba su violón.

Sin embargo, la nueva manera de vivir del violinista excitó algunos celos en la pequeña ciudad de Bouillon y provocó miles de habladurías contradictorias... Inacabables chismes circularon por la plaza para extenderse más allá... Se discutió, se insinuó... Y la versión más extendida era que Mathieu Wilmart había encontrado un tesoro que escondía en algún lugar secreto. Pero nadie osaba hablarle de ello, ni tan sólo aludir a la nueva situación, pues todos lo querían.

No obstante, Mathieu tenía cuatro sobrinos, que eran hermanos, con los que no tenía ninguna relación debido a su conducta. Bebedores infatigables y vagos incorregibles, vivían de la rapiña y de otros medios de existencia no menos condenables. Un día que estaban de juerga, la conversación recayó sobre la fortuna de su tío, y el mayor dijo:

–El tío Mathieu es rico, todos lo sabemos; y sólo nosotros podemos heredar su fortuna. Lo que pasa es que no parece querer «reventar». Los tiempos son duros..., ¿no es cierto? Entonces...

–¿Entonces...? Pues bien, hagámoslo «reventar» –dijo uno de ellos, sonriendo.

–¿Y por qué no? –añadió el más cínico de los cuatro.

–Por supuesto, si no quiere morir amablemente... –añadió el más joven.

Y la conversación que había empezado en un tono de broma macabra, tomó otro cariz: matarían al tío Mathieu, sin más.

Enterándose de que un sábado por la noche debía ir a La Grenelle, le fueron a esperar al borde del bosque: el violinista no pudo evitar el destino. Cuando llegó a una peligrosa encrucijada, los cuatro tunantes salieron de su escondite y se echaron a la vez sobre su víctima, que pereció en pocos segundos... Pero apenas habían empezado a vaciar sus bolsillos, un individuo de siniestro aspecto apareció de repente, se lanzó sobre el cuerpo, sacó de la alforja una pequeña bolsa y desapareció diciendo:

–Este es el fruto de mis dones.

Una risa siniestra, estridente, execrable, siguió a estas palabras.

Los asesinos de Mathieu Wilmart fueron muy pronto apresados y juzgados. Se dice que el preboste de justicia les hizo colgar de los árboles detrás de los que se habían escondido: de aquí viene que este lugar fuera denominado por mucho tiempo: «La encrucijada de los cuatro hermanos».

Pobre Manolito - Elvira Lindo

 El nene no está calvo

Mis amigos nunca lo confesarán, pero sé que me envidian. Me envidian por el camión tan grande que tengo y me envidian porque cuando mi padre vuelve los viernes de sus largos viajes, nada más entrar en mi calle, hace sonar dos veces la bocina para anunciarnos su llegada, así que nos enteramos nosotros, pero también se entera todo el barrio.

Lo que más mola es que hay una regla sagrada por la cual mi madre nos tiene que dejar bajar a recibirle sea la hora que sea. Te puede pillar en el wáter, cenando o en la bañera, da igual, hay que echar a correr escaleras abajo y llegar a tiempo para abrirle la puerta del camión y lanzarte a su cuello sin piedad. Mi padre sube los tres pisos con nosotros colgando y diciendo:

—Me vais a matar, ¿qué os da de comer tu madre que cada día estáis más gordos?

El otro día la bocina de mi padre hizo temblar mi barrio a la una de la madrugada. Yo me desperté y me levanté de un salto y me puse las zapatillas en chancleta. Mi madre no me quería dejar bajar porque decía que a esas horas no estaba bien que un niño anduviera por la calle. Yo me puse en la puerta medio llorando y me hubiera puesto de rodillas si hubiera sido necesario:

—¡Si él ha tocado la bocina es que quiere que bajemos!

Mi abuelo gritó desde la cama, con su voz sin dentadura:

—¡Deja que el chiquillo baje a ver a su padre, qué ganas tienes de decirle siempre a todo que no!

Con el grito de mi abuelo el Imbécil se puso a llorar como un energúmeno desde su cuna de bebé gigantesco. Como mi madre no quería sacarlo, él se tiró en picado al suelo. Mientras se tocaba la frente con la mano por el coscorrón que se había dado empezó a señalarme:

—¡El nene quiere con Manolito!

Y por miedo a sus llantos incontrolados nocturnos (tenemos noticias de que se han llegado a oír en Carabanchel Bajo) mi madre nos puso las cazadoras encima del pijama y nos dejó echar a correr. La Luisa, que siempre está alerta por si acecha el enemigo, salió cuando pasábamos por su descansillo:

—¿Y cómo os deja tu madre salir a estas horas?

—Porque su padre es un liante y les toca la bocina —dijo mi madre, asomándose.

—Pues hay niños que han sido raptados en el mismo portal de su casa.

Desde abajo oímos al vecino del cuarto que gritaba:

—A éstos no los aguanta un secuestrador ni una hora. ¿Es que no se puede hacer menos ruido bajando las escaleras?

—¡A dormir, tío pesao! —le dijo la Luisa.

—¡Cómo voy a dormir, señora, si tiene usted abierta la portería las veinticuatro horas!

Como salimos a la calle ya no pude oír más, pero creo que la Luisa le decía que se estaba confundiendo, que la portería la debía tener su madre.

Mi padre ya había aparcado el camión y nos alumbró con las luces. Las luces del camión de mi padre pueden llegar a alumbrar toda la Gran Vía, eso está demostrado ante notario. Abrió la puerta y lo de siempre: nos lanzamos a él como dos garrapatas y así subimos, cada uno colgado en un brazo.

Mi padre olía al camión Manolito y a sudor. La pena es que cuando llega a casa se ducha y ya no huele a bienvenida, que es el olor que a mí me gusta.

Mi madre intentó descolgarnos del cuello de mi padre. Nos decía que ya era muy tarde para que estuviéramos levantados, pero nosotros nos dimos perfecta cuenta de que lo que quería era quedarse a solas con él. Lo quiere todo para ella. Pero fue imposible: nosotros lo habíamos cazado primero. No pensábamos renunciar ni un minuto a nuestra presa: el gran elefante blanco. Así que no les quedó más remedio que admitirnos en la comida. Era la una y media cuando mi madre se puso a hacerle la cena. Con el chisporrotear de los huevos mi abuelo se levantó. Ese sonido es para él como un despertador. Oye el chisporroteo y se va a la cocina y se apalanca en una silla y lo que le pongan delante lo moja en pan y se lo come. Mi madre le dijo:

—Papá, que ya cenaste hace dos horas huevos fritos.

—¿Qué quieres, que me esté en la cama mientras vosotros estáis aquí comiendo a mis espaldas? —mi abuelo se puede poner muy dramático cuando hay huevos fritos por medio.

—Pero si el único que va a cenar es Manolo...

—El nene quiere como el Abu (el Abu es mi abuelo) —dijo el Imbécil dejando el chupete encima de la mesa como primera medida para ponerse a engullir.

—¿Y por qué no haces huevos para todos? Que estoy harto de cenar solo toda la semana —ése es mi padre, el de las grandes ideas.

—¿A las dos de la madrugada?

—Eso tiene buen arreglo, se desayuna a las doce del mediodía mañana y sanseacabó —dijo mi abuelo.

Al momento llamó la Luisa en bata al timbre preguntando que a qué venía ese jaleo, que si había ocurrido algo. A los cinco minutos ya estaba mojando trocitos de pan en los huevos de los demás. Bernabé subió a buscarla y ella le calló metiéndole un trozo de pan en la boca. Nos comimos una barra entre todos, sin contar, claro está, con el Imbécil. Él no utiliza pan para mojar: moja con el chupete. Lo hace para distinguirse.

—¡Qué ricos estaban los huevos, Catalina! —dijo mi abuelo antes de volverse a la cama, y siguió hablando solo por el pasillo—. ¡Qué buena idea esa de comer huevos de madrugada! No tienes ni que ponerte la dentadura. Es una experiencia que tengo que repetir.

Cuando acabamos de cenar mi padre nos hizo la inspección. Nos la hace todos los viernes: el Imbécil y yo nos colocamos muy rectos con la espalda pegando a la puerta de la cocina y nos hace una señal con lápiz a ver si hemos crecido en el tiempo que él ha estado fuera. Tenemos que andarnos con ojo porque en cuanto nos despistamos el Imbécil se pone de puntillas. Últimamente yo estoy muy preocupado porque la distancia entre la raya del Imbécil y la mía es cada vez más pequeña. La verdad, no me haría ninguna gracia tener un hermano pequeño más alto que yo. Qué vergüenza. No podría ni salir a la calle. Y, de vez en cuando, como ocurrió la otra noche, nos dice las palabras mágicas:

—A estos niños hay que pelarlos.

En cuanto el pelo nos tapa un poco las orejas nos lleva el sábado a su peluquero, al señor Esteban.

Mi padre dice que el señor Esteban es un maestro de la tijera. El señor Esteban tiene parkinson, pero nunca le ha cortado a nadie ni una oreja ni dos. Su tijera se acerca temblorosa a la cabeza de un bebé con tres pelos o de un viejo con tres pelos. El bebé llora aterrado, el viejo cierra los ojos y dice las que cree que serán sus últimas palabras. La gente en la barbería contiene el aliento y traga tres litros de saliva por cabeza. ¿Y qué es lo que sucede? No sucede nada. Mi abuelo dice que es un corte de pelo con emoción y suspense y que eso también se paga.

A la mañana siguiente mis padres se fueron a tomar su vermú de los sábados al Tropezón. Mi padre dijo:

—Dentro de media hora bajáis y nos vamos al señor Esteban.

Entonces fue cuando a mí se me ocurrió la gran idea del siglo XX: les ahorraría a mis padres el dinero del pelado del Imbécil. Al fin y al cabo para los pocos pelos que tiene... Sería una gran sorpresa; diría todo el mundo:

—¡Qué bien le ha dejado el señor Esteban la cabeza al nene!

—No ha sido el señor Esteban —diría mi madre—, ha sido mi Manolito.

Metí al Imbécil al wáter conmigo y le senté en un taburete. Le consulté primero, claro, no me gusta forzar a nadie:

—¿Quiere estar el nene guapo?

—El nene guapo.

Esto quiere decir que dio su consentimiento. Es que su lenguaje sólo lo entendemos los expertos.

Entonces empezó la operación; quise que todo fuera perfecto: cogí una toalla y se la puse como una capa, luego le di una revista de mi madre y se la abrí por el reportaje del romance de Melanie Griffith y Antonio Banderas. Le debió gustar mucho porque ya no se movió de esa página. De vez en cuando señalaba a Melanie y decía:

—La Luisa.

Más que un gran fisonomista es un optimista.

Había llegado el momento de la verdad: cogí las tijeras y empecé mi obra de arte. Primero le fui quitando todos los rizos de atrás; eso sí, quería dejarle una coletilla como la que llevaba Yihad el año pasado. La coletilla, en vez de quedarme abajo en la nuca, me quedó muy arriba. Lo miré: por un momento me pareció un Hare-krishna. Bueno, no tenía importancia. Seguí con la parte de delante. Le quité un cacho de flequillo por un lado, luego otro cacho por el otro. No sé por qué nunca me quedaba igualado, así que tenía que cortar ahora a un lado y luego al otro, así muchas veces. Hasta que no pude seguir porque ya no le quedaba pelo. Qué raro estaba: calvo con la coletilla por detrás, calvo por delante, y por en medio su pelo de siempre. Tuve que ponerme con la parte central hasta que inexplicablemente lo dejé calvo también por ahí. Lo único que sobresalía de su cabeza era el rizo aquel. De pronto el rizo en aquella cabeza rosa me pareció el rabo de un cerdito. No se puede decir que estuviera guapo. Estaba... original.

—¿Te gusta? ¿A que el nene está muy fresquito?

El Imbécil abandonó por un momento a Melanie para mirarse en el espejo:

—El nene está calvo.

—No está calvo, mira...—le di un espejo pequeño para que se mirara por detrás, como hacen en las peluquerías, y le enseñé su rabillo. Se lo miró una y otra vez con mucho detenimiento. Finalmente, dio su aprobación:

—El nene guapo.

Le encantó. Menos mal, es un niño muy exigente. Pero yo no las tenía todas conmigo. Estaba temiendo que otras personas no valorasen la originalidad del peinado. Esas otras personas a las que yo estaba temiendo nos estaban esperando en el portal. Eran... mis padres.

Mi madre se quedó con la boca abierta.

El Imbécil se dio una vuelta completa y dijo cogiéndose la coletilla:

—El nene no está calvo, el nene guapo.

—Y... fresquito —dije yo con una de esas sonrisas que nadie te agradece.

Las consecuencias de mi corte de pelo fueron terribles: me castigaron sin salir toda la tarde del sábado y sin ver la tele. Pero eso no fue lo peor, eso lo hubiera soportado con resignación. Lo peor fue que al Imbécil mi madre le cortó su coletilla de monje tibetano y no paró de llorar, no paró de llorar hasta que se acostó por la noche. Y no exagero.