Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
El hipopótamo - Juan José Arreola
Jubilado por la naturaleza y a falta de pantano a su medida, el hipopótamo se sumerge en el hastío.
Venganza - Juan José Hernández
Todas las
noches, antes de acostarse, ordena su colección de objetos preciosos: una araña
pollito sumergida en formol, un talismán de hueso que tiene la virtud de curar
los orzuelos, un mono de chocolate, recuerdo de su último cumpleaños, y la
famosa medalla de su tío, que los chicos del barrio envidian: Alfonso XII al
Ejército de Filipinas. Valor, Disciplina, Lealtad.
Su tío la llevaba de adorno, colgada del llavero, pero él insistió tanto que
acabó por regalársela. Con su abuela las cosas son más complicadas. En vano le
ha pedido aquella piedra que trajo de la Gruta de la Virgen del Valle, el año
de su peregrinación a Catamarca. Durante un tiempo agotó sus recursos de nieto
predilecto para conseguirla: se hizo cortar el pelo, aprendió las lecciones de
solfeo. Su abuela persistió en la negativa. Ni siquiera pudo conmoverla cuando
estuvo enfermo de sarampión y ella se quedaba junto a la cama, leyéndole.
Una tarde, mientras bebía jugo de naranja, interrumpió la lectura y volvió a
pedirle la piedra de la Virgen. Su abuela le dijo que no fuera cargoso, que se
trataba de una piedra bendita y que con reliquias no se juega. El chico,
enfurecido, derramó el jugo de naranja sobre la cama. La abuela pensó que lo
había hecho sin querer.
Unos días después de este incidente, el chico abandonó la cama y cruzó a la
casa de enfrente, donde vive la abuela. Tiene el propósito de sentarse en la
silla de hamaca, cerca de la pajarera principal, y terminar Robinson Crusoe. Se
siente débil y el médico ha recomendado que lo hagan tomar un poco de sol, por
las mañanas. La casa de la abuela está llena de pájaros y plantas.
En los patios hay jaulas de alambre tejido con cardenales y canarios; a lo largo de las paredes, casales de pájaros finos seleccionados para cría; en el jardín del fondo, pajareras de mimbre con reinamoras. Tupidos helechos desbordan los macetones de barro cocido, y toda la casa es fresca, manchada y luminosa, como con luz cambiante de tormenta.
Dentro de las habitaciones, la
abuela, dos veces viuda, se consagra al recuerdo de sus maridos y a sus santos
de siempre. San Roque y su perro, amparado por un fanal de vidrio, goza de la
mayor devoción. Lamparitas de aceite arden todo el tiempo sobre la mesa que
sirve de altar; flores de papel y un escapulario bordado en oro, con un corazón
en llamas, completan la sencilla decoración.
Allí también está la piedra de la Virgen, brillante de mica y de prestigio.
Sentado en la silla de hamaca, el chico mira a su abuela, que ayudada por la
criada riega las plantas, corta brotes malsanos y cambia el agua de las
pajareras.
Tiene entre las manos Robinson Crusoe, pero no lee. Piensa en la piedra que nunca será suya, en la negativa odiosa de la abuela. No ha vuelto a hablarle del asunto desde la tarde en que derramó el jugo de naranja sobre la cama. Imposible robársela. Es una piedra bendita. Y quién sabe si al intentar hacerlo no cae fulminado por un rayo como se cuenta de Uzza, en la Historia Sagrada, que tocó el Arca de Dios.
El chico quiere leer y no puede. Observa la pajarera principal cuyo techo, de lata verde, imita el de una pagoda china. La abuela y la criada están distraídas regando las hortensias del jardín del fondo. Entonces se incorpora sin hacer ruido y abre una puerta de la pajarera. El primer canario vacila, desconfía, trina, y de pronto echa a volar. Los demás, siguiendo el ejemplo, huyen alborotados hacia los árboles del vecino.
El hombre normal - Juan Filloy
Era un hombre normal. Pero un hombre normal en un medio de degenerados constituye una rara degeneración. Todos lo notaron. Y, a fuerza de advertencias, fue el tipo más extraordinario de la colectividad. La obsesión ajena lo fiscalizaba. El delirio multitudinario lo perseguía. Todos, en fin, recelaban las determinaciones de su discernimiento; porque la gravedad y el equilibrio, donde prima la desorbitación y el ímpetu, son cualidades que exasperan el modus vivendi de una realidad morbosa.
Impasible, él mantúvose como el yogui que ahorra energías psíquicas. No hizo caso de nada. Y con su flema, economizando gestos inútiles, escarneció el histrionismo y la vocinglería.
La fiebre y el insomnio colectivo se conjuraron contra él:
-Es un peligro. Es un peligro. Tener suelto a un tipo de tal clase contamina nuestra vida. Y la contaminará mas aún si nos mantenemos inactivos y perplejos. Fuera. ¡Fuera!
Almenado tras la indiferencia, sus sornas y desdenes fueron reputados como las peores psicopatías. Entonces, no demoraron más. Fue apresado. Y sometido que fue a un régimen demencial, naturalmente incurrió en la locura.
En el oscuro dominio se exhibe ahora rojo, iracundo y candoroso. Se percibe que la imaginación recorre borracha las sendas retrospectivas sin conocerlas, chapaleando en sus lagunas. Se avergüenza de su rabia -reversión de su serenidad irónica. Y se irrita cuando los resquicios lúcidos del cerebro alborotan con magra luz la gris uniformidad espiritual.
Mas hay algo que lo muestra en cierta beatitud gozosa y vacía. Es, sin duda, la intuición de que al fin armoniza en la convivencia. En efecto, ya no llama la atención. Es un hombre normal...
El pescadorcito Urashima - Juan Valera
Vivía muchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña y el anzuelo.
Cierto día salió a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas viven mil años; al menos las japonesas los viven.
Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:
-Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizá mejor que la tortuga. ¿Para qué he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva aún novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro estoy de que mi madre aprobará lo que hago.
Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.
Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca. Era tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al mediodía a echar una siesta.
Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró en la barca y dijo:
-Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del Dragón, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha y tan generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno o malo.
Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho, que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres, nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el Palacio del Dragón, allende los mares azules.
Tomó entonces Urashima un remo y la princesa marina otro; y remaron, remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios de la mar vivía o imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas y peces. ¡Oh, qué sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro.
Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente que viste en tu vida, pónlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el palacio parecía. Y todo ello pertenecía a Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios de la mar y el marido de la adorable princesa?
Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.
Pero una mañana dijo Urashima a su mujer:
-Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver a mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas, Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.
-No gusto de que te vayas -contestó ella-. Mucho temo que te suceda algo terrible; pero vete, pues así lo deseas y no se puede evitar. Toma, con todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás nunca volver a verme.
Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en la costa de su país natal.
Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de su padre? ¿Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas, por cierto, estaban allí como antes; pero los árboles habían sido cortados. El arroyuelo, que corría junto a la choza de su padre, seguía corriendo; pero ya no iban allí mujeres a lavar la ropa como antes. Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres años.
Acertó entonces a pasar un hombre por allí cerca y Urashima le preguntó:
-¿Puedes decirme, te ruego, dónde está la choza de Urashima, que se hallaba aquí antes?
El hombre contestó:
-¿Urashima? ¿Cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua. Loco debes de estar cuando buscas aún la tal choza. Hace centenares de años que era escombros.
De súbito acudió a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del Dragón, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes, y sus dragones con colas de oro, había de ser parte del país de las hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus tres años en compañía de la princesa, habían sido cuatrocientos.
De nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea había desaparecido.
Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que debía seguir? ¿Quién se le marcaría?
-Tal vez -caviló él- si abro la caja que ella me dio, descubra el secreto y el camino que busco.
Así desobedeció las órdenes que le había dado la princesa, o bien no las recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba.
Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿qué piensas que salió de allí? Salió una nube blanca que se fue flotando sobre la mar. Gritaba él en balde a la nube que se parase. Entonces recordó con tristeza lo que su mujer le había dicho de que después de haber abierto la caja, no habría ya medio de que volviese él al palacio del dios de la mar.
Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr hacia la playa en pos de la nube.
De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se cubrió de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la playa.
¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho lo que le mandó la princesa, hubiese vivido aún más de mil años.
Dime: ¿no te agradaría ir a ver el Palacio del Dragón, allende los mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?
El espejo de Matsuyama - Juan Valera
Hace mucho tiempo vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, que ya cayeron en olvido, pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.
Hubo de acontecer, cuando la niña era aún muy pequeñita, que el padre se vio obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podían acompañarle, y él se fue solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos.
La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.
En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que a él le gustaba en extremo.
No atino a encarecer el contento de esta buena mujer cuando vio al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.
-¡A ti -dijo a su mujer- te he traído un objeto de extraño mérito; se llama espejo! Mírale y dime qué ves dentro.
Le dio entonces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vio que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.
-¿Qué ves? -preguntó el marido, encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.
-Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva, ¡caso extraño!, un vestido azul, exactamente como el mío.
-Tonta, es tu propia cara la que ves -le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía-. Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.
Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para usada de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus más estimados tesoros.
Pasaron años, y marido y mujer vivían aún muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, recelando que su uso pudiera engreír a la niña.
Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.
Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fue empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.
Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.
La llamó, pues, y le dijo:
-Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días, al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti.
Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.
En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.
De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla, en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:
-Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.
Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.
La niña contestó:
-Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.
Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.
Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, vertió lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.
A quién debe darse crédito - Juan Valera
Llamaron a la puerta. El mismo tío Pedro salió a abrir y se encontró cara a cara con su compadre Vicentico.
-Buenos días, compadre. ¿Qué buen viento le trae a usted por aquí? ¿Qué se le ofrece a usted?
-Pues nada... Confío en su amistad de usted..., y espero...
-Desembuche usted, compadre.
-La verdad, yo he podado los olivos, tengo en mi olivar lo menos cinco cargas de leña que quiero traerme a casa y vengo a que me empreste usted su burro.
-¡Cuánto lo siento, compadre! Parece que el demonio lo hace. ¡Qué maldita casualidad! Esta mañana se fue mi chico a Córdoba, caballero en el burro. Hasta dentro de seis o siete días no volverá. Si no fuera por esto podría usted contar con el burro como si fuese suyo propio. Pero, ¡qué diablos!, el burro estará ya lo menos a cuatro leguas de aquí.
El pícaro del burro, que estaba en la caballeriza, se puso entonces a rebuznar con grandes bríos.
El que le pedía prestado el burro dijo, con enojo:
-No creía yo, tío Pedro, que usted fuese tan cicatero que para no hacerme este pequeño servicio se valiese de un engaño. El burro está en casa.
-Oiga usted -replicó el tío Pedro-. Quien aquí debe enojarse soy yo.
-¿Y por qué el enojo?
-Porque usted me quita el crédito y se lo da al burro.
La sombra - Juan Eduardo Zúñiga
La puerta de la estancia se abrió y entró el hijo mayor que avanzó hasta situarse delante de él.
-Padre -le dijo-, escúchame: no quisiera alterar tu tranquilidad estos meses en que estamos juntos pero me siento obligado a hablarte de algo que me inquieta. Desde hace días, cuando estoy solo, empiezo a notar que hay alguien cerca de mí. Poco a poco gana fuerza esta sensación que no puedo evitar, aunque esté trabajando o ensayando con el violín. Como si una persona hubiera entrado en mi habitación y, en silencio, me mirara. No tengo más remedio que volver la cabeza pero... no hay nadie, nadie está cerca de mí. Sin embargo, lo siento claramente y me asusta.
Los ojos del padre se habían ido reduciendo mientras oía aquellas palabras y luego los llevó de la cara del hijo a los bellos dibujos de la alfombra.
-No debes preocuparte, hijo -exclamó-. Eso que te ocurre es, sin duda, resultado de la tensión de la sangre en el cerebro, o tus mismos pensamientos o tu pasión por la música. No le des importancia, será pasajero y en pocos días lo olvidarás.
El primogénito no respondió y con una actitud respetuosa, que todos los miembros de la familia mantenían para con el padre, salió de la estancia.
Fue hasta el salón, donde hacía años estaba el piano, lo abrió y, sin sentarse ante él, tecleó unos compases mientras su vista se perdía en la cristalera que daba al jardín, tras la cual se anunciaba el atardecer. Oyó unos pasos y al volverse vio a la hermana que se aproximaba.
-Te estaba buscando, hermano, me siento nerviosa y triste. No puedo estar sola, necesito hablar con alguien, contigo, si es que me quieres escuchar. Verás, te voy a contar un motivo de inquietud, acaso es la preocupación de estar enferma, no sé, pero a veces estoy segura de que a mi lado alguien respira, y ya comprenderás que no hay nadie y debe de ser sólo imaginación mía.
-Pero, ¿de verdad, no hay nadie? El que respira, quien quiera que sea, ¿no puedes verlo?
-No, no veo a nadie. Ya te digo que tan sólo es una impresión, algo como las alucinaciones que tienen las videntes.
-Sí, pero nosotros no somos videntes. ¿Te has asegurado de no ver... alguna cosa?
La hermana se tapó la cara con ambas manos y emitió con la garganta como un sollozo y seguidamente le miró con una mueca de enfado.
-¿Qué crees que voy a ver? ¿A qué te refieres? No veo nada, sólo me parece que se acerca a mí un susurro igual a una respiración. Es eso lo que te digo.
Él se pasó por los ojos la mano con que había rozado las teclas, suspiró y habló en voz muy baja:
-Pues yo sí veo, hermana, veo algo, no sé bien lo que es pero cuando estoy solo percibo como si unos ojos me mirasen.
Ella dio un breve grito y se estrechó contra él a la vez que la boca se contrajo, mirándole de muy cerca.
-¿Qué ves, dime qué ves?
-Una sombra, veo una sombra, no te puedo decir más.
La joven encogió la cabeza entre los hombros.
-Ay, como yo, hermano mío. Te he mentido: yo también veo esa sombra, y me horroriza.
En el ventanal resonó súbitamente una ráfaga de lluvia y, fuera, las ramas de los árboles se movieron con violencia.
-¿Sí? ¿Igual que yo? ¿Qué será? Estoy pasando unos días angustiosos: en cuanto me quedo solo comprendo que estoy acompañado, y es una sombra, solamente una sombra.
Los dos hermanos se miraron, pendientes de lo que se decían pero el ruido de la lluvia les hizo fijarse en la cristalera sacudida por el aguacero que la azotaba. Estuvieron mucho tiempo en silencio, junto al piano; ambos parecían reflexionar sobre lo que acababan de confesarse. Hacían gestos de duda.
Cuando el anochecer fue dejando oscuro el salón, en el reloj de pie sonaron las campanadas de las seis de la tarde. Entonces echaron a andar, pegado uno al otro, y fueron al gabinete de la madre que ya estaba iluminado con una viva luz de petróleo y el fuego en la chimenea.
La madre parecía esperar a sus hijos, sentada ya a la mesa en la que se veía colocado el servicio de té. Los hermanos tomaron asiento y aguardaron unos minutos a que llegara el padre que cerró la puerta tras él. Antes de sentarse, se acercó a la ventana y contempló un momento la oscuridad y la espesa lluvia.
Sirvieron el té. Con las tazas en las manos, todos callaban hasta que el hijo habló.
-Padre, a mi hermana también le atormenta la misma sensación que a mí. Tenemos miedo. Como si hubiera alguien junto a nosotros.
El padre miró a la joven, extrañado.
-¿Qué sientes, hija mía? ¿Qué te asusta?
La joven negó y sostuvo la taza ante los labios; la madre la miraba fijamente.
-Sí, padre -insistió el hermano-, igual que yo. Pero debo decirte que antes te he mentido: te dije que no veía nada y no es esa la verdad; si me vuelvo hacia donde creo que hay una presencia, si miro por encima del hombro, veo algo, como una sombra. Y a mi hermana también le ocurre lo mismo.
La voz de la madre le interrumpió:
-¿Una sombra? ¿Qué es eso de ver sombras? Estáis mintiendo, eso no puede ser cierto.
-No, madre, no mentimos, es una sombra que nos asusta. Cuando estoy solo, cuando bajo a la biblioteca, cuando hago música o cuando leo o escribo una carta.
-¿Qué te ocurre entonces? -la madre se inclinó hacia él y levantó la mano como si fuera a contener algo que se caía pero el hijo no vio este ademán porque hundía su mirada en la taza de té humeante.
-Una sombra. ¿Cómo es esa sombra? -intervino el padre.
-¡No preguntes eso! -exclamó la madre-. No hay tal sombra, es una fantasía de ellos.
-Sí, se lo pregunto. Hijo, ¿cómo es la sombra?
-No sé, padre, no sé cómo es ni de dónde viene ni por qué está a mi lado. Pero en algunos momentos es tan fuerte la sensación que tiemblo, huyo, me bajo a hablar con los criados o con el jardinero.
-Yo también tiemblo y la veo, y busco la compañía de quien sea porque sólo entonces me siento libre -dijo la joven temblando.
-¡Callaos! -ordenó la madre irguiendo el busto y dando con la taza en la mesa-. ¡Basta de hablar de eso!
El padre se dirigió a la joven y al preguntarle:
-Hija mía, esa sombra que ves, ¿qué... tamaño tiene? -ésta dio un grito y se llevó la mano a la boca: miró con ojos espantados al padre.
-¿Por qué preguntas eso? -volvió a recriminar la madre, encarándose con él-. ¿Qué quieres decir?
-No, padre, eso no -murmuró el hijo-; será mejor no pensar en ello.
La hija sollozó pero fijando sus ojos en el padre fue ella quien a su vez le preguntó:
-¿El tamaño... que tiene?
La madre levantó la voz:
-¿Por qué le preguntas lo que tú bien sabes? Si tú también la ves y lo niegas... -y estas palabras dichas con una entonación cortante y rápida hicieron estremecer al padre.
-Es lógico que yo le pregunte.
-¿Es que vas a ocultar que esa sombra maldita...?
-Yo no veo ninguna sombra. Yo soy noble y nunca mis ascendientes tuvieron visiones, y yo tampoco. Pero quiero preguntar a mis hijos.
Hubo un silencio y sólo se oía el batir de la lluvia que caía en el jardín y el viento que a veces removía las llamas de la chimenea.
-¿Es que tú, padre, sabes el tamaño que tiene? -Habló primero el hijo dirigiéndose al padre y éste sin responder preguntó:
-Lo que tú ves, ¿es acaso... pequeño?
La hija volvió a dejar escapar una especie de lamento y hundió la cara en su pañuelo.
El hijo tardó en contestar; contemplaba el rostro del padre como queriendo descubrir el motivo de la pregunta.
-Sí, padre. Es pequeño. Me espanta. Pequeño, sí.
-Estáis locos para hablar de esas cosas. ¿No comprendéis que es una fantasía, una mentira?
-Pues es verdad, madre: yo veo una sombra pequeña a mi lado, como si respirase un ser, pero yo no le oigo, es que tengo la certidumbre de que está allí y si me vuelvo, lo que veo es... algo pequeño, en el suelo.
La hija habló con voz convulsiva y muy deprisa con un gesto que podría hacer pensar que se ahogaba, al mismo tiempo que estrujaba el pañuelo entre los dedos.
Bruscamente, la madre se puso de pie, miró a todos, miró la ventana, la habitación en torno suyo y murmuró:
-¡Qué terrible es lo que decís! ¡Qué tristeza tan grande llena mi alma, y mi corazón se siente solo en esta noche de muerte! Y esa sombra que vosotros veis, estará aquí, en nuestra casa y ya para siempre me seguirá adonde vaya, y entrará en las habitaciones vacías y subirá tras de mí las escaleras y cuando duerma, estará conmigo, y sabré que de ahora en adelante será mi compañía.
Al callar, oyeron en el vestíbulo el lejano llanto de un niño. Todos se miraron entre sí. En la ventana, la lluvia seguía resonando.
Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos - Juan José Arreola
Estimable señor:
Como he pagado a usted tranquilamente el dinero que me cobró por reparar mis zapatos, le va a extrañar sin duda la carta que me veo precisado a dirigirle.
En un principio no me di cuenta del desastre ocurrido. Recibí mis zapatos muy contento, augurándoles una larga vida, satisfecho por la economía que acababa de realizar: por unos cuantos pesos, un nuevo par de calzado. (Éstas fueron precisamente sus palabras y puedo repetirlas.)
Pero mi entusiasmo se acabó muy pronto. Llegado a casa examiné detenidamente mis zapatos. Los encontré un poco deformes, un tanto duros y resecos. No quise conceder mayor importancia a esta metamorfosis. Soy razonable. Unos zapatos remontados tienen algo de extraño, ofrecen una nueva fisonomía, casi siempre deprimente.
Aquí es preciso recordar que mis zapatos no se hallaban completamente arruinados. Usted mismo les dedicó frases elogiosas por la calidad de sus materiales y por su perfecta hechura. Hasta puso muy alto su marca de fábrica. Me prometió, en suma, un calzado flamante.
Pues bien: no pude esperar hasta el día siguiente y me descalcé para comprobar sus promesas. Y aquí estoy, con los pies doloridos, dirigiendo a usted una carta, en lugar de transferirle las palabras violentas que suscitaron mis esfuerzos infructuosos.
Mis pies no pudieron entrar en los zapatos. Como los de todas las personas, mis pies están hechos de una materia blanda y sensible. Me encontré ante unos zapatos de hierro. No sé cómo ni con qué artes se las arregló usted para dejar mis zapatos inservibles. Allí están, en un rincón, guiñándome burlonamente con sus puntas torcidas.
Cuando todos mis esfuerzos fallaron, me puse a considerar cuidadosamente el trabajo que usted había realizado. Debo advertir a usted que carezco de toda instrucción en materia de calzado. Lo único que sé es que hay zapatos que me han hecho sufrir, y otros, en cambio, que recuerdo con ternura: así de suaves y flexibles eran.
Los que le di a componer eran unos zapatos admirables que me habían servido fielmente durante muchos meses. Mis pies se hallaban en ellos como pez en el agua. Más que zapatos, parecían ser parte de mi propio cuerpo, una especie de envoltura protectora que daba a mi paso firmeza y seguridad. Su piel era en realidad una piel mía, saludable y resistente. Sólo que daban ya muestras de fatiga. Las suelas sobre todo: unos amplios y profundos adelgazamientos me hicieron ver que los zapatos se iban haciendo extraños a mi persona, que se acababan. Cuando se los llevé a usted, iban ya a dejar ver los calcetines.
También habría que decir algo acerca de los tacones: piso defectuosamente, y los tacones mostraban huellas demasiado claras de este antiguo vicio que no he podido corregir.
Quise, con espíritu ambicioso, prolongar la vida de mis zapatos. Esta ambición no me parece censurable: al contrario, es señal de modestia y entraña una cierta humildad. En vez de tirar mis zapatos, estuve dispuesto a usarlos durante una segunda época, menos brillante y lujosa que la primera. Además, esta costumbre que tenemos las personas modestas de renovar el calzado es, si no me equivoco, el modas vivendi de las personas como usted.
Debo decir que del examen que practiqué a su trabajo de reparación ha sacado muy feas conclusiones. Por ejemplo, la de que usted no ama su oficio. Si usted, dejando aparte todo resentimiento, viene a mi casa y se pone a contemplar mis zapatos, ha de darme toda la razón. Mire usted qué costuras: ni un ciego podía haberlas hecho tan mal. La piel está cortada con inexplicable descuido: los bordes de las suelas son irregulares y ofrecen peligrosas aristas. Con toda seguridad, usted carece de hormas en su taller, pues mis zapatos ofrecen un aspecto indefinible. Recuerde usted, gastados y todo, conservaban ciertas líneas estéticas. Y ahora...
Pero introduzca usted su mano dentro de ellos. Palpará usted una caverna siniestra. El pie tendrá que transformarse en reptil para entrar. Y de pronto un tope; algo así como un quicio de cemento poco antes de llegar a la punta. ¿Es posible? Mis pies, señor zapatero, tienen forma de pies, son como los suyos, si es que acaso usted tiene extremidades humanas.
Pero basta ya. Le decía que usted no le tiene amor a su oficio y es cierto. Es también muy triste para usted y peligroso para sus clientes, que por cierto no tienen dinero para derrochar.
A propósito: no hablo movido por el interés. Soy pobre pero no soy mezquino. Esta carta no intenta abonarse la cantidad que yo le pagué por su obra de destrucción. Nada de eso. Le escribo sencillamente para exhortarle a amar su propio trabajo. Le cuento la tragedia de mis zapatos para infundirle respeto por ese oficio que la vida ha puesto en sus manos; por ese oficio que usted aprendió con alegría en un día de juventud... Perdón; usted es todavía joven. Cuando menos, tiene tiempo para volver a comenzar, si es que ya olvidó cómo se repara un par de calzado.
Nos hacen falta buenos artesanos, que vuelvan a ser los de antes, que no trabajen solamente para obtener el dinero de los clientes, sino para poner en práctica las sagradas leyes del trabajo. Esas leyes que han quedado irremisiblemente burladas en mis zapatos.
Quisiera hablarle del artesano de mi pueblo, que remendó con dedicación y esmero mis zapatos infantiles. Pero esta carta no debe catequizar a usted con ejemplos.
Sólo quiero decirle una cosa: si usted, en vez de irritarse, siente que algo nace en su corazón y llega como un reproche hasta sus manos, venga a mi casa y recoja mis zapatos, intente en ellos una segunda operación, y todas las cosas quedarán en su sitio.
Yo le prometo que si mis pies logran entrar en los zapatos, le escribiré una hermosa carta de gratitud, presentándolo en ella como hombre cumplido y modelo de artesanos.
Soy sinceramente su servidor.