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La sombra descendió desde lo más alto del cielo - José Luis Velarde

Yojanesburgo Sprite descubrió la presencia del helicóptero cuando ya era demasiado tarde para poder escapar. La sombra del silencioso artefacto lo envolvía como si fuera una telaraña procedente del cielo y cerraba toda posibilidad de huida. Sprite miró con desaliento la vegetación escasa y decidió acuclillarse para que el aire desplegado por las aspas no lo derribara, justo en el momento en que una voz deformada por un altavoz estridente lo conminaba a no oponer resistencia. 
 
Sprite tomó una manzana del contenedor que llevaba consigo. No llegó a morderla. El golpe de un látigo neurónico le hizo arrancarse un pedazo de lengua, una vez perdido todo control sobre el cuerpo, que se agitó hasta el desmayo. La manzana rodó por la arena del desierto y no fue advertida por los vigilantes que inventariaron de prisa el resto del contrabando.

Las pruebas en contra de Yojanesburgo Sprite eran sofocantes como el polvo que impregnaba sus poros. Una docena de manzanas y cinco duraznos lo acusaban desde el depósito de pruebas del tribunal. Sprite aún luchaba con la sensación de asco despertada por el trozo de lengua engullido unas horas antes y el mal sabor solo era amortiguado por la rabia con que miraba a sus captores. 
 
Un par de tipos robustos que de seguro no serían capaces de permanecer veinticuatro horas en las zonas deshabitadas de la frontera sin sus trajes especiales y el maldito helicóptero. El juez Rodino ingresó al recinto acompañado del murmullo de la seda y el olor del perfume que parecía surgir de sus cabellos. Al incorporarse, los vigilantes se estiraron un poco más, como si fuera necesario intimidar a los detenidos hasta el último momento.

Apenas había espacio para el escritorio del juez, respaldado por un sillón que se antojaba inmenso para el tamaño del tribunal que ocupaba quince metros cuadrados. El resto del mobiliario se componía del mesabanco utilizado por la secretaria del juzgado para dar testimonio de las sentencias y de una grada donde se amontonaban el acusado y sus custodios. 
 
Las paredes estaban revestidas del plástico amortiguador de sonidos que garantizaba privacidad en cualquier edificio público. El juez miró al detenido con dureza, en silencio. Luego comenzó el interrogatorio innecesario, porque las leyes condenaban a muerte a cualquier acusado del delito de contrabando.

—¿Yojanesburgo Sprite? —El cautivo recordó el gusto de su padre por los mapas, los viajes imaginarios y el bautizo provocado por la antigua capital de Sudáfrica sin que hubiera razón lógica alguna. En cambio, el apellido era ficticio. Un mote elegido en plena juventud cuando todavía abundaban los carteles que anunciaban las refrescantes bebidas de antaño. El Sprite sustituyó sin disgusto al López que su padre consideraba desabrido y sin prosapia.

—Diga el acusado el nombre de sus cómplices, si los hubiera, y las atenuantes de su delito. —La secretaria mordisqueó un mechón de cabellos rubios y aprovechó el silencio del interrogado para retocar un poquito el colorete de sus mejillas morenas.

—¿Es usted ciudadano de Texas del Sudeste?

Yojanesburgo negó con la cabeza y frunció el rostro quemado por el sol. El juez hizo una pausa muy larga; le sorprendía no encontrar apelaciones que despedazar con el odio que sentía hacia todos los forasteros, tragó saliva y se dispuso a pronunciar su laudo, sin haber tenido el gusto de prolongar más la diligencia que interpretaba seis o siete veces por semana con crueldad cada vez más concupiscente.

—Su nombre es una mala broma y su aspecto peor que el que uno puede encontrar en las alimañas que infestan estas tierras abandonadas por Dios. La sentencia es la muerte por asfixia dentro de veinticuatro horas. El verdugo tendrá trabajo cuando usted suba a la horca a las cinco de la tarde del viernes catorce de septiembre del año dos mil sesenta y cuatro. Esta pena se determina porque el acusado ha sido encontrado culpable del delito de contrabando venial, al cruzar la frontera sin pasaporte y al pretender introducir, de manera ilícita, un cargamento de frutas restringidas por los posibles gérmenes contaminantes que habitan al sur de nuestra frontera. 
 
El juez se quitó la peluca de cabellos blancos que usaba en las ceremonias oficiales y, en voz baja, pidió a los guardias que trasladaran el contrabando a su domicilio particular antes del mediodía. Sin saber que el decomiso original excedía en un doscientos por ciento las cantidades reportadas.

Reynosa desapareció por la explosión de una bomba atómica en el año dos mil cincuenta y dos, una vez que las revueltas provocadas por el cambio de gobierno de la nación mexicana amenazaron con extenderse a Hidalgo, Pharr y McAllen. El atentado fue atribuido a un grupo revolucionario tamaulipeco interesado en crear la República del Noreste. 
 
El vocero del Movimiento Separatista de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, que no conseguiría la independencia sino hasta tres años después del holocausto, negó la acusación y expuso una serie de razones que invalidaban cualquier complicidad de su grupo en un acto terrorista de consecuencias tan devastadoras. La opinión pública difundió teorías que inculpaban a Norteamérica, a Neo México y a Texas del Sudeste. 
 
Hubo diarios que presentaron pruebas irrefutables de que el IRA y la ETA estaban interesados en extender el desorden que afectaba la mayor parte de lo que habían sido sus respectivos países, pero otras publicaciones repartieron sospechas que lo mismo acusaban al Pentágono, al Ku Klux Klan o a grupos empresariales del sur de México afectados por la mano de obra barata de las maquiladoras; a la vez que eran inmiscuidos, sin dar mayores pistas, los emisarios del pasado, el neocomunismo, algunas religiones, partidos políticos en decadencia, diversos movimientos seudorreligiosos encaminados a la superación personal, narcotraficantes, fascistas y magnates neoliberales; pero ninguna prueba fue presentada con el sustento definitivo para explicar la muerte de cuatro millones de personas. 
 
A fin de cuentas, no había sido la única bomba nuclear usada en el periodo y, tras seis meses de enconadas especulaciones, nadie volvió a comentar el asunto. Además, se suscitó un escándalo de características internacionales al hacerse pública la corrupción en el Instituto Mundial del Deporte. Los periodistas ya estaban deseosos de comentar nuevos eventos y contribuyeron a la desaparición de un organismo que casi todos consideraban caduco. 
 
En cambio, la tierra devastada y las ruinas acrecentaron el desierto que se extendía desde San Fernando hasta el norte de la antigua Texas. Un territorio desolado desde las épocas en que la llegada de la mitad del siglo pareció determinar que las fronteras se multiplicaran por todo el mundo, cuando la anarquía y el desorden fueron generando pequeñas naciones incapaces de mantener la paz interna, pero resueltas a luchar cada vez que se manifestaba la más mínima diferencia diplomática. 
 
Cada nuevo límite territorial ratificado por los hombres significaba el surgimiento de nuevas legiones de contrabandistas decididos a vulnerar las murallas, los detectores de movimientos, los perros de presa o las trampas cada vez más sofisticadas. 
 
Algunos historiadores iban a afirmar que la comunidad más estable en el mundo era la integrada por este gremio, considerado por sus miembros más fehacientes un factor de cohesión universal, porque sus maniobras ilícitas facilitaban el libre desarrollo de los pueblos y el comercio bilateral. Tales afirmaciones cayeron en desgracia cuando se comprobaron los sobornos millonarios cobrados por los responsables de la novena edición de La Enciclopedia del Siglo XXI, donde se habían publicado esos puntos de vista tan desmesurados.

Nueva York, la Ciudad de México, Pekín, Londres, São Paulo, París y casi todas las capitales económicas o de gobierno habían sido destruidas en los tres años posteriores al año dos mil cincuenta; a la lista se sumaron los nombres de otras poblaciones, en apariencia menos importantes, pero marcadas por la sociología como posibles fuentes de conflictos. 
 
Las bombas estratégicas fueron lanzadas con mezquindad desde el punto de vista de quienes esperaban la destrucción total del mundo. Sus deseos no fueron cumplidos y la Reunión Cumbre del 2054 confirmó la desmantelación de todos los arsenales nucleares como muestra de buena voluntad entre las naciones que habían intercambiado cataclismos tras firmar un acuerdo secreto en la ONU. 
 
Los líderes de ese movimiento igualitario pretendieron instaurar la armonía mediante la desaparición de las metrópolis desahuciadas por el urbanismo o por sus constantes desórdenes. Consideraron que solo así se podía garantizar la paz y la supervivencia del género humano. Todos los dignatarios fueron sorprendidos por las revueltas que se generalizaron alrededor del planeta. Sin excepción, fueron perdiendo el poder sustentado en los depósitos nucleares que acababan de destruir.

Yojanesburgo despertó sobresaltado. Intentó incorporarse, pero apenas pudo acuclillarse en la misma posición en que había sido detenido por el helicóptero. El techo era muy bajo. Los muros de piedra parecían capaces de sostener montañas. Una gota de agua caía incesante en un rincón para humedecer el suelo e impedirle recostarse con alivio. El frío era infinito.

Sprite no podía suponer que se encontraba en una máquina virtual que engañaba sus percepciones al reproducir los parámetros de tortura programados por sus captores. Inhaló el aire pestilente y pensó en manzanas, duraznos y guayabas para olvidarse del hambre y los efluvios que amenazaban con intoxicarlo. 
 
Recordó a las ratas que sobrevivían en cualquier parte. Volvió a caminar por las calles de la ciudad donde había crecido. El río Bravo era una posibilidad refrescante donde anidaban los patos y los niños jugaban en las márgenes. No pudo concentrarse mucho tiempo. Los cadáveres de los emigrantes ilegales se unieron a otros muertos ahí abandonados. El agua se volvió hedionda y tan escasa como el charco que le mojaba los pies. 
 
No quería ser un contrabandista condenado a la horca y los sueños de sus veinticuatro años intentaron repetir los pensamientos del abuelo que, según su padre, había sido feliz hasta el instante en que la gran explosión lo había desaparecido para siempre. El deseo pareció cumplirse y por un momento creyó escapar manteniendo los ojos cerrados. 
 
Era un niño miserable que se arrastraba en el puente internacional para pedir limosna, hasta que una rueda de automóvil le rompía las piernas y un guardia aduanero lo arrojaba hacia el río plagado de restos mortales. No gritó, pero el vigilante de los aparatos conectados a los sistemas nerviosos de Yojanesburgo Sprite supo que toda posibilidad de escape cerebral estaba bloqueada. Los reclusos no podían evadirse de ninguna manera. Ni siquiera soñando.

A esa hora, el juez Rodino disfrutaba de una merienda inusual. En escenarios distintos y parecidos, los guardias de la Border Patrol comentaban a sus hijos la crueldad del hombre que había preferido comer su propia lengua antes que denunciar a sus cómplices dedicados al contrabando de frutas. Cerca del tribunal, la secretaria intentaba imaginar el sabor de las guayabas. 
 
En la prisión, el verdugo distorsionaba sueños y preparaba el escenario de la horca con un programa de diseño computarizado tridimensional. Yojanesburgo Sprite recordó la manzana extraviada en el desierto y, al pretender alcanzarla, solo pudo tomar una calavera que pareció reír mientras se desintegraba con las ráfagas de viento provocadas por un helicóptero. Sprite se molió la lengua al ser impactado por un látigo neurónico. Los espasmos se hicieron insufribles. Aún faltaban veintitrés horas para su muerte.