El hipopótamo - Juan José Arreola
Jubilado por la naturaleza y a falta de pantano a
su medida, el hipopótamo se sumerge en el hastío.
Potentado biológico, ya no tiene qué hacer junto al pájaro, la flor y la
gacela. Se aburre enormemente y se queda dormido a la orilla de su charco, como
un borracho junto a la copa vacía, envuelto en su capote colosal.
Buey neumático, sueña que pace otra vez las praderas sumergidas en el remanso,
o que sus toneladas flotan plácidas entre nenúfares. De vez en cuando se
remueve y resopla, pero vuelve a caer en la catatonía de su estupor. Y si
bosteza, las mandíbulas disformes añoran y devoran largas etapas de tiempo
abolido.
¿Qué hacer con el hipopótamo, si ya solo sirve como draga y aplanadora de los
terrenos palustres, o como pisapapeles de la historia? Con esa masa de arcilla
original dan ganas de modelar una nube de pájaros, un ejército de ratones que
la distribuyan por el bosque, o dos o tres bestias medianas, domésticas y
aceptables. Pero no. El hipopótamo es como es y así se reproduce: junto a la
ternura hipnótica de la hembra reposa el bebé sonrosado y monstruoso.
Finalmente, ya solo nos queda hablar de la cola del hipopótamo, el detalle
amable y casi risueño que se ofrece como único asidero posible. Del rabo corto,
grueso y aplanado que cuelga como una aldaba, como el badajo de la gran campana
material.
Y que está historiado con finas crines laterales, borla suntuaria entre el
doble cortinaje de las ancas redondas y majestuosas.
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