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La sombra descendió desde lo más alto del cielo - José Luis Velarde

Yojanesburgo Sprite descubrió la presencia del helicóptero cuando ya era demasiado tarde para poder escapar. La sombra del silencioso artefacto lo envolvía como si fuera una telaraña procedente del cielo y cerraba toda posibilidad de huida. Sprite miró con desaliento la vegetación escasa y decidió acuclillarse para que el aire desplegado por las aspas no lo derribara, justo en el momento en que una voz deformada por un altavoz estridente lo conminaba a no oponer resistencia. 
 
Sprite tomó una manzana del contenedor que llevaba consigo. No llegó a morderla. El golpe de un látigo neurónico le hizo arrancarse un pedazo de lengua, una vez perdido todo control sobre el cuerpo, que se agitó hasta el desmayo. La manzana rodó por la arena del desierto y no fue advertida por los vigilantes que inventariaron de prisa el resto del contrabando.

Las pruebas en contra de Yojanesburgo Sprite eran sofocantes como el polvo que impregnaba sus poros. Una docena de manzanas y cinco duraznos lo acusaban desde el depósito de pruebas del tribunal. Sprite aún luchaba con la sensación de asco despertada por el trozo de lengua engullido unas horas antes y el mal sabor solo era amortiguado por la rabia con que miraba a sus captores. 
 
Un par de tipos robustos que de seguro no serían capaces de permanecer veinticuatro horas en las zonas deshabitadas de la frontera sin sus trajes especiales y el maldito helicóptero. El juez Rodino ingresó al recinto acompañado del murmullo de la seda y el olor del perfume que parecía surgir de sus cabellos. Al incorporarse, los vigilantes se estiraron un poco más, como si fuera necesario intimidar a los detenidos hasta el último momento.

Apenas había espacio para el escritorio del juez, respaldado por un sillón que se antojaba inmenso para el tamaño del tribunal que ocupaba quince metros cuadrados. El resto del mobiliario se componía del mesabanco utilizado por la secretaria del juzgado para dar testimonio de las sentencias y de una grada donde se amontonaban el acusado y sus custodios. 
 
Las paredes estaban revestidas del plástico amortiguador de sonidos que garantizaba privacidad en cualquier edificio público. El juez miró al detenido con dureza, en silencio. Luego comenzó el interrogatorio innecesario, porque las leyes condenaban a muerte a cualquier acusado del delito de contrabando.

—¿Yojanesburgo Sprite? —El cautivo recordó el gusto de su padre por los mapas, los viajes imaginarios y el bautizo provocado por la antigua capital de Sudáfrica sin que hubiera razón lógica alguna. En cambio, el apellido era ficticio. Un mote elegido en plena juventud cuando todavía abundaban los carteles que anunciaban las refrescantes bebidas de antaño. El Sprite sustituyó sin disgusto al López que su padre consideraba desabrido y sin prosapia.

—Diga el acusado el nombre de sus cómplices, si los hubiera, y las atenuantes de su delito. —La secretaria mordisqueó un mechón de cabellos rubios y aprovechó el silencio del interrogado para retocar un poquito el colorete de sus mejillas morenas.

—¿Es usted ciudadano de Texas del Sudeste?

Yojanesburgo negó con la cabeza y frunció el rostro quemado por el sol. El juez hizo una pausa muy larga; le sorprendía no encontrar apelaciones que despedazar con el odio que sentía hacia todos los forasteros, tragó saliva y se dispuso a pronunciar su laudo, sin haber tenido el gusto de prolongar más la diligencia que interpretaba seis o siete veces por semana con crueldad cada vez más concupiscente.

—Su nombre es una mala broma y su aspecto peor que el que uno puede encontrar en las alimañas que infestan estas tierras abandonadas por Dios. La sentencia es la muerte por asfixia dentro de veinticuatro horas. El verdugo tendrá trabajo cuando usted suba a la horca a las cinco de la tarde del viernes catorce de septiembre del año dos mil sesenta y cuatro. Esta pena se determina porque el acusado ha sido encontrado culpable del delito de contrabando venial, al cruzar la frontera sin pasaporte y al pretender introducir, de manera ilícita, un cargamento de frutas restringidas por los posibles gérmenes contaminantes que habitan al sur de nuestra frontera. 
 
El juez se quitó la peluca de cabellos blancos que usaba en las ceremonias oficiales y, en voz baja, pidió a los guardias que trasladaran el contrabando a su domicilio particular antes del mediodía. Sin saber que el decomiso original excedía en un doscientos por ciento las cantidades reportadas.

Reynosa desapareció por la explosión de una bomba atómica en el año dos mil cincuenta y dos, una vez que las revueltas provocadas por el cambio de gobierno de la nación mexicana amenazaron con extenderse a Hidalgo, Pharr y McAllen. El atentado fue atribuido a un grupo revolucionario tamaulipeco interesado en crear la República del Noreste. 
 
El vocero del Movimiento Separatista de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, que no conseguiría la independencia sino hasta tres años después del holocausto, negó la acusación y expuso una serie de razones que invalidaban cualquier complicidad de su grupo en un acto terrorista de consecuencias tan devastadoras. La opinión pública difundió teorías que inculpaban a Norteamérica, a Neo México y a Texas del Sudeste. 
 
Hubo diarios que presentaron pruebas irrefutables de que el IRA y la ETA estaban interesados en extender el desorden que afectaba la mayor parte de lo que habían sido sus respectivos países, pero otras publicaciones repartieron sospechas que lo mismo acusaban al Pentágono, al Ku Klux Klan o a grupos empresariales del sur de México afectados por la mano de obra barata de las maquiladoras; a la vez que eran inmiscuidos, sin dar mayores pistas, los emisarios del pasado, el neocomunismo, algunas religiones, partidos políticos en decadencia, diversos movimientos seudorreligiosos encaminados a la superación personal, narcotraficantes, fascistas y magnates neoliberales; pero ninguna prueba fue presentada con el sustento definitivo para explicar la muerte de cuatro millones de personas. 
 
A fin de cuentas, no había sido la única bomba nuclear usada en el periodo y, tras seis meses de enconadas especulaciones, nadie volvió a comentar el asunto. Además, se suscitó un escándalo de características internacionales al hacerse pública la corrupción en el Instituto Mundial del Deporte. Los periodistas ya estaban deseosos de comentar nuevos eventos y contribuyeron a la desaparición de un organismo que casi todos consideraban caduco. 
 
En cambio, la tierra devastada y las ruinas acrecentaron el desierto que se extendía desde San Fernando hasta el norte de la antigua Texas. Un territorio desolado desde las épocas en que la llegada de la mitad del siglo pareció determinar que las fronteras se multiplicaran por todo el mundo, cuando la anarquía y el desorden fueron generando pequeñas naciones incapaces de mantener la paz interna, pero resueltas a luchar cada vez que se manifestaba la más mínima diferencia diplomática. 
 
Cada nuevo límite territorial ratificado por los hombres significaba el surgimiento de nuevas legiones de contrabandistas decididos a vulnerar las murallas, los detectores de movimientos, los perros de presa o las trampas cada vez más sofisticadas. 
 
Algunos historiadores iban a afirmar que la comunidad más estable en el mundo era la integrada por este gremio, considerado por sus miembros más fehacientes un factor de cohesión universal, porque sus maniobras ilícitas facilitaban el libre desarrollo de los pueblos y el comercio bilateral. Tales afirmaciones cayeron en desgracia cuando se comprobaron los sobornos millonarios cobrados por los responsables de la novena edición de La Enciclopedia del Siglo XXI, donde se habían publicado esos puntos de vista tan desmesurados.

Nueva York, la Ciudad de México, Pekín, Londres, São Paulo, París y casi todas las capitales económicas o de gobierno habían sido destruidas en los tres años posteriores al año dos mil cincuenta; a la lista se sumaron los nombres de otras poblaciones, en apariencia menos importantes, pero marcadas por la sociología como posibles fuentes de conflictos. 
 
Las bombas estratégicas fueron lanzadas con mezquindad desde el punto de vista de quienes esperaban la destrucción total del mundo. Sus deseos no fueron cumplidos y la Reunión Cumbre del 2054 confirmó la desmantelación de todos los arsenales nucleares como muestra de buena voluntad entre las naciones que habían intercambiado cataclismos tras firmar un acuerdo secreto en la ONU. 
 
Los líderes de ese movimiento igualitario pretendieron instaurar la armonía mediante la desaparición de las metrópolis desahuciadas por el urbanismo o por sus constantes desórdenes. Consideraron que solo así se podía garantizar la paz y la supervivencia del género humano. Todos los dignatarios fueron sorprendidos por las revueltas que se generalizaron alrededor del planeta. Sin excepción, fueron perdiendo el poder sustentado en los depósitos nucleares que acababan de destruir.

Yojanesburgo despertó sobresaltado. Intentó incorporarse, pero apenas pudo acuclillarse en la misma posición en que había sido detenido por el helicóptero. El techo era muy bajo. Los muros de piedra parecían capaces de sostener montañas. Una gota de agua caía incesante en un rincón para humedecer el suelo e impedirle recostarse con alivio. El frío era infinito.

Sprite no podía suponer que se encontraba en una máquina virtual que engañaba sus percepciones al reproducir los parámetros de tortura programados por sus captores. Inhaló el aire pestilente y pensó en manzanas, duraznos y guayabas para olvidarse del hambre y los efluvios que amenazaban con intoxicarlo. 
 
Recordó a las ratas que sobrevivían en cualquier parte. Volvió a caminar por las calles de la ciudad donde había crecido. El río Bravo era una posibilidad refrescante donde anidaban los patos y los niños jugaban en las márgenes. No pudo concentrarse mucho tiempo. Los cadáveres de los emigrantes ilegales se unieron a otros muertos ahí abandonados. El agua se volvió hedionda y tan escasa como el charco que le mojaba los pies. 
 
No quería ser un contrabandista condenado a la horca y los sueños de sus veinticuatro años intentaron repetir los pensamientos del abuelo que, según su padre, había sido feliz hasta el instante en que la gran explosión lo había desaparecido para siempre. El deseo pareció cumplirse y por un momento creyó escapar manteniendo los ojos cerrados. 
 
Era un niño miserable que se arrastraba en el puente internacional para pedir limosna, hasta que una rueda de automóvil le rompía las piernas y un guardia aduanero lo arrojaba hacia el río plagado de restos mortales. No gritó, pero el vigilante de los aparatos conectados a los sistemas nerviosos de Yojanesburgo Sprite supo que toda posibilidad de escape cerebral estaba bloqueada. Los reclusos no podían evadirse de ninguna manera. Ni siquiera soñando.

A esa hora, el juez Rodino disfrutaba de una merienda inusual. En escenarios distintos y parecidos, los guardias de la Border Patrol comentaban a sus hijos la crueldad del hombre que había preferido comer su propia lengua antes que denunciar a sus cómplices dedicados al contrabando de frutas. Cerca del tribunal, la secretaria intentaba imaginar el sabor de las guayabas. 
 
En la prisión, el verdugo distorsionaba sueños y preparaba el escenario de la horca con un programa de diseño computarizado tridimensional. Yojanesburgo Sprite recordó la manzana extraviada en el desierto y, al pretender alcanzarla, solo pudo tomar una calavera que pareció reír mientras se desintegraba con las ráfagas de viento provocadas por un helicóptero. Sprite se molió la lengua al ser impactado por un látigo neurónico. Los espasmos se hicieron insufribles. Aún faltaban veintitrés horas para su muerte.

Multivac - Isaac Asimov


El mayor complejo industrial de la Tierra se centraba en torno a Multivac... Multivac, la gigantesca computadora que había ido creciendo en el transcurso de medio siglo, hasta que sus diversas ramificaciones se extendieron por todo Washington, D. C., y sus suburbios, alcanzando con sus tentáculos todas las ciudades y poblaciones de la Tierra.

Un ejército de servidores le suministraba constantemente datos, y otro ejército relacionaba e interpretaba sus respuestas. Un cuerpo de ingenieros recorría su interior, mientras multitud de minas y fábricas se dedicaban a mantener llenos los depósitos de piezas de recambio, procurando que nada faltase a la monstruosa máquina.

Multivac dirigía la economía del planeta y ayudaba al progreso científico. Mas por encima de esto, constituía la cámara de compensación central donde se almacenaban todos los datos conocidos acerca de cada habitante de la Tierra.

Y todos los días formaba parte de los innumerables deberes de Multivac pasar revista a los cuatro mil millones de expedientes (uno para cada habitante de la Tierra) que llenaban sus entrañas y extrapolarlos para un día más. Todas las Secciones de Correcciones de la Tierra recibían los datos apropiados para su propia jurisdicción, y la totalidad de ellos se presentaba en un grueso volumen al Departamento Central de Correcciones de Washington, D. C.

Bernard Gulliman se hallaba en su cuarta semana de servicio al frente del Departamento Central de Correcciones, para el cual había sido nombrado presidente por un año, y ya se había acostumbrado a recibir el informe matinal sin asustarse demasiado. Como siempre, constituía un montón de cuartillas de más de quince centímetros de grueso. Como ya sabía, no se lo traían para que lo leyese todo (era una empresa superior a sus fuerzas humanas). Sin embargo, resultaba entretenido hojearlo.

Contenía la lista acostumbrada de delitos previstos de antemano: diversas estafas, hurtos, algaradas, homicidios, incendios provocados, etcétera.

Buscó un apartado particular y sintió una ligera sorpresa al descubrirlo, y luego otra al ver que en él figuraban dos anotaciones. No una sino dos. Dos asesinatos en primer grado. No había visto dos juntos en un solo día en todo el tiempo que llevaba de presidente.

Oprimió el botón del intercomunicador y esperó a que el solícito semblante de su coordinador apareciese en la pantalla.

—Ali —le dijo Gulliman—, hoy tenemos dos primeros grados. ¿Hay algún problema insólito?
—No, señor.
El rostro de morenas facciones y ojos negros y penetrantes mostraba cierta expresión de inquietud.
—Ambos casos tienen un porcentaje de probabilidad muy bajo —dijo.
—Eso ya lo sé —repuso Gulliman—. He podido observar que ninguno de ellos presenta una probabilidad superior al quince por ciento. De todos modos, debemos velar por el prestigio de Multivac. Ha conseguido borrar prácticamente el crimen de la faz del planeta, y el público lo considera así por su éxito al impedir asesinatos de primer grado, que son, desde luego, los más espectaculares.
Ali Othman asintió.
—Sí, señor. Me doy perfecta cuenta.
—También se dará usted cuenta, supongo —prosiguió Gulliman—, que yo no quiero que se cometa uno solo durante mi presidencia. Si se nos escapa algún otro crimen, sabré disculparlo. Pero si se nos escapa un asesinato en primer grado, le irá a usted el cargo en ello. ¿Me entiende?
—Sí, señor. El análisis completo de los dos asesinatos en potencia ya se está efectuando en las oficinas de los respectivos distritos. Tanto los asesinos en potencia como sus presuntas víctimas se hallan bajo observación. He comprobado las probabilidades que el crimen se cometa y ya están disminuyendo.
—Buen trabajo —dijo Gulliman, cortando la comunicación.

Volvió a examinar la lista con cierta desazón. Tal vez se había mostrado demasiado severo con su subordinado... Pero había que tener mano firme con aquellos empleados de plantilla y evitar que llegasen a imaginarse que eran ellos quienes lo llevaban todo. De vez en cuando había que recordarles quién mandaba allí. En especial a aquel Othman, que trabajaba con Multivac desde que ambos eran notablemente más jóvenes, y a veces asumía unos aires de propiedad que llegaban a ser irritantes.

Para Gulliman, aquella cuestión de los crímenes podía ser crucial en su carrera política. Hasta entonces, ningún presidente había conseguido terminar su mandato sin que se produjese algún asesinato en un lugar u otro de la Tierra. 

Durante el mandato del presidente anterior se habían cometido ocho, o sea tres más que durante el mandato de su predecesor.

Pero Gulliman se proponía que durante el suyo no hubiese ninguno. Había resuelto ser el primer presidente que no tuviera en su haber ningún asesinato en ningún lugar de la Tierra. Después de eso, y de la favorable publicidad que comportaría para su persona...

Apenas se fijó en el resto del informe. Éste contenía, según le pareció a primera vista, unos dos mil casos de esposas en peligro de ser vapuleadas. Indudablemente, no todas aquellas palizas podrían evitarse a tiempo. Tal vez un treinta por ciento de ellas se realizarían. Pero el porcentaje disminuía cada vez con mayor celeridad.

Multivac había añadido las palizas conyugales a su lista de crímenes previsibles hacía apenas cinco años, y el ciudadano medio todavía no se había acostumbrado a la idea de verse descubierto de antemano cuando se proponía moler a palos a su media naranja. A medida que esta idea se fuese imponiendo en la sociedad, las mujeres recibirían cada vez menos golpes, hasta terminar por no recibir ninguno.
Gulliman observó que en la lista también figuraban algunos maridos vapuleados.
 
 
Ali Othman quitó la conexión y se quedó mirando la pantalla de la cual habían desaparecido las prominentes mandíbulas y la calva incipiente de Gulliman. Luego miró a su ayudante. Rafe Leemy, y dijo:
—¿Qué hacemos?
—¿A mí me lo preguntas? Es a él a quien le preocupan un par de asesinatos sin importancia.
—Yo creo que nos arriesgamos demasiado al intentar resolver esto por nuestra cuenta. Sin embargo, si se lo decimos le dará un ataque. Estos políticos electos tienen que pensar en su pellejo; por lo tanto, creo que si se lo decimos no haría más que enredar las cosas e impedirnos actuar.
Leemy asintió con la cabeza y se mordió el grueso labio inferior.
—Lo malo del caso es... ¿Qué haremos si nos equivocamos? —dijo—. Querría estar en el fin del mundo, si eso llega a suceder.
—Si nos equivocamos, nuestra suerte no interesará a nadie, pues seremos arrastrados por la catástrofe general. —Con la mayor vivacidad, Othman añadió—: Pero, vamos a ver, las probabilidades son tan sólo del doce coma tres por ciento. Para cualquier otro delito, exceptuando quizás el asesinato, dejamos que el porcentaje aumente un poco más antes de decidirnos a actuar. Todavía puede presentarse una corrección espontánea.
—Yo no confiaría demasiado en ello —dijo Leemy secamente.
—No pienso hacerlo. Me limitaba a señalarte el hecho. Sin embargo, como la cifra aún es baja, creo que lo más indicado es que de momento nos limitemos a observar. Nadie puede planear un crimen de tal envergadura por sí solo; tienen que existir cómplices.
—Multivac no los nombró.
—Ya lo sé. Sin embargo...
No terminó la frase.
Entonces se pusieron a estudiar de nuevo los detalles de aquel crimen que no se incluía en la lista entregada a Gulliman; el único crimen que nunca había sido intentado en toda la historia de Multivac. Y se preguntaron qué podían hacer.
 
 
Ben Manners se consideraba el muchacho de dieciséis años más dichoso de Baltimore. Eso tal vez podía ponerse en duda. Pero no había duda que era uno de los más dichosos, y de los que se hallaban más excitados.

Al menos, era uno de los pocos que habían sido admitidos en las graderías del estadio el día en que los jóvenes de dieciocho años pronunciaron el juramento. Su hermano mayor se contaba entre los que iban a pronunciarlo, y por eso sus padres solicitaron billetes para ellos y también permitieron que Ben lo hiciese. Cuando Multivac eligió entre todos los que solicitaron billete, Ben fue uno de los autorizados a sacarlo.

Dos años después, Ben sería quien pronunciaría el juramento, pero la contemplación de su hermano mayor Michael en el acto de hacerlo era casi lo mismo para él.

Sus padres le vistieron (o le hicieron vestir, mejor dicho) con todo el adorno posible, pues iba como único representante de la familia, y el muchacho se fue muy ufano, con recuerdos de todos para Michael, el cual se había ido unos días antes para someterse a los reconocimientos físico y neurológico preliminares.

El estadio se hallaba emplazado en las afueras de la población, y Ben, que no cabía en sí de orgullo, fue conducido hasta su asiento. Por debajo de él distinguió hilera tras hilera de centenares y centenares de jóvenes de dieciocho años (los chicos a la derecha, las chicas a la izquierda), todos procedentes del distrito dos de Baltimore. En diversas épocas del año se celebraban actos similares en todo el mundo, pero aquello era Baltimore, y por lo tanto aquél era el más importante. Allá abajo, perdido entre la multitud de adolescentes, se hallaba Mike, el hermano de Ben.

El joven escrutó las hileras de cabezas, con la vaga esperanza de reconocer a su hermano. No lo consiguió, naturalmente, pero entonces subió un hombre al estrado que se alzaba en el centro del estadio, y Ben dejó de mirar para prestar atención.

El hombre del estrado dijo por el micrófono:
—Buenas tardes, muchachos; buenas tardes, distinguido público. Soy Randolph T. Hoch, y se me ha confiado el honroso encargo de dirigir este año los actos de Baltimore. Los jóvenes que van a pronunciar el juramento ya me conocen, por haberme visto varias veces durante los reconocimientos físicos y neurológicos. La mayor parte de la tarea ya está realizada, pero queda lo más importante. La personalidad completa de cada uno de ustedes debe pasar a los archivos de Multivac.

»Todos los años, esto requiere cierta explicación para los jóvenes que alcanzan la mayoría de edad. Hasta esta fecha —dijo volviéndose hacia los jóvenes que tenía delante, y desviando su mirada del público—, hasta esta fecha, hasta hoy, ustedes no pueden considerarse adultos; Multivac no les considera como individuos adultos, excepto en los casos en que alguno de ustedes han sido señalados especialmente por sus padres o por el Gobierno.

»Hasta hoy, pues, cuando llegaba el momento de recopilar los datos anuales, eran sus padres quienes llenaban vuestras fichas. Ha llegado ahora el momento para que asuman esta obligación. Es un gran honor, una gran responsabilidad. Sus padres nos han comunicado cuáles han sido vuestras notas escolares, qué enfermedades han tenido, cuáles son vuestras costumbres... Eso, y muchas cosas más. Pero ahora todavía deben decirnos más aún; vuestros más íntimos pensamientos; vuestros más secretos anhelos.

»Resulta difícil hacerlo la primera vez; incluso violento, pero hay que hacerlo. Una vez lo hayan hecho, Multivac tendrá un análisis completo de ustedes en sus archivos. Comprenderá vuestras acciones y reacciones. Incluso podrá prever con notable exactitud vuestro comportamiento futuro.

»De esta manera, Multivac les protegerá. Si están en peligro de accidente, lo sabrá. Si alguien se propone hacerles daño, lo sabrá. Si son ustedes quienes traman alguna mala acción, lo sabrá y evitará que ésta se cometa, con el resultado que no tendrán que ser castigados por ella.

»Con el conocimiento que tendrá de todos ustedes, Multivac podrá contribuir al perfeccionamiento de la economía y de las leyes terrestres, para el bien de todos. Si tienen un problema personal, pueden acudir a Multivac con él, y Multivac, que les conoce a todos, podrá ayudarles a resolverlo.

»Ahora deseo que llenen los formularios que les vamos a facilitar. Mediten cuidadosamente y respondan a todas las preguntas con la mayor exactitud posible. No oculten nada por vergüenza o precaución. Nadie conocerá nunca vuestras respuestas excepto Multivac, a menos que sea necesario conocerlas para protegerles. Y en este caso, sólo las conocerán contados funcionarios del Gobierno, que poseen autorización especial.

»Pudiera ocurrir que deformasen la verdad más o menos intencionadamente. No lo hagan. Nosotros terminaremos por descubrirlo. La totalidad de sus respuestas debe formar un conjunto coherente. Si alguna de las respuestas son falaces, sonarán como una nota discordante y Multivac las descubrirá. Si entre ellas se encuentran respuestas falsas, o son falsas en su totalidad, crearán un conjunto típico que Multivac reconocerá inmediatamente. Por lo tanto, les aconsejo que digan la verdad y nada más que la verdad.

Por último, el acto terminó; los muchachos llenaron los formularios, y las ceremonias y discursos tocaron a su fin. Por la noche, Ben, poniéndose de puntillas, consiguió descubrir finalmente a Michael, el cual todavía llevaba el traje de gala que se había puesto para el «desfile de los adultos». Se abrazaron llenos de júbilo, luego cenaron juntos y tomaron el expreso hasta su casa, ambos llenos de contento después de aquel día memorable.

Por lo tanto, no se hallaban preparados para enfrentarse con el cambio total que encontraron en su casa. Ambos se quedaron helados cuando un joven de rostro severo, vestido de uniforme y apostado a la puerta de su propia casa, les cerró el paso para pedirles la documentación antes de dejarlos entrar. Una vez dentro, hallaron a sus padres sentados en el salón, con expresión desesperada y la huella de la tragedia impresa en sus caras.

Joseph Manners, que parecía haber envejecido diez años desde aquella misma mañana, miró con ojos asustados y hundidos a sus dos hijos (uno de los cuales todavía llevaba al brazo su flamante toga de adulto) y dijo:
—Estoy bajo arresto domiciliario.
Ben y Michael se quedaron de una pieza.
 
Bernard Gulliman no podía leer, naturalmente, el voluminoso informe. Leyó únicamente el sumario y quedó más que satisfecho.

No había duda que toda una generación ya estaba acostumbrada a que Multivac predijese la comisión de los delitos más importantes. Les parecía natural que los agentes de Corrección se presentasen en el lugar donde iba a cometerse el delito antes que éste pudiera llevarse a cabo. Les parecía natural también que la consumación del crimen acarrease para su autor un castigo ejemplar e inevitable. Poco a poco, arraigó el convencimiento que era imposible engañar a Multivac.

El resultado de ello, naturalmente, fue que cada vez se planearon menos crímenes. A medida que las intenciones criminales disminuían y la capacidad de Multivac aumentaba, se fueron añadiendo a la lista de delitos que el maravilloso instrumento predecía todas las mañanas, otras infracciones de la ley de menor cuantía, pero éstas, también, disminuían a ojos vistas.

Entonces Gulliman ordenó que se realizase un análisis (sólo lo podía realizar Multivac, naturalmente) de la capacidad que poseía Multivac para prever las posibilidades de enfermedad. Así, los médicos podrían ser llamados con rapidez para visitar y tratar a individuos susceptibles de volverse diabéticos antes de un año, o expuestos a sufrir una tisis galopante o un cáncer.

Más vale prevenir...
¡Y el resultado del análisis fue favorable!

Después le llevaron la lista de los posibles crímenes del día, y entre ellos no figuraba ni un solo asesinato de primer grado.
Gulliman, que se hallaba de un humor excelente, llamó a Ali Othman por el intercomunicador:
—Oiga, Othman, ¿cuál es el promedio de delitos que hay en las listas diarias de la semana pasada, comparado con el promedio de mi primera semana como presidente?
El promedio había descendido, según se pudo comprobar, en un ocho por ciento; sólo le faltaba eso a Gulliman para sentirse el más dichoso de los mortales. No se debía para nada a él, desde luego, pero sus votantes no lo sabían. Se congratuló por su suerte, que le había llevado a ocupar la presidencia en el momento oportuno, durante el apogeo de Multivac, en un momento en que la enfermedad también podría colocarse bajo su manto protector.
Esto favorecía extraordinariamente la carrera política de Gulliman.
 
 
Othman se encogió de hombros.
—El jefe está muy contento —dijo.
—¿Cuándo hacemos estallar la bomba? —dijo Leemy—. El hecho de poner a Manners en observación sólo ha conseguido elevar las probabilidades. El arresto domiciliario no ha hecho más que incrementarlas.
—Ya lo sé, hombre —dijo el otro, con impaciencia—. Lo que no sé es por qué.
—Tal vez se deba a los cómplices, como tú dijiste. Al darse cuenta que Manners está detenido, el resto de la banda tendrá que actuar en seguida o la intentona fracasará.
—Mirémoslo desde otro lado. Con Manners a buen recaudo, los demás pondrán pies en polvorosa y tratarán de esconderse. Además, ¿por qué Multivac no nos da los nombres de los cómplices?
—¿Se lo decimos a Gulliman?
—No, todavía no. Las probabilidades son todavía de un diecisiete coma tres por ciento. Aún podemos hacer algo.
 
 
Elizabeth Manners dijo a su hijo menor:
—Vete a tu cuarto, Ben.
—Pero, ¿qué pasa, mamá? —preguntó Ben con voz quebrada, al contemplar aquel extraño final de un día tan glorioso.
—¡Por favor, Ben, obedéceme sin preguntar!
El muchacho se fue a regañadientes. Salió al vestíbulo y empezó a subir la escalera, haciendo el mayor ruido posible. Luego descendió sigilosamente.
Mike Manners, el primogénito, el que había llegado hacía pocas horas a su mayoría de edad y era el gozo y la esperanza de la familia, dijo con un tono de voz que reflejaba el que empleara su hermano:
—¿Qué pasa?
Joe Manners repuso:
—Pongo al cielo por testigo que no lo sé, hijo mío. No he hecho nada.
—De eso estamos todos convencidos —dijo Mike, mirando estupefacto a su padre, pequeño y de aspecto bondadoso—. Deben haber venido porque pensabas hacer algo.
La señora Manners le interrumpió con enojo:
—¿Qué quieres que pensase tu padre que pueda provocar semejante..., semejante despliegue de fuerzas? —Describió un amplio círculo con el brazo, para abarcar los policías que rodeaban la casa, y prosiguió—: Cuando yo era niña, el padre de un amigo mío que trabajaba en un banco fue llamado una vez, y le dijeron que no pensase más en aquel dinero. Pensaba robar cincuenta mil dólares. No llegó a cometer el robo: sólo lo pensó. En aquellos tiempos no mantenían estas cosas en secreto, como hoy; todo el mundo se enteró, y así es como yo lo supe. —Frotándose las gordezuelas manos con lentitud, prosiguió—: Lo que quiero decir es que se trataba de cincuenta mil dólares... Una cantidad muy respetable. Sin embargo se limitaron a llamarlo por teléfono. ¿Qué podía estar planeando tu padre, para requerir la presencia de una docena de policías, que han rodeado la casa?

El cabeza de familia dijo, con voz triste y quejumbrosa:
—No planeaba ningún crimen, ni el más pequeño e insignificante... Se los juro.
Mike, lleno de la sabiduría consciente de un nuevo adulto, dijo:
—Tal vez sea algo subconsciente, papá; una forma de resentimiento hacia tu jefe.
—¿Hasta tal punto que me hiciese desear matarlo? ¡No!
—¿Y no quieren decirte de qué se trata?
Su madre les interrumpió de nuevo:
—No, no quieren. Ya se lo hemos preguntado. Les dije que, con su simple presencia, estaban perjudicando enormemente nuestra reputación en el barrio. Lo menos que podían hacer era decirnos de qué se trataba para que pudiéramos defendernos y ofrecer explicaciones.
—¿Y ellos no quieren?
—No quieren.
Mike permanecía de pie, con las piernas separadas y las manos metidas en los bolsillos. Muy inquieto, dijo:
—Verás, mamá..., es que Multivac no se equivoca nunca.
Su padre, desesperado, golpeó con el puño el brazo del sofá.
—Les repito que no planeo ningún crimen.
Abrieron sin llamar y entró en la sala un hombre uniformado, que andaba con paso firme y decidido. Su cara tenía una expresión imperturbable y oficial.
—¿Es usted Joseph Manners? —preguntó.
El cabeza de familia se puso en pie.
—Yo soy. ¿Podría usted decirme qué desean de mí?
—Joseph Manners, queda usted detenido por orden del Gobierno. —Y exhibió brevemente su identificación de oficial de Correcciones—. Tengo que rogarle que me acompañe.
—¿Por qué motivo? ¿Qué he hecho?
—No estoy autorizado a decírselo.
—Pero no pueden detenerme por planear un crimen, aun admitiendo que lo estuviese planeando. Para detenerme tengo que haber hecho algo. De lo contrario, no pueden. Es contrario a la ley.
El oficial no atendía a razones.
—Le ruego que me acompañe.
La señora Manners soltó un grito y se dejó caer en el sofá, llorando histéricamente. Joseph Manners no fue capaz de transgredir el código que le había sido impuesto durante toda su vida, resistiéndose a obedecer las órdenes de un oficial, pero al final se hizo el remolón, obligando al agente del Gobierno a tener que utilizar la fuerza para arrastrarlo fuera de la habitación.
Mientras se lo llevaban, Manners gritaba:
—Pero, ¿qué he hecho? ¿Por qué no quieren decírmelo? Si al menos lo supiese... ¿Es un asesinato? ¿Se me acusa de tramar un asesinato?
La puerta se cerró tras ellos, y Mike Manners, pálido como la muerte y que de pronto había dejado de sentirse adulto, miró a la puerta y luego a su madre, anegada en llanto.
Ben Manners, oculto tras la otra puerta y sintiéndose de pronto muy adulto, apretó los labios fuertemente y pensó que él sabía exactamente lo que había que hacer.

Lo que Multivac le arrebataba, Multivac lo devolvería. Ben recordaba perfectamente las ceremonias que había presenciado aquel mismo día. Había oído cómo aquel llamado Hoch hablaba de Multivac y de todo cuanto ésta podía hacer. Podía dirigir el Gobierno, y también ayudar a un simple particular que fuese a ella en busca de consejo.

Cualquiera podía pedir ayuda a Multivac, y Ben se disponía a hacerlo. Ni su madre ni su hermano se darían cuenta que se iba; además, le quedaba todavía algún dinero de la cantidad que sus padres le habían dado para aquel día memorable. Si después notaban su ausencia y ésta les preocupaba, qué se le iba a hacer. En aquel momento, su padre era quien más contaba.
Salió por la parte trasera y el agente apostado a la puerta le dejó pasar, tras examinar brevemente su documentación.
 
 
Harold Quimby dirigía la sección de quejas de la subestación Multivac de Baltimore. Se consideraba a sí mismo un miembro de la rama más importante del servicio civil. En ciertos aspectos tal vez tuviese razón, y los que le oían hablar de ello hubieran debido ser de hierro para no sentirse impresionados.

Por un lado, decía Quimby, Multivac se dedicaba principalmente a invadir la intimidad. Durante los últimos cincuenta años, la Humanidad había tenido que acostumbrarse a la idea que sus pensamientos e impulsos más íntimos ya no podían mantenerse en secreto, y que ya no existían recónditos pliegues del alma donde podían esconderse los sentimientos. A cambio de esto, había que dar algo a la Humanidad.

Naturalmente, los hombres obtuvieron paz, prosperidad y seguridad, pero eso eran abstracciones. Los hombres y mujeres concretos necesitaban algo personal como recompensa por su renuncia a la intimidad, y lo obtuvieron. Al alcance de cualquier habitante del planeta se encontraba una estación Multivac a cuyos circuitos se podían someter libremente toda clase de problemas y preguntas, con una libertad y sin prácticamente limitación alguna. A los pocos minutos, el maravilloso instrumento facilitaba las respuestas adecuadas.

En cualquier instante del día o de la noche, cinco millones de circuitos individuales entre el cuatrillón o más que poseía Multivac, podían dedicarse a atender aquel programa de preguntas y respuestas. Éstas no eran necesariamente infalibles, pero sí enormemente aproximadas casi siempre, y los que acudían a Multivac tenían una fe absoluta en sus respuestas.

Y en aquellos momentos, un joven de dieciséis años, de expresión ansiosa, avanzaba lentamente con la cola de hombres y mujeres que esperaban. Todos los semblantes de los que formaban la cola se hallaban iluminados por distintos grados de esperanza, temor o ansiedad, e incluso angustia, mientras se aproximaban lentamente a Multivac. Pero era siempre la esperanza la que predominaba.

Sin levantar la mirada, Quimby tomó el formulario impreso, debidamente cumplimentado, que el recién llegado le tendía y dijo:
—Cabina 5-B.
—¿Cómo tengo que hacer la pregunta, señor?
Quimby levantó entonces la mirada, con cierta sorpresa. Por lo general, los muchachos que aún no habían alcanzado la mayoría de edad no hacían uso de aquel servicio. Amablemente le dijo:
—¿Es la primera vez que vienes a Multivac, muchacho?
—Sí, señor.
Quimby le indicó el modelo que tenía sobre su mesa.
—Tendrás que utilizar esto. Mira, funciona exactamente igual que una máquina de escribir. No escribas la pregunta mal, sobre todo; hazlo por medio de esta máquina. Ahora vete a la cabina 5-B, y si necesitas ayuda, oprime el botón rojo y se presentará un empleado. Por ese corredor, muchacho, a la derecha.

Vio como el joven se alejaba por el corredor, hasta perderse de vista, y sonrió. Multivac no rechazaba a nadie. Naturalmente, no podía descartarse un pequeño porcentaje de preguntas triviales: gente que hacía preguntas indiscretas acerca de sus vecinos o preguntas desvergonzadas sobre personalidades eminentes; estudiantes que trataban de adivinar lo que les preguntarían sus profesores, o de divertirse a costa de Multivac haciéndole preguntas paradójicas o absurdas...

Multivac podía atender todas aquellas preguntas sin necesidad de ayuda.
Además, cada pregunta y cada respuesta quedaban archivadas para constituir una pieza más en el conjunto de datos sobre la Humanidad en general y sus representantes individuales en particular. Incluso las triviales e impertinentes ayudaban a la Humanidad, pues al reflejar la personalidad del que las hacía, permitían que Multivac aumentase su conocimiento de los hombres.
Quimby volvió su atención hacia la persona siguiente en la cola, una mujer de mediana edad, desgarbada y angulosa, con la turbación reflejada en el semblante.
 
 
Ali Othman medía la oficina a grandes pasos, y sus tacones resonaban con golpes sordos y desesperados sobre la alfombra.
—Las probabilidades siguen aumentando. En este momento son del veintidós coma cuatro por ciento. ¡Maldición! Hemos detenido a Joseph Manners, y las probabilidades siguen aumentando.
El sudor corría a raudales por su cara.
Leemy dejó el teléfono en su soporte.
—Todavía no ha confesado. Le han sometido a la Prueba Psíquica, pero no han descubierto la menor huella de crimen. Es posible que diga la verdad.
—¿Entonces, es que Multivac se ha vuelto loca? —dijo Othman.
Otro teléfono se puso a sonar. Othman se apresuró a cerrar las conexiones, contento de aquella interrupción. En la pantalla apareció la cara de un oficial de Correcciones, el cual dijo:
—¿Tiene que darnos algunas nuevas instrucciones, señor, respecto a la familia de Manners? ¿Debemos permitirles que vayan y vengan a su antojo, como han hecho hasta ahora?
—¿Qué quiere usted decir, con eso de «como han hecho hasta ahora»?
—Las primeras órdenes que recibimos se referían al arresto domiciliario de Joseph Manners. Nada se decía en ellas del resto de la familia, señor.
—Pues hágalas extensivas al resto de la familia, en espera de recibir nuevas órdenes.
—Pero es que ése es el problema, señor. La madre y el hijo mayor no hacen más que pedir noticias del pequeño. Éste ha desaparecido, y su madre y su hermano piensan que también le han detenido, y piden que los llevemos a la jefatura para aclarar la suerte del muchacho.
Othman frunció el ceño y preguntó casi en un susurro:
—¿El pequeño? ¿Cuántos años tiene?
—Dieciséis, señor —repuso el agente.
—Dieciséis, y se ha ido. ¿Sabe usted adónde?
—Le dejaron salir, señor. No había órdenes de retenerle.
—No se retire. Un momento. —Othman suspendió momentáneamente la comunicación, se llevó ambas manos a la cabeza, y gimió—: ¡Estúpido de mí!
Leemy le miró, sorprendido.
—¿Qué demonios te pasa?
—Este individuo tiene un hijo de dieciséis años —dijo Othman con voz ahogada—. Por lo tanto, es un menor de edad, y Multivac no lo registra por separado, sino formando parte de la ficha de su padre. —Miró furioso a Leemy—. Hasta cumplir dieciocho años, un joven no tiene ficha separada en Multivac, sino que sus datos figuran en la de su padre... Eso lo sabe cualquiera. ¿Cómo pudo habérseme olvidado? Y a ti, pedazo de alcornoque, ¿cómo pudo habérsete olvidado también?
—¿Quieres decir entonces que Multivac no se refería a Joe Manners? —preguntó Leemy.
—Multivac se refería a su hijo menor, y éste se nos ha escapado. A pesar de tener la casa rodeada de policías, él ha salido con toda tranquilidad y se ha ido a realizar ve a saber qué infernal misión.
Conectó de nuevo el circuito telefónico, al extremo del cual todavía esperaba el oficial de Correcciones. Aquella interrupción de un minuto había permitido que Othman recuperase el dominio de sí mismo, asumiendo de nuevo su expresión fría y segura. (Hubiera sido altamente perjudicial para su prestigio representar una escena ante los ojos de un policía aunque eso habría aliviado considerablemente su mal humor.)
—Oficial —dijo entonces—, trate de localizar al muchacho que ha desaparecido. Si es necesario, movilice usted a todos sus hombres. Más adelante les daré las órdenes oportunas. De momento sólo ésta: encontrar al muchacho a toda costa.
El oficial contestó:
—Sí, señor.
La conexión se interrumpió. Othman dijo:
—Dígame cómo están las probabilidades, Leemy.
Cinco minutos después, Leemy comunicó:
—Han bajado a un diecinueve coma seis por ciento. Y siguen bajando.
Othman dejó escapar un largo suspiro.
—Por fin estamos sobre la buena pista.
 
 
Ben Manners tomó asiento en la cabina 5-B y tecleó lentamente:
«Me llamo Benjamín Manners, número MB-71833412. Mi padre, Joseph Manners, ha sido detenido, pero no sabemos qué crimen tramaba. ¿Podemos ayudarle de algún modo?»
Se dispuso a esperar la respuesta de la máquina. A pesar que sólo tenía dieciséis años, ya sabía que aquellas palabras estaban dando vueltas en aquellos momentos por el interior del aparato más complicado creado por la mente humana; sabía también que se barajarían y se coordinarían un trillón de datos, y que a partir de ellos Multivac extraería la respuesta más adecuada.

Oyó un clic en la máquina y surgió de ella una tarjeta. Sobre la misma se veía impresa una respuesta, una larga respuesta. Decía como sigue:

«Toma el expreso a Washington, D. C., inmediatamente. Desciende en la parada de la avenida de Connecticut. Verás una salida especial sobre la que se lee «Multivac» y ante la que hay unos guardias. Di a uno de ellos que llevas un recado para el doctor Trumbull, y te dejará entrar.
»Te encontrarás entonces en un corredor. Síguelo hasta encontrar una puerta sobre la que se lee «Interior». Entra y di a los guardias de dentro lo que has dicho a los de fuera; lo mismo. Éstos te franquearán el paso. Sigue entonces...»
Las instrucciones continuaban por ese tenor. Ben no veía que aquello tuviese nada que ver con lo que había preguntado, pero su fe en Multivac era absoluta. Salió corriendo, para tomar el expreso a Washington.
 
 
Los oficiales de Correcciones consiguieron seguir la pista de Ben Manners hasta la estación de Baltimore, donde llegaron una hora después que éste la hubiera abandonado. El sorprendido Harold Quimby se sintió verdaderamente aturrullado ante el número e importancia de los hombres que fueron a verle con relación a aquel muchacho de dieciséis años que andaban buscando.
—Sí, un muchacho de esas señas —dijo—, pero ignoro adónde fue cuando salió de aquí. Yo no podía saber que lo andaban buscando. Aquí recibimos a todo el mundo. Sí, puedo conseguir una copia de la pregunta y la respuesta.
Los oficiales de Correcciones televisaron las dos fichas a Jefatura sin perder un instante.
Othman las leyó, puso los ojos en blanco y se desmayó. Consiguieron hacerlo reaccionar casi en seguida. Con voz débil, dijo a Leemy:
—Que detengan a ese chico. Y que me saquen una copia de la respuesta de Multivac. Ahora ya no hay escapatoria. Tengo que ver a Gulliman inmediatamente.
 
 
Bernard Gulliman nunca había visto a Ali Othman tan perturbado. Al observar la expresión trastornada del coordinador, sintió que un escalofrío le recorría el espinazo.
Con voz trémula y entrecortada, preguntó:
—¿Qué quiere usted decir, Othman? ¿Qué significa eso de..., de algo peor que un asesinato?
—Mucho, muchísimo peor que un asesinato.
Gulliman estaba muy pálido.
—¿Se refiere usted al asesinato de un alto funcionario del Gobierno?
(Incluso cruzó por su mente la idea que pudiese ser él mismo quien...)
Othman asintió:
—No un funcionario del Gobierno. El funcionario del Gobierno por excelencia.
—¿El secretario general? —aventuró Gulliman con un murmullo ahogado.
—Más que eso; mucho más. Nos enfrentamos con un complot para asesinar a Multivac.
—¡CÓMO!
—Por primera vez en la historia de Multivac, la computadora nos ha informado que es ella misma quien está en peligro.
—¿Por qué no me informaron de ello inmediatamente?
Othman no mintió demasiado al responder:
—Como se trataba de un caso sin precedentes, señor, estudiamos la situación antes de atrevernos a redactar un informe oficial.
—Pero Multivac se ha salvado, ¿verdad? Dígame que se ha salvado.
—Las probabilidades han descendido a menos de un cuatro por ciento; prácticamente ya no hay peligro. Estoy esperando el informe definitivo de un momento a otro.
 
 
—Traigo un recado para el doctor Trumbull —dijo Ben Manners al hombre instalado sobre un alto taburete, y que accionaba cuidadosamente lo que parecían los mandos de un crucero estratosférico, enormemente ampliados.
—Muy bien, Jim —dijo el hombre—. Adelante.
Ben echó una mirada a sus instrucciones y se apresuró a seguir adelante. Encontraría una diminuta palanca que tenía que bajar completamente, en el instante en que un indicador mostrase una luz roja.
Oyó una voz agitada a sus espaldas, luego otra, y de pronto dos hombres lo sujetaron por los codos. Notó como sus pies se levantaban del suelo.
Uno de sus captores dijo:
—Acompáñanos, muchacho.
 
 
La cara de Ali Othman no se iluminó de manera apreciable al recibir la noticia, aunque Gulliman dijo con gran alegría:
—Si tenemos al chico, Multivac se ha salvado.
—Por el momento.
Gulliman se llevó una mano temblorosa a la frente.
—¡Qué media hora he pasado! ¿Se imagina usted lo que significaría la destrucción de Multivac, aunque fuese por breve tiempo? Se hundiría el Gobierno; la economía se paralizaría. Sería de unos efectos más devastadores que un... —Alzó de pronto la cabeza—. ¿Qué quiere usted decir con eso de «por el momento»?
—Ese muchacho, Ben Manners, no tenía intención de hacer daño. Él y su familia deben ser puestos inmediatamente en libertad e indemnizados por las molestias que les hemos causado. Él se limitaba a seguir las instrucciones que le dio Multivac para ayudar a su padre, y lo ha conseguido. Su padre ha sido puesto en libertad.
—¿Insinúa usted que la propia Multivac ordenó al muchacho que bajase una palanca en un momento en que tal acción quemaría tal cantidad de circuitos que haría falta un mes de trabajo para repararlos? ¿Insinúa usted acaso que Multivac proponía su propia destrucción para ayudar a un solo hombre?
—Mucho peor que eso, señor. Multivac no sólo dio esas instrucciones a Ben, sino que eligió a la familia Manners porque Ben tenía un extraordinario parecido con uno de los mensajeros del doctor Trumbull, y por lo tanto podría meterse impunemente en Multivac sin que nadie le pusiese reparos.
—¿Y por qué fue elegida esa familia? ¿Y para qué?
—Verá usted, el muchacho nunca se habría visto obligado a hacer la pregunta que hizo si su padre no hubiese sido detenido. Y su padre jamás habría sido detenido si Multivac no le hubiese acusado de tramar su propia destrucción. Fue Multivac quien inició la sucesión de acontecimientos que casi condujeron a la propia destrucción de Multivac.
—Pero eso no tiene pies ni cabeza —dijo Gulliman con voz quejumbrosa.
Se sentía pequeño y desvalido, y casi se puso de rodillas para suplicar a Othman, a aquel hombre que había pasado casi toda su vida junto a Multivac, que devolviese la tranquilidad a su ánimo.
Pero Othman no lo hizo. En cambio, le dijo:
—Éste ha sido el primer intento realizado por Multivac en este sentido, que yo sepa. Hasta cierto punto, estaba muy bien planeado. Supo elegir la familia. Tuvo buen cuidado en no distinguir entre padre e hijo, a fin de despistarnos. Sin embargo, demostró que todavía no pasa de ser una aficionada. No pudo anular sus propias instrucciones, que la obligaron a comunicar la probabilidad de su propia destrucción, la cual se hacía mayor a cada paso que dábamos por la pista falsa. Tuvo que registrar forzosamente la respuesta que dio al muchacho. Cuando tenga más práctica, probabl¬mente aprenderá las artes del engaño, a ocultar ciertos hechos, a no registrar otros. A partir de ahora, todas las instrucciones que dé contendrán tal vez las semillas de su propia destrucción. Eso nunca lo sabremos. Y por más cuidado que tengamos, un día Multivac conseguirá burlarnos. Creo, señor Gulliman, que usted será el último presidente de esta organización.
Gulliman aporreó furioso su mesa.
—Pero, ¿por qué, pregunto yo? ¿Por qué hace eso? ¿Qué le ocurre? ¿No podemos repararla?
—No lo creo —repuso Othman, dominado por una callada desesperación—. Nunca había tenido en cuenta tal posibilidad. Sin embargo, ahora, al pensarlo, estoy convencido que hemos llegado al fin, precisamente porque Multivac es demasiado buena. Multivac se ha hecho tan complicada que sus reacciones ya no son las propias de una máquina, sino las de un ser viviente.
Gulliman le miró antes de decirle:
—Está usted loco. Pero..., ¿y qué si fuese así?
—Durante más de medio siglo Multivac ha tenido que cargar con todas las preocupaciones de la Humanidad. Le hemos pedido que velase por todos nosotros, por todos y cada uno de nosotros. Le hemos confiado todos nuestros secretos; le hemos hecho absorber nuestra maldad y defendernos de ella. Cada uno de nosotros acudimos a ella con nuestras aflicciones, aumentando su enorme fárrago. Y ahora nos proponemos hacer cargar también a Multivac, a esta criatura viva, con el fardo de la enfermedad humana. —Othman se interrumpió un momento, antes de proseguir con excitación—: Señor Gulliman, Multivac está harta de cargar con todos los males del mundo.
—Esto es una locura. Una completa locura —masculló Gulliman.
—En ese caso, permítame que le demuestre algo muy importante. Vamos a hacer una prueba. ¿Me permite usted que utilice la línea de Multivac que tiene en su despacho?
—¿Para qué?
—Para hacer una pregunta a Multivac que nadie le ha hecho jamás.
—Supongo que no le será perjudicial —preguntó Gulliman, alarmado.
—No. Pero nos dirá lo que deseamos saber.
El presidente vaciló un momento. Luego dijo:
—Adelante.
Othman se dirigió a la terminal que Gulliman tenía sobre la mesa. Sus dedos teclearon diestramente, formando la pregunta:
«Multivac, ¿qué es lo que deseas?»
El momento que transcurrió entre pregunta y respuesta les pareció interminable, pero Othman y Gulliman no se atrevían ni a respirar.
Se oyó un clic y surgió una tarjeta. Muy pequeña. Sobre ella, con letras muy claras, se hallaba la respuesta:
«Deseo morir.»