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El carbunclo azul - Arthur Conan Doyle

Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi ami­go Sherlock Holmes con la intención de transmitirle las fe­licitaciones propias de la época. Lo encontré tumbado en el sofá, con una bata morada, el colgador de las pipas a su derecha y un montón de periódicos arrugados, que evi­dentemente acababa de estudiar, al alcance de la mano. Al lado del sofá había una silla de madera, y de una esquina de su respaldo colgaba un sombrero de fieltro ajado y mu­griento, gastadísimo por el uso y roto por varias partes. Una lupa y unas pinzas dejadas sobre el asiento indicaban que el sombrero había sido colgado allí con el fin de exami­narlo.

-Veo que está usted ocupado -dije-. ¿Le interrumpo?

-Nada de eso. Me alegro de tener un amigo con el que po­der comentar mis conclusiones. Se trata de un caso absolu­tamente trivial -señaló con el pulgar el viejo sombrero-, pero algunos detalles relacionados con él no carecen por completo de interés, e incluso resultan instructivos.

Me senté en su butaca y me calenté las manos en la chime­nea, pues estaba cayendo una buena helada y los cristales es­taban cubiertos de placas de hielo.

-Supongo -comenté- que, a pesar de su aspecto inocen­te, ese objeto tendrá una historia terrible... o tal vez es la pis­ta que le guiará a la solución de algún misterio y al castigo de algún delito.

-No, qué va. Nada de crímenes -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Tan sólo uno de esos incidentes capricho­sos que suelen suceder cuando tenemos cuatro millones de seres humanos apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan numeroso, cualquier combinación de acontecimientos es posible, y pueden surgir muchos pequeños problemas que resultan extraños y sorprendentes, sin tener nada de delicti­vo. Ya hemos tenido experiencias de ese tipo.

-Ya lo creo -comenté-. Hasta el punto de que, de los seis últimos casos que he añadido a mis archivos, hay tres com­pletamente libres de delito, en el aspecto legal.

-Exacto. Se refiere usted a mi intento de recuperar los pa­peles de Irene Adler, al curioso caso de la señorita Mary Sut­herland, y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien, no me cabe duda de que este asuntillo pertenece a la misma categoría inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el re­cadero?

-Sí.

-Este trofeo le pertenece.

-¿Es su sombrero?

-No, no, lo encontró. El propietario es desconocido. Le ruego que no lo mire como un sombrerucho desastrado, sino como un problema intelectual. Veamos, primero, cómo llegó aquí. Llegó la mañana de Navidad, en compañía de un ganso cebado que, no me cabe duda, ahora mismo se está asando en la cocina de Peterson. Los hechos son los siguien­tes. A eso de las cuatro de la mañana del día de Navidad, Pe­terson, que, como usted sabe, es un tipo muy honrado, re­gresaba de alguna pequeña celebración y se dirigía a su casa bajando por Tottenham Court Road. A la luz de las farolas vio a un hombre alto que caminaba delante de él, tamba­leándose un poco y con un ganso blanco al hombro. Al llegar a la esquina de Goodge Street, se produjo una trifulca entre este desconocido y un grupillo de maleantes. Uno de éstos le quitó el sombrero de un golpe; el desconocido levantó su bastón para defenderse y, al enarbolarlo sobre su cabeza, rompió el escaparate de la tienda que tenía detrás. Peterson había echado a correr para defender al desconocido contra sus agresores, pero el hombre, asustado por haber roto el es­caparate y viendo una persona de uniforme que corría hacia él, dejó caer el ganso, puso pies en polvorosa y se desvaneció en el laberinto de callejuelas que hay detrás de Tottenham Court Road. También los matones huyeron al ver aparecer a Peterson, que quedó dueño del campo de batalla y también del botín de guerra, formado por este destartalado sombre­ro y un impecable ejemplar de ganso de Navidad.

-¿Cómo es que no se los devolvió a su dueño?

-Mi querido amigo, en eso consiste el problema. Es cier­to que en una tarjetita atada a la pata izquierda del ave decía «Para la señora de Henry Baker», y también es cierto que en el forro de este sombrero pueden leerse las iniciales «H. B.»; pero como en esta ciudad nuestra existen varios miles de Ba­kers y varios cientos de Henry Bakers, no resulta nada fácil devolverle a uno de ellos sus propiedades perdidas.

-¿Y qué hizo entonces Peterson?

-La misma mañana de Navidad me trajo el sombrero y el ganso, sabiendo que a mí me interesan hasta los problemas más insignificantes. Hemos guardado el ganso hasta esta mañana, cuando empezó a dar señales de que, a pesar de la helada, más valía comérselo sin retrasos innecesarios. Así pues, el hombre que lo encontró se lo ha llevado para que cumpla el destino final de todo ganso, y yo sigo en poder del sombrero del desconocido caballero que se quedó sin su cena de Navidad.

-¿No puso ningún anuncio?

-No.

-¿Y qué pistas tiene usted de su identidad?

-Sólo lo que podemos deducir.

-¿De su sombrero?

-Exactamente.

-Está usted de broma. ¿Qué se podría sacar de esa ruina de fieltro?

-Aquí tiene mi lupa. Ya conoce usted mis métodos. ¿Qué puede deducir usted referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?

Tomé el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar sombrero negro de copa re­donda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elásti­ca, pero faltaba ésta. Por lo demás, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que ha­bían intentado disimular las partes descoloridas pintándo­las con tinta.

-No veo nada -dije, devolviéndoselo a mi amigo.

-Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.

-Entonces, por favor, dígame qué deduce usted de este sombrero.

Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire intros­pectivo tan característico.

-Quizás podría haber resultado más sugerente -dijo-, pero aun así hay unas cuantas deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de proba­bilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada inteligencia, y también que hace menos de tres años era bastante rico, aunque en la actualidad atra­viesa malos momentos. Era un hombre previsor, pero ahora no lo es tanto, lo cual parece indicar una regresión moral que, unida a su declive económico, podría significar que so­bre él actúa alguna influencia maligna, probablemente la be­bida. Esto podría explicar también el hecho evidente de que su mujer ha dejado de amarle.

-¡Pero... Holmes, por favor!

-Sin embargo, aún conserva un cierto grado de amor propio -continuó, sin hacer caso de mis protestas-. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, se encuen­tra en muy mala forma física, de edad madura, y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos días y en el que se aplica fijador. Éstos son los datos más aparentes que se deducen de este sombrero. Además, dicho sea de paso, es sumamente improbable que tenga instalación de gas en su casa.

-Se burla usted de mí, Holmes.

-Ni muchos menos. ¿Es posible que aún ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted incapaz de ver cómo los he obtenido?

-No cabe duda de que soy un estúpido, pero tengo que confesar que soy incapaz de seguirle. Por ejemplo: ¿de dónde saca que el hombre es inteligente?

A modo de respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero en la cabeza. Le cubría por completo la frente y quedó apo­yado en el puente de la nariz.

-Cuestión de capacidad cúbica -dijo-. Un hombre con un cerebro tan grande tiene que tener algo dentro.

-¿Y su declive económico?

-Este sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta de seda con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre podía permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha comprado otro, es indudable que ha venido a menos.

-Bueno, sí, desde luego eso está claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresión moral?

Sherlock Holmes se echó a reír.

-Aquí está la precisión -dijo, señalando con el dedo la presilla para enganchar la goma sujeta sombreros-. Ningún sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo hi­ciera poner es señal de un cierto nivel de previsión, ya que se tomó la molestia de adoptar esta precaución contra el viento. Pero como vemos que desde entonces se le ha roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que ya no es tan previsor como antes, lo que demuestra cla­ramente que su carácter se debilita. Por otra parte, ha pro­curado disimular algunas de las manchas pintándolas con tinta, señal de que no ha perdido por completo su amor propio.

-Desde luego, es un razonamiento plausible.

-Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el fijador, se advierten examinan­do con atención la parte inferior del forro. La lupa revela una gran cantidad de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Todos están pegajosos, y se nota un inconfundible olor a fijador. Este polvo, fíjese usted, no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado den­tro de casa la mayor parte del tiempo; y las manchas de su­dor del interior son una prueba palpable de que el propieta­rio transpira abundantemente y, por lo tanto, difícilmente puede encontrarse en buena forma física.

-Pero lo de su mujer... dice usted que ha dejado de amarle.

-Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una semana acu­mulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en semejante estado, también sospecharé que ha tenido la desgracia de perder el cariño de su mujer.

-Pero podría tratarse de un soltero.

-No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mu­jer. Recuerde la tarjeta atada a la pata del ave.

-Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay instalación de gas en su casa?

-Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por ca­sualidad; pero cuando veo nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en frecuente contacto con sebo ardiendo; probablemente, sube las escale­ras cada noche con el sombrero en una mano y un candil go­teante en la otra. En cualquier caso, un aplique de gas no produce manchas de sebo. ¿Está usted satisfecho?

-Bueno, es muy ingenioso -dije, echándome a reír-. Pero, puesto que no se ha cometido ningún delito, como antes de­cíamos, y no se ha producido ningún daño, a excepción del extravío de un ganso, todo esto me parece un despilfarro de energía.

Sherlock Holmes había abierto la boca para responder cuando la puerta se abrió de par en par y Peterson el recade­ro entró en la habitación con el rostro enrojecido y una ex­presión de asombro sin límites.

-¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor! -decía ja­deante.

-¿Eh? ¿Qué pasa con él? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la cocina? -Holmes rodó sobre el sofá para ver mejor la cara excitada del hombre.

-¡Mire, señor! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! -extendió la mano y mostró en el centro de la palma una piedra azul de brillo deslumbrador, bastante más pe­queña que una alubia, pero tan pura y radiante que cente­lleaba como una luz eléctrica en el hueco oscuro de la mano.

Sherlock Holmes se incorporó lanzando un silbido.

-¡Por Júpiter, Peterson! -exclamó-. ¡A eso le llamo yo en­contrar un tesoro! Supongo que sabe lo que tiene en la mano.

-¡Un diamante, señor! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera masilla!

-Es más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.

-¿No se referirá al carbunclo azul de la condesa de Mor­car? -exclamé yo.

-Precisamente. No podría dejar de reconocer su tamaño y forma, después de haber estado leyendo el anuncio en el Times tantos días seguidos. Es una piedra absolutamente única, y sobre su valor sólo se pueden hacer conjeturas, pero la recompensa que se ofrece, mil libras esterlinas, no llega ni a la vigésima parte de su precio en el mercado.

-¡Mil libras! ¡Santo Dios misericordioso! -el recadero se desplomó sobre una silla, mirándonos alternativamente a uno y a otro.

-Ésa es la recompensa, y tengo razones para creer que existen consideraciones sentimentales en la historia de esa piedra que harían que la condesa se desprendiera de la mi­tad de su fortuna con tal de recuperarla.

-Si no recuerdo mal, desapareció en el hotel Cosmopoli­tan -comenté.

-Exactamente, el 22 de diciembre, hace cinco días. John Horner, fontanero, fue acusado de haberla sustraído del jo­yero de la señora. Las pruebas en su contra eran tan sólidas que el caso ha pasado ya a los tribunales. Creo que tengo por aquí un informe -rebuscó entre los periódicos, consultando las fechas, hasta que seleccionó uno, lo dobló y leyó el si­guiente párrafo:

 «Robo de joyas en el hotel Cosmopolitan. John Horner, de 26 años, fontanero, ha sido detenido bajo la acusación de ha­ber sustraído, el 22 del corriente, del joyero de la condesa de Morcar, la valiosa piedra conocida como "el carbunclo azul". James Ryder, jefe de servicio del hotel, declaró que el día del robo había conducido a Horner al gabinete de la con­desa de Morcar, para que soldara el segundo barrote de la rejilla de la chimenea, que estaba suelto. Permaneció un rato junto a Horner, pero al cabo de algún tiempo tuvo que au­sentarse. 

Al regresar comprobó que Horner había desapare­cido, que el escritorio había sido forzado y que el cofrecillo de tafilete en el que, según se supo luego, la condesa acos­tumbraba a guardar la joya, estaba tirado, vacío, sobre el to­cador. Ryder dio la alarma al instante, y Horner fue detenido esa misma noche, pero no se pudo encontrar la piedra en su poder ni en su domicilio. 

Catherine Cusack, doncella de la condesa, declaró haber oído el grito de angustia que profirió Ryder al descubrir el robo, y haber corrido a la habitación, donde se encontró con la situación ya descrita por el ante­rior testigo. 

El inspector Bradstreet, de la División B, confir­mó la detención de Horner, que se resistió violentamente y declaró su inocencia en los términos más enérgicos. Al exis­tir constancia de que el detenido había sufrido una condena anterior por robo, el magistrado se negó a tratar sumaria­mente el caso, remitiéndolo a un tribunal superior. Horner, que dio muestras de intensa emoción durante las diligen­cias, se desmayó al oír la decisión y tuvo que ser sacado de la sala.»

-¡Hum! Hasta aquí, el informe de la policía -dijo Holmes, pensativo-. Ahora, la cuestión es dilucidar la cadena de acontecimientos que van desde un joyero desvalijado, en un extremo, al buche de un ganso en Tottenham Court Road, en el otro. Como ve, Watson, nuestras pequeñas deducciones han adquirido de pronto un aspecto mucho más importante y menos inocente. 

Aquí está la piedra; la piedra vino del gan­so y el ganso vino del señor Henry Baker, el caballero del sombrero raído y todas las demás características con las que le he estado aburriendo. Así que tendremos que ponernos muy en serio a la tarea de localizar a este caballero y determi­nar el papel que ha desempeñado en este pequeño misterio. Y para eso, empezaremos por el método más sencillo, que sin duda consiste en poner un anuncio en todos los periódi­cos de la tarde. Si esto falla, recurriremos a otros métodos.

-¿Qué va usted a decir?

-Déme un lápiz y esa hoja de papel. Vamos a ver: «Encon­trados un ganso y un sombrero negro de fieltro en la esquina de Goodge Street. El señor Henry Baker puede recuperar­los presentándose esta tarde a las 6,30 en el 221 B de Baker Street». Claro y conciso.

-Mucho. Pero ¿lo verá él?

-Bueno, desde luego mirará los periódicos, porque para un hombre pobre se trata de una pérdida importante. No cabe duda de que se asustó tanto al romper el escaparate y ver acercarse a Peterson que no pensó más que en huir; pero luego debe de haberse arrepentido del impulso que le hizo soltar el ave. Pero además, al incluir su nombre nos asegura­mos de que lo vea, porque todos los que le conozcan se lo ha­rán notar. Aquí tiene, Peterson, corra a la agencia y que in­serten este anuncio en los periódicos de la tarde.

-¿En cuáles, señor?

-Oh, pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, la St. James Ga­zette, el Evening News, el Standard, el Echo y cualquier otro que se le ocurra.

-Muy bien, señor. ¿Y la piedra?

-Ah, sí, yo guardaré la piedra. Gracias. Y oiga, Peterson, en el camino de vuelta compre un ganso y tráigalo aquí, por­que tenemos que darle uno a este caballero a cambio del que se está comiendo su familia.

Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levantó la piedra y la miró al trasluz.

-¡Qué maravilla! -dijo-. Fíjese cómo brilla y centellea. Por supuesto, esto es como un imán para el crimen, lo mis­mo que todas las buenas piedras preciosas. Son el cebo favo­rito del diablo. En las piedras más grandes y más antiguas, se puede decir que cada faceta equivale a un crimen sangrien­to. Esta piedra aún no tiene ni veinte años de edad. 

La en­contraron a orillas del río Amoy, en el sur de China, y pre­senta la particularidad de poseer todas las características del carbunclo, salvo que es de color azul en lugar de rojo rubí. A pesar de su juventud, ya cuenta con un siniestro historial. Ha habido dos asesinatos, un atentado con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos doce kilates de car­bón cristalizado. ¿Quién pensaría que tan hermoso juguete es un proveedor de carne para el patíbulo y la cárcel? Lo guardaré en mi caja fuerte y le escribiré unas líneas a la con­desa, avisándole de que lo tenemos.

-¿Cree usted que ese Horner es inocente?

-No lo puedo saber.

-Entonces, ¿cree usted que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver con el asunto?

-Me parece mucho más probable que Henry Baker sea un hombre completamente inocente, que no tenía ni idea de que el ave que llevaba valía mucho más que si estuviera hecha de oro macizo. No obstante, eso lo comprobaremos mediante una sencilla prueba si recibimos respuesta a nuestro anuncio.

-¿Y hasta entonces no puede hacer nada?

-Nada.

-En tal caso, continuaré mi ronda profesional, pero volve­ré esta tarde a la hora indicada, porque me gustaría presen­ciar la solución a un asunto tan embrollado.

-Encantado de verle. Cenaré a las siete. Creo que hay be­cada. Por cierto que, en vista de los recientes acontecimien­tos, quizás deba decirle a la señora Hudson que examine cui­dadosamente el buche.

Me entretuve con un paciente, y era ya más tarde de las seis y media cuando pude volver a Baker Street. Al acercar­me a la casa vi a un hombre alto con boina escocesa y cha­queta abotonada hasta la barbilla, que aguardaba en el bri­llante semicírculo de luz de la entrada. Justo cuando yo llegaba, la puerta se abrió y nos hicieron entrar juntos a los aposentos de Holmes.

-El señor Henry Baker, supongo -dijo Holmes, levantán­dose de su butaca y saludando al visitante con aquel aire de jovialidad espontánea que tan fácil le resultaba adoptar-. Por favor, siéntese aquí junto al fuego, señor Baker. Hace frío esta noche, y veo que su circulación se adapta mejor al vera­no que al invierno. Ah, Watson, llega usted muy a punto. ¿Es éste su sombrero, señor Baker?

-Sí, señor, es mi sombrero, sin duda alguna.

Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza voluminosa y un rostro amplio e inteligente, rematado por una barba puntiaguda, de color castaño canoso. Un toque de color en la nariz y las mejillas, junto con un ligero temblor en su mano extendida, me recordaron la suposición de Holmes acerca de sus hábitos. 

Su levita, negra y raída, estaba aboto­nada hasta arriba, con el cuello alzado, y sus flacas muñecas salían de las mangas sin que se advirtieran indicios de puños ni de camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada, eligiendo cuidadosamente sus palabras, y en general daba la impre­sión de un hombre culto e instruido, maltratado por la for­tuna.

-Hemos guardado estas cosas durante varios días -dijo Holmes- porque esperábamos ver un anuncio suyo, dando su dirección. No entiendo cómo no puso usted el anuncio. Nuestro visitante emitió una risa avergonzada.

-No ando tan abundante de chelines como en otros tiem­pos -dijo-. Estaba convencido de que la pandilla de malean­tes que me asaltó se había llevado mi sombrero y el ganso. No tenía intención de gastar más dinero en un vano intento de recuperarlos.

-Es muy natural. A propósito del ave... nos vimos obliga­dos a comérnosla.

-¡Se la comieron! -nuestro visitante estaba tan excitado que casi se levantó de la silla.

-Sí; de no hacerlo no le habría aprovechado a nadie. Pero supongo que este otro ganso que hay sobre el aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y está perfectamente fres­co, servirá igual de bien para sus propósitos.

-¡Oh, desde luego, desde luego! -respondió el señor Ba­ker con un suspiro de alivio.

-Por supuesto, aún tenemos las plumas, las patas, el bu­che y demás restos de su ganso, así que si usted quiere...

El hombre se echó a reír de buena gana.

-Podrían servirme como recuerdo de la aventura -dijo-, pero aparte de eso, no veo de qué utilidad me iban a resultar los disjecta membra de mi difunto amigo. No, señor, creo que, con su permiso, limitaré mis atenciones a la excelente ave que veo sobre el aparador.

Sherlock Holmes me lanzó una intensa mirada de reojo, acompañada de un encogimiento de hombros.

-Pues aquí tiene usted su sombrero, y aquí su ave -dijo-. Por cierto, ¿le importaría decirme dónde adquirió el otro ganso? Soy bastante aficionado a las aves de corral y pocas veces he visto una mejor criada.

-Desde luego, señor -dijo Baker, que se había levantado, con su recién adquirida propiedad bajo el brazo-. Algunos de nosotros frecuentamos el mesón Alpha, cerca del mu­seo... Durante el día, sabe usted, nos encontramos en el mu­seo mismo. Este año, el patrón, que se llama Windigate, es­tableció un Club del Ganso, en el que, pagando unos pocos peniques cada semana, recibiríamos un ganso por Navidad. Pagué religiosamente mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le estoy muy agradecido, señor, pues una boina esco­cesa no resulta adecuada ni para mis años ni para mi carác­ter discreto.

Con cómica pomposidad, nos dedicó una solemne reve­rencia y se marchó por su camino.

-Con esto queda liquidado el señor Henry Baker -dijo Holmes, después de cerrar la puerta tras él-. Es indudable que no sabe nada del asunto. ¿Tiene usted hambre, Watson?

-No demasiada.

-Entonces, le propongo que aplacemos la cena y sigamos esta pista mientras aún esté fresca.

-Con mucho gusto.

Hacía una noche muy cruda, de manera que nos pusimos nuestros gabanes y nos envolvimos el cuello con bufandas. En el exterior, las estrellas brillaban con luz fría en un cielo sin nubes, y el aliento de los transeúntes despedía tanto humo como un pistoletazo. 

Nuestras pisadas resonaban fuertes y secas mientras cruzábamos el barrio de los médi­cos, Wimpole Street, Harley Street y Wigmore Street, hasta desembocar en Oxford Street. Al cabo de un cuarto de hora nos encontrábamos en Bloomsbury, frente al mesón Alpha, que es un pequeño establecimiento público situado en la es­quina de una de las calles que se dirigen a Holborn. Holmes abrió la puerta del bar y pidió dos vasos de cerveza al dueño, un hombre de cara colorada y delantal blanco.

-Su cerveza debe de ser excelente, si es tan buena como sus gansos -dijo.

-¡Mis gansos! -el hombre parecía sorprendido.

-Sí. Hace tan sólo media hora, he estado hablando con el señor Henry Baker, que es miembro de su Club del Ganso.

-¡Ah, ya comprendo! Pero, verá usted, señor, los gansos no son míos.

-¿Ah, no? ¿De quién son, entonces?

-Bueno, le compré las dos docenas a un vendedor de Co­vent Garden.

-¿De verdad? Conozco a algunos de ellos. ¿Cuál fue?

-Se llama Breckinridge.

-¡Ah! No le conozco. Bueno, a su salud, patrón, y por la prosperidad de su casa. Buenas noches.

-Y ahora, vamos a por el señor Breckinridge -continuó, abotonándose el gabán mientras salíamos al aire helado de la calle-. Recuerde, Watson, que aunque tengamos a un ex­tremo de la cadena una cosa tan vulgar como un ganso, en el otro tenemos un hombre que se va a pasar siete años de tra­bajos forzados, a menos que podamos demostrar su inocen­cia. 

Es posible que nuestra investigación confirme su culpa­bilidad; pero, en cualquier caso, tenemos una linea de inves­tigación que la policía no ha encontrado y que una increíble casualidad ha puesto en nuestras manos. Sigámosla hasta su último extremo. ¡Rumbo al sur, pues, y a paso ligero!

Atravesamos Holborn, bajando por Endell Street, y zigza­gueamos por una serie de callejuelas hasta llegar al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos más grandes tenía en­cima el rótulo de Breckinridge, y el dueño, un hombre con aspecto de caballo, de cara astuta y patillas recortadas, esta­ba ayudando a un muchacho a echar el cierre.

-Buenas noches, y fresquitas -dijo Holmes.

El vendedor asintió y dirigió una mirada inquisitiva a mi compañero.

-Por lo que veo, se le han terminado los gansos -continuó Holmes, señalando los estantes de mármol vacíos.

-Mañana por la mañana podré venderle quinientos.

-Eso no me sirve.

-Bueno, quedan algunos que han cogido olor a gas.

-Oiga, que vengo recomendado.

-¿Por quién?

-Por el dueño del Alpha.

-Ah, sí. Le envié un par de docenas.

-Y de muy buena calidad. ¿De dónde los sacó usted? Ante mi sorpresa, la pregunta provocó un estallido de có­lera en el vendedor.

-Oiga usted, señor -dijo con la cabeza erguida y los bra­zos en jarras-. ¿Adónde quiere llegar? Me gustan la cosas claritas.

-He sido bastante claro. Me gustaría saber quién le vendió los gansos que suministró al Alpha.

-Y yo no quiero decírselo. ¿Qué pasa?

-Oh, la cosa no tiene importancia. Pero no sé por qué se pone usted así por una nimiedad.

-¡Me pongo como quiero! ¡Y usted también se pondría así si le fastidiasen tanto como a mí! Cuando pago buen dinero por un buen artículo, ahí debe terminar la cosa. ¿A qué viene tanto «¿Dónde están los gansos?» y «¿A quién le ha vendido los gansos?» y «¿Cuánto quiere usted por los gansos?» Cual­quiera diría que no hay otros gansos en el mundo, a juzgar por el alboroto que se arma con ellos.

-Le aseguro que no tengo relación alguna con los que le han estado interrogando -dijo Holmes con tono indiferen­te-. Si no nos lo quiere decir, la apuesta se queda en nada. Pero me considero un entendido en aves de corral y he apos­tado cinco libras a que el ave que me comí es de campo.

-Pues ha perdido usted sus cinco libras, porque fue criada en Londres -atajó el vendedor.

-De eso, nada.

-Le digo yo que sí.

-No le creo.

-¿Se cree que sabe de aves más que yo, que vengo mane­jándolas desde que era un mocoso? Le digo que todos los gansos que le vendí al Alpha eran de Londres.

-No conseguirá convencerme.

-¿Quiere apostar algo?

-Es como robarle el dinero, porque me consta que tengo razón. Pero le apuesto un soberano, sólo para que aprenda a no ser tan terco.

El vendedor se rió por lo bajo y dijo:

-Tráeme los libros, Bill.

El muchacho trajo un librito muy fino y otro muy grande con tapas grasientas, y los colocó juntos bajo la lámpara.

-Y ahora, señor Sabelotodo -dijo el vendedor-, creía que no me quedaban gansos, pero ya verá cómo aún me queda uno en la tienda. ¿Ve usted este librito?

-Sí, ¿y qué?

-Es la lista de mis proveedores. ¿Ve usted? Pues bien, en esta página están los del campo, y detrás de cada nombre hay un número que indica la página de su cuenta en el libro mayor. ¡Veamos ahora! ¿Ve esta otra página en tinta roja? Pues es la lista de mis proveedores de la ciudad. Ahora, fíjese en el tercer nombre. Léamelo.

-Señora Oakshott, 117 Brixton Road... 249 -leyó Holmes.

-Exacto. Ahora, busque esa página en el libro mayor. Holmes buscó la página indicada.

-Aquí está: señora Oakshott, 117 Brixton Road, provee­dores de huevos y pollería.

-Muy bien. ¿Cuáles la última entrada?

-Veintidós de diciembre. Veinticuatro gansos a siete che­lines y seis peniques.

-Exacto. Ahí lo tiene. ¿Qué pone debajo?

-Vendidos al señor Windigate, del Alpha, a doce chelines.

-¿Qué me dice usted ahora?

Sherlock Holmes parecía profundamente disgustado. Sacó un soberano del bolsillo y lo arrojó sobre el mostrador, retirándose con el aire de quien está tan fastidiado que inclu­so le faltan las palabras. A los pocos metros se detuvo bajo un farol y se echó a reír de aquel modo alegre y silencioso tan característico en él.

-Cuando vea usted un hombre con patillas recortadas de ese modo y el «Pink `Un» asomándole del bolsillo, puede es­tar seguro de que siempre se le podrá sonsacar mediante una apuesta -dijo-. Me atrevería a decir que si le hubiera puesto delante cien libras, el tipo no me habría dado una informa­ción tan completa como la que le saqué haciéndole creer que me ganaba una apuesta. 

Bien, Watson, me parece que nos vamos acercando al foral de nuestra investigación, y lo único que queda por determinar es si debemos visitar a esta señora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para mañana. Por lo que dijo ese tipo tan malhumorado, está claro que hay otras personas interesadas en el asunto, aparte de nosotros, y yo creo...

Sus comentarios se vieron interrumpidos de pronto por un fuerte vocerío procedente del puesto que acabábamos de abandonar. Al darnos la vuelta, vimos a un sujeto pequeño y con cara de rata, de pie en el centro del círculo de luz pro­yectado por la lámpara colgante, mientras Breckinridge, el tendero, enmarcado en la puerta de su establecimiento, agi­taba ferozmente sus puños en dirección a la figura encogida del otro.

-¡Ya estoy harto de ustedes y sus gansos! -gritaba-. ¡Vá­yanse todos al diablo! Si vuelven a fastidiarme con sus ton­terías, les soltaré el perro. Que venga aquí la señora Oaks­hott y le contestaré, pero ¿a usted qué le importa? ¿Acaso le compré a usted los gansos?

-No, pero uno de ellos era mío -gimió el hombrecillo. -Pues pídaselo a la señora Oakshott.

-Ella me dijo que se lo pidiera a usted.

-Pues, por mí, se lo puede ir a pedir al rey de Prusia. Yo ya no aguanto más. ¡Largo de aquí!

Dio unos pasos hacia delante con gesto feroz y el pregun­tón se esfumó entre las tinieblas.

-Ajá, esto puede ahorrarnos una visita a Brixton Road -susurró Holmes-. Venga conmigo y veremos qué podemos sacarle a ese tipo.

Avanzando a largas zancadas entre los reducidos grupi­llos de gente que aún rondaban en torno a los puestos ilumi­nados, mi compañero no tardó en alcanzar al hombrecillo y le tocó con la mano en el hombro. El individuo se volvió bruscamente y pude ver a la luz de gas que de su cara había desaparecido todo rastro de color.

-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -preguntó con voz tem­blorosa.

-Perdone usted -dijo Holmes en tono suave-, pero no he podido evitar oír lo que le preguntaba hace un momento al tendero, y creo que yo podría ayudarle.

-¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo puede saber nada de este asunto?

-Me llamo Sherlock Holmes, y mi trabajo consiste en sa­ber lo que otros no saben.

-Pero usted no puede saber nada de esto.

-Perdone, pero lo sé todo. Anda usted buscando unos gansos que la señora Oakshott, de Brixton Road, vendió a un tendero llamado Breckinridge, y que éste a su vez vendió al señor Windigate, del Alpha, y éste a su club, uno de cuyos miembros es el señor Henry Baker.

-Ah, señor, es usted el hombre que yo necesito -exclamó el hombrecillo, con las manos extendidas y los dedos tem­blorosos-. Me sería difícil explicarle el interés que tengo en este asunto.

Sherlock Holmes hizo señas a un coche que pasaba.

-En tal caso, lo mejor sería hablar de ello en una habita­ción confortable, y no en este mercado azotado por el viento -dijo-. Pero antes de seguir adelante, dígame por favor a quién tengo el placer de ayudar.

El hombre vaciló un instante.

-Me llamo John Robinson -respondió, con una mirada de soslayo.

-No, no, el nombre verdadero -dijo Holmes en tono ama­ble-. Siempre resulta incómodo tratar de negocios con un alias.

Un súbito rubor cubrió las blancas mejillas del descono­cido.

-Está bien, mi verdadero nombre es James Ryder.

-Eso es. Jefe de servicio del hotel Cosmopolitan. Por fa­vor, suba al coche y pronto podré informarle de todo lo que desea saber.

El hombrecillo se nos quedó mirando con ojos medio asustados y medio esperanzados, como quien no está seguro de si le aguarda un golpe de suerte o una catástrofe. Subió por fin al coche, y al cabo de media hora nos encontrábamos de vuelta en la sala de estar de Baker Street. 

No se había pro­nunciado una sola palabra durante todo el trayecto, pero la respiración agitada de nuestro nuevo acompañante y su continuo abrir y cerrar de manos hablaban bien a las claras de la tensión nerviosa que le dominaba.

-¡Henos aquí! -dijo Holmes alegremente cuando pene­tramos en la habitación-. Un buen fuego es lo más adecua­do para este tiempo. Parece que tiene usted frío, señor Ry­der. Por favor, siéntese en el sillón de mimbre. Permita que me ponga las zapatillas antes de zanjar este asuntillo suyo. ¡Ya está! ¿Así que quiere usted saber lo que fue de aquellos gansos?

-Sí, señor.

-O más bien, deberíamos decir de aquel ganso. Me parece que lo que le interesaba era un ave concreta... blanca, con una franja negra en la cola.

Ryder se estremeció de emoción.

-¡Oh, señor! -exclamó-. ¿Puede usted decirme dónde fue a parar?

-Aquí.

-¿Aquí?

-Sí, y resultó ser un ave de lo más notable. No me extraña que le interese tanto. Como que puso un huevo después de muerta... el huevo azul más pequeño, precioso y brillante que jamás se ha visto. Lo tengo aquí en mi museo.

Nuestro visitante se puso en pie, tambaleándose, y se aga­rró con la mano derecha a la repisa de la chimenea. Holmes abrió su caja fuerte y mostró el carbunclo azul, que brillaba como una estrella, con un resplandor frío que irradiaba en todas direcciones. Ryder se lo quedó mirando con las faccio­nes contraídas, sin decidirse entre reclamarlo o negar todo conocimiento del mismo.

-Se acabó el juego, Ryder -dijo Holmes muy tranquilo-. Sosténgase, hombre, que se va a caer al fuego. Ayúdele a sen­tarse, Watson. Le falta sangre fría para meterse en robos im­punemente. Déle un trago de brandy. Así. Ahora parece un poco más humano. ¡Menudo mequetrefe, ya lo creo!

Durante un momento había estado a punto de desplo­marse, pero el brandy hizo subir un toque de color a sus me­jillas, y permaneció sentado, mirando con ojos asustados a su acusador.

-Tengo ya en mis manos casi todos los eslabones y las pruebas que podría necesitar, así que es poco lo que puede usted decirme. No obstante, hay que aclarar ese poco para que el caso quede completo. ¿Había usted oído hablar de esta piedra de la condesa de Morcar, Ryder?

-Fue Catherine Cusack quien me habló de ella -dijo el hombre con voz cascada.

-Ya veo. La doncella de la señora. Bien, la tentación de ha­cerse rico de golpe y con facilidad fue demasiado fuerte para usted, como lo ha sido antes para hombres mejores que usted; pero no se ha mostrado muy escrupuloso en los métodos em­pleados. Me parece, Ryder, que tiene usted madera de bellaco miserable. 

Sabía que ese pobre fontanero, Horner, había esta­do complicado hace tiempo en un asunto semejante, y que eso le convertiría en el blanco de todas las sospechas. ¿Y qué hizo entonces? Usted y su cómplice Cusack hicieron un pe­queño estropicio en el cuarto de la señora y se las arreglaron para que hiciesen llamar a Horner. Y luego, después de que Horner se marchara, desvalijaron el joyero, dieron la alarma e hicieron detener a ese pobre hombre. A continuación...

De pronto, Ryder se dejó caer sobre la alfombra y se aga­rró a las rodillas de mi compañero.

-¡Por amor de Dios, tenga compasión! -chillaba-. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Esto les rompería el corazón. Ja­más hice nada malo antes, y no lo volveré a hacer. ¡Lo juro! ¡Lo juro sobre la Biblia! ¡No me lleve a los tribunales! ¡Por amor de Cristo, no lo haga!

-¡Vuelva a sentarse en la silla! -dijo Holmes rudamente-. Es muy bonito eso de llorar y arrastrarse ahora, pero bien poco pensó usted en ese pobre Horner, preso por un delito del que no sabe nada.

-Huiré, señor Holmes. Saldré del país. Así tendrán que retirar los cargos contra él.

-¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora, oigamos la autén­tica versión del siguiente acto. ¿Cómo llegó la piedra al bu­che del ganso, y cómo llegó el ganso al mercado público? Dí­ganos la verdad, porque en ello reside su única esperanza de salvación.

Ryder se pasó la lengua por los labios resecos.

-Le diré lo que sucedió, señor -dijo-. Una vez detenido Horner, me pareció que lo mejor sería esconder la piedra cuanto antes, porque no sabía en qué momento se le podía ocurrir a la policía registrarme a mí y mi habitación. En el hotel no había ningún escondite seguro. 

Salí como si fuera a hacer un recado y me fui a casa de mi hermana, que está ca­sada con un tipo llamado Oakshott y vive en Brixton Road, donde se dedica a engordar gansos para el mercado. Duran­te todo el camino, cada hombre que veía se me antojaba un policía o un detective, y aunque hacía una noche bastante fría, antes de llegar a Brixton Road me chorreaba el sudor por toda la cara. 

Mi hermana me preguntó qué me ocurría para estar tan pálido, pero le dije que estaba nervioso por el robo de joyas en el hotel. Luego me fui al patio trasero, me fumé una pipa y traté de decidir qué era lo que más me con­venía hacer.

»En otros tiempos tuve un amigo llamado Maudsley que se fue por el mal camino y acaba de cumplir condena en Pen­tonville. Un día nos encontramos y se puso a hablarme sobre las diversas clases de ladrones y cómo se deshacían de lo ro­bado. Sabía que no me delataría, porque yo conocía un par de asuntillos suyos, así que decidí ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi situación. Él me indicará cómo conver­tir la piedra en dinero. 

Pero ¿cómo llegar hasta él sin contra­tiempos? Pensé en la angustia que había pasado viniendo del hotel, pensando que en cualquier momento me podían de­tener y registrar, y que encontrarían la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquel momento estaba apoyado en la pa­red, mirando a los gansos que correteaban alrededor de mis pies, y de pronto se me ocurrió una idea para burlar al mejor detective que haya existido en el mundo.

»Unas semanas antes, mi hermana me había dicho que podía elegir uno de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sabía que siempre cumplía su palabra. Cogería ahora mismo mi ganso y en su interior llevaría la piedra hasta Kilburn. Había en el patio un pequeño cobertizo, y me metí detrás de él con uno de los gansos, un magnífico ejemplar, blanco y con una franja en la cola. 

Lo sujeté, le abrí el pico y le metí la piedra por el gaznate, tan abajo como pude llegar con los de­dos. El pájaro tragó, y sentí la piedra pasar por la garganta y llegar al buche. Pero el animal forcejeaba y aleteaba, y mi hermana salió a ver qué ocurría. Cuando me volví para ha­blarle, el bicho se me escapó y regresó dando un pequeño vuelo entre sus compañeros.

»-¿Qué estás haciendo con ese ganso, Jem? -preguntó mi hermana.

»-Bueno -dije-, como dijiste que me ibas a regalar uno por Navidad, estaba mirando cuál es el más gordo.

»-Oh, ya hemos apartado uno para ti -dijo ella-. Lo lla­mamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco. En total hay veintiséis; o sea, uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender.

»-Gracias, Maggie -dije yo-. Pero, si te da lo mismo, pre­fiero ese otro que estaba examinando.

»-El otro pesa por lo menos tres libras más -dijo ella-, y lo hemos engordado expresamente para ti.

»-No importa. Prefiero el otro, y me lo voy a llevar ahora -dije.

»—Bueno, como quieras -dijo ella, un poco mosqueada-. ¿Cuál es el que dices que quieres?

»-Aquel blanco con una raya en la cola, que está justo en medio.

»-De acuerdo. Mátalo y te lo llevas.

»Así lo hice, señor Holmes, y me llevé el ave hasta Kil­burn. Le conté a mi amigo lo que había hecho, porque es de la clase de gente a la que se le puede contar una cosa así. Se rió hasta partirse el pecho, y luego cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me encogió el corazón, porque allí no había ni rastro de la piedra, y comprendí que había cometi­do una terrible equivocación. Dejé el ganso, corrí a casa de mi hermana y fui derecho al patio. No había ni un ganso a la vista.

»-¿Dónde están todos, Maggie? -exclamé.

»-Se los llevaron a la tienda.

»-¿A qué tienda?

»-A la de Breckinridge, en Covent Garden.

»-¿Había otro con una raya en la cola, igual que el que yo me llevé? -pregunté.

»-Sí, Jem, había dos con raya en la cola. Jamás pude dis­tinguirlos.

»Entonces, naturalmente, lo comprendí todo, y corrí a toda la velocidad de mis piernas en busca de ese Breckinrid­ge; pero ya había vendido todo el lote y se negó a decirme a quién. Ya le han oído ustedes esta noche. Pues todas las ve­ces ha sido igual. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo también lo creo. Y ahora... ahora soy un la­drón, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por la que vendí mi buena fama. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!

Estalló en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos.

Se produjo un largo silencio, roto tan sólo por su agitada respiración y por el rítmico tamborileo de los dedos de Sher­lock Holmes sobre el borde de la mesa. Por fin, mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.

-¡Váyase! -dijo.

-¿Cómo, señor? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!

-Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí!

Y no hicieron falta más palabras. Hubo una carrera preci­pitada, un pataleo en la escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corrían en la calle.

-Al fin y al cabo, Watson -dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de arcilla-, la policía no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro, sería diferente, pero este individuo no declarará contra él, y el proceso no seguirá adelante. 

Supongo que estoy indultan­do a un delincuente, pero también es posible que esté sal­vando un alma. Este tipo no volverá a descarriarse. Está de­masiado asustado. Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además, estamos en época de perdonar. 

La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo más curioso y extravagante, y su solución es recompensa suficiente. Si tiene usted la amabili­dad de tirar de la campanilla, doctor, iniciaremos otra inves­tigación, cuyo tema principal será también un ave de corral.

La Cruz Azul - G. K. Chesterton



Bajo la cinta de plata de la mañana, y sobre el reflejo azul del mar, el bote llegó a la costa de Harwich y soltó, como enjambre de moscas, un montón de gente, entre la cual ni se distinguía ni deseaba hacerse notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir.

            No; nada en él era extraordinario, salvo el li­gero contraste entre su alegre y festivo traje y la seriedad oficial que había en su rostro. Vestía un chaqué gris pálido, un chaleco, y llevaba som­brero de paja con una cinta casi azul. Su rostro, delgado, resultaba trigueño, y se prolongaba en una barba negra y corta que le daba un aire espa­ñol y hacía echar de menos la gorguera isabelina. Fumaba un cigarrillo con parsimonia de hombre desocupado. Nada hacia presumir que aquel cha­qué claro ocultaba una pistola cargada, que en aquel chaleco blanco iba una tarjeta de policía, que aquel sombrero de paja encubría una de las cabezas más potentes de Europa. Porque aquel hombre era nada menos que Valentin, jefe de la Policía parisiense, y el más famoso investigador del mundo. Venía de Bruselas a Londres para ha­cer la captura más comentada del siglo.

            Flambeau estaba en Inglaterra. La Policía de tres países había seguido la pista al delincuente de Gante a Bruselas, y de Bruselas al Hoek van Holland. Y se sospechaba que trataría de disimu­larse en Londres, aprovechando el trastorno que por entonces causaba en aquella ciudad la cele­bración del Congreso Eucarístico. No sería difícil que adoptara, para viajar, el disfraz de eclesiás­tico menor, o persona relacionada con el Con­greso. Pero Valentin no sabía nada a punto fijo. Sobre Flambeau nadie sabía nada a punto fijo.

            Hace muchos años que este coloso del crimen desapareció súbitamente, tras de haber tenido al mundo en zozobra; y a su muerte, como a la muerte de Rolando, puede decirse que hubo una gran quietud en la tierra. Pero en sus mejores días -es decir, en sus peores días-, Flambeau era una figura tan estatuaria e internacional como el Káiser. Casi diariamente los periódicos de la mañana anunciaban que había logrado escapar a las consecuencias de un delito extraordinario, co­metiendo otro peor.

            Era un gascón de estatura gigantesca y gran acometividad física. Sobre sus rasgos de buen hu­mor atlético se contaban las cosas más estupen­das: un día cogió al juez de instrucción y lo puso de cabeza «para despejarle la cabeza». Otro día corrió por la calle de Rivoli con un policía bajo cada brazo. Y hay que hacerle justicia: esta fuer­za casi fantástica sólo la empleaba en ocasiones como las descritas: aunque poco decentes, no sanguinarias.

            Sus delitos eran siempre hurtos ingeniosos y de alta categoría. Pero cada uno de sus robos merecía historia aparte, y podría considerarse como una especie inédita del pecado. Fue él quien lanzó el negocio de la «Gran Compañía Tirolesa» de Lon­dres, sin contar con una sola lechería, una sola vaca, un solo carro, una gota de leche, aunque sí con algunos miles de suscriptores. Y a éstos los servía por el sencillísimo procedimiento de acer­car a sus puertas los botes que los lecheros dejaban junto a las puertas de los vecinos. Fue él quien mantuvo una estrecha y misteriosa corres­pondencia con una joven, cuyas cartas eran inva­riablemente interceptadas, valiéndose del procedi­miento extraordinario de sacar fotografías infini­tamente pequeñas de las cartas en los portaobjetos del microscopio. Pero la mayor parte de sus hazañas se distinguían por una sencillez abrumadora. Cuentan que una vez repintó, aprovechándose de la soledad de la noche, todos los números de una calle, con el solo fin de hacer caer en una trampa a un forastero.

            No cabe duda que él es el inventor de un buzón portátil, que solía apostar en las bocacalles de los quietos suburbios, por si los transeúntes dis­traídos depositaban algún giro postal. últimamente se había revelado como acróbata formidable; a pesar de su gigantesca. mole, era capaz de saltar como un saltamontes y de esconderse en la copa de los árboles como un mono. Por todo lo cual el gran Valentin, cuando recibió la orden de bus­car a Flambeau, comprendió muy bien que sus aventuras no acabarían en el momento de des­cubrirlo.

            Y ¿cómo arreglárselas para descubrirlo? Sobre este punto las ideas del gran Valentin estaban todavía en embrión.

            Algo había que Flambeau no podía ocultar, a despecho de todo su arte para disfrazarse, y este algo era su enorme estatura. Valentin estaba, pues, decidido, en cuanto cayera bajo su mirada vivaz alguna vendedora de frutas de desmedida talla, o un granadero corpulento, o una duquesa media­namente desproporcionada, a arrestarlos al punto. Pero en todo el tren no había topado con nadie que tuviera trazas de ser un Flambeau disimulado, a menos que los gatos pudieran ser jirafas disi­muladas.

            Respecto a los viajeros que venían en su mis­mo vagón, estaba completamente tranquilo. Y la gente que había subido al tren en Harwich o en otras estaciones no pasaba de seis pasajeros. Uno era un empleado del ferrocarril -pequeño él-, que se dirigía al punto terminal de la línea. Dos estaciones más allá habían recogido a tres verdu­leras lindas y pequeñitas, a una señora viuda -di­minuta- que procedía de una pequeña ciudad de Essex, y a un sacerdote catolicorromano -muy bajo también- que procedía de un pueblecito de Essex.

            Al examinar, pues, al último viajero, Valentin renunció a descubrir a su hombre, y casi se echó a reír: el curita era la esencia misma de aquellos insulsos habitantes de la zona oriental; tenía una cara redonda y roma, como pudín de Norfolk; unos ojos tan vacíos como el mar del Norte, y traía varios paquetitos de papel de estraza que no acertaba a juntar. Sin duda el Congreso Eucarís­tico había sacado de su estancamiento local a muchas criaturas semejantes, tan ciegas e inep­tas como topos desenterrados. Valentin era un escéptico del más severo estilo francés, y no sen­tía amor por el sacerdocio. Pero sí podía sentir compasión, y aquel triste cura bien podía provo­car lástima en cualquier alma. Llevaba una som­brilla enorme, usada ya, que a cada rato se le caía. Al parecer, no podía distinguir entre los dos extremos de su billete cuál era el de ida y cuál el de vuelta. A todo el mundo le contaba, con una monstruosa candidez, que tenía que andar con mucho cuidado, porque entre sus paquetes de papel traía alguna cosa de legítima plata con unas piedras azules. Esta curiosa mezcolanza de vulga­ridad -condición de Essex- y santa simplicidad divirtieron mucho al francés, hasta la estación de Stratford, donde el cura logró bajarse, quién sabe cómo, con todos sus paquetes a cuestas, aunque todavía tuvo que regresar por su sombrilla. Cuan­do le vio volver, Valentin, en un rapto de buena intención, le aconsejó que, en adelante, no le an­duviera contando a todo el mundo lo del objeto de plata que traía. Pero Valentin, cuando hablaba con cualquiera, parecía estar tratando de des­cubrir a otro; a todos, ricos y pobres, machos o hembras, los consideraba atentamente, calculan­do si medirían los seis pies, porque el hombre a quien buscaba tenía seis pies y cuatro pulgadas:

            Apeóse en la calle de Liverpool, enteramente seguro de que, hasta allí, el criminal no se le había escapado. Se dirigió a Scotland Yard -la oficina de Policía- para regularizar su situación y prepararse los auxilios necesarios, por si se daba el caso; después encendió otro cigarrillo y se echó a pasear por las calles de Londres. Al pasar la plaza de Victoria se detuvo de pronto. Era una plaza elegante, tranquila, muy típica de Londres, llena de accidental quietud. Las casas, grandes y espaciosas, que la rodeaban, tenían aire, a la vez, de riqueza y de soledad; el pradito verde que había en el centro parecía tan desierto como una verde isla del Pacífico. De las cuatro calles que circundaban la plaza, una era mucho más alta que las otras, como para formar un estrado, y esta calle estaba rota por uno de esos admirables dis­parates de Londres: un restaurante, que parecía extraviado en aquel sitio y venido del barrio de Soho. Era un objeto absurdo y atractivo, lleno de tiestos con plantas enanas y visillos listados de blanco y amarillo limón. Aparecía en lo alto de la calle, y, según los modos de construir habituales en Londres, un vuelo de escalones su­bía de la calle hacia la puerta principal, casi a manera de escala de salvamento sobre la ventana de un primer piso. Valentin se detuvo, fumando, frente a los visillos listados, y se quedó un rato contemplándolos.

            Lo más increíble de los milagros está en que acontezcan. A veces se juntan las nubes del cielo para figurar el extraño contorno de un ojo huma­no; a veces, en el fondo de un paisaje equívoco, un árbol asume la elaborada figura de un signo de interrogación. Yo mismo he visto estas cosas hace pocos días. Nelson muere en el instante de la victoria, y un hombre llamado Williams da la casualidad de que asesina un día a otro llamado Williamson; ¡una especie de infanticidio! En suma, la vida posee cierto elemento de coinci­dencia fantástica, que la gente, acostumbrada a contar sólo con lo prosaico, nunca percibe. Como lo expresa muy bien la paradoja de Poe, la pru­dencia debiera contar siempre con lo imprevisto.

            Arístides Valentin era profundamente francés, y la inteligencia francesa es, especial y únicamen­te, inteligencia. Valentin no era «máquina pensante» insensata frase, hija del fatalismo y el materialismo modernos-. La máquina solamente es máquina, por cuanto no puede pensar. Pero él era un hombre pensante y, al mismo tiempo, un hombre claro. Todos sus éxitos, tan admira­bles que parecían cosa de magia, se debían a la lógica, a esa ideación francesa clara y llena de buen sentido. Los franceses electrizan al mundo, no lanzando una paradoja, sino realizando una evidencia. Y la realizan al extremo que puede verse por la Revolución francesa. Pero, por lo mismo que Valentin entendía el uso de la razón, Palpaba sus limitaciones. Sólo el ignorante en motorismo puede hablar de motores sin petró­leo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin sólidos e indisputables Primeros principios. Y en el caso no había sóli­dos primeros principios. A Flambeau le habían perdido la pista en Harwich, y si estaba en Londres podría encontrársele en toda la escala que va desde un gigantesco trampista, que recorre los arrabales de Wimbledon, hasta un gigantesco toast­master[1] en algún banquete del «Hotel Métro­pole». Cuando sólo contaba con noticias tan va­gas, Valentin solía tomar un camino y un método que le eran propios.

            En casos cómo éste, Valentin se fiaba de lo imprevisto. En casos como éste, cuando no era posible seguir un proceso racional, seguía, fría y cuidadosamente, el proceso de lo irracional. En vez de ir a los lugares más indicados -Bancos, puestos de Policía, sitios de reunión-, Valentin asistía sistemáticamente a los menos indicados: llamaba a las casas vacías, se metía por las calles cerradas, recorría todas las callejas bloqueadas de escombros, se dejaba ir por todas las trans­versales que le alejaran inútilmente de las arterias céntricas. Y defendía muy lógicamente este pro­cedimiento absurdo. Decía que, a tener algún vis­lumbre, nada hubiera sido peor que aquello; pero, a falta de toda noticia, aquello era lo mejor, por­que había al menos probabilidades de que la mis­ma extravagancia que había llamado la atención del perseguidor hubiera impresionado antes al perseguido. El hombre tiene que empezar sus in­vestigaciones por algún sitio, y lo mejor era em­pezar donde otro hombre pudo detenerse. El as­pecto de aquella escalinata, la misma quietud y curiosidad del restaurante, todo aquello conmovió la romántica imaginación del policía y le sugirió la idea de probar fortuna.. Subió las gradas y, sentándose en una mesa junto a la ventana, pidió una taza de café solo.

            Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las ligeras angarillas que habían servido para otro desayuno le recordaron su apetito; pidió, además,  un huevo escalfado, y procedió, pensativo, a endulzar su café, sin olvidar un punto a Flambeau. Pensaba cómo Flambeau había escapado en una ocasión gracias a un incendio; otra vez, con pre­texto de pagar por una carta falta de franqueo, y otra, poniendo a unos a ver por el telescopio un cometa que iba a destruir el mundo. Y Valentin se decía -con razón- que su cerebro de detec­tive y el del criminal eran igualmente poderosos. Pero también se daba cuenta de su propia des-, ventaja: El criminal pensaba sonriendo- es el artista creador, mientras que el detective es sólo el crítico.» Y levantó lentamente su taza de café hasta los labios..., pero la separó al instan­te: le había puesto sal en vez de azúcar.

            Examinó el objeto en que le habían servido la sal; era un azucarero, tan inequívocamente des­tinado al azúcar como lo está la botella de cham­paña para el champaña. No entendía cómo habían' podido servirle sal. Buscó por allí algún azucarero ortodoxo...; sí, allí había dos saleros llenos. Tal vez reservaban alguna sorpresa. Probó el conte­nido de los saleros, era azúcar. Entonces extendió la vista en derredor con aire de interés, buscando algunas huellas de aquel singular gusto artístico que llevaba a poner el azúcar en los saleros y la sal en los azucareros. Salvo un manchón de líquido oscuro, derramado sobre una de las pare' des, empapeladas de blanco, todo lo demás apa­recía limpio, agradable, normal. Llamó al timbre. Cuando el camarero acudió presuroso, despeinado y algo torpe todavía a aquella hora de la mañana, el detective -que no carecía de gusto por las bromas sencillas- le pidió que probara el azúcar y dijera si aquello estaba a la altura de la reputa­ción de la casa. El resultado fue que el camarero bostezó y acabó de despertarse.

            -¿Y todas las mañanas gastan ustedes a sus clientes estas bromitas? preguntó Valentin-.

¿No les resulta nunca cansada la bromita de trocar la sal y el azúcar?

            El camarero, cuando acabó de entender la ironía, le aseguró tartamudeante, que no era tal la intención del establecimiento, que aquello era una equivocación inexplicable. Cogió el azucarero y lo contempló, y lo mismo hizo con el salero, manifestando un creciente asombro. Al fin, pidió excusas precipitadamente, se alejó corriendo, y volvió pocos segundos después acompañado del propietario. El propietario examinó también los dos recipientes, y también se manifestó muy asom­brado.

            De pronto, el camarero soltó un chorro inar­ticulado de palabras.

            -Yo creo -dijo tartamudeando- que fueron esos dos sacerdotes.

            -¿Qué sacerdotes?

            -Esos que arrojaron la sopa a la pared -dijo.

            -¿Que arrojaron la sopa a la pared? -pre­guntó Valentin, figurándose que aquélla era algu­na singular metáfora italiana.

            -Sí, sí -dijo el criado con mucha anima­ción, señalando la mancha oscura que se veía sobre el papel blanco-; la arrojaron allí, a la pared.

            Valentin miró, con aire de curiosidad al pro­pietario. Éste satisfizo su curiosidad con el si­guiente relato:

            -Sí, caballero, así es la verdad, aunque no creo que tenga ninguna relación con esto de la sal y el azúcar. Dos sacerdotes vinieron muy tem­prano y pidieron una sopa, en cuanto abrimos la casa. Parecían gente muy tranquila y respeta­ble. Uno de ellos pagó la cuenta y salió. El otro, que era más pausado en sus movimientos, estuvo algunos minutos recogiendo sus cosas, y al cabo salió también. Pero antes de hacerlo tomó deli­beradamente la taza (no se la había bebido toda), y arrojó la sopa a la pared. El camarero y yo estábamos en el interior; así apenas pudimos lle­gar a tiempo para ver la mancha en el muro y el salón ya completamente desierto. No es un daño muy grande, pero es una gran desvergüen­za. Aunque quise alcanzar a los dos hombres, ya iban muy lejos. Sólo pude advertir que dobla­ban la esquina de la calle de Carstairs.

            El policía se había levantado, puesto el som­brero y empuñado el bastón. En la completa os­curidad en que se movía, estaba decidido a se­guir el único indicio anormal que se le ofrecía; y el caso era, en efecto, bastante anormal. Pagó,   cerró de golpe tras de sí la puerta de cristales y pronto había doblado también la esquina de la calle.

            Por fortuna, aun en los instantes de mayor fiebre conservaba alerta los ojos. Algo le llamó la atención frente a una tienda, y al punto retroce­dió unos pasos para observarlo. La tienda era un almacén popular de comestibles y frutas, y al '' aire libre estaban expuestos algunos artículos con sus nombres y precios, entre los cuales se desta­caban un montón de naranjas y un montón de nueces. Sobre el montón de nueces había un tarjetón que ponía, con letras azules: «Naranjas finas de Tánger, dos por un penique› Y sobre las naranjas, una inscripción semejante e igual­mente exacta, decía: «Nueces finas del Brasil, a cuatro la libra› Valentin, considerando los dos tarjetones, pensó que aquella forma de humoris­mo no le era desconocida, por su experiencia de hacía poco rato. Llamó la atención del frutero sobre el caso. El frutero, con su carota bermeja y su aire estúpido, miró a uno y otro lado de la calle como preguntándose la causa de aquella con­fusión. Y, sin decir nada, colocó cada letrero en su sitio. El policía, apoyado con elegancia en su bastón, siguió examinando la tienda. Al fin ex­clamó:

            -Perdone usted, señor mío, mi indiscreción: quisiera hacerle a usted una pregunta referente a la psicología experimental y a la asociación de ideas.

            El caribermejo comerciante le miró de un modo amenazador. El detective, blandiendo el bas­toncillo en el aire, continuó alegremente:

            -¿Qué hay de común entre dos anuncios mal colocados en una frutería y el sombrero de teja de alguien que ha venido a pasar a Londres un día de fiesta? O, para ser más claro: ¿qué rela­ción mística existe entre estas nueces, anunciadas como naranjas, y la idea de dos clérigos, uno muy alto y otro muy pequeño?

            Los ojos del tendero parecieron salírsele de la cabeza, como los de un caracol.

            Por un instante se dijera que se iba a arro­jar sobre el extranjero. Y, al fin, exclamó, ira. cundo:

            -No sé lo que tendrá usted que ver con ellos, pero si son amigos de usted, dígales de mi par­te que les voy a estrellar la cabeza, aunque sean párrocos, como vuelvan a tumbarme mis manzanas.

            -¿De veras? -preguntó el detective con mucho interés-. ¿Le tumbaron a usted las manzanas?

            -Como que uno de ellos -repuso el enfurecido frutero- las echó a rodar por la calle le buena gana le hubiera yo cogido, pero tuve que entretenerme en arreglar otra vez el montón.

            -Y ¿hacia dónde se encaminaron los párrocos?

            -Por la segunda calle, a mano izquierda y después cruzaron la plaza.

            -Gracias -dijo Valentin, y desapareció como por encanto.

            A las dos calles se encontró con un guardia, y le dijo:

            -Oiga usted, guardia, un asunto urgente: ¿Ha visto usted pasar a dos clérigos con sombrero de teja?

            El guardia trató de recordar.

            -Sí, señor, los he visto. Por cierto que uno de ellos me pareció ebrio: estaba en mitad de la calle como atontado...

            -¿Por qué calle tomaron? -le interrumpió Valentin.

            -Tomaron uno de aquellos ómnibus amarillos que van a Hampstead.

            Valentin exhibió su tarjeta oficial y dijo pre­cipitadamente:

            -Llame usted a dos de los suyos, que ven­gan conmigo en persecución de esos hombres.

            Y cruzó la calle con una energía tan conta­giosa que el pesado guardia se echó a andar también con una obediente agilidad. Antes de dos minutos, un inspector y un hombre en tra­je de paisano se reunieron al detective francés.

            -¿Qué se le ofrece, caballero? -comenzó el inspector, con una sonrisa de importancia.      Valentin señaló con el bastón.

            -Ya se lo diré a usted cuando estemos en aquel ómnibus -contestó, escurriéndose y abrién­dose paso por entre el tráfago de la calle. Cuan­do los tres, jadeantes, se encontraron en la im­perial del amarillo vehículo, el inspector dijo:

            -Iríamos cuatro veces más de prisa en un taxi.

            -Es verdad -le contestó el jefe plácidamen­te-, siempre que supiéramos adónde íbamos.    -Pues, ¿adónde quiere usted que vayamos? -le replicó el otro, asombrado.

            Valentin, con aire ceñudo, continuó fumando

en silencio unos segundos, y después, apartando el cigarrillo, dijo:

            -Si usted sabe lo que va a hacer un hom­bre, adelántesele. Pero si usted quiere descubrir lo que hace, vaya detrás de él. Extravíese don­de él se extravíe, deténgase cuando él se deten­ga, y viaje tan lentamente como él. Entonces verá usted lo mismo que ha visto él y podrá us­ted adivinar sus acciones y obrar en consecuen­cia. Lo único que podemos hacer es llevar la mirada alerta para descubrir cualquier objeto extravagante.

            -¿Qué clase de objeto extravagante?           

            -Cualquiera -contestó Valentin, y se hundió en un obstinado mutismo.

            El ómnibus amarillo recorría las carreteras del Norte. El tiempo transcurría, inacabable. El gran detective no podía dar más explicaciones, y acaso sus ayudantes empezaban a sentir una cre­ciente y silenciosa desconfianza. Acaso también empezaban a experimentar un apetito creciente y silencioso, porque la hora del almuerzo ya había pasado, y las inmensas carreteras de los subur­bios parecían alargarse cada vez más, como las piezas de un infernal telescopio. Era aquél uno de esos viajes en que el hombre no puede menos de sentir que se va acercando al término del uni­verso, aunque a poco se da cuenta de que sim­plemente ha llegado a la entrada del parque de Tufnell. Londres se deshacía ahora en miserables tabernas y en repelentes andrajos de ciudad, y más allá volvía a renacer en calles altas y des­lumbrantes y hoteles opulentos. Parecía aquél un viaje a través de trece ciudades consecutivas. El crepúsculo invernal comenzaba ya a vislum­brarse -amenazador- frente a ellos; pero el detective parisiense seguía sentado sin hablar, mi­rando a todas partes, no perdiendo un rasgo de las calles que ante él se desarrollaban. Ya habían dejado atrás el barrio de Camden, y los policías iban medio dormidos. De pronto, Valentin se levantó y, poniendo una mano sobre el hombro de cada uno de sus ayudantes, dio orden de pa­rar. Los ayudantes dieron un salto.

            Y bajaron por la escalerilla a la calle, sin saber con qué objeto los hablan hecho bajar. Mi­raron en torno, como tratando de averiguar la razón, y Valentin les señaló triunfalmente una ventana que había a la izquierda, en un café sun­tuoso lleno de adornos dorados. Aquél era el de­partamento reservado a las comidas de lujo. Ha­bía un letrero: Restaurante. La ventana, como todas las de la fachada, tenía una vidriera escar­chada y ornamental. Pero en medio de la vidriera había una rotura grande, negra, como una estre­lla entre los hielos.

            -¡Al fin¡, hemos dado con un indicio -dijo Valentin, blandiendo el bastón-. Aquella vidriera rota...

            -¿Qué vidriera? ¿Qué indicio? -preguntó el inspector-. ¿Qué prueba tenemos para suponer que eso sea obra de ellos?

            Valentin casi rompió su bambú de rabia.     

            -¿Pues no pide prueba este hombre, Dios mío? -exclamó-. Claro que hay veinte pro­babilidades contra una. Pero, ¿qué otra cosa po­demos hacer? ¿No ve usted que estamos en el caso de seguir la más nimia sospecha, o de re­nunciar e irnos a casa a dormir tranquilamente?        Empujó la puerta del café, seguido de sus ayudantes, y pronto se encontraron todos sen­tados ante un lunch tan tardío como anhelado. De tiempo en tiempo echaban una mirada a la vidriera rota. Pero no por eso veían más claro en el asunto.

            Al pagar la cuenta, Valentin le dijo al camarero:

            -Veo que se ha roto la vidriera, ¿eh,.

            -Sí, señor -dijo éste, muy preocupado con darle el cambio, y sin hacer mucho caso de Va­lentin.

            Valentin, en silencio, añadió una propina con­siderable. Ante esto, el camarero se puso comu­nicativo:

            -Sí, señor; una cosa increíble.

            -¿De veras? Cuéntenos usted cómo fue -dijo el detective, como sin darle mucha importancia.   

            -Verá usted: entraron dos curas, dos párro­cos forasteros de esos que andan ahora por aquí. Pidieron alguna cosilla de comer, comieron muy quietecitos, uno de ellos pagó y se salió. El otro iba a salir también, cuando yo advertí que me habían pagado el triple de lo debido. Oiga usted (le dije a mi hombre, que ya iba por la puerta), me han pagado ustedes más de la cuenta.» ¿Ah?», me contestó con mucha indiferencia. «Sí», le dije, y le enseñé la nota.... Bueno: lo que pasó es inex­plicable.

            -¿Por qué?

            -Porque yo hubiera jurado por la santísima Biblia que había escrito en la nota cuatro cheli­nes, y me encontré ahora con la cifra de catorce chelines.

            -¿Y después? -dijo Valentin lentamente, pero con los ojos llameantes.

            -Después, el párroco que estaba en la puerta me dijo muy tranquilamente: «Lamento enredar­le á usted sus cuentas; pero es que voy a pagar por la vidriera.» «¿Qué vidriera?» «La que ahora mismo voy a romper»; y descargó allí la som­brilla.

            Los tres lanzaron una exclamación de asom­bro, y el inspector preguntó en voz baja:        -¿Se trata de locos escapados?

            El camarero continuó, complaciéndose mani­fiestamente en su extravagante relato:

            -Me quedé tan espantado, que no supe qué hacer. El párroco se reunió al compañero y do­blaron por aquella esquina. Y después se diri­gieron tan de prisa hacia la calle de Bullock, que no pude darles alcance, aunque eché a correr tras ellos.

            -¡A la calle de Bullock! -ordenó el detec­tive.

            Y salieron disparados hacia allá, tan veloces como sus perseguidos. Ahora se encontraron en­tre callecitas enladrilladas que tenían aspecto de túneles; callecitas oscuras que parecían for­madas por la espalda de todos los edificios. La niebla comenzaba a envolverlos, y aun los poli­cías londinenses se sentían extraviados por aque­llos parajes. Pero el inspector tenía la seguridad de que saldrían por cualquier parte al parque de Hampstead. Súbitamente, una vidriera iluminada por luz de gas apareció en la oscuridad de la calle, como una linterna. Valentin se detuvo ante ella: era una confitería. Vaciló un instante y, al fin, entró hundiéndose entre los brillos y los alegres colores de la confitería. Con toda gravedad y mu­cha parsimonia compró hasta trece cigarrillos de chocolate. Estaba buscando el mejor medio para entablar un diálogo; pero no necesitó él comenzarlo.

            Una señora de cara angulosa que le había despachado, sin prestar más que una atención mecánica al aspecto elegante del comprador, al ver destacarse en la puerta el uniforme azul del policía que le acompañaba, pareció volver en sí, y dijo:

            -Si vienen ustedes por el paquete, ya lo re­mití a su destino.

dad. ¡El paquete! -repitió Valentin con curiosi­dad-. El paquete que dejó ese señor, ese señor párroco.

            -Por favor, señora -dijo entonces Valentin,

dejando ver por primera vez su ansiedad-, por amor de Dios, díganos usted puntualmente de qué se trata.

            La mujer, algo inquieta, explicó:

            -Pues verá usted: esos señores estuvieron aquí hará una media hora, bebieron un poco de men­ta, charlaron y después se encaminaron al parque de Hampstead. Pero a poco uno de ellos volvió y me dijo: «¿Me he dejado aquí un paquete?» Yo no encontré ninguno por más que busqué. «Bueno -me dijo él-, si luego aparece por ahí, tenga usted la bondad de enviarlo a estas señas.» Y con la dirección, me dejó un chelín por la molestia. Y, en efecto, aunque yo estaba segura de haber buscado bien, poco después me encontré con un paquetito de papel de estraza, y lo envié al sitio indicado. No me acuerdo bien adónde era: era por Westminster. Como parecía ser cosa de importancia, pensé que tal vez la Policía había venido a buscarlo.

            -Sí -dijo Valentin-, a eso vine. ¿Está cerca de aquí el parque de Hampstead?

            -A unos quince minutos. Y por aquí saldrá usted derecho a la puerta del parque.

            Valentin salió de la confitería precipitadamen­te, y echó a correr en aquella dirección; sus ayudantes le seguían con un trotecillo de mala gana.

            La calle que recorrían era tan estrecha y os­cura, que cuando salieron al aire libre se asom­braron de ver que había todavía tanta luz. Una hermosa cúpula celeste, color verde pavo, se hundía entre fulgores dorados, donde resaltaban las masas oscuras de los árboles, ahogadas en leja­nías violetas. El verde fulgurante era ya lo bas­tante oscuro para dejar ver, como unos puntitos de cristal, algunas estrellas. Todo lo que aún quedaba de la luz del día caía en reflejos dora­dos por los términos de Hampstead y aquellas cuestas que el pueblo gusta de frecuentar y reciben el nombre de Valle de la Salud. Los obre­ros, endomingados, aún no habían desaparecido; ', quedaban, ya borrosas en la media luz, unas cuantas parejas por los bancos, y aquí y allá, a lo lejos, una muchacha se mecía, gritando, en un columpio. En torno a la sublime vulgaridad del hombre, la gloria del cielo se iba haciendo cada vez más profunda y oscura. Y de arriba de la  cuesta, Valentin se detuvo a contemplar el valle.

            Entre los grupitos negros que parecían irse ' deshaciendo a distancia, había uno, negro entre todos, que no parecía deshacerse: un grupito de dos figuras vestidas con hábitos clericales. Aun­que estaban tan lejos que parecían insectos, Va­lentin pudo darse cuenta de que una de las dos figuras era más pequeña que la otra. Y aunque el otro hombre andaba algo inclinado, como hom­bre de estudio, y cual si tratara de no hacerse notar, a Valentin le pareció que bien medía seis pies de talla. Apretó los dientes y, cimbreando el bambú, se encaminó hacia aquel grupo con impaciencia. Cuando logró disminuir la distancia y agrandar las dos figuras negras cual con ayuda de microscopio, notó algo más, algo que le sor­prendió mucho, aunque, en cierto modo, ya lo esperaba. Fuera quien fuera el mayor de los dos, no cabía duda respecto a la identidad del menor: era su compañero del tren de Harwich, aquel cura pequeñín y regordete de Essex, a quien él había aconsejado no andar diciendo lo que traía en sus paquetitos de papel de estraza.

            Hasta aquí todo se presentaba muy racional­mente. Valentin había logrado averiguar aquella mañana que un tal padre Brown, que venía de Essex, traía consigo una cruz de plata con za­firos, reliquia de considerable valor, para mostrar­la a los sacerdotes extranjeros que venían al Congreso. Aquél era, sin duda, el objeto de plata con piedras azules», y el padre Brown, sin duda, era el propio y diminuto paleto que venía en el tren. No había nada de extraño en el hecha de que Flambeau tropezara con la misma extrañeza en que Valentin había reparado. Flambeau no perdía nada de cuanto pasaba junto a él. Y nada de extraño tenía el hecho de que, al oír hablar Flambeau de una cruz de zafiros, se le ocurriera robársela: aquello era lo más natural del mundo. Y de seguro que Flambeau se saldría con la suya, teniendo que habérselas con aquel pobre cordero de la sombrilla y los paquetitos, Era el tipo de hombre en quien todo el mundo puede hacer su voluntad, atarlo con una cuerda y llevárselo hasta el Polo Norte. No era de extrañar que un hombre como Flambeau, disfrazado de cura, hubiera logrado arrastrarlo hasta Hampstead Heath. La intención delictuosa era manifiesta. Y el detective compadecía al pobre curita desamparado, y casi desdeñaba a Flambeau por encarnizarse en víctimas tan indefensas. Pero cuando Valentin recorría la serie de hechos que le habían llevado al éxito de sus pesquisas, en vano se atormentaba tratando de descubrir en todo el proceso el menor ritmo de razón. ¿Qué tenía de común el robo de una cruz de plata y piedras azules con el hecho de arrojar la sopa a la pared? ¿Qué relación había entre esto y el llamar nueces a las naranjas, o el pagar de antemano los vidrios que se van a romper? Había llegado al término de la caza, pero no sabía por cuáles caminos. Cuando fracasaba y pocas ve­ces le sucedía- solía dar siempre con la clave del enigma, aunque perdiera al delincuente. Aquí había cogido al delincuente, pero la clave del enigma se le escapaba.

            Las dos figuras se deslizaban como moscas sobre una colina verde. Aquellos hombres parecían enfrascados en animada charla y no darse cuenta de adónde iban; pero ello es que se en­caminaban a lo más agreste y apartado del parque. Sus perseguidores tuvieron que adoptar las poco dignas actitudes de la caza al acecho, ocultarse tras los matojos y aun arrastrarse escon­didos entre la hierba. Gracias a este desagradable procedimiento, los cazadores lograron acercarse a la presa lo bastante para oír el murmullo de la discusión; pero no lograban entender más que la palabra «razón», frecuentemente repetida en una voz chillona y casi infantil. Una vez, la presa se les perdió en una profundidad y tras un muro de espesura. Pasaron diez minutos de angustia antes de que lograran verlos de nuevo, y después reaparecieron los dos hombres sobre la cima de una loma que dominaba un anfiteatro, el cual a estas horas era un escenario desolado bajo las últimas claridades del sol. En aquel sitio osten­sible, aunque agreste, había, debajo de un árbol, un banco de palo, desvencijado. Allí se sentaron los dos curas, siempre discutiendo con mucha animación. Todavía el suntuoso verde y oro era perceptible hacia el horizonte; pero ya la cúpula ; celeste había pasado del verde pavo al azul pavo, y las estrellas se destacaban más y más como joyas sólidas. Por señas, Valentin indicó a sus ayudantes que procuraran acercarse por detrás del árbol sin hacer ruido. Allí lograron, por pri­mera vez, oír las palabras de aquellos extraños clérigos.

            Tras de haber escuchado unos dos minutos, se apoderó de Valentin una duda atroz: ¿Si ha­bría arrastrado a los dos policías ingleses hasta aquellos nocturnos campos para una empresa tan loca como sería la de buscar higos entre los cardos? Porque aquellos dos sacerdotes hablaban realmente como verdaderos sacerdotes, piadosa­mente, con erudición y compostura, de los más abstrusos enigmas teológicos. El curita de Essex hablaba con la mayor sencillez, de cara hacia las nacientes estrellas. El otro inclinaba la ca­beza, como si fuera indigno de contemplarlas. Pero no hubiera sido posible encontrar una char­la más clerical e ingenua en ningún blanco claustro de Italia o en ninguna negra catedral española.

            Lo primero que oyó fue el final de una  frase del padre Brown que decía:, «...que era lo que en la Edad Media significaban con aquello de:, . los cielos incorruptibles».

            El sacerdote alto movió la cabeza y repuso:

            -¡Ah, sí i. Los modernos infieles apelan a su razón;! Pero, ¿quién puede contemplar estos mi­llones de mundos sin sentir que hay todavía universos maravillosos donde tal vez nuestra razón resulte irracional?

            -No -dijo el otro-. La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto por la razón.

            El otro levantó la austera cabeza hacia el cielo estrellado, e insistió:

            -Sin embargo, ¿quién sabe si en este infinito universo...?

            -Infinito sólo físicamente -dijo el curita agi­tándose en el asiento-, pero no infinito en el sentido de que pueda escapar a las leyes de la verdad.

            Valentin, tras del árbol, crispaba los puños con muda desesperación. Ya le parecía oír las burlas de los policías ingleses a quienes había arrastrado en tan loca persecución, sólo para ha­cerles asistir al chismorreo metafísico de los dos viejos y amables párrocos. En su impaciencia, no oyó la elaborada respuesta del cura gigantesco, y cuando pudo oír otra vez el padre Brown estaba diciendo:

            -La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; pien­se usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pue­da afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: «No robarás.»

            Valentin estaba para cesar en aquella actitud violenta y alejarse sigilosamente, confesando aquel gran fracaso de su vida; pero el silencio del sa­cerdote gigantesco le impresionó de un modo que quiso esperar su respuesta. Cuando éste se decidió, por fin, a hablar dijo simplemente, inclinando la cabeza y apoyando las manos en las rodillas:

            -Bueno; yo creo, con todo, que ha de haber otros mundos superiores a la razón humana. Im­penetrable es el misterio del cielo, y ante él hu­millo mi frente.

            Y después, siempre en la misma actitud, y sin cambiar de tono de voz, añadió:

            -Vamos, déme usted ahora mismo la cruz de zafiros que trae. Estamos solos y puedo destro­zarle a usted como a un muñeco.

            Aquella voz y aquella actitud inmutables chocaban violentamente con el cambio de. asunto. El guardián de la reliquia apenas volvió la cabeza. Parecía seguir contemplando las estrellas. Tal vez, no entendió. Tal vez entendió, pero el terror le había paralizado.

            -Sí -dijo el sacerdote gigantesco sin inmu­tarse-, sí, yo soy Flambeau.       

            Y, tras una pausa, añadió:

            -Vamos, ¿quiere usted darme la cruz?         

            -No -dijo el otro; y aquel monosílabo tuvo una extraña sonoridad.

            Flambeau depuso entonces sus pretensiones pontificales. El gran ladrón se retrepó en el respaldo del banco y soltó la risa.

            -No -dijo-, no quiere usted dármela, orgulloso prelado. No quiere usted dármela, célibe borrico. ¿Quiere usted que le diga por qué? Pues  porque ya la tengo en el bolsillo del pecho.

            El hombrecillo de Essex volvió hacia él, en l penumbra una cara que debió de reflejar el asombro, y con la tímida sinceridad del «Secretario Privado», exclamó:

            -Pero, ¿está usted seguro?    

            Flambeau aulló con deleite:

            -Verdaderamente -dijo- es usted tan divertido como una farsa en tres actos. Sí, hombre de Dios, estoy enteramente seguro. He tenido L buena idea de hacer una falsificación del paquete, y ahora, amigo mío, usted se ha quedado con el duplicado y yo con la alhaja. Una estratagema muy antigua, padre Brown, muy antigua.

            -Sí -dijo el padre Brown alisándose los cabellos con el mismo aire distraído-, ya he oído hablar de ella.

            El coloso del crimen se inclinó entonces hacia el rústico sacerdote con un interés repentino.

            -¿Usted ha oído hablar de ella? ¿Dónde?   

            -Bueno -dijo el hombrecillo' con mucha candidez-. Ya comprenderá usted que no voy ; decirle el nombre. Se trata de un penitente, un hijo de confesión. ¿Sabe usted? Había logrado vivir durante veinte años con gran comodidad gracias al sistema de falsificar los paquetes de papel de estraza. Y así, cuando comencé a sospechar de usted,, me acordé al punto de los procedi­mientos de aquel pobre hombre.

            -¿Sospechar de mí? -repitió el delincuente con curiosidad cada vez mayor-. ¿Tal vez tuvo usted la perspicacia de sospechar cuando vio usted que yo le conducía a estas soledades?

            -No, no -dijo Brown, como quien pide ex-  cosas-. No, verá usted: yo comencé a sospechar de usted en el momento en que por primera vez nos encontrarnos, debido al bulto que hace en su manga el brazalete de la cadena que suelen ustedes llevar.

            -Pero, ¿cómo demonios ha oído usted hablar siquiera del brazalete?

            -¡Qué quiere usted; nuestro pobre rebaño ...! -dijo el padre Brown, arqueando las cejas con aire indiferente-. Cuando yo era cura de Hartlepool había allí tres con el brazalete... De modo que, habiendo desconfiado de usted desde el pri­mer momento, como usted comprende, quise asegurarme de que la cruz quedaba a salvo de cual­quier contratiempo. Y hasta creo que me he visto en el caso de vigilarle a usted, ¿sabe us­ted? Finalmente, vi que usted cambiaba los pa­quetes. Y entonces, vea usted, yo los volví a cambiar. Y después, dejé el verdadero por el ca­mino.

            -¿Que lo dejó usted? -repitió Flambeau; y por la primera vez, el tono de su voz no fue ya triunfal.

            -Vea usted cómo fue -continuó el curita con el mismo tono de voz-. Regresé a la confitería aquélla y pregunté s; me había dejado por ahí un paquete, y di ciertas señas para que lo remitieran si acaso aparecía después. Yo sabía que no me había dejado antes nada, pero cuando regresé a buscar lo de p realmente. Así, en vez de correr tras de mí col el valioso paquete, lo han enviado a estas horas a casa de un amigo mío que vive en Westminster. -Y luego añadió, amar­gamente-: También esto lo aprendí de un po­bre sujeto que había en Hartlepool. Tenía la costumbre de hacerlo con las maletas que robaba en las estaciones; ahora el pobre está en un mo­nasterio. ¡Oh, tiene uno que aprender muchas cosas, ¿sabe usted? prosiguió sacudiendo la cabeza con el mismo aire del que pide excusas-. No puede uno menos de portarse como sacer­dote. La gente viene a nosotros y nos lo cuenta todo.

            Flambeau sacó de su bolsillo un paquete de papel de estraza y lo hizo pedazos. No contenía más que papeles y unas barritas de plomo. Saltó sobre sus pies revelando su gigantesca estatura, y gritó:

            -No le creo a usted. No puedo creer que un patán como usted sea capaz de eso. Yo creo que trae usted consigo la pieza, y si usted se resiste a dármela..., ya ve usted, estamos solos, la tomaré por fuerza.

            -No -dijo con naturalidad el padre Brown; y también se puso de pie-. No la tomará usted por fuerza. Primero, porque realmente no la llevo conmigo. Y segundo, porque no estamos solos.      

            Flambeau se quedó suspenso.

            -Detrás de este árbol -dijo el padre Brown señalándolo- están dos forzudos policías, y con ellos el detective más notable que hay en la tierra. ¿Me pregunta usted que cómo vinieron? ¡Pues porque yo los atraje, naturalmente! ¿Que cómo lo hice? Pues se lo contaré a usted si se empeña. ¡Por Dios! ¿No comprende usted que, trabajando entre la clase criminal, aprendemos muchísimas cosas? Desde luego, yo no estaba seguro de que usted fuera un delincuente, y nunca es convenien­te hacer un escándalo contra un miembro de nuestra propia Iglesia. Así, procuré antes probarle a usted, para ver si, a la provocación se des­cubría usted de algún modo. Es de suponer que todo hombre hace algún aspaviento si se encuen­tra con que su café está salado; si no lo hace, es que tiene buenas razones para no llamar sobre sí la atención de la gente. Cambié, pues, la sal y el azúcar, y advertí que usted no protestaba. Todo hombre protesta si le cobran tres veces más de lo que debe. Y si se conforma con la cuenta exagerada, es que le importa pasar inadvertido. Yo alteré la nota, y usted la pagó sin decir pa­labra.

            Parecía que el mundo todo estuviera esperando que Flambeau, de un momento a otro, saltara como un tigre. Pero, por el contrario, se estuvo quieto, como si le hubieran amansado con un conjuro; la curiosidad más aguda le tenía como petrificado.

            -Pues bien -continuó el padre Brown con pausada lucidez-, como usted no dejaba rastro a la Policía, era necesario que alguien lo dejara, en su lugar. Y adondequiera que fuimos juntos, procuré hacer algo que diera motivo a que se hablara de nosotros para todo el resto del día. No causé daños muy graves por lo demás;, una pared manchada, unas manzanas por el suelo, una vidriera rota... Pero, en todo caso, salvé la cruz,  porque hay que salvar siempre la cruz. A esta hora está en Westminster. Yo hasta me maravillo de que no lo haya usted estorbado con el «silbido del asno».

            -¿El qué? preguntó Flambeau.

            -Vamos, me alegro de que nunca haya usted oído hablar de eso -dijo el sacerdote con una muequecilla-. Es una atrocidad. Ya estaba yo seguro de que usted era demasiado bueno, en el fondo, para ser un "silbador". Yo no hubiera po­dido en tal caso contrarrestarlo, ni siquiera con el procedimiento de las "marcas"; no tengo bas­tante fuerza en las piernas:

            -Pero, ¿de q_ qué me está usted hablando? -preguntó el otro.

            -Hombre, creí que conocía usted las «mar­cas" -dijo el padre Brown agradablemente sor­prendido-. Ya veo que no está usted tan envi­lecido.

            -Pero, ¿cómo diablos está usted al cabo de tantos horrores? -gritó Flambeau.

            La sombra de una sonrisa cruzó por la cara redonda y sencillota del clérigo.

            -¡Oh, probablemente a causa de ser un bo­rrico célibe! -repuso-. ¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace más que oír los pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia? Además, debo confesarle a usted que otra condi­ción de mi oficio me convenció de que usted no era un sacerdote.

            -¿Y qué fue ello? preguntó el ladrón, alelado.

            -Que usted atacó la razón; y eso es de mala teología.

            Y como se volviera en este instante para re­coger sus paquetes, los tres policías salieron de entre los árboles penumbrosos. Flambeau era un artista, y también un deportista. Dio un paso atrás y saludó con una cortés reverencia a Valentin.

            -No; a mí, no, mon ami -dijo éste con ni­tidez argentina-. Inclinémonos los dos ante nues­tro común maestro.

            Y ambos se descubrieron con respeto, mientras el curita de Essex hacía como que buscaba su sombrilla.


[1] El que dirige los brindis.