Tom Morris
había pasado ya varias horas deambulando por el espeso bosque cuando accedió a
reconocer que se había perdido. Le enfurecía pensar que tras tres años como
jefe de Boy Scouts en su Virginia natal hubiera acabado perdiéndose en un
miserable bosquecillo de Vermont.
Pero así era: los agrietados troncos y el
suelo alfombrado de crujientes agujas conformaban un decorado monótono que sólo
servía para desorientarle más aun; además todavía no había visto ninguna de las
señales que había ido marcando en los troncos. Casi parecía como si los
árboles, en cuando se daba la vuelta y se alejaba unos metros, las borraran de
sus cortezas.
¡Si no hubiera
perseguido como un crío a esa maldita ardilla! En el liviano aire de la sierra
se podía oler la pronta llegada de la nieve como una intangible y gélida hoja
que laceraba el rostro de Tom arrancándole el rubor: el verano había terminado,
y el frío empezaba a hacer acto de presencia. Una ráfaga de viento cargado con
aroma a resina acarició su cara con la consistencia de un sudario de seda.
Dios, y eso que
sólo estamos en Septiembre... no quiero ni pensar cómo hará aquí en Diciembre,
pensó Tom reprimiendo un escalofrío.
Aun con el
problema de saberse perdido, no podía evitar verse influido por la belleza
salvaje del paisaje que le rodeaba. En nada se parecía a su claustrofóbica
Nueva York, donde vivía eternamente rodeado de asfalto, polución y suciedad,
uno más en la marabunta humana.
Aquí podía entrever el límpido cielo sin tener
que alzar la cabeza casi perpendicularmente, y éste no era una paleta de tonos
grisáceos y tristes, cargado con la peste de miles de coches, fábricas... Al
contrario, delgadas cascadas de luz se desparramaban por entre las siempre
verdes ramas creando bajo la cúpula de foresta un mundo de danzarinas sombras
en las que con un poco de imaginación se podría ver correr algún duendecillo
juguetón o escuchar el canto de un hada volando perezosa de flor en flor.
A
través de la tupida bóveda podía entreverse un cielo virginal, sin la más
diminuta nube interrumpiendo su uniforme tonalidad plateada. Solo allá en el
oeste, lamiendo el horizonte, empezaba a derramarse una delgada pincelada
rojiza. El sol desencadenaba otra vez la venganza por su derrota diaria
incendiando el paisaje de montañas y valles cubiertos de vegetación, igual que
Nerón casi dos milenios atrás hiciera con Roma.
Pero la
realidad del momento era mucho menos dulce: Tom estaba perdido, y si quería
llegar al punto de encuentro con los demás en la ladera este del monte Gore
antes del anochecer debía encontrar ya el camino correcto; y si algo de algo
estaba seguro eso era que ningún ser del bosque se dignaría en guiarle.
Tom se detuvo y
miró a su alrededor con gesto mezcla de desesperación y enfado, pateando
frustrado la alfombra de resecas agujas. Sacó un mapa del bolsillo trasero de
sus raídos tejanos y lo extendió sobre un tronco. En el vericueto de manchas,
líneas y señales no era muy fácil orientarse. Rascándose la cabeza repasó todo el
itinerario que había seguido desde el coche, y al fin llegó al punto donde
creía que todo el lío había empezado.
Si no estoy
equivocado, en el momento de lanzarme en aquella atolondrada persecución estaba
a unos cinco kilómetros al oeste de la base del monte, y como el condenado
bicho ha correteado jugando conmigo en dirección sur unos doscientos metros,
ahora debo estar más o menos aquí, pensó.
Su dedo apuntaba una indefinida
mancha de verde oscuro recorrida por una negra y delgada línea que acotaba mil
metros de altura, a unos diez centímetros de la masa pardo oscura que
representaba el inicio de las estribaciones del monte Gore.
El mapa era muy
detallado, el mejor que había podido comprar en la tienducha del pueblo junto a
la que había dejado el coche: un mosaico de marrones y verdes de diversas
tonalidades recorridos por las ondas concéntricas de las cotas en negro, en el
que de vez en cuando aparecía una leyenda, por lo general funesta - allí había
un Valle del Ahorcado, un riachuelo llamado Blood, y algún otro nombre tan
original como deprimente -. Delgadas líneas amarillas y rojas acompañadas de un
código de números y letras indicaban la existencia de los caminos y pistas
forestales. Justamente una de ellas era la que había estado siguiendo Tom antes
de perderse.
Debo haber
estado andando en círculos como un maldito principiante, y además he sido tan
inútil como para no ver las marcas que yo mismo he puesto, se recriminó. Con
todo, el mapa mostraba una solución muy clara: Tom resopló enfadado por aquella
testarudez suya que le había impulsado a no consultar durante horas el puñetero
pedazo de papel.
- Nada más
tengo que continuar unos... ochocientos metros en dirección norte y por narices
tengo que toparme con este recodo del sendero cerca de la base del monte. -
Había hablado en voz alta y el liviano aire de la sierra arrancó un tono
metálico a su voz que le sobresaltó. Unos segundos después el contestón eco le
confirmó lo que había dicho. Si hay eco, delante mío debe haber una pared
rocosa, y por el tiempo que ha tardado no debe estar a más de un kilómetro, su
mente se iluminó de esperanza.
¡Quizá no me he
alejado tanto de la falda del monte!
Sonriendo dobló
el mapa cuidadosamente para volverlo a guardar en el bolsillo. Todo parecía
volver a estar claro: allá adelante, oculto tras las copas de los árboles debía
estar el monte Gore, y en él sus amigos. Con paso firme reinició la marcha
hacia la pared rocosa.
El kilómetro se
había alargado hasta convertirse una asfixiante e interminable maratón entre zarzas
y hierbajos de tal altura que casi le llegaban al cuello, con la mochila como
insoportable lastre.
La flora había
cambiado tan radicalmente que Tom creía haber sido transportado del bosque
húmedo de la costa Este que tan bien conocía a la fronda reseca típica del
medio Oeste. Sus pasos habían abandonado la crujiente alfombra de agujas de
abeto para pisar ahora hierba mustia y reseca creciendo en tierra arcillosa,
rojiza, de clara apariencia desértica.
Ya no le acompañaban los típicos abetos
norteños sino una especie de pino que Tom no conseguía identificar, con copas
bajas y achaparradas a las que se podía llegar alzando el brazo, tan densas que
sus sombras impedían ver cualquier forma del terreno que no estuviera justo
enfrente.
El aire también había cambiado completamente, pasando de la frescura
y ligereza de la montaña a una pastosidad de melaza que se introducía en sus
pulmones y los saturaba hasta el punto de ahogarle por el solo hecho andar:
nunca se había imaginado que semejante paisaje pudiera existir por aquellos
andurriales, pero...¡Que cojones, así conozco mundo! No tiene porqué ser
siempre el Este una maraña de pantanos, o ríos, o bosques más húmedos que el
coño de una ninfómana, y el resto del país un semidesierto. ¡Pero vaya agobio
de arbustos!
Sus manos estaban irritadas, sangrando por los numerosos rasguños
que se había hecho con los arbustos. Además, para colmo de males se había
clavado varias espinas al tropezar y caer torpemente en un par de ocasiones en
los zarzales. La visibilidad bajo las densas copas de los pinos, acentuada por
el encendido cielo cargado de sangrantes colores, creaba engañosas sombras en
cuyo seno se ocultaban baches, piedras, raíces y ramas.
El avance era
lento y costoso, obligando a Tom muchas veces a dar grandes rodeos allí donde
los arbustos o troncos se convertían en impenetrables muros que impedían
proseguir en la dirección que creía se encontraba objetivo el monte. Aun con
todo, disfrutaba con el canto de los pájaros redoblando sus esfuerzos en el
anochecer como para despedir con aflautado coro al astro rey.
Tom sabía
perfectamente que delante de él se abriría en cualquier momento la cúpula de
ramas para descubrir la pared granítica del monte Gore. A partir de allí todo
sería coser y cantar.
Pasado un
tiempo indefinido que le pareció una eternidad al fin descubrió cómo a una
decena de metros delante las ramas se abrían en un claro, permitiéndole ver las
primeras estrellas despuntando tímidamente en el despejado cielo amoratado
alrededor de una colosal luna llena.
El sol acababa de ser devorado totalmente
por el horizonte, pero aun quedaba la aureola de mortecina claridad que
precedía al dominio de la luna. En la oscuridad creciente el avance se había
convertido en una aventura lenta y lúgubre, por lo que Tom no pudo reprimir un
aliviado suspiro al admirar la grandiosidad del espectáculo celeste.
Pero para su
sorpresa no se encontraba donde esperaba: el claro estaba en el centro de una
valle y, horror de horrores, no se veía por ninguna parte el monte Gore; en
lugar de esto, el mismo bosque seco del que acababa de salir cubría las suaves
laderas circundantes del valle, el cual se cerraba como un circo unos
centenares de metros más adelante.
- ¡Mierda! -
gritó pateando el suelo en un gesto infantil. - ¡Si me viera mi instructor de
los Boy Scouts me partiría la boca! ¡Eso sí, después de desternillarse de risa!
¡Mierda! ¡Mierda, mierda y más mierda!
El arrebato de
furia fue interrumpido por un acceso de tos: los pisotones en el reseco terreno
habían montado una ligera polvareda que ahora le irritaba los ojos y la
garganta. Entre lagrimas, carraspeando, echó una ojeada al claro.
Aunque a
primera vista lo parecía, no estaba del todo vacío: semicubiertas por altas y
frondosas hierbas de colores pardos, desperdigadas, había las ruinas de lo que
parecía un viejo pueblo; el paso del tiempo había hundido los techos, dejando
una colección de muros grisáceos y depresivos recubiertos de hiedra, con
grandes hierbajos creciendo entre las numerosas grietas.
Con creciente
curiosidad Tom deambuló por entre las casuchas, fisgoneando en su interior:
ningún mueble estaba intacto, todos descoloridos y desgarrados por el tiempo o
por algún animal, si no reducidos a polvo.
La rudeza del clima en la región era
tal que había provocado en los restos un chocante aspecto anacrónico: si bien
pudo encontrar modernos aparatos de televisión, radios y demás, su estado era
tal que algunos incluso tenían partes medio derretidas, como si hubieran
permanecido durante siglos a la intemperie.
Al cabo de unos minutos de
vagabundear entre los escombros, Tom llegó a la conclusión de que la
disposición de las casas era radial, formando círculos concéntricos. Con algo
de suerte en el centro del pueblo habría un pozo o fuente, y con un poquito más
de suerte no estaría seco.
Enseguida divisó un monolito de unos cinco metros de
altura tallado en roca grisácea, a primera vista granito, en el centro de lo
que sin duda era la plaza del pueblo. A su pie debería estar la fuente. Tal vez
estimulado por ese pensamiento, el estómago de Tom gimió sediento, obligándole
a apresurar el paso.
Llegó al monumento a plena carrera, resoplando y con la
lengua fuera , ansioso de un buen trago de fresca agua de montaña, pero para su
desgracia y por más vueltas que dio, por mucho que rebuscó en la áspera
superficie de roca y entre los hierbajos que le rodeaban, no había ningún
rastro de caño, brocal, ni nada semejante: aquello simplemente era un monolito,
alguna especie de columna conmemorativa, sin agua que ofrecerle para calmar su
sed.
- Esta visto
que éste no es mi día.
Con un pañuelo
se secó el sudor de la frente mientras observaba el monumento. Era de granito,
y toda su superficie estaba decorada con bajorrelieves desgastados por el
tiempo pero aun distinguibles. Desde la base y formando anillos a diversas
alturas había arabescos y motivos geométricos, todos muy sencillos, que servían
de marco decorativo a lo que era el mensaje principal del monolito: escenas de
lucha entre dos grupos de combatientes, unos armados con rifles y pistolas estilizados,
embozados en armaduras, y otros con hachas, lanzas y algún que otro arma de
fuego, sin ningún tipo de protección o a lo sumo primitivas corazas que
sugerían ser de cuero.
Prácticamente no había ninguna duda de que las escenas
trataban de representar los conflictos entre los habitantes del pueblo y los
indios que siglos atrás infestaban la región. En la base y rodeado de los
arabescos mejor trabajados de todo el monumento había una leyenda.
Tom se
acercó para tratar de leer lo que ponía en la crepuscular luz, pero el idioma,
aunque semejante al inglés, era prácticamente incomprensible: sin duda era una
versión regional y degenerada del inglés de tiempos coloniales que el rústico
escribano, en su ignorancia, había transcrito tal cual.
Por lo que consiguió
traducir, Tom pudo entender que hablaba de un largo periodo de conflictos tras
el que una de las facciones había sido expulsada y casi exterminada. Entre
alabanzas y loas la inscripción concluía con una oración por las almas de los
caídos. Por tanto, el monumento se trataba sin duda de un recuerdo monumento de
guerra, un cenotafio, y aunque no había fecha alguna, era indudable que debía
ser muy antiguo, de la época de los primeros colonos.
Tom estaba mortalmente
cansado. Sus músculos gemían pidiéndole reposo, así que decidió dormir entre
las ruinas. En su recorrido había observado que la oscuridad de los pocos
lugares techados estaba inundada del fétido olor de excrementos, por lo que no
tenía otra opción que dormir al raso, y qué mejor sitio que junto a aquel
precioso monumento, protegido por la memoria de sus aventureros predecesores.
No pudo
reprimir una sonrisa al pensar en sus compañeros, allá donde quisiera estar el
monte Gore, sin duda preocupados por su tardanza. Quizá incluso habrían avisado
ya a los guardabosques dándole por desaparecido: Eso sería típico de Carl,
siempre tan extremista. Seguro que incluso estará pensando que me ha atacado un
oso. Se quitó de encima el peso muerto de la mochila y buscó por los
alrededores un poco de hierba seca y ramitas con las que hacer una fogata.
Al
poco rato estaba canturreando alegremente junto al fuego, degustando un sabroso
bocadillo de bonito aderezado con unos pimientos fritos. Tras el ocaso la
temperatura había bajado bastante, por lo que avivó el fuego con nuevas ramas,
extendiendo las palmas de las manos a las llamas para sentir el acogedor calor.
Las ramas chisporroteaban entre débiles chasquidos elevando pequeñas
luciérnagas incandescentes hacia las alturas mientras más allá del círculo de
luz los grillos chirriaban con su monótono pero relajante cric-cric.
De vez en
cuando el ulular de una lechuza añadía un nuevo detalle al ambiente
fantasmagórico de la noche, mientras una suave brisa fresca convocada por la
oscuridad acariciaba su cara con tacto de sudario, portando el aroma del bosque
circundante.
El sopor no
tardó en hacer acto de presencia al acogedor calor de la fogata, y Tom se dejó
llevar por los gemidos de sus doloridos músculos pidiéndole descanso. Nada más
acabar de comer desenrolló el saco y se arrebujó en él, acogiéndose al abrazo
de Morfeo. En un instante estaba roncando plácidamente.
Las escenas del
sueño eran distantes, brumosas y mudas, dando la impresión de estar viendo a
través de un televisor mal sintonizado en una muy débil emisión: la imagen se
distorsionaba repetidamente con interferencias que alargaban y retorcían los
objetos, todo ello sumergido en una finísima y persistente neblina que impedía
apreciar de manera concisa los rasgos.
Pero las escenas que allí aparecían no
necesitaban de ninguna explicación: las oscuras figuras abalanzándose unas
sobre otras, cayendo, abriendo sus bocas con mudos gritos, iluminados sus
cuerpos por explosiones de obuses, todo el conjunto solo podía representar una
cosa: guerra.
Lentamente la
imagen fue mejorando, sumando más y más detalles violentos a la contienda. Esta
tenía dimensiones colosales, tanto que parecía como si todos los ejércitos de
la tierra se hubieran juntado en aquella asolada planicie para asesinarse unos
a otros. En el despiadado combate centenares de miles de guerreros combatían
anegando con su sangre el polvoriento desierto, convirtiendo el polvoriento
suelo en un oscuro lodazal.
Como en los
combates medievales, para un profano era casi imposible determinar quiénes eran
de un bando y quiénes del otro; todas las figuras portaban protecciones, unas
ligeras, esbeltas y manejables, otras más resistentes y voluminosas.
Para mayor
confusión de Tom, no era esta una lucha enmarcada en un tiempo determinado,
sino que era un amplio museo de técnicas y armas de combate: junto a toscas
armaduras medievales e incluso de reminiscencias romanas o anteriores peleaban
futuristas figuras embozadas en extraños trajes de cualidad metálica pero tan
maleables para los movimientos de su portador como la ropa; mientras unos
blandían hondas, lanzas y espadas, otros disparaban M-60's, fusiles de asalto e
incluso armas energéticas; por abrumadora mayoría, la táctica de combate por
excelencia era la romana, apelotonándose los combatientes en cuadros, rombos y otras
figuras para abalanzarse ordenadamente sobre la marabunta combatiente o bien
desplazándose presurosos hacia las brechas; también había por algunas partes
filas de arqueros y fusileros protegidas por piqueros, muy al estilo de las
antiguas guerras europeas.
Fijándose en
esa variedad de armas Tom pudo al fin distinguir los ejércitos enfrentados:
estupefacto comprobó que las pocas figuras embozadas en armaduras de
plastiacero eran el objetivo de todos los demás. Un desigual combate en el que
por cada caballero futurista existían decenas, incluso cientos, de enemigos:
hombres, mujeres, incluso ancianos y niños.
Parecía como si todos hubieran
enloquecido, y convertidos en bestias rabiosas atacasen sin preocuparse por su
edad o estado físico a las figuras plateadas. Pero la superioridad numérica no
era nada frente al poder armamentístico: todas las armaduras portaban armas de
energía o balísticas de altísima virulencia; frente a ellas, en piñas humanas,
cuadros de lanceros se lanzaban con la furia de los bersecks, protegiendo con
sus cuerpos a camaradas armados con subfusiles, ametralladoras y escasas armas
futuristas, sin duda robadas a enemigos caídos. La masa, por el contrario,
esgrimía una mezcla mazas, espadas, hachas y morning stars de la más variada factura.
Aquello era una implacable carnicería donde el ejército primitivo solo mantenía
su lucha gracias a la abrumadora superioridad numérica de sus miembros, que
como alimañas se lanzaban en jaurías de veinte o más hombres desde el interior
los cuadros sobre una sola armadura mientras otros mantenían a las demás a raya
a base de un continuo fuego a discreción.
Aun con todo una y otra vez parejas o
tríos de armaduras rompían sus filas sembrando el dolor y la muerte con sus
potentes armas. Por todas partes los heridos abrían sus bocas con gemidos de
dolor, implorando la llegada de algún sanitario y encontrándose generalmente
con un haz láser lanzado desde los colosales tanques que sin hacer ningún tipo
de distinción sesgaban las vidas de combatientes de los dos bandos.
Tras lo que
bien pudieron ser horas de crueles escenas de guerra, implacable, insaciable,
eterna, el televisor por el que Tom parecía estar mirando empezó a hacer
zapping, mostrando de una cadena a otra nuevos y más desoladores combates: en
ellos, la apocalíptica guerra iba adquiriendo más y más violencia en un in
crescendo acompañado de la progresiva retirada y exterminio de los ejércitos
primitivos por parte de los futuristas.
Los paisajes de planicies enteras
tapizadas por la multicolor y deslumbrante alfombra de combatientes dejaban
paso a incomprensibles ciudades futuristas asediadas por hordas de guerreros
harapientos, recordando la exótica Tanelorn asfixiada bajo la hedionda presa de
Nadsokor, para concluir en un desastroso repliegue, tras el que las batallas
pasaban a ser escaramuzas, las escaramuzas simples emboscadas, y las emboscadas
una patética guerra de guerrillas.
El frenético zapping culminó con una serie
de paisajes nocturnos... o eso deberían ser ya que colgaba del cielo la luna, si
bien el cielo y la tierra poseían una antinatural luminiscencia que permitía
ver con el reducido cuarto menguante incluso mejor que bajo la luna llena
normal. Todo, rocas, ríos, plantas, todo relucía: la maldición del átomo había
cubierto con su capa de muerte la superficie del planeta, sentenciado a siglos
de agonía y degeneración.
Entre
contrahechos árboles, observadas por aberrantes seres que quizá tiempo atrás
habían sido inocentes conejos, unas estériles, mastodónticas ciudades
recubiertas de materiales reflectantes parecían prosperar extendiendo su
brillante telaraña sobre montañas, planicies y valles, devorando a su paso todo
rastro de vida.
En sus estructuras metálicas todo era quietud, ninguna ventana
brillaba revelando actividad interior; solo el reflejo en su superficie
especular de las nubes acompañadas del implacable sol o de la mortal
luminiscencia nocturna de la radiactividad impartían cierta animación a lo
largo de sus miles de kilómetros de cúpulas, pasadizos y pabellones.
Muy de vez
en cuando una oculta portezuela se habría para dejar entrar o salir algún
aparato volador de dimensiones imprecisas, tras lo que la calma volvía a
reinar. Como un cáncer terminal, lento e imparable, aquellas moles de metal se
expandían por la superficie del planeta e incluso bajo las aguas su monotonía,
y acabarían por borrar todo rastro de naturaleza.
Un nuevo cambio
de canal llevó a Tom frente a la entrada de una cueva, en un recóndito valle
libre aun de la presencia de las ciudades metálicas. Allí la vida rebosaba de
energía y la radiación no había afectado dramáticamente a sus habitantes. Con
una velocidad sólo posible en sueños la cámara se sumergió en las tinieblas,
hasta que tras un recorrido en el que la negrura de la caverna solo era
desgarrada por la presencia de fugaces e iridiscentes formas, quizá líquenes,
quizá algo más innombrable, llegó a un pasillo iluminado débilmente por
bombillas eléctricas.
No era posible apreciar ningún detalle concreto por la
demencial velocidad, pero aun con todo el pasaje tenía una apariencia de total
abandono, con sus laterales repletos de escombros y basuras. Dos guardias con
raídas armaduras de cuero y que ocultaban sus rostros con máscaras de gas
hacían guardia junto a una pesada puerta de metal, lo suficientemente grande
para que un autobús pasase sin problemas. La cámara la atravesó como si se
tratase de un fantasma y ralentizó su viaje para mostrar a Tom lo último que
hubiera esperado en aquel desolado planeta.
Allí, en las entrañas de la
montaña, un auténtico vergel se extendía en una colosal caverna, a todas luces
artificial, cuyo techo se perdía en las alturas llenas de brumas. Una luz
difusa, simulando la solar, alumbraba jardines, huertas, casas y avenidas, en
las que gentes con amargas miradas cultivaban exóticas plantas, paseaban
marcialmente o practicaban en grupo el manejo de las más diversas armas.
Niños
cuyas edades no eran superiores a cinco o seis años manipulaban con manos
expertas pistolas, montando y desmontándolas, gritando a su instructor los
nombres de cada una de las piezas y su función. Adolescentes combatían cuerpo a
cuerpo en numerosas arenas ante el regocijo de sus padres, orgullosos por sus
progresos.
La cámara no aportaba a Tom ningún sonido, pero era obvio que en sus
voces, sus gritos, había una rabia y deseo de venganza insondables. Esa gente
se negaba a abandonar su planeta y no cejarían en su lucha mientras les quedase
sangre en las venas.
Las escenas pasaban rápidamente ante Tom mientras la
cámara continuaba su deambular entre calles, casas, plazas y campos. Al fin
divisó a lo lejos un altivo edificio de líneas estilizadas y sólidas,
construido en robusto granito, y por alguna razón supo que allí estaba su meta.
A través de lóbregas estancias, con incontables guardias desfilando de un lado para
otro, llegó al corazón del edificio, una sala cuadrada con las paredes de
mármol desnudas por completo salvo por un antiguo mapamundi físico en la pared
opuesta a la puerta de entrada.
El mobiliario era tan reducido como austero: un
espartano sofá de estilo romano, madera y cuero desgastados, situado bajo el
mapa, un pequeño aguamanil con su toalla en una esquina, y en el centro de la
estancia una mesa redonda y antigua confeccionada con maderas nobles sobre la
que había un sencilla jarra de cristal llena de agua y unos cuantos vasos.
En
torno a ella un grupo de hombres sentados se miraban hoscamente, de vez en
cuando susurrando entre sí preguntas, pero incapaces de dar nunca soluciones.
Todos lanzaban repetidas miradas cargadas de nerviosismo hacia la puerta
cerrada, mientras con sus manos curtidas por el áspero aire del exterior
manipulaban intranquilos los vasos o mesaban largas y cuidadas barbas.
Siguiendo
alguna señal que se escapó a Tom todos dejaron de cuchichear y se levantaron,
situándose en posición de firmes con la mirada clavada en la puerta. Esta se
abrió para dejar paso a una oscura figura embozada en una espléndida armadura
de campaña con dibujos de camuflaje por toda su superficie de un metal a todas
vistas muy ligero; también debía de ser realmente resistente, pues en bastantes
lugares mostraba las huellas de impactos de armas de cuerpo a cuerpo, balas e
incluso láseres.
Los abultamientos defensivos del traje no podían ocultar la
robustez hercúlea de los brazos, piernas y torso del recién llegado. En la
cabeza llevaba un desgastado casco del mismo material que la armadura, muy
semejante al que usara el ejercito prusiano a inicios de siglo, con un afilado
pincho en su parte superior.
Los rasgos de su cara eran irreconocibles tras una
aterradora máscara de guerra que mostraba el rostro de un encolerizado demonio
y que además le servía de filtro para el insano aire del exterior. Todos los
presentes estallaron en demandas, quejas, preguntas y súplicas ante la figura,
pero ésta les hizo callar alzando la mano con autoridad.
Lentamente,
tranquilizando con su mera presencia a todos, manipuló los contactos de la
máscara y ésta se deslizó hacia abajo con una nubecilla de vapor para descubrir
un rostro cansado de rasgos helénicos. El pelo rubio estaba mugriento y
apelmazado por la mezcla de sudor y polvo que cubría casi por completo la
delgada cara de nariz aquilina y estilizados labios. La firme mandíbula veía
reforzada su energía con unos ojos azules, intensos e indescifrables, cargados
de una mezcla ecléctica de sentimientos.
Ante la atenta
mirada de sus subalternos, sacó de entre los pliegues de su capa un bulto de
tela sucia y desgarrada y lo depositó en el centro de la mesa. Los ojos de
todos los presentes se posaron en el bulto mientras una oleada de desesperación
recorría sus cuerpos: sabían lo que aquel paquete significaba y temían lo que
podía deparar.
El tiempo había
llegado... otra vez.
El líder fue
desliando delicadamente el fieltro manchado de barro, desatando los numerosos
nudos que enlazaban los harapos, para descubrir una extraño aparato del tamaño
de una cabeza humana, en su mayor parte metálico, con intrincados dibujos e
incomprensibles inscripciones que recordaron a Tom, en su estilo de grafía,
aquellas que había visto en el cenotafio.
Pero éstas no eran obra de una mano
inexperta y un burdo cincel. Al contrario, los trazos eran delicados, barrocos
hasta el punto de casi rozar la calidad de una obra de arte: era sin duda el
resultado de una tecnología que superaba en siglos a la de aquel pueblo
troglodita. En su parte superior tenía un globo de cristal negro pulido de tal
manera que reflejaba y amplificaba toda la luz que a él llegaba.
Una
distorsionada imagen de la sala y sus ocupantes se retorcía burlona en su
superficie devolviendo las miradas cargadas de preocupación de los hombres que
escrutaban su opaca materia. Parecía el ojo de una colosal bestia, arrancado de
su órbita pero aun repleto de energía, acechando todo lo que le rodea.
No había tiempo
para más dilaciones, y con un gesto de su mano el líder indicó a sus generales
que el ritual debía empezar inmediatamente. Todos y cada uno de ellos
extendieron un mano sudorosa hacia el cristal mientras se miraban. En todos los
rostros un rictus de temor apareció por un instante, tras el cual el terror se
convirtió en duda: algo no iba como debería; la respuesta a la invocación
tardaba demasiado.
El transcom siempre emitía su llamada a una velocidad
cercana a la luz, y todos sabían que su destinatario estaba atento a no más de
unos miles de kilómetros. Y sin embargo no respondía. El sudor perlaba cada uno
de los rostros, e incluso el sereno líder se mostraba ahora intranquilo ante la
demora. ¿Dónde estaba aquel maldito ser que primero les había convocado y ahora
se hacía de rogar?
La lámpara araña a suspensor tembló levemente ante una
corriente de aire que entraba a través de los respiraderos repartidos por el
techo, creando nuevas sombras en los alterados rostros y haciendo estremecerse
a los más nerviosos. Pero ninguno apartó las yemas de sus dedos de la esfera.
El castigo era tan inmediato como definitivo: muerte.
Al fin la
esfera se cargó de energía estática, que empezó a crepitar lanzando diminutas
chispas, creando pequeños y azulados arcos voltaicos entre su oscura superficie
y las ropas de los convocantes. La carga electrostática fue creciendo en
intensidad, indicando que el contacto definitivo se acercaba. Todos los
generales, incluido el líder, estaban pálidos como la muerte con sus cuerpos
recorridos por fuertes temblores.
Sin previo aviso
uno de los hombres alzó las manos de la bola lanzando rayos azulados por sus
ojos, boca y manos, mientras todos los demás eran despedidos con brusquedad por
una mano invisible lejos de la máquina. Por un momento la lámpara-suspensor se
apagó saturada de carga, dejando la habitación iluminada únicamente por el
fantasmal fuego de san Telmo que surgía del cuerpo del general, que no dejaba
de retorcerse y temblar con el cuerpo poseído por brutales convulsiones, sin en
ningún momento perder definitivamente el pie: parecía una infernal marioneta a
la que el titiritero hubiera conectado un cable de diez mil voltios.
Con la misma
insospechada rapidez con la que había empezado, todo culminó, y el cuerpo cayó
al suelo, libre de la energía, sin el menor rastro de quemaduras en su piel o
ropas, aunque todos sus músculos aun seguían siendo recorridos por espasmos. El
mensaje estaba listo para ser leído.
Todos los hombres que habían permanecido
en el suelo observando impotentes la agonía de su compañero se lanzaron en su
socorro: unos fueron por toallas, empapándolas en el agua fresca del aguamanil,
otros buscaron un vaso y le dieron de beber delicadamente, mientras otros le
alzaban con sumo cuidado y le tendían sobre el sofá.
El periodo de
recuperación siempre era rápido, pero aun así el sufrimiento del receptor era
indescriptible. Nadie envidiaba a aquel hombre que por unos segundos había sido
uno con la cruel realidad del exterior, que se había fundido con la antinatural
mente desencadenante del fin del mundo, que había sentido en sus carnes el
poder destructor de soles que acosaba sus hogares, el implacable enemigo contra
el que luchaban, aquel por el que nacer, vivir y morir tenían significado.
Lentamente los músculos del receptor se fueron relajando a la vez que las convulsiones
desaparecían, hasta que por fin abrió los ojos. La tristeza se apoderó de los
corazones de todos cuando vieron la locura tras aquella mirada: otro valiente
guerrero y sin par estratega había caído tras uno de los emplazamientos del
enemigo. Ya solo había en él algo digno de tener en cuenta, el mensaje que en
su cerebro llevaba y llevaría por el resto de sus días.
El hombre empezó a
hablar, pero por la extraña cualidad del sueño, tampoco esta vez pudo Tom
escuchar ningún sonido; aunque ya para entonces sabía que no comprendería nada
de aquello. Los labios del patético emisario se movían rápidamente, borboteando
sordas palabras que hasta eran difíciles de comprender para sus camaradas. La
lámpara a suspensor vibró con un nueva corriente de aire y las sombras se
apoderaron del rostro demente, eclipsado por la mole del líder.
Todos se
alzaron dejando al pobre desgraciado con su jerigonza cuando el mensaje quedó
suficientemente claro. La anormal espera ahora tenía una explicación: esta vez
el tributo sería especial; debían buscar a unos kilómetros de distancia una
presa en particular, un capricho del cruel ser que les había convocado. Lo
mejor era no hacerle esperar, ya que de su complicidad dependía la actual
seguridad del refugio.
Con ordenes
gritadas a pleno pulmón, el líder preparó la expedición de caza.
En ese momento
la televisión del sueño de Tom hizo de nuevo zapping, llevándole esta vez a un
vertiginoso vuelo nocturno. Por la leve vibración de la cámara parecía volar en
un caza o algo semejante, como mínimo un aparato a reacción, tan rápido se
desplegaban a sus pies montañas y valles.
En cuestión de segundos había dejado
atrás unas laderas recubiertas de verde hierba resplandeciente por la
radiactividad para sumergirse en un ilimitado desierto grisáceo en el que
tormentas de ceniza que ridiculizarían a las de Marte arrancaban miles de
toneladas de polvo del suelo para lanzarlo contra erosionadas colinas.
La gris
monotonía del desierto fue continuada por el mar: éste parecía el de siempre,
azul oscuro, casi negro, cargado de pinceladas plateadas a la luz de la luna,
un recordatorio de la belleza del agónico planeta. El cielo despejado permitía
a Tom mirar detenidamente al majestuoso satélite, con sus preciosas manchas
oscuras, sus llanuras de polvo que los visionarios de siglos pasados llamaron
poéticamente mares, con sus recargados cráteres recorriendo su superficie.
Los cráteres.
Había más cráteres de los que él recordaba. Otro gran circo anillado junto al
de Kepler indicaba las cicatrices de una guerra que había traspasado la
atmósfera de la Tierra.
Tom deseó que
la cámara no enfocase más aquella devastación. ¿Hasta que punto de degeneración
había llegado la humanidad como para que no sólo arrasase su planeta, sino que
con él violara la belleza de su compañera? Ya nunca podría un hombre mirar la
noche estrellada sin contemplar las crueles cicatrices que sus antepasados
habían infligido a un indefenso paisaje.
Pero, ¿quedaría
algún hombre para llorar la belleza perdida?
El telón de
oscuridad del océano y el cielo se vio desgarrado con un resplandor en la
distancia indicando la cercanía de la costa: en este planeta lo faros no eran
necesarios ya que cualquier barco podía divisar tierra antes de que surgiera
desde la línea del horizonte gracias a la fantasmagórica aura radiactiva.
Comparada con la oscura monotonía del océano la tierra parecía devorada por
llamas que pugnaban en su intensidad y dimensiones con las del mismísimo sol.
El avión o lo que fuese siguió indiferente su itinerario mientras nuevas
colinas, valles, esporádicos ríos, e incluso alguna montaña nevada, desfilaban
desfiguradas por la embriagadora velocidad.
Tras sobrevolar una estepa
desértica que parecía extenderse por más de tres mil kilómetros, toda cubierta
de zarzales, matojos raquíticos y arenas pálidas y luminiscentes, el aparato
enfiló hacia una cordillera de montes bajos, muy antiguos, en los que aun
quedaban restos de vida vegetal sana y vigorosa.
La velocidad del viaje se
ralentizó a la vez que la cota de vuelo descendió hasta una altura en la que
Tom, si tuviese manos, podría haber acariciado las rocas de las cumbres. Las
laderas de las montañas estaban alfombradas de árboles de copas anchas y bajas,
con un color oscuro, semejantes a pinos.
Las aceitosas hojas parecían refulgir
en la luz lunar, un mar vegetal encrespado por el suave viento que provenía de
la planicie allá al oeste, portando el mortal calor de la radiactividad. Tras
sortear numerosos valles y sobrevolar muchas más escarpaduras Tom pudo ver un
circo de origen glacial recubierto de frondosas copas abrirse a escasos
kilómetros: sin duda ese era el objetivo de su vuelo.
Frente al circo el bosque
se despejaba formando un claro en forma de circulo en el que bajos matojos
devoraban unas ruinas. Un grupo de una veintena de personas, iluminando su
camino con antorchas, salía en ese momento de entre la foresta y se dirigía en
procesión hacia el centro de las ruinas. Entre ellas, a la cabeza de la
partida, pudo distinguir la impresionante figura del líder, así como a alguno de
sus generales.
De esta manera
concluyó el sueño de Tom: tal y como empezó, una neblina estática acompañada de
interferencias recorriendo la pantalla del onírico televisor y distorsionando
las imágenes, mientras estas se desvanecían con un lento fundido en negro.
Lo
último que recordó fue el avanzar de las teas hacia las ruinas, mientras
cabezas cargadas de temor escrutaban el cielo sintiendo la presencia del
convocante. Entre los susurros de las hojas y los débiles sonidos del bosque
adormecido un suave zumbido indicaba su presencia. No hacía falta el delator
resplandor de una tobera para saberlo: estaba allí, y demandaría su tributo.
Con la claridad
del amanecer en sus párpados Tom se desperezó poco a poco, retorciéndose en el
saco de dormir. Aun con la galleta la falta de costumbre de dormir en suelo
duro había entumecido sus músculos; notaba a todo lo largo de su columna la
dureza de las baldosas de la plaza. El reciente sueño aun llenaba su mente, con
su carga de extrañas visiones y sentimientos de desesperanza, la muerte de todo
un planeta.
Su intensidad había sido tal que aun podía sentir en su cara la
cálida caricia del aire al volar a impresionantes velocidades sobre los
desolados paisajes. Dejemos de pensar en eso y dispongámonos a encontrar el camino
hacia ese maldito monte. Los demás deben de estar preocupados por mi ausencia.
¡Arriba!, pensó, pero sus sentidos aun estaban saturados por el vívido sueño:
calor, luminiscencia, olores, todo el sueño le envolvía.
Y cuando abrió
los ojos el sueño seguía ahí, ante él.
La claridad que
a través de sus párpados había notado no era la del despuntar del nuevo día
sino la de una antorcha ardiendo a centímetros de su rostro. Tom gritó
sorprendido, y lo mismo hizo el hombre que la sostenía, estando a punto de dejar
caer la antorcha sobre el saco de dormir.
Con la voz apagada por una máscara
dijo algo a sus compañeros en un idioma que estremeció las entrañas de Tom.
Tenía ante sus atónitos ojos al grupo que antes había visto, en el sueño, salir
del cercano bosque; allí estaba el líder, con su robusta coraza, con su rostro
tras la máscara de demonio envuelto en sombras.
Tom se pellizcó
fuertemente en el brazo: todo esto no podía real, debía estar aun dormido. Voy
a cerrar los ojos, contar hasta diez, y todo volverá a ser como debería. Nada
más estaremos las ruinas y yo. Un, dos, tres, cuatro, cinc... No pudo
continuar. La voz del líder se dirigía a él. Las palabras sofocadas por el
filtro de aire, ahora lo sabía Tom, eran del mismo idioma en que estaba escrita
la leyenda del monolito.
Miró con los
ojos desorbitados a su alrededor: sí, si uno fijaba la mirada en un punto
distante, en las laderas del valle, podía ver el brillo fantasmagórico del
átomo. ¡Dios mío! ¡Que ha pasado aquí! Alzó el rostro al cielo implorando una
explicación a un dios que parecía haberle abandonado en un mundo de locura,
sólo para ver dos nuevas y terroríficas incongruencias.
La luna había cambiado,
podía ver las huellas de explosiones en su superficie, el colosal cráter junto
a Kepler. Y lo más terrorífico, aquella figura deforme, agachada acechante en
la cima del cenotafio. Su piel brillaba. No, no tenía piel: toda ella era metal
bruñido, y la luz de la luna arrancaba brillos mortales de las numerosas armas
que salían de sus costados y que la identificaban como uno de aquellos
combatientes de extrañas armaduras de su sueño.
La máquina, porque ahora Tom
sabía que eso era, le observaba con ojos muertos mientras sus antropomórficas
extremidades se aferraban a la piedra. De alguna manera Tom supo que la máquina
estaba sonriendo, si es que aquella abominación podía tener algún tipo de
sentimiento.
Todas las piezas ahora encajaban en la mente de Tom: el monumento,
los grabados de combates, el sueño con sus visiones de guerra, máquinas contra
hombres, victorias, derrotas, matanzas y persecuciones, las estériles ciudades
de las máquinas, las acogedoras madrigueras de los hombres... la exterminación
de la raza humana, y con ella de toda la vida.
Y ahora él estaba allí dios sabe
cómo, frente a un grupo de la casi extinta humanidad, convocados por un
sofisticado amasijo de circuitos gobernados por un ordenador. La máquina quería
algo de él, pero ¿qué? En el mismo idioma que antes, la máquina ordenó algo al
líder. Todos la miraron con una mezcla de terror y odio.
Uno de ellos dio un
paso al frente, alzando el puño desafiante, mientras lanzaba maldiciones contra
el monstruo de metal, pero rápidamente fue agarrado por sus compañeros. Todos
estaban claramente nerviosos, incluso el líder, y le lanzaban frecuentes miradas
desde el círculo que habían formado.
La asamblea no duró mucho, y tras una
acalorada discusión se alzó la voz del líder imponiendo su sentencia; el grupo
se volvió con gestos de aceptación hacia Tom, que sólo pudo gemir de
desesperación cuando vio cómo el grupo se apartaba reverencialmente unos metros
con la vergüenza y la desazón cubriendo sus sudorosos rostros. Como Pilatos
miles de años antes, se lavaban las manos y dejaban la situación a un poder
superior, a un poder que ahora descendía lenta pero inexorablemente desde la
cima del monumento hacia él.
Más la muerte
no le acogió en su seno: garras afiladas como cuchillas cortaron con precisión
de cirujano puntos concretos de su cuello y de su cabeza, los nervios que le
brindaban todas las sensaciones del cuerpo y de su rostro fueron cercenados sin
piedad, y con un grito mudo, mental contempló horrorizado como era izado por la
máquina hacia las nubes ante la mirada aterrada del líder y sus hombres.
Aislado en su mente, lo último que Tom pensó con terror antes de desmayarse fue
en el terrible destino que le podría esperar allá donde fuera llevado.
- Señor,
RS-232-b se presenta ante usted.
- Bien, bien.
¿Tuvo algún problema para conseguir al individuo?
- En cierta
medida, señor, lo predecible. Como me recomendó, encargué a un grupo de humanos
que realizaran la búsqueda antes de mí llegada por si el sujeto sufría algún
contratiempo y moría: era necesario evitarle el que sufriera cualquier percance
hasta que yo me hiciera cargo de la situación.
Por desgracia su eficiencia cada
día es superior, hallaron al sujeto tiempo antes de yo llegar al lugar y
parecían estar pensando en acogerle en su comunidad y plantarme cara; sabe
usted que son muy reacios a dar a uno de los suyos a nuestros exploradores, por
lo que me vi obligado a amenazarles con incursiones de nuestros introdroids a
modo de represalia... Al fin pude llevarme el espécimen sin más contratiempos,
señor.
- Por cierto,
según los primeros informes los análisis de las muestras abren un camino a la
esperanza.
- Así es,
señor: el último volcado de datos procedente de los laboratorios así lo indica.
- Espero que al
fin lleguemos a una solución de esta penosa situación. Ya sabe usted que el
pasado, el presente y el futuro dependen de ello. Ese cerebro humano es nuestra
única oportunidad de enmendar esta abominable guerra en la que nuestros
creadores nos embarcaron. Sólo descubriendo cómo ese individuo viajó en el
tiempo podremos regresar al pasado y curar el irracional complejo de
Frankenstein que desencadenó la hecatombe.
- Sí, señor:
esperemos por el sagrado HAL que todo concluya felizmente.
- ¡Así lo
deseamos todos! Mejor no haber existido nunca que ver nuestro precioso planeta
convertido en un inexpugnable invernadero, en el que solamente bajo la cobertura
de nuestras ciudades puede desarrollarse la vida en paz...