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El Año 2000 - Robert Abernathy

 
La mañana del Año Nuevo fue clara y fría. El sol subió y brilló, y respondiendo a esta insinuación de calor, la estación de calefacción urbana despertó con un rugido ahogado. Unas corrientes tibias fluyeron a lo largo de las calles, fundiendo la escarcha que dio al aire de la noche un saludable sabor invernal y unos niños corrieron con trineos nuevos al parque profundamente helado, a patinar y a hacer hombres de nieve.

Joe Bloak abrió un ojo y en seguida el otro. Pensó confusamente pero sin melancolía, que la fiesta de la noche anterior tuvo que ser en realidad notable. No sólo se celebró la llegada de un nuevo año, sino también la de un nuevo siglo y un nuevo milenio: ¡El año 2000!

(¿No insistió quejosamente un borracho que estaban apresurándose, que el milenio comenzaba el 1 de enero del 2001? Las cornetas y las serpentinas ahogaron sus protestas.)

La manta eléctrica cibernética detectó el humor de Joe, que oscilaba entre la pereza y el deseo de actividad. Se desconectó de buena gana y anunció:
—¡Hora de levantarse, Joe!
—Bueno —gruñó Joe Bloak.

Acariciándose el pelo cortado al rape (que el peluquero automático instalado en la cabecera de la cama le recortó y perfumó durante la noche), entró en la cabina de rejuvenecimiento. Apretó el botón y se quedó inmóvil treinta segundos mientras el analizador electrónico zumbaba quitándole todas las moléculas gastadas y desvitalizadas y las reemplazaba minuciosamente con moléculas nuevas extraídas desde su inagotable reserva.

Joe Bloak, ahora un hombre nuevo, entró en el cuarto del desayuno. En la tostadora asomó una tostada, y la esbelta y atractiva señora Bloak alzó la cabeza y saludó agradablemente:
—Buenos días, querido. ¿Quieres ver el periódico?
—Por supuesto —gruñó Joe y se dejó caer en una silla que se le amoldó rápidamente a la espalda.

Echó una ojeada a los titulares mientras la tostadora colocaba en la tostada la cantidad exacta de mantequilla y la cafetera tocaba un mambo en sordina y le llenaba la taza con un líquido aromático y humeante que una cañería traía directamente del Brasil.
—No está mal —dijo Joe mirando el diario y asintiendo con un movimiento de cabeza. Las letras negras saltaban en lo alto de la página:
 
...¡El Gobierno anuncia un presupuesto equilibrado!
 
El despacho, fechado en Washington, anunciaba que de acuerdo con la prosperidad abrumadora del país el Congreso concluía de votar una ley que suprimía retroactivamente los impuestos, aplicando el coeficiente uno y medio desde la promulgación de la ley, y que el presidente proclamó la próxima fusión de todos los organismos administrativos en un Ministerio de Euforia.

Otros artículos de la primera página señalaban que la ciencia descubrió un remedio para el resfrío, que la Fuerza Aérea presentó un nuevo avión capaz de superar la velocidad del rumor y que Joe Bloak fue nombrado subgerente, con doble sueldo.

Un despacho urgente desde Moscú informaba que a las 3:31 de la mañana, hora legal oriental, el régimen soviético alcanzaba el comunismo y estaba reabsorbiéndose, de acuerdo con las predicciones de Marx.

—¡Y oh, sí, querido! —comentó animadamente la mujer de Joe—. Acaba de aparecer un nuevo coche. Es el modelo cero cero.

La pared del fondo se alzó y el modelo cero cero entró deslizándose con un brillo cegador y un rugido contenido. Era casi tan largo como un film épico del oeste y tenía más caballos. La transmisión robotrónica lucía un cuociente intelectual de 210 a 4.000 rpm, y podía lavar ropa familiar en espuma detergente en 30 segundos. El equipo optativo comprendía luces traseras termonucleares de funcionamiento garantizado debajo del agua; un parabrisas cromado que daba dos vueltas a la carrocería y terminaba en un hermoso nudo; un pedal acelerador de reacción, y un eyector de piloto automático.

—Parece bastante bueno —admitió Joe lentamente. Se sentía inquieto por alguna razón. Quizás todo parecía demasiado bueno.
—¡De prisa, querido! —dijo la mujer de Joe, más y más voluptuosa a medida que pasaban los minutos, sintonizando eficientemente la TV—. ¡Estamos justo a tiempo para no perder nada!

Los niños entraron en fila en el cuarto y se sentaron en silencio, todos impecablemente limpios y peinados por la maquinaria automática.

La pantalla de tamaño natural se encendió, en resplandecientes colores, mostrando a un caballero distinguido, de cabellos plateados y de voz grave y afectuosa.
—¡Atención, mis amigos! —ronroneó el hombre, inclinándose hacia adelante en su púlpito con una sonrisa radiante—. ¡Buenas noticias! Se sabe de fuentes bien informadas que la Segunda Venida ocurrirá a las 3:31, hora oriental. Mantengan sintonizada esta estación. ¡Sí, mis amigos!
—Oh, diablos —gruñó Joe—. Ya sabía yo que era un sueño.

Un nuevo boletín de noticias saltó de pronto desde la tostadora: ¡Platillos voladores aterrizan en todo el país! Emisarios del espacio exterior han notificado a las Naciones Unidas que el planeta Tierra fue admitido en el Imperio Galáctico con todas las prerrogativas de los miembros activos, retroactivamente y aplicando el coeficiente uno y medio desde...
—Qué disparate —dijo Joe, abriendo un ojo y luego el otro.
 
—Hora de levantarse, Joe —dijo ásperamente su mujer, desaliñada y encorvada. Estaba en cuclillas activando el fuego, en la boca ventosa de una caverna. Joe se sentó, apartando unas duras pieles de animales. El humo le dio tos y le llenó los ojos de lágrimas. Su mujer se rascó mientras trabajaba obstinadamente en el fuego.

Los niños temblaban acercándose a las llamas. Joe observó amargamente aquellas caras inexpresivas y aquellas deformidades demasiado familiares. El más pequeño (nunca pudieron saber a qué sexo pertenecía) no dejaba de lloriquear. Quizás...
—Feliz año nuevo, Joe —dijo su mujer.
—¿Feliz qué? —gruñó Joe, acariciándose el pelo revuelto.

El sueño se le fundía en la mente, cayendo gota a gota en las fisuras cerebrales, lejos de las formas groseras de la realidad. El sueño se refugiaba en esas sombras, junto con visiones de otro tiempo, viejas ilusiones y recuerdos de infancia, indistintos ahora, pues el mundo al que pertenecían era quizás también un sueño... La mente de Joe estaba ocupada ahora en registrar dolores reumáticos y en rebelarse contra la triste verdad que tendría que salir a la nieve helada y revisar las trampas si hoy querían comer.

—Hoy comienza un nuevo año —dijo la mujer de Joe echando una mirada a las marcas que había trazado en la pared, y que no servían para nada según Joe.
—Oh, por favor —dijo Joe—. ¿Desde cuándo?

La música de las estrellas - Valentina Zuravleva

Había una calma insólita en aquella víspera de Año Nuevo. Las nubes que se habían cernido sobre la ciudad el día antes, se abrían ahora lentamente como las cortinas de un teatro y descubrían un cielo estrellado.

Los abetos se alzaban rectos e inmóviles, plateados por la nieve, como una guardia de honor que esperaba el nuevo año a lo largo de las murallas del Kremlin. De cuando en cuando una débil ráfaga arrancaba a las ramas unos copos de nieve que caían sobre los transeúntes.

Pero las gentes no prestaban atención al encanto de la noche. Tenían demasiada prisa. El Año Nuevo llegaría dentro de media hora. El río de hombres y mujeres, ruidoso y excitado, cargado con cajas y paquetes, se movía más y más rápidamente.

Sólo un hombre parecía no tener prisa. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, y miraba con ojos atentos y brillantes por debajo del ala del sombrero. Muchos de los que iban en la marea humana reconocían en seguida aquella cara delgada y la barba corta y gris. El hombre, por este motivo, se había internado en una callejuela lateral. 

Allí no necesitaba responder a los innumerables saludos ni explicar a los conocidos por qué prefería deambular por las calles en la noche de Año Nuevo. El poeta Constantin Alexevitch Rusanov no sabía en verdad qué poder desconocido lo impulsaba a buscar la soledad en aquella noche. No tenía ningún deseo de pensar en la poesía.

Quizá esto era triste, pues el nuevo año era el sexagésimo en la vida de Rusanov.

Rusanov caminaba escuchando el crujido de la nieve bajo sus pasos. De pronto, junto a un farol de la calle, descubrió que un castillo de nieve le cerraba el camino. Unos diamantes de nieve centelleaban en las torres, a la luz eléctrica.

Inconcluso, pensó Rusanov advirtiendo un trineo de niño y una pala junto al castillo, y sintiendo el deseo absurdo de terminar de construir los muros. Esto sería realmente una sorpresa de Año Nuevo para los niños, a la mañana siguiente.

Rusanov se inclinó para tomar la pala y en ese momento alguien lo golpeó desde atrás. Cayó de bruces en la nieve y oyó un ruido de vidrios rotos, y un grito:

–¡Oh, cuánto lo siento!

Había tanta turbación en la voz que Rusanov no pudo enojarse. Un par de manos lo ayudó a ponerse de pie. Se volvió y vio a una muchacha menuda vestida con una chaqueta de paseo.

–Lo siento tanto –dijo otra vez la muchacha, evidentemente confundida.

Caminó cuidadosamente alrededor de Rusanov y recogió un paquetito que estaba caído junto al farol de la calle.

–Roto..., me parece –dijo, con tristeza.

Rusanov se sintió culpable.

–¿Qué pasó?

–Yo llevaba la placa –explicó la joven–, un negativo..., y lo golpeé contra el farol.

Abrió el paquete. Un negativo bastante raro, pensó Rusanov, pues en la placa se veía un fondo negro y una cinta luminosa manchada con finas líneas negras.

–¿Qué es eso? –preguntó.

–Un espectro. El espectro de la estrella Procyon. ¿Entiende usted?

Rusanov miró a la muchacha con cierto interés.

Alrededor de dieciséis años, pensó, y se corrigió inmediatamente: no, mayor, quizá veinticinco o veintiséis.

–Un momento –dijo–, ¿a dónde iba corriendo en medio de la noche con esa foto?

–A la oficina de telégrafos –dijo la muchacha–. Es un gran descubrimiento.

Rusanov se rió entre dientes. Le gustaban los encuentros inesperados e insólitos. Se sintió de pronto de mejor humor.

–¿Un descubrimiento?

–Sí, Constantin Alexevitch. Lo reconocí a usted en seguida.

Rusanov se rió otra vez.

La muchacha lo miró pensativamente. ¿Se lo diría?

–Escuche –empezó–. Descubrí en el espectro de Procyon... ¿Pero sabe usted algo de espectros? Aguarde un instante. Se lo explicaré.

Rusanov no entendió en seguida aquella narración entrecortada. La muchacha hablaba muy rápidamente y preguntaba de cuando en cuando:

–¿Está seguro que entiende?

Como la historia no seguía tampoco un orden cronológico, Rusanov tenía que llenar los claros con conjeturas.

Parecía que la muchacha se había entusiasmado con la astronomía mientras estaba aún en el colegio. Luego de graduarse en el Departamento de Física de la Universidad de Moscú había ido a trabajar en el observatorio de las montañas Altai, en Siberia.

La primera desilusión: en vez de hacer descubrimientos capaces de sacudir al mundo se había dedicado a la tarea exasperante y tediosa de clasificar fotografías de espectros estelares.

Al cabo de cuatro meses creyó haber hecho un descubrimiento. Un error, le había explicado secamente el director del observatorio.

Tres meses más y otro estallido de alegría. Un nuevo error, y otra desilusión.

Pasaron los meses. Trabajo, trabajo, y más trabajo. Nada que pudiera llamarse romántico. Innumerables fotografías de spectra estelares. Cálculos. Clasificaciones. Y ni un solo descubrimiento.

Parecía que se iba a pasar toda la vida en esta monotonía. Y de pronto...

–Al principio ni siquiera yo podía creerlo –continuó diciendo la muchacha–. No es verdad muy agradable repetirse incesantemente, como si se le hablara a un niño: «Tienes que trabajar, olvida esos sueños...» Sí, pero esta vez era tan evidente. Yo tenía ante mí trescientos cincuenta espectros de Procyon. Los otros astrónomos habían visto los espectros por separado, pero yo los tenía ahí, todos juntos. Y me pareció entonces que esas líneas formaban un cuadro. Son cosas que ocurren, ¿no es cierto? 

De los trescientos cincuenta espectrogramas elegí noventa, de acuerdo con el orden en que habían sido fotografiados. Todos tenían algo común: las líneas de los metales no ionizados, el espectro de Procyon ya conocido. Pero en todos, además, había una línea nueva, otro elemento. El primer espectrograma tenía la línea del hidrógeno, el segundo la del helio, el tercero la del litio... Seguían así el orden natural hasta el torio, el elemento nonagésimo en la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev. ¿Entiende usted? 

Parecía que alguien hubiese puesto los elementos en una secuencia precisa, de acuerdo con la tabla periódica. Nada en la naturaleza puede explicar este hecho, excepto que esas líneas sean señales enviadas por seres inteligentes.

–¿Usted cree realmente eso? –preguntó Rusanov, muy serio.

–¡Claro que sí! –exclamó la muchacha–. Tome usted, por ejemplo, los sonidos separados que pueden oírse en la naturaleza. Bueno, imagínese que los oye de pronto ordenados en escalas musicales. Eso no sería posible sin la intervención de un ser inteligente... No quise hablarle a nadie de este descubrimiento, temiendo que fuese otro error. 

Poco más tarde comenzaron mis vacaciones. Dejé el observatorio como en un sueño. Hice el viaje reprochándome constantemente no haber hablado. Ya en Moscú, mis pensamientos seguían aún en el observatorio.

Las dos figuras estaban todavía de pie en la callejuela tranquila, a la luz del farol. Rusanov miraba fijamente el castillo de nieve, en silencio.

–Usted..., usted no me cree, ¿no es cierto? –preguntó la muchacha.

Rusanov, en verdad, creía tan poco a la muchacha como a alguien que le hubiese dicho que acababa de descubrirse el séptimo continente en el mar Caspio.

–¿Cómo se llama usted, muchacha de ciencia, que derriba a la gente y saca fotos de los astros? –dijo, evitando la palabra definitiva.

–Alla –respondió la joven–. Alla Vladimirovna Yungovskaya, astrónoma.

Alla Vladimirovna Yungovskaya, repitió Rusanov mentalmente, y pensó: No, no parece tener más de dieciséis años.

Sintió de pronto que debía decirle algo amable.

–Bueno, echemos una ojeada a ese..., ese espectrograma –ofreció al fin.

–Por favor –dijo la muchacha feliz–, vayamos a mi casa. Se los mostraré allí.

Hasta entonces Rusanov había entendido una sola cosa: en esta muchacha que acababa de conocer había trazos de madurez y trazos de juventud. La vida le había enseñado a Rusanov, por otra parte, a sacar conclusiones acerca de la gente. No olvidaba nunca unas palabras que le había dicho en España un comisario de las Brigadas Internacionales, ex profesor de matemática: «No juzgues a los hombres sino después de un segundo encuentro».

Puede ocurrir cualquier cosa, se dijo, sonriéndose. De la boca de los niños... Pero la astrónoma Alla Vladimirovna Yungovskaya no tenía aspecto de niño.

La muchacha, aparentemente, sentía la necesidad de decir algo.

–Escúcheme –dijo–, este descubrimiento no es tan complicado ni incomprensible como puede parecer al principio. Supongamos que Procyon tiene un sistema planetario propio. Supongamos también que haya seres racionales en esos planetas y que hayan decidido enviar una señal al espacio.

Las ondas de radio no sirven. Se dispersan con demasiada facilidad. Tampoco los rayos gamma o los rayos Roentgen, que son absorbidos muy rápidamente. Lo más práctico sería, por lo tanto, las ondas electromagnéticas de longitud interespaciada, o, en otras palabras, ondas de luz, luz.

»Hay algo más todavía. Las señales tienen que ser comprensibles para todas las criaturas racionales. ¿Letras de un alfabeto? Los alfabetos pueden ser muy distintos. ¿Cifras? Hay muchos sistemas de cálculo. Podemos decir que en general no hay en los distintos mundos objetos realmente similares, excepto la tabla de los elementos químicos. 

Esta tabla es válida en todos los mundos. En todos los planetas el elemento químico más liviano es el hidrógeno, y le siguen el helio, el litio, y así sucesivamente. La tabla de Mendeleiev puede transmitirse fácilmente mediante rayos luminosos. Cada uno de los elementos químicos tiene su propio espectro, su propio pasaporte. Comprende usted, pues, que mi descubrimiento, no puede llamarse casual, y merecería casi el título de ley...

Rusanov alzó una mano, como invitando a la muchacha a que escuchase, y Yungovskaya calló.

Se detuvieron en la calle. Las campanas de las torres del Kremlin resonaron claramente en el aire helado.

–¡Feliz Año Nuevo! –dijo Rusanov y Alla respondió con una sonrisa silenciosa.

Se quedaron allí un rato escuchando los sonidos de las campanas que morían a lo lejos.

Luego echaron a caminar otra vez, más rápidamente.

–Respóndame, respetable guardiana de las estrellas –comenzó a decir Rusanov–. Quizá esto sea parte de algún proceso que se desarrolla en la estrella misma.

–¡No, no! La temperatura de Procyon es sólo de ocho mil grados centígrados, y de acuerdo con las líneas de estos espectros la fuente de las radiaciones debe de tener una temperatura de más de un millón de grados. Una fuente artificial sin duda, producida en uno de los planetas del sistema de Procyon. La energía es tan tremenda que es difícil imaginársela..., y sin embargo... Aquí, por favor, hemos llegado a mi casa.

La muchacha llevó a Rusanov a un cuarto donde un piano y una biblioteca ocupaban casi la mitad del espacio. Un mapa astronómico colgaba de una pared, y sobre la mesa había una lámpara de pantalla verde.

Alla le indicó a Rusanov que se sentara y le trajo un álbum. Era un álbum común, de los que se emplean para conservar las fotografías de la familia. Rusanov nunca había examinado espectrogramas en su vida, pero ahora sintió –sintió sin entender– que la muchacha había hecho realmente un descubrimiento.

–¿Me..., me cree usted? –preguntó la muchacha en voz baja.

Rusanov respondió sin sonreír...

–Sí, le creo.

–Todo parece tan increíble –dijo la muchacha–. A veces yo misma creo que estoy soñando..., que me despertaré y que todo se desvanecerá –hizo una pausa; de algún lado llegaban los sonidos apagados de una música–. Además separé otros veinte espectrogramas de Procyon. Mire esto. 

Procyon es una estrella similar a nuestro sol. Quinta clase espectral. Las líneas de los metales neutros como el calcio, el hierro y otros aparecen claramente. En estos otros espectros sin embargo hay unas líneas realmente extraordinarias. Y algo aun más maravilloso: sumas de elementos. Esto me llevó a creer que los otros noventa espectrogramas son una clase de alfabeto, y que estos veintidós en cambio son un mensaje..., una carta...

–Y usted ha descifrado esa carta –interrumpió Rusanov.

Alla meneó la cabeza.

–No, no he podido. Desde un punto de vista lógico yo hubiera tenido que descifrarla fácilmente. No lo sé..., probé y no ocurrió nada. Sin embargo, estos dos espectrogramas... Yo misma no estoy segura, entiéndame... No se ría. Quizá yo me haya sugestionado, ¿Quién sabe? Pero estos dos espectrogramas me llamaron en seguida la atención. Sentí en un momento que yo estaba mirando algo realmente íntimo, escrito en un idioma extranjero. 

Y sólo cuando ya estaba en el tren, viniendo hacia Moscú, pensé que quizá... Usted sabe, probablemente, que en la tabla de Mendeleiev las propiedades de los elementos se repiten cada ocho números. Si hacemos a un lado el último número tenemos la octava, como en la música. Los sonidos se repiten cada siete tonos. Pues bien, de pronto vi una escala en el espectrograma. Dicen que es peligroso aventurar hipótesis en el trabajo científico. Sin embargo, traté de encontrar una notación musical en los espectrogramas, y parece que la encontré...

–¿Y usted..., transcribió esa música? –preguntó Rusanov, estremeciéndose, con una voz rara, como si hubiese hablado desde muy lejos.

–Sí, la transcribí –Alla Yungovskaya se acercó al piano–. Si usted quiere...

–Un momento.

Rusanov atravesó nerviosamente la habitación deteniéndose junto a la ventana.

–¿Se ve a Procyon desde aquí?

Yungovskaya descorrió la cortina.

–Allí a la derecha, encima de la casa de al lado... ¿La ve? Esa luz ha viajado once años...

Rusanov miró la estrella brillante. Era un poeta lírico y sabía descubrir el suave encanto de la naturaleza rusa, sabía cómo mostrar poéticamente lo que Levitan había mostrado en sus cuadros.

Rusanov había escrito bastante poesía amorosa, y una sonrisa atravesaba a menudo sus poemas más íntimos y tristes, como un rayo de sol que atraviesa un velo de nubes. Y las estrellas eran para Rusanov el símbolo de lo lejano y lo inalcanzable.

–Sí –dijo Rusanov en voz baja–, toque, por favor.

No sabía nada de análisis espectral. Pero sabía de música. Sólo la música podía decirle si la muchacha tenía razón o no. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para dejar la ventana.

Alla Yungovskaya alzó la tapa del piano. Suspendió las manos un instante sobre el teclado y en seguida tocó un primer acorde. Había algo de alarmante en esos sonidos que se extendieron por el cuarto y murieron lentamente. Y luego siguieron otros nuevos acordes.

En los primeros momentos Rusanov no oyó más que una salvaje combinación de sonidos. Pero luego apareció una melodía..., aparecieron dos melodías. Se unieron, y pareció que la primera llevaba lentamente a la otra, más rápida e impetuosa. Los sonidos se inflamaron como chispas de un incendio, combinándose en una intimidad dolorosa y al mismo tiempo extraña e incomprensible.

Era música, pero una música insólita, que a veces oprimía, humillaba, y parecía expresar sentimientos, inhumanos, superiores, más elevados.

Las manos de la pianista se detenían a veces en el teclado. Y luego parecían cobrar de pronto nuevas fuerzas, y la doble melodía se alzaba otra vez, más alta y más convincente, como una voz que llamaba. Rusanov se incorporó maquinalmente, como obedeciendo a esa voz, y se acercó al piano.

No veía los muros, ni la mesa, ni la lámpara. No veía nada sino aquellos dedos que corrían fervientemente por el teclado. Rusanov sintió que el corazón le latía apresuradamente, persiguiendo a la música. Se le nublaron, los ojos.

Los sonidos se estremecieron, golpearon, como si quisieran escapar de aquel tosco instrumento.

El piano no podía tocar toda la melodía, y la música, comprimida y rota, vivía y llamaba con más fuerza aún, con más obstinación.

La música se alzaba a veces en un torbellino, y moría luego en un suspiro doloroso. Parecía expresar todos los sentimientos humanos, y sin embargo no había en ella sentimientos y era como un rayo de sol incoloro donde se combinan todos los colores del arco iris. 

Se detuvo un momento y luego estalló otra vez. No, no fue un estallido, sino una explosión. Los sonidos se alzaron como una tromba, se unieron, y se desvanecieron. Un adagio suave y delicado murió luego como la llama última de un fuego que se apaga.

Hubo un instante de silencio, y luego entraron en el cuarto los acostumbrados sonidos terrestres: un tren lejano, voces. Rusanov se acercó a la ventana. Sobre el techo parpadeaba la brillante Procyon, en la constelación de Canis Minor. La luz de la estrella parecía emitir una música solemne y misteriosa

La inquilina - Avram Davidson

Balto, el propietario del barrio, un hombrecito de na­riz larga y peluda con traje gris, contrató a Edgel. Bueno, no de manera fija, pero de vez en cuando Balto le en­cargaba algún trabajo.

Edgel era bastante alto, andaba un poco encorvado y por esto había conseguido una pensión por incapacidad física, que se gastaba en bebi­das que sólo podían sentarle mal. A menudo, cuando tenía el rostro abotargado y rubicundo a causa del licor ingerido, bajaba la vista y allí estaba Balto.

Persuasivamente, Balto le decía que ésa no era vida apropiada para él, que así no tenía futuro, y que debía buscar algo que hacer. Pero Edgel jamás necesitaba ser persuadido, ya que asentía a todo plenamente. Y así se iba a trabajar para Balto como agente cobrador en al­guno de los edificios de los que Balto sacaba grandes sumas de dinero. Y se imaginaba que era un ser respe­table. A menudo, claro, resultaba que en la casa a la que Balto le encargaba ir a cobrar, había un inquilino que, por un motivo u otro, había prometido a Balto sacarle las tripas si osaba presentarse de nuevo. Y tan pronto como cesaba esta amenaza, Balto despedía a Edgel, suspirando. A veces eran los agentes de sanidad y de la propiedad, quienes tenían ganas de atrapar a Balto, pero que se quedaban aturdidos al hallar sólo a Edgel, que era un irresponsable, y por ello no podía ser citado judicialmente. Y cuando no había peligro, Balto con un suspiro... Y así indefinidamente.

Edgel jamás aprendía la lección. Pero, según observaba Balto, nunca estaba peor que antes, ganaba algún dinero, y siempre le queda su pensión.

Una noche, cojeando por una sucia acera y pregun­tándose si debía aventurarse hasta un nuevo bar donde vendían una onza y cuarto de whisky por el precio de una onza, o si debía buscar a cierto taxista que había llegado a un acuerdo con una nueva mujer, Edgel bajó la vista y allí estaba Balto.

–No quiero engañarte, Edgel –le espetó aquél–. Tengo un trabajo para ti y sólo en ti puedo confiar.

Porque era cierto: Edgel era honrado. Sus cuentas a veces no estaban equilibradas, pero él mismo ponía la diferencia. Escrupulosamente.

–Además –continuó Balto ávidamente–, debo con­fesarte que el trabajo no es fijo. En realidad, cuanto mejor lo hagas, antes lo terminarás. Y hay dinero a ga­nar.

Nombró una cifra impresionante.

–¿Crees que me gustan estos negocios sucios? –aña­dió Balto–. Preferiría tener dinero limpio. Lo único que he pedido siempre es una oportunidad. Y ahora la tengo. Y deseo compartirla contigo.

En resumen, seis inquilinos comidos por las ratas de Balto estaban incluidos en un sector que iban a derri­bar a fin de edificar casas nuevas. Las autoridades ya habían condenado los viejos inmuebles en favor de los nuevos constructores. Y éstos ofrecían al contratista una prima para acelerar el desahucio, y el contratista había ofrecido parte de la prima a los propietarios (incluido Balto) para apremiar a los inquilinos, y Balto (gran corazón) anhelaba compartir la prima con Edgel y los inquilinos.

–Y –concluyó–, en realidad (te lo digo en confian­za, Edgel), estoy muy familiarizado con los tipos de esa nueva inmobiliaria. Nosotros, digo ellos, necesitarán personal de confianza, con experiencia y honestidad.

Quien sepa entender que entienda. Yo no digo nada más.

La larga y peluda nariz se proyectó hacia Edgel, de forma significativa.

Al día siguiente, Edgel se encontró con un tal Hallam, que tenía un lobanillo y que trabajaba para una firma de corredores de fincas, entregado a la tarea de buscar pisos para los inquilinos que los necesitaran.

–No saben apreciarlo –se quejó ante Edgel–. De­berían estar agradecidos por abandonar esos agujeros y no es así. Naturalmente –observó, mientras ambos caminaban con rapidez–, los pisos que les damos son también agujeros, pero ¡qué diablos!, al menos es un cambio de escenario.

Pasaron por delante de una tienda donde vendían restos de telas, tejidos tarados y otras cosas por el esti­lo, y un hombrecito moreno que estaba agazapado en el portal como un murciélago colgado del muro se desen­roscó y voló hacia ellos.

–Recuerde que ha de encontrarme un buen piso, ¿se acuerda, eh?

–Sí, sí, claro –le aseguró Hallam–. Claro que sí. Ya puede empezar a empaquetarlo todo. –Se volvió hacia Edgel–: Aceptará lo que le ofrezcamos o tendrá que buscar por su cuenta.

Luego empezaron a subir unas escaleras muy desgas­tadas. A mediodía se hallaban ya en la última casa de la lista de Edgel.

–Con este edificio –comentó Hallam– tenemos bue­na y mala suerte. Buena, porque los inquilinos del piso central aceptaron la prima y se trasladaron adonde les dijimos. Mala suerte por la mujer del piso alto. Ella es nuestro principal problema. Hay otros inquilinos que se niegan a marcharse; tendremos que echarles y esto puede acarrear conflictos. En cambio, esa mujer no ha dicho exactamente que no quiera trasladarse, pero no hace nada por irse. Ah, lo sentiré por todos ellos cuando se vean en la calle.

El pasillo de planta baja donde se habían detenido estaba a obscuras; era húmedo y fétido.

–Estas cosas le hacen sentirse a uno como un cri­minal, total porque temen trasladarse. Han olvidado incluso si en otros tiempos vivieron en otras casas. En realidad, esa señora es una persona agradable, sose­gada.

Algunos inquilinos no eran agradables ni sosegados y Edgel ya había comprendido por qué Balto estaba tan ansioso por repartir la prima.

–No haga caso si ese imbécil de abajo dice algo –le advirtió Hallam–. No es más que un idiota. No lo sien­to por él, puede apostar la vida.

El imbécil de abajo parecía, sonaba y olía como un viejo imbécil. Empezó a maldecir tan pronto como lla­maron; maldijo en inglés, lenguaje singularmente pobre en maldiciones obscenas, por lo que repitió su reperto­rio una y otra vez. Al fin calló. Les miró, con los dimi­nutos ojos bizcos y parpadeantes de su arruinado ros­tro.

–¿Van arriba? –preguntó, suave, tímidamente casi–. Les dejará entrar... si esta de humor... Cuando está de humor, siempre deja entrar a todo el mundo. Y cuando el viejo Larry dice «todo el mundo», sabe lo que signifi­ca. Todo el mundo.

Los peldaños crujieron y casi cedieron. En el piso alto había más luz gracias a la sucia ventana del pasillo. De alguna parte salía un ruido extraño. Hallam llamó. La mujer que contestó a la llamada no salió al pasillo, sino que se quedó en su vestíbulo detrás de la puerta semicerrada, atisbando. Edgel no pudo verla claramen­te, aunque le pareció que era una mujer de aspecto or­dinario.

–Señora Waldeck, éste es el señor Edgel, agente del administrador –silencio–. ¿Está ya lista para el traslado? Si lo hace antes del final del mes próximo, nos­otros podremos ofrecerle un piso...

–No quiero otro piso –declaró ella con voz cortan­te, aunque algo temerosa y débil.

–...Y le concederemos una indemnización. ¿Qué can­tidad, Edgel?

–Tal vez... cien dólares.

–No quiero ninguna indemnización. Ni quiero irme. Llevo viviendo aquí treinta y dos años, estoy enferma y no puedo trasladarme.

–Señora Waldeck, todo esto son tonterías –exclamó Edgel bruscamente–. Podemos venir aquí con un poli­cía y un funcionario mañana mismo y echarla a la calle. Pero no queremos comportarnos de este modo –añadió con más suavidad–. Le buscaremos un piso en una plan­ta baja para que no tenga que molestarse subiendo es­caleras y le daremos la indemnización. Después, como ya sabe, derribaremos este edificio.

La mujer seguía meneando la cabeza.

–Tal vez no lleguen a derribar esta casa –murmuró lastimosamente–. Estoy dispuesta a pagar más alqui­ler. Dos dólares más, ¿eh? Díganles que pagaré más alquiler porque soy una mujer enferma y no puedo ha­cer el traslado, y así no querrán ya derribar esta casa. ¡Porque no puedo trasladarme!

Su voz se elevó a un alarido y dio un portazo. Al cabo de un minuto, los dos descendían por la escalera.

–Podríamos llevar a un individuo con una placa y un papel –sugirió Edgel–, como si fuesen de verdad y ella no notará la diferencia. ¡Una tonta que cree que pueden dejar de derribar una finca por dos dólares de más en el alquiler! Lo mejor será que la llevemos, a ella y sus cosas, a otro piso, y de este modo podremos cobrar la prima.

Hallam asintió, diciendo que tal vez fuese posible si tenían mucho cuidado en que el asunto pareciese real.

–¿No ha oído ese extraño ruido? –preguntó luego.

–¿Como un loro?

–A mí más bien me pareció una rana. –Tal vez críe ranas para alimentar a un loro. Los dos se echaron a reír, y se marcharon a tomar un bocado y una caña de cerveza.

 

Era de noche, bastante tarde, varias semanas des­pués, cuando iba andando cuidadosamente por una ace­ra a obscuras. Se iba aseguando a sí mismo que no... no estaba borracho. Sólo llevaba un poco de alcohol en el cuerpo. El aire le despejaría la cabeza. Pero el aire, en vez de afectar a su cabeza, afectó a sus riñones. 

Edgel se internó en las tinieblas de un callejón. El tap-tap de unos tacones femeninos sobre la agrietada acera le hizo hundirse aún más entre las sombras. Al mismo tiempo, aquel sonido despertó un par de ideas en su ofuscada mente. Unas ideas escabrosas, apremiantes, feas. ¿Qué clase de mujer... sí, qué clase de mujer podía estar merodeando de noche por aquellas callejuelas?

De pronto, ella se detuvo al borde del callejón, a la débil luz del farol. Giró la cara a un lado y a otro como presintiendo una presencia extraña. Llevaba un sombrero de plumas y el vestido, de falda corta, era de buena tela. Relució el carmín de sus labios. Sonrió y arqueó las cejas. Edgel dio un paso adelante. Entonces se aclaró su vista.

Edgel distinguió que el sombrero era una vieja ruina y que el vestido estaba arrugado y desastrado. La car­ne que un segundo antes le había parecido marfileña y apetecible, era sólo bultos de grasa, con surcos y ho­yos, y la piel era amarillenta, llena de arrugas. Llevaba los ojos pintados y los labios no eran más que una lí­nea manchada con carmín grasiento, aplicado con inex­periencia para dar el aspecto de una boca. Los ojos rodaban y parpadeaban, y los pintados labios hacían muecas que eran sólo el recuerdo de sonrisas perdidas en el pasado.

Edgel reconoció a la señora Waldeck. Y se encogió dentro de sus ropas.

Ella divisó a alguien. Con las manos se alisó el ves­tido. Sonrió bobamente. Se alejó con un pronunciado balanceo de caderas y el tap-tap de sus tacones. De pron­to, la quietud reinó en el callejón. Cuando Edgel salió del mismo no había nadie a la vista. Continuó andando y recordó las palabras del viejo Larry: «Cuando está de humor, deja entrar a todo el mundo... A todo el mundo.»

Uno a uno, los inquilinos se fueron trasladando. Ed­gel se detuvo a hablar con el hombrecillo de la tienda, cuya queja de que debían de haberle buscado un sitio mejor acabó por adoptar tonos violentos.

–Oiga –le interpeló Edgel–, ¿quién es esa señora Waldeck? ¿Qué clase de...?

Calló. El hombrecillo estaba gesticulando y su rostro había palidecido intensamente. Se llevó una mano a la bragueta. Hizo una V con dos dedos y miró a su tra­vés; luego levantó el pulgar y cerró los mismos dedos a su alrededor y escupió tres veces con gran vigor. 

Del interior de su ajada camisa sacó un cordón del que colgaban una cruz, un medallón, una diminuta mano de coral con la palma abierta y un cuerno de obsidiana negra. Lo besó todo con fervor y entre ruidosos jadeos. Luego miró a Edgel y acabó abatiendo sus cerúleos pár­pados sobre sus brillantes y medrosos ojos.

–No quiero hablar de ella –musitó–, Nunca hablo de ella. Me trajo las colchas que confeccionó y se las vendí a unos gitanos, nada más. No sé nada más. Por favor, nada más.

Y se escurrió hacia la madriguera de su tienda.

Edgel inició su vigilancia. Dentro de un piso vacío, al otro lado de la calle, arrastró un sillón a la ventana, junto con comida y unas botellas. La mujer tendría que salir por víveres más pronto o más tarde. Y, finalmente, a la hora azul del crepúsculo de la tarde del segundo día de su vigilancia, ella salió. Permaneció largo tiempo en los escalones del portal. Luego, se alejó lentamente. ¡Pero se alejó! Llevaba varias colchas y una cesta para la compra; de modo que estaría fuera bastante tiempo. ¿Cuánto? Bastante. 

Edgel cruzó la calle, entró en la  casa y subió la escalera de puntillas. Tenía que guardar  silencio, aunque ya no quedaba nadie en el edificio que pudiese oírle. (El viejo Larry había sucumbido al atrac­tivo de la prima, y decidió mudarse, con la boca asquerosa y el aliento fétido, a otro repugnante agujero.) Edgel se dijo, mientras hurgaba con las diversas llaves que llevaba a propósito, que tenía derecho a hacer lo que hacía, ya que era agente del propietario. (¡Y maldi­to fuese Balto por obligarle a realizar un trabajo tan sucio!) 

Ella, la inquilina, la ex inquilina en realidad, vivía en aquel piso por benevolencia, que no por dere­cho, ya que no querían cobrarle el alquiler. Y el día del desahucio se aproximaba. Pero su corazón latía con  fuerza, y sabía que lo que estaba haciendo era vil y mal­vado. La llave, por fin, hizo un chasquido y se abrió la puerta.

El cuarto en que entró era deprimente y estaba ates­tado de muebles viejos. Vio algo a un lado y encendió la linterna. El bastidor para hacer colchas y una bolsa llena de guatas de aspecto sucio. Hacía mucho calor y el olor era insoportable. Se movió algo, sonó algo. Es­taba en el rincón opuesto: Un bulto, como un vasto servicio de té, y encima un par de guantes de gruesa piel...

Edgel estuvo parado otro minuto. Luego, quitó la cubierta y otra vez oyó sonidos de algo que se movía, pero la luz de la linterna era muy débil y no acertó a ver nada. De modo que encendió la luz eléctrica y se  enfrentó con lo que parecía una enorme jaula para pájaros.

A la primera ojeada pensó ver un niño en su interior... un niño como los de aquellas odiosas fotografías de los países subdesarrollados del tercer mundo: sólo un vientre prominente, y brazos y piernas como palos; pero al cabo de un instante comprendió que aquello no era un niño. Ni estaba muerto de hambre; se movía rá­pidamente una y otra vez, arrojándose contra los grue­sos alambres, golpeando con sus diminutos puños, y gri­tando y chillando con su vocecita espantosa, medio ala­rido, medio carraspeo... ambos sonidos a la vez.

Abrió los puños y mostró las palmas arrugadas y los dedos nudosos, con uñas amarillas, torcidas... unos de­dos con la piel agrietada, con verrugas que parecían mordiscos y pellejos de piel sucia entre ellos, que cuan­do se extendieron se convirtieron en membranas que llegaban hasta las primeras articulaciones. (Más tarde no logró recordar cuántas articulaciones había, pero más que en sus propios dedos, seguro; y su mente con­tinuó recordando aquellos dedos como las odiosas patas de algunas arañas carnívoras.) En los labios, la barbilla y la papada había tufos de pelo largo, y otros más en las axilas. Tenía el colorido de la muerte y la piel re­lucía con un lustre mohoso. A Edgel le pareció que acababa de quedarse sin mente, y pensó que si aquel extraño ser volvía a tocarle, él retrocedería y, parlotean­do, también se arrojaría contra las paredes.

La cabeza del monstruo golpeó contra el alambre de la jaula, dejando ver sus agudos y diminutos dientes, mientras lamía el alambre con una lengua negro-azu­lada.

Edgel dio media vuelta. La señora Waldeck estaba en el piso. Se acercó a él. En la mano blandía una plancha. Tenía el semblante blanco de ira. Edgel la cogió por la muñeca, forcejearon y ella le escupió. Entonces, él le retorció la muñeca y la plancha cayó. Los ojos de la mujer parecieron taladrarle y movió los labios.

–A veces es muy dulce –murmuró–. A veces acep­ta la comida de mis manos.

–¿Qué...? –sólo acertó a preguntar Edgel roncamen­te–. ¿Qué...?

La arrojó de un empellón contra la puerta. La ces­ta que la mujer sostenía en la otra mano se rompió y su contenido se desparramó, y Edgel vio unas tablillas en forma de ataúd, con el cráneo y las tibias en re­lieve.

 

Después del segundo whisky doble logró abrir los puños y consiguió relajarse sin temor a los rápidos, espasmódicos y gruñidores ruidos que había estado pro­firiendo (hacía unos quinientos años, tal vez), cuando huyó despavorido por aquellas carcomidas escaleras. Tragando, tragando el flujo de saliva que la bebida pro­voca, tomando el licor de un solo trago para ahuyentar el regusto a bilis, miró fijamente una masa de color que había ante sus ojos. La visión quedó enfocada al mismo tiempo que cesaba el monótono zumbido de sus oídos. El calendario de una joven desnuda con grandes pe­chos, y el estruendo de un tocadiscos y, a su derecha, la voz conocida y ronca de un valentón de taberna:

–¿Que lo haga salir? No saldrá si no quiere ¿Han visto lo que parece? ¡Diablos! ¡Si a esto sólo puede que­rerlo una madre!

Crónica roja - Eduardo Gotthelf

Necesitaban dinero para irse lejos. Ella estaba muy enamorada, pero sabía que su familia nunca iba a aceptar a un simple leñador, para colmo feo, de ojos saltones y dientes grandes. 
Esa tarde fueron juntos a la casa de la abuela para robarle sus joyas. Como la anciana los sorprendió, no les quedó más remedio que matarla. 
Después inventaron una historia, y le echaron la culpa al lobo.

El nuevo Papá Noel - Brian W. Aldiss

Roberta, la menuda anciana, bajó el reloj del estante y lo puso sobre la hornalla; luego tomó la tetera e intentó darle cuerda. El reloj había llegado casi al punto de ebullición antes de que ella se diera cuenta. Chillando en voz baja, para no despertar al viejo Robin, tomó el reloj con un repasador y lo dejó caer sobre la mesa. Marchaba furiosamente. Lo contempló.
Aunque Roberta daba cuerda al reloj todas las mañanas al levantarse, llevaba meses sin echarle una mirada. Esa mañana, al contemplarlo, vio que eran las 7:30 del día de Navidad, 2388.
–¡Dios mío! –exclamó–. ¡Navidad, ya! ¡Si parece que apenas han pasado las Pascuas!
Ni siquiera tenía idea de que fuera el año de 2388. Tanto ella como Robin llevaban mucho tiempo en la fábrica. Se sintió contenta de que fuera Navidad, porque le gustaban las sorpresas... pero también sintió algo de miedo. Porque aquello la llevaba a recordar al Nuevo Papá Noel, y habría preferido no pensar en eso. El Nuevo Papá Noel, según se decía, hacía sus rondas en la mañana de Navidad.
–Debo contárselo a Robin –dijo.
Pero el pobre Robin había estado demasiado susceptible en los últimos tiempos; era de suponer que se pondría de malhumor al encontrarse de pronto con la Navidad encima. De cualquier modo, como Roberta era incapaz de reservarse nada, tendría que bajar a contárselo a los vagabundos.
Tras poner la tetera al fuego, salió de la vivienda para entrar a la fábrica, como un ratón que emergiera de su nido oloroso a pastel de fruta. Roberta y Robin vivían en lo alto de la fábrica, y los vagabundos habían fijado su domicilio ilegal en la parte más baja. Roberta fue bajando en puntas de pies por muchas, muchas escaleras de metal.
La fábrica estaba poblada por ese tipo de sonidos que Robin llamaba «el ruido silencioso». Era constante, día y noche, y hacía tiempo que los dos humanos habían dejado de escucharlo. Cuando los dos fueran ya incapaces de oír nada, el ruido proseguiría. Esa mañana, las máquinas estaban más atareadas que nunca, y no tenían el menor aspecto navideño. Roberta reparó especialmente en dos máquinas por las que sentía un odio especial: una se movía como un telar, empacando un alambre increíblemente fino en cajas increíblemente pequeñas; la otra se revolcaba como si luchara contra algún enemigo invisible, aparentemente sin producir nada.
La anciana pasó con cautela junto a ellas y bajó al sótano. Al llegar frente a una puerta gris, llamó con los nudillos. De inmediato pudo oír que los vagabundos se echaban contra la puerta, del lado interior, gritándose ásperamente.
Roberta, incapaz de alzar la voz, esperó que hicieran silencio, y entonces dijo, tan claramente como pudo:
–Soy yo, muchachos.
Tras una pausa muda, la puerta se abrió unos milímetros. En seguida se abrió por completo. Tres siluetas ojerosas se presentaron ante ella, con expresiones de angustia: Jerry, el exescritor, y Tony y Dusty, quienes nunca habían sido ni serían más que vagabundos. Jerry, el más joven, tenía cuarenta años; le quedaba, por lo tanto, media vida para dormitar por ahí. Tony tenía cincuenta y cinco, y Dusty sufría de erupciones.
–¡Creímos que era la Barredora Infernal! –exclamó Tony.
Cada mañana, la Barredora Infernal barría toda la fábrica. Cada mañana, los vagabundos se veían obligados a parapetarse en la habitación, para que la barredora no los arrojara con todas sus pertenencias por los vertederos de basura.
–Entre, por favor –dijo Jerry–. Perdone el desorden.
Roberta entró; fatigada por su larga caminata, se sentó en un cajón de embalaje. El cuarto de los vagabundos la ponía nerviosa; sospechaba que a veces llevaban mujeres allí; además, había calzoncillos colgados en un rincón.
–Tengo algo que deciros, a los tres –empezó.
Todos esperaron, corteses aunque intrigados. Jerry se limpiaba las uñas con una chincheta.
–Acabo de olvidar qué era –confesó la anciana.
Los vagabundos suspiraron ruidosamente, con alivio. Tenían miedo de todo lo que amenazara perturbar su tranquilidad. Tony se sintió comunicativo.
–Hoy es Navidad –dijo, echando a su alrededor una mirada furtiva.
–¿De veras? –exclamó Roberta–. ¡Pero si recién han pasado las Pascuas!
–Permítanos –dijo Jerry– desearle una Navidad segura y un Año Nuevo libre de persecuciones.
Esa muestra de cortesía hizo rebrotar los temores latentes de Roberta.
–Vosotros... no creéis en el Nuevo Papá Noel, ¿verdad? –les preguntó.
Ninguno respondió, pero la cara de Dusty tomó el color de la cáscara de limón; ella comprendió que sí, que creían en él. También ella.
–Será mejor que vengáis al departamento para celebrar este día feliz –dijo–. Después de todo, la unión hace la fuerza.
–Yo no puedo pasar por la fábrica –dijo Dusty–; las máquinas me hacen brotar la erupción. Es una especie de alergia.
–De cualquier modo, iremos –decidió Jerry–. Nunca se debe desperdiciar una invitación.
Los cuatro treparon las escaleras como pesados ratones, y atravesaron la fábrica en constante expansión. Las máquinas fungieron ignorarlos.
En el departamento los esperaba un verdadero pandemónium. La tetera estaba hirviendo, y Robin gritaba pidiendo auxilio. Aunque oficialmente estaba condenado a guardar cama, podía levantarse en momentos críticos; ahora estaba de pie junto a la puerta del cuarto, y Roberta tuvo que ir a quitar la tetera del fuego antes de ir a tranquilizarlo.
–¿Y por qué has traído aquí a esa gente? –inquirió, en un violento susurro.
–Porque son nuestros amigos, Robin –contestó Roberta, tratando de llevarlo de nuevo a la cama.
–¡Ésos no son amigos míos! –protestó él.
Se le ocurrió algo terrible para decirle; temblando, luchó con la idea, y finalmente no dijo nada. El esfuerzo lo dejó débil e irritable. Era horrendo estar bajo el dominio de su mujer. Su obligación, como cuidador de la gran fábrica, era cuidar de que no entrara ninguna persona indeseable; pero, tal como estaban las cosas, no podía expulsar a los vagabundos, puesto que su mujer los defendía. La vida era, sin lugar a dudas, algo exasperante.
–Vinimos a desearle una segura Navidad, señor Proctor –dijo Jerry, deslizándose en el dormitorio con sus dos compañeros–. ¡Navidad, y yo con erupciones!
–No es Navidad –gimoteó Robin, mientras Roberta le metía los pies bajo las frazadas–. Lo decís sólo para molestarme.
¡Si pudieran al menos intuir la cólera que rodaba por sus venas como una enfermedad! En ese momento, el conducto de distribución del correo tintineó, y un sobre entró en la habitación, como lanzado por una catapulta. Robin lo tomó de manos de Roberta y lo abrió, tembloroso. Dentro había una tarjeta de Navidad, firmada por el Ministro de Fábricas Automáticas.
–Esto prueba que hay otra gente viva en el Mundo –dijo Robin.
Aquellos tres tontos no eran lo bastante importantes como para recibir tarjetas de Navidad. Su esposa echó una mirada miope sobre la firma del ministro.
–Esto es un sello de goma, Robin –dijo–. No prueba nada.
Eso terminó de ponerlo furioso. ¡Que lo contradijera delante de esa canalla! Además, desde la Navidad pasada las mejillas de Roberta se habían arrugado más, cosa que lo molestaba profundamente. Cuando estaba a punto de desollarla, sus ojos se posaron casualmente en la dirección escrita en el sobre; decía: «Robin Proctor, F. A. X10».
–¡Pero si esta fábrica no es X10! –protestó a viva voz–. Es la SC541.
–A lo mejor hace treinta y cinco años que estamos en una fábrica que no nos corresponde –dijo Roberta–. ¿Qué importancia tiene?
La pregunta era tan absurda que el anciano apartó las cobijas hasta los pies de la cama.
–¡Bueno, ve a averiguar, vieja estúpida! –chilló–. El número de la fábrica está grabado en la salida. Ve a ver qué dice. Si no dice SC541, debemos salir de aquí en seguida. ¡Rápido!
–La acompaño –dijo Jerry a la anciana.
–¡Todos vosotros iréis con ella! –dijo Robin–. No quiero que os quedéis aquí conmigo. ¡Me asesinaríais en esta misma cama!
Sin gran sorpresa (aunque Tony lanzó, al pasar, una mirada triste a la tetera vacía) se encontraron en los preñados estratos de la fábrica, y bajaron hacia la salida. Allí había cintas transportadoras que llevaban los productos terminados hacia los vehículos que esperaban.
–Esto no me gusta mucho –dijo Roberta, intranquila–. Con sólo echar una mirada fuera siento que mi agorafobia se agrava.
De cualquier modo, hizo lo que Robin le había indicado. Sobre la puerta de salida, un cartel rezaba: X10.
–Robin no me creerá cuando se lo diga –se quejó.
–Yo creo que la fábrica cambió de nombre –observó Jerry, tranquilo–. Quizá cambió también de ramo. Después de todo, no hay nadie que verifique; puede hacer lo que quiera. ¿Siempre ha fabricado estos huevos?
En silencio, contemplaron la interminable línea móvil de huevos de acero. Eran pulidos, grandes como huevos de avestruz; salían al exterior, donde varios robots los apilaban dentro de los camiones encargados del transporte.
–Nunca supe de una fábrica que pusiera huevos –rió Dusty, rascándose el hombro–. Será mejor que volvamos antes de que la Barredora Infernal nos atrape.
Subieron lentamente los innumerables escalones.
–Yo creía que aquí se fabricaban televisores –dijo Roberta, en algún momento.
–Si ya no hay hombres –observó Jerry, sombrío–, no hacen falta televisores.
–No recuerdo bien si...
Cuando se lo dijeron a Robin, se descompuso de furia; llegó a caerse de la cama, y amenazó con bajar a ver con sus propios ojos el nombre de la fábrica. Sólo se contuvo porque tenía la secreta teoría de que la fábrica entera no era sino una de las tantas alucinaciones de Roberta.
–Y en lo que respecta a los huevos... –barbotó.
Jerry metió la mano en uno de sus rotosos bolsillos y sacó uno de los huevos, depositándolo en el piso. En el silencio siguiente, todos pudieron oír que el huevo hacía tic-tac...
–Hiciste mal, Jerry –dijo Dusty en tono áspero–. Eso equivale a... interferir –todos miraron a Jerry, más asustados aún porque ignoraban la causa del miedo que sentían.
–Lo traje porque pensé que la fábrica debía hacernos un regalo de Navidad –explicó Jerry, soñador, agachándose para mirar el huevo–. Saben... Hace mucho tiempo, antes de que las máquinas declararan prescindibles a los escritores como yo, conocí a un robot-escritor. Lo habían dejado para chatarra, pero me contó un par de cosas. Me dijo que las máquinas, al asumir las obligaciones del hombre, también habían adoptado sus mitos. Por supuesto, adaptaron esos mitos a sus propias creencias. Pero creo que les gustaría la idea de entregar regalos de Navidad.
Dusty hizo rodar a Jerry de un puntapié.
–¡Toma, por tu idea! –le dijo–. ¿Estás loco, muchacho? Las máquinas vendrán aquí a buscar ese huevo. No sé qué podemos hacer.
–Pondré el té para preparar la tetera –dijo Roberta, con mucho tino.
Ese comentario estúpido colmó la paciencia de Robin.
–¡Devolved el huevo, todos vosotros! –chilló–. Eso es robar, y nada más que robar, y yo no quiero que se me complique en semejante cosa. ¡Y después, vosotros, vagabundos, salid de la fábrica!
Jerry, que se había acomodado a gusto en el suelo, dijo, sin levantar la vista:
–No quisiera asustarlo, señor Proctor, pero el Nuevo Papá Noel vendrá por usted, si no tiene cuidado. Aquel viejo mito navideño fue uno de los que las máquinas adoptaron y modificaron. El Nuevo Papá Noel es todo metal y vidrio; en vez de dejar juguetes nuevos, se lleva a las máquinas y a la gente que ya está vieja.
Roberta, que escuchaba junto a la puerta, quedó tan blanca como una sábana.
–Tal vez es por eso que el Mundo se ha despoblado tanto últimamente –dijo–. Será mejor que vaya a preparar un poco de té.
Robin se las compuso para salir de la cama, aguijoneado por su tremenda irritación. Mientras avanzaba tambaleante hacia Jerry, el huevo se cascó.
Se partió limpiamente en dos mitades, dejando al descubierto una pequeña maquinaria. Cuatro diminutos maniquíes saltaron fuera y entraron en acción. En un segundo, mediante pequeñísimos soldadores, habían convertido la cáscara en una doble cúpula; del interior surgía un ruido de martillos.
–¡Van a construir otra fábrica aquí mismo, esos desfachatados! –exclamó Roberta.
Intentó aplastar las cúpulas con la tetera, pero ni siquiera logró mellarlas. De inmediato, un leve tintineo invadió la habitación.
–¡Cielos! –exclamó Jerry–. ¡Están telegrafiando para pedir ayuda! ¡Debemos salir en seguida de aquí!
Salieron con Robin, que temblaba de cólera.
Y el Nuevo Papá Noel los atrapó a todos en la escalera.