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Orgullo - Rubem Fonseca

En varias ocasiones había oído decir que por la mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se acordó de cosas olvidadas, de la noticia del periódico según la cual en su infancia pobre él usaba zapatos agujerados, sin calcetines y se pintaba el dedo del pie para disimular el hoyo, pero él siempre había usado calcetines y zapatos sin hoyo, calcetines que su madre zurcía cuidadosamente, y se acordó del huevo de madera muy liso y suave que ella metía en los calcetines y zurcía, zurciendo todos los años de su infancia, y se acordó de que desde niño no le gustaba beber agua y si se bebía un vaso lleno se quedaba sin aire, y por eso permanecía el día entero sin beber una gota de líquido pues no tenía dinero para jugos o refrescos, y que a veces a escondidas de su madre hacía refresco con la pasta de dientes Kolynos, pero no siempre tenían pasta de dientes en su casa, y en el momento en que moría también se acordó de todas las mujeres que amó, o de casi todas, y también del piso de madera roja de una casa en la que había vivido, aunque angustiado no logró recordar qué casa era aquélla, y también del reloj de bolsillo ordinario que rompió el primer día que lo usó, y también del saco de franela azul, y del dolor que lo había hecho arrastrarse por el suelo, y del médico que decía que necesitaba hacerle una radiografía de las vías urinarias, y cuanto más lo cercaba la muerte más se mezclaban los recuerdos antiguos con los recientes, él llegando atrasado al consultorio del médico que ya estaba vestido para salir, ya hasta había permitido que se fuera la enfermera, y el médico con prisa, ansioso como alguien que va a encontrar a una novia muy deseada, mandándole que se quitara el saco, se levantara las mangas de la camisa y que se acostara en una cama metálica, explicándole que a fin de cuentas la radiografía no se tardaría mucho, sólo había que inyectar el contraste y sacar las placas, y el médico se inclinó sobre la cama para aplicar el contraste en la vena del brazo y él sintió el olor delicado de su perfume y pudo observar su corbata de bolitas, y no pasó mucho tiempo cuando empezó a sentir que la laringe se le cerraba impidiéndole respirar y él intentó alertar al médico pero no logró emitir sonido alguno y todas las reacciones vinieron a su mente, la noticia del periódico, el saco azul, el piso de madera, las mujeres, el huevo liso de madera de su madre, mientras el médico en una esquina del consultorio hablaba por teléfono en voz baja, y como sabía que se estaba muriendo golpeó en la cama de metal con fuerza, el médico se asustó y después muy nervioso sacaba los cajones de los armarios, maldiciendo, culpando a la enfermera y diciéndole a él que se calmara, que iba a ponerle una inyección antialérgica, pero no encontraba dónde estaba el maldito medicamento, y él pensó me estoy muriendo sofocado, la vida y la muerte corriendo al parejo, y consciente de que su muerte era inminente e inevitable, se acordó de las palabras de un poema, debo morir pero eso es todo lo que haré por la Muerte, pues siempre se había rehusado a tener el corazón atormentado por ella, y en ese momento en que moría no iba a dejar que ella se hiciera cargo de su alma, pues lo más que la Muerte haría de él sería un muerto, así es que pensó en la vida, en las mujeres que había conocido, en su madre zurciendo calcetines, en el huevo liso de madera, en la noticia del periódico, y golpeó con fuerza la mesa de metal, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, estoy pensando en las mujeres que amé, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, pensando en mi madre, y en ese momento el médico, sin saber qué hacer, atormentado y sobresaltado por los ruidosos golpes que él descargaba en la cama metálica, lo miró con gran conmiseración y tristeza, y él gritó nuevamente ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba al médico, ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba a todo el mundo, mientras su mente recorría velozmente las reminiscencias de la vida, y el médico, ahora entregado a su impotencia, desesperado y confundido, le quitó los zapatos y le levantó la cabeza y vio sus pies vestidos con calcetines negros, y vio en el calcetín del pie derecho un hoyo que dejaba aparecer un pedazo del dedo grande, y se acordó de cuán orgullosa era su madre y de que él también era muy orgulloso y que eso siempre había sido su ruina y su salvación, y pensó no voy a morirme aquí con un hoyo en el calcetín, no va a ser esa la imagen final que le voy a dejar al mundo, y contrajo todos los músculos del cuerpo, se curvó en la cama como un alacrán ardiendo en el fuego y en un esfuerzo brutal logró que el aire penetrara en su laringe con un ruido aterrador, y cuando el aire era expelido de sus pulmones hizo un ruido aún más bestial y horrible, y se escapó de la Muerte y ya no pensó en nada. El médico, sentado en una silla, se limpió el sudor del rostro. Él se levantó de la cama metálica y se puso los zapatos.

Un mensaje imperial - Franz Kafka

"El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sois la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente.

Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído.

Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte —toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y
colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio— ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. 

El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso,
infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino a través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita.

Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta. 

Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio —pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder—, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. 

Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños. 

El pianista holandés - Andrés Neuman

 
Recuerdo que llovía. No digo que mucho. Unas gotas.

Mientras subíamos la cuesta el aire se enfriaba, porque en esta ciudad, no sé por qué, hace más frío en verano. El mirador ofrecía en bandeja los tejados. Atardecía. Las nubes de colores violentos nos parecieron témperas volcadas.

Mezcladas con la llovizna, las ondas de un sonido nos detuvieron: era un piano. Provenía de una de las casas, al pie del mirador. Nos acercamos corriendo al umbral. Durante un rato escuchamos la espléndida, triste melodía de aquel piano. 

De repente hubo una pausa, un carraspeo agrio, silencio. 

Después la melodía se reanudó. Ella y yo nos miramos intrigados. No sabíamos que por allí viviera ningún pianista. Sentados en el umbral, nos intercambiábamos hipótesis en voz baja: Es un estudiante de conservatorio; no, una profesora aburrida; un concertista ensayando; mejor que eso, un compositor viudo. Nos reímos a carcajadas, pero callamos de inmediato al notar que el piano había enmudecido. Esperamos, inmóviles. La música siguió. ¿Quién escuchaba a quién?

Nos pusimos en pie. Volvimos a mirarnos. Como no nos atrevimos a besarnos, alguno de los dos golpeó tímidamente el portón de madera. Un nuevo carraspeo interrumpió el fluir del piano. Unos pasos. El portón se desplazó, lento como la noche que empezaba a caer. Tuvimos miedo.

Y ahí estaba él, ojeroso, envuelto en una bata gris.

Nos miró sin sorpresa. Haciéndome el gracioso para espantar el susto o para impresionarla a ella, me incliné y dije: Buenas noches, señor, venimos a hacer de público. Ah, contestó él. Y, como si no hubiera quedado otro remedio, se movió para dejarnos entrar en su casa. Glink, me llamo Marcel Glink, nos dijo mientras el portón se cerraba. De todas formas..., murmuró sin terminar la frase.

Glink regresó al piano. Ella y yo dedujimos que debíamos colocarnos en el único hueco que quedaba en el sofá invadido de libros, ropa arrugada y partituras. La habitación era un desorden estático: daba la impresión de que las cosas, alguna vez dejadas por azar, habían permanecido durante años en el mismo lugar. 

Colgada encima del piano había una reproducción del Guernica. A su lado, una foto del canal de Amsterdam: más joven y con aspecto saludable, abrazando a una mujer rubia, Glink sonreía a la cámara. 

Alrededor de una mesita de cristal vimos decenas de latas de cerveza volcadas y un par de botellas de whisky. Aparcada junto a la biblioteca, absurda, había una motocicleta de color naranja. Sin pensar lo que hacía, me sorprendí guardándome en un bolsillo una de las tarjetas que había desparramadas entre los papeles del sofá. 

En ese momento noté sobresaltado que, a nuestros pies, alguien nos olisqueaba. Entonces Glink dijo: Es ciega. Seis años, perra ciega. Y, sin esperar a que contestáramos, se volvió hacia la partitura y retrocedió una página. Yo toco, anunció con voz grave, última pieza antes de morir. Ella y yo nos miramos entre incrédulos y alarmados. Pero el rictus de Glink no era el de un hombre que bromeaba. Ni siquiera parecía demasiado interesado en hacerse entender. Se limitó a hablarnos una sola vez más: Fantasía de Schumann, después muero.

Dicho esto, dejó caer sus manos sobre el teclado. La música era noble, atormentada. Glink cerraba los ojos.

Fue a mitad de la interpretación cuando comprendimos que el pianista holandés no volvería a dirigirnos la palabra. Tocaba para él mismo apretando las mandíbulas, con los párpados translúcidos y la cabeza en péndulo, como si se anticipara una fracción de segundo a las notas que escuchábamos. 

Nosotros tratábamos de sonreír y darnos mutuamente la impresión de divertirnos. Unos minutos más tarde tuvimos la impresión de que la pieza estaba a punto de acabarse. La perra ciega pareció mirarnos, y nosotros miramos a los ojos blancos de la perra. Nos pusimos en pie al unísono, sin saber si lo más correcto sería formular alguna despedida o permanecer callados para no interrumpir. 

El pulso de la música aumentaba. El silencio, al final, fue lo más respetuoso que encontramos para Marcel Glink. La música se aceleraba cada vez más y, al mismo tiempo, iniciaba un fortissimo. Apresurándonos, tropezando casi con los muebles, abrimos nerviosamente la puerta y dejamos allí a Glink con sus últimos acordes. No podría jurarlo, pero diría que, antes de que el portón terminara de cerrarse, en los labios del pianista se dibujó una débil sonrisa.

Echamos a correr cuesta abajo. Ella reía y buscaba mi mano. Yo quise reír también, pero no supe. Fantasía de Schumann, recordaba sin cesar con una voz que era de otro. El aire se iba helando entre las callejuelas. Descendimos, conversamos y nos separamos. Esa noche tampoco me atreví a besarla. Visto desde ahora, creo que aquel pudo ser el principio de esta larga soledad.

Todavía conservo, entre mis fetiches más queridos la tarjeta que robé aquella vez de entre los papeles del sofá:

Marcel Glink,
PIANISTA

Me consuelo mirándola cuando pienso demasiado Schumann. 

El mar del espejo - Lawrence Yep

Cielo irreal.

Mar irreal.

Cuando se puso el sol enano y se enfrió la superficie del mar de cristal, fueron apareciendo jirones de una piel oscura y arrugada, y, entre ellos, pude ver mi propio reflejo. La imagen del ser humano con su traje espacial era tan perfecta que podría haber sido mi propio cuerpo irreal aprisionado dentro del mar, y mi persona sobre el mar podría ser sólo un objeto etéreo, un espíritu humano suspendido sobre los grandes y oscuros misterios de otro mundo, empeñado en recuperar su antiguo cuerpo.

El aire color sangre pareció tornarse más oscuro y más sólido, como si el cielo se hiciera carne para envolverme. Incesantes ondulaban las olas desde el horizonte: marejadas de fluido resinoso se extendían perezosamente pendiente arriba, se detenían un instante como gigantescas amebas de transparente vidrio violeta para escurrirse luego otra vez hacia el mar.

Las constelaciones desconocidas comenzaron a aparecer en el cielo violeta a mis espaldas y avisté la estrella blanca que era mi nave, la "Regina Coeli", deslizándose velozmente entre ellas. Sólo cien millas me separaban de mi propia especie y de un pasaje de retorno a la Tierra, pero en una distancia vertical. Palpé la radio destruida en la parte posterior de mi equipo de respiración. Sin medios para comunicarme con la nave, tanto daría que estuviera a un año luz de ella.

Luego sentí a Llyth invadiendo mi mente: reconfortando mi espíritu, dispersando las sombras. Ahora veo el mundo de Llyth a través de sus ojos y ya no me resulta tan extraño: es un bello mundo cristalino, tan frágil y tan delicado que apenas me atrevo a respirar. Es un mundo de silencios donde las palabras son armas peligrosas y es preferible no pronunciarlas.

-¿Estás bien? -me transmitió telepáticamente ella-. ¿Has comido?

Miré hacia la cámara hemisférica donde ella había pasado todo el día, aquejada de una misteriosa enfermedad.

-Es un día propicio para el ayuno -mentí.

El agua reciclada de mi traje espacial estaba tan putrefacta que no podía seguir bebiéndola menos que estuviera muy sediento. Acababa de recoger mi hilo de nilón, suavemente, para que no se desprendiera ni un poquito del plancton que se había acumulado sobre él. 

El plancton alcanzaba un par de centímetros de espesor, pero era todo de un color inadecuado. Pasé los dedos por el hilo y oí crujir los cuerpos de cristal. Durante un cierto tiempo había podido recoger un poco de plancton de base orgánica, que luego transformaba en una pasta e introducía a través de una válvula de expulsión de mi casco, pero ya había terminado la temporada. Había sido un error pensar que podría llegar a adaptarme al mundo de Llyth.

-Tú... -comenzó a decir Llyth, pero sus palabras se disolvieron en un intenso estallido blanco de dolor. Empecé a subir apoyándome en la barandilla.

-No, no. No te acerques -dijo exasperadamente ella.

Permanecí impotente en la cubierta de su nave de cristal. Sólo Llyth era capaz de controlarlo. Nave es una palabra humana que yo empleaba para facilitar la descripción. En realidad, el casco era una colonia de gusanos a los que habían hecho crecer de manera forzada en torno a los compartimentos y el generador, formando una semiesfera. 

Los gusanos vivían en tubos de vidrio y cada generación se había ido superponiendo a la anterior hasta transformar el casco en un panal de diminutos tubos de escaso peso. La capa exterior todavía seguía con vida y sólo Llyth era capaz de hacer salir a los gusanos de sus tubos y filtrar el agua, con lo cual impartían un lento movimiento perezoso a la nave. Los gusanos estaban dotados de la inteligencia suficiente para actuar colectivamente e impedir que la nave se hundiera.

Entonces divisé tres luces que pasaron rozando la superficie del mar en formación triangular, proyectando sus reflejos sobre los montículos casi solidificados. Eran varios bólidos de mi nave. Excitado, busqué a tientas la linterna de mano que llevaba colgada del cinturón del traje.

-Llyth, se acercan -dije-. Llegará ayuda para ti y para mí.

-Nos separarán -dijo Llyth asustada.

Naturalmente, Llyth tenía razón Yo sólo había estado posponiendo el momento en que tendría que dejarla. Ningún capitán humano, y especialmente Christie, permitiría que Llyth me acompañase. No sabía demasiado bien qué hacer. A fin de cuentas, le debía la vida a Llyth.

-Estás herida. Tal vez incluso moribunda -dije en tono poco convincente-. Necesitas ayuda.

-Por favor. Espera sólo un poquito más y... -El resto de su frase se descompuso y los fragmentos de las palabras se perdieron en otro estallido de dolor.

-¿Llyth?

Como respuesta me llegó un suave resplandor pero ella era incapaz de formar ideas claras. Avancé cautelosamente sobre la cubierta de cristal. Aunque le habían dado una textura rugosa, mis botas espaciales a duras penas lograban la suficiente tracción. La puerta de su camarote estaba cerrada y la golpeé sintiéndome frustrado.

-¿Llyth?

Sólo recibí una débil respuesta, apenas consciente. Nuevamente intentó formar un pensamiento coherente, pero el dolor era demasiado grande. Los bólidos estaban casi al alcance de mis señales, de modo que me dispuse a coger la linterna. Un minuto más y podrían verme, pero Llyth no podía esperar ni siquiera eso.

Sólo se me ocurría una salida: Llyth me había dicho que sus gentes empleaban un procedimiento de cura mental, no un encantamiento de brujos, ni un dominio de la mente sobre la materia, sino una especie de animación mental suspendida. 

Cuando el dolor de un paciente era tan intenso que amenazaba con desintegrar la matriz de su identidad, un telépata experimentando abría su propia mente al paciente y absorbía su identidad conmovida por el dolor para integrarla en sus propias memorias. El telépata mantenía al paciente en su propia mente hasta que desaparecía el dolor físico.

Yo no era un gran telépata, pero decidí hacer lo que pudiera. Me senté y comencé a reconstruir nuestro primer encuentro tan vívidamente como me fue posible. Recurrí a todo: imágenes, sonido y tacto, y sentí penetrar a Llyth dentro de mí. No tenía muchos otros buenos recuerdos que pudiera emplear. Llyth siempre me impulsaba a hablarle de la Tierra, pero cuando uno ha nacido en el Noveno Círculo, la esfera más baja de la Tierra, lo único que uno desea es olvidarlo. Muchas personas -como mi familia- ni siquiera han visto nunca el Sol.

Esa es la razón de que yo no fuera capitán explorador, la tarea más peligrosa de la flota. Una nave exploradora está formada en su mayor parte por el motor y los medidores, con una envoltura tan condenadamente fina que bastaría una ballesta para derribarla. 

Por lo general sólo salía en vuelo de reconocimiento una vez cada cuatro semanas terráqueas corrientes para comprobar si el mundo merecía ser "ilustrado" por nuestra flota y era digno de recibir las bendiciones de nuestra civilización. Cada veintiocho días pasaba doce horas convertido en blanco flotante; pero hasta el momento había sobrevivido a todos mis compañeros de promoción. 

Había salido con vida de ocho colisiones, todo un récord. En la flota incluso habían comenzado a llamarme Jack "el Gato" Cleland y dejaron de cruzar apuestas sobre la fecha de mi muerte.

El mundo de Llyth era teóricamente una misión sencilla. Según los informes preliminares obtenidos a través de los comerciantes, el pueblo de Llyth estaba en el nivel tecnológico 4, preatómico, y su inmovilidad social les hacía propicios para la ilustración. 

Estaban organizados en familias matriarcales y sólo las mujeres que habían cumplido una cierta edad podían aparearse con los escasos zánganos supervivientes. Al parecer, empleaban drogas para mantener en funcionamiento a los zánganos hasta que éstos caían exhaustos, pero aun así había sido preciso fijar la edad de la pubertad social de las mujeres en los veinticinco años, aunque la mujer tal vez ya estuviera físicamente madura a los diez años. A las mujeres de edades comprendidas entre los diez y los veinticinco años las mantenían apartadas del serrallo, dedicadas a trabajar o combatir duramente.

La "Regina Coeli" se alzaba negra y enorme sobre mi cabeza cuando me lancé en mi nave exploradora. Christie, o la capitana Christina, no dijo nada, pero lo cierto es que ya nos habíamos despedido la noche anterior en su camarote. Christie, que había logrado algunos rescates que estuvieron a punto de hundir su fuselaje o de hacer caer un proyectil en el puente, era en parte la causa de que yo aún siguiera con vida.

Desvié la nave exploradora a través de un enorme banco de nubes, con el sol a mis espaldas, en dirección a la cara nocturna. Sabía que debía haber un mar a mis pies, pero los datos que recibía lo situaban a una distancia que podía ser tanto de un metro como de tres millas. En aquel momento no lo sabía, pero los reflejos procedían de una bandada de pájaros-sol. Cometí el error de descender para efectuar una inspección visual.

Llyth me habló luego de los pájaros-sol. En realidad son animales, con una fina membrana silícea que recubre un esqueleto muy rudimentario. Tienen una forma como de barriles huecos. Por las noches flotan sobre las corrientes de aire y se alimentan de insectos voladores y durante el día permanecen en la superficie del mar. Lo primero que noté fueron los chirridos de los tubos de entrada al succionar los cuerpos de vidrio.

Cuando la maldita nave empezó à saltar, encendí las luces y casi quedé cegado por el reflejo. Concentré los retropropulsores a toda velocidad e hice subir la nave casi en vertical. Tenía que ponerme en órbita antes de que los conductos del combustible estuvieran hechos del todo jirones. No importaba que la órbita fuera muy próxima: si conseguía dar dos o tres vueltas al mundo, con toda seguridad me recogerían.

Puse todo mi empeño en hacer subir la nave remolona y estaba a punto de salir de la atmósfera -casi veía ya las estrellas- cuando sentí que la nave daba una sacudida y se detenía en seco. De nada hubiera servido enviar una señal por radio con el mundo interpuesto entre la nave madre y yo. 

Permanecí un largo instante mirando las estrellas; había estado tan cerca de la salvación... Luego accioné la cápsula de eyección. Nunca me había sentido tan solo como cuando sentí el contacto de la espuma amortiguadora en torno a mis tobillos, allí sentado en la oscuridad.

La cápsula salió proyectada con una explosión ensordecedora que desperdigó los fragmentos de mi nave por el firmamento. Tenía la esperanza de que la "Regina Coeli" encontrara algunos de los restos y pudiera hacerse una idea general de dónde me hallaba. 

Las envolturas de metal fueron desprendiéndose con agudos chirridos, mientras una pesada mano intentaba aplastarme; las placas contragravitatorias entraron en funcionamiento cuando ya empezaba a notar el olor a quemado de los circuitos. Aterricé con un choque seco y me estuve balanceando un rato.

Cuando la cápsula se detuvo, aparté la espuma con las manos y busqué la puerta. Cuando asomé la cabeza al mundo, me quedé sin aliento. Me parecía estar flotando en el espacio. La superficie solidificada reflejaba casi a la perfección el cielo nocturno, excepto en las grandes hendiduras causadas por mi caída. 

La cápsula estaba en una grieta de unos tres metros de ancho, pero un fluido resinoso ya empezaba a rellenar el hueco a su alrededor para congelarla en una gran cicatriz. Volví a mirar fascinado las estrellas reflejadas; cada rayo parecía una fina aguja, como si apuntara a mis ojos. Me sentí como un dios, de pié sobre el piso del cielo. Era bello y aterrador, encantador y, sin embargo, tan remoto...

Estaba en el centro de la oscuridad, donde la verdad y la belleza y el honor no significaban gran cosa. No había arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha, ni delante ni detrás. Bajo la superficie estrellada descubrí unos objetos dorados semejantes a serpientes, borrosos como espectros, que subían hasta darse de narices contra la superficie. Apretaban sus hinchados vientres blancos contra el vidrio para mirarme, antes de desaparecer nuevamente en las sombras.

Entonces vi a Llyth. Le habían ordenado recoger una especie de lirio marino que sus gentes tomaron en otros tiempos por estrellas caídas y que aún eran considerados un delicado manjar. 

Al principio Llyth era una silueta contra las estrellas, una sombra que avanzaba a través del cíelo nocturno. Su cuerpo era más alargado y con menos curvas que el de un ser humano y ello le daba en cierto modo un aspecto más grácil, como si su cuerpo fuera una purificación del cuerpo humano. 

Su cara azul parecía extraña y salvaje, como si el frío páramo desconocido respirara al unísono con ella. No tenía cabellos y eso confería una apariencia suave e infantil a su rostro.

Intenté salir con cuidado de la cápsula, pero mis manos parecían como engrasadas sobre la superficie casi sin roce. Salieron despedidas bajo mi cuerpo y me deslicé fuera de la cápsula. 

Apoyé lentamente las manos para incorporarme del suelo y sentarme, pero descubrí que no me era posible. Una brisa me arrastró y comencé a deslizarme hacia adelante. El tejido de mi traje siseaba contra la superficie helada y mi casco chirriaba. La radio rota dejó una estela de diodos y trocitos de circuito a mis espaldas.

De no haber sido por Llyth, podría haber seguido deslizándome hasta que el amanecer iniciara el deshielo. Al principio, mi aspecto y mi voz le parecieron los de un demonio, pero cuando vio mi impotencia, deslizándome allí sobre el hielo, empezó a considerarme una larva encerrada en su capullo, en vez de un ser de otro mundo con una piel extraña. Llyth llevaba pequeñas hojas aserradas acopladas a la suela de sus botas que le permitían patinar sobre la superficie.

Me recogió y me sostuvo, acariciándome como en su caso habría consolado a una larva. Cuando sintió que respondía a su gentileza con sentimientos de gratitud y de paz, supo que no era un monstruo; pero también sintió algo más (no quiero pensar en ello); bajo la superficie serena latía una corriente oculta. 

Era algo que Llyth sólo lograba comprender a medias. Yo -no, ella- veía una confusión de cuerpos y de rostros que se encendían y se apagaban entre las sombras, ora aflorando casi a la superficie, ora ocultos en la oscuridad. No quiero pensar en ello, pero pude sentir que Llyth me empujaba a recordar las imágenes reales...

Eva me había tocado. Aunque sólo tenía dieciséis años, era una mujer de la noche desde hacía dos. Yo tenía quince años cuando le di la rosa que había robado durante la visita informativa a los jardines botánicos del Círculo Uno. 

Ella me cogió de la mano y me condujo a través de la hierba de polietileno y entre los macizos de luminiscentes flores de plástico hasta el tubo de servicio que se elevaba junto a los gigantescos tubos de los ascensores. Pude ver su triste sonrisa bajo la pálida luz verdosa.

-Eres tan bello -dijo-. Pareces un ángel.

No dije nada mientras su mano bajaba y mis entrañas se encabritaban..., pero no quiero seguir recordando.

Marie tenía cabellos plateados que flotaban en torno a su cuello movidos por la brisa del bólido descapotado. Nos deslizábamos a ritmo lento por el espacio de aire privado de su padre. Había conectado el piloto automático para que el aparato no cesara de moverse en círculos. 

Las luces del Círculo Uno resplandecían muy abajo, como los ríos de monedas de oro, y arriba, casi al alcance de mi mano, estaban las estrellas. Ya había estado otras veces en el Círculo Uno, pero las luces ahogaban siempre el resplandor de las estrellas. Marie se reía de la mirada hambrienta con que yo contemplaba las estrellas, como si fuera a comérmelas..., pero quiero olvidar...

No quería continuar. Había recordado algunas cosas de la Tierra y lo vívido de su aspecto me asustaba. Después levanté la vista para mirarla y comprobé que lo que yo había tomado por unos ajustados pantalones era, en realidad, una gruesa capa aislante de silicona. 

Su esqueleto recubría su cuerpo por fuera y todas sus partes blandas estaban dentro. Su cara era como un cristal azul oscuro a través del cual podía distinguir finos cables, como de oro, acabados en pequeñas estrellas que eran sus terminaciones nerviosas. 

Con ellas podía captar pequeñas descargas eléctricas, incluso a través de su traje, desde las reacciones galvánicas de la piel para los animales hasta la electricidad estática de los objetos inanimados.

Emitió un leve zumbido con su garganta, pero dejó de tocarme cuando advirtió que eso me ponía muy nervioso, sobre todo después de lo que acababa de ocurrir. De pronto me sentí inundado por una oleada de confianza que me reconfortó y me hizo sentir a salvo. Imposible sentirme solo o tener sentimientos de duda o de culpabilidad. Ella tenía ahora los poderes de una madre.

Sacó del bolsillo un dado negro de aproximadamente un centímetro de arista. Era una piedra de la memoria, el tesoro más preciado de Llyth, su alma, a decir verdad; y me lo entregó impulsada por lo que había podido presenciar por azar. 

Mientras yo lo sostenía en mis guantes, ella inició una queda centinela, que era la clave para liberar la energía almacenada en el corazón, del cristal.

Cuando la energía tocó la matriz de cristales que la rodeaban, comenzaron a proyectarse imágenes tridimensionales hacia el exterior y éstas activaron la capa contigua, que se hizo transparente durante algunos segundos para que pudiera atravesarla la imagen. 

Luego, también esa capa se excitó, liberando sus imágenes. El proceso continuó, hasta que la energía hubo activado la matriz más externa. Después seria preciso recargar el cubo haciéndolo absorber la luz del sol.

De pronto me encontré mirando, no un mar de cristal, sino un magnífico patio de cristal lechoso fundido. Había árboles como varitas mágicas, que habrían cabido en la palma de mi mano, y sus hojas, como fragmentos de rubí, arrojaban su luz sobre el empedrado. 

Había pájaros de espumoso plumaje y vi los congéneres de Llyth bajo un sol blanco e intenso. Era un mundo en el cual todas las mujeres podían tener hijos y no era preciso compartir los zánganos, un mundo que había desaparecido varios eones atrás. La luz centelleaba y parpadeaba como velos tendidos sobre el mar. 

Esas hermosas gentes y esa sol intenso eran sueños, antiguos sueños de belleza que se resistían a abandonar el mundo de Llyth: recuerdos que insistían en atormentar a los actuales habitantes de aquel mundo moribundo.

El mundo de Llyth estaba impregnado de un silencio mayestático, de modo que cualquier sonido, cualquier palabra, poseía una delicada belleza. Parecía necesario contemplar, atesorar y pulimentar cualquier sonido hasta hacerle alcanzar una pureza que yo jamás conocería. 

Sentí un dolor dentro de mí cuando Llyth depositó el cubo sobre el hielo del mar y empezó a canturrear cada vez más alto y más fuerte la tonada, aumentando así la cantidad de energía desprendida. Las imágenes adquirieron su tamaño real y nos convertimos en dos espectros entre aquellas hermosas gentes.

Llyth tenía un aspecto tan anhelante y fantasmagórico que tuve que rodearla con los brazos. Sensibilicé mis guantes. Los electrodos conectados a los puntos de contacto mecánico transmitirían señales a mi piel y me darían una ilusión de tacto. 

Su traje parecía tan compacto, suave y cálido como cualquier carne humana. Deslicé mis manos por sus costados. Llyth parecía el espíritu mismo de ese mundo oscuro, extraño, tan adorable y, sin embargo, tan inalcanzable. Me causó verdadero dolor no poder tocarla realmente. Luego su mano volvió a encontrarme...

Oí el rugido de los bólidos cuando pasaron a una milla de distancia. Había llegado el momento de hacerles una señal.

-Llyth -pregunté con cautela-, ¿estás bien?

Sentí cómo emanaba de ella una cálida oleada de gratitud.

-Te quiero -dijo, y los recuerdos, unos recuerdos dolorosos, insistieron en retornar...

..."Te quiero", le había dicho yo a Eva. La cara de Eva se endureció y ella se incorporó, alisándose el vestido.

-No sabes lo que dices -dijo-. Ahora vas a ese colegio elegante del Círculo Dos para las gentes refinadas. Este ya no es tu sitio. No, el Nueve...

...Marie y yo dormimos uno en brazos del otro como chiquillos, imaginando que nos alejábamos flotando en nuestra cama rumbo a las estrellas; pero llegó el amanecer. Cuando le dije que la quería, Marie se quedó muy callada y no dijo nada hasta que hubo hecho aterrizar el bólido junto al ascensor más próximo:

-Tal vez será mejor que no volvamos a vernos, Jack.

-Pero, ¿por qué? -pregunté, aunque ya sabía amargamente que, a pesar de toda mi inteligencia y mis capacidades, yo seguía siendo un habitante del Círculo Nueve para ella...

...Y Eva murió un año más tarde de una sobredosis de píldoras del paraíso verde y un año después Marie se casaba con un subalterno, un descendiente de una antigua estirpe de generales; que tenía la absoluta confianza de llegar a ser general a su vez cuando cumpliera los cuarenta...

Quería dejar de recordar. Quería regresar a casa. Quería a Christie, la loca Christie...

-Tranquilo ahora -dijo Christie-. Tranquilo.

Se alejó aproximadamente un metro, flotando, desnuda, con los cabellos agitados como un animal salvaje, en la gravedad cero. Pensé que aun considerándome bastante buen luchador en los enfrentamientos en el vacío, después de la última hora pasada en ese pequeño camarote debía reconocer la superioridad de Christie:

-¿Qué es lo que quieres, Christie? -pregunté finalmente exasperado.

Las facciones de Christie se habían dulcificado.

-No me gusta que me toquen, Jack.

-¡Demonios! -Alargué el brazo para coger mis ropas que pasaron flotando por mi lado.

-No me has entendido. -Me cogió la muñeca y la retuvo firmemente-. Deseo compartir contigo algo mejor y más limpio que el sexo. Cuando hayas usado un catex, no querrás volver a hacer nunca el amor.

Sacó apresuradamente una fina varita negra de la caja fuerte del capitán. Un catex transmitía una pequeña descarga eléctrica que sacudía e inmovilizaba las defensas de la mente, permitiendo aflorar los recuerdos dotados de una carga emocional. Yo había visto catatéticos en otras ocasiones con las mandíbulas caídas y los rostros babeantes, o arrastrándose a cuatro patas y gruñendo como animales.

-No quiero, Christie.

Christie agitó levemente una pierna y se interpuso entre la puerta y yo.

-Esta es la primera vez que comparto mi catex con alguien.

Había un tono de muda súplica en su voz.

-De acuerdo, Christie -dije al fin.

Vi la varita acercándose a mi sien como una serpiente. Una explosión de luz inundó mi cabeza y disolvió mi conciencia...

-Lo sé. -Llyth se movió en su camarote y me transmitió cálidos sentimientos-. Esa primera vez cuando pude sentir la promesa que encerrabas a través de ti, comprendí lo que era ser madre. Fue un gran regalo, algo que jamás podría tomarme a la ligera.

Aquella primera ocasión, Llyth había tenido que excitarse a través de mis asociaciones, pero por fortuna más adelante pudimos prescindir de ellas. Sin embargo, Llyth había comprendido cuánto me avergonzaba compartir con ella esos recuerdos e hizo todo lo que pudo por recompensarme. 

De no haber sido por Llyth, yo habría muerto en el plazo de una semana. Fue ella quien encontró el plancton orgánico que yo podía comer, y si yo le había revelado a Llyth los secretos de mi mente, ella me mostró los misterios de su mundo. Algunos días nos sumergíamos, Llyth nadando delante como una foca, mientras yo la seguía más patosamente en mi traje espacial.

Por la noche, cuando el mar se helaba y se fundía con el cielo nocturno, Llyth le cantaba a su dado y reconstruía ese antiguo mundo dorado. Durante un tiempo me pareció haber trascendido las leyes humanas para entrar en un universo separado, en el cual era lo más natural del mundo que hiciéramos el amor de la única manera a nuestro alcance, aunque ésta fuera cuando menos desmañada.

Estuvimos ideando maneras de poder estar juntos desnudos, pero ninguna resultó practicable. Yo llevaba un contador de atmósferas en el guante derecho y los colores de la franja me decían qué gases componían el aire de Llyth. El verdadero problema era que éste no contenía suficiente oxígeno para los humanos. 

A través de cautelosas pruebas dimos con una combinación que ambos podíamos respirar, basada en el aire de mi reciclador y la atmósfera de Llyth. El compartimento de su nave era hermético y calculé que podría permanecer allí durante toda una noche si iba renovando de vez en cuando el ambiente con aire de mi reciclador. 

El único inconveniente era que una vez sacado el aire de mi reciclador no podría comprimirlo otra vez y, sin posibilidad de acceso a un nuevo suministro, moriría a la mañana siguiente.

-Creo que ya es hora de que salga -dijo recatadamente Llyth.

Se detuvo tímidamente en el umbral, bajo las estrellas. Yo sabía que Llyth podía remodelar su traje para adaptarlo a la forma que deseara, pero ello solía hacerse bajo anestesia y con aparatos especiales. Sin embargo, Llyth, valiéndose sólo del pequeño soplete manual de mi cinturón, había modelado dolorosamente su traje para darle la forma de un cuerpo humano, con detalles obtenidos de mis recuerdos.

Sus senos eran pequeñas y firmes aureolas lisas y pezones. Tenía una fina cintura moldeada que, se ensanchaba para formar unas caderas y nalgas bien contorneadas con unos muslos llenos y otras cosas. Se había introducido en todos los misterios de la femineidad con un abandono que me asustó. Se había configurado de una manera que le permitiera conocer la completa consumación del amor humano.

Giró tímidamente sobre sí misma para que pudiera admirarla por todos lados.

-¿Te gusto?

-¿Por qué te has transformado? --pregunté.

Deslizó sus brazos alrededor de mi cintura y apretó sus pechos contra mí.

-Porque no quiero vivir sin ti. Cuando tú mueras, quiero morir yo también.

Los bólidos habían desaparecido del cielo nocturno y sólo veía las extrañas estrellas desconocidas. Miré hacia donde suponía que estaba la Tierra y de pronto comprendí que ya no me importaba si regresaba o no a casa. Al diablo la humanidad. ¿Qué ser humano había hecho nunca tanto por mí? Con quién más me había aproximado a un amor como ése había sido con mi viciosa Christie.

La noche de ese mundo extraño parecía tan fría y tan dura, tan inmensa y terrorífica... Abracé a Llyth un instante porque era tan cálida y suave, tan serena y amable.

-Sí -dije-. Yo deseo lo mismo.