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Maniático - Fredric Brown


    He oído el rumor —dijo Sangstrom— de que usted… —Volvió la cabeza y miró a su alrededor para asegurarse de que el farmacéutico y él estaban solos en la pequeña botica. El farmacéutico era un hombrecito de aspecto retorcido cuya edad podía situarse entre los cincuenta y los cien años. Estaban solos, pero Sangstrom bajó todavía más la voz—… de que usted tiene un veneno que no deja el menor rastro.

El farmacéutico asintió. Dio la vuelta al mostrador y cerró la puerta de la botica. Luego se dirigió hacia una puerta situada detrás del mostrador.

—Precisamente iba a cerrar para tomar una taza de café —dijo—. Venga conmigo y lo tomaremos juntos.

Sangstrom aceptó la invitación y entró en una trastienda, en la cual había hileras de estanterías llenas de botellas y de frascos, desde el suelo hasta el techo. El farmacéutico enchufó una cafetera eléctrica, sacó dos tazas y las colocó encima de una mesa que tenía una silla a cada lado. Hizo una seña a Sangstrom para que ocupara una de las sillas, y se sentó en la otra.

—Ahora, dígame —inquirió—: ¿a quién desea matar, y por qué?

—¿Es necesario? —dijo Sangstrom—. ¿No basta con que le pague…?

El farmacéutico le interrumpió levantando una de sus manos.

—Sí, es necesario. Tengo que convencerme de que merece usted lo que puedo darle. De no ser así…

Se encogió de hombros.

—De acuerdo —dijo Sangstrom—. El quién es mi esposa. El porqué

Empezó una larga historia. Antes de que hubiera terminado, la cafetera había realizado su tarea y el farmacéutico le interrumpió brevemente para ir en busca del café. Sangstrom terminó su historia.

El farmacéutico asintió.

—Sí, ocasionalmente proporciono un veneno que no deja rastro. Lo hago completamente gratis; no cobro nada por él, si creo que el caso lo merece. He ayudado a muchos asesinos.

—Muy bien —dijo Sangstrom—. Siendo así, le ruego que me lo proporcione.

El farmacéutico sonrió.

—Ya lo he hecho. Cuando el café estuvo preparado, había decidido ya que usted merecía el veneno. Tal como le he dicho, no voy a cobrarle nada por él. No tiene que abonarme nada. Pero el antídoto tiene un precio.

Sangstrom había palidecido intensamente. Pero ya había previsto… no precisamente esto, sino la posibilidad de un doble juego o de alguna forma de chantaje. Sacó un revólver de su bolsillo.

El farmacéutico soltó una risita.

—Yo no me atrevería a utilizar eso. ¿Puede usted encontrar el antídoto entre esos millares de botellas y frascos? ¿Quiere exponerse a ingerir un veneno todavía más virulento? —Hizo una breve pausa—. Bien, si cree usted que le engaño, dispare. Dentro de tres horas, cuando el veneno empiece a producir sus efectos, conocerá la respuesta.

—¿Cuánto vale el antídoto? —gruñó Sangstrom.

—Un precio razonable. Mil dólares. Después de todo, un hombre tiene que vivir. Aunque su manía sea la de impedir los asesinatos, no existe ningún motivo por el que deba renunciar a ganar un poco de dinero, ¿no le parece?

Maldiciendo en voz baja, Sangstrom dejó el revólver sobre la mesa, al alcance de su mano, y sacó su cartera. Tal vez cuando tuviera el antídoto podría utilizar el revólver. Contó mil dólares en billetes de cien y los empujó hacia el farmacéutico. Éste no hizo el menor movimiento para cogerlos. Dijo:

—Y otra cosa… para seguridad de su esposa y mía. Escribirá usted una confesión de sus intenciones —de sus antiguas intenciones, confío— de asesinar a su esposa. Luego esperará hasta que la envíe por correo a un amigo mío de la Brigada de Homicidios. Él la conservará como prueba, por si a última hora decidiera usted asesinar a su esposa utilizando cualquier otro medio. O a mí, que también podría ser.

»Cuando haya echado la confesión al correo volveré aquí y le entregaré el antídoto. Aquí tiene papel y pluma…

»¡Oh! Otra cosa…, aunque ésta la dejo a su voluntad. Haga correr la voz acerca de mi veneno que no deja rastro, ¿quiere? Nunca se sabe lo que puede ocurrir, Mr. Sangstrom. La vida que usted salve, si tiene algún enemigo, puede ser la suya…

Una coartada de dos minutos - George Harmon Coxe

    Cuando se abrió la puerta que daba a la sala del tribunal y el ujier dijo: «El doctor Lane, por favor», Thomas Lane se puso en pie y se arregló la americana antes de lanzar una ojeada al joven y a la muchacha que estaban sentados junto a él, en el banco de madera.

Janet Watkins le devolvió la mirada, su rostro pálido pero tranquilo, rodeado por el halo de cabellos rubio ceniza, sus ojos color de avellana abiertos e indefensos, hasta el punto que podía leerse claramente en ellos la duda y la incertidumbre, en el preciso instante en que trataba de esbozar una sonrisa de aliento. Janet Watkins había sido ya interrogada y no podía hacer más que esperar la decisión que liberaría a Don Maynard o le inculparía de asesinato.

A su lado, Maynard exhibía una sonrisa estereotipada y fingida, pero su mirada fue franca y segura cuando se cruzó con la de Lane, reflejando más confianza que temor y reafirmando el convencimiento del médico de que Maynard no podía haber asesinado a su esposa.

—No os preocupéis —declaró Lane, con una seguridad que estaba muy lejos de sentir—. Todo saldrá bien.

Forbes, el abogado de Maynard, que encendía cigarrillo tras cigarrillo desde hacía una hora, suspiró y dijo:

—Eso tal vez dependa de usted, doctor.

La sala alta de techo recordó a Lane las aulas de la Universidad; los miembros del jurado no estaban alineados unos al lado de otros como había esperado, sino repartidos al azar delante de él de igual modo que sus alumnos, ante unas mesas, para que pudieran tomar notas con más facilidad. Inmediatamente se dio cuenta de su interés, y, cuando hubo prestado juramento, dirigió a su auditorio una sonrisa ausente, sabiendo que estaba impecable en su traje oscuro, su camisa blanca y su corbata lisa, seguro de que sus abundantes cabellos blancos estaban bien peinados.

Dijo cómo se llamaba, dónde vivía y en qué se ocupaba, añadiendo que a pesar de tener el título de médico había decidido hacía muchos años dedicar su vida a la investigación y a la enseñanza. Cuando se había jubilado, tres años antes, ocupaba un cargo de profesor en la Universidad; posteriormente, se había dedicado a escribir una obra acerca de las consecuencias de la vida moderna sobre el funcionamiento del corazón.

—Y ahora —dijo el fiscal del distrito, llamado MacCann—, ¿puede usted decirnos cuánto tiempo hace que conoce a Janet Watkins?

Con sus modales reposados, el médico respondió que la conocía desde hacía año y medio, aproximadamente. Había tenido necesidad de alguien que mecanografiara un manuscrito, y la Universidad le había recomendado a la joven. Desde entonces, la había visto casi una vez por semana.

—¿Siente usted mucho afecto por ella, doctor?

—Sí.

Lane consideró inútil añadir que había llegado a estimar a Janet Watkins como a la hija que ahora tendría si hubiese vivido lo suficiente.

Luego explicó lo que sabía de Don Maynard, y que Janet le había traído a su casa, hacía nueve meses. A partir de entonces, el muchacho solía presentarse cuando la joven tenía que entregar algún manuscrito, y a veces se quedaban a tomar café con él. De cuando en cuando, jugaban a cartas.

—Usted sabía que Mrs. Maynard vivía al otro lado del patio de su casa, en aquel grupo de inmuebles —dijo MacCann—. En el mismo piso, creo. ¿La conocía usted antes de entablar conocimiento con su marido?

—De vista —respondió Lane.

No añadió que hubiera sido imposible dejar de fijarse en ella, con sus vestidos ceñidos, su andar provocativo y sus llameantes cabellos rubios, cuya tonalidad sólo podía haber sido obtenida por algún procedimiento químico.

—Usted sabía que Mrs. Maynard recibía, visitas de cuando en cuando —continuó el fiscal, consultando sus notas—. Con frecuencia, llegaba a su casa acompañada por algún hombre.

Lane esperó, sabiendo que había hecho todas aquellas declaraciones al comienzo de la investigación. No había prestado atención a aquellos hombres ni había espiado conscientemente el piso de enfrente. Había comprobado que las luces estaban encendidas a menudo hasta muy tarde, pero casi nunca se había preguntado el significado de aquel hecho.

—Usted no simpatizaba con Mrs. Maynard —dijo MacCann. Y, en vista de que no llegaba ninguna respuesta—: Consideraba usted que era una situación más bien sórdida.

—Sórdida, tal vez; pero no única.

—Recientemente, cuando Mr. Maynard y Miss Watkins empezaron a visitarle, ¿emitió usted alguna opinión acerca de Mrs. Maynard?

—Nunca hablábamos de ella.

—¿De veras? —MacCann se permitió una leve sonrisa dedicada al jurado, y luego su voz se hizo más incisiva—. Pero, durante ese período, esas dos personas se enamoraron una de otra. Usted debió darse cuenta del hecho.

—Supongo que sí.

—Sentía usted mucho afecto por Janet Watkins. Estaba usted interesado en su felicidad. Sin embargo, aprobaba aquellos sentimientos, sabiendo que Maynard estaba ya casado.

—El matrimonio de Don fue un error de juventud —respondió Lane—. Una consecuencia de la guerra de Corea.

—Eso es una opinión suya, doctor.

—Los Maynard estaban separados desde hacía un año cuando Don conoció a Janet —insistió Lane—. Ella no tuvo nada que ver en su ruptura.

—Sin embargo, Maynard pidió el divorcio a causa de Janet Watkins.

El médico no discutió, ya que conocía demasiado bien los hechos: Don había vendido sus escasos bonos del tesoro y había pedido prestado algún dinero sobre su seguro de vida para dar a su esposa una suma compensadora. Luego, en el último momento, ella había exigido unas sumas complementarias a entregar semanalmente.

—Lo cual nos conduce a la noche del 12 de diciembre —continuó MacCann—. Maynard acababa de enterarse de que su esposa exigía una suma semanal que él no podía entregar. Fue a su casa de usted —el Fiscal del Distrito consultó sus notas—, a eso de las nueve cuarenta y cinco. ¿Para qué, doctor? ¿Quería un consejo? Y, en caso afirmativo, ¿qué le aconsejó usted?

La escena había quedado claramente impresa en la memoria del médico, y pensó de nuevo en el joven que esperaba fuera en compañía de Janet Watkins. Aquella noche fatal, Maynard tenía un rostro cansado, surcado de arrugas, y su resentimiento y su excitación se traicionaban en su voz y en los movimientos nerviosos de su cuerpo mientras andaba de un lado a otro de la estancia, explicándole la situación. El médico no dio ahora ningún detalle.

—Maynard sabía que su esposa mantenía relaciones con otros hombres —dijo—. Le sugerí que contratara, por desagradable que pudiera resultarle, los servicios de un detective privado a fin de poder obtener el divorcio sin verse obligado a desembolsar ningún dinero.

MacCann se volvió hacia el jurado y resumió la posición de la acusación. Pero el médico no le escuchaba ya: conocía de sobra aquella posición. Fastidiado por una esposa a la cual odiaba, Maynard había salido del piso del doctor Lane lleno de impotente rabia, había cruzado el patio y se había precipitado a casa de su esposa con un revólver en el bolsillo. Ella insistió en sus pretensiones, y Maynard utilizó el revólver.

Dado que una de sus ventanas estaba abierta, el médico había oído la detonación. Otros inquilinos la habían oído también. La hora exacta había sido determinada con precisión, pero sólo una persona se había preocupado por el disparo. Tres o cuatro minutos después de sonar el tiro, un hombre que vivía en el mismo rellano, impulsado por una esposa curiosa que deseaba enterarse de lo sucedido, había salido de su casa. La puerta del piso de Maynard estaba entreabierta y, echando una ojeada, el vecino en cuestión había visto a Maynard arrodillado junto al cadáver de su esposa, con un revólver en la mano: un recuerdo de guerra cuya procedencia no había podido establecer la policía.

A tales evidencias, Maynard no podía oponer más que una absurda historia. Reconoció que estaba contrariado y trastornado por las exigencias de su esposa, y que había subido a su casa en aquella disposición de ánimo, pero no llevaba encima ninguna arma y sólo tenía la intención de amenazarla. Negó haberse precipitado a casa de su esposa… sus preocupaciones le habían hecho aflojar el paso. Al entrar en el inmueble, un hombre que salía corriendo había tropezado con él en el vestíbulo. Como la iluminación era deficiente, Maynard no había podido distinguir su rostro, pero tenía una idea de la estatura del desconocido y del traje que llevaba. Sostuvo que aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de direcciones de su esposa— tuvo que ser el asesino de Mrs. Maynard, puesto que cuando él entró en el piso la había encontrado muerta. Estupefacto y sin darse cuenta de lo que hacía, había recogido el revólver. Y seguía teniéndolo en la mano cuando el vecino le había visto.

—Veamos, doctor —dijo MacCann—. En su declaración a la policía, afirmó usted que habían transcurrido dos minutos, como máximo, después de marcharse Maynard, cuando oyó usted el disparo fatal. Ha confirmado usted sus declaraciones acerca de ese extremo, pero ha reconocido también que no miró el reloj cuando Maynard se marchó, ni cuando oyó el disparo.

—En efecto.

—¿Acaso posee usted un sentido especial del tiempo que le permite determinar la hora con exactitud?

—Que yo sepa, no.

—Entonces no se trata de una certeza propiamente dicha…, sino únicamente de una conjetura.

Antes de que el médico pudiera responder, una mujer miembro del jurado preguntó:

—¿Puedo formular una pregunta? —Estaba sentada en las primeras filas…, una mujer regordeta, de rostro amable, que llevaba un vestido de paño gris—. ¿Comprobó la policía el tiempo que necesita un hombre para ir de un piso al otro?

—Sí —respondió MacCann—. En condiciones diversas. Puede bajarse por la escalera tan rápidamente como con el ascensor. Un hombre con cierta prisa, que cruce sin correr, pero a buen paso, el espacio existente entre los dos edificios, puede recorrer el trayecto en dos minutos y diez segundos. Añadiendo otros diez segundos para llegar al piso y utilizar el arma…

No terminó, pero se volvió hacia el médico:

—Me gustaría comprobar su noción del tiempo, doctor. ¿Ve usted algún inconveniente?

Lane había sospechado que iba a producirse algo por el estilo. En realidad, él había proporcionado una coartada a Maynard. Si el jurado creía que había transcurrido un máximo de dos minutos entre la salida de Maynard de su casa y la detonación, era evidente que el disparo tuvo que hacerlo otra persona. MacCann tenía que atacar aquella coartada —demostrar que la noción que el médico tenía del tiempo no era exacta, ni mucho menos—, y Lane sabía que lo único que podía hacer era afrontar tranquilamente la prueba. Cuando hubo inclinado la cabeza en señal de asentimiento, MacCann dijo:

—Hagamos antes una prueba de ensayo. Usted, señora —se dirigía a la mujer vestida de gris—, ¿tiene inconveniente en volverse de espaldas al reloj y cerrar los ojos? Gracias. Voy a dar la señal, y usted me dirá cuándo le parece que han transcurrido dos minutos.

El médico no pudo evitar volver la cabeza para mirar el reloj de pared que había detrás de él. Oyó la señal de MacCann y vigiló la saeta de los segundos. Quedó a la vez sorprendido y aterrado cuando, al cabo de setenta y dos segundos, la mujer declaró.

—Ahora han pasado dos minutos.

En la sala se oyeron algunas risas, mientras MacCann se dirigía a un hombre, sentado a su derecha:

—¿Quiere usted probar, caballero?

De nuevo, el médico miró el reloj, dándose cuenta de que aquel hombre sabría calcular los dos minutos completos pero experimentó la misma sensación de decepción cuando vio que el cálculo del miembro del jurado sobrepasaba en veintiocho segundos los dos minutos. En la sala se repitieron las risas, y MacCann se dirigió ahora al médico:

—Por favor, doctor, si está usted dispuesto, vamos a ver con qué precisión puede usted calcular ese intervalo de dos minutos del cual hemos oído hablar tanto. Y, para que no pueda usted guiarse por las reacciones del jurado, tenga la bondad de inclinar la cabeza y de cerrar los ojos… ¡Oh! Otra cosa más: su reloj.

—¿Cómo dice?

MacCann se tomó el tiempo necesario para sonreír al jurado, y su voz adquirió un leve acento de reproche.

—Veo que lleva usted un reloj de pulsera. Y no creo que quiera usted hacer trampa, ¿verdad, doctor?

Lane notó que sus mejillas se teñían de púrpura mientras se quitaba el reloj de pulsera y lo introducía en uno de sus bolsillos; luego cruzó las manos e inclinó ligeramente el busto hacia delante, con la cabeza baja. Era una actitud que tomaba el domingo en la iglesia y que en aquel momento parecía adecuada, ya que, mientras el Fiscal del Distrito se disponía a dar la señal, en el corazón del doctor Lane había una plegaria.

Concentrándose, Lane se dio cuenta de la importancia de aquella prueba. Comprendía ahora todo el sentido de lo que había dicho Forbes, el abogado de Maynard, un poco antes.

—Si inculpan a Don, el trabajo será nuestro, ya que la policía olvidará a todos esos individuos que visitaban a su esposa. Sabemos que uno de ellos la asesinó, y si el fiscal del distrito no obtiene la inculpación de Don, la policía se verá obligada a buscar entre aquellos individuos. Sólo así podrá ser descubierto el culpable.

La sala estaba ahora profundamente silenciosa. No llegaba el menor sonido del reloj, ni el menor ruido de respiración del jurado, que se había convertido en mudo e inmóvil. Los segundos que transcurrían parecían interminables, pero la concentración del doctor era ahora muy intensa.

Reflexionando de nuevo en las palabras del abogado, vio otro aspecto de la cuestión, y ese aspecto fue el que alivió su conciencia. Los años dedicados a la enseñanza le habían hecho adquirir una perspicacia en materia de caracteres que rara vez fallaba, como había podido comprobar en estudiantes cuya vida posterior había confirmado su juicio, bueno o malo.

En el fondo de su corazón, no creía que Maynard hubiera asesinado a su esposa, y su opinión se basaba en la actitud del joven cuando estaba con Janet Watkins. No eran únicamente las miradas y los buenos modales de Maynard, sino también su ternura, que se manifestaba especialmente cuando contemplaba a la muchacha creyendo que nadie le observaba. Sin embargo, había tenido la posibilidad material de asesinar a su esposa…, y en esto se basaba la acusación.

El médico no deseaba en absoluto ejercer las funciones de juez y de jurado, pero sabía que un veredicto de «no ha lugar» no es lo mismo que una absolución. Si surgían unos testimonios complementarios —si más adelante se adquiría la prueba de que Maynard era efectivamente culpable—, podría reunirse un nuevo jurado y dictar un veredicto distinto. De momento, lo importante era que la policía se viera obligada a buscar otro culpable…

—Ahora, creo —dijo con voz ahogada, levantando la cabeza.

Oyó la mal disimulada reacción del jurado: sofocados murmullos, que se convirtieron en un zumbido de exclamaciones a media voz. Comprendió que había ganado antes incluso de haber visto la expresión de incredulidad que crispó el rostro de MacCann y el encogimiento de hombros, confesión de fracaso, que acompañó a aquella expresión…

Un poco más tarde, después que el jurado hubo votado el «no ha lugar», Forbes insistió para que fueran a tomar una copa con él en la cafetería de la esquina. El joven y la muchacha estaban sentados uno al lado del otro, con los ojos brillantes de alegría y de gratitud, los dedos unidos debajo de la mesa.

Forbes, que había discutido brevemente el caso con el fiscal del distrito, después del veredicto, se dirigió al médico con aire de triunfo:

—Ha sido usted el testigo clave, y MacCann no se ha repuesto todavía de su asombro. Si el jurado le creía a usted, ¿cómo podía votar de modo distinto al que lo ha hecho? —Se echó a reír—. Dice MacCann que sólo se equivocó usted de un segundo.

—Añadí a propósito un segundo más —respondió el médico.

—¿Que añadió a propósito…?

El médico sonrió. Miró a los dos jóvenes, comprendiendo su alegría y compartiéndola.

—Tenía los dedos apoyados en las muñecas —explicó—, de modo que pudiera tomarse el pulso.

—¿El pulso? —Forbes se inclinó hacia delante, con expresión de sorpresa—. Pero, yo creía que variaba…, que la menor emoción lo aceleraba.

—¡Oh, sí! Normalmente, sí. Para un profano, la sola idea de algo divertido (por ejemplo, unas vacaciones o una tarde de golf) acelera los latidos. Pero yo estoy lejos de ser un profano. —Sonrió—. He dedicado una gran parte de mi existencia a unos estudios sobre el corazón, y me había tomado el pulso innumerables veces mientras escribía mi obra. Y en toda clase de circunstancias.

—¡Oh!

—Y también… —Volvió a sonreír, sin vanidad, con dignidad—, también resulta posible llegar a controlar los pensamientos… Tengo un pulso lento y regular. Muy constante. Sesenta y cuatro pulsaciones. Deliberadamente, añadí un par de pulsaciones suplementarias. Un cálculo demasiado exacto hubiera podido despertar sospechas.

 Diez días más tarde, el médico se tomaba una copa solo. Había tenido remordimientos de conciencia de cuando en cuando, al pensar cómo había engañado a MacCann. Pero ahora estaba completamente tranquilo, mientras releía en el periódico la noticia de que el asesino de Mrs. Maynard había sido detenido y había confesado de plano.

Y la confesión de aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de direcciones de Mrs. Maynard— ponía fin al caso…

Declaro abierta la sesión - William North Jayme

    Trevor

  MacIntosh llevaba un smoking. Estaba subiendo la escalinata de mármol que conducía a la gran biblioteca cupulada donde iba a celebrarse la reunión mensual del Club de los Ciento. Allí, dentro de unos minutos, MacIntosh empezaría a poner en práctica su asombroso plan.

Desde luego, el plan era improbable, descabellado, cínico… como el propio MacIntosh hubiera sido el primero en admitir. En cuanto a los demás, hubieran dicho que el plan era irrealizable, que MacIntosh no estaba bien de la cabeza.

Eso es lo que los otros miembros hubieran dicho. Pero ni siquiera conocían el proyecto. Desde que se le ocurrió la primera idea, hacía unos meses, MacIntosh no la había compartido con nadie. Como resultado de ello, descubrir si podía ser llevada a la práctica se había convertido para su existencia en algo tan importante como el agua.

Le hubiera gustado haber tenido un poco de agua. Ahora que el momento crucial estaba próximo, descubrió que los nervios empezaban a traicionarle. En su abstracción, casi tropezó con el presidente del Club, que le precedía en la escalinata.

Y no es que MacIntosh deseara los veinte millones de dólares a que ascendía el activo del Club. En su calidad de pintor especializado en retratos, el último año había vendido más cuadros que nunca. Diecisiete, en total, a un promedio de dos mil dólares cada uno. En un círculo reducido y deliberadamente selecto, su obra era muy admirada. Aquella misma mañana le había telefoneado la esposa de Eldon Varner. Después de innumerables tentativas, otro artista muy conocido había renunciado a fijar en el lienzo los famosos ojos de Mrs. Varner. ¿Querría intentarlo MacIntosh?

Se había negado, desde luego. La ética profesional no le permitía interferirse en la obra de otro pintor. Pero la invitación, procediendo de una mujer que había gobernado la sociedad artística de Nueva York durante medio siglo, era una agradable evidencia de que su reputación iba en aumento. Lo mismo, aunque en un sentido distinto, que su elección para la presidencia de la Federación Nacional, el mes anterior.

No, no era el dinero. Ni la maldad. MacIntosh era un hombre agradable, de trato amistoso. Aunque demasiado joven, comparativamente, para tener demasiadas cosas en común con sus compañeros de Club, había gozado sinceramente estando con ellos, y esperaba seguir disfrutando de aquella camaradería.

El verdadero motivo era algo muy distinto. Era un deseo de coleccionista de adquirir un objeto absolutamente perfecto. Y no cabía duda de que el Club de los Ciento era perfecto.

MacIntosh lo había observado casi una década antes, cuando Steese Clayson le había llevado allí en calidad de huésped. Historiador arquitectónico, Clayson era el guía ideal. La visita había finalizado en el comedor, y allí, después de saborear un excelente queso derretido con cerveza, MacIntosh había empezado a darse cuenta de lo perfecto que era el lugar.

Su perfección no radicaba en su belleza. La fachada, inspirada en la Gran Sala de Banquetes que Iñigo Jones había construido para Jaime I en el antiguo Whitehall, resultaba anacrónica y fea en el nuevo Manhattan. Con el paso de los años, se había visto flanqueada por los altos edificios de ladrillo blanco destinados a oficinas. Juntas, las tres estructuras daban la impresión de dos voluminosos libros empequeñeciendo a una borrosa miniatura.

En el interior, el Gran Vestíbulo no merecía haber sido importado, intacto, desde el castillo veraniego del conde de Stratford, en Shottley-in-Welting, para el cual había sido diseñado 400 años antes. El Vestíbulo era demasiado grande, comparado con las otras estancias del Club. Resultaba desproporcionado. Ni siquiera la silla en la cual el príncipe de Gales, más tarde convertido en Eduardo VII, se había sentado en el curso de una cena, tenía el menor valor desde el punto de vista estético. Era una silla de madera, corriente, y lo único realmente curioso que tenía era una placa de metal colocada en el centro del asiento y en la cual figuraban los nombres franceses de la sopa, pescado, carne, verduras, ensalada, queso, helados y bizcochos que el príncipe había comido aquella famosa noche.

La perfección del Club no residía tampoco en el hecho de que fuera práctico. Construido en una época en que los hombres eran más bajos y los techos más altos, representaba un enorme despilfarro de espacio. Sólo el limpiar los suelos y las escaleras requería la dedicación nocturna de ocho mujeres. Eran las únicas personas de su sexo a las que se había concedido el privilegio de subir más arriba del primer piso.

No, el Club no era bello. Ni era práctico. Pero era perfecto…, del mismo modo que la plaza de los Vosgos es una plaza parisiense perfecta, del mismo modo que Man o’War había sido un caballo perfecto, del mismo modo que la reina Victoria había sido una reina perfecta.

Su famosa vajilla, por ejemplo, permitía atender a 500 personas. Incluía cuchillos para el pescado, tenedores para el pescado, cucharones…, incluso mondadientes, todo de oro macizo.

Había los menús para los huéspedes, impresos sin los precios, de modo que únicamente los miembros-anfitriones conocieran el coste de lo que se servía.

Había los seis cuartos de baño. Cada uno de ellos tenía dos bañeras, una al lado de la otra, separadas por una mesita. Encima de cada mesita había a todas horas un tablero de ajedrez con cuatro torres, cuatro álfiles, cuatro caballos, dos damas, dos reyes y dieciséis peones, dispuestos para jugar.

Había la pequeña Oficina de Correos a la entrada del Club. Había sido especialmente autorizada en 1891 por un Acta del Congreso, a fin de que los socios, entre los cuales se encontraba en aquella época el presidente Benjamín Harrison, dispusieran de un lugar cómodo para comprar sellos. Excepto a primeros de mes, cuando se enviaban los recibos, no pasaban más de una docena de cartas al día por su ventanilla. Sin embargo, la Oficina era atendida permanentemente por un oficial de Correos.

Y había el largo túnel secreto que partía de la bodega. Desembocaba, a once manzanas de distancia, en el río Hudson. La mayoría de los visitantes suponían que había sido abierto durante la Prohibición a fin de que los socios pudieran escapar a las redadas de la policía. Estaban equivocados. Había sido construido poco antes de la Guerra Civil, de modo que en el caso de una invasión confederada, los empleados del Club, tradicionalmente negros, dispusieran de un medio para salvar el pellejo. El túnel había costado 840 000 dólares.

Aquel día, con Clayson, MacIntosh reconoció que el Club de los Ciento era el objeto más admirable y civilizado que había visto en su vida. Representaba todo lo que en este mundo tiene algún valor y vale la pena conservar. Entonces supo ya que deseaba el lugar. El único problema era el modo de obtenerlo.

Clayson y otro socio, Campbell Guthrie, un pintor de murales fallecido ya, habían propuesto el ingreso de MacIntosh. Obtener las treinta cartas de apoyo de la propuesta que el Comité de Admisiones exigía no resultó difícil. Una docena de socios, por lo menos, conocían a MacIntosh desde su época escolar, o por haber posado para él. Además de apoyar de buena gana la propuesta de ingreso, se preocuparon de encontrar otros amigos que la suscribieran. Al cabo de tres años, el período normal de espera, MacIntosh fue admitido como socio y se convirtió rápidamente en una figura popular en la mesa donde los socios cenaban, en famille, cuando no tenían que atender a ningún huésped.

El lugar llegó a fascinar a Maclnstosh del mismo modo que un espejo fascina a un cachorro. Dedicó tardes enteras a conocer a fondo todas las estancias, todos los muebles, todos los objetos de arte, todos los libros, todas las instalaciones. Incluso descubrió el tubo neumático, obedientemente sellado durante los años veinte, que permitía al portero advertir al encargado del bar que se acercaba un socio, de modo que a su llegada le esperaba su bebida preferida.

A medida que aumentó el amor de MacIntosh por el lugar, aumentaron también sus temores de que algún día pudiera perderse. ¿Qué ocurriría si ingresaba una nueva hornada de socios…, incapaces de reconocer la perfección del Club? Socios que podían desear la instalación de mesas de ping-pong, aparatos de televisión, aire acondicionado, ascensores, tubos de aire caliente para secarse las manos.

¿Qué ocurriría si algún futuro Consejo Directivo decidía vender el edificio a…, al concesionario de un servicio de aparcamiento y garaje, por ejemplo? ¿Y si a continuación acordaba edificar un nuevo Club, a base de aluminio y cristal y dotado de saunas y de los más complicados y modernos aparatos para adelgazar?

MacIntosh no se oponía al progreso en el mundo exterior, cotidiano; pero, aplicado al Club de los Ciento, veía en aquel mismo progreso a un peligro más o menos lejano. Empezó a darse cuenta de que había que hacer algo, y pronto. En cuanto un Club empieza a deslizarse por la pendiente, su caída se precipita. El antiguo Van Cortland, por ejemplo. Diez años antes, rivalizaba con el Athenaeum de Londres. En la actualidad, el Van Cortland era una comisaría de policía del distrito undécimo.

Su descubrimiento de cómo podía adquirir el lugar fue puramente accidental. Un día se encontraba en la biblioteca esperando a Gauss Fox, entreteniendo la espera con la lectura de un manuscrito de los Artículos de la Incorporación, ilustrado a mano. Súbitamente, en los párrafos H, I y J encontró exactamente lo que había estado buscando. Había escuchado aquellas normas docenas de veces en las reuniones mensuales, donde era preceptiva la lectura del Reglamento Interior. Pero hasta entonces no se había dado cuenta de sus posibilidades.

A partir de aquel momento, la voz del plan, como la llamaba MacIntosh, se hizo más fuerte. Tan fuerte, que no conseguían reducirla al silencio ni el afecto que sentía por sus amigos ni el temor de que le tildaran de chiflado.

Era una voz que MacIntosh había oído antes. Cuando era un jovenzuelo, había sido acólito de la Iglesia Episcopalista. Un domingo se había llevado del templo un pequeño cáliz. Lo había ocultado debajo de su gorra, porque se adaptaba exactamente a su cráneo.

Su padre, un hombre paciente y de poca imaginación, le había explicado que un cáliz destinado a dar la comunión era algo que todo el mundo debía compartir. Aquel cáliz era un símbolo de la fraternidad cristiana. Y, además, tenía un gran valor histórico, ya que databa de la época de Juana de Arco. Decíase que la propia heroína francesa había bebido vino con él en Reims.

Precisamente, arguyó el joven MacIntosh. Por eso se lo había llevado. Sencillamente labrado, de proporciones perfectas, el cáliz de plata era demasiado bello para ser compartido. Lo quería para él. Además, si otros lo utilizaban, el cáliz acabaría por estropearse. Finalmente, había obedecido a su padre y devuelto el cáliz al párroco…, aunque con evidente mala gana.

Era la misma voz obsesionante que MacIntosh estaba oyendo ahora, mientras ascendía la escalinata de mármol. Cuando llegó a la puerta de la biblioteca, la estancia estaba casi llena. Poniéndose de puntillas, echó una mirada circular en busca de un asiento que le permitiera cierto aislamiento. Se vio doblemente recompensado. Tal como había esperado, había un lugar en la última fila. Además, el asiento contiguo estaba ocupado por Haverstraw Goode, un anciano casi ciego.

—Soy Trevor MacIntosh —dijo, tocando ligeramente al doctor Goode con el codo para no sobresaltarle.

—Buenas noches —respondió el doctor Goode—. ¿Le han dado a usted uvas de postre?

—¿Uvas? —repitió MacIntosh, sin comprender. Casi no recordaba lo que le habían servido en la cena. La excitación y el nerviosismo habían borrado la comida de su memoria.

—El budín de uva, por definición, está confeccionado a base de uvas —afirmó rotundamente el doctor Goode—. He hablado varias veces del asunto con el encargado del comedor. Pero, al parecer, si quiero comer uvas tengo que traérmelas. Dígame, ¿cómo se encuentra?

—Bien, muy bien —respondió MacIntosh con aire ausente—. ¿Y usted?

En el estrado, Labadie Dana, el presidente, golpeó la mesa con la maza repetidas veces reclamando silencio. La sesión iba a empezar.

MacIntosh y Goode se inclinaron hacia adelante.

—Como es costumbre en estas reuniones —empezó el presidente—, daremos cuenta de las bajas que se han producido desde la anterior asamblea. Me entristece tener que informarles de que, durante el mes de octubre, el club perdió a uno de sus socios por traslado a otra ciudad, y a seis por fallecimiento. Estamos preparando las notas necrológicas acerca de esos últimos socios, y cuando queden completadas aparecerán en el Boletín. Les echaremos mucho de menos. Expresándolo con palabras del doctor Franklin: «Otros podrán ocupar su lugar, pero nadie podrá sustituirles».

El presidente, un notable violoncelista aficionado, era profesionalmente procurador de los tribunales. Su florido lenguaje no tranquilizó a MacIntosh. Sabía que su idea no tenía ningún fallo. Discretamente, sin revelar sus propósitos, había consultado a varios abogados para comprobar su eficacia desde el punto de vista legal. Todas las respuestas coincidieron en afirmar su invulnerabilidad. Pero, a pesar de todo, MacIntosh no estaba tranquilo.

—En compensación —estaba diciendo el presidente—, ahora estamos en condiciones de añadir nuevos amigos a nuestro Club, y a continuación pasaremos a ocuparnos de ello. En la actualidad, el número de socios asciende a noventa y tres. Esto quiere decir que esta noche podemos elegir a siete nuevos socios para que completen el centenar. Mientras Noah reparte copias de las papeletas para votar, permítanme leer los nombres de los candidatos, como es preceptivo.

MacIntosh miró a su alrededor, intranquilo. Todas las miradas estaban fijas en el presidente. Dana cogió una cuartilla.

—En primer lugar —dijo—, tenemos a Mr. Negley Johnson Truitt, abogado, pintor, propuesto por Hoyt Stevens y Klots Houghton. A continuación, el doctor Harrison M. Dow, presidente universitario, escritor, propuesto por Mummery Gore y Shenton Gregg. En tercer lugar, tenemos a Mr. Charleston Richards, arqueólogo, ensayista, propuesto por Lynes Cox y Haverstraw Goode.

¡Tump! El doctor Goode golpeó el suelo con su bastón. ¡Tump, tump, tump! Era el medio de que se valía para expresar su contento. MacIntosh le hizo eco con los latidos de su corazón. En su avidez por sentarse en un lugar seguro, se había olvidado de que el doctor Goode tenía un candidato para la elección de aquella noche. En realidad, el propio MacIntosh había escrito una carta apoyando la candidatura de Richards. Experimentó cierto remordimiento. Antes de que Goode empezara a perder la vista, MacIntosh había pasado muchos ratos agradables jugando a las cartas con él, y se había encariñado con el anciano. Un par de meses antes, MacIntosh había asistido a una cena de homenaje a Goode en su nonagésimo aniversario. Además, sabía que Richards había tardado casi cinco años en conseguir que aceptaran su candidatura. El problema era la juventud de Richards: no tenía más que cincuenta años.

Bueno, era muy lamentable, pero no podía ser evitado. El camino que conduce al cielo no es fácil, ni cómodo. MacIntosh no podía permitirse ninguna contemporización, ni siquiera por un amigo como Goode.

Dana continuó leyendo la lista de candidatos. Incluía al obispo sufragáneo de la Diócesis de Nueva York, a un científico atómico que había ganado el Premio Nobel de la Paz por sus experimentos en el campo de la física nuclear, un general retirado que había sido asesor militar de un presidente de los Estados Unidos, un periodista cuya columna diaria era leída por casi todas las personas cultas de los Estados Unidos y por la mayoría de personas de habla inglesa del extranjero, un agrónomo recientemente condecorado por el Gobierno italiano por su labor profesional en Somalia, un escultor que acababa de recibir el encargo de modelar una estatua heroica de un jefe de gobierno de una potencia extranjera, y un hombre llamado Robert C. Martin, cuyo título más notable parecía ser el de presidente del Consejo de Administración de una gran empresa del acero.

—La contraseña que observarán ustedes delante del nombre de Mr. Martin —explicó el presidente— es, como ustedes saben, el medio que utilizamos para señalar a los candidatos que, sin estar profesionalmente ligados al mundo de las Artes y las Ciencias, han «favorecido de algún modo los principios sostenidos por este Club». Estoy convencido de que cualquiera de los socios lo bastante afortunado como para haber asistido a la inauguración del nuevo Museo Renacimiento del Central Park, el mes pasado, estará de acuerdo en que un hombre de negocios encariñado con el Arte como Mr. Martin tiene más que merecido el ingreso en esta Sociedad.

—¡Un hombre de negocios! —refunfuñó el doctor Goode—. ¡Este Club fue fundado con la intención de huir del mundo del comercio! Pero no creo que sirva de nada protestar.

MacIntosh sonrió por toda respuesta, aunque su estado de ánimo no era el más propicio para sonreír. Martin era precisamente la clase de socio que más temía para el Club. Al igual que la mayoría de hombres de negocios, razonó MacIntosh, Martin sería probablemente un cruzado. Pero siete millones de dólares, la suma que según el New York Times había costado el nuevo museo, era un desembolso muy elevado, incluso para ser aceptado en esta sacrosanta institución.

—Por último —estaba diciendo el presidente—, tenemos a Sullivan Wylie Hughes, propuesto por Anderson Gordon-Gordon y Felker Pease.

Dana hizo una pausa y se quitó las gafas.

—No creo que sea necesario observar —dijo— que mister Hughes, que figura modestamente como diplomático en nuestras papeletas, acaba de ser nombrado por el Presidente para un cargo especial en el Departamento de Estado. Opino que en esta agitada época resulta muy significativo que tan distinguido caballero, sobre cuyos hombros reposan tantas esperanzas del mundo libre, llegue a nuestro grupo recomendado por un socio que se apellida Pease.

La agudeza fue acogida con exclamaciones de ¡Bravo! ¡Bravo! MacIntosh se secó las palmas de las manos contra las perneras de sus pantalones.

Noah había llegado ya al fondo de la estancia. El anciano camarero entregó dos papeletas a MacIntosh. Una de ellas era para el doctor Goode, y MacIntosh se la pasó.

—Creo —continuó el presidente— que todos ustedes han recibido la correspondiente papeleta. Antes de pasar a recogerlas, daremos lectura al Artículo Diecisiete, párrafos H, I y J, relativos a los Procedimientos Electorales.

MacIntosh se puso rígido. El temido momento había llegado. El presidente recitó negligentemente las normas, como había venido haciendo durante los veintitrés años de su presidencia.

H —dijo—. Si, por cualquier motivo, un socio se opone al ingreso de cualquier candidato, lo indicará tachando el nombre del candidato en la papeleta. I. La oposición de un solo socio bastará para denegar la petición de ingreso del candidato. J. Las papeletas se entregarán sin firmar.

El presidente se sentó y empezó a hablar con Rumsey Henning, el naturalista, que estaba sentado junto a él en el estrado. En cuanto se hubieran recogido las papeletas, Dana presentaría a Henning, el cual iba a pronunciar una conferencia ilustrada con diapositivas acerca de «La fauna secreta de la cordillera Isabel», una sierra de Nicaragua.

Noah empezó a recorrer lentamente el pasillo abierto entre las hileras de sillas, recogiendo las papeletas, que eran introducidas en la urna de bronce que había venido utilizándose para las elecciones desde 1842. MacIntosh miró al doctor Goode. El anciano estaba inclinado hacia adelante, hablando con Trimble Slattery, sentado en la fila de enfrente. Aunque la vista de Goode hubiese sido perfecta, su posición le hubiera impedido observar lo que MacIntosh se disponía a hacer.

MacIntosh empezó por el primero de los nombres que figuraban en la papeleta. Cuando llegó al candidato del doctor Goode vaciló un instante, pero inmediatamente continuó.

El último de la lista era el nuevo miembro del Departamento de Estado. Finalmente, MacIntosh dobló su papeleta.

Había tachado los once nombres.

Mientras esperaba a Noah, MacIntosh miró a su alrededor. ¿Cuánto tendría que esperar? ¿Diez años? Probablemente, no, pensó, teniendo en cuenta la avanzada edad de todos sus compañeros y la creciente frecuencia con que la bandera del Club ondeaba a media asta.

Lo más probable era que tuviera que esperar cinco años… Sí, cinco años bastarían.

MacIntosh se vio a sí mismo en el estrado, golpeando la mesa con la maza que Cronwell había utilizado en cierta ocasión para abrir el Parlamento.

Se vio a sí mismo diciendo, a una sala completamente vacía: «Declaro abierta la sesión».

Adiós, Mr. Bliss - Joseph Payne Brennan

    

El 30 de junio, un día antes de que la Biblioteca Lockridge cerrara sus puertas durante los meses de verano, Mr. Bliss, bibliotecario jefe, hizo acudir a su despacho a Miss Quinby para informarla de que sus servicios no serían ya necesarios al terminar el año.

Miss Quinby se sentó en silencio, con los fatigados ojos llenos de lágrimas. Había servido fielmente a la Biblioteca Lockridge por espacio de treinta y cinco años. Al cabo de otros cinco años hubiera podido jubilarse con una pensión.

Mr. Bliss jugueteó con su pisapapeles.

—No hay por qué tomárselo así, Miss Quinby. Tiene usted seis meses para encontrar otro empleo. Con su experiencia, estoy convencido de que no será problema.

Miss Quinby no dijo nada.

Mr. Bliss carraspeó. Su voz sonó ligeramente irritada.

—En realidad, creo que me estoy portando de un modo muy generoso con usted. Tendrá sus dos meses de vacaciones pagadas, y luego otros cuatro meses para buscar empleo. Seguramente…

—Preferiría quedarme aquí —dijo Miss Quinby.

Mr. Bliss sacudió la cabeza con cierta vehemencia.

—La cosa está decidida, Miss Quinby. Como ya le he dicho, carece usted de los conocimientos indispensables en estos días. No tiene usted ningún título universitario…, ni siquiera académico. Sus servicios han sido siempre muy… limitados. La Biblioteca Lockridge va a experimentar una profunda transformación. Contrataremos únicamente personal especializado. Su trabajo será realizado mucho más eficazmente por una joven bibliotecaria profesional, con los indispensables estudios.

«Una joven bibliotecaria profesional —pensó Miss Quinby amargamente— con las indispensables curvas».

Las sonrosadas mejillas de Mr. Bliss se tiñeron de rojo, como si hubiera leído los pensamientos de Miss Quinby.

—Creo que esto es todo —dijo.

—Si escribo al Comité de la Biblioteca —insistió Miss Quinby—, tal vez…

—Será inútil —la interrumpió Mr. Bliss—. El Comité no es más que un organismo asesor. Ni siquiera les he informado de esta decisión, pero si usted quiere hacerlo le aseguro que perderá el tiempo.

Miss Quinby sabía que era cierto. Desde su llegada, hacía poco más de un año, Mr. Bliss había manejado a su antojo al Comité. Ni uno solo de sus miembros se atrevió a enfrentarse con él.

Aunque sabía que no había ninguna esperanza, Miss Quinby continuó sentada, tratando desesperadamente de encontrar algo más que decir. Era todo tan injusto, tan cruel…, tan innecesario… A su edad no le sería fácil encontrar otro empleo, ni siquiera con su experiencia. Y si lo encontraba, se vería obligada a aceptar un sueldo mucho más bajo. Y echaría de menos a sus amigos, a sus…

Mr. Bliss se puso en pie, con el ceño fruncido.

—Desde luego —advirtió en tono severo—, si trata usted de complicar las cosas la pondré de patitas en la calle inmediatamente.

Miss Quinby se apresuró a levantarse. Sabía que Mr. Bliss cumpliría su amenaza. La aborrecía. Le había amargado la vida desde su llegada. Miss Quinby había hecho lo imposible por cumplir sus más caprichosas e irrazonables órdenes. Pero no le sirvió de nada. Y ahora no se atrevía a discutir con él. Necesitaría los seis meses.

Se dirigió hacia la puerta.

—Gracias —dijo, e inmediatamente se odió a sí misma por haberlo dicho.

Mr. Bliss inclinó la cabeza de un modo casi imperceptible.

De regreso en su oficina, Miss Quinby se sentó ante su escritorio y se quitó las empañadas gafas. Estaba demasiado aturdida para llorar. La entrevista con Mr. Bliss tenía un aire de irrealidad. Una pequeña parte de su mente trataba de convencerla de que no había sucedido nada, en realidad, de que todo el asunto era una especie de error que podía ser enmendado.

Las empleadas más jóvenes se marchaban temprano, como era costumbre el día anterior al comienzo de las vacaciones, y Miss Quinby pudo oír su alegre cháchara mientras sus tacones repiqueteaban en el pasillo.

Pasaron junto al despacho de Mr. Bliss.

«¡Adiós, Mr. Bliss!». «¡Feliz verano, Mr. Bliss!». «¡Felices vacaciones, Mr. Bliss!». «¡Adiós, Mr. Bliss!». «Adiós…».

Miss Quinby se puso bruscamente en pie y cerró la puerta de su oficina. Maquinalmente, empezó a arreglar los papeles esparcidos sobre su mesa. Trabajaba siempre hasta las cinco, incluso el día anterior al comienzo de las vacaciones. Hoy no sería una excepción. A pesar de lo que había sucedido, no podía inducirse a sí misma a marcharse más temprano.

Unos instantes después recordó que tenía que arreglar su taquilla. Siempre lo había hecho antes de marcharse de vacaciones. Abriendo la puerta, salió al pasillo y se dirigió a los vestuarios.

Al pasar por delante del despacho de Mr. Bliss le oyó hablar. Al parecer, estaba conversando por teléfono.

«Exacto —estaba diciendo—. He planeado unas verdaderas vacaciones. No le he dicho absolutamente a nadie adonde voy a ir. No voy a darle la dirección a nadie. Ni siquiera he hecho ninguna reserva. Emprenderé el viaje esta misma tarde, a las cinco, cuando salga de aquí, y no regresaré hasta septiembre».

Mientras ordenaba su taquilla, Miss Quinby consultó su reloj. Eran las cuatro.

Cuando regresó a su oficina, todo el edificio parecía silencioso y desierto. Mr. Bliss estaba aún en su despacho; permanecería en él hasta las cinco en punto. Aparte de ellos dos, en el edificio sólo había otra persona: Jacobson, el encargado de la limpieza.

Miss Quinby se sentó, apoyó la barbilla entre sus manos y se sumió en profundos pensamientos. Durante más de diez minutos permaneció inmóvil. Con su almidonada blusa blanca de cuello alto, su severa falda negra y sus zapatos de tacones bajos, podía haber sido un maniquí de cera vestido para responder al tradicional concepto de «bibliotecaria» en la mente del público vulgar.

Finalmente, Miss Quinby se puso en pie con una expresión cautelosa y decidida al mismo tiempo. Después de sacar una llave de un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado, salió al pasillo. La luz del despacho de Mr. Bliss continuaba encendida. Dirigiéndose hacia el lado opuesto, Miss Quinby descendió la escalera que conducía al sótano. Jacobson, el encargado de la limpieza, no se veía por ninguna parte.

Una vez en el sótano, Miss Quinby recorrió un largo pasillo, cruzó una especie de arco, se adentró en otro pasillo, más corto, y se detuvo ante una maciza puerta de acero.

Al otro lado de aquella puerta se encontraba el departamento de seguridad de la Biblioteca, una pequeña habitación subterránea donde se guardaban los incunables y otros libros raros y valiosos que no circulaban entre el público ordinario.

Abriendo la puerta de acero con la llave que había sacado del cajón de su escritorio, Miss Quinby pulsó el interruptor de la luz y miró hacia el interior. Las estanterías estaban llenas de libros encuadernados en pergamino.

Vaciló unos instantes, consultando su reloj. Eran las cuatro y media. Volviéndose rápidamente, se dirigió al pasillo principal y entró en el lavabo del sótano. Un momento después volvió a salir llevando un vaso de papel lleno de agua.

Entró en el departamento de seguridad, dejó caer el agua en un rincón, arrugó el vaso de papel, se lo metió en un bolsillo de su falda y salió apresuradamente.

En el pasillo, en una abertura practicada en la pared, había un teléfono interior.

Miss Quinby lo descolgó y marcó el número del despacho de Mr. Bliss.

—Aquí Mr. Bliss, de la Biblioteca Lockridge —dijo la voz del bibliotecario jefe.

—Soy Miss Quinby, Mr. Bliss. Estoy en el sótano. He bajado a guardar un ejemplar en el departamento de seguridad. —Tomó aliento—. En el departamento de seguridad hay agua, Mr. Bliss. En el suelo. Una filtración, seguramente. Alguna cañería, o…

Mr. Bliss gruñó con desesperación.

—¡Precisamente ahora! Bajo en seguida. Trate de localizar a Jacobson.

Un par de minutos después Mr. Bliss se encontraba en el sótano. Estaba furioso.

—¿Dónde está el agua? —preguntó en tono desabrido—. ¿Ha localizado ya a Jacobson?

Miss Quinby señaló el rincón donde había dejado caer el agua.

—Allí. En el suelo.

Cuando vio el pequeño charco, Mr. Bliss frunció el ceño.

—¡Vaya un fastidio! —exclamó, inclinándose para examinarlo más de cerca.

Miss Quinby se agarró con las dos manos al pomo de la puerta de acero y tiró hacia sí. La puerta se cerró con un enorme estrépito. Se oyó el chasquido de la cerradura automática.

Durante unos segundos hubo un silencio absoluto. Luego, Miss Quinby oyó la voz de Mr. Bliss, ahogada y lejana.

—¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta!

Miss Quinby esperó. Era posible que Mr. Bliss se hubiera traído la otra llave del departamento de seguridad. Pero la guardaba en un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado y lo más probable era que no se hubiese entretenido en sacarla. Debió pensar que si Miss Quinby había abierto la puerta, forzosamente debía de tener una llave.

Al cabo de unos instantes, Miss Quinby se convenció de que sus previsiones habían sido correctas. Si Mr. Bliss tuviera la llave, ya la hubiera utilizado. En vez de eso, empezó a aporrear la puerta.

—¡Miss Quinby! ¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta! ¡Inmediatamente! ¿Se ha vuelto loca?

En su voz había ya un acento de pánico.

Dejando la llave en la cerradura, Miss Quinby recorrió el pasillo interior. Al llegar al arco, se detuvo a escuchar.

Incluso a aquella corta distancia, la voz de Mr. Bliss era apenas audible. Miss Quinby no pudo oír lo que estaba gritando. No estaba segura de que dijera nada. Parecía como si se limitara a gritar.

Miss Quinby subió apresuradamente la escalera, entró en el despacho de Mr. Bliss, encendió la lámpara del escritorio y cerró la puerta.

Cuando apareció Jacobson, Miss Quinby estaba en su propia oficina.

Jacobson asomó la cabeza.

—¿Se ha marchado ya Mr. Bliss, Miss Quinby?

Miss Quinby levantó la cabeza.

—Supongo que sí. ¿Va usted a cerrar pronto?

Jacobson consultó su reloj.

—Dentro de diez minutos, Miss Quinby, si ha terminado usted su trabajo.

Miss Quinby permaneció en su oficina hasta las cinco en punto. Lo más probable era que Jacobson hubiera terminado ya su ronda final por todo el edificio. Pero quería estar segura.

En cuanto Jacobson y ella se hubieran marchado, la Biblioteca permanecería cerrada hasta después de la Fiesta del Trabajo. Dado que Mr. Bliss, soltero, había planeado unas vacaciones «íntimas», sin dejar la dirección a nadie, sin hacer ninguna reserva, nadie se preocuparía por su desaparición hasta que la Biblioteca volviera a abrir sus puertas.

Desde luego, podía ocurrírsele escribir una nota contando lo que había sucedido. Bueno, ya se ocuparía de eso. Resultaría muy desagradable, pero arreglaría las cosas de modo que fuera ella la primera persona que bajara al sótano. Entraría en el departamento de seguridad para comprobar que no había nada que pudiera comprometerla.

Nadie podría demostrar que Mr. Bliss no había quedado encerrado por puro accidente. Supondrían que, después de cerrar su despacho, Mr. Bliss había bajado al sótano para efectuar una inspección de última hora, o quizá para guardar algún libro valioso. Había dejado la llave en la cerradura y, Dios sabe cómo, la puerta se había cerrado…

Nadie, aparte de Mr. Bliss, sabía que Miss Quinby tenía un duplicado de la llave del departamento de seguridad. De acuerdo con las normas de la Biblioteca, la llave tenía que guardarse, encerrada, en el despacho del bibliotecario jefe. Mr. Bliss había permitido que Miss Quinby tuviera un duplicado para evitarse molestias.

Jacobson asomó de nuevo su cabeza.

—¿Ha terminado usted, miss Quinby?

—Sí, Jacobson. Voy a salir con usted.

Se detuvo en la gran escalinata de mármol, mientras Jacobson cerraba la puerta principal.

—Y ahora, hasta que pase la Fiesta del Trabajo —comentó Jacobson, sonriendo.

Miss Quinby sonrió. La Fiesta del Trabajo. El final de las vacaciones. Entonces regresaría a su oficina, pero no para cuatro meses, sino para otros cinco años. Desaparecido Mister Bliss, estaría a salvo. Al Comité de la Biblioteca no se le ocurriría nunca despedirla.

Mientras avanzaba con Jacobson por el enarenado sendero, se volvió a mirar por encima de su hombro.

Con sus grandes persianas echadas y todas las luces apagadas, la Biblioteca Lockridge tenía un aspecto oscuro, frío y repulsivo.

Parecía un mausoleo.