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Los dos hermanos - Lev Tolstói

     Éranse dos hermanos que viajaban juntos; al mediodía decidieron tumbarse bajo unos árboles del bosque para descansar.      Cuando se despertaron, vieron cerca de ellos una piedra sobre la que se podía leer esta inscripción:      Que quien se encuentre esta piedra camine por el bosque en dirección al Oriente; en el camino encontrará un río que deberá atravesar; a la otra orilla del río verá a una osa con sus ositos; deberá coger a esos ositos y subir a la montaña sin volverse. Allí encontrará una casa en la que encontrará la felicidad.      El hermano menor le dijo entonces al mayor:      —Vayamos juntos; tal vez podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a la casa y encontrar la felicidad los dos.      El mayor le respondió:      —Yo no iré en busca de los osos y te aconsejo que tú no lo hagas. En primer lugar porque no puede saberse de dónde procede esta inscripción...

Orgullo - Rubem Fonseca

En varias ocasiones había oído decir que por la mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se acordó de cosas olvidadas, de la noticia del periódico según la cual en su infancia pobre él usaba zapatos agujerados, sin calcetines y se pintaba el dedo del pie para disimular el hoyo, pero él siempre había usado calcetines y zapatos sin hoyo, calcetines que su madre zurcía cuidadosamente, y se acordó del huevo de madera muy liso y suave que ella metía en los calcetines y zurcía, zurciendo todos los años de su infancia, y se acordó de que desde niño no le gustaba beber agua y si se bebía un vaso lleno se quedaba sin aire, y por eso permanecía el día entero sin beber una gota de líquido pues no tenía dinero para jugos o refrescos, y que a veces a escondidas de su madre hacía refresco con la pasta de dientes Koly...

Historia de Sencillo - Isidoro Blaisten

    Tiempo ha, cuando los hombres hablaban en latín, existía en el reino de Ovillar un sastre viudo que tenía tres hijos: Tofillo, Jafetillo y Sencillo.      Los tres se dedicaban a hilvanar recuerdos.      Venía un poderoso y les decía:      - Quiero que me hilvanen estos recuerdos para mañana.       Jafetillo y Tofillo se ponían uno de cada lado, tomaban el hilo del tiempo y lo estiraban cuan largo era, mientras Sencillo iba colgando los recuerdos.      Un día, el sastre viudo murió. Distraído, se había clavado la aguja en la vena cava.      No tuvo tiempo de nombrar al primogénito.           La lucha entre los hermanos no tardó en desencadenarse.      Jafetillo quería ahorcar a Sencillo, apretándole el cordel del tiempo alrededor de la garganta como lo hacen los tugs.       Tofillo trataba a toda costa de agarra...