—No te creo.
—Pues debes.
—No.
—Lo harás —insistió Nellie—. La prueba
será un viaje en autobús.
—Yo tengo la lista de precios —dijo
Willie. Sus ojos relucían—, y pagaré nuestro viaje, pues no te creo, y haré que
digas que no está allí.
—Está.
—Demuéstralo.
—Sólo hay una manera.
—Una manera —canturreó Willie—. Una
manera —repitió, haciendo rodar las palabras por su lengua, sobre sus labios, y
lanzándolas por último a la atmósfera.
Los ojos de Nellie estaban ensombrecidos
en contraste con los suyos jóvenes.
—Lo demostraré —dijo ella, con frialdad.
—Lo harás —coreó Willie.
Después de que Willie fuese al baño (él
siempre tenía que ir al baño), salieron de la casa. Se pusieron gruesos abrigos
de invierno, espesas manoplas y negras botas brillantes, y se escurrieron de la
casa por la puerta trasera, sigilosamente. La madre debía de estar en la parte
delantera, junto a la cálida luz del televisor, contemplando sus soporíferas
óperas.
—Tenemos dos horas —dijo Willie, en un
tono que en realidad no daba a entender de cuánto tiempo disponían.
—Nos sobra tiempo —añadió Nellie.
El autobús del sábado llegaba tarde. Se
detuvieron ante la segunda parada para que ni la madre ni ninguna de sus amigas
los pudiesen reconocer. Willie palpó con sus dedos el monedero dentro de su
bolsillo, corrió la cremallera que liberaba el dinero, y la volvió a cerrar.
Pateó el suelo debido al frío. Nellie permanecía rígida, su anorak de un azul
vivo le daba las dimensiones de un hombre de las nieves. Sus ojos estaban
semiocultos por el gorro, que se había calado hasta las orejas, y evitaba la
mirada de Willie.
—Él no está allí —dijo Willie en un tono
de voz lento e irritante.
—Sí que está —le replicó Nellie entre
sus dientes, que le castañeteaban violentamente.
—Todo fue un sueño.
—Lo vi ayer, cuando pasamos con el
autobús escolar —le contestó Nellie con rudeza—. Lo vi con tanta claridad como
tus labios. Él estaba allí, parado en el porche de su casa, y me vio cuando el
autobús pasó por delante.
—Lo soñaste.
—No.
—Nunca encontrarás la casa.
—La grabé en mi mente.
—¡Bah! —dijo.
Ella se volvió para golpearle, pero él
evitó con agilidad su acometida, haciendo que todavía se enfureciese más.
—No existe —dijo él, sacudiendo su mano
ante ella en un gesto de negación.
Ella tomó un puñado de nieve y se lo
tiró a él con rabia.
—Ya lo verás todo enterito.
Permanecieron callados sobre la nieve,
esperando el autobús, golpeándose los cuerpos para ahuyentar el frío. La
temperatura había descendido. La luz relucía brillante sobre la nieve. De no
haber estado tan habituados a ella, el resplandor les hubiese dañado los ojos.
—No te creo —dijo Willie.
En aquel momento llegó el autobús.
Subieron resoplando, y Willie sacó su
monedero, depositando el dinero sobre la palma de su mano. Tenía lo justo. Por
unos instantes, retuvo una moneda, esperando que fuese suficiente, y luego la
depositó en la bandeja, sonriendo al conductor. Éste no le devolvió la sonrisa.
Se desplazaron hasta el centro del vehículo, eligiendo dos asientos en el lado
que Nellie dijo que era el adecuado.
—¿Y por qué no en el otro lado? De todas
maneras, tampoco vamos a ver la casa.
—Siéntate —dijo Nellie.
El autobús era cálido. Se distrajeron
contemplando las formas de la nieve en el exterior. Willie observó las casas
conforme iban pasando. Parecían sueños envueltos en la niebla. Lo que más le
atraía eran los conos de agua helada que pendían de los alerones de los
tejados. Algunos colgaban de tal manera que casi tocaban a sus simétricos que
se elevaban desde el suelo.
—Brrr —gruñó Nellie, contemplando la
misma escena a través del círculo que había abierto en el entelado cristal de
la ventanilla.
—Es precioso —dijo Willie, volviéndose
hacia ella.
—Brrr —dijo ella de nuevo,
provocándolo—. Eres demasiado joven para entender lo que el frío significa.
Él se encogió de hombros y se volvió,
admirando el multicolor resplandor del hielo sobre un grupo de casas. En su
mente, todo el mundo se convirtió en una bola de nieve.
—Ahí está —gritó Nellie de repente,
dándole una enérgica sacudida—. Eso es.
Willie siguió con su mirada el dedo de
ella, allá donde éste le indicaba a través del espacio abierto en el vaho que
empañaba la ventanilla.
—Sigo sin creérmelo —dijo, pero su voz
era un susurro y sabía que estaba mintiendo.
Allí había una casa distinta de las
otras; se elevaba solitaria, con un espacio abierto a ambos lados. Aunque
rodeada de bloques de viviendas, se vislumbraba con singularidad. Parecía una
casa encantada; sus ventanas conformaban un rostro, y la entrada, amplia de
extremo a extremo, era la boca. La casa permanecía enigmática y solitaria y,
allí, cubierta de nieve, daba una sensación de respeto, cual si fuera una gran
araña blanca.
—Haré que me creas —dijo Nellie.
Estaba tratando de alcanzar el tirador
que daba la señal de parada al autobús, cuando la mano de Willie tomó la suya.
Él quería detenerla. Deseaba permanecer allí, dentro del cálido autobús,
contemplando el mundo exterior hasta que éste cumpliese todo su itinerario y lo
dejase de nuevo ante la puerta de su hogar. Luego haría rápidamente un castillo
con la nieve y entraría a tiempo de cenar.
—Te creo, vamos a casa —dijo.
Nellie se plantó ante él, sonriendo.
—Ya te dije que era verdad.
—Tú eres mayor que yo —dijo Willie por
toda respuesta.
—Ya lo sé —dijo ella, tirando de la
cuerda y empezando a caminar hacia la salida, así que el autobús hubo parado en
una parada que había junto a la curva.
Él se ajustó las manoplas, que se había
quitado para vaciar sus bolsillos y le habían quedado prendidas de su abrigo
invernal, sujetas por unos cordoncillos, y corrió tras ella cuando su cabeza ya
se perdía de vista entre los escalones de la salida.
Permanecieron plantados, solos, en la
parada, mientras el autobús se alejaba.
La tarde empezaba a declinar y estaba
todo sumido en el más absoluto silencio. En aquellos momentos, el mero sonido
de las cadenas que para la nieve llevaban ajustadas a sus ruedas los vehículos
habría perturbado al universo, y en lo hondo de su corazón, ambos sabían que
tal coche no pasaría por allí. Hasta los hilos telefónicos permanecían
inmóviles; la brisa que los había estado sacudiendo durante el día también se
había apaciguado.
—Vamos —dijo Nellie, avanzando sobre la
nieve de la calle.
Willie se desplazó inquieto tras ella.
Cruzaron la calle cogidos de la mano, y
sólo entonces, cuando llegaron al lado opuesto de la curva frente a la casa, el
mundo empezó a girar de nuevo.
Un coche con cadenas sobre sus
neumáticos cruzó ante ellos.
—Ya te dije que te creía —dijo Willie,
tratando de tomar una vez más su mano.
Ella no le correspondió.
—Pero no sé si me creo a mí misma —dijo
ella.
Ascendieron los escalones del porche,
los cuales crujieron suavemente, incluso bajo el níveo manto. Alguien había
tirado sal sobre los peldaños intencionadamente, y sus botas se aferraban tan
bien que Willie pensó en unas manos emergiendo de la madera y anclando allí sus
botas, escalón a escalón.
Una vez alcanzado el peldaño superior,
Nellie señaló.
—Fue aquí donde lo vi —dijo—, Justo al
lado de esta ventana junto a la puerta.
—Yo... no sé —dijo Willie.
Ella se elevó para alcanzar el timbre,
pero esa vez las manos de Willie alcanzaron las de ella y las mantuvieron
sujetas.
—Por favor.
Ella volvió los ojos hacia él, y su
mirada le dijo: «Dime por qué, sólo una razón por la cual debería detenerme».
—Porque no quiero saber —dijo Willie
conteniendo un sollozo.
—Tú no quieres saber —dijo ella—, pero
yo sí quiero.
Su mano se liberó de la presión de las
suyas y presionó el timbre con firmeza.
En alguna parte, muy al interior de la
casa, sonó una armonía musical.
Luego silencio.
Nellie pulsó el timbre de nuevo; esta
vez por más tiempo, manteniendo su manopla sobre él.
Dong.
Dong. Dong. Dong.
Ahora, desde el interior, les llegó el
sonido de unos pasos.
Al principio dudosos, pasos de alguien
inseguro, y a continuación firmes y resueltos.
Tardaron bastante en llegar hasta la
puerta, pero Nellie y Willie aguardaron.
Dong. Dong.
Nellie apartó su mano del timbre.
La puerta, una estrecha apertura en la
boca de la araña —de la casa-araña—, se abrió.
Alguien se quedó mirándolos fijamente y
dijo:
—¿Sí?
Nellie dio un paso atrás, con los ojos
muy abiertos.
—Pa... —empezó a decir.
—...dre —concluyó Willie, con la boca
completamente abierta.
Ante ellos se alzaba un hombre con su
negro pelo enmarañado y una expresión infantil en su ancho rostro. Su boca
esbozaba una media sonrisa, como predispuesta a decir algo. Un tenue aroma a
tabaco emanaba de su camisa de franela y de él mismo. Llevaba tirantes.
—Disculpadme, ¿de qué se trata? —dijo,
con un aire de pasmo cruzando sus facciones.
—Yo..., usted... —empezó a decir Willie.
—Padre —dijo Nellie simplemente desde el
suelo.
Las cejas del hombre se contrajeron,
pero no perdieron su sonrisa.
—Lo que ella quiere decir es que pensó
que usted era nuestro padre —dijo Willie.
Y tomó a su hermana de la mano empezando
a descender los escalones del porche.
Nellie clavó sus pies en la nieve.
—No —gritó—, yo tengo razón. —Y
volviéndose hacia el hombre en la puerta le dijo—: Usted es nuestro padre.
—¿Eh?... Sí, puede ser.
El hombre los observó de arriba abajo,
deteniendo su vista sobre las botas de goma de los muchachos.
—¿Puede ser? —dijo Nellie balbuceando.
Luego se quedó con los brazos colgándole
a ambos costados, hasta que tomó conciencia de que eran sus manos, y sin saber
qué hacer con ellas, las introdujo en sus bolsillos.
—Mamá nos dijo que habías muerto —le
espetó Willie inconscientemente.
El hombre pareció meditar, y luego abrió
las puertas de par en par.
—Entrad y protegeos del frío —dijo.
Nellie empezó a adelantarse, pero Willie
no se movió.
—No creí que pudieses ser tú —dijo casi
para sí mismo.
—Entrad —dijo el hombre con suavidad.
Tras ellos quedó el tenue chasquido de
la puerta al cerrarse, y luego la tibieza de la casa los embargó. Casi hacía
demasiado calor allí dentro.
—Vamos a la sala —dijo él, avanzando
ante ellos.
Fue entonces cuando Willie se dio cuenta
de su cojera. Se movía con rigidez, al igual que un hombre sobre unos zancos. Y
aunque la expresión de su cara no parecía alterarse, Willie podía intuir el
esfuerzo tras su inexpresividad: un gruñido que acompañaba a cada uno de sus
pasos.
—Sentaos —les indicó el hombre.
Tomaron asiento en un enorme sofá verde
que los engulló a medias envueltos en mullidos cojines.
—Quitaos los abrigos.
El hombre se sentó en una silla de
rígido respaldo, arrastrándola hasta el extremo de la pieza, ante ellos. Le
costó bastante esfuerzo acomodarse en ella.
A la derecha de los niños ardía un
fuego, una gran fogata; la habitación estaba a oscuras, pero debido al
resplandor ambarino del fuego y al reflejo que la nieve aportaba desde el
exterior a través de los amplios ventanales, en la habitación reinaba una confortable
y cálida claridad.
Ninguno de los dos se movió para
quitarse los abrigos.
—Tenemos que regresar pronto con el
autobús —se explicó Nellie, sin apartar su mirada del hombre—. Ella nos dijo
que habías muerto.
—¿Eso hizo? —dijo el hombre, buscando su
mirada y sosteniéndola—. Qué interesante.
La sonrisa suavizó su rostro, haciéndole
parecer más niño aún.
—¿Fuiste herido en un choque de trenes?
—dijo Willie cuidadosamente—, ¿esa es la razón de tu cojera?
Los ojos del hombre se posaron en el
suelo, antes de elevarse y encontrarse con los suyos.
—No —dijo simplemente.
Sus ojos se posaron en las piernas de
Willie, antes de volver a mirar a Nellie.
—Él era muy pequeño para acordarse —dijo
ella—. Pero yo lo recuerdo todo muy bien. Dijeron que moriste cuando el tren en
el que viajabas se saltó una señal y chocó con los vagones de cola de otro
convoy. Ellos dijeron que perdiste ambas piernas...
—¿Es lo que dijeron?
—Sí.
—Entonces, creo que estaban equivocados.
—Padre —musitó Nellie, como
acostumbrándose a la palabra.
El hombre, por toda respuesta, asintió
lentamente con la cabeza.
—¿Cuánto tiempo te has estado
escondiendo? —preguntó Willie.
Empezaba a sentirse incómodo en aquel
sofá, y se semidesabrochó el anorak.
—No podemos quedarnos más —interrumpió
Nellie—, no, al menos esta vez.
El hombre sonrió.
—¿Cuánto tiempo escondiéndote? —insistió
Willie.
El hombre inspiró profundamente y
reflexionó.
—Veamos —dijo—. Debió de ser... —Contó
con sus dedos—. Cinco años.
Cuando lo hubo dicho, sus manos se
depositaron con suavidad sobre sus piernas.
—¿Por qué? —preguntó Nellie—. ¿Por qué
tuviste que esconderte?
—Tuve que irme. —Se sujetó las piernas
de repente, como si se fuese a incorporar—. ¿Qué tal si os hago un poco de
chocolate? Todavía debéis de tener frío. Luego podemos continuar charlando.
—En realidad nos tendríamos que ir en
seguida.
—Por favor... —La súplica en su voz era
temblorosa; había brotado imprevista.
—De acuerdo —dijo Nellie con rapidez—.
Lo que pasa es que todavía... no te conocemos lo suficiente.
—Eso es cierto.
Se elevó con gestos forzados, y suspiró
cuando por fin consiguió ponerse en pie, ayudándose del respaldo de la silla.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Nellie.
—Sí —dijo él. Sus ojos no se apartaron
de los pies de ella, y se estiró como lo hubiese hecho un tipo duro—. Volveré
en unos instantes.
Desapareció en la parte trasera de la
casa y ellos permanecieron unos instantes siguiéndole con la vista.
—¿Me crees ahora? —dijo Nellie.
—Es igual que el retrato que hay en el
dormitorio de mamá —admitió Willie, huraño—. Pero no me gusta.
—A mí sí —dijo ella con énfasis—. Lo que
le pasa es que hace demasiado tiempo que no nos ve.
Willie se levantó.
—No me gusta la forma que tiene de
caminar.
—¿Adonde vas?
—Al baño —respondió Willie en un
susurro.
—Espera hasta que él regrese.
—Si en efecto es papá, puedo ir al baño
ahora.
—Tiene que serlo.
Willie se alejó, sacudiendo su cabeza.
Pronto se extravió. Siguiendo el camino
que tomase el hombre, saliendo por la misma puerta, apareció en un corredor que
parecía formar parte de un laberinto. Era completamente distinto al resto de la
casa. Los azulejos del suelo, blancos y verdes, estaban destrozados y de las
paredes colgaban desconchadas capas de pintura.
El primer corredor desembocaba
en otro, y en otro, y éste en otro más. Willie se vio pronto rodeado de
pasadizos que se bifurcaban ante él en una oscuridad cada vez más creciente;
diminutas bombillas sobre su cabeza despedían macilentos haces de luz.
Willie avanzó con suavidad, tanteando
las paredes, hasta que un sonido percutiendo al fondo de uno de los corredores
hizo que se adentrase en él.
Un sonido agudo, un canto, y tras él el
sonido del metal chocando entre sí.
Willie se detuvo ante una puerta, la
entreabrió y echó un vistazo. Se veían unos escalones descendiendo entre la
oscuridad hacia una zona que se adivinaba mejor iluminada.
Allá abajo, alguien estaba canturreando.
Una voz dichosa, aunque de una tonalidad
similar al gemido de un gato cuando alguien le pisa la cola inesperadamente.
Los metales dejaron de chocar entre sí.
El canto se detuvo.
Se oyó un gruñido y el sonido de algo al
ser golpeado y cerrado, luego un susurro de ropas, y poco después, pasos.
Diminutos pasos de danza, más gruñidos,
y de repente, fuertes pisadas.
Alguien subía por la escalera.
Willie retrocedió y se quedó encogido en
la oscuridad.
Tras una larga espera, durante la cual
Willie contó veinte pasos, la puerta se abrió ante él, y vio ante sí al hombre
que era su padre. Su camisa de franela estaba desabrochada y Willie pudo ver
finas correas y hebillas cruzadas sobre su piel.
El hombre avanzó al interior de la casa.
Willie contó hasta cincuenta y luego
emergió de entre las sombras. Conteniendo su respiración, abrió la puerta de la
bodega y observó hacia abajo. La luz seguía encendida. Descendió dos peldaños y
atisbo, estirando su cuello. De la bodega no subía ningún sonido.
Bajó hasta abajo.
Suspiró.
Aunque sabía que no se hallaba allí, la
llamó involuntariamente:
—Nellie...
En todas las paredes de la habitación,
en todas y cada una de las paredes de la pieza, se veían, colgando en racimos,
agrupadas, apiladas sobre cajas, apoyadas en las esquinas, piernas...
...piernas.
Las había a cientos, quizá mil pares de
piernas. De todas las tallas y tamaños. Cada una de ellas estaba apropiadamente
vestida, con medias o calcetines, zapatillas o zapatos, botas o babuchas.
Willie pudo casi imaginarse el resto de la gente que debería estar unida a esas
extremidades: banqueros y aprendices; chicos de reparto y mensajeros;
vendedores, ejecutivos...
Había un par de gruesas piernas que parecían de un
carnicero, y algunos pares estilizados que debían ser de bailarines; de un
conductor de autobuses, o de un deportista. Todas ellas tenían tirantes en la
parte superior, un marco de cuero, una almohadilla y unas hebillas.
Había un par de piernas para cada
personaje que uno pudiese imaginar.
—Oh, Nellie —suspiró Willie, deseando
que su hermana estuviese allí, para sujetarle fuertemente la mano.
Aparte de las piernas, el único objeto
que había en la habitación era una pequeña mesa en el rincón más alejado y,
sobre ella, un potente fluorescente iluminaba con crudeza los instrumentos de
tortura que se encontraban sobre ella.
Sierras, cuchillos y navajas; brillantes
sierras dispuestas para hacer su trabajo.
—Oh, Nellie, Nellie —suspiró Willie de
nuevo.
Un ruido le llegó desde la parte alta.
Una luz se encendió en la escalera.
Fuertes pisadas.
Conteniendo la respiración, Willie se
volvió.
Un rostro le contemplaba, mirándolo de
arriba abajo.
—¡Nellie!
—¡Shhh!
Ella volvió a desaparecer en lo alto de
la escalera. Willie oyó el ruido de la puerta al ser cerrada y luego ella
volvió a estar junto a él. Willie empezó a empujarla, mostrándole los
centenares de piernas colgando de las paredes.
—Nellie, él...
—Él me lo contó todo —dijo ella
interrumpiéndole.
—¿Dónde está él? —preguntó Willie.
—Arriba. —Sus ojos se contrajeron—. Le
conté que el conductor del autobús es el novio de mamá y que si no nos veía en
la parada, vendría a por nosotros. Evidentemente y porque no tenía por qué no
hacerlo, me creyó.
—¿Qué vamos a hacer? —dijo Willie lleno
de temor.
—El quiere que nos quedemos —contestó
Nellie.
—¡No!
—Él no es malo, Willie. La mayoría de
estas piernas son de gente que ya había muerto cuando él las consiguió.
—Pero...
—Si nos quedamos, dice que será nuestro
padre la mayor parte del tiempo. Y yo quiero que él lo sea.
—Pero Nellie...
—Lo necesito, Willie. Al igual que él
necesita ser la gente cuyas piernas va usando.
—¡Quiero irme a casa! ¡Él no me gusta!
Temblando, Willie se aferró a su
hermana, abrazándola junto a su pecho.
En su espalda, sobre la blusa y bajo el
anorak, Willie notó correas y hebillas.
—¡Tú! —gritó, apartándola con energía.
—Sí —contestó Nellie con frialdad.
Willie se dio cuenta entonces de con
cuanta lentitud y rigidez se movía ella.
—¡Nellie!
—sollozó Willie.
—En esta habitación puedo ser cualquier
cosa —dijo Nellie, volviéndose con rigidez y señalando las paredes con el
dedo—. Puedo ser el hombre que reparte flores, o la mujer que da clases de
piano. Una mañana puedo ser el cartero, o el cobrador de seguros. Maestra,
sacerdote, o dentista. Puedo ser —dijo agitando una sierra de acero azulado en
el aire— una niña o un niño pequeño.
Willie se lanzó escalera arriba pero
tropezó y cayó de rodillas sobre los primeros escalones. Reptando sobre los
peldaños, logró alcanzar la puerta superior.
No pudo abrirla.
Nellie subió lentamente tras él. En su
rostro había una sonrisa que la auténtica Nellie nunca antes había tenido; una
sonrisa de vieja, nada parecida a la que mostrase cuando, haciéndose la hermana
mayor, trató de convencerle.
Cuando ella se hallaba a dos pasos de
él, Willie le dio un puntapié en las piernas.
—¡Nooo! —gritó ella, cayendo de
espaldas.
Como en un sueño, el cuerpo de Nellie se
partió en dos. La parte inferior, dos apéndices rodeados de correas y hebillas,
golpeó insonoramente los peldaños hasta quedar inmóvil al fondo de la escalera.
La parte superior se transformó en algo
distinto. Ya no era Nellie. Ya no era algo humano: cartero, sacerdote, o
dentista, sino que se tornó en una blancuzca y chillona criatura, una forma
encogida que rodó escaleras abajo cual un insecto albino sobre dos manos
deformadas.
—¡Noooooo! —gimió, desplazándose más
allá de las dos piernas al fondo de la escalera en dirección a la parte
interior de la habitación.
Willie empujó desesperado la puerta de
la bodega, y de repente, con un quejido apagado, ésta se abrió. Una vez más
estaba en el laberinto. Mosaicos verdiblancos salían despedidos, mientras sus
pies trataban de avanzar.
Giró una y otra vez hasta acabar frente a la puerta
de la bodega. Desde el interior le llegó un alarido gimiente que le hizo
temblar hasta los huesos. Lo intentó de nuevo: tanteando las paredes, trató de
hallar la salida.
Sin saber cómo, apareció en la sala. El
mismo fuego ardía en el hogar; los mismos muebles de madera de olivo le
rodeaban.
Cruzó la sala corriendo en busca de la
salida. Ahí estaba, junto a la puerta, el gran ventanal; tras él el muro
exterior, donde le esperaban fuertes nevadas, la televisión, la cena, su madre.
Milagrosamente, cuando miró afuera vio
junto a la parada detenido el autobús, esperando.
Su mano estaba sobre el pomo de la
puerta.
Tiró para abrirla.
Un pie presionó la hoja para mantenerla
cerrada.
Una voz, una voz ahogada, como la de
alguien que ha tenido que correr con rapidez, la voz de alguien que él podía
haber conocido, dijo:
—Acompáñame, ¿quieres?