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Adiós, Mr. Bliss - Joseph Payne Brennan

    

El 30 de junio, un día antes de que la Biblioteca Lockridge cerrara sus puertas durante los meses de verano, Mr. Bliss, bibliotecario jefe, hizo acudir a su despacho a Miss Quinby para informarla de que sus servicios no serían ya necesarios al terminar el año.

Miss Quinby se sentó en silencio, con los fatigados ojos llenos de lágrimas. Había servido fielmente a la Biblioteca Lockridge por espacio de treinta y cinco años. Al cabo de otros cinco años hubiera podido jubilarse con una pensión.

Mr. Bliss jugueteó con su pisapapeles.

—No hay por qué tomárselo así, Miss Quinby. Tiene usted seis meses para encontrar otro empleo. Con su experiencia, estoy convencido de que no será problema.

Miss Quinby no dijo nada.

Mr. Bliss carraspeó. Su voz sonó ligeramente irritada.

—En realidad, creo que me estoy portando de un modo muy generoso con usted. Tendrá sus dos meses de vacaciones pagadas, y luego otros cuatro meses para buscar empleo. Seguramente…

—Preferiría quedarme aquí —dijo Miss Quinby.

Mr. Bliss sacudió la cabeza con cierta vehemencia.

—La cosa está decidida, Miss Quinby. Como ya le he dicho, carece usted de los conocimientos indispensables en estos días. No tiene usted ningún título universitario…, ni siquiera académico. Sus servicios han sido siempre muy… limitados. La Biblioteca Lockridge va a experimentar una profunda transformación. Contrataremos únicamente personal especializado. Su trabajo será realizado mucho más eficazmente por una joven bibliotecaria profesional, con los indispensables estudios.

«Una joven bibliotecaria profesional —pensó Miss Quinby amargamente— con las indispensables curvas».

Las sonrosadas mejillas de Mr. Bliss se tiñeron de rojo, como si hubiera leído los pensamientos de Miss Quinby.

—Creo que esto es todo —dijo.

—Si escribo al Comité de la Biblioteca —insistió Miss Quinby—, tal vez…

—Será inútil —la interrumpió Mr. Bliss—. El Comité no es más que un organismo asesor. Ni siquiera les he informado de esta decisión, pero si usted quiere hacerlo le aseguro que perderá el tiempo.

Miss Quinby sabía que era cierto. Desde su llegada, hacía poco más de un año, Mr. Bliss había manejado a su antojo al Comité. Ni uno solo de sus miembros se atrevió a enfrentarse con él.

Aunque sabía que no había ninguna esperanza, Miss Quinby continuó sentada, tratando desesperadamente de encontrar algo más que decir. Era todo tan injusto, tan cruel…, tan innecesario… A su edad no le sería fácil encontrar otro empleo, ni siquiera con su experiencia. Y si lo encontraba, se vería obligada a aceptar un sueldo mucho más bajo. Y echaría de menos a sus amigos, a sus…

Mr. Bliss se puso en pie, con el ceño fruncido.

—Desde luego —advirtió en tono severo—, si trata usted de complicar las cosas la pondré de patitas en la calle inmediatamente.

Miss Quinby se apresuró a levantarse. Sabía que Mr. Bliss cumpliría su amenaza. La aborrecía. Le había amargado la vida desde su llegada. Miss Quinby había hecho lo imposible por cumplir sus más caprichosas e irrazonables órdenes. Pero no le sirvió de nada. Y ahora no se atrevía a discutir con él. Necesitaría los seis meses.

Se dirigió hacia la puerta.

—Gracias —dijo, e inmediatamente se odió a sí misma por haberlo dicho.

Mr. Bliss inclinó la cabeza de un modo casi imperceptible.

De regreso en su oficina, Miss Quinby se sentó ante su escritorio y se quitó las empañadas gafas. Estaba demasiado aturdida para llorar. La entrevista con Mr. Bliss tenía un aire de irrealidad. Una pequeña parte de su mente trataba de convencerla de que no había sucedido nada, en realidad, de que todo el asunto era una especie de error que podía ser enmendado.

Las empleadas más jóvenes se marchaban temprano, como era costumbre el día anterior al comienzo de las vacaciones, y Miss Quinby pudo oír su alegre cháchara mientras sus tacones repiqueteaban en el pasillo.

Pasaron junto al despacho de Mr. Bliss.

«¡Adiós, Mr. Bliss!». «¡Feliz verano, Mr. Bliss!». «¡Felices vacaciones, Mr. Bliss!». «¡Adiós, Mr. Bliss!». «Adiós…».

Miss Quinby se puso bruscamente en pie y cerró la puerta de su oficina. Maquinalmente, empezó a arreglar los papeles esparcidos sobre su mesa. Trabajaba siempre hasta las cinco, incluso el día anterior al comienzo de las vacaciones. Hoy no sería una excepción. A pesar de lo que había sucedido, no podía inducirse a sí misma a marcharse más temprano.

Unos instantes después recordó que tenía que arreglar su taquilla. Siempre lo había hecho antes de marcharse de vacaciones. Abriendo la puerta, salió al pasillo y se dirigió a los vestuarios.

Al pasar por delante del despacho de Mr. Bliss le oyó hablar. Al parecer, estaba conversando por teléfono.

«Exacto —estaba diciendo—. He planeado unas verdaderas vacaciones. No le he dicho absolutamente a nadie adonde voy a ir. No voy a darle la dirección a nadie. Ni siquiera he hecho ninguna reserva. Emprenderé el viaje esta misma tarde, a las cinco, cuando salga de aquí, y no regresaré hasta septiembre».

Mientras ordenaba su taquilla, Miss Quinby consultó su reloj. Eran las cuatro.

Cuando regresó a su oficina, todo el edificio parecía silencioso y desierto. Mr. Bliss estaba aún en su despacho; permanecería en él hasta las cinco en punto. Aparte de ellos dos, en el edificio sólo había otra persona: Jacobson, el encargado de la limpieza.

Miss Quinby se sentó, apoyó la barbilla entre sus manos y se sumió en profundos pensamientos. Durante más de diez minutos permaneció inmóvil. Con su almidonada blusa blanca de cuello alto, su severa falda negra y sus zapatos de tacones bajos, podía haber sido un maniquí de cera vestido para responder al tradicional concepto de «bibliotecaria» en la mente del público vulgar.

Finalmente, Miss Quinby se puso en pie con una expresión cautelosa y decidida al mismo tiempo. Después de sacar una llave de un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado, salió al pasillo. La luz del despacho de Mr. Bliss continuaba encendida. Dirigiéndose hacia el lado opuesto, Miss Quinby descendió la escalera que conducía al sótano. Jacobson, el encargado de la limpieza, no se veía por ninguna parte.

Una vez en el sótano, Miss Quinby recorrió un largo pasillo, cruzó una especie de arco, se adentró en otro pasillo, más corto, y se detuvo ante una maciza puerta de acero.

Al otro lado de aquella puerta se encontraba el departamento de seguridad de la Biblioteca, una pequeña habitación subterránea donde se guardaban los incunables y otros libros raros y valiosos que no circulaban entre el público ordinario.

Abriendo la puerta de acero con la llave que había sacado del cajón de su escritorio, Miss Quinby pulsó el interruptor de la luz y miró hacia el interior. Las estanterías estaban llenas de libros encuadernados en pergamino.

Vaciló unos instantes, consultando su reloj. Eran las cuatro y media. Volviéndose rápidamente, se dirigió al pasillo principal y entró en el lavabo del sótano. Un momento después volvió a salir llevando un vaso de papel lleno de agua.

Entró en el departamento de seguridad, dejó caer el agua en un rincón, arrugó el vaso de papel, se lo metió en un bolsillo de su falda y salió apresuradamente.

En el pasillo, en una abertura practicada en la pared, había un teléfono interior.

Miss Quinby lo descolgó y marcó el número del despacho de Mr. Bliss.

—Aquí Mr. Bliss, de la Biblioteca Lockridge —dijo la voz del bibliotecario jefe.

—Soy Miss Quinby, Mr. Bliss. Estoy en el sótano. He bajado a guardar un ejemplar en el departamento de seguridad. —Tomó aliento—. En el departamento de seguridad hay agua, Mr. Bliss. En el suelo. Una filtración, seguramente. Alguna cañería, o…

Mr. Bliss gruñó con desesperación.

—¡Precisamente ahora! Bajo en seguida. Trate de localizar a Jacobson.

Un par de minutos después Mr. Bliss se encontraba en el sótano. Estaba furioso.

—¿Dónde está el agua? —preguntó en tono desabrido—. ¿Ha localizado ya a Jacobson?

Miss Quinby señaló el rincón donde había dejado caer el agua.

—Allí. En el suelo.

Cuando vio el pequeño charco, Mr. Bliss frunció el ceño.

—¡Vaya un fastidio! —exclamó, inclinándose para examinarlo más de cerca.

Miss Quinby se agarró con las dos manos al pomo de la puerta de acero y tiró hacia sí. La puerta se cerró con un enorme estrépito. Se oyó el chasquido de la cerradura automática.

Durante unos segundos hubo un silencio absoluto. Luego, Miss Quinby oyó la voz de Mr. Bliss, ahogada y lejana.

—¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta!

Miss Quinby esperó. Era posible que Mr. Bliss se hubiera traído la otra llave del departamento de seguridad. Pero la guardaba en un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado y lo más probable era que no se hubiese entretenido en sacarla. Debió pensar que si Miss Quinby había abierto la puerta, forzosamente debía de tener una llave.

Al cabo de unos instantes, Miss Quinby se convenció de que sus previsiones habían sido correctas. Si Mr. Bliss tuviera la llave, ya la hubiera utilizado. En vez de eso, empezó a aporrear la puerta.

—¡Miss Quinby! ¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta! ¡Inmediatamente! ¿Se ha vuelto loca?

En su voz había ya un acento de pánico.

Dejando la llave en la cerradura, Miss Quinby recorrió el pasillo interior. Al llegar al arco, se detuvo a escuchar.

Incluso a aquella corta distancia, la voz de Mr. Bliss era apenas audible. Miss Quinby no pudo oír lo que estaba gritando. No estaba segura de que dijera nada. Parecía como si se limitara a gritar.

Miss Quinby subió apresuradamente la escalera, entró en el despacho de Mr. Bliss, encendió la lámpara del escritorio y cerró la puerta.

Cuando apareció Jacobson, Miss Quinby estaba en su propia oficina.

Jacobson asomó la cabeza.

—¿Se ha marchado ya Mr. Bliss, Miss Quinby?

Miss Quinby levantó la cabeza.

—Supongo que sí. ¿Va usted a cerrar pronto?

Jacobson consultó su reloj.

—Dentro de diez minutos, Miss Quinby, si ha terminado usted su trabajo.

Miss Quinby permaneció en su oficina hasta las cinco en punto. Lo más probable era que Jacobson hubiera terminado ya su ronda final por todo el edificio. Pero quería estar segura.

En cuanto Jacobson y ella se hubieran marchado, la Biblioteca permanecería cerrada hasta después de la Fiesta del Trabajo. Dado que Mr. Bliss, soltero, había planeado unas vacaciones «íntimas», sin dejar la dirección a nadie, sin hacer ninguna reserva, nadie se preocuparía por su desaparición hasta que la Biblioteca volviera a abrir sus puertas.

Desde luego, podía ocurrírsele escribir una nota contando lo que había sucedido. Bueno, ya se ocuparía de eso. Resultaría muy desagradable, pero arreglaría las cosas de modo que fuera ella la primera persona que bajara al sótano. Entraría en el departamento de seguridad para comprobar que no había nada que pudiera comprometerla.

Nadie podría demostrar que Mr. Bliss no había quedado encerrado por puro accidente. Supondrían que, después de cerrar su despacho, Mr. Bliss había bajado al sótano para efectuar una inspección de última hora, o quizá para guardar algún libro valioso. Había dejado la llave en la cerradura y, Dios sabe cómo, la puerta se había cerrado…

Nadie, aparte de Mr. Bliss, sabía que Miss Quinby tenía un duplicado de la llave del departamento de seguridad. De acuerdo con las normas de la Biblioteca, la llave tenía que guardarse, encerrada, en el despacho del bibliotecario jefe. Mr. Bliss había permitido que Miss Quinby tuviera un duplicado para evitarse molestias.

Jacobson asomó de nuevo su cabeza.

—¿Ha terminado usted, miss Quinby?

—Sí, Jacobson. Voy a salir con usted.

Se detuvo en la gran escalinata de mármol, mientras Jacobson cerraba la puerta principal.

—Y ahora, hasta que pase la Fiesta del Trabajo —comentó Jacobson, sonriendo.

Miss Quinby sonrió. La Fiesta del Trabajo. El final de las vacaciones. Entonces regresaría a su oficina, pero no para cuatro meses, sino para otros cinco años. Desaparecido Mister Bliss, estaría a salvo. Al Comité de la Biblioteca no se le ocurriría nunca despedirla.

Mientras avanzaba con Jacobson por el enarenado sendero, se volvió a mirar por encima de su hombro.

Con sus grandes persianas echadas y todas las luces apagadas, la Biblioteca Lockridge tenía un aspecto oscuro, frío y repulsivo.

Parecía un mausoleo.

Desaparición - Joseph Payne Brennan


    En la época de la desaparición de Dan Mellmer se daba el caso de que me habían nombrado comisario, y el sheriff Kellington me pidió que le acompañara cuando se dirigió a la casa de los Mellmer para investigar.

Los dos pensábamos que lo más probable era que se tratara de un asesinato. Los dos hermanos Mellmer, Dan y Russell, se habían peleado continuamente durante muchos años. No era un secreto para nadie que se odiaban mutuamente. Permanecían juntos en la gran hacienda porque la habían heredado conjuntamente y porque cada uno de ellos era demasiado testarudo para vender su parte al otro y marcharse. Dan amenazó con irse en más de una ocasión —después de haber quemado todos los edificios de la hacienda—, pero nadie creía que se hubiera decidido a hacerlo.

Pero quizá se había marchado sin cumplir su amenaza de prenderle fuego a todo. O esto, o Russell le había asesinado.

Por el camino, el sheriff Kellington admitió que más de una vez había pensado que la situación en la hacienda de los Mellmer era potencialmente explosiva. Los dos hermanos eran de mediana edad, introvertidos y excéntricos. Cada uno de ellos acusaba al otro de vago y de descuidar los asuntos de la hacienda capaces de producir un beneficio común. Viviendo bajo el mismo techo, mes tras mes y año tras año, con los nervios siempre en tensión, podía haber sucedido cualquier cosa.

Aquella mañana, Russell Mellmer había telefoneado al sheriff para informarle de la desaparición de su hermano. Su voz tenía un tono normal y despreocupado, según el sheriff, y había subrayado que no informaba de la desaparición porque estuviera preocupado o por solicitud fraternal, sino únicamente para librarse de cualquier posible sospecha.

El hecho ocurrió a finales de diciembre y el frío era muy intenso. No había nevado mucho, pero el suelo estaba helado y tenía la dureza del granito. Las rodadas en el sucio camino que conducía a la hacienda de los Mellmer parecían labradas en hierro.

Cabalgando a través de unos campos desolados que ni siquiera los cuervos visitaban, no tardamos en llegar a la casa de labor de los Mellmer. La proximidad de un lugar habitado no contribuía a animar el paisaje. La casa sin pintar, con sus tablas sueltas y el descuidado patio, lleno de hierbajos, empeoraban si cabe la atmósfera de desolación.

Russell Mellmer nos recibió en la puerta. Era un hombre alto, huesudo y anguloso, y su rostro alargado tenía una expresión burlona, casi sardónica. Si hubiera cambiado sus zahones y su chaqueta de pana por un traje de alpaca, podría haber pasado por un maestro de escuela rural o por el encargado de la estafeta de correos del pueblo.

Pasamos al interior de la casa y nos sentamos. Russell Mellmer nos contó su historia. La noche anterior, su hermano Dan se había acostado a eso de las diez, como de costumbre. Aquella mañana había desaparecido. No dejó ninguna nota, ni se había llevado nada.

Cuando Russell Mellmer terminó su breve y conciso relato, se puso en pie, abrió la enorme estufa, que estaba ya al rojo, y la cargó de leña.

El sheriff Kellington enarcó las cejas.

—Pero ¿por qué iba a marcharse con un tiempo como éste…, en plena noche, y adonde hubiera ido?

Mellmer se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? En estos últimos tiempos he pensado a menudo que su cerebro no funcionaba demasiado bien. Con frecuencia amenazaba con marcharse. Todo el mundo lo sabe. Supongo que se le ocurrió la idea de repente, y la puso en práctica.

El sheriff Kellington no estaba satisfecho, ni yo tampoco. Previa la autorización que Mellmer nos concedió de buena gana, al parecer, registramos cuidadosamente la casa y los graneros y cobertizos contiguos; sin embargo, no encontramos nada.

El sheriff golpeó distraídamente con el pie la rueda de un carro mientras salíamos del granero.

—Tal vez Dan se haya marchado, pero me sentiré mejor cuando tengamos alguna prueba de ello.

Nos quedamos en pie contemplando los campos que se extendían más allá de la casa de labor de los Mellmer. La parte trasera de la casa daba a un terreno de pastos, pasado el cual veíanse los restos helados de un maizal. Un solitario espantapájaros se agitaba inútilmente al viento en el extremo más apartado del campo.

Nos adentramos en el terreno de pastos pisando la hierba que la escarcha había convertido en una alfombra sólida de color parduzco. Un arroyuelo que discurría por el centro del terreno estaba completamente helado. Dimos una vuelta por el maizal, mientras el viento susurraba y gemía entre los resecos tallos.

El sheriff Kellington golpeó el duro suelo con la punta de su bota.

—Aquí no pueden haber enterrado a nadie, desde luego —dijo—. Se necesitaría una carga de dinamita para cavar una tumba.

Era cierto. La tierra era como piedra. Un hombre tardaría varios días en abrir una zanja. Ni siquiera con dinamita sería una tarea fácil. Y no descubrimos ningún lugar donde la tierra mostrara señales de haber sido arañada.

Dimos por terminada la visita y regresamos al pueblo. El sheriff presentó su informe oficial y se inició una investigación en regla.

Transcurrieron varios días sin que se tuviera ninguna noticia de Dan Mellmer. Nadie le había visto, nadie conocía su paradero. Russell Mellmer se limitó a repetir lo que ya nos había dicho, sin añadir ningún detalle.

El sheriff Kellington me confió su preocupación por el caso. Los Mellmer eran muy conocidos en toda la comarca, y parecía increíble que Dan pudiera haberse marchado sin que nadie le viera.

Finalmente, el sheriff Kellington, cuatro comisarios provisionales y yo nos dirigimos a la hacienda de los Mellmer para realizar otra inspección.

Esta vez lo revisamos todo a conciencia. Registramos la casa desde el tejado hasta la bodega. Incluso sacamos parte del heno almacenado en el granero. Uno de los comisarios recorrió todos los campos de punta a punta. No encontramos absolutamente nada.

Russell Mellmer nos miraba hacer en silencio, y su expresión era más sardónica que nunca.

Regresamos al pueblo decepcionados y medio entumecidos por el frío. Cuando llegamos a la oficina del sheriff, éste admitió que, por su parte, daba por terminada la investigación. A menos que surgiera algún hecho inesperado, podía suponerse sin menoscabo de la justicia que Dan Mellmer había decidido marcharse voluntariamente a un lugar desconocido.

Pero yo me di cuenta de que aquella conclusión no le satisfacía. Producía la impresión de un hombre que trata de apartar de su mente un problema que se consideraba incapaz de resolver.

Durante varios meses, la desaparición de Dan Mellmer fue el principal tema de conversación en el pueblo. Se hicieron conjeturas de todas clases. Las opiniones estaban divididas: algunos creían que Russell había tenido una intervención decisiva en la desaparición de su hermano; otros, recordando las frecuentes amenazas de Dan, se negaban a admitirlo.

Con el paso del tiempo, el asunto quedó olvidado. Otros temas acapararon el interés general. La casa de Jed Heller se incendió; Frank Massing perdió un ojo en un accidente de caza; Miss Brett, la cuarentona maestra de escuela, se fugó con un marinero veinte años más joven que ella. Y así por el estilo.

Mis relaciones con los hermanos Mellmer habían sido bastante amistosas antes de la desaparición de Dan, y aunque rara vez les visitaba a causa de la atmósfera explosiva generada por su mutuo antagonismo, solía detenerme en su casa un par de veces al año para charlar un rato con ellos. De modo que un día del mes de octubre, diez meses después de que Dan hubiera desaparecido, decidí hacerle una visita a Russell Mellmer.

No tenía la menor idea de cómo me recibiría, ya que apenas bajaba al pueblo y yo no le había visto más que en un par de ocasiones, y a distancia, desde que acompañé al sheriff Kellington a la hacienda. Pero no quería que creyera que albergaba alguna duda en lo que a él respecta. Después de todo, no existía el menor indicio de que hubiera molestado físicamente a su hermano Dan. Y yo deseaba que supiera que le consideraba inocente.

Russell Mellmer no pudo disimular su sorpresa al verme. Sus ojos se entrecerraron ligeramente y capté una nota de recelo en su voz.

—¿Negocios? —inquirió.

Sacudí la cabeza.

—No. Pasaba por aquí por casualidad —mentí— y decidí pararme unos momentos. Si está usted ocupado…

—Nada de eso. Pase, pase. Hace un tiempo espléndido, ¿verdad?

Entramos en la casa, nos sentamos y seguimos hablando del tiempo, de las cosechas del verano anterior y de la clase de invierno que podíamos esperar. Russell se mostró cortés, e incluso amistoso, y sin embargo noté que en la habitación había una especie de tensión. Lo que no pude definir fue si procedía de Russell Mellmer o de mí mismo.

Russell parecía más viejo y más delgado que la última vez que le vi. De cuando en cuando creía captar una extraña expresión de cautela en su rostro, a pesar de que no dejó de sonreír con su habitual socarronería y en un par de ocasiones soltó la carcajada, francamente divertido.

Cuando llevaba unos diez minutos en la casa, Mellmer sugirió que podíamos tomar un whisky, y aunque en aquel momento no me apetecía, acepté su invitación para no desairarle.

Apuró el contenido de su vaso con cierta avidez e inmediatamente volvió a llenarlo. Yo no había terminado aún el mío.

A pesar del whisky, nuestra conversación fue languideciendo y empecé a sentirme incómodo. Quizá por contraste con el fresco aire otoñal del exterior, la atmósfera de la habitación me resultaba cada vez más opresiva.

Desde el lugar donde estaba sentado podía tender la vista hacia el terreno de pastos y el maizal. Una bandada de cuervos voló en diagonal sobre este último, rompió filas y varias manchas negras tiñeron el suelo. Uno de los pajarracos se posó sobre el brazo extendido del espantapájaros, que continuaba agitándose al viento en el extremo más apartado del campo.

Era una típica escena otoñal que no podía impresionarme, acostumbrado como estaba a ellas, pero por algún motivo ignorado me invadió un sentimiento de profunda desolación. No se trataba de la suave melancolía que traen consigo las tardes de octubre. Era una sensación de tristeza, de soledad.

Me puse en pie, temo que con cierta precipitación, y por un instante creí observar una expresión de alarma en el rostro de mi anfitrión.

Tal vez fue pura imaginación. Me despidió cordialmente, y es posible que el alivio que me pareció demostrar ante mi marcha no fuera más que el reflejo de mi propio alivio al abandonar aquel lugar.

No volví a visitar a Russell Mellmer. Fueron transcurriendo los años, y tengo que admitir que en más de una ocasión me reproché a mí mismo el haber interrumpido mis relaciones con él de un modo que parecía definitivo. Pero el desagradable recuerdo de mi última visita permanecía vivido en mi mente. Y, de todos modos, estaba convencido de que a Russell Mellmer le tenía sin cuidado que le visitara o no.

Con el paso de los años, Russell se encerró más y más dentro de su corteza de insociabilidad. Vivía como un eremita, y rara vez bajaba al pueblo. Se hizo más taciturno que nunca. Rehuía el trabar una conversación, aunque no se negaba a desempeñar el papel de oyente pasivo. Durante sus infrecuentes viajes al pueblo, se sentaba a veces un rato en la tienda-almacén a escuchar la charla de los otros ociosos. De cuando en cuando, una frase graciosa devolvía a su rostro aquella extraña sonrisa sardónica.

En cierta ocasión disparó una andanada de perdigones contra unos chiquillos, diciendo que les había visto robar mazorcas en su maizal. El sheriff Kellington le advirtió seriamente que no volviera a hacerlo, pero los chiquillos no se acercaron más a la hacienda de los Mellmer y el asunto quedó zanjado.

De Dan Mellmer no se supo ni palabra. Russell no mencionaba nunca a su hermano, y su recuerdo fue borrándose de las gentes del pueblo.

Diez años y diez meses después de la desaparición de Dan, Russell Mellmer telefoneó al pueblo pidiendo que fuera un médico a su casa, pero antes de que llegara a ella el doctor Luder, Russell había muerto de un ataque cardíaco.

Las ceremonias finales fueron breves y sencillas. La mayoría de los habitantes del pueblo asistieron al entierro, y el tema de la desaparición de Dan volvió a cobrar una pasajera actualidad. Alguien sugirió que Russell podía haber dejado algún mensaje explicando la extraña ausencia de su hermano desde hacía casi once años.

Pero no se encontró ningún mensaje escrito. En realidad, Russell ni siquiera se había molestado en redactar un testamento. Se publicaron los correspondientes edictos por si existía algún pariente lejano con derecho a heredar la hacienda, aunque todo el mundo opinaba que era una pérdida de tiempo.

Una tarde de principios de noviembre, casi dos meses después del entierro, el sheriff Kellington se presentó en mi casa.

Su visita me sorprendió un poco, ya que, apremiado por otras tareas, había renunciado al cargo de comisario hacía unos años. Aunque el sheriff y yo manteníamos cordiales relaciones, su visita constituía un acontecimiento inesperado.

Se mostró muy amable, pero noté que tenía un aspecto preocupado. Permaneció unos instantes de pie junto a la puerta, dándole vueltas al sombrero entre sus manos.

—Sólo he venido a preguntarle —dijo finalmente— si no está demasiado ocupado para acompañarme a dar un pequeño paseo a caballo… No se trata de nada oficial, desde luego —se apresuró a añadir.

Ignoraba lo que el sheriff Kellington se proponía, pero accedí inmediatamente, sin hacer ninguna pregunta, y poco después cabalgábamos hacia las afueras del pueblo.

La mayor parte de las hojas habían caído ya, y la tierra estaba adquiriendo rápidamente el desolado aspecto invernal. Soplaba un viento frío y el cielo tenía un color plomizo.

Al cabo de un rato, el sheriff Kellington se volvió hacia mí.

—El nuestro puede resultar un paseo inútil —dijo—. En cierto sentido, es un paseo inútil.

—¿Adonde vamos? —pregunté.

—A la hacienda de los Mellmer. —Me dirigió una mirada enigmática—. Usted me acompañó allí cuando desapareció Dan, hace más de diez años…, y por eso he querido que me acompañara también hoy.

—Entonces, ¿dejó Russell Mellmer alguna prueba?

El sheriff se encogió de hombros.

—No lo sé todavía. Ha ocurrido lo siguiente: desde que Russell murió, los chiquillos del pueblo han estado merodeando por la hacienda. En vida de Russell no se atrevían a acercarse por allí, recordando el recibimiento que les hizo en cierta ocasión. Pero, desde que él falta, han tomado el lugar por asalto. Ya sabe cómo son los chiquillos. Pues bien, esta mañana, un par de muchachos se han presentado en el pueblo mortalmente asustados…

—¿Habrán visto un fantasma por casualidad? —pregunté, sonriendo.

Pero el sheriff Kellington no sonrió.

—Algo peor, quizá —dijo.

No añadió nada más, y al cabo de unos instantes nos encontrábamos delante del que fue hogar de los Mellmer. A la tristona luz de la tarde otoñal, parecía una casa encantada. Varias de las ventanas estaban rotas y, a juzgar por el sonido, la mitad de las tablas del tejado se movían al viento.

Nos apeamos de nuestros caballos y el sheriff Kellington echó a andar hacia la parte trasera del edificio.

—Lo que asustó a los muchachos —dijo— se encuentra en el antiguo maizal.

Le seguí a través del terreno de pastos y nos adentramos en lo que había sido maizal y que ahora era un campo literalmente inundado por las malas hierbas y la maleza. Cuando llegamos al extremo del campo, estaba empezando a perder el aliento.

El sheriff se detuvo y vi que estaba mirando fijamente la andrajosa forma de un espantapájaros que se erguía delante de nosotros, a unos metros de distancia.

Miré al espantapájaros y luego al sheriff.

—¿Eso es lo que asustó a los chiquillos?

Asintió.

—Vamos a echarle un vistazo.

Nos acercamos al espantapájaros. Parecía completamente inofensivo: un montón de andrajos cubriendo una armazón, con un gran sombrero hundido en lo que ocupaba el lugar de la cabeza. El sombrero estaba ligeramente ladeado, como si alguien lo hubiese tocado recientemente.

El sheriff Kellington alargó el brazo y, tras una breve vacilación, levantó el sombrero.

Debajo no había ninguna escoba, sino un inconfundible cráneo humano, maltratado por el tiempo.

—Dan Mellmer —dijo el sheriff.

No sé cuánto tiempo permanecimos allí mirándolo. Creo que en aquellos momentos los dos recordábamos el día que habíamos estado allí, hacía más de diez años, en busca de alguna señal de Dan. En aquel mismo lugar había un espantapájaros.

El sheriff fue el primero en romper el silencio.

—Ha estado aquí todo el tiempo. Estaba aquí la primera vez que vinimos. Estaba aquí el día que volvimos con los cuatro comisarios. Y ha continuado aquí durante más de diez años.

Recordé mi visita a Russell Mellmer un año después de la desaparición de Dan, y me estremecí.

Una minuciosa inspección del macabro espantapájaros nos permitió descubrir un esqueleto humano, oculto bajo montones de harapos y atado con alambre a una armazón de madera en forma de cruz. Algunos de los huesos habían sido asegurados también con alambre, y el trabajo fue tan cuidadoso que no se había desprendido ni siquiera la falange de un dedo. Era evidente que las ataduras fueron repasadas y reforzadas año tras año.

Cuando todo el esqueleto quedó al descubierto retrocedimos unos pasos y lo contemplamos de nuevo. Creo que los dos estábamos igualmente horrorizados.

—Supongo —dijo el sheriff— que podríamos darle el nombre de crimen perfecto: tan evidente que no pudimos verlo.

Yo deseaba apartar la mirada, pero el espantoso objeto parecía fascinarme.

—Pero ¿por qué no lo enterró cuando se dio por terminada la investigación?

El sheriff se encogió de hombros.

—Tal vez le gustaba sentarse junto a la ventana de su cuarto y contemplarlo.

—Quizá —sugerí— Dan murió de muerte natural, y…

El sheriff sacudió la cabeza.

—Mire esto…

Poniéndose de puntillas, señaló la parte posterior del cráneo.

Una parte del hueso, de más de tres pulgadas de diámetro, había sido aplastada con tanta fuerza que dejó un agujero en el cráneo.

—Aseguraría que utilizó un hacha —dijo el sheriff Kellington—. O quizás un mazo. Supongo que no lo sabremos nunca.

Nos alejamos en silencio de aquel desolado campo donde los fríos vientos otoñales susurraban entre los tallos de las malas hierbas de que estaba cubierto.

La Cruz Azul - G. K. Chesterton



Bajo la cinta de plata de la mañana, y sobre el reflejo azul del mar, el bote llegó a la costa de Harwich y soltó, como enjambre de moscas, un montón de gente, entre la cual ni se distinguía ni deseaba hacerse notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir.

            No; nada en él era extraordinario, salvo el li­gero contraste entre su alegre y festivo traje y la seriedad oficial que había en su rostro. Vestía un chaqué gris pálido, un chaleco, y llevaba som­brero de paja con una cinta casi azul. Su rostro, delgado, resultaba trigueño, y se prolongaba en una barba negra y corta que le daba un aire espa­ñol y hacía echar de menos la gorguera isabelina. Fumaba un cigarrillo con parsimonia de hombre desocupado. Nada hacia presumir que aquel cha­qué claro ocultaba una pistola cargada, que en aquel chaleco blanco iba una tarjeta de policía, que aquel sombrero de paja encubría una de las cabezas más potentes de Europa. Porque aquel hombre era nada menos que Valentin, jefe de la Policía parisiense, y el más famoso investigador del mundo. Venía de Bruselas a Londres para ha­cer la captura más comentada del siglo.

            Flambeau estaba en Inglaterra. La Policía de tres países había seguido la pista al delincuente de Gante a Bruselas, y de Bruselas al Hoek van Holland. Y se sospechaba que trataría de disimu­larse en Londres, aprovechando el trastorno que por entonces causaba en aquella ciudad la cele­bración del Congreso Eucarístico. No sería difícil que adoptara, para viajar, el disfraz de eclesiás­tico menor, o persona relacionada con el Con­greso. Pero Valentin no sabía nada a punto fijo. Sobre Flambeau nadie sabía nada a punto fijo.

            Hace muchos años que este coloso del crimen desapareció súbitamente, tras de haber tenido al mundo en zozobra; y a su muerte, como a la muerte de Rolando, puede decirse que hubo una gran quietud en la tierra. Pero en sus mejores días -es decir, en sus peores días-, Flambeau era una figura tan estatuaria e internacional como el Káiser. Casi diariamente los periódicos de la mañana anunciaban que había logrado escapar a las consecuencias de un delito extraordinario, co­metiendo otro peor.

            Era un gascón de estatura gigantesca y gran acometividad física. Sobre sus rasgos de buen hu­mor atlético se contaban las cosas más estupen­das: un día cogió al juez de instrucción y lo puso de cabeza «para despejarle la cabeza». Otro día corrió por la calle de Rivoli con un policía bajo cada brazo. Y hay que hacerle justicia: esta fuer­za casi fantástica sólo la empleaba en ocasiones como las descritas: aunque poco decentes, no sanguinarias.

            Sus delitos eran siempre hurtos ingeniosos y de alta categoría. Pero cada uno de sus robos merecía historia aparte, y podría considerarse como una especie inédita del pecado. Fue él quien lanzó el negocio de la «Gran Compañía Tirolesa» de Lon­dres, sin contar con una sola lechería, una sola vaca, un solo carro, una gota de leche, aunque sí con algunos miles de suscriptores. Y a éstos los servía por el sencillísimo procedimiento de acer­car a sus puertas los botes que los lecheros dejaban junto a las puertas de los vecinos. Fue él quien mantuvo una estrecha y misteriosa corres­pondencia con una joven, cuyas cartas eran inva­riablemente interceptadas, valiéndose del procedi­miento extraordinario de sacar fotografías infini­tamente pequeñas de las cartas en los portaobjetos del microscopio. Pero la mayor parte de sus hazañas se distinguían por una sencillez abrumadora. Cuentan que una vez repintó, aprovechándose de la soledad de la noche, todos los números de una calle, con el solo fin de hacer caer en una trampa a un forastero.

            No cabe duda que él es el inventor de un buzón portátil, que solía apostar en las bocacalles de los quietos suburbios, por si los transeúntes dis­traídos depositaban algún giro postal. últimamente se había revelado como acróbata formidable; a pesar de su gigantesca. mole, era capaz de saltar como un saltamontes y de esconderse en la copa de los árboles como un mono. Por todo lo cual el gran Valentin, cuando recibió la orden de bus­car a Flambeau, comprendió muy bien que sus aventuras no acabarían en el momento de des­cubrirlo.

            Y ¿cómo arreglárselas para descubrirlo? Sobre este punto las ideas del gran Valentin estaban todavía en embrión.

            Algo había que Flambeau no podía ocultar, a despecho de todo su arte para disfrazarse, y este algo era su enorme estatura. Valentin estaba, pues, decidido, en cuanto cayera bajo su mirada vivaz alguna vendedora de frutas de desmedida talla, o un granadero corpulento, o una duquesa media­namente desproporcionada, a arrestarlos al punto. Pero en todo el tren no había topado con nadie que tuviera trazas de ser un Flambeau disimulado, a menos que los gatos pudieran ser jirafas disi­muladas.

            Respecto a los viajeros que venían en su mis­mo vagón, estaba completamente tranquilo. Y la gente que había subido al tren en Harwich o en otras estaciones no pasaba de seis pasajeros. Uno era un empleado del ferrocarril -pequeño él-, que se dirigía al punto terminal de la línea. Dos estaciones más allá habían recogido a tres verdu­leras lindas y pequeñitas, a una señora viuda -di­minuta- que procedía de una pequeña ciudad de Essex, y a un sacerdote catolicorromano -muy bajo también- que procedía de un pueblecito de Essex.

            Al examinar, pues, al último viajero, Valentin renunció a descubrir a su hombre, y casi se echó a reír: el curita era la esencia misma de aquellos insulsos habitantes de la zona oriental; tenía una cara redonda y roma, como pudín de Norfolk; unos ojos tan vacíos como el mar del Norte, y traía varios paquetitos de papel de estraza que no acertaba a juntar. Sin duda el Congreso Eucarís­tico había sacado de su estancamiento local a muchas criaturas semejantes, tan ciegas e inep­tas como topos desenterrados. Valentin era un escéptico del más severo estilo francés, y no sen­tía amor por el sacerdocio. Pero sí podía sentir compasión, y aquel triste cura bien podía provo­car lástima en cualquier alma. Llevaba una som­brilla enorme, usada ya, que a cada rato se le caía. Al parecer, no podía distinguir entre los dos extremos de su billete cuál era el de ida y cuál el de vuelta. A todo el mundo le contaba, con una monstruosa candidez, que tenía que andar con mucho cuidado, porque entre sus paquetes de papel traía alguna cosa de legítima plata con unas piedras azules. Esta curiosa mezcolanza de vulga­ridad -condición de Essex- y santa simplicidad divirtieron mucho al francés, hasta la estación de Stratford, donde el cura logró bajarse, quién sabe cómo, con todos sus paquetes a cuestas, aunque todavía tuvo que regresar por su sombrilla. Cuan­do le vio volver, Valentin, en un rapto de buena intención, le aconsejó que, en adelante, no le an­duviera contando a todo el mundo lo del objeto de plata que traía. Pero Valentin, cuando hablaba con cualquiera, parecía estar tratando de des­cubrir a otro; a todos, ricos y pobres, machos o hembras, los consideraba atentamente, calculan­do si medirían los seis pies, porque el hombre a quien buscaba tenía seis pies y cuatro pulgadas:

            Apeóse en la calle de Liverpool, enteramente seguro de que, hasta allí, el criminal no se le había escapado. Se dirigió a Scotland Yard -la oficina de Policía- para regularizar su situación y prepararse los auxilios necesarios, por si se daba el caso; después encendió otro cigarrillo y se echó a pasear por las calles de Londres. Al pasar la plaza de Victoria se detuvo de pronto. Era una plaza elegante, tranquila, muy típica de Londres, llena de accidental quietud. Las casas, grandes y espaciosas, que la rodeaban, tenían aire, a la vez, de riqueza y de soledad; el pradito verde que había en el centro parecía tan desierto como una verde isla del Pacífico. De las cuatro calles que circundaban la plaza, una era mucho más alta que las otras, como para formar un estrado, y esta calle estaba rota por uno de esos admirables dis­parates de Londres: un restaurante, que parecía extraviado en aquel sitio y venido del barrio de Soho. Era un objeto absurdo y atractivo, lleno de tiestos con plantas enanas y visillos listados de blanco y amarillo limón. Aparecía en lo alto de la calle, y, según los modos de construir habituales en Londres, un vuelo de escalones su­bía de la calle hacia la puerta principal, casi a manera de escala de salvamento sobre la ventana de un primer piso. Valentin se detuvo, fumando, frente a los visillos listados, y se quedó un rato contemplándolos.

            Lo más increíble de los milagros está en que acontezcan. A veces se juntan las nubes del cielo para figurar el extraño contorno de un ojo huma­no; a veces, en el fondo de un paisaje equívoco, un árbol asume la elaborada figura de un signo de interrogación. Yo mismo he visto estas cosas hace pocos días. Nelson muere en el instante de la victoria, y un hombre llamado Williams da la casualidad de que asesina un día a otro llamado Williamson; ¡una especie de infanticidio! En suma, la vida posee cierto elemento de coinci­dencia fantástica, que la gente, acostumbrada a contar sólo con lo prosaico, nunca percibe. Como lo expresa muy bien la paradoja de Poe, la pru­dencia debiera contar siempre con lo imprevisto.

            Arístides Valentin era profundamente francés, y la inteligencia francesa es, especial y únicamen­te, inteligencia. Valentin no era «máquina pensante» insensata frase, hija del fatalismo y el materialismo modernos-. La máquina solamente es máquina, por cuanto no puede pensar. Pero él era un hombre pensante y, al mismo tiempo, un hombre claro. Todos sus éxitos, tan admira­bles que parecían cosa de magia, se debían a la lógica, a esa ideación francesa clara y llena de buen sentido. Los franceses electrizan al mundo, no lanzando una paradoja, sino realizando una evidencia. Y la realizan al extremo que puede verse por la Revolución francesa. Pero, por lo mismo que Valentin entendía el uso de la razón, Palpaba sus limitaciones. Sólo el ignorante en motorismo puede hablar de motores sin petró­leo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin sólidos e indisputables Primeros principios. Y en el caso no había sóli­dos primeros principios. A Flambeau le habían perdido la pista en Harwich, y si estaba en Londres podría encontrársele en toda la escala que va desde un gigantesco trampista, que recorre los arrabales de Wimbledon, hasta un gigantesco toast­master[1] en algún banquete del «Hotel Métro­pole». Cuando sólo contaba con noticias tan va­gas, Valentin solía tomar un camino y un método que le eran propios.

            En casos cómo éste, Valentin se fiaba de lo imprevisto. En casos como éste, cuando no era posible seguir un proceso racional, seguía, fría y cuidadosamente, el proceso de lo irracional. En vez de ir a los lugares más indicados -Bancos, puestos de Policía, sitios de reunión-, Valentin asistía sistemáticamente a los menos indicados: llamaba a las casas vacías, se metía por las calles cerradas, recorría todas las callejas bloqueadas de escombros, se dejaba ir por todas las trans­versales que le alejaran inútilmente de las arterias céntricas. Y defendía muy lógicamente este pro­cedimiento absurdo. Decía que, a tener algún vis­lumbre, nada hubiera sido peor que aquello; pero, a falta de toda noticia, aquello era lo mejor, por­que había al menos probabilidades de que la mis­ma extravagancia que había llamado la atención del perseguidor hubiera impresionado antes al perseguido. El hombre tiene que empezar sus in­vestigaciones por algún sitio, y lo mejor era em­pezar donde otro hombre pudo detenerse. El as­pecto de aquella escalinata, la misma quietud y curiosidad del restaurante, todo aquello conmovió la romántica imaginación del policía y le sugirió la idea de probar fortuna.. Subió las gradas y, sentándose en una mesa junto a la ventana, pidió una taza de café solo.

            Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las ligeras angarillas que habían servido para otro desayuno le recordaron su apetito; pidió, además,  un huevo escalfado, y procedió, pensativo, a endulzar su café, sin olvidar un punto a Flambeau. Pensaba cómo Flambeau había escapado en una ocasión gracias a un incendio; otra vez, con pre­texto de pagar por una carta falta de franqueo, y otra, poniendo a unos a ver por el telescopio un cometa que iba a destruir el mundo. Y Valentin se decía -con razón- que su cerebro de detec­tive y el del criminal eran igualmente poderosos. Pero también se daba cuenta de su propia des-, ventaja: El criminal pensaba sonriendo- es el artista creador, mientras que el detective es sólo el crítico.» Y levantó lentamente su taza de café hasta los labios..., pero la separó al instan­te: le había puesto sal en vez de azúcar.

            Examinó el objeto en que le habían servido la sal; era un azucarero, tan inequívocamente des­tinado al azúcar como lo está la botella de cham­paña para el champaña. No entendía cómo habían' podido servirle sal. Buscó por allí algún azucarero ortodoxo...; sí, allí había dos saleros llenos. Tal vez reservaban alguna sorpresa. Probó el conte­nido de los saleros, era azúcar. Entonces extendió la vista en derredor con aire de interés, buscando algunas huellas de aquel singular gusto artístico que llevaba a poner el azúcar en los saleros y la sal en los azucareros. Salvo un manchón de líquido oscuro, derramado sobre una de las pare' des, empapeladas de blanco, todo lo demás apa­recía limpio, agradable, normal. Llamó al timbre. Cuando el camarero acudió presuroso, despeinado y algo torpe todavía a aquella hora de la mañana, el detective -que no carecía de gusto por las bromas sencillas- le pidió que probara el azúcar y dijera si aquello estaba a la altura de la reputa­ción de la casa. El resultado fue que el camarero bostezó y acabó de despertarse.

            -¿Y todas las mañanas gastan ustedes a sus clientes estas bromitas? preguntó Valentin-.

¿No les resulta nunca cansada la bromita de trocar la sal y el azúcar?

            El camarero, cuando acabó de entender la ironía, le aseguró tartamudeante, que no era tal la intención del establecimiento, que aquello era una equivocación inexplicable. Cogió el azucarero y lo contempló, y lo mismo hizo con el salero, manifestando un creciente asombro. Al fin, pidió excusas precipitadamente, se alejó corriendo, y volvió pocos segundos después acompañado del propietario. El propietario examinó también los dos recipientes, y también se manifestó muy asom­brado.

            De pronto, el camarero soltó un chorro inar­ticulado de palabras.

            -Yo creo -dijo tartamudeando- que fueron esos dos sacerdotes.

            -¿Qué sacerdotes?

            -Esos que arrojaron la sopa a la pared -dijo.

            -¿Que arrojaron la sopa a la pared? -pre­guntó Valentin, figurándose que aquélla era algu­na singular metáfora italiana.

            -Sí, sí -dijo el criado con mucha anima­ción, señalando la mancha oscura que se veía sobre el papel blanco-; la arrojaron allí, a la pared.

            Valentin miró, con aire de curiosidad al pro­pietario. Éste satisfizo su curiosidad con el si­guiente relato:

            -Sí, caballero, así es la verdad, aunque no creo que tenga ninguna relación con esto de la sal y el azúcar. Dos sacerdotes vinieron muy tem­prano y pidieron una sopa, en cuanto abrimos la casa. Parecían gente muy tranquila y respeta­ble. Uno de ellos pagó la cuenta y salió. El otro, que era más pausado en sus movimientos, estuvo algunos minutos recogiendo sus cosas, y al cabo salió también. Pero antes de hacerlo tomó deli­beradamente la taza (no se la había bebido toda), y arrojó la sopa a la pared. El camarero y yo estábamos en el interior; así apenas pudimos lle­gar a tiempo para ver la mancha en el muro y el salón ya completamente desierto. No es un daño muy grande, pero es una gran desvergüen­za. Aunque quise alcanzar a los dos hombres, ya iban muy lejos. Sólo pude advertir que dobla­ban la esquina de la calle de Carstairs.

            El policía se había levantado, puesto el som­brero y empuñado el bastón. En la completa os­curidad en que se movía, estaba decidido a se­guir el único indicio anormal que se le ofrecía; y el caso era, en efecto, bastante anormal. Pagó,   cerró de golpe tras de sí la puerta de cristales y pronto había doblado también la esquina de la calle.

            Por fortuna, aun en los instantes de mayor fiebre conservaba alerta los ojos. Algo le llamó la atención frente a una tienda, y al punto retroce­dió unos pasos para observarlo. La tienda era un almacén popular de comestibles y frutas, y al '' aire libre estaban expuestos algunos artículos con sus nombres y precios, entre los cuales se desta­caban un montón de naranjas y un montón de nueces. Sobre el montón de nueces había un tarjetón que ponía, con letras azules: «Naranjas finas de Tánger, dos por un penique› Y sobre las naranjas, una inscripción semejante e igual­mente exacta, decía: «Nueces finas del Brasil, a cuatro la libra› Valentin, considerando los dos tarjetones, pensó que aquella forma de humoris­mo no le era desconocida, por su experiencia de hacía poco rato. Llamó la atención del frutero sobre el caso. El frutero, con su carota bermeja y su aire estúpido, miró a uno y otro lado de la calle como preguntándose la causa de aquella con­fusión. Y, sin decir nada, colocó cada letrero en su sitio. El policía, apoyado con elegancia en su bastón, siguió examinando la tienda. Al fin ex­clamó:

            -Perdone usted, señor mío, mi indiscreción: quisiera hacerle a usted una pregunta referente a la psicología experimental y a la asociación de ideas.

            El caribermejo comerciante le miró de un modo amenazador. El detective, blandiendo el bas­toncillo en el aire, continuó alegremente:

            -¿Qué hay de común entre dos anuncios mal colocados en una frutería y el sombrero de teja de alguien que ha venido a pasar a Londres un día de fiesta? O, para ser más claro: ¿qué rela­ción mística existe entre estas nueces, anunciadas como naranjas, y la idea de dos clérigos, uno muy alto y otro muy pequeño?

            Los ojos del tendero parecieron salírsele de la cabeza, como los de un caracol.

            Por un instante se dijera que se iba a arro­jar sobre el extranjero. Y, al fin, exclamó, ira. cundo:

            -No sé lo que tendrá usted que ver con ellos, pero si son amigos de usted, dígales de mi par­te que les voy a estrellar la cabeza, aunque sean párrocos, como vuelvan a tumbarme mis manzanas.

            -¿De veras? -preguntó el detective con mucho interés-. ¿Le tumbaron a usted las manzanas?

            -Como que uno de ellos -repuso el enfurecido frutero- las echó a rodar por la calle le buena gana le hubiera yo cogido, pero tuve que entretenerme en arreglar otra vez el montón.

            -Y ¿hacia dónde se encaminaron los párrocos?

            -Por la segunda calle, a mano izquierda y después cruzaron la plaza.

            -Gracias -dijo Valentin, y desapareció como por encanto.

            A las dos calles se encontró con un guardia, y le dijo:

            -Oiga usted, guardia, un asunto urgente: ¿Ha visto usted pasar a dos clérigos con sombrero de teja?

            El guardia trató de recordar.

            -Sí, señor, los he visto. Por cierto que uno de ellos me pareció ebrio: estaba en mitad de la calle como atontado...

            -¿Por qué calle tomaron? -le interrumpió Valentin.

            -Tomaron uno de aquellos ómnibus amarillos que van a Hampstead.

            Valentin exhibió su tarjeta oficial y dijo pre­cipitadamente:

            -Llame usted a dos de los suyos, que ven­gan conmigo en persecución de esos hombres.

            Y cruzó la calle con una energía tan conta­giosa que el pesado guardia se echó a andar también con una obediente agilidad. Antes de dos minutos, un inspector y un hombre en tra­je de paisano se reunieron al detective francés.

            -¿Qué se le ofrece, caballero? -comenzó el inspector, con una sonrisa de importancia.      Valentin señaló con el bastón.

            -Ya se lo diré a usted cuando estemos en aquel ómnibus -contestó, escurriéndose y abrién­dose paso por entre el tráfago de la calle. Cuan­do los tres, jadeantes, se encontraron en la im­perial del amarillo vehículo, el inspector dijo:

            -Iríamos cuatro veces más de prisa en un taxi.

            -Es verdad -le contestó el jefe plácidamen­te-, siempre que supiéramos adónde íbamos.    -Pues, ¿adónde quiere usted que vayamos? -le replicó el otro, asombrado.

            Valentin, con aire ceñudo, continuó fumando

en silencio unos segundos, y después, apartando el cigarrillo, dijo:

            -Si usted sabe lo que va a hacer un hom­bre, adelántesele. Pero si usted quiere descubrir lo que hace, vaya detrás de él. Extravíese don­de él se extravíe, deténgase cuando él se deten­ga, y viaje tan lentamente como él. Entonces verá usted lo mismo que ha visto él y podrá us­ted adivinar sus acciones y obrar en consecuen­cia. Lo único que podemos hacer es llevar la mirada alerta para descubrir cualquier objeto extravagante.

            -¿Qué clase de objeto extravagante?           

            -Cualquiera -contestó Valentin, y se hundió en un obstinado mutismo.

            El ómnibus amarillo recorría las carreteras del Norte. El tiempo transcurría, inacabable. El gran detective no podía dar más explicaciones, y acaso sus ayudantes empezaban a sentir una cre­ciente y silenciosa desconfianza. Acaso también empezaban a experimentar un apetito creciente y silencioso, porque la hora del almuerzo ya había pasado, y las inmensas carreteras de los subur­bios parecían alargarse cada vez más, como las piezas de un infernal telescopio. Era aquél uno de esos viajes en que el hombre no puede menos de sentir que se va acercando al término del uni­verso, aunque a poco se da cuenta de que sim­plemente ha llegado a la entrada del parque de Tufnell. Londres se deshacía ahora en miserables tabernas y en repelentes andrajos de ciudad, y más allá volvía a renacer en calles altas y des­lumbrantes y hoteles opulentos. Parecía aquél un viaje a través de trece ciudades consecutivas. El crepúsculo invernal comenzaba ya a vislum­brarse -amenazador- frente a ellos; pero el detective parisiense seguía sentado sin hablar, mi­rando a todas partes, no perdiendo un rasgo de las calles que ante él se desarrollaban. Ya habían dejado atrás el barrio de Camden, y los policías iban medio dormidos. De pronto, Valentin se levantó y, poniendo una mano sobre el hombro de cada uno de sus ayudantes, dio orden de pa­rar. Los ayudantes dieron un salto.

            Y bajaron por la escalerilla a la calle, sin saber con qué objeto los hablan hecho bajar. Mi­raron en torno, como tratando de averiguar la razón, y Valentin les señaló triunfalmente una ventana que había a la izquierda, en un café sun­tuoso lleno de adornos dorados. Aquél era el de­partamento reservado a las comidas de lujo. Ha­bía un letrero: Restaurante. La ventana, como todas las de la fachada, tenía una vidriera escar­chada y ornamental. Pero en medio de la vidriera había una rotura grande, negra, como una estre­lla entre los hielos.

            -¡Al fin¡, hemos dado con un indicio -dijo Valentin, blandiendo el bastón-. Aquella vidriera rota...

            -¿Qué vidriera? ¿Qué indicio? -preguntó el inspector-. ¿Qué prueba tenemos para suponer que eso sea obra de ellos?

            Valentin casi rompió su bambú de rabia.     

            -¿Pues no pide prueba este hombre, Dios mío? -exclamó-. Claro que hay veinte pro­babilidades contra una. Pero, ¿qué otra cosa po­demos hacer? ¿No ve usted que estamos en el caso de seguir la más nimia sospecha, o de re­nunciar e irnos a casa a dormir tranquilamente?        Empujó la puerta del café, seguido de sus ayudantes, y pronto se encontraron todos sen­tados ante un lunch tan tardío como anhelado. De tiempo en tiempo echaban una mirada a la vidriera rota. Pero no por eso veían más claro en el asunto.

            Al pagar la cuenta, Valentin le dijo al camarero:

            -Veo que se ha roto la vidriera, ¿eh,.

            -Sí, señor -dijo éste, muy preocupado con darle el cambio, y sin hacer mucho caso de Va­lentin.

            Valentin, en silencio, añadió una propina con­siderable. Ante esto, el camarero se puso comu­nicativo:

            -Sí, señor; una cosa increíble.

            -¿De veras? Cuéntenos usted cómo fue -dijo el detective, como sin darle mucha importancia.   

            -Verá usted: entraron dos curas, dos párro­cos forasteros de esos que andan ahora por aquí. Pidieron alguna cosilla de comer, comieron muy quietecitos, uno de ellos pagó y se salió. El otro iba a salir también, cuando yo advertí que me habían pagado el triple de lo debido. Oiga usted (le dije a mi hombre, que ya iba por la puerta), me han pagado ustedes más de la cuenta.» ¿Ah?», me contestó con mucha indiferencia. «Sí», le dije, y le enseñé la nota.... Bueno: lo que pasó es inex­plicable.

            -¿Por qué?

            -Porque yo hubiera jurado por la santísima Biblia que había escrito en la nota cuatro cheli­nes, y me encontré ahora con la cifra de catorce chelines.

            -¿Y después? -dijo Valentin lentamente, pero con los ojos llameantes.

            -Después, el párroco que estaba en la puerta me dijo muy tranquilamente: «Lamento enredar­le á usted sus cuentas; pero es que voy a pagar por la vidriera.» «¿Qué vidriera?» «La que ahora mismo voy a romper»; y descargó allí la som­brilla.

            Los tres lanzaron una exclamación de asom­bro, y el inspector preguntó en voz baja:        -¿Se trata de locos escapados?

            El camarero continuó, complaciéndose mani­fiestamente en su extravagante relato:

            -Me quedé tan espantado, que no supe qué hacer. El párroco se reunió al compañero y do­blaron por aquella esquina. Y después se diri­gieron tan de prisa hacia la calle de Bullock, que no pude darles alcance, aunque eché a correr tras ellos.

            -¡A la calle de Bullock! -ordenó el detec­tive.

            Y salieron disparados hacia allá, tan veloces como sus perseguidos. Ahora se encontraron en­tre callecitas enladrilladas que tenían aspecto de túneles; callecitas oscuras que parecían for­madas por la espalda de todos los edificios. La niebla comenzaba a envolverlos, y aun los poli­cías londinenses se sentían extraviados por aque­llos parajes. Pero el inspector tenía la seguridad de que saldrían por cualquier parte al parque de Hampstead. Súbitamente, una vidriera iluminada por luz de gas apareció en la oscuridad de la calle, como una linterna. Valentin se detuvo ante ella: era una confitería. Vaciló un instante y, al fin, entró hundiéndose entre los brillos y los alegres colores de la confitería. Con toda gravedad y mu­cha parsimonia compró hasta trece cigarrillos de chocolate. Estaba buscando el mejor medio para entablar un diálogo; pero no necesitó él comenzarlo.

            Una señora de cara angulosa que le había despachado, sin prestar más que una atención mecánica al aspecto elegante del comprador, al ver destacarse en la puerta el uniforme azul del policía que le acompañaba, pareció volver en sí, y dijo:

            -Si vienen ustedes por el paquete, ya lo re­mití a su destino.

dad. ¡El paquete! -repitió Valentin con curiosi­dad-. El paquete que dejó ese señor, ese señor párroco.

            -Por favor, señora -dijo entonces Valentin,

dejando ver por primera vez su ansiedad-, por amor de Dios, díganos usted puntualmente de qué se trata.

            La mujer, algo inquieta, explicó:

            -Pues verá usted: esos señores estuvieron aquí hará una media hora, bebieron un poco de men­ta, charlaron y después se encaminaron al parque de Hampstead. Pero a poco uno de ellos volvió y me dijo: «¿Me he dejado aquí un paquete?» Yo no encontré ninguno por más que busqué. «Bueno -me dijo él-, si luego aparece por ahí, tenga usted la bondad de enviarlo a estas señas.» Y con la dirección, me dejó un chelín por la molestia. Y, en efecto, aunque yo estaba segura de haber buscado bien, poco después me encontré con un paquetito de papel de estraza, y lo envié al sitio indicado. No me acuerdo bien adónde era: era por Westminster. Como parecía ser cosa de importancia, pensé que tal vez la Policía había venido a buscarlo.

            -Sí -dijo Valentin-, a eso vine. ¿Está cerca de aquí el parque de Hampstead?

            -A unos quince minutos. Y por aquí saldrá usted derecho a la puerta del parque.

            Valentin salió de la confitería precipitadamen­te, y echó a correr en aquella dirección; sus ayudantes le seguían con un trotecillo de mala gana.

            La calle que recorrían era tan estrecha y os­cura, que cuando salieron al aire libre se asom­braron de ver que había todavía tanta luz. Una hermosa cúpula celeste, color verde pavo, se hundía entre fulgores dorados, donde resaltaban las masas oscuras de los árboles, ahogadas en leja­nías violetas. El verde fulgurante era ya lo bas­tante oscuro para dejar ver, como unos puntitos de cristal, algunas estrellas. Todo lo que aún quedaba de la luz del día caía en reflejos dora­dos por los términos de Hampstead y aquellas cuestas que el pueblo gusta de frecuentar y reciben el nombre de Valle de la Salud. Los obre­ros, endomingados, aún no habían desaparecido; ', quedaban, ya borrosas en la media luz, unas cuantas parejas por los bancos, y aquí y allá, a lo lejos, una muchacha se mecía, gritando, en un columpio. En torno a la sublime vulgaridad del hombre, la gloria del cielo se iba haciendo cada vez más profunda y oscura. Y de arriba de la  cuesta, Valentin se detuvo a contemplar el valle.

            Entre los grupitos negros que parecían irse ' deshaciendo a distancia, había uno, negro entre todos, que no parecía deshacerse: un grupito de dos figuras vestidas con hábitos clericales. Aun­que estaban tan lejos que parecían insectos, Va­lentin pudo darse cuenta de que una de las dos figuras era más pequeña que la otra. Y aunque el otro hombre andaba algo inclinado, como hom­bre de estudio, y cual si tratara de no hacerse notar, a Valentin le pareció que bien medía seis pies de talla. Apretó los dientes y, cimbreando el bambú, se encaminó hacia aquel grupo con impaciencia. Cuando logró disminuir la distancia y agrandar las dos figuras negras cual con ayuda de microscopio, notó algo más, algo que le sor­prendió mucho, aunque, en cierto modo, ya lo esperaba. Fuera quien fuera el mayor de los dos, no cabía duda respecto a la identidad del menor: era su compañero del tren de Harwich, aquel cura pequeñín y regordete de Essex, a quien él había aconsejado no andar diciendo lo que traía en sus paquetitos de papel de estraza.

            Hasta aquí todo se presentaba muy racional­mente. Valentin había logrado averiguar aquella mañana que un tal padre Brown, que venía de Essex, traía consigo una cruz de plata con za­firos, reliquia de considerable valor, para mostrar­la a los sacerdotes extranjeros que venían al Congreso. Aquél era, sin duda, el objeto de plata con piedras azules», y el padre Brown, sin duda, era el propio y diminuto paleto que venía en el tren. No había nada de extraño en el hecha de que Flambeau tropezara con la misma extrañeza en que Valentin había reparado. Flambeau no perdía nada de cuanto pasaba junto a él. Y nada de extraño tenía el hecho de que, al oír hablar Flambeau de una cruz de zafiros, se le ocurriera robársela: aquello era lo más natural del mundo. Y de seguro que Flambeau se saldría con la suya, teniendo que habérselas con aquel pobre cordero de la sombrilla y los paquetitos, Era el tipo de hombre en quien todo el mundo puede hacer su voluntad, atarlo con una cuerda y llevárselo hasta el Polo Norte. No era de extrañar que un hombre como Flambeau, disfrazado de cura, hubiera logrado arrastrarlo hasta Hampstead Heath. La intención delictuosa era manifiesta. Y el detective compadecía al pobre curita desamparado, y casi desdeñaba a Flambeau por encarnizarse en víctimas tan indefensas. Pero cuando Valentin recorría la serie de hechos que le habían llevado al éxito de sus pesquisas, en vano se atormentaba tratando de descubrir en todo el proceso el menor ritmo de razón. ¿Qué tenía de común el robo de una cruz de plata y piedras azules con el hecho de arrojar la sopa a la pared? ¿Qué relación había entre esto y el llamar nueces a las naranjas, o el pagar de antemano los vidrios que se van a romper? Había llegado al término de la caza, pero no sabía por cuáles caminos. Cuando fracasaba y pocas ve­ces le sucedía- solía dar siempre con la clave del enigma, aunque perdiera al delincuente. Aquí había cogido al delincuente, pero la clave del enigma se le escapaba.

            Las dos figuras se deslizaban como moscas sobre una colina verde. Aquellos hombres parecían enfrascados en animada charla y no darse cuenta de adónde iban; pero ello es que se en­caminaban a lo más agreste y apartado del parque. Sus perseguidores tuvieron que adoptar las poco dignas actitudes de la caza al acecho, ocultarse tras los matojos y aun arrastrarse escon­didos entre la hierba. Gracias a este desagradable procedimiento, los cazadores lograron acercarse a la presa lo bastante para oír el murmullo de la discusión; pero no lograban entender más que la palabra «razón», frecuentemente repetida en una voz chillona y casi infantil. Una vez, la presa se les perdió en una profundidad y tras un muro de espesura. Pasaron diez minutos de angustia antes de que lograran verlos de nuevo, y después reaparecieron los dos hombres sobre la cima de una loma que dominaba un anfiteatro, el cual a estas horas era un escenario desolado bajo las últimas claridades del sol. En aquel sitio osten­sible, aunque agreste, había, debajo de un árbol, un banco de palo, desvencijado. Allí se sentaron los dos curas, siempre discutiendo con mucha animación. Todavía el suntuoso verde y oro era perceptible hacia el horizonte; pero ya la cúpula ; celeste había pasado del verde pavo al azul pavo, y las estrellas se destacaban más y más como joyas sólidas. Por señas, Valentin indicó a sus ayudantes que procuraran acercarse por detrás del árbol sin hacer ruido. Allí lograron, por pri­mera vez, oír las palabras de aquellos extraños clérigos.

            Tras de haber escuchado unos dos minutos, se apoderó de Valentin una duda atroz: ¿Si ha­bría arrastrado a los dos policías ingleses hasta aquellos nocturnos campos para una empresa tan loca como sería la de buscar higos entre los cardos? Porque aquellos dos sacerdotes hablaban realmente como verdaderos sacerdotes, piadosa­mente, con erudición y compostura, de los más abstrusos enigmas teológicos. El curita de Essex hablaba con la mayor sencillez, de cara hacia las nacientes estrellas. El otro inclinaba la ca­beza, como si fuera indigno de contemplarlas. Pero no hubiera sido posible encontrar una char­la más clerical e ingenua en ningún blanco claustro de Italia o en ninguna negra catedral española.

            Lo primero que oyó fue el final de una  frase del padre Brown que decía:, «...que era lo que en la Edad Media significaban con aquello de:, . los cielos incorruptibles».

            El sacerdote alto movió la cabeza y repuso:

            -¡Ah, sí i. Los modernos infieles apelan a su razón;! Pero, ¿quién puede contemplar estos mi­llones de mundos sin sentir que hay todavía universos maravillosos donde tal vez nuestra razón resulte irracional?

            -No -dijo el otro-. La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto por la razón.

            El otro levantó la austera cabeza hacia el cielo estrellado, e insistió:

            -Sin embargo, ¿quién sabe si en este infinito universo...?

            -Infinito sólo físicamente -dijo el curita agi­tándose en el asiento-, pero no infinito en el sentido de que pueda escapar a las leyes de la verdad.

            Valentin, tras del árbol, crispaba los puños con muda desesperación. Ya le parecía oír las burlas de los policías ingleses a quienes había arrastrado en tan loca persecución, sólo para ha­cerles asistir al chismorreo metafísico de los dos viejos y amables párrocos. En su impaciencia, no oyó la elaborada respuesta del cura gigantesco, y cuando pudo oír otra vez el padre Brown estaba diciendo:

            -La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; pien­se usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pue­da afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: «No robarás.»

            Valentin estaba para cesar en aquella actitud violenta y alejarse sigilosamente, confesando aquel gran fracaso de su vida; pero el silencio del sa­cerdote gigantesco le impresionó de un modo que quiso esperar su respuesta. Cuando éste se decidió, por fin, a hablar dijo simplemente, inclinando la cabeza y apoyando las manos en las rodillas:

            -Bueno; yo creo, con todo, que ha de haber otros mundos superiores a la razón humana. Im­penetrable es el misterio del cielo, y ante él hu­millo mi frente.

            Y después, siempre en la misma actitud, y sin cambiar de tono de voz, añadió:

            -Vamos, déme usted ahora mismo la cruz de zafiros que trae. Estamos solos y puedo destro­zarle a usted como a un muñeco.

            Aquella voz y aquella actitud inmutables chocaban violentamente con el cambio de. asunto. El guardián de la reliquia apenas volvió la cabeza. Parecía seguir contemplando las estrellas. Tal vez, no entendió. Tal vez entendió, pero el terror le había paralizado.

            -Sí -dijo el sacerdote gigantesco sin inmu­tarse-, sí, yo soy Flambeau.       

            Y, tras una pausa, añadió:

            -Vamos, ¿quiere usted darme la cruz?         

            -No -dijo el otro; y aquel monosílabo tuvo una extraña sonoridad.

            Flambeau depuso entonces sus pretensiones pontificales. El gran ladrón se retrepó en el respaldo del banco y soltó la risa.

            -No -dijo-, no quiere usted dármela, orgulloso prelado. No quiere usted dármela, célibe borrico. ¿Quiere usted que le diga por qué? Pues  porque ya la tengo en el bolsillo del pecho.

            El hombrecillo de Essex volvió hacia él, en l penumbra una cara que debió de reflejar el asombro, y con la tímida sinceridad del «Secretario Privado», exclamó:

            -Pero, ¿está usted seguro?    

            Flambeau aulló con deleite:

            -Verdaderamente -dijo- es usted tan divertido como una farsa en tres actos. Sí, hombre de Dios, estoy enteramente seguro. He tenido L buena idea de hacer una falsificación del paquete, y ahora, amigo mío, usted se ha quedado con el duplicado y yo con la alhaja. Una estratagema muy antigua, padre Brown, muy antigua.

            -Sí -dijo el padre Brown alisándose los cabellos con el mismo aire distraído-, ya he oído hablar de ella.

            El coloso del crimen se inclinó entonces hacia el rústico sacerdote con un interés repentino.

            -¿Usted ha oído hablar de ella? ¿Dónde?   

            -Bueno -dijo el hombrecillo' con mucha candidez-. Ya comprenderá usted que no voy ; decirle el nombre. Se trata de un penitente, un hijo de confesión. ¿Sabe usted? Había logrado vivir durante veinte años con gran comodidad gracias al sistema de falsificar los paquetes de papel de estraza. Y así, cuando comencé a sospechar de usted,, me acordé al punto de los procedi­mientos de aquel pobre hombre.

            -¿Sospechar de mí? -repitió el delincuente con curiosidad cada vez mayor-. ¿Tal vez tuvo usted la perspicacia de sospechar cuando vio usted que yo le conducía a estas soledades?

            -No, no -dijo Brown, como quien pide ex-  cosas-. No, verá usted: yo comencé a sospechar de usted en el momento en que por primera vez nos encontrarnos, debido al bulto que hace en su manga el brazalete de la cadena que suelen ustedes llevar.

            -Pero, ¿cómo demonios ha oído usted hablar siquiera del brazalete?

            -¡Qué quiere usted; nuestro pobre rebaño ...! -dijo el padre Brown, arqueando las cejas con aire indiferente-. Cuando yo era cura de Hartlepool había allí tres con el brazalete... De modo que, habiendo desconfiado de usted desde el pri­mer momento, como usted comprende, quise asegurarme de que la cruz quedaba a salvo de cual­quier contratiempo. Y hasta creo que me he visto en el caso de vigilarle a usted, ¿sabe us­ted? Finalmente, vi que usted cambiaba los pa­quetes. Y entonces, vea usted, yo los volví a cambiar. Y después, dejé el verdadero por el ca­mino.

            -¿Que lo dejó usted? -repitió Flambeau; y por la primera vez, el tono de su voz no fue ya triunfal.

            -Vea usted cómo fue -continuó el curita con el mismo tono de voz-. Regresé a la confitería aquélla y pregunté s; me había dejado por ahí un paquete, y di ciertas señas para que lo remitieran si acaso aparecía después. Yo sabía que no me había dejado antes nada, pero cuando regresé a buscar lo de p realmente. Así, en vez de correr tras de mí col el valioso paquete, lo han enviado a estas horas a casa de un amigo mío que vive en Westminster. -Y luego añadió, amar­gamente-: También esto lo aprendí de un po­bre sujeto que había en Hartlepool. Tenía la costumbre de hacerlo con las maletas que robaba en las estaciones; ahora el pobre está en un mo­nasterio. ¡Oh, tiene uno que aprender muchas cosas, ¿sabe usted? prosiguió sacudiendo la cabeza con el mismo aire del que pide excusas-. No puede uno menos de portarse como sacer­dote. La gente viene a nosotros y nos lo cuenta todo.

            Flambeau sacó de su bolsillo un paquete de papel de estraza y lo hizo pedazos. No contenía más que papeles y unas barritas de plomo. Saltó sobre sus pies revelando su gigantesca estatura, y gritó:

            -No le creo a usted. No puedo creer que un patán como usted sea capaz de eso. Yo creo que trae usted consigo la pieza, y si usted se resiste a dármela..., ya ve usted, estamos solos, la tomaré por fuerza.

            -No -dijo con naturalidad el padre Brown; y también se puso de pie-. No la tomará usted por fuerza. Primero, porque realmente no la llevo conmigo. Y segundo, porque no estamos solos.      

            Flambeau se quedó suspenso.

            -Detrás de este árbol -dijo el padre Brown señalándolo- están dos forzudos policías, y con ellos el detective más notable que hay en la tierra. ¿Me pregunta usted que cómo vinieron? ¡Pues porque yo los atraje, naturalmente! ¿Que cómo lo hice? Pues se lo contaré a usted si se empeña. ¡Por Dios! ¿No comprende usted que, trabajando entre la clase criminal, aprendemos muchísimas cosas? Desde luego, yo no estaba seguro de que usted fuera un delincuente, y nunca es convenien­te hacer un escándalo contra un miembro de nuestra propia Iglesia. Así, procuré antes probarle a usted, para ver si, a la provocación se des­cubría usted de algún modo. Es de suponer que todo hombre hace algún aspaviento si se encuen­tra con que su café está salado; si no lo hace, es que tiene buenas razones para no llamar sobre sí la atención de la gente. Cambié, pues, la sal y el azúcar, y advertí que usted no protestaba. Todo hombre protesta si le cobran tres veces más de lo que debe. Y si se conforma con la cuenta exagerada, es que le importa pasar inadvertido. Yo alteré la nota, y usted la pagó sin decir pa­labra.

            Parecía que el mundo todo estuviera esperando que Flambeau, de un momento a otro, saltara como un tigre. Pero, por el contrario, se estuvo quieto, como si le hubieran amansado con un conjuro; la curiosidad más aguda le tenía como petrificado.

            -Pues bien -continuó el padre Brown con pausada lucidez-, como usted no dejaba rastro a la Policía, era necesario que alguien lo dejara, en su lugar. Y adondequiera que fuimos juntos, procuré hacer algo que diera motivo a que se hablara de nosotros para todo el resto del día. No causé daños muy graves por lo demás;, una pared manchada, unas manzanas por el suelo, una vidriera rota... Pero, en todo caso, salvé la cruz,  porque hay que salvar siempre la cruz. A esta hora está en Westminster. Yo hasta me maravillo de que no lo haya usted estorbado con el «silbido del asno».

            -¿El qué? preguntó Flambeau.

            -Vamos, me alegro de que nunca haya usted oído hablar de eso -dijo el sacerdote con una muequecilla-. Es una atrocidad. Ya estaba yo seguro de que usted era demasiado bueno, en el fondo, para ser un "silbador". Yo no hubiera po­dido en tal caso contrarrestarlo, ni siquiera con el procedimiento de las "marcas"; no tengo bas­tante fuerza en las piernas:

            -Pero, ¿de q_ qué me está usted hablando? -preguntó el otro.

            -Hombre, creí que conocía usted las «mar­cas" -dijo el padre Brown agradablemente sor­prendido-. Ya veo que no está usted tan envi­lecido.

            -Pero, ¿cómo diablos está usted al cabo de tantos horrores? -gritó Flambeau.

            La sombra de una sonrisa cruzó por la cara redonda y sencillota del clérigo.

            -¡Oh, probablemente a causa de ser un bo­rrico célibe! -repuso-. ¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace más que oír los pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia? Además, debo confesarle a usted que otra condi­ción de mi oficio me convenció de que usted no era un sacerdote.

            -¿Y qué fue ello? preguntó el ladrón, alelado.

            -Que usted atacó la razón; y eso es de mala teología.

            Y como se volviera en este instante para re­coger sus paquetes, los tres policías salieron de entre los árboles penumbrosos. Flambeau era un artista, y también un deportista. Dio un paso atrás y saludó con una cortés reverencia a Valentin.

            -No; a mí, no, mon ami -dijo éste con ni­tidez argentina-. Inclinémonos los dos ante nues­tro común maestro.

            Y ambos se descubrieron con respeto, mientras el curita de Essex hacía como que buscaba su sombrilla.


[1] El que dirige los brindis.