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Mejor Manolo - Elvira Lindo


UN SECUNDARIO DE LUJO

             No sé si te acuerdas de que siempre empiezo todas las historias desde el principio de los tiempos. El principio de los tiempos de la vida actual en casa de los G. M. fue la llegada a este planeta de (la) Chirli. Pero antes de que naciera hubo un embarazo. Creo que no es necesario explicar en este capítulo cómo es la reproducción humana porque, personalmente, este tema me sale ya por las orejas: todos los años lo damos en Conocimiento del Medio, así que te puedo decir que la teoría la domino. Al principio tenía su interés, y nos reíamos bastante cuando salía en el libro la palabra «vulva» o la palabra «testículo» y ya no te digo si aparecía la palabra «pene», pero te puedo asegurar que después de cuatro año de venga con lo mismo hemos perdido la ilusión en esos temas.

            Yihad, el chulo de mi barrio, le preguntó el otro día a mi sita Asunción:

            Sita, ¿cuándo nos llegará el momento de la práctica?

            Yo casi me caigo al suelo de la risa. Casi siempre le río las gracias a Yihad sólo para que no me rompa las gafas, pero hay que reconocer que esta vez el tío estuvo sembrao. Lo increíble es que la sita me echó a mí de clase, y cuando luego le pregunté a la salida por qué me castigaba a mí y no al autor de los hechos, mi sita me dijo que porque Yihad era un niño que ya no tenía remedio y, en cambio, yo aún tenía salvación. Me fui casi flotando a casa porque es la primera vez que la sita me dice algo positivo. Para que veas con que poco me conformo.

            Pues eso, que el principio de los tiempos de esta historia es el embarazo de una madre, la mía.

           El Imbécil es un niño imprevisible. Eso lo dice la Luisa. Siempre dice que el Imbécil es un niño imprevisible. Y yo lo repito:

             1. Porque es verdad.

          2. Porque, como ya dije en el capítulo anterior, las palabras no pertenecen a nadie. Y aunque ésta es una palabra que a mí no se me ocurriría pronunciar nunca delante de mis amigos, la uso porque es verdad, porque el Imbécil es un niño imprevisible.

             Resulta que hace tres años mi madre se pasó no sé cuántos días dándole vueltas a cómo decirle al Imbécil que dentro de nueve meses íbamos a tener un hermano o, en su defecto, hermana. Decía mi madre que el pobre se iba a deprimir bastante porque era la peor noticia que podía recibir un niño que desde que nació había sido el mimadito de la sociedad. A mi madre se la notan las preferencias a distancia: no te creas que se preocupaba por mí, qué va, sólo se preocupaba por su Imbécil. Pero no me importa, ya tengo callo.

            Por resumirte la vida del Imbécil hasta ese momento te diré que es un niño que había tenido suerte desde la cuna. Todo el mundo siempre había estado pendiente de él, adorándole, sobre todo mi madre, que babeaba. Y todavía babea, aunque ahora un tanto por ciento de sus babas, pongamos un treinta por ciento, son para la Chirli. Y a mí siempre que me den morcillas porque desde que nació el Imbécil tengo mucha fama de ser un celoso que siempre está comparándose con el hermano pequeño. Y es verdad, desde que tengo memoria comparo lo que se gastan en el cumpleaños del Imbécil con lo que se gastan en el mío. Conozco los precios de los mercados. Y que me caiga ahora mismo muerto si no es verdad que se gastan en sus regalos por lo menos uno o dos euros más. Y eso a mí me hace bastante daño.

            Pero mi depresión a mi madre no la importaba, a ella sólo la importaba la depresión que iba va a pillar el Imbécil cuando le llegara el hermano o, en su defecto, hermana, y tuviera que abandonar la habitación de mis padres, que ya iba siendo hora, por cierto, porque cuando nació Chirli el Imbécil era un niño de casi cinco años al que se le salían las patas por los barrotes de la cuna, y no me digas a mí que esto es normal. Entrabas por la noche y te encontrabas con esa visión estremecedora: una cuna pegada a la cama de unos padres y en esa cuna un niñorro gigante con los pies fuera de los barrotes.

            Me acuerdo de que una noche tuve una pesadilla que nunca olvidaré: soñé que el Imbécil se había hecho mayor y los pies ya le tocaban el suelo y tenía las piernas llenas de pelos. Me desperté sudando, como en las películas, y como no se me quitaba esa terrible visión de la mente cerebral me armé de valor y fui a la habitación de mis padres. A oscuras y aún temblando puse las manos hacia delante, como hacen los sonámbulos, y al tocar unos pies enormes de los que salían unas piernas peludas me puse a gritar y también se puso a gritar un hombre al superunísono. Pensé, Dios mío, el tiempo se me ha pasado sin sentir… Pero entonces alguien dio la luz y allí estaba mi padre, tumbado, con la mano en el corazón, y dijo jadeando, como cuando en las películas la gente pronuncia sus últimas palabras: «Para una vez que me quedo en casa entre semana.»

            Yo me eché a llorar, porque matar a un padre de un susto es algo de lo que te vas a arrepentir siempre y porque es lo que suelo hacer cuando siento que las collejas sobrevuelan mi cabeza. Y entonces dije, he tenido una pesadilla. Y mi padre dijo, anda ven. Y me hizo un sitio a su lado y me pasó el brazo por el hombro y entonces escuché su corazón, bum bum bum, y a punto estaba de quedarme dormido cuando el Imbécil, que por aquellos días aún tenía el sistema de balancearse sobre su barriga en la baranda de la cuna para dejarse caer en la cama de mis padres, cayó sobre mí con todos sus kilos de niñorro gigantesco, y entonces mi corazón sonó, bum bum bum, pero eso a mis padres no les despertó porque ya tenían asumido que el Imbécil les caía encima a media noche y no se asustaban, igual que uno no se asusta ni se despierta cuando pasa el camión de la basura.

          Lo que te estaba diciendo: que mi madre se pasó todas aquellas Navidades hablando en plan secretillos con la Luisa y con mi padre, supermisteriosa todo el tiempo, y yo estaba bastante mosqueado porque a mí la gente cuando se pone a decirse cosas al oído para que yo no las oiga es que me cae fatal aunque sean de mi familia. Pero resultó que un día histórico, la víspera de Reyes, mi madre le dijo a mi abuelo que, por favor, que se bajara al Imbécil a la Cabalgata de Carabanchel, y ya me estaba poniendo yo la chupa para irme con ellos, cuando suelta mi madre: «No, Manolito, tú espérate un momento conmigo y luego les alcanzamos.» Yo ya tenía la boca abierta para protestar. Bueno, «en honor a la verdad», como dice mi padrino Bernabé, yo siempre tengo la boca abierta porque como las gafas se me van escurriendo hasta la mitad de la nariz no respiro bien y tengo que llevar la boca abierta todo el tiempo para no morir ahogado. Pero vamos, que en este caso tenía además la boca abierta para decirle a mi madre que también quería ver la Cabalgata desde el principio (de los tiempos) y en esto que fue mi madre y me guiñó un ojo mirando al Imbécil. «En honor a la verdad» la intriga me carcomía.

            El Imbécil y mi abuelo tardaron mucho en irse porque el Imbécil no encontraba su chupete cochambroso, uno que tenía desde que nació y que mi madre hervía cada dos por tres porque al Imbécil se le había caído al váter o a la calle o al cubo de la basura pero que era preferible hervirlo a soportar sus aullidos de desesperación.

            Además, luego, me acuerdo de que también estuvo buscando la Barbie Corazón que era su preferida y estaba empeñado en subirse esa Barbie a sus hombros y enseñarle la Cabalgata, porque en aquellos tiempos el Imbécil era un niño que creía que las Barbies eran gente humana y tenían sentimientos. Para colmo, mi madre se pasó media hora abrigándolo, que yo creo que lo raro es que hayamos sobrevivido a sus abrigamientos, porque entonces nos ponía la bufanda apretada hasta los ojos, como si fuera un torniquete. Hubo veces que yo vi al Imbécil rojo y era porque no le estaba llegando el oxígeno a su cerebro. Mi madre le anudaba la bufanda tan fuerte que los mocos del Imbécil se iban desparramando por la bufanda y ahí se le quedan secos como el superglú. Había veces, y que me caiga muerto ahora mismo si miento, que llegábamos a casa por la noche y la bufanda se le había quedado pegada y había que pegarle un tirón mortal. Igual que cuando la Luisa se hace la cera en el bigote, que yo la he visto.

            Yo ya no podía más de la intriga. Incluso me había empezado a arrancar la ceja derecha, que es lo que hago cuando estoy atacado de los nervios. Por fin, mi abuelo y el Imbécil se fueron después de que mi madre le diera al Imbécil cien mil besos, que parecía que en vez de a la Cabalgata se iba a un Erasmus, y entonces yo y mi madre nos quedamos solos bastante frente a frente. La tensión se mascaba en el ambiente. Y fue entonces cuando mi madre se sentó en el taburete del mueble-bar, que parece que la estoy viendo ahora mismo, y dijo:

            —A lo mejor tenemos un hermanito. O hermanita.

            Y yo me quedé, te lo juro, tan petrificado que podrían haber venido a estudiarme a Carabanchel antropólogos de todo el mundo. Era lo que menos me esperaba en la vida: un hermanito. Y entonces mi madre dijo que ella tampoco se lo esperaba y que había sido una sorpresa bastante sorprendente, que al principio le había sentado como un tiro, pero que al final estaba segura de que todos íbamos a ser muy felices porque un niño recién nacido, decía mi madre, traía mucha alegría a las familias, aunque las familias no quisieran al principio a ese recién nacido ni por asomo, pero como ese recién nacido luego tenía una gracia que te morías, esas mismas familias, que al principio es que no querían ni verlo, lo pasaban de muerte en el futuro riéndose a mandíbula batiente con las gracias del recién nacido ese.

            Yo ya me conocía el tema. Mi madre me lo había vendido de la misma manera cuando el Imbécil estaba a punto de llegar a este mundo y yo me lo había creído porque entonces era un niño de la infancia y no sabía nada de la vida pero ahora estaba lleno de experiencia y ya no me podían engañar.

            De todas formas, ya te digo, mi madre no estaba preocupada por mí, sino por su ojito derecho. A ella la preocupaba cómo se lo iba a tomar el Imbécil y lo que de verdad quería era que yo le dijera al Imbécil que tener un hermanito (o en su defecto, hermanita) era algo que todos los niños deberían estar deseando. Las madres son muy liantas. Y la mía, la más lianta de todas. Quería que colaborara con ella en el mayor engaño de la historia.

            Total, que al día siguiente fue Reyes y al día siguiente el día de después de Reyes (claro) y luego empezamos otra vez el colegio y la vida volvió a ser un rollo (repollo). Y todo ese tiempo estuvimos sin decirle nada al Imbécil porque mi madre decía que no encontraba el momento. Pero di que un sábado estábamos viendo en la tele Batman. El Caballero Oscuro, que es la película favorita del Imbécil, porque es un niño que ama la violencia en el cine, y en esto que llegan los anuncios y sale un anuncio de Iberia en el que se veía un cielo plagado de bebés voladores de todas las razas del mundo. Bebés blancos, chinos, negros, indios y a lunares. Y entonces mi madre va y con toda la intención le pregunta al Imbécil:

            —¿No te gustaría tener uno de esos bebés, cariño?

            —Sí, uno. El nene quiere uno.

            —¿Quieres que te lo traiga mamá?

            —Quiero el chino.

            —¿Y si te traigo uno que no sea chino? Mira ése qué bonito es el que no es chino, el blanquito —dijo mi madre señalándoselo—, también es muy gracioso.

            —No, el nene quiere el chino volador. Si no es chino el nene no lo quiere.

            Nos quedamos todos pensativos porque el Imbécil siempre fue un niño de ideas fijas y además tiene una memoria de elefante y como nos avisara de que lo quería chino estábamos seguros de que iba a montar un pollo en el mismo hospital cuando viera que a mis padres los niños no les salen chinos, les salen como nosotros.

            Te parecerá que en mi familia somos idiotas pero nadie se atrevió a decirle al Imbécil que el hermanito o, en su defecto, hermanita, nunca sería chino, y a partir de aquel momento bastante histórico todos hablamos de la llegada del chino, del nacimiento del chino, de cómo se iba a llamar el chino. Te decía al principio que el Imbécil es imprevisible porque en vez de pillarse la típica depresión preparto cada vez que le nombrábamos al chino el tío se partía de risa y preguntaba todo el tiempo, cuando llegábamos del colegio, que si el chino había llegado ya por fin. «Está impaciente —decía mi madre—, se muere de ganas de tener a su hermanito.» Y el Imbécil la corregía sacándose el chupete de la boca y levantándolo hacia arriba, como hacía cuando iba a decirnos algo bastante fundamental:

            —El nene tiene ganas de tener al chino.

            Porque la idea que tenía el Imbécil de un hermanito era bastante rara, la verdad. Un día que oyó a mi madre que hablaba de que había que ir pensando en arreglar el cuarto y comprarnos de una vez por todas unas literas a mí y al Imbécil, el Imbécil salió de casa como loco sin que pudiéramos detenerlo. De pronto oímos los ladridos de la Boni, la perra de la Luisa, en la escalera, y era que el Imbécil le había arrebatado su cojincillo de la Boni y subía con él, y la Boni venía detrás mordiéndole los zapatos. Pero el Imbécil ni caso porque a él nunca le han dado miedo ni las personas ni los animales.

            —Aquí dormirá el chino —dijo poniendo el cojincillo al lado del mueble-bar.

            También otro día subió la Luisa diciendo que le había desaparecido el cacharro del pienso de la Boni y lo encontramos en el mismo sitio, detrás del mueble-bar. El Imbécil se creía que al chino lo íbamos a criar por los suelos, que ningún bebé volador se atrevería a expulsarle de su cuna en el cuarto de mis padres, y que seguiría ahí hasta que le salieran las famosas dos patas peludas por los barrotes de la cama, como si fuera Gulliver en la cárcel de los liliputienses. Tampoco se imaginaba que habría otro niño sentado en una trona como la que él tenía para comer, desde la que nos mandaba como un dictador y nos tiraba garbanzos a propulsión con la cuchara como nos atreviéramos a desobedecer sus órdenes.

            El Imbécil, en su imaginación calenturienta, se creía que al chino habría que bajarlo al parque como a la Boni para que hiciera sus cosas y que le podríamos llevar con correa. También le robó la correa a la Boni porque al Imbécil lo que más ilusión le hacía de tener un chino volador era poder llevarlo con correa y sacarlo a pasear al Parque del Ahorcado.

            Un día que fuimos con mi madre al ambulatorio para ver si el famoso chino seguía engordando en su barriga, una señora, que era como todas las señoras que están en una sala de espera, una cotilla, le preguntó al Imbécil si estaba contento porque iba a tener un hermanito nuevo. Y el Imbécil le contestó que no, que no, que él no iba a tener un hermanito, que iba a tener un chino volador, y que mi madre lo llevaba en la barriga porque que era un chino bueno y no mordía y que a veces se notaba que estaba vivo porque movía el rabo. Y el Imbécil agarró a la señora la mano y se la puso encima de la barriga de mi madre y gritó:

            —¡Ahora, ahora está moviendo el rabo el chino!

            Y la señora se pegó un susto, apartó la mano de golpe y nos miró raro. Y mi madre se quedó sonriéndola como sin saber qué decir. Yo la dije a mi madre que alguna vez tendríamos que decirle al Imbécil algo de la verdad de la vida y de lo que le esperaba. Y mi madre me dijo, ya llegará el momento, que no quiero líos antes de tiempo. Y yo le dije que el Imbécil en realidad lo que quería tener era un perro, y mi madre dijo: «¡No me calientes la cabeza, Manolito, que siempre vas a ponerme la cabeza como una olla a presión!» Y yo dije que vale, que bueno, pero que el que avisa no es traidor. Y mi abuelo me hizo una seña para que me callara porque tenía la teoría de que a las madres embarazadas no se las puede llevar la contraria y menos a la mía, que no se la puede llevar la contraria nunca.

            Luego entramos con mi madre a la consulta porque mi madre decía que así íbamos comprendiendo cosas del misterio de la vida. Vimos al chino en la pantalla, escuchamos su corazón palpitante y luego el médico nos enseñó la foto que estaba bastante oscura. El Imbécil señaló entonces una mancha y dijo: «Aquí está el rabo», y el médico se mosqueó porque hacía un momento que le había dicho a mi madre que todavía no se veía si era niño o niña y los médicos de siempre han querido saber más que nadie. Total que nos echó de su despacho. Ya en la sala de espera el Imbécil me dijo: aquí no dejarán pasar al chino, pero el nene se quedará con el chino en el parque paseando.

            Siempre fue un niño bastante cabezota y cuando se le mete algo en la cabeza, no le digas lo contrario que te la monta. Yo pensé que el día en que naciera el chino y él viera cómo era dicho chino los aullidos del Imbécil se oirían hasta en Carabanchel Bajo. Pero, de momento, igual tenía razón mi madre y era mejor no contarle la verdad cruda, porque, conociendo como conocemos al Imbécil, ¿quién se atrevía? ¿te hubieras atrevido tú?

           El día del nacimiento, al que llamaremos día FD (Fatal Desenlace), llegó, y, si quieres que te diga la verdad, a esas alturas yo también me esperaba algo parecido a un perrito pequinés, raza originaria del gigante asiático, o una especie de centauro, mitad perro mitad bebé de Iberia. No es que hubiera perdido la cabeza, pero las ideas del Imbécil siempre han sido altamente contagiosas. Soñé varias veces con el bebé pequinés. Me lo imaginaba como uno de los bebés voladores del anuncio, soñaba que lo sacábamos con la correa al Parque del Ahorcado y era maravilloso porque flotaba y era como si lleváramos un globo enorme y todo el mundo nos envidiaba esa mascota que nuestra madre nos había traído al mundo.

             Recuerdo, como si lo estuviera viviendo ahora mismo, que el día FD volvimos del colegio y nos encontramos con que sólo estaba mi abuelo en casa y nos dijo que dejáramos la cartera porque nos íbamos al hospital. Acto seguido, el Imbécil se subió al sofá y empezó a dar saltos de alegría incontenible, y yo pensaba, pobrecillo, vaya chasco que se va a llevar en breves instantes. Nunca me había sentido tan superidentificado con él. Eso es lo que tiene ser un niño con experiencia de la vida, que ya lo has vivido todo en tus propias carnes y ya casi nada te impresiona. En aquellos días yo tenía en la cabeza hacerme un poco millonario con un libro de auto-ayuda para niños de cinco años que iban a tener un hermano. Me parecía algo que los mercados estaban pidiendo a gritos. Estaba seguro de que sería un bombazo y pagaríamos la hipoteca del camión, compraríamos las literas, podríamos construir el adosado de nuestros sueños, y mis padres se arrepentirían de haber tenido tan poca confianza en mi gran talento. Y todo esto sin tener que ir a un colegio de élite. Lo que más me gustaba de mi sueño es que mis padres sufrieran un poco por el poco caso que me habían hecho desde que el Imbécil nació para arrebatarme el protagonismo. Pero mi abuelo me quitó la idea de la cabeza, porque me dijo, y ahí tuve que darle la razón, que era muy difícil que tuviera éxito de crítica y público un libro destinado a niños de cinco años dado que a esa edad los niños son (prácticamente) analfabetos y que entonces el libro tendrían que leérselo sus madres y ellas se negarían dado que ellas siempre se ponen de parte del más pequeño. No me importó porque a mí se me ocurren ideas para best sellers prácticamente todos los días. Pero con la vida que llevo, el colegio y tal, te juro que no tengo tiempo. Está claro que si quieres ser escritor no puedes trabajar.

           Cuando llegamos al hospital ya estaba todo el mundo allí. Cuando digo todo el mundo me refiero lo que viene siendo todo el mundo en estos casos: mi padrino Bernabé, la Luisa y mi padre. Estaban al fondo del pasillo verde y olía como huelen los hospitales: a desinfectante, a sopa de fideos y a gasa. De pronto, me pareció tener un «ya lo vi», como dice la Luisa. Un «ya lo vi» consiste en estar viviendo algo que te parece que ya has vivido o en años pasados o en anteriores reencarnaciones.

            Era la misma imagen que tuve ante mis gafas cinco años atrás, cuando yo era ese niño inocente que iba de la mano de mi abuelo por el mismo pasillo y los mismos tres estaban esperando de pie, en la puerta de la habitación de mi madre. Ahora llevábamos de la mano al Imbécil, colgándose de nuestros brazos y dando saltos de alegría. Se supone que ésa era la última vez que hacíamos ese paseíllo porque mi padre había declarado unos días antes en la cocina que ésa era la última vez en su vida que iba a estar en aquel pasillo verde ya que él, dijo, no pensaba traer más García Morenos a este planeta. Yo le dije que no podía estar tan seguro porque los niños, siempre según mi madre, venían cuando menos se les esperaba. Y él me miró y dijo: «Te digo que yo he cortado el grifo.» Yo le miré sin entender. Y entonces él dijo: «¿Cuántos años dices que llevas dando la reproducción humana en el colegio?» Y mi abuelo le cortó diciendo: «Deja al angelico en paz, que entre su madre y tú le exigís que tenga más conocimiento del que le corresponde.» Dos años y medio más tarde creo que he entendido lo que significa cortar el grifo, pero no lo voy a contar aquí porque siempre cabe la posibilidad de que lo haya entendido al revés y no quiero pillarme las manos.

             Llegamos a la puerta de la habitación y todas las miradas se centraron en el Imbécil. Ya te digo, de mí pasaban bastante. Al lado de mi madre había la típica cuna que le ponen a cualquiera que nace. Todos rodeamos al Imbécil. Yo tenía celos y curiosidad, las dos cosas compitiendo en mi cerebro. Mi madre hizo una cosa que hacen todas las madres cuando quieren enseñar a su nuevo hijo y que yo no entiendo muy bien por qué: le quitó la sabanita que tapaba al bebé y lo dejó al descubierto para que lo viéramos entero. El Imbécil dijo:

            —Éste no es.

            Y mi madre le corrigió:

            —No es éste, cariño, es ésta. Es una niña.

            Entonces fui yo quien me acerqué a la cuna. Jamás había pensado que podía ser una niña. Cualquier otra cosa me hubiera impresionado menos, un bebé chino volador, un pequinés, un bebé mitad niño mitad perro, en fin, lo que se le suele pasar a uno por la cabeza si convive con el Imbécil, pero no podía pensar que fuera una niña. De pronto, la idea, no me preguntes por qué, me gustó un poco, pero lo oculté en solidaridad con mi hermano al que, por antigüedad, quería un noventa por ciento más que a la recién llegada. Yo, en eso, soy un cuadriculado. Y fue entonces cuando el Imbécil soltó aquella frase bastante histórica:

            —Ésta no es. Yo no la quiero.

            Se hizo un silencio bastante sepulcral. No sólo porque por primera vez mi hermano no se iba a salir con la suya, sino porque también por primera vez en su vida había hablado como todo el mundo habla, en primera persona.

            Hasta hacía tan sólo una hora, hasta que pisamos aquel pasillo verde, el Imbécil hablaba como los grandes artistas y como los políticos, como si fuera una autoridad dirigiéndose al pueblo, «el nene quiere un chino», «el nene tiene un pedo», «el nene no come verde», en fin, sus típicas declaraciones públicas. Pero fue ver a esa bebé a la que llamaron Catalina, como mi madre, aunque ya nadie se acuerde, y que más tarde sería conocida en todo Carabanchel Alto como (la) Chirli, y el Imbécil ya nunca volvió a ser el mismo. Ya nunca volvió a hablar de sí mismo como «el nene». A mi madre y a la Luisa les temblaron las barbillas. «Lo hemos perdido», pensaban con los ojos inundados en lágrimas. A mí también me pareció que, de pronto, el Imbécil se había hecho treinta años más viejo. El niño-anciano se metió las manos en los bolsillos y, después de decir otra vez «ésta no es, no la quiero», se dio media vuelta, y yo y mi abuelo tuvimos casi que echar a correr detrás de él porque ya estaba a punto de entrar en el ascensor.

            Mi abuelo dijo que nos invitaba a comer en Ching-Chong, el chino de mi barrio. Fue una comida superrara porque el Imbécil no se puso los palillos en la nariz como Fétido, que es una gracia que siempre hace y siempre es igual de graciosa, y estuvo toda la comida bastante silencioso, como si fuera un niño con una gran vida interior. Para colmo, en la galleta de la suerte le salió el siguiente mensaje: «Compartir te hará feliz.» No le debió de gustar porque se subió a una silla y tiró el mensaje a una pecera oceánica llena de peces mutantes. Uno de los peces mutantes se comió el papel. Me pareció bastante simbólico.

            El Imbécil se salió a la calle antes que nadie. Mientras mi abuelo pagaba la cuenta yo le vigilaba por la cristalera. Daba patadas a los chinorros que había en el suelo. Cuando yo salí, me dijo: «Bajamos el balón y tú me tiras y yo hago paradones.»

            Aquella tarde, con todo el mundo (mi padre, Bernabé y la Luisa) todavía en el hospital nos pudimos quedar en la calle hasta las nueve sin que nadie se preocupara por nuestras vidas. Al rato de llegar aparecieron Yihad y Melody Martínez. Ellos también querían tirar, así que nos fuimos turnando. Nunca en la vida en este planeta ha habido ni habrá un tío que haga los paradones que el Imbécil hizo esa tarde. Ni tan siquiera Iker Casillas hubiera podido superarlo. Estaba como furioso y como poseído y se lanzaba al suelo sin importarle su integridad física. Acabó con la cara roja y con unos mocos que le caían y que se limpiaba con la camiseta. No había habido manera de colarle una. Tuve que despegarle de la tierra para llevarle a casa porque si les hubiera dejado a él y a Yihad hubieran seguido hasta el día siguiente. Yihad porque no podía irse a su casa sin meter un gol y el Imbécil porque se había convertido en una máquina de parar.

            Por la escalera le empezó a salir sangre de la nariz y fue dejándolo todo perdido porque no sabíamos con qué limpiarle. Mi abuelo lo vio y se asustó y le mandó a la ducha. Después de eso, ya limpio aunque lleno de magulladuras y con su melena mojada y peinada para atrás, se sentó en el sofá a mi lado y se echó encima de mí, como cuando tenía tres años y no le daba vergüenza ser pequeño. Esa noche se vino a dormir conmigo y con mi abuelo, parecía que se daba cuenta de que ya sobraba en la habitación de mis padres, y es un niño bastante orgulloso. En mitad de la noche me despertó mi padre, que acababa de volver.

            —¿De qué es esa sangre que hay en toda la escalera? —me dijo.

            —De la nariz del Imbécil.

            —Ah, bueno —dijo mi padre.

            Ya puedes desangrarte vivo que, si es por la nariz, a un padre o a una madre les parece estupendo.

            Mi padre dijo: «¿Estás contento con tu hermana?» Y yo le dije que sí. Aunque todavía no podía saberlo. Cómo vas a estar contento con alguien que no conoces. Y mi padre me preguntó que qué tal mi hermano. Y le dije que ya estaba acostumbrando, aunque yo sabía que no era cierto, pero me dio un poco de rabia que todos estuvieran tan preocupados por él. Cuando se fue mi padre me quedé mirando al Imbécil. Había tanta luz por la farola y por la luna que veía su cara a la perfección. Tenía todavía el algodón en la nariz y dos arañazos en la cara. Era como uno de esos actores que sólo salen un rato pero que roban la película. De ser el protagonista había pasado a ser un secundario de lujo y a mí me entraron:

            a) Celos

            b) Pena

            Por ese orden.

Un mensaje imperial - Franz Kafka

"El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sois la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente.

Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído.

Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte —toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y
colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio— ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. 

El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso,
infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino a través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita.

Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta. 

Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio —pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder—, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. 

Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños. 

Primeros amores - Sivela Tanit

Cuando era adolescente me enamoré, era de esos amores primeros, que consideras únicos y eternos, con los que te vez en tu futuro con esa persona. Es un amor tierno, porque es el primero, es un amor confiado porque te entregas con todo tu corazón y alma… y termina.

Entonces se guardan palabras en el silencio y el dolor te va carcomiendo, se guardan lágrimas y furias, se bebe la nostalgia del beso lleno de esperanza, se desvanecen los sueños de la luz futura y todo queda en un adiós.

En mi visión de infancia me quedé sola, sentí mi primer desamparo y dejé que el espíritu de la nostalgia y el drama envolvieran mi naturaleza,  comencé a adorar la forma en el que viento chocaba con mi rostro, eso me hacía sentir que volaba; amé el silencio y escuché todas las voces de mi cabeza y me asustó reconocer la cantidad infinita de cosas que habitaban en mí.

Abracé lo que en ese momento de tragedia entendí como mis “demonios interiores” odiaba el dolor que dejan las ausencias, sentía  mi corazón desdichado latiendo en una muerte infinita,  me torné taciturna y melancólica.

Y el tiempo me enseñó que la vida no acaba allí, que hay más gente que te decepciona y alguna que te quiere bien, que hay gente que quiere controlarte y una que otra rara que te deja ser como eres… lo más importante es que me encontré a mí, dejé de buscar el amor afuera y lo cultivé dentro, me forme con mi amor, me perdoné mis errores y me acepté como soy.

Eso lo aprendí con los amores en mi vida, nunca olvidaré al primero ni al último.

El nuevo Papá Noel - Brian W. Aldiss

Roberta, la menuda anciana, bajó el reloj del estante y lo puso sobre la hornalla; luego tomó la tetera e intentó darle cuerda. El reloj había llegado casi al punto de ebullición antes de que ella se diera cuenta. Chillando en voz baja, para no despertar al viejo Robin, tomó el reloj con un repasador y lo dejó caer sobre la mesa. Marchaba furiosamente. Lo contempló.
Aunque Roberta daba cuerda al reloj todas las mañanas al levantarse, llevaba meses sin echarle una mirada. Esa mañana, al contemplarlo, vio que eran las 7:30 del día de Navidad, 2388.
–¡Dios mío! –exclamó–. ¡Navidad, ya! ¡Si parece que apenas han pasado las Pascuas!
Ni siquiera tenía idea de que fuera el año de 2388. Tanto ella como Robin llevaban mucho tiempo en la fábrica. Se sintió contenta de que fuera Navidad, porque le gustaban las sorpresas... pero también sintió algo de miedo. Porque aquello la llevaba a recordar al Nuevo Papá Noel, y habría preferido no pensar en eso. El Nuevo Papá Noel, según se decía, hacía sus rondas en la mañana de Navidad.
–Debo contárselo a Robin –dijo.
Pero el pobre Robin había estado demasiado susceptible en los últimos tiempos; era de suponer que se pondría de malhumor al encontrarse de pronto con la Navidad encima. De cualquier modo, como Roberta era incapaz de reservarse nada, tendría que bajar a contárselo a los vagabundos.
Tras poner la tetera al fuego, salió de la vivienda para entrar a la fábrica, como un ratón que emergiera de su nido oloroso a pastel de fruta. Roberta y Robin vivían en lo alto de la fábrica, y los vagabundos habían fijado su domicilio ilegal en la parte más baja. Roberta fue bajando en puntas de pies por muchas, muchas escaleras de metal.
La fábrica estaba poblada por ese tipo de sonidos que Robin llamaba «el ruido silencioso». Era constante, día y noche, y hacía tiempo que los dos humanos habían dejado de escucharlo. Cuando los dos fueran ya incapaces de oír nada, el ruido proseguiría. Esa mañana, las máquinas estaban más atareadas que nunca, y no tenían el menor aspecto navideño. Roberta reparó especialmente en dos máquinas por las que sentía un odio especial: una se movía como un telar, empacando un alambre increíblemente fino en cajas increíblemente pequeñas; la otra se revolcaba como si luchara contra algún enemigo invisible, aparentemente sin producir nada.
La anciana pasó con cautela junto a ellas y bajó al sótano. Al llegar frente a una puerta gris, llamó con los nudillos. De inmediato pudo oír que los vagabundos se echaban contra la puerta, del lado interior, gritándose ásperamente.
Roberta, incapaz de alzar la voz, esperó que hicieran silencio, y entonces dijo, tan claramente como pudo:
–Soy yo, muchachos.
Tras una pausa muda, la puerta se abrió unos milímetros. En seguida se abrió por completo. Tres siluetas ojerosas se presentaron ante ella, con expresiones de angustia: Jerry, el exescritor, y Tony y Dusty, quienes nunca habían sido ni serían más que vagabundos. Jerry, el más joven, tenía cuarenta años; le quedaba, por lo tanto, media vida para dormitar por ahí. Tony tenía cincuenta y cinco, y Dusty sufría de erupciones.
–¡Creímos que era la Barredora Infernal! –exclamó Tony.
Cada mañana, la Barredora Infernal barría toda la fábrica. Cada mañana, los vagabundos se veían obligados a parapetarse en la habitación, para que la barredora no los arrojara con todas sus pertenencias por los vertederos de basura.
–Entre, por favor –dijo Jerry–. Perdone el desorden.
Roberta entró; fatigada por su larga caminata, se sentó en un cajón de embalaje. El cuarto de los vagabundos la ponía nerviosa; sospechaba que a veces llevaban mujeres allí; además, había calzoncillos colgados en un rincón.
–Tengo algo que deciros, a los tres –empezó.
Todos esperaron, corteses aunque intrigados. Jerry se limpiaba las uñas con una chincheta.
–Acabo de olvidar qué era –confesó la anciana.
Los vagabundos suspiraron ruidosamente, con alivio. Tenían miedo de todo lo que amenazara perturbar su tranquilidad. Tony se sintió comunicativo.
–Hoy es Navidad –dijo, echando a su alrededor una mirada furtiva.
–¿De veras? –exclamó Roberta–. ¡Pero si recién han pasado las Pascuas!
–Permítanos –dijo Jerry– desearle una Navidad segura y un Año Nuevo libre de persecuciones.
Esa muestra de cortesía hizo rebrotar los temores latentes de Roberta.
–Vosotros... no creéis en el Nuevo Papá Noel, ¿verdad? –les preguntó.
Ninguno respondió, pero la cara de Dusty tomó el color de la cáscara de limón; ella comprendió que sí, que creían en él. También ella.
–Será mejor que vengáis al departamento para celebrar este día feliz –dijo–. Después de todo, la unión hace la fuerza.
–Yo no puedo pasar por la fábrica –dijo Dusty–; las máquinas me hacen brotar la erupción. Es una especie de alergia.
–De cualquier modo, iremos –decidió Jerry–. Nunca se debe desperdiciar una invitación.
Los cuatro treparon las escaleras como pesados ratones, y atravesaron la fábrica en constante expansión. Las máquinas fungieron ignorarlos.
En el departamento los esperaba un verdadero pandemónium. La tetera estaba hirviendo, y Robin gritaba pidiendo auxilio. Aunque oficialmente estaba condenado a guardar cama, podía levantarse en momentos críticos; ahora estaba de pie junto a la puerta del cuarto, y Roberta tuvo que ir a quitar la tetera del fuego antes de ir a tranquilizarlo.
–¿Y por qué has traído aquí a esa gente? –inquirió, en un violento susurro.
–Porque son nuestros amigos, Robin –contestó Roberta, tratando de llevarlo de nuevo a la cama.
–¡Ésos no son amigos míos! –protestó él.
Se le ocurrió algo terrible para decirle; temblando, luchó con la idea, y finalmente no dijo nada. El esfuerzo lo dejó débil e irritable. Era horrendo estar bajo el dominio de su mujer. Su obligación, como cuidador de la gran fábrica, era cuidar de que no entrara ninguna persona indeseable; pero, tal como estaban las cosas, no podía expulsar a los vagabundos, puesto que su mujer los defendía. La vida era, sin lugar a dudas, algo exasperante.
–Vinimos a desearle una segura Navidad, señor Proctor –dijo Jerry, deslizándose en el dormitorio con sus dos compañeros–. ¡Navidad, y yo con erupciones!
–No es Navidad –gimoteó Robin, mientras Roberta le metía los pies bajo las frazadas–. Lo decís sólo para molestarme.
¡Si pudieran al menos intuir la cólera que rodaba por sus venas como una enfermedad! En ese momento, el conducto de distribución del correo tintineó, y un sobre entró en la habitación, como lanzado por una catapulta. Robin lo tomó de manos de Roberta y lo abrió, tembloroso. Dentro había una tarjeta de Navidad, firmada por el Ministro de Fábricas Automáticas.
–Esto prueba que hay otra gente viva en el Mundo –dijo Robin.
Aquellos tres tontos no eran lo bastante importantes como para recibir tarjetas de Navidad. Su esposa echó una mirada miope sobre la firma del ministro.
–Esto es un sello de goma, Robin –dijo–. No prueba nada.
Eso terminó de ponerlo furioso. ¡Que lo contradijera delante de esa canalla! Además, desde la Navidad pasada las mejillas de Roberta se habían arrugado más, cosa que lo molestaba profundamente. Cuando estaba a punto de desollarla, sus ojos se posaron casualmente en la dirección escrita en el sobre; decía: «Robin Proctor, F. A. X10».
–¡Pero si esta fábrica no es X10! –protestó a viva voz–. Es la SC541.
–A lo mejor hace treinta y cinco años que estamos en una fábrica que no nos corresponde –dijo Roberta–. ¿Qué importancia tiene?
La pregunta era tan absurda que el anciano apartó las cobijas hasta los pies de la cama.
–¡Bueno, ve a averiguar, vieja estúpida! –chilló–. El número de la fábrica está grabado en la salida. Ve a ver qué dice. Si no dice SC541, debemos salir de aquí en seguida. ¡Rápido!
–La acompaño –dijo Jerry a la anciana.
–¡Todos vosotros iréis con ella! –dijo Robin–. No quiero que os quedéis aquí conmigo. ¡Me asesinaríais en esta misma cama!
Sin gran sorpresa (aunque Tony lanzó, al pasar, una mirada triste a la tetera vacía) se encontraron en los preñados estratos de la fábrica, y bajaron hacia la salida. Allí había cintas transportadoras que llevaban los productos terminados hacia los vehículos que esperaban.
–Esto no me gusta mucho –dijo Roberta, intranquila–. Con sólo echar una mirada fuera siento que mi agorafobia se agrava.
De cualquier modo, hizo lo que Robin le había indicado. Sobre la puerta de salida, un cartel rezaba: X10.
–Robin no me creerá cuando se lo diga –se quejó.
–Yo creo que la fábrica cambió de nombre –observó Jerry, tranquilo–. Quizá cambió también de ramo. Después de todo, no hay nadie que verifique; puede hacer lo que quiera. ¿Siempre ha fabricado estos huevos?
En silencio, contemplaron la interminable línea móvil de huevos de acero. Eran pulidos, grandes como huevos de avestruz; salían al exterior, donde varios robots los apilaban dentro de los camiones encargados del transporte.
–Nunca supe de una fábrica que pusiera huevos –rió Dusty, rascándose el hombro–. Será mejor que volvamos antes de que la Barredora Infernal nos atrape.
Subieron lentamente los innumerables escalones.
–Yo creía que aquí se fabricaban televisores –dijo Roberta, en algún momento.
–Si ya no hay hombres –observó Jerry, sombrío–, no hacen falta televisores.
–No recuerdo bien si...
Cuando se lo dijeron a Robin, se descompuso de furia; llegó a caerse de la cama, y amenazó con bajar a ver con sus propios ojos el nombre de la fábrica. Sólo se contuvo porque tenía la secreta teoría de que la fábrica entera no era sino una de las tantas alucinaciones de Roberta.
–Y en lo que respecta a los huevos... –barbotó.
Jerry metió la mano en uno de sus rotosos bolsillos y sacó uno de los huevos, depositándolo en el piso. En el silencio siguiente, todos pudieron oír que el huevo hacía tic-tac...
–Hiciste mal, Jerry –dijo Dusty en tono áspero–. Eso equivale a... interferir –todos miraron a Jerry, más asustados aún porque ignoraban la causa del miedo que sentían.
–Lo traje porque pensé que la fábrica debía hacernos un regalo de Navidad –explicó Jerry, soñador, agachándose para mirar el huevo–. Saben... Hace mucho tiempo, antes de que las máquinas declararan prescindibles a los escritores como yo, conocí a un robot-escritor. Lo habían dejado para chatarra, pero me contó un par de cosas. Me dijo que las máquinas, al asumir las obligaciones del hombre, también habían adoptado sus mitos. Por supuesto, adaptaron esos mitos a sus propias creencias. Pero creo que les gustaría la idea de entregar regalos de Navidad.
Dusty hizo rodar a Jerry de un puntapié.
–¡Toma, por tu idea! –le dijo–. ¿Estás loco, muchacho? Las máquinas vendrán aquí a buscar ese huevo. No sé qué podemos hacer.
–Pondré el té para preparar la tetera –dijo Roberta, con mucho tino.
Ese comentario estúpido colmó la paciencia de Robin.
–¡Devolved el huevo, todos vosotros! –chilló–. Eso es robar, y nada más que robar, y yo no quiero que se me complique en semejante cosa. ¡Y después, vosotros, vagabundos, salid de la fábrica!
Jerry, que se había acomodado a gusto en el suelo, dijo, sin levantar la vista:
–No quisiera asustarlo, señor Proctor, pero el Nuevo Papá Noel vendrá por usted, si no tiene cuidado. Aquel viejo mito navideño fue uno de los que las máquinas adoptaron y modificaron. El Nuevo Papá Noel es todo metal y vidrio; en vez de dejar juguetes nuevos, se lleva a las máquinas y a la gente que ya está vieja.
Roberta, que escuchaba junto a la puerta, quedó tan blanca como una sábana.
–Tal vez es por eso que el Mundo se ha despoblado tanto últimamente –dijo–. Será mejor que vaya a preparar un poco de té.
Robin se las compuso para salir de la cama, aguijoneado por su tremenda irritación. Mientras avanzaba tambaleante hacia Jerry, el huevo se cascó.
Se partió limpiamente en dos mitades, dejando al descubierto una pequeña maquinaria. Cuatro diminutos maniquíes saltaron fuera y entraron en acción. En un segundo, mediante pequeñísimos soldadores, habían convertido la cáscara en una doble cúpula; del interior surgía un ruido de martillos.
–¡Van a construir otra fábrica aquí mismo, esos desfachatados! –exclamó Roberta.
Intentó aplastar las cúpulas con la tetera, pero ni siquiera logró mellarlas. De inmediato, un leve tintineo invadió la habitación.
–¡Cielos! –exclamó Jerry–. ¡Están telegrafiando para pedir ayuda! ¡Debemos salir en seguida de aquí!
Salieron con Robin, que temblaba de cólera.
Y el Nuevo Papá Noel los atrapó a todos en la escalera.

El Final - Fredric Brown

EL FINAL

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.
- Y he encontrado la ecuación clave - dijo un buen día a su hija -. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.
Apretando un botón mientras hablaba, dijo:
- Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto - dijo, hablaba mientras botón un apretando.
- Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la. Campo un es tiempo el. - Hija su a día buen un dijo -. Clave ecuación la encontrado he y.
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FINAL EL