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Delfina - Claude Seignolle (Parte 1)

Vagaba sin rumbo por la rue Saint-Martin. Debían de ser las tres de la madrugada y ya se vislumbraban las primeras luces del alba. El agresivo calor de julio atormentaba a París. No sentía el más mínimo deseo de dormir, y, por una vez, la noche parecía ofrecérseme tal como yo la deseaba. 

Tenía dieciocho años y mi juventud exigía de mí vivir la vida intensamente. Mi meta no era llegar al límite de mis fuerzas, sino simplemente errar en busca de aventuras.

¿Adónde me dirigía? Nunca lo supe, pero yo iba..., y, al mismo tiempo que disipaba mis temores, este acto me permitía descubrir los ritos de la noche en la que yo penetraba con fervor, como si fuera una religión secreta defendida por un laberinto de preciosos extravíos. 

Desprovisto de misterio, así lo buscaba yo, igual que un pobre expone su indigencia a la generosidad del azar. E incluso hoy, cada vez que lo evoco, el recuerdo de aquella noche me desgarra como si ella siguiera viviendo en mí, celosa hasta el extremo de querer torturarme cada vez que intento decir lo que yo sé de ella...

Estaba atento, con el corazón y el aliento a disposición de lo inesperado, cuando sentí la presencia muy neta de algo. Un ruido cercano atrajo inmediatamente mi atención. Entonces apareció una adolescente que luego se alejó por la rue Saint-Martin. La seguí a distancia. Rozaba tan fielmente las fachadas desiguales de las casas que por un momento supuse que se trataba de una ciega que se paseaba sin tropezar en aquella noche, clara para ella, pero mucho más confusa para un vidente. 

Pero ciertos movimientos demasiado precisos me desengañaron muy pronto. Aligeraba el paso cuando los muros ventrudos la empujaban a la fuerza hacia la calzada, caminaba más lentamente frente a los recovecos que parecían retenerla por unos instantes.

Una vez que llegó a la altura de la rue Saint-Merri, se detuvo, y con la espalda apoyada en una puerta cerrada, permaneció en actitud expectante. Luego, levantándose sobre las puntas de los pies, pareció que trataba de buscar un obstáculo invisible... Y al ver perfilarse su fina silueta, me sedujo en un instante.

No habiendo descubierto ninguno de los peligros que parecía temer, reemprendió la marcha, empleando las mismas e inútiles precauciones, ya que nosotros dos éramos los únicos noctámbulos en aquella calle desierta. 

De este modo continuó, interrumpiendo muchas veces su meticulosa marcha antes y después de cruzar esas callejuelas medievales que inundaban el barrio de Saint-Merri, que aún se mantenía intacto. 

Hoy día, demolido por completo, ya no es más que un cráter abierto, bordeado por unos inmuebles que, acostumbrados a una asfixia secular, se ahogan ante tanto espacio.

La joven paseante se detenía, miraba ansiosamente a su alrededor, y siempre mi imaginación se esforzaba vanamente en llenar el vacío de la calle con terribles pero imposibles amenazas. En aquel claroscuro, la semioscuridad velaba a la desconocida sin poder ocultármela a la vista. Sus formas eran esbeltas, pero no delgadas. 

Cada vez que pasaba ante una luz, su sombra renacía, se deslizaba alrededor de ella, y en el solo tiempo necesario para que yo pudiera experimentar un breve placer, sus caderas se ensanchaban al proyectarse su sombra en el suelo. Y estos múltiples detalles, bien patentes o vaporosos, reales o imaginarios, que a menudo no se suele volver a encontrar ante una circunstancia idéntica, lo mismo que la suavidad de su armonioso caminar, me acariciaban y ayudaban a afianzar más aún mi encantamiento.

Sus cabellos estaban recogidos sobre su nuca en un pesado y abundante moño. De lejos, no pude reprimir el impulso de soltarlos, y mis dedos se entregaron a ágiles intentos de trenzarlos en el vacío. Su larga falda oscura se hallaba cubierta con un delantal de color claro cuyas cintas se cruzaban sobre sus hombros, descendiendo luego hasta la cintura, que apretaban con un ligero abrazo. 

La joven tenía ese aspecto anticuado que tienen algunas criadas pueblerinas, alejadas entonces del alcance de la moda. Pero esto no afectaba en nada el atractivo que yo encontraba en ella. Al observar todos estos detalles, al sentir en mí la influencia de sus encantos, gacela a la que nada aparentemente acosaba, el placer del cazador surgió en mí: cogerla viva. En ningún momento llegué a valorar la posibilidad de que solo fuera un anzuelo tendido por el hampa nocturna, a la que mi excesiva curiosidad había acabado por irritar.

Al imaginar de pronto que yo podía estar siguiendo a una ardiente muchacha que acababa de despedirse de su enamorado, un deseo malvado me estremeció: ver surgir al padre autoritario que, temiendo por su hija los efectos de una noche embriagadora, la castigaría y la apartaría para siempre de un rival del que, ya entonces, sentía yo celos. 

Así ocurre: los amores milagrosos de la adolescencia crecen muy rápidamente; de inmediato echan raíces, tronco y follaje... Pero las lianas y los parásitos se apoderan del mismo modo de ellos.

Cuando hubo cruzado la rue des Lombards, a aquella hora desierta, privada de la habitual concurrencia de prostitutas que se ofrecen y de hombres que van por ellas, prosiguió decididamente su camino y se dirigió a aquella parte más aireada de la rue Saint-Martin, ensanchada hasta el Sena a finales del pasado siglo. 

Una vez allí, su conducta se hizo aún más incomprensible para mí. Así como había procurado, hasta entonces, ocultarse y desconfiar de todo, en aquel lugar se exponía deliberadamente a todos los riesgos posibles. Caminaba a la vista de todos, fuera de la acera, a muchos metros de las fachadas y, llegada a la rue de Rivoli, no se detuvo ni siquiera un solo instante, la atravesó lentamente, despreocupándose del peligro real de ser atropellada por un vehículo. Al llegar a la avenida Victoria, disminuyó aún más su paso. Luego, bruscamente, se echó a correr, atravesó el quai de Gesvres y entró en el pont Notre-Dame rozando el parapeto.

Inmediatamente imaginé un acto de desesperación, una zambullida fatal. Corrí rápido hacia ella con el fin de sujetarla antes de que fuese demasiado tarde. Pero al llegar a la mitad del puente se detuvo en seco, y en aquella posición miró fijamente hacia el pont au Change. 

Estuve a punto de chocar con ella. La joven se volvió rápidamente hacia mí, pero no se atrevió a mirarme. En ese momento me sentí descorazonado como aquel cazador seguro de sí mismo –según la fantasía que yo había elaborado–, y que se encuentra, por su torpeza, descubierto y, a su vez, convertido en la pieza de caza. Embarazoso, confuso, solo pude pronunciar palabras tontas.

Alzando su rostro, la joven me mostró su dulce mirada, y el maravilloso efecto que me produjo me impidió seguir hablando. ¡Sus ojos! ¡Oh, sus ojos!... No me castigó con ninguna malicia irónica. Me miró solamente y, al mismo tiempo que me causaba una profunda y silenciosa sorpresa, dejó generosamente que mi admiración se reflejase en su límpida mirada.

Iba a disculparme y a iniciar una conversación que deseaba con mayor intensidad que nunca, pero la joven no me dio tiempo para hacerlo. Colocando de repente las manos sobre sus orejas, tuvo un sobresalto. Sus ojos se ensombrecieron y reflejaron un violento terror...

A pesar de mi asombro, me volví e hice frente a ese peligro que la desconocida acababa de descubrir. Pero no alcancé a ver ni a entender nada. Contenidas por el quai de Gesvres, las fauces de la rue Saint-Martin, reptil roto e incrustado en la carne apergaminada de la ciudad vieja, permanecían abiertas apaciblemente en aquella noche diluida por el alba.

Miré de nuevo a la desconocida. Ahora aplicaba sus manos a la boca como para modular un grito, pero ya no reflejaba terror en su mirada... y creí leer en ella su agradecimiento como si, durante algún momento, yo la hubiese protegido. Entonces se estableció entre nosotros una extraña y vertiginosa comunión. 

Sonriéndole, volví a contemplarla, empujado por una necesidad tan intensa de ella, que se vio obligada a bajar la cabeza, sin duda para ocultar esa gran timidez que sienten las jóvenes cuando, creyéndose incapaces de lograr nunca emocionar a un muchacho, manifiestan un exagerado pudor cuando se les presenta la prueba súbita de lo contrario.

Empecé a observarla con esa euforia que se siente al obtener un éxito inesperado. Los pómulos, anchos, daban la impresión de que su boca y su mentón fueran más estrechos. Largas pestañas orlaban sus ojos, animados de una intensa transparencia. Sus cabellos, recogidos en aquel moño ya familiar, se escapaban en dispersos mechones rebeldes, uno de los cuales se deslizaba a lo largo de su mejilla, haciéndome tentar aquel gesto que yo no osaba... 

La luz difusa hacía parecer su piel de color ocre, pero, yo no sé por qué, bajo aquella máscara ardiente y artificial, me la imaginaba pálida y fresca como debe de serlo el alma de la noche. La joven era más fascinante que perfecta; más extraña y misteriosa que bella.

Huyendo de la atracción de su mirada, hábil trampa que me tentaba sin cesar, aprecié más atentamente la finura de su nariz casi infantil y la gracia de su cuello, pivote palpitante de aquel rostro en flor. Le calculé la edad de la primera florescencia, aquellos dieciséis años que mis dieciocho tomaron inmediatamente bajo su protección, sin duda porque la sonrisa parecía ser un don que le había sido negado por la vida.

A pesar de su profunda tristeza, sus rasgos me colmaron con un sordo placer. Pero su vestimenta, debo confesarlo, me desconcertó. ¿Cómo era posible que a la edad en que las jovencitas se creen princesas, esta podía acordar sus gustos con unas ropas tan anticuadas? Aquella falda y aquel delantal, severos ambos, de tosco algodón oscuro, que, ajustados a su cintura, acentuaban la delgadez de su talle, pero ocultaban rodillas y pantorrillas como en una misión formal de decencia. Sus pies estaban descalzos.

Consternado, comprobé hasta qué extremo sus ropas estaban ajadas, pero esto no me hizo alejarme de ella. Al contrario, me acerqué y, ocultando mi asombro, le pregunté qué era lo que la había asustado.

No pareció entenderme y me miró con intensidad. Su cabeza se inclinaba ligeramente a un lado, igual que esos gatos que, no pudiendo comprender nuestros propósitos, esperan otra cosa mucho más tangible que las meras palabras. Tendí mi mano hacia la suya. Ella me la negó. Luego, para hacerme comprender que no debía tocarla, dio unos pasos hacia atrás.

¿Por qué hizo aquel movimiento? ¿Por qué motivos no me respondía? Desilusionado, bajando el tono de mi voz que entristecí a propósito, le pregunté si le desagradaba mi compañía, sabiendo bien que mintiendo diría que sí.

Fue entonces cuando, al estudiar los movimientos precisos de sus labios y el fulgor reavivado de su mirada, comprendí que era muda..., que no era yo el que le había dicho lo que sentía, sino ella, quien, desde el primer momento de nuestro encuentro, me había acogido inmediatamente en el fondo de su corazón, quien me había dirigido luminosas palabras con sus ardientes ojos, pero que yo no había visto en todo ello más que los centelleantes y únicos reflejos de mi propio deseo de ella. Al comprender todo esto, no quise que interpretase mi segunda confusión como compasión por ella. 

Me volví, y a pesar de mi firme deseo de quedarme, me alejé, mal aconsejado por mi inexperta adolescencia en actitudes compasivas. Pero de no haber sido por no querer herirla, la hubiera cogido en mis brazos y, abrazándola con todas mis fuerzas, le habría dicho: «Ahora que nos hemos conocido, seré yo quien hable por ti...». ¡Me marché involuntariamente!

Inmediatamente vino ella a mi lado, caminando junto a mí, y una borrasca de alegría hizo vacilar el ritmo de mi corazón.

Pero no me atrevía a tocarla.

Cuando nos disponíamos a atravesar el quai de Gesvres, se acercó más a mí. Vi que temblaba, como si se hubiese apoderado de su cuerpo una fiebre repentina. Dándome cuenta de que su inexplicable miedo volvía a apoderarse de ella, empecé a hacer gestos de aspecto belicoso con el fin de demostrarle que estando presente nadie se atrevería a asustarla. 

La joven se calmó, y al observar en su mirada una imperceptible señal de agradecimiento, entendí con cuánta facilidad sabía ya comprenderla. Le respondí a su modo, con una suave caída de párpados. De esta forma intercambiamos un nuevo acuerdo.

Sin embargo, apenas llegamos a la parte estrecha de la rue Saint-Martin, la joven volvió otra vez a pegarse a las fachadas mientras caminaba, y deteniéndose en los mismos lugares que antes, demostró aquellos temores que su mirada se esforzaba en hacerme compartir. Luego, pensando que había llegado el momento favorable, reemprendió de prisa la marcha invitándome a seguirla con un gesto imperativo. Y cuando no podía yo caminar tan de prisa, me daba cuenta de cómo mi despreocupación le producía una brutal consternación.

Nos cruzamos con un noctámbulo que no se fijó ni siquiera en mi compañera. Pero, sin embargo, se dedicó a observarme con un invisible estupor. No le di ninguna importancia a este encuentro. Pese a que, más adelante, en ciertos momentos en que mi espíritu se hallaba perplejo, aquel encuentro me venía a la mente como un testimonio que quería imponerse por sí mismo.

Cuando llegamos a la rue Maubée, la desconocida se detuvo, y con una simple inclinación de cabeza, me indicó que había llegado a su destino y que debíamos separarnos.

Profundamente apenado, pensando que jamás volvería a verla, sentí una especie de escalofrío en mis hombros. Fue como si, habiéndome cubierto con el suave armiño del amor, ella me lo quitase de repente, dejándome totalmente desnudo, sin tener siquiera el consuelo de conocer su nombre. Pero uno de los muros cercanos, mejor iluminado, me sugirió el medio de descubrirlo. Recogiendo una piedra puntiaguda del suelo, escribí el mío en el yeso poroso y sucio...

Ella lo leyó..., me miró profundamente..., dudó; luego, recogiendo también una piedra, grabó el suyo haciendo un esfuerzo, escribiendo torpes letras de colegiala, generosas en curvas temblorosas. Yo las descifraba a medida que iba escribiéndolas como embrujado por el hilo de un viejo encaje, destinado a unirnos definitivamente el uno al otro.

Y después de una breve pero expresiva mirada que me reveló su alegría, la joven me abandonó sin el menor ruido.

Permanecí mucho tiempo en aquel sitio, sin moverme, como si ella acabara de llevarse mi vida.

El alba acabó por diluir la noche.

Al llegar a casa, me puse a analizar la historia de mi amor, y, queriendo conservar hasta el más mínimo detalle del mismo, decidí encerrarme en mi habitación. Con el fin de aislarme de la existencia banal de cada día, extendí los visillos, cerré las ventanas y corrí las cortinas con esa prisa que suele emplearse cuando se quiere impedir la huida de algo muy valioso.

Cuando hube reconquistado un trozo puro de aquella noche generosa que me había hecho saborear el más vivificante de los alimentos que pueda exigir un alma juvenil carente de ternura, me eché completamente vestido en mi cama, y, cogiendo mi almohada, la apreté con fuerza. Luego la abracé con dulzura, como si ella fuese realmente mi conquista finalmente complaciente... 

El calor de mis labios ávidos comunicándose a la tela hizo que insensiblemente yo sintiera la ilusión de una verdadera y palpitante presencia. Pronto estuve riéndome a carcajadas con Delfina. Y su risa, que incluso de haber estado ella presente no habría conseguido hacer vibrar, la inventé y la recibí como si fuera realmente la suya.

Así me la imaginé, amorosa tal como yo la anhelaba. Acunado por su amor fluyente y refluyente, me quedé dormido bajo sus besos. Aquel sueño me resultaba imprescindible como a un niño mimado...

Al despertarme al día siguiente, me encontré dominado por una inquietud hostil. Después de haberme embriagado, el amor se había convertido en veneno. La imagen de Delfina se impulsó súbitamente exagerada en su dolorosa realidad. Solo entonces comprendí cuán triste estaba ella. 

Me la imaginé cuando caminaba –su «fuga», pensé yo entonces–, obligada a rozar las paredes con el fin de no ser descubierta por aquel «algo» que la amenazaba. Recordé sus numerosas paradas, sus prolongados momentos de inquieto acecho y traté de explicarme aquel espanto que ella había sentido cuando se hallaba sobre el puente.

¡Delfina perseguida, acosada!... Delfina, princesa metamorfoseada en moza rústica, a la cual yo otorgaba al mismo tiempo pobreza y belleza hasta lo imposible... ¡Delfina desgraciada! ¡Y pensar que yo, por experimentar celos injustificados, le había atribuido un padre abusivo!... De repente la imaginé con padres brutales, abofeteándola por su primera sonrisa, aquella que ella me dedicaba y que acababa torpemente de dejar escapar, pecado visible de su nuevo gozo.

Entonces me levanté, y maldiciéndome por no haberla alejado de un martirio seguro, juré defenderla.

Había que salvar a Delfina... ¿Podía existir una misión más anhelada para mí?

Regresé inmediatamente al lugar donde nos habíamos despedido y apenas divisé a lo lejos la entrada de aquella calle angosta, asfixiada entre los flancos descalabrados de sus edificios desigualmente panzudos, sentí una sorda opresión... Contaminada por un barrio gangrenado, aquella calle debía, con su descalabro, herir el orgullo de la Villa de París. 

Asimismo temí que, al juzgarla como una calle vergonzosa, la destruyeran ante mis ojos y a Delfina con ella. Desconcertante premonición que en este instante recuerdo, una más entre otras, justas o falsas, que yo debía sentir a continuación en aquel lento desgarramiento de mi propia persona.

Penetré en aquella callejuela con tanta necesidad de provocar el milagro anhelado que murmuré una larga y fervorosa oración compuesta únicamente con el nombre de Delfina. Y esta humilde petición levantó una invisible pero ardiente hilera de cirios tan luminosos como las secretas pero radiantes palabras que ella había pronunciado.

Mi presentimiento tenía motivos para ser verdadero. Como con tantas otras callejuelas viejas de aquel barrio, un mandamiento judicial de destrucción había sido promulgado. Desprovista de sus habitantes, la sorprendí en ropas mortuorias. Con el bastón de mando en la mano, los verdugos debían llegar de un momento a otro para destruirla, ladrillo por ladrillo.

Ante este pensamiento, ello fue como si me arrancaran a Delfina, única víctima posible, y fuesen a mortificarla, esta vez en público, permaneciendo yo allí impotente. Corrí inmediatamente hacia el edificio adonde ella se había dirigido al separarse de mí. Encontré un pasillo sombrío. Un olor ácido de suciedad me sofocó, y su tufo de muerte en potencia me forzó a acelerar mi búsqueda. 

Recorrí todos los pisos. Empujé obedientes puertas que, sin pudor, exponían a mi vista miserables habitaciones desnudas: cubiles de muros roídos dejando ver con complacencia sus llagas íntimas, como hacen algunos leprosos resignados. Y mi espíritu, alejándose de mi cuerpo, visitaba los lugares más herméticos a mis miradas. 

Todo mi ser se encontraba en desorden. Impulsado por ilusorias señales de vida que me atraían constantemente, yo obedecía, y, cada vez, mi decepción valoraba la amplitud de una pérdida irreparable. Solo quedaba la única realidad de aquellos lugares, los crujidos de los vidrios rotos y los trozos de yeso caídos al suelo.

Después de haber inspeccionado todos los rincones, subí al techo. Allí quedé deslumbrado por un sol agresivo cuya exuberancia no reconocí. Escruté en la sombra de las chimeneas con la ilusión de encontrar allí a Delfina, pequeño animalito amenazado, acurrucado en uno de estos últimos refugios. Pero ella no se había escondido allí..., ni nadie que me hubiera consolado hablándome simplemente de ella. Así, por primera vez, debía aceptar su pérdida.

Permanecí inmóvil, desesperado, cuando de pronto la voz de un hombre lanzó bruscamente su ironía en mi silencio.

«No hay nada interesante en este lugar –dijo, en tono burlón–, y aunque esta mugrienta casa sea de un bello estilo, ya no tiene ningún valor...»

Me di vuelta, sobresaltado.

El hombre que apercibí entonces reía sin que su risa esbozase sobre su rostro la menor muestra de alegría. Su risa era lisa y fría. Incluso el aspecto irrisorio de su busto rígido que surgía por una claraboya del techo, y parecía de una marioneta, no produjo ningún efecto en mí. Estaba yo muy lejos de sospechar el papel que iba a representar en mi vida. A menudo se es ciego delante de nuestros más importantes socios... 

Demostrando gran agilidad, el desconocido tomó pie sobre el tejado y me dio la impresión de sorprender a un personaje pintado demostrando una repentina infidelidad a su cuadro. Impresión que permanecía en el ambiente de este singular encuentro... Después de haberse quitado rápidamente el polvo de los codos y de las rodillas, se acercó a mí. 

Entonces mi atolondramiento, cobarde cómplice que me había impulsado a llegar hasta allí, en los bienes pertenecientes a otro, me abandonó. Volví a la realidad de las circunstancias y me dispuse a esperar una justa reprimenda. Pero, en contra de lo que yo esperaba, el hombre me tendió una mano cordial, y cogiendo la mía, me sacó de un sonambulismo despierto. «Me llamo Baucaire», dijo presentándose a sí mismo, en un tono refinado, como si estuviera recibiéndome en un salón palaciego. Su seguridad en sí mismo vino a aumentar más aún mi confusión.

Era inexpresivo su rostro, profunda la mirada, sombría la vestimenta y negra su cabellera. Al contemplarlo, me vino a la mente la imagen de un rapaz enflaquecido por cuarenta años de avaricia insatisfecha. Sin embargo, a pesar de estas primeras impresiones que me aconsejaban desconfiar de él, presté generosidad y comprensión a este desconcertante personaje. Su desenvoltura me hizo pensar en que tenía que ser una persona influyente en aquellos lugares. La casa debía de ser suya y, quizá, toda la calle.

Angustiado por saber, le atribuí todos los poderes, empezando, desde luego, por aquel de decirme dónde podía encontrar a Delfina y quién era ella. Pero pronto perdió todo su prestigio al decirme su simple condición de contable en un almacén de textiles al por mayor en el barrio de Sentier, muy cercano de allí. No fui un incauto ante esta modestia forzada, dándome cuenta de que en realidad él se consideraba mucho más importante. Asimismo, la vulgaridad de su modo de hablar como también su facultad de seducción, me disgustaron.

Sacando varios planos de uno de sus bolsillos, me enseñó unos esbozos de proyectos arquitecturales hechos por él y destinados, según me dijo con suficiencia, a ilustrar el libro que estaba preparando sobre el Viejo París a punto de demoler. Me descubrió la riqueza de otras viejas calles, las del Marais, por ejemplo. Luego, pasando del entusiasmo al desprecio, me habló de la miseria de aquella en la que nos encontrábamos y que era mi amiga. 

Glorificó los dorados de las demás, que me eran indiferentes, y denigraba el tugurio bastardo de esta que yo amaba. Mientras escuchaba sus razonamientos, yo despreciaba, a mi vez, todas las demás calles y ennoblecía esta, lamentando que Delfina no pudiera aparecer de repente, para desmentir siquiera sobre un punto a este falso entendido. 

Pero me abstuve de brindarle ayuda, dado el partido que tomaba aquel hombre en contra de «nuestra» calle, lo que me hacía temer que de igual modo juzgaría mi conquista, despojándomela de todo valor.

Cuando nos despedimos, me entregó su tarjeta personal. Me invitó a ir a visitarle a su casa. Tenía mucho interés en ofrecerme una de sus obras, sobre las que había hablado mucho. A decir verdad, me encontraba simpático y quizá inteligente, sin duda porque mi silencio le había permitido presumir de persona erudita.

Al bajar las escaleras, no pensaba en lo extraño de nuestro encuentro. Incluso bien pronto olvidé al señor Baucaire. Ya en la calle, me sentí de nuevo enteramente poseído por Delfina, y, acordándome de nuestro pacto de alianza muda, me dirigí hacia la fachada de la casa que fue testigo de la misma. Pero una vez allí, justo en el lugar donde escribimos nuestros nombres, un obrero acababa de hacer un boquete a grandes golpes de pico para colocar el sujetador de un andamio... Nuestros dos nombres no eran ya más que yeso cubierto de polvo.

Aquella misma tarde, mucho antes de que la noche se desplegase en el cielo, esperaba yo a Delfina sentado detrás de los cristales del café que se hallaba enfrente de su calle. Observaba con tanta atención que los ángulos agudos de los dos inmuebles de entrada se grabaron en mis ojos. 

Se superponían estos en el cristal de mi vaso cuando al dirigir mi mirada allí lo cogía para beber sin sed un pequeño sorbo de bebida que iba reduciendo cada vez más como si mi agotamiento total debiese significar mi marcha y el final de mis esperanzas.

A medianoche, el dueño del café me echó. Luego apagó las luces de su establecimiento, privando a la calle de aquella iluminación que llegaba hasta la acera de enfrente. La oscuridad se hizo más patente. El silencio se espesaba al fin. Mi corazón comenzó a latir rápidamente y ya no tuve el suficiente sosiego como para moderar mi impaciencia. De pronto me di cuenta de que el tiempo corría demasiado rápidamente. Entonces temí que el alba, al acercarse y borrar la noche, borrase también a Delfina.

La primera hora la pasé acurrucado en el portal de una puerta, preso de un atroz desaliento. La segunda, Dios escuchó mis súplicas. Mucho antes de la tercera, el diablo hubiera podido, sin necesidad de insistir, cambiar mi alma por un encuentro con Delfina, por un solo encuentro, por muy breve que hubiera sido.

Finalmente, un pajarillo valiente le silbó a la noche agonizante. Mis párpados me pesaban, marcando un insoportable segundo de angustia. Y ella salió de la callejuela muerta... Delfina había venido, y todo en mí se tranquilizó. Era como si yo no hubiera jamás padecido durante aquella angustiosa espera. Unas lágrimas, miel de mi alegría, brotaron inmediatamente de mis ojos y perfumaron mis mejillas. Delfina había aparecido y los milagros empezaban a florecer.

Pero pronto una viva decepción arañó mi corazón: Delfina no se detuvo para buscar mi presencia con la misma avidez que yo lo hiciera. Reemprendió su mismo caminar ansioso, mostrándose solamente fiel a la rue Saint-Martin.

Tan desgraciado como un animal azotado de esperanzas rechazadas, la seguí a distancia, y comprendí de qué forma sufren las bestias hambrientas de aquella ternura que les es rechazada porque se supone que no serán capaces de paladear su sabor. 

Cuando recuperé mi valor, la alcancé y me puse enfrente de ella. Sorprendida, Delfina se paró llevándose las manos a la garganta. Luego, con un gesto rápido, me ordenó esconderme con ella en el portal de la iglesia de Saint-Merri, delante de la cual nos encontrábamos.

¿Qué podía favorecerme más? Puesto que el juego del amor y el de Delfina así lo querían, me refugié allí, muy junto a ella, demostrándole un perfecto estremecimiento de temor. Y, como me contemplaba tan tiernamente como yo a ella, desgrané suavemente las tres sílabas de su nombre: Del-fi-na. Lo hice con tanto cariño que leyó en mis labios tres otros sones mucho más radiantes. Dije Del-fi-na, y, dichosa pero sin la menor sonrisa, me mostró que entendía Te-quie-ro...

Jamás tuve que bendecir con tanto entusiasmo la característica de un nombre que podía interpretarse con tan bello significado. Luego quise preguntarle sobre estos extremos que tanto me inquietaban el corazón. Desgraciadamente, bien pronto comprendí que había sobrevalorado mi nueva ciencia. 

Mis gestos la despistaban y mis señales hacia la calzada despertaban cada vez el terror en su mirada. Para calmarla y que pudiese superar aquellos temores imaginarios, traté, creyéndome hábil juglar, de dar a mis tres únicas sílabas mucho más sentido del que podían demostrar, lamentando que Delfina no pudiera comprender otras palabras mucho más maravillosas... Volvía sin cesar a los tres sones mágicos, tratando a veces de darles el sentido de por-siem-pre, y ello diciéndole simplemente: Del-fi-na. 

Entonces, al ver brillar su mirada al pronunciar yo esta palabra, me sentí un experto artesano tallando con la herramienta más rudimentaria, faceta por faceta, un diamante en bruto. De esta forma conseguí poco a poco hacer irradiar su sol interior. Y aquella noche, me ingenié de modo que, dándole el placer de mi compañía, Delfina no se marchase lejos.

El alba estuvo a punto de sorprendernos. Apercibiéndola de repente, Delfina se puso muy nerviosa y partió tan rápidamente que a duras penas pude alcanzarla. Solo se volvió cuando estuvo a punto de desaparecer en su calle, enviándome un beso del fondo de su corazón, el primero, que yo recibí gozosamente en los labios... 

El haber conseguido por fin una prenda de amor suya me contuvo, pues de lo contrario, a riesgo de traicionar la confianza que se debe al amor, la habría seguido mucho más lejos en su secreto.

Por la tarde, me dirigí a la rue Maubée con el fin de no impacientarme. Erré en su agrio día pensando en la noche futura, aún tan lejana, esforzándome en sorprender una traición de la presencia de Delfina. Pero todo seguía apagado y muerto. Una vez más la busqué y una vez más encontré al señor Baucaire. Apenas me vio, me mostró sus dibujos: «¿Nada valioso, verdad?», me gritó al verme.

Su frase me hirió, pero me mostré amable con él, ya que, al dignarse eliminar los enjutos restos de aquella calle, él le reconocía tácitamente cierto valor. Entonces me fijé en su sobria elegancia que la víspera, en el tejado, me pasó inadvertida, dejándome seducir, lo que sin embargo me había prometido a mí mismo no aceptar jamás.

Al verme tan feliz, me dirigió un cordial saludo, deseando conocer la razón de tanta felicidad por mi parte. El hecho de que quisiera escucharme precisamente en un momento en que yo sentía la necesidad de confiarme a alguien, hizo que me resultara agradable. De modo que, no ocultando por más tiempo mi dicha, le confesé con ardor la existencia de Delfina y mi amor por ella. 

Le hablé de Delfina y de sus motitas rojizas que revoloteaban en sus ojos azules. Le hablé también de su invisible sonrisa, solamente comparable a los reflejos del oro y las piedras preciosas que adornan el interior inaccesible de los mausoleos inviolables. Seguí hablándole de ella, y, a medida que le contaba tantas cosas, la mirada del señor Baucaire se hacía cómplice. 

Quizá Delfina no fuese una desconocida para él, y si él me dejaba hablar de ella sin interrumpirme, era solamente por enterarse de lo que ignoraba de la misma. Yo no sé hasta qué punto los adultos pueden envidiar la suerte de la juventud y sus fáciles conquistas.

Confuso, empecé por calmar la intensidad de mi admiración. Luego disminuí ciertos rasgos que anteriormente había coloreado en demasía. Finalmente, oculté a Delfina tras un velo de banalidades y la encerré en un cofre hermético a la avidez del señor Baucaire. 

A bocajarro le pregunté súbitamente si la conocía. Mi pregunta le hizo casi sobresaltarse. «¿Conocerla yo? –dijo secamente–. En absoluto.» Y girando rápidamente sobre sus talones, el señor Baucaire se marchó inmediatamente.

Extrañado al principio por el tono de su respuesta, no tardé mucho tiempo en comprender que el señor Baucaire mentía. Sin duda alguna él conocía a Delfina, aquella linda muchacha que en vano buscaba yo de día. Traté de darle alcance, pero había desaparecido.

El hecho de que Baucaire compartiese conmigo el conocimiento de Delfina no me hacía menos preciosa a esta última, pero el que me la hubiese hecho describir hasta aquel extremo, forzándome a un acto deshonesto hacia una muda confianza, me agobió. Todo lo que yo le había dicho era la verdad, pero eso pertenecía a ella y a mí únicamente. 

Me sentía culpable como si, habiéndome convertido en su amante, hubiese entregado, con complacencia, al primer extraño hasta sus más íntimas quejas amorosas... La adolescencia es así, dotada de una pureza que amenaza incesantemente las fiebres adultas. 

Sin embargo, yo no sentía ninguno de los tormentos de los celos. Para experimentar ese sentimiento me hacía falta una prueba de la que, por lo demás, no vislumbraba ni su posibilidad: el señor Baucaire seduciendo a Delfina... Hacía falta tener mucha sensibilidad para conseguirlo, y él no la tenía... Amar el silencio, cosa que él detestaba.

Un viento tenaz de amor barriendo mi cielo era suficiente para eliminar la menor nube, y si persistía, yo la ignoraba hasta el punto de no verla. Así pensaba yo de Baucaire, y, de nuevo, mi alegría inundó los grandes espacios azules. 

Entonces, para que Delfina no pudiera escapárseme, decidí marcarla con un signo visible de posesión: un ligero vestido de color rojo ardiente que podría verse desde cualquier lugar del mundo; una bata de seda púrpura que, aferrándose inmediatamente a mi mirada, me arrastraría detrás de ella con la facilidad de una ágil llama.

Los escaparates me llamaban. No tenía más remedio que hacerles caso, ya que debía tener el honor de vestir a Delfina. Solo mi juventud, tan valiente en sus deseos, se mostró torpe y bien tímida cuando al encontrar el rojo más bello capaz de atravesar la más espesa de las noches, doblé el difícil cabo representado por la puerta de la tienda de ropas femeninas. 

Me pareció que iba a inmiscuirme en un juego de muchachas estrictamente prohibido a los jóvenes, y que, hiriendo mi orgullo, iban a rogarme que saliera inmediatamente después de haberme arrancado la promesa de no volver a entrar en la tienda. Sin embargo, y por el contrario, acogieron mi visita y mi deseo sin mostrar la menor sorpresa. Yo no sabía aún que, sin el hombre, aquel juego no tendría ninguna razón de ser.

Señalé al vestido que deseaba, de corte perfecto, escotado y corto, exactamente lo que necesitaba. Me lo trajeron y esta fácil conquista me inundó de un placer hasta aquel momento desconocido para mí. No me atreví a tocar inmediatamente la tela. Fue necesario que la vendedora me invitase a ello. Entonces lo hice con tanto pudor como dulzura. Al primer contacto con la tela, me estremecí como si hubiese tocado a Delfina en su carne...

Debo decir con cuánta prisa entré en mi casa y cerré con llave la puerta de mi habitación, como si se tratase de un rapto. ¡Delfina estaba en mis manos! Con temblores de fervor, desplegué la ropa de ardiente fuego a la mirada, tan dulce al tacto, y la extendí sobre mi cama como si fuera un cuerpo ágil y complaciente. Acaricié el vestido y me estremecí. 

Mis manos redujeron su talle al de un esbelto manojo de rosas, desprovisto de espinas. Caí de rodillas ante la forma de Delfina, al fin dócil, y abracé hasta saciarme aquella piel de seda. Le murmuré una oración reservada a nosotros dos: la elegía de todo lo que tenía que decirle y que jamás lograría hacerle escuchar. Luego, me acosté junto a ella.

Aquella noche, frente a su calle, la impaciencia por ofrecerle el vestido rojo que yo calentaba contra mi pecho hizo aún más angustiosa mi espera. Sin embargo, de haber permanecido tranquilo, habría podido al fin preguntarme con lucidez sobre la anormal y breve vida nocturna de Delfina. Pero hoy día reconozco que el amor, si no nos ahorra las más ínfimas confusiones, se abstiene algunas veces de sugerirnos las peores. 

Apoyado en el muro donde habíamos escrito nuestros nombres en juramento de fidelidad, no pensé siquiera en su desaparición. Ahora sabía que estaban grabados en nuestros corazones, allí donde ningún pico podría destruirlos, a menos que nos destruyesen a nosotros mismos.

Finalmente, de modo confuso, la calle muerta, fuente de silencio, me atrajo por ese violento silencio que yo conocía bien puesto que era el de Delfina. Avancé, inmediatamente cogido, absorbido por la felicidad que, de repente, surgió de la penumbra.

Delfina me vio en el acto, pero, al verme tan cerca, hizo un pequeño retroceso. Temiendo que se marchara, contuve el impulso que me lanzaba hacia ella. Entonces, penetrando con su mirada dentro de mí mismo, sus ojos me calmaron, y cien años habrían podido pasar junto a mí sin que yo los sintiera, para a continuación resurgir de entre ellos, muertos, mis dieciocho años perfumados por la admiración que sentía hacia Delfina, mi sortilegio.

No tuve tiempo de entregarle mi regalo. Recobrando su temor, segura de mi fidelidad, Delfina me condujo detrás de ella, en su extraño caminar, y, según su costumbre ya tan familiar para mí, hizo una primera parada a algunos metros de la rue Maubée. 

Una vez más traté de adivinar cuál era la amenaza que ella temía, y, no pudiendo distinguir nada, como siempre, decidí liberarla de aquel espanto. Pero, adivinando mis pensamientos, Delfina se volvió y, poniendo un dedo en sus labios, me previno de hacerlo. 

Esta vez, no teniendo en cuenta sus temores, fui decididamente hasta el centro de la calzada y atravesé sin inconvenientes el invisible peligro. Una vez hecho esto sin la menor ironía, me incliné hacia ella ofreciéndole esta fácil victoria sobre un adversario tan temible.


CONTINUARÁ...
 

El Largo Camino de la Venganza - Clark Dalton

 Extracto de la Enciclopedia Universal de Bernard, edición de 2176:

«Ya en el siglo XIX describió el escritor in­glés H. G. Wells una máquina del tiempo. Sin embargo, hasta el año 2145 fracasaron todos los intentos de construir semejante ingenio. Después, el genial físico Karel Dekker desarro­lló un aparato de base hiperenergética que hizo posible el traslado de objetos y seres vivientes al pasado. Lo que por desgracia no se ha logrado todavía es hacer volver a nuestra época presente la materia enviada entonces unos qui­nientos años atrás. Un viaje al futuro se con­sidera imposible, en general, ya que éste no existe todavía.»

 

El juez Jenner estaba plenamente convencido de haber actuado con justicia y según las leyes. Desde el comienzo del proceso compartió la opinión del fiscal, incluso de manera abierta, pese a que no po­día hacer tal cosa. Por ello surgieron diferencias de opinión con el abogado defensor, que tuvo que resignarse a ver perdida la causa de su cliente. No era el cobro de sus honorarios lo que preocu­paba a éste. Aunque el barón Edmond von Klarenbach desapareciera para siempre del círculo de los actualmente vivientes, el abogado obtendría su re­muneración. Von Klarenbach era hombre acaudala­do y debería pagar a su defensor antes de abandonar definitivamente su época.

Porque en eso consistía la condena del juez Jenner.

Hacía tiempo que se había abolido la pena de muerte. Dado que, según Dekker, no podía existir un contrasentido cronométrico (afirmación compro­bada por él a través de experimentos), se había adop­tado el simple método de enviar al pasado, con ayu­da de la máquina inventada por Dekker, a los con­denados a la última pena. Allí desaparecían a perpetuidad y ahorraban dinero y disgustos al mundo actual. Era un sistema humano de sacarse de enci­ma a los elementos indeseables.

En el fondo, el barón Edmond von Klarenbach era inocente. También Jenner lo sabía. No obstante, había pronunciado la sentencia que, en realidad, te­nía ya decidida antes de iniciarse el proceso.

La cosa se remontaba a los tiempos de su padre, antes de la invención de la máquina del tiempo. Propiamente, todo había empezado por una insigni­ficancia fácil de solucionar mediante una discusión sensata, pero tanto el concejal Jenner como el barón Clavius von Klarenbach eran unos testarudos.

El concejal era un apasionado cazador, y un día, persiguiendo a un magnífico venado de doce puntas, se adentró sin querer en los terrenos del barón. Allí tuvo suerte y cobró pronto la pieza, pero el barón Clavius le acusó de caza furtiva. Se llegó a una con­ciliación, como era de esperar. Sin embargo, Jenner ya no pudo prosperar en su carrera política y nunca pudo quitarse del todo el mal sabor que el desagra­able suceso dejara en él. Murió pocos años des­pués, cuando tenía ya próxima la jubilación.

Su único hijo, Richard Jenner, había estudiado Derecho, y a él le confió el viejo su último deseo: que se vengara del barón Clavius von Klarenbach o del descendiente de éste.

Al principio, Richard no se avenía a la idea de hacer daño a un desconocido, por lo que decidió visitar al anciano barón en su propiedad. Encontró al señor del castillo de un pésimo humor y, al darse a conocer, fue echado sin miramientos de la mansión por el joven Edmond von Klarenbach y un lacayo.

Este suceso quedó grabado en la mente de Ri­chard Jenner, que algunos años más tarde fue nom­brado juez. Y llegó el día en que determinó cum­plir la oscura última voluntad de su padre.

La ocasión no había de tardar en presentarse, ya que la reforma agraria descubrió ciertas cosas que no arrojaban una luz nada favorable sobre los manejos del joven barón. 

Edmond von Klarenbach había forzado a varios pequeños terratenientes y campesinos a renunciar a sus derechos con el objeto de conservar íntegra la propiedad que desde hacía siglos había pertenecido a su familia. 

Una historia complicada, como bien sabía el juez Jenner, pero cuando le fue confiado el caso, empezó a buscar y estudiar todo el material de información que fue posible obtener. Y aunque halló algunas incongruencias a lo largo de su minuciosa labor, no dejó que le apartaran de su decisión. 

Su deber consistía en eliminar de una vez para siempre al odiado barón. Poco le importaba, para lograrlo, ayudar a que se hiciera justicia a los acreedores o favorecer a bribones. Lo único que an­siaba era cumplir el deseo de su padre.

En el siglo XXII, y pese a todas las innovaciones sociales y sus correspondientes leyes, el sentido de la tradición había renacido con inusitada fuerza. El hijo seguía los negocios del padre y se ocupaba de terminar lo que la muerte había impedido a éste llevar a cabo.

Entre estas cosas figuraba la venganza.

***** 

Cuando el juez Jenner hubo repasado todo el ma­terial, supo por dónde agarrar al barón Edmond von Klarenbach. Firmó una orden de arresto por extorsión.

No fue difícil para Jenner reunir pruebas. Sacri­ficando buena parte de su propia fortuna, movió a aquellos terratenientes perjudicados por von Kla­renbach a formular su denuncia de manera más dura. La coacción se transformó en exacción, y con ello el aristócrata estuvo perdido.

El juez Jenner le condenó a ser trasladado, me­diante la máquina del tiempo, a una época indeter­minada: más o menos, a quinientos años atrás.

Y eso, aunque no lo fuera, equivalía a una con­dena a muerte.

Durante su última noche en la celda, Edmond von Klarenbach llegó a la conclusión que existía un camino para revisar un día esa sentencia.

Y se juró seguirlo.

***** 

Richard Jenner respiró aliviado cuando al día siguiente, al término de su trabajo, regresó al ho­gar y se sentó dispuesto a repasar la corresponden­cia. Su ama de llaves estaba de vacaciones, y él era soltero.

Comenzó por leer las cosas de poca importancia y dejó para el final el grueso sobre que ya le llama­ra la atención desde el principio. La empinada le­tra resultaba anticuada y un poco pedante, pero no le pareció del todo desconocida.

El sobre no llevaba indicación del remitente.

Jenner lo rasgó y quedó sorprendido al hallar en su interior una serie de páginas escritas a máquina. Iban éstas acompañadas de una carta que presen­taba la misma letra inflexible.

Decía ésta:

 

«17 de abril de 2199.

»Al juez Richard Jenner.

»Ni usted ni yo podremos olvidar esta fecha. Pero si manda analizar la tinta de mi escrito en un laboratorio, le confirmarán que tiene una antigüedad de quinientos años. Y eso es exac­to. Escribo esta carta en el año 1699 y soy el fundador de la estirpe de los von Klarenbach: el barón Edmond von Klarenbach.

»Le envío este documento para que los ex­pertos en grafología puedan comprobar que no es usted víctima de una mixtificación. Cual­quiera le garantizará que se trata de la letra de un hombre al que usted mismo lanzó qui­nientos años atrás mediante la máquina del tiempo..., y que acaba de volver a su época para vengarse.

»¿O esperaba usted escapar sin castigo?

»El manuscrito adjunto contiene la historia de mi vida, de esta segunda vida que le debo a usted. Sólo entonces, cuando lo haya leído todo, se dará cuenta del castigo que le reservo.

»Y comprenderá también el lema de mi es­tirpe, que reza así: “nada en este mundo sucede sin motivo”.

»Barón Edmond von Klarenbach.»

 

Cuando Richard Jenner hubo leído la carta, se recostó contra el respaldo de su sillón con el mis­terioso escrito sobre sus rodillas y los ojos cerrados. Se negaba a aceptar lo que parecía la única explica­ción lógica... Era imposible que un hombre muerto hacía quinientos años volviera de repente a la actua­lidad. El barón Edmond von Klarenbach había de­jado de existir aquella mañana —y, con ello, hacía casi quinientos años— al penetrar en la cámara de la máquina del tiempo.

Nadie había regresado todavía.

¿Por qué iba a hacerlo, entonces, el barón?

El juez abrió los ojos y se cercioró de hallarse aún en su acogedor cuarto de trabajo. Con manos temblorosas dejó la carta encima de la mesa y tomó las hojas mecanografiadas, que eran diez. Los carac­teres de la máquina de escribir eran modernos, sin duda alguna, y procedían de sus días.

Una conclusión que a la vez tranquilizó e intran­quilizó a Jenner.

Por fin, el hombre se animó a empezar la lec­tura...

***** 

«No sentí miedo cuando, por la mañana, los guar­dianes vinieron a buscarme. No me conducirían a la cámara de gas ni a la silla eléctrica, sino a aquel cuarto que albergaba la máquina del tiempo. Desde un principio estuve convencido que ella funcionaría, terminando así mi vida en la época presente. Sin embargo, ello no significaba la muerte absoluta ni el final definitivo.

No, yo no experimentaba temor, pero sí un ren­cor incontenible cuando pensaba en el triunfo del hombre que había realizado de manera tan horrible su mezquina venganza. Por un motivo poco menos que ridículo —yo era entonces todavía un chiquillo— me desterró de mi presente. Con ello me obligó a cavilar durante toda una noche: la noche anterior a mi «ejecución». Y mis reflexiones dieron resultados sorprendentes.

Detrás de mí se cerró la cámara del tiempo, y me vi solo. Ni siquiera pude oír cómo manejaban el ingenio, pero me importó poco. Quinientos años, había calculado Dekker. ¿Por qué debía equivo­carse? Además, en aquella época, medio milenio atrás, se habían producido muchos descubrimientos científicos que fácilmente podían relacionarse con la influencia de hombres preclaros enviados al pasado con ayuda de la máquina de Dekker en el transcurso de los úl­timos veinte o treinta años.

Galileo inventó el telescopio.

Kepler estableció las leyes del movimiento.

Newton presentó luego sus leyes sobre la gravita­ción.

No faltaba mucho para que William Harvey des­cubriera la circulación sanguínea.

Y Pascal tuvo la idea de emplear el barómetro co­mo altímetro.

Fue la época en que los hombres descubrieron su mundo y empezaron a ampliar su horizonte. Compren­dí que eran unos tiempos a mi medida, pero supe también, en seguida, lo cauto que debía ser si no que­ría acabar en un calabozo por hereje o brujo.

En la cámara del tiempo reinaba la oscuridad. De pronto tuve la sensación de flotar en el aire y perder el suelo bajo mis pies. Caí, caí muy abajo, hacia el pa­sado, a través de los siglos, hasta que súbitamente se cortó la corriente. La sacudida de la llegada al nuevo nivel de tiempo fue tan brusca, que me hizo chocar con violencia contra el suelo. No obstante, apenas sentí el dolor, porque mis ojos percibieron luz. Una luz débil, plateada y muy familiar...

Encima de mí lucía el límpido cielo nocturno con sus estrellas y una luna llena, medio cubierta por unas paredes. Cuando me incorporé la pude contemplar entera. No se había transformado.

Permanecí acurrucado y con el oído tenso. Aparte del susurro de las hojas secas y del aullido del viento al pasar por los huecos abiertos en las paredes, no se percibía nada. Mis manos estaban tan frías y húmedas como el suelo sobre el que me hallaba. Dado que no tenía techo sobre mi cabeza, supuse que había ido a parar a unas ruinas. ¿Aterrizarían todos los delincuen­tes en aquel mismo lugar?

Noté que me estaba quedando aterido, pues no llevaba más que el delgado traje que era costumbre en las cárceles del siglo XXII. Con esa vestimenta iba a llamar bonitamente la atención, a finales del siglo XVII, si no procedía con un cuidado tremendo. Y eso era imprescindible para realizar con éxito mi plan.

Un plan de quinientos años.

A pesar del frío me situé en un rincón protegido del viento, y pensé... Según mis cálculos debía ser poco después de la medianoche. La hora de los es­píritus. En cierto aspecto yo también era una espe­cie de espíritu, y como tal tenía que mirarme cual­quier persona que casualmente pasara en aquellos momentos junto a las ruinas y me viese surgir de la nada.

Sí, se trataba de un edificio en ruinas. No tuve duda de ello cuando miré detenidamente a mi alre­dedor. En el mismo lugar donde más tarde se debería alzar el Palacio de Justicia, se derrumbaba hoy, quizá en el año 1699, un viejo castillo.

Si mi plan surtía efecto, mañana no esperaría allí inútilmente...

Pasé la noche lo mejor que pude y, cuando empe­zó a clarear, examiné los aposentos aún intactos de las ruinas, y descubrí, en una cámara escondida, al­gunas ropas desechadas que me prestaron gran ser­vicio. Gracias a ellas pude esconder mi delatora ropa y establecer un primer contacto con la gente.

Al anochecer volví a un escondrijo, en espera del hombre que había de confirmar el acierto de mi ac­tuación. Mi mano empuñaba la espada que también encontrara en la antigua armería de las ruinas.

Pero ahora quiero dar un salto adelante en mi relato, para que se entienda mejor lo ocurrido aque­lla noche.

Cuando supe que mi plan había dado resultado antes que pudiese llevarlo a cabo, abandoné las ruinas y me encaminé a la ciudad más próxima. Me hice pasar por un artesano que viajaba para cono­cer mundo y, como nunca fui precisamente torpe en lo referente a la agricultura, no tardé en encontrar un amo que me convenía. No me resultó nada fácil acostumbrarme a las nuevas circunstancias, pero mi capacidad de adaptación y mi férrea voluntad me ayudaron a ganarme la confianza e incluso la ad­miración de mi patrono. Yo estaba en situación de darle unos consejos que no podía recibir de nadie más, de modo que pronto fui su mano derecha y, por fin, su amigo.

Corrían tiempos inquietos.

Los turcos habían sitiado Viena para ser después derrotados.

Atlasov descubrió la península de Kamchatka.

Los Países Bajos se habían convertido en la pri­mera potencia comercial del mundo y los ingleses se disponían a fundar Calcuta a través de su com­pañía de las Indias Orientales.

El príncipe Eugenio se batía en los Balcanes.

En nuestra tierra reinaban la paz y la tranquilidad. A mí me constaba que llegarían épocas tempes­tuosas, pero nunca había sido un buen alumno en Historia. Pero eso tal vez fue una suerte para mí, ya que de otra forma hubiese intentado intervenir en los sucesos. Acababa de comprender de cuán diminutas casualidades e insignificantes acontecimien­tos dependía el cuadro del futuro.

Murió la mujer de mi amigo y, dos años más tarde, yo me casé con su hija, que de este modo se convirtió en la ascendiente de nuestra estirpe. Ella ignoraba por completo el secreto que yo arrastraba conmigo, y nunca llegó a conocerlo. Al morir su pa­dre diez años después de nuestro matrimonio, yo obtuve el dominio ilimitado sobre todos sus bienes y sabía, además, que en mi familia siempre existiría un hijo que siguiera llevando mi nombre.

Mi primogénito, Jesco, tenía ahora ocho años. A él le confesaría un día el secreto de mi proceden­cia, para que, cuando a su vez fuera padre, lo trans­mitiera a su hijo mayor. Así durante quince o veinte generaciones, quizá, hasta que nuestra estirpe con­tase quinientos años de existencia.

Tampoco para mí se había detenido el tiempo. Si ahora pudiera verme, juez Jenner, quedaría asombrado. Soy un hombre anciano que camina encor­vado y tiene los cabellos blancos. Mi testamento es­tá hecho, por si acaso la muerte me sorprendiera antes de lo que espero.

He aquí mi última voluntad:

En el año 2199, el penúltimo descendiente de nuestra familia será condenado por un juez llama­do Richard Jenner a volver a nuestra época median­te la máquina del tiempo. Su hijo, Robert von Klarenbach, debe visitar al juez Jenner en la noche del 17 al 18 de abril de 2199, después de haberle en­viado mi carta y el manuscrito. Luego le conducirá al Palacio de Justicia para mandarle exactamente quinientos años atrás con ayuda de los técnicos Gremmel y Randolph. Yo le aguardo.

Y ahora, juez Jenner, ¿cómo se siente? ¿No me cree? Siento decepcionarle. Mi hijo Robert, a quien transmito mis instrucciones a través de medio mile­nio, ha cumplido ya su misión. Porque yo mismo le di muerte a usted con una espada herrumbrosa, en las ruinas, en una noche de luna llena del año 1699. Y usted me reconoció.

Prácticamente, usted ya está muerto, juez Jenner. Mis hijos fueron guardando el secreto a lo largo de veinte generaciones, a través de guerras y de si­glos. Todos esperaban este día, juez Jenner, que va a ser el último para usted.

Me imagino que ahora debe estar anocheciendo en su mundo, Jenner. No volverá a ver el sol. Ni si­quiera uno que cuenta quinientos años menos. Por­que yo le espero aquí, en el pasado. No se mueva de su mesa, no... Sería inútil querer avisar a la poli­cía. Tiene que ser inútil, porque de otra forma no hubiera llegado usted ahora mismo adonde estoy yo, para que pueda matarle.

Por cierto que su cadáver es tenido por el de un extranjero venido de lejanas tierras. ¿Cómo, si no, iban a explicarse los sencillos habitantes de la aldea su curiosa indumentaria?

Y ahora, juez Jenner, le dejo solo con sus pensa­mientos.

Cuando oiga llamar a su puerta, abra.

Es mi hijo Robert...»

 

«¡Bah, todo esto no es más que un loco y maldito círculo vicioso! Nada más —se dijo el juez Jenner cuando empezó a comprender lo inevitable—. Pue­do sacar mi revólver del cajón de mi escritorio y pegar dos tiros a Robert von Klarenbach en cuanto pise mi habitación. Me acusarán de homicidio, seré condenado y..., enviado quinientos años atrás. Qui­zá con un átomo menos de energía, y me encontraré con Klarenbach. Y él me matará.»

Jenner dejó cuidadosamente los papeles sobre la mesa y se arrellanó en su sillón. De pronto com­prendió que no tenía salida.

Cuando sonó el zumbador y en la pantalla espía vio el rostro de Robert von Klarenbach, se alzó poco a poco y abrió la puerta.

—Buenas noches —dijo el joven barón, casi cortésmente—. Mi padre desea hablar con usted...

Y señaló hacia la oscuridad de la noche, en la misma dirección en que, aproximadamente, se ha­llaba el Palacio de Justicia.

El juez Jenner obedeció sin decir palabra. 

Exposiciones de tiempo - Wilson Tucker

El sargento Tabbot subió las escaleras hasta el departamento de la mujer, en el tercer piso. El pesado estuche de la cámara le golpeaba contra la pierna al subir y amenazaba chocar con su rodilla enferma. Pasó el estuche a la mano izquierda y resopló: esa mujer bien podía haber tenido la amabilidad de morirse en el primer piso.

Había un agente haraganeando en el descanso, custodiando como al descuido la escalera y el corredor del tercer piso.

Tabbot se mostró sorprendido.

- ¿Cómo, no hay guardián? ¿Todavía están trabajando? ¿Cuál es el departamento?

- Parece que se olvidaron del guardián, sargento - dijo el agente -. También parece que fueron a buscarlo. Hay un gentío allí adentro; el forense no terminó todavía. Es el número 33.

Bajó la vista hasta clavarla en el voluminoso estuche.

- Está completamente desnuda.

- ¿Quiere que le haga una buena foto?

- No, señor, ¿cómo voy a querer una foto de ella? Quiero decir, está desnuda, es cierto, pero ya no es linda.

- Las víctimas de los asesinatos no suelen tener muy buen color - dijo Tabbot.

Siguió por el corredor hasta el número 33 y encontró la puerta entreabierta; se oía una voz retumbante. Tabbot empujó la puerta y entró en el departamento de la mujer. Era chico, de no más de dos ambientes, probablemente.

Al primero que vio fue al encargado de tomar las huellas digitales, que trabajaba con un aerosol y una máquina de rayos ultravioletas portátil sobre una mesita ratona con cubierta de vidrio; la amarga expresión de su cara revelaba que había una manifiesta carencia de huellas. 

Había un teniente de la seccional parado en el otro extremo de la mesita, observando el barrido de la luz ultravioleta con un aire de serena paciencia; desvió la mirada hacia Tabbot, hacia el estuche de la cámara y volvió a posarla en la mesita. 

Un agente de civil esperaba detrás de la puerta sin hacer nada; dos hombres con un cesto de mimbre estaban sentados uno en cada brazo de una poltrona, contemplando por encima del respaldo algo que había en el piso; uno de ellos giró la cabeza para mirar fijamente al recién llegado y después volvió a concentrar la atención en el piso. 

Bastante alejado de la silla un hombre de calvicie pronunciada y abundante grasa debajo de la ropa se sacudía el polvo de las rodillas de los pantalones; acababa de ponerse de pie y el esfuerzo le había provocado una respiración seca y entrecortado que se le escapaba por la boca abierta.

Tabbot conocía al teniente y al forense.

El forense miró el pesado estuche negro que Tabbot acababa de dejar atrás de la puerta y preguntó:

- ¿Fotografías?

- Sí, señor. Son exposiciones de tiempo.

- Me gustaría que me hiciese algunas copias, entonces; hace ocho o nueve años que no veo un tiroteo; son muy escasos últimamente.

Señaló con un grueso dedo índice lo que estaba tirado en el piso.

- La mataron a tiros. ¿Qué le parece? ¡Muerta a tiros en esta época! Me gustaría alguna copia: estoy ansioso por ver a un hombre con agallas para llevar un revólver.

- Sí, señor.

Tabbot dirigió la atención al teniente de la seccional.

- ¿Puede darme alguna pista?

- El caso es bastante confuso todavía, sargento - respondió el oficial -. La víctima conocía al atacante: pienso que lo dejó entrar y después se alejó de él; él se quedó donde está parado usted. Tal vez haya habido una discusión pero no una pelea: no hay nada roto, nada fuera de lugar, ninguna huella digital. Esa perilla que está detrás de usted fue cuidadosamente limpiada. Ella estaba de pie detrás de esa silla cuando recibió el tiro y cayó allí. ¿Puede abarcarlo todo?

- Sí señor, creo que sí. Me voy a instalar en la entrada a ese otro ambiente. ¿Es una cocina?

- Cocina y ducha; este otro ambiente es una combinación de sala de estar y dormitorio.

- Voy a empezar por allí y después me voy a ir acercando. ¿No hay nada en la cocina?

- PIatos sucios, nada más. No hay manchas en el piso. Pero me gustaría que hiciera algunas tomas de todos modos. Los pisos están limpios en todas partes, salvo detrás de esa silla.

El sargento Tabbot miró la ventana que había en el otro extremo del cuarto y volvió a mirar al teniente.

- No hay salida de emergencia - dijo el oficial -. Pero de todos modos fotografíela. Fotografíe todo lo que vea. Haga su tarea de rutina.

Tabbot asintió con naturalidad y después notó que se le endurecían los músculos abdominales. Cruzó la habitación hasta llegar a la poltrona y contempló atentamente lo que había detrás del respaldo. 

Los hombres del cesto de mimbre dieron vuelta las cabezas al unísono para mirarlo, compartiendo entre los dos alguna broma macabra, probablemente a sus expensas. Se le revolvió el estómago a pesar de sus desesperados esfuerzos por controlarlo.

Era una rubia de cabellos ensortijados de alrededor de treinta años; su cara había sido bastante atractiva, pero no habría podido ganar un concurso de belleza; estaba lavada y sin maquillaje. No tenía ninguna joya en las muñecas, los dedos o el cuello y estaba totalmente desnuda. 

Le habían volado el pecho, Tabbot parpadeó su sorpresa y su desagrado, y desvió la vista hacia el estómago y las piernas, con la sola intención de apartar la atención de ese espectáculo horrible; por un momento pensó que iba a vomitar el desayuno. 

Los ojos se le cerraron mientras luchaba férreamente por controlarse y cuando los abrió se encontró con antiguas estrías abdominales, que indicaban un embarazo de largo tiempo atrás.

El sargento Tabbot se apartó rápidamente de la silla y se topó con el forense.

- Le dispararon por la espalda - dijo abruptamente.

- Sí, claro.

El gordo jadeante daba vueltas alrededor de él con fastidio.

- Hay un pequeño agujerito en la espina dorsal. Un pequeño orificio de entrada y uno enorme - ¡vaya si es enorme! - de salida; el disparo destruyó la caja torácica al salir. Es natural que sea así si, como pienso, le dispararon con una pistola de calibre grueso.

Miró el pie desnudo que se asomaba por detrás de la silla.

 - Es la primera muerte por disparo que veo en ocho o nueve años. ¿Se da cuenta? Hay alguien que lleva un revólver.

Hizo una pausa para jadear y después señaló con el mismo dedo gordo a los hombres del cesto.

- Levántenlo y váyanse, muchachos. Vamos a hacerle la autopsia.

Tabbot se dirigió a la cocina.

En la mesa de la cocina vio un plato sucio, una taza de café, una cuchara, un tenedor y migas de tostada; una azucarera sin tapa y un tarrito de crema instantánea para el café completaban el decorado. Buscó debajo de la mesa el cuchillo y la manteca que faltaban.

- No la busque - dijo el teniente -. Le gustaba la tostada limpia.

Tabbot se dio vuelta.

- ¿Cuánto tiempo hace de este desayuno? ¿Cuánto tiempo hace que está muerta?

- Hay que esperar el informe del forense para eso, pero yo diría que unas tres o quizá cuatro horas. La cafetera estaba fría, el cuerpo estaba frío, las manchas de huevo estaban secas. Digamos algo más de tres horas.

- Eso me da un buen margen - dijo Tabbot -. Si hubiera sucedido ayer a la noche, simplemente agarraba la cámara y me volvía a casa.

Buscó con la mirada un movimiento que había captado con el rabillo del ojo y vio a los hombres del cesto de mimbre que cruzaban la puerta de entrada con su carga y salían al corredor. Volvió rápidamente la mirada a la mesa de la cocina.

- Huevos y una tostada limpia, café con crema y azúcar. No nos sirve de mucho.

El teniente sacudió la cabeza.

- No estoy preocupado por ella; me importa un carajo lo que comió. Que se ocupe el forense de su desayuno; él ya nos dirá cuánto hace que lo tomó y ya veremos. Me importan más sus placas; quiero ver la foto del asesino.

- Esperemos que haya habido luz de día y que haya sucedido esta mañana - dijo Tabbot -. ¿Está seguro de que no es el desayuno de ayer? No tiene sentido armar el aparato si sucedió ayer a la mañana o ayer a la noche. Mi límite de exposición cae entre las diez y las catorce horas... y usted sabe bien qué pobres son las fotografías de catorce horas atrás.

- Fue esta mañana - le aseguró el oficial -. Ayer a la mañana fue a trabajar, pero cuando no fichó esta mañana y no respondió al teléfono, alguien del negocio vino a preguntar qué pasaba.

- ¿Y ese alguien tenía llave?

- No, y eso elimina al primer sospechoso. El portero lo dejó entrar. Entre paréntesis, ¿me podría sacar una foto de la puerta para corroborar su relato? Fue unos minutos después de las nueve; no recuerdan exactamente.

- Cómo no. ¿Qué tipo de negocio? ¿De qué se ocupaba?

- Una juguetería. Hacía muñecos de Navidad.

El sargento Tabbot pensó un rato y después dijo:

- Lo primero que le pasa a uno por la cabeza son las armas de juguete.

El teniente le respondió con una sonrisa tensa y malhumorada.

- Tuvimos la misma idea y enviamos hombres para que inspeccionaran el negocio; ya se sabe, negocios de mercado negro, juguetes o el mismo artículo pero de verdad. No tuvimos suerte; desde que se aprobó la ley Dean no volvieron a fabricar nada parecido a un revólver. Era un negocio honesto.

- Le tocó un caso difícil, teniente.

- Confío en sus fotografías, sargento.

Tabbot consideró que era una buena indirecta. Volvió al otro cuarto y descubrió que todos se habían ido salvo el silencioso agente de civil. El detective estaba sentado en el sofá detrás de la mesita ratona y lo observaba mientras abría el estuche. 

Colocó un trípode a un metro y medio de la puerta aproximadamente. La cámara en sí era un instrumento pesado, difícil de manejar, y para colocarla en el trípode hubo de emplear una buena dosis de gruñidos y un insulto entre dientes por un dedo machucado. 

Cuando quedó sólidamente afirmada sobre el trípode, Tabbot tomó un rollo de película del estuche suplementario y lo colocó en la parte posterior de la cámara. Lo último que acomodó fueron una lente y el cronómetro; Tabbot se aseguró de que la lente estuviera limpia.

Enfocó la puerta de entrada y buscó en el bolsillo la regla de cálculos. Controló el tiempo actual y después retrocedió para obtener cuatro exposiciones: a las nueve, a las nueve y cinco, a las nueve y diez y a las nueve y cuarto, que probablemente cubrían la llegada del portero y del empleado de la juguetería; amartilló y disparó el cronómetro y después controló que la película de nylon estuviese corriendo adecuadamente después de cada exposición. Anotaba los detalles de cada toma en una libreta para facilitar luego una identificación más segura de las placas.

El agente de civil quebró su silencio sepulcral.

- Es la primera vez que veo funcionar uno de estos aparatos.

- Estoy tomando fotografías desde las nueve hasta las nueve y cuarto de esta mañana - respondió con calma Tabbot -. Si tengo suerte, voy a fotografiar al portero abriendo la puerta; si no tengo suerte, sólo obtendré un movimiento borroso... o absolutamente nada, y entonces tendré que empezar de nuevo y hacer una exposición por cada minuto posterior a las nueve hasta que lo encuentre. Una imagen borrosa de la puerta que se abre me indicará que estoy cerca de lo que busco.

- ¿Buenas fotografías?

Parecía escéptico.

- ¿A las nueve? Claro que sí; a las nueve ya había luz suficiente en esa ventana y no pasó demasiado tiempo. Las condiciones son satisfactorias. El asunto se pone bravo cuando intento obtener exposiciones nocturnas con una o dos lámparas encendidas solamente; en este caso simplemente hay luz suficiente. ¡Cómo me gustaría que todo sucediese siempre al aire libre, en un día soleado... y no más de una hora antes de mi llegada!

El detective gruñó e inspeccionó la cámara, que hacía tic tac.

- Llevé algunas de sus fotografías a la corte una vez; fue el caso del robo del banco el año pasado. Las fotografías eran malas, el juez las descartó y el caso no pudo resolverse.

- Lo recuerdo - dijo Tabbot -. Y pido disculpas por la mala calidad del trabajo. Esas placas se tomaron sobre el límite de tiempo: catorce horas, tal vez algo más. La cámara y la película son prácticamente inútiles más allá de las diez o las doce horas; simplemente había pasado demasiado tiempo. 

Uso la mejor película que hay en plaza, pero no puede registrar una imagen como la gente de un pasado que supere las doce horas. Las placas del banco que usted llevó no eran más que sombras veteadas: eso es todo lo que puedo obtener para un pasado comprendido entre las doce y las catorce horas atrás.

- ¿Y nada pasadas las catorce horas?

- Nada en absoluto. Lo he intentado, pero nada.

La cámara dejó de hacer tic tac y se detuvo sola. Tabbot la hizo girar sobre el trípode y apuntó en dirección al sofá. El detective se levantó de un salto.

El sargento protestó.

- No se levante; usted no estorba, La lente no lo ve ahora.

Hizo un gesto de despedida al teniente desde la puerta y salió del departamento dando un portazo.

- Todavía está amargado por esas fotografías del banco - dijo el oficial.

Tabbot hizo un gesto de asentimiento e introdujo una sola modificación en el mecanismo de tiempo. Disparó el obturador para una exposición y luego le sonrió al teniente.

- Le enviaré una fotografía de él mismo sentado allí hace tres minutos. Quizás eso le levante el ánimo.

- O lo ponga tan furioso que lo haga echar.

El sargento inició una nueva serie de cuentas con la regla de cálculos y se dedicó a las fotografías de rutina de la habitación desde las seis hasta las nueve de la mañana. Enfocó con la cámara la mesita ratona, la entrada a la cocina, la poltrona, la ventana que estaba detrás de la poltrona, otra sillita y una biblioteca que había en la habitación, el piso, un jarrón con flores artificiales que estaba apoyado sobre un estantecito encima del radiador, una lámpara de pie, otra que colgaba del techo y, por último, tomó fotografías de la habitación desde distintos ángulos, caminando en círculo y regresando luego a la puerta de entrada. Tabbot volvió a controlar sus cuentas y después dedicó una atención especial a la puerta y al sector contiguo, donde él había estado parado al entrar.

La cámara hurgó y espió y escudriñó en el pasado reciente, en la última mañana de vida de la rubia desnuda, registrando en la película de nylon imágenes que ya hacía tres o cuatro horas que habían desaparecido. En el curso del relevamiento circular - al pasar entre la biblioteca y el jarrón con flores artificiales - una señal luminosa indicó que se había acabado el rollo de película, y la cámara interrumpió su tarea hasta que Tabbot colocó un nuevo rollo. 

El sargento hizo un pequeño ajuste en cronómetro para compensar el tiempo perdido, numeró el rollo terminado y el nuevo y continuó con sus pormenorizadas anotaciones para cada ángulo y cada serie de exposiciones. La cámara ignoraba el presente e indagaba en el pasado.

- ¿Cuánto falta? - preguntó el teniente.

- Una hora más para los preliminares; puedo terminar con la cocina en una hora más, y digamos unas dos o tres horas para las segundas tomas, después de fijar áreas restringidas.

- Se me está amontonando el trabajo.

El oficial se rascó la nuca y después se agachó para espiar por la lente.

- Me podrá encontrar en la seccional, probablemente. Haga copias adicionales de las placas claves.

- Sí, señor.

El teniente abandonó su inspección de la lente y echó una última ojeada general a la habitación. A diferencia del detective, no cerró dando un portazo.

La rutina del relevamiento fotográfico siguió adelante.

Tabbot movió la cámara hacia atrás y se ubicó en la entrada a la cocina para cubrir un ángulo más amplio de la habitación; enfocó el sofá, la poltrona y nuevamente la puerta. Quería recuperar esos pocos momentos esenciales, cuando se había abierto la puerta y había entrado el asesino para disparar el arma prohibida.

Cambió por un gran angular y fotografió todo el cuarto en una serie de tomas cada diez minutos sobre un período total de tres horas; el escenario quedó documentado en forma exhaustiva.

Cambió de rollo para empezar con la cocina.

Una idea descabellada detuvo su mano, lo interrumpió en el acto de girar la cámara. Retrocedió sobre sus pasos hasta la poltrona, dio la vuelta, se ubicó detrás de ella, evitando pisar la sangre derramada, y se encontró en línea recta entre la puerta y la ventana. 

Tabbot miró por la ventana imaginando un revolver a sus espaldas y giró lentamente sobre sí mismo para dirigir la mirada hacia la puerta: la temprana luz del sol que entraba por la ventana debió de haber iluminado la cara del hombre. La cámara, colocada en ese lugar, debería fotografiar la cara del atacante y registrar también la detonación del revólver.

Tabbot arrastró el trípode y la cámara a través de la habitación y los ubicó en esa posición, detrás de la poltrona y apuntando hacia la puerta. Volvió a cambiar la lente. Hizo nuevos cálculos.

Si tenía suerte en esta serie, el asesino dispararía hacia la cámara.

El relevamiento fotográfico de la cocina fue prácticamente una repetición del de la otra habitación y llevó un poco menos de tiempo.

Tabbot fotografió la mesa, dos sillas, los platos sucios, los restos de tostada, la cocinita, la vieja heladera, las alacenas empotradas sobre la pileta y sobre la mesada, la pileta misma, un bañito muy estrecho, disimulado como cuarto de limpieza detrás de una puertita angosta, y la puerta plegadiza de la ducha, que estaba manchada; la flor todavía goteaba.

Abrió la puerta de la heladera y encontró media botella de vino tinto junto con las demás provisiones. Hizo dos tomas, a una hora de distancia una de la otra. Indagó en el estrecho territorio del baño unas pocas tomas al azar con la esperanza de que la rubia no estuviese sentada allí. 

El cuarto de la ducha estaba revestido con símil azulejos blancos, que sufrían ahora el efecto de las manchas de óxido debajo de una flor que goteaba: dos exposiciones a modo de prueba porque el compartimiento incluía también un mini lavabo, un espejo y un tomacorriente a prueba de humedad; notó con un aire de aprobación algo distraído que el toma carecía de instalación para enchufar la máquina de afeitar.

Tabbot volvió a colocar el gran angular para la toma general; no había ventana en la cocina y notó que tampoco había salida de emergencia, una lamentable violación de las reglamentaciones contra incendio.

Con eso se completaron las tomas preliminares.

Tabbot buscó su documento de identidad en el bolsillo, reunió los rollos de película usados y salió del departamento. No había ningún guardián que le impidiera atravesar la puerta: le clavó la mirada al agente, que seguía haraganeando en el corredor, como mostrándose sorprendido.

El agente leyó su expresión.

- Enseguida viene, sargento, enseguida viene. Supongo que para estas horas el teniente ya habrá conseguido alguno, así que quédese tranquilo que ya viene.

Tabbot guardó el documento de identidad en el bolsillo.

- ¿Es cierto que le dispararon, como dicen? ¿Que le dispararon por la espalda y le atravesaron el estómago de lado a lado?

Tabbot asintió con incomodidad.

- De lado a lado, sí, pero no el estómago sino la caja torácica. Alguien le disparó un revólver de mucho calibre. ¿Quiere una copia? Podría pegarla en su armario.

- ¡Cruz diablo! ¡No!

El hombre echó una ojeada al corredor y volvió a mirar al sargento.

- Oí que el forense decía que era obra de un profesional; sólo los profesionales son lo suficientemente locos como para seguir llevando armas, considerando a lo que se arriesgan.

- Eso creo; hace años que no sé de un amateur que lleve revólver. La sentencia de prisión no redimible que se prevé para la portación de armas les pone los pelos de punta.

Tabbot cambió los rollos de mano para mantenerlos apartados de la rodilla lastimada al bajar la escalera.

La calle brillaba bajo la luz del sol (el tipo de escenarios luminosos en que el sargento Tabbot deseaba que se desarrollase todo para obtener los mejores resultados; con un sol brillante podía reproducir imágenes bastante superiores a las sombras veteadas, incluso sobre el límite máximo de las catorce horas)

Su camión era el único vehículo policial estacionado junto al cordón.

Tabbot subió al furgón y cerró la puerta. Puso en funcionamiento la reveladora y la secadora en medio de una oscuridad total y empezó a volcar en el tanque la película del primer rollo. Cuando la cola de esa primera película se zafó del rollo y desapareció, colocó en la ranura la guía de la segunda. Luego le tocó el turno a la tercera. 

El sargento se sentó en un banco y esperó en la oscuridad a que las máquinas terminaran sus ciclos y le entregaran los negativos de nylon. Después de un rato se estiró para poner en marcha la ampliadora y se dedicó a esperar sentado.

No podía borrar la imagen de la mujer con el pecho reventado; era más vívida en la oscuridad del camión que bajo la brillante luz del día. Esta vez no se le revolvió el estómago y supuso que se estaba acostumbrando al recuerdo o que la imagen ya se había instalado definitivamente en el pasado. Algunas de las fotografías que estaban a punto de completarse bien podían resucitar esa imagen de pesadilla.

El forense creía que algún encapuchado había asesinado a la mujer que hacía muñecos de Navidad, algún asesino profesional que hacía tan poco caso de la ley sobre portación de armas como de cualquier otra ley. Tal vez sí, tal vez no. 

Había militares y marinos que seguían haciendo entrar armas de contrabando al país cuando volvían de sus puestos de ultramar; Tabbot había oído hablar a menudo de eso y había visto algunos de esos tipos temerarios en la cárcel. Por alguna razón que no llegaba a comprender los ex marines que habían hecho el servicio en China eran los que violaban la ley del modo más flagrante: superaban a los contrabandistas de los demás servicios en una proporción de tres (o cuatro) a uno y las duras sanciones que fijaba la ley Dean no los acobardaba en lo más mínimo. 

El Congreso, con toda sabiduría había proclamado que sólo los oficiales de paz y el personal militar en servicio activo tenían el privilegio de portar armas de fuego; cualquier otra arma debía ser entregada y destruida por ley.

Tabbot no tenía revólver ni oportunidad para usarlo. El agente del tercer piso llevaba un arma, y también el teniente, y el policía de civil, pero no creía que el forense tuviese uno, ni tampoco los hombres del cesto, La ley Dean establecía rígidas penas de prisión no redimible para los ciudadanos que estuviesen en posesión de armas, pero los Marines continuaban llevándolas y de vez en cuando algún civil caía bajo los disparos de un revólver. Como la mujer que hacía muñecos de Navidad.

Un suave zumbido indicó el final de la tarea de revelado. Tabbot sacó las tres cintas de negativo de nylon de la rueda dentada de la secadora y las introdujo en la ampliadora. El tiempo de espera resultó sensiblemente menor. Tres largas tiras de fotografías impresas rodaron fuera de la ampliadora y cayeron en sus manos. Tabbot no perdió el tiempo en cortarlas una por una.

Echándose dos de las tiras al hombro y con la tercera en la mano se dirigió a la puerta del camión y la abrió, El brillo del sol lo hizo parpadear y los ojos le lagrimearon.

- ¡Oh, no! ¿Qué mierda habrá pasado? - gritó casi.

Las copias eran oscuras, mucho más oscuras de lo que les correspondía. Sabía sin necesidad de recurrir a las cifras anotadas en su libreta que las exposiciones habían tenido lugar después de la salida del sol, y sin embargo las copias eran oscuras, Tabbot fijó la vista en el frente del edificio tratando de identificar la ventana en cuestión y después volvió a mirar, desconcertado, las tiras de película.

La habitación que servía de sala y de dormitorio estaba a oscuras. Mirando más de cerca, parpadeando contra la fuerte luz, distinguió cuatro series temporales de exposiciones de la puerta de entrada; la tercera mostraba las siluetas oscuras del portero y de otro hombre con la boca abierta: nueve y diez de la mañana. 

La quinta fotografía era una brillante imagen del policía de civil sentado en el sofá y conversando con Tabbot. La sexta y las siguientes: imágenes oscuras del sofá convertido en cama (faltaba la mesita ratona), la entrada a la cocina apenas discernible, la poltrona (y ahí cerca la mesita), la ventana... Miró con desaliento la ventana: ¡las malditas cortinas estaban corridas e impedían el paso de la luz matinal!

Tabbot controló precipitadamente la segunda tira, que colgaba sobre su hombro: igualmente oscura. Tanto la lámpara de pie como la del techo estaban apagadas; las cortinas habían estado corridas toda la noche y el cuarto estaba sumido en un profunda oscuridad. 

Apenas se reconocía el radiador, el jarrón con flores, la biblioteca, la sillita y numerosas exposiciones de la puerta cerrada; las fotografías del piso eran prácticamente negras. Luego la cámara cambiaba de posición, moviéndose hacia la entrada de la cocina y fotografiaba el dormitorio con un gran angular: negra frustración.

La cama se había convertido nuevamente en un vulgar sofá, la mesita había retrocedido a su posición correcta, las demás piezas del mobiliario no habían sido modificadas, las cortinas cubrían la única ventana, las luces seguían apagadas. Miró de reojo las tomas finales y contuvo el aliento: una figura - una figura oscura y borrosa - estaba de pie junto a la esquina más alejada de la mesita mirando hacia la puerta cerrada.

Tabbot se apoderó ansiosamente de la tercera tira.

Los cuatro primeros cuadros no mostraban más que la imagen de una puerta cerrada; el quinto explotaba en el halo brillante de un fogonazo: el revólver había disparado en dirección a la lente.

El sargento Tabbot se precipitó fuera del coche, cerrándolo de un portazo al salir, y trepó por la escalera hasta el tercer piso. La rodilla lastimada reclamaba un paso más reposado. El joven agente había abandonado su puesto.

Había un guardián bloqueando la entrada al departamento.

Tabbot se le aproximó con toda cautela mientras registraba los bolsillos en busca del documento de identidad; a una distancia de sólo sesenta centímetros sintió las primeras y desagradables puntadas en la ingle: si intentaba deslizarse hacia el departamento sorteando la máquina, el maldito artefacto haría todo lo posible por sacarle las tripas. Los testículos eran la zona más vulnerable. 

Un guardián le recordaba siempre a una manguera de incendios de la segunda generación, pero ni aún si lo torturaran en una seccional iba a poder describirle a nadie en forma convincente cómo era exactamente una manguera de incendios de la segunda generación; el torturador insistiría en que sólo se trataba de un símbolo fálico.

El guardián estaba hecho de acero inoxidable y plástico incoloro; llegaba a la altura de la cintura y tenía una ranura y una linterna fosforescente en la cabeza, que terminaba en punta. Generaba una emisión fulgurante y controlada, una radiación de alta frecuencia capaz de destruir el tejido animal. 

Esas máquinas resultaban asombrosamente útiles para mantener adentro a los prisioneros y afuera a los ciudadanos demasiado curiosos. Tabbot insertó su tarjeta de identificación en la ranura y esperó que la fosforescencia de la linterna disminuyera gradualmente.

Había un teléfono en el suelo, junto al extremo más alejado del sofá, medio escondido entre una pila de libros polvorientos; al parecer la mujer leía novelas de cowboys. Tabbot discó el número de la seccional y esperó a que el operador ubicara al oficial.

- Habla Tabbot. ¿Quién abrió las cortinas? - preguntó abruptamente.

- ¿Qué carajo me está...? ¿Qué cortinas?

- Las cortinas que cubren la única ventana que hay en la habitación. ¿Quién las corrió esta mañana? ¿Cuándo?

Hubo un silencio intencionado.

- Sargento, ¿no sirven las fotografías?

- Casi no sirven, señor. Obtuve una excelente foto del detective sentado en el sofá después de que hubiesen apartado las cortinas.

Vaciló un instante mientras consultaba la libreta de anotaciones.

- El disparo se produjo esta mañana a las seis cuarenta y cinco; el portero abrió la puerta a las nueve y diez. Y la placa del agente de civil me salió estupenda.

- ¿Eso es todo?

- Todo lo que puede servir. Tengo una foto sucia y oscura de alguien mirando hacia la puerta, pero no puedo decirle si ese alguien es hombre o mujer, si es verde o colorado.

- ¡Mierda! - exclamó el teniente.

- Lo mismo digo, señor.

- Fue el forense quien apartó las cortinas; quería más luz para mirar el cadáver.

- Ojalá la hubiera apartado ayer por la noche antes de que ella se hubiera convertido en cadáver - dijo, pensativo.

- ¿Está seguro de que no sirven?

- Mire, señor, si las presentara a la Corte y tuviese que vérselas con el juez del que hablábamos hoy, lo expulsaría del tribunal.

- ¡Carajo! ¿Y qué va a hacer usted ahora?

- Volveré a concentrarme en las seis cuarenta y cinco y trabajar sobre el disparo. También podría seguir a ese alguien borroso mientras se dirige hacia la puerta... supongo que era la mujer que iba a abrir para hacer entrar al asesino. Pero no se haga ilusiones, teniente. Es un caso perdido.

Otro silencio y después.

- Está bien. Haga lo que pueda. Linda noticia la que me dio, sargento.

- Sí, señor.

Dio por terminada la comunicación.

Tabbot arrastró la voluminosa cámara hasta ubicarla junto a uno de los extremos de la mesita y enfocó hacia la puerta; pensaba que el encuadre abarcaría a la mujer caminando hacia la puerta, abriéndola, alejándose de ella y al atacante entrando, todo en la más lóbrega oscuridad. Introdujo un nuevo rollo en la cámara e inspeccionó la lente por si hubiese alguna basurita. Después empezó a calcular el tiempo. La cámara comenzó su tarea con las exposiciones que comprendían el momento crítico del disparo.

Tabbot fue hacia la ventana para concluir su examen de la tercera tira de fotografías, las que correspondían a la cocina. La gran mayoría de los cuadros estaban tan oscuros como los del dormitorio, pero se iluminaban de pronto después del momento en que había cambiado por el gran angular, al iniciar la serie de enfoques generales: alguien había encendido la luz del techo.

Tabbot pudo ver a una mujer desnuda sentada a la mesa: tenía las dos manos plegadas sobre el estómago, como si apretara un rollo de carne. Detrás de ella se veía la estrecha puerta del baño, que estaba entreabierta. La mesa estaba vacía.

Tabbot frunció el ceño al ver a la mujer, su postura, y después buscó entre sus notas el tiempo de exposición retroactiva: las seis y cinco. La mujer que fabricaba muñecos de Navidad estaba sentada junto a una mesa vacía a las seis y cinco de la mañana, mirando hacia su izquierda y agarrándose el estómago con las manos. Tabbot se preguntó si tendría hambre y estaría esperando que alguna sirvienta imaginaria le preparara y sirviera el desayuno: huevos, café, una tostada limpia.

Buscó la foto de la cocinita: había una llamita de gas debajo de la cafetera; ni rastros de huevos fritos... bueno, tal vez los freía sólo tres minutos, y como las fotos se habían tomado con intervalos de cinco y diez minutos...

Miró otra vez a la mujer y se disculpó por el pésimo chiste: cuarenta minutos más tarde iba a estar muerta.

Otro dato interesante en la tercera tira era un delgado haz de luz debajo de la cortina de la ducha. Tabbot retrocedió y recorrió la tira en busca de las dos exposiciones que enfocaban la ducha, pero las encontró oscuras y el compartimiento estaba vacío: se había equivocado en la hora.

La cámara se detuvo sola a sus espaldas, reclamando su atención.

Tabbot arrastró el aparato a través del salón hasta ubicarlo en una posición de privilegio junto al brazo del sillón y volvió a enfocar la puerta. Ajustó el cronómetro para obtener una segunda versión de las escenas recién registradas, pero no esperaba encontrar más que una sombra entrando, disparando y yéndose; una figura oscura en un cuarto en sombras.

Empezó una nueva serie sobre la base de esa fotografía del fogonazo.

Volvió a concentrar su atención en la mujer sentada a la mesa: estaba con las manos crispadas sobre el estómago, mirando hacia su izquierda ¿mirando qué?

En un arrebato, Tabbot fue a la cocina y se sentó en la silla que había ocupado ella; la misma posición, el mismo ángulo. Se apretó el estómago con las manos y miró hacia su izquierda, reproduciendo la misma dirección de la vista: lo que veía era el cuarto de la ducha.

Una de las fotografías le había dado un haz de luz debajo de la cortina... no, de la puerta plegadiza manchada y la línea de separación tenía gotas de agua.

- ¡Ahora sí! - dijo en voz alta.

Extendió las tiras sobre la mesa para tener las manos libres y luego examinó las anotaciones de su libreta, una por una. Cada una de las placas había indagado en el pasado a las seis y cinco de la mañana: alguien había tomado un baño mientras la mujer estaba sentada junto a la mesa.

Volvió a mirar las últimas fotografías de la segunda tira (la que correspondía al segundo rollo): una figura - oscura y de contornos imprecisos - estaba mirando hacia la puerta cerrada; eran las seis y cuarenta, cinco minutos antes del disparo.

¿Era posible que la mujer se hubiera quedado allí, simplemente, esperando durante cinco minutos que golpearan a la puerta? ¿O la había abierto sólo un instante después de la exposición, habla dejado entrar al hombre, había discutido con él y cinco minutos más tarde había muerto junto a la silla? Cinco minutos era tiempo suficiente para una disputa, un acalorado intercambio de palabras, una amenaza y un disparo.

Tabbot se agarró con las manos del borde de la mesa.

- ¿Qué había pasado con el hombre de la ducha? ¿Se había quedado allí, en remojo, durante cuarenta minutos, mientras asesinaban a la mujer? ¿O había salido, se había secado, había engullido su desayuno y dejado el departamento unos minutos antes de la llegada del atacante?

Tabbot se respondió: no, no, no y tal vez.

Saltó con tal violencia de la silla que la hizo caer. El teléfono seguía detrás de la pila de novelas de cowboys.

El que respondiera a su llamada bien podía ser uno de los hombres del cesto de mimbre.

- Morgue del distrito.

- Habla el sargento Tabbot, del Departamento de Fotografía. Tengo unas placas preliminares de la mujer del departamento: estuvo sentada a la mesa de desayuno entre las seis y las seis y cuarto. ¿Coincide eso con la autopsia?

- Dio en el clavo, sargento - dijo con júbilo la voz -. La tostada todavía estaba allí, ¿me entiende?

- Sí, le entiendo - respondió con voz poco firme -. Les enviaré las fotografías.

- Ey, espere, espere; hay algo más. Estaba embarazada desde hacía poco, dos meses quizá.

Tabbot tragó saliva. Una imagen involuntaria trataba de formarse en su mente: la mesa de autopsia, una o dos cuchilladas, el inventario de los contenidos del estómago. Rechazó la idea y dejó el teléfono en el suelo.

- Pensé que había sido el hombre de la ducha el que se había tomado el desayuno. Pero no fue él, no fue él - dijo desesperadamente en voz alta.

El teléfono, mudo, no le respondió.

La cámara dejó de indagar en el pasado.

Tabbot arrastró el aparato a la cocina y buscó una nueva posición detrás de la silla de la mujer para abarcar la mesa, la cocinita y el cuarto de la ducha. Programó el cronómetro para exposiciones con diferencia de dos minutos entre una y otra; calculó la primera a las seis. Comenzó la prueba. Tabbot, pasó junto a la ventana y salió de la cocina para examinar una vez más las descorazonadoras fotos preliminares.

La puerta de entrada, el portero y otro hombre en el umbral, la resplandeciente belleza de la foto con el detective sentado en el sofá, las fotos en sombras del sofá abierto para servir de cama... Tabbot se detuvo e investigó más de cerca: ¿había una o dos figuras tendidas en la cama? La siguiente: la entrada a la cocina, la poltrona, la mesa ratona cambiada de lugar, la ventana con las cortinas corridas.

Siempre lo mismo, una y otra vez. Oscuridad. Pero, ¿había una o dos personas en la cama?

Y luego de esa fotografía: alguien borroso y de contornos imprecisos mirando hacia la puerta cerrada. ¿Estaba caminando en ese momento hacia la puerta y se lo había sorprendido a mitad de camino? ¿Era el hombre de la ducha?

Tabbot dejó caer las fotografías y corrió hacia la cocina.

La cámara no había terminado aún con la serie programada pero Tabbot la sacó violentamente de su posición y la arrastró por la cocina; el trípode dejó marcas en el suelo. Hizo a un lado la mesa, detuvo el cronómetro y abrió de un tirón la puerta plegadiza para introducir la lente en el compartimiento de la ducha. 

Enfocó el pequeño lavabo y el espejo que colgaba sobre él, esperando obtener luz suficiente reflejada por los azulejos blancos. Introdujo un nuevo rollo y trabajó febrilmente con la regla de cálculos, consultó una y otra vez las anotaciones para estar seguro de la hora. Colocó el cronómetro y puso en marcha la cámara. Retrocedió y esperó.

El teniente se había equivocado.

La mujer que fabricaba muñecos de Navidad no había ido hacia la puerta ni había dejado entrar a un hombre alrededor de las seis y cuarenta de la mañana; no había ido en ningún momento hacia la puerta. Había muerto detrás de la silla mientras se dirigía hacia la ventana para apartar las cortinas. Su atacante había pasado allí la noche, había dormido con ella en el sofá-cama hasta poco antes de las seis; después se habían levantado y uno de ellos había usado el baño mientras el otro plegaba la cama. 

Él había entrado a la ducha mientras ella se sentaba a la mesa. En ese intervalo ella se había apretado el vientre y después había desayunado. Se había originado una discusión - o tal vez retomado la de la noche anterior - y luego el hombre había aparecido en la cocina, entonces oscurecida, se había vestido y había intentado irse sin desayunar.

La discusión había continuado en la sala; la mujer había ido hacia la ventana para dejar entrar la luz del sol matinal mientras el pistolero profesional vacilaba entre la mesita y la puerta. Se volvió a medias, disparó y huyó.

- Hay un pequeño agujero en la espina dorsal...

Tabbot pensó que el teniente estaba muy equivocado; en menos de una hora tendría las placas para probar que estaba equivocado.

Para ahorrar algunos minutos, llevó el rollo terminado al camión que estaba abajo e introdujo la película en el tanque de revelado. Era molesto tener que preocuparse por el guardián cada vez que entraba y salía y Tabbot violó el reglamento, dejándolo inerte.

En el momento en que salía del camión pasó un patrullero de la policía, pero no obtuvo más que un distraído movimiento de cabeza por parte del acompañante del conductor. La rodilla de Tabbot empezó a hacerse sentir cuando subió la escalera hacia el tercer piso en la que parecía ser la centésima vez en el día.

La cámara había completado las tomas del lugar y se había detenido.

Tabbot se preparó para partir.

Llevó su equipo afuera, al corredor e hizo tres exposiciones de la puerta del departamento. El proceso de guardar todo otra vez en el voluminoso estuche le llevó más tiempo del que le había llevado sacarlo; el trípode se rehusaba obstinadamente a plegarse en la forma debida para entrar en la funda. Y la ley sobre privacidad de los ciudadanos se rehusaba obstinadamente a permitirle fotografiar el corredor: allí no se había cometido ningún crimen.

Echó una última ojeada al departamento vacío: podía ver hasta la cocina y su imaginación podía representarse a la mujer sentada a la mesa, apretándose el estómago. Cuando estiró el cuello para mirar a ambos lados de la puerta, pudo ver la ventana iluminada por un sol brillante. Tabbot decidió dejar las cortinas apartadas; quería que, en caso de que ese mismo día o al siguiente asesinaran a alguien en ese lugar las cortinas estuviesen abiertas.

Cerró la puerta del departamento y puso su tarjeta de identificación en la ranura del guardián para reactivarlo. No hubo ningún movimiento del mecanismo en respuesta, ningún zumbido teatral del pulsador de alta frecuencia, pero sus tripas comenzaron a revolverse cuando se encendió la linterna roja. Bajó por la escalera con sumo cuidado porque la rodilla no le permitía un paso más rápido. El estuche de la cámara golpeaba contra la otra pierna.

Tabbot sacó el tambor de la película del tanque de revelado y lo introdujo en la ampliadora. Cerró la puerta trasera del camión, dio la vuelta hacia la puerta del conductor y buscó la llave de encendido en el bolsillo del pantalón. No estaba allí. La había dejado en el contacto, otra violación de la ley. Entró y puso el motor en marcha, bastante agradecido de que los hombres del patrullero no hubieran visto la llave (le habrían podido dar una citación y lo habrían hallado tan culpable como a cualquier otro ciudadano).

El camión laboratorio entró en circulación.

La ampliación de los dos rollos de película de nylon se completó en la playa de estacionamiento cercana a la seccional. Estacionó en uno de los lugares reservados para visitantes; como no sabía quién podía estar observándolo desde la ventana, Tabbot sacó la llave del contacto y la guardó en el bolsillo antes de encaminarse a la parte posterior del camión para terminar el trabajo de la mañana.

Los resultados concretos del primer rollo eran insultantes, desde el punto de vista profesional: fotografías oscuras y descorazonadoras que habría preferido no tener que mostrar a nadie. Había solo dos buenas del fogonazo del revólver y otras dos de algo borroso y de contornos imprecisos encaminándose hacia la puerta. Prácticamente la única satisfacción que podía encontrar Tabbot en estas dos últimas era el colorido, tan oscuro, un hombre vestido con ropas oscuras, moviéndose a través de un cuarto en sombras. La mujer desnuda habría dado una pálida figura blanquecina.

Tabbot examinó las fotografías del segundo rollo con ojo de profesional. Los azulejos blancos del cuarto de la ducha habían reflejado la luz en forma satisfactoria. Consideró que era uno de los mejores trabajos de su vida. Observó al visitante nocturno de la mujer duchándose, afeitándose, lavándose los dientes y peinándose. En algún momento, tal vez en medio de aquella discusión acalorada se había hecho un tajito en el cuello, justo encima de la nuez de Adán, un hecho que no había contribuido precisamente a mejorar su humor.

Una exposición captada fuera de la puerta del departamento - la última fotografía - era al mismo tiempo gratificante y frustrante: mostraba a ese alguien borroso mientras abandonaba el lugar, pero iba agachado y con la cabeza inclinada, mirándose los pies. Tabbot supuso que el hombre era demasiado tímido como para que lo fotografiaran saliendo de la habitación de una mujer; se mostraría indignado cuando supiera que una cámara lo había estado observando frente al espejito del lavabo, indignado y casi furioso por esta última forma de invasión de la vida privada.

Tabbot llevó las fotografías a la seccional. Había otro sargento en servicio detrás del escritorio, un hombre que lo reconoció por el uniforme, si no por su cara o por su nombre.

- ¿A quién busca?

- Al teniente... ¿cómo se llama? - dijo Tabbot.

El hombre del escritorio señaló con el pulgar hacía atrás.

- En la división de la patrulla.

Tabbot dio la vuelta al escritorio y se dirigió a esa división, que estaba al final del edificio. Era una sala grande, con varios escritorios, y cuatro o cinco hombres trabajando o haraganeando detrás de ellos. La mayoría parecía estar haraganeando. Todos sin excepción levantaron la vista al llegar el fotógrafo.

- ¿Ya está aquí, sargento? ¿Terminó con su trabajo?

- Sí, señor.

Tabbot se dio vuelta y se dirigió al escritorio del teniente. Extendió delante de él la primera tira de fotografías oscuras.

- Bueno, no parece estar muy contento con esto.

- No, señor.

Colocó la segunda tira junto a la primera.

- Están todas oscuras menos las últimas. Había más luz en el compartimiento de la ducha. El que está en la ducha es usted, teniente. El efecto de contraluz me dio las únicas fotos decentes de toda la serie.

 

FIN