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La cueva secreta - H. P. Lovecraft

 

—Pórtense bien, chicos, mientras estoy fuera —dijo la señora Lee— y no hagan travesuras.

Porque los señores Lee iban a salir de casa, dejando solos a John, de diez años de edad, y Alice, de dos.

—Claro —contestó John.

Tan pronto como los Lee mayores se hubieron marchado, los jóvenes Lee bajaron al sótano y comenzaron a revolver entre los trastos. La pequeña Alice estaba apoyada en el muro, mirando a John. Mientras John fabricaba un bote con duelas de barril, la chica lanzó un grito penetrante y los ladrillos, a su espalda, cedieron. Él se precipitó hacia ella y la sacó oyendo sus gritos. Tan pronto como sus chillidos se apaciguaron, ella le dijo.

—La pared se ha caído.

John se acercó y descubrió que había un pasadizo. Le dijo a la niña.

—Voy a entrar y ver qué es esto.

—Bien —aceptó ella.

Entraron en el pasaje; cabían de pie, pero iba hasta más lejos de lo que podían ver. John subió arriba, al aparador de la cocina, cogió dos velas, algunos cerillos y luego regreso al túnel del sótano. Los dos entraron de nuevo. Había yeso en las paredes y el techo raso, y en el suelo no se veía nada, excepto una caja. Servía para sentarse y, aunque la examinaron, no encontraron nada dentro. Siguieron adelante y, de pronto, desapareció el enyesado y descubrieron que estaban en una cueva. La pequeña Alice estaba espantada al principio, y solo las afirmaciones de su hermano, acerca de que todo estaba bien, consiguieron calmar sus temores.

Pronto se toparon con una pequeña caja, que John cogió y llevó consigo.

Al poco llegaron a un bote de dos remos. Lo arrastraron consigo con dificultad y en seguida descubrieron que el pasadizo estaba cortado. Apartaron el obstáculo y, para su consternación, el agua comenzó a entrar en torrentes. John era buen nadador y buen buzo. Tuvo tiempo de tomar una bocanada de aire y trató de salir con la caja y con su hermana, pero descubrió que era imposible. Entonces vio cómo emergía el bote y lo agarró...

Lo siguiente que supo es que estaba en la superficie, agarrando con fuerza el cuerpo de su hermana y la caja misteriosa. No podía imaginarse cómo le habían dejado ahí las aguas, pero le amenazaba un nuevo peligro. Si el agua seguía subiendo, lo llenaría todo. 

De repente, tuvo una nueva idea. Podía encerrar otra vez a las aguas. Lo hizo con rapidez y, lanzando el ahora inerte cuerpo de su hermana al bote, se aupó él mismo y remó a lo largo del pasadizo. Aquello era espantoso, y estaba total y extrañamente oscuro, ya que había perdido la vela en la inundación, y navegaba con un cuerpo muerto yaciendo a su lado. No reparó en nada, sino que remó en su propio sótano. Subió con rapidez las escaleras, llevando el cuerpo, y descubrió que sus padres ya habían vuelto a casa. Les contó la historia.

* * *

 

El funeral de Alice ocupó tanto tiempo que John se olvidó de la caja. Pero, cuando la abrieron, descubrieron que contenía una pieza de oro macizo, valorada en unos 10,000 dólares. Suficiente para pagar casi cualquier cosa, excepto la muerte de su hermana.

La Botellita de Cristal - H. P. Lovecraft

—Poned la nave al pairo, hay algo flotando a sotavento.

Quien hablaba era un hombre poco fornido, de nombre William Jones. Era el capitán de una nave en la que, con un puñado de tripulantes, navegaba en el momento de comenzar esta historia.

—Sí, señor —respondió John Towers, y la nave fue puesta al pairo. El capitán Jones tendió su mano hacia el objeto, y comprobó que se trataba de una botella de cristal.

—No es más que una botella de ron que algún tripulante de algún barco ha tirado —dijo, pero, dejándose llevar por la curiosidad, le echó mano.

Era sólo una botella de ron y estuvo a punto de arrojarla, pero en ese momento se percató de que había un trozo de papel dentro. Lo sacó y leyó lo siguiente:

 

1 de enero de 1864

 

Mi nombre es John Jones y estoy escribiendo esta carta. Mi buque se hunde con un tesoro a bordo. Me hallo en el punto marcado en la carta náutica adjunta.

 

El capitán Jones le dio la hoja y vio que por el otro lado era una carta náutica en cuyo margen había escritas las siguientes palabras:

  

 

—Towers —dijo excitado el capitán Jones—, lea esto.

Towers le obedeció.

—Creo que merece la pena dirigirnos hasta ahí —dijo el capitán Jones—. ¿No cree?

Howard Phillips Lovecraft

—Coincido con usted —replicó Towers.

—Aprestaremos hoy mismo una embarcación —dijo el excitado capitán.

—Como mande —dijo Towers.

Así que fletaron una nave y siguieron la línea de puntos de la carta. En cuatro semanas habían alcanzado el lugar señalado y los buzos se sumergieron para volver con una botella de hierro. Dentro encontraron las siguientes palabras garabateadas en una hoja de papel pardo:

 

3 de diciembre de 1880

 

Estimado buscador; discúlpeme por la broma que le he gasto, pero eso le servirá de lección contra próximas tonterías...

 

—Bien —dijo el capitán Jones—, sigamos.

Sin embargo, deseo compensarle por los gastos en el lugar que ha encontrado la botella. Calculo que serán unos 25,000 dólares, así que eso es lo que encontrará en una caja de hierro. Sé dónde encontró la botella porque yo la puse allí, así como la caja de hierro y luego busqué un buen lugar para poner la segunda botella. Esperando que el dinero le compense, me despido.

 

Anónimo

 

—Me gustaría arrancarle la cabeza —dijo el capitán Jones—. Sumergíos ahora y traedme los 25,000.

Eso les compensó, pero me parece que nunca volverán a ir a un lugar misterioso dejándose guiar por tan sólo una botella misteriosa.

El hipopótamo - Juan José Arreola

Jubilado por la naturaleza y a falta de pantano a su medida, el hipopótamo se sumerge en el hastío.
Potentado biológico, ya no tiene qué hacer junto al pájaro, la flor y la gacela. Se aburre enormemente y se queda dormido a la orilla de su charco, como un borracho junto a la copa vacía, envuelto en su capote colosal.
Buey neumático, sueña que pace otra vez las praderas sumergidas en el remanso, o que sus toneladas flotan plácidas entre nenúfares. De vez en cuando se remueve y resopla, pero vuelve a caer en la catatonía de su estupor. Y si bosteza, las mandíbulas disformes añoran y devoran largas etapas de tiempo abolido.
¿Qué hacer con el hipopótamo, si ya solo sirve como draga y aplanadora de los terrenos palustres, o como pisapapeles de la historia? Con esa masa de arcilla original dan ganas de modelar una nube de pájaros, un ejército de ratones que la distribuyan por el bosque, o dos o tres bestias medianas, domésticas y aceptables. Pero no. El hipopótamo es como es y así se reproduce: junto a la ternura hipnótica de la hembra reposa el bebé sonrosado y monstruoso.
Finalmente, ya solo nos queda hablar de la cola del hipopótamo, el detalle amable y casi risueño que se ofrece como único asidero posible. Del rabo corto, grueso y aplanado que cuelga como una aldaba, como el badajo de la gran campana material.
Y que está historiado con finas crines laterales, borla suntuaria entre el doble cortinaje de las ancas redondas y majestuosas.

El alcohol - Marguerite Duras

He vivido sola con el alcohol durante veranos enteros, en Neauphle. La gente venía los fines de semana. Durante la semana estaba sola en la gran casa, y allí el alcohol adquirió todo su sentido. El alcohol hace resonar la soledad y termina por hacer que se lo prefiera antes que cualquier otra cosa. 

Beber no es obligatoriamente querer morir, no. Pero, uno no puede beber sin pensar que se mata. Vivir con el alcohol es vivir con la muerte al alcance de la mano. Lo que impide que uno se mate cuando está loco de la embriaguez alcohólica, es la idea de que, una vez muerto, no beberá más. 

Empecé a beber en las fiestas, en las reuniones políticas, primero los vasos de vino y luego el whisky. Y luego, a los cuarenta y un años, encontré a alguien que le gustaba de verdad el alcohol, y que bebía cada día, pero razonablemente. Lo superé en seguida. Esto duró diez años. Hasta la cirrosis y los vómitos de sangre. Me paré durante diez años. Era la primera vez. Volví a empezar, y volví a parar, ya no sé por qué. 

Luego, dejé de fumar, y sólo pude hacerlo bebiendo de nuevo. Es la tercera vez que paro. Nunca, nunca he fumado opio ni haschis. Me he «drogado» con aspirina todos los días durante quince años. Nunca me he drogado de verdad. Al principio bebí whisky y calvados, lo que llamo alcoholes insípidos, cerveza y verbena de Welay, lo peor, según se dice, para el hígado. Por último, empecé a beber vino y ya no lo he dejado.

Ida y vuelta - Juan Carlos Onetti

Se encontró sólo en la sala de espera y se puso a mirar el diario que había llevado para el brazo. Las manos le temblaban levemente. Sacó un cigarrillo y antes de encenderlo se acarició el ralo bigote cuyo crecimiento había vigilado durante semanas. 

Nunca había soportado el humo del tabaco y tosió con lágrimas; pero tenía que seguir fumando como un hombre hasta que llegara el momento de levantarse. No podía recordar, para imitarla, cómo era la expresión de un hombre cínico, un hombre maduro y ya de vuelta.

Tenía tres puertas por delante y fue paseando la mirada de otra mientras sentía golpear su corazón. La puerta del medio se abrió justamente cuando la estaba vigilando y apareció una mujer rubia, grande, cómoda, plácida y gorda; de los hombros le colgaba una bata desprendida y le sonrió desde la distancia, amistosa y alegre como si pudiera haberlo reconocido.

- Pasá, negrito- dijo, y él tenía el pelo castaño.

Se levantó del banco y avanzó sin mostrar su rechazo, sin poder contestar a la sonrisa alta e inmóvil. La habitación tenía una cama grande, cubierta por una sábana mal estirada, una cómoda con una gran jarra verde, hojas en relieve, sobre una palangana rajada. Había un perfume perdido en el olor inolvidable de la cocinilla a querosén.

La mujer sonriendo ya sin la bata desde la cama, empezó a parecerle enorme a medida que se iba quitando la ropa. Se arrimó al calor del fuego inquieto para terminar de desnudarse. Después la gorda se hizo cargo de él con experta paciencia, bondadosa y maternal.

Hasta que pudo, triunfal, iniciar su viaje de ida y vuelta en el túnel invisible, húmedo y sombrío, ida y vuelta hasta lograr verle la cara a dios por primera vez en su vida.

Ya en la calle pensó que lo que había comprado no podía sustituir a la palabra amor ni a sus sueños ni a sus intuiciones. Pero él no podía estar equivocado, estaba escrito que algún día no lejano su cuerpo y su alma iban a fundirse en la verdad dichosa y presentida.


Las aguas del mar - Clarice Lispector

Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones. 

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.

Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.

Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. 

Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.

Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal -y la alegría es una fatalidad- ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. 

Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. 

La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.

El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).

Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. 

Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.

Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.

Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.

Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas -ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas-, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano. 

La pierna dormida - Enrique Anderson Imbert

Esa mañana, al despertarse, Félix se miró las piernas, abiertas sobre la cama, y, ya dispuesto a levantarse, se dijo: "y si dejara la izquierda aquí?" Meditó un instante. "No, imposible; si echo la derecha al suelo, seguro que va a arrastrar también la izquierda, que lleva pegada. ¡Ea! Hagamos la prueba."

Y todo salió bien. Se fue al baño, saltando en un solo pie, mientras la pierna izquierda siguió dormida sobre las sabanas.

 

Una operación financiera - Slawomir Mrozek


Un buen día el cartero me trajo una postal con el siguiente mensaje:
«O me deja antes del jueves, debajo de la piedra, en la plazoleta frente al mesón, cien mil en efectivo, o se va a enterar.» Firmado: «Oswald.»

Calculé que mi sueldo no me alcanzaría para pagar aquello. ¿Que podía hacer? No tenía ganas de perecer a mi edad. Me senté y escribí la siguiente carta:
«Estimado Señor: o bien encuentro el miércoles, a mas tardar, frente al mesón, en la plazoleta, debajo de la piedra, cien mil en efectivo, o se va a enterar. Su Calavera. P.D.: No pido para mí, sino para alguien necesitado.»

Tras una breve reflexión borré «cien mil» y puse «ciento cincuenta mil». ¿Por qué no aprovechar la ocasión para ganar algo?

Ahora sólo quedaba decidir a quién podía enviar mi mensaje, dado que nadie tenía dinero. Por fin lo envié a un colega con el que mantengo amistad desde niño. Él tampoco tiene pasta pero al menos sé su dirección y es un tío legal.

El miércoles fui a la plazoleta y miré debajo de la piedra. En lugar de dinero había una carta:
«Estimado Señor Calavera: sólo puedo pagarle cincuenta mil y como más pronto el viernes por la mañana.»
«Mejor esto que nada -pensé-. Con todo, ¿de dónde puede sacar mi colega tanta pasta?»

Sin embargo, se acercaba el jueves fatal. Como seguía sin banca, escribí una breve carta y la metí debajo de la piedra. La carta decía lo siguiente:
«Señor Oswald: lo siento, pero sólo puedo pagarle cincuenta mil y como más pronto el sábado por la mañana. Atentamente: la Víctima.»

Tras una breve reflexión taché «cincuenta mil» y puse «veinticinco mil». ¿Por qué no aprovechar la ocasión para ganar algo?

El viernes por la mañana debajo de la piedra no había el dinero, sino una carta:
«Estimado Señor Calavera: ruego disculpe mi retraso. Tendrá su dinero, pero el domingo. Desgraciadamente sólo la mitad.

He aquí las sucesivas cartas mías a Oswald y las de mi víctima a mí:
«Señor Oswald: acabemos con esta historia. El lunes le daré cien pelas.»
«Señor Calavera: desgraciadamente hasta el lunes no recibiré cincuenta pelas de un tipo que me las debe. Así que el miércoles como más pronto, ¿vale? Un beso en la mandíbula.»

Y una semana más tarde, el viernes siguiente, debajo de la piedra no encontré más que un paquete de Celtas. Mejor esto que nada.

Sólo que los Celtas eran míos.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj - Julio Cortázar

 Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. 

Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. 

Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. 

Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. 

Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. 

No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

El mal - Silvina Ocampo

Una noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén que su vecino estaba agonizando. 
 
Ese vecino perverso no sólo le había robado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a gozar de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había seguramente pintadas flores y figuras de querubes. 
 
Esta circunstancia oscureció la alegría de Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para cubrirse, estaba en el paraíso. Veía de soslayo la luz rosada de los ventanales. De vez en cuando le daban de beber; tenía conciencia del alba, de la mañana, del día, de la tarde y de la noche, aunque las persianas estuvieran cerradas y que ningún reloj le anunciara la hora. 
 
Cuando estaba sano solía comer con tanta rapidez que todos los alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la diferencia que hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. Apreciaba cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los gritos, el ruido de las cañerías, de los ascensores, de los automóviles, de los coches de caballos que pasaban. 
 
Cuando sentía necesidad de orinar tocaba el timbre; mágicamente aparecía una mujer, con blancura de estatua, trayendo un florero de vidrio que era una suerte de reliquia y esa misma mujer, con ojos etruscos y uñas de rubí, le ponía enemas o lo pinchaba con una aguja como si cosiera un género precioso. 
 
Una caja de música no era tan musical, el pecho de una santa o de un ángel tan buenos como la almohada donde recostaba la cabeza. Cosquilleos agradables le corrían por la nuca, bajaban por la columna vertebral a las rodillas. Pensaba: era la primera vez que podía pensar: "Qué precio tiene un cuerpo. Vivimos como si no valiera nada, imponiéndole sacrificios hasta que revienta. La enfermedad es una lección de anatomía." 
 
Soñaba: era la primera vez que podía soñar. Juegos de billar, una pipa, el diario leído minuciosamente, viajes breves, mujeres que le sonreían en un cinematógrafo, una corbata roja, lo deleitaban. En sus delirios tenía presencias del futuro; las visitas de los domingos, que se enteraron de su don, acudían al
hospital para acercarse a su cama y oír las predicciones.
 
Advirtió que los biombos no rodeaban la cama del vecino, sino la suya, y quedó complacido.  Los pies ya no le dolían de tanto caminar, ni la cintura de tanto estar agachado, ni el estómago de pasar tanta hambre. Divisaba el patio con palmeras y palomas, en cada ventanal.

El tiempo no pasaba porque la felicidad es eterna.

Los médicos dijeron que iban a salvarlo. Retiraron los biombos con flores y querubes. A su juicio, los médicos eran bribones. Saben dónde se aloja la enfermedad y la manejan a su gusto. El organismo tal vez oye los diálogos que rodean la cama de un enfermo. Efrén tuvo pesadillas por culpa de esos diálogos.
 
Soñó que para ir al trabajo tomaba un colectivo y después de sentarse advertía que el colectivo no tenía ruedas, que bajaba del colectivo y tomaba otro que no tenía motor y así sucesivamente hasta que se hacía de noche.
 
Soñó que estaba en la peletería, cosiendo pieles; las pieles se movían, gruñían. Al cabo de un rato, en el cuarto donde trabajaba, varias fieras, con aliento inmundo, le mordían los tobillos y las manos. Al cabo de un rato, las fieras hablaban entre ellas. El no entendía lo que decían porque hablaban en un extraño idioma. Comprendía finalmente que iban a devorarlo.
 
Soñó que tenía hambre. No había nada que comer; entonces sacaba del bolsillo un trozo de pan tan viejo que no podía morderlo con los dientes; lo remojaba en agua, pero continuaba igual; finalmente, cuando lo mordía, sus dientes quedaban dentro del único pan que había conseguido para alimentarse. 
 
El camino hacia la salud, hacia la vida, era ése.
 
El organismo de Efrén, que era fuerte y astuto, buscó un lugar en sus entrañas para esconder el mal. Ese mal era una fortuna: con subterfugios, encontró manera de conservarlo el mayor tiempo posible. De ese modo Efrén durante unos días, con el sentimiento de culpa que inspira siempre el engaño, volvió a ser feliz. La hermana de caridad le hablaba de sus hijos y de su mujer, inútilmente. Para él, ellos estaban dentro de la libreta del pan o de la carne. Tenían precio. Costaban cada día más.
 
Sudó, se agachó, sufrió, lloró, caminó leguas y leguas para conseguir la tranquilidad que ahora querían arrebatarle. 

El postre - Andrés Neuman

Se ajustó por detrás el lazo del delantal y se alisó la falda. Sus manos subrayaron por un momento la forma de los muslos. Alzó una bandeja y se acercó a la mesa donde el cliente de la barba terminaba su almuerzo. Tenía buen apetito, el tipo de la barba. Había pedido un caldo, una ensalada de la casa, un filete de lomo con guarnición y una ración de croquetas. 

También había pedido dos veces que le llenaran la cestilla del pan. Ella se inclinó ligeramente y carraspeó. Él levantó la vista: el reflejo borroso de su rostro desapareció de la fuente vacía.
-¿Va a pedir alguna otra cosa, señor?
El tipo de la barba la miró con aire risueño.
-¿Usted cree que puedo tener más hambre?
-No sé, señor. No me pagan para interpretar las caras de los clientes, sino para tomarles nota. ¿Va a pedir alguna otra cosa?
-No, gracias, no puedo más.
-Muy bien. Le traigo la cuenta, entonces.
-¡Espere, señorita, espere! Creo que quiero un postre.
-¿Un postre?
El tipo de la barba miró hacia ambos lados y después se detuvo en su delantal.
-¿Por qué? ¿Tan raro le parece que pida un postre?
-¿A mí? Claro que no, señor -contestó ella recogiendo los platos en la bandeja.
-Entonces tráigame la carta de los postres, por favor.

Ella se marchó. Enseguida volvió con la misma carta que le había dado al principio. El tipo de la barba se demoró en su lectura como si se tratase de un intrincado texto. Sin proponérselo, ella empezó a doblar las rodillas y mover los pies descontroladamente. El tipo de la barba, que tenía manos grandes, seguía estudiando la carta.
-¿Sí...? -probó ella.
-Disculpa. No me decido.

Ella acusó el impacto del tuteo con mal disimulada violencia. Otro más. Ya empezaba. Se despejó la frente con dos dedos y miró al techo. Le dolían las piernas. Había sido un mediodía agotador y pegajoso, repleto de imbéciles y escaso de propinas. Cuando volvió a interrogar al tipo de la barba, vio que él le espiaba los tobillos. 

Ella levantó un zapato, como si pretendiera pisar esa mirada. El se acarició la barba y sonrió con frescura, mordiéndose un costado del labio.
-¿Está seguro de que va a tomar postre?
-Niña, qué carácter. ¿Te pasa algo conmigo? ¿Nunca has visto a un cliente indeciso?
-No es eso. Es que...
-¿Es que qué?
-Nada, nada. Ahora vuelvo, ¿de acuerdo? -dijo ella separándose de la mesa.
-Dame tiempo, sólo eso -murmuró él.

Ella respondió que sí de espaldas. Dio unos cuantos pasos hacia la cocina y tuvo una intuición. Se volvió bruscamente. Al acercarse de nuevo a su mesa, se fijó por primera vez en su chaqueta: las mangas estaban desgastadas y uno de los bolsillos estaba mal cosido. Iba pulcro, era más bien atractivo, pero su ropa lo delataba. 

Se inclinó hacia él, notando cómo algo se soltaba inoportunamente alrededor de sus pechos.
-No tienes dinero, ¿verdad? -susurró ella.
La sonrisa del tipo de la barba pareció desencajarse. Enseguida recobró el aplomo.
-Creo que quiero un flan de la casa. Sin nata.
-¡No tienes! ¡No tienes dinero...! -confirmó ella irguiéndose con disgusto.
-Odio la nata. Desde niño. Qué asco.

Ella dio un paso atrás, como intentando enfocar mejor la mesa y el cliente.
-¿Se puede saber ahora cómo piensas pagar?
-¿Se puede saber ahora cómo piensas cobrarme?
Ella puso los brazos en jarra. Miró a su alrededor: nadie parecía estar prestándoles la menor atención. El jefe estaba en la cocina, si es que estaba.
-Puedo llamar a mi jefe.
-¡Ah!, puedes, puedes.
-No se haga el gracioso.
-Y tú no te hagas la seria, niña. Estábamos en que yo era tú, no usted.

Ella suspiró, dejando caer los brazos sobre las caderas.
-Mira, no me pongas en un compromiso. Paga con lo que tengas, habla con mi jefe o lo que sea. Pero no hagas una escenita, que estoy harta.
-¡Al contrario, al contrario! -exclamó él-. Dile al dueño que venga, yo lo espero aquí. Adviértele que soy rapidísimo. Una pantera. Un karateka. Una serpiente cascabel. 

Y vas a ver cómo antes de que ese gordo inmundo me ponga las manos encima, yo lo he derribado y estoy sentado sobre su barriga obligándolo a que me fíe también mañana, y de paso vengándome de cómo te explota, que ya he visto que ni siquiera has comido. Haz la prueba, mi vida. Soy la pantera socialista. La serpiente romántica. Vamos. Llámalo.

Ella tardó unos segundos en reaccionar.
-Ay, me vas a dar la tarde.
-Y tú ya me la has dado, reina. Estás riquísima.

Ella agachó la cabeza y apretó la boca para disimular una risa. El tipo la miraba acariciándose la barba.
-Bea, me llamo Bea -dijo ella mostrándole los ojos.



Mamut en la noche inmensa - Eugenio Mandrini

Soñó que el mamut muerto en el último invierno, el mamut más formidable, más temible y de más estremecedor pelaje oscuro que viera en su azarosa vida de cazador, volvía a buscarlo a él, de entre todos los hambrientos de la tribu que intervinieron en la cacería, sólo a él.
Después, la visión se trasladó a la realidad y el mamut aparecía, irremediable, en cualquier momento de la noche o cuando el fuego de la caverna volvía a la ceniza o aún mimetizado en la lluvia, en la niebla o en la humareda de los bosques incendiados. Entonces cerró todas las formas de la luz y la alucinación y se arrancó los ojos para no verlo más. Pero el mamut volvía siempre, irremediable, porque en el mundo de los ciegos, los ciegos ven.

El guardián - Franz Kafka

Corriendo superé al primer guardián. Entonces me sentí aterrorizado, corrí de regreso y le dije:
-Pasé por aquí corriendo mientras tú estabas mirando hacia el otro lado.
El guardián tenía la mirada clavada hacia adelante y nada respondió.
-Supongo que verdaderamente no debería haberlo hecho -le dije.
El guardián siguió sin hablar.
-¿Significa tu silencio permiso para pasar...?