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El gran cambiazo - Roald Dahl (Primera Parte)

Había unas cuarenta personas en el cóctel que Jerry y Samantha daban aquella noche. Era la gente de siempre, la incomodidad de siempre, el horrible ruido de siempre. Los invitados tenían que apretujarse unos contra otros y hablar a gritos para hacerse oír. Muchos sonreían, mostrando unos dientes blancos y empastados. La mayoría de ellos tenía un cigarrillo en la mano izquierda y una copa en la derecha.

Me aparté de mi esposa, Mary, y su grupo y me dirigí hacia el pequeño bar que había en un rincón. Al llegar a él, me senté en un taburete de cara a la concurrencia. Lo hice para poder mirar a las mujeres. Me acomodé con los hombros apoyados en la barra, bebiendo sorbos de mi whisky escocés y examinando a las mujeres, una a una, por encima del borde de mi vaso.

No estudiaba sus figuras, sino sus rostros, y lo que me interesaba de ellos no era tanto el rostro en sí como la boca grande y roja que había en la mitad del mismo. Y ni siquiera me interesaba la boca en su totalidad, sino únicamente el labio inferior. Recientemente había decidido que el labio inferior era el gran revelador. Revelaba más cosas que los ojos. Los ojos ocultaban sus secretos. El labio inferior ocultaba muy poco. 

Ahí estaba, por ejemplo, el labio inferior de Jacinth Winkleman, que era el invitado que se encontraba más cerca de mí. Observen las arrugas que hay en aquel labio, vean cómo algunas son paralelas y otras se extienden hacia fuera. No hay dos personas que tengan las mismas arrugas en los labios y, ahora que lo pienso, eso serviría para capturar a un criminal si existiera un registro de huellas labiales y él se hubiese tomado una copa en el lugar del crimen. 

El labio inferior es el que chupas y mordisqueas cuando algo te perturba, y eso era precisamente lo que Martha Sullivan hacía en aquel momento, mientras contemplaba desde lejos cómo a su marido se le caía la baba mientras hablaba con Judy Martinson. Te pasas la lengua por él cuando estás caliente. 

Pude ver que Ginny Lomax se lamía el suyo con la puntita de la lengua mientras se encontraba al lado de Ted Dorling y le miraba fijamente a la cara. Se lo lamía de forma deliberada, sacando la lengua lentamente y mojando el labio inferior en toda su longitud. Vi que Ted Dorling miraba la lengua de Ginny, lo cual era justamente lo que ella quería que hiciese.

Mientras mis ojos iban escudriñando el labio inferior de todos los presentes, me dije que, al parecer, era verdad que todas las características menos atractivas del animal humano (la arrogancia, la rapacidad, la glotonería, la lascivia y demás) se reflejan claramente en ese pequeño carapacho de piel escarlata. Pero es necesario conocer el código. 

Se supone que el labio inferior protuberante o abultado significa sensualidad. Pero eso es solo una verdad a medias en el caso de los hombres y una falsedad total en el caso de las mujeres. En ellas lo que hay que observar es la línea de piel, el estrecho filo con el borde inferior claramente delineado. Y en la ninfomaníaca hay una diminuta cresta de piel, apenas perceptible, en la parte superior del centro del labio inferior.

Samantha, mi anfitriona, la tenía.

¿Dónde estaría ahora Samantha?

Ah, allí estaba, cogiendo una copa vacía de manos de un invitado. Ahora se acercaba hacia donde me encontraba yo, con la intención de llenarla de nuevo.

—Hola, Vic —dijo—. ¿Estás solito?

«Desde luego es una ninfo —me dije—. Aunque un ejemplar muy raro de la especie, puesto que es entera y absolutamente monógama. Es una ninfo monógama y casada que nunca sale de su propio nido. También es la hembra más apetitosa sobre la que jamás haya puesto los ojos en toda mi vida».

—Deja que te ayude —dije, levantándome y cogiéndole el vaso de la mano—. ¿Qué hay que echar aquí dentro?

—Vodka con hielo —dijo Samantha—. Gracias, Vic —apoyó un brazo largo y blanco, precioso, sobre el mostrador y se inclinó hacia adelante hasta que su seno se apoyó en la barra, apretándose hacia arriba.

—¡Vaya! —exclamé al ver que un poco de vodka iba a parar al suelo.

Samantha me miró con sus ojazos castaños, pero no dijo nada.

—Ya lo limpiaré yo mismo —dije.

Cogió la copa llena de mis manos y se alejó. La seguí con la vista. Llevaba unos pantalones negros. Se ceñían a las nalgas de tal forma que cualquier granito o lunar, por pequeño que fuese, se habría notado a través de la ropa. Pero Samantha Rainbow no tenía ningún defecto en el trasero. De pronto me di cuenta de que me estaba lamiendo el labio inferior.

«De acuerdo —pensé—. La deseo. Me apetecería acostarme con esa mujer. Pero es demasiado arriesgado intentarlo. Sería un suicidio echarle un tiento a una chica como esa. En primer lugar, vive en la casa de al lado, lo cual es demasiado cerca. En segundo lugar, es monógama, como ya he dicho. En tercer lugar, ella y Mary, mi mujer, son uña y carne. Siempre están intercambiando oscuros secretos femeninos. En cuarto lugar, Jerry, su marido, es un viejo y buen amigo mío y ni siquiera yo, Víctor Hammond, aunque arda en deseos, soñaría en tratar de seducir a la esposa de un hombre que es un gran amigo y confía en mí.

A menos que...».

En aquel momento, mientras desde el taburete del bar me comía con los ojos a Samantha Rainbow, una idea interesante empezó a filtrarse silenciosamente en la parte central de mi cerebro. Permanecí donde estaba, dejando que la idea fuera ensanchándose. Miré a Samantha, que se encontraba en el otro extremo de la habitación, y me puse a encajarla en el marco de la idea. Oh, Samantha, mi hermosa y jugosa joya, aún serás mía.

Pero ¿podía alguien albergar seriamente la esperanza de que semejante locura diese resultado?

No, ni siquiera disponiendo de un millón de noches.

Ni tan solo podía intentarse, a menos que Jerry estuviera de acuerdo. Así pues, ¿por qué pensar en ello?

Samantha se encontraba a unos seis metros de mí, hablando con Gilbert Mackesy. Los dedos de su mano derecha se curvaban en torno a una copa. Eran unos dedos largos y estaba casi convencido de que también eran diestros.

Suponiendo, solo para divertirse haciendo conjeturas, que Jerry se mostrase de acuerdo, incluso entonces habría obstáculos gigantescos en el camino. Había que tener en cuenta, por ejemplo, el pequeño detalle de las características físicas. En el club había visto muchas veces a Jerry duchándose después de una partida de tenis pero, en aquel momento, no hubiese podido recordar los detalles necesarios aunque en ello me fuese la vida. No era la clase de cosa en la que uno se fijaba demasiado. Generalmente uno ni siquiera miraba.

De todos modos, sería una locura sugerirle el asunto a Jerry a quemarropa. No le conocía tanto como para hacer algo así. Podía sentirse horrorizado. Incluso podía ponerse desagradable. Cabía la posibilidad de que se produjese una escena poco grata. Así pues, antes tenía que ponerle a prueba de una manera sutil.

—¿Sabes una cosa? —le dije a Jerry cerca de una hora después, cuando estábamos sentados los dos en el sofá, tomándonos la última copa. Los invitados empezaban a marcharse y Samantha estaba al lado de la puerta despidiéndose de ellos. Mary, mi mujer, estaba fuera en la terraza conversando con Bob Swain. Podía verlos a través de la puerta ventana, que estaba abierta—. ¿Sabes una cosa divertida? —dije.

—¿Qué es esa cosa divertida? —me preguntó Jerry.

—Un individuo con el que almorcé hoy me contó una historia fantástica. Totalmente increíble.

—¿Qué historia? —dijo Jerry. El whisky ya empezaba a darle sueño.

—Este hombre, el que almorzó conmigo hoy, deseaba terriblemente a la mujer de un amigo suyo, unos vecinos. Y su amigo deseaba con la misma intensidad a la mujer del hombre con el que almorcé hoy. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—¿Quieres decir que dos individuos que vivían cerca el uno del otro deseaban cada uno a la esposa del otro?

—Precisamente —dije.

—Entonces no había problema —dijo Jerry.

—Había un problema muy gordo —dije—. Las dos esposas eran muy fieles y honorables.

—Samantha también lo es —dijo Jerry—. No miraría a otro hombre.

—Mary tampoco —dije—. Es una buena chica.

Jerry apuró su copa y depositó cuidadosamente el vaso sobre la mesita que había delante del sofá.

—¿Y qué pasó en esa historia? —dijo Jerry—. Seguramente algo picante.

—Lo que pasó —dije— fue que ese par de cachondos tramaron un plan que permitió que cada uno de ellos retozara con la mujer del otro sin que esta se diese cuenta. ¿Eres capaz de creer una cosa así?

—¿Utilizaron cloroformo? —preguntó Jerry.

—Nada de cloroformo. Las dos estuvieron totalmente conscientes.

—Imposible —dijo Jerry—. Alguien te ha tomado el pelo.

—No lo creo —dije—. A juzgar por la forma en que ese hombre me lo contó, con toda suerte de detalles y demás, no creo que estuviese inventando la historia. De hecho, estoy seguro de que no la inventó. Y escúchame bien: ¡ni tan siquiera se limitaron a hacerlo una sola vez! ¡Llevan meses haciéndolo cada dos o tres semanas!

—¿Y ellas sin enterarse?

—Ni la menor sospecha.

—Tengo que oír esa historia —dijo Jerry—. Primero tomemos otra copa.

Nos acercamos al bar y volvimos a llenar nuestras copas; luego regresamos al sofá.

—No debes olvidar —dije— que fueron necesarios muchos preparativos y mucho ensayar antes de poner en práctica el plan. Y los dos hombres tuvieron que intercambiar muchos detalles íntimos para que el plan tuviera una oportunidad de dar resultado. Pero la parte esencial del plan era sencilla:

»Señalaron una noche, digamos que la del sábado. Aquella noche los dos matrimonios tenían que acostarse como de costumbre, supongamos que a las once o a las once y media.

»A partir de aquel momento seguirían la rutina normal. Leerían un poco, tal vez charlarían un rato y luego apagarían la luz.

»Tan pronto como la luz estuviera apagada, los maridos darían media vuelta y fingirían dormirse. El objeto de eso era impedir que las esposas pidieran guerra, cosa que en esa etapa no debe permitirse bajo ningún concepto. De modo que las esposas se durmieron también. Pero los maridos permanecieron despiertos. Hasta aquí, bien.

»Luego, exactamente a la una de la madrugada, cuando las esposas estuvieran profundamente dormidas, los dos maridos tenían que levantarse sin despertarlas, ponerse las zapatillas y bajar en pijama. Luego abrirían la puerta principal y saldrían a la calle cuidando de no cerrar la puerta tras de sí.

»Vivían —proseguí— en la misma calle, casi enfrente el uno del otro. El barrio era residencial, muy tranquilo, y raramente pasaba alguien a aquella hora. Así que las dos figuras furtivas en pijama se encontrarían al cruzar la calle, cada uno camino de otra casa, de otra cama, de otra mujer».

Jerry me escuchaba atentamente. Tenía los ojos algo vidriosos a causa del alcohol, pero no se perdía una sola palabra.

—Lo que venía a continuación —dije— había sido preparado meticulosamente por ambos hombres. Cada uno de ellos conocía el interior de la casa del otro casi tan bien como la suya propia. Sabía cómo abrirse paso en la oscuridad, tanto abajo como en el piso de arriba, sin derribar ningún mueble. Sabía cómo llegar a la escalera y exactamente cuántos peldaños había hasta arriba y cuáles de ellos crujían y cuáles no. Sabía en qué lado de la cama dormía la mujer que estaba arriba.

»Cada uno se quitó las zapatillas, las dejó en el vestíbulo y luego, con los pies desnudos y enfundado en el pijama, subió sigilosamente al piso de arriba. Esta parte del plan, según me dijo mi amigo, resultaba bastante excitante. Se encontraba en una casa oscura y silenciosa, una casa que no era la suya, y para llegar al dormitorio principal tenía que pasar nada menos que por delante de tres dormitorios infantiles, cuyas puertas quedaban siempre ligeramente entreabiertas.

—¡Niños! —exclamó Jerry—. ¡Dios mío! ¿Y si uno de los pequeños llega a despertarse y preguntara «Papá, ¿eres tú?»?

—Ya habían pensado en esa contingencia —dije—. En tal caso, inmediatamente habría entrado en funcionamiento un plan de emergencia. También en el caso de que la mujer, justo en el momento de entrar él en la alcoba, se hubiese despertado y preguntara «Cariño, ¿qué ocurre? ¿Qué haces dando vueltas por ahí?». También entonces habrían recurrido al plan de emergencia.

—¿Qué plan de emergencia? —preguntó Jerry.

—Muy sencillo —repuse—. El hombre hubiese bajado inmediatamente y, tras salir de la casa y cruzar la calle, habría llamado al timbre de su propia casa. Esta era la señal para que el otro personaje, sin importar lo que estuviese haciendo en aquel momento, bajara también corriendo, abriera la puerta y dejase entrar al otro mientras él salía. De esta forma los dos regresarían rápidamente a sus propias casas.

—Y se descubriría el pastel —dijo Jerry.

—Nada de eso —dije.

—El timbre habría despertado a toda la casa —dijo Jerry.

—Desde luego —dije—. Y el marido, al volver arriba en pijama, se limitaría a decir «He bajado a ver quién diablos llamaba al timbre a horas tan intempestivas. No había nadie. Debe de haber sido algún borracho».

—¿Y qué me dices del otro tipo? —preguntó Jerry—. ¿Cómo le explica a su mujer o a su hijo el hecho de que bajara corriendo a abrir la puerta?

—Pues diciéndole «Oí que alguien merodeaba por el jardín, así que bajé corriendo para echarle el guante, pero se me escapó». «¿Has llegado a verle?», le preguntaría la esposa llena de ansiedad. «Por supuesto que le he visto», contestaría el marido. «Ha huido a todo correr calle abajo. Demasiado rápido para mí». Después de lo cual el marido sería felicitado por su valor.

—De acuerdo —dijo Jerry—. Esa es la parte fácil. Hasta aquí todo es cuestión de planear bien las cosas y llevarlas a cabo en el momento preciso. Pero ¿qué sucede cuando cada uno de estos dos personajes cornudos se mete en la cama con la mujer del otro?

—Pues ponen manos a la obra sin perder un segundo —dije.

—Pero si las mujeres están durmiendo —dijo Jerry.

—Ya lo sé —dije—. De modo que inmediatamente inician los prolegómenos del amor, de manera dulce pero habilidosa y, cuando las dos damas despiertan del todo, están tan calientes como serpientes de cascabel.

—Supongo que todo ello se hace sin hablar —dijo Jerry.

—Ni una palabra.

—De acuerdo. Así que ya tenemos a las esposas despiertas —dijo Jerry—. Y sus manos se ponen a trabajar. Pues bien, para empezar, ¿qué me dices de la sencilla cuestión del tamaño del cuerpo? ¿Qué me dices de la diferencia entre el hombre nuevo y el marido? ¿Qué me dices sobre detalles como el que el marido sea alto o bajo, gordo o flaco? No irás a decirme que estos hombres eran físicamente idénticos.

—Idénticos no, evidentemente —dije—. Pero eran de estatura y complexión más o menos parecida. Ese punto es esencial. Ninguno de los dos llevaba barba y ambos tenían aproximadamente la misma cantidad de pelo en la cabeza. Esa clase de parecido es corriente. Aquí estamos tú y yo, por ejemplo. Más o menos tenemos la misma estatura y la misma complexión, ¿no es verdad?

—¿Lo es? —dijo Jerry.

—¿Cuánto mides? —preguntá.

—Exactamente uno ochenta.

—Yo uno setenta y ocho —dije—. Apenas hay diferencia. ¿Cuánto pesas?

—Ochenta y cuatro kilos.

—Yo peso ochenta y tres —dije—. ¿Qué es un kilo entre amigos?

Hicimos una pausa y Jerry miró por la puerta ventana hacia la terraza, donde Mary, mi esposa, seguía hablando con Bob Swain y el sol del atardecer arrancaba destellos de su pelo. Mary era una chica morena, bonita y dueña de un hermoso busto. Observé a Jerry. Vi que sacaba la lengua y recorría con ella la superficie del labio inferior.

—Supongo que tienes razón —dijo Jerry, sin dejar de mirar a Mary—. Supongo que tú y yo somos más o menos de la misma estatura —al volverse nuevamente de cara a mí observé que tenía las mejillas encarnadas—. Sigue contándome lo de esos dos hombres —dijo—. ¿Qué me dices de algunas de las otras diferencias?

—¿Te refieres a las caras? —dije—. Nadie puede verte la cara en la oscuridad.

—No me refiero a sus caras —dijo Jerry.

—Entonces, ¿a qué te refieres?

—Me refiero a sus pichas —dijo Jerry—. De eso se trata, ¿no es así? Y no irás a decirme que...

—Oh, sí, sí voy a decírtelo —dije—. Mientras ambos hombres estuviesen circuncidados o no, no había realmente ningún problema.

—¿Pretendes que me crea que todos los hombres tienen el mismo tamaño de picha? —preguntó Jerry—. Pues no es así.

—Ya sé que no es así —dije.

—Algunas son enormes —dijo Jerry—. Y algunas son pequeñísimas.

—Siempre hay excepciones —le dije—. Pero te llevarías una sorpresa si supieses cuántos hombres tienen virtualmente las mismas medidas, centímetro más, centímetro menos. Según mi amigo, el noventa por ciento son normales. Solo el diez por ciento son notablemente grandes o pequeñas.

—No me lo creo —dijo Jerry.

—Compruébalo alguna vez —dije—. Pregúntaselo a alguna chica que esté muy viajada.

Jerry bebió lentamente un largo sorbo de whisky y sus ojos volvieron a mirar a Mary por encima del borde de la copa.

—¿Y qué hay del resto? —preguntó.

—No es problema —dije.

—¡Que no es problema! —exclamó—. ¿Quieres que te diga por qué esa historia es una patraña?

—Adelante.

—Todo el mundo sabe que una mujer y un hombre que llevan casados algunos años crean una especie de rutina. Es inevitable. ¡Dios mío! Un nuevo operario sería detectado inmediatamente. Sabes de sobra que es así. No puedes aparecer con un estilo totalmente distinto y esperar que la mujer no se dé cuenta, por muy caliente que esté. ¡Se lo olería enseguida!

—Una rutina puede duplicarse —dije—. Basta con que antes se describa cada uno de sus detalles.

—Eso resulta un poquito personal —dijo Jerry.

—Todo el asunto es personal —dije—. Así que cada hombre cuenta su historia. Cuenta detalladamente lo que suele hacer. Lo cuenta todo. Sin olvidar nada. Ni el menor detalle. Toda la rutina desde el principio hasta el fin.

—¡Jesús! —exclamó Jerry.

—Cada uno de estos dos hombres —dije— tuvo que aprenderse un papel nuevo. En efecto, tuvo que convertirse en actor, puesto que iba a encarnar otro personaje.

—No es tan fácil eso —dijo Jerry.

—No es ningún problema, según mi amigo. La única cosa que había que vigilar era no dejarse llevar por el entusiasmo y ponerse a improvisar. Había que seguir al pie de la letra las instrucciones del director de escena, sin separarse un ápice de ellas.

Jerry bebió otro trago de whisky. También echó otro vistazo a Mary, que seguía en la terraza. Luego se reclinó en el sofá, con la copa en la mano.

—Estos dos personajes —dijo—. ¿Pretendes decirme que realmente lo consiguieron?

—Estoy seguro de ello —dije—. Todavía lo hacen. Una vez cada tres semanas o así.

—¡Qué historia más fantástica! —exclamó Jerry—. ¡Y qué cosa más peligrosa! Imagínate la que se armaría si te atrapasen. Divorcio inmediato. Mejor dicho, dos divorcios. Uno en cada lado de la calle. No vale la pena.

—Se necesitan muchos redaños —dije.

—La fiesta está terminando —dijo Jerry—. Cada quisque se vuelve a su casita con su condenada esposa.

No dije nada más del asunto. Permanecimos sentados durante otro par de minutos, bebiendo nuestras copas mientras los invitados comenzaban a moverse hacia el vestíbulo.

—¿Te dijo que resultaba divertido... ese amigo tuyo? —preguntó Jerry de pronto.

—Dijo que se lo pasaba bomba —contesté—. Dijo que todos los placeres normales se intensificaban en un ciento por ciento debido al riesgo. Juró que era la mejor forma de hacerlo que hay en el mundo: hacerse pasar por el marido sin que la mujer se entere.

En aquel momento Mary entró por la puerta ventana en compañía de Bob Swain. Llevaba una copa vacía en la mano y una azalea roja como el fuego en la otra. Había cogido la azalea en la terraza.

—Te he estado observando —dijo, apuntándome con la flor como si fuese una pistola—. Apenas has parado de hablar durante los últimos diez minutos. ¿Qué te ha estado contando, Jerry?

—Un chiste verde —repuso Jerry, sonriendo.

—Siempre hace lo mismo cuando bebe —dijo Mary.

—El chiste es bueno —dijo Jerry—. Pero totalmente imposible. Haz que te lo cuente algún día.

—No me gustan los chistes verdes —dijo Mary—. Vamos, Vic. Ya es hora de irnos.

—No os vayáis aún —dijo Jerry, clavando los ojos en el espléndido seno de Mary—. Tomaos otra copa.

—No, gracias —dijo Mary—. Los niños estarán pidiendo la cena a gritos. Lo he pasado muy bien.

—¿No vas a darme el beso de las buenas noches? —preguntó Jerry, levantándose del sofá. Buscó la boca de Mary, pero ella volvió rápidamente la cabeza y solo pudo rozarle la mejilla.

—Márchate, Jerry —dijo ella—. Estás bebido.

—Bebido, no —dijo Jerry—. Solamente salido.

—No te pongas salido conmigo, muchacho —dijo secamente Mary—. Detesto esta clase de conversaciones —se alejó de nosotros, llevando el seno ante sí como si se tratara de un ariete.

—Hasta la vista, Jerry —dije—. Bonita fiesta.

Mary me estaba esperando en el vestíbulo con cara de pocos amigos. Samantha también estaba allí, despidiendo a los últimos invitados: Samantha con sus dedos diestros y su piel tersa y sus muslos tersos, peligrosos.

—Anímate, Vic —me dijo, mostrándome sus blancos dientes. Parecía la creación, el principio del mundo, la primera mañana—. Buenas noches, Vic, querido —dijo, moviendo sus dedos en mis partes vitales.

Salí de la casa detrás de Mary.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

—Sí —dije—. ¿Por qué no?

—Lo que llegas a beber pondría malo a cualquiera —dijo.

Un seto viejo y esmirriado separaba nuestra casa de la de Jerry y en él había un boquete que nosotros utilizábamos siempre. Mary y yo cruzamos el boquete en silencio. Entramos en casa y Mary preparó un montón de huevos revueltos con tocino y nos lo comimos con los niños.

Después de cenar salí a dar una vuelta por el jardín. Era una tarde de verano despejada y fresca y, como no tenía nada más que hacer, decidí cortar el césped de la parte delantera. Saqué el cortacésped del cobertizo y lo puse en marcha. Luego inicié la vieja rutina de marchar arriba y abajo detrás de la máquina. Me gusta cortar el césped. Es una operación que sosiega y, desde la parte delantera de nuestro jardín, siempre puedo mirar hacia la casa de Samantha al ir en una dirección y pensar en ella al volver en dirección opuesta.

Llevaba unos diez minutos manejando el cortacésped cuando Jerry entró por el boquete del seto. Fumaba en pipa, con las manos en los bolsillos y se detuvo al borde del césped, contemplándome. Me detuve ante él, pero dejé el motor en marcha.

—Hola, chico —dijo—. ¿Qué tal anda todo?

—Estoy en desgracia —dije—. Y tú también.

—Tu mujercita —dijo—, es increíble lo remilgada y gazmoña que llega a ser.

—Oh, eso ya lo sabía.

—Me riñó en mi propia casa —dijo Jerry.

—No mucho.

—Lo suficiente —dijo, sonriendo levemente.

—¿Lo suficiente para qué?

—Para hacerme desear una pequeña revancha a costa suya. Así que, ¿qué te parecería si te sugiriese que probásemos suerte con eso de lo que te habló tu amigo a la hora de almorzar?

Cuando le oí decir aquello me invadió una excitación tan grande que el estómago estuvo a punto de salirme por la boca. Así con fuerza el manillar del cortacésped y aceleré el motor.

—¿He dicho alguna inconveniencia? —preguntó Jerry. No contesté.

—Escúchame —dijo—, si crees que es una idea asquerosa, olvidemos que la he mencionado y se acabó. No estarás enfadado conmigo, ¿eh?

—No estoy enfadado contigo, Jerry —dije—. Es solo que no se me había ocurrido que nosotros debiéramos probarlo.

—Pues a mí sí se me ha ocurrido —dijo—. El escenario es perfecto. Ni siquiera tendríamos que cruzar la calle —la cara se le había iluminado de repente y sus ojos relucían como dos estrellas—. ¿Qué me dices, entonces, Vic?

—Estoy pensando —repuse.

—A lo mejor es que Samantha no te tienta.

—No lo sé, honradamente —dije.

—Con ella se lo pasa uno de maravilla —dijo Jerry—. Te lo garantizo.

En aquel momento vi que Mary salía al porche delantero.

—Ahí está Mary —dije—. Andará buscando a los niños. Ya volveremos a hablar del asunto mañana.

—Entonces... ¿trato hecho?

—Podría ser, Jerry. Pero solo con la condición de que no nos precipitemos. Antes de empezar quiero estar completamente seguro de que todo vaya a salir bien. ¡Maldita sea! ¡Estas cosas son totalmente nuevas para mí! ¡Podríamos pillarnos los dedos!

—¡Nada de eso! —dijo—. Tu amigo dice que se lo pasan bomba; y que, además, es la mar de fácil.

—Ah, sí —dije—. Mi amigo. Desde luego. Pero cada caso es distinto.

Apreté el acelerador del cortacésped y salí disparado hacia el otro extremo del jardín. Cuando llegué allí y me volví, Jerry ya había cruzado el boquete del seto y se dirigía hacia la puerta principal de su casa.

El siguiente par de semanas fue un período de mucho conspirar para Jerry y para mí. Celebramos reuniones secretas en bares y restaurantes con el objeto de preparar la estrategia, y, a veces, él se dejaba caer por mi oficina después del trabajo y trazábamos planes a puerta cerrada. Siempre que surgía algún punto dudoso, Jerry decía: «¿Cómo lo resolvió tu amigo?». Y yo, tratando de ganar tiempo, le contestaba: «Le llamaré para preguntárselo».

Después de numerosas conferencias y de mucho hablar, acordamos los siguientes puntos principales:

  1. Que el día «D» fuese un sábado.

  2. Que la noche del día «D» llevaríamos a nuestras esposas a cenar en un buen restaurante, los cuatro juntos.

  3. Que Jerry y yo saldríamos de casa y cruzaríamos el boquete del seto a la una en punto de la madrugada.

  4. Que en lugar de acostarnos en la cama a oscuras hasta la una, los dos, en cuanto nuestras esposas se durmieran, bajaríamos sin hacer ruido a la cocina y beberíamos café.

  5. Que recurriríamos al timbre de la puerta en el supuesto de que se presentara algún imprevisto.

  6. Que la hora de volver a nuestras respectivas casas a través del seto serían las dos de la madrugada.

  7. Que durante nuestra permanencia en cama ajena a las preguntas de la mujer (si las había) contestaríamos con un «¡Hum!» pronunciado con los labios bien apretados.

  8. Que yo debía renunciar inmediatamente a los cigarrillos y habituarme a fumar en pipa para «oler» igual que Jerry.

  9. Que inmediatamente empezaríamos a usar las mismas marcas de brillantina y loción para después del afeitado.

  10. Que, en vista de que ambos nos acostábamos sin quitarnos el reloj de pulsera y que el mío y el suyo tenían más o menos la misma forma, no los intercambiaríamos. Ninguno de los dos llevaba anillo.

  11. Que cada uno de nosotros debía llevar encima algo insólito que la mujer identificase sin lugar a dudas con su propio marido. Por consiguiente, inventamos lo que dimos en llamar «El truco del esparadrapo». Consistía en lo siguiente: la noche del día «D», cuando los dos matrimonios llegasen a casa procedentes del restaurante, ambos maridos iríamos a la cocina diciendo que nos apetecía un poco de queso. Una vez en la cocina, los dos nos pegaríamos un trozo grande de esparadrapo en el dedo índice de la mano derecha. Luego, al volver junto a nuestras respectivas esposas, les mostraríamos el dedo y diríamos: «Me he cortado. No es nada, pero sangra un poco». De esta manera, cuando al cabo de un rato cambiáramos de cama, las dos mujeres notarían claramente el esparadrapo (el hombre se cuidaría de que así fuera) y lo asociarían directamente con su propio esposo. Se trataba de una importante estratagema psicológica, calculada para disipar cualquier sospecha, por pequeña que fuese, que pudiera entrar en el cerebro de las dos hembras.

     

     (CONTINUARÁ...)

Sombras es la carretera - Robert Colby

Scott Bender aceleró el pequeño sedán gris a través del desierto de Mojave, poniéndolo a ciento veinte por hora y conduciéndolo con una sola mano al volante. Bostezó y miró de soslayo el sol poniente, que finalmente cedió con un último parpadeo rojizo, desapareciendo tras una distante montaña.

Scott se sentía molesto por aquel terreno llano, por aquel calor insoportable, por la estrecha, recta y alargada carretera; por el sonido desgarrador del aire, por el zumbido del motor. Agotado por las largas horas de conducción a través del desierto, todo le costaba un gran esfuerzo, incluso hablar a su compañero. 

Doyle Lindsey estaba repantigado en el asiento, junto a él, fumando con gesto de mal humor, con los pies, que sólo llevaban puestos los calcetines, apoyados sobre el salpicadero.

Los dos hombres tenían alrededor de los treinta y cinco años. Scott Bender era el más bajo: de complexión fornida y sólida, actitud engañosamente apacible, tenía unos rasgos rechonchos y agradables y una ondulada cresta de abundante pelo rubio. 

Doyle Lindsey era alto, de pelo negro, y se mantenía perpetuamente delgado. Tenía un rostro alargado, de mejillas hundidas y ojos negros y malhumorados. Desde que habían dejado atrás las afueras de Phoenix, Doyle se había mantenido alegre, pero ahora, al igual que Scott, sólo era una víctima del aplastante calor y de la monotonía.

—Tendríamos que haber cambiado este trasto por otro nuevo —dijo Scott al cabo de un rato—. Algo que fuera grande y brillante, con aire acondicionado —añadió, elevando su voz por encima de los sonidos del viento y del motor.

Doyle echó una bocanada de humo y se quedó mirando fijamente la carretera. Al parecer, no había escuchado a su compañero, o bien no se sentía con ánimos de contestar. Pero, al cabo de un momento, dijo deliberadamente:

—No, estás en un error, Scott. No teníamos por qué cambiar esta basura por un trasto nuevo con aire acondicionado.

—¿Por qué no? Hemos conseguido un botín lo bastante bueno como para comprar lo mejor, ¿no es cierto?

—No se trata de eso —dijo Doyle inclinando la cabeza para mirar a Scott—. Un par de tipos que apenas estaban ganando diez de los grandes al año no se marchan de la ciudad conduciendo un automóvil de rico sin levantar sospechas.

—Sí, eso es cierto —dijo Scott, asintiendo con un movimiento de cabeza—, pero escucha, vamos a tener que pagar mucho por un coche americano nuevo en México..., quizá el doble.

—Cuando llegue el momento —dijo Doyle—, volaremos a San Diego y compraremos uno allí.

Scott y Doyle habían informado casualmente a sus amigos y colaboradores de que irían a México, para hacer un viaje de placer por el país, vía Juárez, pero por temor a un repentino descubrimiento y a la persecución subsiguiente, alteraron secretamente su plan y atravesaron California hacia el oeste, para cruzar la frontera en Tijuana.

—No tenemos ninguna prisa por gastar el botín —siguió diciendo Doyle—. Lo hemos conseguido, independientemente de cómo lo repartamos.

—Será mejor partirlo por partes iguales, mitad y mitad —observó Scott haciendo una mueca.

En el crepúsculo, la carretera se desplegaba hasta el horizonte, sin una sola curva; el paisaje, gris y árido, se extendía en forma de llanura desértica hasta las abultadas y lejanas montañas; la desolada vista que se les ofrecía hasta el fondo sólo se veía aliviada por poco más que unos supervivientes tan duros como la yuca, los cactos y los hierbajos.

—¿Tenemos bastante combustible? —preguntó Doyle.

—Más de la mitad del depósito —informó Scott.

—Eso está bien. Apuesto a que tenemos ante nosotros cuarenta y cinco kilómetros de nada hasta llegar a la próxima gasolinera.

—Eso quizá fuera así en otros tiempos, pero no ahora. Mira eso.

Scott señaló un enorme cartel que dominaba la parte derecha de la carretera situada ante ellos y leyó en alta voz:

—¡Alto! ¡A cinco kilómetros! DESERT MIRAGE MOTEL (demasiado bueno para ser cierto). Habitaciones lujosas y climatizadas; exquisita comida; su bebida favorita servida en el frío y sombreado Salón de Ensueño. Servicios de combustible y reparación.

—¿Qué te parece eso? —gruñó Doyle—. En medio del maldito desierto.

—Cualquier cosa, en cualquier parte, por un dólar —dijo Scott, riendo.

—Si tiene buen aspecto, detengámonos —dijo Doyle—. Estoy harto y me gusta pensar en esa bebida favorita.

—Yo preferiría atravesar la frontera cuanto antes, aunque tengamos que conducir toda la noche.

—Nos pasamos dos semanas sudando la gota gorda en Phoenix, trabajando en lo de siempre, mientras los de la bofia ponían la ciudad patas arriba para encontrar una pista decente, y ahora tienes tanta prisa, ¿a qué se debe?

—Está bien, daremos un vistazo. Pero no será una gran cosa, enterrado aquí, en esta zona salvaje rodeada de arena.

—¿Has estado en Las Vegas últimamente? Pues ese enorme tapete verde fue construido en una zona salvaje rodeada de arena como esta, para que lo sepas, explorador.

El motel Desert Mirage era una extensa y baja estructura de modernizado estilo oriental, con un tejado de color verde jade, salpicado de manchas de color bermellón. Surgió de súbito del estéril paisaje del desierto, tan sorprendente e irreal como si se encontrara uno con una gran mansión anclada en medio del océano.

—No me lo puedo creer —dijo Doyle—, pero vamos a ver si es verdad. Acércate rápido antes de que desaparezca.

Al llegar a su altura, Scott aminoró la marcha, introduciendo el vehículo en la larga curva de carretera de desviación que, flanqueada por palmeras reales, conducía hacia la entrada.

El vestíbulo era enorme, frío y estaba artificialmente embellecido con azulejos del Lejano Oriente. Desde allí se entraba al restaurante y al Salón de Ensueño. Se acercaron al bar y lo observaron con curiosidad desde la entrada.

Parecía una sala exótica, silenciosa, íntima, con una barra en forma de herradura y unos rincones en forma semicircular, tapizados de terciopelo rojo. Estaba lleno, casi hasta el tope de su capacidad, de viajeros que llevaban puestas las más variadas ropas y bebían alegremente. Frente a la entrada, y en uno de los ángulos del bar, había dos atractivas morenas que les observaron con rápidas miradas. 

Una de ellas esbozó un fragmento de sonrisa cuando su mirada inquisitiva se detuvo sobre los dos hombres que aún permanecían en la entrada. Después, dio un ligero codazo a su compañera. Las dos mujeres se les quedaron mirando descaradamente.

—Van a ver si pueden pescar algo —dijo Scott desde una esquina de su boca—. ¿Seguimos el juego y dejamos que tiren del carrete?

—¿Estás loco? —murmuró Doyle—. Con la mitad de Fort Knox en el coche, primero comprobamos y después jugamos si queremos.

Se volvió y dirigió a Scott hacia el bar.

Ante el mostrador, una pareja estaba siendo inscrita por un empleado. Detrás de él, consulting lo que parecía ser un índice de habitaciones, había un hombre elegante y cuarentón, fastidiosamente embutido en un traje de color beige, con camisa blanca y corbata negra. Espiando a Lindsey y a Bender, les hizo señas para que se acercaran al mostrador.

—¿Una habitación, caballeros? —preguntó con una sonrisa amable que surgió de un rostro enjuto, de fuerte mandíbula, rematado por un abundante pelo rubio muy bien ordenado.

—Sí, nos gustaría una habitación —dijo Doyle.

—Bueno, tiene suerte, señor. Sólo me quedan dos. ¿Quieren las dos? ¿O prefieren compartir una?

—Una habitación de dos camas —contestó Doyle.

—Estupendo —dijo el hombre rubio sacando un bolígrafo y una tarjeta de registro. Doyle rellenó la tarjeta, inscribiendo los dos nombres y una sola dirección, previamente acordada, en Phoenix.

—Tienen ustedes a mucha gente por aquí —observó Scott—. Debe ser nuevo, ¿verdad?

—Sí, señor. Abrí el negocio hace exactamente ocho meses y seis días.

—Entonces, ¿es usted el propietario?

—Así es, y me siento feliz de poderlo decir. Yo mismo he diseñado este lugar y he ayudado a construirlo.

—Pero esto está alejado de todo, en tierra de nadie —dijo Scott, sonriendo—. No comprendo cómo puede trabajar hallándose tan lejos de la civilización.

—Hubo problemas al principio. Pero ahora nos autoabastecemos por completo. Conseguimos nuestra propia agua y generamos la energía que necesitamos.

—¿De verdad? Pues no tengo más remedio que felicitarle, es una verdadera piedra preciosa en medio del desierto, míster...

—Kittredge. Vern Kittredge. Y ahora, háganme saber si hay algo que puedo hacer por ustedes, caballeros.

Osciló hacia un lado, buscó en los casilleros y dejó una llave sobre el mostrador.

Doyle, que había estado escuchando toda la conversación inmerso en un silencio desaprobador, se metió la llave en el bolsillo.

—¿Cuánto le debemos, míster Kittredge?

—Veintisiete cincuenta, con los impuestos —anunció con suavidad míster Kittredge.

Doyle contó el dinero, sacándolo de su cartera.

—Estarán ustedes en la 248 —dijo el propietario—. Está en el segundo piso, hacia el centro del ala derecha del edificio.

—Hasta luego, míster Kittredge —dijo Scott.

Y los dos hombres salieron, dirigiéndose hacia la zona del aparcamiento. Observándoles mientras se retiraban, Vern Kittredge sacudió la cabeza y le dijo a su empleado:

—Todos hacen la misma pregunta: ¿cómo se le ocurrió instalar esto aquí? Creo que si escribiera eso en un folleto me ahorraría cerca de un millón de palabras al mes —se detuvo un momento y después añadió—: Frank, me voy al ático. Denise vendrá a cenar. No volveré a bajar esta noche, a menos que me necesites.

—Sólo nos queda una habitación por alquilar, así es que no creo que necesite mucha ayuda —dijo Frank.

Kittredge se marchó, dirigiéndose hacia su apartamento del ático.

En la habitación 248, Doyle Lindsey estaba colgando un par de trajes en la larga percha del espacioso armario, en una habitación de gruesas alfombras, muebles elegantes y masivos y decoración de buen gusto. El aire frío salía del aparato de aire acondicionado, dotado de pulsadores y capaz también de proporcionar calefacción.

—Creo que sería mejor cortar esa clase de conversaciones con personas como Kittredge —dijo Doyle por encima del hombro, haciendo que sus palabras sonaran como una orden.

—¿Por qué? —preguntó Scott, poniendo cara de enfado.

Doyle cruzó la habitación, dirigiéndose hacia donde habían dejado una abultada maleta, y empezó a sacar objetos de ella, colocándolos en un cajón.

—Porque no deseamos despertar ninguna atención especial —dijo—, y porque no deseamos hacer ninguna falsa amistad comercial con la clase de personas que suelen conocer a la gente al primer vistazo. Para esa clase de gente, nosotros somos un par de sombras... sin rostro, anónimas. Ahora nos ves, ahora no nos ves, y nunca se recuerda nada sobre nosotros.

—Sí —dijo Scott—, supongo que tienes razón. Lo que sucede es que soy demasiado sociable por naturaleza.

—Exactamente —dijo Doyle, encendiendo un cigarrillo—. Eres demasiado sociable, y a veces no demuestras ser muy inteligente. Pero, al menos, escuchas.

—Está bien, muchas gracias.

—De nada.

—No me presiones, Doyle. No me dejaré provocar.

Doyle le ignoró y comenzó a cerrar la gran maleta, aunque todavía contenía algunas de sus ropas y un libro de gran tamaño y tapas duras.

—Vacía el resto de la maleta y daremos un vistazo a la mercancía —dijo Scott.

—No seas infantil. Una vez que la has visto, ya la has visto.

—La mitad del botín es mío..., ¿de acuerdo?

Doyle se encogió de hombros y sacó de su bolsillo un pequeño destornillador. Sacó todo el contenido de la maleta, que dejó sobre la cama, encontró los pequeños tornillos ocultos y quitó el forro del fondo. Al desatornillar el último tornillo dejó al descubierto el extremo de una banda de cuero que, al ser desprendida, dejó ver una cremallera.

Corrió la cremallera... y los dos se quedaron mirando el ordenado jardín de billetes verdes, perfectamente ordenados y empacados. La mayor parte de los billetes eran de elevado valor.

Scott cogió uno de los paquetes de billetes de cien y los pasó ante sus ojos, mostrando los dientes con una sonrisa de alegría.

—Aquí sí que hay coles —murmuró—. Ciento sesenta mil libres de impuestos, a la vieja usanza.

Doyle también sonrió, aunque sólo ligeramente.

—No está mal para un par de gángsters aficionados —dijo.

—Sí —asintió Scott sintiéndose feliz—. El único tanteo posible y limpiamos esa planta de toda la maldita paga. Tengo que felicitarte por eso, Doyle, eres un cerebro y medio cuando se trata de planear un golpe.

—La realización fue pura mecánica —dijo Doyle—. El verdadero genio estuvo en la preparación y la determinación del tiempo. No abandonamos inmediatamente nuestros buenos puestos de trabajo para desvanecernos. Les lavamos antes el cerebro: un par de tipos que no importan a nadie, y que han ahorrado durante años lo suficiente para dar un largo vistazo al mundo, empezando por un económico viaje de placer a México. Como ves, estaban preparados para aceptarlo. Incluso después de haber realizado el robo, servimos perfectamente nuestros propósitos... Trabajamos, como siempre, hasta el último día. Y ahora nos desvanecemos, nos perdemos en alguna parte... y se nos olvidará.

—A menos que los de la bofia encuentren alguna pista —dijo Scott.

—No la encontrarán. Les dimos dos semanas de tiempo y nos quedamos tranquilamente sentados durante todo ese tiempo. Y ellos ni siquiera se acercaron, ni una simple sospecha.

—Seguro que seguimos estando libres de sospechas —dijo Scott.

Volvió a dejar el paquete de billetes en el fondo de la maleta, Doyle la volvió a cerrar, colocó sus pertenencias y dejó la maleta en el armario.

—Y ahora —dijo Doyle frotándose las palmas de las manos—, ponte en movimiento y prepárate. Después, bajaremos y calentaremos un poco a esas dos piezas de ojos grandes que se aburren en el bar.

En la habitación 254, la última disponible del Desert Mirage, se instaló una cama supletoria para acomodar a los tres hombres de mediana edad que acababan de inscribirse en recepción. Se les subió hielo y bebidas a la habitación y ahora los tres hombres, sentados uno frente al otro, en círculo, se estaban sirviendo unas copas, reforzadas con aguardiente.

El trío estaba compuesto por Charlie Sachs, propietario de un pequeño establo de caballos de carreras; su entrenador, Max Hardman, y Sid Lerner, abogado y amigo personal de Charlie Sachs.

Charlie, un hombre barrigudo, de rostro alegre, dejó su bebida sobre la mesa y chupó el puro que estaba fumando.

—Entonces, ¿quién va a dormir en la cama supletoria? —preguntó.

—Tu físico se acomoda perfectamente a ella —dijo Sid Lerner con una mueca, mientras Max Hardman mantenía su habitual impasibilidad.

—Mira lo que vamos a hacer —dijo Charlie—. Nos la sortearemos.

Aparecieron unas monedas que volaron al aire, pendientes todos del cara o cruz. Sid perdió sin molestarse por ello. Después de todo, era el más delgado de los tres.

Al cabo de un rato, el abogado dijo:

—Charlie, quiero saber más de ese arreglo. Ya sabes que no tengo ni idea de caballos. Pero por lo que se está cociendo, la carrera está arreglada para que la gane «Bold Blackie», si es que no se rompe antes una pata, ¿no es cierto?

Charlie dio un bufido, mordió el puro y lanzó una mirada implorante a su entrenador.

—Sid, ya han pasado los días de las carreras arregladas, al menos en el sentido clásico —dijo Max Hardman—. Aquellas típicas regatas terminaron en disputas. No puedes domar a un caballo para hacerle ganar, porque después tiene que pasar una prueba química, una vez terminada la carrera. No, ahora ya nada funciona de ese modo. Se trata de algo mucho más sutil, mucho más difícil de probar y prácticamente legal.

—Escucho —declaró Sid.

—Está bien. En esa carrera del viernes hay otros tres caballos que pueden derrotar a «Bold Blackie». No hay problema con eso. El público apostará por esos tres con ventaja de dos a uno o menos, hasta aproximadamente de cuatro a uno. Por la mañana, «Blackie» estará en ocho a uno y puede elevarse hasta un doce a uno antes de situarte en el poste de salida, especialmente cuando se sepa que el favorito, «Royal Front», hará una gran carrera.

»Pero el propietario de «Royal Front» sabe que su caballo no es tan bueno; puede perder en favor de uno de los otros caballos favoritos en cuanto realice un mal movimiento. Su propietario no deseará arriesgar una apuesta a esos precios. Los otros dos propietarios tendrán mejores ventajas para sus caballos, aunque no lo bastante buenas como para hacerles ganar un buen puñado.

»Entonces, Charlie se reunirá con ellos para tomar unas copas y entre todos decidirán convertir a «Bold Blackie» en ganador cuando las apuestas estén en ocho a uno o más arriba, de modo que todos los propietarios, excepto Charlie, apostarán contra sus propios caballos.

—Es una locura —dijo Lerner—. ¿Y cómo va a saber el caballo que no debe ganar? ¿Es que decís a los jockeys que retengan a sus caballos para que pueda ganar «Blackie»?

—No es exactamente así —dijo Charlie, sonriendo con indulgencia—. El encargado lo desaprobaría y los jockeys no se pueden permitir el lujo de quedarse sin trabajo o de ser eliminados de la pista. No, tal y como dice Max, se trata de algo más sutil. Los otros tres propietarios dicen a sus jockeys que no van a apostar ese viernes; que esperan que ocurra algo bueno en la carrera, para llevarse el jamón a casa.

»Los jockeys no necesitan un papel impreso para saber con exactitud lo que significa eso. Se les paga para proporcionar a los propietarios lo que estos desean, siempre y cuando sea legal y no contravenga las reglas. Así pues, dejan que el caballo haga su propia carrera, sin forzarle. No maniobran para ocupar una mejor posición. Dejan que el caballo se agote antes de llegar a la meta; no intentan hacer nada, no compiten. Y amigo, esa es otra forma de decir que van a perder con toda seguridad, porque se tiene que querer tener buena puntería para dar en el blanco.

»Por otra parte, le digo a mi jockey que ese viernes voy a apostar una buena cantidad y que quiero que haga todo lo posible por ganar. Deseo una carrera lo más inteligente posible, y espero de él que haga cruzar a «Bold Blackie» la meta en primer lugar. «Blackie» puede hacerlo así, siempre y cuando se le dirija bien, porque es el mejor caballo de la carrera.

»Así, con esa clase de arreglo, y teniendo en cuenta que todo estará en contra de los caballos favoritos, podremos ganar un buen puñado el viernes.

—Brindo por eso —dijo Sid Lerner, levantando su copa.

Y todos bebieron.

Doyle Lindsey y Scott Bender durmieron hasta muy tarde y, tras haber perdido lamentablemente el tiempo en la reunión de la noche anterior, siguieron su camino hacia la frontera mexicana pocos minutos antes del mediodía.

Cerca de las tres de la tarde, llegó mistress Trisha Howland, procedente de Los Ángeles, en su espléndido automóvil nuevo, un regalo reciente de su esposo con motivo de su segundo aniversario. 

Trisha tenía veintiocho años y era diecinueve años más joven que Gary Howland. De pelo castaño rojizo, elegante y pequeña, los suaves rasgos de su rostro estaban tensos y mostraban unas profundas ojeras cuando preguntó en el mostrador de recepción, apresurándose después a reunirse con su esposo, que había permanecido encerrado en la habitación 116 desde hacía casi dos días.

Cuando él se acercó a la puerta, abriéndola con gran cautela, ella se descolgó en su interior y los dos se abrazaron, pegándose el uno al otro, en silencio.

—Necesitas un trago —dijo después Gary Howland.

Puso hielo en un par de vasos y vertió una generosa cantidad de whisky escocés. Ella se dejó caer sobre una silla y bebió a pequeños sorbos, mientras él se apoyó sobre una mesita y se quedó mirando hoscamente hacia el suelo, en dirección a sus zapatos. Era un hombre de pelo grisáceo, de rostro nudoso, con exceso de peso, pero con un aspecto casi elegante.

—Ni siquiera hice una maleta —dijo Trisha—. Me marché pocos minutos después de recibir tu llamada.

—Gracias, querida —murmuró él, pero sin mirarla.

—¿Por qué no me esperaste en casa hasta que yo llegara? Podríamos haberlo discutido, Gary; podríamos haber encontrado para ti una salida mejor que la de huir ciegamente.

Levantó la vista, mirándola un momento, y se sintió impresionado por los grandes ojos inocentes y por la compasión que reflejaba su hermoso rostro.

—Sentí pánico —dijo él—. Sólo pensé en marcharme, sin saber realmente hacia dónde, buscando quizá algún lugar remoto donde poder ocultarme y pensar. Dejé atrás este lugar increíble, pero me sentía cansado y al final di media vuelta y volví aquí. Ni siquiera se me ocurrió registrarme con un nombre y una dirección falsas. De todos modos, pensaba que tú también estarías al otro lado de la barrera, por decirlo de algún modo.

—Qué equivocado estás, querido. Todo este asunto no es más que una simple e inconcebible tragedia. No puedo imaginar cómo, conociéndome, pudiste haber llegado a una conclusión así y después...

—De eso se trata, Trisha. No tenía la sensación de conocerte tan bien en sólo un par de años. ¿Nos conocemos el uno al otro en realidad?

—Evidentemente, yo tampoco te conocía hasta ese punto, Gary —la mujer se detuvo y encendió un cigarrillo—. Y te mostraste tan reservado al hablarme por teléfono, que no conseguí hacerme una verdadera idea de lo que había sucedido. Así es que ¿por qué no empiezas desde el principio?

—Podría contarte lo que ha ocurrido en un minuto. Pero decirte cómo me siento ya me resulta algo más complicado.

—¿Por qué viniste a verme a una hora tan intempestiva? —preguntó ella.

—Tenía una cita con Hamilton Burris. Llegaba en un vuelo procedente de Dallas para discutir los términos de compra de su refinería de la costa Oeste. Pero me salió con una u otra excusa y pospuso el encuentro. Eso me dejó con un gran hueco en el día, así es que pensé pasar la tarde juntos para variar un poco.

»Te llamé... y no contestó nadie. Supuse que habrías bajado a la playa, así es que fui a casa y me cambié. Después, me dirigí a ese lugar, cerca del bungaló, donde estabas, y finalmente te espié desde la derecha, bastante cerca del agua. Estabas echada sobre tu albornoz, cerca de ese joven..., de ese joven musculoso, con ese típico rostro americano y los ojos llenos de apetito por la mujer.

»Apenas si estabais a un palmo de distancia el uno del otro y él parecía estar diciéndote algo, casi sobre tus labios. Aquello me produjo un impacto muy fuerte... una gran sacudida. Nunca te había imaginado en esa... en esa situación, y mi imaginación empezó a desbordarse. ¿Cuántas otras veces? ¿Con cuántos otros jóvenes?

—Sí, pero no se te ocurrió pensar que...

—Déjame terminar. No se me ocurrió pensar en otra cosa que en el hecho de tener veinte años más que tú. Pensé que quizá en otros tiempos había parecido una persona brillante, al frente de una gran empresa, con una gran riqueza y poder. Pero que tú empezaste a aburrirte, te sentiste atraída por los jóvenes de tu misma edad... inclinada hacia esos jóvenes atléticos y amorosos... y decidiste jugar en ambos extremos.

»De las dudas ocultas sobre mí mismo, que ya existían en mí, nacieron unos celos instantáneos. Así pues, te vigilé a distancia y, cuando te levantaste y empezaste a andar con él hacia aquel maldito bungaló, os seguí. Desapareciste con él en el interior de la casa y entonces estuve seguro. Permanecí por allí durante unos quince minutos, tratando de acumular fuerzas suficientes para entrar y darle una buena paliza.

»Pero sabía que aquello sería absurdo..., que él me derribaría y me pondría de rodillas, mientras tú mirabas, llena de disgusto, o simplemente sofocando tu risa ante mi débil intento. Así pues, regresé a casa hecho una furia y volví con el revólver. No tenía intención de matarle. Simplemente, pensaba darle un buen escarmiento.

»Llamé, él abrió la puerta y me mostré detrás del arma. Recorrí precipitadamente las habitaciones, mientras él me miraba boquiabierto, fumando, pero tú ya te habías ido. Intercambiamos unas pocas palabras y él se dio cuenta de lo que sucedía, pero no pareció asustarse lo más mínimo ante mí. Se sentía más bien divertido y mantenía una actitud burlona.

»—¿Dónde está Trisha? —le pregunté—. ¿Va a volver ahora con una botella para amenizar vuestra reunión? ¿No quedaría bastante sorprendida si te encontrara muerto, pequeño?

»Aquellas palabras sólo produjeron en él una expresión de desprecio y una sonrisa de burla.

»—Pero ¿qué pasa aquí, viejo estúpido? —me dijo—. Se vistió y regresó a casa. Seguramente te has cruzado con ella.

»Fue entonces cuando disparé contra él. Cayó, encogido sobre sí mismo. Me di cuenta enseguida de que había muerto y entonces sentí un gran pánico.

—¡Oh, Gary! —exclamó Trisha—, todo es por mi culpa. Y, sin embargo, no tengo culpa de nada. Se trataba solamente de un joven que me habló un día en la playa, y al que contesté con la simple intención de ser amable. Hablamos unos pocos minutos, le dije que estaba casada y se marchó. Pero vivía cerca de la playa y volvió a pasar varias veces por allí mientras yo estaba tomando el sol. Hablé con él para pasar el tiempo... simplemente hablé con él. Pensé que era una persona inofensiva, que era un joven solitario que necesitaba confiarse a alguien.

»Aquel día terrible, me preguntó si quería tomar una cerveza fría, y yo no vi ningún mal en ello. El sol calentaba mucho y yo me sentía reseca. Así es que me fui con él y me sirvió un vaso de cerveza que me bebí mientras charlamos durante unos veinte minutos. Parecía un joven totalmente inocente y me sentí casi maternal con él. Pero entonces empezó a mostrarse más atrevido. No se mostró agresivo en ningún momento; simplemente trató de probarme, de darme un beso, de acariciarme con sus manos.

»Bromeé un poco con él y conseguí escabullirme de un modo razonablemente gracioso. Después, antes de ir a casa, me detuve en casa de Grace Fielding, y allí estuve aproximadamente durante una hora antes de volver a casa. Aquella noche no viniste a cenar y empecé a sentirme muy inquieta. A la mañana siguiente venía la noticia en los periódicos: Bruce Kaufman asesinado en su bungaló por un desconocido; la única clave es la bala que le causó la muerte, del calibre treinta y ocho. Ni siquiera entonces pude imaginar lo que había pasado, Gary. Fui incapaz de relacionar el asesinato contigo, como esposo enfurecido. No lo pude hacer hasta que me llamaste por teléfono. Pero ahora ya no importa el porqué ni el cómo. Dime simplemente qué has hecho con el arma porque, al parecer, lo único que han conseguido para relacionar el asesinato contigo es una bala.

—He traído el revólver conmigo —dijo—. Está escondido en el estuche de mi máquina de escribir portátil. He considerado la posibilidad de mecanografiar una confesión y una de esas dramáticas notas de despedida, al estilo antiguo, antes de utilizar ese mismo revólver contra mí mismo.

—¡No digas tonterías! —exclamó ella—. Cuando lleguemos a casa, cogeremos la barca, nos adentraremos dos o tres kilómetros en el mar y yo misma arrojaré ese revólver por la borda.

—Te quiero mucho, pequeña —dijo él—, y debo decirte que..., que lo siento mucho.

Ella apartó la mirada.

—No podemos marcharnos esta noche —murmuró—. Estoy demasiado cansada. Quiero tomar un largo baño caliente y después podremos bajar a beber algo y a cenar. Nos marcharemos al amanecer y contaremos a todos una bonita y pequeña historia sobre una impulsiva segunda luna de miel. ¿Te parece bien, querido?

Doyle Lindsey y Scott Bender se detuvieron a pasar la noche en la ciudad costera de Ensenada, después de haber cruzado la frontera en Tijuana, sin el menor incidente. Habían salido a cenar y después regresaron a su motel, un lugar mucho menos pretencioso que el agradable Desert Mirage. Estuvieron discutiendo qué hacer: dormir toda la noche de un tirón, o salir a dar una vuelta por los locales nocturnos de la ciudad. Pero todo aquel botín robado les estaba incitando a divertirse y a jugar.

Existía, sin embargo, un pequeño problema. Habían acabado casi con todo su dinero en efectivo y era necesario volver a pulsar el botón del fondo falso de la maleta para conseguir reservas frescas de dinero. En consecuencia, Doyle colocó la maleta sobre un maletero, volvió a quitar el forro y abrió el compartimiento secreto.

Inmediatamente, surgió otro problema que, en esta ocasión, se convirtió en un desastre. No había ningún dinero... Había desaparecido hasta el último.

—¡Desaparecido! —exclamó Scott con un asombro terrible—. ¡No lo puedo creer!

—¡No! —gritó Doyle, sacudiendo su cabeza con vehemencia—. ¡No, no! ¡Es imposible! Ni una sola persona de este mundo sabía que el dinero estaba aquí, excepto tú y yo. Y como yo no lo he cogido...

Se metió la mano en el bolsillo, sacando su automática del 32, con la que encañonó cuidadosamente a Scott Bender.

—Así es que ayúdame —dijo, con una mortal sinceridad—. Me vas a decir lo que has hecho con la pasta, o te mato aquí mismo.

Ya bien avanzada la tarde del día siguiente, Gary Howland llegó, acompañado de Trisha, a su impresionante residencia situada en Palisade. Se dispuso entonces a abrir el estuche de su máquina de escribir portátil para recuperar el revólver del 38. Pero el arma no estaba allí. En su lugar, encontró una nota, mecanografiada con su propia máquina y dejada en el rodillo de la misma:

«Tenemos su revólver "Smith & Wesson", de cañón corto, calibre 38 y número de serie C247634, arma con la que asesinó usted a Bruce Kaufman en un rapto de celos.

»Le rogamos tome nota de que estamos dispuestos a enviar el arma a la policía, junto con los apropiados detalles sobre su participación en el crimen, a menos que recibamos, en el plazo de tres días, la cantidad de veinticinco mil dólares en efectivo.

»El dinero debe ser adecuadamente envuelto y protegido y enviado a la casilla de correos de la dirección abajo indicada. Tras la recepción del dinero, se le enviará el arma con la mayor rapidez.

«Suyo con todo el afecto, y con grandes esperanzas de que pueda usted continuar disfrutando de su libertad y verse alejado de los tristes confines de San Quintín.»

Debajo había el número de una casilla postal de Las Vegas, Nevada.

Al sábado siguiente, por la tarde, Vern Kittredge, propietario del motel Desert Mirage, estaba cómodamente sentado en la sala de estar de su extravagante apartamento del ático. Se trataba de una estructura apartada a la que se llegaba por medio de un ascensor privado y que colgaba sobre la terraza del edificio principal. Con un esbozo de sonrisa en la comisura de sus labios, Kittredge estaba dando un vistazo a la página deportiva del periódico. Su esposa, Denise, una amorosa y joven rubia de notables proporciones, entró en aquel momento, procedente de la cocina, llevando una bandeja en la que había unos aperitivos y un par de secos y helados martinis.

Vern cogió uno de los martinis de la bandeja y lo probó.

—¡Ajá! —exclamó, suspirando—. Hecho con amoroso cuidado, como una obra de arte. ¿Debo enmarcarlo, o me lo bebo?

—Bueno, no tengo un marco adecuado para eso —dijo Denise, tomando asiento junto a él, con una expresión de contento en su rostro—. Así es que será mejor que te lo bebas antes de que se evapore.

—Sí —observó él—, está deliciosamente seco. ¿Quieres echar un vistazo a la página deportiva?

—Querido, sabes muy bien que odio los deportes.

—¿Incluyendo las carreras de caballos?

—Bueno, cuéntame sólo lo que haya sobre eso. ¿Había realmente un caballo que se llamara así? ¿«Bold Blackie»?

—Claro que sí. Tuve que buscarlo muy de prisa, pero encontré a «Blackie» en la carrera del viernes. Después llamé a DiVito, en Las Vegas, y le pedí que apostara tres mil dólares, de modo que la cantidad de la apuesta no hiciera hundirse la ventaja en el momento de la salida.

—Pero, desde luego, todo resultó ser una baladronada —dijo ella, en tono de broma—, y ese miserable rucio llegó el último.

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja...

Aquí tienes la continuación del texto corregido. Se han subsanado los errores de puntuación (como las tildes en los pronombres interrogativos y exclamativos), se han corregido los desajustes de los guiones de diálogo y se ha adaptado la ortografía de los extranjerismos, además de unificar palabras que estaban mal espaciadas:

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja sobre su inmediato seguidor y pagó diecinueve ochenta..., justo por debajo de nueve a uno.

—¡Vaya! Bastante bonito. Eso significa cerca de veintisiete mil.

—En efecto —confirmó el hombre, dejándose caer hacia atrás y encendiendo un puro corto y delgado—. Esta ha sido una semana que deja chiquitas a todas las demás —observó con orgullo—. Ha sido con mucho la mayor captura desde que abrimos. Veintisiete de los grandes por la carrera de caballos; ciento sesenta mil de aquel par de muchachos de la 248, con su maleta de fondo oculto; y otros veinticinco mil de ese feliz esposo de la 116 aficionado a apretar el gatillo.

—¿Te refieres a Howland, querido?

—Sí, a Gary Howland.

—¿También has conseguido ese dinero?

—DiVito envió esta mañana a uno de sus hombres a recogerlo de la casilla postal. Me lo traerá al próximo viaje que haga.

—¿Le vas a devolver el arma, o le presionarás un poco más?

—Sabes muy bien que siempre mantengo mi palabra —dijo él, mirándola—. El arma ya está en camino. Howland ha salido de esto con gran facilidad, pero es que me encontraba de muy buen humor.

—¿Te sientes alguna vez culpable por todo esto, Vern? —preguntó Denise, con una actitud pensativa.

—En absoluto. Me limito a coger algo a los tipos ricos y malos y a los estafadores, nunca a los tipos buenos.

—Eso es cierto, querido.

El hombre dejó su copa, cogió una patata frita, introduciéndosela en la boca, y la masticó.

—Bien —dijo—, tenemos la casa casi llena. ¿Has comprobado si hay algo interesante?

—Sí, pero hasta el momento sólo he encontrado a un evasor de impuestos en la 64. Se trata de un tipo que habla con su socio sobre una doble contabilidad. He estado tomando notas.

—¿Cuánto pretenden sustraerle al Tío Sam?

—Cerca de medio millón. Podremos conseguir un buen pellizco de esa cifra por no informar... No existe el menor riesgo.

—¿Están todavía en la habitación?

—Se fueron a cenar, pero a estas alturas ya pueden haber regresado.

—Veamos.

Kittredge, acompañado por su esposa, abandonó la sala y penetró después en un estudio. Apretó un botón situado bajo la mesa de su despacho y una sección de la pared se deslizó a un lado, dejando al descubierto un cubículo iluminado. Ya en su interior, Kittredge apretó otro botón y la pared se cerró tras ellos. Entonces, tomó asiento ante un gran cuadro de mandos en el que había numerosos conmutadores, cada uno de los cuales mostraba una etiqueta con el número de las habitaciones. Sobre los conmutadores había unas luces diminutas que permanecían apagadas cuando una habitación no había sido alquilada todavía, y que se encendían con una luz roja cuando estaban ocupadas. Sobre el cuadro de mandos había un micrófono, y una pantalla completaba el sistema de circuito cerrado de televisión, con sus cámaras ocultas.

Kittredge pulsó el conmutador con la etiqueta 64 y por el micrófono sólo les llegó un ligero zumbido.

—Supongo que todavía están fuera —dijo Denise.

—Vamos a asegurarnos —dijo Kittredge, apretando un botón.

Sobre la pantalla de televisión apareció una habitación vacía; había unas ropas sobre una de las camas y una maleta sobre la otra.

—No hay nadie en casa —dijo Kittredge, apagando la imagen y el sonido.

—¿Quieres intentar alguno de los otros números? —preguntó Denise, situada de pie tras él.

Él asintió con un movimiento de cabeza y, durante algunos minutos, estuvo pulsando los conmutadores, escuchando fragmentos de conversación, sin añadir la imagen al sonido. Después, sacudió la cabeza.

—Parece que esta es una mala noche para el robo. Lo intentaremos más tarde.

—Tú escuchas —dijo ella—, ¿pero nunca observas la pantalla cuando estás solo, querido? Vamos, confiésalo.

—No —dijo él firmemente—, no lo hago. Únicamente cuando no tengo más remedio, cuando tengo que captar algo que no puede ser comprendido escuchando. Como hice, por ejemplo, para observar dónde habían escondido esos dos gángsters el dinero que habían robado, y sólo con el propósito de saber lo que hacer cuando ellos dejaran la habitación. También lo hago para asegurarme de que una habitación está vacía cuando me dirijo hacia ella. Creo que todo ciudadano honrado que llega al Desert Mirage tiene derecho a esperar la más absoluta intimidad.

Burlonamente, Denise se le quedó mirando asombrada y gruñó:

—Conque absoluta intimidad, ¿eh? Bueno, de todos modos eres un hombre de honor, querido Vern.

Él se levantó, la rodeó con su brazo y con la otra mano apretó el botón para abrir el camino.

—¿Qué tenemos para cenar, querida? —preguntó mientras abandonaban la pequeña estancia.

 

 

 

Scott Bender aceleró el pequeño sedán gris a través del desierto de Mojave, poniéndolo a ciento veinte por hora y conduciéndolo con una sola mano al volante. Bostezó y miró de soslayo el sol poniente, que finalmente cedió con un último parpadeo rojizo, desapareciendo tras una distante montaña.

Scott se sentía molesto por aquel terreno llano, por aquel calor insoportable, por la estrecha, recta y alargada carretera; por el sonido desgarrador del aire, por el zumbido del motor. Agotado por las largas horas de conducción a través del desierto, todo le costaba un gran esfuerzo, incluso hablar a su compañero. Doyle Lindsey estaba repantigado en el asiento, junto a él, fumando con gesto de mal humor, con los pies, que sólo llevaban puestos los calcetines, apoyados sobre el salpicadero.

Los dos hombres tenían alrededor de los treinta y cinco años. Scott Bender era el más bajo: de complexión fornida y sólida, actitud engañosamente apacible, tenía unos rasgos rechonchos y agradables y una ondulada cresta de abundante pelo rubio. Doyle Lindsey era alto, de pelo negro, y se mantenía perpetuamente delgado. Tenía un rostro alargado, de mejillas hundidas y ojos negros y malhumorados. Desde que habían dejado atrás las afueras de Phoenix, Doyle se había mantenido alegre, pero ahora, al igual que Scott, sólo era una víctima del aplastante calor y de la monotonía.

—Tendríamos que haber cambiado este trasto por otro nuevo —dijo Scott al cabo de un rato—. Algo que fuera grande y brillante, con aire acondicionado —añadió, elevando su voz por encima de los sonidos del viento y del motor.

Doyle echó una bocanada de humo y se quedó mirando fijamente la carretera. Al parecer, no había escuchado a su compañero, o bien no se sentía con ánimos de contestar. Pero, al cabo de un momento, dijo deliberadamente:

—No, estás en un error, Scott. No teníamos por qué cambiar esta basura por un trasto nuevo con aire acondicionado.

—¿Por qué no? Hemos conseguido un botín lo bastante bueno como para comprar lo mejor, ¿no es cierto?

—No se trata de eso —dijo Doyle inclinando la cabeza para mirar a Scott—. Un par de tipos que apenas estaban ganando diez de los grandes al año no se marchan de la ciudad conduciendo un automóvil de rico sin levantar sospechas.

—Sí, eso es cierto —dijo Scott, asintiendo con un movimiento de cabeza—, pero escucha, vamos a tener que pagar mucho por un coche americano nuevo en México..., quizá el doble.

—Cuando llegue el momento —dijo Doyle—, volaremos a San Diego y compraremos uno allí.

Scott y Doyle habían informado casualmente a sus amigos y colaboradores de que irían a México, para hacer un viaje de placer por el país, vía Juárez, pero por temor a un repentino descubrimiento y a la persecución subsiguiente, alteraron secretamente su plan y atravesaron California hacia el oeste, para cruzar la frontera en Tijuana.

—No tenemos ninguna prisa por gastar el botín —siguió diciendo Doyle—. Lo hemos conseguido, independientemente de cómo lo repartamos.

—Será mejor partirlo por partes iguales, mitad y mitad —observó Scott haciendo una mueca.

En el crepúsculo, la carretera se desplegaba hasta el horizonte, sin una sola curva; el paisaje, gris y árido, se extendía en forma de llanura desértica hasta las abultadas y lejanas montañas; la desolada vista que se les ofrecía hasta el fondo sólo se veía aliviada por poco más que unos supervivientes tan duros como la yuca, los cactos y los hierbajos.

—¿Tenemos bastante combustible? —preguntó Doyle.

—Más de la mitad del depósito —informó Scott.

—Eso está bien. Apuesto a que tenemos ante nosotros cuarenta y cinco kilómetros de nada hasta llegar a la próxima gasolinera.

—Eso quizá fuera así en otros tiempos, pero no ahora. Mira eso.

Scott señaló un enorme cartel que dominaba la parte derecha de la carretera situada ante ellos y leyó en alta voz:

—¡Alto! ¡A cinco kilómetros! DESERT MIRAGE MOTEL (demasiado bueno para ser cierto). Habitaciones lujosas y climatizadas; exquisita comida; su bebida favorita servida en el frío y sombreado Salón de Ensueño. Servicios de combustible y reparación.

—¿Qué te parece eso? —gruñó Doyle—. En medio del maldito desierto.

—Cualquier cosa, en cualquier parte, por un dólar —dijo Scott, riendo.

—Si tiene buen aspecto, detengámonos —dijo Doyle—. Estoy harto y me gusta pensar en esa bebida favorita.

—Yo preferiría atravesar la frontera cuanto antes, aunque tengamos que conducir toda la noche.

—Nos pasamos dos semanas sudando la gota gorda en Phoenix, trabajando en lo de siempre, mientras los de la bofia ponían la ciudad patas arriba para encontrar una pista decente, y ahora tienes tanta prisa, ¿a qué se debe?

—Está bien, daremos un vistazo. Pero no será una gran cosa, enterrado aquí, en esta zona salvaje rodeada de arena.

—¿Has estado en Las Vegas últimamente? Pues ese enorme tapete verde fue construido en una zona salvaje rodeada de arena como ésta, para que lo sepas, explorador.

El motel Desert Mirage era una extensa y baja estructura de modernizado estilo oriental, con un tejado de color verde jade, salpicado de manchas de color bermellón. Surgió de súbito del estéril paisaje del desierto, tan sorprendente e irreal como si se encontrara uno con una gran mansión anclada en medio del océano.

—No me lo puedo creer —dijo Doyle—, pero vamos a ver si es verdad. Acércate rápido antes de que desaparezca.

Al llegar a su altura, Scott aminoró la marcha, introduciendo el vehículo en la larga curva de carretera de desviación que, flanqueada por palmeras reales, conducía hacia la entrada.

El vestíbulo era enorme, frío y estaba artificialmente embellecido con azulejos del Lejano Oriente. Desde allí se entraba al restaurante y al Salón de Ensueño. Se acercaron al bar y lo observaron con curiosidad desde la entrada.

Parecía una sala exótica, silenciosa, íntima, con una barra en forma de herradura y unos rincones en forma semicircular, tapizados de terciopelo rojo. Estaba lleno, casi hasta el tope de su capacidad, de viajeros que llevaban puestas las más variadas ropas y bebían alegremente. Frente a la entrada, y en uno de los ángulos del bar, había dos atractivas morenas que les observaron con rápidas miradas. Una de ellas esbozó un fragmento de sonrisa cuando su mirada inquisitiva se detuvo sobre los dos hombres que aún permanecían en la entrada. Después, dio un ligero codazo a su compañera. Las dos mujeres se les quedaron mirando descaradamente.

—Van a ver si pueden pescar algo —dijo Scott desde una esquina de su boca—. ¿Seguimos el juego y dejamos que tiren del carrete?

—¿Estás loco? —murmuró Doyle—. Con la mitad de Fort Knox en el coche, primero comprobamos y después jugamos si queremos.

Se volvió y dirigió a Scott hacia el bar.

Ante el mostrador, una pareja estaba siendo inscrita por un empleado. Detrás de él, consultando lo que parecía ser un índice de habitaciones, había un hombre elegante y cuarentón, fastidiosamente embutido en un traje de color beige, con camisa blanca y corbata negra. Espiando a Lindsey y a Bender, les hizo señas para que se acercaran al mostrador.

—¿Una habitación, caballeros? —preguntó con una sonrisa amable que surgió de un rostro enjuto, de fuerte mandíbula, rematado por un abundante pelo rubio muy bien ordenado.

—Sí, nos gustaría una habitación —dijo Doyle.

—Bueno, tiene suerte, señor. Sólo me quedan dos. ¿Quieren las dos? ¿O prefieren compartir una?

—Una habitación de dos camas —contestó Doyle.

—Estupendo —dijo el hombre rubio sacando un bolígrafo y una tarjeta de registro. Doyle rellenó la tarjeta, inscribiendo los dos nombres y una sola dirección, previamente acordada, en Phoenix.

—Tienen ustedes a mucha gente por aquí —observó Scott—. Debe ser nuevo, ¿verdad?

—Sí, señor. Abrí el negocio hace exactamente ocho meses y seis días.

—Entonces, ¿es usted el propietario?

—Así es, y me siento feliz de poderlo decir. Yo mismo he diseñado este lugar y he ayudado a construirlo.

—Pero esto está alejado de todo, en tierra de nadie —dijo Scott, sonriendo—. No comprendo cómo puede trabajar hallándose tan lejos de la civilización.

—Hubo problemas al principio. Pero ahora nos autoabastecemos por completo. Conseguimos nuestra propia agua y generamos la energía que necesitamos.

¿De verdad? Pues no tengo más remedio que felicitarle, es una verdadera piedra preciosa en medio del desierto, míster...

—Kittredge. Vern Kittredge. Y ahora, háganme saber si hay algo que puedo hacer por ustedes, caballeros.

Osciló hacia un lado, buscó en los casilleros y dejó una llave sobre el mostrador.

Doyle, que había estado escuchando toda la conversación inmerso en un silencio desaprobador, se metió la llave en el bolsillo.

—¿Cuánto le debemos, míster Kittredge?

—Veintisiete cincuenta, con los impuestos —anunció con suavidad míster Kittredge.

Doyle contó el dinero, sacándolo de su cartera.

—Estarán ustedes en la 248 —dijo el propietario—. Está en el segundo piso, hacia el centro del ala derecha del edificio.

—Hasta luego, míster Kittredge —dijo Scott.

Y los dos hombres salieron, dirigiéndose hacia la zona del aparcamiento. Observándoles mientras se retiraban, Vern Kittredge sacudió la cabeza y le dijo a su empleado:

—Todos hacen la misma pregunta: ¿cómo se le ocurrió instalar esto aquí? Creo que si escribiera eso en un folleto me ahorraría cerca de un millón de palabras al mes —se detuvo un momento y después añadió—: Frank, me voy al ático. Denise vendrá a cenar. No volveré a bajar esta noche, a menos que me necesites.

—Sólo nos queda una habitación por alquilar, así es que no creo que necesite mucha ayuda —dijo Frank.

Kittredge se marchó, dirigiéndose hacia su apartamento del ático.

 

 

En la habitación 248, Doyle Lindsey estaba colgando un par de trajes en la larga percha del espacioso armario, en una habitación de gruesas alfombras, muebles elegantes y masivos y decoración de buen gusto. El aire frío salía del aparato de aire acondicionado, dotado de pulsadores y capaz también de proporcionar calefacción.

—Creo que sería mejor cortar esa clase de conversaciones con personas como Kittredge —dijo Doyle por encima del hombro, haciendo que sus palabras sonaran como una orden.

—¿Por qué? —preguntó Scott, poniendo cara de enfado.

Doyle cruzó la habitación, dirigiéndose hacia donde habían dejado una abultada maleta, y empezó a sacar objetos de ella, colocándolos en un cajón.

—Porque no deseamos despertar ninguna atención especial —dijo—, y porque no deseamos hacer ninguna falsa amistad comercial con la clase de personas que suelen conocer a la gente al primer vistazo. Para esa clase de gente, nosotros somos un par de sombras... sin rostro, anónimas. Ahora nos ves, ahora no nos ves, y nunca se recuerda nada sobre nosotros.

—Sí —dijo Scott—, supongo que tienes razón. Lo que sucede es que soy demasiado sociable por naturaleza.

—Exactamente —dijo Doyle, encendiendo un cigarrillo—. Eres demasiado sociable, y a veces no demuestras ser muy inteligente. Pero, al menos, escuchas.

—Está bien, muchas gracias.

—De nada.

—No me presiones, Doyle. No me dejaré provocar.

Doyle le ignoró y comenzó a cerrar la gran maleta, aunque todavía contenía algunas de sus ropas, y un libro de gran tamaño y tapas duras.

—Vacía el resto de la maleta y daremos un vistazo a la mercancía —dijo Scott.

—No seas infantil. Una vez que la has visto, ya la has visto.

—La mitad del botín es mío..., ¿de acuerdo?

Doyle se encogió de hombros y sacó de su bolsillo un pequeño destornillador. Sacó todo el contenido de la maleta, que dejó sobre la cama, encontró los pequeños tornillos ocultos y quitó el forro del fondo. Al desatornillar el último tornillo dejó al descubierto el extremo de una banda de cuero que, al ser desprendida, dejó ver una cremallera.

Corrió la cremallera... y los dos se quedaron mirando el ordenado jardín de billetes verdes, perfectamente ordenados y empacados La mayor parte de los billetes eran de elevado valor.

Scott cogió uno de los paquetes de billetes de cien y los pasó ante sus ojos, mostrando los dientes con una sonrisa de alegría.

—Aquí sí que hay coles —murmuró—. Ciento sesenta mil libres de impuestos, a la vieja usanza.

Doyle también sonrió, aunque sólo ligeramente.

—No está mal para un par de gángsters aficionados —dijo.

—Sí —asintió Scott sintiéndose feliz—. El único tanteo posible y limpiamos esa planta de toda la maldita paga. Tengo que felicitarte por eso, Doyle, eres un cerebro y medio cuando se trata de planear un golpe.

—La realización fue pura mecánica —dijo Doyle—. El verdadero genio estuvo en la preparación y la determinación del tiempo. No abandonamos inmediatamente nuestros buenos puestos de trabajo para desvanecernos. Les lavamos antes el cerebro: un par de tipos que no importan a nadie, y que han ahorrado durante años lo suficiente para dar un largo vistazo al mundo, empezando por un económico viaje de placer a México. Como ves, estaban preparados para aceptarlo. Incluso después de haber realizado el robo, servimos perfectamente nuestros propósitos... Trabajamos, como siempre, hasta el último día. Y ahora nos desvanecemos, nos perdemos en alguna parte... y se nos olvidará.

—A menos que los de la bofia encuentren alguna pista —dijo Scott.

—No la encontrarán. Les dimos dos semanas de tiempo y nos quedamos tranquilamente sentados durante todo ese tiempo. Y ellos ni siquiera se acercaron, ni una simple sospecha.

—Seguro que seguimos estando libres de sospechas —dijo Scott.

Volvió a dejar el paquete de billetes en el fondo de la maleta, Doyle la volvió a cerrar, colocó sus pertenencias y dejó la maleta en el armario.

—Y ahora —dijo Doyle frotándose las palmas de las manos—, ponte en movimiento y prepárate. Después, bajaremos y calentaremos un poco a esas dos piezas de ojos grandes que se aburren en el bar.

 

 

En la habitación 254, la última disponible del Desert Mirage, se instaló una cama supletoria para acomodar a los tres hombres de mediana edad que acababan de inscribirse en recepción. Se les subió hielo y bebidas a la habitación y ahora los tres hombres, sentados uno frente al otro, en círculo, se estaban sirviendo unas copas, reforzadas con aguardiente.

El trío estaba compuesto por Charlie Sachs, propietario de un pequeño establo de caballos de carreras; su entrenador, Max Hardman, y Sid Lerner, abogado y amigo personal de Charlie Sachs.

Charlie, un hombre barrigudo, de rostro alegre, dejó su bebida sobre la mesa y chupó el puro que estaba fumando.

—Entonces ¿quién va a dormir en la cama supletoria? —preguntó.

—Tu físico se acomoda perfectamente a ella —dijo Sid Lerner con una mueca, mientras Max Hardman mantenía su habitual impasibilidad.

—Mira lo que vamos a hacer —dijo Charlie—. Nos la sortearemos.

Aparecieron unas monedas que volaron al aire, pendientes todos del cara o cruz. Sid perdió sin molestarse por ello. Después de todo, era el más delgado de los tres.

Al cabo de un rato, el abogado dijo:

—Charlie, quiero saber más de ese arreglo. Ya sabes que no tengo ni idea de caballos. Pero por lo que se está cociendo, la carrera está arreglada para que la gane «Bold Blackie», si es que no se rompe antes una pata, ¿no es cierto?

Charlie dio un bufido, mordió el puro y lanzó una mirada implorante a su entrenador.

—Sid, ya han pasado los días de las carreras arregladas, al menos en el sentido clásico —dijo Max Hardman—. Aquellas típicas regatas terminaron en disputas. No puedes domar a un caballo para hacerle ganar, porque después tiene que pasar una prueba química, una vez terminada la carrera. No, ahora ya nada funciona de ese modo. Se trata de algo mucho más sutil, mucho más difícil de probar y prácticamente legal.

—Escucho —declaró Sid.

—Está bien. En esa carrera del viernes hay otros tres caballos que pueden derrotar a «Bold Blackie». No hay problema con eso. El público apostará por esos tres con ventaja de dos a uno o menos, hasta aproximadamente de cuatro a uno. Por la mañana, «Blackie» estará en ocho a uno y puede elevarse hasta un doce a uno antes de situarte en el poste de salida, especialmente cuando se sepa que el favorito, «Royal Front», hará una gran carrera.

»Pero el propietario de "Royal Front" sabe que su caballo no es tan bueno; puede perder en favor de uno de los otros caballos favoritos en cuanto realice un mal movimiento. Su propietario no deseará arriesgar una apuesta a esos precios. Los otros dos propietarios tendrán mejores ventajas para sus caballos, aunque no lo bastante buenas como para hacerles ganar un buen puñado.

»Entonces, Charlie se reunirá con ellos para tomar unas copas y entre todos decidirán convertir a "Bold Blackie" en ganador cuando las apuestas estén en ocho a uno o más arriba, de modo que todos los propietarios, excepto Charlie, apostarán contra sus propios caballos.

—Es una locura —dijo Lerner—. ¿Y cómo va a saber el caballo que no debe ganar? ¿Es que decís a los jockeys que retengan a sus caballos para que pueda ganar «Blackie»?

—No es exactamente así —dijo Charlie, sonriendo con indulgencia—. El encargado lo desaprobaría y los jockeys no se pueden permitir el lujo de quedarse sin trabajo o de ser eliminados de la pista. No, tal y como dice Max, se trata de algo más sutil. Los otros tres propietarios dicen a sus jockeys que no van a apostar ese viernes; que esperan que ocurra algo bueno en la cañera, para llevarse el jamón a casa.

»Los jockeys no necesitan un papel impreso para saber con exactitud lo que significa eso. Se les paga para proporcionar a los propietarios lo que éstos desean, siempre y cuando sea legal y no contravenga las reglas. Así pues, dejan que el caballo haga su propia carrera, sin forzarle. No maniobran para ocupar una mejor posición. Dejan que el caballo se agote antes de llegar a la meta; no intentan hacer nada, no compiten. Y amigo, ésa es otra forma de decir que van a perder con toda seguridad, porque se tiene que querer tener buena puntería para dar en el blanco.

»Por otra parte, le digo a mi jockey que ese viernes voy a apostar una buena cantidad y que quiero que haga todo lo posible por ganar. Deseo una carrera lo más inteligente posible, y espero de él que haga cruzar a "Bold Blackie" la meta en primer lugar. "Blackie" puede hacerlo así, siempre y cuando se le dirija bien, porque es el mejor caballo de la carrera.

»Así, con esa clase de arreglo, y teniendo en cuenta que todo estará en contra de los caballos favoritos, podremos ganar un buen puñado el viernes.

—Brindo por eso —dijo Sid Lerner, levantando su copa.

Y todos bebieron.

 

 

Doyle Lindsey y Scott Bender durmieron hasta muy tarde y, tras haber perdido lamentablemente el tiempo en la reunión de la noche anterior, siguieron su camino hacia la frontera mexicana pocos minutos antes del mediodía.

 

 

Cerca de las tres de la tarde, llegó mistress Trisha Towland, procedente de Los Angeles, en su espléndido automóvil nuevo, un regalo reciente de su esposo con motivo de su segundo aniversario. Trisha tenía veintiocho años y era diecinueve años más joven que Gary Howland. De pelo castaño rojizo, elegante y pequeña, los suaves rasgos de su rostro estaban tensos y mostraban unas profundas ojeras cuando preguntó en el mostrador de recepción, apresurándose después a reunirse con su esposo, que había permanecido encerrado en la habitación 116 desde hacía casi dos días.

Cuando él se acercó a la puerta, abriéndola con gran cautela, ella se deslizó en su interior y los dos se abrazaron, pegándose el uno al otro, en silencio.

—Necesitas un trago —dijo después Gary Howland.

Puso hielo en un par de vasos y vertió una generosa cantidad de whisky escocés. Ella se dejó caer sobre una silla y bebió a pequeños sorbos, mientras él se apoyó sobre una mesita y se quedó mirando hoscamente hacia el suelo, en dirección a sus zapatos. Era un hombre de pelo grisáceo, de rostro nudoso, con exceso de peso, pero con un aspecto casi elegante.

—Ni siquiera hice una maleta —dijo Trisha—. Me marché pocos minutos después de recibir tu llamada.

—Gracias, querida —murmuró él, pero sin mirarla.

—¿Por qué no me esperaste en casa hasta que yo llegara? Podríamos haberlo discutido, Gary; podríamos haber encontrado para ti una salida mejor que la de huir ciegamente.

Levantó la vista, mirándola un momento, y se sintió impresionado por los grandes ojos inocentes y por la compasión que reflejaba su hermoso rostro.

—Sentí pánico —dijo él—. Sólo pensé en marcharme, sin saber realmente hacia dónde, buscando quizá algún lugar remoto donde poder ocultarme y pensar. Dejé atrás este lugar increíble, pero me sentía cansado y al final di media vuelta y volví aquí. Ni si quiera se me ocurrió registrarme con un nombre y una dirección falsas. De todos modos, pensaba que tú también estarías al otro lado de la barrera, por decirlo de algún modo.

—Qué equivocado estás, querido. Todo este asunto no es más que una simple e inconcebible tragedia No puedo imaginar cómo, conociéndome, pudiste haber llegado a una conclusión así y después...

—De eso se trata, Trisha. No tenía la sensación de conocerte tan bien en sólo un par de años. ¿Nos conocemos el uno al otro en realidad?

—Evidentemente, yo tampoco te conocía hasta, ese punto, Gary —la mujer se detuvo y encendió un cigarrillo—. Y te mostraste tan reservado al hablarme por teléfono, que no conseguí hacerme una verdadera idea de lo que había sucedido. Así es que ¿por qué no empiezas desde el principio?

—Podría contarte lo que ha ocurrido en un minuto. Pero decirte cómo me siento ya me resulta algo más complicado.

—¿Por qué viniste a verme a una hora tan intempestiva? —pregunto ella.

—Tenía una cita con Hamilton Burris. Llegaba en un vuelo procedente de Dallas para discutir los términos de compra de su refinería de la costa Oeste. Pero me salió con una u otra excusa y pospuso el encuentro. Eso me dejó con un gran hueco en el día, así es que pensé pasar la tarde juntos para variar un poco.

»Te llamé... y no contestó nadie. Supuse que habrías bajado a la playa, así es que fui a casa y me cambié. Después, me dirigí a ese lugar, cerca del bungalow, donde estabas, y finalmente te espié desde la derecha, bastante cerca del agua. Estabas echada sobre tu albornoz, cerca de ese joven..., de ese joven musculoso, con ese típico rostro americano y los ojos llenos de apetito por la mujer.

»Apenas si estabais a un palmo de distancia el uno del otro y él parecía estar diciéndote algo, casi sobre tus labios. Aquello me produjo un impacto muy fuerte... una gran sacudida. Nunca te había imaginado en esa... en esa situación, y mi imaginación empezó a desbordarse. ¿Cuántas otras veces? ¿Con cuántos otros jóvenes?

—Sí, pero no se te ocurrió pensar que...

—Déjame terminar. No se me ocurrió pensar en otra cosa que en el hecho de tener veinte años más que tú. Pensé que quizá en otros tiempos había parecido una persona brillante, al frente de una gran empresa, con una gran riqueza y poder. Pero que tú empezaste a aburrirte, te sentiste atraída por los jóvenes de tu misma edad... inclinada hacia esos jóvenes atléticos y amorosos... y decidiste jugar en ambos extremos.

»De las dudas ocultas sobre mí mismo, que ya existían en mí, nacieron unos celos instantáneos. Así pues, te vigilé a distancia y cuando te levantaste y empezaste a andar con él hacia aquel maldito bungalow, os seguí. Desapareciste con él en el interior de la casa y entonces estuve seguro. Permanecí por allí durante unos quince minutos, tratando de acumular fuerzas suficientes para entrar y darle una buena paliza.

»Pero sabía que aquello sería absurdo..., que él me derribaría y me pondría de rodillas, mientras tú mirabas, llena de disgusto, o simplemente sofocando tu risa ante mi débil intento. Así pues, regresé a casa echo una furia y volví con el revólver. No tenía intención de matarle. Simplemente, pensaba darle un buen escarmiento.

»Llamé, él abrió la puerta y me mostré detrás del arma. Recorrí precipitadamente las habitaciones, mientras él me miraba boquiabierto, fumando, pero tú ya te habías ido. Intercambiamos unas pocas palabras y él se dio cuenta de lo que sucedía, pero no pareció asustarse lo más mínimo ante mí. Se sentía más bien divertido y mantenía una actitud burlona.

»—¿Dónde está Trisha? —le pregunté—. ¿Va a volver ahora con una botella para amenizar vuestra reunión? ¿No quedaría bastante sorprendida si te encontrara muerto, pequeño?

»Aquellas palabras sólo produjeron en él una expresión de desprecio y una sonrisa de burla.

»—Pero ¿qué pasa aquí, viejo estúpido? —me dijo—. Se vistió y regresó a casa. Seguramente te has cruzado con ella.

«Fue entonces cuando disparé contra él. Cayó, en cogido sobre sí mismo. Me di cuenta en seguida de que había muerto y entonces sentí un gran pánico.

—¡Oh, Gary! —exclamó Trisha—, todo es por mi culpa. Y, sin embargo, no tengo culpa de nada. Se trataba solamente de un joven que me habló un día en la playa, y al que contesté con la simple intención de ser amable. Hablamos unos pocos minutos, le dije que estaba casada y se marchó. Pero vivía cerca de la playa y volvió a pasar varias veces por allí mientras yo estaba tomando el sol. Hablé con él para pasar el tiempo... simplemente hablé con él. Pensé que era una persona inofensiva, que era un joven solitario que necesitaba confiarse a alguien.

»Aquel día terrible, me preguntó si quería tomar una cerveza fría, y yo no vi ningún mal en ello. El sol calentaba mucho y yo me sentía reseca. Así es que me fui con él y me sirvió un vaso de cerveza que me bebí mientras charlamos durante unos veinte minutos. Parecía un joven totalmente inocente y me sentí casi maternal con él. Pero entonces empezó a mostrarse más atrevido. No se mostró agresivo en ningún momento; simplemente trató de probarme, de darme un beso, de acariciarme con sus manos.

»Bromeé un poco con él y conseguí escabullirme de un modo razonablemente gracioso. Después, antes de ir a casa, me detuve en Grace Fielding's, y allí estuve aproximadamente durante una hora antes de volver a casa. Aquella noche no viniste a cenar y empecé a sentirme muy inquieta. A la mañana siguiente venía la noticia en los periódicos: Bruce Kaufman asesinado en su bungalow por un desconocido; la única clave es la bala que le causó la muerte, del calibre treinta y ocho. Ni siquiera entonces pude imaginar lo que había pasado, Gary. Fui incapaz de relacionar el asesinato contigo, como esposo enfurecido. No lo pude hacer hasta que me llamaste por teléfono. Pero ahora ya no importa el porqué ni el cómo. Dime simplemente qué has hecho con el arma porque, al parecer, lo único que han conseguido para relacionar el asesinato contigo es una bala.

—He traído el revólver conmigo —dijo—. Está escondido en el estuche de mi máquina de escribir portátil. He considerado la posibilidad de mecanografiar una confesión y una de esa dramáticas notas de despedida, al estilo antiguo, antes de utilizar ese mismo revólver contra mí mismo.

¡No digas tonterías! —exclamó ella—. Cuando lleguemos a casa, cogeremos la barca, nos adentraremos dos o tres kilómetros en el mar y yo misma arrojaré ese revólver por la borda.

Te quiero mucho, pequeña —dijo él—, y debo decirte que..., que lo siento mucho.

Ella apartó la mirada.

—No podemos marcharnos esta noche —murmuró—. Estoy demasiado cansada. Quiero tomar un largo baño caliente y después podremos bajar a beber algo y a cenar. Nos marcharemos al amanecer y contaremos a todos una bonita y pequeña historia sobre una impulsiva segunda luna de miel. ¿Te parece bien, querido?

Doyle Lindsey y Scott Bender se detuvieron a pasar la noche en la ciudad costera de Ensenada, después de haber cruzado la frontera en Tijuana, sin el menor incidente. Habían salido a cenar y después regresaron a su motel, un lugar mucho menos pretencioso que el agradable Desert Mirage. Estuvieron discutiendo lo que hacer: dormir toda la noche de un tirón, o salir a dar una vuelta por los locales nocturnos de la ciudad. Pero todo aquel botín robado les estaba incitando a divertirse y a jugar.

Existía, sin embargo, un pequeño problema. Habían acabado casi con todo su dinero en efectivo y era necesario volver a pulsar el botón del fondo falso de la maleta para conseguir reservas frescas de dinero. En consecuencia, Doyle colocó la maleta sobre un maletero, volvió a quitar el forro y abrió compartimiento secreto.

Inmediatamente, surgió otro problema que, en esta ocasión, se convirtió en un desastre. No había ningún dinero... Había desaparecido hasta el último.

—¡Desaparecido! —exclamó Scott con un asombro terrible—. ¡No lo puedo creer!

—¡No! —gritó Doyle, sacudiendo su cabeza con vehemencia—. ¡No, no! ¡Es imposible! Ni una sola persona de este mundo sabía que el dinero estaba aquí, excepto tú y yo. Y como yo no lo he cogido...

Se metió la mano en el bolsillo, sacando su automática del 32, con la que encañonó cuidadosamente a Scott Bender.

—Así es que ayúdame —dijo, con una mortal sinceridad—. Me vas a decir lo que has hecho con la pasta, o te mato aquí mismo.

Ya bien avanzada la tarde del día siguiente, Gary Howland llegó, acompañado de Trisha, a su impresionante residencia situada en Palisade. Se dispuso entonces a abrir el estuche de su máquina de escribir portátil para recuperar el revólver del 38. Pero el arma no estaba allí. En su lugar, encontró una nota, mecanografiada con su propia máquina y dejada en el rodillo de la máquina:

 

«Tenemos su revólver "Smith & Wesson", de cañón corto, calibre 38 y número de serie C247634, arma con la que asesinó usted a Bruce Kaufman en un rapto de celos.

»Le rogamos tome nota de que estamos dispuestos a enviar el arma a la policía, junto con los apropiados detalles sobre su participación en el crimen, a menos que recibamos, en el plazo de tres días, la cantidad de veinticinco mil dólares en efectivo.

»El dinero debe ser adecuadamente envuelto y protegido y enviado a la casilla de correos de la dirección abajo indicada. Tras la recepción del dinero, se le enviará el arma con la mayor rapidez.

«Suyo con todo el afecto, y con grandes esperanzas de que pueda usted continuar disfrutando de su libertad y verse alejado de los tristes confines de San Quintín.»

 

Debajo había el número de una casilla postal de Las Vegas, Nevada.

 Al sábado siguiente, por la tarde, Vern Kittredge, propietario del motel Desert Mirage, estaba cómodamente sentado en la sala de estar de su extravagante apartamento del ático. Se trataba de una estructura apartada a la que se llegaba por medio de un ascensor privado y que colgaba sobre la terraza del edificio principal. Con un esbozo de sonrisa en la comisura de sus labios, Kittredge estaba dando un vistazo a la página deportiva del periódico. Su esposa, Denise, una amorosa y joven rubia de notables proporciones, entró en aquel momento, procedente de la cocina, llevando una bandeja en la que había unos aperitivos y un par de secos y helados martinis.

Vern cogió uno de los martinis de la bandeja y lo probó.

—¡Aja! —exclamó, suspirando—. Hecho con amoroso cuidado, como una obra de arte. ¿Debo enmarcarlo, o me lo bebo?

—Bueno, no tengo un marco adecuado para eso —dijo Denise, tomando asiento junto a él, con una expresión de contento en su rostro—. Así es que será mejor que te lo bebas antes de que se evapore.

—Sí —observó  él—,  está  deliciosamente seco. ¿Quieres echar un vistazo a la página deportiva?

—Querido, sabes muy bien que odio los deportes.

—¿Incluyendo las carreras de caballos?

—Bueno, cuéntame sólo lo que haya sobre eso. ¿Había realmente un caballo que se llamara así? ¿«Bold Blackie»?

—Claro que sí. Tuve que buscarlo muy de prisa, pero encontré a «Blackie» en la carrera del viernes. Después llamé a DiVito, en Las Vegas, y le pedí que apostara tres mil dólares, de modo que la cantidad de la apuesta no hiciera hundirse la ventaja en el momento de la salida.

—Pero, desde luego, todo resultó ser una baladronada —dijo ella, en tono de broma—, y ese miserable rucio llegó el último.

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja sobre su inmediato seguidor y pagó diecinueve ochenta..., justo por debajo de nueve a uno.

—¡Vaya! Bastante bonito. Eso significa cerca de veintisiete mil.

—En efecto —confirmó el hombre, dejándose caer hacia atrás y encendiendo un puro corto y delgado—. Esta ha sido una semana que deja chiquitas a todas las demás —observó con orgullo—. Ha sido con mucho la mayor captura desde que abrimos. Veintisiete de los grandes por la carrera de caballos; ciento sesenta mil de aquel par de muchachos de la 248, con su maleta de fondo oculto; y otros veinticinco mil de ese feliz esposo de la 116 aficionado a apretar el gatillo.

—¿Te refieres a Howland, querido?

—Sí, a Gary Howland.

—¿También has conseguido ese dinero?

—DiVito envió esta mañana a uno de sus hombres a recogerlo de la casilla postal. Me lo traerá al próximo viaje que haga.

—¿Le vas a devolver el arma, o le presionarás un poco más?

—Sabes muy bien que siempre mantengo mi palabra —dijo él, mirándola—. El arma ya está en camino. Howland ha salido de esto con gran facilidad, pero es que me encontraba de muy buen humor.

—¿Te sientes alguna vez culpable por todo esto, Vern? —preguntó Denise, con una actitud pensativa.

—En absoluto. Me limito a coger algo a los tipos ricos y malos y a los estafadores, nunca a los tipos buenos.

—Eso es cierto, querido.

El hombre dejó su copa, cogió una patata frita, introduciéndosela en la boca y la masticó.

—Bien —dijo—, tenemos la casa casi llena. ¿Has comprobado si hay algo interesante?

—Sí, pero hasta el momento sólo he encontrado a un evasor de impuestos en la 64. Se trata de un tipo que habla con su socio sobre una doble contabilidad. He estado tomando notas.

—¿Cuánto pretenden sustraerle al Tío Sam?

—Cerca de medio millón. Podremos conseguir un buen pellizco de esa cifra, por no informar... no existe el menor riesgo.

—¿Están todavía en la habitación?

—Se fueron a cenar, pero a estas alturas ya pueden haber regresado.

—Veamos.

Kittredge, acompañado por su esposa, abandonó la sala y penetró después en un estudio. Apretó un botón situado bajo la mesa de su despacho y una sección de la pared se deslizó a un lado, dejando al descubierto un cubículo iluminado. Ya en su interior, Kittredge apretó otro botón y la pared se cerró tras ellos. 

Entonces, tomó asiento ante un gran cuadro de mandos en el que había numerosos conmutadores, cada uno de los cuales mostraba una etiqueta con el número de las habitaciones. Sobre los conmutadores había unas luces diminutas que permanecían apagadas cuando una habitación no había sido alquilada todavía, y que se encendían con una luz roja cuando estaban ocupadas. Sobre el cuadro de mandos había un micrófono, y una pantalla completaba el sistema de circuito cerrado de televisión, con sus cámaras ocultas.

Kittredge pulsó el conmutador con la etiqueta 64 y por el micrófono sólo les llegó un ligero zumbido.

—Supongo que todavía están fuera —dijo Denise.

—Vamos a asegurarnos —dijo Kittredge, apretando un botón.

Sobre la pantalla de televisión apareció una habitación vacía; había unas ropas sobre una de las camas, y una maleta sobre la otra.

—No hay nadie en casa —dijo Kittredge, apagando la imagen y el sonido.

—¿Quieres intentar alguno de los otros números? —preguntó Denise, situada de pie, tras él.

El asintió con un movimiento de cabeza y, durante algunos minutos, estuvo pulsando los conmutadores, escuchando fragmentos de conversación, sin añadir la imagen al sonido. Después, sacudió la cabeza.

—Parece que ésta es una mala noche para el robo. Lo intentaremos más tarde.

Tú escuchas —dijo ella—, ¿pero nunca observas la pantalla cuando estás solo, querido? Vamos, confiésalo.

—No —dijo él firmemente—, no lo hago. Únicamente cuando no tengo más remedio, cuando tengo que captar algo que no puede ser comprendido escuchando. Como hice, por ejemplo, para observar dónde habían escondido esos dos gángsters el dinero que habían robado, y sólo con el propósito de saber lo que hacer cuando ellos dejaran la habitación. También lo hago para asegurarme de que una habitación está vacía cuando me dirijo hacia ella. Creo que todo ciudadano honrado que llega al Desert Mirage tiene derecho a esperar la más absoluta intimidad.

Burlonamente, Denise se le quedó mirando asombrada y gruñó:

—Conque absoluta intimidad, ¿eh? Bueno, de todos modos eres un hombre de honor, querido Vern.

Él se levantó, la rodeó con su brazo y con la otra mano apretó el botón para abrir el camino.

—¿Qué tenemos para cenar, querida? —preguntó mientras abandonaban la pequeña estancia.