INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta barrio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta barrio. Mostrar todas las entradas

Delfina - Claude Seignolle (Parte 1)

Vagaba sin rumbo por la rue Saint-Martin. Debían de ser las tres de la madrugada y ya se vislumbraban las primeras luces del alba. El agresivo calor de julio atormentaba a París. No sentía el más mínimo deseo de dormir, y, por una vez, la noche parecía ofrecérseme tal como yo la deseaba. 

Tenía dieciocho años y mi juventud exigía de mí vivir la vida intensamente. Mi meta no era llegar al límite de mis fuerzas, sino simplemente errar en busca de aventuras.

¿Adónde me dirigía? Nunca lo supe, pero yo iba..., y, al mismo tiempo que disipaba mis temores, este acto me permitía descubrir los ritos de la noche en la que yo penetraba con fervor, como si fuera una religión secreta defendida por un laberinto de preciosos extravíos. 

Desprovisto de misterio, así lo buscaba yo, igual que un pobre expone su indigencia a la generosidad del azar. E incluso hoy, cada vez que lo evoco, el recuerdo de aquella noche me desgarra como si ella siguiera viviendo en mí, celosa hasta el extremo de querer torturarme cada vez que intento decir lo que yo sé de ella...

Estaba atento, con el corazón y el aliento a disposición de lo inesperado, cuando sentí la presencia muy neta de algo. Un ruido cercano atrajo inmediatamente mi atención. Entonces apareció una adolescente que luego se alejó por la rue Saint-Martin. La seguí a distancia. Rozaba tan fielmente las fachadas desiguales de las casas que por un momento supuse que se trataba de una ciega que se paseaba sin tropezar en aquella noche, clara para ella, pero mucho más confusa para un vidente. 

Pero ciertos movimientos demasiado precisos me desengañaron muy pronto. Aligeraba el paso cuando los muros ventrudos la empujaban a la fuerza hacia la calzada, caminaba más lentamente frente a los recovecos que parecían retenerla por unos instantes.

Una vez que llegó a la altura de la rue Saint-Merri, se detuvo, y con la espalda apoyada en una puerta cerrada, permaneció en actitud expectante. Luego, levantándose sobre las puntas de los pies, pareció que trataba de buscar un obstáculo invisible... Y al ver perfilarse su fina silueta, me sedujo en un instante.

No habiendo descubierto ninguno de los peligros que parecía temer, reemprendió la marcha, empleando las mismas e inútiles precauciones, ya que nosotros dos éramos los únicos noctámbulos en aquella calle desierta. 

De este modo continuó, interrumpiendo muchas veces su meticulosa marcha antes y después de cruzar esas callejuelas medievales que inundaban el barrio de Saint-Merri, que aún se mantenía intacto. 

Hoy día, demolido por completo, ya no es más que un cráter abierto, bordeado por unos inmuebles que, acostumbrados a una asfixia secular, se ahogan ante tanto espacio.

La joven paseante se detenía, miraba ansiosamente a su alrededor, y siempre mi imaginación se esforzaba vanamente en llenar el vacío de la calle con terribles pero imposibles amenazas. En aquel claroscuro, la semioscuridad velaba a la desconocida sin poder ocultármela a la vista. Sus formas eran esbeltas, pero no delgadas. 

Cada vez que pasaba ante una luz, su sombra renacía, se deslizaba alrededor de ella, y en el solo tiempo necesario para que yo pudiera experimentar un breve placer, sus caderas se ensanchaban al proyectarse su sombra en el suelo. Y estos múltiples detalles, bien patentes o vaporosos, reales o imaginarios, que a menudo no se suele volver a encontrar ante una circunstancia idéntica, lo mismo que la suavidad de su armonioso caminar, me acariciaban y ayudaban a afianzar más aún mi encantamiento.

Sus cabellos estaban recogidos sobre su nuca en un pesado y abundante moño. De lejos, no pude reprimir el impulso de soltarlos, y mis dedos se entregaron a ágiles intentos de trenzarlos en el vacío. Su larga falda oscura se hallaba cubierta con un delantal de color claro cuyas cintas se cruzaban sobre sus hombros, descendiendo luego hasta la cintura, que apretaban con un ligero abrazo. 

La joven tenía ese aspecto anticuado que tienen algunas criadas pueblerinas, alejadas entonces del alcance de la moda. Pero esto no afectaba en nada el atractivo que yo encontraba en ella. Al observar todos estos detalles, al sentir en mí la influencia de sus encantos, gacela a la que nada aparentemente acosaba, el placer del cazador surgió en mí: cogerla viva. En ningún momento llegué a valorar la posibilidad de que solo fuera un anzuelo tendido por el hampa nocturna, a la que mi excesiva curiosidad había acabado por irritar.

Al imaginar de pronto que yo podía estar siguiendo a una ardiente muchacha que acababa de despedirse de su enamorado, un deseo malvado me estremeció: ver surgir al padre autoritario que, temiendo por su hija los efectos de una noche embriagadora, la castigaría y la apartaría para siempre de un rival del que, ya entonces, sentía yo celos. 

Así ocurre: los amores milagrosos de la adolescencia crecen muy rápidamente; de inmediato echan raíces, tronco y follaje... Pero las lianas y los parásitos se apoderan del mismo modo de ellos.

Cuando hubo cruzado la rue des Lombards, a aquella hora desierta, privada de la habitual concurrencia de prostitutas que se ofrecen y de hombres que van por ellas, prosiguió decididamente su camino y se dirigió a aquella parte más aireada de la rue Saint-Martin, ensanchada hasta el Sena a finales del pasado siglo. 

Una vez allí, su conducta se hizo aún más incomprensible para mí. Así como había procurado, hasta entonces, ocultarse y desconfiar de todo, en aquel lugar se exponía deliberadamente a todos los riesgos posibles. Caminaba a la vista de todos, fuera de la acera, a muchos metros de las fachadas y, llegada a la rue de Rivoli, no se detuvo ni siquiera un solo instante, la atravesó lentamente, despreocupándose del peligro real de ser atropellada por un vehículo. Al llegar a la avenida Victoria, disminuyó aún más su paso. Luego, bruscamente, se echó a correr, atravesó el quai de Gesvres y entró en el pont Notre-Dame rozando el parapeto.

Inmediatamente imaginé un acto de desesperación, una zambullida fatal. Corrí rápido hacia ella con el fin de sujetarla antes de que fuese demasiado tarde. Pero al llegar a la mitad del puente se detuvo en seco, y en aquella posición miró fijamente hacia el pont au Change. 

Estuve a punto de chocar con ella. La joven se volvió rápidamente hacia mí, pero no se atrevió a mirarme. En ese momento me sentí descorazonado como aquel cazador seguro de sí mismo –según la fantasía que yo había elaborado–, y que se encuentra, por su torpeza, descubierto y, a su vez, convertido en la pieza de caza. Embarazoso, confuso, solo pude pronunciar palabras tontas.

Alzando su rostro, la joven me mostró su dulce mirada, y el maravilloso efecto que me produjo me impidió seguir hablando. ¡Sus ojos! ¡Oh, sus ojos!... No me castigó con ninguna malicia irónica. Me miró solamente y, al mismo tiempo que me causaba una profunda y silenciosa sorpresa, dejó generosamente que mi admiración se reflejase en su límpida mirada.

Iba a disculparme y a iniciar una conversación que deseaba con mayor intensidad que nunca, pero la joven no me dio tiempo para hacerlo. Colocando de repente las manos sobre sus orejas, tuvo un sobresalto. Sus ojos se ensombrecieron y reflejaron un violento terror...

A pesar de mi asombro, me volví e hice frente a ese peligro que la desconocida acababa de descubrir. Pero no alcancé a ver ni a entender nada. Contenidas por el quai de Gesvres, las fauces de la rue Saint-Martin, reptil roto e incrustado en la carne apergaminada de la ciudad vieja, permanecían abiertas apaciblemente en aquella noche diluida por el alba.

Miré de nuevo a la desconocida. Ahora aplicaba sus manos a la boca como para modular un grito, pero ya no reflejaba terror en su mirada... y creí leer en ella su agradecimiento como si, durante algún momento, yo la hubiese protegido. Entonces se estableció entre nosotros una extraña y vertiginosa comunión. 

Sonriéndole, volví a contemplarla, empujado por una necesidad tan intensa de ella, que se vio obligada a bajar la cabeza, sin duda para ocultar esa gran timidez que sienten las jóvenes cuando, creyéndose incapaces de lograr nunca emocionar a un muchacho, manifiestan un exagerado pudor cuando se les presenta la prueba súbita de lo contrario.

Empecé a observarla con esa euforia que se siente al obtener un éxito inesperado. Los pómulos, anchos, daban la impresión de que su boca y su mentón fueran más estrechos. Largas pestañas orlaban sus ojos, animados de una intensa transparencia. Sus cabellos, recogidos en aquel moño ya familiar, se escapaban en dispersos mechones rebeldes, uno de los cuales se deslizaba a lo largo de su mejilla, haciéndome tentar aquel gesto que yo no osaba... 

La luz difusa hacía parecer su piel de color ocre, pero, yo no sé por qué, bajo aquella máscara ardiente y artificial, me la imaginaba pálida y fresca como debe de serlo el alma de la noche. La joven era más fascinante que perfecta; más extraña y misteriosa que bella.

Huyendo de la atracción de su mirada, hábil trampa que me tentaba sin cesar, aprecié más atentamente la finura de su nariz casi infantil y la gracia de su cuello, pivote palpitante de aquel rostro en flor. Le calculé la edad de la primera florescencia, aquellos dieciséis años que mis dieciocho tomaron inmediatamente bajo su protección, sin duda porque la sonrisa parecía ser un don que le había sido negado por la vida.

A pesar de su profunda tristeza, sus rasgos me colmaron con un sordo placer. Pero su vestimenta, debo confesarlo, me desconcertó. ¿Cómo era posible que a la edad en que las jovencitas se creen princesas, esta podía acordar sus gustos con unas ropas tan anticuadas? Aquella falda y aquel delantal, severos ambos, de tosco algodón oscuro, que, ajustados a su cintura, acentuaban la delgadez de su talle, pero ocultaban rodillas y pantorrillas como en una misión formal de decencia. Sus pies estaban descalzos.

Consternado, comprobé hasta qué extremo sus ropas estaban ajadas, pero esto no me hizo alejarme de ella. Al contrario, me acerqué y, ocultando mi asombro, le pregunté qué era lo que la había asustado.

No pareció entenderme y me miró con intensidad. Su cabeza se inclinaba ligeramente a un lado, igual que esos gatos que, no pudiendo comprender nuestros propósitos, esperan otra cosa mucho más tangible que las meras palabras. Tendí mi mano hacia la suya. Ella me la negó. Luego, para hacerme comprender que no debía tocarla, dio unos pasos hacia atrás.

¿Por qué hizo aquel movimiento? ¿Por qué motivos no me respondía? Desilusionado, bajando el tono de mi voz que entristecí a propósito, le pregunté si le desagradaba mi compañía, sabiendo bien que mintiendo diría que sí.

Fue entonces cuando, al estudiar los movimientos precisos de sus labios y el fulgor reavivado de su mirada, comprendí que era muda..., que no era yo el que le había dicho lo que sentía, sino ella, quien, desde el primer momento de nuestro encuentro, me había acogido inmediatamente en el fondo de su corazón, quien me había dirigido luminosas palabras con sus ardientes ojos, pero que yo no había visto en todo ello más que los centelleantes y únicos reflejos de mi propio deseo de ella. Al comprender todo esto, no quise que interpretase mi segunda confusión como compasión por ella. 

Me volví, y a pesar de mi firme deseo de quedarme, me alejé, mal aconsejado por mi inexperta adolescencia en actitudes compasivas. Pero de no haber sido por no querer herirla, la hubiera cogido en mis brazos y, abrazándola con todas mis fuerzas, le habría dicho: «Ahora que nos hemos conocido, seré yo quien hable por ti...». ¡Me marché involuntariamente!

Inmediatamente vino ella a mi lado, caminando junto a mí, y una borrasca de alegría hizo vacilar el ritmo de mi corazón.

Pero no me atrevía a tocarla.

Cuando nos disponíamos a atravesar el quai de Gesvres, se acercó más a mí. Vi que temblaba, como si se hubiese apoderado de su cuerpo una fiebre repentina. Dándome cuenta de que su inexplicable miedo volvía a apoderarse de ella, empecé a hacer gestos de aspecto belicoso con el fin de demostrarle que estando presente nadie se atrevería a asustarla. 

La joven se calmó, y al observar en su mirada una imperceptible señal de agradecimiento, entendí con cuánta facilidad sabía ya comprenderla. Le respondí a su modo, con una suave caída de párpados. De esta forma intercambiamos un nuevo acuerdo.

Sin embargo, apenas llegamos a la parte estrecha de la rue Saint-Martin, la joven volvió otra vez a pegarse a las fachadas mientras caminaba, y deteniéndose en los mismos lugares que antes, demostró aquellos temores que su mirada se esforzaba en hacerme compartir. Luego, pensando que había llegado el momento favorable, reemprendió de prisa la marcha invitándome a seguirla con un gesto imperativo. Y cuando no podía yo caminar tan de prisa, me daba cuenta de cómo mi despreocupación le producía una brutal consternación.

Nos cruzamos con un noctámbulo que no se fijó ni siquiera en mi compañera. Pero, sin embargo, se dedicó a observarme con un invisible estupor. No le di ninguna importancia a este encuentro. Pese a que, más adelante, en ciertos momentos en que mi espíritu se hallaba perplejo, aquel encuentro me venía a la mente como un testimonio que quería imponerse por sí mismo.

Cuando llegamos a la rue Maubée, la desconocida se detuvo, y con una simple inclinación de cabeza, me indicó que había llegado a su destino y que debíamos separarnos.

Profundamente apenado, pensando que jamás volvería a verla, sentí una especie de escalofrío en mis hombros. Fue como si, habiéndome cubierto con el suave armiño del amor, ella me lo quitase de repente, dejándome totalmente desnudo, sin tener siquiera el consuelo de conocer su nombre. Pero uno de los muros cercanos, mejor iluminado, me sugirió el medio de descubrirlo. Recogiendo una piedra puntiaguda del suelo, escribí el mío en el yeso poroso y sucio...

Ella lo leyó..., me miró profundamente..., dudó; luego, recogiendo también una piedra, grabó el suyo haciendo un esfuerzo, escribiendo torpes letras de colegiala, generosas en curvas temblorosas. Yo las descifraba a medida que iba escribiéndolas como embrujado por el hilo de un viejo encaje, destinado a unirnos definitivamente el uno al otro.

Y después de una breve pero expresiva mirada que me reveló su alegría, la joven me abandonó sin el menor ruido.

Permanecí mucho tiempo en aquel sitio, sin moverme, como si ella acabara de llevarse mi vida.

El alba acabó por diluir la noche.

Al llegar a casa, me puse a analizar la historia de mi amor, y, queriendo conservar hasta el más mínimo detalle del mismo, decidí encerrarme en mi habitación. Con el fin de aislarme de la existencia banal de cada día, extendí los visillos, cerré las ventanas y corrí las cortinas con esa prisa que suele emplearse cuando se quiere impedir la huida de algo muy valioso.

Cuando hube reconquistado un trozo puro de aquella noche generosa que me había hecho saborear el más vivificante de los alimentos que pueda exigir un alma juvenil carente de ternura, me eché completamente vestido en mi cama, y, cogiendo mi almohada, la apreté con fuerza. Luego la abracé con dulzura, como si ella fuese realmente mi conquista finalmente complaciente... 

El calor de mis labios ávidos comunicándose a la tela hizo que insensiblemente yo sintiera la ilusión de una verdadera y palpitante presencia. Pronto estuve riéndome a carcajadas con Delfina. Y su risa, que incluso de haber estado ella presente no habría conseguido hacer vibrar, la inventé y la recibí como si fuera realmente la suya.

Así me la imaginé, amorosa tal como yo la anhelaba. Acunado por su amor fluyente y refluyente, me quedé dormido bajo sus besos. Aquel sueño me resultaba imprescindible como a un niño mimado...

Al despertarme al día siguiente, me encontré dominado por una inquietud hostil. Después de haberme embriagado, el amor se había convertido en veneno. La imagen de Delfina se impulsó súbitamente exagerada en su dolorosa realidad. Solo entonces comprendí cuán triste estaba ella. 

Me la imaginé cuando caminaba –su «fuga», pensé yo entonces–, obligada a rozar las paredes con el fin de no ser descubierta por aquel «algo» que la amenazaba. Recordé sus numerosas paradas, sus prolongados momentos de inquieto acecho y traté de explicarme aquel espanto que ella había sentido cuando se hallaba sobre el puente.

¡Delfina perseguida, acosada!... Delfina, princesa metamorfoseada en moza rústica, a la cual yo otorgaba al mismo tiempo pobreza y belleza hasta lo imposible... ¡Delfina desgraciada! ¡Y pensar que yo, por experimentar celos injustificados, le había atribuido un padre abusivo!... De repente la imaginé con padres brutales, abofeteándola por su primera sonrisa, aquella que ella me dedicaba y que acababa torpemente de dejar escapar, pecado visible de su nuevo gozo.

Entonces me levanté, y maldiciéndome por no haberla alejado de un martirio seguro, juré defenderla.

Había que salvar a Delfina... ¿Podía existir una misión más anhelada para mí?

Regresé inmediatamente al lugar donde nos habíamos despedido y apenas divisé a lo lejos la entrada de aquella calle angosta, asfixiada entre los flancos descalabrados de sus edificios desigualmente panzudos, sentí una sorda opresión... Contaminada por un barrio gangrenado, aquella calle debía, con su descalabro, herir el orgullo de la Villa de París. 

Asimismo temí que, al juzgarla como una calle vergonzosa, la destruyeran ante mis ojos y a Delfina con ella. Desconcertante premonición que en este instante recuerdo, una más entre otras, justas o falsas, que yo debía sentir a continuación en aquel lento desgarramiento de mi propia persona.

Penetré en aquella callejuela con tanta necesidad de provocar el milagro anhelado que murmuré una larga y fervorosa oración compuesta únicamente con el nombre de Delfina. Y esta humilde petición levantó una invisible pero ardiente hilera de cirios tan luminosos como las secretas pero radiantes palabras que ella había pronunciado.

Mi presentimiento tenía motivos para ser verdadero. Como con tantas otras callejuelas viejas de aquel barrio, un mandamiento judicial de destrucción había sido promulgado. Desprovista de sus habitantes, la sorprendí en ropas mortuorias. Con el bastón de mando en la mano, los verdugos debían llegar de un momento a otro para destruirla, ladrillo por ladrillo.

Ante este pensamiento, ello fue como si me arrancaran a Delfina, única víctima posible, y fuesen a mortificarla, esta vez en público, permaneciendo yo allí impotente. Corrí inmediatamente hacia el edificio adonde ella se había dirigido al separarse de mí. Encontré un pasillo sombrío. Un olor ácido de suciedad me sofocó, y su tufo de muerte en potencia me forzó a acelerar mi búsqueda. 

Recorrí todos los pisos. Empujé obedientes puertas que, sin pudor, exponían a mi vista miserables habitaciones desnudas: cubiles de muros roídos dejando ver con complacencia sus llagas íntimas, como hacen algunos leprosos resignados. Y mi espíritu, alejándose de mi cuerpo, visitaba los lugares más herméticos a mis miradas. 

Todo mi ser se encontraba en desorden. Impulsado por ilusorias señales de vida que me atraían constantemente, yo obedecía, y, cada vez, mi decepción valoraba la amplitud de una pérdida irreparable. Solo quedaba la única realidad de aquellos lugares, los crujidos de los vidrios rotos y los trozos de yeso caídos al suelo.

Después de haber inspeccionado todos los rincones, subí al techo. Allí quedé deslumbrado por un sol agresivo cuya exuberancia no reconocí. Escruté en la sombra de las chimeneas con la ilusión de encontrar allí a Delfina, pequeño animalito amenazado, acurrucado en uno de estos últimos refugios. Pero ella no se había escondido allí..., ni nadie que me hubiera consolado hablándome simplemente de ella. Así, por primera vez, debía aceptar su pérdida.

Permanecí inmóvil, desesperado, cuando de pronto la voz de un hombre lanzó bruscamente su ironía en mi silencio.

«No hay nada interesante en este lugar –dijo, en tono burlón–, y aunque esta mugrienta casa sea de un bello estilo, ya no tiene ningún valor...»

Me di vuelta, sobresaltado.

El hombre que apercibí entonces reía sin que su risa esbozase sobre su rostro la menor muestra de alegría. Su risa era lisa y fría. Incluso el aspecto irrisorio de su busto rígido que surgía por una claraboya del techo, y parecía de una marioneta, no produjo ningún efecto en mí. Estaba yo muy lejos de sospechar el papel que iba a representar en mi vida. A menudo se es ciego delante de nuestros más importantes socios... 

Demostrando gran agilidad, el desconocido tomó pie sobre el tejado y me dio la impresión de sorprender a un personaje pintado demostrando una repentina infidelidad a su cuadro. Impresión que permanecía en el ambiente de este singular encuentro... Después de haberse quitado rápidamente el polvo de los codos y de las rodillas, se acercó a mí. 

Entonces mi atolondramiento, cobarde cómplice que me había impulsado a llegar hasta allí, en los bienes pertenecientes a otro, me abandonó. Volví a la realidad de las circunstancias y me dispuse a esperar una justa reprimenda. Pero, en contra de lo que yo esperaba, el hombre me tendió una mano cordial, y cogiendo la mía, me sacó de un sonambulismo despierto. «Me llamo Baucaire», dijo presentándose a sí mismo, en un tono refinado, como si estuviera recibiéndome en un salón palaciego. Su seguridad en sí mismo vino a aumentar más aún mi confusión.

Era inexpresivo su rostro, profunda la mirada, sombría la vestimenta y negra su cabellera. Al contemplarlo, me vino a la mente la imagen de un rapaz enflaquecido por cuarenta años de avaricia insatisfecha. Sin embargo, a pesar de estas primeras impresiones que me aconsejaban desconfiar de él, presté generosidad y comprensión a este desconcertante personaje. Su desenvoltura me hizo pensar en que tenía que ser una persona influyente en aquellos lugares. La casa debía de ser suya y, quizá, toda la calle.

Angustiado por saber, le atribuí todos los poderes, empezando, desde luego, por aquel de decirme dónde podía encontrar a Delfina y quién era ella. Pero pronto perdió todo su prestigio al decirme su simple condición de contable en un almacén de textiles al por mayor en el barrio de Sentier, muy cercano de allí. No fui un incauto ante esta modestia forzada, dándome cuenta de que en realidad él se consideraba mucho más importante. Asimismo, la vulgaridad de su modo de hablar como también su facultad de seducción, me disgustaron.

Sacando varios planos de uno de sus bolsillos, me enseñó unos esbozos de proyectos arquitecturales hechos por él y destinados, según me dijo con suficiencia, a ilustrar el libro que estaba preparando sobre el Viejo París a punto de demoler. Me descubrió la riqueza de otras viejas calles, las del Marais, por ejemplo. Luego, pasando del entusiasmo al desprecio, me habló de la miseria de aquella en la que nos encontrábamos y que era mi amiga. 

Glorificó los dorados de las demás, que me eran indiferentes, y denigraba el tugurio bastardo de esta que yo amaba. Mientras escuchaba sus razonamientos, yo despreciaba, a mi vez, todas las demás calles y ennoblecía esta, lamentando que Delfina no pudiera aparecer de repente, para desmentir siquiera sobre un punto a este falso entendido. 

Pero me abstuve de brindarle ayuda, dado el partido que tomaba aquel hombre en contra de «nuestra» calle, lo que me hacía temer que de igual modo juzgaría mi conquista, despojándomela de todo valor.

Cuando nos despedimos, me entregó su tarjeta personal. Me invitó a ir a visitarle a su casa. Tenía mucho interés en ofrecerme una de sus obras, sobre las que había hablado mucho. A decir verdad, me encontraba simpático y quizá inteligente, sin duda porque mi silencio le había permitido presumir de persona erudita.

Al bajar las escaleras, no pensaba en lo extraño de nuestro encuentro. Incluso bien pronto olvidé al señor Baucaire. Ya en la calle, me sentí de nuevo enteramente poseído por Delfina, y, acordándome de nuestro pacto de alianza muda, me dirigí hacia la fachada de la casa que fue testigo de la misma. Pero una vez allí, justo en el lugar donde escribimos nuestros nombres, un obrero acababa de hacer un boquete a grandes golpes de pico para colocar el sujetador de un andamio... Nuestros dos nombres no eran ya más que yeso cubierto de polvo.

Aquella misma tarde, mucho antes de que la noche se desplegase en el cielo, esperaba yo a Delfina sentado detrás de los cristales del café que se hallaba enfrente de su calle. Observaba con tanta atención que los ángulos agudos de los dos inmuebles de entrada se grabaron en mis ojos. 

Se superponían estos en el cristal de mi vaso cuando al dirigir mi mirada allí lo cogía para beber sin sed un pequeño sorbo de bebida que iba reduciendo cada vez más como si mi agotamiento total debiese significar mi marcha y el final de mis esperanzas.

A medianoche, el dueño del café me echó. Luego apagó las luces de su establecimiento, privando a la calle de aquella iluminación que llegaba hasta la acera de enfrente. La oscuridad se hizo más patente. El silencio se espesaba al fin. Mi corazón comenzó a latir rápidamente y ya no tuve el suficiente sosiego como para moderar mi impaciencia. De pronto me di cuenta de que el tiempo corría demasiado rápidamente. Entonces temí que el alba, al acercarse y borrar la noche, borrase también a Delfina.

La primera hora la pasé acurrucado en el portal de una puerta, preso de un atroz desaliento. La segunda, Dios escuchó mis súplicas. Mucho antes de la tercera, el diablo hubiera podido, sin necesidad de insistir, cambiar mi alma por un encuentro con Delfina, por un solo encuentro, por muy breve que hubiera sido.

Finalmente, un pajarillo valiente le silbó a la noche agonizante. Mis párpados me pesaban, marcando un insoportable segundo de angustia. Y ella salió de la callejuela muerta... Delfina había venido, y todo en mí se tranquilizó. Era como si yo no hubiera jamás padecido durante aquella angustiosa espera. Unas lágrimas, miel de mi alegría, brotaron inmediatamente de mis ojos y perfumaron mis mejillas. Delfina había aparecido y los milagros empezaban a florecer.

Pero pronto una viva decepción arañó mi corazón: Delfina no se detuvo para buscar mi presencia con la misma avidez que yo lo hiciera. Reemprendió su mismo caminar ansioso, mostrándose solamente fiel a la rue Saint-Martin.

Tan desgraciado como un animal azotado de esperanzas rechazadas, la seguí a distancia, y comprendí de qué forma sufren las bestias hambrientas de aquella ternura que les es rechazada porque se supone que no serán capaces de paladear su sabor. 

Cuando recuperé mi valor, la alcancé y me puse enfrente de ella. Sorprendida, Delfina se paró llevándose las manos a la garganta. Luego, con un gesto rápido, me ordenó esconderme con ella en el portal de la iglesia de Saint-Merri, delante de la cual nos encontrábamos.

¿Qué podía favorecerme más? Puesto que el juego del amor y el de Delfina así lo querían, me refugié allí, muy junto a ella, demostrándole un perfecto estremecimiento de temor. Y, como me contemplaba tan tiernamente como yo a ella, desgrané suavemente las tres sílabas de su nombre: Del-fi-na. Lo hice con tanto cariño que leyó en mis labios tres otros sones mucho más radiantes. Dije Del-fi-na, y, dichosa pero sin la menor sonrisa, me mostró que entendía Te-quie-ro...

Jamás tuve que bendecir con tanto entusiasmo la característica de un nombre que podía interpretarse con tan bello significado. Luego quise preguntarle sobre estos extremos que tanto me inquietaban el corazón. Desgraciadamente, bien pronto comprendí que había sobrevalorado mi nueva ciencia. 

Mis gestos la despistaban y mis señales hacia la calzada despertaban cada vez el terror en su mirada. Para calmarla y que pudiese superar aquellos temores imaginarios, traté, creyéndome hábil juglar, de dar a mis tres únicas sílabas mucho más sentido del que podían demostrar, lamentando que Delfina no pudiera comprender otras palabras mucho más maravillosas... Volvía sin cesar a los tres sones mágicos, tratando a veces de darles el sentido de por-siem-pre, y ello diciéndole simplemente: Del-fi-na. 

Entonces, al ver brillar su mirada al pronunciar yo esta palabra, me sentí un experto artesano tallando con la herramienta más rudimentaria, faceta por faceta, un diamante en bruto. De esta forma conseguí poco a poco hacer irradiar su sol interior. Y aquella noche, me ingenié de modo que, dándole el placer de mi compañía, Delfina no se marchase lejos.

El alba estuvo a punto de sorprendernos. Apercibiéndola de repente, Delfina se puso muy nerviosa y partió tan rápidamente que a duras penas pude alcanzarla. Solo se volvió cuando estuvo a punto de desaparecer en su calle, enviándome un beso del fondo de su corazón, el primero, que yo recibí gozosamente en los labios... 

El haber conseguido por fin una prenda de amor suya me contuvo, pues de lo contrario, a riesgo de traicionar la confianza que se debe al amor, la habría seguido mucho más lejos en su secreto.

Por la tarde, me dirigí a la rue Maubée con el fin de no impacientarme. Erré en su agrio día pensando en la noche futura, aún tan lejana, esforzándome en sorprender una traición de la presencia de Delfina. Pero todo seguía apagado y muerto. Una vez más la busqué y una vez más encontré al señor Baucaire. Apenas me vio, me mostró sus dibujos: «¿Nada valioso, verdad?», me gritó al verme.

Su frase me hirió, pero me mostré amable con él, ya que, al dignarse eliminar los enjutos restos de aquella calle, él le reconocía tácitamente cierto valor. Entonces me fijé en su sobria elegancia que la víspera, en el tejado, me pasó inadvertida, dejándome seducir, lo que sin embargo me había prometido a mí mismo no aceptar jamás.

Al verme tan feliz, me dirigió un cordial saludo, deseando conocer la razón de tanta felicidad por mi parte. El hecho de que quisiera escucharme precisamente en un momento en que yo sentía la necesidad de confiarme a alguien, hizo que me resultara agradable. De modo que, no ocultando por más tiempo mi dicha, le confesé con ardor la existencia de Delfina y mi amor por ella. 

Le hablé de Delfina y de sus motitas rojizas que revoloteaban en sus ojos azules. Le hablé también de su invisible sonrisa, solamente comparable a los reflejos del oro y las piedras preciosas que adornan el interior inaccesible de los mausoleos inviolables. Seguí hablándole de ella, y, a medida que le contaba tantas cosas, la mirada del señor Baucaire se hacía cómplice. 

Quizá Delfina no fuese una desconocida para él, y si él me dejaba hablar de ella sin interrumpirme, era solamente por enterarse de lo que ignoraba de la misma. Yo no sé hasta qué punto los adultos pueden envidiar la suerte de la juventud y sus fáciles conquistas.

Confuso, empecé por calmar la intensidad de mi admiración. Luego disminuí ciertos rasgos que anteriormente había coloreado en demasía. Finalmente, oculté a Delfina tras un velo de banalidades y la encerré en un cofre hermético a la avidez del señor Baucaire. 

A bocajarro le pregunté súbitamente si la conocía. Mi pregunta le hizo casi sobresaltarse. «¿Conocerla yo? –dijo secamente–. En absoluto.» Y girando rápidamente sobre sus talones, el señor Baucaire se marchó inmediatamente.

Extrañado al principio por el tono de su respuesta, no tardé mucho tiempo en comprender que el señor Baucaire mentía. Sin duda alguna él conocía a Delfina, aquella linda muchacha que en vano buscaba yo de día. Traté de darle alcance, pero había desaparecido.

El hecho de que Baucaire compartiese conmigo el conocimiento de Delfina no me hacía menos preciosa a esta última, pero el que me la hubiese hecho describir hasta aquel extremo, forzándome a un acto deshonesto hacia una muda confianza, me agobió. Todo lo que yo le había dicho era la verdad, pero eso pertenecía a ella y a mí únicamente. 

Me sentía culpable como si, habiéndome convertido en su amante, hubiese entregado, con complacencia, al primer extraño hasta sus más íntimas quejas amorosas... La adolescencia es así, dotada de una pureza que amenaza incesantemente las fiebres adultas. 

Sin embargo, yo no sentía ninguno de los tormentos de los celos. Para experimentar ese sentimiento me hacía falta una prueba de la que, por lo demás, no vislumbraba ni su posibilidad: el señor Baucaire seduciendo a Delfina... Hacía falta tener mucha sensibilidad para conseguirlo, y él no la tenía... Amar el silencio, cosa que él detestaba.

Un viento tenaz de amor barriendo mi cielo era suficiente para eliminar la menor nube, y si persistía, yo la ignoraba hasta el punto de no verla. Así pensaba yo de Baucaire, y, de nuevo, mi alegría inundó los grandes espacios azules. 

Entonces, para que Delfina no pudiera escapárseme, decidí marcarla con un signo visible de posesión: un ligero vestido de color rojo ardiente que podría verse desde cualquier lugar del mundo; una bata de seda púrpura que, aferrándose inmediatamente a mi mirada, me arrastraría detrás de ella con la facilidad de una ágil llama.

Los escaparates me llamaban. No tenía más remedio que hacerles caso, ya que debía tener el honor de vestir a Delfina. Solo mi juventud, tan valiente en sus deseos, se mostró torpe y bien tímida cuando al encontrar el rojo más bello capaz de atravesar la más espesa de las noches, doblé el difícil cabo representado por la puerta de la tienda de ropas femeninas. 

Me pareció que iba a inmiscuirme en un juego de muchachas estrictamente prohibido a los jóvenes, y que, hiriendo mi orgullo, iban a rogarme que saliera inmediatamente después de haberme arrancado la promesa de no volver a entrar en la tienda. Sin embargo, y por el contrario, acogieron mi visita y mi deseo sin mostrar la menor sorpresa. Yo no sabía aún que, sin el hombre, aquel juego no tendría ninguna razón de ser.

Señalé al vestido que deseaba, de corte perfecto, escotado y corto, exactamente lo que necesitaba. Me lo trajeron y esta fácil conquista me inundó de un placer hasta aquel momento desconocido para mí. No me atreví a tocar inmediatamente la tela. Fue necesario que la vendedora me invitase a ello. Entonces lo hice con tanto pudor como dulzura. Al primer contacto con la tela, me estremecí como si hubiese tocado a Delfina en su carne...

Debo decir con cuánta prisa entré en mi casa y cerré con llave la puerta de mi habitación, como si se tratase de un rapto. ¡Delfina estaba en mis manos! Con temblores de fervor, desplegué la ropa de ardiente fuego a la mirada, tan dulce al tacto, y la extendí sobre mi cama como si fuera un cuerpo ágil y complaciente. Acaricié el vestido y me estremecí. 

Mis manos redujeron su talle al de un esbelto manojo de rosas, desprovisto de espinas. Caí de rodillas ante la forma de Delfina, al fin dócil, y abracé hasta saciarme aquella piel de seda. Le murmuré una oración reservada a nosotros dos: la elegía de todo lo que tenía que decirle y que jamás lograría hacerle escuchar. Luego, me acosté junto a ella.

Aquella noche, frente a su calle, la impaciencia por ofrecerle el vestido rojo que yo calentaba contra mi pecho hizo aún más angustiosa mi espera. Sin embargo, de haber permanecido tranquilo, habría podido al fin preguntarme con lucidez sobre la anormal y breve vida nocturna de Delfina. Pero hoy día reconozco que el amor, si no nos ahorra las más ínfimas confusiones, se abstiene algunas veces de sugerirnos las peores. 

Apoyado en el muro donde habíamos escrito nuestros nombres en juramento de fidelidad, no pensé siquiera en su desaparición. Ahora sabía que estaban grabados en nuestros corazones, allí donde ningún pico podría destruirlos, a menos que nos destruyesen a nosotros mismos.

Finalmente, de modo confuso, la calle muerta, fuente de silencio, me atrajo por ese violento silencio que yo conocía bien puesto que era el de Delfina. Avancé, inmediatamente cogido, absorbido por la felicidad que, de repente, surgió de la penumbra.

Delfina me vio en el acto, pero, al verme tan cerca, hizo un pequeño retroceso. Temiendo que se marchara, contuve el impulso que me lanzaba hacia ella. Entonces, penetrando con su mirada dentro de mí mismo, sus ojos me calmaron, y cien años habrían podido pasar junto a mí sin que yo los sintiera, para a continuación resurgir de entre ellos, muertos, mis dieciocho años perfumados por la admiración que sentía hacia Delfina, mi sortilegio.

No tuve tiempo de entregarle mi regalo. Recobrando su temor, segura de mi fidelidad, Delfina me condujo detrás de ella, en su extraño caminar, y, según su costumbre ya tan familiar para mí, hizo una primera parada a algunos metros de la rue Maubée. 

Una vez más traté de adivinar cuál era la amenaza que ella temía, y, no pudiendo distinguir nada, como siempre, decidí liberarla de aquel espanto. Pero, adivinando mis pensamientos, Delfina se volvió y, poniendo un dedo en sus labios, me previno de hacerlo. 

Esta vez, no teniendo en cuenta sus temores, fui decididamente hasta el centro de la calzada y atravesé sin inconvenientes el invisible peligro. Una vez hecho esto sin la menor ironía, me incliné hacia ella ofreciéndole esta fácil victoria sobre un adversario tan temible.


CONTINUARÁ...
 

La inquilina - Avram Davidson

Balto, el propietario del barrio, un hombrecito de na­riz larga y peluda con traje gris, contrató a Edgel. Bueno, no de manera fija, pero de vez en cuando Balto le en­cargaba algún trabajo.

Edgel era bastante alto, andaba un poco encorvado y por esto había conseguido una pensión por incapacidad física, que se gastaba en bebi­das que sólo podían sentarle mal. A menudo, cuando tenía el rostro abotargado y rubicundo a causa del licor ingerido, bajaba la vista y allí estaba Balto.

Persuasivamente, Balto le decía que ésa no era vida apropiada para él, que así no tenía futuro, y que debía buscar algo que hacer. Pero Edgel jamás necesitaba ser persuadido, ya que asentía a todo plenamente. Y así se iba a trabajar para Balto como agente cobrador en al­guno de los edificios de los que Balto sacaba grandes sumas de dinero. Y se imaginaba que era un ser respe­table. A menudo, claro, resultaba que en la casa a la que Balto le encargaba ir a cobrar, había un inquilino que, por un motivo u otro, había prometido a Balto sacarle las tripas si osaba presentarse de nuevo. Y tan pronto como cesaba esta amenaza, Balto despedía a Edgel, suspirando. A veces eran los agentes de sanidad y de la propiedad, quienes tenían ganas de atrapar a Balto, pero que se quedaban aturdidos al hallar sólo a Edgel, que era un irresponsable, y por ello no podía ser citado judicialmente. Y cuando no había peligro, Balto con un suspiro... Y así indefinidamente.

Edgel jamás aprendía la lección. Pero, según observaba Balto, nunca estaba peor que antes, ganaba algún dinero, y siempre le queda su pensión.

Una noche, cojeando por una sucia acera y pregun­tándose si debía aventurarse hasta un nuevo bar donde vendían una onza y cuarto de whisky por el precio de una onza, o si debía buscar a cierto taxista que había llegado a un acuerdo con una nueva mujer, Edgel bajó la vista y allí estaba Balto.

–No quiero engañarte, Edgel –le espetó aquél–. Tengo un trabajo para ti y sólo en ti puedo confiar.

Porque era cierto: Edgel era honrado. Sus cuentas a veces no estaban equilibradas, pero él mismo ponía la diferencia. Escrupulosamente.

–Además –continuó Balto ávidamente–, debo con­fesarte que el trabajo no es fijo. En realidad, cuanto mejor lo hagas, antes lo terminarás. Y hay dinero a ga­nar.

Nombró una cifra impresionante.

–¿Crees que me gustan estos negocios sucios? –aña­dió Balto–. Preferiría tener dinero limpio. Lo único que he pedido siempre es una oportunidad. Y ahora la tengo. Y deseo compartirla contigo.

En resumen, seis inquilinos comidos por las ratas de Balto estaban incluidos en un sector que iban a derri­bar a fin de edificar casas nuevas. Las autoridades ya habían condenado los viejos inmuebles en favor de los nuevos constructores. Y éstos ofrecían al contratista una prima para acelerar el desahucio, y el contratista había ofrecido parte de la prima a los propietarios (incluido Balto) para apremiar a los inquilinos, y Balto (gran corazón) anhelaba compartir la prima con Edgel y los inquilinos.

–Y –concluyó–, en realidad (te lo digo en confian­za, Edgel), estoy muy familiarizado con los tipos de esa nueva inmobiliaria. Nosotros, digo ellos, necesitarán personal de confianza, con experiencia y honestidad.

Quien sepa entender que entienda. Yo no digo nada más.

La larga y peluda nariz se proyectó hacia Edgel, de forma significativa.

Al día siguiente, Edgel se encontró con un tal Hallam, que tenía un lobanillo y que trabajaba para una firma de corredores de fincas, entregado a la tarea de buscar pisos para los inquilinos que los necesitaran.

–No saben apreciarlo –se quejó ante Edgel–. De­berían estar agradecidos por abandonar esos agujeros y no es así. Naturalmente –observó, mientras ambos caminaban con rapidez–, los pisos que les damos son también agujeros, pero ¡qué diablos!, al menos es un cambio de escenario.

Pasaron por delante de una tienda donde vendían restos de telas, tejidos tarados y otras cosas por el esti­lo, y un hombrecito moreno que estaba agazapado en el portal como un murciélago colgado del muro se desen­roscó y voló hacia ellos.

–Recuerde que ha de encontrarme un buen piso, ¿se acuerda, eh?

–Sí, sí, claro –le aseguró Hallam–. Claro que sí. Ya puede empezar a empaquetarlo todo. –Se volvió hacia Edgel–: Aceptará lo que le ofrezcamos o tendrá que buscar por su cuenta.

Luego empezaron a subir unas escaleras muy desgas­tadas. A mediodía se hallaban ya en la última casa de la lista de Edgel.

–Con este edificio –comentó Hallam– tenemos bue­na y mala suerte. Buena, porque los inquilinos del piso central aceptaron la prima y se trasladaron adonde les dijimos. Mala suerte por la mujer del piso alto. Ella es nuestro principal problema. Hay otros inquilinos que se niegan a marcharse; tendremos que echarles y esto puede acarrear conflictos. En cambio, esa mujer no ha dicho exactamente que no quiera trasladarse, pero no hace nada por irse. Ah, lo sentiré por todos ellos cuando se vean en la calle.

El pasillo de planta baja donde se habían detenido estaba a obscuras; era húmedo y fétido.

–Estas cosas le hacen sentirse a uno como un cri­minal, total porque temen trasladarse. Han olvidado incluso si en otros tiempos vivieron en otras casas. En realidad, esa señora es una persona agradable, sose­gada.

Algunos inquilinos no eran agradables ni sosegados y Edgel ya había comprendido por qué Balto estaba tan ansioso por repartir la prima.

–No haga caso si ese imbécil de abajo dice algo –le advirtió Hallam–. No es más que un idiota. No lo sien­to por él, puede apostar la vida.

El imbécil de abajo parecía, sonaba y olía como un viejo imbécil. Empezó a maldecir tan pronto como lla­maron; maldijo en inglés, lenguaje singularmente pobre en maldiciones obscenas, por lo que repitió su reperto­rio una y otra vez. Al fin calló. Les miró, con los dimi­nutos ojos bizcos y parpadeantes de su arruinado ros­tro.

–¿Van arriba? –preguntó, suave, tímidamente casi–. Les dejará entrar... si esta de humor... Cuando está de humor, siempre deja entrar a todo el mundo. Y cuando el viejo Larry dice «todo el mundo», sabe lo que signifi­ca. Todo el mundo.

Los peldaños crujieron y casi cedieron. En el piso alto había más luz gracias a la sucia ventana del pasillo. De alguna parte salía un ruido extraño. Hallam llamó. La mujer que contestó a la llamada no salió al pasillo, sino que se quedó en su vestíbulo detrás de la puerta semicerrada, atisbando. Edgel no pudo verla claramen­te, aunque le pareció que era una mujer de aspecto or­dinario.

–Señora Waldeck, éste es el señor Edgel, agente del administrador –silencio–. ¿Está ya lista para el traslado? Si lo hace antes del final del mes próximo, nos­otros podremos ofrecerle un piso...

–No quiero otro piso –declaró ella con voz cortan­te, aunque algo temerosa y débil.

–...Y le concederemos una indemnización. ¿Qué can­tidad, Edgel?

–Tal vez... cien dólares.

–No quiero ninguna indemnización. Ni quiero irme. Llevo viviendo aquí treinta y dos años, estoy enferma y no puedo trasladarme.

–Señora Waldeck, todo esto son tonterías –exclamó Edgel bruscamente–. Podemos venir aquí con un poli­cía y un funcionario mañana mismo y echarla a la calle. Pero no queremos comportarnos de este modo –añadió con más suavidad–. Le buscaremos un piso en una plan­ta baja para que no tenga que molestarse subiendo es­caleras y le daremos la indemnización. Después, como ya sabe, derribaremos este edificio.

La mujer seguía meneando la cabeza.

–Tal vez no lleguen a derribar esta casa –murmuró lastimosamente–. Estoy dispuesta a pagar más alqui­ler. Dos dólares más, ¿eh? Díganles que pagaré más alquiler porque soy una mujer enferma y no puedo ha­cer el traslado, y así no querrán ya derribar esta casa. ¡Porque no puedo trasladarme!

Su voz se elevó a un alarido y dio un portazo. Al cabo de un minuto, los dos descendían por la escalera.

–Podríamos llevar a un individuo con una placa y un papel –sugirió Edgel–, como si fuesen de verdad y ella no notará la diferencia. ¡Una tonta que cree que pueden dejar de derribar una finca por dos dólares de más en el alquiler! Lo mejor será que la llevemos, a ella y sus cosas, a otro piso, y de este modo podremos cobrar la prima.

Hallam asintió, diciendo que tal vez fuese posible si tenían mucho cuidado en que el asunto pareciese real.

–¿No ha oído ese extraño ruido? –preguntó luego.

–¿Como un loro?

–A mí más bien me pareció una rana. –Tal vez críe ranas para alimentar a un loro. Los dos se echaron a reír, y se marcharon a tomar un bocado y una caña de cerveza.

 

Era de noche, bastante tarde, varias semanas des­pués, cuando iba andando cuidadosamente por una ace­ra a obscuras. Se iba aseguando a sí mismo que no... no estaba borracho. Sólo llevaba un poco de alcohol en el cuerpo. El aire le despejaría la cabeza. Pero el aire, en vez de afectar a su cabeza, afectó a sus riñones. 

Edgel se internó en las tinieblas de un callejón. El tap-tap de unos tacones femeninos sobre la agrietada acera le hizo hundirse aún más entre las sombras. Al mismo tiempo, aquel sonido despertó un par de ideas en su ofuscada mente. Unas ideas escabrosas, apremiantes, feas. ¿Qué clase de mujer... sí, qué clase de mujer podía estar merodeando de noche por aquellas callejuelas?

De pronto, ella se detuvo al borde del callejón, a la débil luz del farol. Giró la cara a un lado y a otro como presintiendo una presencia extraña. Llevaba un sombrero de plumas y el vestido, de falda corta, era de buena tela. Relució el carmín de sus labios. Sonrió y arqueó las cejas. Edgel dio un paso adelante. Entonces se aclaró su vista.

Edgel distinguió que el sombrero era una vieja ruina y que el vestido estaba arrugado y desastrado. La car­ne que un segundo antes le había parecido marfileña y apetecible, era sólo bultos de grasa, con surcos y ho­yos, y la piel era amarillenta, llena de arrugas. Llevaba los ojos pintados y los labios no eran más que una lí­nea manchada con carmín grasiento, aplicado con inex­periencia para dar el aspecto de una boca. Los ojos rodaban y parpadeaban, y los pintados labios hacían muecas que eran sólo el recuerdo de sonrisas perdidas en el pasado.

Edgel reconoció a la señora Waldeck. Y se encogió dentro de sus ropas.

Ella divisó a alguien. Con las manos se alisó el ves­tido. Sonrió bobamente. Se alejó con un pronunciado balanceo de caderas y el tap-tap de sus tacones. De pron­to, la quietud reinó en el callejón. Cuando Edgel salió del mismo no había nadie a la vista. Continuó andando y recordó las palabras del viejo Larry: «Cuando está de humor, deja entrar a todo el mundo... A todo el mundo.»

Uno a uno, los inquilinos se fueron trasladando. Ed­gel se detuvo a hablar con el hombrecillo de la tienda, cuya queja de que debían de haberle buscado un sitio mejor acabó por adoptar tonos violentos.

–Oiga –le interpeló Edgel–, ¿quién es esa señora Waldeck? ¿Qué clase de...?

Calló. El hombrecillo estaba gesticulando y su rostro había palidecido intensamente. Se llevó una mano a la bragueta. Hizo una V con dos dedos y miró a su tra­vés; luego levantó el pulgar y cerró los mismos dedos a su alrededor y escupió tres veces con gran vigor. 

Del interior de su ajada camisa sacó un cordón del que colgaban una cruz, un medallón, una diminuta mano de coral con la palma abierta y un cuerno de obsidiana negra. Lo besó todo con fervor y entre ruidosos jadeos. Luego miró a Edgel y acabó abatiendo sus cerúleos pár­pados sobre sus brillantes y medrosos ojos.

–No quiero hablar de ella –musitó–, Nunca hablo de ella. Me trajo las colchas que confeccionó y se las vendí a unos gitanos, nada más. No sé nada más. Por favor, nada más.

Y se escurrió hacia la madriguera de su tienda.

Edgel inició su vigilancia. Dentro de un piso vacío, al otro lado de la calle, arrastró un sillón a la ventana, junto con comida y unas botellas. La mujer tendría que salir por víveres más pronto o más tarde. Y, finalmente, a la hora azul del crepúsculo de la tarde del segundo día de su vigilancia, ella salió. Permaneció largo tiempo en los escalones del portal. Luego, se alejó lentamente. ¡Pero se alejó! Llevaba varias colchas y una cesta para la compra; de modo que estaría fuera bastante tiempo. ¿Cuánto? Bastante. 

Edgel cruzó la calle, entró en la  casa y subió la escalera de puntillas. Tenía que guardar  silencio, aunque ya no quedaba nadie en el edificio que pudiese oírle. (El viejo Larry había sucumbido al atrac­tivo de la prima, y decidió mudarse, con la boca asquerosa y el aliento fétido, a otro repugnante agujero.) Edgel se dijo, mientras hurgaba con las diversas llaves que llevaba a propósito, que tenía derecho a hacer lo que hacía, ya que era agente del propietario. (¡Y maldi­to fuese Balto por obligarle a realizar un trabajo tan sucio!) 

Ella, la inquilina, la ex inquilina en realidad, vivía en aquel piso por benevolencia, que no por dere­cho, ya que no querían cobrarle el alquiler. Y el día del desahucio se aproximaba. Pero su corazón latía con  fuerza, y sabía que lo que estaba haciendo era vil y mal­vado. La llave, por fin, hizo un chasquido y se abrió la puerta.

El cuarto en que entró era deprimente y estaba ates­tado de muebles viejos. Vio algo a un lado y encendió la linterna. El bastidor para hacer colchas y una bolsa llena de guatas de aspecto sucio. Hacía mucho calor y el olor era insoportable. Se movió algo, sonó algo. Es­taba en el rincón opuesto: Un bulto, como un vasto servicio de té, y encima un par de guantes de gruesa piel...

Edgel estuvo parado otro minuto. Luego, quitó la cubierta y otra vez oyó sonidos de algo que se movía, pero la luz de la linterna era muy débil y no acertó a ver nada. De modo que encendió la luz eléctrica y se  enfrentó con lo que parecía una enorme jaula para pájaros.

A la primera ojeada pensó ver un niño en su interior... un niño como los de aquellas odiosas fotografías de los países subdesarrollados del tercer mundo: sólo un vientre prominente, y brazos y piernas como palos; pero al cabo de un instante comprendió que aquello no era un niño. Ni estaba muerto de hambre; se movía rá­pidamente una y otra vez, arrojándose contra los grue­sos alambres, golpeando con sus diminutos puños, y gri­tando y chillando con su vocecita espantosa, medio ala­rido, medio carraspeo... ambos sonidos a la vez.

Abrió los puños y mostró las palmas arrugadas y los dedos nudosos, con uñas amarillas, torcidas... unos de­dos con la piel agrietada, con verrugas que parecían mordiscos y pellejos de piel sucia entre ellos, que cuan­do se extendieron se convirtieron en membranas que llegaban hasta las primeras articulaciones. (Más tarde no logró recordar cuántas articulaciones había, pero más que en sus propios dedos, seguro; y su mente con­tinuó recordando aquellos dedos como las odiosas patas de algunas arañas carnívoras.) En los labios, la barbilla y la papada había tufos de pelo largo, y otros más en las axilas. Tenía el colorido de la muerte y la piel re­lucía con un lustre mohoso. A Edgel le pareció que acababa de quedarse sin mente, y pensó que si aquel extraño ser volvía a tocarle, él retrocedería y, parlotean­do, también se arrojaría contra las paredes.

La cabeza del monstruo golpeó contra el alambre de la jaula, dejando ver sus agudos y diminutos dientes, mientras lamía el alambre con una lengua negro-azu­lada.

Edgel dio media vuelta. La señora Waldeck estaba en el piso. Se acercó a él. En la mano blandía una plancha. Tenía el semblante blanco de ira. Edgel la cogió por la muñeca, forcejearon y ella le escupió. Entonces, él le retorció la muñeca y la plancha cayó. Los ojos de la mujer parecieron taladrarle y movió los labios.

–A veces es muy dulce –murmuró–. A veces acep­ta la comida de mis manos.

–¿Qué...? –sólo acertó a preguntar Edgel roncamen­te–. ¿Qué...?

La arrojó de un empellón contra la puerta. La ces­ta que la mujer sostenía en la otra mano se rompió y su contenido se desparramó, y Edgel vio unas tablillas en forma de ataúd, con el cráneo y las tibias en re­lieve.

 

Después del segundo whisky doble logró abrir los puños y consiguió relajarse sin temor a los rápidos, espasmódicos y gruñidores ruidos que había estado pro­firiendo (hacía unos quinientos años, tal vez), cuando huyó despavorido por aquellas carcomidas escaleras. Tragando, tragando el flujo de saliva que la bebida pro­voca, tomando el licor de un solo trago para ahuyentar el regusto a bilis, miró fijamente una masa de color que había ante sus ojos. La visión quedó enfocada al mismo tiempo que cesaba el monótono zumbido de sus oídos. El calendario de una joven desnuda con grandes pe­chos, y el estruendo de un tocadiscos y, a su derecha, la voz conocida y ronca de un valentón de taberna:

–¿Que lo haga salir? No saldrá si no quiere ¿Han visto lo que parece? ¡Diablos! ¡Si a esto sólo puede que­rerlo una madre!