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El secreto de la estrella Azul - Marion Zimmer Bradley

Una noche en Santuario, cuando las calles exhiben el falso glamour de la luz plateada de la luna llena de modo que las ruinas parecen torres encantadas y las calles y plazas oscuras islas de misterio, el mago mercenario Lythande sale en busca de aventuras.

Lythande acababa de llegar —si es que las enigmáticas idas y venidas de un mago pueden describirse con estas palabras prosaicas— de escoltar una caravana en su viaje por los Páramos Grises hasta Twand. 

En cierto lugar de los Páramos, una manada de ratas del desierto —ratas de dos patas con dientes de acero envenenado— habían asaltado la caravana, sin saber que gozaba de la protección de la magia, y los roedores habían acabado luchando contra unos esqueletos escurridizos que escupían llamas por los ojos, desplegados alrededor de un mago de gran estatura que exhibía una estrella azul entre sus ojos centelleantes, una estrella que arrojaba rayos de un fuego gélido y paralizante. 

De tal modo que las ratas del desierto habían acabado huyendo a todo correr, y ya no pararon hasta que llegaron a Aurvesh, y los relatos que contaron allí no causaron a Lythande daño alguno salvo en los oídos de los piadosos.

Por lo tanto ahora había oro en los bolsillos de la túnica larga y oscura del mago, o tal vez oculto en cualquier otra morada que albergara a Lythande. Pues, a fin de cuentas, al jefe de la caravana casi le inspiraban más temor los poderes de Lythande que los bandidos, una circunstancia que había incrementado la generosidad con la que había recompensado al mago. 

Como tenía por costumbre, Lythande no sonreía ni fruncía el ceño, pero unos días después comentó a Myrtis, la propietaria de la Casa Afrodisia, en la calle de las Linternas Rojas, que, si bien la brujería era una habilidad útil y llena de delicias estéticas para la contemplación del filósofo, por sí misma no ponía las habichuelas en la mesa.

Un comentario curioso al que Myrtis estuvo dando vueltas en la cabeza mientras guardaba la onza de oro que Lythande le había entregado en consideración por un secreto que compartían desde hacía muchos años. Le parecía curioso que Lythande hablara de habichuelas en la mesa cuando nadie, salvo ella misma, había visto jamás que un bocado de comida o una gota de bebida cruzaran los labios del mago desde que la estrella azul adornaba su frente alta y estrecha. 

Tampoco mujer alguna del barrio había sido capaz de alardear de que el extraordinario mago le había pagado por sus favores, ni de imaginarse cómo debía de comportarse un mago como él en una situación así, cuando reducidos a carne y huesos todos los hombres eran iguales.

Tal vez Myrtis podría explicarlo si quisiera; eso pensaban algunas chicas cuando, como ocurría a veces, Lythande entraba en la Casa Afrodisia y se encerraba con la propietaria durante un largo rato, o incluso, aunque en raras ocasiones, durante toda la noche. 

Se decía, a propósito de Lythande, que la misma Casa Afrodisia había sido un obsequio que Myrtis había recibido de manos del mago después de una célebre aventura sobre la que todavía se cuchicheaba en el bazar y en la que estaban involucrados un mago malvado, dos comerciantes de caballos, un jefe de caravana y un puñado variopinto de matones que se vanagloriaban de no haber pagado una moneda de oro por una mujer en su vida y que consideraban divertido estafar a una honrada mujer trabajadora. 

A ninguno de ellos se le volvió a ver el pelo —o lo que quedara de ellos— por Santuario, y Myrtis empezó a presumir de que nunca más habría de derramar una gota de sudor para ganarse la vida, ni complacer a un hombre, y reclamó el privilegio de una madame de disponer de una cama para ella sola.

Y entonces también, pensaban las chicas, un mago de la talla de Lythande podría haber reclamado a las mujeres más hermosas desde Santuario hasta las montañas que se levantaban más allá de Ilsig; no solo las cortesanas, sino también las princesas, las damas y sacerdotisas se habrían entregado a Lythande. 

No había duda de que Myrtis había sido hermosa en su juventud; de hecho alardeaba con frecuencia de los príncipes, magos y viajeros que habían pagado grandes sumas de dinero por su amor. 

Todavía era hermosa (y por supuesto había quienes decían que Lythande no pagaba por ella, que al contrario, que era Myrtis quien pagaba al mago grandes sumas para que por obra de su poderosa magia su belleza resistiera el paso de los años), pero su cabello había encanecido y ella no se molestaba en teñírselo con henna ni con tinte de oro procedente de Tyrisis-más-allá-del-mar.

Pero si Myrtis no era la mujer que sabía cómo se comportaba Lythande en la más elemental de las situaciones, en ese caso no había otra mujer en Santuario que pudiera decirlo. También se rumoreaba que Lythande invocaba demonios femeninos de los Páramos Grises para copular lascivamente con ellos, y desde luego no era el primer mago ni sería el último sobre el que se hiciera tal afirmación.

Esa noche, sin embargo, Lythande no buscaba comida, bebida ni las delicias de los juegos amorosos. A pesar de que el mago frecuentaba las tabernas, ningún hombre había visto jamás que una gota de cerveza, aguamiel o aguardiente traspasara la barrera de sus labios. 

Lythande enfiló por el margen más alejado del bazar, bordeando la vetusta fachada del Palacio del Gobernador, manteniéndose en las sombras casi como lanzando un desafío a los asaltantes y atracadores. Su amor por las sombras provocaba las habladurías de la gente de la ciudad sobre su capacidad para aparecer y desaparecer en el aire.

Alto y delgado —de una estatura superior a la de un hombre alto y de una delgadez extrema—, Lythande exhibía el tatuaje con la forma de una estrella azul de maestro en magia encima de las cejas finas y arqueadas, e iba vestido con una túnica larga y con capucha que se fundía con las sombras. 

En cuanto a su rostro recién afeitado, o imberbe, nadie —que se recuerde— se había acercado lo suficiente a él como para poder afirmar que se trataba del capricho de un afeminado o de la ausencia absoluta de barba de un bicho raro.

El cabello oculto bajo la capucha era largo y abundante como el de una mujer, aunque canoso como ninguna fémina de aquella ciudad de rameras se habría permitido lucirlo.

Lythande continuó con rápidas zancadas en paralelo a una pared tomada por las sombras y entró por una puerta abierta sobre la que se había clavado la sandalia de Thufir, dios de los peregrinos, como reclamo de la buena suerte. 

Sin embargo, sus pasos eran tan ligeros y su túnica con capucha hasta tal punto se fundía con las sombras que cualquier testigo ocular de su entrada habría jurado después, totalmente convencido, que lo había visto aparecer del aire, protegido por conjuros, o de una capa que concedía la invisibilidad.

Un grupo de hombres en torno a la chimenea entrechocaban estruendosamente sus jarras al ritmo de una escandalosa canción de taberna que alguien acompañaba con un maltrecho laúd metálico, del que Lythande sabía que pertenecía al dueño de la taberna y que cualquier cliente podía tomar prestado. 

El músico resultó ser un joven vestido con las galas de un petimetre hechas harapos, destrozadas y rajadas por las contingencias de los caminos, que permanecía sentado perezosamente con las piernas cruzadas; y cuando la escandalosa canción llegó a su fin, la empalmó con otra, esta vez una lenta canción de amor perteneciente a otro tiempo y a otro lugar. 

Lythande conocía la canción; la había oído hacía más años de los que podía recordar, cuando el mago Lythande respondía a otro nombre y apenas si había tenido contacto con la brujería. Cuando la canción acabó, Lythande salió de las sombras y la estrella azul en el centro de su frente alta brilló a imagen y semejanza del fuego de la chimenea.

Brotaron unos leves murmullos en la taberna a pesar de que la clientela no estaba desacostumbrada a las idas y venidas inadvertidas de Lythande. El joven del laúd alzó unos ojos prodigiosamente azules debajo del ensortijado cabello negro que le caía sobre la frente. 

Era un muchacho delgado y ágil, y Lythande se fijó en el estoque que llevaba en un costado y que parecía cuidado con mimo, y en el amuleto, con la forma de una serpiente enroscada, que le colgaba del cuello.

—¿Quién eres tú, que tienes la costumbre de aparecer y desaparecer en el aire de esta manera?

—Alguien que te felicita por tus buenas aptitudes musicales. —Lythande arrojó una moneda al tabernero—. ¿Quieres tomar un trago?

—Un juglar nunca rechaza una invitación como esa. Cantar es un trabajo que lo deja a uno seco. —Pero cuando le sirvieron la bebida, preguntó—: ¿No vas a beber conmigo?

—Nadie ha visto comer o beber a Lythande jamás —masculló uno de los hombres que los rodeaban.

—Bueno, pues yo me tomo eso como un feo —protestó el joven juglar—. Compartir un trago con los camaradas es una cosa, ¡pero no soy un sirviente que cante por dinero o para beber a menos que obedezca a una muestra de amistad!

Lythande se encogió de hombros y la estrella azul de su frente alta empezó a brillar con una luz azul. Los clientes de la taberna retrocedieron, pues cuando un mago con una estrella azul se enfadaba, los que estaban cerca de él hacían bien apartándose de su camino. El juglar dejó el laúd para que no lo estorbara en el caso de que tuviera que levantarse de un brinco. 

Lythande supo, por la lentitud y la prudencia de los movimientos del juglar, que este ya había compartido una buena cantidad de tragos con sus camaradas ocasionales. La mano del juglar, no obstante, no se dirigió a la empuñadura de su espada, sino que se cerró alrededor del amuleto en forma de serpiente.

—Nunca he conocido hombre alguno como tú —señaló el juglar en un tono comedido.

Lythande notó en su interior el cosquilleo nervioso que advertía a un mago de que estaba asistiendo a un encantamiento, y rápidamente se aventuró a conjeturar que aquel amuleto era de esos que no protegían a su portador a menos que este enunciara una serie de afirmaciones ciertas —normalmente tres o cuatro— sobre su agresor o enemigo. A pesar de la desconfianza que le despertó la situación, a Lythande también le hizo gracia.

—Cierto. Y nunca conocerás a hombre alguno como yo en todos los años que deseo que vivas, juglar.

El juglar reparó, más allá del resplandor furioso de la estrella, en la mueca de burla cómplice en la boca ligeramente fruncida de Lythande.

—Y yo no te deseo ningún mal —dijo el juglar soltándose el amuleto—. Y tú tampoco a mí. Y también estas son afirmaciones ciertas, ¿verdad, mago? Con lo que ponemos el punto final a este asunto. Tal vez no exista otro hombre como tú, pero no eres el único mago que he conocido en Santuario con una estrella tatuada en la frente.

La estrella azul refulgió con intensidad, pero esta vez no se debió al juglar. Tanto él como Lythande lo sabían. La multitud que los rodeaba había recordado misteriosamente que tenía asuntos pendientes en otro sitio. El juglar recorrió con la mirada los bancos vacíos.

—Al parecer tendré que ir a otro lugar para ganarme la cena con mis canciones.

—No pretendía ofenderte cuando rechacé tu invitación de tomar un trago juntos —señaló Lythande—. El voto de un mago no se puede dejar a un lado como un laúd. Sin embargo me gustaría invitarte a una cena abundante y bien regada sin que te sientas herido en tu dignidad, a cambio de tu servicio como amigo.

—Tal es la costumbre en mi país. Cappen Varra te lo agradece, mago.

—¡Tabernero! ¡Sírvele lo mejor de tu cocina y todo lo que pueda beber esta noche a mi invitado!

—Después de una invitación tan generosa, no discutiré los pormenores de mi servicio —dijo Cappen Varra, y se lanzó a dar buena cuenta de los platos humeantes que le pusieron delante.

Mientras el juglar comía, Lythande sacó de los pliegues de su túnica una pequeña bolsa que contenía unas hierbas que despedían una fragancia dulce, las envolvió con una hoja azul y encendió el cigarrillo con un toquecito con el dedo anular. Lanzó una bocanada de humo dulce y grisáceo.

—En cuanto al servicio que te pido a cambio, no es gran cosa. Cuéntame todo lo que sepas de ese otro mago con la estrella azul. No conozco a ningún miembro de mi orden al sur de Azehur, y me gustaría asegurarme de que no fue a mí a quien viste, ni a mi espectro.

Cappen Varra sorbió el tuétano de un hueso y se limpió con esmero los dedos en el mantelito debajo de los platos. Y antes de responder dio un bocado a un fruto de jengibre.

—No fue a ti, mago, ni a tu estela ni a tu doble espectral, a quien vi. El que yo vi era mucho más ancho de espaldas y no llevaba espada, sino dos dagas ceñidas a las caderas. Tenía la barba negra y a su mano izquierda le faltaban tres dedos.

—¡Por Iles el de los Mil Ojos! ¡Rabben el Mediamano, aquí, en Santuario! ¿Dónde lo viste, juglar?

—Lo vi deambulando por el bazar, pero no compró nada que yo viera. Y luego lo volví a ver en la calle de las Linternas Rojas, hablando con una mujer. ¿Qué servicio requieres de mí, mago?

—Ya lo has cumplido.

Lythande pagó al tabernero con plata —tanta que el hosco propietario de la taberna temió que la capa de Shalpa lo cubriera en cuanto se fuera— y dejó otra moneda, esta de oro, junto al laúd de la taberna.

—Recupera tu arpa. Esto no hace justicia a tu voz.

Pero cuando el juglar levantó la cabeza para darle las gracias, el mago ya había desaparecido en las sombras; se guardó el oro en el bolsillo y preguntó:

—¿Cómo lo ha sabido? ¿Y por dónde ha salido?

—Solo Shalpa el rápido lo sabe —respondió el tabernero—. ¡Para mí que ha salido volando por el conducto de la chimenea! Ese ya tiene su capa y no necesita la de Shalpa. Ha pagado todo lo que quieras beber, muy señor mío, así que dime, ¿qué te pongo?

Y Cappen Varra procedió a emborracharse, ya que eso era lo más sensato que podía hacerse cuando uno se enredaba sin saberlo en los asuntos privados de un mago.

Ya en la calle, Lythande se tomó un momento para reflexionar. En Rabben el Mediamano no tenía un amigo; sin embargo no había razón alguna para que su presencia en Santuario tuviera algo que ver con Lythande o con una venganza personal. 

Si estuviera allí por un asunto relacionado con la orden de la Estrella Azul, si Lythande hubiera de ayudarlo en algún tema, o si el Mediamano hubiera sido enviado con la misión de convocar a todos los miembros de la orden, la estrella que ambos llevaban tatuada los habría avisado.

No obstante no pasaba nada por asegurarse. El mago caminó raudo hasta la hilera de viejas caballerizas que quedaba detrás del Palacio del Gobernador. Lo silencioso y lo recóndito del lugar resultaban propicios para la magia. 

Lythande se deslizó por uno de los minúsculos callejones laterales y levantó su capa de mago hasta que la oscuridad fue absoluta, y fue retirándose lentamente en el silencio hasta que el vacío conquistó el mundo... un vacío absoluto excepto por la estrella azul que brillaba en su frente. Lythande recordó cómo había adquirido la estrella y a qué coste: el precio que un maestro debía pagar a cambio del poder.

El resplandor azul ganó intensidad y explotó en haces multicolor palpitantes y brillantes, hasta que Lythande quedó bañado por su luz. Y allí, en el Lugar Que No Existe, sentado en un trono que parecía tallado en zafiro, se encontraba el Señor de la Estrella.

—Bienvenido, estrella hermana, hijo de las estrellas, shyryu. —El término afectuoso podía significar «camarada», «hermano», «hermana», «querido», «par», «peregrino»; su traducción literal es «el que comparte la luz de las estrellas»—. ¿Qué te trae al Palacio de los Peregrinos desde tan lejos esta noche?

—La necesidad de conocimiento, hermano de estrella. ¿Han enviado a alguien a buscarme en Santuario?

—La respuesta es no, shyryu. Todo está bien en el Templo de los Hermanos de estrella. Todavía no has sido convocado; el momento no ha llegado aún.

Todos los maestros de la Estrella Azul lo sabían; era uno de los precios que se pagaban por el poder. Cuando llegara el final del mundo, cuando todas las actividades de la humanidad y de los mortales hubieran sucumbido, el último reducto contra el ataque del Caos sería el Templo de la Estrella; y entonces el Señor de la Estrella convocaría en el Lugar Que No Es a los Maestros Peregrinos desperdigados por los rincones más remotos del mundo para que combatieran el Caos con toda la fuerza de su magia. Pero hasta que ese día llegara, gozaban de una libertad absoluta para fortalecer sus poderes.

—Todavía no ha llegado el momento —repitió en un tono tranquilizador el Señor de la Estrella—. Eres libre de moverte a tu antojo por el mundo.

El resplandor azul se atenuó y Lythande permaneció donde estaba, temblando. Por lo tanto, Rabben no había sido enviado para convocarlos para la reunión final. Sin embargo, tal vez el final y el Caos llegarían para Lythande antes del momento señalado si Rabben el Mediamano obtenía lo que se proponía.

«Se trató de una buena prueba de fuerza, ordenada por nuestros señores. Rabben, no deberías estar resentido conmigo...».

La presencia de Rabben en Santuario no tenía por qué tener algo que ver con Lythande. Podría encontrarse en la ciudad por motivos legítimos... si es que se podía calificar de legítimo algo relacionado con él. 

Solo el último día antes del fin del mundo habían jurado todos los Maestros Peregrinos luchar en el bando de la Ley contra el Caos. Y Rabben había optado por no practicarlo antes de que llegara ese momento.

Había que tomar precauciones. Lythande sabía que Rabben estaba cerca...

Al sureste del Palacio del Gobernador hay un pequeño parque triangular, al otro lado de la avenida de los Templos. Durante el día, los caminos cubiertos de grava y los recodos con arbustos están tomados por predicadores y sacerdotes que consideran insuficientes la adoración y las ofrendas; y por la noche el lugar se convierte en el reino de mujeres que no veneran a ninguna deidad salvo a La de la bolsa llena y el vientre vacío. Por ambos motivos el lugar es conocido, irónicamente, con el nombre de la Promesa del Cielo. En Santuario, como en cualquier otro lugar, es bien sabido que aquellos que prometen no siempre cumplen.

Lythande, que no tenía por costumbre frecuentar mujeres ni sacerdotes, no solía pisar el parque, que ahora parecía desierto. Los vientos molestos habían empezado a soplar, y azotaban arbustos y matorrales dotándolos de sorprendentes formas bestiales que ejecutaban actos poco naturales. 

Y gimiendo de una manera extraña alrededor de los muros y los aleros de los tejados de los templos al otro lado de la calle, el viento del que se afirmaba en Santuario que era el gemido de Azyuna en la cama de Vashanka. Lythande avanzó rápidamente, bordeando la penumbra de los caminos. Y entonces sonó el grito desgarrador de una mujer.

Desde las sombras, Lythande vislumbró la forma de una muchacha con el vestido raído y hecho jirones; iba descalza y le sangraba la oreja de cuyo lóbulo le habían arrancado un valioso pendiente. Estaba forcejeando para zafarse de los brazos de hierro de un hombre musculoso y corpulento de barba negra, y lo primero que vio Lythande fue la mano que aferraba la muñeca delgada y huesuda de la muchacha: le faltaban dos dedos completos y tenía otro seccionado a la altura del primer cartílago. Solo entonces —cuando ya era absolutamente innecesario— vio Lythande la estrella azul entre las pobladas cejas negras ¡y los felinos ojos amarillos de Rabben el Mediamano!

Lythande lo conocía desde hacía mucho tiempo, del Templo de la Estrella. Incluso entonces, Rabben ya era un depravado de una lascivia bien conocida. ¿Por qué, se preguntó Lythande, sus señores no le pedían que renunciara a su lascivia a cambio de sus poderes? Lythande apretó los labios con amargura; tan célebre era la lascivia de Rabben que si renunciaba a ella todo el mundo conocería el secreto de su poder.

Los poderes de un maestro de la Estrella Azul dependían de un secreto. Del mismo modo que en la antigua leyenda del gigante que guardaba su corazón en un lugar secreto fuera de su cuerpo y, junto con él, su inmortalidad, los maestros de la Estrella Azul depositaban toda su fuerza psíquica en un único secreto, y quien descubría ese secreto absorbía los poderes del maestro. De modo que el secreto de Rabben debía de ser otro... Lythande no se entretuvo especulando sobre ello.

La chica gritaba con desesperación mientras Rabben la tiraba de la muñeca. Cuando la estrella del mago empezó a brillar, la muchacha se tapó los ojos con la mano libre para protegérselos del resplandor. Lythande emergió de las sombras aún no plenamente convencido de intervenir.

—¡Por Shipri la Madre de Todo, suelta a esa mujer! —espetó Lythande con el chorro de voz que en el patio de la Estrella Azul había llevado a los aprendices de mago a llamarlo «juglar» en vez de «mago».

Rabben giró en redondo.

—¡Por el noningentésimo nonagésimo noveno ojo de Iles! ¡Lythande!

—¿Es que no hay suficientes mujeres en la calle de las Linternas Rojas como para que tengas que maltratar a una niña en la calle de los Templos?

Lythande había visto lo joven que era la chica, sus bracitos delgados, sus piernas y sus tobillos infantiles y los pechos todavía incipientes debajo de la túnica sucia y raída.

Rabben miró a Lythande y soltó un gruñido.

—Siempre has sido un remilgado, shyryu. Ninguna mujer viene aquí a menos que se venda. ¿Acaso la quieres para ti? ¿Ya te has hartado de tu madame gorda de la Casa Afrodisia?

—¡Ni se te ocurra mencionar su nombre, shyryu!

—¿Tanto te importa el honor de una ramera?

—Suelta a la chica —replicó ignorando el comentario de Rabben—, o tendrás que vértelas conmigo.

La estrella de Rabben empezó a lanzar rayos; el mago arrojó a un lado a la chica, que cayó como un peso muerto al pavimento, donde permaneció tendida inmóvil.

—Esperará ahí hasta que tú y yo hayamos acabado. ¿Pensaste que podría huir mientras nosotros luchábamos? Ahora que pienso, nunca te he visto con una mujer, Lythande... ¿Es ese tu secreto, Lythande? ¿No puedes satisfacer a las mujeres?

Lythande se mantuvo imperturbable. Sin embargo, independientemente del precio que hubiera de pagar, no podía permitir que Rabben continuara por ese camino.

—Tal vez a ti te guste copular como un animal en las calles de Santuario, Rabben, pero yo no soy tú. ¿Vas a dejar que la chica se marche o prefieres luchar?

—Tal vez debería dejártela a ti. Lo nunca visto. ¡Lythande involucrado en una pelea callejera por una mujer! ¡Ya ves! ¡Conozco perfectamente tus hábitos, Lythande!

«¡Por la maldición de Vashanka! ¡Ahora no me queda otra que luchar para salvar a la chica!».

El estoque de Lythande salió con un chasquido de la funda y atacó a Rabben como por propia voluntad.

—¡Ja! ¿Crees que Rabben resuelve sus reyertas callejeras con la espada como un vulgar mercenario?

La punta de la espada de Lythande explotó en el resplandor azul de la estrella y se transfiguró en una serpiente brillante, que se torció hacia atrás y rebasó la empuñadura vertiendo veneno por los colmillos mientras trataba de enroscarse alrededor del puño de Lythande. 

También la estrella de Lythande empezó a refulgir, y la espada se transformó de nuevo en acero, aunque quedó retorcida e inservible, con la forma de la serpiente enroscada hacia la funda. Encolerizado, Lythande soltó el trozo inútil de acero y arrojó una lluvia de fuego que salió chisporroteando en dirección a Rabben. 

El corpulento maestro se envolvió rápidamente en una nube de niebla y el chorro de fuego se extinguió. Lythande advirtió mediante un sentido que escapaba a la conciencia que empezaba a congregarse una multitud en torno a ellos; no ocurría dos veces en la vida que dos maestros de la Estrella Azul libraran una batalla de conjuros en las calles de Santuario. El resplandor de las estrellas que refulgían en las frentes de los magos echaba chispas en todas las direcciones.

Arrastradas por un viento aullante aparecieron unas pequeñas antorchas voraces cuyas llamas titilantes azotaron a Lythande y desaparecieron en cuanto tocaron la figura alta del mago. Entonces un violento torbellino agitó los árboles, arrancó las hojas de las ramas y fustigó a Rabben hasta derribarlo sobre las rodillas. Lythande empezaba a aburrirse; había que acabar de una vez. 

Ni uno solo de los espectadores que presenciaban la lucha con los ojos como platos supo decir después qué había ocurrido, pero Rabben se fue encorvando muy lentamente, centímetro a centímetro, hasta que hincó las rodillas en el suelo, se puso luego a cuatro patas y a continuación, tendido bocabajo, con la cara pegada al suelo, cada vez más apretada contra él y moviendo adelante y atrás la cabeza fuertemente estrujada contra la tierra.

Lythande acudió junto a la chica y la levantó. Ella miró con incredulidad al fornido hechicero que estaba estrujando su barba negra contra la tierra.

—¿Qué ha...?

—No te preocupes... Vámonos de aquí. El conjuro no lo entretendrá demasiado, y cuando se levante estará furioso —dijo Lythande con un leve tono de burla en la voz.

La chica no necesitaba una explicación viendo a Rabben con la barba y la estrella azul cubiertos de tierra y de polvo...

La muchacha salió disparada siguiendo la estela de la túnica del mago. Cuando estuvieron bien lejos de la Promesa del Cielo, Lythande se detuvo con tanta brusquedad que la muchacha se estampó contra él.

—Dime, ¿quién eres?

—Me llamo Bercy. ¿Y usted?

—Un mago no dice su nombre a la ligera. En Santuario me llaman Lythande.

El mago examinó a la muchacha y se dio cuenta, con una punzada, de que debajo de la tierra y del cabello desgreñado se escondía una chica muy guapa y muy joven.

—Puedes irte, Bercy. No volverá a ponerte la mano encima. Le he vencido limpiamente en el duelo.

La chica se arrojó a la espalda de Lythande y se aferró a él.

—¡No me dejes sola! —suplicó la muchacha, agarrándose al mago, con los ojos rebosantes de adoración.

Lythande la miró con el ceño fruncido.

Predecible, por supuesto. Bercy creía —¿y quién en Santuario no lo habría hecho?— que la chica era el premio para quien ganara el duelo, de modo que ella estaba preparada para entregarse al vencedor. Lythande hizo un gesto de protesta.—No...

La muchacha entornó los ojos en un gesto de compasión.

—¿Entonces es cierto lo que Rabben dijo...? ¿Que su secreto es que está privado de virilidad?

Sin embargo, detrás de la compasión se advertía un leve matiz de entusiasmo. ¡Menudo chisme! ¡Vaya cotilleo sabroso para chismorrear en las calles de las Mujeres!

—Baja la voz. —La mirada que le lanzó Lythande no admitía discusión—. Ven conmigo.

La chica siguió al mago por las calles sinuosas que conducían a la calle de las Linternas Rojas. Lythande caminaba con pasos firmes y seguros. Pasaron por delante de la Casa de las Sirenas, donde —según se decía— podían encontrarse delicias tan exóticas como la que prometía su nombre; y de la Casa de los Látigos, evitada por todo el mundo excepto por aquellos que se negaban a ir a otro lado; y, finalmente, bajo el rostro de la Dama Verde, como era venerada en los lugares más remotos y al otro lado del Ranke, la Casa Afrodisia.

Bercy contempló con los ojos como platos el vestíbulo con columnas, el resplandor de un centenar de faroles, las mujeres vestidas exquisitamente que aguardaban a que las llamaran apoltronadas sobre cojines. 

Todas ellas lucían elegantes vestidos y joyas —Myrtis conocía su negocio y la mejor manera de presentar su producto—, y a Lythande no se le escapó que la mirada de la harapienta Bercy era de envidia; probablemente la muchacha había estado vendiéndose en el bazar por un puñado de monedas de cobre o por una hogaza de pan desde que había tenido la edad para hacerlo. 

Sin embargo, de algún modo, como las flores que cubren un estercolero, conservaba una belleza exquisita y lozana, toda dorada y blanca, como una flor. A pesar de la ropa raída y el cuerpo esquelético, la muchacha había llegado al corazón de Lythande.

—Bercy, ¿has comido hoy?

—No, mi señor.

Lythande llamó al eunuco gigantón Jiro, quien se encargaba de acompañar a los clientes que gozaban de favoritismo a las cámaras de las mujeres que habían escogido y de echar a la calle a los borrachos y a los groseros. 

El eunuco apareció con su enorme panza, desnudo salvo por un escueto taparrabos y con una docena de aros prendidos de una oreja. Una vez había tenido una amante que se dedicaba a la venta de anillos y lo había utilizado para exhibir el género.

—¿En qué podemos servir al mago Lythande?

Las mujeres repantigadas en los sofás y en los cojines cuchicheaban entre sí sorprendidas y consternadas, y Lythande casi podía oír sus pensamientos:

«Ninguna de nosotras ha sido capaz de atraer o de seducir al gran mago, ¿y ahora se ha encaprichado de esta muchacha de la calle harapienta?».

—¿Puedo ver a madame Myrtis, Jiro?

—Está durmiendo, oh, gran mago, pero ha dejado la orden de que la despertáramos a cualquier hora si era usted quien preguntaba por ella. ¿Esto de aquí... —ningún ser vivo puede alcanzar las cotas de desdén del jefe de los eunucos de un burdel de moda—... es suyo, señor Lythande? ¿O es un regalo para la madame?

—Ambas cosas, quizá. Dale algo de comer y búscale un lugar para pasar la noche.

—¿Y un baño, mago? ¡Lleva encima pulgas suficientes para infestar todos los cojines de una habitación!

—Sí, claro, también un baño femenino con esencias y aceites —dijo Lythande—, y algo que semeje un vestido completo.

—Yo me encargo —afirmó Jiro con satisfacción.

Bercy miró a Lythande con ojos asustados, pero obedeció al mago cuando este le indicó que acompañara a Jiro. Cuando el eunuco se la llevó, Lythande vio a Myrtis parada en la puerta. Era una mujer entrada en carnes, ya no joven, aunque poseía la belleza gélida de un hechizo. Envueltos por unas facciones perfectamente conjuradas, sus ojos expresaron calidez y afecto cuando sonrió a Lythande.

—Amor, no esperaba verte aquí. ¿Es tuya? —Sacudió la cabeza hacia la puerta que acababa de atravesar Jiro con la atemorizada Bercy—. Seguramente se escapará cuando le quites los ojos de encima, ya lo sabes, ¿no?

—Ojalá, Myrtis. Pero me temo que no tendré esa suerte.

—Será mejor que me cuentes toda la historia —dijo Myrtis.

Lythande le relató de una manera breve y sucinta todo el episodio.

—¡Y como te rías, Myrtis, retiraré mi conjuro y volverás a tener el pelo gris y la cara llena de arrugas para mofa de Santuario!

Myrtis, sin embargo, hacía demasiado tiempo que conocía a Lythande como para tomarse en serio su amenaza.

—¡De modo que la doncella que has rescatado arde en deseos por el amor de Lythande! —Rió entre dientes—. ¡Suena exactamente igual que una vieja balada!

—¿Qué voy a hacer, Myrtis? ¡Por los pezones de Shipri la Madre de Todo, me enfrento a un dilema!

—Confía en ella y explícale por qué es imposible el amor entre ustedes —respondió Myrtis.

Lythande frunció el ceño.

—Tú conoces mi secreto porque no tuve otra opción; me conociste antes de que adquiriera mis poderes o llevara la estrella azul...

—Y antes de que yo me hiciera ramera —aseveró Myrtis.

—Pero si provoco que esta chica se sienta estúpida por quererme, me odiará en la misma medida que me ama. Y no puedo compartir mi secreto con alguien a quien no pueda confiar mi vida y mis poderes. Todo lo que tengo es tuyo, Myrtis, por el pasado que compartimos. Incluidos mis poderes si alguna vez los necesitaras. Pero no puedo confiar todo eso a esa muchacha.

—Aun así está en deuda contigo por haberla rescatado de las garras de Rabben.

—Pensaré en ello —dijo Lythande—. Y ahora, apresúrate y tráeme algo de comer. Tengo un hambre y una sed que me muero.

Lythande se aisló en una habitación privada y comió y bebió servido personalmente por Myrtis.

—Yo nunca podría haber hecho tu voto... comer y beber sin ser visto por hombre alguno —dijo la madame.

—Si desearas tener el poder de un mago serías capaz de mantener tu promesa —respondió Lythande—. Ya rara vez siento la tentación de romperla. Solo temo quebrantarla sin darme cuenta. No puedo beber en las tabernas por si acaso entre las mujeres hubiera alguno de esos hombres extraños que hallan divertido vestirse con ropas femeninas. Por esa misma razón tampoco como ni bebo aquí en presencia de tus mujeres. Todo el poder depende de los votos y del secreto.

—En ese caso no puedo ayudarte —dijo Myrtis—. Ya que no quieres contarle la verdad a la chica, dile que juraste vivir sin mujeres.

—Tal vez lo haga —repuso Lythande, que acabó de comer con el rostro fruncido.

Pasado un rato, Bercy fue conducida a la habitación. Llegó con los ojos como platos, embelesada con el elegante vestido que le habían dado y el cabello recién lavado, que se le rizaba ligeramente alrededor de la cara sonrosada. De todo su cuerpo emanaba la fragancia dulce de los aceites de baño y los perfumes.

—En este sitio las chicas llevan una ropa tan bonita, ¡y una de ellas me ha dicho que podían comer dos veces al día si querían! ¿No le parece que soy lo suficientemente bonita como para que madame Myrtis deje que me quede?

—Si así lo deseas. Eres la más bonita de todas.

—Preferiría ser suya, mago —dijo Bercy con deseo, y volvió a arrojarse sobre Lythande. Se aferró al rostro demacrado del mago y tiró de él para acercárselo al suyo.

Lythande, quien rara vez tocaba algo con vida, la sujetó con suavidad, haciendo un esfuerzo para no revelar su consternación.

—Bercy, pequeña, solo es un capricho. Se te pasará.

—No —respondió sollozando la muchacha—. ¡Le amo! ¡Solo le quiero a usted!

Y entonces, de un modo inconfundible, Lythande notó ese ligero hormigueo de advertencia en su sistema nervioso, ese aviso en forma de estremecimiento que lo alertaba: «Hay un conjuro en marcha». El objetivo del encantamiento no era Lythande —en este caso podría haberlo contrarrestado—, sino otro espacio de la habitación.

«¿Aquí, en la Casa Afrodisia?». Lythande sabía que podía confiar a Myrtis su vida, su reputación, su fortuna, incluso sus poderes mágicos de la Estrella Azul. Ya lo había demostrado anteriormente. Además, en el caso de que la madame hubiera cambiado hasta el punto de ser capaz de traicionarlo, Lythande lo habría advertido en su aura cuando estaban juntos.

Eso solo dejaba a la muchacha, que continuaba asida a él y gimoteando.

—¡Moriré si no me ama! ¡Moriré! ¡Dígame que no es cierto, Lythande, que es usted incapaz de amar! ¡Dígame que es una burda mentira que los magos están castrados, que son incapaces de amar a las mujeres...!

—Sin duda es una burda mentira —afirmó Lythande con el gesto serio—. Te aseguro solemnemente que nunca me han castrado.

Sin embargo, Lythande notó un cosquilleo en los nervios mientras hablaba. Un mago podía mentir, y la mayoría de ellos lo hacía. Lythande siempre estaba dispuesto a mentir como cualquier otro, siempre por una buena causa, pero la ley de la Estrella Azul establecía lo siguiente: cuando se le realizara una pregunta directa relacionada con el secreto, el maestro no podía responder con una mentira directa. Y Bercy, en su inconsciencia, estaba a una sola pregunta de la cuestión fatídica sobre su secreto.

Con un esfuerzo descomunal, la magia de Lythande arrancó las costuras del mismísimo Tiempo. La chica se quedó petrificada, ajena al discurrir de los segundos, y Lythande se apartó de ella la distancia necesaria para estudiar su aura. Y en efecto, entre las trazas de su campo vibratorio se vislumbraba la sombra de una Estrella Azul, la de Rabben, dominando la voluntad de la chica.

Rabben. Rabben el Mediamano. Él había depositado su voluntad en la chica; él había ideado y organizado toda la trama, incluida la escena en la que la muchacha necesitaba ayuda; encantar a la muchacha para atraer a Lythande y hechizarlo.

La ley de la Estrella Azul prohibía a un maestro de la Estrella matar a otro, ya que todos serían necesarios para luchar hombro con hombro contra el Caos el día del fin del mundo. Sin embargo, si un maestro podía arrancarle el secreto de su poder a otro... entonces el mago que había perdido sus poderes ya no era necesario para el combate contra el Caos y podía ser asesinado.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Matar a la chica? Rabben también tomaría eso como una respuesta. El encantamiento que dominaba a Bercy la volvía irresistible para cualquier hombre. Si Lythande la dejaba marchar intacta, Rabben sabría que el secreto de Lythande descansaba en esa área y no cejaría en sus intentos por descubrirlo. 

En el caso de que Lythande no sucumbiera a los efectos de este conjuro sexual que hacía irresistible a Bercy, significaría que era un eunuco, o un homosexual o... Lythande empezó a sudar y no se atrevió a seguir tirando de ese hilo. Su secreto solo estaría a salvo mientras no le preguntaran. Su aura nunca lo delataría; pero una sola pregunta y todo habría acabado.

«Debería matarla —pensó Lythande—. Ya no estoy luchando solo por conservar mis poderes, también por mi secreto y mi vida. Sin duda, una vez que perdiera mi magia, Rabben no perdería un segundo en acabar conmigo como venganza por la pérdida de la mitad de la mano».

La muchacha seguía inmóvil, en trance. ¡Qué fácil sería matarla! Pero entonces Lythande recordó un antiguo cuento de hadas que tal vez podría utilizar para salvaguardar el secreto de la Estrella.

La luz parpadeó mientras el Tiempo regresaba a la cámara. Bercy seguía aferrada a él y gimoteando, ajena al lapso de tiempo detenido; Lythande ya había decidido lo que haría, y la muchacha notó que el mago la envolvía con sus brazos y la besaba en la boca anhelante.

—¡Tiene que amarme! ¡Moriré si no! —exclamó sollozando Bercy.

—Te haré mía —afirmó Lythande en un tono suavemente neutro y muy dulce—, pero incluso un mago es vulnerable en el amor, así que debo tomar algunas precauciones. Hay que preparar un lugar sin más luz ni sonido que los que yo aporte con mi magia; y tú has de jurar que no intentarás verme ni tocarme excepto por medio de esa luz mágica. ¿Lo juras por la Madre de Todo, Bercy? Si lo juras te amaré como nunca ninguna mujer ha sido amada jamás.

—Lo juro —respondió temblando la muchacha.

Lythande sintió una compasión infinita por Bercy, a quien Rabben había utilizado de un modo tan despiadado. Tanto, que ahora ella ardía viva en su amor —insatisfecho y provocado por el conjuro— por el mago y era prisionera de su pasión por Lythande. «Si me hubiera amado sin que mediara un conjuro, yo también podría haberla amado», pensó Lythande con amargura.

«¡Entonces podría haberle confiado mi secreto! Pero Bercy solo es un instrumento de Rabben; su amor por mí es obra suya, y en él no hay nada de su voluntad... ni de realidad...». De modo que todo lo que pasara entre ellos a partir de ese momento solo sería una pantomima representada para Rabben.

—Lo prepararé todo con mi magia.

Lythande salió de la cámara y pidió a Myrtis todo lo que necesitaba. La mujer se echó a reír, pero un mero vistazo al semblante sombrío de Lythande le cortó la risa de cuajo. Conocía al mago desde mucho antes de que le colocaran la Estrella Azul entre los ojos y guardaba el secreto de Lythande por el amor que le profesaba, así que le rompía el corazón verlo presa de tanto sufrimiento.

—Lo tendrás todo listo —dijo la madame—. Le echaré una droga en el vino para debilitar su voluntad, así te será más sencillo hechizarla.

—Rabben ya lo hizo por nosotros cuando utilizó el conjuro para que se enamorara de mí —dijo Lythande con un horrible poso de amargura en la voz.

—¿Habrías preferido que fuera de otro modo? —preguntó Myrtis, vacilante.

—¡Todos los dioses de Santuario están riéndose de mí! ¡Madre de Todo, ayúdame! Preferiría que fuera de otro modo. Podría amarla si no fuera un instrumento de Rabben.

Cuando todo estuvo listo, Lythande entró en la habitación oscura. No había más luz que la luz de la Estrella Azul. La muchacha estaba tumbada en la cama y levantó los brazos hacia el mago con un aire de abandono exaltado.

—¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo, amor mío!

—Enseguida —respondió Lythande, sentándose a su lado. Le acarició el cabello con una ternura que ni siquiera Myrtis habría sospechado que poseía—. Te cantaré una canción de amor de mi lejana patria.

Ella se estremeció de placer.

—¡Todo lo que venga de ti está bien, amor mío, mago mío!

Lythande sintió el vacío provocado por la desesperación absoluta. La muchacha era hermosa y estaba enamorada. Yacía tendida sobre la cama preparada para ambos, y sin embargo los separaba la vastedad del mundo. No se veía capaz de soportarlo.

Lythande cantó con su voz profunda y hermosa, una voz más encantadora que cualquier conjuro:

Ya se ha consumido la mitad de la noche; y la corona de la luna

Se desvanece, y ahora la corona de las estrellas palidece;

El cielo acepta a regañadientes la llegada de la mañana;

Yo sigo tendido solo.

Te amaré como ninguna mujer ha sido amada nunca.

Lythande reparó en las lágrimas en las mejillas de Bercy.

Entre la muchacha acostada en la cama y la figura inmóvil del mago, y mientras la túnica de Lythande caía pesadamente al suelo, empezó a cobrar forma un espectro; un espectro que en un primer momento pareció el doble de Lythande, alto y enjuto, con los ojos brillantes, con una estrella entre las cejas y un cuerpo pálido y sin cicatrices. 

Tenía la forma del mago, pero el espectro poseía una virilidad imponente, y avanzó hacia la mujer que lo esperaba inmóvil. La muchacha estaba cegada por su libido, atrapada, poseída, hechizada. Lythande le permitió ver la imagen fugazmente; ella no podía ver al verdadero Lythande que estaba detrás. Entonces, cuando Bercy cerró los ojos extasiada al notar el contacto del mago, este le acarició delicadamente los párpados con los dedos.

—¡Verás... lo que te pida que veas!

—¡Oirás... lo que te pida que oigas!

—¡Sentirás... solo lo que te pida que sientas, Bercy!

Y a partir de ese momento, Bercy quedó sometida al conjuro del espectro. Con indiferencia, sin inmutarse, Lythande observó cómo se cerraban los labios de la muchacha apretados contra el vacío y besaban unos labios invisibles; Lythande sabía en todo momento qué estaba tocándole y acariciándole. 

Cautivada y embelesada por la ilusión, que la llevó una y otra vez hasta las cimas del éxtasis, la muchacha soltó finalmente un grito de liberación. Solo para Lythande aquel grito sonó amargo, pues no iba dirigido a él, sino al espectro que la poseía.

Bercy quedó tendida en la cama, casi inconsciente, saciada, y Lythande la observó con dolor. Cuando la chica volvió a abrir los ojos, el mago estaba contemplándola con el gesto apesadumbrado.

Bercy tendió lánguidamente hacia él sus brazos.

—Es cierto, amor, me has amado como ninguna mujer había sido amada jamás.

Por primera y última vez, Lythande se inclinó hacia ella y apretó sus labios contra los de la muchacha en un beso largo y de una inmensa ternura.

—Duerme, querida.

Y cuando ella se sumió en un sueño extático y exhausto, Lythande rompió a llorar.

Mucho antes de que la chica se despertara, Lythande se levantó y se preparó en la pequeña cámara de Myrtis para emprender un viaje.

—El conjuro se mantendrá. Irá corriendo a Rabben con la historia... la historia de Lythande, ¡el amante sin parangón! Lythande, ¡el de la virilidad inagotable! ¡Capaz de amar a una doncella hasta agotarle las energías! —La amargura teñía de aspereza la voz profunda de Lythande.

—Y mucho antes de que regreses a Santuario, cuando los efectos del conjuro hayan desaparecido, ya te habrá olvidado en los brazos de muchos otros amantes —afirmó Myrtis—. Sería mejor y más seguro que así fuera.

—Cierto —dijo Lythande, aunque añadió con la voz quebrada—: Cuida de ella, Myrtis. Trátala con cariño.

—Lo haré. Te lo prometo, Lythande.

—Ojalá hubiera podido amarme sin más...

El mago se derrumbó y volvió a llorar brevemente. Myrtis apartó la mirada, desagarrada por el dolor. No sabía cómo consolar a Lythande.

—¡Ojalá hubiera podido amarme por lo que soy, sin el conjuro de Rabben de por medio! ¡Amarme sin fingimientos! Pero temía no poder dominar el conjuro obrado en ella por Rabben... ni confiar en que no me traicionara cuando supiera que...

Myrtis rodeó tiernamente a Lythande con sus brazos rellenitos.

—¿Te arrepientes?

La pregunta era ambigua. Podría haber significado «¿Te arrepientes de no haber matado a la chica?», o «¿Te arrepientes de la promesa y del secreto que habrán de acompañarte hasta el día del fin del mundo?». Lythande prefirió responder a la segunda interpretación:

—¿Si mi arrepiento? Llegará un día en que tendré que luchar contra el Caos junto al resto de mi orden. Al lado de Rabben incluso, si no lo matan antes. Y solo eso debe justificar mi existencia y mi secreto. Sin embargo, ahora tengo que marcharme de Santuario, y quién sabe cuándo los avatares de la vida me traerán de nuevo a esta dirección. Dame un beso de despedida, hermana.

Myrtis se puso de puntillas y sus labios se fundieron con los de Lythande.

—Hasta que volvamos a vernos, Lythande —se despidió la madame—. Que Ella te asista y cuide de ti eternamente. Adiós, mi querida hermana.

La maga Lythande se ciñó entonces la espada y abandonó la ciudad de Santuario sin ser vista ni oída cuando empezaba a despuntar el alba. Y en su frente, el brillo de la Estrella Azul empezó a atenuarse por la aparición del sol. Ni una sola vez volvió la vista atrás.

El carbunclo azul - Arthur Conan Doyle

Dos días después de la Navidad, pasé a visitar a mi ami­go Sherlock Holmes con la intención de transmitirle las fe­licitaciones propias de la época. Lo encontré tumbado en el sofá, con una bata morada, el colgador de las pipas a su derecha y un montón de periódicos arrugados, que evi­dentemente acababa de estudiar, al alcance de la mano. Al lado del sofá había una silla de madera, y de una esquina de su respaldo colgaba un sombrero de fieltro ajado y mu­griento, gastadísimo por el uso y roto por varias partes. Una lupa y unas pinzas dejadas sobre el asiento indicaban que el sombrero había sido colgado allí con el fin de exami­narlo.

-Veo que está usted ocupado -dije-. ¿Le interrumpo?

-Nada de eso. Me alegro de tener un amigo con el que po­der comentar mis conclusiones. Se trata de un caso absolu­tamente trivial -señaló con el pulgar el viejo sombrero-, pero algunos detalles relacionados con él no carecen por completo de interés, e incluso resultan instructivos.

Me senté en su butaca y me calenté las manos en la chime­nea, pues estaba cayendo una buena helada y los cristales es­taban cubiertos de placas de hielo.

-Supongo -comenté- que, a pesar de su aspecto inocen­te, ese objeto tendrá una historia terrible... o tal vez es la pis­ta que le guiará a la solución de algún misterio y al castigo de algún delito.

-No, qué va. Nada de crímenes -dijo Sherlock Holmes, echándose a reír-. Tan sólo uno de esos incidentes capricho­sos que suelen suceder cuando tenemos cuatro millones de seres humanos apretujados en unas pocas millas cuadradas. Entre las acciones y reacciones de un enjambre humano tan numeroso, cualquier combinación de acontecimientos es posible, y pueden surgir muchos pequeños problemas que resultan extraños y sorprendentes, sin tener nada de delicti­vo. Ya hemos tenido experiencias de ese tipo.

-Ya lo creo -comenté-. Hasta el punto de que, de los seis últimos casos que he añadido a mis archivos, hay tres com­pletamente libres de delito, en el aspecto legal.

-Exacto. Se refiere usted a mi intento de recuperar los pa­peles de Irene Adler, al curioso caso de la señorita Mary Sut­herland, y a la aventura del hombre del labio retorcido. Pues bien, no me cabe duda de que este asuntillo pertenece a la misma categoría inocente. ¿Conoce usted a Peterson, el re­cadero?

-Sí.

-Este trofeo le pertenece.

-¿Es su sombrero?

-No, no, lo encontró. El propietario es desconocido. Le ruego que no lo mire como un sombrerucho desastrado, sino como un problema intelectual. Veamos, primero, cómo llegó aquí. Llegó la mañana de Navidad, en compañía de un ganso cebado que, no me cabe duda, ahora mismo se está asando en la cocina de Peterson. Los hechos son los siguien­tes. A eso de las cuatro de la mañana del día de Navidad, Pe­terson, que, como usted sabe, es un tipo muy honrado, re­gresaba de alguna pequeña celebración y se dirigía a su casa bajando por Tottenham Court Road. A la luz de las farolas vio a un hombre alto que caminaba delante de él, tamba­leándose un poco y con un ganso blanco al hombro. Al llegar a la esquina de Goodge Street, se produjo una trifulca entre este desconocido y un grupillo de maleantes. Uno de éstos le quitó el sombrero de un golpe; el desconocido levantó su bastón para defenderse y, al enarbolarlo sobre su cabeza, rompió el escaparate de la tienda que tenía detrás. Peterson había echado a correr para defender al desconocido contra sus agresores, pero el hombre, asustado por haber roto el es­caparate y viendo una persona de uniforme que corría hacia él, dejó caer el ganso, puso pies en polvorosa y se desvaneció en el laberinto de callejuelas que hay detrás de Tottenham Court Road. También los matones huyeron al ver aparecer a Peterson, que quedó dueño del campo de batalla y también del botín de guerra, formado por este destartalado sombre­ro y un impecable ejemplar de ganso de Navidad.

-¿Cómo es que no se los devolvió a su dueño?

-Mi querido amigo, en eso consiste el problema. Es cier­to que en una tarjetita atada a la pata izquierda del ave decía «Para la señora de Henry Baker», y también es cierto que en el forro de este sombrero pueden leerse las iniciales «H. B.»; pero como en esta ciudad nuestra existen varios miles de Ba­kers y varios cientos de Henry Bakers, no resulta nada fácil devolverle a uno de ellos sus propiedades perdidas.

-¿Y qué hizo entonces Peterson?

-La misma mañana de Navidad me trajo el sombrero y el ganso, sabiendo que a mí me interesan hasta los problemas más insignificantes. Hemos guardado el ganso hasta esta mañana, cuando empezó a dar señales de que, a pesar de la helada, más valía comérselo sin retrasos innecesarios. Así pues, el hombre que lo encontró se lo ha llevado para que cumpla el destino final de todo ganso, y yo sigo en poder del sombrero del desconocido caballero que se quedó sin su cena de Navidad.

-¿No puso ningún anuncio?

-No.

-¿Y qué pistas tiene usted de su identidad?

-Sólo lo que podemos deducir.

-¿De su sombrero?

-Exactamente.

-Está usted de broma. ¿Qué se podría sacar de esa ruina de fieltro?

-Aquí tiene mi lupa. Ya conoce usted mis métodos. ¿Qué puede deducir usted referente a la personalidad del hombre que llevaba esta prenda?

Tomé el pingajo en mis manos y le di un par de vueltas de mala gana. Era un vulgar sombrero negro de copa re­donda, duro y muy gastado. El forro había sido de seda roja, pero ahora estaba casi completamente descolorido. No llevaba el nombre del fabricante, pero, tal como Holmes había dicho, tenía garabateadas en un costado las iniciales «H. B.». El ala tenía presillas para sujetar una goma elásti­ca, pero faltaba ésta. Por lo demás, estaba agrietado, lleno de polvo y cubierto de manchas, aunque parecía que ha­bían intentado disimular las partes descoloridas pintándo­las con tinta.

-No veo nada -dije, devolviéndoselo a mi amigo.

-Al contrario, Watson, lo tiene todo a la vista. Pero no es capaz de razonar a partir de lo que ve. Es usted demasiado tímido a la hora de hacer deducciones.

-Entonces, por favor, dígame qué deduce usted de este sombrero.

Lo cogió de mis manos y lo examinó con aquel aire intros­pectivo tan característico.

-Quizás podría haber resultado más sugerente -dijo-, pero aun así hay unas cuantas deducciones muy claras, y otras que presentan, por lo menos, un fuerte saldo de proba­bilidad. Por supuesto, salta a la vista que el propietario es un hombre de elevada inteligencia, y también que hace menos de tres años era bastante rico, aunque en la actualidad atra­viesa malos momentos. Era un hombre previsor, pero ahora no lo es tanto, lo cual parece indicar una regresión moral que, unida a su declive económico, podría significar que so­bre él actúa alguna influencia maligna, probablemente la be­bida. Esto podría explicar también el hecho evidente de que su mujer ha dejado de amarle.

-¡Pero... Holmes, por favor!

-Sin embargo, aún conserva un cierto grado de amor propio -continuó, sin hacer caso de mis protestas-. Es un hombre que lleva una vida sedentaria, sale poco, se encuen­tra en muy mala forma física, de edad madura, y con el pelo gris, que se ha cortado hace pocos días y en el que se aplica fijador. Éstos son los datos más aparentes que se deducen de este sombrero. Además, dicho sea de paso, es sumamente improbable que tenga instalación de gas en su casa.

-Se burla usted de mí, Holmes.

-Ni muchos menos. ¿Es posible que aún ahora, cuando le acabo de dar los resultados, sea usted incapaz de ver cómo los he obtenido?

-No cabe duda de que soy un estúpido, pero tengo que confesar que soy incapaz de seguirle. Por ejemplo: ¿de dónde saca que el hombre es inteligente?

A modo de respuesta, Holmes se encasquetó el sombrero en la cabeza. Le cubría por completo la frente y quedó apo­yado en el puente de la nariz.

-Cuestión de capacidad cúbica -dijo-. Un hombre con un cerebro tan grande tiene que tener algo dentro.

-¿Y su declive económico?

-Este sombrero tiene tres años. Fue por entonces cuando salieron estas alas planas y curvadas por los bordes. Es un sombrero de la mejor calidad. Fíjese en la cinta de seda con remates y en la excelente calidad del forro. Si este hombre podía permitirse comprar un sombrero tan caro hace tres años, y desde entonces no ha comprado otro, es indudable que ha venido a menos.

-Bueno, sí, desde luego eso está claro. ¿Y eso de que era previsor, y lo de la regresión moral?

Sherlock Holmes se echó a reír.

-Aquí está la precisión -dijo, señalando con el dedo la presilla para enganchar la goma sujeta sombreros-. Ningún sombrero se vende con esto. El que nuestro hombre lo hi­ciera poner es señal de un cierto nivel de previsión, ya que se tomó la molestia de adoptar esta precaución contra el viento. Pero como vemos que desde entonces se le ha roto la goma y no se ha molestado en cambiarla, resulta evidente que ya no es tan previsor como antes, lo que demuestra cla­ramente que su carácter se debilita. Por otra parte, ha pro­curado disimular algunas de las manchas pintándolas con tinta, señal de que no ha perdido por completo su amor propio.

-Desde luego, es un razonamiento plausible.

-Los otros detalles, lo de la edad madura, el cabello gris, el reciente corte de pelo y el fijador, se advierten examinan­do con atención la parte inferior del forro. La lupa revela una gran cantidad de puntas de cabello, limpiamente cortadas por la tijera del peluquero. Todos están pegajosos, y se nota un inconfundible olor a fijador. Este polvo, fíjese usted, no es el polvo gris y terroso de la calle, sino la pelusilla parda de las casas, lo cual demuestra que ha permanecido colgado den­tro de casa la mayor parte del tiempo; y las manchas de su­dor del interior son una prueba palpable de que el propieta­rio transpira abundantemente y, por lo tanto, difícilmente puede encontrarse en buena forma física.

-Pero lo de su mujer... dice usted que ha dejado de amarle.

-Este sombrero no se ha cepillado en semanas. Cuando le vea a usted, querido Watson, con polvo de una semana acu­mulado en el sombrero, y su esposa le deje salir en semejante estado, también sospecharé que ha tenido la desgracia de perder el cariño de su mujer.

-Pero podría tratarse de un soltero.

-No, llevaba a casa el ganso como ofrenda de paz a su mu­jer. Recuerde la tarjeta atada a la pata del ave.

-Tiene usted respuesta para todo. Pero ¿cómo demonios ha deducido que no hay instalación de gas en su casa?

-Una mancha de sebo, e incluso dos, pueden caer por ca­sualidad; pero cuando veo nada menos que cinco, creo que existen pocas dudas de que este individuo entra en frecuente contacto con sebo ardiendo; probablemente, sube las escale­ras cada noche con el sombrero en una mano y un candil go­teante en la otra. En cualquier caso, un aplique de gas no produce manchas de sebo. ¿Está usted satisfecho?

-Bueno, es muy ingenioso -dije, echándome a reír-. Pero, puesto que no se ha cometido ningún delito, como antes de­cíamos, y no se ha producido ningún daño, a excepción del extravío de un ganso, todo esto me parece un despilfarro de energía.

Sherlock Holmes había abierto la boca para responder cuando la puerta se abrió de par en par y Peterson el recade­ro entró en la habitación con el rostro enrojecido y una ex­presión de asombro sin límites.

-¡El ganso, señor Holmes! ¡El ganso, señor! -decía ja­deante.

-¿Eh? ¿Qué pasa con él? ¿Ha vuelto a la vida y ha salido volando por la ventana de la cocina? -Holmes rodó sobre el sofá para ver mejor la cara excitada del hombre.

-¡Mire, señor! ¡Vea lo que ha encontrado mi mujer en el buche! -extendió la mano y mostró en el centro de la palma una piedra azul de brillo deslumbrador, bastante más pe­queña que una alubia, pero tan pura y radiante que cente­lleaba como una luz eléctrica en el hueco oscuro de la mano.

Sherlock Holmes se incorporó lanzando un silbido.

-¡Por Júpiter, Peterson! -exclamó-. ¡A eso le llamo yo en­contrar un tesoro! Supongo que sabe lo que tiene en la mano.

-¡Un diamante, señor! ¡Una piedra preciosa! ¡Corta el cristal como si fuera masilla!

-Es más que una piedra preciosa. Es la piedra preciosa.

-¿No se referirá al carbunclo azul de la condesa de Mor­car? -exclamé yo.

-Precisamente. No podría dejar de reconocer su tamaño y forma, después de haber estado leyendo el anuncio en el Times tantos días seguidos. Es una piedra absolutamente única, y sobre su valor sólo se pueden hacer conjeturas, pero la recompensa que se ofrece, mil libras esterlinas, no llega ni a la vigésima parte de su precio en el mercado.

-¡Mil libras! ¡Santo Dios misericordioso! -el recadero se desplomó sobre una silla, mirándonos alternativamente a uno y a otro.

-Ésa es la recompensa, y tengo razones para creer que existen consideraciones sentimentales en la historia de esa piedra que harían que la condesa se desprendiera de la mi­tad de su fortuna con tal de recuperarla.

-Si no recuerdo mal, desapareció en el hotel Cosmopoli­tan -comenté.

-Exactamente, el 22 de diciembre, hace cinco días. John Horner, fontanero, fue acusado de haberla sustraído del jo­yero de la señora. Las pruebas en su contra eran tan sólidas que el caso ha pasado ya a los tribunales. Creo que tengo por aquí un informe -rebuscó entre los periódicos, consultando las fechas, hasta que seleccionó uno, lo dobló y leyó el si­guiente párrafo:

 «Robo de joyas en el hotel Cosmopolitan. John Horner, de 26 años, fontanero, ha sido detenido bajo la acusación de ha­ber sustraído, el 22 del corriente, del joyero de la condesa de Morcar, la valiosa piedra conocida como "el carbunclo azul". James Ryder, jefe de servicio del hotel, declaró que el día del robo había conducido a Horner al gabinete de la con­desa de Morcar, para que soldara el segundo barrote de la rejilla de la chimenea, que estaba suelto. Permaneció un rato junto a Horner, pero al cabo de algún tiempo tuvo que au­sentarse. 

Al regresar comprobó que Horner había desapare­cido, que el escritorio había sido forzado y que el cofrecillo de tafilete en el que, según se supo luego, la condesa acos­tumbraba a guardar la joya, estaba tirado, vacío, sobre el to­cador. Ryder dio la alarma al instante, y Horner fue detenido esa misma noche, pero no se pudo encontrar la piedra en su poder ni en su domicilio. 

Catherine Cusack, doncella de la condesa, declaró haber oído el grito de angustia que profirió Ryder al descubrir el robo, y haber corrido a la habitación, donde se encontró con la situación ya descrita por el ante­rior testigo. 

El inspector Bradstreet, de la División B, confir­mó la detención de Horner, que se resistió violentamente y declaró su inocencia en los términos más enérgicos. Al exis­tir constancia de que el detenido había sufrido una condena anterior por robo, el magistrado se negó a tratar sumaria­mente el caso, remitiéndolo a un tribunal superior. Horner, que dio muestras de intensa emoción durante las diligen­cias, se desmayó al oír la decisión y tuvo que ser sacado de la sala.»

-¡Hum! Hasta aquí, el informe de la policía -dijo Holmes, pensativo-. Ahora, la cuestión es dilucidar la cadena de acontecimientos que van desde un joyero desvalijado, en un extremo, al buche de un ganso en Tottenham Court Road, en el otro. Como ve, Watson, nuestras pequeñas deducciones han adquirido de pronto un aspecto mucho más importante y menos inocente. 

Aquí está la piedra; la piedra vino del gan­so y el ganso vino del señor Henry Baker, el caballero del sombrero raído y todas las demás características con las que le he estado aburriendo. Así que tendremos que ponernos muy en serio a la tarea de localizar a este caballero y determi­nar el papel que ha desempeñado en este pequeño misterio. Y para eso, empezaremos por el método más sencillo, que sin duda consiste en poner un anuncio en todos los periódi­cos de la tarde. Si esto falla, recurriremos a otros métodos.

-¿Qué va usted a decir?

-Déme un lápiz y esa hoja de papel. Vamos a ver: «Encon­trados un ganso y un sombrero negro de fieltro en la esquina de Goodge Street. El señor Henry Baker puede recuperar­los presentándose esta tarde a las 6,30 en el 221 B de Baker Street». Claro y conciso.

-Mucho. Pero ¿lo verá él?

-Bueno, desde luego mirará los periódicos, porque para un hombre pobre se trata de una pérdida importante. No cabe duda de que se asustó tanto al romper el escaparate y ver acercarse a Peterson que no pensó más que en huir; pero luego debe de haberse arrepentido del impulso que le hizo soltar el ave. Pero además, al incluir su nombre nos asegura­mos de que lo vea, porque todos los que le conozcan se lo ha­rán notar. Aquí tiene, Peterson, corra a la agencia y que in­serten este anuncio en los periódicos de la tarde.

-¿En cuáles, señor?

-Oh, pues en el Globe, el Star, el Pall Mall, la St. James Ga­zette, el Evening News, el Standard, el Echo y cualquier otro que se le ocurra.

-Muy bien, señor. ¿Y la piedra?

-Ah, sí, yo guardaré la piedra. Gracias. Y oiga, Peterson, en el camino de vuelta compre un ganso y tráigalo aquí, por­que tenemos que darle uno a este caballero a cambio del que se está comiendo su familia.

Cuando el recadero se hubo marchado, Holmes levantó la piedra y la miró al trasluz.

-¡Qué maravilla! -dijo-. Fíjese cómo brilla y centellea. Por supuesto, esto es como un imán para el crimen, lo mis­mo que todas las buenas piedras preciosas. Son el cebo favo­rito del diablo. En las piedras más grandes y más antiguas, se puede decir que cada faceta equivale a un crimen sangrien­to. Esta piedra aún no tiene ni veinte años de edad. 

La en­contraron a orillas del río Amoy, en el sur de China, y pre­senta la particularidad de poseer todas las características del carbunclo, salvo que es de color azul en lugar de rojo rubí. A pesar de su juventud, ya cuenta con un siniestro historial. Ha habido dos asesinatos, un atentado con vitriolo, un suicidio y varios robos, todo por culpa de estos doce kilates de car­bón cristalizado. ¿Quién pensaría que tan hermoso juguete es un proveedor de carne para el patíbulo y la cárcel? Lo guardaré en mi caja fuerte y le escribiré unas líneas a la con­desa, avisándole de que lo tenemos.

-¿Cree usted que ese Horner es inocente?

-No lo puedo saber.

-Entonces, ¿cree usted que este otro, Henry Baker, tiene algo que ver con el asunto?

-Me parece mucho más probable que Henry Baker sea un hombre completamente inocente, que no tenía ni idea de que el ave que llevaba valía mucho más que si estuviera hecha de oro macizo. No obstante, eso lo comprobaremos mediante una sencilla prueba si recibimos respuesta a nuestro anuncio.

-¿Y hasta entonces no puede hacer nada?

-Nada.

-En tal caso, continuaré mi ronda profesional, pero volve­ré esta tarde a la hora indicada, porque me gustaría presen­ciar la solución a un asunto tan embrollado.

-Encantado de verle. Cenaré a las siete. Creo que hay be­cada. Por cierto que, en vista de los recientes acontecimien­tos, quizás deba decirle a la señora Hudson que examine cui­dadosamente el buche.

Me entretuve con un paciente, y era ya más tarde de las seis y media cuando pude volver a Baker Street. Al acercar­me a la casa vi a un hombre alto con boina escocesa y cha­queta abotonada hasta la barbilla, que aguardaba en el bri­llante semicírculo de luz de la entrada. Justo cuando yo llegaba, la puerta se abrió y nos hicieron entrar juntos a los aposentos de Holmes.

-El señor Henry Baker, supongo -dijo Holmes, levantán­dose de su butaca y saludando al visitante con aquel aire de jovialidad espontánea que tan fácil le resultaba adoptar-. Por favor, siéntese aquí junto al fuego, señor Baker. Hace frío esta noche, y veo que su circulación se adapta mejor al vera­no que al invierno. Ah, Watson, llega usted muy a punto. ¿Es éste su sombrero, señor Baker?

-Sí, señor, es mi sombrero, sin duda alguna.

Era un hombre corpulento, de hombros cargados, cabeza voluminosa y un rostro amplio e inteligente, rematado por una barba puntiaguda, de color castaño canoso. Un toque de color en la nariz y las mejillas, junto con un ligero temblor en su mano extendida, me recordaron la suposición de Holmes acerca de sus hábitos. 

Su levita, negra y raída, estaba aboto­nada hasta arriba, con el cuello alzado, y sus flacas muñecas salían de las mangas sin que se advirtieran indicios de puños ni de camisa. Hablaba en voz baja y entrecortada, eligiendo cuidadosamente sus palabras, y en general daba la impre­sión de un hombre culto e instruido, maltratado por la for­tuna.

-Hemos guardado estas cosas durante varios días -dijo Holmes- porque esperábamos ver un anuncio suyo, dando su dirección. No entiendo cómo no puso usted el anuncio. Nuestro visitante emitió una risa avergonzada.

-No ando tan abundante de chelines como en otros tiem­pos -dijo-. Estaba convencido de que la pandilla de malean­tes que me asaltó se había llevado mi sombrero y el ganso. No tenía intención de gastar más dinero en un vano intento de recuperarlos.

-Es muy natural. A propósito del ave... nos vimos obliga­dos a comérnosla.

-¡Se la comieron! -nuestro visitante estaba tan excitado que casi se levantó de la silla.

-Sí; de no hacerlo no le habría aprovechado a nadie. Pero supongo que este otro ganso que hay sobre el aparador, que pesa aproximadamente lo mismo y está perfectamente fres­co, servirá igual de bien para sus propósitos.

-¡Oh, desde luego, desde luego! -respondió el señor Ba­ker con un suspiro de alivio.

-Por supuesto, aún tenemos las plumas, las patas, el bu­che y demás restos de su ganso, así que si usted quiere...

El hombre se echó a reír de buena gana.

-Podrían servirme como recuerdo de la aventura -dijo-, pero aparte de eso, no veo de qué utilidad me iban a resultar los disjecta membra de mi difunto amigo. No, señor, creo que, con su permiso, limitaré mis atenciones a la excelente ave que veo sobre el aparador.

Sherlock Holmes me lanzó una intensa mirada de reojo, acompañada de un encogimiento de hombros.

-Pues aquí tiene usted su sombrero, y aquí su ave -dijo-. Por cierto, ¿le importaría decirme dónde adquirió el otro ganso? Soy bastante aficionado a las aves de corral y pocas veces he visto una mejor criada.

-Desde luego, señor -dijo Baker, que se había levantado, con su recién adquirida propiedad bajo el brazo-. Algunos de nosotros frecuentamos el mesón Alpha, cerca del mu­seo... Durante el día, sabe usted, nos encontramos en el mu­seo mismo. Este año, el patrón, que se llama Windigate, es­tableció un Club del Ganso, en el que, pagando unos pocos peniques cada semana, recibiríamos un ganso por Navidad. Pagué religiosamente mis peniques, y el resto ya lo conoce usted. Le estoy muy agradecido, señor, pues una boina esco­cesa no resulta adecuada ni para mis años ni para mi carác­ter discreto.

Con cómica pomposidad, nos dedicó una solemne reve­rencia y se marchó por su camino.

-Con esto queda liquidado el señor Henry Baker -dijo Holmes, después de cerrar la puerta tras él-. Es indudable que no sabe nada del asunto. ¿Tiene usted hambre, Watson?

-No demasiada.

-Entonces, le propongo que aplacemos la cena y sigamos esta pista mientras aún esté fresca.

-Con mucho gusto.

Hacía una noche muy cruda, de manera que nos pusimos nuestros gabanes y nos envolvimos el cuello con bufandas. En el exterior, las estrellas brillaban con luz fría en un cielo sin nubes, y el aliento de los transeúntes despedía tanto humo como un pistoletazo. 

Nuestras pisadas resonaban fuertes y secas mientras cruzábamos el barrio de los médi­cos, Wimpole Street, Harley Street y Wigmore Street, hasta desembocar en Oxford Street. Al cabo de un cuarto de hora nos encontrábamos en Bloomsbury, frente al mesón Alpha, que es un pequeño establecimiento público situado en la es­quina de una de las calles que se dirigen a Holborn. Holmes abrió la puerta del bar y pidió dos vasos de cerveza al dueño, un hombre de cara colorada y delantal blanco.

-Su cerveza debe de ser excelente, si es tan buena como sus gansos -dijo.

-¡Mis gansos! -el hombre parecía sorprendido.

-Sí. Hace tan sólo media hora, he estado hablando con el señor Henry Baker, que es miembro de su Club del Ganso.

-¡Ah, ya comprendo! Pero, verá usted, señor, los gansos no son míos.

-¿Ah, no? ¿De quién son, entonces?

-Bueno, le compré las dos docenas a un vendedor de Co­vent Garden.

-¿De verdad? Conozco a algunos de ellos. ¿Cuál fue?

-Se llama Breckinridge.

-¡Ah! No le conozco. Bueno, a su salud, patrón, y por la prosperidad de su casa. Buenas noches.

-Y ahora, vamos a por el señor Breckinridge -continuó, abotonándose el gabán mientras salíamos al aire helado de la calle-. Recuerde, Watson, que aunque tengamos a un ex­tremo de la cadena una cosa tan vulgar como un ganso, en el otro tenemos un hombre que se va a pasar siete años de tra­bajos forzados, a menos que podamos demostrar su inocen­cia. 

Es posible que nuestra investigación confirme su culpa­bilidad; pero, en cualquier caso, tenemos una linea de inves­tigación que la policía no ha encontrado y que una increíble casualidad ha puesto en nuestras manos. Sigámosla hasta su último extremo. ¡Rumbo al sur, pues, y a paso ligero!

Atravesamos Holborn, bajando por Endell Street, y zigza­gueamos por una serie de callejuelas hasta llegar al mercado de Covent Garden. Uno de los puestos más grandes tenía en­cima el rótulo de Breckinridge, y el dueño, un hombre con aspecto de caballo, de cara astuta y patillas recortadas, esta­ba ayudando a un muchacho a echar el cierre.

-Buenas noches, y fresquitas -dijo Holmes.

El vendedor asintió y dirigió una mirada inquisitiva a mi compañero.

-Por lo que veo, se le han terminado los gansos -continuó Holmes, señalando los estantes de mármol vacíos.

-Mañana por la mañana podré venderle quinientos.

-Eso no me sirve.

-Bueno, quedan algunos que han cogido olor a gas.

-Oiga, que vengo recomendado.

-¿Por quién?

-Por el dueño del Alpha.

-Ah, sí. Le envié un par de docenas.

-Y de muy buena calidad. ¿De dónde los sacó usted? Ante mi sorpresa, la pregunta provocó un estallido de có­lera en el vendedor.

-Oiga usted, señor -dijo con la cabeza erguida y los bra­zos en jarras-. ¿Adónde quiere llegar? Me gustan la cosas claritas.

-He sido bastante claro. Me gustaría saber quién le vendió los gansos que suministró al Alpha.

-Y yo no quiero decírselo. ¿Qué pasa?

-Oh, la cosa no tiene importancia. Pero no sé por qué se pone usted así por una nimiedad.

-¡Me pongo como quiero! ¡Y usted también se pondría así si le fastidiasen tanto como a mí! Cuando pago buen dinero por un buen artículo, ahí debe terminar la cosa. ¿A qué viene tanto «¿Dónde están los gansos?» y «¿A quién le ha vendido los gansos?» y «¿Cuánto quiere usted por los gansos?» Cual­quiera diría que no hay otros gansos en el mundo, a juzgar por el alboroto que se arma con ellos.

-Le aseguro que no tengo relación alguna con los que le han estado interrogando -dijo Holmes con tono indiferen­te-. Si no nos lo quiere decir, la apuesta se queda en nada. Pero me considero un entendido en aves de corral y he apos­tado cinco libras a que el ave que me comí es de campo.

-Pues ha perdido usted sus cinco libras, porque fue criada en Londres -atajó el vendedor.

-De eso, nada.

-Le digo yo que sí.

-No le creo.

-¿Se cree que sabe de aves más que yo, que vengo mane­jándolas desde que era un mocoso? Le digo que todos los gansos que le vendí al Alpha eran de Londres.

-No conseguirá convencerme.

-¿Quiere apostar algo?

-Es como robarle el dinero, porque me consta que tengo razón. Pero le apuesto un soberano, sólo para que aprenda a no ser tan terco.

El vendedor se rió por lo bajo y dijo:

-Tráeme los libros, Bill.

El muchacho trajo un librito muy fino y otro muy grande con tapas grasientas, y los colocó juntos bajo la lámpara.

-Y ahora, señor Sabelotodo -dijo el vendedor-, creía que no me quedaban gansos, pero ya verá cómo aún me queda uno en la tienda. ¿Ve usted este librito?

-Sí, ¿y qué?

-Es la lista de mis proveedores. ¿Ve usted? Pues bien, en esta página están los del campo, y detrás de cada nombre hay un número que indica la página de su cuenta en el libro mayor. ¡Veamos ahora! ¿Ve esta otra página en tinta roja? Pues es la lista de mis proveedores de la ciudad. Ahora, fíjese en el tercer nombre. Léamelo.

-Señora Oakshott, 117 Brixton Road... 249 -leyó Holmes.

-Exacto. Ahora, busque esa página en el libro mayor. Holmes buscó la página indicada.

-Aquí está: señora Oakshott, 117 Brixton Road, provee­dores de huevos y pollería.

-Muy bien. ¿Cuáles la última entrada?

-Veintidós de diciembre. Veinticuatro gansos a siete che­lines y seis peniques.

-Exacto. Ahí lo tiene. ¿Qué pone debajo?

-Vendidos al señor Windigate, del Alpha, a doce chelines.

-¿Qué me dice usted ahora?

Sherlock Holmes parecía profundamente disgustado. Sacó un soberano del bolsillo y lo arrojó sobre el mostrador, retirándose con el aire de quien está tan fastidiado que inclu­so le faltan las palabras. A los pocos metros se detuvo bajo un farol y se echó a reír de aquel modo alegre y silencioso tan característico en él.

-Cuando vea usted un hombre con patillas recortadas de ese modo y el «Pink `Un» asomándole del bolsillo, puede es­tar seguro de que siempre se le podrá sonsacar mediante una apuesta -dijo-. Me atrevería a decir que si le hubiera puesto delante cien libras, el tipo no me habría dado una informa­ción tan completa como la que le saqué haciéndole creer que me ganaba una apuesta. 

Bien, Watson, me parece que nos vamos acercando al foral de nuestra investigación, y lo único que queda por determinar es si debemos visitar a esta señora Oakshott esta misma noche o si lo dejamos para mañana. Por lo que dijo ese tipo tan malhumorado, está claro que hay otras personas interesadas en el asunto, aparte de nosotros, y yo creo...

Sus comentarios se vieron interrumpidos de pronto por un fuerte vocerío procedente del puesto que acabábamos de abandonar. Al darnos la vuelta, vimos a un sujeto pequeño y con cara de rata, de pie en el centro del círculo de luz pro­yectado por la lámpara colgante, mientras Breckinridge, el tendero, enmarcado en la puerta de su establecimiento, agi­taba ferozmente sus puños en dirección a la figura encogida del otro.

-¡Ya estoy harto de ustedes y sus gansos! -gritaba-. ¡Vá­yanse todos al diablo! Si vuelven a fastidiarme con sus ton­terías, les soltaré el perro. Que venga aquí la señora Oaks­hott y le contestaré, pero ¿a usted qué le importa? ¿Acaso le compré a usted los gansos?

-No, pero uno de ellos era mío -gimió el hombrecillo. -Pues pídaselo a la señora Oakshott.

-Ella me dijo que se lo pidiera a usted.

-Pues, por mí, se lo puede ir a pedir al rey de Prusia. Yo ya no aguanto más. ¡Largo de aquí!

Dio unos pasos hacia delante con gesto feroz y el pregun­tón se esfumó entre las tinieblas.

-Ajá, esto puede ahorrarnos una visita a Brixton Road -susurró Holmes-. Venga conmigo y veremos qué podemos sacarle a ese tipo.

Avanzando a largas zancadas entre los reducidos grupi­llos de gente que aún rondaban en torno a los puestos ilumi­nados, mi compañero no tardó en alcanzar al hombrecillo y le tocó con la mano en el hombro. El individuo se volvió bruscamente y pude ver a la luz de gas que de su cara había desaparecido todo rastro de color.

-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -preguntó con voz tem­blorosa.

-Perdone usted -dijo Holmes en tono suave-, pero no he podido evitar oír lo que le preguntaba hace un momento al tendero, y creo que yo podría ayudarle.

-¿Usted? ¿Quién es usted? ¿Cómo puede saber nada de este asunto?

-Me llamo Sherlock Holmes, y mi trabajo consiste en sa­ber lo que otros no saben.

-Pero usted no puede saber nada de esto.

-Perdone, pero lo sé todo. Anda usted buscando unos gansos que la señora Oakshott, de Brixton Road, vendió a un tendero llamado Breckinridge, y que éste a su vez vendió al señor Windigate, del Alpha, y éste a su club, uno de cuyos miembros es el señor Henry Baker.

-Ah, señor, es usted el hombre que yo necesito -exclamó el hombrecillo, con las manos extendidas y los dedos tem­blorosos-. Me sería difícil explicarle el interés que tengo en este asunto.

Sherlock Holmes hizo señas a un coche que pasaba.

-En tal caso, lo mejor sería hablar de ello en una habita­ción confortable, y no en este mercado azotado por el viento -dijo-. Pero antes de seguir adelante, dígame por favor a quién tengo el placer de ayudar.

El hombre vaciló un instante.

-Me llamo John Robinson -respondió, con una mirada de soslayo.

-No, no, el nombre verdadero -dijo Holmes en tono ama­ble-. Siempre resulta incómodo tratar de negocios con un alias.

Un súbito rubor cubrió las blancas mejillas del descono­cido.

-Está bien, mi verdadero nombre es James Ryder.

-Eso es. Jefe de servicio del hotel Cosmopolitan. Por fa­vor, suba al coche y pronto podré informarle de todo lo que desea saber.

El hombrecillo se nos quedó mirando con ojos medio asustados y medio esperanzados, como quien no está seguro de si le aguarda un golpe de suerte o una catástrofe. Subió por fin al coche, y al cabo de media hora nos encontrábamos de vuelta en la sala de estar de Baker Street. 

No se había pro­nunciado una sola palabra durante todo el trayecto, pero la respiración agitada de nuestro nuevo acompañante y su continuo abrir y cerrar de manos hablaban bien a las claras de la tensión nerviosa que le dominaba.

-¡Henos aquí! -dijo Holmes alegremente cuando pene­tramos en la habitación-. Un buen fuego es lo más adecua­do para este tiempo. Parece que tiene usted frío, señor Ry­der. Por favor, siéntese en el sillón de mimbre. Permita que me ponga las zapatillas antes de zanjar este asuntillo suyo. ¡Ya está! ¿Así que quiere usted saber lo que fue de aquellos gansos?

-Sí, señor.

-O más bien, deberíamos decir de aquel ganso. Me parece que lo que le interesaba era un ave concreta... blanca, con una franja negra en la cola.

Ryder se estremeció de emoción.

-¡Oh, señor! -exclamó-. ¿Puede usted decirme dónde fue a parar?

-Aquí.

-¿Aquí?

-Sí, y resultó ser un ave de lo más notable. No me extraña que le interese tanto. Como que puso un huevo después de muerta... el huevo azul más pequeño, precioso y brillante que jamás se ha visto. Lo tengo aquí en mi museo.

Nuestro visitante se puso en pie, tambaleándose, y se aga­rró con la mano derecha a la repisa de la chimenea. Holmes abrió su caja fuerte y mostró el carbunclo azul, que brillaba como una estrella, con un resplandor frío que irradiaba en todas direcciones. Ryder se lo quedó mirando con las faccio­nes contraídas, sin decidirse entre reclamarlo o negar todo conocimiento del mismo.

-Se acabó el juego, Ryder -dijo Holmes muy tranquilo-. Sosténgase, hombre, que se va a caer al fuego. Ayúdele a sen­tarse, Watson. Le falta sangre fría para meterse en robos im­punemente. Déle un trago de brandy. Así. Ahora parece un poco más humano. ¡Menudo mequetrefe, ya lo creo!

Durante un momento había estado a punto de desplo­marse, pero el brandy hizo subir un toque de color a sus me­jillas, y permaneció sentado, mirando con ojos asustados a su acusador.

-Tengo ya en mis manos casi todos los eslabones y las pruebas que podría necesitar, así que es poco lo que puede usted decirme. No obstante, hay que aclarar ese poco para que el caso quede completo. ¿Había usted oído hablar de esta piedra de la condesa de Morcar, Ryder?

-Fue Catherine Cusack quien me habló de ella -dijo el hombre con voz cascada.

-Ya veo. La doncella de la señora. Bien, la tentación de ha­cerse rico de golpe y con facilidad fue demasiado fuerte para usted, como lo ha sido antes para hombres mejores que usted; pero no se ha mostrado muy escrupuloso en los métodos em­pleados. Me parece, Ryder, que tiene usted madera de bellaco miserable. 

Sabía que ese pobre fontanero, Horner, había esta­do complicado hace tiempo en un asunto semejante, y que eso le convertiría en el blanco de todas las sospechas. ¿Y qué hizo entonces? Usted y su cómplice Cusack hicieron un pe­queño estropicio en el cuarto de la señora y se las arreglaron para que hiciesen llamar a Horner. Y luego, después de que Horner se marchara, desvalijaron el joyero, dieron la alarma e hicieron detener a ese pobre hombre. A continuación...

De pronto, Ryder se dejó caer sobre la alfombra y se aga­rró a las rodillas de mi compañero.

-¡Por amor de Dios, tenga compasión! -chillaba-. ¡Piense en mi padre! ¡En mi madre! Esto les rompería el corazón. Ja­más hice nada malo antes, y no lo volveré a hacer. ¡Lo juro! ¡Lo juro sobre la Biblia! ¡No me lleve a los tribunales! ¡Por amor de Cristo, no lo haga!

-¡Vuelva a sentarse en la silla! -dijo Holmes rudamente-. Es muy bonito eso de llorar y arrastrarse ahora, pero bien poco pensó usted en ese pobre Horner, preso por un delito del que no sabe nada.

-Huiré, señor Holmes. Saldré del país. Así tendrán que retirar los cargos contra él.

-¡Hum! Ya hablaremos de eso. Y ahora, oigamos la autén­tica versión del siguiente acto. ¿Cómo llegó la piedra al bu­che del ganso, y cómo llegó el ganso al mercado público? Dí­ganos la verdad, porque en ello reside su única esperanza de salvación.

Ryder se pasó la lengua por los labios resecos.

-Le diré lo que sucedió, señor -dijo-. Una vez detenido Horner, me pareció que lo mejor sería esconder la piedra cuanto antes, porque no sabía en qué momento se le podía ocurrir a la policía registrarme a mí y mi habitación. En el hotel no había ningún escondite seguro. 

Salí como si fuera a hacer un recado y me fui a casa de mi hermana, que está ca­sada con un tipo llamado Oakshott y vive en Brixton Road, donde se dedica a engordar gansos para el mercado. Duran­te todo el camino, cada hombre que veía se me antojaba un policía o un detective, y aunque hacía una noche bastante fría, antes de llegar a Brixton Road me chorreaba el sudor por toda la cara. 

Mi hermana me preguntó qué me ocurría para estar tan pálido, pero le dije que estaba nervioso por el robo de joyas en el hotel. Luego me fui al patio trasero, me fumé una pipa y traté de decidir qué era lo que más me con­venía hacer.

»En otros tiempos tuve un amigo llamado Maudsley que se fue por el mal camino y acaba de cumplir condena en Pen­tonville. Un día nos encontramos y se puso a hablarme sobre las diversas clases de ladrones y cómo se deshacían de lo ro­bado. Sabía que no me delataría, porque yo conocía un par de asuntillos suyos, así que decidí ir a Kilburn, que es donde vive, y confiarle mi situación. Él me indicará cómo conver­tir la piedra en dinero. 

Pero ¿cómo llegar hasta él sin contra­tiempos? Pensé en la angustia que había pasado viniendo del hotel, pensando que en cualquier momento me podían de­tener y registrar, y que encontrarían la piedra en el bolsillo de mi chaleco. En aquel momento estaba apoyado en la pa­red, mirando a los gansos que correteaban alrededor de mis pies, y de pronto se me ocurrió una idea para burlar al mejor detective que haya existido en el mundo.

»Unas semanas antes, mi hermana me había dicho que podía elegir uno de sus gansos como regalo de Navidad, y yo sabía que siempre cumplía su palabra. Cogería ahora mismo mi ganso y en su interior llevaría la piedra hasta Kilburn. Había en el patio un pequeño cobertizo, y me metí detrás de él con uno de los gansos, un magnífico ejemplar, blanco y con una franja en la cola. 

Lo sujeté, le abrí el pico y le metí la piedra por el gaznate, tan abajo como pude llegar con los de­dos. El pájaro tragó, y sentí la piedra pasar por la garganta y llegar al buche. Pero el animal forcejeaba y aleteaba, y mi hermana salió a ver qué ocurría. Cuando me volví para ha­blarle, el bicho se me escapó y regresó dando un pequeño vuelo entre sus compañeros.

»-¿Qué estás haciendo con ese ganso, Jem? -preguntó mi hermana.

»-Bueno -dije-, como dijiste que me ibas a regalar uno por Navidad, estaba mirando cuál es el más gordo.

»-Oh, ya hemos apartado uno para ti -dijo ella-. Lo lla­mamos el ganso de Jem. Es aquel grande y blanco. En total hay veintiséis; o sea, uno para ti, otro para nosotros y dos docenas para vender.

»-Gracias, Maggie -dije yo-. Pero, si te da lo mismo, pre­fiero ese otro que estaba examinando.

»-El otro pesa por lo menos tres libras más -dijo ella-, y lo hemos engordado expresamente para ti.

»-No importa. Prefiero el otro, y me lo voy a llevar ahora -dije.

»—Bueno, como quieras -dijo ella, un poco mosqueada-. ¿Cuál es el que dices que quieres?

»-Aquel blanco con una raya en la cola, que está justo en medio.

»-De acuerdo. Mátalo y te lo llevas.

»Así lo hice, señor Holmes, y me llevé el ave hasta Kil­burn. Le conté a mi amigo lo que había hecho, porque es de la clase de gente a la que se le puede contar una cosa así. Se rió hasta partirse el pecho, y luego cogimos un cuchillo y abrimos el ganso. Se me encogió el corazón, porque allí no había ni rastro de la piedra, y comprendí que había cometi­do una terrible equivocación. Dejé el ganso, corrí a casa de mi hermana y fui derecho al patio. No había ni un ganso a la vista.

»-¿Dónde están todos, Maggie? -exclamé.

»-Se los llevaron a la tienda.

»-¿A qué tienda?

»-A la de Breckinridge, en Covent Garden.

»-¿Había otro con una raya en la cola, igual que el que yo me llevé? -pregunté.

»-Sí, Jem, había dos con raya en la cola. Jamás pude dis­tinguirlos.

»Entonces, naturalmente, lo comprendí todo, y corrí a toda la velocidad de mis piernas en busca de ese Breckinrid­ge; pero ya había vendido todo el lote y se negó a decirme a quién. Ya le han oído ustedes esta noche. Pues todas las ve­ces ha sido igual. Mi hermana cree que me estoy volviendo loco. A veces, yo también lo creo. Y ahora... ahora soy un la­drón, estoy marcado, y sin haber llegado a tocar la riqueza por la que vendí mi buena fama. ¡Que Dios se apiade de mí! ¡Que Dios se apiade de mí!

Estalló en sollozos convulsivos, con la cara oculta entre las manos.

Se produjo un largo silencio, roto tan sólo por su agitada respiración y por el rítmico tamborileo de los dedos de Sher­lock Holmes sobre el borde de la mesa. Por fin, mi amigo se levantó y abrió la puerta de par en par.

-¡Váyase! -dijo.

-¿Cómo, señor? ¡Oh! ¡Dios le bendiga!

-Ni una palabra más. ¡Fuera de aquí!

Y no hicieron falta más palabras. Hubo una carrera preci­pitada, un pataleo en la escalera, un portazo y el seco repicar de pies que corrían en la calle.

-Al fin y al cabo, Watson -dijo Holmes, estirando la mano en busca de su pipa de arcilla-, la policía no me paga para que cubra sus deficiencias. Si Horner corriera peligro, sería diferente, pero este individuo no declarará contra él, y el proceso no seguirá adelante. 

Supongo que estoy indultan­do a un delincuente, pero también es posible que esté sal­vando un alma. Este tipo no volverá a descarriarse. Está de­masiado asustado. Métalo en la cárcel y lo convertirá en carne de presidio para el resto de su vida. Además, estamos en época de perdonar. 

La casualidad ha puesto en nuestro camino un problema de lo más curioso y extravagante, y su solución es recompensa suficiente. Si tiene usted la amabili­dad de tirar de la campanilla, doctor, iniciaremos otra inves­tigación, cuyo tema principal será también un ave de corral.