Quizá ya me hayan oído alguna vez hablar de Amarillo. Era un gato de ese color que llegó hasta nosotros procedente del bosque, cuando mi hermano y yo todavía vivíamos en la pequeña cabaña de troncos, en las costas de Puget Sound.
En aquellos días fue para nosotros un amigo muy especial. Su llegada a casa fue de lo más espectacular, y su partida fue igualmente sensacional. La gran escena final de su historia, según me contaron quienes lo cuidaron durante sus últimos años, es tan curiosa y tiene tantos tintes melodramáticos que temo que algunos puedan ponerla en duda.
Como explicación de por qué creo que es cierta, solo puedo ofrecer el dato de que Amarillo siempre fue un gato de lo más atípico. Y la prueba de ello es que está inmortalizado en el pueblo de Old Man House, tallado y pintado en un tótem. La tribu de los skokomish solo honra así a los seres verdaderamente grandes.
Pero el instinto que lo había traído desde el bosque hasta la cabaña, donde sabía que encontraría auxilio para su herida, hizo que por fin nos aceptara. Nos dejó examinar la pata herida y nos permitió lavarla y untarla con una pomada.
Después, totalmente incapaz de cazar y de cuidar de sí mismo, nos dejó que le brindásemos la hospitalidad de nuestro hogar. Llegó a querernos, nos aceptó y, ya recuperado, se quedó con nosotros y se hizo nuestro amigo.
Nos acompañaba durante todo el día y, algunas veces, cuando yo dormía fuera de la casa, en un saco de dormir, solía oír durante la noche su suave «prrt», que significaba que estaba a punto de saltar junto a mí; a continuación sentía el impacto de su cuerpo blando y pesado.
Pero los mayores no compartían nuestra aprobación incondicional tanto de Amarillo como de su modo de actuar. Él, que nunca había tenido conocimiento alguno de la civilización, no sabía, y tampoco podía aprender, que había que respetar a los pollos, no atraparlos y devorarlos cada vez que estaba hambriento.
Tampoco se le podía permitir que molestase a las palomas, que trepase hasta sus nidos y matase a los polluelos. Así que, cuando hubo fracasado nuestra capacidad de persuasión y tras muchos intentos de imponer disciplina, se llegó a la conclusión de que Amarillo debía marcharse. Esto hizo que mi hermano y yo nos pusiéramos muy tristes.
Pero creímos que lo mejor era dejarlo al amable cuidado de un pescador amigo nuestro, un enorme hombre moreno de ojos dulces y sonrientes, un hombre cuyos antepasados tenían sangre india y española, y cuya mujer y familia pertenecían a la tribu de los skokomish. Vivían en el remoto pueblo de Old Man House, al que los indios llamaban Suquamish.
Esperábamos que se entretendría comiendo y que no se daría cuenta de que se estaba yendo de nuestro lado hasta que ya fuera demasiado tarde. El pescador indio se alejó del muelle muy despacio y no encendió el motor hasta que la barca, empujada por la corriente, se hubo separado unos treinta metros o más.
Pero cuando el zumbido de la bobina sobresaltó a Amarillo, y el batir de la hélice hizo girar el agua en remolinos blancos y verdes, se dio cuenta de que se lo estaban llevando en contra de su voluntad y sin previo aviso.
Vimos el destello de su cuerpo amarillo al saltar y el chapoteo al hundirse ante nuestra vista. Gritamos, convencidos de que se iba a ahogar. Pero no era su intención un final tan poco glorioso. Al cabo de un momento estaba nadando hacia nosotros, con facilidad, con fuerza; sus orejas copetudas se aplastaban sobre la cabeza y su cuerpo formaba una ágil línea amarilla en el azul del agua.
Cuando llegó al embarcadero saltó, se sentó con perfecta compostura y empezó a asearse con gran formalidad y elegancia. Parecía no pensar en absoluto en el baño que acababa de tomar. Aquel día, debido a nuestras súplicas, permitieron que se quedara con nosotros.
Nos quedamos mirando con tristeza desde el embarcadero hasta que la barca de pesca no fue más que una pequeña mancha oscura a través del verdor que sobresalía del cabo. Entonces la perdimos de vista y supimos que Amarillo se había marchado de nuestro lado para siempre.
Estaba bien y era feliz; había impuesto su reinado entre los gatos del pueblo, que eran más pequeños, de modo que ninguno de ellos se atrevía a poner en cuestión su autoridad. Pero no me enteré de todos los detalles de su tempestuosa vida hasta que, habiendo superado ya la infancia y llevando muchos años alejada de aquella región de aguas grisáceas y pinos cantarines, regresé al bosque y a las aguas de Puget Sound.
En Suquamish pude ver a nuestro querido y viejo pescador; las huellas del tiempo no habían marcado sus mejillas rosadas ni el claro centelleo de sus ojos; vi también al pescador indio y a su mujer, los que habían dado asilo a Amarillo; por ellos y por su joven hijo ciego supe la historia de su trágica y triunfante vida.
Actualmente, en la plaza del pueblo hay un tótem tallado por el muchacho ciego. En él está representada la historia de cómo Teet’ Motl, con su novia Hoo Han Hoo, cabalgó a lomos de un delfín en dirección a un lejano país en el que el Gran Espíritu les había prometido hallar descanso y prosperidad. Su marcha fue interrumpida por un banco de peces negros, esos tigres de mar a los que los indios llaman «asesinos».
Pero el valiente delfín, después de dar ánimos a la pareja que cabalgaba sobre su lomo, se sumergió en las profundidades del mar y se llenó la boca de guijarros. Entonces, como se desencadenó una gran tormenta, Teet’ Motl y Hoo Han Hoo se deslizaron hasta el interior de la boca del delfín para ponerse a salvo.
Dentro encontraron los brillantes guijarros que el pez gigante había recogido. Cuando por fin la tormenta amainó, el delfín los había llevado sanos y salvos a un bonito país de verdes árboles y bayas llenas de frutas. Los indios que habitaban ese país no utilizaban monedas, sino guijarros brillantes. Como Teet’ Motl y Hoo Han Hoo tenían muchos, fueron ricos y prósperos para siempre.
El muchacho ciego decía que incluso en aquellos días, si los asesinos llegasen del sur, volvería a desencadenarse una tormenta. Por eso decidió tallar en el tótem a Teet’ Motl y a su novia a salvo en la barriga del delfín.
Cazó los ratones que desde mucho tiempo atrás se habían divertido en la cabaña, e incluso una vez, en plena noche, dio la alarma de un fuego que había prendido a partir de una chispa fortuita, y lo hizo maullando y frotando su frío hocico contra la cara del pescador indio.
Compensó la hospitalidad que le habían brindado con una amistad incondicional y verdadera. Pero solo amó al muchacho ciego. Creo, y me gustaría que ustedes lo creyeran también, que fue así porque sabía que el muchacho vivía en la oscuridad y que de algún modo su amigo era un ser indefenso.
Cuando Amarillo consideraba que su amigo estaba dedicando demasiada atención a la tarea de tallar, estiraba una pata peluda y amarilla y daba una palmadita en la mano del muchacho ciego. Si no recibía respuesta bostezaba de un modo asombroso, se levantaba, se estiraba y frotaba su amplio lomo contra la cara del muchacho ciego, caminando intencionadamente sobre el tronco para que no pudiera seguir tallando.
Entonces, si su amigo insistía en continuar con su tarea, Amarillo solía lanzar un maullido agudo, con un tono algo enfadado que terminaba en un gruñido. Entonces agitaba violentamente la cola, saltaba de la mesa haciendo un gran ruido y se metía debajo del hornillo haciendo mohínes, negándose a salir por más que lo llamaran o le dedicaran cariñosas palabras.
En cierta ocasión encontraron un nido de faisán; junto al nido estaba el cuerpo sin vida de la madre, acribillada a balazos, y los polluelos marrones recién salidos del cascarón. Se llevaron a los pequeños a la cabaña y los alimentaron con tanto cuidado que todos ellos lograron sobrevivir; habrían llegado a ser faisanes adultos de no haber sido por Amarillo.
Amarillo los miraba con ojos hoscos de color ámbar, agitando un poco la cola, y los músculos de sus hombros daban un ligero respingo en cuanto veía que las crías de faisán corrían de un lado para otro protegidas por la jaula de alambre.
Pero nunca se atrevió a molestarlas. Tampoco intentó saltar sobre ellas cuando se habían hecho tan grandes que creyeron que la jaula era demasiado pequeña para que pudieran estar cómodas dentro, así que les permitieron vagar en libertad; quizá tenía en mente el castigo que se le había impuesto en nuestra cabaña por haberse atrevido a matar a los pollos.
La verdad es que ni el pescador indio ni su mujer lo descubrieron nunca tratando de forma violenta a los faisanes, pero estos fueron desapareciendo uno a uno, dejando un puñado de plumas como único testimonio de su paso por la casa.
Una vez Amarillo entró en la cabaña con una pequeña pluma todavía colgando de sus bigotes; había olvidado eliminar las pruebas. Era la última pluma del último faisán. Le dieron un sonoro azote; él gruñó, bufó y salió corriendo hacia el bosque; no apareció por allí en dos días, durante los cuales el muchacho ciego lo echó mucho de menos.
Cuando volvió lo hizo con pasos hoscos, precavidos, y sus ojos de color ámbar eran tan esquivos como si pusiese en duda que fueran a recibirlo bien. Pero la familia le perdonó el asunto de los faisanes, se alegró mucho de su regreso y el muchacho ciego lloró, apretando muy fuerte al gato amarillo contra sus mejillas.
Entonces Amarillo ronroneó profundamente, como un órgano, hundió sus patas en los hombros de su amigo y aquella noche durmió en la cama del muchacho ciego sin que le hubieran reñido. Durante una semana no perdió de vista al niño; lo seguía como si fuese un perro y cada noche se sentaba junto a él mientras tallaba el tótem.
Alguien había agujereado un pequeño tronco y, dentro del agujero, a bastante profundidad, había metido un panal. Después había rodeado el agujero de clavos, de tal manera que un mapache, al intentar sacar el panal, no pudiera hacerlo sin arrancarse totalmente la piel.
El pescador indio encontró a la hembra mapache con una pata metida en el agujero; sus ojos brillantes parpadeaban asustados rodeados por una mancha negra que atravesaba de extremo a extremo su cara, como si se tratara del antifaz de un bandolero.
La verdad es que había sido tonta empeñándose en no soltar el panal, ya que, si se hubiera detenido a pensarlo y se hubiera decidido a comprimir su pequeña garra negra, podría haberla sacado de la hilera de clavos sin hacerse daño. Pero quería el panal, se negaba a soltarlo, de modo que seguía prisionera, tal y como sin duda había previsto quien había colocado la trampa.
El pescador deslizó su sombrero sobre la mapache; entonces, asustada de repente, retiró la pata, que estaba pegajosa a causa del panal. El pescador indio la llevó a la cabaña, aunque el animal no dejaba de protestar retorciéndose y agitándose.
La verdad es que Amarillo nunca había visto una cría de mapache, con su antifaz negro en la cara y su cola arremolinada primorosamente por encima de la cabeza. Saltó a una silla y resopló con fuerza mientras la pequeña procesión atravesaba el suelo de la cocina en dirección a un cuenco de leche situado detrás del hornillo. Betty no se dio cuenta de su presencia, así que siguió su camino, con sus tres hijos siguiéndola en fila, uno inmediatamente detrás del otro.
Si Betty y sus pequeños hubiesen estado fuera de la casa se habría lanzado sobre ellos sin demora. Pero su presencia en la cocina le inquietaba, le obligaba a plantearse qué hacer con ellos. Lo habían castigado muchas veces por meterse con los amigos de la casa. Se relamió y continuó gruñendo.
Aunque parecía no haber prestado atención al gato amarillo, estaba ya lista para recibir su ataque. Lanzó un grito agudo y se precipitó tan rápidamente hacia un lado que ni la rapidez de Amarillo habría podido igualarla. Antes de que el gato de color amarillo hubiera podido darse cuenta de lo que estaba pasando, la mapache había caído sobre él; sus pequeñas patas negras se aferraron al cuello del gato y sus afilados dientes le atravesaron la gruesa piel y la carne que había debajo.
Amarillo gruñó y gimió de dolor. Dio varias vueltas, intentando en vano clavar las garras en el asustado y esbelto cuerpo de la hembra mapache. Las crías mapache huyeron hacia el hornillo, debajo del cual se sentaron y miraron fijamente con ojos brillantes e inquisidores el torbellino rodante y confuso de pelo amarillo y marrón.
En esta desigual batalla fue Amarillo quien por fin gritó «basta». Su autoridad había sido incuestionable durante tanto tiempo que su rendición fue, si cabe, más completa. Se precipitó hacia la puerta abierta, maullando aterrorizado. Betty seguía montada en él como un jockey, con las garras clavadas con fuerza en su pelambrera y los ojos cruelmente burlones a través de su negro antifaz de bandolero.
Pero por fin volvió, muy resentido y malhumorado, hasta que se dio cuenta de que realmente era bienvenido, en especial por parte del muchacho ciego, que lo había echado mucho de menos. Así pues ronroneó y rodó por el suelo como un minino, y por la noche durmió en la cama del muchachito.
No volvió a molestar a la familia mapache, que para entonces vivía en la casa. Betty y sus hijos entraban en la cocina y en la sala cuando querían, incluso comían de la mano del muchacho ciego, y Amarillo no hacía nada por evitarlo. Algunas veces solía gruñir quedamente, pero cuando Betty lo miraba con severidad desde detrás de su antifaz, optaba por parpadear, mirar hacia otro lado y fingir que no había dicho esta boca es mía.
Sabían dónde el pescador indio varaba la pequeña barca en la que cargaba el pescado para ir a venderlo. Al final de su jornada diaria, este tenía la costumbre de dejar algunos peces pequeños en la barca por el simple placer de ver a Betty conduciendo a sus hijos a través del bosque hasta la costa rocosa, los cuatro en fila india, con sus colas enroscadas por encima de sus cabezas, y todos ellos canturreando la curiosa y monótona cancioncita que cantan los mapaches cuando están en camino y disfrutan de la vida.
En esas fechas era muy raro que Amarillo saliese al bosque a cazar. Al contrario, prefería quedarse con su querido muchacho, seguirlo cuando andaba por el patio con pasos vacilantes e inseguros, propios de quien no puede ver, y dormir en su cama por la noche.
Se preocupaba del minino con mucha más ternura que la madre gata, ya que, después de todo, esta demostró ser una mujerzuela descuidada a la que no le preocupaban en absoluto los sentimientos de Amarillo.
Poco después de destetar a su hija se largó al bosque, así que el minino, a quien el pescador indio había puesto el horrible nombre de «Whiskey Susan», creció bajo la completa supervisión de su padre.
El pescador indio lo liberó con mucho cuidado y lo llevó a la cabaña, donde su mujer se hizo cargo del inválido, le entablilló la pata herida y atendió todas sus necesidades. La primera noche, Amarillo, al entrar en la cabaña, descubrió al recién llegado.
El muchacho ciego, que no podía ver que Amarillo se acercaba, estaba inclinado sobre el pato herido y lo acariciaba suavemente. Al verlo, Amarillo lanzó un silbido agudo y saltó. Su brinco tan solo lanzó al atónito pato al suelo, pero la mujer del pescador no estaba dispuesta a tolerar que su inválido recibiera semejante trato.
Dio un fuerte manotazo a Amarillo; este la miró fijamente con furiosos ojos de color ámbar, después inclinó las orejas hacia atrás, salió corriendo de la casa, con su pelo formando gruesas y apretadas arrugas, y se dirigió directamente al bosque.
Cuando su madre estaba ocupada, de modo que no podía impedírselo, solía tantear el camino, cruzar la puerta y avanzar por la senda que lleva a la espesura del bosque andando muy despacio, con las manos extendidas hacia delante, llamando a Amarillo con la esperanza de que el gato lo oyera y regresara a su lado.
No obstante, el muchacho ciego siempre regresaba sano y salvo, ya que solo se aventuraba por un corto trecho del camino y volvía antes de que pudieran darse cuenta de su ausencia.
Pero un día, confiando en que ya conocía el sendero, se marchó sin que se dieran cuenta. Avanzó más que en otras ocasiones y, a medida que creía que no podían oírlo desde la cabaña, llamaba a Amarillo en voz cada vez más alta.
El camino se volvió más escabroso y sus pies no estaban acostumbrados a él, pero aun así continuó; por fin, se dio cuenta de que el ambiente era frío, lo cual significaba que se había hecho de noche.
El bosque permanecía silencioso; lo único que rasgaba ese silencio era el claro sonido de las hojas cayendo al suelo o la llamada distante de una garza que volaba hacia un nido situado en lo alto de un gran pino. Un poco asustado, el muchacho ciego se dispuso a regresar a casa, pero sus pies habían perdido la confianza en sí mismos. Giró por una senda accidentada y sinuosa que lo alejaba del camino correcto.
A medida que la noche se hacía más fría, sus pies tropezaban con las raíces que se extendían por el suelo y las ramas bajas le golpeaban en la cara. Se dio cuenta de que se había perdido y de que estaba desamparado.
Entonces dejó de llamar a Amarillo; alzó la voz en un grito agudo y oscilante, como el que suelen hacer los indios. Este sonido atraviesa grandes espacios sin dificultad, así que los indios lo utilizan como señal de peligro.
Les resultó fácil encontrar el camino, ya que el bosque había recuperado la vida con los sonidos salvajes de una pelea, gritos extraños que hacían que los pájaros se agitaran nerviosamente y que los hombres apretasen los dientes temiendo lo que pudieran encontrar.
El muchacho ciego se acurrucó entre los helechos, junto al camino, y se arrastró extendiendo los brazos hacia unos rescatadores a los que no podía ver. Su padre lo levantó con un gran sollozo. Una ráfaga de disparos cayó cruelmente sobre el torbellino de cuerpos retorcidos. De repente, se produjo un profundo silencio. Los cuerpos cayeron pesadamente, se agitaron durante un momento y quedaron tendidos, inmóviles.
Su piel estaba desgarrada casi en jirones, y yacía en medio de un charco de sangre. Pero el lince también había sufrido lo suyo, ya que los dientes de Amarillo estaban hundidos en su garganta y ni siquiera la muerte había logrado que la soltase.
Pero en cuanto se hubo arrodillado y extendido los brazos para dar la bienvenida a Amarillo con todo su corazón, notó que las ramas situadas por encima de su cabeza se agitaban y oyó el salvaje grito de un lince. A continuación, el lince había saltado y lo había golpeado en la cara.
Pero antes de que aquella criatura sedienta de sangre hubiera podido saltar sobre él de nuevo, había aparecido Amarillo, luchando salvajemente, y el lince, sorprendido por el repentino ataque, se había visto obligado a defenderse, olvidándose por un momento de la presa humana a la que había estado acechando.
Al pie del tótem puede verse la cara fiera y rugiente de un lince, en la que se han tallado unos colmillos blancos y crueles. Sobre esta cara rugiente descansa la impasible figura de un pato real con una pata tiesa y entablillada.
Más arriba hay dos ojos cerrados, ojos que no pueden ver la luz. Y en el extremo superior, en el lugar de honor, puede verse el retrato tallado de Amarillo, con su cara bondadosa y casi sonriente, sus orejas copetudas erectas y alerta.