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La sombra descendió desde lo más alto del cielo - José Luis Velarde

Yojanesburgo Sprite descubrió la presencia del helicóptero cuando ya era demasiado tarde para poder escapar. La sombra del silencioso artefacto lo envolvía como si fuera una telaraña procedente del cielo y cerraba toda posibilidad de huida. Sprite miró con desaliento la vegetación escasa y decidió acuclillarse para que el aire desplegado por las aspas no lo derribara, justo en el momento en que una voz deformada por un altavoz estridente lo conminaba a no oponer resistencia. 
 
Sprite tomó una manzana del contenedor que llevaba consigo. No llegó a morderla. El golpe de un látigo neurónico le hizo arrancarse un pedazo de lengua, una vez perdido todo control sobre el cuerpo, que se agitó hasta el desmayo. La manzana rodó por la arena del desierto y no fue advertida por los vigilantes que inventariaron de prisa el resto del contrabando.

Las pruebas en contra de Yojanesburgo Sprite eran sofocantes como el polvo que impregnaba sus poros. Una docena de manzanas y cinco duraznos lo acusaban desde el depósito de pruebas del tribunal. Sprite aún luchaba con la sensación de asco despertada por el trozo de lengua engullido unas horas antes y el mal sabor solo era amortiguado por la rabia con que miraba a sus captores. 
 
Un par de tipos robustos que de seguro no serían capaces de permanecer veinticuatro horas en las zonas deshabitadas de la frontera sin sus trajes especiales y el maldito helicóptero. El juez Rodino ingresó al recinto acompañado del murmullo de la seda y el olor del perfume que parecía surgir de sus cabellos. Al incorporarse, los vigilantes se estiraron un poco más, como si fuera necesario intimidar a los detenidos hasta el último momento.

Apenas había espacio para el escritorio del juez, respaldado por un sillón que se antojaba inmenso para el tamaño del tribunal que ocupaba quince metros cuadrados. El resto del mobiliario se componía del mesabanco utilizado por la secretaria del juzgado para dar testimonio de las sentencias y de una grada donde se amontonaban el acusado y sus custodios. 
 
Las paredes estaban revestidas del plástico amortiguador de sonidos que garantizaba privacidad en cualquier edificio público. El juez miró al detenido con dureza, en silencio. Luego comenzó el interrogatorio innecesario, porque las leyes condenaban a muerte a cualquier acusado del delito de contrabando.

—¿Yojanesburgo Sprite? —El cautivo recordó el gusto de su padre por los mapas, los viajes imaginarios y el bautizo provocado por la antigua capital de Sudáfrica sin que hubiera razón lógica alguna. En cambio, el apellido era ficticio. Un mote elegido en plena juventud cuando todavía abundaban los carteles que anunciaban las refrescantes bebidas de antaño. El Sprite sustituyó sin disgusto al López que su padre consideraba desabrido y sin prosapia.

—Diga el acusado el nombre de sus cómplices, si los hubiera, y las atenuantes de su delito. —La secretaria mordisqueó un mechón de cabellos rubios y aprovechó el silencio del interrogado para retocar un poquito el colorete de sus mejillas morenas.

—¿Es usted ciudadano de Texas del Sudeste?

Yojanesburgo negó con la cabeza y frunció el rostro quemado por el sol. El juez hizo una pausa muy larga; le sorprendía no encontrar apelaciones que despedazar con el odio que sentía hacia todos los forasteros, tragó saliva y se dispuso a pronunciar su laudo, sin haber tenido el gusto de prolongar más la diligencia que interpretaba seis o siete veces por semana con crueldad cada vez más concupiscente.

—Su nombre es una mala broma y su aspecto peor que el que uno puede encontrar en las alimañas que infestan estas tierras abandonadas por Dios. La sentencia es la muerte por asfixia dentro de veinticuatro horas. El verdugo tendrá trabajo cuando usted suba a la horca a las cinco de la tarde del viernes catorce de septiembre del año dos mil sesenta y cuatro. Esta pena se determina porque el acusado ha sido encontrado culpable del delito de contrabando venial, al cruzar la frontera sin pasaporte y al pretender introducir, de manera ilícita, un cargamento de frutas restringidas por los posibles gérmenes contaminantes que habitan al sur de nuestra frontera. 
 
El juez se quitó la peluca de cabellos blancos que usaba en las ceremonias oficiales y, en voz baja, pidió a los guardias que trasladaran el contrabando a su domicilio particular antes del mediodía. Sin saber que el decomiso original excedía en un doscientos por ciento las cantidades reportadas.

Reynosa desapareció por la explosión de una bomba atómica en el año dos mil cincuenta y dos, una vez que las revueltas provocadas por el cambio de gobierno de la nación mexicana amenazaron con extenderse a Hidalgo, Pharr y McAllen. El atentado fue atribuido a un grupo revolucionario tamaulipeco interesado en crear la República del Noreste. 
 
El vocero del Movimiento Separatista de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, que no conseguiría la independencia sino hasta tres años después del holocausto, negó la acusación y expuso una serie de razones que invalidaban cualquier complicidad de su grupo en un acto terrorista de consecuencias tan devastadoras. La opinión pública difundió teorías que inculpaban a Norteamérica, a Neo México y a Texas del Sudeste. 
 
Hubo diarios que presentaron pruebas irrefutables de que el IRA y la ETA estaban interesados en extender el desorden que afectaba la mayor parte de lo que habían sido sus respectivos países, pero otras publicaciones repartieron sospechas que lo mismo acusaban al Pentágono, al Ku Klux Klan o a grupos empresariales del sur de México afectados por la mano de obra barata de las maquiladoras; a la vez que eran inmiscuidos, sin dar mayores pistas, los emisarios del pasado, el neocomunismo, algunas religiones, partidos políticos en decadencia, diversos movimientos seudorreligiosos encaminados a la superación personal, narcotraficantes, fascistas y magnates neoliberales; pero ninguna prueba fue presentada con el sustento definitivo para explicar la muerte de cuatro millones de personas. 
 
A fin de cuentas, no había sido la única bomba nuclear usada en el periodo y, tras seis meses de enconadas especulaciones, nadie volvió a comentar el asunto. Además, se suscitó un escándalo de características internacionales al hacerse pública la corrupción en el Instituto Mundial del Deporte. Los periodistas ya estaban deseosos de comentar nuevos eventos y contribuyeron a la desaparición de un organismo que casi todos consideraban caduco. 
 
En cambio, la tierra devastada y las ruinas acrecentaron el desierto que se extendía desde San Fernando hasta el norte de la antigua Texas. Un territorio desolado desde las épocas en que la llegada de la mitad del siglo pareció determinar que las fronteras se multiplicaran por todo el mundo, cuando la anarquía y el desorden fueron generando pequeñas naciones incapaces de mantener la paz interna, pero resueltas a luchar cada vez que se manifestaba la más mínima diferencia diplomática. 
 
Cada nuevo límite territorial ratificado por los hombres significaba el surgimiento de nuevas legiones de contrabandistas decididos a vulnerar las murallas, los detectores de movimientos, los perros de presa o las trampas cada vez más sofisticadas. 
 
Algunos historiadores iban a afirmar que la comunidad más estable en el mundo era la integrada por este gremio, considerado por sus miembros más fehacientes un factor de cohesión universal, porque sus maniobras ilícitas facilitaban el libre desarrollo de los pueblos y el comercio bilateral. Tales afirmaciones cayeron en desgracia cuando se comprobaron los sobornos millonarios cobrados por los responsables de la novena edición de La Enciclopedia del Siglo XXI, donde se habían publicado esos puntos de vista tan desmesurados.

Nueva York, la Ciudad de México, Pekín, Londres, São Paulo, París y casi todas las capitales económicas o de gobierno habían sido destruidas en los tres años posteriores al año dos mil cincuenta; a la lista se sumaron los nombres de otras poblaciones, en apariencia menos importantes, pero marcadas por la sociología como posibles fuentes de conflictos. 
 
Las bombas estratégicas fueron lanzadas con mezquindad desde el punto de vista de quienes esperaban la destrucción total del mundo. Sus deseos no fueron cumplidos y la Reunión Cumbre del 2054 confirmó la desmantelación de todos los arsenales nucleares como muestra de buena voluntad entre las naciones que habían intercambiado cataclismos tras firmar un acuerdo secreto en la ONU. 
 
Los líderes de ese movimiento igualitario pretendieron instaurar la armonía mediante la desaparición de las metrópolis desahuciadas por el urbanismo o por sus constantes desórdenes. Consideraron que solo así se podía garantizar la paz y la supervivencia del género humano. Todos los dignatarios fueron sorprendidos por las revueltas que se generalizaron alrededor del planeta. Sin excepción, fueron perdiendo el poder sustentado en los depósitos nucleares que acababan de destruir.

Yojanesburgo despertó sobresaltado. Intentó incorporarse, pero apenas pudo acuclillarse en la misma posición en que había sido detenido por el helicóptero. El techo era muy bajo. Los muros de piedra parecían capaces de sostener montañas. Una gota de agua caía incesante en un rincón para humedecer el suelo e impedirle recostarse con alivio. El frío era infinito.

Sprite no podía suponer que se encontraba en una máquina virtual que engañaba sus percepciones al reproducir los parámetros de tortura programados por sus captores. Inhaló el aire pestilente y pensó en manzanas, duraznos y guayabas para olvidarse del hambre y los efluvios que amenazaban con intoxicarlo. 
 
Recordó a las ratas que sobrevivían en cualquier parte. Volvió a caminar por las calles de la ciudad donde había crecido. El río Bravo era una posibilidad refrescante donde anidaban los patos y los niños jugaban en las márgenes. No pudo concentrarse mucho tiempo. Los cadáveres de los emigrantes ilegales se unieron a otros muertos ahí abandonados. El agua se volvió hedionda y tan escasa como el charco que le mojaba los pies. 
 
No quería ser un contrabandista condenado a la horca y los sueños de sus veinticuatro años intentaron repetir los pensamientos del abuelo que, según su padre, había sido feliz hasta el instante en que la gran explosión lo había desaparecido para siempre. El deseo pareció cumplirse y por un momento creyó escapar manteniendo los ojos cerrados. 
 
Era un niño miserable que se arrastraba en el puente internacional para pedir limosna, hasta que una rueda de automóvil le rompía las piernas y un guardia aduanero lo arrojaba hacia el río plagado de restos mortales. No gritó, pero el vigilante de los aparatos conectados a los sistemas nerviosos de Yojanesburgo Sprite supo que toda posibilidad de escape cerebral estaba bloqueada. Los reclusos no podían evadirse de ninguna manera. Ni siquiera soñando.

A esa hora, el juez Rodino disfrutaba de una merienda inusual. En escenarios distintos y parecidos, los guardias de la Border Patrol comentaban a sus hijos la crueldad del hombre que había preferido comer su propia lengua antes que denunciar a sus cómplices dedicados al contrabando de frutas. Cerca del tribunal, la secretaria intentaba imaginar el sabor de las guayabas. 
 
En la prisión, el verdugo distorsionaba sueños y preparaba el escenario de la horca con un programa de diseño computarizado tridimensional. Yojanesburgo Sprite recordó la manzana extraviada en el desierto y, al pretender alcanzarla, solo pudo tomar una calavera que pareció reír mientras se desintegraba con las ráfagas de viento provocadas por un helicóptero. Sprite se molió la lengua al ser impactado por un látigo neurónico. Los espasmos se hicieron insufribles. Aún faltaban veintitrés horas para su muerte.

Refugiado - Arthur C. Clarke

- Cuando venga a bordo - dijo el capitán Saunders mientras esperaba que la rampa de desembarque quedara en posición -, ¿cómo deberé llamarle?

Hubo un prolongado silencio mientras el oficial de navegación y el ayudante del piloto se ponían de acuerdo respecto al problema del protocolo.

Luego, Mitchell cerró el control principal y todos los mecanismos y circuitos de la nave quedaron de inmediato en suspenso al cortarles el fluido eléctrico.

- La manera en que uno debe dirigirse a él - y lo pronunció con el mayor cuidado -, es «Su Alteza Real».

- ¡Bah! - rugió el capitán -. ¡Que me parta un rayo si alguna vez llego a usar una expresión tan ridícula!

- En estos tiempos de rápidos cambios y exaltación democrática - arguyó Chambers -, creo que «señor» es más que suficiente. Y no hay necesidad de preocuparse si uno se olvida. Hace ya mucho tiempo que nadie ha sido enviado a la Torre por algo de tan poca monta. Además, este Enrique no es un personaje tan severo como lo fue aquel otro de las muchas esposas.

- Según dicen - agregó Mitchell - parece ser que es un joven muy agradable, y también instruido. En ciertas ocasiones, ha efectuado preguntas técnicas que han puesto en aprietos a más de uno.

El capitán Saunders ignoró ese comentario y concluyó que, si el príncipe Enrique quería saber cómo funcionaba un Generador Compensador de Campo, Mitchell se lo explicaría sin ninguna dificultad. Se levantó cuidando muy bien sus movimientos, pues había estado trabajando en condiciones de escasa gravedad durante el vuelo, y ahora, en la Tierra, le suponía un gran esfuerzo mantener el equilibrio, y se dirigió al corredor que conducía a la compuerta inferior. Con un sofocado chasquido metálico, la puerta se abrió suavemente hacia un lado.

Iniciando una sonrisa, se dirigió a las cámaras de televisión y al heredero de la corona británica.

El hombre que algún día sería Enrique IX de Inglaterra no pasaba aún de los veinte años. Era de una estatura ligeramente inferior a la de tipo medio; tenía las facciones delicadas y bien proporcionadas, en total consonancia con lo impuesto por los cánones genealógicos. 

El capitán Saunders, que provenía de Dallas, y por tanto se hallaba poco dispuesto a dejarse impresionar por ningún príncipe, se encontró de repente impresionado por la tristeza de sus ojos. Eran ojos que ya habían visto demasiadas recepciones y desfiles, que estuvieron forzados a ser testigos de innumerables cosas carentes de sentido, que nunca tuvieron la oportunidad de pasear por lugares que no hubieran sido planificados previamente. 

Mirando aquel orgulloso y fatigado rostro, el capitán Saunders vislumbró por primera vez la extrema soledad de la realeza. Todo su desagrado respecto a esta institución le pareció de escasa importancia a la vista de su mayor defecto: lo que realmente consideraba mal en la monarquía era la deslealtad de infligir tal carga sobre ciertas personas.

Los pasillos del Centaurus eran demasiado estrechos como para permitir una visión general; pero pronto quedó claro que la novedad del nuevo ambiente no le incomodaba demasiado.

Y una vez que todos se hubieron acostumbrado a aquellos angostos recintos, Saunders olvidó sus reservas referentes al trato con el príncipe. Pronto tuvo con él la misma relación que con cualquier otro visitante. Una de las primeras lecciones que la realeza debe aprender es cómo lograr que la gente no se encuentre incómoda en su presencia.

- ¿Sabe una cosa, capitán? - dijo el príncipe con aire pensativo -. Este es un gran día para nosotros. Siempre esperé que fuera posible que una nave espacial partiera desde la misma Inglaterra. Sin embargo todavía se nos hace extraño tener una base propia después de tantos años. Dígame, ¿hace mucho que está usted vinculado con la propulsión a reacción?

- La verdad es que he hecho algunos cursos sobre ella. No obstante, lo que en realidad me ha dado el cabal dominio del tema ha sido sin duda la experiencia práctica de estos últimos años. He tenido la fortuna de que el desarrollo de mis estudios se haya realizado en el período en que la tecnología espacial estaba en pleno desarrollo y la propulsión química dejaba ya paso a los nuevos sistemas. En ese sentido, he tenido suerte. Algunas personas mayores que yo necesitaron volver a hacer cursos para ponerse al día en el tema, se vieron obligados a desvincularse de él, al no poder adaptarse a los nuevos sistemas de propulsión.

- ¿Tan grande es la diferencia?

- Por supuesto que sí. El tema de los reactores espaciales es de una enorme complejidad y entre un sistema y otro hay la misma diferencia que separa la navegación a vela de la de vapor. Es una analogía que oirá mencionar con frecuencia. Ha habido toda una épica respecto a los primeros tiempos de la navegación espacial por medio de combustibles químicos, del mismo modo que la hubo en los momentos culminantes de los grandes veleros oceánicos. 

Cuando el Centaurus despega, por ejemplo, lo hace tan silenciosamente como un globo, incluso con una aceleración reducidísima que no causa ninguna molestia. En cambio, el despegue de una gran nave a reacción se oye a muchos kilómetros de distancia, con gran estruendo, y se produce en medio de una enorme masa de gases incandescentes. Seguro que lo habrá visto más de una vez en películas de esa época.

- Oh, sí - respondió el príncipe con una sonrisa -, las he visto muchas veces. Creo que no me he perdido ninguna de las correspondientes a los inicios de la carrera espacial. La verdad es que lamenté la desaparición de la navegación a reacción. De todos modos, nunca habríamos podido tener una base de lanzamiento aquí en Salisbury Plain con el ruido que se hubiera producido. Hasta es probable que las mismas construcciones de Stonehenge se hubieran deteriorado.

- ¿Stonehenge? - preguntó Saunders mientras abría una escotilla para permitir el paso del príncipe a la bodega número tres.

- Sí, sí; el monumento paleolítico cercano a la base. Es con seguridad la construcción prehistórica mejor conservada. Tiene más de tres mil años. No está a más de diez kilómetros de aquí. Le recomiendo que lo vea. Lo hallará interesante.

El capitán Saunders ensayó una sonrisa. Curioso país éste. ¿En qué otro lugar podrían encontrarse contrastes de este tipo? Eso le hacía sentirse inmaduro y un poco tosco y se veía forzado a reconocer que, por ejemplo, Billy The Kid equivalía en Estados Unidos a un hecho como la historia antigua en Europa y que sería muy difícil encontrar en toda Texas algún rastro que excediera los quinientos años. 

Por primera vez le pareció creer que estaba entendiendo lo de la tradición. Eso le otorgaba al príncipe Enrique algo que él nunca había poseído: serenidad y equilibrio, confianza en sí mismo. Sí, sin duda todo eso. Y una clase de orgullo desprovisto de arrogancia.

Sorprendía el gran número de preguntas que el príncipe fue capaz de hacer en los treinta minutos que se habían destinado para ello durante su recorrido por el carguero. No eran las preguntas rutinarias que la gente suele hacer por simple cortesía y con escaso interés en las respuestas. Su Alteza Real, el príncipe Enrique, poseía muy buenos conocimientos de navegación espacial, y el capitán Saunders estaba agotado cuando volvió al comité de recepción que lo aguardaba pacientemente fuera del Centaurus.

- Le quedo muy agradecido, capitán - manifestó, estrechándole la mano a la salida de la nave -. Hacía tiempo que no pasaba un rato tan interesante. Espero que tenga una agradable estancia en Inglaterra, y un feliz viaje.

Luego, en compañía de su séquito y de los representantes de la base, continuaron con la visita de otras instalaciones, lo que dio oportunidad al personal de aduanas para verificar la documentación de la nave.

- Bien - dijo Mitchell -, ¿qué opina del príncipe?

- La verdad es que me ha sorprendido - respondió Saunders con franqueza -. Jamás me habría dado cuenta de que era un príncipe. Siempre pensé que formaban parte de un grupo de gente constituido por personas inútiles e impertinentes. Lo cierto es que conocía los fundamentos del Generador de Campo. ¿Sabes por casualidad si ha salido alguna vez al espacio?

- Me parece que en una ocasión. Fue como un salto por encima de la atmósfera en una nave de la Fuerza espacial. Pero no alcanzó la órbita. Regresó antes de ello... El primer ministro casi tuvo un ataque al corazón. Se produjeron debates en la Cámara y el Times le dedicó varios editoriales. Todos se hallaban de acuerdo en que el heredero del trono era demasiado valioso para arriesgarse con estos nuevos inventos. Por lo tanto, aunque tiene el rango de comodoro en la Real Fuerza Espacial, nunca ha estado en la Luna.

- ¡Pobre chico...! - exclamó el capitán Saunders.

 

Tuvo tres días de inactividad, puesto que no era asunto suyo supervisar la carga de la nave ni las tareas de mantenimiento que se llevaban a cabo antes del vuelo. Saunders conocía a muchos capitanes que daban vueltas por ahí, respirando pesadamente encima de los pescuezos de los maquinistas de servicio. Pero él no era de ese tipo. Además, deseaba ver Londres. 

Había estado en Marte, en Venus y en la Luna; pero ésta era su primera visita a Inglaterra. Mitchell y Chambers le habían proporcionado informaciones útiles y le habían dejado en el monorraíl de Londres antes de desaparecer para visitar a sus propias familias. Estarían de regreso en el aeropuerto espacial un día antes que él, a fin de comprobar que todo se encontraba en orden. 

Constituía un gran alivio tener unos oficiales en los que se pudiera confiar por completo. Carecían de imaginación y eran cautelosos, pero minuciosos hasta el fanatismo. Si decían que todo estaba en orden, Saunders sabía que podía despegar sin el menor recelo.

El esbelto y alargado cilindro silbó a través del muy cuidado paisaje. Estaba tan cerca del suelo, y viajaba tan de prisa, que sólo se podía captar una rápida impresión de las ciudades y campos que destellaban bajo él. Saunders pensó que todo era tan increíblemente compacto, que parecía hecho a una escala liliputiense. No había espacios abiertos, ni campos que tuviesen una extensión superior a un par de kilómetros en cada dirección. Aquello era suficiente para causar claustrofobia a un tejano, en particular a un tejano que era al mismo tiempo un piloto espacial.

El bien definido contorno de Londres apareció en el horizonte como el baluarte de una ciudad amurallada. Con escasas excepciones, los edificios eran muy bajos, tal vez de quince o veinte pisos. El monorraíl corría a través de un estrecho cañón, por encima de un parque muy atractivo; y de un río que cabía suponer que era el Támesis. 

Luego, se detenía tras una firme y poderosa explosión de desaceleración. Por un altavoz se oyó una voz tan moderada que parecía tener miedo a elevarse más de la cuenta: «Hemos llegado a Paddington -dijo-. Los pasajeros que vayan al Norte sírvanse continuar en sus asientos» Saunders sacó su equipaje de la redecilla y se encaminó hacia la estación.

Cuando entró en el Metro, pasó ante un quiosco y echó un vistazo a las revistas que exhibía. La mitad de ellas traían fotos del príncipe Enrique o de otros miembros de la familia real. Saunders pensó que aquello era demasiado para ser bueno. También se percató de que todos los periódicos de la tarde mostraban al príncipe entrando o saliendo del Centaurus. Compró unos ejemplares para leerlos en el Metro; o, como aquí le llamaban, el Tube.

Los comentarios editoriales tenían un monótono parecido. Al final, se alegraban. Inglaterra ya no necesitaba ocupar un asiento trasero entre las naciones punteras en la carrera del espacio. Ahora era posible operar una flota espacial sin tener millones de kilómetros cuadrados de desierto. 

Los navíos actuales, silenciosos y que desafiaban la gravedad, aterrizaban, si era necesario, en el Hyde Park, sin turbar ni siquiera a los patos que se hallaban en el Serpentín. Saunders encontró raro que esta clase de patriotismo hubiese logrado sobrevivir en la era espacial; pero supuso que los británicos se habían sentido bastante mal cuando tuvieron que alquilar lugares de lanzamiento a los australianos, los estadounidenses y los rusos.

El Metro de Londres era aún, después de un siglo y medio, el mejor sistema de transporte del mundo, y dejó a Saunders en su destino, sano y salvo, antes de diez minutos de haber dejado Paddington. En ese tiempo, el Centaurus podría haber cubierto setenta y cinco mil kilómetros; pero había que reconocer que el espacio no estaba tan atestado. 

Ni las órbitas de los ingenios espaciales eran tan tortuosas como las calles que Saunders tenía que salvar para llegar a su hotel. Todos los intentos por hacer un Londres más recto fracasaron de forma desalentadora; y transcurrió un cuarto de hora antes de que pudiera completar los últimos cien metros de su viaje.

Se quitó la chaqueta y se dejó caer en la cama. Quedó pensativo. Tres días tranquilos, y sin obligaciones, para él solo. Parecía demasiado bueno para ser verdad.

Así fue. Apenas había tenido tiempo para inspirar con fuerza cuando sonó el teléfono.

- ¿Capitán Saunders? Me alegro mucho de dar con usted. Aquí la «BBC». Tenemos un programa que se llama, «La ciudad por la noche», y nos hemos preguntado si...

 

El estrépito de la puerta de descompresión fue el sonido más dulce que Saunders había oído durante días. Ahora estaba a salvo; nadie podría llegar hasta él en su fortaleza blindada, y muy pronto se encontraría en la libertad del espacio. Y no es que lo hubiesen tratado mal. Por el contrario, se habían portado demasiado bien con él. Efectuó cuatro (¿o eran cinco?) apariciones en varios programas de televisión; asistió a más fiestas de las que podía recordar; hizo centenares de nuevos amigos y, por el estado en que ahora se hallaba, había olvidado a otros antiguos.

- ¿Quién extendió el rumor - preguntó a Mitchell cuando se encontraron en el puerto - de que los británicos eran reservados y distantes? Que el cielo me ayude si tengo que encontrarme con un inglés efusivo.

- Creí que lo habías pasado muy bien - le respondió Mitchell.

- Pregúntamelo mañana - replicó Saunders -. Para entonces ya me habré reintegrado por completo a mi psique.

- Te vi en el programa de entrevistas de anoche - comentó Chambers -. Parecías bastante fantasmal.

- Gracias. Ese tipo de simpático aliento es lo que me hace falta. Me gustaría que pensases en algún sinónimo de «aburrido» después de haber estado en pie hasta las tres de la madrugada.

- Tedioso - contestó en seguida Chambers.

- Soporífero - agregó Mitchell para no verse superado. - Ganas. Vamos a ver esos programas de revisiones y comprobemos lo que los maquinistas han hecho.

Una vez sentados ante el pupitre de control, el capitán Saunders volvió con rapidez a su manera de ser habitual y eficiente. Se encontraba de nuevo en casa y su entrenamiento había acabado. Sabía muy bien lo que debía hacer y lo hacía con matemática precisión. Uno a su derecha y otro a su izquierda, Mitchell y Chambers estaban comprobando sus instrumentos y llamando a la torre de control.

Tardaron una hora en realizar la elaborada rutina previa al vuelo. Cuando la última firma se estampó en la última hoja y la última lucecilla roja del panel de comprobaciones cambió a verde, Saunders se retrepó en su asiento y encendió un cigarrillo. Tenía diez minutos que consumir antes del despegue.

- Un día - dijo -, voy a llegar a Inglaterra de incógnito para averiguar cuál es la causa de que ese sitio se conserve. No comprendo cómo se puede amontonar tanta gente en una isla tan pequeña sin que se hunda.

- Tendrías que ver Holanda - le replicó Chambers -. Hace que Inglaterra parezca tan extensa como Texas.

- Y también está ese asunto de la familia real. Como ya sabrás, a cualquier sitio que fuera, todo el mundo me preguntaba qué he hecho con el príncipe Enrique: de qué hemos hablado, si me parece un tipo interesante... y cosas de ésas. He llegado a hartarme. No sé cómo habéis podido soportarlo durante un millar de años.

- No creas que la familia real es tan popular siempre - contestó Mitchell -. ¿Recuerdas lo que le sucedió a Carlos I? Y algunas de las cosas que hemos dicho acerca de los primeros Jorges son tan rudas como las observaciones que tu gente hizo después...

- Simplemente, nos gusta la tradición - prosiguió Chambers -. No tememos el cambio cuando llega el momento; pero, en lo que se refiere a la familia real, verás, se trata de algo único, y estamos muy orgullosos de ella. Es parecido a lo que tú sientes respecto a la Estatua de la Libertad.

- No es un ejemplo muy justo. Y no creo que sea correcto poner a unos seres humanos encima de un pedestal y tratarlos como si fueran... una especie de pequeños dioses. Por ejemplo, mira al príncipe Enrique. ¿Crees que tiene la menor posibilidad de hacer las cosas que realmente desea? Lo he visto tres veces por la tele cuando estuve en Londres. La primera inauguraba una escuela en alguna parte; la segunda dirigía un discurso a la Venerable Compañía de Pescaderos, en el Ayuntamiento. Juro que no me invento nada. Y la tercera soportaba una alocución de bienvenida por parte del alcalde de Podunk, o cualquier sitio equivalente...

- Wigan - le interrumpió Mitchell.

- Creo que preferiría vivir en una cárcel a llevar esa clase de vida... ¿Por qué no dejáis en paz al pobre chico?

Por una vez, ni Mitchell ni Chambers acudieron al desafío. Mantuvieron un silencio glacial.

«Me parece que lo he estropeado» - pensó Saunders -. Debería haber mantenido la boca cerrada; ahora he herido sus sentimientos. Debería haber recordado aquel consejo que leí no sé dónde: Los británicos tienen dos religiones, el cricket y la familia real. Nunca intentes criticar ni una cosa ni la otra.

La pesada pausa se vio interrumpida por la radio y la voz del controlador del puerto espacial.

- Control a Centaurus. Despejada su pista. Todo listo para el despegue.

- El programa de despegue empieza... ahora... - respondió Saunders, impulsando el conmutador principal.

Luego, se inclinó hacia atrás, con los ojos fijos en el panel de control y las manos cerca del tablero, preparadas para una acción instantánea.

Estaba tenso pero muy seguro. Cerebros mejores que el suyo (cerebros de metal y cristal y destellantes corrientes de electrones) se habían hecho cargo ahora del Centaurus. Si era necesario, podía tomar el mando; pero, hasta entonces, no se había ocupado nunca manualmente de una nave ni esperaba tener que hacerlo jamás. Si el sistema automático fallaba, podría cancelar el despegue y seguir en Tierra hasta que el fallo se hubiese arreglado.

El campo principal se puso en funcionamiento y el peso disminuyó en Centaurus. Se produjeron unos gruñidos de protesta por parte del casco de la nave y de su estructura, mientras los esfuerzos se redistribuían por sí mismos. Los brazos curvados de la horquilla de aterrizaje no soportaban ya ninguna carga, y la menor ráfaga de viento podría llevar al carguero por el espacio.

Llamaron de nuevo desde la torre de control.

- Su peso es ahora igual a cero. Compruebe los ajustes.

Saunders contempló los medidores. El empuje del campo era exactamente igual que el peso de la nave, y las lecturas de los medidores estaban de acuerdo con los totales de los planes de carga. En ese preciso instante, esta comprobación hubiese revelado la presencia de un simple polizón a bordo de la nave espacial; hasta tal punto eran sensibles los calibradores.

- Un millón quinientos sesenta mil cuatrocientos veinte kilogramos - leyó Saunders en los indicadores de impulso -. Bastante bien, comprobado dentro de una posible diferencia de quince kilos. La primera vez, sin embargo, estaba un poco por debajo del peso. Has debido comerte demasiados caramelos de tus rollizas amigas en Port Lowell, Mitch.

El piloto ayudante le devolvió una retorcida sonrisa. No había tenido nunca en Marte ninguna cita a ciegas que le hubiese proporcionado la no deseada reputación de preferir a las rubias monumentales.

No se produjo la menor sensación de movimiento; pero el Centaurus se encontraba ya deslizándose por el cielo veraniego. Su peso no sólo se había neutralizado sino que había Ilegado a invertirse. A los observadores que estuviesen debajo, les daría la impresión de una estrella que se remontase con suavidad, un globo plateado que trepase a través de las nubes y siguiera luego más allá. 

En torno de la nave, el azul de la atmósfera se ahondaba hacia la eterna oscuridad del espacio. Como un abalorio que se moviese a lo largo de un hilo invisible, el carguero seguía la pauta de las ondas de radio que lo llevarían de mundo en mundo.

Este, pensó el capitán Saunders, era su vigésimo sexto despegue de la Tierra. Pero la capacidad de maravillarse nunca se pierde, ni tampoco la creciente sensación de poder que proporciona hallarse sentado al panel de control, dueño de unas fuerzas más allá incluso de los antiguos dioses de la Humanidad. 

Nunca había dos partidas iguales. Unas tenían lugar al amanecer; otras hacia el crepúsculo vespertino. Había veces en que la Tierra tenía los cielos cubiertos. En otras ocasiones, se salía a través de unos cielos claros y deslumbrantes. El espacio en sí podía parecer inmutable; pero, en la Tierra, nunca se producía dos veces la misma situación, y ningún hombre veía dos veces el mismo paisaje o el mismo firmamento. 

Abajo, las olas del Atlántico marchaban eternamente hacia Europa. Por encima de ellas (¡pero muy por debajo del Centaurus!) las brillantes masas de nubes avanzaban delante de los mismos vientos. Inglaterra comenzó a emerger en el continente, y la línea de la costa europea se hizo más imprecisa y neblinosa mientras se hundía más allá de la curva del mundo. 

En la frontera oriental, una mancha fugitiva en el horizonte era el primer esbozo de América. Con una sola mirada, el capitán Saunders podía abarcar todas las leguas por las que Colón se había esforzado hacía ya mil quinientos años.

Con el silencio de la potencia sin límites, la nave se liberó de las últimas ligaduras que la unían a la Tierra. Para un observador exterior, el único signo de las energías que se estaban gastando hubiera radicado en el resplandor rojo de las aletas, situadas en torno al ecuador de la nave, mientras la pérdida de calor de los conversores de masa se disipaba en el espacio.

«14:03:45 -escribió nítidamente el capitán Saunders en el cuaderno de navegación-. Alcanzada la velocidad de escape. Desdeñable la desviación del rumbo.»

No tenía demasiado interés registrar aquella entrada. Los modestos cuarenta mil kilómetros por hora que habían sido el objetivo casi inalcanzable de los primeros astronautas, ya no tenían ningún valor, dado que el Centaurus seguía acelerando y continuaría durante horas ganando velocidad. 

Pero aquello poseía una profunda significación psicológica. Hasta este momento, de haber fracasado la potencia, hubieran caído de nuevo sobre la Tierra. En cambio, ahora, la gravedad ya no podía volver a capturarlos, pues habían logrado la libertad del espacio y podrían ir alcanzando los planetas. 

Naturalmente, en la práctica habría cosas espantosas que se deberían pagar en el caso de no llegar a Marte y entregar el cargamento según lo planeado. Pero el capitán Saunders, al igual que todos los hombres del espacio, era un romántico. Incluso en un plácido recorrido como éste, soñaba a veces en la gloria anillada de Saturno o en las sombrías vastedades de Neptuno, iluminado por los fuegos distantes de un Sol hundido.

Una hora después del despegue, según el solemne ritual, Chambers permitió que el ordenador del rumbo se hiciese cargo por sus propios mecanismos. Sacó las tres copas que se encontraban debajo de la mesa de los mapas. Mientras realizaba el brindis tradicional por Newton, Oberth y Einstein, Saunders se preguntó cómo se había originado esta pequeña ceremonia.

Las tripulaciones espaciales la habían realizado por lo menos durante sesenta años; tal vez incluso pudiera rastrearse hasta el legendario ingeniero de cohetes que realizó la observación:

«He gastado más alcohol en sesenta segundos del que jamás se llegará a vender en este piojoso bar..»

Dos horas después, había llegado ya al ordenador la última corrección del rumbo, que las estaciones de seguimiento de la Tierra le suministraban. Desde este momento hasta que Marte surgiese ante ellos, tendrían que obrar por su cuenta. Aquél era un pensamiento solitario, pero también curiosamente divertido. Saunders lo saboreó. Aquí se encontraban sólo ellos tres, y no habría nadie más en un espacio de millones de kilómetros.

En tales circunstancias, la detonación de una bomba atómica no hubiera sido más estremecedora que el modesto golpe que se produjo en la puerta de la cabina...

El capitán Saunders no se había visto más desconcertado en toda su vida. Con un gañido que había surgido de él antes de tener la menor posibilidad de inhibirlo, se escapó de su asiento y se alzó más de un metro antes de que la gravedad residual de la nave le arrastrase de nuevo hacia abajo. Chambers y Mitchell se comportaron con la tradicional flema británica. Se dieron la vuelta en sus asientos provistos de cinturones, miraron hacia la puerta y aguardaron a que el capitán tomase las medidas oportunas.

A Saunders le costó varios segundos recuperarse. De haberse visto enfrentado con lo que se pudiera llamar una emergencia normal, ya se hubiera encontrado a mitad de camino en un traje espacial. Pero un confiado golpe en la puerta de la cabina de control, cuando todos los demás tripulantes se encontraban a su lado, no constituía una prueba lo que se dice muy justa.

Un polizón era algo que resultaba imposible. El peligro había resultado tan obvio desde el principio de los vuelos espaciales comerciales, que se habían tomado al respecto las precauciones más severas. Saunders sabía que uno de sus oficiales había estado siempre de servicio durante las operaciones de carga; nadie hubiera podido entrar en la nave sin haber sido visto. 

Luego, tuvo lugar una detallada inspección antes del vuelo, llevada a cabo tanto por Mitchell como por Chambers. Finalmente, se llevó a cabo la comprobación de peso en el momento anterior al despegue, y eso resultaba de lo más concluyente. No, un polizón era algo totalmente...

El golpe en la puerta se oyó de nuevo. El capitán Saunders cerró los puños y adelantó el mentón. Pensó que, dentro de unos minutos, algún idiota romántico iba a sentirlo demasiado...

- Abra la puerta, Mr. Mitchell - gruñó Saunders.

Con un solo paso largo, el piloto ayudante cruzó la cabina y descorrió el pasador.

Durante lo que pareció un tiempo infinito, nadie hablo. Luego, el polizón, ondeando levemente en aquella baja gravedad, entró en la cabina. Se le veía muy dueño de sí mismo y también muy complacido.

- Buenas tardes, capitán Saunders - dijo -. Debo presentar mis disculpas por esta repentina intrusión...

Saunders tragó con fuerza. Luego, mientras las piezas de aquel rompecabezas iban poniéndose en su lugar, miró primero a Mitchell, luego a Chambers. Ambos oficiales le respondieron con una mirada cándida y unas expresiones de inefable inocencia.

- Así que era eso...

No hubo necesidad de más explicaciones. Todo quedaba clarísimo. Era fácil imaginar las complicadas negociaciones, las reuniones hasta medianoche, las falsificaciones de antecedentes, la descarga de mercancías no del todo necesarias que aquellos colegas, en los que confiaba tanto, habían estado llevando a cabo a sus espaldas. 

Estaba seguro de que todo aquello constituiría un relato interesante; pero no deseaba oír nada. Se hallaba demasiado atareado preguntándose qué tendría que decir el El Manual de la ley espacial respecto a una situación como aquélla, aunque ya se hallaba lúgubremente seguro de que carecería de la menor utilidad para él.

Era demasiado tarde para regresar, naturalmente... Los conspiradores no podían haberse equivocado en unos cálculos de esta especie. Tendría que poner lo mejor de su parte en lo que parecía iba a ser el viaje más movido de toda su carrera.

Se encontraba todavía tratando de hallar algo que decir cuando la señal de PRIORIDAD destelló en la consola de la radio. El polizón miró su reloj.

- Estaba esperando eso - manifestó -. Sin duda se trata del primer ministro. Creo que lo mejor será que hable con ese pobre hombre.

Saunders pensó también lo mismo.

- Muy bien, Su Alteza Real - respondió enfurruñado, con tanto énfasis que sus palabras parecían casi un insulto.

Luego, sintiéndose muy incómodo, se retiró a un rincón.

En efecto, se trataba del primer ministro, y parecía muy alterado. Varias veces empleó la frase «el deber que tenéis con nuestro pueblo», y se produjo un extraño ruido en su garganta mientras añadía algo acerca de la «devoción que vuestros súbditos tienen a la corona».

Saunders se percató, con algo más de sorpresa, de que sentía lo que estaba diciendo.

Mientras continuaba aquella arenga, Mitchell se inclinó hacia Saunders y le musitó algo al oído:

- El viejo tipo sabe que se encuentra en una mala situación. El pueblo apoyará al príncipe en cuanto se entere de lo que ha sucedido. Todo el mundo sabe que, durante años, anhelaba llegar al espacio.

- Me hubiera gustado que no eligiera mi nave - replicó Saunders -. Y no estoy seguro de que esto no represente un auténtico motín.

- Claro que lo es... Pero toma nota de mis palabras... Cuando todo esto haya acabado, vas a ser el único tejano en posesión de la Orden de la Jarretera. ¿No te parece una cosa agradable?

- Chist... - replicó Chambers.

El príncipe estaba hablando, y sus palabras cruzaban los abismos que ahora le separaban de la isla en la que un día iba a reinar.

- Lo siento, señor primer ministro - dijo -, si le he causado algún tipo de alarma. Regresaré tan pronto como resulte conveniente. Alguien tenía que hacerlo por primera vez, y me pareció que había llegado el momento de que un miembro de mi familia saliese de la Tierra. Constituirá una parte muy valiosa de mi educación y me hará mucho más adecuado para cumplir con mi deber. Adiós...

Dejó caer el micrófono y se acercó a la ventanilla de observación, el único lugar donde había una portilla de este tipo en toda la nave. Saunders le observó mientras permanecía allí, orgulloso y solitario; pero ya contento. Y vio cómo el príncipe observaba las estrellas a las que al fin había alcanzado, con lo que todo su enojo e indignación se fueron disipando.

Durante mucho tiempo nadie habló. Luego, el príncipe Enrique apartó la mirada del cegador resplandor que aparecía más allá de la portilla; contempló al capitán Saunders y sonrió.

- ¿Dónde está la cocina, capitán? - le preguntó -. Tal vez ya no esté muy ducho, pero cuando hacía escultismo solía ser el mejor cocinero de mi patrulla.

Saunders se relajó poco a poco y acabó devolviéndole la sonrisa. La tensión pareció huir de la sala de control. Marte estaba aún bastante lejos; pero en ese instante supo que, a fin de cuentas, aquel viaje no iba a ser malo...