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El hombre que buscaba a la Muerte - Cuento Popular

Érase una vez un hombre que se llamaba Piet Jan Clas y que era muy pero que muy curioso. Un día, oyó por casualidad decir que la Muerte era algo espantoso y terrible, y, como era tan curioso, se dijo: «Ya me gustaría a mí ver a la Muerte, a ver si es tan terrible como dicen». Y con este pensamiento se fue a casa, cogió su bastón, se caló su sombrero de tres picos y se puso en camino.

Llevaba ya mucho tiempo caminando cuando llegó a una ciudad y vio allí una zapatería llena de zapatos y a un zapatero sentado a la puerta haciendo sin parar más y más zapatos.

–Buenos días, maestro –dijo él.

El zapatero le devolvió el saludo sin levantar la vista de sus zapatos.

–¿Qué es lo que hace? –preguntó Clas.

–Ya lo ves, zapatos y más zapatos –respondió el zapatero, e hizo un agujero con la lezna y, ¡krrr!, pasó el hilo por el agujero.

–¡Pero si ya tiene muchos terminados! –dijo Clas–, ¿por qué sigue haciendo más?

–Ah, para venderlos y con el dinero dar de comer a mi mujer y a mis hijos, ¡krrr!

–Y cuando tenga suficiente dinero para que su mujer y sus hijos coman toda la vida, ¿entonces qué? –siguió preguntando Clas.

–Bueno, pues entonces que venga la Muerte y me lleve, ¡krrr! –repuso el zapatero.

–¿La Muerte? –gritó Clas sorprendido–. ¿La ha visto? Ay, maestro, hágame el favor de decirme dónde la puedo encontrar.

–No, no la he visto –se rio el zapatero–, y ojalá tarde mucho en verla.

–¿Y sabe dónde podría encontrarla? –preguntó Clas.

–Ve siempre hacia delante y sigue siempre lo que tu olfato te indique, y un día la encontrarás –respondió el zapatero.

Clas le dio las gracias por la información y, contento, siguió caminando todo el día, toda la noche y al día siguiente hasta el mediodía. Entonces se encontró a un leñador en un bosque que, aunque ya tenía el carro lleno de leña, seguía cortando más y más.

–Buenos días, hermano –dijo él.

El leñador le devolvió el saludo sin dejar de cortar leña.

–Dime, hermano –dijo Clas–, ¿qué es lo que vas a hacer con toda esa madera?

–Bah –dijo el leñador–, con ella hago haces que quemo en invierno y lo que me sobra lo vendo, y con el dinero compro pan y carne. Así me voy ganando la vida hasta el día de mi muerte.

–¿Has dicho Muerte? –interrogó Clas entonces–. ¿No sabrías por dónde anda? Me duele la barriga de las ganas que tengo de verla.

–En esto no te puedo ayudar, amigo –dijo el leñador–, pero sigue recto que seguro que la encuentras.

Clas le dio educadamente las gracias por la información y siguió y siguió, siempre derecho, hasta que llegó de nuevo a una ciudad. Acababa de llegar cuando, por la ventana de una buena casa, vio a un sastre sentado junto a la mesa, cosiendo y cosiendo, y a su alrededor había trajes por todas partes, había tantos que en las paredes no quedaba sitio ni para que se posara una mosca.

–Maestro, ¿qué hará con todos esos trajes? –preguntó Clas después de haber estado un rato mirando por la ventana, asombrado.

–Los venderé –respondió el sastre–: los de lana, en invierno; los de lino, en verano y los de algodón, en primavera y otoño.

–¿Y cuando los haya vendido todos? –preguntó Clas.

–Pues entonces coseré más –refunfuñó el sastre, enfadado por tanta pregunta– y los volveré a vender, y coseré otros y los venderé de nuevo, y así hasta que venga la Muerte.

–¿La Muerte? ¿Conoce usted a la Muerte? ¿Sabría decirme dónde puedo encontrarla? –prosiguió, curioso, Clas.

–¡Fuera de aquí!, pero ¿es que no sabes que a los sastres no nos gusta la Muerte porque nos quita los clientes? Los muertos no necesitan más traje que la mortaja.

«Qué tipo tan desagradable», pensó Clas, y siguió su camino, adelante, siempre adelante, y, cuando hubo caminado mucho otra vez, llegó a un bosque que era tan extenso y tupido que no se veía el final.

Pero Piet Jan Clas tenía tantas ganas de ver a la Muerte que se adentró en la espesura, y allí se encontró con un ermitaño con una larga barba blanca, calvo, con un grueso y tosco hábito y un rosario en la mano.

«Ah», pensó Clas, «si ese no es la Muerte, seguro que sabe dónde encontrarla», y se dirigió al ermitaño y le saludó:

–Buenos días, padre.

–Buenos días tengas, caminante.
 
–¿Qué es lo que hacéis aquí en esta soledad? Yo no podría estar tan solo.
 
–Ay –dijo el ermitaño–, me he apartado de los hombres para meditar y estar bien preparado para cuando la Muerte venga.

–Precisamente por la Muerte os quería preguntar –le interrumpió Clas–: yo querría verla una vez en mi vida. ¿Me podríais ayudar vos quizá?
 
–A la Muerte solo se la puede ver una vez en la vida –dijo el ermitaño–; pero, si sigues caminando, cada noche estarás un día más cerca.
 
Eso le gustó a Piet Jan Clas, y le dio las gracias al ermitaño de todo corazón. En cuanto perdió de vista al eremita, se dijo a sí mismo: «A esto lo llamo yo una buena respuesta; lo único es que cada día se me va a hacer demasiado largo hasta que se haga de noche. Pero yo enseguida he notado que el viejo lo sabía».

Así, siguió caminando alegremente por montañas y valles, por bosques y praderas, hasta que una tarde vio un gran palacio en la lejanía, y allí se dirigió.

Cuando llegó a la puerta, vio a una abuelita vieja vieja que estaba tan delgada que se le podían contar todos los huesos del cuerpo. Además tenía los ojos de color rojo fuego, la mandíbula caída y las mejillas hundidas, y el labio de abajo gordo y descolgado; a su espalda, una abultada joroba, y sobre la joroba, una cesta llena de botellitas y tarros de ungüento; también llevaba un gran cuchillo colgando a un lado.

«Esa tan vieja podría ser la Muerte», pensó Clas, y, acercándose a ella, se quitó el sombrero de tres picos y dijo:

–Dios esté con vos, abuelita.

–Muchas gracias, hijito mío –dijo la anciana.

–Ay, querida abuelita, ¿sois vos la Muerte? –preguntó Clas al instante.

–No, al contrario –respondió ella–, soy la Vida y curo con mis ungüentos y medicinas todos los males, heridas y enfermedades.

–¡Qué lástima! –dijo entonces Clas–, ¡me había alegrado tanto pensando que erais la Muerte! Llevo mucho tiempo viajando por montañas y valles, por bosques y praderas para buscarla, pero ¡no la encuentro en ninguna parte! ¿Podríais vos mostrarme cómo encontrarla?

–Sí, eso bien que puedo hacerlo –dijo la vieja.

–¡Ay, querida, querida abuelita, hacedlo entonces! –exclamó entusiasmado Clas–. De rodillas os lo pido, no me podríais hacer favor mayor.

–Sí, lo haré con gusto –dijo la abuelita–, pero desnúdate primero.

Entonces Clas tiró lleno de alegría el sombrero, el bastón y la blusa, y acto seguido se quitó también el resto de la ropa. Después, dijo la abuelita:

–Ahora arrodíllate y apoya la cabeza en mi regazo.

Piet Jan Clas se arrodilló y apoyó su cabeza en el regazo de la abuela, entonces la anciana cogió el afilado cuchillo y le cortó la cabeza, ¡ris, ras! Y rápidamente le dio la vuelta a la cabeza y se la volvió a poner de modo que la cara quedó mirando hacia la espalda. En ese mismo instante, Clas se puso en pie de un salto, gritando lastimeramente:

–¡Ay, ay, ay! ¡Ay, Dios! ¡Ayuda, ayuda! ¡Volved a ponerme la cabeza en su sitio!

La anciana no hizo caso de sus gritos y lo dejó dos horas enteras con la cara vuelta hacia la espalda.

–¿No querías tú ver a la Muerte? Pues mírala bien –dijo.

Luego, la vieja le volvió a cortar la cabeza y se la volvió a colocar mirando al frente, le puso un poco de ungüento en la herida y al cabo de dos minutos ni se veía la cicatriz, y Piet Jan Clas estaba tan sano como antes.

–Para ver a la Muerte solo hay que mirar detrás porque ahí, detrás de ti, está siempre desde que naces –dijo la anciana, y desapareció.

Y Piet Jan Clas volvió a su casa después de haber visto a la Muerte.

Historia de Sencillo - Isidoro Blaisten

    Tiempo ha, cuando los hombres hablaban en latín, existía en el reino de Ovillar un sastre viudo que tenía tres hijos: Tofillo, Jafetillo y Sencillo.
    Los tres se dedicaban a hilvanar recuerdos.

    Venía un poderoso y les decía:

    - Quiero que me hilvanen estos recuerdos para mañana. 

    Jafetillo y Tofillo se ponían uno de cada lado, tomaban el hilo del tiempo y lo estiraban cuan largo era, mientras Sencillo iba colgando los recuerdos.

    Un día, el sastre viudo murió. Distraído, se había clavado la aguja en la vena cava.

    No tuvo tiempo de nombrar al primogénito.    

    La lucha entre los hermanos no tardó en desencadenarse.

    Jafetillo quería ahorcar a Sencillo, apretándole el cordel del tiempo alrededor de la garganta como lo hacen los tugs. 

    Tofillo trataba a toda costa de agarrarlo distraído para echarle un recuerdo venenoso en el café con leche.

    Jafetillo y Tofillo no daban pie con bola. Sencillo, siempre en otra cosa, nunca estaba cuando ellos tenían que matarlo.

Las andanzas de Pulgarcito, el hijo del sastre - Hermanos Grimm

Érase una vez un sastre que tenía un hijo  que se había quedado tan pequeño que no  era mayor que un pulgar, y por eso se llama­ba Pulgarcito.

          Tenía, sin embargo, coraje en el cuerpo y le dijo a su padre:

          -Padre, tengo que ir a recorrer mundo.

          -Está bien, hijo mío -le contestó el padre y to­mó una aguja de zurcir y a la lumbre le puso un nudo de lacre encima-. Aquí tienes una espada para el ca­mino.

          El sastrecillo salió a recorrer mundo y se puso a traba­jar primero para un maestro artesano, pero allí la comi­da no era lo bastante buena para él.

          -Señora maestra -dijo Pulgarcito-, como no nos dé mejor comida, mañana temprano escribiré en la puerta de su casa con tiza: «Patatas demasiadas, la carne ni la catas. ¡Adiós, señor rey de las patatas! », y me mar­charé.

          -¿Qué es lo que dices que vas a hacer, renacuajo? -dijo la mujer del maestro, tan enfadada que agarró un trapo y quiso golpearle con él.

          Mi sastrecillo se coló debajo del dedal, se asomó y le sacó la lengua a la mujer del maestro. Ella levantó el de­dal, pero Pulgarcito se fue de un salto a los trapos y cuando la mujer del maestro se puso a separarlos y a ti­rarlos buscándolo, él se metió en la rendija de la mesa.        

          ¡Eh! ¡Eh! ¡Señora maestra! -exclamaba asoman­do la cabeza por la rendija, y cada vez que ella le iba a golpear se bajaba de un salto al interior del cajón.

          Pero, a pesar de todo, al final lo pilló y lo echó de la casa.

          El sastrecillo caminó y caminó y llegó a un gran bos­que; allí se encontró con una banda de ladrones que querían robar el tesoro del rey. Y cuando vieron al sas­trecillo pensaron: «Éste nos puede ser de mucha utili­dad.» Entonces se pusieron a hablar con él y le dijeron que era un tipo hábil, que tenía que ir con ellos a la cá­mara del tesoro, colarse dentro y echarles fuera el di­nero.

          Él se dejó convencer, fue a la cámara del tesoro y miró a ver si la puerta tenía alguna grieta; afortunada­mente encontró enseguida una y cuando iba a meterse por ella, un centinela le dijo a otro:

          -¡Qué araña tan repugnante va por ahí! ¡Hay que matarla de un pisotón!

          -Anda, déjala que se vaya, que no te ha hecho  nada.

          Así, Pulgarcito entró en la cámara del tesoro, fue a la ventana bajo la cual se encontraban los ladrones y em­pezó a tirarles un tálero tras otro.

          Cuando el rey miró en su cámara del tesoro faltaba mucho dinero, pero nadie supo explicarse quién po­día haberlo robado si todos los cerrojos estaban bien ce­rrados.

          El rey apostó allí guardias y éstos oyeron que alguien hurgaba en el dinero y entraron a atrapar al ladrón.

          El sastrecillo se sentó en un rincón debajo de un tále­ro y exclamó:

          -¡Estoy aquí!

          Los guardias corrieron hacia allí mientras él ya salta­ba a otro rincón, y cuando los otros llegaron al primero gritó:

          -¡Estoy aquí!

          Los guardias corrieron atrás, pero él saltaba de un rincón a otro exclamando:

          -¡Estoy aquí!

          De este modo se estuvo burlando de ellos, hasta que se cansaron y se marcharon de allí.

          Pulgarcito siguió echando fuera los táleros uno tras otro, y al tomar el último se sentó en él y así salió volan­do por la ventana y llegó abajo. Los ladrones le dedica­ron grandes elogios y le hubiesen hecho su capitán si él hubiera querido.

          A continuación se repartieron el botín, pero el sastre­cillo no pudo tomar más que un kreuzer porque no era capaz de cargar con más.

          Después reemprendió el camino y finalmente, como el oficio no iba bien, se puso a servir como criado en una posada.

          Pero las sirvientas no lo aguantaban, porque veía todo lo que hacían a escondidas en la casa sin que ellas lo vieran a él y después las delataba, y les hubiera gusta­do jugarle una mala pasada. Más adelante, una vez fue a pasear al prado donde una de ellas segaba y ésta lo segó junto con la hierba y se lo echó en casa a las vacas, y la negra se lo tragó.

          Pulgarcito se encontraba ahora encerrado en el inte­rior de la vaca y por la noche oyó que la iban a matar. Su vida estaba en peligro y gritó:

          -¡Estoy aquí! -¿Dónde estás?        

          En la negra.

          Pero no lo entendieron bien y sacrificaron la vaca. Por suerte no le hicieron ningún corte y fue a parar en­tre la carne para hacer embutido. Y

como iban a picarla, gritó:

          -¡No piques muy hondo! ¡No piques muy hondo! ¡Que estoy yo dentro!

          Pero con el ruido nadie lo oyó. Él, sin embargo, fue saltando entre los tajos con tanta agilidad que ninguno lo alcanzó, aunque no logró saltar fuera y lo embutie­ron en una morcilla. Con él dentro la colgaron en la chimenea para ahumarla, y así permaneció colgado hasta que llegó el invierno y fueron a comerse la mor­cilla.

          Cuando cortaron en rodajas lo que había sido su alo­jamiento, dio un salto y se fue de allí corriendo.

          El sastrecillo reemprendió su caminata, pero por el camino se topó con un zorro y éste se lo tragó.

          -¡Señor zorro! -gritó-. ¡Estoy aquí! ¡Soltadme!

          -Sí -dijo el zorro-, no voy a sacar mucho de ti. Si haces que tu padre me dé todas las gallinas de su granja, te soltaré.

          Se lo prometió, llevó el zorro a su casa y éste se quedó con todas las gallinas de la granja. El sastrecillo, sin embargo, le llevó a su padre el kreuzer que había consegui­do durante sus andanzas.

          -Pero ¿por qué le dio las pobres gallinas al zorro para que se las comiera?

          -¡No seas tonto, hombre! ¡Tu padre también prefe­riría a su hijo antes que las gallinas!