Los dos hermanos - Lev Tolstói

     Éranse dos hermanos que viajaban juntos; al mediodía decidieron tumbarse bajo unos árboles del bosque para descansar.
     Cuando se despertaron, vieron cerca de ellos una piedra sobre la que se podía leer esta inscripción:
     Que quien se encuentre esta piedra camine por el bosque en dirección al Oriente; en el camino encontrará un río que deberá atravesar; a la otra orilla del río verá a una osa con sus ositos; deberá coger a esos ositos y subir a la montaña sin volverse. Allí encontrará una casa en la que encontrará la felicidad.
     El hermano menor le dijo entonces al mayor:
     —Vayamos juntos; tal vez podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a la casa y encontrar la felicidad los dos.
     El mayor le respondió:
     —Yo no iré en busca de los osos y te aconsejo que tú no lo hagas. En primer lugar porque no puede saberse de dónde procede esta inscripción, que puede ser una trampa para los viajeros. En segundo lugar porque es muy probable que la hayamos leído mal y, en tercer lugar porque, aun admitiendo que todo sea verdad, pasaremos la noche en el bosque, no seremos capaces de hallar el río y nos perderemos. Y aun cuando lo hallásemos, ¿podríamos atravesarlo? Quizá sea demasiado ancho y la corriente muy rápida. Pero imagina que logremos pasarlo, ¿crees que será sencillo apoderarse de los ositos? La madre nos devorará. Por otra parte, aunque fuésemos capaces de apoderarnos de los oseznos, no nos sería posible escapar sin un descanso para escalar después la montaña. Por último, aquí no se especifica qué clase de dicha es la que podemos encontrar en aquella casa; puede ser una dicha inútil.
     El otro hermano replicó:
     —No soy de tu misma opinión. Eso no se escribió en la piedra sin un objeto, y el sentido de esa inscripción está muy claro y preciso. Y no correremos un gran peligro. Si no vamos nosotros, otro descubrirá la piedra y encontrará la felicidad que se nos brinda a nosotros ahora. Por otra parte, lo fácil no es agradable. Y yo no quiero pasar por un cobarde.
     Entonces habló el hermano mayor:
     —Conoces el proverbio —le dijo—, aquel que advierte: Quien todo lo quiere, todo lo pierde. O el otro que dice: Más vale pájaro en mano que ciento volando.
     El menor le replicó:
     —Y yo he oído decir: Quien teme a la hoja, no tendrá madera. Y aún más claro: Bajo la piedra inmóvil, no corre el agua. Pero ya es tarde y debo partir.
     El hermano menor se marchó y el mayor no quiso seguirlo.
     Un poco más lejos, en medio del bosque, el menor encontró el río, lo atravesó y junto a la orilla del otro lado vio a una osa que dormía; cogió a sus oseznos y echó a correr enseguida, sin detenerse, en dirección a la montaña.
     Nada más llegar a la cima, una multitud de personas salió a su encuentro, y lo llevó a la ciudad, donde fue proclamado zar.
     Reinó durante cinco años. Al sexto, otro soberano más fuerte que él le declaró la guerra, conquistó su ciudad y lo expulsó de allí.
Entonces el hermano menor anduvo por los caminos de nuevo hasta llegar a la casa de su hermano mayor.
     Este vivía pacíficamente en el campo, sin ninguna riqueza, pero sin que nada le faltara.
     Ambos fueron muy dichosos mientras se contaban sus vidas.
     —Ya ves —dijo el mayor— que estaba en lo cierto. Por mi parte, vivo y he vivido siempre sin preocupaciones. Tú, aunque fuiste zar, mira lo que te ha ocurrido.
     El menor le respondió:
     No lamento mis aventuras en el bosque, ni haber sido zar, ni siquiera haber sido destronado. Es cierto que ahora estoy mal, pero para embellecer mi vejez tengo un corazón lleno de recuerdos hermosos, mientras que tú no cuentas con nada.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El ojo en el dedo - Raúl Avila

La noche del buque náufrago - Francisco Tario

Boxeador - Carlos Wynter Melo