Dicen que quien está en permanente contacto con la muerte, a
través de la destrucción de la vida, tarde o temprano la
provoca. Entonces, viene la Parca a reclamar al que usurpa su lugar, o como
esta leyenda relata, el trabajo corre a cuenta de “El tribunal de los muertos”.
En plena época colonial, los vecinos de la Nueva
España dieron fe de la vida licenciosa de
Gelasio de Carabantes. Caballero de carácter violento y caprichoso, pavoneaba
ante todos su hombría, al grado de afirmar que él era el más fiero caballero de la Nueva España. No tenía miedo a nada ni a nadie, a vivos ni
muertos, clamaba ante cualquiera, siempre presto para desenvainar su espada.
Si creía que alguna persona lo había mirado de mala manera, ya estaba ahí su espada, fiel para clavarse en el
pecho del desventurado. Si alguno lo encontraba, habría que aceptar sin reservas que él era el mejor, con tal de salvar la
vida; pero de cualquier manera, su espíritu criminal continuaba buscando
pretextos, provocando pelea, y al fin se saciaba.
No era el mejor espadachín de la Nueva España, pero sí el más astuto y traidor. Jóvenes osados y ancianos indefensos caían lo mismo a los pies del asesino, a
cualquier hora del día o de la noche, en las calles céntricas de la vieja ciudad, o en cualquier
barrio lejano.
La gente observaba los duelos, la
jactancia inaudita del hombre, pero nadie se acercaba, y menos se atrevía a encarar a Gelasio de Carabantes. En
todos reinaba el pesar por el abuso y la impunidad de los crímenes, pues de sobra se conocía que el asesino gozaba de influencia y
poder ante la corte, ya que su padre era amigo del rey de España.
Así, amparado y a las sombras de la noche,
también gustaba robarse doncellas y casadas.
Lejos llevaba a la presa y tras saciar su apetito, solía humillarlas dejándolas en sitios donde pudieran ser
vistas por la gente.
Un día, sin embargo, ocurrió algo que cambiaría el derrotero de los acontecimientos.
Carabantes abordó
a una mujer que caminaba en la plaza cercana a una iglesia del centro de la
ciudad. Con inusual gentileza requirió sus amores, atraído por su presencia, pero ésta exclamó temerosa al verlo:
—¡Sois Gelasio de Carabantes!
—Sí, señora, y vuestro más rendido admirador. —Contestó haciendo una reverencia.
Recuperada de la sorpresa, la mujer
respondió, serena:
—Dejadme el paso libre, caballero. Sabéis que soy casada.
—Sí, con un imbécil que no sabe apreciar vuestra
belleza.
—¡Caballero! ¡Estáis hablando mal de mi marido!
—A ese bellaco pienso suplantar esta
noche.
Con sus palabras vino la acción. La tomó por el brazo y la jaló, dispuesto a llevarla consigo, pero la
mujer se soltó,
firme y decidida. Aún intentó hacerle entrar en razón en un tono comedido que, pensó, le daría tiempo para buscar la forma de
escapar, pero éste
no cejó. Pasando su brazo por el cuello de la
mujer la sujetó,
al tiempo que cubría
su boca con la mano izquierda.
—Venid conmigo, señora. Y os aseguro que si gritáis, será de amor.
La mujer fue llevada a rastras hasta la
calle donde esperaba el caballo de Carabantes, mas como éste debía desanudar las riendas, no pudo hacerlo
bien al tener que sujetarla; y en ese momento, la señora logró zafarse, retrocedió unos pasos, sacó una daga y lo enfrentó en cuanto éste hizo ademán de acercarse.
—Vamos... dejad ese puñal, señora. ¿Acaso pensáis medir vuestras fuerzas conmigo?
—¡No, señor! No atentaré contra vuestra despreciable persona,
pero si dais un paso más y osáis tocarme, os juro que me mato. ¡Muero antes de que me pongáis la mano encima!
La mujer empuñaba el arma en dirección a él, a la altura de su pecho; su semblante
y su voz también
denotaban resolución,
pero aún Carabantes le descreyó, irónico y presumido.
—No lo haréis, señora. ¡Dadme el puñal!
—¡No os acerquéis!
—No haréis nada, lo sé. —Dijo al tiempo que se aproximaba.
—¡Pues sabéis mal! —Le contestó, al momento que volvió el puñal hacia sí y lo alzó para clavarlo en su pecho con certero
golpe.
Varias personas miraron correr por
primera vez al hombre ruin, testigos de una felonía cometida en lugar tan céntrico y a la luz de la tarde. Y cuando
vieron a la mujer yacer en el empedrado, con los ojos abiertos ya sin luz que
denotara vida posible, el estupor creció:
—¡Por Dios! ¡Es Doña Isabel García de Monjarráz!
—¡La ha matado Carabantes!
—¡Yo vi cuando la obligó a matarse el canalla!
Ciertamente, la dama era una de las más respetadas de la colonia y su esposo
era persona influyente en la corte. De manera que, de inmediato, el viudo y un
grupo de personajes importantes de la colonia acudieron ante el virrey, Don
Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar, para solicitar justicia por la
muerte de la difunta Doña Isabel. El virrey escuchó con atención, mas de inmediato alegó a la comitiva:
—He tenido noticias de tan infausto
acontecimiento, señores.
Mas ¿os dais cuenta de que se trata de
Gelasio de Carabantes?
El viudo, dominando apenas su coraje y
su pesar, se adelantó
al soberano y exclamó:
—Nos damos cuenta, su Excelencia, que se
trata de una dama allegada a vuestra corte. ¡Mi esposa!, que halló el único camino posible para salvar su
honra.
—Hijo o no de un amigo del rey, ha
cometido un Crimen, su Señoría, ¡una cobardía! Y Debe pagar por ello. —Señaló otro de los acompañantes.
El virrey se hallaba acorralado ante los
juicios legítimos de la comitiva, por lo que no tuvo
más remedio que disponer:
—Bien, señores, tenéis razón. Os aseguro que se investigará ¡Se hará justicia! Esta misma noche entregaré a mi alguacil los nombres de los
miembros del tribunal que habrá de juzgarlo, una vez terminada la investigación.
—No esperábamos otra respuesta de vuestra
Excelencia.
—Clamaron esperanzados los caballeros,
que al acto se retiraron.
Un día después, el desencanto cubrió sus semblantes cuando se enteraron de
la lista del tribunal, lo que acusaba la parcialidad del virrey en el caso. Y
es que dos de los miembros designados para formar el tribunal se hallaban
ausentes de la capital: el marqués de Torreblanca, en El Callao, y Fray Tomás García de Zavaleta, en la expedición evangelizadora de las Californias. El
tercero era Don Lizardo de Zamudio, radicado en la capital.
Los caballeros se preguntaban, dudosos,
si sería posible integrar el tribunal algún día, pues se sabía que los ausentes demorarían mucho tiempo en regresar.
Gelasio de Carabantes continuó con su vida de siempre, con la
seguridad de que el tribunal no habría de reunirse, o al menos no en corto tiempo. Por
las noches, solía
relatar sus tropelías
en la taberna “El ciervo de oro”, acompañado de rufianes y de amigos.
Mas una de esas veladas, acudió una persona para comunicarle la mala noticia.
—Señor de Carabantes. ¡Se me ha informado que arribó esta noche el marqués de Torreblanca! Pensad, señor, que viviendo aquí Don Lizardo de Zamudio, las cosas
marcharán mal para vos.
—¡Voto a mil demonios! —exclamó, al tiempo que se levantó y golpeó el vaso de vino sobre la mesa. —Siendo así podría integrarse el tribunal.
—¿Y qué haréis al respecto? —Preguntó, curioso el informante.
—Haré mucho... esta misma noche...
Esa noche, en efecto, Gelasio de
Carabantes golpeó
en la puerta de la casona del marqués de Torreblanca. Un sirviente mestizo le abrió, y aquél pidió ver al marqués con urgencia, presentándose como un enviado del virrey.
Tras una pausa, el sirviente lo hizo
pasar al salón, pero Carabantes, viendo rápidamente la estancia, ascendió las escaleras que con seguridad
conducirían a las alcobas. Casi pasaba los últimos peldaños cuando se encontró con el marqués, que a su vez había descendido unos peldaños. El marqués se quedó de una pieza al verlo. Nada tardo le
reclamó:
—¡Señor de Carabantes! Mi criado dijo que venís de parte del señor Virrey.
—¡Os engañaron, marqués! ¡Vengo de parte de la muerte!
—Sentenció, irónico. Y sin más escaló hacia él, lo empujó, el anciano cayó en los peldaños. Por un instante forcejearon, y
Carabantes, más
fuerte al
fin y ya situado en la parte alta de la escalera, le dio un empellón, que hizo
rodar al hombre, escaleras abajo.
Echado
de bruces, sin poder moverse, el hombre logró sentenciar:
—¡Maldito
de Dios seáis! ¡Matáis a un hombre justo y honrado!
—¡Y
por eso morís! ¡Que os lleve el diablo! —Y le clavó el arma en la espalda.
Su
villanía fue el primer bocado de un apetito insaciable de muerte. Hábil por
naturaleza, halló la forma de escalar la casona de Don Lizardo de Zamudio. Lo
halló en su despacho, ocupado en revisar unos documentos. Pero Don Lizardo,
aunque sorprendido de verlo ahí, no se amedrentó ante su presencia amenazante.
Sin levantarse de su asiento exclamó:
—Mirad,
Carabantes, si tratáis de venir a influenciar con respecto a vuestro juicio,
perdéis el tiempo.
—¿Lo
creéis?
—Sí.
Ha llegado el Marqués de Torreblanca, como seguramente estaréis enterado, y en
cuanto llegue Fray García de Zavaleta, os juzgaremos. Y ahora decidme ¿qué
deseáis?
—Os
traigo un mensaje del Marqués de Torreblanca.
—Pues
dádmelo, y os ruego retiréis ya, que tengo cosas que hacer esta noche.
Con
la sorna en los ojos y la mano cerca de la empuñadura que sobresalía de su
funda, siempre atada a su cinturón, se acercó al anciano juez.
—Os
lo daré, mas después no tendréis que hacer ya nada...
—No comprendo, ¡Por Dios! ¿Cuál es el recado? Apremió Don Lizardo con el presentimiento en la
boca reseca.
—¡Éste! —Clamó Carabantes al tiempo que clavó
su puñal en el pecho del juez. A continuación, registró los muebles del despacho, y dentro de
un gran armario encontró un cofre con gran cantidad de monedas de oro y
algunas joyas. Las guardó en un paño e hizo un pequeño atadijo, con las manos cubiertas por
los guantes que jamás se quitaba.
Su intención al robarle fue hacer creer que la
causa del crimen había sido el robo. Pero, muerto también el Marqués de Torreblanca, nadie dudaba que
Carabantes era el autor de ambos crímenes.
Nada hicieron las autoridades al
respecto, y así
pasaron los meses. Finalizaba ya el mandato del virrey de Guadalcázar cuando, refiere la leyenda, por la
calzada de Ixtapalapa llegó el carruaje donde venía Fray Tomás García de Zavaleta, junto con los misioneros
que fueron a la baja y alta California.
Su llegada creó expectación entre la gente. Y pronto el rumor entró en la taberna “El ciervo de oro”, donde
se hallaba Carabantes esa noche. Dos amigos le acompañaban en la mesa; no eran rufianes
precisamente, pero le seguían siempre, quizá por interés o por temor, o por la admiración morbosa que suele originar quien
rebasa todos los límites.
Uno de ellos quiso saber qué haría Carabantes ante la llegada del fraile,
y en vista del fin del gobierno del virrey, su protector. El aludido bebió de su trago despacio, y al fin, encogiéndose de hombros, respondió que nada haría; estaba enterado de que el fraile era
viejo y se hallaba enfermo, por lo que con seguridad moriría pronto. Sin embargo, su amigo insistió, entre serio y sarcástico:
—Recordad una cosa, amigo mío: el edicto virreinal está vigente aunque el virrey se marche, de
tal suerte que fray Tomás puede nombrar a dos jurados más a su elección, según sé.
Carabantes no se inmutó, dio otro sorbo a su vaso y tranquilo
afirmó:
—Descuidad, amigos míos. Os digo que ese fraile pronto morirá.
Tres días más tarde, Gelasio fue a buscar al fraile
al convento y lo vio precisamente afuera de éste, en la plaza rodeada de árboles que Fray Tomás escogía para su solaz a esa hora de la mañana, en que más le aquejaban sus dolencias.
Meditaba de pie sobre su muerte, que veía venir, y sobre la misión que mandaba el edicto del virrey.
Lejano, no se dio cuenta cuando ya tenía enfrente a Carabantes, hombre de
rostro infantil, de cuerpo delgado y aparente fragilidad, pero cuyo talante
duro y mirada torva, denunciaba a un alma podrida. Así lo percibió el fraile, y un escalofrío lo recorrió cuando sintió sus manos enguantadas tocarle el brazo,
al tiempo que le dijo:
—¿Sois Fray Tomás García de Zavaleta, verdad?
—El mismo, caballero. ¿Qué deseáis? —Contestó, retirando su brazo.
—Me han hablado tanto de vos, de vuestras
virtudes, que deseo enviaros al cielo.
—¿Cómo? —Preguntó el fraile sin entender las enigmáticas palabras. Pero Carabantes lo sujetó del hombro, al tiempo que levantó el puñal y lo asestó en el pecho del padre.
Tirado en la tierra, con las manos sobre
su torso herido, el fraile habló:
—¿Quién... quién sois que así matáis a un anciano fraile...? ¡Nada os hacía!
—¡Pero ibais a hacerme! ¡Soy Gelasio de Carabantes, a quien no
podréis juzgar ya!
—Sí... verdad es... Vengo desde lejos para
juzgaros por vuestros crímenes. ¡Y os juzgaré!
El esfuerzo que hizo al levantarse y
elevar la voz, le causaron mayor dolor, que lo obligó a recargarse sobre su costado
izquierdo, apoyado en su codo. Carabantes, inclinado hacia él, lanzó una carcajada.
—¿Y cómo lo haréis? Tampoco viven ya Don Lizardo de
Zamudio y el Marqués
de Torreblanca. ¿Lo
sabéis, verdad? ¡Ya no podréis juzgarme, os lo aseguro! —Dijo blandiendo de nuevo su espada.
Entonces el padre, con un crucifijo en la mano, lo levantó hacia el cielo, para suplicar:
—¡A mi Dios pido licencia de juzgaros,
Carabantes!
—¡No podréis juzgarme desde el otro mundo! —Y volvió a clavar el puñal en el pecho del herido.
Cuenta la leyenda que en ese momento, el
fraile moribundo invocó a los poderes celestiales, con la fuerza de su
deseo y la voz debilitada. Así, clamó: “¡Dios mío... escuchadme! ¡Dadme permiso para juzgar a este hombre
por los crímenes horribles que ha cometido! ¡Dadme permiso, Dios eterno, de integrar
el tribunal que ha de juzgarle! ¡Ayudadme, Dios...!
Pasados los días, la ciudad comentaba la muerte de
Fray García de Zavaleta, la que se sabía, quedaría impune otra vez. Carabantes por su
parte, continuó con
su vida licenciosa. Ningún temor lo atormentaba, pues muertos los tres
integrantes del tribunal, y con un nuevo virrey en el gobierno, se sentía a salvo.
La noche de un siete de mayo lo
encontramos festejando alegremente en su casona, acompañado de rufianes, amigos, y algunas
mujeres de vida disipada. La velada avanzaba entre el chocar de copas, el
relato de las innumerables hazañas del anfitrión y los brindis, siempre para lisonjear
a Carabantes por sus conquistas amorosas, y por ser el caballero de mayor hombría en la Nueva España, “quien no teme a vivos ni a muertos”,
como el mismo Carabantes pregonaba.
Realmente se halla alegre el anfitrión, satisfecho de su vida, orgulloso de
ser lo que es. Y aquella velada se prolongó más allá de la medianoche, cuando al fin
abandonaron su casa amigos y mujeres, acompañados por Carabantes hasta la puerta.
Mas, apunta la leyenda oral y escrita, que no bien se alejaban las personas de
su casa, cuando se acercaron a él dos soldados. Al acto lo llamaron, imperativos:
—¡Daos preso, Gelasio de Carabantes!
—¿Qué? ¿Qué broma es ésta?
—¡Tenemos órdenes de llevaros ante el tribunal que
ha de juzgaros!
El aludido suelta sonora carcajada en la
calle, oscura y vacía.
—¿Tribunal decís? No me hagáis reír, señores. ¡Si todos están muertos!
La carcajada se vuelve una mueca de
espanto en su boca, cuando uno de los soldados lo jala del brazo. Siente
entonces la frialdad, la dureza extraña de la mano, escucha con claridad la
voz cavernosa que grita a sus oídos:
—¡Acompañadnos!
El cielo oscuro descubre la luna en ese
instante y la luz da de lleno en la faz de los soldados. Carabantes queda mudo,
inmóvil al verlos, pero ya los soldados lo
empujan y arrastran.
—Venid. ¡El tribunal os aguarda!
—¡Muertos...! ¡Estáis... muertos!
Las pisadas de las osamentas resonaron
en la calle empedrada hasta detenerse ante una casa. Entraron, y escoltando al
hombre aterrado lo llevaron a un salón, en presencia de un tribunal formado por tres
muertos. Tres esqueletos, vestidos con las mismas ropas que usaban el día que Carabantes les asesinó.
—¡Ah...! ¡No puede ser! ¡Sois... Fray Tomás... el Marqués de Torreblanca... Don Lizardo de
Zamudio!
—Los mismos, que habemos obtenido permiso
del Altísimo para venir a juzgaros. —Señaló el cadáver de Fray Tomás.
Carabantes retrocedió, su mente estaba en blanco, pero una
ilusión lo animó.
—¡No, no puede ser! ¡Estoy soñando! ¡esta es una mala pesadilla! ¡Sí! —Se dijo mientras se cubría los ojos— bebí demasiado...
Pero descubrió su vista ante la voz de Don Lizardo de
Zamudio.
—Bien despierto estáis, Gelasio de Carabantes, para escuchar
la sentencia de este tribunal.
Los soldados levantaron a Carabantes,
que había caído de rodillas ante el tribunal, con la
luz de la razón
ya escapando de su mirada.
—¡Poneos de pie, que habéis de escuchar el veredicto! —Ordenó el Marqués de Torreblanca.
Carabantes quiso cubrir sus ojos, cuando
el martillo del juez Fray Tomás García de Zavaleta golpeó sobre la mesa. Sólo se escuchó decir, desear, implorar: ¡Estáis muertos! ¡Todos estáis muertos!
Nadie sabe cómo y de qué murió el célebre asesino. No le hallaron marca
alguna en su cuerpo. De bruces en el suelo, sus ojos salían de sus órbitas, las facciones se hallaban
endurecidas, y las manos se crispaban; todo evidenciaba el terror experimentado
a la hora final. Mas sobre la mesa descansaba un pergamino, que clavado con un
puñal en la madera, decía: “Condenado a muerte”. Bajo las
palabras, estaban las firmas de los tres integrantes del tribunal nombrado por
el virrey: el Marqués de Torreblanca, Fray Tomás García de Zavaleta, y Don Lizardo de Zamudio.
Eran rúbricas auténticas, y se hallaban frescas, como si
se hubieran estampado recientemente. Esto lo afirmó el oidor de Robles, encargado del caso,
y curiosamente, uno de los personajes que atestiguaron el encuentro entre el
virrey de Guadalcázar
y las personas que pidieron para Carabantes el cumplimiento de la ley.
“Justicia divina” fue el veredicto
final, asentado en las crónicas de la Colonia, y en la gente que conoció
de cerca o heredó esta leyenda.