INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Payne. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Payne. Mostrar todas las entradas

Adiós, Mr. Bliss - Joseph Payne Brennan

    

El 30 de junio, un día antes de que la Biblioteca Lockridge cerrara sus puertas durante los meses de verano, Mr. Bliss, bibliotecario jefe, hizo acudir a su despacho a Miss Quinby para informarla de que sus servicios no serían ya necesarios al terminar el año.

Miss Quinby se sentó en silencio, con los fatigados ojos llenos de lágrimas. Había servido fielmente a la Biblioteca Lockridge por espacio de treinta y cinco años. Al cabo de otros cinco años hubiera podido jubilarse con una pensión.

Mr. Bliss jugueteó con su pisapapeles.

—No hay por qué tomárselo así, Miss Quinby. Tiene usted seis meses para encontrar otro empleo. Con su experiencia, estoy convencido de que no será problema.

Miss Quinby no dijo nada.

Mr. Bliss carraspeó. Su voz sonó ligeramente irritada.

—En realidad, creo que me estoy portando de un modo muy generoso con usted. Tendrá sus dos meses de vacaciones pagadas, y luego otros cuatro meses para buscar empleo. Seguramente…

—Preferiría quedarme aquí —dijo Miss Quinby.

Mr. Bliss sacudió la cabeza con cierta vehemencia.

—La cosa está decidida, Miss Quinby. Como ya le he dicho, carece usted de los conocimientos indispensables en estos días. No tiene usted ningún título universitario…, ni siquiera académico. Sus servicios han sido siempre muy… limitados. La Biblioteca Lockridge va a experimentar una profunda transformación. Contrataremos únicamente personal especializado. Su trabajo será realizado mucho más eficazmente por una joven bibliotecaria profesional, con los indispensables estudios.

«Una joven bibliotecaria profesional —pensó Miss Quinby amargamente— con las indispensables curvas».

Las sonrosadas mejillas de Mr. Bliss se tiñeron de rojo, como si hubiera leído los pensamientos de Miss Quinby.

—Creo que esto es todo —dijo.

—Si escribo al Comité de la Biblioteca —insistió Miss Quinby—, tal vez…

—Será inútil —la interrumpió Mr. Bliss—. El Comité no es más que un organismo asesor. Ni siquiera les he informado de esta decisión, pero si usted quiere hacerlo le aseguro que perderá el tiempo.

Miss Quinby sabía que era cierto. Desde su llegada, hacía poco más de un año, Mr. Bliss había manejado a su antojo al Comité. Ni uno solo de sus miembros se atrevió a enfrentarse con él.

Aunque sabía que no había ninguna esperanza, Miss Quinby continuó sentada, tratando desesperadamente de encontrar algo más que decir. Era todo tan injusto, tan cruel…, tan innecesario… A su edad no le sería fácil encontrar otro empleo, ni siquiera con su experiencia. Y si lo encontraba, se vería obligada a aceptar un sueldo mucho más bajo. Y echaría de menos a sus amigos, a sus…

Mr. Bliss se puso en pie, con el ceño fruncido.

—Desde luego —advirtió en tono severo—, si trata usted de complicar las cosas la pondré de patitas en la calle inmediatamente.

Miss Quinby se apresuró a levantarse. Sabía que Mr. Bliss cumpliría su amenaza. La aborrecía. Le había amargado la vida desde su llegada. Miss Quinby había hecho lo imposible por cumplir sus más caprichosas e irrazonables órdenes. Pero no le sirvió de nada. Y ahora no se atrevía a discutir con él. Necesitaría los seis meses.

Se dirigió hacia la puerta.

—Gracias —dijo, e inmediatamente se odió a sí misma por haberlo dicho.

Mr. Bliss inclinó la cabeza de un modo casi imperceptible.

De regreso en su oficina, Miss Quinby se sentó ante su escritorio y se quitó las empañadas gafas. Estaba demasiado aturdida para llorar. La entrevista con Mr. Bliss tenía un aire de irrealidad. Una pequeña parte de su mente trataba de convencerla de que no había sucedido nada, en realidad, de que todo el asunto era una especie de error que podía ser enmendado.

Las empleadas más jóvenes se marchaban temprano, como era costumbre el día anterior al comienzo de las vacaciones, y Miss Quinby pudo oír su alegre cháchara mientras sus tacones repiqueteaban en el pasillo.

Pasaron junto al despacho de Mr. Bliss.

«¡Adiós, Mr. Bliss!». «¡Feliz verano, Mr. Bliss!». «¡Felices vacaciones, Mr. Bliss!». «¡Adiós, Mr. Bliss!». «Adiós…».

Miss Quinby se puso bruscamente en pie y cerró la puerta de su oficina. Maquinalmente, empezó a arreglar los papeles esparcidos sobre su mesa. Trabajaba siempre hasta las cinco, incluso el día anterior al comienzo de las vacaciones. Hoy no sería una excepción. A pesar de lo que había sucedido, no podía inducirse a sí misma a marcharse más temprano.

Unos instantes después recordó que tenía que arreglar su taquilla. Siempre lo había hecho antes de marcharse de vacaciones. Abriendo la puerta, salió al pasillo y se dirigió a los vestuarios.

Al pasar por delante del despacho de Mr. Bliss le oyó hablar. Al parecer, estaba conversando por teléfono.

«Exacto —estaba diciendo—. He planeado unas verdaderas vacaciones. No le he dicho absolutamente a nadie adonde voy a ir. No voy a darle la dirección a nadie. Ni siquiera he hecho ninguna reserva. Emprenderé el viaje esta misma tarde, a las cinco, cuando salga de aquí, y no regresaré hasta septiembre».

Mientras ordenaba su taquilla, Miss Quinby consultó su reloj. Eran las cuatro.

Cuando regresó a su oficina, todo el edificio parecía silencioso y desierto. Mr. Bliss estaba aún en su despacho; permanecería en él hasta las cinco en punto. Aparte de ellos dos, en el edificio sólo había otra persona: Jacobson, el encargado de la limpieza.

Miss Quinby se sentó, apoyó la barbilla entre sus manos y se sumió en profundos pensamientos. Durante más de diez minutos permaneció inmóvil. Con su almidonada blusa blanca de cuello alto, su severa falda negra y sus zapatos de tacones bajos, podía haber sido un maniquí de cera vestido para responder al tradicional concepto de «bibliotecaria» en la mente del público vulgar.

Finalmente, Miss Quinby se puso en pie con una expresión cautelosa y decidida al mismo tiempo. Después de sacar una llave de un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado, salió al pasillo. La luz del despacho de Mr. Bliss continuaba encendida. Dirigiéndose hacia el lado opuesto, Miss Quinby descendió la escalera que conducía al sótano. Jacobson, el encargado de la limpieza, no se veía por ninguna parte.

Una vez en el sótano, Miss Quinby recorrió un largo pasillo, cruzó una especie de arco, se adentró en otro pasillo, más corto, y se detuvo ante una maciza puerta de acero.

Al otro lado de aquella puerta se encontraba el departamento de seguridad de la Biblioteca, una pequeña habitación subterránea donde se guardaban los incunables y otros libros raros y valiosos que no circulaban entre el público ordinario.

Abriendo la puerta de acero con la llave que había sacado del cajón de su escritorio, Miss Quinby pulsó el interruptor de la luz y miró hacia el interior. Las estanterías estaban llenas de libros encuadernados en pergamino.

Vaciló unos instantes, consultando su reloj. Eran las cuatro y media. Volviéndose rápidamente, se dirigió al pasillo principal y entró en el lavabo del sótano. Un momento después volvió a salir llevando un vaso de papel lleno de agua.

Entró en el departamento de seguridad, dejó caer el agua en un rincón, arrugó el vaso de papel, se lo metió en un bolsillo de su falda y salió apresuradamente.

En el pasillo, en una abertura practicada en la pared, había un teléfono interior.

Miss Quinby lo descolgó y marcó el número del despacho de Mr. Bliss.

—Aquí Mr. Bliss, de la Biblioteca Lockridge —dijo la voz del bibliotecario jefe.

—Soy Miss Quinby, Mr. Bliss. Estoy en el sótano. He bajado a guardar un ejemplar en el departamento de seguridad. —Tomó aliento—. En el departamento de seguridad hay agua, Mr. Bliss. En el suelo. Una filtración, seguramente. Alguna cañería, o…

Mr. Bliss gruñó con desesperación.

—¡Precisamente ahora! Bajo en seguida. Trate de localizar a Jacobson.

Un par de minutos después Mr. Bliss se encontraba en el sótano. Estaba furioso.

—¿Dónde está el agua? —preguntó en tono desabrido—. ¿Ha localizado ya a Jacobson?

Miss Quinby señaló el rincón donde había dejado caer el agua.

—Allí. En el suelo.

Cuando vio el pequeño charco, Mr. Bliss frunció el ceño.

—¡Vaya un fastidio! —exclamó, inclinándose para examinarlo más de cerca.

Miss Quinby se agarró con las dos manos al pomo de la puerta de acero y tiró hacia sí. La puerta se cerró con un enorme estrépito. Se oyó el chasquido de la cerradura automática.

Durante unos segundos hubo un silencio absoluto. Luego, Miss Quinby oyó la voz de Mr. Bliss, ahogada y lejana.

—¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta!

Miss Quinby esperó. Era posible que Mr. Bliss se hubiera traído la otra llave del departamento de seguridad. Pero la guardaba en un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado y lo más probable era que no se hubiese entretenido en sacarla. Debió pensar que si Miss Quinby había abierto la puerta, forzosamente debía de tener una llave.

Al cabo de unos instantes, Miss Quinby se convenció de que sus previsiones habían sido correctas. Si Mr. Bliss tuviera la llave, ya la hubiera utilizado. En vez de eso, empezó a aporrear la puerta.

—¡Miss Quinby! ¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta! ¡Inmediatamente! ¿Se ha vuelto loca?

En su voz había ya un acento de pánico.

Dejando la llave en la cerradura, Miss Quinby recorrió el pasillo interior. Al llegar al arco, se detuvo a escuchar.

Incluso a aquella corta distancia, la voz de Mr. Bliss era apenas audible. Miss Quinby no pudo oír lo que estaba gritando. No estaba segura de que dijera nada. Parecía como si se limitara a gritar.

Miss Quinby subió apresuradamente la escalera, entró en el despacho de Mr. Bliss, encendió la lámpara del escritorio y cerró la puerta.

Cuando apareció Jacobson, Miss Quinby estaba en su propia oficina.

Jacobson asomó la cabeza.

—¿Se ha marchado ya Mr. Bliss, Miss Quinby?

Miss Quinby levantó la cabeza.

—Supongo que sí. ¿Va usted a cerrar pronto?

Jacobson consultó su reloj.

—Dentro de diez minutos, Miss Quinby, si ha terminado usted su trabajo.

Miss Quinby permaneció en su oficina hasta las cinco en punto. Lo más probable era que Jacobson hubiera terminado ya su ronda final por todo el edificio. Pero quería estar segura.

En cuanto Jacobson y ella se hubieran marchado, la Biblioteca permanecería cerrada hasta después de la Fiesta del Trabajo. Dado que Mr. Bliss, soltero, había planeado unas vacaciones «íntimas», sin dejar la dirección a nadie, sin hacer ninguna reserva, nadie se preocuparía por su desaparición hasta que la Biblioteca volviera a abrir sus puertas.

Desde luego, podía ocurrírsele escribir una nota contando lo que había sucedido. Bueno, ya se ocuparía de eso. Resultaría muy desagradable, pero arreglaría las cosas de modo que fuera ella la primera persona que bajara al sótano. Entraría en el departamento de seguridad para comprobar que no había nada que pudiera comprometerla.

Nadie podría demostrar que Mr. Bliss no había quedado encerrado por puro accidente. Supondrían que, después de cerrar su despacho, Mr. Bliss había bajado al sótano para efectuar una inspección de última hora, o quizá para guardar algún libro valioso. Había dejado la llave en la cerradura y, Dios sabe cómo, la puerta se había cerrado…

Nadie, aparte de Mr. Bliss, sabía que Miss Quinby tenía un duplicado de la llave del departamento de seguridad. De acuerdo con las normas de la Biblioteca, la llave tenía que guardarse, encerrada, en el despacho del bibliotecario jefe. Mr. Bliss había permitido que Miss Quinby tuviera un duplicado para evitarse molestias.

Jacobson asomó de nuevo su cabeza.

—¿Ha terminado usted, miss Quinby?

—Sí, Jacobson. Voy a salir con usted.

Se detuvo en la gran escalinata de mármol, mientras Jacobson cerraba la puerta principal.

—Y ahora, hasta que pase la Fiesta del Trabajo —comentó Jacobson, sonriendo.

Miss Quinby sonrió. La Fiesta del Trabajo. El final de las vacaciones. Entonces regresaría a su oficina, pero no para cuatro meses, sino para otros cinco años. Desaparecido Mister Bliss, estaría a salvo. Al Comité de la Biblioteca no se le ocurriría nunca despedirla.

Mientras avanzaba con Jacobson por el enarenado sendero, se volvió a mirar por encima de su hombro.

Con sus grandes persianas echadas y todas las luces apagadas, la Biblioteca Lockridge tenía un aspecto oscuro, frío y repulsivo.

Parecía un mausoleo.

Desaparición - Joseph Payne Brennan


    En la época de la desaparición de Dan Mellmer se daba el caso de que me habían nombrado comisario, y el sheriff Kellington me pidió que le acompañara cuando se dirigió a la casa de los Mellmer para investigar.

Los dos pensábamos que lo más probable era que se tratara de un asesinato. Los dos hermanos Mellmer, Dan y Russell, se habían peleado continuamente durante muchos años. No era un secreto para nadie que se odiaban mutuamente. Permanecían juntos en la gran hacienda porque la habían heredado conjuntamente y porque cada uno de ellos era demasiado testarudo para vender su parte al otro y marcharse. Dan amenazó con irse en más de una ocasión —después de haber quemado todos los edificios de la hacienda—, pero nadie creía que se hubiera decidido a hacerlo.

Pero quizá se había marchado sin cumplir su amenaza de prenderle fuego a todo. O esto, o Russell le había asesinado.

Por el camino, el sheriff Kellington admitió que más de una vez había pensado que la situación en la hacienda de los Mellmer era potencialmente explosiva. Los dos hermanos eran de mediana edad, introvertidos y excéntricos. Cada uno de ellos acusaba al otro de vago y de descuidar los asuntos de la hacienda capaces de producir un beneficio común. Viviendo bajo el mismo techo, mes tras mes y año tras año, con los nervios siempre en tensión, podía haber sucedido cualquier cosa.

Aquella mañana, Russell Mellmer había telefoneado al sheriff para informarle de la desaparición de su hermano. Su voz tenía un tono normal y despreocupado, según el sheriff, y había subrayado que no informaba de la desaparición porque estuviera preocupado o por solicitud fraternal, sino únicamente para librarse de cualquier posible sospecha.

El hecho ocurrió a finales de diciembre y el frío era muy intenso. No había nevado mucho, pero el suelo estaba helado y tenía la dureza del granito. Las rodadas en el sucio camino que conducía a la hacienda de los Mellmer parecían labradas en hierro.

Cabalgando a través de unos campos desolados que ni siquiera los cuervos visitaban, no tardamos en llegar a la casa de labor de los Mellmer. La proximidad de un lugar habitado no contribuía a animar el paisaje. La casa sin pintar, con sus tablas sueltas y el descuidado patio, lleno de hierbajos, empeoraban si cabe la atmósfera de desolación.

Russell Mellmer nos recibió en la puerta. Era un hombre alto, huesudo y anguloso, y su rostro alargado tenía una expresión burlona, casi sardónica. Si hubiera cambiado sus zahones y su chaqueta de pana por un traje de alpaca, podría haber pasado por un maestro de escuela rural o por el encargado de la estafeta de correos del pueblo.

Pasamos al interior de la casa y nos sentamos. Russell Mellmer nos contó su historia. La noche anterior, su hermano Dan se había acostado a eso de las diez, como de costumbre. Aquella mañana había desaparecido. No dejó ninguna nota, ni se había llevado nada.

Cuando Russell Mellmer terminó su breve y conciso relato, se puso en pie, abrió la enorme estufa, que estaba ya al rojo, y la cargó de leña.

El sheriff Kellington enarcó las cejas.

—Pero ¿por qué iba a marcharse con un tiempo como éste…, en plena noche, y adonde hubiera ido?

Mellmer se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? En estos últimos tiempos he pensado a menudo que su cerebro no funcionaba demasiado bien. Con frecuencia amenazaba con marcharse. Todo el mundo lo sabe. Supongo que se le ocurrió la idea de repente, y la puso en práctica.

El sheriff Kellington no estaba satisfecho, ni yo tampoco. Previa la autorización que Mellmer nos concedió de buena gana, al parecer, registramos cuidadosamente la casa y los graneros y cobertizos contiguos; sin embargo, no encontramos nada.

El sheriff golpeó distraídamente con el pie la rueda de un carro mientras salíamos del granero.

—Tal vez Dan se haya marchado, pero me sentiré mejor cuando tengamos alguna prueba de ello.

Nos quedamos en pie contemplando los campos que se extendían más allá de la casa de labor de los Mellmer. La parte trasera de la casa daba a un terreno de pastos, pasado el cual veíanse los restos helados de un maizal. Un solitario espantapájaros se agitaba inútilmente al viento en el extremo más apartado del campo.

Nos adentramos en el terreno de pastos pisando la hierba que la escarcha había convertido en una alfombra sólida de color parduzco. Un arroyuelo que discurría por el centro del terreno estaba completamente helado. Dimos una vuelta por el maizal, mientras el viento susurraba y gemía entre los resecos tallos.

El sheriff Kellington golpeó el duro suelo con la punta de su bota.

—Aquí no pueden haber enterrado a nadie, desde luego —dijo—. Se necesitaría una carga de dinamita para cavar una tumba.

Era cierto. La tierra era como piedra. Un hombre tardaría varios días en abrir una zanja. Ni siquiera con dinamita sería una tarea fácil. Y no descubrimos ningún lugar donde la tierra mostrara señales de haber sido arañada.

Dimos por terminada la visita y regresamos al pueblo. El sheriff presentó su informe oficial y se inició una investigación en regla.

Transcurrieron varios días sin que se tuviera ninguna noticia de Dan Mellmer. Nadie le había visto, nadie conocía su paradero. Russell Mellmer se limitó a repetir lo que ya nos había dicho, sin añadir ningún detalle.

El sheriff Kellington me confió su preocupación por el caso. Los Mellmer eran muy conocidos en toda la comarca, y parecía increíble que Dan pudiera haberse marchado sin que nadie le viera.

Finalmente, el sheriff Kellington, cuatro comisarios provisionales y yo nos dirigimos a la hacienda de los Mellmer para realizar otra inspección.

Esta vez lo revisamos todo a conciencia. Registramos la casa desde el tejado hasta la bodega. Incluso sacamos parte del heno almacenado en el granero. Uno de los comisarios recorrió todos los campos de punta a punta. No encontramos absolutamente nada.

Russell Mellmer nos miraba hacer en silencio, y su expresión era más sardónica que nunca.

Regresamos al pueblo decepcionados y medio entumecidos por el frío. Cuando llegamos a la oficina del sheriff, éste admitió que, por su parte, daba por terminada la investigación. A menos que surgiera algún hecho inesperado, podía suponerse sin menoscabo de la justicia que Dan Mellmer había decidido marcharse voluntariamente a un lugar desconocido.

Pero yo me di cuenta de que aquella conclusión no le satisfacía. Producía la impresión de un hombre que trata de apartar de su mente un problema que se consideraba incapaz de resolver.

Durante varios meses, la desaparición de Dan Mellmer fue el principal tema de conversación en el pueblo. Se hicieron conjeturas de todas clases. Las opiniones estaban divididas: algunos creían que Russell había tenido una intervención decisiva en la desaparición de su hermano; otros, recordando las frecuentes amenazas de Dan, se negaban a admitirlo.

Con el paso del tiempo, el asunto quedó olvidado. Otros temas acapararon el interés general. La casa de Jed Heller se incendió; Frank Massing perdió un ojo en un accidente de caza; Miss Brett, la cuarentona maestra de escuela, se fugó con un marinero veinte años más joven que ella. Y así por el estilo.

Mis relaciones con los hermanos Mellmer habían sido bastante amistosas antes de la desaparición de Dan, y aunque rara vez les visitaba a causa de la atmósfera explosiva generada por su mutuo antagonismo, solía detenerme en su casa un par de veces al año para charlar un rato con ellos. De modo que un día del mes de octubre, diez meses después de que Dan hubiera desaparecido, decidí hacerle una visita a Russell Mellmer.

No tenía la menor idea de cómo me recibiría, ya que apenas bajaba al pueblo y yo no le había visto más que en un par de ocasiones, y a distancia, desde que acompañé al sheriff Kellington a la hacienda. Pero no quería que creyera que albergaba alguna duda en lo que a él respecta. Después de todo, no existía el menor indicio de que hubiera molestado físicamente a su hermano Dan. Y yo deseaba que supiera que le consideraba inocente.

Russell Mellmer no pudo disimular su sorpresa al verme. Sus ojos se entrecerraron ligeramente y capté una nota de recelo en su voz.

—¿Negocios? —inquirió.

Sacudí la cabeza.

—No. Pasaba por aquí por casualidad —mentí— y decidí pararme unos momentos. Si está usted ocupado…

—Nada de eso. Pase, pase. Hace un tiempo espléndido, ¿verdad?

Entramos en la casa, nos sentamos y seguimos hablando del tiempo, de las cosechas del verano anterior y de la clase de invierno que podíamos esperar. Russell se mostró cortés, e incluso amistoso, y sin embargo noté que en la habitación había una especie de tensión. Lo que no pude definir fue si procedía de Russell Mellmer o de mí mismo.

Russell parecía más viejo y más delgado que la última vez que le vi. De cuando en cuando creía captar una extraña expresión de cautela en su rostro, a pesar de que no dejó de sonreír con su habitual socarronería y en un par de ocasiones soltó la carcajada, francamente divertido.

Cuando llevaba unos diez minutos en la casa, Mellmer sugirió que podíamos tomar un whisky, y aunque en aquel momento no me apetecía, acepté su invitación para no desairarle.

Apuró el contenido de su vaso con cierta avidez e inmediatamente volvió a llenarlo. Yo no había terminado aún el mío.

A pesar del whisky, nuestra conversación fue languideciendo y empecé a sentirme incómodo. Quizá por contraste con el fresco aire otoñal del exterior, la atmósfera de la habitación me resultaba cada vez más opresiva.

Desde el lugar donde estaba sentado podía tender la vista hacia el terreno de pastos y el maizal. Una bandada de cuervos voló en diagonal sobre este último, rompió filas y varias manchas negras tiñeron el suelo. Uno de los pajarracos se posó sobre el brazo extendido del espantapájaros, que continuaba agitándose al viento en el extremo más apartado del campo.

Era una típica escena otoñal que no podía impresionarme, acostumbrado como estaba a ellas, pero por algún motivo ignorado me invadió un sentimiento de profunda desolación. No se trataba de la suave melancolía que traen consigo las tardes de octubre. Era una sensación de tristeza, de soledad.

Me puse en pie, temo que con cierta precipitación, y por un instante creí observar una expresión de alarma en el rostro de mi anfitrión.

Tal vez fue pura imaginación. Me despidió cordialmente, y es posible que el alivio que me pareció demostrar ante mi marcha no fuera más que el reflejo de mi propio alivio al abandonar aquel lugar.

No volví a visitar a Russell Mellmer. Fueron transcurriendo los años, y tengo que admitir que en más de una ocasión me reproché a mí mismo el haber interrumpido mis relaciones con él de un modo que parecía definitivo. Pero el desagradable recuerdo de mi última visita permanecía vivido en mi mente. Y, de todos modos, estaba convencido de que a Russell Mellmer le tenía sin cuidado que le visitara o no.

Con el paso de los años, Russell se encerró más y más dentro de su corteza de insociabilidad. Vivía como un eremita, y rara vez bajaba al pueblo. Se hizo más taciturno que nunca. Rehuía el trabar una conversación, aunque no se negaba a desempeñar el papel de oyente pasivo. Durante sus infrecuentes viajes al pueblo, se sentaba a veces un rato en la tienda-almacén a escuchar la charla de los otros ociosos. De cuando en cuando, una frase graciosa devolvía a su rostro aquella extraña sonrisa sardónica.

En cierta ocasión disparó una andanada de perdigones contra unos chiquillos, diciendo que les había visto robar mazorcas en su maizal. El sheriff Kellington le advirtió seriamente que no volviera a hacerlo, pero los chiquillos no se acercaron más a la hacienda de los Mellmer y el asunto quedó zanjado.

De Dan Mellmer no se supo ni palabra. Russell no mencionaba nunca a su hermano, y su recuerdo fue borrándose de las gentes del pueblo.

Diez años y diez meses después de la desaparición de Dan, Russell Mellmer telefoneó al pueblo pidiendo que fuera un médico a su casa, pero antes de que llegara a ella el doctor Luder, Russell había muerto de un ataque cardíaco.

Las ceremonias finales fueron breves y sencillas. La mayoría de los habitantes del pueblo asistieron al entierro, y el tema de la desaparición de Dan volvió a cobrar una pasajera actualidad. Alguien sugirió que Russell podía haber dejado algún mensaje explicando la extraña ausencia de su hermano desde hacía casi once años.

Pero no se encontró ningún mensaje escrito. En realidad, Russell ni siquiera se había molestado en redactar un testamento. Se publicaron los correspondientes edictos por si existía algún pariente lejano con derecho a heredar la hacienda, aunque todo el mundo opinaba que era una pérdida de tiempo.

Una tarde de principios de noviembre, casi dos meses después del entierro, el sheriff Kellington se presentó en mi casa.

Su visita me sorprendió un poco, ya que, apremiado por otras tareas, había renunciado al cargo de comisario hacía unos años. Aunque el sheriff y yo manteníamos cordiales relaciones, su visita constituía un acontecimiento inesperado.

Se mostró muy amable, pero noté que tenía un aspecto preocupado. Permaneció unos instantes de pie junto a la puerta, dándole vueltas al sombrero entre sus manos.

—Sólo he venido a preguntarle —dijo finalmente— si no está demasiado ocupado para acompañarme a dar un pequeño paseo a caballo… No se trata de nada oficial, desde luego —se apresuró a añadir.

Ignoraba lo que el sheriff Kellington se proponía, pero accedí inmediatamente, sin hacer ninguna pregunta, y poco después cabalgábamos hacia las afueras del pueblo.

La mayor parte de las hojas habían caído ya, y la tierra estaba adquiriendo rápidamente el desolado aspecto invernal. Soplaba un viento frío y el cielo tenía un color plomizo.

Al cabo de un rato, el sheriff Kellington se volvió hacia mí.

—El nuestro puede resultar un paseo inútil —dijo—. En cierto sentido, es un paseo inútil.

—¿Adonde vamos? —pregunté.

—A la hacienda de los Mellmer. —Me dirigió una mirada enigmática—. Usted me acompañó allí cuando desapareció Dan, hace más de diez años…, y por eso he querido que me acompañara también hoy.

—Entonces, ¿dejó Russell Mellmer alguna prueba?

El sheriff se encogió de hombros.

—No lo sé todavía. Ha ocurrido lo siguiente: desde que Russell murió, los chiquillos del pueblo han estado merodeando por la hacienda. En vida de Russell no se atrevían a acercarse por allí, recordando el recibimiento que les hizo en cierta ocasión. Pero, desde que él falta, han tomado el lugar por asalto. Ya sabe cómo son los chiquillos. Pues bien, esta mañana, un par de muchachos se han presentado en el pueblo mortalmente asustados…

—¿Habrán visto un fantasma por casualidad? —pregunté, sonriendo.

Pero el sheriff Kellington no sonrió.

—Algo peor, quizá —dijo.

No añadió nada más, y al cabo de unos instantes nos encontrábamos delante del que fue hogar de los Mellmer. A la tristona luz de la tarde otoñal, parecía una casa encantada. Varias de las ventanas estaban rotas y, a juzgar por el sonido, la mitad de las tablas del tejado se movían al viento.

Nos apeamos de nuestros caballos y el sheriff Kellington echó a andar hacia la parte trasera del edificio.

—Lo que asustó a los muchachos —dijo— se encuentra en el antiguo maizal.

Le seguí a través del terreno de pastos y nos adentramos en lo que había sido maizal y que ahora era un campo literalmente inundado por las malas hierbas y la maleza. Cuando llegamos al extremo del campo, estaba empezando a perder el aliento.

El sheriff se detuvo y vi que estaba mirando fijamente la andrajosa forma de un espantapájaros que se erguía delante de nosotros, a unos metros de distancia.

Miré al espantapájaros y luego al sheriff.

—¿Eso es lo que asustó a los chiquillos?

Asintió.

—Vamos a echarle un vistazo.

Nos acercamos al espantapájaros. Parecía completamente inofensivo: un montón de andrajos cubriendo una armazón, con un gran sombrero hundido en lo que ocupaba el lugar de la cabeza. El sombrero estaba ligeramente ladeado, como si alguien lo hubiese tocado recientemente.

El sheriff Kellington alargó el brazo y, tras una breve vacilación, levantó el sombrero.

Debajo no había ninguna escoba, sino un inconfundible cráneo humano, maltratado por el tiempo.

—Dan Mellmer —dijo el sheriff.

No sé cuánto tiempo permanecimos allí mirándolo. Creo que en aquellos momentos los dos recordábamos el día que habíamos estado allí, hacía más de diez años, en busca de alguna señal de Dan. En aquel mismo lugar había un espantapájaros.

El sheriff fue el primero en romper el silencio.

—Ha estado aquí todo el tiempo. Estaba aquí la primera vez que vinimos. Estaba aquí el día que volvimos con los cuatro comisarios. Y ha continuado aquí durante más de diez años.

Recordé mi visita a Russell Mellmer un año después de la desaparición de Dan, y me estremecí.

Una minuciosa inspección del macabro espantapájaros nos permitió descubrir un esqueleto humano, oculto bajo montones de harapos y atado con alambre a una armazón de madera en forma de cruz. Algunos de los huesos habían sido asegurados también con alambre, y el trabajo fue tan cuidadoso que no se había desprendido ni siquiera la falange de un dedo. Era evidente que las ataduras fueron repasadas y reforzadas año tras año.

Cuando todo el esqueleto quedó al descubierto retrocedimos unos pasos y lo contemplamos de nuevo. Creo que los dos estábamos igualmente horrorizados.

—Supongo —dijo el sheriff— que podríamos darle el nombre de crimen perfecto: tan evidente que no pudimos verlo.

Yo deseaba apartar la mirada, pero el espantoso objeto parecía fascinarme.

—Pero ¿por qué no lo enterró cuando se dio por terminada la investigación?

El sheriff se encogió de hombros.

—Tal vez le gustaba sentarse junto a la ventana de su cuarto y contemplarlo.

—Quizá —sugerí— Dan murió de muerte natural, y…

El sheriff sacudió la cabeza.

—Mire esto…

Poniéndose de puntillas, señaló la parte posterior del cráneo.

Una parte del hueso, de más de tres pulgadas de diámetro, había sido aplastada con tanta fuerza que dejó un agujero en el cráneo.

—Aseguraría que utilizó un hacha —dijo el sheriff Kellington—. O quizás un mazo. Supongo que no lo sabremos nunca.

Nos alejamos en silencio de aquel desolado campo donde los fríos vientos otoñales susurraban entre los tallos de las malas hierbas de que estaba cubierto.