INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta condena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta condena. Mostrar todas las entradas

El Largo Camino de la Venganza - Clark Dalton

 Extracto de la Enciclopedia Universal de Bernard, edición de 2176:

«Ya en el siglo XIX describió el escritor in­glés H. G. Wells una máquina del tiempo. Sin embargo, hasta el año 2145 fracasaron todos los intentos de construir semejante ingenio. Después, el genial físico Karel Dekker desarro­lló un aparato de base hiperenergética que hizo posible el traslado de objetos y seres vivientes al pasado. Lo que por desgracia no se ha logrado todavía es hacer volver a nuestra época presente la materia enviada entonces unos qui­nientos años atrás. Un viaje al futuro se con­sidera imposible, en general, ya que éste no existe todavía.»

 

El juez Jenner estaba plenamente convencido de haber actuado con justicia y según las leyes. Desde el comienzo del proceso compartió la opinión del fiscal, incluso de manera abierta, pese a que no po­día hacer tal cosa. Por ello surgieron diferencias de opinión con el abogado defensor, que tuvo que resignarse a ver perdida la causa de su cliente. No era el cobro de sus honorarios lo que preocu­paba a éste. Aunque el barón Edmond von Klarenbach desapareciera para siempre del círculo de los actualmente vivientes, el abogado obtendría su re­muneración. Von Klarenbach era hombre acaudala­do y debería pagar a su defensor antes de abandonar definitivamente su época.

Porque en eso consistía la condena del juez Jenner.

Hacía tiempo que se había abolido la pena de muerte. Dado que, según Dekker, no podía existir un contrasentido cronométrico (afirmación compro­bada por él a través de experimentos), se había adop­tado el simple método de enviar al pasado, con ayu­da de la máquina inventada por Dekker, a los con­denados a la última pena. Allí desaparecían a perpetuidad y ahorraban dinero y disgustos al mundo actual. Era un sistema humano de sacarse de enci­ma a los elementos indeseables.

En el fondo, el barón Edmond von Klarenbach era inocente. También Jenner lo sabía. No obstante, había pronunciado la sentencia que, en realidad, te­nía ya decidida antes de iniciarse el proceso.

La cosa se remontaba a los tiempos de su padre, antes de la invención de la máquina del tiempo. Propiamente, todo había empezado por una insigni­ficancia fácil de solucionar mediante una discusión sensata, pero tanto el concejal Jenner como el barón Clavius von Klarenbach eran unos testarudos.

El concejal era un apasionado cazador, y un día, persiguiendo a un magnífico venado de doce puntas, se adentró sin querer en los terrenos del barón. Allí tuvo suerte y cobró pronto la pieza, pero el barón Clavius le acusó de caza furtiva. Se llegó a una con­ciliación, como era de esperar. Sin embargo, Jenner ya no pudo prosperar en su carrera política y nunca pudo quitarse del todo el mal sabor que el desagra­able suceso dejara en él. Murió pocos años des­pués, cuando tenía ya próxima la jubilación.

Su único hijo, Richard Jenner, había estudiado Derecho, y a él le confió el viejo su último deseo: que se vengara del barón Clavius von Klarenbach o del descendiente de éste.

Al principio, Richard no se avenía a la idea de hacer daño a un desconocido, por lo que decidió visitar al anciano barón en su propiedad. Encontró al señor del castillo de un pésimo humor y, al darse a conocer, fue echado sin miramientos de la mansión por el joven Edmond von Klarenbach y un lacayo.

Este suceso quedó grabado en la mente de Ri­chard Jenner, que algunos años más tarde fue nom­brado juez. Y llegó el día en que determinó cum­plir la oscura última voluntad de su padre.

La ocasión no había de tardar en presentarse, ya que la reforma agraria descubrió ciertas cosas que no arrojaban una luz nada favorable sobre los manejos del joven barón. 

Edmond von Klarenbach había forzado a varios pequeños terratenientes y campesinos a renunciar a sus derechos con el objeto de conservar íntegra la propiedad que desde hacía siglos había pertenecido a su familia. 

Una historia complicada, como bien sabía el juez Jenner, pero cuando le fue confiado el caso, empezó a buscar y estudiar todo el material de información que fue posible obtener. Y aunque halló algunas incongruencias a lo largo de su minuciosa labor, no dejó que le apartaran de su decisión. 

Su deber consistía en eliminar de una vez para siempre al odiado barón. Poco le importaba, para lograrlo, ayudar a que se hiciera justicia a los acreedores o favorecer a bribones. Lo único que an­siaba era cumplir el deseo de su padre.

En el siglo XXII, y pese a todas las innovaciones sociales y sus correspondientes leyes, el sentido de la tradición había renacido con inusitada fuerza. El hijo seguía los negocios del padre y se ocupaba de terminar lo que la muerte había impedido a éste llevar a cabo.

Entre estas cosas figuraba la venganza.

***** 

Cuando el juez Jenner hubo repasado todo el ma­terial, supo por dónde agarrar al barón Edmond von Klarenbach. Firmó una orden de arresto por extorsión.

No fue difícil para Jenner reunir pruebas. Sacri­ficando buena parte de su propia fortuna, movió a aquellos terratenientes perjudicados por von Kla­renbach a formular su denuncia de manera más dura. La coacción se transformó en exacción, y con ello el aristócrata estuvo perdido.

El juez Jenner le condenó a ser trasladado, me­diante la máquina del tiempo, a una época indeter­minada: más o menos, a quinientos años atrás.

Y eso, aunque no lo fuera, equivalía a una con­dena a muerte.

Durante su última noche en la celda, Edmond von Klarenbach llegó a la conclusión que existía un camino para revisar un día esa sentencia.

Y se juró seguirlo.

***** 

Richard Jenner respiró aliviado cuando al día siguiente, al término de su trabajo, regresó al ho­gar y se sentó dispuesto a repasar la corresponden­cia. Su ama de llaves estaba de vacaciones, y él era soltero.

Comenzó por leer las cosas de poca importancia y dejó para el final el grueso sobre que ya le llama­ra la atención desde el principio. La empinada le­tra resultaba anticuada y un poco pedante, pero no le pareció del todo desconocida.

El sobre no llevaba indicación del remitente.

Jenner lo rasgó y quedó sorprendido al hallar en su interior una serie de páginas escritas a máquina. Iban éstas acompañadas de una carta que presen­taba la misma letra inflexible.

Decía ésta:

 

«17 de abril de 2199.

»Al juez Richard Jenner.

»Ni usted ni yo podremos olvidar esta fecha. Pero si manda analizar la tinta de mi escrito en un laboratorio, le confirmarán que tiene una antigüedad de quinientos años. Y eso es exac­to. Escribo esta carta en el año 1699 y soy el fundador de la estirpe de los von Klarenbach: el barón Edmond von Klarenbach.

»Le envío este documento para que los ex­pertos en grafología puedan comprobar que no es usted víctima de una mixtificación. Cual­quiera le garantizará que se trata de la letra de un hombre al que usted mismo lanzó qui­nientos años atrás mediante la máquina del tiempo..., y que acaba de volver a su época para vengarse.

»¿O esperaba usted escapar sin castigo?

»El manuscrito adjunto contiene la historia de mi vida, de esta segunda vida que le debo a usted. Sólo entonces, cuando lo haya leído todo, se dará cuenta del castigo que le reservo.

»Y comprenderá también el lema de mi es­tirpe, que reza así: “nada en este mundo sucede sin motivo”.

»Barón Edmond von Klarenbach.»

 

Cuando Richard Jenner hubo leído la carta, se recostó contra el respaldo de su sillón con el mis­terioso escrito sobre sus rodillas y los ojos cerrados. Se negaba a aceptar lo que parecía la única explica­ción lógica... Era imposible que un hombre muerto hacía quinientos años volviera de repente a la actua­lidad. El barón Edmond von Klarenbach había de­jado de existir aquella mañana —y, con ello, hacía casi quinientos años— al penetrar en la cámara de la máquina del tiempo.

Nadie había regresado todavía.

¿Por qué iba a hacerlo, entonces, el barón?

El juez abrió los ojos y se cercioró de hallarse aún en su acogedor cuarto de trabajo. Con manos temblorosas dejó la carta encima de la mesa y tomó las hojas mecanografiadas, que eran diez. Los carac­teres de la máquina de escribir eran modernos, sin duda alguna, y procedían de sus días.

Una conclusión que a la vez tranquilizó e intran­quilizó a Jenner.

Por fin, el hombre se animó a empezar la lec­tura...

***** 

«No sentí miedo cuando, por la mañana, los guar­dianes vinieron a buscarme. No me conducirían a la cámara de gas ni a la silla eléctrica, sino a aquel cuarto que albergaba la máquina del tiempo. Desde un principio estuve convencido que ella funcionaría, terminando así mi vida en la época presente. Sin embargo, ello no significaba la muerte absoluta ni el final definitivo.

No, yo no experimentaba temor, pero sí un ren­cor incontenible cuando pensaba en el triunfo del hombre que había realizado de manera tan horrible su mezquina venganza. Por un motivo poco menos que ridículo —yo era entonces todavía un chiquillo— me desterró de mi presente. Con ello me obligó a cavilar durante toda una noche: la noche anterior a mi «ejecución». Y mis reflexiones dieron resultados sorprendentes.

Detrás de mí se cerró la cámara del tiempo, y me vi solo. Ni siquiera pude oír cómo manejaban el ingenio, pero me importó poco. Quinientos años, había calculado Dekker. ¿Por qué debía equivo­carse? Además, en aquella época, medio milenio atrás, se habían producido muchos descubrimientos científicos que fácilmente podían relacionarse con la influencia de hombres preclaros enviados al pasado con ayuda de la máquina de Dekker en el transcurso de los úl­timos veinte o treinta años.

Galileo inventó el telescopio.

Kepler estableció las leyes del movimiento.

Newton presentó luego sus leyes sobre la gravita­ción.

No faltaba mucho para que William Harvey des­cubriera la circulación sanguínea.

Y Pascal tuvo la idea de emplear el barómetro co­mo altímetro.

Fue la época en que los hombres descubrieron su mundo y empezaron a ampliar su horizonte. Compren­dí que eran unos tiempos a mi medida, pero supe también, en seguida, lo cauto que debía ser si no que­ría acabar en un calabozo por hereje o brujo.

En la cámara del tiempo reinaba la oscuridad. De pronto tuve la sensación de flotar en el aire y perder el suelo bajo mis pies. Caí, caí muy abajo, hacia el pa­sado, a través de los siglos, hasta que súbitamente se cortó la corriente. La sacudida de la llegada al nuevo nivel de tiempo fue tan brusca, que me hizo chocar con violencia contra el suelo. No obstante, apenas sentí el dolor, porque mis ojos percibieron luz. Una luz débil, plateada y muy familiar...

Encima de mí lucía el límpido cielo nocturno con sus estrellas y una luna llena, medio cubierta por unas paredes. Cuando me incorporé la pude contemplar entera. No se había transformado.

Permanecí acurrucado y con el oído tenso. Aparte del susurro de las hojas secas y del aullido del viento al pasar por los huecos abiertos en las paredes, no se percibía nada. Mis manos estaban tan frías y húmedas como el suelo sobre el que me hallaba. Dado que no tenía techo sobre mi cabeza, supuse que había ido a parar a unas ruinas. ¿Aterrizarían todos los delincuen­tes en aquel mismo lugar?

Noté que me estaba quedando aterido, pues no llevaba más que el delgado traje que era costumbre en las cárceles del siglo XXII. Con esa vestimenta iba a llamar bonitamente la atención, a finales del siglo XVII, si no procedía con un cuidado tremendo. Y eso era imprescindible para realizar con éxito mi plan.

Un plan de quinientos años.

A pesar del frío me situé en un rincón protegido del viento, y pensé... Según mis cálculos debía ser poco después de la medianoche. La hora de los es­píritus. En cierto aspecto yo también era una espe­cie de espíritu, y como tal tenía que mirarme cual­quier persona que casualmente pasara en aquellos momentos junto a las ruinas y me viese surgir de la nada.

Sí, se trataba de un edificio en ruinas. No tuve duda de ello cuando miré detenidamente a mi alre­dedor. En el mismo lugar donde más tarde se debería alzar el Palacio de Justicia, se derrumbaba hoy, quizá en el año 1699, un viejo castillo.

Si mi plan surtía efecto, mañana no esperaría allí inútilmente...

Pasé la noche lo mejor que pude y, cuando empe­zó a clarear, examiné los aposentos aún intactos de las ruinas, y descubrí, en una cámara escondida, al­gunas ropas desechadas que me prestaron gran ser­vicio. Gracias a ellas pude esconder mi delatora ropa y establecer un primer contacto con la gente.

Al anochecer volví a un escondrijo, en espera del hombre que había de confirmar el acierto de mi ac­tuación. Mi mano empuñaba la espada que también encontrara en la antigua armería de las ruinas.

Pero ahora quiero dar un salto adelante en mi relato, para que se entienda mejor lo ocurrido aque­lla noche.

Cuando supe que mi plan había dado resultado antes que pudiese llevarlo a cabo, abandoné las ruinas y me encaminé a la ciudad más próxima. Me hice pasar por un artesano que viajaba para cono­cer mundo y, como nunca fui precisamente torpe en lo referente a la agricultura, no tardé en encontrar un amo que me convenía. No me resultó nada fácil acostumbrarme a las nuevas circunstancias, pero mi capacidad de adaptación y mi férrea voluntad me ayudaron a ganarme la confianza e incluso la ad­miración de mi patrono. Yo estaba en situación de darle unos consejos que no podía recibir de nadie más, de modo que pronto fui su mano derecha y, por fin, su amigo.

Corrían tiempos inquietos.

Los turcos habían sitiado Viena para ser después derrotados.

Atlasov descubrió la península de Kamchatka.

Los Países Bajos se habían convertido en la pri­mera potencia comercial del mundo y los ingleses se disponían a fundar Calcuta a través de su com­pañía de las Indias Orientales.

El príncipe Eugenio se batía en los Balcanes.

En nuestra tierra reinaban la paz y la tranquilidad. A mí me constaba que llegarían épocas tempes­tuosas, pero nunca había sido un buen alumno en Historia. Pero eso tal vez fue una suerte para mí, ya que de otra forma hubiese intentado intervenir en los sucesos. Acababa de comprender de cuán diminutas casualidades e insignificantes acontecimien­tos dependía el cuadro del futuro.

Murió la mujer de mi amigo y, dos años más tarde, yo me casé con su hija, que de este modo se convirtió en la ascendiente de nuestra estirpe. Ella ignoraba por completo el secreto que yo arrastraba conmigo, y nunca llegó a conocerlo. Al morir su pa­dre diez años después de nuestro matrimonio, yo obtuve el dominio ilimitado sobre todos sus bienes y sabía, además, que en mi familia siempre existiría un hijo que siguiera llevando mi nombre.

Mi primogénito, Jesco, tenía ahora ocho años. A él le confesaría un día el secreto de mi proceden­cia, para que, cuando a su vez fuera padre, lo trans­mitiera a su hijo mayor. Así durante quince o veinte generaciones, quizá, hasta que nuestra estirpe con­tase quinientos años de existencia.

Tampoco para mí se había detenido el tiempo. Si ahora pudiera verme, juez Jenner, quedaría asombrado. Soy un hombre anciano que camina encor­vado y tiene los cabellos blancos. Mi testamento es­tá hecho, por si acaso la muerte me sorprendiera antes de lo que espero.

He aquí mi última voluntad:

En el año 2199, el penúltimo descendiente de nuestra familia será condenado por un juez llama­do Richard Jenner a volver a nuestra época median­te la máquina del tiempo. Su hijo, Robert von Klarenbach, debe visitar al juez Jenner en la noche del 17 al 18 de abril de 2199, después de haberle en­viado mi carta y el manuscrito. Luego le conducirá al Palacio de Justicia para mandarle exactamente quinientos años atrás con ayuda de los técnicos Gremmel y Randolph. Yo le aguardo.

Y ahora, juez Jenner, ¿cómo se siente? ¿No me cree? Siento decepcionarle. Mi hijo Robert, a quien transmito mis instrucciones a través de medio mile­nio, ha cumplido ya su misión. Porque yo mismo le di muerte a usted con una espada herrumbrosa, en las ruinas, en una noche de luna llena del año 1699. Y usted me reconoció.

Prácticamente, usted ya está muerto, juez Jenner. Mis hijos fueron guardando el secreto a lo largo de veinte generaciones, a través de guerras y de si­glos. Todos esperaban este día, juez Jenner, que va a ser el último para usted.

Me imagino que ahora debe estar anocheciendo en su mundo, Jenner. No volverá a ver el sol. Ni si­quiera uno que cuenta quinientos años menos. Por­que yo le espero aquí, en el pasado. No se mueva de su mesa, no... Sería inútil querer avisar a la poli­cía. Tiene que ser inútil, porque de otra forma no hubiera llegado usted ahora mismo adonde estoy yo, para que pueda matarle.

Por cierto que su cadáver es tenido por el de un extranjero venido de lejanas tierras. ¿Cómo, si no, iban a explicarse los sencillos habitantes de la aldea su curiosa indumentaria?

Y ahora, juez Jenner, le dejo solo con sus pensa­mientos.

Cuando oiga llamar a su puerta, abra.

Es mi hijo Robert...»

 

«¡Bah, todo esto no es más que un loco y maldito círculo vicioso! Nada más —se dijo el juez Jenner cuando empezó a comprender lo inevitable—. Pue­do sacar mi revólver del cajón de mi escritorio y pegar dos tiros a Robert von Klarenbach en cuanto pise mi habitación. Me acusarán de homicidio, seré condenado y..., enviado quinientos años atrás. Qui­zá con un átomo menos de energía, y me encontraré con Klarenbach. Y él me matará.»

Jenner dejó cuidadosamente los papeles sobre la mesa y se arrellanó en su sillón. De pronto com­prendió que no tenía salida.

Cuando sonó el zumbador y en la pantalla espía vio el rostro de Robert von Klarenbach, se alzó poco a poco y abrió la puerta.

—Buenas noches —dijo el joven barón, casi cortésmente—. Mi padre desea hablar con usted...

Y señaló hacia la oscuridad de la noche, en la misma dirección en que, aproximadamente, se ha­llaba el Palacio de Justicia.

El juez Jenner obedeció sin decir palabra. 

El tribunal de los muertos - Leyendas de México

Dicen que quien está en permanente contacto con la muerte, a través de la destrucción de la vida, tarde o temprano la provoca. Entonces, viene la Parca a reclamar al que usurpa su lugar, o como esta leyenda relata, el trabajo corre a cuenta de “El tribunal de los muertos”.

En plena época colonial, los vecinos de la Nueva España dieron fe de la vida licenciosa de Gelasio de Carabantes. Caballero de carácter violento y caprichoso, pavoneaba ante todos su hombría, al grado de afirmar que él era el más fiero caballero de la Nueva España. No tenía miedo a nada ni a nadie, a vivos ni muertos, clamaba ante cualquiera, siempre presto para desenvainar su espada.

Si creía que alguna persona lo había mirado de mala manera, ya estaba ahí su espada, fiel para clavarse en el pecho del desventurado. Si alguno lo encontraba, habría que aceptar sin reservas que él era el mejor, con tal de salvar la vida; pero de cualquier manera, su espíritu criminal continuaba buscando pretextos, provocando pelea, y al fin se saciaba.

No era el mejor espadachín de la Nueva España, pero sí el más astuto y traidor. Jóvenes osados y ancianos indefensos caían lo mismo a los pies del asesino, a cualquier hora del día o de la noche, en las calles céntricas de la vieja ciudad, o en cualquier barrio lejano.

La gente observaba los duelos, la jactancia inaudita del hombre, pero nadie se acercaba, y menos se atrevía a encarar a Gelasio de Carabantes. En todos reinaba el pesar por el abuso y la impunidad de los crímenes, pues de sobra se conocía que el asesino gozaba de influencia y poder ante la corte, ya que su padre era amigo del rey de España.

Así, amparado y a las sombras de la noche, también gustaba robarse doncellas y casadas. Lejos llevaba a la presa y tras saciar su apetito, solía humillarlas dejándolas en sitios donde pudieran ser vistas por la gente.

Un día, sin embargo, ocurrió algo que cambiaría el derrotero de los acontecimientos. Carabantes abordó a una mujer que caminaba en la plaza cercana a una iglesia del centro de la ciudad. Con inusual gentileza requirió sus amores, atraído por su presencia, pero ésta exclamó temerosa al verlo:

—¡Sois Gelasio de Carabantes!

Sí, señora, y vuestro más rendido admirador. Contestó haciendo una reverencia.

Recuperada de la sorpresa, la mujer respondió, serena:

Dejadme el paso libre, caballero. Sabéis que soy casada.

Sí, con un imbécil que no sabe apreciar vuestra belleza.

—¡Caballero! ¡Estáis hablando mal de mi marido!

A ese bellaco pienso suplantar esta noche.

Con sus palabras vino la acción. La tomó por el brazo y la jaló, dispuesto a llevarla consigo, pero la mujer se soltó, firme y decidida. Aún intentó hacerle entrar en razón en un tono comedido que, pensó, le daría tiempo para buscar la forma de escapar, pero éste no cejó. Pasando su brazo por el cuello de la mujer la sujetó, al tiempo que cubría su boca con la mano izquierda.

Venid conmigo, señora. Y os aseguro que si gritáis, será de amor.

La mujer fue llevada a rastras hasta la calle donde esperaba el caballo de Carabantes, mas como éste debía desanudar las riendas, no pudo hacerlo bien al tener que sujetarla; y en ese momento, la señora logró zafarse, retrocedió unos pasos, sacó una daga y lo enfrentó en cuanto éste hizo ademán de acercarse.

Vamos... dejad ese puñal, señora. ¿Acaso pensáis medir vuestras fuerzas conmigo?

—¡No, señor! No atentaré contra vuestra despreciable persona, pero si dais un paso más y osáis tocarme, os juro que me mato. ¡Muero antes de que me pongáis la mano encima!

La mujer empuñaba el arma en dirección a él, a la altura de su pecho; su semblante y su voz también denotaban resolución, pero aún Carabantes le descreyó, irónico y presumido.

No lo haréis, señora. ¡Dadme el puñal!

—¡No os acerquéis!

No haréis nada, lo sé. Dijo al tiempo que se aproximaba.

—¡Pues sabéis mal! Le contestó, al momento que volvió el puñal hacia sí y lo alzó para clavarlo en su pecho con certero golpe.

Varias personas miraron correr por primera vez al hombre ruin, testigos de una felonía cometida en lugar tan céntrico y a la luz de la tarde. Y cuando vieron a la mujer yacer en el empedrado, con los ojos abiertos ya sin luz que denotara vida posible, el estupor creció:

—¡Por Dios! ¡Es Doña Isabel García de Monjarráz!

—¡La ha matado Carabantes!

—¡Yo vi cuando la obligó a matarse el canalla!

Ciertamente, la dama era una de las más respetadas de la colonia y su esposo era persona influyente en la corte. De manera que, de inmediato, el viudo y un grupo de personajes importantes de la colonia acudieron ante el virrey, Don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar, para solicitar justicia por la muerte de la difunta Doña Isabel. El virrey escuchó con atención, mas de inmediato alegó a la comitiva:

He tenido noticias de tan infausto acontecimiento, señores. Mas ¿os dais cuenta de que se trata de Gelasio de Carabantes?

El viudo, dominando apenas su coraje y su pesar, se adelantó al soberano y exclamó:

Nos damos cuenta, su Excelencia, que se trata de una dama allegada a vuestra corte. ¡Mi esposa!, que halló el único camino posible para salvar su honra.

Hijo o no de un amigo del rey, ha cometido un Crimen, su Señoría, ¡una cobardía! Y Debe pagar por ello. Señaló otro de los acompañantes.

El virrey se hallaba acorralado ante los juicios legítimos de la comitiva, por lo que no tuvo más remedio que disponer:

Bien, señores, tenéis razón. Os aseguro que se investigará ¡Se hará justicia! Esta misma noche entregaré a mi alguacil los nombres de los miembros del tribunal que habrá de juzgarlo, una vez terminada la investigación.

No esperábamos otra respuesta de vuestra Excelencia.

Clamaron esperanzados los caballeros, que al acto se retiraron.

Un día después, el desencanto cubrió sus semblantes cuando se enteraron de la lista del tribunal, lo que acusaba la parcialidad del virrey en el caso. Y es que dos de los miembros designados para formar el tribunal se hallaban ausentes de la capital: el marqués de Torreblanca, en El Callao, y Fray Tomás García de Zavaleta, en la expedición evangelizadora de las Californias. El tercero era Don Lizardo de Zamudio, radicado en la capital.

Los caballeros se preguntaban, dudosos, si sería posible integrar el tribunal algún día, pues se sabía que los ausentes demorarían mucho tiempo en regresar.

Gelasio de Carabantes continuó con su vida de siempre, con la seguridad de que el tribunal no habría de reunirse, o al menos no en corto tiempo. Por las noches, solía relatar sus tropelías en la taberna “El ciervo de oro”, acompañado de rufianes y de amigos.

Mas una de esas veladas, acudió una persona para comunicarle la mala noticia.

Señor de Carabantes. ¡Se me ha informado que arribó esta noche el marqués de Torreblanca! Pensad, señor, que viviendo aquí Don Lizardo de Zamudio, las cosas marcharán mal para vos.

—¡Voto a mil demonios! exclamó, al tiempo que se levantó y golpeó el vaso de vino sobre la mesa. Siendo así podría integrarse el tribunal.

—¿Y qué haréis al respecto? Preguntó, curioso el informante.

Haré mucho... esta misma noche...

Esa noche, en efecto, Gelasio de Carabantes golpeó en la puerta de la casona del marqués de Torreblanca. Un sirviente mestizo le abrió, y aquél pidió ver al marqués con urgencia, presentándose como un enviado del virrey.

Tras una pausa, el sirviente lo hizo pasar al salón, pero Carabantes, viendo rápidamente la estancia, ascendió las escaleras que con seguridad conducirían a las alcobas. Casi pasaba los últimos peldaños cuando se encontró con el marqués, que a su vez había descendido unos peldaños. El marqués se quedó de una pieza al verlo. Nada tardo le reclamó:

—¡Señor de Carabantes! Mi criado dijo que venís de parte del señor Virrey.

—¡Os engañaron, marqués! ¡Vengo de parte de la muerte!

Sentenció, irónico. Y sin más escaló hacia él, lo empujó, el anciano cayó en los peldaños. Por un instante forcejearon, y Carabantes, más fuerte al fin y ya situado en la parte alta de la escalera, le dio un empellón, que hizo rodar al hombre, escaleras abajo.

Echado de bruces, sin poder moverse, el hombre logró sentenciar:

—¡Maldito de Dios seáis! ¡Matáis a un hombre justo y honrado!

—¡Y por eso morís! ¡Que os lleve el diablo! —Y le clavó el arma en la espalda.

Su villanía fue el primer bocado de un apetito insaciable de muerte. Hábil por naturaleza, halló la forma de escalar la casona de Don Lizardo de Zamudio. Lo halló en su despacho, ocupado en revisar unos documentos. Pero Don Lizardo, aunque sorprendido de verlo ahí, no se amedrentó ante su presencia amenazante. Sin levantarse de su asiento exclamó:

—Mirad, Carabantes, si tratáis de venir a influenciar con respecto a vuestro juicio, perdéis el tiempo.

—¿Lo creéis?

—Sí. Ha llegado el Marqués de Torreblanca, como seguramente estaréis enterado, y en cuanto llegue Fray García de Zavaleta, os juzgaremos. Y ahora decidme ¿qué deseáis?

—Os traigo un mensaje del Marqués de Torreblanca.

—Pues dádmelo, y os ruego retiréis ya, que tengo cosas que hacer esta noche.

Con la sorna en los ojos y la mano cerca de la empuñadura que sobresalía de su funda, siempre atada a su cinturón, se acercó al anciano juez.

—Os lo daré, mas después no tendréis que hacer ya nada...

No comprendo, ¡Por Dios! ¿Cuál es el recado? Apremió Don Lizardo con el presentimiento en la boca reseca.

—¡Éste! Clamó Carabantes al tiempo que clavó su puñal en el pecho del juez. A continuación, registró los muebles del despacho, y dentro de un gran armario encontró un cofre con gran cantidad de monedas de oro y algunas joyas. Las guardó en un paño e hizo un pequeño atadijo, con las manos cubiertas por los guantes que jamás se quitaba.

Su intención al robarle fue hacer creer que la causa del crimen había sido el robo. Pero, muerto también el Marqués de Torreblanca, nadie dudaba que Carabantes era el autor de ambos crímenes.

Nada hicieron las autoridades al respecto, y así pasaron los meses. Finalizaba ya el mandato del virrey de Guadalcázar cuando, refiere la leyenda, por la calzada de Ixtapalapa llegó el carruaje donde venía Fray Tomás García de Zavaleta, junto con los misioneros que fueron a la baja y alta California.

Su llegada creó expectación entre la gente. Y pronto el rumor entró en la taberna “El ciervo de oro”, donde se hallaba Carabantes esa noche. Dos amigos le acompañaban en la mesa; no eran rufianes precisamente, pero le seguían siempre, quizá por interés o por temor, o por la admiración morbosa que suele originar quien rebasa todos los límites.

Uno de ellos quiso saber qué haría Carabantes ante la llegada del fraile, y en vista del fin del gobierno del virrey, su protector. El aludido bebió de su trago despacio, y al fin, encogiéndose de hombros, respondió que nada haría; estaba enterado de que el fraile era viejo y se hallaba enfermo, por lo que con seguridad moriría pronto. Sin embargo, su amigo insistió, entre serio y sarcástico:

Recordad una cosa, amigo mío: el edicto virreinal está vigente aunque el virrey se marche, de tal suerte que fray Tomás puede nombrar a dos jurados más a su elección, según sé.

Carabantes no se inmutó, dio otro sorbo a su vaso y tranquilo afirmó:

Descuidad, amigos míos. Os digo que ese fraile pronto morirá.

Tres días más tarde, Gelasio fue a buscar al fraile al convento y lo vio precisamente afuera de éste, en la plaza rodeada de árboles que Fray Tomás escogía para su solaz a esa hora de la mañana, en que más le aquejaban sus dolencias.

Meditaba de pie sobre su muerte, que veía venir, y sobre la misión que mandaba el edicto del virrey. Lejano, no se dio cuenta cuando ya tenía enfrente a Carabantes, hombre de rostro infantil, de cuerpo delgado y aparente fragilidad, pero cuyo talante duro y mirada torva, denunciaba a un alma podrida. Así lo percibió el fraile, y un escalofrío lo recorrió cuando sintió sus manos enguantadas tocarle el brazo, al tiempo que le dijo:

—¿Sois Fray Tomás García de Zavaleta, verdad?

El mismo, caballero. ¿Qué deseáis? Contestó, retirando su brazo.

Me han hablado tanto de vos, de vuestras virtudes, que deseo enviaros al cielo.

—¿Cómo? Preguntó el fraile sin entender las enigmáticas palabras. Pero Carabantes lo sujetó del hombro, al tiempo que levantó el puñal y lo asestó en el pecho del padre.

Tirado en la tierra, con las manos sobre su torso herido, el fraile habló:

—¿Quién... quién sois que así matáis a un anciano fraile...? ¡Nada os hacía!

—¡Pero ibais a hacerme! ¡Soy Gelasio de Carabantes, a quien no podréis juzgar ya!

Sí... verdad es... Vengo desde lejos para juzgaros por vuestros crímenes. ¡Y os juzgaré!

El esfuerzo que hizo al levantarse y elevar la voz, le causaron mayor dolor, que lo obligó a recargarse sobre su costado izquierdo, apoyado en su codo. Carabantes, inclinado hacia él, lanzó una carcajada.

—¿Y cómo lo haréis? Tampoco viven ya Don Lizardo de Zamudio y el Marqués de Torreblanca. ¿Lo sabéis, verdad? ¡Ya no podréis juzgarme, os lo aseguro! Dijo blandiendo de nuevo su espada. Entonces el padre, con un crucifijo en la mano, lo levantó hacia el cielo, para suplicar:

—¡A mi Dios pido licencia de juzgaros, Carabantes!

—¡No podréis juzgarme desde el otro mundo! Y volvió a clavar el puñal en el pecho del herido.

Cuenta la leyenda que en ese momento, el fraile moribundo invocó a los poderes celestiales, con la fuerza de su deseo y la voz debilitada. Así, clamó: “¡Dios mío... escuchadme! ¡Dadme permiso para juzgar a este hombre por los crímenes horribles que ha cometido! ¡Dadme permiso, Dios eterno, de integrar el tribunal que ha de juzgarle! ¡Ayudadme, Dios...!

Pasados los días, la ciudad comentaba la muerte de Fray García de Zavaleta, la que se sabía, quedaría impune otra vez. Carabantes por su parte, continuó con su vida licenciosa. Ningún temor lo atormentaba, pues muertos los tres integrantes del tribunal, y con un nuevo virrey en el gobierno, se sentía a salvo.

La noche de un siete de mayo lo encontramos festejando alegremente en su casona, acompañado de rufianes, amigos, y algunas mujeres de vida disipada. La velada avanzaba entre el chocar de copas, el relato de las innumerables hazañas del anfitrión y los brindis, siempre para lisonjear a Carabantes por sus conquistas amorosas, y por ser el caballero de mayor hombría en la Nueva España, “quien no teme a vivos ni a muertos”, como el mismo Carabantes pregonaba.

Realmente se halla alegre el anfitrión, satisfecho de su vida, orgulloso de ser lo que es. Y aquella velada se prolongó más allá de la medianoche, cuando al fin abandonaron su casa amigos y mujeres, acompañados por Carabantes hasta la puerta. Mas, apunta la leyenda oral y escrita, que no bien se alejaban las personas de su casa, cuando se acercaron a él dos soldados. Al acto lo llamaron, imperativos:

—¡Daos preso, Gelasio de Carabantes!

—¿Qué? ¿Qué broma es ésta?

—¡Tenemos órdenes de llevaros ante el tribunal que ha de juzgaros!

El aludido suelta sonora carcajada en la calle, oscura y vacía.

—¿Tribunal decís? No me hagáis reír, señores. ¡Si todos están muertos!

La carcajada se vuelve una mueca de espanto en su boca, cuando uno de los soldados lo jala del brazo. Siente entonces la frialdad, la dureza extraña de la mano, escucha con claridad la voz cavernosa que grita a sus oídos:

—¡Acompañadnos!

El cielo oscuro descubre la luna en ese instante y la luz da de lleno en la faz de los soldados. Carabantes queda mudo, inmóvil al verlos, pero ya los soldados lo empujan y arrastran.

Venid. ¡El tribunal os aguarda!

—¡Muertos...! ¡Estáis... muertos!

Las pisadas de las osamentas resonaron en la calle empedrada hasta detenerse ante una casa. Entraron, y escoltando al hombre aterrado lo llevaron a un salón, en presencia de un tribunal formado por tres muertos. Tres esqueletos, vestidos con las mismas ropas que usaban el día que Carabantes les asesinó.

—¡Ah...! ¡No puede ser! ¡Sois... Fray Tomás... el Marqués de Torreblanca... Don Lizardo de Zamudio!

Los mismos, que habemos obtenido permiso del Altísimo para venir a juzgaros. Señaló el cadáver de Fray Tomás.

Carabantes retrocedió, su mente estaba en blanco, pero una ilusión lo animó.

—¡No, no puede ser! ¡Estoy soñando! ¡esta es una mala pesadilla! ¡Sí! Se dijo mientras se cubría los ojos bebí demasiado...

Pero descubrió su vista ante la voz de Don Lizardo de Zamudio.

Bien despierto estáis, Gelasio de Carabantes, para escuchar la sentencia de este tribunal.

Los soldados levantaron a Carabantes, que había caído de rodillas ante el tribunal, con la luz de la razón ya escapando de su mirada.

—¡Poneos de pie, que habéis de escuchar el veredicto! Ordenó el Marqués de Torreblanca.

Carabantes quiso cubrir sus ojos, cuando el martillo del juez Fray Tomás García de Zavaleta golpeó sobre la mesa. Sólo se escuchó decir, desear, implorar: ¡Estáis muertos! ¡Todos estáis muertos!

Nadie sabe cómo y de qué murió el célebre asesino. No le hallaron marca alguna en su cuerpo. De bruces en el suelo, sus ojos salían de sus órbitas, las facciones se hallaban endurecidas, y las manos se crispaban; todo evidenciaba el terror experimentado a la hora final. Mas sobre la mesa descansaba un pergamino, que clavado con un puñal en la madera, decía: “Condenado a muerte”. Bajo las palabras, estaban las firmas de los tres integrantes del tribunal nombrado por el virrey: el Marqués de Torreblanca, Fray Tomás García de Zavaleta, y Don Lizardo de Zamudio. Eran rúbricas auténticas, y se hallaban frescas, como si se hubieran estampado recientemente. Esto lo afirmó el oidor de Robles, encargado del caso, y curiosamente, uno de los personajes que atestiguaron el encuentro entre el virrey de Guadalcázar y las personas que pidieron para Carabantes el cumplimiento de la ley.

“Justicia divina” fue el veredicto final, asentado en las crónicas de la Colonia, y en la gente que conoció de cerca o heredó esta leyenda.