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Pobre Manolito - Elvira Lindo

 El nene no está calvo

Mis amigos nunca lo confesarán, pero sé que me envidian. Me envidian por el camión tan grande que tengo y me envidian porque cuando mi padre vuelve los viernes de sus largos viajes, nada más entrar en mi calle, hace sonar dos veces la bocina para anunciarnos su llegada, así que nos enteramos nosotros, pero también se entera todo el barrio.

Lo que más mola es que hay una regla sagrada por la cual mi madre nos tiene que dejar bajar a recibirle sea la hora que sea. Te puede pillar en el wáter, cenando o en la bañera, da igual, hay que echar a correr escaleras abajo y llegar a tiempo para abrirle la puerta del camión y lanzarte a su cuello sin piedad. Mi padre sube los tres pisos con nosotros colgando y diciendo:

—Me vais a matar, ¿qué os da de comer tu madre que cada día estáis más gordos?

El otro día la bocina de mi padre hizo temblar mi barrio a la una de la madrugada. Yo me desperté y me levanté de un salto y me puse las zapatillas en chancleta. Mi madre no me quería dejar bajar porque decía que a esas horas no estaba bien que un niño anduviera por la calle. Yo me puse en la puerta medio llorando y me hubiera puesto de rodillas si hubiera sido necesario:

—¡Si él ha tocado la bocina es que quiere que bajemos!

Mi abuelo gritó desde la cama, con su voz sin dentadura:

—¡Deja que el chiquillo baje a ver a su padre, qué ganas tienes de decirle siempre a todo que no!

Con el grito de mi abuelo el Imbécil se puso a llorar como un energúmeno desde su cuna de bebé gigantesco. Como mi madre no quería sacarlo, él se tiró en picado al suelo. Mientras se tocaba la frente con la mano por el coscorrón que se había dado empezó a señalarme:

—¡El nene quiere con Manolito!

Y por miedo a sus llantos incontrolados nocturnos (tenemos noticias de que se han llegado a oír en Carabanchel Bajo) mi madre nos puso las cazadoras encima del pijama y nos dejó echar a correr. La Luisa, que siempre está alerta por si acecha el enemigo, salió cuando pasábamos por su descansillo:

—¿Y cómo os deja tu madre salir a estas horas?

—Porque su padre es un liante y les toca la bocina —dijo mi madre, asomándose.

—Pues hay niños que han sido raptados en el mismo portal de su casa.

Desde abajo oímos al vecino del cuarto que gritaba:

—A éstos no los aguanta un secuestrador ni una hora. ¿Es que no se puede hacer menos ruido bajando las escaleras?

—¡A dormir, tío pesao! —le dijo la Luisa.

—¡Cómo voy a dormir, señora, si tiene usted abierta la portería las veinticuatro horas!

Como salimos a la calle ya no pude oír más, pero creo que la Luisa le decía que se estaba confundiendo, que la portería la debía tener su madre.

Mi padre ya había aparcado el camión y nos alumbró con las luces. Las luces del camión de mi padre pueden llegar a alumbrar toda la Gran Vía, eso está demostrado ante notario. Abrió la puerta y lo de siempre: nos lanzamos a él como dos garrapatas y así subimos, cada uno colgado en un brazo.

Mi padre olía al camión Manolito y a sudor. La pena es que cuando llega a casa se ducha y ya no huele a bienvenida, que es el olor que a mí me gusta.

Mi madre intentó descolgarnos del cuello de mi padre. Nos decía que ya era muy tarde para que estuviéramos levantados, pero nosotros nos dimos perfecta cuenta de que lo que quería era quedarse a solas con él. Lo quiere todo para ella. Pero fue imposible: nosotros lo habíamos cazado primero. No pensábamos renunciar ni un minuto a nuestra presa: el gran elefante blanco. Así que no les quedó más remedio que admitirnos en la comida. Era la una y media cuando mi madre se puso a hacerle la cena. Con el chisporrotear de los huevos mi abuelo se levantó. Ese sonido es para él como un despertador. Oye el chisporroteo y se va a la cocina y se apalanca en una silla y lo que le pongan delante lo moja en pan y se lo come. Mi madre le dijo:

—Papá, que ya cenaste hace dos horas huevos fritos.

—¿Qué quieres, que me esté en la cama mientras vosotros estáis aquí comiendo a mis espaldas? —mi abuelo se puede poner muy dramático cuando hay huevos fritos por medio.

—Pero si el único que va a cenar es Manolo...

—El nene quiere como el Abu (el Abu es mi abuelo) —dijo el Imbécil dejando el chupete encima de la mesa como primera medida para ponerse a engullir.

—¿Y por qué no haces huevos para todos? Que estoy harto de cenar solo toda la semana —ése es mi padre, el de las grandes ideas.

—¿A las dos de la madrugada?

—Eso tiene buen arreglo, se desayuna a las doce del mediodía mañana y sanseacabó —dijo mi abuelo.

Al momento llamó la Luisa en bata al timbre preguntando que a qué venía ese jaleo, que si había ocurrido algo. A los cinco minutos ya estaba mojando trocitos de pan en los huevos de los demás. Bernabé subió a buscarla y ella le calló metiéndole un trozo de pan en la boca. Nos comimos una barra entre todos, sin contar, claro está, con el Imbécil. Él no utiliza pan para mojar: moja con el chupete. Lo hace para distinguirse.

—¡Qué ricos estaban los huevos, Catalina! —dijo mi abuelo antes de volverse a la cama, y siguió hablando solo por el pasillo—. ¡Qué buena idea esa de comer huevos de madrugada! No tienes ni que ponerte la dentadura. Es una experiencia que tengo que repetir.

Cuando acabamos de cenar mi padre nos hizo la inspección. Nos la hace todos los viernes: el Imbécil y yo nos colocamos muy rectos con la espalda pegando a la puerta de la cocina y nos hace una señal con lápiz a ver si hemos crecido en el tiempo que él ha estado fuera. Tenemos que andarnos con ojo porque en cuanto nos despistamos el Imbécil se pone de puntillas. Últimamente yo estoy muy preocupado porque la distancia entre la raya del Imbécil y la mía es cada vez más pequeña. La verdad, no me haría ninguna gracia tener un hermano pequeño más alto que yo. Qué vergüenza. No podría ni salir a la calle. Y, de vez en cuando, como ocurrió la otra noche, nos dice las palabras mágicas:

—A estos niños hay que pelarlos.

En cuanto el pelo nos tapa un poco las orejas nos lleva el sábado a su peluquero, al señor Esteban.

Mi padre dice que el señor Esteban es un maestro de la tijera. El señor Esteban tiene parkinson, pero nunca le ha cortado a nadie ni una oreja ni dos. Su tijera se acerca temblorosa a la cabeza de un bebé con tres pelos o de un viejo con tres pelos. El bebé llora aterrado, el viejo cierra los ojos y dice las que cree que serán sus últimas palabras. La gente en la barbería contiene el aliento y traga tres litros de saliva por cabeza. ¿Y qué es lo que sucede? No sucede nada. Mi abuelo dice que es un corte de pelo con emoción y suspense y que eso también se paga.

A la mañana siguiente mis padres se fueron a tomar su vermú de los sábados al Tropezón. Mi padre dijo:

—Dentro de media hora bajáis y nos vamos al señor Esteban.

Entonces fue cuando a mí se me ocurrió la gran idea del siglo XX: les ahorraría a mis padres el dinero del pelado del Imbécil. Al fin y al cabo para los pocos pelos que tiene... Sería una gran sorpresa; diría todo el mundo:

—¡Qué bien le ha dejado el señor Esteban la cabeza al nene!

—No ha sido el señor Esteban —diría mi madre—, ha sido mi Manolito.

Metí al Imbécil al wáter conmigo y le senté en un taburete. Le consulté primero, claro, no me gusta forzar a nadie:

—¿Quiere estar el nene guapo?

—El nene guapo.

Esto quiere decir que dio su consentimiento. Es que su lenguaje sólo lo entendemos los expertos.

Entonces empezó la operación; quise que todo fuera perfecto: cogí una toalla y se la puse como una capa, luego le di una revista de mi madre y se la abrí por el reportaje del romance de Melanie Griffith y Antonio Banderas. Le debió gustar mucho porque ya no se movió de esa página. De vez en cuando señalaba a Melanie y decía:

—La Luisa.

Más que un gran fisonomista es un optimista.

Había llegado el momento de la verdad: cogí las tijeras y empecé mi obra de arte. Primero le fui quitando todos los rizos de atrás; eso sí, quería dejarle una coletilla como la que llevaba Yihad el año pasado. La coletilla, en vez de quedarme abajo en la nuca, me quedó muy arriba. Lo miré: por un momento me pareció un Hare-krishna. Bueno, no tenía importancia. Seguí con la parte de delante. Le quité un cacho de flequillo por un lado, luego otro cacho por el otro. No sé por qué nunca me quedaba igualado, así que tenía que cortar ahora a un lado y luego al otro, así muchas veces. Hasta que no pude seguir porque ya no le quedaba pelo. Qué raro estaba: calvo con la coletilla por detrás, calvo por delante, y por en medio su pelo de siempre. Tuve que ponerme con la parte central hasta que inexplicablemente lo dejé calvo también por ahí. Lo único que sobresalía de su cabeza era el rizo aquel. De pronto el rizo en aquella cabeza rosa me pareció el rabo de un cerdito. No se puede decir que estuviera guapo. Estaba... original.

—¿Te gusta? ¿A que el nene está muy fresquito?

El Imbécil abandonó por un momento a Melanie para mirarse en el espejo:

—El nene está calvo.

—No está calvo, mira...—le di un espejo pequeño para que se mirara por detrás, como hacen en las peluquerías, y le enseñé su rabillo. Se lo miró una y otra vez con mucho detenimiento. Finalmente, dio su aprobación:

—El nene guapo.

Le encantó. Menos mal, es un niño muy exigente. Pero yo no las tenía todas conmigo. Estaba temiendo que otras personas no valorasen la originalidad del peinado. Esas otras personas a las que yo estaba temiendo nos estaban esperando en el portal. Eran... mis padres.

Mi madre se quedó con la boca abierta.

El Imbécil se dio una vuelta completa y dijo cogiéndose la coletilla:

—El nene no está calvo, el nene guapo.

—Y... fresquito —dije yo con una de esas sonrisas que nadie te agradece.

Las consecuencias de mi corte de pelo fueron terribles: me castigaron sin salir toda la tarde del sábado y sin ver la tele. Pero eso no fue lo peor, eso lo hubiera soportado con resignación. Lo peor fue que al Imbécil mi madre le cortó su coletilla de monje tibetano y no paró de llorar, no paró de llorar hasta que se acostó por la noche. Y no exagero.

 

Los dos hermanos - Lev Tolstói

     Éranse dos hermanos que viajaban juntos; al mediodía decidieron tumbarse bajo unos árboles del bosque para descansar.
     Cuando se despertaron, vieron cerca de ellos una piedra sobre la que se podía leer esta inscripción:
     Que quien se encuentre esta piedra camine por el bosque en dirección al Oriente; en el camino encontrará un río que deberá atravesar; a la otra orilla del río verá a una osa con sus ositos; deberá coger a esos ositos y subir a la montaña sin volverse. Allí encontrará una casa en la que encontrará la felicidad.
     El hermano menor le dijo entonces al mayor:
     —Vayamos juntos; tal vez podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a la casa y encontrar la felicidad los dos.
     El mayor le respondió:
     —Yo no iré en busca de los osos y te aconsejo que tú no lo hagas. En primer lugar porque no puede saberse de dónde procede esta inscripción, que puede ser una trampa para los viajeros. En segundo lugar porque es muy probable que la hayamos leído mal y, en tercer lugar porque, aun admitiendo que todo sea verdad, pasaremos la noche en el bosque, no seremos capaces de hallar el río y nos perderemos. Y aun cuando lo hallásemos, ¿podríamos atravesarlo? Quizá sea demasiado ancho y la corriente muy rápida. Pero imagina que logremos pasarlo, ¿crees que será sencillo apoderarse de los ositos? La madre nos devorará. Por otra parte, aunque fuésemos capaces de apoderarnos de los oseznos, no nos sería posible escapar sin un descanso para escalar después la montaña. Por último, aquí no se especifica qué clase de dicha es la que podemos encontrar en aquella casa; puede ser una dicha inútil.
     El otro hermano replicó:
     —No soy de tu misma opinión. Eso no se escribió en la piedra sin un objeto, y el sentido de esa inscripción está muy claro y preciso. Y no correremos un gran peligro. Si no vamos nosotros, otro descubrirá la piedra y encontrará la felicidad que se nos brinda a nosotros ahora. Por otra parte, lo fácil no es agradable. Y yo no quiero pasar por un cobarde.
     Entonces habló el hermano mayor:
     —Conoces el proverbio —le dijo—, aquel que advierte: Quien todo lo quiere, todo lo pierde. O el otro que dice: Más vale pájaro en mano que ciento volando.
     El menor le replicó:
     —Y yo he oído decir: Quien teme a la hoja, no tendrá madera. Y aún más claro: Bajo la piedra inmóvil, no corre el agua. Pero ya es tarde y debo partir.
     El hermano menor se marchó y el mayor no quiso seguirlo.
     Un poco más lejos, en medio del bosque, el menor encontró el río, lo atravesó y junto a la orilla del otro lado vio a una osa que dormía; cogió a sus oseznos y echó a correr enseguida, sin detenerse, en dirección a la montaña.
     Nada más llegar a la cima, una multitud de personas salió a su encuentro, y lo llevó a la ciudad, donde fue proclamado zar.
     Reinó durante cinco años. Al sexto, otro soberano más fuerte que él le declaró la guerra, conquistó su ciudad y lo expulsó de allí.
Entonces el hermano menor anduvo por los caminos de nuevo hasta llegar a la casa de su hermano mayor.
     Este vivía pacíficamente en el campo, sin ninguna riqueza, pero sin que nada le faltara.
     Ambos fueron muy dichosos mientras se contaban sus vidas.
     —Ya ves —dijo el mayor— que estaba en lo cierto. Por mi parte, vivo y he vivido siempre sin preocupaciones. Tú, aunque fuiste zar, mira lo que te ha ocurrido.
     El menor le respondió:
     No lamento mis aventuras en el bosque, ni haber sido zar, ni siquiera haber sido destronado. Es cierto que ahora estoy mal, pero para embellecer mi vejez tengo un corazón lleno de recuerdos hermosos, mientras que tú no cuentas con nada.

La Paz Mundial - Elvira Lindo

Hace diez días con sus diez noches mi sita Asunción entró en la clase a las nueve en punto de la mañana, sin dejarnos esos cinco minutos que tenemos todos los días para echarnos en cara lo que nos hicimos los unos a los otros el día anterior.

La sita Asunción tomó aire y casi todos bostezamos porque era muy temprano para aguantar uno de sus discursos. Nuestra sita dijo lo siguiente:

—Este año quiero que preparemos el Carnaval como si fuera el último carnaval de nuestra vida. Vamos a presentarnos a un concurso de Eurovisión de disfraces que van a hacer en una discoteca de Carabanchel el próximo sábado. Van a presentarse niños de los colegios de todo el barrio y tenéis que demostrar al mundo que sois unos niños como Dios manda y no esos delincuentes que parecéis.

No la dejamos acabar, se montó un mogollón en la clase que no veas. Yihad se levantó para decir:

—Aviso: yo me voy a disfrazar de Supermán y lo digo para que no se disfrace nadie más de Supermán porque en esta galaxia Supermán sólo hay uno y ése soy yo y no quiero tener que partirme la cara con nadie. Repito: es un aviso.

Entonces dice el Orejones:

—¿Y de qué me disfrazo yo si sólo tengo el disfraz de Supermán y mi madre no me va a querer comprar otro?

Y se empezó a oír un eco en toda la clase: «Y yo… y yo… y yo», porque todos los niños tienen el mismo disfraz de Supermán por los siglos de los siglos.

Yihad había avisado. Se tiró descontrolado a por el primero que pillara, porque a Yihad en esos momentos de alta tensión ambiental le da igual ocho que ochenta. No sé por qué tuvo que pillarme a mí; a lo mejor tiene razón mi madre cuando dice que siempre estoy en medio, como el jueves. Menos mal que soy un niño con reflejos y me defendí rápidamente:

—No hace falta que me rompas las gafas esta vez, Yihad. Todo el mundo sabe que yo prefiero ser el Hombre Araña.

Entonces salió un tío de mi clase diciendo que el Hombre Araña era él, y una niña que quería ser la Bella y pedía a gritos una Bestia… Así que, tal y como se habían puesto las cosas, no nos quedó más remedio que empezar a pegarnos, porque es la única forma que tenemos en mi clase de solucionar nuestros problemas de convivencia.

La sita Asunción, fuera de sus casillas, dio tres punterazos en la mesa y eso nos hizo acordarnos en masa de que estábamos en el colegio, en una clase y con una sita despiadada: la sita Asunción. Mi sita dice que da los punterazos en la mesa para desahogarse. En el fondo lo que a ella le gustaría sería darlos sobre cabezas humanas, lo que pasa que tiene la mala suerte de que ahora se lo prohíbe la Constitución española. «Si no fuera por la Constitución —dice a veces mi sita Asunción—, ibais a estar más tiesos que unas velas del Santo Sepulcro».

Mi sita Asunción dijo que nada de supermanes, ni de hombres arañas, ni de bellas ni de bestias; que teníamos que demostrar a Carabanchel, a España, a Estados Unidos y al planeta Tierra que éramos unos niños buenas personas, que luchábamos por la paz del Mundo Mundial y que ella había pensado que nos íbamos a vestir los treinta niños bestias que somos de palomas de la paz.

Si no hubiera sido porque la sita Asunción iba armada con su puntero y porque además es nuestra señorita y porque somos una pandilla de cobardes, le habríamos dicho a coro: «Anda vete, salmonete».

Estábamos bastante desilusionados; había sido el chasco más grande de nuestra existencia. Nos quedamos muy callados; ya nada nos hacía ilusión en este mundo mundial. Entonces mi sita continuó:

—El jurado, que es la Asociación de Vecinos, nos dará el primer premio, porque no hay jurado en España que se resista a dar el primer premio a treinta niños que van vestidos de palomas de la paz. Además nos llevaremos muchos regalos. Seremos por un día los símbolos de la paz mundial y nuestro grito de guerra hasta el sábado será: ¡Los vamos a machacar!

Eso sí que nos gustó; con un grito de guerra como ése podíamos ir hasta el fin del mundo. Íbamos a machacar a todos los niños de todos los colegios del barrio con nuestros trajes de superpalomas de la paz.

Mi madre y las madres de los treinta niños bestias que somos nos hicieron esa semana los trajes de paloma con papel cebolla. Mi madre se quejaba bastante porque dice que, para mi sita, cualquier excusa es buena con tal de tenerla gastando dinero y trabajando. Que el disfraz de Hombre Araña ella me lo había comprado para no tener problemas hasta que yo hiciera la mili y me dieran el disfraz de soldado. Que cómo se hacía un disfraz de paloma y que paz era lo que ella necesitaba, mucha paz en una playa desierta de Benidorm y sin niños, que eso era para ella la paz mundial.

Se quedó callada treinta milésimas de segundo y luego siguió protestando y diciendo que si no me estaba quieto jamás podría probarme, que conmigo hay que tener mucho cuidado porque los trajes por la cabeza nunca me entran. «Este niño —se refiere a mí— otra cosa no tendrá, pero nació con veinticinco dedos de frente». Mi abuelo la consuela a ella y me consuela a mí diciendo:

—Como Einstein. Todos los sabios han tenido siempre veinticinco dedos de frente.

Al Imbécil le tuvo que hacer otro traje de paloma porque el Imbécil es culo-veo-culo-quiero, y como no le hagan el mismo disfraz que a mí ha cogido la costumbre de no comer y mi madre dice que un día se nos va a deshidratar. A mí me da igual que se deshidrate; el que se deshidrata hoy día es porque quiere. Ah, se siente.

Total, que el día C —la C es por Concurso y por Carnaval— mi madre nos vistió con nuestros trajes de papel cebolla y nos dijo que nos fuéramos yendo para el colegio. A ella le gusta mucho ver que salimos vestidos de paz mundial y cogidos de la mano. No me preguntes por qué, nunca he podido explicármelo.

Nos encontramos a la Luisa por la escalera y la Luisa va y nos dice:

—Mira tu madre la maña que se ha dado para vestiros de pingüinos.

Así que no tuve más remedio que agarrar al Imbécil y volver a subir a mi casa para decirle a mi madre que nosotros de pingüinos no queríamos salir a la calle, ni aunque fuera por la paz mundial. Mi madre nos dijo que la Luisa no sabía distinguir entre un pingüino de su marido y entre una paloma de su madre, y que fuéramos arreando para el colegio, que siempre tenemos que llegar tarde a todas partes.

Por la calle una señora le dijo a otra:

—Mira que pingüinos tan ricos, mujer.

Pero ya no quise volver a casa porque mi madre en ciertos momentos de su vida se puede llegar a poner violenta y, al fin y al cabo, nosotros estábamos representando a la paz mundial.

Cuando llegamos al colegio nos quedamos alucinados: en la puerta estaba Yihad vestido con unas plumas que parecía una gallina, estaba el Orejones que parecía un pavo, la Susana parecía un avestruz, Paquito Medina un pelícano, y así hasta treinta y tres. No había dos pájaros iguales. Bueno, sí, el Imbécil y yo: Esos pingüinos tan ricos.

Mi abuelo, que acababa de llegar, dijo:

—Esto lo tenía que haber visto Alfred Hitchkock para hacer Los Pájaros. Segunda parte.

Todos nos quedamos mirando los unos a los otros, y muy mosqueados nos fuimos escoltados por la sita Asunción hasta la discoteca Silicona, donde se celebraba el Festival.

La sita Asunción no se quedaba atrás; también se había vestido y parecía una pata o una gansa. Moviendo las alas nos dijo que iban a retransmitir el Festival por Radio Carabanchel, que es una radio que se hace en mi barrio y que, como no tienen dinero para micrófonos, mi abuelo dice que hacen los programas por el viejo sistema indio de abrir la ventana y hablar a gritos.

La sita Asunción estaba tan contenta que no parecía la sita Asunción. Si no hubiera sido porque nosotros también íbamos de pajarracos nos habríamos partido de risa viéndola por mitad de Carabanchel vestida de paz mundial. La sita nos dijo que cuando saliéramos al escenario, ella diría:

—¡Una, dos y tres!

Y nosotros teníamos que responder moviendo las alas y gritando todos a una, hasta rompernos la garganta:

—¡Viva la paz mundial!

La sita quería que ensayáramos, así que en plena calle chilló como una loca:

—¡Una, dos y tres!

Nosotros íbamos a gritar ¡Viva la paz mundial! pero, al ir a mover las alas, nos empezamos a enredar unos con otros, y si la sita no llega a poner orden habríamos llegado a la discoteca completamente desplumados. La sita nos dijo que nos olvidáramos de mover las alas, que ya las moveríamos después de ganar el premio.

Ya estábamos en la discoteca. Nos sentamos los treinta y el Imbécil en un rincón. El presentador era el director de la Guardería El Pimpollo, que está al lado de mi casa. Iba vestido el tío de Supermán; a Yihad le rechinaban los dientes de la envidia cochina que tenía. Yo aproveché la ocasión para hacerle un poco la pelota a mi amigo el chulito Yihad. Le dije:

—Ese tío no puede ser Supermán con la barriga que tiene. Un tío con una barriga como ésa no puede sobrevolar las cataratas del Niágara, porque la fuerza de gravedad de nuestro planeta atrae a los cuerpos gordos como ése.

—Y entonces, ¿qué ocurriría? —dijo Yihad, que estaba interesadísimo en mis teorías.

—Que se espanzurraría contra el suelo.

Yihad no solamente se había quedado muy impresionado con mis altos conocimientos científicos, sino además muy contento. Lo de que «se espanzurraría contra el suelo» le había devuelto su optimismo de siempre; ya no sentía envidia, ahora miraba al presentador-Supermán por encima de las plumas, como mira un superhéroe profesional a un superhéroe de pacotilla.

Superbarriga iba anunciando a los grupos de los colegios, que iban saliendo al escenario entre los abucheos de los que estábamos sentados. Como comprenderás no íbamos a aplaudir a nuestros enemigos. Acuérdate de que nuestro lema era: ¡Los vamos a machacar!

Salieron unos disfrazados de árboles. El grupo se llamaba «El Otoño». Llevaban una cadena que colgaba de una rama, tiraban de la cadena y automáticamente caían las hojas. El público se quedó alucinado por la tontería que acababa de ver. Los padres de este grupo se habían llevado una pancarta para animar a sus hijos; fueron los únicos que les aplaudieron, claro. Los demás miramos en silencio cómo se pasaron diez minutos en el escenario recogiendo las hojas que habían tirado. Luego, salieron los clásicos superhéroes, unos niños que iban disfrazados de reality-chows con cuchillos clavados en la espalda, otros que iban de bollicaos…

Nosotros salimos los quintos, estábamos amaestrados para gritar detrás del «Un, dos, tres» de la sita Asunción eso de «¡Viva la paz mundial!», pero no nos dio tiempo a hacer nuestro número porque cuando la sita dijo «Un, dos y tres», se oyó la voz de un chaval que va a un colegio de Formación Profesional de mi barrio que se llama Baronesa Thyssen:

—¡Yihad, qué bien te sienta el traje de gallina!

Yihad se tiró del escenario para volverle la cabeza del revés al tío gracioso ése. La Susana detrás para defender a Yihad y todos los demás detrás de la Susana y de Yihad, porque si no defendemos a Yihad luego nos pega él a nosotros. El padre del chaval del Baronesa Thyssen dijo:

—Mi niño tiene parte de razón: Yihad parece una gallina y está concursando de paloma, y eso, se mire como se mire, es intolerable.

Mi sita Asunción se quedó sola en el escenario. Lloraba la pobre con su disfraz de pata. Nosotros tuvimos que separar a nuestros padres de los padres del Baronesa Thyssen porque estaban a punto de faltarse al respeto, y nosotros, al fin y al cabo, estábamos representando la paz mundial.

Aquel carnaval tenía toda la pinta de ser el peor de nuestras vidas, pero no te vas a creer lo que pasó al final, porque lo que pasó no se lo esperaban ni los chinos de Rusia.

Una vez que la pelea se calmó y se despejó el escenario, salió Superbarriga con su pinta de Supermán de la Tercera Edad y quiso hacer como que volaba. Por poco se mata el tío en uno de sus intentos por despegar del suelo. Ya ves, si eso fuera tan fácil todo el mundo sería superhéroe, no te fastidia. La verdad es que hubo que agradecerle el tropezón: fue lo que más gracia le hizo al público en toda la tarde. Yihad le estaba explicando a unos de otro colegio:

—Ese tío no puede ser Supermán con la barriga tan gorda que tiene porque la «falta de variedad» del planeta Tierra le empuja a espanzurrarse contra el suelo.

¡La falta de variedad! Qué bestia que es Yihad, la única palabra que había conseguido aprenderse bien de mi teoría era el famoso «espanzurrarse». Pero no te creas que le llamé la atención; si le llego a corregir, yo también hubiera sabido lo que era espanzurrarse contra este planeta del que tanto hablamos.

Superbarriga leyó los premios yendo del tercero al primero para hacer esos momentos más emocionantes:

—El tercer premio le corresponde ¡al grupo «Reality Chows»!, por su simpatía y originalidad.

El público en pleno se deshizo en abucheos:

—¡¡¡Fuera!!!

—El segundo premio se lo hemos concedido al grupo «El Otoño», por la belleza en la representación de una estación del año tan importante como las demás.

¿Había dicho «por la belleza»? Le dije a Yihad que aquel jurado se merecía que lo tirasen por las cataratas de Niágara, seguido de Superbarriga, claro. Una vez más estábamos de acuerdo. El más chulito de mi clase y yo estábamos de acuerdo en todo; de repente yo era su mejor amigo. Estaba muy orgulloso de mí mismo, porque cuando el tío más chulo de tu colegio es tu amigo, eso quiere decir que tienes las espaldas cubiertas; es como si tuvieras al genio de la lámpara a tu disposición, siempre dispuesto a defenderte ante cualquier enemigo.

—Y el primer premio… —Superpatoso hizo una pausa para crear más expectación. Te aseguro que se podía oír el rechinar de dientes de los espectadores ansiosos—. El primer premio se lo hemos concedido por unanimidad al grupo «Los pájaros», por su defensa de especies en vías de extinción.

Como nadie salía, el presentador lo tuvo que repetir. Nos miramos los unos a los otros: ¿Pero nosotros no habíamos venido por la paz mundial?

Se ve que de lo de la paz mundial no se había enterado nadie, así que tuvimos que admitir que éramos un grupo de pájaros en vías de extinción. No siempre uno es lo que quiere ser en esta vida.

Nos hicieron salir otra vez al escenario para recoger el premio. El premio estaba en una caja grande. Nos tiramos todos a por la caja para abrirla. El Imbécil intentaba abrirla a mordiscos. Con el follón nos estábamos quedando sin alas, pero eso ya no nos importaba; al fin y al cabo ya no teníamos la responsabilidad de representar a la paz mundial: éramos pájaros en peligro de extinción. Mi sita se abrió paso dando unos cuantos pellizcos a traición y consiguió abrir la caja con sus manos poderosas. Superbarriga pidió un gran aplauso para el premio. Era material escolar: libros, cuadernos y cosas así. ¡Todo el rollo repollo de la paz mundial para ganar libros para estudiar! El único que aplaudió fue el Imbécil; como todavía no ha estudiado en lo que lleva en este planeta, no sabe lo que es eso, hay que perdonarle por su ignorancia.

Abandonamos el escenario. Ya no teníamos nada que hacer allí. El regalo se lo podía quedar la sita Asunción y comérselo con patatas. Ella estaba encantada mirando todos los libros y seguramente planeando nuevos deberes con los que destrozarnos el cerebro. Nuestros padres estaban orgullosos de aquellos hijos en peligro de extinción.

Por la tarde me dejaron bajar al parque del Ahorcado. Me vestí con mi supertraje de Hombre Araña. Mi madre le dijo a la Luisa:

—Los niños son así. Ellos se ponen su disfraz de superhéroes y tan contentos. Lo que yo digo: Los niños son A, B y C, y de ahí no les saques.

Estuve a punto de bajar trepando por las paredes de mi torre, pero soy un niño consciente de mis limitaciones y sé que lo único que tengo de Hombre Araña es el disfraz. Cuando llegué al parque del Ahorcado ya me estaban esperando mis amigos: Yihad, de Supermán; el Orejones, de Supermán, pero sin capa porque le tocaba ser el ayudante de Supermán; la Susana, de la Bella, aunque en cuanto estás con ella un rato te das cuenta de que es la Bestia disfrazada de la Bella; Paquito Medina, de Robín de los Bosques, y el Imbécil, que seguía con su traje de pingüino porque mi madre le había convencido de que era el más bonito del barrio (a esa edad todavía te crees las mentiras de las madres).

Jugamos a superhéroes. Hicimos dos equipos. Yihad me pidió a mí para el suyo. Le dije que si le parecía bien que nuestro lema de ataque fuera: «Los vamos a machacar por la paz mundial». Le pareció chachi. Estaba claro que yo me había convertido en su gran amigo. Jugamos al pañuelo, a la peste bubónica y al churro-mediamanga-mangaentera que es un juego que consiste en que un equipo se agacha y el otro se tira encima sin piedad, es un juego de los llamados «educativos». Yo hacía todo lo que podía, corría y aguantaba con todas mis fuerzas, pero los demás siempre conseguían ganarme. Es el único defecto que le encuentro yo a los juegos de correr y de fuerza, que siempre me ganan. Cuando Yihad se dio cuenta de que conmigo en su equipo no se comía una rosca, decidió que a partir de ese momento ya nadie iría en equipo. El único interés de Yihad era ganar como fuera a Paquito Medina. Ganarnos al Orejones, a la Susana, al Imbécil o a mí no tiene emoción para Yihad.

Cogí al Imbécil de la mano y nos fuimos para casa. En realidad me fui porque no podía aguantarme las ganas de llorar. Había pasado de ser el gran amigo de Yihad a ser una rata de alcantarilla, y eso es algo que fastidia a cualquiera. El Imbécil me vio llorar y se puso a llorar él también. A él se le contagia todo, lo bueno y lo malo. Eso es lo que dice mi madre. Tuvimos que compartir el pañuelo. Primero me soné yo y luego le puse a él el pañuelo en la nariz. Hizo lo de siempre: prepararse con mucha concentración, tomar aire y luego echarse los mocos para adentro en vez de echarlos en el pañuelo. Es su estilo. Y yo me tuve que reír aunque tenía lágrimas en los ojos porque hay que reconocer que aunque sea el Imbécil también es bastante gracioso. En algo se tenía que parecer a mí.

En esas estábamos cuando llegó corriendo Paquito Medina y nos dijo:

—¿Qué hacéis?

—Llorando de la risa —le contesté yo. A ver si te crees que le iba a confesar la verdad.

Entonces Paquito Medina me dijo que si quería ir el domingo a jugar a su casa con el ordenador. Yo le pregunté:

—¿También vas a invitar a Yihad?

—Yihad me lo puede romper. Es un bestia.

Le dije que sí. La verdad es que era un rollo repollo jugar con Paquito Medina al ordenador porque Paquito Medina gana en todo; igual que yo pierdo en todo, pero no me importaba. El tío más listo que yo había conocido en mi vida en la Tierra me quería invitar a mí solo: ¿Por qué? Porque Manolito Gafotas no rompe los ordenadores, porque Manolito Gafotas no es un bestia como otros, porque Manolito Gafotas es un tío de toda confianza. Estaba claro que Paquito Medina había decidido que yo fuera su gran amigo. Creo que fue uno de los momentos más felices de mi vida.

Me dieron ganas de subir a mi casa trepando por las paredes con mi disfraz de Hombre Araña, pero no lo hice. A mi madre no le gusta que el Imbécil suba solo las escaleras. El Imbécil y yo echamos una carrera hasta mi piso. Le gané, claro. Hay dos personas en el mundo mundial a las que gano corriendo: al Imbécil y a mi abuelo Nicolás. ¿Qué pasa? ¡Los hay peores!

Cuando nos estábamos poniendo el pijama, mi abuelo nos decía:

—Uno, dos y tres.

Y el Imbécil y yo gritábamos con todas nuestras fuerzas:

—¡Viva la paz mundial!

Lo estábamos pasando bestial hasta que vino el plasta del vecino de arriba a protestar por el follón. Estaba claro que el famoso lema de la sita Asunción siempre traía problemas a nuestras vidas.

El gato con botas - Charles Perrault

Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.

El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:

—Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:

—No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.

Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.

Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.

Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:

—He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.

—Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.

En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.

El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:

—Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.

El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.

El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.

El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:

—Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.

—Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.

—Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.

—Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.

El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:

—Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné de budín.

El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.

—Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.

El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.

El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.

El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.

—Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenías el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.

—Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.

El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.

Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.

—Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.

—¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.

Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.

Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:

—Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.

—¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.

El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.

El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:

—Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.

El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.

Las andanzas de Pulgarcito, el hijo del sastre - Hermanos Grimm

Érase una vez un sastre que tenía un hijo  que se había quedado tan pequeño que no  era mayor que un pulgar, y por eso se llama­ba Pulgarcito.

          Tenía, sin embargo, coraje en el cuerpo y le dijo a su padre:

          -Padre, tengo que ir a recorrer mundo.

          -Está bien, hijo mío -le contestó el padre y to­mó una aguja de zurcir y a la lumbre le puso un nudo de lacre encima-. Aquí tienes una espada para el ca­mino.

          El sastrecillo salió a recorrer mundo y se puso a traba­jar primero para un maestro artesano, pero allí la comi­da no era lo bastante buena para él.

          -Señora maestra -dijo Pulgarcito-, como no nos dé mejor comida, mañana temprano escribiré en la puerta de su casa con tiza: «Patatas demasiadas, la carne ni la catas. ¡Adiós, señor rey de las patatas! », y me mar­charé.

          -¿Qué es lo que dices que vas a hacer, renacuajo? -dijo la mujer del maestro, tan enfadada que agarró un trapo y quiso golpearle con él.

          Mi sastrecillo se coló debajo del dedal, se asomó y le sacó la lengua a la mujer del maestro. Ella levantó el de­dal, pero Pulgarcito se fue de un salto a los trapos y cuando la mujer del maestro se puso a separarlos y a ti­rarlos buscándolo, él se metió en la rendija de la mesa.        

          ¡Eh! ¡Eh! ¡Señora maestra! -exclamaba asoman­do la cabeza por la rendija, y cada vez que ella le iba a golpear se bajaba de un salto al interior del cajón.

          Pero, a pesar de todo, al final lo pilló y lo echó de la casa.

          El sastrecillo caminó y caminó y llegó a un gran bos­que; allí se encontró con una banda de ladrones que querían robar el tesoro del rey. Y cuando vieron al sas­trecillo pensaron: «Éste nos puede ser de mucha utili­dad.» Entonces se pusieron a hablar con él y le dijeron que era un tipo hábil, que tenía que ir con ellos a la cá­mara del tesoro, colarse dentro y echarles fuera el di­nero.

          Él se dejó convencer, fue a la cámara del tesoro y miró a ver si la puerta tenía alguna grieta; afortunada­mente encontró enseguida una y cuando iba a meterse por ella, un centinela le dijo a otro:

          -¡Qué araña tan repugnante va por ahí! ¡Hay que matarla de un pisotón!

          -Anda, déjala que se vaya, que no te ha hecho  nada.

          Así, Pulgarcito entró en la cámara del tesoro, fue a la ventana bajo la cual se encontraban los ladrones y em­pezó a tirarles un tálero tras otro.

          Cuando el rey miró en su cámara del tesoro faltaba mucho dinero, pero nadie supo explicarse quién po­día haberlo robado si todos los cerrojos estaban bien ce­rrados.

          El rey apostó allí guardias y éstos oyeron que alguien hurgaba en el dinero y entraron a atrapar al ladrón.

          El sastrecillo se sentó en un rincón debajo de un tále­ro y exclamó:

          -¡Estoy aquí!

          Los guardias corrieron hacia allí mientras él ya salta­ba a otro rincón, y cuando los otros llegaron al primero gritó:

          -¡Estoy aquí!

          Los guardias corrieron atrás, pero él saltaba de un rincón a otro exclamando:

          -¡Estoy aquí!

          De este modo se estuvo burlando de ellos, hasta que se cansaron y se marcharon de allí.

          Pulgarcito siguió echando fuera los táleros uno tras otro, y al tomar el último se sentó en él y así salió volan­do por la ventana y llegó abajo. Los ladrones le dedica­ron grandes elogios y le hubiesen hecho su capitán si él hubiera querido.

          A continuación se repartieron el botín, pero el sastre­cillo no pudo tomar más que un kreuzer porque no era capaz de cargar con más.

          Después reemprendió el camino y finalmente, como el oficio no iba bien, se puso a servir como criado en una posada.

          Pero las sirvientas no lo aguantaban, porque veía todo lo que hacían a escondidas en la casa sin que ellas lo vieran a él y después las delataba, y les hubiera gusta­do jugarle una mala pasada. Más adelante, una vez fue a pasear al prado donde una de ellas segaba y ésta lo segó junto con la hierba y se lo echó en casa a las vacas, y la negra se lo tragó.

          Pulgarcito se encontraba ahora encerrado en el inte­rior de la vaca y por la noche oyó que la iban a matar. Su vida estaba en peligro y gritó:

          -¡Estoy aquí! -¿Dónde estás?        

          En la negra.

          Pero no lo entendieron bien y sacrificaron la vaca. Por suerte no le hicieron ningún corte y fue a parar en­tre la carne para hacer embutido. Y

como iban a picarla, gritó:

          -¡No piques muy hondo! ¡No piques muy hondo! ¡Que estoy yo dentro!

          Pero con el ruido nadie lo oyó. Él, sin embargo, fue saltando entre los tajos con tanta agilidad que ninguno lo alcanzó, aunque no logró saltar fuera y lo embutie­ron en una morcilla. Con él dentro la colgaron en la chimenea para ahumarla, y así permaneció colgado hasta que llegó el invierno y fueron a comerse la mor­cilla.

          Cuando cortaron en rodajas lo que había sido su alo­jamiento, dio un salto y se fue de allí corriendo.

          El sastrecillo reemprendió su caminata, pero por el camino se topó con un zorro y éste se lo tragó.

          -¡Señor zorro! -gritó-. ¡Estoy aquí! ¡Soltadme!

          -Sí -dijo el zorro-, no voy a sacar mucho de ti. Si haces que tu padre me dé todas las gallinas de su granja, te soltaré.

          Se lo prometió, llevó el zorro a su casa y éste se quedó con todas las gallinas de la granja. El sastrecillo, sin embargo, le llevó a su padre el kreuzer que había consegui­do durante sus andanzas.

          -Pero ¿por qué le dio las pobres gallinas al zorro para que se las comiera?

          -¡No seas tonto, hombre! ¡Tu padre también prefe­riría a su hijo antes que las gallinas!