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Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 1)

La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura.

Sir Thomas Browne

. 


Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Solo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce. 


Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. 

Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan solo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como si se tratara del análisis par excellence. 

Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. 

No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. 

En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que solo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si esta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. 

Como los movimientos posibles no solo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.

Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen fuerza pareja) solo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. 

Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

Hace mucho que se ha reparado en el whist por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. 

El mejor ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. 

Cuando digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no solo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas. 

Observar con atención equivale a recordar con claridad; en ese sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que las reglas de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles de manera general y satisfactoria. Por tanto, el hecho de tener una memoria retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se consideran como la suma del buen jugar. 

Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. 

Lo necesario consiste en saber qué se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos externos a este. 

Examina el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras y las adicionales por la manera con que sus tenedores las contemplan. 

Advierte cada variación de fisonomía a medida que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de expresión correspondientes a la seguridad, la sorpresa, el triunfo o la contrariedad. 

Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la recoge será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por la manera con que se arrojan las cartas sobre el tapete. Una palabra casual o descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor... 

Todo ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la realidad del juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de cada uno, y desde ese momento utiliza las propias con tanta precisión como si los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.

El poder analítico no debe confundirse con el mero ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con frecuencia el hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad constructiva o combinatoria por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio, y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado un órgano aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta frecuencia en personas cuyo intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado las observaciones de los estudiosos del carácter. 

Entre el ingenio y la aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.

El relato siguiente representará para el lector algo así como un comentario de las afirmaciones que anteceden.

Mientras residía en París, durante la primavera y parte del verano de 18..., me relacioné con un cierto C. Auguste Dupin. Este joven caballero procedía de una familia excelente —y hasta ilustre—, pero una serie de desdichadas circunstancias lo habían reducido a tal pobreza que la energía de su carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo y a no preocuparse por recuperar su fortuna. 

Gracias a la cortesía de sus acreedores le quedó una pequeña parte del patrimonio, y la renta que le producía bastaba, mediante una rigurosa economía, para subvenir a sus necesidades, sin preocuparse de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil procurárselos.

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura librería de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos anduviéramos en busca de un mismo libro —tan raro como notable— sirvió para aproximarnos. Volvimos a encontrarnos una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la menuda historia de familia que Dupin me contaba detalladamente, con todo ese candor a que se abandona un francés cuando se trata de su propia persona. 

Me quedé asombrado, al mismo tiempo, por la extraordinaria amplitud de su cultura; pero, sobre todo, sentí encenderse mi alma ante el exaltado fervor y la vívida frescura de su imaginación. Dado lo que yo buscaba en ese entonces en París, sentí que la compañía de un hombre semejante me resultaría un tesoro inestimable, y no vacilé en decírselo. 

Quedó por fin decidido que viviríamos juntos durante mi permanencia en la ciudad, y, como mi situación financiera era algo menos comprometida que la suya, logré que quedara a mi cargo alquilar y amueblar —en un estilo que armonizaba con la melancolía un tanto fantástica de nuestro carácter— una decrépita y grotesca mansión abandonada a causa de supersticiones sobre las cuales no inquirimos, y que se acercaba a su ruina en una parte aislada y solitaria del Faubourg Saint-Germain.

Si nuestra manera de vivir en esa casa hubiera llegado al conocimiento del mundo, este nos hubiera considerado como locos —aunque probablemente como locos inofensivos—. Nuestro aislamiento era perfecto. No admitíamos visitantes. El lugar de nuestro retiro era un secreto celosamente guardado para mis antiguos amigos; en cuanto a Dupin, hacía muchos años que había dejado de ver gentes o de ser conocido en París. Solo vivíamos para nosotros.

Una rareza de mi amigo (¿qué otro nombre darle?) consistía en amar la noche por la noche misma; a esta bizarrerie, como a todas las otras, me abandoné a mi vez sin esfuerzo, entregándome a sus extraños caprichos con perfecto abandono. 

La negra divinidad no podía permanecer siempre con nosotros, pero nos era dado imitarla. A las primeras luces del alba, cerrábamos las pesadas persianas de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías que, fuertemente perfumadas, solo lanzaban débiles y mortecinos rayos. Con ayuda de ellas ocupábamos nuestros espíritus en soñar, leyendo, escribiendo o conversando, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. 

Salíamos entonces a la calle tomados del brazo, continuando la conversación del día o vagando al azar hasta muy tarde, mientras buscábamos entre las luces y las sombras de la populosa ciudad esa infinidad de excitantes espirituales que puede proporcionar la observación silenciosa.

En esas oportunidades, no dejaba yo de reparar y admirar (aunque dada su profunda idealidad cabía esperarlo) una peculiar aptitud analítica de Dupin. Parecía complacerse especialmente en ejercitarla —ya que no en exhibirla— y no vacilaba en confesar el placer que le producía. 

Se jactaba, con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar sus afirmaciones con pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo conocimiento que de mí tenía. 

En aquellos momentos su actitud era fría y abstraída; sus ojos miraban como sin ver, mientras su voz, habitualmente de un rico registro de tenor, subía a un falsete que hubiera parecido petulante de no mediar lo deliberado y lo preciso de sus palabras. Al observarlo en esos casos, me ocurría muchas veces pensar en la antigua filosofía del alma doble, y me divertía con la idea de un doble Dupin: el creador y el analista.

No se suponga, por lo que llevo dicho, que estoy circunstanciando algún misterio o escribiendo una novela. Lo que he referido de mi amigo francés era tan solo el producto de una inteligencia excitada o quizá enferma. Pero el carácter de sus observaciones en el curso de esos períodos se apreciará con más claridad mediante un ejemplo.

Errábamos una noche por una larga y sucia calle, en la vecindad del Palais Royal. Sumergidos en nuestras meditaciones, no habíamos pronunciado una sola sílaba durante un cuarto de hora por lo menos. Bruscamente, Dupin pronunció estas palabras:

—Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

—No cabe duda —repuse inconscientemente, sin advertir (pues tan absorto había estado en mis reflexiones) la extraordinaria forma en que Dupin coincidía con mis pensamientos. Pero, un instante después, me di cuenta y me sentí profundamente asombrado.

—Dupin —dije gravemente—, esto va más allá de mi comprensión. Le confieso sin rodeos que estoy atónito y que apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que haya sabido que yo estaba pensando en...?

Aquí me detuve, para asegurarme sin lugar a dudas de si realmente sabía en quién estaba yo pensando.

—En Chantilly —dijo Dupin—. ¿Por qué se interrumpe? Estaba usted diciéndose que su pequeña estatura le veda los papeles trágicos.

Tal era, exactamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex remendón de la rue Saint-Denis que, apasionado por el teatro, había encarnado el papel de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon, logrando tan solo que la gente se burlara de él.

—En nombre del cielo —exclamé—, dígame cuál es el método... si es que hay un método... que le ha permitido leer en lo más profundo de mí.

En realidad, me sentía aún más asombrado de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—El frutero —replicó mi amigo— fue quien lo llevó a la conclusión de que el remendón de suelas no tenía estatura suficiente para Jerjes et id genus omne.

—¡El frutero! ¡Me asombra usted! No conozco ningún frutero.

—El hombre que tropezó con usted cuando entrábamos en esta calle... hará un cuarto de hora.

Recordé entonces que un frutero, que llevaba sobre la cabeza una gran cesta de manzanas, había estado a punto de derribarme accidentalmente cuando pasábamos de la rue C... a la que recorríamos ahora. Pero me era imposible comprender qué tenía eso que ver con Chantilly.

—Se lo explicaré —me dijo Dupin, en quien no había la menor partícula de charlatanerie— y, para que pueda comprender claramente, remontaremos primero el curso de sus reflexiones desde el momento en que le hablé hasta el de su choque con el frutero en cuestión. Los eslabones principales de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, la estereotomía, el pavimento, el frutero.

Pocas personas hay que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenido en remontar el curso de las ideas mediante las cuales han llegado a alguna conclusión. Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y aquel que la emprende se queda asombrado por la distancia aparentemente ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de llegada.

¡Cuál habrá sido entonces mi asombro al oír las palabras que acababa de pronunciar Dupin y reconocer que correspondían a la verdad!

—Si no me equivoco —continuó él—, habíamos estado hablando de caballos justamente al abandonar la rue C... Este fue nuestro último tema de conversación. Cuando cruzábamos hacia esta calle, un frutero que traía una gran canasta en la cabeza pasó rápidamente a nuestro lado y le empujó a usted contra una pila de adoquines correspondiente a un pedazo de la calle en reparación. 

»
Usted pisó una de las piedras sueltas, resbaló, torciéndose ligeramente el tobillo; mostró enojo o malhumor, murmuró algunas palabras, se volvió para mirar la pila de adoquines y siguió andando en silencio. Yo no estaba especialmente atento a sus actos, pero en los últimos tiempos la observación se ha convertido para mí en una necesidad.

»Mantuvo usted los ojos clavados en el suelo, observando con aire quisquilloso los agujeros y los surcos del pavimento (por lo cual comprendí que seguía pensando en las piedras), hasta que llegamos al pequeño pasaje llamado Lamartine, que con fines experimentales ha sido pavimentado con bloques ensamblados y remachados. 

»Aquí su rostro se animó y, al notar que sus labios se movían, no tuve dudas de que murmuraba la palabra “estereotomía”, término que se ha aplicado pretenciosamente a esta clase de pavimento. Sabía que para usted sería imposible decir “estereotomía” sin verse llevado a pensar en átomos y pasar de ahí a las teorías de Epicuro; ahora bien, cuando discutimos no hace mucho este tema, recuerdo haberle hecho notar de qué curiosa manera —por lo demás desconocida— las vagas conjeturas de aquel noble griego se han visto confirmadas en la reciente cosmogonía de las nebulosas; comprendí, por tanto, que usted no dejaría de alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y estaba seguro de que lo haría. 

»Efectivamente, miró usted hacia lo alto y me sentí seguro de haber seguido correctamente sus pasos hasta ese momento. Pero en la amarga crítica a Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el escritor satírico hace algunas penosas alusiones al cambio de nombre del remendón antes de calzar los coturnos, y cita un verso latino sobre el cual hemos hablado muchas veces. Me refiero al verso:

Perdidit antiquum litera prima sonum.


»Le dije a usted que se refería a Orión, que en un tiempo se escribió Urión; y dada cierta acritud que se mezcló en aquella discusión, estaba seguro de que usted no la había olvidado. Era claro, pues, que no dejaría de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que así lo hizo, lo supe por la sonrisa que pasó por sus labios. 

»Pensaba usted en la inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento había caminado algo encorvado, pero de pronto le vi erguirse en toda su estatura. Me sentí seguro de que estaba pensando en la diminuta figura de Chantilly. Y en este punto interrumpí sus meditaciones para hacerle notar que, en efecto, el tal Chantilly era muy pequeño y que estaría mejor en el Théâtre des Variétés. 

 

(CONTINUARÁ...) 

 


El gran cambiazo - Roald Dahl (Primera Parte)

Había unas cuarenta personas en el cóctel que Jerry y Samantha daban aquella noche. Era la gente de siempre, la incomodidad de siempre, el horrible ruido de siempre. Los invitados tenían que apretujarse unos contra otros y hablar a gritos para hacerse oír. Muchos sonreían, mostrando unos dientes blancos y empastados. La mayoría de ellos tenía un cigarrillo en la mano izquierda y una copa en la derecha.

Me aparté de mi esposa, Mary, y su grupo y me dirigí hacia el pequeño bar que había en un rincón. Al llegar a él, me senté en un taburete de cara a la concurrencia. Lo hice para poder mirar a las mujeres. Me acomodé con los hombros apoyados en la barra, bebiendo sorbos de mi whisky escocés y examinando a las mujeres, una a una, por encima del borde de mi vaso.

No estudiaba sus figuras, sino sus rostros, y lo que me interesaba de ellos no era tanto el rostro en sí como la boca grande y roja que había en la mitad del mismo. Y ni siquiera me interesaba la boca en su totalidad, sino únicamente el labio inferior. Recientemente había decidido que el labio inferior era el gran revelador. Revelaba más cosas que los ojos. Los ojos ocultaban sus secretos. El labio inferior ocultaba muy poco. 

Ahí estaba, por ejemplo, el labio inferior de Jacinth Winkleman, que era el invitado que se encontraba más cerca de mí. Observen las arrugas que hay en aquel labio, vean cómo algunas son paralelas y otras se extienden hacia fuera. No hay dos personas que tengan las mismas arrugas en los labios y, ahora que lo pienso, eso serviría para capturar a un criminal si existiera un registro de huellas labiales y él se hubiese tomado una copa en el lugar del crimen. 

El labio inferior es el que chupas y mordisqueas cuando algo te perturba, y eso era precisamente lo que Martha Sullivan hacía en aquel momento, mientras contemplaba desde lejos cómo a su marido se le caía la baba mientras hablaba con Judy Martinson. Te pasas la lengua por él cuando estás caliente. 

Pude ver que Ginny Lomax se lamía el suyo con la puntita de la lengua mientras se encontraba al lado de Ted Dorling y le miraba fijamente a la cara. Se lo lamía de forma deliberada, sacando la lengua lentamente y mojando el labio inferior en toda su longitud. Vi que Ted Dorling miraba la lengua de Ginny, lo cual era justamente lo que ella quería que hiciese.

Mientras mis ojos iban escudriñando el labio inferior de todos los presentes, me dije que, al parecer, era verdad que todas las características menos atractivas del animal humano (la arrogancia, la rapacidad, la glotonería, la lascivia y demás) se reflejan claramente en ese pequeño carapacho de piel escarlata. Pero es necesario conocer el código. 

Se supone que el labio inferior protuberante o abultado significa sensualidad. Pero eso es solo una verdad a medias en el caso de los hombres y una falsedad total en el caso de las mujeres. En ellas lo que hay que observar es la línea de piel, el estrecho filo con el borde inferior claramente delineado. Y en la ninfomaníaca hay una diminuta cresta de piel, apenas perceptible, en la parte superior del centro del labio inferior.

Samantha, mi anfitriona, la tenía.

¿Dónde estaría ahora Samantha?

Ah, allí estaba, cogiendo una copa vacía de manos de un invitado. Ahora se acercaba hacia donde me encontraba yo, con la intención de llenarla de nuevo.

—Hola, Vic —dijo—. ¿Estás solito?

«Desde luego es una ninfo —me dije—. Aunque un ejemplar muy raro de la especie, puesto que es entera y absolutamente monógama. Es una ninfo monógama y casada que nunca sale de su propio nido. También es la hembra más apetitosa sobre la que jamás haya puesto los ojos en toda mi vida».

—Deja que te ayude —dije, levantándome y cogiéndole el vaso de la mano—. ¿Qué hay que echar aquí dentro?

—Vodka con hielo —dijo Samantha—. Gracias, Vic —apoyó un brazo largo y blanco, precioso, sobre el mostrador y se inclinó hacia adelante hasta que su seno se apoyó en la barra, apretándose hacia arriba.

—¡Vaya! —exclamé al ver que un poco de vodka iba a parar al suelo.

Samantha me miró con sus ojazos castaños, pero no dijo nada.

—Ya lo limpiaré yo mismo —dije.

Cogió la copa llena de mis manos y se alejó. La seguí con la vista. Llevaba unos pantalones negros. Se ceñían a las nalgas de tal forma que cualquier granito o lunar, por pequeño que fuese, se habría notado a través de la ropa. Pero Samantha Rainbow no tenía ningún defecto en el trasero. De pronto me di cuenta de que me estaba lamiendo el labio inferior.

«De acuerdo —pensé—. La deseo. Me apetecería acostarme con esa mujer. Pero es demasiado arriesgado intentarlo. Sería un suicidio echarle un tiento a una chica como esa. En primer lugar, vive en la casa de al lado, lo cual es demasiado cerca. En segundo lugar, es monógama, como ya he dicho. En tercer lugar, ella y Mary, mi mujer, son uña y carne. Siempre están intercambiando oscuros secretos femeninos. En cuarto lugar, Jerry, su marido, es un viejo y buen amigo mío y ni siquiera yo, Víctor Hammond, aunque arda en deseos, soñaría en tratar de seducir a la esposa de un hombre que es un gran amigo y confía en mí.

A menos que...».

En aquel momento, mientras desde el taburete del bar me comía con los ojos a Samantha Rainbow, una idea interesante empezó a filtrarse silenciosamente en la parte central de mi cerebro. Permanecí donde estaba, dejando que la idea fuera ensanchándose. Miré a Samantha, que se encontraba en el otro extremo de la habitación, y me puse a encajarla en el marco de la idea. Oh, Samantha, mi hermosa y jugosa joya, aún serás mía.

Pero ¿podía alguien albergar seriamente la esperanza de que semejante locura diese resultado?

No, ni siquiera disponiendo de un millón de noches.

Ni tan solo podía intentarse, a menos que Jerry estuviera de acuerdo. Así pues, ¿por qué pensar en ello?

Samantha se encontraba a unos seis metros de mí, hablando con Gilbert Mackesy. Los dedos de su mano derecha se curvaban en torno a una copa. Eran unos dedos largos y estaba casi convencido de que también eran diestros.

Suponiendo, solo para divertirse haciendo conjeturas, que Jerry se mostrase de acuerdo, incluso entonces habría obstáculos gigantescos en el camino. Había que tener en cuenta, por ejemplo, el pequeño detalle de las características físicas. En el club había visto muchas veces a Jerry duchándose después de una partida de tenis pero, en aquel momento, no hubiese podido recordar los detalles necesarios aunque en ello me fuese la vida. No era la clase de cosa en la que uno se fijaba demasiado. Generalmente uno ni siquiera miraba.

De todos modos, sería una locura sugerirle el asunto a Jerry a quemarropa. No le conocía tanto como para hacer algo así. Podía sentirse horrorizado. Incluso podía ponerse desagradable. Cabía la posibilidad de que se produjese una escena poco grata. Así pues, antes tenía que ponerle a prueba de una manera sutil.

—¿Sabes una cosa? —le dije a Jerry cerca de una hora después, cuando estábamos sentados los dos en el sofá, tomándonos la última copa. Los invitados empezaban a marcharse y Samantha estaba al lado de la puerta despidiéndose de ellos. Mary, mi mujer, estaba fuera en la terraza conversando con Bob Swain. Podía verlos a través de la puerta ventana, que estaba abierta—. ¿Sabes una cosa divertida? —dije.

—¿Qué es esa cosa divertida? —me preguntó Jerry.

—Un individuo con el que almorcé hoy me contó una historia fantástica. Totalmente increíble.

—¿Qué historia? —dijo Jerry. El whisky ya empezaba a darle sueño.

—Este hombre, el que almorzó conmigo hoy, deseaba terriblemente a la mujer de un amigo suyo, unos vecinos. Y su amigo deseaba con la misma intensidad a la mujer del hombre con el que almorcé hoy. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—¿Quieres decir que dos individuos que vivían cerca el uno del otro deseaban cada uno a la esposa del otro?

—Precisamente —dije.

—Entonces no había problema —dijo Jerry.

—Había un problema muy gordo —dije—. Las dos esposas eran muy fieles y honorables.

—Samantha también lo es —dijo Jerry—. No miraría a otro hombre.

—Mary tampoco —dije—. Es una buena chica.

Jerry apuró su copa y depositó cuidadosamente el vaso sobre la mesita que había delante del sofá.

—¿Y qué pasó en esa historia? —dijo Jerry—. Seguramente algo picante.

—Lo que pasó —dije— fue que ese par de cachondos tramaron un plan que permitió que cada uno de ellos retozara con la mujer del otro sin que esta se diese cuenta. ¿Eres capaz de creer una cosa así?

—¿Utilizaron cloroformo? —preguntó Jerry.

—Nada de cloroformo. Las dos estuvieron totalmente conscientes.

—Imposible —dijo Jerry—. Alguien te ha tomado el pelo.

—No lo creo —dije—. A juzgar por la forma en que ese hombre me lo contó, con toda suerte de detalles y demás, no creo que estuviese inventando la historia. De hecho, estoy seguro de que no la inventó. Y escúchame bien: ¡ni tan siquiera se limitaron a hacerlo una sola vez! ¡Llevan meses haciéndolo cada dos o tres semanas!

—¿Y ellas sin enterarse?

—Ni la menor sospecha.

—Tengo que oír esa historia —dijo Jerry—. Primero tomemos otra copa.

Nos acercamos al bar y volvimos a llenar nuestras copas; luego regresamos al sofá.

—No debes olvidar —dije— que fueron necesarios muchos preparativos y mucho ensayar antes de poner en práctica el plan. Y los dos hombres tuvieron que intercambiar muchos detalles íntimos para que el plan tuviera una oportunidad de dar resultado. Pero la parte esencial del plan era sencilla:

»Señalaron una noche, digamos que la del sábado. Aquella noche los dos matrimonios tenían que acostarse como de costumbre, supongamos que a las once o a las once y media.

»A partir de aquel momento seguirían la rutina normal. Leerían un poco, tal vez charlarían un rato y luego apagarían la luz.

»Tan pronto como la luz estuviera apagada, los maridos darían media vuelta y fingirían dormirse. El objeto de eso era impedir que las esposas pidieran guerra, cosa que en esa etapa no debe permitirse bajo ningún concepto. De modo que las esposas se durmieron también. Pero los maridos permanecieron despiertos. Hasta aquí, bien.

»Luego, exactamente a la una de la madrugada, cuando las esposas estuvieran profundamente dormidas, los dos maridos tenían que levantarse sin despertarlas, ponerse las zapatillas y bajar en pijama. Luego abrirían la puerta principal y saldrían a la calle cuidando de no cerrar la puerta tras de sí.

»Vivían —proseguí— en la misma calle, casi enfrente el uno del otro. El barrio era residencial, muy tranquilo, y raramente pasaba alguien a aquella hora. Así que las dos figuras furtivas en pijama se encontrarían al cruzar la calle, cada uno camino de otra casa, de otra cama, de otra mujer».

Jerry me escuchaba atentamente. Tenía los ojos algo vidriosos a causa del alcohol, pero no se perdía una sola palabra.

—Lo que venía a continuación —dije— había sido preparado meticulosamente por ambos hombres. Cada uno de ellos conocía el interior de la casa del otro casi tan bien como la suya propia. Sabía cómo abrirse paso en la oscuridad, tanto abajo como en el piso de arriba, sin derribar ningún mueble. Sabía cómo llegar a la escalera y exactamente cuántos peldaños había hasta arriba y cuáles de ellos crujían y cuáles no. Sabía en qué lado de la cama dormía la mujer que estaba arriba.

»Cada uno se quitó las zapatillas, las dejó en el vestíbulo y luego, con los pies desnudos y enfundado en el pijama, subió sigilosamente al piso de arriba. Esta parte del plan, según me dijo mi amigo, resultaba bastante excitante. Se encontraba en una casa oscura y silenciosa, una casa que no era la suya, y para llegar al dormitorio principal tenía que pasar nada menos que por delante de tres dormitorios infantiles, cuyas puertas quedaban siempre ligeramente entreabiertas.

—¡Niños! —exclamó Jerry—. ¡Dios mío! ¿Y si uno de los pequeños llega a despertarse y preguntara «Papá, ¿eres tú?»?

—Ya habían pensado en esa contingencia —dije—. En tal caso, inmediatamente habría entrado en funcionamiento un plan de emergencia. También en el caso de que la mujer, justo en el momento de entrar él en la alcoba, se hubiese despertado y preguntara «Cariño, ¿qué ocurre? ¿Qué haces dando vueltas por ahí?». También entonces habrían recurrido al plan de emergencia.

—¿Qué plan de emergencia? —preguntó Jerry.

—Muy sencillo —repuse—. El hombre hubiese bajado inmediatamente y, tras salir de la casa y cruzar la calle, habría llamado al timbre de su propia casa. Esta era la señal para que el otro personaje, sin importar lo que estuviese haciendo en aquel momento, bajara también corriendo, abriera la puerta y dejase entrar al otro mientras él salía. De esta forma los dos regresarían rápidamente a sus propias casas.

—Y se descubriría el pastel —dijo Jerry.

—Nada de eso —dije.

—El timbre habría despertado a toda la casa —dijo Jerry.

—Desde luego —dije—. Y el marido, al volver arriba en pijama, se limitaría a decir «He bajado a ver quién diablos llamaba al timbre a horas tan intempestivas. No había nadie. Debe de haber sido algún borracho».

—¿Y qué me dices del otro tipo? —preguntó Jerry—. ¿Cómo le explica a su mujer o a su hijo el hecho de que bajara corriendo a abrir la puerta?

—Pues diciéndole «Oí que alguien merodeaba por el jardín, así que bajé corriendo para echarle el guante, pero se me escapó». «¿Has llegado a verle?», le preguntaría la esposa llena de ansiedad. «Por supuesto que le he visto», contestaría el marido. «Ha huido a todo correr calle abajo. Demasiado rápido para mí». Después de lo cual el marido sería felicitado por su valor.

—De acuerdo —dijo Jerry—. Esa es la parte fácil. Hasta aquí todo es cuestión de planear bien las cosas y llevarlas a cabo en el momento preciso. Pero ¿qué sucede cuando cada uno de estos dos personajes cornudos se mete en la cama con la mujer del otro?

—Pues ponen manos a la obra sin perder un segundo —dije.

—Pero si las mujeres están durmiendo —dijo Jerry.

—Ya lo sé —dije—. De modo que inmediatamente inician los prolegómenos del amor, de manera dulce pero habilidosa y, cuando las dos damas despiertan del todo, están tan calientes como serpientes de cascabel.

—Supongo que todo ello se hace sin hablar —dijo Jerry.

—Ni una palabra.

—De acuerdo. Así que ya tenemos a las esposas despiertas —dijo Jerry—. Y sus manos se ponen a trabajar. Pues bien, para empezar, ¿qué me dices de la sencilla cuestión del tamaño del cuerpo? ¿Qué me dices de la diferencia entre el hombre nuevo y el marido? ¿Qué me dices sobre detalles como el que el marido sea alto o bajo, gordo o flaco? No irás a decirme que estos hombres eran físicamente idénticos.

—Idénticos no, evidentemente —dije—. Pero eran de estatura y complexión más o menos parecida. Ese punto es esencial. Ninguno de los dos llevaba barba y ambos tenían aproximadamente la misma cantidad de pelo en la cabeza. Esa clase de parecido es corriente. Aquí estamos tú y yo, por ejemplo. Más o menos tenemos la misma estatura y la misma complexión, ¿no es verdad?

—¿Lo es? —dijo Jerry.

—¿Cuánto mides? —preguntá.

—Exactamente uno ochenta.

—Yo uno setenta y ocho —dije—. Apenas hay diferencia. ¿Cuánto pesas?

—Ochenta y cuatro kilos.

—Yo peso ochenta y tres —dije—. ¿Qué es un kilo entre amigos?

Hicimos una pausa y Jerry miró por la puerta ventana hacia la terraza, donde Mary, mi esposa, seguía hablando con Bob Swain y el sol del atardecer arrancaba destellos de su pelo. Mary era una chica morena, bonita y dueña de un hermoso busto. Observé a Jerry. Vi que sacaba la lengua y recorría con ella la superficie del labio inferior.

—Supongo que tienes razón —dijo Jerry, sin dejar de mirar a Mary—. Supongo que tú y yo somos más o menos de la misma estatura —al volverse nuevamente de cara a mí observé que tenía las mejillas encarnadas—. Sigue contándome lo de esos dos hombres —dijo—. ¿Qué me dices de algunas de las otras diferencias?

—¿Te refieres a las caras? —dije—. Nadie puede verte la cara en la oscuridad.

—No me refiero a sus caras —dijo Jerry.

—Entonces, ¿a qué te refieres?

—Me refiero a sus pichas —dijo Jerry—. De eso se trata, ¿no es así? Y no irás a decirme que...

—Oh, sí, sí voy a decírtelo —dije—. Mientras ambos hombres estuviesen circuncidados o no, no había realmente ningún problema.

—¿Pretendes que me crea que todos los hombres tienen el mismo tamaño de picha? —preguntó Jerry—. Pues no es así.

—Ya sé que no es así —dije.

—Algunas son enormes —dijo Jerry—. Y algunas son pequeñísimas.

—Siempre hay excepciones —le dije—. Pero te llevarías una sorpresa si supieses cuántos hombres tienen virtualmente las mismas medidas, centímetro más, centímetro menos. Según mi amigo, el noventa por ciento son normales. Solo el diez por ciento son notablemente grandes o pequeñas.

—No me lo creo —dijo Jerry.

—Compruébalo alguna vez —dije—. Pregúntaselo a alguna chica que esté muy viajada.

Jerry bebió lentamente un largo sorbo de whisky y sus ojos volvieron a mirar a Mary por encima del borde de la copa.

—¿Y qué hay del resto? —preguntó.

—No es problema —dije.

—¡Que no es problema! —exclamó—. ¿Quieres que te diga por qué esa historia es una patraña?

—Adelante.

—Todo el mundo sabe que una mujer y un hombre que llevan casados algunos años crean una especie de rutina. Es inevitable. ¡Dios mío! Un nuevo operario sería detectado inmediatamente. Sabes de sobra que es así. No puedes aparecer con un estilo totalmente distinto y esperar que la mujer no se dé cuenta, por muy caliente que esté. ¡Se lo olería enseguida!

—Una rutina puede duplicarse —dije—. Basta con que antes se describa cada uno de sus detalles.

—Eso resulta un poquito personal —dijo Jerry.

—Todo el asunto es personal —dije—. Así que cada hombre cuenta su historia. Cuenta detalladamente lo que suele hacer. Lo cuenta todo. Sin olvidar nada. Ni el menor detalle. Toda la rutina desde el principio hasta el fin.

—¡Jesús! —exclamó Jerry.

—Cada uno de estos dos hombres —dije— tuvo que aprenderse un papel nuevo. En efecto, tuvo que convertirse en actor, puesto que iba a encarnar otro personaje.

—No es tan fácil eso —dijo Jerry.

—No es ningún problema, según mi amigo. La única cosa que había que vigilar era no dejarse llevar por el entusiasmo y ponerse a improvisar. Había que seguir al pie de la letra las instrucciones del director de escena, sin separarse un ápice de ellas.

Jerry bebió otro trago de whisky. También echó otro vistazo a Mary, que seguía en la terraza. Luego se reclinó en el sofá, con la copa en la mano.

—Estos dos personajes —dijo—. ¿Pretendes decirme que realmente lo consiguieron?

—Estoy seguro de ello —dije—. Todavía lo hacen. Una vez cada tres semanas o así.

—¡Qué historia más fantástica! —exclamó Jerry—. ¡Y qué cosa más peligrosa! Imagínate la que se armaría si te atrapasen. Divorcio inmediato. Mejor dicho, dos divorcios. Uno en cada lado de la calle. No vale la pena.

—Se necesitan muchos redaños —dije.

—La fiesta está terminando —dijo Jerry—. Cada quisque se vuelve a su casita con su condenada esposa.

No dije nada más del asunto. Permanecimos sentados durante otro par de minutos, bebiendo nuestras copas mientras los invitados comenzaban a moverse hacia el vestíbulo.

—¿Te dijo que resultaba divertido... ese amigo tuyo? —preguntó Jerry de pronto.

—Dijo que se lo pasaba bomba —contesté—. Dijo que todos los placeres normales se intensificaban en un ciento por ciento debido al riesgo. Juró que era la mejor forma de hacerlo que hay en el mundo: hacerse pasar por el marido sin que la mujer se entere.

En aquel momento Mary entró por la puerta ventana en compañía de Bob Swain. Llevaba una copa vacía en la mano y una azalea roja como el fuego en la otra. Había cogido la azalea en la terraza.

—Te he estado observando —dijo, apuntándome con la flor como si fuese una pistola—. Apenas has parado de hablar durante los últimos diez minutos. ¿Qué te ha estado contando, Jerry?

—Un chiste verde —repuso Jerry, sonriendo.

—Siempre hace lo mismo cuando bebe —dijo Mary.

—El chiste es bueno —dijo Jerry—. Pero totalmente imposible. Haz que te lo cuente algún día.

—No me gustan los chistes verdes —dijo Mary—. Vamos, Vic. Ya es hora de irnos.

—No os vayáis aún —dijo Jerry, clavando los ojos en el espléndido seno de Mary—. Tomaos otra copa.

—No, gracias —dijo Mary—. Los niños estarán pidiendo la cena a gritos. Lo he pasado muy bien.

—¿No vas a darme el beso de las buenas noches? —preguntó Jerry, levantándose del sofá. Buscó la boca de Mary, pero ella volvió rápidamente la cabeza y solo pudo rozarle la mejilla.

—Márchate, Jerry —dijo ella—. Estás bebido.

—Bebido, no —dijo Jerry—. Solamente salido.

—No te pongas salido conmigo, muchacho —dijo secamente Mary—. Detesto esta clase de conversaciones —se alejó de nosotros, llevando el seno ante sí como si se tratara de un ariete.

—Hasta la vista, Jerry —dije—. Bonita fiesta.

Mary me estaba esperando en el vestíbulo con cara de pocos amigos. Samantha también estaba allí, despidiendo a los últimos invitados: Samantha con sus dedos diestros y su piel tersa y sus muslos tersos, peligrosos.

—Anímate, Vic —me dijo, mostrándome sus blancos dientes. Parecía la creación, el principio del mundo, la primera mañana—. Buenas noches, Vic, querido —dijo, moviendo sus dedos en mis partes vitales.

Salí de la casa detrás de Mary.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

—Sí —dije—. ¿Por qué no?

—Lo que llegas a beber pondría malo a cualquiera —dijo.

Un seto viejo y esmirriado separaba nuestra casa de la de Jerry y en él había un boquete que nosotros utilizábamos siempre. Mary y yo cruzamos el boquete en silencio. Entramos en casa y Mary preparó un montón de huevos revueltos con tocino y nos lo comimos con los niños.

Después de cenar salí a dar una vuelta por el jardín. Era una tarde de verano despejada y fresca y, como no tenía nada más que hacer, decidí cortar el césped de la parte delantera. Saqué el cortacésped del cobertizo y lo puse en marcha. Luego inicié la vieja rutina de marchar arriba y abajo detrás de la máquina. Me gusta cortar el césped. Es una operación que sosiega y, desde la parte delantera de nuestro jardín, siempre puedo mirar hacia la casa de Samantha al ir en una dirección y pensar en ella al volver en dirección opuesta.

Llevaba unos diez minutos manejando el cortacésped cuando Jerry entró por el boquete del seto. Fumaba en pipa, con las manos en los bolsillos y se detuvo al borde del césped, contemplándome. Me detuve ante él, pero dejé el motor en marcha.

—Hola, chico —dijo—. ¿Qué tal anda todo?

—Estoy en desgracia —dije—. Y tú también.

—Tu mujercita —dijo—, es increíble lo remilgada y gazmoña que llega a ser.

—Oh, eso ya lo sabía.

—Me riñó en mi propia casa —dijo Jerry.

—No mucho.

—Lo suficiente —dijo, sonriendo levemente.

—¿Lo suficiente para qué?

—Para hacerme desear una pequeña revancha a costa suya. Así que, ¿qué te parecería si te sugiriese que probásemos suerte con eso de lo que te habló tu amigo a la hora de almorzar?

Cuando le oí decir aquello me invadió una excitación tan grande que el estómago estuvo a punto de salirme por la boca. Así con fuerza el manillar del cortacésped y aceleré el motor.

—¿He dicho alguna inconveniencia? —preguntó Jerry. No contesté.

—Escúchame —dijo—, si crees que es una idea asquerosa, olvidemos que la he mencionado y se acabó. No estarás enfadado conmigo, ¿eh?

—No estoy enfadado contigo, Jerry —dije—. Es solo que no se me había ocurrido que nosotros debiéramos probarlo.

—Pues a mí sí se me ha ocurrido —dijo—. El escenario es perfecto. Ni siquiera tendríamos que cruzar la calle —la cara se le había iluminado de repente y sus ojos relucían como dos estrellas—. ¿Qué me dices, entonces, Vic?

—Estoy pensando —repuse.

—A lo mejor es que Samantha no te tienta.

—No lo sé, honradamente —dije.

—Con ella se lo pasa uno de maravilla —dijo Jerry—. Te lo garantizo.

En aquel momento vi que Mary salía al porche delantero.

—Ahí está Mary —dije—. Andará buscando a los niños. Ya volveremos a hablar del asunto mañana.

—Entonces... ¿trato hecho?

—Podría ser, Jerry. Pero solo con la condición de que no nos precipitemos. Antes de empezar quiero estar completamente seguro de que todo vaya a salir bien. ¡Maldita sea! ¡Estas cosas son totalmente nuevas para mí! ¡Podríamos pillarnos los dedos!

—¡Nada de eso! —dijo—. Tu amigo dice que se lo pasan bomba; y que, además, es la mar de fácil.

—Ah, sí —dije—. Mi amigo. Desde luego. Pero cada caso es distinto.

Apreté el acelerador del cortacésped y salí disparado hacia el otro extremo del jardín. Cuando llegué allí y me volví, Jerry ya había cruzado el boquete del seto y se dirigía hacia la puerta principal de su casa.

El siguiente par de semanas fue un período de mucho conspirar para Jerry y para mí. Celebramos reuniones secretas en bares y restaurantes con el objeto de preparar la estrategia, y, a veces, él se dejaba caer por mi oficina después del trabajo y trazábamos planes a puerta cerrada. Siempre que surgía algún punto dudoso, Jerry decía: «¿Cómo lo resolvió tu amigo?». Y yo, tratando de ganar tiempo, le contestaba: «Le llamaré para preguntárselo».

Después de numerosas conferencias y de mucho hablar, acordamos los siguientes puntos principales:

  1. Que el día «D» fuese un sábado.

  2. Que la noche del día «D» llevaríamos a nuestras esposas a cenar en un buen restaurante, los cuatro juntos.

  3. Que Jerry y yo saldríamos de casa y cruzaríamos el boquete del seto a la una en punto de la madrugada.

  4. Que en lugar de acostarnos en la cama a oscuras hasta la una, los dos, en cuanto nuestras esposas se durmieran, bajaríamos sin hacer ruido a la cocina y beberíamos café.

  5. Que recurriríamos al timbre de la puerta en el supuesto de que se presentara algún imprevisto.

  6. Que la hora de volver a nuestras respectivas casas a través del seto serían las dos de la madrugada.

  7. Que durante nuestra permanencia en cama ajena a las preguntas de la mujer (si las había) contestaríamos con un «¡Hum!» pronunciado con los labios bien apretados.

  8. Que yo debía renunciar inmediatamente a los cigarrillos y habituarme a fumar en pipa para «oler» igual que Jerry.

  9. Que inmediatamente empezaríamos a usar las mismas marcas de brillantina y loción para después del afeitado.

  10. Que, en vista de que ambos nos acostábamos sin quitarnos el reloj de pulsera y que el mío y el suyo tenían más o menos la misma forma, no los intercambiaríamos. Ninguno de los dos llevaba anillo.

  11. Que cada uno de nosotros debía llevar encima algo insólito que la mujer identificase sin lugar a dudas con su propio marido. Por consiguiente, inventamos lo que dimos en llamar «El truco del esparadrapo». Consistía en lo siguiente: la noche del día «D», cuando los dos matrimonios llegasen a casa procedentes del restaurante, ambos maridos iríamos a la cocina diciendo que nos apetecía un poco de queso. Una vez en la cocina, los dos nos pegaríamos un trozo grande de esparadrapo en el dedo índice de la mano derecha. Luego, al volver junto a nuestras respectivas esposas, les mostraríamos el dedo y diríamos: «Me he cortado. No es nada, pero sangra un poco». De esta manera, cuando al cabo de un rato cambiáramos de cama, las dos mujeres notarían claramente el esparadrapo (el hombre se cuidaría de que así fuera) y lo asociarían directamente con su propio esposo. Se trataba de una importante estratagema psicológica, calculada para disipar cualquier sospecha, por pequeña que fuese, que pudiera entrar en el cerebro de las dos hembras.

     

     (CONTINUARÁ...)

Declaro abierta la sesión - William North Jayme

    Trevor

  MacIntosh llevaba un smoking. Estaba subiendo la escalinata de mármol que conducía a la gran biblioteca cupulada donde iba a celebrarse la reunión mensual del Club de los Ciento. Allí, dentro de unos minutos, MacIntosh empezaría a poner en práctica su asombroso plan.

Desde luego, el plan era improbable, descabellado, cínico… como el propio MacIntosh hubiera sido el primero en admitir. En cuanto a los demás, hubieran dicho que el plan era irrealizable, que MacIntosh no estaba bien de la cabeza.

Eso es lo que los otros miembros hubieran dicho. Pero ni siquiera conocían el proyecto. Desde que se le ocurrió la primera idea, hacía unos meses, MacIntosh no la había compartido con nadie. Como resultado de ello, descubrir si podía ser llevada a la práctica se había convertido para su existencia en algo tan importante como el agua.

Le hubiera gustado haber tenido un poco de agua. Ahora que el momento crucial estaba próximo, descubrió que los nervios empezaban a traicionarle. En su abstracción, casi tropezó con el presidente del Club, que le precedía en la escalinata.

Y no es que MacIntosh deseara los veinte millones de dólares a que ascendía el activo del Club. En su calidad de pintor especializado en retratos, el último año había vendido más cuadros que nunca. Diecisiete, en total, a un promedio de dos mil dólares cada uno. En un círculo reducido y deliberadamente selecto, su obra era muy admirada. Aquella misma mañana le había telefoneado la esposa de Eldon Varner. Después de innumerables tentativas, otro artista muy conocido había renunciado a fijar en el lienzo los famosos ojos de Mrs. Varner. ¿Querría intentarlo MacIntosh?

Se había negado, desde luego. La ética profesional no le permitía interferirse en la obra de otro pintor. Pero la invitación, procediendo de una mujer que había gobernado la sociedad artística de Nueva York durante medio siglo, era una agradable evidencia de que su reputación iba en aumento. Lo mismo, aunque en un sentido distinto, que su elección para la presidencia de la Federación Nacional, el mes anterior.

No, no era el dinero. Ni la maldad. MacIntosh era un hombre agradable, de trato amistoso. Aunque demasiado joven, comparativamente, para tener demasiadas cosas en común con sus compañeros de Club, había gozado sinceramente estando con ellos, y esperaba seguir disfrutando de aquella camaradería.

El verdadero motivo era algo muy distinto. Era un deseo de coleccionista de adquirir un objeto absolutamente perfecto. Y no cabía duda de que el Club de los Ciento era perfecto.

MacIntosh lo había observado casi una década antes, cuando Steese Clayson le había llevado allí en calidad de huésped. Historiador arquitectónico, Clayson era el guía ideal. La visita había finalizado en el comedor, y allí, después de saborear un excelente queso derretido con cerveza, MacIntosh había empezado a darse cuenta de lo perfecto que era el lugar.

Su perfección no radicaba en su belleza. La fachada, inspirada en la Gran Sala de Banquetes que Iñigo Jones había construido para Jaime I en el antiguo Whitehall, resultaba anacrónica y fea en el nuevo Manhattan. Con el paso de los años, se había visto flanqueada por los altos edificios de ladrillo blanco destinados a oficinas. Juntas, las tres estructuras daban la impresión de dos voluminosos libros empequeñeciendo a una borrosa miniatura.

En el interior, el Gran Vestíbulo no merecía haber sido importado, intacto, desde el castillo veraniego del conde de Stratford, en Shottley-in-Welting, para el cual había sido diseñado 400 años antes. El Vestíbulo era demasiado grande, comparado con las otras estancias del Club. Resultaba desproporcionado. Ni siquiera la silla en la cual el príncipe de Gales, más tarde convertido en Eduardo VII, se había sentado en el curso de una cena, tenía el menor valor desde el punto de vista estético. Era una silla de madera, corriente, y lo único realmente curioso que tenía era una placa de metal colocada en el centro del asiento y en la cual figuraban los nombres franceses de la sopa, pescado, carne, verduras, ensalada, queso, helados y bizcochos que el príncipe había comido aquella famosa noche.

La perfección del Club no residía tampoco en el hecho de que fuera práctico. Construido en una época en que los hombres eran más bajos y los techos más altos, representaba un enorme despilfarro de espacio. Sólo el limpiar los suelos y las escaleras requería la dedicación nocturna de ocho mujeres. Eran las únicas personas de su sexo a las que se había concedido el privilegio de subir más arriba del primer piso.

No, el Club no era bello. Ni era práctico. Pero era perfecto…, del mismo modo que la plaza de los Vosgos es una plaza parisiense perfecta, del mismo modo que Man o’War había sido un caballo perfecto, del mismo modo que la reina Victoria había sido una reina perfecta.

Su famosa vajilla, por ejemplo, permitía atender a 500 personas. Incluía cuchillos para el pescado, tenedores para el pescado, cucharones…, incluso mondadientes, todo de oro macizo.

Había los menús para los huéspedes, impresos sin los precios, de modo que únicamente los miembros-anfitriones conocieran el coste de lo que se servía.

Había los seis cuartos de baño. Cada uno de ellos tenía dos bañeras, una al lado de la otra, separadas por una mesita. Encima de cada mesita había a todas horas un tablero de ajedrez con cuatro torres, cuatro álfiles, cuatro caballos, dos damas, dos reyes y dieciséis peones, dispuestos para jugar.

Había la pequeña Oficina de Correos a la entrada del Club. Había sido especialmente autorizada en 1891 por un Acta del Congreso, a fin de que los socios, entre los cuales se encontraba en aquella época el presidente Benjamín Harrison, dispusieran de un lugar cómodo para comprar sellos. Excepto a primeros de mes, cuando se enviaban los recibos, no pasaban más de una docena de cartas al día por su ventanilla. Sin embargo, la Oficina era atendida permanentemente por un oficial de Correos.

Y había el largo túnel secreto que partía de la bodega. Desembocaba, a once manzanas de distancia, en el río Hudson. La mayoría de los visitantes suponían que había sido abierto durante la Prohibición a fin de que los socios pudieran escapar a las redadas de la policía. Estaban equivocados. Había sido construido poco antes de la Guerra Civil, de modo que en el caso de una invasión confederada, los empleados del Club, tradicionalmente negros, dispusieran de un medio para salvar el pellejo. El túnel había costado 840 000 dólares.

Aquel día, con Clayson, MacIntosh reconoció que el Club de los Ciento era el objeto más admirable y civilizado que había visto en su vida. Representaba todo lo que en este mundo tiene algún valor y vale la pena conservar. Entonces supo ya que deseaba el lugar. El único problema era el modo de obtenerlo.

Clayson y otro socio, Campbell Guthrie, un pintor de murales fallecido ya, habían propuesto el ingreso de MacIntosh. Obtener las treinta cartas de apoyo de la propuesta que el Comité de Admisiones exigía no resultó difícil. Una docena de socios, por lo menos, conocían a MacIntosh desde su época escolar, o por haber posado para él. Además de apoyar de buena gana la propuesta de ingreso, se preocuparon de encontrar otros amigos que la suscribieran. Al cabo de tres años, el período normal de espera, MacIntosh fue admitido como socio y se convirtió rápidamente en una figura popular en la mesa donde los socios cenaban, en famille, cuando no tenían que atender a ningún huésped.

El lugar llegó a fascinar a Maclnstosh del mismo modo que un espejo fascina a un cachorro. Dedicó tardes enteras a conocer a fondo todas las estancias, todos los muebles, todos los objetos de arte, todos los libros, todas las instalaciones. Incluso descubrió el tubo neumático, obedientemente sellado durante los años veinte, que permitía al portero advertir al encargado del bar que se acercaba un socio, de modo que a su llegada le esperaba su bebida preferida.

A medida que aumentó el amor de MacIntosh por el lugar, aumentaron también sus temores de que algún día pudiera perderse. ¿Qué ocurriría si ingresaba una nueva hornada de socios…, incapaces de reconocer la perfección del Club? Socios que podían desear la instalación de mesas de ping-pong, aparatos de televisión, aire acondicionado, ascensores, tubos de aire caliente para secarse las manos.

¿Qué ocurriría si algún futuro Consejo Directivo decidía vender el edificio a…, al concesionario de un servicio de aparcamiento y garaje, por ejemplo? ¿Y si a continuación acordaba edificar un nuevo Club, a base de aluminio y cristal y dotado de saunas y de los más complicados y modernos aparatos para adelgazar?

MacIntosh no se oponía al progreso en el mundo exterior, cotidiano; pero, aplicado al Club de los Ciento, veía en aquel mismo progreso a un peligro más o menos lejano. Empezó a darse cuenta de que había que hacer algo, y pronto. En cuanto un Club empieza a deslizarse por la pendiente, su caída se precipita. El antiguo Van Cortland, por ejemplo. Diez años antes, rivalizaba con el Athenaeum de Londres. En la actualidad, el Van Cortland era una comisaría de policía del distrito undécimo.

Su descubrimiento de cómo podía adquirir el lugar fue puramente accidental. Un día se encontraba en la biblioteca esperando a Gauss Fox, entreteniendo la espera con la lectura de un manuscrito de los Artículos de la Incorporación, ilustrado a mano. Súbitamente, en los párrafos H, I y J encontró exactamente lo que había estado buscando. Había escuchado aquellas normas docenas de veces en las reuniones mensuales, donde era preceptiva la lectura del Reglamento Interior. Pero hasta entonces no se había dado cuenta de sus posibilidades.

A partir de aquel momento, la voz del plan, como la llamaba MacIntosh, se hizo más fuerte. Tan fuerte, que no conseguían reducirla al silencio ni el afecto que sentía por sus amigos ni el temor de que le tildaran de chiflado.

Era una voz que MacIntosh había oído antes. Cuando era un jovenzuelo, había sido acólito de la Iglesia Episcopalista. Un domingo se había llevado del templo un pequeño cáliz. Lo había ocultado debajo de su gorra, porque se adaptaba exactamente a su cráneo.

Su padre, un hombre paciente y de poca imaginación, le había explicado que un cáliz destinado a dar la comunión era algo que todo el mundo debía compartir. Aquel cáliz era un símbolo de la fraternidad cristiana. Y, además, tenía un gran valor histórico, ya que databa de la época de Juana de Arco. Decíase que la propia heroína francesa había bebido vino con él en Reims.

Precisamente, arguyó el joven MacIntosh. Por eso se lo había llevado. Sencillamente labrado, de proporciones perfectas, el cáliz de plata era demasiado bello para ser compartido. Lo quería para él. Además, si otros lo utilizaban, el cáliz acabaría por estropearse. Finalmente, había obedecido a su padre y devuelto el cáliz al párroco…, aunque con evidente mala gana.

Era la misma voz obsesionante que MacIntosh estaba oyendo ahora, mientras ascendía la escalinata de mármol. Cuando llegó a la puerta de la biblioteca, la estancia estaba casi llena. Poniéndose de puntillas, echó una mirada circular en busca de un asiento que le permitiera cierto aislamiento. Se vio doblemente recompensado. Tal como había esperado, había un lugar en la última fila. Además, el asiento contiguo estaba ocupado por Haverstraw Goode, un anciano casi ciego.

—Soy Trevor MacIntosh —dijo, tocando ligeramente al doctor Goode con el codo para no sobresaltarle.

—Buenas noches —respondió el doctor Goode—. ¿Le han dado a usted uvas de postre?

—¿Uvas? —repitió MacIntosh, sin comprender. Casi no recordaba lo que le habían servido en la cena. La excitación y el nerviosismo habían borrado la comida de su memoria.

—El budín de uva, por definición, está confeccionado a base de uvas —afirmó rotundamente el doctor Goode—. He hablado varias veces del asunto con el encargado del comedor. Pero, al parecer, si quiero comer uvas tengo que traérmelas. Dígame, ¿cómo se encuentra?

—Bien, muy bien —respondió MacIntosh con aire ausente—. ¿Y usted?

En el estrado, Labadie Dana, el presidente, golpeó la mesa con la maza repetidas veces reclamando silencio. La sesión iba a empezar.

MacIntosh y Goode se inclinaron hacia adelante.

—Como es costumbre en estas reuniones —empezó el presidente—, daremos cuenta de las bajas que se han producido desde la anterior asamblea. Me entristece tener que informarles de que, durante el mes de octubre, el club perdió a uno de sus socios por traslado a otra ciudad, y a seis por fallecimiento. Estamos preparando las notas necrológicas acerca de esos últimos socios, y cuando queden completadas aparecerán en el Boletín. Les echaremos mucho de menos. Expresándolo con palabras del doctor Franklin: «Otros podrán ocupar su lugar, pero nadie podrá sustituirles».

El presidente, un notable violoncelista aficionado, era profesionalmente procurador de los tribunales. Su florido lenguaje no tranquilizó a MacIntosh. Sabía que su idea no tenía ningún fallo. Discretamente, sin revelar sus propósitos, había consultado a varios abogados para comprobar su eficacia desde el punto de vista legal. Todas las respuestas coincidieron en afirmar su invulnerabilidad. Pero, a pesar de todo, MacIntosh no estaba tranquilo.

—En compensación —estaba diciendo el presidente—, ahora estamos en condiciones de añadir nuevos amigos a nuestro Club, y a continuación pasaremos a ocuparnos de ello. En la actualidad, el número de socios asciende a noventa y tres. Esto quiere decir que esta noche podemos elegir a siete nuevos socios para que completen el centenar. Mientras Noah reparte copias de las papeletas para votar, permítanme leer los nombres de los candidatos, como es preceptivo.

MacIntosh miró a su alrededor, intranquilo. Todas las miradas estaban fijas en el presidente. Dana cogió una cuartilla.

—En primer lugar —dijo—, tenemos a Mr. Negley Johnson Truitt, abogado, pintor, propuesto por Hoyt Stevens y Klots Houghton. A continuación, el doctor Harrison M. Dow, presidente universitario, escritor, propuesto por Mummery Gore y Shenton Gregg. En tercer lugar, tenemos a Mr. Charleston Richards, arqueólogo, ensayista, propuesto por Lynes Cox y Haverstraw Goode.

¡Tump! El doctor Goode golpeó el suelo con su bastón. ¡Tump, tump, tump! Era el medio de que se valía para expresar su contento. MacIntosh le hizo eco con los latidos de su corazón. En su avidez por sentarse en un lugar seguro, se había olvidado de que el doctor Goode tenía un candidato para la elección de aquella noche. En realidad, el propio MacIntosh había escrito una carta apoyando la candidatura de Richards. Experimentó cierto remordimiento. Antes de que Goode empezara a perder la vista, MacIntosh había pasado muchos ratos agradables jugando a las cartas con él, y se había encariñado con el anciano. Un par de meses antes, MacIntosh había asistido a una cena de homenaje a Goode en su nonagésimo aniversario. Además, sabía que Richards había tardado casi cinco años en conseguir que aceptaran su candidatura. El problema era la juventud de Richards: no tenía más que cincuenta años.

Bueno, era muy lamentable, pero no podía ser evitado. El camino que conduce al cielo no es fácil, ni cómodo. MacIntosh no podía permitirse ninguna contemporización, ni siquiera por un amigo como Goode.

Dana continuó leyendo la lista de candidatos. Incluía al obispo sufragáneo de la Diócesis de Nueva York, a un científico atómico que había ganado el Premio Nobel de la Paz por sus experimentos en el campo de la física nuclear, un general retirado que había sido asesor militar de un presidente de los Estados Unidos, un periodista cuya columna diaria era leída por casi todas las personas cultas de los Estados Unidos y por la mayoría de personas de habla inglesa del extranjero, un agrónomo recientemente condecorado por el Gobierno italiano por su labor profesional en Somalia, un escultor que acababa de recibir el encargo de modelar una estatua heroica de un jefe de gobierno de una potencia extranjera, y un hombre llamado Robert C. Martin, cuyo título más notable parecía ser el de presidente del Consejo de Administración de una gran empresa del acero.

—La contraseña que observarán ustedes delante del nombre de Mr. Martin —explicó el presidente— es, como ustedes saben, el medio que utilizamos para señalar a los candidatos que, sin estar profesionalmente ligados al mundo de las Artes y las Ciencias, han «favorecido de algún modo los principios sostenidos por este Club». Estoy convencido de que cualquiera de los socios lo bastante afortunado como para haber asistido a la inauguración del nuevo Museo Renacimiento del Central Park, el mes pasado, estará de acuerdo en que un hombre de negocios encariñado con el Arte como Mr. Martin tiene más que merecido el ingreso en esta Sociedad.

—¡Un hombre de negocios! —refunfuñó el doctor Goode—. ¡Este Club fue fundado con la intención de huir del mundo del comercio! Pero no creo que sirva de nada protestar.

MacIntosh sonrió por toda respuesta, aunque su estado de ánimo no era el más propicio para sonreír. Martin era precisamente la clase de socio que más temía para el Club. Al igual que la mayoría de hombres de negocios, razonó MacIntosh, Martin sería probablemente un cruzado. Pero siete millones de dólares, la suma que según el New York Times había costado el nuevo museo, era un desembolso muy elevado, incluso para ser aceptado en esta sacrosanta institución.

—Por último —estaba diciendo el presidente—, tenemos a Sullivan Wylie Hughes, propuesto por Anderson Gordon-Gordon y Felker Pease.

Dana hizo una pausa y se quitó las gafas.

—No creo que sea necesario observar —dijo— que mister Hughes, que figura modestamente como diplomático en nuestras papeletas, acaba de ser nombrado por el Presidente para un cargo especial en el Departamento de Estado. Opino que en esta agitada época resulta muy significativo que tan distinguido caballero, sobre cuyos hombros reposan tantas esperanzas del mundo libre, llegue a nuestro grupo recomendado por un socio que se apellida Pease.

La agudeza fue acogida con exclamaciones de ¡Bravo! ¡Bravo! MacIntosh se secó las palmas de las manos contra las perneras de sus pantalones.

Noah había llegado ya al fondo de la estancia. El anciano camarero entregó dos papeletas a MacIntosh. Una de ellas era para el doctor Goode, y MacIntosh se la pasó.

—Creo —continuó el presidente— que todos ustedes han recibido la correspondiente papeleta. Antes de pasar a recogerlas, daremos lectura al Artículo Diecisiete, párrafos H, I y J, relativos a los Procedimientos Electorales.

MacIntosh se puso rígido. El temido momento había llegado. El presidente recitó negligentemente las normas, como había venido haciendo durante los veintitrés años de su presidencia.

—H —dijo—. Si, por cualquier motivo, un socio se opone al ingreso de cualquier candidato, lo indicará tachando el nombre del candidato en la papeleta. I. La oposición de un solo socio bastará para denegar la petición de ingreso del candidato. J. Las papeletas se entregarán sin firmar.

El presidente se sentó y empezó a hablar con Rumsey Henning, el naturalista, que estaba sentado junto a él en el estrado. En cuanto se hubieran recogido las papeletas, Dana presentaría a Henning, el cual iba a pronunciar una conferencia ilustrada con diapositivas acerca de «La fauna secreta de la cordillera Isabel», una sierra de Nicaragua.

Noah empezó a recorrer lentamente el pasillo abierto entre las hileras de sillas, recogiendo las papeletas, que eran introducidas en la urna de bronce que había venido utilizándose para las elecciones desde 1842. MacIntosh miró al doctor Goode. El anciano estaba inclinado hacia adelante, hablando con Trimble Slattery, sentado en la fila de enfrente. Aunque la vista de Goode hubiese sido perfecta, su posición le hubiera impedido observar lo que MacIntosh se disponía a hacer.

MacIntosh empezó por el primero de los nombres que figuraban en la papeleta. Cuando llegó al candidato del doctor Goode vaciló un instante, pero inmediatamente continuó.

El último de la lista era el nuevo miembro del Departamento de Estado. Finalmente, MacIntosh dobló su papeleta.

Había tachado los once nombres.

Mientras esperaba a Noah, MacIntosh miró a su alrededor. ¿Cuánto tendría que esperar? ¿Diez años? Probablemente, no, pensó, teniendo en cuenta la avanzada edad de todos sus compañeros y la creciente frecuencia con que la bandera del Club ondeaba a media asta.

Lo más probable era que tuviera que esperar cinco años… Sí, cinco años bastarían.

MacIntosh se vio a sí mismo en el estrado, golpeando la mesa con la maza que Cronwell había utilizado en cierta ocasión para abrir el Parlamento.

Se vio a sí mismo diciendo, a una sala completamente vacía: «Declaro abierta la sesión».