MacIntosh llevaba un smoking. Estaba subiendo la escalinata de mármol que conducía a la gran
biblioteca cupulada donde iba a celebrarse la reunión mensual del Club de los
Ciento. Allí, dentro de unos minutos, MacIntosh empezaría a poner en práctica
su asombroso plan.
Desde luego, el plan
era improbable, descabellado, cínico… como el propio MacIntosh hubiera sido el
primero en admitir. En cuanto a los demás, hubieran dicho que el plan era
irrealizable, que MacIntosh no estaba bien de la cabeza.
Eso es lo que los
otros miembros hubieran dicho. Pero ni siquiera conocían el proyecto. Desde que
se le ocurrió la primera idea, hacía unos meses, MacIntosh no la había
compartido con nadie. Como resultado de ello, descubrir si podía
ser llevada a la práctica se había convertido para su existencia en algo tan
importante como el agua.
Le hubiera gustado
haber tenido un poco de agua. Ahora que el momento crucial estaba próximo,
descubrió que los nervios empezaban a traicionarle. En su abstracción, casi
tropezó con el presidente del Club, que le precedía en la escalinata.
Y no es que
MacIntosh deseara los veinte millones de dólares a que ascendía el activo del
Club. En su calidad de pintor especializado en retratos, el último año había
vendido más cuadros que nunca. Diecisiete, en total, a un promedio de dos mil
dólares cada uno. En un círculo reducido y deliberadamente selecto, su obra era
muy admirada. Aquella misma mañana le había telefoneado la esposa de Eldon
Varner. Después de innumerables tentativas, otro artista muy conocido había
renunciado a fijar en el lienzo los famosos ojos de Mrs. Varner. ¿Querría
intentarlo MacIntosh?
Se había negado,
desde luego. La ética profesional no le permitía interferirse en la obra de
otro pintor. Pero la invitación, procediendo de una mujer que había gobernado
la sociedad artística de Nueva York durante medio siglo, era una agradable
evidencia de que su reputación iba en aumento. Lo mismo, aunque en un sentido
distinto, que su elección para la presidencia de la Federación Nacional, el mes
anterior.
No, no era el dinero.
Ni la maldad. MacIntosh era un hombre agradable, de trato amistoso. Aunque
demasiado joven, comparativamente, para tener demasiadas cosas en común con sus
compañeros de Club, había gozado sinceramente estando con ellos, y esperaba
seguir disfrutando de aquella camaradería.
El verdadero motivo
era algo muy distinto. Era un deseo de coleccionista de adquirir un objeto
absolutamente perfecto. Y no cabía duda de que el Club de los Ciento era
perfecto.
MacIntosh lo había
observado casi una década antes, cuando Steese Clayson le había llevado allí en
calidad de huésped. Historiador arquitectónico, Clayson era el guía ideal. La
visita había finalizado en el comedor, y allí, después de saborear un excelente
queso derretido con cerveza, MacIntosh había empezado a darse cuenta de lo
perfecto que era el lugar.
Su perfección no
radicaba en su belleza. La fachada, inspirada en la Gran Sala de Banquetes que
Iñigo Jones había construido para Jaime I en el antiguo Whitehall,
resultaba anacrónica y fea en el nuevo Manhattan. Con el paso de los años, se
había visto flanqueada por los altos edificios de ladrillo blanco destinados a
oficinas. Juntas, las tres estructuras daban la impresión de dos voluminosos
libros empequeñeciendo a una borrosa miniatura.
En el interior, el
Gran Vestíbulo no merecía haber sido importado, intacto, desde el castillo
veraniego del conde de Stratford, en Shottley-in-Welting, para el cual había
sido diseñado 400 años antes. El Vestíbulo era demasiado grande, comparado con
las otras estancias del Club. Resultaba desproporcionado. Ni siquiera la silla
en la cual el príncipe de Gales, más tarde convertido en Eduardo VII, se
había sentado en el curso de una cena, tenía el menor valor desde el punto de
vista estético. Era una silla de madera, corriente, y lo único realmente
curioso que tenía era una placa de metal colocada en el centro del asiento y en
la cual figuraban los nombres franceses de la sopa, pescado, carne, verduras,
ensalada, queso, helados y bizcochos que el príncipe había comido aquella famosa
noche.
La perfección del
Club no residía tampoco en el hecho de que fuera práctico. Construido en una
época en que los hombres eran más bajos y los techos más altos, representaba un
enorme despilfarro de espacio. Sólo el limpiar los suelos y las escaleras
requería la dedicación nocturna de ocho mujeres. Eran las únicas personas de su
sexo a las que se había concedido el privilegio de subir más arriba del primer
piso.
No, el Club no era
bello. Ni era práctico. Pero era perfecto…, del mismo modo que la plaza de los
Vosgos es una plaza parisiense perfecta, del mismo modo que Man
o’War había sido un caballo perfecto, del mismo modo que la reina
Victoria había sido una reina perfecta.
Su famosa vajilla,
por ejemplo, permitía atender a 500 personas. Incluía cuchillos para el
pescado, tenedores para el pescado, cucharones…, incluso mondadientes, todo de
oro macizo.
Había los menús
para los huéspedes, impresos sin los precios, de modo que únicamente los
miembros-anfitriones conocieran el coste de lo que se servía.
Había los seis
cuartos de baño. Cada uno de ellos tenía dos bañeras, una al lado de la otra,
separadas por una mesita. Encima de cada mesita había a todas horas un tablero
de ajedrez con cuatro torres, cuatro álfiles, cuatro caballos, dos damas, dos reyes
y dieciséis peones, dispuestos para jugar.
Había la pequeña
Oficina de Correos a la entrada del Club. Había sido especialmente autorizada
en 1891 por un Acta del Congreso, a fin de que los socios, entre los cuales se
encontraba en aquella época el presidente Benjamín Harrison, dispusieran de un
lugar cómodo para comprar sellos. Excepto a primeros de mes, cuando se enviaban
los recibos, no pasaban más de una docena de cartas al día por su ventanilla.
Sin embargo, la Oficina era atendida permanentemente por un oficial de Correos.
Y había el largo
túnel secreto que partía de la bodega. Desembocaba, a once manzanas de
distancia, en el río Hudson. La mayoría de los visitantes suponían que había
sido abierto durante la Prohibición a fin de que los socios pudieran escapar a
las redadas de la policía. Estaban equivocados. Había sido construido poco
antes de la Guerra Civil, de modo que en el caso de una invasión confederada,
los empleados del Club, tradicionalmente negros, dispusieran de un medio para
salvar el pellejo. El túnel había costado 840 000 dólares.
Aquel día, con
Clayson, MacIntosh reconoció que el Club de los Ciento era el objeto más
admirable y civilizado que había visto en su vida. Representaba todo lo que en
este mundo tiene algún valor y vale la pena conservar. Entonces supo ya que
deseaba el lugar. El único problema era el modo de obtenerlo.
Clayson y otro
socio, Campbell Guthrie, un pintor de murales fallecido ya, habían propuesto el
ingreso de MacIntosh. Obtener las treinta cartas de apoyo de la propuesta que
el Comité de Admisiones exigía no resultó difícil. Una docena de socios, por lo
menos, conocían a MacIntosh desde su época escolar, o por haber posado para él.
Además de apoyar de buena gana la propuesta de ingreso, se preocuparon de encontrar
otros amigos que la suscribieran. Al cabo de tres años, el período normal de
espera, MacIntosh fue admitido como socio y se convirtió rápidamente en una
figura popular en la mesa donde los socios cenaban, en famille, cuando no tenían que atender a
ningún huésped.
El lugar llegó a
fascinar a Maclnstosh del mismo modo que un espejo fascina a un cachorro.
Dedicó tardes enteras a conocer a fondo todas las estancias, todos los muebles,
todos los objetos de arte, todos los libros, todas las instalaciones. Incluso
descubrió el tubo neumático, obedientemente sellado durante los años veinte,
que permitía al portero advertir al encargado del bar que se acercaba un socio,
de modo que a su llegada le esperaba su bebida preferida.
A medida que
aumentó el amor de MacIntosh por el lugar, aumentaron también sus temores de
que algún día pudiera perderse. ¿Qué ocurriría si ingresaba una nueva hornada
de socios…, incapaces de reconocer la perfección del Club? Socios que podían
desear la instalación de mesas de ping-pong, aparatos de televisión, aire acondicionado, ascensores, tubos de aire
caliente para secarse las manos.
¿Qué ocurriría si
algún futuro Consejo Directivo decidía vender el edificio a…, al concesionario
de un servicio de aparcamiento y garaje, por ejemplo? ¿Y si a continuación
acordaba edificar un nuevo Club, a base de aluminio y cristal y dotado de
saunas y de los más complicados y modernos aparatos para adelgazar?
MacIntosh no se
oponía al progreso en el mundo exterior, cotidiano; pero, aplicado al Club de
los Ciento, veía en aquel mismo progreso a un peligro más o menos lejano.
Empezó a darse cuenta de que había que hacer algo, y pronto. En cuanto un Club
empieza a deslizarse por la pendiente, su caída se precipita. El antiguo Van
Cortland, por ejemplo. Diez años antes, rivalizaba con el Athenaeum de
Londres. En la actualidad, el Van Cortland era una comisaría de policía del
distrito undécimo.
Su descubrimiento
de cómo podía adquirir el lugar fue puramente accidental. Un día se encontraba
en la biblioteca esperando a Gauss Fox, entreteniendo la espera con la lectura
de un manuscrito de los Artículos de la Incorporación, ilustrado a mano.
Súbitamente, en los párrafos H, I y J
encontró exactamente lo que había estado buscando. Había escuchado aquellas
normas docenas de veces en las reuniones mensuales, donde era preceptiva la
lectura del Reglamento Interior. Pero hasta entonces no se había dado cuenta de
sus posibilidades.
A partir de aquel
momento, la voz del plan, como la llamaba MacIntosh,
se hizo más fuerte. Tan fuerte, que no conseguían reducirla al silencio ni el
afecto que sentía por sus amigos ni el temor de que le tildaran de chiflado.
Era una voz que
MacIntosh había oído antes. Cuando era un jovenzuelo, había sido acólito de la
Iglesia Episcopalista. Un domingo se había llevado del templo un pequeño cáliz.
Lo había ocultado debajo de su gorra, porque se adaptaba exactamente a su
cráneo.
Su padre, un hombre
paciente y de poca imaginación, le había explicado que un cáliz destinado a dar
la comunión era algo que todo el mundo debía compartir. Aquel cáliz era un
símbolo de la fraternidad cristiana. Y, además, tenía un gran valor histórico,
ya que databa de la época de Juana de Arco. Decíase que la propia heroína
francesa había bebido vino con él en Reims.
Precisamente,
arguyó el joven MacIntosh. Por eso se lo había llevado. Sencillamente labrado,
de proporciones perfectas, el cáliz de plata era demasiado bello para ser
compartido. Lo quería para él. Además, si otros lo utilizaban, el cáliz
acabaría por estropearse. Finalmente, había obedecido a su padre y devuelto el
cáliz al párroco…, aunque con evidente mala gana.
Era la misma voz
obsesionante que MacIntosh estaba oyendo ahora, mientras ascendía la escalinata
de mármol. Cuando llegó a la puerta de la biblioteca, la estancia estaba casi
llena. Poniéndose de puntillas, echó una mirada circular en busca de un asiento
que le permitiera cierto aislamiento. Se vio doblemente recompensado. Tal como
había esperado, había un lugar en la última fila. Además, el asiento contiguo
estaba ocupado por Haverstraw Goode, un anciano casi ciego.
—Soy Trevor
MacIntosh —dijo, tocando ligeramente al doctor Goode con el codo para no
sobresaltarle.
—Buenas noches
—respondió el doctor Goode—. ¿Le han dado a usted uvas de postre?
—¿Uvas? —repitió
MacIntosh, sin comprender. Casi no recordaba lo que le habían servido en la
cena. La excitación y el nerviosismo habían borrado la comida de su memoria.
—El budín de uva,
por definición, está confeccionado a base de uvas —afirmó rotundamente el doctor
Goode—. He hablado varias veces del asunto con el encargado del comedor. Pero,
al parecer, si quiero comer uvas tengo que traérmelas. Dígame, ¿cómo se
encuentra?
—Bien, muy bien
—respondió MacIntosh con aire ausente—. ¿Y usted?
En el estrado,
Labadie Dana, el presidente, golpeó la mesa con la maza repetidas veces
reclamando silencio. La sesión iba a empezar.
MacIntosh y Goode
se inclinaron hacia adelante.
—Como es costumbre
en estas reuniones —empezó el presidente—, daremos cuenta de las bajas que se
han producido desde la anterior asamblea. Me entristece tener que informarles
de que, durante el mes de octubre, el club perdió a uno de sus socios por
traslado a otra ciudad, y a seis por fallecimiento. Estamos preparando las
notas necrológicas acerca de esos últimos socios, y cuando queden completadas
aparecerán en el Boletín. Les echaremos mucho de menos. Expresándolo con
palabras del doctor Franklin: «Otros podrán ocupar su lugar, pero nadie podrá
sustituirles».
El presidente, un
notable violoncelista aficionado, era profesionalmente procurador de los
tribunales. Su florido lenguaje no tranquilizó a MacIntosh. Sabía que su idea
no tenía ningún fallo. Discretamente, sin revelar sus propósitos, había
consultado a varios abogados para comprobar su eficacia desde el punto de vista
legal. Todas las respuestas coincidieron en afirmar su invulnerabilidad. Pero,
a pesar de todo, MacIntosh no estaba tranquilo.
—En compensación
—estaba diciendo el presidente—, ahora estamos en condiciones de añadir nuevos
amigos a nuestro Club, y a continuación pasaremos a ocuparnos de ello. En la
actualidad, el número de socios asciende a noventa y tres. Esto quiere decir
que esta noche podemos elegir a siete nuevos socios para que completen el
centenar. Mientras Noah reparte copias de las papeletas para votar, permítanme
leer los nombres de los candidatos, como es preceptivo.
MacIntosh miró a su
alrededor, intranquilo. Todas las miradas estaban fijas en el presidente. Dana
cogió una cuartilla.
—En primer lugar
—dijo—, tenemos a Mr. Negley Johnson Truitt, abogado, pintor, propuesto por
Hoyt Stevens y Klots Houghton. A continuación, el doctor Harrison M. Dow,
presidente universitario, escritor, propuesto por Mummery Gore y Shenton Gregg.
En tercer lugar, tenemos a Mr. Charleston Richards, arqueólogo, ensayista,
propuesto por Lynes Cox y Haverstraw Goode.
¡Tump! El doctor
Goode golpeó el suelo con su bastón. ¡Tump, tump, tump! Era el medio de que se
valía para expresar su contento. MacIntosh le hizo eco con los latidos de su
corazón. En su avidez por sentarse en un lugar seguro, se había olvidado de que
el doctor Goode tenía un candidato para la elección de aquella noche. En
realidad, el propio MacIntosh había escrito una carta apoyando la candidatura
de Richards. Experimentó cierto remordimiento. Antes de que Goode empezara a
perder la vista, MacIntosh había pasado muchos ratos agradables jugando a las
cartas con él, y se había encariñado con el anciano. Un par de meses antes,
MacIntosh había asistido a una cena de homenaje a Goode en su nonagésimo
aniversario. Además, sabía que Richards había tardado casi cinco años en
conseguir que aceptaran su candidatura. El problema era la juventud de
Richards: no tenía más que cincuenta años.
Bueno, era muy
lamentable, pero no podía ser evitado. El camino que conduce al cielo no es
fácil, ni cómodo. MacIntosh no podía permitirse ninguna contemporización, ni
siquiera por un amigo como Goode.
Dana continuó
leyendo la lista de candidatos. Incluía al obispo sufragáneo de la Diócesis de
Nueva York, a un científico atómico que había ganado el Premio Nobel de la Paz
por sus experimentos en el campo de la física nuclear, un general retirado que
había sido asesor militar de un presidente de los Estados Unidos, un periodista
cuya columna diaria era leída por casi todas las personas cultas de los Estados
Unidos y por la mayoría de personas de habla inglesa del extranjero, un
agrónomo recientemente condecorado por el Gobierno italiano por su labor
profesional en Somalia, un escultor que acababa de recibir el encargo de
modelar una estatua heroica de un jefe de gobierno de una potencia extranjera,
y un hombre llamado Robert C. Martin, cuyo título más notable parecía ser
el de presidente del Consejo de Administración de una gran empresa del acero.
—La contraseña que
observarán ustedes delante del nombre de Mr. Martin —explicó el presidente— es,
como ustedes saben, el medio que utilizamos para señalar a los candidatos que,
sin estar profesionalmente ligados al mundo de las Artes y las Ciencias, han
«favorecido de algún modo los principios sostenidos por este Club». Estoy
convencido de que cualquiera de los socios lo bastante afortunado como para
haber asistido a la inauguración del nuevo Museo Renacimiento del Central Park,
el mes pasado, estará de acuerdo en que un hombre de negocios encariñado con el
Arte como Mr. Martin tiene más que merecido el ingreso en esta Sociedad.
—¡Un hombre de
negocios! —refunfuñó el doctor Goode—. ¡Este Club fue fundado con la intención
de huir del mundo del comercio! Pero no creo que sirva de nada protestar.
MacIntosh sonrió
por toda respuesta, aunque su estado de ánimo no era el más propicio para
sonreír. Martin era precisamente la clase de socio que más temía para el Club.
Al igual que la mayoría de hombres de negocios, razonó MacIntosh, Martin sería
probablemente un cruzado. Pero siete millones de dólares, la suma que según el New York Times había costado el nuevo museo, era un
desembolso muy elevado, incluso para ser aceptado en esta sacrosanta
institución.
—Por último —estaba
diciendo el presidente—, tenemos a Sullivan Wylie Hughes, propuesto por
Anderson Gordon-Gordon y Felker Pease.
Dana hizo una pausa
y se quitó las gafas.
—No creo que sea
necesario observar —dijo— que mister Hughes, que figura modestamente como
diplomático en nuestras papeletas, acaba de ser nombrado por el Presidente para
un cargo especial en el Departamento de Estado. Opino que en esta agitada época
resulta muy significativo que tan distinguido caballero, sobre cuyos hombros
reposan tantas esperanzas del mundo libre, llegue a nuestro grupo recomendado
por un socio que se apellida Pease.
La agudeza fue
acogida con exclamaciones de ¡Bravo! ¡Bravo! MacIntosh
se secó las palmas de las manos contra las perneras de sus pantalones.
Noah había llegado
ya al fondo de la estancia. El anciano camarero entregó dos papeletas a
MacIntosh. Una de ellas era para el doctor Goode, y MacIntosh se la pasó.
—Creo —continuó el
presidente— que todos ustedes han recibido la correspondiente papeleta. Antes
de pasar a recogerlas, daremos lectura al Artículo Diecisiete, párrafos H, I y J, relativos a los
Procedimientos Electorales.
MacIntosh se puso
rígido. El temido momento había llegado. El presidente recitó negligentemente
las normas, como había venido haciendo durante los veintitrés años de su
presidencia.
—H
—dijo—. Si, por cualquier motivo, un socio se opone al ingreso de cualquier
candidato, lo indicará tachando el nombre del candidato en la papeleta. I. La oposición de un solo socio bastará para denegar la
petición de ingreso del candidato. J. Las papeletas se
entregarán sin firmar.
El presidente se
sentó y empezó a hablar con Rumsey Henning, el naturalista, que estaba sentado
junto a él en el estrado. En cuanto se hubieran recogido las papeletas, Dana
presentaría a Henning, el cual iba a pronunciar una conferencia ilustrada con
diapositivas acerca de «La fauna secreta de la cordillera Isabel», una sierra
de Nicaragua.
Noah empezó a recorrer
lentamente el pasillo abierto entre las hileras de sillas, recogiendo las
papeletas, que eran introducidas en la urna de bronce que había venido
utilizándose para las elecciones desde 1842. MacIntosh miró al doctor Goode. El
anciano estaba inclinado hacia adelante, hablando con Trimble Slattery, sentado
en la fila de enfrente. Aunque la vista de Goode hubiese sido perfecta, su
posición le hubiera impedido observar lo que MacIntosh se disponía a hacer.
MacIntosh empezó
por el primero de los nombres que figuraban en la papeleta. Cuando llegó al
candidato del doctor Goode vaciló un instante, pero inmediatamente continuó.
El último de la
lista era el nuevo miembro del Departamento de Estado. Finalmente, MacIntosh
dobló su papeleta.
Había tachado los
once nombres.
Mientras esperaba a
Noah, MacIntosh miró a su alrededor. ¿Cuánto tendría que esperar? ¿Diez años?
Probablemente, no, pensó, teniendo en cuenta la avanzada edad de todos sus
compañeros y la creciente frecuencia con que la bandera del Club ondeaba a
media asta.
Lo más probable era
que tuviera que esperar cinco años… Sí, cinco años bastarían.
MacIntosh se vio a
sí mismo en el estrado, golpeando la mesa con la maza que Cronwell había
utilizado en cierta ocasión para abrir el Parlamento.
Se vio a sí mismo
diciendo, a una sala completamente vacía: «Declaro abierta la sesión».