INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta hermanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hermanos. Mostrar todas las entradas

Pobre Manolito - Elvira Lindo

 El nene no está calvo

Mis amigos nunca lo confesarán, pero sé que me envidian. Me envidian por el camión tan grande que tengo y me envidian porque cuando mi padre vuelve los viernes de sus largos viajes, nada más entrar en mi calle, hace sonar dos veces la bocina para anunciarnos su llegada, así que nos enteramos nosotros, pero también se entera todo el barrio.

Lo que más mola es que hay una regla sagrada por la cual mi madre nos tiene que dejar bajar a recibirle sea la hora que sea. Te puede pillar en el wáter, cenando o en la bañera, da igual, hay que echar a correr escaleras abajo y llegar a tiempo para abrirle la puerta del camión y lanzarte a su cuello sin piedad. Mi padre sube los tres pisos con nosotros colgando y diciendo:

—Me vais a matar, ¿qué os da de comer tu madre que cada día estáis más gordos?

El otro día la bocina de mi padre hizo temblar mi barrio a la una de la madrugada. Yo me desperté y me levanté de un salto y me puse las zapatillas en chancleta. Mi madre no me quería dejar bajar porque decía que a esas horas no estaba bien que un niño anduviera por la calle. Yo me puse en la puerta medio llorando y me hubiera puesto de rodillas si hubiera sido necesario:

—¡Si él ha tocado la bocina es que quiere que bajemos!

Mi abuelo gritó desde la cama, con su voz sin dentadura:

—¡Deja que el chiquillo baje a ver a su padre, qué ganas tienes de decirle siempre a todo que no!

Con el grito de mi abuelo el Imbécil se puso a llorar como un energúmeno desde su cuna de bebé gigantesco. Como mi madre no quería sacarlo, él se tiró en picado al suelo. Mientras se tocaba la frente con la mano por el coscorrón que se había dado empezó a señalarme:

—¡El nene quiere con Manolito!

Y por miedo a sus llantos incontrolados nocturnos (tenemos noticias de que se han llegado a oír en Carabanchel Bajo) mi madre nos puso las cazadoras encima del pijama y nos dejó echar a correr. La Luisa, que siempre está alerta por si acecha el enemigo, salió cuando pasábamos por su descansillo:

—¿Y cómo os deja tu madre salir a estas horas?

—Porque su padre es un liante y les toca la bocina —dijo mi madre, asomándose.

—Pues hay niños que han sido raptados en el mismo portal de su casa.

Desde abajo oímos al vecino del cuarto que gritaba:

—A éstos no los aguanta un secuestrador ni una hora. ¿Es que no se puede hacer menos ruido bajando las escaleras?

—¡A dormir, tío pesao! —le dijo la Luisa.

—¡Cómo voy a dormir, señora, si tiene usted abierta la portería las veinticuatro horas!

Como salimos a la calle ya no pude oír más, pero creo que la Luisa le decía que se estaba confundiendo, que la portería la debía tener su madre.

Mi padre ya había aparcado el camión y nos alumbró con las luces. Las luces del camión de mi padre pueden llegar a alumbrar toda la Gran Vía, eso está demostrado ante notario. Abrió la puerta y lo de siempre: nos lanzamos a él como dos garrapatas y así subimos, cada uno colgado en un brazo.

Mi padre olía al camión Manolito y a sudor. La pena es que cuando llega a casa se ducha y ya no huele a bienvenida, que es el olor que a mí me gusta.

Mi madre intentó descolgarnos del cuello de mi padre. Nos decía que ya era muy tarde para que estuviéramos levantados, pero nosotros nos dimos perfecta cuenta de que lo que quería era quedarse a solas con él. Lo quiere todo para ella. Pero fue imposible: nosotros lo habíamos cazado primero. No pensábamos renunciar ni un minuto a nuestra presa: el gran elefante blanco. Así que no les quedó más remedio que admitirnos en la comida. Era la una y media cuando mi madre se puso a hacerle la cena. Con el chisporrotear de los huevos mi abuelo se levantó. Ese sonido es para él como un despertador. Oye el chisporroteo y se va a la cocina y se apalanca en una silla y lo que le pongan delante lo moja en pan y se lo come. Mi madre le dijo:

—Papá, que ya cenaste hace dos horas huevos fritos.

—¿Qué quieres, que me esté en la cama mientras vosotros estáis aquí comiendo a mis espaldas? —mi abuelo se puede poner muy dramático cuando hay huevos fritos por medio.

—Pero si el único que va a cenar es Manolo...

—El nene quiere como el Abu (el Abu es mi abuelo) —dijo el Imbécil dejando el chupete encima de la mesa como primera medida para ponerse a engullir.

—¿Y por qué no haces huevos para todos? Que estoy harto de cenar solo toda la semana —ése es mi padre, el de las grandes ideas.

—¿A las dos de la madrugada?

—Eso tiene buen arreglo, se desayuna a las doce del mediodía mañana y sanseacabó —dijo mi abuelo.

Al momento llamó la Luisa en bata al timbre preguntando que a qué venía ese jaleo, que si había ocurrido algo. A los cinco minutos ya estaba mojando trocitos de pan en los huevos de los demás. Bernabé subió a buscarla y ella le calló metiéndole un trozo de pan en la boca. Nos comimos una barra entre todos, sin contar, claro está, con el Imbécil. Él no utiliza pan para mojar: moja con el chupete. Lo hace para distinguirse.

—¡Qué ricos estaban los huevos, Catalina! —dijo mi abuelo antes de volverse a la cama, y siguió hablando solo por el pasillo—. ¡Qué buena idea esa de comer huevos de madrugada! No tienes ni que ponerte la dentadura. Es una experiencia que tengo que repetir.

Cuando acabamos de cenar mi padre nos hizo la inspección. Nos la hace todos los viernes: el Imbécil y yo nos colocamos muy rectos con la espalda pegando a la puerta de la cocina y nos hace una señal con lápiz a ver si hemos crecido en el tiempo que él ha estado fuera. Tenemos que andarnos con ojo porque en cuanto nos despistamos el Imbécil se pone de puntillas. Últimamente yo estoy muy preocupado porque la distancia entre la raya del Imbécil y la mía es cada vez más pequeña. La verdad, no me haría ninguna gracia tener un hermano pequeño más alto que yo. Qué vergüenza. No podría ni salir a la calle. Y, de vez en cuando, como ocurrió la otra noche, nos dice las palabras mágicas:

—A estos niños hay que pelarlos.

En cuanto el pelo nos tapa un poco las orejas nos lleva el sábado a su peluquero, al señor Esteban.

Mi padre dice que el señor Esteban es un maestro de la tijera. El señor Esteban tiene parkinson, pero nunca le ha cortado a nadie ni una oreja ni dos. Su tijera se acerca temblorosa a la cabeza de un bebé con tres pelos o de un viejo con tres pelos. El bebé llora aterrado, el viejo cierra los ojos y dice las que cree que serán sus últimas palabras. La gente en la barbería contiene el aliento y traga tres litros de saliva por cabeza. ¿Y qué es lo que sucede? No sucede nada. Mi abuelo dice que es un corte de pelo con emoción y suspense y que eso también se paga.

A la mañana siguiente mis padres se fueron a tomar su vermú de los sábados al Tropezón. Mi padre dijo:

—Dentro de media hora bajáis y nos vamos al señor Esteban.

Entonces fue cuando a mí se me ocurrió la gran idea del siglo XX: les ahorraría a mis padres el dinero del pelado del Imbécil. Al fin y al cabo para los pocos pelos que tiene... Sería una gran sorpresa; diría todo el mundo:

—¡Qué bien le ha dejado el señor Esteban la cabeza al nene!

—No ha sido el señor Esteban —diría mi madre—, ha sido mi Manolito.

Metí al Imbécil al wáter conmigo y le senté en un taburete. Le consulté primero, claro, no me gusta forzar a nadie:

—¿Quiere estar el nene guapo?

—El nene guapo.

Esto quiere decir que dio su consentimiento. Es que su lenguaje sólo lo entendemos los expertos.

Entonces empezó la operación; quise que todo fuera perfecto: cogí una toalla y se la puse como una capa, luego le di una revista de mi madre y se la abrí por el reportaje del romance de Melanie Griffith y Antonio Banderas. Le debió gustar mucho porque ya no se movió de esa página. De vez en cuando señalaba a Melanie y decía:

—La Luisa.

Más que un gran fisonomista es un optimista.

Había llegado el momento de la verdad: cogí las tijeras y empecé mi obra de arte. Primero le fui quitando todos los rizos de atrás; eso sí, quería dejarle una coletilla como la que llevaba Yihad el año pasado. La coletilla, en vez de quedarme abajo en la nuca, me quedó muy arriba. Lo miré: por un momento me pareció un Hare-krishna. Bueno, no tenía importancia. Seguí con la parte de delante. Le quité un cacho de flequillo por un lado, luego otro cacho por el otro. No sé por qué nunca me quedaba igualado, así que tenía que cortar ahora a un lado y luego al otro, así muchas veces. Hasta que no pude seguir porque ya no le quedaba pelo. Qué raro estaba: calvo con la coletilla por detrás, calvo por delante, y por en medio su pelo de siempre. Tuve que ponerme con la parte central hasta que inexplicablemente lo dejé calvo también por ahí. Lo único que sobresalía de su cabeza era el rizo aquel. De pronto el rizo en aquella cabeza rosa me pareció el rabo de un cerdito. No se puede decir que estuviera guapo. Estaba... original.

—¿Te gusta? ¿A que el nene está muy fresquito?

El Imbécil abandonó por un momento a Melanie para mirarse en el espejo:

—El nene está calvo.

—No está calvo, mira...—le di un espejo pequeño para que se mirara por detrás, como hacen en las peluquerías, y le enseñé su rabillo. Se lo miró una y otra vez con mucho detenimiento. Finalmente, dio su aprobación:

—El nene guapo.

Le encantó. Menos mal, es un niño muy exigente. Pero yo no las tenía todas conmigo. Estaba temiendo que otras personas no valorasen la originalidad del peinado. Esas otras personas a las que yo estaba temiendo nos estaban esperando en el portal. Eran... mis padres.

Mi madre se quedó con la boca abierta.

El Imbécil se dio una vuelta completa y dijo cogiéndose la coletilla:

—El nene no está calvo, el nene guapo.

—Y... fresquito —dije yo con una de esas sonrisas que nadie te agradece.

Las consecuencias de mi corte de pelo fueron terribles: me castigaron sin salir toda la tarde del sábado y sin ver la tele. Pero eso no fue lo peor, eso lo hubiera soportado con resignación. Lo peor fue que al Imbécil mi madre le cortó su coletilla de monje tibetano y no paró de llorar, no paró de llorar hasta que se acostó por la noche. Y no exagero.

 

El hombre con piernas - Al Sarrantonio

—No te creo.

—Pues debes.

—No.

—Lo harás —insistió Nellie—. La prueba será un viaje en autobús.

—Yo tengo la lista de precios —dijo Willie. Sus ojos relucían—, y pagaré nuestro viaje, pues no te creo, y haré que digas que no está allí.

—Está.

—Demuéstralo.

—Sólo hay una manera.

—Una manera —canturreó Willie—. Una manera —repitió, haciendo rodar las palabras por su lengua, sobre sus labios, y lanzándolas por último a la atmósfera.

Los ojos de Nellie estaban ensombrecidos en contraste con los suyos jóvenes.

—Lo demostraré —dijo ella, con frialdad.

—Lo harás —coreó Willie.

Después de que Willie fuese al baño (él siempre tenía que ir al baño), salieron de la casa. Se pusieron gruesos abrigos de invierno, espesas manoplas y negras botas brillantes, y se escurrieron de la casa por la puerta trasera, sigilosamente. La madre debía de estar en la parte delantera, junto a la cálida luz del televisor, contemplando sus soporíferas óperas.

—Tenemos dos horas —dijo Willie, en un tono que en realidad no daba a entender de cuánto tiempo disponían.

—Nos sobra tiempo —añadió Nellie.

El autobús del sábado llegaba tarde. Se detuvieron ante la segunda parada para que ni la madre ni ninguna de sus amigas los pudiesen reconocer. Willie palpó con sus dedos el monedero dentro de su bolsillo, corrió la cremallera que liberaba el dinero, y la volvió a cerrar. Pateó el suelo debido al frío. Nellie permanecía rígida, su anorak de un azul vivo le daba las dimensiones de un hombre de las nieves. Sus ojos estaban semiocultos por el gorro, que se había calado hasta las orejas, y evitaba la mirada de Willie.

—Él no está allí —dijo Willie en un tono de voz lento e irritante.

—Sí que está —le replicó Nellie entre sus dientes, que le castañeteaban violentamente.

—Todo fue un sueño.

—Lo vi ayer, cuando pasamos con el autobús escolar —le contestó Nellie con rudeza—. Lo vi con tanta claridad como tus labios. Él estaba allí, parado en el porche de su casa, y me vio cuando el autobús pasó por delante.

—Lo soñaste.

—No.

—Nunca encontrarás la casa.

—La grabé en mi mente.

—¡Bah! —dijo.

Ella se volvió para golpearle, pero él evitó con agilidad su acometida, haciendo que todavía se enfureciese más.

—No existe —dijo él, sacudiendo su mano ante ella en un gesto de negación.

Ella tomó un puñado de nieve y se lo tiró a él con rabia.

—Ya lo verás todo enterito.

Permanecieron callados sobre la nieve, esperando el autobús, golpeándose los cuerpos para ahuyentar el frío. La temperatura había descendido. La luz relucía brillante sobre la nieve. De no haber estado tan habituados a ella, el resplandor les hubiese dañado los ojos.

—No te creo —dijo Willie.

En aquel momento llegó el autobús.

Subieron resoplando, y Willie sacó su monedero, depositando el dinero sobre la palma de su mano. Tenía lo justo. Por unos instantes, retuvo una moneda, esperando que fuese suficiente, y luego la depositó en la bandeja, sonriendo al conductor. Éste no le devolvió la sonrisa. Se desplazaron hasta el centro del vehículo, eligiendo dos asientos en el lado que Nellie dijo que era el adecuado.

—¿Y por qué no en el otro lado? De todas maneras, tampoco vamos a ver la casa.

—Siéntate —dijo Nellie.

El autobús era cálido. Se distrajeron contemplando las formas de la nieve en el exterior. Willie observó las casas conforme iban pasando. Parecían sueños envueltos en la niebla. Lo que más le atraía eran los conos de agua helada que pendían de los alerones de los tejados. Algunos colgaban de tal manera que casi tocaban a sus simétricos que se elevaban desde el suelo.

—Brrr —gruñó Nellie, contemplando la misma escena a través del círculo que había abierto en el entelado cristal de la ventanilla.

—Es precioso —dijo Willie, volviéndose hacia ella.

—Brrr —dijo ella de nuevo, provocándolo—. Eres demasiado joven para entender lo que el frío significa.

Él se encogió de hombros y se volvió, admirando el multicolor resplandor del hielo sobre un grupo de casas. En su mente, todo el mundo se convirtió en una bola de nieve.

—Ahí está —gritó Nellie de repente, dándole una enérgica sacudida—. Eso es.

Willie siguió con su mirada el dedo de ella, allá donde éste le indicaba a través del espacio abierto en el vaho que empañaba la ventanilla.

—Sigo sin creérmelo —dijo, pero su voz era un susurro y sabía que estaba mintiendo.

Allí había una casa distinta de las otras; se elevaba solitaria, con un espacio abierto a ambos lados. Aunque rodeada de bloques de viviendas, se vislumbraba con singularidad. Parecía una casa encantada; sus ventanas conformaban un rostro, y la entrada, amplia de extremo a extremo, era la boca. La casa permanecía enigmática y solitaria y, allí, cubierta de nieve, daba una sensación de respeto, cual si fuera una gran araña blanca.

—Haré que me creas —dijo Nellie.

Estaba tratando de alcanzar el tirador que daba la señal de parada al autobús, cuando la mano de Willie tomó la suya. Él quería detenerla. Deseaba permanecer allí, dentro del cálido autobús, contemplando el mundo exterior hasta que éste cumpliese todo su itinerario y lo dejase de nuevo ante la puerta de su hogar. Luego haría rápidamente un castillo con la nieve y entraría a tiempo de cenar.

—Te creo, vamos a casa —dijo.

Nellie se plantó ante él, sonriendo.

—Ya te dije que era verdad.

—Tú eres mayor que yo —dijo Willie por toda respuesta.

—Ya lo sé —dijo ella, tirando de la cuerda y empezando a caminar hacia la salida, así que el autobús hubo parado en una parada que había junto a la curva.

Él se ajustó las manoplas, que se había quitado para vaciar sus bolsillos y le habían quedado prendidas de su abrigo invernal, sujetas por unos cordoncillos, y corrió tras ella cuando su cabeza ya se perdía de vista entre los escalones de la salida.

Permanecieron plantados, solos, en la parada, mientras el autobús se alejaba.

La tarde empezaba a declinar y estaba todo sumido en el más absoluto silencio. En aquellos momentos, el mero sonido de las cadenas que para la nieve llevaban ajustadas a sus ruedas los vehículos habría perturbado al universo, y en lo hondo de su corazón, ambos sabían que tal coche no pasaría por allí. Hasta los hilos telefónicos permanecían inmóviles; la brisa que los había estado sacudiendo durante el día también se había apaciguado.

—Vamos —dijo Nellie, avanzando sobre la nieve de la calle.

Willie se desplazó inquieto tras ella.

Cruzaron la calle cogidos de la mano, y sólo entonces, cuando llegaron al lado opuesto de la curva frente a la casa, el mundo empezó a girar de nuevo.

Un coche con cadenas sobre sus neumáticos cruzó ante ellos.

—Ya te dije que te creía —dijo Willie, tratando de tomar una vez más su mano.

Ella no le correspondió.

—Pero no sé si me creo a mí misma —dijo ella.

Ascendieron los escalones del porche, los cuales crujieron suavemente, incluso bajo el níveo manto. Alguien había tirado sal sobre los peldaños intencionadamente, y sus botas se aferraban tan bien que Willie pensó en unas manos emergiendo de la madera y anclando allí sus botas, escalón a escalón.

Una vez alcanzado el peldaño superior, Nellie señaló.

—Fue aquí donde lo vi —dijo—, Justo al lado de esta ventana junto a la puerta.

—Yo... no sé —dijo Willie.

Ella se elevó para alcanzar el timbre, pero esa vez las manos de Willie alcanzaron las de ella y las mantuvieron sujetas.

—Por favor.

Ella volvió los ojos hacia él, y su mirada le dijo: «Dime por qué, sólo una razón por la cual debería detenerme».

—Porque no quiero saber —dijo Willie conteniendo un sollozo.

—Tú no quieres saber —dijo ella—, pero yo sí quiero.

Su mano se liberó de la presión de las suyas y presionó el timbre con firmeza.

En alguna parte, muy al interior de la casa, sonó una armonía musical.

Luego silencio.

Nellie pulsó el timbre de nuevo; esta vez por más tiempo, manteniendo su manopla sobre él.

Dong. Dong. Dong. Dong.

Ahora, desde el interior, les llegó el sonido de unos pasos.

Al principio dudosos, pasos de alguien inseguro, y a continuación firmes y resueltos.

Tardaron bastante en llegar hasta la puerta, pero Nellie y Willie aguardaron.

Dong. Dong.

Nellie apartó su mano del timbre.

La puerta, una estrecha apertura en la boca de la araña —de la casa-araña—, se abrió.

Alguien se quedó mirándolos fijamente y dijo:

—¿Sí?

Nellie dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos.

—Pa... —empezó a decir.

—...dre —concluyó Willie, con la boca completamente abierta.

 

Ante ellos se alzaba un hombre con su negro pelo enmarañado y una expresión infantil en su ancho rostro. Su boca esbozaba una media sonrisa, como predispuesta a decir algo. Un tenue aroma a tabaco emanaba de su camisa de franela y de él mismo. Llevaba tirantes.

—Disculpadme, ¿de qué se trata? —dijo, con un aire de pasmo cruzando sus facciones.

—Yo..., usted... —empezó a decir Willie.

—Padre —dijo Nellie simplemente desde el suelo.

Las cejas del hombre se contrajeron, pero no perdieron su sonrisa.

—Lo que ella quiere decir es que pensó que usted era nuestro padre —dijo Willie.

Y tomó a su hermana de la mano empezando a descender los escalones del porche.

Nellie clavó sus pies en la nieve.

—No —gritó—, yo tengo razón. —Y volviéndose hacia el hombre en la puerta le dijo—: Usted es nuestro padre.

—¿Eh?... Sí, puede ser.

El hombre los observó de arriba abajo, deteniendo su vista sobre las botas de goma de los muchachos.

—¿Puede ser? —dijo Nellie balbuceando.

Luego se quedó con los brazos colgándole a ambos costados, hasta que tomó conciencia de que eran sus manos, y sin saber qué hacer con ellas, las introdujo en sus bolsillos.

—Mamá nos dijo que habías muerto —le espetó Willie inconscientemente.

El hombre pareció meditar, y luego abrió las puertas de par en par.

—Entrad y protegeos del frío —dijo.

Nellie empezó a adelantarse, pero Willie no se movió.

—No creí que pudieses ser tú —dijo casi para sí mismo.

—Entrad —dijo el hombre con suavidad.

Tras ellos quedó el tenue chasquido de la puerta al cerrarse, y luego la tibieza de la casa los embargó. Casi hacía demasiado calor allí dentro.

—Vamos a la sala —dijo él, avanzando ante ellos.

Fue entonces cuando Willie se dio cuenta de su cojera. Se movía con rigidez, al igual que un hombre sobre unos zancos. Y aunque la expresión de su cara no parecía alterarse, Willie podía intuir el esfuerzo tras su inexpresividad: un gruñido que acompañaba a cada uno de sus pasos.

—Sentaos —les indicó el hombre.

Tomaron asiento en un enorme sofá verde que los engulló a medias envueltos en mullidos cojines.

—Quitaos los abrigos.

El hombre se sentó en una silla de rígido respaldo, arrastrándola hasta el extremo de la pieza, ante ellos. Le costó bastante esfuerzo acomodarse en ella.

A la derecha de los niños ardía un fuego, una gran fogata; la habitación estaba a oscuras, pero debido al resplandor ambarino del fuego y al reflejo que la nieve aportaba desde el exterior a través de los amplios ventanales, en la habitación reinaba una confortable y cálida claridad.

Ninguno de los dos se movió para quitarse los abrigos.

—Tenemos que regresar pronto con el autobús —se explicó Nellie, sin apartar su mirada del hombre—. Ella nos dijo que habías muerto.

—¿Eso hizo? —dijo el hombre, buscando su mirada y sosteniéndola—. Qué interesante.

La sonrisa suavizó su rostro, haciéndole parecer más niño aún.

—¿Fuiste herido en un choque de trenes? —dijo Willie cuidadosamente—, ¿esa es la razón de tu cojera?

Los ojos del hombre se posaron en el suelo, antes de elevarse y encontrarse con los suyos.

—No —dijo simplemente.

Sus ojos se posaron en las piernas de Willie, antes de volver a mirar a Nellie.

—Él era muy pequeño para acordarse —dijo ella—. Pero yo lo recuerdo todo muy bien. Dijeron que moriste cuando el tren en el que viajabas se saltó una señal y chocó con los vagones de cola de otro convoy. Ellos dijeron que perdiste ambas piernas...

—¿Es lo que dijeron?

—Sí.

—Entonces, creo que estaban equivocados.

—Padre —musitó Nellie, como acostumbrándose a la palabra.

El hombre, por toda respuesta, asintió lentamente con la cabeza.

—¿Cuánto tiempo te has estado escondiendo? —preguntó Willie.

Empezaba a sentirse incómodo en aquel sofá, y se semidesabrochó el anorak.

—No podemos quedarnos más —interrumpió Nellie—, no, al menos esta vez.

El hombre sonrió.

—¿Cuánto tiempo escondiéndote? —insistió Willie.

El hombre inspiró profundamente y reflexionó.

—Veamos —dijo—. Debió de ser... —Contó con sus dedos—. Cinco años.

Cuando lo hubo dicho, sus manos se depositaron con suavidad sobre sus piernas.

—¿Por qué? —preguntó Nellie—. ¿Por qué tuviste que esconderte?

—Tuve que irme. —Se sujetó las piernas de repente, como si se fuese a incorporar—. ¿Qué tal si os hago un poco de chocolate? Todavía debéis de tener frío. Luego podemos continuar charlando.

—En realidad nos tendríamos que ir en seguida.

—Por favor... —La súplica en su voz era temblorosa; había brotado imprevista.

—De acuerdo —dijo Nellie con rapidez—. Lo que pasa es que todavía... no te conocemos lo suficiente.

—Eso es cierto.

Se elevó con gestos forzados, y suspiró cuando por fin consiguió ponerse en pie, ayudándose del respaldo de la silla.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Nellie.

—Sí —dijo él. Sus ojos no se apartaron de los pies de ella, y se estiró como lo hubiese hecho un tipo duro—. Volveré en unos instantes.

Desapareció en la parte trasera de la casa y ellos permanecieron unos instantes siguiéndole con la vista.

—¿Me crees ahora? —dijo Nellie.

—Es igual que el retrato que hay en el dormitorio de mamá —admitió Willie, huraño—. Pero no me gusta.

—A mí sí —dijo ella con énfasis—. Lo que le pasa es que hace demasiado tiempo que no nos ve.

Willie se levantó.

—No me gusta la forma que tiene de caminar.

—¿Adonde vas?

—Al baño —respondió Willie en un susurro.

—Espera hasta que él regrese.

—Si en efecto es papá, puedo ir al baño ahora.

—Tiene que serlo.

Willie se alejó, sacudiendo su cabeza.

Pronto se extravió. Siguiendo el camino que tomase el hombre, saliendo por la misma puerta, apareció en un corredor que parecía formar parte de un laberinto. Era completamente distinto al resto de la casa. Los azulejos del suelo, blancos y verdes, estaban destrozados y de las paredes colgaban desconchadas capas de pintura. 

El primer corredor desembocaba en otro, y en otro, y éste en otro más. Willie se vio pronto rodeado de pasadizos que se bifurcaban ante él en una oscuridad cada vez más creciente; diminutas bombillas sobre su cabeza despedían macilentos haces de luz.

Willie avanzó con suavidad, tanteando las paredes, hasta que un sonido percutiendo al fondo de uno de los corredores hizo que se adentrase en él.

Un sonido agudo, un canto, y tras él el sonido del metal chocando entre sí.

Willie se detuvo ante una puerta, la entreabrió y echó un vistazo. Se veían unos escalones descendiendo entre la oscuridad hacia una zona que se adivinaba mejor iluminada.

Allá abajo, alguien estaba canturreando.

Una voz dichosa, aunque de una tonalidad similar al gemido de un gato cuando alguien le pisa la cola inesperadamente.

Los metales dejaron de chocar entre sí.

El canto se detuvo.

Se oyó un gruñido y el sonido de algo al ser golpeado y cerrado, luego un susurro de ropas, y poco después, pasos.

Diminutos pasos de danza, más gruñidos, y de repente, fuertes pisadas.

Alguien subía por la escalera.

Willie retrocedió y se quedó encogido en la oscuridad.

Tras una larga espera, durante la cual Willie contó veinte pasos, la puerta se abrió ante él, y vio ante sí al hombre que era su padre. Su camisa de franela estaba desabrochada y Willie pudo ver finas correas y hebillas cruzadas sobre su piel.

El hombre avanzó al interior de la casa.

Willie contó hasta cincuenta y luego emergió de entre las sombras. Conteniendo su respiración, abrió la puerta de la bodega y observó hacia abajo. La luz seguía encendida. Descendió dos peldaños y atisbo, estirando su cuello. De la bodega no subía ningún sonido.

Bajó hasta abajo.

Suspiró.

Aunque sabía que no se hallaba allí, la llamó involuntariamente:

—Nellie...

En todas las paredes de la habitación, en todas y cada una de las paredes de la pieza, se veían, colgando en racimos, agrupadas, apiladas sobre cajas, apoyadas en las esquinas, piernas...

...piernas.

Las había a cientos, quizá mil pares de piernas. De todas las tallas y tamaños. Cada una de ellas estaba apropiadamente vestida, con medias o calcetines, zapatillas o zapatos, botas o babuchas. Willie pudo casi imaginarse el resto de la gente que debería estar unida a esas extremidades: banqueros y aprendices; chicos de reparto y mensajeros; vendedores, ejecutivos... 

Había un par de gruesas piernas que parecían de un carnicero, y algunos pares estilizados que debían ser de bailarines; de un conductor de autobuses, o de un deportista. Todas ellas tenían tirantes en la parte superior, un marco de cuero, una almohadilla y unas hebillas.

Había un par de piernas para cada personaje que uno pudiese imaginar.

—Oh, Nellie —suspiró Willie, deseando que su hermana estuviese allí, para sujetarle fuertemente la mano.

Aparte de las piernas, el único objeto que había en la habitación era una pequeña mesa en el rincón más alejado y, sobre ella, un potente fluorescente iluminaba con crudeza los instrumentos de tortura que se encontraban sobre ella.

Sierras, cuchillos y navajas; brillantes sierras dispuestas para hacer su trabajo.

—Oh, Nellie, Nellie —suspiró Willie de nuevo.

Un ruido le llegó desde la parte alta.

Una luz se encendió en la escalera.

Fuertes pisadas.

Conteniendo la respiración, Willie se volvió.

Un rostro le contemplaba, mirándolo de arriba abajo.

—¡Nellie!

—¡Shhh!

Ella volvió a desaparecer en lo alto de la escalera. Willie oyó el ruido de la puerta al ser cerrada y luego ella volvió a estar junto a él. Willie empezó a empujarla, mostrándole los centenares de piernas colgando de las paredes.

—Nellie, él...

—Él me lo contó todo —dijo ella interrumpiéndole.

—¿Dónde está él? —preguntó Willie.

—Arriba. —Sus ojos se contrajeron—. Le conté que el conductor del autobús es el novio de mamá y que si no nos veía en la parada, vendría a por nosotros. Evidentemente y porque no tenía por qué no hacerlo, me creyó.

—¿Qué vamos a hacer? —dijo Willie lleno de temor.

—El quiere que nos quedemos —contestó Nellie.

—¡No!

—Él no es malo, Willie. La mayoría de estas piernas son de gente que ya había muerto cuando él las consiguió.

—Pero...

—Si nos quedamos, dice que será nuestro padre la mayor parte del tiempo. Y yo quiero que él lo sea.

—Pero Nellie...

—Lo necesito, Willie. Al igual que él necesita ser la gente cuyas piernas va usando.

—¡Quiero irme a casa! ¡Él no me gusta!

Temblando, Willie se aferró a su hermana, abrazándola junto a su pecho.

En su espalda, sobre la blusa y bajo el anorak, Willie notó correas y hebillas.

—¡Tú! —gritó, apartándola con energía.

—Sí —contestó Nellie con frialdad.

Willie se dio cuenta entonces de con cuanta lentitud y rigidez se movía ella.

—¡Nellie! —sollozó Willie.

—En esta habitación puedo ser cualquier cosa —dijo Nellie, volviéndose con rigidez y señalando las paredes con el dedo—. Puedo ser el hombre que reparte flores, o la mujer que da clases de piano. Una mañana puedo ser el cartero, o el cobrador de seguros. Maestra, sacerdote, o dentista. Puedo ser —dijo agitando una sierra de acero azulado en el aire— una niña o un niño pequeño.

Willie se lanzó escalera arriba pero tropezó y cayó de rodillas sobre los primeros escalones. Reptando sobre los peldaños, logró alcanzar la puerta superior.

No pudo abrirla.

Nellie subió lentamente tras él. En su rostro había una sonrisa que la auténtica Nellie nunca antes había tenido; una sonrisa de vieja, nada parecida a la que mostrase cuando, haciéndose la hermana mayor, trató de convencerle.

Cuando ella se hallaba a dos pasos de él, Willie le dio un puntapié en las piernas.

—¡Nooo! —gritó ella, cayendo de espaldas.

Como en un sueño, el cuerpo de Nellie se partió en dos. La parte inferior, dos apéndices rodeados de correas y hebillas, golpeó insonoramente los peldaños hasta quedar inmóvil al fondo de la escalera.

La parte superior se transformó en algo distinto. Ya no era Nellie. Ya no era algo humano: cartero, sacerdote, o dentista, sino que se tornó en una blancuzca y chillona criatura, una forma encogida que rodó escaleras abajo cual un insecto albino sobre dos manos deformadas.

—¡Noooooo! —gimió, desplazándose más allá de las dos piernas al fondo de la escalera en dirección a la parte interior de la habitación.

Willie empujó desesperado la puerta de la bodega, y de repente, con un quejido apagado, ésta se abrió. Una vez más estaba en el laberinto. Mosaicos verdiblancos salían despedidos, mientras sus pies trataban de avanzar. 

Giró una y otra vez hasta acabar frente a la puerta de la bodega. Desde el interior le llegó un alarido gimiente que le hizo temblar hasta los huesos. Lo intentó de nuevo: tanteando las paredes, trató de hallar la salida.

Sin saber cómo, apareció en la sala. El mismo fuego ardía en el hogar; los mismos muebles de madera de olivo le rodeaban.

Cruzó la sala corriendo en busca de la salida. Ahí estaba, junto a la puerta, el gran ventanal; tras él el muro exterior, donde le esperaban fuertes nevadas, la televisión, la cena, su madre.

Milagrosamente, cuando miró afuera vio junto a la parada detenido el autobús, esperando.

Su mano estaba sobre el pomo de la puerta.

Tiró para abrirla.

Un pie presionó la hoja para mantenerla cerrada.

Una voz, una voz ahogada, como la de alguien que ha tenido que correr con rapidez, la voz de alguien que él podía haber conocido, dijo:

—Acompáñame, ¿quieres?

Historia de Sencillo - Isidoro Blaisten

    Tiempo ha, cuando los hombres hablaban en latín, existía en el reino de Ovillar un sastre viudo que tenía tres hijos: Tofillo, Jafetillo y Sencillo.
    Los tres se dedicaban a hilvanar recuerdos.

    Venía un poderoso y les decía:

    - Quiero que me hilvanen estos recuerdos para mañana. 

    Jafetillo y Tofillo se ponían uno de cada lado, tomaban el hilo del tiempo y lo estiraban cuan largo era, mientras Sencillo iba colgando los recuerdos.

    Un día, el sastre viudo murió. Distraído, se había clavado la aguja en la vena cava.

    No tuvo tiempo de nombrar al primogénito.    

    La lucha entre los hermanos no tardó en desencadenarse.

    Jafetillo quería ahorcar a Sencillo, apretándole el cordel del tiempo alrededor de la garganta como lo hacen los tugs. 

    Tofillo trataba a toda costa de agarrarlo distraído para echarle un recuerdo venenoso en el café con leche.

    Jafetillo y Tofillo no daban pie con bola. Sencillo, siempre en otra cosa, nunca estaba cuando ellos tenían que matarlo.

El gnomo bigotudo y el caballo blanco - Cuento Ruso

     En cierto reino de cierto Imperio vivía una vez un Zar. En su corte había unos arreos con jaeces de oro, y he aquí que el Zar soñó que llevaba estos arreos un caballo extraño, que no era precisamente blanco como la lana, sino brillante como la plata, y en su frente refulgía una luna. 

Al despertar el Zar por la mañana, mandó lanzar un pregón por todos los países, prometiendo la mano de su hija y la mitad de su imperio a quien interpretase el sueño y descubriese el caballo. Al oír la real proclama, acudieron príncipes, boyardos y magnates de todas partes, mas por mucho que pensaron, ninguno supo interpretar el sueño y mucho menos saber el paradero del caballo blanco. Por fin se presentó un campesino viejecito de blanca barba, que dijo al Zar:

- Tu sueño no es sueño, sino la pura realidad. En ese caballo que dices haber visto ha venido esta noche un Gnomo pequeño como tu dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo y tenía intención de raptar a tu hermosa hija, sacándola de la fortaleza.

- Gracias por tu interpretación, anciano. ¿Puedes decirme ahora quién es capaz de traerme ese caballo?

- Te lo diré, mi señor Zar. Tres hijos tengo de extraordinario valor. Nacieron los tres en una misma noche: el mayor, al oscurecer; el segundo, a media noche, y el tercero, a punta del alba, y por eso los llamamos Zorka, Vechorka y Polunochka. Nadie puede igualárseles en fuerza y en valor. Ahora, mi padrecito y soberano señor, manda que ellos te busquen el caballo.

- Que vayan, amigo mío, y que tomen de mi tesoro cuanto necesiten. Yo cumpliré mi palabra de Rey: al que encuentre ese caballo le daré la Zarevna y la mitad de mi imperio.

Al día siguiente muy temprano, los tres bravos hermanos, Zorka, Vechorka y Polunochka, llegaron a la corte del Zar. El primero tenía el más hermoso semblante, el segundo, las más anchas espaldas y el tercero, el más apuesto continente. Los condujeron a presencia del Zar, rezaron ante los santos inclinándose devotamente, y ante el Zar hicieron la más profunda reverencia, antes de decir:

- ¡Que nuestro soberano y Zar viva muchos años sobre la tierra! Hemos venido, no para que nos obsequies con banquetes, sino para acometer una ardua empresa, ya que estamos dispuestos a buscarte ese extraño caballo por lejos que se encuentre, ese caballo sin igual que se te apareció en sueños.

- Que la suerte os acompañe, buenos mozos, ¿Qué necesitáis para el camino?

- Nada necesitamos, ¡oh, Emperador! Pero no olvides a nuestros buenos padres. Atiéndelos en su senectud y dales lo necesario para vivir.

- Si no pedís más que eso, id en nombre de Dios. Mandaré conducir a vuestros padres a mi corte y serán mis huéspedes; comerán de lo que yo coma y beberán de lo que yo beba; se vestirán y calzarán de mi guardarropa y los colmaré de atenciones.

Los buenos mozos emprendieron su largo viaje. Uno, dos, tres días anduvieron sin ver otra cosa que el cielo azul sobre sus cabezas y la anchurosa estepa a cada lado. Por fin dejaron la estepa y penetraron en una densa selva, y se regocijaron grandemente. En un claro de la selva hallaron una cabaña diminuta y junto a ella un redil lleno de carneros.

- ¡Vaya! -se dijeron.- Por fin encontramos un lugar donde reclinar la cabeza y descansar de nuestro viaje.

Llamaron a la puerta y nadie contestó; miraron dentro y vieron que no había nadie. Entraron los tres, dispuestos a pasar la noche, rezaron las oraciones y se echaron a dormir. Al día siguiente, Zorka y Polunochka fueron a cazar por el bosque y, dijeron a Vechorka:

- Quédate y prepáranos la comida.

El hermano mayor se conformó, arregló la cabaña, fue luego al corral, escogió el carnero más gordo, lo degolló, lo limpió y lo sacó para la comida. Pero, apenas había puesto la mesa y se había sentado junto a la ventana a esperar a sus hermanos, se produjo en el bosque un ruido como de trueno, la puerta se abrió como si la arrancasen de sus goznes, y el Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo entró en la cabaña arrastrando los bigotes por la espalda. Miró a Vechorka desde sus espesas cejas y chilló con voz terrible:

- ¿Cómo te atreves a entrar en mi cabaña como si fueras el amo? ¿Cómo te atreves a matar a mis carneros?

Vechorka le dirigió una mirada de desprecio y sonrió diciendo:

- Habías de crecer un poco más para chillarme así. Vete y no vuelvas por aquí, si no quieres que coja una cucharada de sopa y un pellizco de pan y haga una gelatina de tus ojos.

- Ya veo que no sabes que, aunque pequeño, soy valiente como el que más -replicó el Gnomo bigotudo, que cogiendo al héroe, lo arrancó del asiento, lo arrastró de un lado a otro, le golpeó la cabeza contra la pared y lo arrojó más muerto que vivo contra el banco. Luego cogió el carnero asado, se lo comió con huesos y todo y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:

- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué llevas la cabeza vendada?

A Vechorka le dio vergüenza confesar que un ser tan insignificante lo había maltratado de aquella manera y contestó a sus hermanos:

- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego y por eso no he podido asar ni hervir nada.

Al día siguiente, Zorka y Vechorka salieron de caza, y Polunochka se quedó a preparar la comida.

Apenas lo tenía todo dispuesto, se oyó en el bosque un estruendo formidable y entró en la cabaña el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, se dirigió a Polunochka, lo zarandeó de lo lindo, y lo arrojó bajo el banco; luego devoró toda la comida y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:

- ¿Qué ha pasado, hermanito? ¿Por qué llevas esos trapos en la cabeza?

- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego, hermano -contestó Polunochka,- y parecía que me iba a estallar, de modo que no pude prepararos la comida.

Al tercer día, los hermanos mayores fueron a cazar y se quedó en la cabaña Zorka, quien se dijo:

- Aquí pasa algo singular. Si mis hermanos se han quejado del calor del fuego dos días seguidos por algo será.

Se puso a arreglarlo todo sin dejar de escuchar un momento, para no estar desprevenido si alguien entraba. Cogió un carnero, lo degolló, lo asó y lo puso en la mesa. Inmediatamente se oyó un ruido como de trueno que corriera por el bosque, se abrió la puerta de la cabaña y apareció el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, con un bigote de siete verstas de largo. 

Llevaba un haz de heno sobre la cabeza y un cubo de agua en la mano. Dejó el cubo en medio del corral, esparció el heno por el suelo y empezó a contar sus carneros. Al comprobar que le faltaba otra cabeza, montó en violenta ira y se arrojó como un loco sobre Zorka. Pero éste no era como sus hermanos. Cogió al Gnomo por los bigotes y empezó a arrastrarlo por la cabaña, dándole golpes, mientras gritaba:

Si no conoces el vado

No camines por el río.

El Gnomo se sacudió de las férreas manos de Zorka, aunque dejando las puntas de su bigote en sus puños, y se escapó a todo correr. De nada sirvió que Zorka lo persiguiese, porque se elevó en el aire como una pluma ante sus ojos y desapareció en las alturas. Zorka volvió a la cabaña y se sentó junto a la ventana a esperar a sus queridos hermanos. 

Éstos se sorprendieron de hallar a su hermanito sano y salvo y con la comida preparada. Pero Zorka sacó de su cinto las puntas del bigote que había arrancado al monstruo y dijo a sus hermanos sonriendo:

- Hermanos míos, permitid que me ría del dolor de cabeza que os ha producido el fuego. Ahora se ha visto que ni en fuerza ni en valor sois compañeros dignos de mí. Voy, pues, sólo en busca del caballo prodigioso. Vosotros podéis volver a la aldea a cavar la tierra.

Se despidió de sus hermanos y prosiguió el viaje solo.

Estaba a punto de salir del bosque cuando vio una choza desvencijada de la que salían lamentos dolorosos.

- A quien me dé de comer y de beber, a ése serviré -decía el ser humano que se quejaba.

El compasivo joven se acercó a la choza y encontró a un hombre cojo y manco que no cesaba de gemir, hambriento y sediento. Zorka le dio de comer y de beber y le preguntó quién era.

- Has de saber que yo era un héroe y no valía menos que tú, pero, ¡ay! me comí uno de los carneros del Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, y me lisió para el resto de mi vida. Pero ya que te has portado bien conmigo dándome de comer y de beber, te diré cómo podrás descubrir el paradero del caballo prodigioso.

- Dímelo, buen hombre; te lo ruego.

- Ve al río que pasa no muy lejos de aquí, coge una barca y traslada a la orilla opuesta durante un año a todos los que quieran cruzarlo; no aceptes dinero a nadie y... verás lo que sucede.

Zorka llegó al río, se hizo dueño de una barco de pasaje y durante un año condujo a la orilla opuesta a cuantos quisieron cruzarlo. Y sucedió que en cierta ocasión hubo de pasar a tres viejos peregrinos. Al llegar a la orilla los viejos desataron sus alforjas y el primero sacó un puñado de oro, el segundo una sarta de perlas puras y el tercero las piedras más preciosas.

- Toma esto para ti en pago de habernos pasado, buen mozo -dijeron los viejos.

- Nada puedo aceptar de vosotros -contestó Zorka,- porque estoy aquí cumpliendo el voto de pasar a todo el mundo sin aceptar dinero.

- ¿Entonces por qué haces esto?

- Busco al caballo prodigioso que no es blanco como la lana, sino brillante como la plata, y no lo hallo en ninguna porte; por eso me aconsejaron que hiciese de barquero y esperase los acontecimientos.

- Has hecho perfectamente, buen mozo, en cumplir fielmente tu promesa. Te daremos algo que puede serte útil en tu viaje. Aquí tienes un anillo que no tiene ningún valor. No tienes que hacer otra cosa que cambiarlo de dedo y se cumplirán todos tus deseos.

Apenas los tres ancianos prosiguieron el viaje, Zorka cambió el anillo de mano y dijo:

- ¡Quiero estar inmediatamente en los parajes donde el Gnomo pequeño como el pulgar apacienta a su caballo!

Inmediatamente lo arrebató la tempestad, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en una profunda quebrada, entre peñascos gigantescos, y al extremo de la quebrada pudo divisar al Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, y a su lado estaba paciendo el caballo prodigioso, no blanco como la lana, era brillante como la plata, en su frente resplandecía una luna y de su crin colgaban muchas estrellas.

- Bienvenido, joven -chilló el monstruo dirigiéndose a Zorka.- ¿Qué te trae por aquí?

- Vengo a quitarte el caballo.

- Ni tú ni nadie puede quitarme el caballo. Si lo cojo de las crines y lo llevo al borde de estos precipicios, nadie del mundo podrá arrancarlo de allí por más que se esfuerce.

- Siendo así, hagamos un trato.

- Con mucho gusto. No me importa negociar contigo. Si me traes la hija de tu Zar podrás llevarte caballo.

- Trato hecho -dijo Zorka, y empezó a reflexionar cómo sacaría mejor partido de la situación. Cambió el anillo de dedo y dijo:

- Quiero que la hermosa Zarevna comparezca inmediatamente ante mí.

En un santiamén la Zarevna se apareció ante él pálida y temblorosa, y arrojándose a sus pies le imploró:

- Buen joven, ¿por qué me has arrancado del lado de mi padre? ¡Ten piedad de mi tierna juventud!

Pero Zorka le susurró:

- Quiero sacar ventaja de ese monstruo. Le haré creer que te cambio por el caballo y que te dejo con él para que seas su mujer; pero toma este anillo y cuando quieras volver a casa no tienes más que cambiártelo de dedo y decir: "Quiero transformarme en alfiler y clavarme en la solapa de Zorka", y verás lo que sucede.

Y sucedió tal como Zorka dijo. Entregó la Zarevna al monstruo a cambio del caballo prodigioso, enjaezó el animal, lo montó y se alejó de allí al galope; pero el Gnomo pequeño como el dedo pulgar corrió tras él riendo y gritándole:

- ¡Está bien, buen mozo, has cambiado una hermosa doncella por un caballo!

Apenas se había alejado Zorka dos o tres verstas, sintió que algo se le clavaba en la solapa. Se llevó la mano allí, y efectivamente, encontró un alfiler. Lo arrojó al suelo y ante él apareció una hermosa doncella que lloraba suplicándole que la volviese a casa de su querido padre. Zorka la sentó a su lado y se alejó galopando como sólo los héroes saben galopar. Llegó a la corte y encontró al Zar de muy mal humor.

- No me causa ninguna alegría, buen mozo, que me hayas servido tan fielmente, ni quiero yo el caballo que has ido a buscarme ni te recompensaré conforme a tus méritos.

- ¿Y por qué, mi querido padre el Zar?

- Porque, amigo mío, mi hija se ha marchado sin mi consentimiento.

- Ruégote, mi soberano señor y Zar, que no gastes esas bromas conmigo: la Zarevna acaba de darme la bienvenida en el patio de armas.

El Zar corrió enseguida el patio de armas, donde encontró a su hija. La abrazó y la condujo al lado del joven.

- Aquí está tu recompensa y mi alegría.

Y el Zar tomó el caballo y dio su hija a Zorka por mujer y la mitad de su imperio, según promesa. Y Zorka aun vive con su mujer a quien ama más cada día y goza de su buena fortuna sin vanas ostentaciones ni jactancias.