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Estocolmo 3 - Amparo Dávila


A pesar de ser otoño hacía un tiempo espléndido la tarde en que yo caminaba por la Colonia Juárez rumbo a la calle de Estocolmo. Allí vivían, en el número 3, desde hacía dos meses, Homero y Betty. Sin embargo, era la primera vez que iba a su nuevo departamento. 

Primero había sido la enfermedad de mamá, que me tuvo a su lado todo el tiempo, como sucedía siempre que algo perturbaba su salud, lo que me había impedido visitarlos. Mamá es de esas personas demasiado aprensivas a quienes hay que dedicarse en cuerpo y alma, pues si llegan a sentirse poco atendidas o descuidadas caen en fuertes crisis depresivas que ponen en peligro su recuperación. 

Después, por el trabajo rezagado y la intención de ponerlo al corriente se fue pasando el tiempo, y éramos tan amigos que sólo por inconvenientes así se justificaba que hubieran pasado tantos días sin verlos. En el reloj de la Profesa daban las seis de la tarde cuando toqué el timbre de Estocolmo 3. Casi sin aliento llegué hasta el quinto piso donde estaba el departamento de mis amigos.

—Pero qué agradable sorpresa.

—Por fin te dejas ver.

Y los dos comenzaron a hacerme mil reproches por el largo tiempo que había dejado de verlos, tanto, que ni siquiera conocía la nueva casa. Yo trataba de explicarles todo lo que me había ocurrido y por qué no me había sido posible visitarlos antes.

Un poco aclaradas las cosas, Betty me quitó el abrigo y se encaminó al dormitorio a dejarlo, mientras Homero me mostraba la estancia.

—Tiene una vista estupenda —decía al tiempo en que descorría la cortina para que yo pudiera admirar un magnífico panorama que el crepúsculo matizaba con tonalidades rosas y ocres. Le aseguré que el departamento me parecía muy bonito, y era verdad, pues aquella pequeña estancia, lo único que conocía hasta ese momento, con su gran ventanal, muros recubiertos de madera y chimenea, era de lo más agradable y acogedor, y ellos la habían amueblado con buen gusto: un sofá amplio y dos butacas (de esas en que uno se hunde cómodamente), varios estantes llenos de libros, una mesa de trabajo, cuadros, lámparas, y muchas otras pequeñas cosas que uno gusta de ver y tener cerca.

—Los pisos altos tienen muchas ventajas —seguía diciendo Homero.

Estuve de acuerdo con él, pero no dejé de hacerle notar que la escalera era bien pesada, y que yo aún no recobraba mi aliento. "Se acostumbra uno pronto y, además, es un buen ejercicio que lo mantiene a uno ágil y favorece la circulación." 

Nos sentamos y Homero siguió platicándome de lo contentos que estaban con el departamento; que cada día le descubrían mayores ventajas; que había sido una gran suerte encontrarlo en ese punto de la ciudad, tan bien comunicado, como si hubiera sido hecho precisamente para ellos, de acuerdo a sus necesidades, con una renta bastante moderada, sin ningún ruido, y donde él podía trabajar a gusto.

Betty regresó de la recámara con una caja de bombones y una cajetilla de cigarrillos y, tras ella, una muchacha rubia vestida de blanco. Al verlas llegar intenté moverme hasta un extremo del sofá para dejarles lugar donde sentarse.

—No, no te incomodes, estás bien ahí, yo me voy a sentar aquí junto a Homero —y acercó una silla.

—¿Qué opinan si tomamos un ron? —propuso Homero.

—Desde luego —afirmó Betty.

 —Me parece buena idea —dije yo, que, debo confesar estaba bastante sorprendida y desconcertada por aquella descortesía, ¿o de qué otra manera llamarla?, de no presentarme a la joven de blanco. A lo mejor pensaban que ya la conocía; pero, de todos modos... Me preguntaba también si no sería alguna pariente de Betty, pues yo no conocía a su familia que vivía en Nueva York.

—A ti no te gusta muy fuerte, ¿verdad? —recordaba Homero cuando estaba preparando las copas.

—Lo dejo a tu gusto.

—¿Y cómo está tu madre ahora? —preguntó Betty.

Comencé a informarle a grandes rasgos sobre la salud de mamá, sin dejar de observar de reojo a la muchacha, que se había quedado de pie junto a un librero mirando los volúmenes. Homero vino con las copas para Betty y para mí, luego trajo la suya y se sentó. Los dos hacían caso omiso de la muchacha y yo no me atrevía a preguntarles nada, porque su misma presencia me intimidaba y no entendía qué estaba sucediendo allí.

—Por el gusto de tenerte aquí.

—Ya teníamos ganas de verte.

—Y yo no menos que ustedes. Y ¿cómo te va con tu nuevo trabajo, Homero?

—Bastante bien. Dos o tres horas por las mañanas solamente. No se puede decir que sea pesado.

—Y ¿es interesante lo que haces?

—Leer todos los periódicos, recortar notas, archivarlas, eso es todo...

—Tienes suerte, no cabe duda, pues me parece un trabajo perfecto.

—Lo mejor sería no trabajar —dijo riéndose Betty—, ¿no les parece?

Seguimos platicando un poco de todo. Homero y Betty casi se quitaban la palabra. Realmente estaban muy animados esa tarde. Entretanto, la muchacha se acercó hacia donde estábamos y se sentó en una silla de bejuco, tan frágil y fina como ella misma. Desde ahí nos observaba en silencio. Yo miré a mis amigos con mirada inquisidora, pero ellos no se dieron por aludidos, como si no quisieran tomarla en cuenta. 

Entonces me puse a pensar si sería una de esas personas que abusan de la amistad, que acostumbran perturbar la intimidad de amigos y vecinos, y de las que nunca se sabe cómo desembarazarse y se termina por odiarlas frenéticamente. Era indudable que ellos sabían lo que estaban haciendo. Traté, entonces, de no preocuparme demasiado por su presencia, pero tampoco lograba ignorarla, sentada allí, tan quieta, en conmovedor silencio.

Pocas veces he estado tan incómoda como esa tarde en que visité a Homero y a Betty en su departamento de Estocolmo 3. Soy de esas personas con una rígida educación y me mortifica profundamente cometer lo que a mi juicio pueda calificarse de faltas elementales de buenos modales o de cortesía. Así que, sólo mediante un gran esfuerzo, lograba soportar aquella absurda y molesta situación y me decía que más tarde, o cuando hubiera oportunidad, ellos me explicarían los motivos especiales y sin duda justificados que tenían para tratar de esa manera a la muchacha de blanco.

Homero insistió en que tomáramos otra copa y, mientras él la preparaba, Betty se levantó a encender las lámparas porque ya había oscurecido y apenas si nos veíamos las caras. Al pasar junto a la muchacha tropezó con su silla y, por poco la tira al suelo; pero ni siquiera por esto fue para pedirle la más mínima disculpa y siguió como si nada hubiera ocurrido. 

Yo no me enteré de qué cara puso la joven, pues no me atreví a mirarla. Ahora sí ya no sabía qué pensar de todo aquello y había empezado a sufrir por la pobre chica que, sin duda, no tenía el menor sentido de la dignidad, o el tacto de irse. En fin, la gente es tan rara a veces…

Homero regresó con las copas y seguimos nuestra charla. Me contaron que les habían pintado todo el departamento según su deseo, pues antes tenía un papel tapiz oscuro que lo ensombrecía demasiado y le daba un aspecto fúnebre. También les habían puesto una estufa nueva porque la que había no funcionaba bien. 

El dueño del edificio era una finísima persona, que había accedido a todo cuanto ellos le solicitaron, ni siquiera fianza les había pedido, y sólo habían dado una renta adelantada. Les subían la correspondencia para que no tuvieran que molestarse en bajar a recogerla; tenían agua caliente todo el día; el gas y la luz estaban incluidos en el alquiler y, en fin, Homero y Betty, nunca habían soñado en encontrar un departamento con tantas ventajas como ese. 

El reloj de la Profesa dio ocho campanadas que me sonaron tristísimas, así se lo dije a ellos. Betty aseguró que no tenían nada de tristes y que eran iguales a las de otros templos. Entonces fue cuando la muchacha se levantó y se encaminó hacia la recámara sin decir nada, así como había llegado.

—Por fin se va... —comenté en voz muy baja, para que ella no pudiera oírme.

 —¿Quién se va?

—¿De qué hablas?

—De ella —contesté simplemente y, con la vista, indiqué a la muchacha que ya entraba en el dormitorio, mientras me preguntaba qué les sucedía a Homero y a Betty.

—No te entiendo —dijo Betty.

—¿No serán los rones? —comentó, burlón, Homero.

—Nunca pensé que esto fuera una broma de ustedes —les reproché. A decir verdad, todo me parecía muy extraño.

—Ésta sí que es la confusión de las lenguas —dijo Homero—, Nadie sabe de qué habla el otro.

—Claro que sí sabemos, pero ya terminen de una vez —supliqué.

—Te aseguro que no sabemos de qué...

—Bueno, de todos modos fue demasiado tenerla así, todo este tiempo —les dije.

—¿Tenerla así, dónde?

—Pero, ¿cómo dónde? Aquí —y señalé la silla que acababa de desocupar la muchacha—, sentada horas y horas sin hablar, como si fuera una pobre muda. Creo que fue excesivo y desconsiderado.

—¿Sentada aquí? —comentó Betty, como sin entender, y miró a Homero fijamente.

—¿Y quién es? ¿Cómo se llama? —se me ocurrió preguntar.

—Bueno... el caso es, que... —comenzó a decir Homero mientras se frotaba las manos como solía hacerlo cuando estaba nervioso:

—¿Para dónde se fue? —preguntó de pronto Betty, interrumpiendo, lo que Homero iba a decir.

—A la recámara —contesté.

Sin decir más los dos se levantaron y se dirigieron hacia el dormitorio, y yo detrás de ellos. Entramos a la recámara y no había nadie allí, sólo un fuerte olor a gardenias y a nardos, un olor demasiado dulce y pegajoso, denso y oscuro, atrayente y repulsivo, que no se podía dejar de aspirar y que contraía el estómago en una náusea incontenible.

—Pero, ¿tú crees que...? ¿Si será la...? —le preguntaba Betty a Homero. Betty tenía los ojos muy abiertos y le temblaba la boca al hablar.

—Uno qué sabe de esas cosas — comentó sencillamente Homero que seguía restregándose las manos, presa de una gran nerviosidad.

Yo decidí marcharme en ese momento. Además de tener el pendiente de mamá que se había quedado sola, me sentía bastante perturbada.

Después supe que Homero y Betty se mudaron de Estocolmo 3 al día siguiente. Después supe, también, muchas otras cosas

El tribunal de los muertos - Leyendas de México

Dicen que quien está en permanente contacto con la muerte, a través de la destrucción de la vida, tarde o temprano la provoca. Entonces, viene la Parca a reclamar al que usurpa su lugar, o como esta leyenda relata, el trabajo corre a cuenta de “El tribunal de los muertos”.

En plena época colonial, los vecinos de la Nueva España dieron fe de la vida licenciosa de Gelasio de Carabantes. Caballero de carácter violento y caprichoso, pavoneaba ante todos su hombría, al grado de afirmar que él era el más fiero caballero de la Nueva España. No tenía miedo a nada ni a nadie, a vivos ni muertos, clamaba ante cualquiera, siempre presto para desenvainar su espada.

Si creía que alguna persona lo había mirado de mala manera, ya estaba ahí su espada, fiel para clavarse en el pecho del desventurado. Si alguno lo encontraba, habría que aceptar sin reservas que él era el mejor, con tal de salvar la vida; pero de cualquier manera, su espíritu criminal continuaba buscando pretextos, provocando pelea, y al fin se saciaba.

No era el mejor espadachín de la Nueva España, pero sí el más astuto y traidor. Jóvenes osados y ancianos indefensos caían lo mismo a los pies del asesino, a cualquier hora del día o de la noche, en las calles céntricas de la vieja ciudad, o en cualquier barrio lejano.

La gente observaba los duelos, la jactancia inaudita del hombre, pero nadie se acercaba, y menos se atrevía a encarar a Gelasio de Carabantes. En todos reinaba el pesar por el abuso y la impunidad de los crímenes, pues de sobra se conocía que el asesino gozaba de influencia y poder ante la corte, ya que su padre era amigo del rey de España.

Así, amparado y a las sombras de la noche, también gustaba robarse doncellas y casadas. Lejos llevaba a la presa y tras saciar su apetito, solía humillarlas dejándolas en sitios donde pudieran ser vistas por la gente.

Un día, sin embargo, ocurrió algo que cambiaría el derrotero de los acontecimientos. Carabantes abordó a una mujer que caminaba en la plaza cercana a una iglesia del centro de la ciudad. Con inusual gentileza requirió sus amores, atraído por su presencia, pero ésta exclamó temerosa al verlo:

—¡Sois Gelasio de Carabantes!

Sí, señora, y vuestro más rendido admirador. Contestó haciendo una reverencia.

Recuperada de la sorpresa, la mujer respondió, serena:

Dejadme el paso libre, caballero. Sabéis que soy casada.

Sí, con un imbécil que no sabe apreciar vuestra belleza.

—¡Caballero! ¡Estáis hablando mal de mi marido!

A ese bellaco pienso suplantar esta noche.

Con sus palabras vino la acción. La tomó por el brazo y la jaló, dispuesto a llevarla consigo, pero la mujer se soltó, firme y decidida. Aún intentó hacerle entrar en razón en un tono comedido que, pensó, le daría tiempo para buscar la forma de escapar, pero éste no cejó. Pasando su brazo por el cuello de la mujer la sujetó, al tiempo que cubría su boca con la mano izquierda.

Venid conmigo, señora. Y os aseguro que si gritáis, será de amor.

La mujer fue llevada a rastras hasta la calle donde esperaba el caballo de Carabantes, mas como éste debía desanudar las riendas, no pudo hacerlo bien al tener que sujetarla; y en ese momento, la señora logró zafarse, retrocedió unos pasos, sacó una daga y lo enfrentó en cuanto éste hizo ademán de acercarse.

Vamos... dejad ese puñal, señora. ¿Acaso pensáis medir vuestras fuerzas conmigo?

—¡No, señor! No atentaré contra vuestra despreciable persona, pero si dais un paso más y osáis tocarme, os juro que me mato. ¡Muero antes de que me pongáis la mano encima!

La mujer empuñaba el arma en dirección a él, a la altura de su pecho; su semblante y su voz también denotaban resolución, pero aún Carabantes le descreyó, irónico y presumido.

No lo haréis, señora. ¡Dadme el puñal!

—¡No os acerquéis!

No haréis nada, lo sé. Dijo al tiempo que se aproximaba.

—¡Pues sabéis mal! Le contestó, al momento que volvió el puñal hacia sí y lo alzó para clavarlo en su pecho con certero golpe.

Varias personas miraron correr por primera vez al hombre ruin, testigos de una felonía cometida en lugar tan céntrico y a la luz de la tarde. Y cuando vieron a la mujer yacer en el empedrado, con los ojos abiertos ya sin luz que denotara vida posible, el estupor creció:

—¡Por Dios! ¡Es Doña Isabel García de Monjarráz!

—¡La ha matado Carabantes!

—¡Yo vi cuando la obligó a matarse el canalla!

Ciertamente, la dama era una de las más respetadas de la colonia y su esposo era persona influyente en la corte. De manera que, de inmediato, el viudo y un grupo de personajes importantes de la colonia acudieron ante el virrey, Don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar, para solicitar justicia por la muerte de la difunta Doña Isabel. El virrey escuchó con atención, mas de inmediato alegó a la comitiva:

He tenido noticias de tan infausto acontecimiento, señores. Mas ¿os dais cuenta de que se trata de Gelasio de Carabantes?

El viudo, dominando apenas su coraje y su pesar, se adelantó al soberano y exclamó:

Nos damos cuenta, su Excelencia, que se trata de una dama allegada a vuestra corte. ¡Mi esposa!, que halló el único camino posible para salvar su honra.

Hijo o no de un amigo del rey, ha cometido un Crimen, su Señoría, ¡una cobardía! Y Debe pagar por ello. Señaló otro de los acompañantes.

El virrey se hallaba acorralado ante los juicios legítimos de la comitiva, por lo que no tuvo más remedio que disponer:

Bien, señores, tenéis razón. Os aseguro que se investigará ¡Se hará justicia! Esta misma noche entregaré a mi alguacil los nombres de los miembros del tribunal que habrá de juzgarlo, una vez terminada la investigación.

No esperábamos otra respuesta de vuestra Excelencia.

Clamaron esperanzados los caballeros, que al acto se retiraron.

Un día después, el desencanto cubrió sus semblantes cuando se enteraron de la lista del tribunal, lo que acusaba la parcialidad del virrey en el caso. Y es que dos de los miembros designados para formar el tribunal se hallaban ausentes de la capital: el marqués de Torreblanca, en El Callao, y Fray Tomás García de Zavaleta, en la expedición evangelizadora de las Californias. El tercero era Don Lizardo de Zamudio, radicado en la capital.

Los caballeros se preguntaban, dudosos, si sería posible integrar el tribunal algún día, pues se sabía que los ausentes demorarían mucho tiempo en regresar.

Gelasio de Carabantes continuó con su vida de siempre, con la seguridad de que el tribunal no habría de reunirse, o al menos no en corto tiempo. Por las noches, solía relatar sus tropelías en la taberna “El ciervo de oro”, acompañado de rufianes y de amigos.

Mas una de esas veladas, acudió una persona para comunicarle la mala noticia.

Señor de Carabantes. ¡Se me ha informado que arribó esta noche el marqués de Torreblanca! Pensad, señor, que viviendo aquí Don Lizardo de Zamudio, las cosas marcharán mal para vos.

—¡Voto a mil demonios! exclamó, al tiempo que se levantó y golpeó el vaso de vino sobre la mesa. Siendo así podría integrarse el tribunal.

—¿Y qué haréis al respecto? Preguntó, curioso el informante.

Haré mucho... esta misma noche...

Esa noche, en efecto, Gelasio de Carabantes golpeó en la puerta de la casona del marqués de Torreblanca. Un sirviente mestizo le abrió, y aquél pidió ver al marqués con urgencia, presentándose como un enviado del virrey.

Tras una pausa, el sirviente lo hizo pasar al salón, pero Carabantes, viendo rápidamente la estancia, ascendió las escaleras que con seguridad conducirían a las alcobas. Casi pasaba los últimos peldaños cuando se encontró con el marqués, que a su vez había descendido unos peldaños. El marqués se quedó de una pieza al verlo. Nada tardo le reclamó:

—¡Señor de Carabantes! Mi criado dijo que venís de parte del señor Virrey.

—¡Os engañaron, marqués! ¡Vengo de parte de la muerte!

Sentenció, irónico. Y sin más escaló hacia él, lo empujó, el anciano cayó en los peldaños. Por un instante forcejearon, y Carabantes, más fuerte al fin y ya situado en la parte alta de la escalera, le dio un empellón, que hizo rodar al hombre, escaleras abajo.

Echado de bruces, sin poder moverse, el hombre logró sentenciar:

—¡Maldito de Dios seáis! ¡Matáis a un hombre justo y honrado!

—¡Y por eso morís! ¡Que os lleve el diablo! —Y le clavó el arma en la espalda.

Su villanía fue el primer bocado de un apetito insaciable de muerte. Hábil por naturaleza, halló la forma de escalar la casona de Don Lizardo de Zamudio. Lo halló en su despacho, ocupado en revisar unos documentos. Pero Don Lizardo, aunque sorprendido de verlo ahí, no se amedrentó ante su presencia amenazante. Sin levantarse de su asiento exclamó:

—Mirad, Carabantes, si tratáis de venir a influenciar con respecto a vuestro juicio, perdéis el tiempo.

—¿Lo creéis?

—Sí. Ha llegado el Marqués de Torreblanca, como seguramente estaréis enterado, y en cuanto llegue Fray García de Zavaleta, os juzgaremos. Y ahora decidme ¿qué deseáis?

—Os traigo un mensaje del Marqués de Torreblanca.

—Pues dádmelo, y os ruego retiréis ya, que tengo cosas que hacer esta noche.

Con la sorna en los ojos y la mano cerca de la empuñadura que sobresalía de su funda, siempre atada a su cinturón, se acercó al anciano juez.

—Os lo daré, mas después no tendréis que hacer ya nada...

No comprendo, ¡Por Dios! ¿Cuál es el recado? Apremió Don Lizardo con el presentimiento en la boca reseca.

—¡Éste! Clamó Carabantes al tiempo que clavó su puñal en el pecho del juez. A continuación, registró los muebles del despacho, y dentro de un gran armario encontró un cofre con gran cantidad de monedas de oro y algunas joyas. Las guardó en un paño e hizo un pequeño atadijo, con las manos cubiertas por los guantes que jamás se quitaba.

Su intención al robarle fue hacer creer que la causa del crimen había sido el robo. Pero, muerto también el Marqués de Torreblanca, nadie dudaba que Carabantes era el autor de ambos crímenes.

Nada hicieron las autoridades al respecto, y así pasaron los meses. Finalizaba ya el mandato del virrey de Guadalcázar cuando, refiere la leyenda, por la calzada de Ixtapalapa llegó el carruaje donde venía Fray Tomás García de Zavaleta, junto con los misioneros que fueron a la baja y alta California.

Su llegada creó expectación entre la gente. Y pronto el rumor entró en la taberna “El ciervo de oro”, donde se hallaba Carabantes esa noche. Dos amigos le acompañaban en la mesa; no eran rufianes precisamente, pero le seguían siempre, quizá por interés o por temor, o por la admiración morbosa que suele originar quien rebasa todos los límites.

Uno de ellos quiso saber qué haría Carabantes ante la llegada del fraile, y en vista del fin del gobierno del virrey, su protector. El aludido bebió de su trago despacio, y al fin, encogiéndose de hombros, respondió que nada haría; estaba enterado de que el fraile era viejo y se hallaba enfermo, por lo que con seguridad moriría pronto. Sin embargo, su amigo insistió, entre serio y sarcástico:

Recordad una cosa, amigo mío: el edicto virreinal está vigente aunque el virrey se marche, de tal suerte que fray Tomás puede nombrar a dos jurados más a su elección, según sé.

Carabantes no se inmutó, dio otro sorbo a su vaso y tranquilo afirmó:

Descuidad, amigos míos. Os digo que ese fraile pronto morirá.

Tres días más tarde, Gelasio fue a buscar al fraile al convento y lo vio precisamente afuera de éste, en la plaza rodeada de árboles que Fray Tomás escogía para su solaz a esa hora de la mañana, en que más le aquejaban sus dolencias.

Meditaba de pie sobre su muerte, que veía venir, y sobre la misión que mandaba el edicto del virrey. Lejano, no se dio cuenta cuando ya tenía enfrente a Carabantes, hombre de rostro infantil, de cuerpo delgado y aparente fragilidad, pero cuyo talante duro y mirada torva, denunciaba a un alma podrida. Así lo percibió el fraile, y un escalofrío lo recorrió cuando sintió sus manos enguantadas tocarle el brazo, al tiempo que le dijo:

—¿Sois Fray Tomás García de Zavaleta, verdad?

El mismo, caballero. ¿Qué deseáis? Contestó, retirando su brazo.

Me han hablado tanto de vos, de vuestras virtudes, que deseo enviaros al cielo.

—¿Cómo? Preguntó el fraile sin entender las enigmáticas palabras. Pero Carabantes lo sujetó del hombro, al tiempo que levantó el puñal y lo asestó en el pecho del padre.

Tirado en la tierra, con las manos sobre su torso herido, el fraile habló:

—¿Quién... quién sois que así matáis a un anciano fraile...? ¡Nada os hacía!

—¡Pero ibais a hacerme! ¡Soy Gelasio de Carabantes, a quien no podréis juzgar ya!

Sí... verdad es... Vengo desde lejos para juzgaros por vuestros crímenes. ¡Y os juzgaré!

El esfuerzo que hizo al levantarse y elevar la voz, le causaron mayor dolor, que lo obligó a recargarse sobre su costado izquierdo, apoyado en su codo. Carabantes, inclinado hacia él, lanzó una carcajada.

—¿Y cómo lo haréis? Tampoco viven ya Don Lizardo de Zamudio y el Marqués de Torreblanca. ¿Lo sabéis, verdad? ¡Ya no podréis juzgarme, os lo aseguro! Dijo blandiendo de nuevo su espada. Entonces el padre, con un crucifijo en la mano, lo levantó hacia el cielo, para suplicar:

—¡A mi Dios pido licencia de juzgaros, Carabantes!

—¡No podréis juzgarme desde el otro mundo! Y volvió a clavar el puñal en el pecho del herido.

Cuenta la leyenda que en ese momento, el fraile moribundo invocó a los poderes celestiales, con la fuerza de su deseo y la voz debilitada. Así, clamó: “¡Dios mío... escuchadme! ¡Dadme permiso para juzgar a este hombre por los crímenes horribles que ha cometido! ¡Dadme permiso, Dios eterno, de integrar el tribunal que ha de juzgarle! ¡Ayudadme, Dios...!

Pasados los días, la ciudad comentaba la muerte de Fray García de Zavaleta, la que se sabía, quedaría impune otra vez. Carabantes por su parte, continuó con su vida licenciosa. Ningún temor lo atormentaba, pues muertos los tres integrantes del tribunal, y con un nuevo virrey en el gobierno, se sentía a salvo.

La noche de un siete de mayo lo encontramos festejando alegremente en su casona, acompañado de rufianes, amigos, y algunas mujeres de vida disipada. La velada avanzaba entre el chocar de copas, el relato de las innumerables hazañas del anfitrión y los brindis, siempre para lisonjear a Carabantes por sus conquistas amorosas, y por ser el caballero de mayor hombría en la Nueva España, “quien no teme a vivos ni a muertos”, como el mismo Carabantes pregonaba.

Realmente se halla alegre el anfitrión, satisfecho de su vida, orgulloso de ser lo que es. Y aquella velada se prolongó más allá de la medianoche, cuando al fin abandonaron su casa amigos y mujeres, acompañados por Carabantes hasta la puerta. Mas, apunta la leyenda oral y escrita, que no bien se alejaban las personas de su casa, cuando se acercaron a él dos soldados. Al acto lo llamaron, imperativos:

—¡Daos preso, Gelasio de Carabantes!

—¿Qué? ¿Qué broma es ésta?

—¡Tenemos órdenes de llevaros ante el tribunal que ha de juzgaros!

El aludido suelta sonora carcajada en la calle, oscura y vacía.

—¿Tribunal decís? No me hagáis reír, señores. ¡Si todos están muertos!

La carcajada se vuelve una mueca de espanto en su boca, cuando uno de los soldados lo jala del brazo. Siente entonces la frialdad, la dureza extraña de la mano, escucha con claridad la voz cavernosa que grita a sus oídos:

—¡Acompañadnos!

El cielo oscuro descubre la luna en ese instante y la luz da de lleno en la faz de los soldados. Carabantes queda mudo, inmóvil al verlos, pero ya los soldados lo empujan y arrastran.

Venid. ¡El tribunal os aguarda!

—¡Muertos...! ¡Estáis... muertos!

Las pisadas de las osamentas resonaron en la calle empedrada hasta detenerse ante una casa. Entraron, y escoltando al hombre aterrado lo llevaron a un salón, en presencia de un tribunal formado por tres muertos. Tres esqueletos, vestidos con las mismas ropas que usaban el día que Carabantes les asesinó.

—¡Ah...! ¡No puede ser! ¡Sois... Fray Tomás... el Marqués de Torreblanca... Don Lizardo de Zamudio!

Los mismos, que habemos obtenido permiso del Altísimo para venir a juzgaros. Señaló el cadáver de Fray Tomás.

Carabantes retrocedió, su mente estaba en blanco, pero una ilusión lo animó.

—¡No, no puede ser! ¡Estoy soñando! ¡esta es una mala pesadilla! ¡Sí! Se dijo mientras se cubría los ojos bebí demasiado...

Pero descubrió su vista ante la voz de Don Lizardo de Zamudio.

Bien despierto estáis, Gelasio de Carabantes, para escuchar la sentencia de este tribunal.

Los soldados levantaron a Carabantes, que había caído de rodillas ante el tribunal, con la luz de la razón ya escapando de su mirada.

—¡Poneos de pie, que habéis de escuchar el veredicto! Ordenó el Marqués de Torreblanca.

Carabantes quiso cubrir sus ojos, cuando el martillo del juez Fray Tomás García de Zavaleta golpeó sobre la mesa. Sólo se escuchó decir, desear, implorar: ¡Estáis muertos! ¡Todos estáis muertos!

Nadie sabe cómo y de qué murió el célebre asesino. No le hallaron marca alguna en su cuerpo. De bruces en el suelo, sus ojos salían de sus órbitas, las facciones se hallaban endurecidas, y las manos se crispaban; todo evidenciaba el terror experimentado a la hora final. Mas sobre la mesa descansaba un pergamino, que clavado con un puñal en la madera, decía: “Condenado a muerte”. Bajo las palabras, estaban las firmas de los tres integrantes del tribunal nombrado por el virrey: el Marqués de Torreblanca, Fray Tomás García de Zavaleta, y Don Lizardo de Zamudio. Eran rúbricas auténticas, y se hallaban frescas, como si se hubieran estampado recientemente. Esto lo afirmó el oidor de Robles, encargado del caso, y curiosamente, uno de los personajes que atestiguaron el encuentro entre el virrey de Guadalcázar y las personas que pidieron para Carabantes el cumplimiento de la ley.

“Justicia divina” fue el veredicto final, asentado en las crónicas de la Colonia, y en la gente que conoció de cerca o heredó esta leyenda.