Arístides Valentin, jefe de la Policía de París, llegó tarde a la cena, y algunos de sus huéspedes estaban ya en casa. Pero a todos los tranquilizó su criado de confianza, Iván, un viejo que tenía una cicatriz en la cara, y una cara tan gris como sus bigotes, y que siempre se sentaba tras una mesita que había en el vestíbulo; un vestíbulo tapizado de armas. La casa de Valentin era tal vez tan célebre y singular como el amo. Era una casa vieja, de altos muros y álamos tan altos que casi sobresalían, vistos desde el Sena; pero la singularidad y acaso el valor policíaco de su arquitectura estaba en esto: que no había más salida a la calle que aquella puerta del frente, resguardada por Iván y por la armería. El jardín era amplio y complicado, y había varias salidas de la casa al jardín. Pero el jardín no tenía acceso al exterior, y lo circundaba un paredón enorme, liso, inaccesible, con púas en las bardas. No era un mal jardín para los esparcimientos de un hombre a quien cientos de criminales habían jurado matar.
Según Iván explicó a los huéspedes el amo había anunciado por teléfono que asuntos de última hora le obligaban a retrasarse unos diez minutos. En verdad, estaba dictando algunas órdenes sobre ejecuciones y otras cosas desagradables de este jaez. Y aunque tales menesteres le eran profundamente repulsivos, siempre los atendía con la necesaria exactitud. Tenaz en la persecución de los criminales, era muy suave a la hora del castigo. Desde que había llegado a ser la suprema autoridad policíaca de Francia y en gran parte de Europa, había empleado honorablemente su influencia en el empeño de mitigarla penas y purificar las prisiones. Era uno de eso librepensadores humanitarios que hay en Francia. Su única falta consiste en que su perdón suele ser más frío que su justicia.
Valentin llegó. Estaba vestido de negro; llevaba en la solapa el botoncito rojo. Era una elegante figura. Su barbilla negra tenía ya algunos toques grises. Atravesó la casa y se dirigió inmediatamente a su estudio, situado en la parte posterior. La puerta que daba al jardín estaba abierta. Muy cuidadosamente guardó con llave su estuche en el lugar acostumbrado, y se quedó uno segundos contemplando la puerta abierta hacia el jardín. La luna -dura- luchaba con los jirones y andrajos de nubes tempestuosas. Y Valentin la consideraba con una emoción anhelosa poco habitual en naturalezas tan científicas como la suya. Acaso estas naturalezas poseen el don psíquico de prever los más tremendos trances de su existencia. Pero pronto se recobró de aquella vaga inconsciencia, recordando que había llegado con retraso y que sus huéspedes le estarían esperando. Al entrar en el salón, se dio cuenta al instante de que, por lo menos, su huésped de honor aún no había llegado. Distinguió a las otras figuras importantes de su pequeña sociedad: a Lord Galloway, el embajador inglés un viejo colérico con una cara roja como amapola, que llevaba la banda azul de la Jarretera; a Lady Galloway, sutil como una hebra de hilo, con los cabellos argentados y la expresión sensitiva y superior. Vio también a su hija, Lady Margaret Graham, pálida y preciosa muchacha, con cara de hada y cabellos color de cobre. Vio a la duquesa de Mont Saint-Michel, de ojos negros, opulenta, con sus dos hijas, también opulentas y ojinegras. Vio al doctor Simon tipo del científico francés, con sus gafas, su barbilla oscura, la frente partida por aquellas arrugas paralelas que son el castigo de los hombres de ceño altanero, puesto que proceden de mucho levantar las cejas. Vio al padre Brown, de Cobhole, en Essex, a quien había conocido en Inglaterra recientemente. Vio, tal vez con mayor interés que a todos los otros, a un hombre alto, con uniforme, que acababa de inclinarse ante los Galloway, sin que éstos contestaran a su saludo muy calurosamente, y que a la sazón se adelantaba al encuentro de su huésped para presentarle sus cortesías. Era el comandante O'Brien, de la Legión francesa extranjera; tenía un aspecto entre delicado y fanfarrón, iba todo afeitado, el cabello oscuro, los ojos azules; y, como parecía propio en un oficial de aquel famoso regimiento de los victoriosos fracasos y los afortunados suicidios, su aire era a la vez atrevido y melancólico.
Era, por nacimiento, un caballero irlandés, y, en su infancia, había conocido a los Galloway, y especialmente a Margaret Graham. Había abandonado su patria dejando algunas deudas, y ahora daba a entender su absoluta emancipación de la etiqueta inglesa presentándose de uniforme, espada al cinto y espuelas calzadas. Cuando saludó a la familia del embajador, Lord y Lady Galloway le contestaron con rigidez y Lady Margaret miró a otra parte.
Pero si las visitas tenían razones para considerarse entre sí con un interés especial, su distinguido huésped no estaba especialmente interesado en ninguna de ellas. A lo menos, ninguna de ellas - era a sus ojos- el convidado de la noche. Valentin esperaba, por ciertos motivos, la llegada de un hombre de fama mundial, cuya amistad se había ganado durante sus victoriosas campañas policíacas en los Estados Unidos. Esperaba a Julius K. Brayne, el multimillonario cuyas colosales y aplastantes generosidades para favorecer la propaganda de las religiones no reconocidas habían dado motivo a tantas y tan felices burlas, y a tantas solemnes y todavía más fáciles felicitaciones por parte de la Prensa americana y británica. Nadie podía estar seguro de si Mr. Brayne era un ateo, un mormón o un partidario de la ciencia cristiana; pero él siempre estaba dispuesto a llenar de oro todos los vasos intelectuales, siempre que fueran vasos hasta hoy no probados. Una de sus manías era esperar la aparición del Shakespeare americano (cosa de más paciencia que el oficio de pescar). Admiraba a Walt Whitman, pero opinaba que Luke P. Taner, de París (Philadelphia) era mucho más «progresista" que Whitman. Le gustaba todo lo que le parecía «progresistas. Y Valentin le parecía «progresista", con lo cual le hacía una grande injusticia.
La deslumbrante aparición de Julius K. Brayne; fue como un toque de campana que diera la señal de la cena. Tenía una notable cualidad, de que podemos preciarnos muy pocos: su presencia era tan ostensible como su ausencia. Era enorme, tan gordo como alto; vestía traje de noche, de negro impecable, sin el alivio de una cadena de reloj o de una sortija. Tenía el cabello blanco, y lo llevaba peinado hacia atrás, como un alemán; roja la cara, fiera y angelical, con una barbilla oscura en el labio inferior, lo cual transformaba su rostro infantil, dándole un aspecto teatral y mefistofélico. Pero la gente que estaba en el salón no perdió mucho tiempo en contemplar al célebre americano. Su mucha tardanza había llegado a ser ya un problema doméstico, y a toda prisa se le invitó a tomar del brazo a Lady Galloway para pasar al comedor.
Los Galloway estaban dispuestos a pasar alegremente por todo, salvo en un punto: siempre que Lady Margaret no tomara el brazo del aventurero O'Brien, todo estaba bien. Y Lady Margaret no lo hizo así, sino que entró al comedor decorosamente acompañada por el doctor Simon. Con todo, el viejo Lord Galloway comenzó a sentirse inquieto y a ponerse algo áspero. Durante la cena estuvo bastante diplomático; pero cuando a la hora de los cigarros, tres de los más jóvenes -el doctor Simon, el padre Brown y el equívoco O'Brien, el desterrado con uniforme extranjero- empezaron a mezclarse en los grupos de las damas y a fumar en el invernadero, entonces el diplomático inglés perdió la diplomacia. A cada sesenta segundos le atormentaba la idea de que el bribón de O'Brien tratara por cualquier medio de hacer señas a Margaret, aunque no se imaginaba de qué manera. A la hora del café se quedó acompañado de Brayne, el canoso yanqui que creía en todas las religiones, y de Valentin, el peligrisáceo francés que no creía en ninguna. Ambos podían discutir mutuamente cuanto quisieran; pero era inútil que invocaran el apoyo del diplomático. Esta logomaquia <<progresista>> acabó por ponerse muy aburrida; entonces, Lord Galloway se levantó también, y trató de dirigirse al salón. Durante seis u ocho minutos anduvo perdido por los pasillos; al fin oyó la voz aguda y didáctica del doctor, y después la voz opaca del clérigo, seguida por una carcajada general. Y pensó con fastidio que tal vez allí estaban también discutiendo sobre la ciencia y la religión. Al abrir la puerta del salón sólo se dio cuenta de una cosa; de quiénes están ausentes. El comandante O'Brien no estaba allí; tampoco Lady Margaret.
Abandonó entonces el salón con tanta impaciencia como antes abandonara el corredor, y otra vez metióse por los pasillos. La preocupación por proteger a su hija del pícaro argelinoirlandés se había apoderado de él como una locura. Al acercarse al interior de la casa, donde estaba el estudio de Valentin, tuvo la sorpresa de encontrar a su hija, que pasaba rápidamente con una cara pálida y desdeñosa que era un enigma por sí sola. Si había estado hablando con O'Brien, ¿dónde estaba éste? Si no había estado con él, ¿de dónde venía? Con una sospecha apasionada y senil se internó más en la casa, y casualmente dio con una puerta de servicio que comunicaba al jardín. Ya la luna, con su cimitarra, había rasgado; y deshecho toda nube de tempestad. Una luz de plata bañaba de lleno el jardín. Por el césped vio pasar una alta figura azul camino del estudio. Al, reflejo lunar, sus facciones se revelaron: era el comandante O'Brien.
Desapareció tras la puerta vidriera en los interiores de la casa, dejando a Lord Galloway en un estado de ánimo indescriptible, a la vez confuso e iracundo. El jardín de plata y azul, como un escenario de teatro, parecía atraerle tiránicamente con esa insinuación de dulzura tan opuesta al cargo que él desempeñaba en el mundo. La esbeltez y gracia de los pasos del irlandés le habían encolerizado como si, en vez de un padre, fuese un rival; y ahora la luz de la luna le enloquecía. Una como magia pretendía atraparle, arrastrándole hacia un jardín de trovadores, hacia una tierra maravillosa de Watteau; y, tratando de emanciparse por medio de la palabra de aquellas amorosas insensateces, se dirigió rápidamente en
pos de su enemigo. Tropezó con alguna piedra o raíz de árbol, y se detuvo instintivamente a escudriñar el suelo, primero con irritación, y después, con curiosidad. Y entonces la luna y los álamos del jardín pudieron ver un espectáculo inusitado: un viejo diplomático inglés que echaba a correr, gritando y aullando como loco.
A sus gritos, un rostro pálido se asomó por la puerta del estudio, y se vieron brillar los lentes y aparecer el ceño preocupado del doctor Simon, que fue el primero en oír las primeras palabras que al fin pudo articular claramente el noble caballero. Lord Galloway gritaba:
-¡Un cadáver sobre la hierbal ¡Un cadáver ensangrentado!
Y ya no pensó más en O'Brien.
-Debemos decirlo al instante a Valentin -observó el doctor, cuando el otro le hubo descrito entre tartamudeos lo que apenas se había atrevido a mirar-. Es una fortuna tenerlo tan a mano.
En este instante, atraído por las voces, el gran detective entraba en el estudio. La típica transformación que se operó en él fue algo casi cómico: había acudido al sitio con el cuidado de un huésped y de un caballero que se figura que alguna visita o algún criado se ha puesto malo; pero cuando le dijeron que se trataba de un hecho sangriento, al instante tornóse grave, importante, y tomó el aire de hombre de negocios; porque, después de todo, aquello, por abominable e insólito que fuera, era su negocio.
Amigos míos -dijo, mientras se encaminaba hacia el jardín-, es muy extraño que, tras de haber andado por toda la tierra a caza de enigmas, se me ofrezca uno en mi propio jardín. ¿Dónde está?
No sin cierta dificultad cruzaron el césped, porque había comenzado a levantarse del río una ligera niebla. Guiados por el espantado Galloway, encontraron al fin el cuerpo, hundido entre la espesa hierba. Era el cuerpo de un hombre muy, alto y de robustas espaldas. Estaba boca abajo, vestido de negro, y era calvo, con un escaso vello negro aquí y allá que tenía un aspecto de alga húmeda. De su cara manaba una serpiente roja de sangre.
-Por lo menos -dijo Simon con una voz , profunda y extraña-, por lo menos no es ninguno de los nuestros.
-Examínele usted, doctor -ordenó con cierta brusquedad Valentin-. Bien pudiera no estar muerto.
El doctor se inclinó.
-No está enteramente frío, pero me temo que sí completamente muerto -dijo-. Ayúdenme ustedes a levantarlo.
Lo levantaron cuidadosamente hasta una pulgada del suelo, y al instante se disiparon, con espantosa certidumbre, todas sus dudas. La cabeza se desprendió del tronco. Había sido completamente cortada. El que había cortado aquella garganta había quebrado también las vértebras del cuello. El mismo Valentin se sintió algo sorprendido.
-El que ha hecho esto es tan fuerte como un gorila -murmuró.
Aunque acostumbrado a los horrores anatómicos, el doctor Simon se estremeció al levantar aquella cabeza. Tenía algún arañazo por la barba y la mandíbula, pero la cara estaba sustancialmente intacta. Era una cara amarilla, pesada, a la vez hundida e hinchada, nariz de halcón, párpados inflados: la cara de un emperador romano prostituido, con ciertos toques de emperador chino. Todos los presentes parecían considerarle con la fría mirada del que mira a un desconocido. Nada más había de notable en aquel cuerpo, salvo que, cuando le levantaron, vieron claramente el brillo de una pechera blanca manchada de sangre. Como había dicho el doctor Simon, aquel hombre no era de los suyos, no estaba en la partida, pero bien podía haber tenido el propósito de venir a hacerles compañía, porque vestía el traje de noche propio del caso.
Valentin se puso de rodillas, se echó sobre las manos, y en esa actitud anduvo examinando con
la mayor atención profesional la hierba y el suelo, dentro de un contorno de veinte yardas, tarea en que fue asistido menos concienzudamente por el doctor, y sólo convencionalmente por el Lord inglés. Pero sus penas no tuvieron más recompensa que el hallazgo de unas, cuantas ramitas partidas o quebradas en trozos muy pequeños, que Valentin, recogió para examinar un instante, y después arrojó.
-Unas ramas -dijo gravemente--; unas ramas y un desconocido decapitado; es todo lo que hay sobre el césped.
Hubo un silencio casi humillante, y de pronto el agitado Galloway gritó:
-¿Qué es aquello? ¿Aquello que se mueve junto al muro?
A la luz de la luna se veía, en efecto, acercarse una figura pequeña con una como enorme cabeza; pero lo que de pronto parecía un duende, resultó ser el inofensivo curita, a quien habían dejado en el salón.
-Advierto -dijo con mesura- que este jardín no tiene puerta exterior. ¿No es verdad?
Valentin frunció el ceño con cierto disgusto, como solía hacerlo por principio ante toda sotana. Pero era hombre demasiado justo para disimular el valor de aquella observación.
-Tiene usted razón -contestó-; antes de preguntarnos cómo ha sido muerto, hay que averiguar cómo ha podido llegar hasta aquí. Escúchenme ustedes, señores. Hay que convenir en que -si ello resulta compatible con mi deber profesional- lo mejor será comenzar por excluir de la investigación pública algunos nombres distinguidos. En casa hay señoras y caballeros, y hasta un embajador. Si establecemos que este hecho es un crimen, como tal hemos de investigarlo. Pero mientras no lleguemos ahí, puedo obrar con entera discreción. Soy la cabeza de la Policía; persona tan pública, que bien puedo atreverme a ser privado. Quiera el cielo que pueda yo solo -y por mi cuenta- absolver a todos y cada uno de mis huéspedes, antes de que tenga que acudir a mis subordinados para que busquen en otra parte al autor del crimen. Pido a ustedes, por su honor, que no salgan de mi casa hasta mañana a mediodía. Hay alcobas suficientes para todos. Simon, ya sabe usted dónde está Iván, mi hombre de confianza: en el vestíbulo. Dígale usted que deje a otro criado de guardia, y venga al instante. Lord Galloway, usted es, sin duda, la persona más indicada para explicar a las señoras lo que sucede y evitar el pánico. También ellas deben quedarse. El padre Brown y yo vigilaremos entretanto el cadáver.
Cuando el genio del capitán hablaba en Valentin, siempre era obedecido como un clarín de órdenes. El doctor Simon se dirigió a la armería y dio la voz de alarma a Iván, el detective privado de aquel detective público. Galloway fue al salón y comunicó las terribles nuevas con bastante tacto, de suerte que cuando todos se reunieron allí, las damas habían pasado ya, del espanto al apaciguamiento. Entretanto, el buen sacerdote y el buen ateo permanecían uno a la cabeza y otro a los pies del cadáver, inmóviles, bajo la luna, estatuas simbólicas de dos filosofías de la muerte.
Iván, el hombre de confianza, de la gran cicatriz y los bigotazos, salió de la casa disparado como una bala de cañón, y vino corriendo sobre el césped hacia Valentin, como perro que acude a su amo. Su cara lívida parecía vitalizada con aquel suceso policíaco-doméstico, y con una solicitud casi repugnante pidió permiso a su amo para examinar los restos.
-Sí, Iván, haz lo que gastes, pero no tardes, debemos llevar dentro el cadáver.
Iván levantó aquella cabeza, y casi la dejó caer.
-¡Cómo¡ -exclamó-; esto... esto no puede ser. ¿Conoce usted a este hombre, señor?
-No -repuso Valentin, indiferente-;más vale que entremos.
Entre los tres depositaron el cadáver sobre un sofá del estudio, y después se dirigieron al salón. El detective, sin vacilar, se sentó tranquilamente junto a un escritorio, su mirada era la mirada fría del juez. Trazó algunas notas rápidas en un papel, y preguntó después concisamente:
-¿Están presentes todos?
-Falta Mr. Brayne -dijo la duquesa de Mont Saint-Michel, mirando en derredor.
-Sí -dijo Lord Galloway, con áspera voz-, y creo que también falta Mr. Neil O'Brien. Yo lo vi pasar por el jardín cuando el cadáver estaba todavía caliente.
-Iván -dijo el detective-, ve a buscar al comandante O'Brien y a Mr. Brayne. A éste lo dejé en el comedor acabando su cigarro. El comandante O´Brien creo que anda paseando por el invernadero, pero no estoy seguro.
El leal servidor salió corriendo, y antes de que nadie pudiera moverse o hablar, Valentin continuó con !a misma militar presteza:
-Todos ustedes saben ya que en el jardín ha aparecido un hombre muerto, decapitado. Doctor Simon: usted lo ha examinado. ¿Cree usted que supone una fuerza extraordinaria el cortar esta suerte la cabeza de un hombre, o que las con emplear un cuchillo muy afilado?
El doctor, pálido, contestó:
-Me atrevo a decir que no puede hacerse con un simple cuchillo.
Y Valentin continuó:
-¿Tiene usted alguna idea sobre el utensilio o arma que hubo que emplear para tal operación?
-Realmente -dijo el doctor arqueando las preocupadas cejas-, en la actualidad no creo que se emplee arma alguna que pueda producir este efecto. No es fácil practicar tal corte, aun con torpeza; mucho menos con la perfección del que nos ocupa. Sólo se podría hacer con un hacha de combate, o con una antigua hacha de verdugo, con un viejo montante de los que se esgrimían dos manos.
-¡Santos cielos! -exclamó la duquesa con voz histérica-; ¿y no hay aquí, acaso, en la armería, hachas de combate y viejos montantes.
Valentin, siempre dedicado a su papel de notas, dijo, mientras apuntaba algo rápidamente:
-Y dígame usted: ¿podría cortarse la cabeza con un sable francés de caballería?
En la puerta se oyó un golpecito que, quién sabe por qué, produjo en todos un sobresalto; como el golpecito que se oye en Lady Macbeth. En medio del silencio glacial, el doctor Simon logró, al fin, decir:
-¿Con un sable? Sí, creo que se podría.
-Gracias -dijo Valentin-. Entra, Iván.
E Iván, el confidente, abrió la puerta para dejar pasar al comandante O'Brien, a quien se había encontrado paseando otra vez por el jardín.
El oficial irlandés se detuvo desconcertado y receloso en el umbral.
-¿Para qué hago falta? -exclamó.
-Tenga usted la bondad de sentarse -dijo Valentin, procurando ser agradable-. Pero que, ¿no lleva usted su sable? ¿Dónde lo ha dejado?
-Sobre la mesa de la biblioteca -dijo O'Brien; y su acento irlandés se dejó sentir, con la turbación, más que nunca-. Me incomodaba, comenzaba a...
-Iván -interrumpió Valentin-. Haz el favor de ir a la biblioteca por el sable del comandante. -Y cuando el criado desapareció-: Lord Galloway afirma que le vio a usted saliendo del jardín poco antes de tropezar él con el cadáver. ¿Qué hacía usted en el jardín?
El comandante se dejó caer en un sillón, con cierto desfallecimiento.
-¡Ah! -dijo, ahora con el más completo acento irlandés-. Admiraba la luna, comulgaba un poco con la naturaleza, amigo mío.
Se produjo un profundo, largo silencio. Y de nuevo se oyó aquel golpecito a la vez insignificante y terrible. E Iván reapareció trayendo una funda de sable.
-He aquí todo lo que pude encontrar -dijo.
-Ponlo sobre la mesa -ordenó Valentin, sin verlo.
En el salón había una expectación silenciosa e inhumana, como ese mar de inhumano silencio que se forma junto al banquillo de un homicida condenado. Las exclamaciones de la duquesa habían cesado desde hacía rato. El odio profundo de Lord Galloway se sentía satisfecho y amortiguado. La voz que entonces se dejó oír fue la más inesperada.
-Yo puedo deciros... -soltó Lady Margaret, con aquella voz clara, temblorosa, de las mujeres valerosas que hablan en público-. Yo puedo deciros lo que Mr. O'Brien hacía en el jardín, puesto que él está obligado a callar. Estaba sencillamente pidiendo mi mano. Yo se la negué, y le dije que mis circunstancias familiares me impedían concederle nada más que mi estimación. Él no pareció muy contento: mi estimación no le importaba gran cosa. Pero ahora -añadió con débil sonrisa-, ahora no sé si mi estimación le importará tan poco como antes vuelvo a ofrecérsela. Puedo jurar en todas partes que este hombre no cometió el crimen.
Lord Galloway se adelantó hacia su hija, trató de intimidarla hablándole en voz baja:
-Cállate, Margaret -dijo con un cuchicheo perceptible a todos-. ¿Cómo puedes escudar a ese hombre? ¿Dónde está su sable? ¿Dónde su condenado sable de caballería...?
Y se detuvo ante la mirada singular de su hija, mirada que atrajo la de todos a manera de un fantástico imán.
-¡Viejo insensato! -exclamó ella con voz sofocada y sin disimular su impiedad-. ¿Acaso te das cuenta de lo que quieres probar? Yo he dicho que este hombre ha sido inocente mientras estaba a mi lado. Si no fuera inocente, no por eso dejaría de haber estado a mi lado. Y si mató a un hombre en el jardín, ¿quién más pudo verlo? ¿Quién, más pudo, al menos, saberlo? ¿Odias tanto a Neil, que no vacilas en comprometer a tu propia hija...?
Lady Galloway se echó a llorar. Y todos sintieron el escalofrío de las tragedias satánicas a que arrastra la pasión amorosa. Les pareció ver aquella cara orgullosa y lívida de la aristócrata escocesa, y junto a ella la del aventurero irlandés, como viejos retratos en la oscura galería de una casa. El silencio pareció llenarse de vagos recuerdos, de historias de maridos asesinados y de amantes envenenadores.
Y en medio de aquel silencio enfermizo se oyó una voz cándida:
-¿Era muy grande el cigarro?
El cambio de ideas fue tan súbito, que todos se volvieron a ver quién había hablado.
-Me refiero -dijo el diminuto padre Brown-, me refiero al cigarro que Mr. Brayne estaba acabando de fumar. Porque ya me va pareciendo más largo que un bastón.
A pesar de la impertinencia, Valentin levantó la cabeza, y no pudo menos que demostrar, en su cara, la irritación mezclada con la aprobación.
-Bien dicho -dijo con sequedad-. Iván, ve a buscar de nuevo a Mr. Brayne, y tráenoslo aquí al punto.
En cuanto desapareció el factótum, Valentin se dirigió a la joven con la mayor gravedad:
-Lady Margaret -comenzó-; estoy seguro de que todos sentimos aquí gratitud y admiración a la vez por su acto: ha crecido usted más en su ya muy alta dignidad al explicar la conducta del comandante. Pero todavía queda una laguna. Si no me engaño, Lord Galloway la encontró a usted entre el estudio y el salón, y sólo unos minutos después se encontró al comandante, el cual estaba todavía en el jardín.
-Debe usted recordar -repuso Margaret con fingida ironía- que yo acababa de rechazarle; no era, pues, fácil que volviéramos del brazo. Él es, como quiera, un caballero. Y procuró quedarse atrás, ¡y ahora le achacan el crimen!
-En esos minutos de intervalo -dijo Valentin gravemente- muy bien pudo...
De nuevo se oyó el golpecito, e Iván asomó su cara señalada:
-Perdón, señor --dijo-, Mr. Brayne ha salido de casa.
-¿Que ha salido? -gritó Valentin, poniéndose en pie por primera vez.
-Que se ha ido, ha tomado las de Villadiego o se ha evaporado -continuó Iván en lenguaje humorístico-. Tampoco aparecen su sombrero ni su gabán, y diré algo más para completar: que he recorrido los alrededores de la casa para encontrar su rastro, y he dado con uno, y por cierto muy importante.
-¿Qué quieres decir?
-Ahora se verá -dijo el criado; y ausentándose, reapareció a poco con un sable de caballería deslumbrante, manchado de sangre por el filo y la punta.
Todos creyeron ver un rayo. Y el experto Iván continuó tranquilamente:
-Lo encontré entre unos matojos, a unas cincuenta yardas de aquí, camino de París. En otras palabras, lo encontré precisamente en el sitio en que lo arrojó el respetable Mr. Brayne en su fuga.
Hubo un silencio, pero de otra especie. Valentin tomó el sable, lo examinó, reflexionó con una concentración no fingida, y después, con aire respetuoso, dijo a O'Brien:
-Comandante, confío en que siempre estará usted dispuesto a permitir que la Policía examine esta arma, si hace falta. Y entre tanto -añadió, metiendo el sable en la funda-, permítame usted devolvérsela.
Ante el simbolismo militar de aquel acto, todos tuvieron que dominarse para no aplaudir.
Y, en verdad, para el mismo Neil O'Brien, aquello fue la crisis suprema de su vida. Cuando, al amanecer del día siguiente, andaba otra vez paseando por el jardín, había desaparecido de su semblante la trágica trivialidad que de ordinario le distinguía: tenía muchas razones para considerarse feliz. Lord Galloway, que era todo un caballero, le había presentado la excusa más formal- Lady Margaret era algo más que una verdadera dama: una mujer, y tal vez le había presentado algo mejor que una excusa cuando anduvo antes del almuerzo por entre los macizos de flores. Todos se sentían más animados y humanos, porque, aunque subsistía el enigma del muerto, el peso de la sospecha no caía ya sobre ninguno de ellos, y había huido hacia París sobre el dorso de aquel millonario extranjero a quien conocían apenas. El diablo había sido desterrado de casa: él mismo se había desterrado.
Con todo, el enigma continuaba, O'Brien y el doctor Simon se sentaron en un banco del jardín, y este interesante personaje científico se puso a resumir los términos del problema. Pero no logró hacer hablar mucho a O'Brien, cuyos pensamientos iban hacia más felices regiones.
-No puedo decir que me interese mucho el problema -dijo francamente el irlandés-, sobre todo ahora que aparece muy claro. Es de suponer que Brayne odiaba a ese desconocido por alguna razón: lo atrajo al jardín, y lo mató con mi sable. Después huyó a la ciudad, y por el camino arrojó el arma. Iván me dijo que el muerto tenía en uno de los bolsillos un dólar yanqui: luego era un paisano de Brayne, y esto parece explicar mejor las cosas. Yo no veo en todo ello la menor complicación.
-Pues hay cinco complicaciones colosales -dijo el doctor tranquilamente-, metidas la una dentro de la otra como cinco murallas. Entiéndame usted bien: yo no dudo de que Brayne sea el autor del crimen, y me parece que su fuga es bastante prueba. Pero, ¿cómo lo hizo? He aquí la primera dificultad: ¿cómo puede un hombre matar a otro con un sable tan pesado como éste, cuando le es mucho más fácil emplear una navaja de bolsillo y volvérsela a guardar después? Segunda dificultad: ¿por qué no se oyó un grito ni el menor ruido? ¿Puede un hombre dejar de hacer alguna demostración cuando ve adelantarse a otro hombre blandiendo un sable?. Tercera dificultad: toda la noche ha estado guardando la puerta un criado; ni una rata puede haberse colado de la calle al jardín de Valentin. ¿Cómo pudo entrar este individuo? Cuarta dificultad: ¿cómo pudo Brayne escaparse del jardín?
-¿Y quinta? -dijo Neil fijando los ojos en el sacerdote inglés, que se acercaba a pasos lentos.
-Tal vez sea una bagatela -dijo el doctor-, pero a mí me parece una cosa muy rara: al ver por primera vez aquella cabeza cortada, supuse desde luego que el asesino había descargado más de un golpe. Y al examinarla más de cerca, descubrí muchos golpes en la parte cortada; es decir, golpes que fueron dados cuando ya la cabeza había sido separada del tronco. ¿Odiaba Brayne en tal grado a su enemigo para estar macheteando su cuerpo una y otra vez a la luz de la luna?
-¡Qué horrible! -dijo O'Brien estremeciéndose.
A estas palabras, ya el pequeño padre Brown se les había acercado, y con su habitual timidez esperaba a que acabaran de hablar.
Al fin, dijo con embarazo:
-Siento interrumpir a ustedes. Me mandan a comunicar a ustedes las nuevas.
-¿Nuevas? -repitió Simon, mirándole muy extrañado a través de sus gafas.
-Sí; lo siento -dijo con dulzura el padre Brown-. Sabrán ustedes que ha habido otro asesinato.
Los dos se levantaron de un salto, desconcertados.
-Y lo que todavía es más raro -continuó el sacerdote, contemplando con sus torpes ojos los rododendros-; el nuevo asesinato pertenece a la misma desagradable especie del anterior: es otra decapitación. Se encontraron la segunda cabeza sangrando en el río, a pocas yardas del camino que Brayne debió tomar para París. De modo que suponen que éste...
-¡Cielos! -exclamó O'Brien-. ¿Será Brayne un monomaníaco?
-Es que también hay “vendettas” americanas -dijo el sacerdote, impasible. Y añadió-: Se desea que vengan ustedes a la biblioteca a verlo.
El comandante O'Brien siguió a los otros hacia el sitio de la averiguación, sintiéndose decididamente enfermo. Como soldado, odiaba las matanzas secretas. ¿Cuándo iban a acabar aquellas extravagantes amputaciones? Primero una cabeza y luego otra. Y se decía amargamente que en este caso falla la regla aquélla: dos cabezas valen más que una. Al entrar en el estudio, casi se tambaleó entre una horrible coincidencia: sobre la mesa de Valentin estaba un dibujo en colores que representaba otra cabeza sangrienta: la del propio Valentin. Pronto vio que era un periódico nacionalista llamado "La Guillotine", que acostumbraba todas las semanas a publicar la cabeza de uno de sus enemigos políticos, con los ojos saltados y los rasgos torcidos, como después de la ejecución; porque Valentin era un anticlerical notorio. Pero O'Brien era un irlandés, que aun en sus pecados conservaba cierta castidad; y se sublevaba ante aquella brutalidad intelectual, que sólo en Francia se encuentra. En aquel momento le pareció sentir a todo París, en un solo proceso que, partiendo de las grotescas iglesias góticas, llegaba hasta las groseras caricaturas de los diarios. Recordó las burlas gigantescas de la Revolución. Y vio a toda la ciudad en un solo espasmo de horrible energía, desde aquel boceto sanguinario que yacía sobre la mesa de Valentin, hasta la montaña y bosque de gárgolas por donde asoman, gesticulando, los enormes diablos de Notre Dame.
La biblioteca era larga, baja y penumbrosa; una luz escasa se filtraba por las cortinas corridas, y tenía aún el sonrojo de la mañana. Valentin y su criado Iván estaban esperándoles junto a un vasto escritorio inclinado, donde estaban los mortales restos, que resultaban enormes en la penumbra. La carota amarillenta del hombre encontrado en el jardín no se había alterado. La segunda, encontrada entre las cañas del río aquella misma mañana, escurría un poco. La gente de Valentin andaba ocupada en buscar el segundo cadáver, que tal vez flotaría en el río. El padre Brown, que no compartía la sensibilidad de O'Brien; acercóse a la segunda cabeza y la examinó con minucia de cegatón. Apenas era más que un montón de blancos y húmedos cabellos, irisados de plata y rojo en la suave luz de la mañana; la cara -un feo tipo sangriento y acaso criminal- se había estropeado mucho contra los árboles y las piedras, al ser arrastrada por el agua.
-Buenos días, comandante O'Brien -dijo Valentin con apacible cordialidad-. Supongo que ya tiene usted noticia del último experimento en carnicería de Brayne.
El padre Brown continuaba inclinado sobre la cabeza de cabellos blancos, y dijo, sin cambiar de actitud:
-Por lo visto, es enteramente seguro que también esta cabeza la cortó Brayne.
-Es cosa de sentido común, al menos -repuso Valentin con las manos en los bolsillos-. Ha sido arrancada en la misma forma, ha sido encontrada a poca distancia de la otra, y tal vez cortada con la misma arma, que ya sabemos que se llevó consigo.
-Sí, sí; ya lo sé -contestó sumiso el padre Brown-. Pero usted comprenderá: yo tengo mis dudas sobre el hecho de que Brayne haya podido cortar esta cabeza.
-Y ¿por qué? -preguntó el doctor Simon con sincero asombro.
-Pues, mire usted, doctor -dijo el sacerdote, pestañeando como de costumbre-: ¿es posible que un hombre se corte su propia cabeza? Yo lo dudo.
O'Brien sintió como si un universo de locura estallara en sus orejas; pero el doctor se adelantó a comprobarlo, levantando los húmedos y blancos mechones.
-¡Oh! No hay la menor duda: es Brayne -dijo el sacerdote tranquilamente-. Tiene exactamente la misma verruga en la oreja izquierda.
El detective, que había estado contemplando al sacerdote con ardiente mirada, abrió su apretada mandíbula y dijo:
-Parece que usted hubiera conocido mucho a ese hombre, padre Brown.
-En efecto -dijo el hombrecillo con sencillez-. Lo he tratado algunas semanas. Estaba pensando en convertirse a nuestra Iglesia.
En los ojos de Valentin ardió el fuego del fanatismo; se acercó al sacerdote, y apretando los puños, dijo con candente desdén:
-¿Y tal vez estaba pensando también en dejar a ustedes todo su dinero?
-Tal vez -dijo Brown con imparcialidad-. Es muy posible.
-En tal caso -exclamó Valentin con temible sonrisa-, usted sabía muchas cosas de él, de su vida y de sus...
El comandante O´Brien cogió por el brazo a Valentin.
-Abandone usted ese tono injurioso, Valentin -dijo-, o volverán a lucir los sables.
Pero Valentin, ante la mirada humilde y tranquila del sacerdote, ya se había dominado, y dijo simplemente:
-Bueno; para las opiniones privadas siempre hay tiempo. Ustedes, caballeros, están todavía ligados por su promesa; manténganse dentro de ella y procuren que los otros también se mantengan. Iván les contará a ustedes lo demás que deseen saber. Yo voy a trabajar y a escribir a las autoridades... No podemos mantener este secreto por más tiempo. Si hay novedad, estoy en el estudio escribiendo.
-¿Hay más noticias que comunicarnos, Iván? -preguntó el doctor Simon cuando el jefe de Policía hubo salido del cuarto.
-Sólo una, me parece, señor -dijo Iván, arrugando su vieja cara color ceniza-; pero no deja de tener interés. Es algo que se refiere a ése que se encontraron ustedes en el jardín -añadió, señalando sin respeto el enorme cuerpo negro. Ya le hemos identificado.
-¿De veras? -preguntó el asombrado doctor-. ¿Y quién es?
-Su nombre es Arnold Becker -dijo el ayudante-, aunque usaba muchos apodos. Era un pícaro vagabundo, y se sabe que ha andado por América: tal es el hombre a quien Brayne decapitó. Nosotros no habíamos tenido mucho que ver con él, porque trabajaba, sobre todo, en Alemania. Nos hemos comunicado con la Policía alemana. Y da la casualidad de que tenía un hermano gemelo, de nombre Louis Becker, con quien mucho hemos tenido que ver: tanto que, ayer apenas, nos vimos en el caso de guillotinarle. Bueno, caballero, la cosa es de lo más extraña; pero cuando vi anoche a este hombre en el suelo, tuve el mayor susto de mi vida. A no haber visto ayer con mis propios ojos a Louis Becker guillotinado, hubiera jurado que era Louis Becker el que estaba en la hierba. Entonces, naturalmente, me acordé del hermano gemelo que tenía en Alemania, y siguiendo el indicio...
Pero Iván suspendió sus explicaciones, por la excelente razón de que nadie le hacía caso. El comandante y el doctor consideraban al padre Brown, que había dado un salto y se apretaba las sienes, como presa de un dolor súbito.
-¡Alto, alto, alto! -exclamó al fin-. ¡Pare usted de hablar un instante, que ya veo a medias! ¿Me dará Dios bastante fuerza? ¿Podrá mi cerebro dar el salto y descubrirlo todo? ¡Cielos, ayudadme! En otro tiempo yo solía ser ágil para pensar, y podía parafrasear cualquier página del Santo de Aquino. ¿Me estallará la cabeza o lograré, al fin, ver? ¡Ya veo la mitad, sólo la mitad!
Hundió la cabeza entre las manos, y se mantuvo en una rígida actitud de reflexión o plegaria, en tanto que los otros no hacían más que asombrarse ante aquella última maravilla de aquellas maravillosas últimas doce horas.
Cuando las manos del padre Brown cayeron al fin, dejaron ver un rostro serio y fresco cual el de un niño. Lanzó un gran suspiro, y dijo:
-Sea dicho y hecho lo más pronto posible. Escúchenme ustedes: ésta será la mejor manera de convencer a todos de la verdad. Usted, doctor Simon, posee un cerebro poderoso: esta mañana le he oído a usted proponer las cinco dificultades mayores dé este enigma. Tenga usted la bondad de proponerlas otra vez, y yo trataré de contestarlas.
Al doctor Simon se le cayeron las gafas de la nariz, y dominando sus dudas y su asombro, contestó al instante:
-Bien; ya lo sabe usted, la primera cuestión es ésta: ¿cómo puede un hombre ir a buscar un enorme sable para matar a otro, cuando, en rigor, le basta con una navaja.
-Un hombre -contestó tranquilamente el padre Brown- no puede decapitar a otro con una
navaja, y para este asesinato especial era necesaria la decapitación.
-¿Por qué? -preguntó O'Brien con mucho interés.
-Venga la segunda cuestión -continuó el padre Brown.
-Allá va: ¿por qué no gritó ni hizo ningún ruido la víctima? -preguntó el doctor-. La aparición de un sable en un jardín no es un espectáculo habitual.
-Ramitas -dijo el sacerdote tétricamente, y se volvió hacia la ventana que daba al escenario del suceso-. Nadie ha visto de dónde procedían las ramitas. ¿Cómo pudieron caer sobre el césped (véanlo ustedes) estando tan lejos los árboles?
Las ramas no habían caído solas, sino que habían sido tajadas. El asesino estuvo distrayendo a su víctima jugando con el sable, haciéndole ver cómo podía cortar una rama en el aire, y otras cosas por
el estilo. Y cuando la víctima se inclinó para el ver el resultado, un furioso tajo le arrancó la cabeza.
-Bien -dijo lentamente el doctor; eso parece muy posible. Pero las otras dos cuestiones desafían a cualquiera.
El sacerdote seguía contemplando el jardín reflexivamente, y esperaba, junto a la ventana, las preguntas del otro.
-Ya sabe usted que el jardín está completamente cerrado, como una cámara hermética -prosiguió el doctor-. ¿Cómo, pues, pudo el desconocido llegar al jardín?
Sin volver la cara, el curita contestó: -Nunca hubo ningún desconocido en ese jardín.
Silencio. Y a poco se oyó el ruido de una risotada casi infantil. Lo absurdo de esta salida del padre Brown movió a Iván a enfrentársele abiertamente.
-¡Cómo! -exclamó-. ¿De modo que no hemos arrastrado anoche hasta el sofá ese corpachón? ¿De modo que éste no entró al jardín?
-¿Entrar al jardín? -repitió Brown reflexionando-. No; no del todo.
-Pero, ¡señor! -exclamó Simon-: o se entra o no se entra al jardín; imposible el término medio.
-No necesariamente -dijo el clérigo con tímida sonrisa-. ¿Cuál es la cuestión siguiente, doctor?
-Me parece que usted desvaría -dijo el doctor Simon secamente-. Pero, de todos modos, le propondré la cuestión siguiente: ¿cómo logró Brayne salir del jardín?
-Nunca salió del jardín -dijo el sacerdote sin apartar los ojos de la ventana.
-¿Que nunca salió del jardín? -estalló Simon.
-No completamente -dijo el padre Brown. Simon crispó los puños en rapto de lógica francesa.
-¡O sale uno del jardín o no sale! -gritó.
-No siempre -dijo el padre Brown.
El doctor Simon se levantó con impaciencia.
-No quiero perder más tiempo en estas insensateces -dijo indignado-. Si usted no puede entender el hecho de que un hombre tenga necesariamente que estar de un lado u otro de un muro, no discutamos más.
-Doctor -dijo el clérigo muy cortésmente-, siempre nos hemos entendido muy bien. Aunque sea en nombre de nuestra antigua amistad, espere usted un poco y propóngame la quinta cuestión.
El impaciente doctor se dejó caer sobre una silla que había junto a la puerta, y dijo simplemente:
-La cabeza y la espalda han recibido unos golpes muy raros. Parecen dados después de la muerte.
-Sí -dijo el inmóvil sacerdote-, y se hizo así para hacerle suponer a usted el falso supuesto en que ha incurrido: para hacerle a usted dar por establecido que esa cabeza pertenece a ése cuerpo.
Aquella parte del cerebro en que se engendran todos los monstruos comnovióse espantosamente en el gaélico O'Brien. Sintió la presencia caótica de todos los hombres-caballos y mujeres-peces engendrados por la absurda fantasía del hombre. Una voz más antigua que la de sus primeros padres pareció decir a su oído: “Aléjate del monstruoso jardín donde crecen los árboles de doble fruto; huye del perverso jardín donde murió el hombre de las dos cabezas.” Pero mientras estas simbólicas y vergonzosas figuras pasaban por el profundo espejo de su alma irlandesa, su intelecto afrancesado se mantenía alerta, y contemplaba al extravagante sacerdote tan atenta y tan incrédulamente como los demás.
El padre Brown había vuelto la cara, al fin; pero, contra la ventana, sólo se veía su silueta. Sin embargo, creyeron adivinar que estaba pálido como la ceniza. Con todo, fue capaz de hablar muy claramente, como si no hubiera en el mundo almas gaélicas.
-Caballeros -dijo-: el cuerpo que encontraron ustedes en el jardín no es el de Becker. En el jardín no había ningún cuerpo desconocido. Y a despecho del racionalismo del doctor Simon, afirmo todavía que Becker sólo estaba parcialmente presente -Vean ustedes jalando el bulto negro del misterioso cadáver-: no han visto ustedes a este hombre en su vida. ¿Acaso han visto a éste?
Y rápidamente separó la cabeza calva y amarilla del desconocido, y puso en su lugar, junto al cuerpo, la cabeza canosa. Y apareció, completo, unificado, inconfundible, el cadáver de Julius K. Brayne.
-El matador -continuó Brown tranquilamente- cortó la cabeza a su enemigo, y arrojó el sable por encima del muro. Pero era demasiado ladino para sólo arrojar el sable. También arrojó la cabeza por sobre el muro. Y después no tuvo más trabajo que el de ajustarle otra cabeza al tronco, y (según procuró sugerirlo insistentemente en una investigación privada) todos ustedes se imaginaron que el cadáver era el de un hombre totalmente nuevo.
-¡Ajustarle otra cabeza! -dijo O'Brien es¬pantado-. ¿Qué otra cabeza? Las cabezas no se dan en los arbustos del jardín, supongo.
-No -dijo el padre Brown secamente, mirando sus botas-. Sólo se dan en un sitio. Se dan junto a la guillotina, donde Arístides Valentin, el jefe de la Policía, estaba apenas una hora antes del asesinato. ¡Oh, amigos míos¡ Escuchadme un instante antes de que me destrocéis. Valentin es un hombre honrado, si esto es compatible con estar loco por una causa disputable. Pero, ¿no habéis visto nunca en aquellos sus ojos fríos y grises que está loco? Lo hará todo, "todo", con tal de destruir lo que él llama la superstición de la Cruz. Por eso ha combatido y ha sufrido, y por eso ha matado ahora. Los muchos millones de Brayne se habían dispersado hasta ahora entre tantas sectas, que no podían alterar la balanza. Pero hasta Valentin llegó el rumor de que Brayne, como tantos escépticos, se iban acercando hacia nosotros, y eso ya era cosa muy diferente. Brayne podía derramar abundantes provisiones para robustecer a la empobrecida y combatida Iglesia de Francia; podía mantener seis periódicos nacionalistas como La Guillotine. La balanza iba ya a oscilar, y el riesgo encendió la llama del fanático. Se decidió, pues, a acabar con el millonario, y lo hizo como podía esperarse del más grande de los detectives, resuelto a cometer su único crimen. Sustrajo la cabeza de Becker con algún pretexto criminológico, y se la trajo a casa en su estuche oficial. Se puso a discutir con Brayne, y Lord Galloway no quiso esperar al fin de la discusión. Y cuando éste se alejó, condujo a Brayne al jardín cerrado, habló de la maestría en el manejo de las armas, usó de unas ramitas y un sable para poner algunos ejemplos, y…
Iván de la Cicatriz se levantó:
-¡Loco! -aulló-. Ahora mismo le llevo a usted con mi amo; le voy a coger por...
-No; si allá voy yo -dijo Brown con aplomo-. Tengo el deber de pedirle que se confiese.
Llevando consigo al desdichado Brown como víctima al sacrificio, todos se apresuraron hacia el silencioso estudio de Valentin.
El gran detective estaba sentado junto a su escritorio, muy ocupado al parecer para percatarse de su ruidosa entrada. Se detuvieron un instante, y, de pronto, el doctor advirtió algo extraño en el aspecto de aquel torso elegante y rígido, y corrió hacia él. Un toque y una mirada le bastaron para permitirle descubrir que, junto al codo de Valentin, había una cajita de píldoras, y que éste estaba muerto en su silla; y en la cara lívida del suicida había un orgullo mayor que el de Catón.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
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El martillo de Dios - Chesterton G. K.
El pueblecito de Bohum Beacon estaba tendido sobre una colina tan pendiente, que la alta aguja de su iglesia parecía la cima de una montaña diminuta. Al pie de la iglesia había una fragua, casi siempre enrojecida por el fuego, y siempre llena de martillos y fragmentos de hierro. Frente a ésta, en la cruz de dos calles empedradas, se veía «El Jabalí Azul», la única posada del pueblo. En esa bocacalle, pues, al romper el alba -un alba plateada y plomiza-, dos hermanos acababan de encontrarse y estaban charlando. Uno de ellos comenzaba la jornada, el otro, la acababa. El reverendo y honorable Wilfrid Bohun era hombre muy piadoso, y se dirigía, con la aurora, a algún austero ejercicio de oración o contemplación. El honorable coronel Norman Bohun, su hermano mayor, no era piadoso en manera alguna, y, vestido de frac, se hallaba sentado en el banco que está junto a la puerta de «El Jabalí Azul», apurando lo que un observador filosófico podría indiferentemente considerar como su última copa del jueves o su primera copa del viernes. El coronel era hombre sin escrúpulos.
Los Bohun eran una de las contadas familias aristocráticas que realmente datan de la Edad Media, y su pendón había flotado en Palestina. Pero es un gran error suponer que estas familias mantienen la tradición; salvo los pobres, muy pocos conservan las tradiciones. Los aristócratas no viven de tradiciones, sino de modas. Los Bohun habían sido pícaros bajo la reina Ana y petimetres bajo la reina Victoria. Pero, al igual de muchas antiguas casas, durante estos últimos tiempos habían degenerado en simples borrachos y gomosos perversos, y, al fin, se produjeron en la familia ciertos vagos síntomas de locura. Realmente había algo de inhumano en la feroz sed de placeres del coronel, y aquella su resolución crónica de no volver a casa hasta la madrugada tenía mucho de la horrible lucidez del insomnio. Era un animal esbelto y hermoso y, aunque entrado en años, su cabello era de un rubio admirable. Era blando y leonado, pero sus ojos azules, a fuerza de hundidos, resultaban negros. Además, los tenía muy juntos. Tenía unos bigotazos amarillos, y, junto a las guías, desde las fosas nasales hasta las quijadas, unos pliegues o surcos; de suerte que su cara parecía cortada por una risa burlona. Sobre el frac llevaba un gabán amarillo pálido, tan ligero, que casi parecía una bata, y echado hacia la nuca, un sombrero de alas anchas color verde claro, sin duda una curiosidad oriental comprada por ahí casualmente. Estaba muy orgulloso dé su elegancia incongruente, porque se jactaba de hacerla parecer congruente.
Su hermano el cura tenía también los cabellos rubios y el tipo elegante, pero iba vestido de negro, abrochados todos los botones, completamente afeitado; era muy pulcro y algo nervioso. Parecía vivir sólo para la religión; pero algunos aseguraban (particularmente el herrero, que era presbiteriano) que aquello, más que amor a Dios era amor a la arquitectura gótica, y que si andaba siempre como una sombra rondando por la iglesia, esto no era más que un nuevo aspecto, superior sin duda, de la misma enloquecedora sed de belleza que arrojaba al otro hermano a la vorágine de las mujeres y el vino. El cargo no parecía justo: la piedad práctica del sacerdote era innegable. En verdad, esta acusación provenía de la ininteligencia por el amor a la soledad y al secreto de la oración, y se fundaba sólo en que solían encontrar al sacerdote arrodillado, no ante el altar, sino en sitios como criptas o galerías, y hasta en el campanario.
El sacerdote se dirigía a la iglesia, pasando por el patio de la fragua, cuando se detuvo, arrugando el ceño, al ver a su hermano, que, con sus cavernosos ojos, estaba mirando en la misma dirección. Ni por un momento se le ocurrió que el coronel se interesara por la iglesia. Sólo quedaba, pues, la fragua, y aunque el herrero, como presbiteriano, no pertenecía a su rebaño, Wilfrid Bohun había oído hablar de ciertos escándalos y de cierta mujer del herrero, célebre por su belleza. Miró al soportal de la fragua con desconfianza, y el coronel se levantó, riendo, a hablar con él.
-Buenos días Wilfrid -dijo-. Aquí me tienes, como buen señor, desvelado por cuidar a mi gente. Vengo a buscar al herrero.
Wilfrid, mirando al suelo, contestó:
-El herrero está ausente. Ha ido a Greenford.
-Lo sé -dijo el otro, sonriendo-. Por eso, precisamente, vengo a buscarle.
-Norman -dijo el clérigo, siempre mirando al suelo--, ¿no has temido nunca que te mate un rayo?
-¿Qué quieres decir? ¿Te ha dado ahora por la meteorología?
-Quiero decir --contestó Wilfrid sin alzar los ojos- que si no has temido nunca que te castiguen en mitad de una calle.
-¡Ah, perdona! Ahora caigo: te ha dado por e1 folklore.
-Y a ti por la blasfemia -dijo el religioso, herido en lo más vivo de su ser-. Pero si no temes a Dios, no te faltarán razones para temer a los hombres.
El mayor arqueó las cejas cortésmente.
-¿Temer a los hombres?
-Barnes, el herrero -dijo el clérigo, precisando-, es el hombre más robusto y fuerte en cuarenta millas a la redonda. Y sé que tú no eres cobarde ni endeble, pero él podría arrojarte por encima de esa pared.
Como esto era verdad, hizo efecto. Y, en la cara de su hermano, la línea de las fosas nasales a la mandíbula se hizo más profunda y negra. La mueca burlona duró un instante, pero pronto el coronel Bohun recobró su cruel buen humor, y rió, dejando ver bajo sus bigotes amarillos dos hileras de dientes de perro.
-En tal caso, mi querido Wilfrid -dijo con indiferencia-, será prudente que el último de los Bohun ande revestido de armaduras, aunque sea en parte.
Y quitándose el extravagante sombrero verde, hizo ver que estaba forrado de acero. Wilfrid reconoció en el forro de acero un ligero casco japonés o chino arrancado de un trofeo que adornaba los muros del salón familiar.
-Es el primer sombrero que encontré a mano -explicó Norman alegremente-. Yo estoy siempre por el primer sombrero y por la primera mujer que encuentro a mano.
-El herrero salió para Greenford -dijo Wilfrid gravemente-. No se sabe cuándo volverá.
Y siguió su camino hacia la iglesia con la cabeza inclinada, santiguándose como quien desea libertarse de un mal espíritu. Estaba ansioso de olvidar las groserías de su hermano en la fresca penumbra de aquellos altísimos claustros góticos. Pero estaba de Dios que aquella mañana el ciclo de sus ejercicios religiosos había de ser interrumpido constantemente por pequeños accidentes. Al entrar en la iglesia, que siempre estaba desierta a estas horas, vio que una figura arrodillada se levantaba precipitadamente y corría hacia la puerta, por donde entraba ya la luz del día. El cura, al verla, se quedó rígido de sorpresa: aquel feligrés madrugador era nada menos que el idiota del pueblo, un sobrino del herrero, un infortunado incapaz de preocuparse de la iglesia ni de ninguna cosa. Le llamaban Juan Loco, y parece que no tenía otro nombre. Era un muchacho moreno, fuerte, cargado de hombros, con una carota pálida, cabellos negros e híspidos, y siempre boquiabierto. Al pasar junto al sacerdote, su monstruosa cara no dejó adivinar lo que podía haber estado haciendo allí. Hasta entonces nadie le había visto rezar. ¿Qué extraños rezos podían esperarse de aquel hombre?
Wilfrid Bohun se quedó como clavado en el suelo largo rato, contemplando al idiota, que salió a la calle, bañada ya por el sol, y a su hermano, que lo llamó, al verlo venir con una familiaridad alegre de tío que se dirige a un sobrino. Finalmente vio que su hermano lanzaba piezas de a penique a la boca abierta de Juan Loco como quien tira al blanco.
Aquel horrible cuadro de la estupidez y la crueldad de la tierra hizo que el asceta se apresurara a consagrarse a sus plegarias, para purificarse y cambiar de ideas. Se dirigió a un banco de la galería, bajo una vidriera de colores que tenía el don de tranquilizar su ánimo: era una vidriera azul donde había un ángel con un ramo de lirios. Aquí el sacerdote comenzó a olvidarse del idiota de la cara lívida y la boca de pez. Fue pensando cada vez menos en su perverso hermano, león hambriento que anda en busca de presa. Cada vez se entregó más a los halagadores y frescos tonos del cielo de zafiro y flores de plata de la vidriera.
Una media hora más tarde le encontró allí Gibbs, el zapatero del pueblo, que venía a buscarle muy apresurado. El sacerdote se levantó al instante, comprendiendo que sólo algo grave podía obligar a Gibbs a buscarle en aquel sitio. El remendón, en efecto, como en muchos pueblos acontece, era un ateo, y su aparición en la iglesia todavía más extraña que la de Juan el Loco. Aquélla era, decididamente, una mañana de enigmas teológicos.
-¿Qué pasa? preguntó Wilfrid Bohun, aparentando serenidad, pero cogiendo el sombrero con mano temblorosa.
El ateo contestó con una voz que, para ser era extraordinariamente respetuosa y hasta denotaba cierta simpatía:
-Perdóneme usted, señor -dijo-; pero nos pareció indebido que no lo supiera usted de una vez. El caso es que ha pasado algo horrible. El caso es que su hermano...
Wilfrid juntó sus flacas manos, y, sin poderse reprimir, exclamó:
-¿Qué nueva atrocidad está haciendo?
-No, señor -dijo el zapatero, tosiendo-. Ya no le es dable hacer nada, ni desear nada, porque ya rindió cuentas. Lo mejor es que venga usted y lo vea.
El cura siguió al zapatero. Bajaron una escalerilla de caracol y llegaron a una puerta que estaba a nivel más alto que la calle. Desde allí, Bohun pudo apreciar al primer vistazo toda la tragedia, como en un panorama. En el patio de la fragua había unos cinco o seis hombres vestidos de negro, y entre ellos un inspector de Policía. Allí estaban el doctor, el ministro presbiteriano, el sacerdote católico, en cuya feligresía contaba la mujer del herrero. El sacerdote católico hablaba aparte con ésta, en voz baja. Ella una magnífica mujer de cabellos de oro- sollozaba sentada en un banco. Entre los dos grupos, y junto a un montón de martillos y mazos, yacía un hombre vestido de frac, abierto de brazos y piernas, y vuelto boca abajo. Wilfrid, desde su altura, reconoció todos los detalles de su traje y apariencia, y vio en su mano los anillos de la familia Bohun. Pero el cráneo no era más que una horrible masa aplastada, como una estrella negra y sangrienta.
Wilfrid Bohun no hizo más que mirar aquello y bajar corriendo al patio de la fragua. El doctor, el médico de la familia, vino a saludarle, pero Wilfrid no se dio cuenta. Sólo pudo balbucear:
-¡Mi hermano muerto! ¿Qué ha pasado? Qué horrible misterio es éste?
Nadie contestó una palabra. Al fin, el remendón, el más atrevido de los presentes, dijo así:
-Sí, señor; muy horrible; pero misterio, no.
-¿Por qué? preguntó el lívido Wilfrid.
-La cosa es muy clara -contestó Gibbs-. En cuarenta millas a la redonda sólo hay un hombre capaz de asestar un golpe como éste, y precisamente es el único hombre que tenía razón para hacerlo.
-No hay que prejuzgar más -dijo nerviosamente el doctor, que era un hombre alto, de barba negra-. Pero me corresponde corroborar lo que dice Mr. Gibbs sobre la naturaleza del golpe: es realmente un golpe increíble. Mr. Gibbs dice que, en el distrito, sólo hay un hombre capaz de haberlo dado. Yo me atrevo a afirmar que no hay ninguno.
Por el cuerpo frágil del cura pasó un estremecimiento supersticioso.
-Apenas entiendo -dijo.
-Mr. Bohun -continuó el doctor en voz baja-, me faltan imágenes para explicarlo; decir que el cráneo ha sido destrozado como un cascarón de huevo, todavía es poco. Dentro del cuerpo mismo han entrado algunos fragmentos óseos, y también han entrado en el suelo, como entrarían las balas en una pared blanda. Esto parece obra de un gigante.
Calló un instante. Tras las gafas relumbraban sus ojos. Después prosiguió:
-Esto tiene una ventaja: que, por lo menos, deja libre de toda sospecha a mucha gente. Si usted, o yo, o cualquier persona normal del pueblo fuera acusada de este crimen, se nos pondría libres al instante, como se pondría libre a un niño acusado de robar la columna de Nelson.
-Eso es lo que yo digo -repitió el obstinado zapatero-. Sólo hay un hombre capaz de haberlo hecho, y es también el que pudo verse en el caso de hacerlo. ¿Dónde está Simon Barnes, el maestro?
-Está en Greenford -tartamudeó el cura.
-Más fácil es que esté en Francia -gruñó el zapatero.
-No; ni en uno ni en otro sitio -dijo una vocecita descolorida, la voz del pequeño sacerdote católico, que acababa de reunirse al grupo-. Evidentemente, ahora mismo viene por el camino.
El sacerdote no era hombre de aspecto interesante. Tenía unos cabellos opacos y una cara redonda y vulgar. Pero, así hubiera sido tan bello como Apolo, nadie habría vuelto la cabeza para mirarle. Todos la volvieron hacia el camino que atravesaba el llano. En efecto: por allá se veía venir, con sus grandes trancos y su martillo al hombro, a Simon el herrero. Era hombre huesudo y gigantesco; tenía unos ojos profundos, negros, siniestros, y una barba negra. Venía acompañado de dos hombres, con quienes charlaba tranquilamente, y aunque no era de suyo alegre, parecía contento.
-¡Dios mío! -gritó el ateo remendón-. ¡Y trae al hombro el martillo asesino!
-No -dijo el inspector, hombre de aspecto sensible, que usaba un bigote pardo y hablaba ahora por vez primera-. El martillo que sirvió para el crimen está allí, junto al muro de la iglesia. Lo mismo que el cadáver, lo hemos dejado en el sitio en que lo encontramos.
Todos buscaron el martillo con la mirada. El sacerdote pequeño dio unos pasos y fue a examinar el instrumento de cerca. Era uno de los martillos más ligeros, más pequeños que hay en las fraguas, y sólo por eso llamaba la atención. Pero en el hierro podía verse una mancha de sangre y un mechón de cabellos amarillos.
Tras una pausa, el pequeño sacerdote, sin alzar los ojos, comenzó a hablar, por cierto con voz algo alterada:
-No tenía razón Mr. Gibbs -dijo- en asegurar que aquí no hay misterio. Porque, cuando menos, queda el misterio de cómo ese hombre tan fuerte pudo emplear para semejante golpe un martillo tan pequeño.
-Eso no importa -dijo Gibbs, febril-. ¿Qué hacemos con Simon Barnes?
-Dejarle -dijo el sacerdote tranquilamente-. El viene aquí por su propio pie. Conozco a sus dos acompañantes. Son buenos vecinos de Greenford. Ahora estarán ya a la altura de la capilla presbiteriana.
Y en este momento el fornido herrero dobló la esquina de la iglesia y entró en su patio. Se detuvo, se quedó inmóvil: cayó de su mano el martillo. El inspector, que había conservado una corrección impenetrable, fue hacia él al instante.
-Yo no le pregunto a usted, Mr. Barnes -dijo- si sabe lo que ha sucedido aquí. No está usted obligado a declararlo. Espero y deseo que, o ignore usted, y que pueda usted probar su ignorancia. Pero tengo la obligación de arrestarle a usted en nombre del rey por la muerte del coronel Norman Bohun.
-No está usted obligado a confesar nada -dijo el zapatero con oficiosa diligencia-. A otros toca probar. Todavía no está probado que ese cuerpo con la cabeza aplastada sea el del coronel Bohun.
-Eso no tiene duda -dijo el doctor aparte al sacerdote-. Este asunto no da lugar a historias detectivescas. Yo he sido el médico del coronel y conozco el cuerpo de este hombre mejor que lo conocía él mismo. Tenía unas manos hermosas, pero con una singularidad: que los dedos segundo y tercero, el índice y el medio, eran de igual tamaño. No hay duda de que éste es el coronel.
Y echó una mirada al cadáver. Los ojos de hierro del inmóvil maestro de fragua siguieron su mirada y fueron a dar también en el cadáver.
-¿Que ha muerto el coronel Bohun? -dijo e1 maestro tranquilamente-. Quiere decir que a estas horas está ya condenado.
-¡No diga usted nada! ¡No diga usted nada! -gritó el zapatero ateo, bailando casi en un éxtasis de admiración por el sistema legal inglés-, porque no hay legalistas como los descreídos.
El herrero volvió hacia él una cara augusta de lunático.
-A vosotros, los infieles, os está bien escurriros como ardillas donde las leyes del mundo lo consienten -dijo-. Pero a los suyos Dios los guarda. Ahora mismo lo vas a ver.
Y después, señalando el cadáver del coronel, preguntó:
-¿Cuándo murió este perro pecador?
-Modere usted su lenguaje -dijo el médico.
-Que modere su lenguaje la Biblia y yo moderaré el mío. ¿Cuándo murió?
-A las seis de la mañana todavía estaba vivo -balbuceó Wilfrid Bohun.
-Dios es bueno -dijo el herrero-. Señor inspector: no tengo el menor inconveniente en dejarme arrestar. Usted es quien debe tener inconvenientes para arrestarme. A mí no me aflige salir del juicio limpio de mancha. A usted sí le afligirá, sin duda, salir del juicio con un contratiempo en su carrera.
Por primera vez el robusto inspector miró al herrero con ojos terribles. Lo mismo hicieron los demás, menos el singular pequeño sacerdote, que seguía contemplando el martillo que había servido para asestar aquel golpe tan tremendo.
-A la puerta de la fragua hay dos hombres -continuó el herrero con grave lucidez-. Son buenos comerciantes de Greenford, a quienes conocen todos ustedes. Ellos jurarán que me han visto desde antes de la medianoche hasta el amanecer, y aun mucho después, en la sala de sesiones de nuestra Misión Religiosa, que ha trabajado toda la noche en salvar almas. En Greenford hay otros veinte que jurarán lo mismo. Si yo fuera un gentil, señor inspector, le dejaría a usted precipitarse a su ruina. Pero como cristiano, estoy obligado a ofrecerle la salvación, y preguntarle si quiere usted recibir la prueba de mi coartada antes de llevarme a juicio.
El inspector, algo desconcertado, repuso:
-Naturalmente que preferiría yo absolverle a usted de una vez.
El herrero, con aire desembarazado, salió del patio y se reunió con sus dos amigos de Greenford, que, en efecto, eran amigos de todos los presentes. Y ambos, en efecto, dijeron unas cuantas palabras que nadie pensó siquiera en poner e duda. Cuando los testigos hubieron declarado, 1a inocencia de Simon quedó establecida tan sólidamente como la misma iglesia que servía de fondo al cuadro.
Y entonces sobrevino uno de esos silencios más angustiosos que todas las palabras. El cura, Al sólo por hablar algo, dijo al sacerdote católico:
-Padre Brown: parece que a usted le intriga mucho el martillo.
-Es verdad -contestó éste-. ¿Cómo es posible que sea tan pequeño el instrumento del crimen?
El doctor volvió la cabeza.
-¡Cierto, por san Jorge! -exclamó-. ¿Quién pudo servirse de un martillo tan ligero, habiendo a la mano tantos martillos más pesados y fuertes?
Después, bajando la voz, dijo al oído del cura:
-Sólo una persona incapaz de manejar uno más pesado. La diferencia entre los sexos no es cuestión de valor o fuerza, sino de robustez, para levantar pesos en los músculos de los hombres. Una mujer atrevida puede cometer cien asesinatos con un martillo ligero, y ser incapaz de matar un escarabajo con un martillo pesado.
Wilfrid Bohun se le quedó mirando como hipnotizado de horror; mientras que el padre Brown escuchaba muy atentamente, con la cabeza inclinada a un lado. El doctor continuó explicándose con más énfasis:
-¿Por qué suponen estos imbéciles que la única persona que odia al amante de una mujer es el marido de ésta? Nueve veces, de cada diez, quien más odia al amante es la mujer misma. ¿Quién sabe qué insolencias o traiciones habrá descubierto el amante a los ojos de ella...? Miren ustedes eso.
Y, con un ademán, señaló a la rubia, que seguía sentada en el banco. Al fin había levantado la cabeza, y las lágrimas comenzaban a secarse en sus hermosas mejillas. Pero los ojos parecían prendidos con un hilo eléctrico al cadáver del coronel, con una fijeza que tenía algo de idiotismo.
El reverendo Wilfrid Bohun hizo un ademán, como dando a entender que renunciaba a averiguar nada. Pero el padre Brown, sacudiéndose algunas cenizas de la fragua que acababan de caerle en la manga, dijo con su característico tono indiferente:
-A usted le pasa lo que a muchos otros médicos. Su ciencia del espíritu es arrebatadora; pero su ciencia física es completamente imposible. Yo convengo con usted en que la mujer suele tener más deseos de matar al cómplice que los que pudiera tener el mismo injuriado. Y también acepto que una mujer prefiera siempre un martillo ligero a uno pesado. Pero aquí el problema está en una imposibilidad física absoluta. No hay mujer en el mundo capaz de aplastar un cráneo de un golpe en esta forma.
Y, tras una pausa reflexiva, continuó:
-Esta gente no se ha dado cuenta del caso. Note usted que este hombre llevaba un casco de hierro debajo del sombrero, y que el golpe lo ha destrozado como se rompe un vidrio. Observe usted a esa mujer: vea usted sus brazos.
Hubo un nuevo silencio, y después dijo el doctor, amoscado:
-Bueno, puede ser que yo me engañe. En este mundo todo tiene su pro y su contra. Pero vamos a lo esencial: sólo un idiota, teniendo a la mano estos martillos, -pudo escoger el más ligero.
Al oír esto, Wilfrid Bohun se llevó a la cabeza las flacas y temblorosas manos, como quisiera arrancarse los ralos cabellos amarillos Después, dejándolas caer de nuevo, exclamó:
-Ésa era la palabra que me estaba haciende falta. Usted lo ha dicho.
Y, dominándose, continuó:
-Usted ha dicho: «Sólo un idiota.»
-Sí. ¿Y qué?
-Pues, que, en efecto, esto sólo un idiota 1o ha hecho -concluyó el cura.
Los otros se miraron desconcertados, mientras él proseguía con una agitación femenina y febril:
-Yo soy sacerdote; un sacerdote no puede derramar sangre. Quiero decir que no puede llevar a nadie a la horca. Y doy gracias a Dios porque ahora veo bien quién es el delincuente, y es un delincuente que no puede ser llevado a la horca.
-¿Se propone usted no denunciarlo? -preguntó el doctor.
-No le podrán colgar aun cuando yo lo denuncie -contestó Wilfrid con una sonrisa llena de extraña alegría-. Esta mañana, al venir a la iglesia, me encontré allí a un loco rezando, a ese desdichado Juan, el idiota. Dios sabe lo que habrá rezado; pero no es inverosímil suponer en un loco que las plegarias fueran al revés de lo debido. Es muy posible que un loco rece antes de matar a un hombre. Cuando vi por última vez al pobre Juan, éste estaba con mi hermano. Mi hermano estaba burlándose de él.
-¡By Jove! -gritó el doctor-. ¡Al fin! ¡Esta es hablar claro! Pero, ¿cómo explicarse entonces...?
El reverendo Wilfrid temblaba casi, al sentirse cerca de la verdad:
-¿No ve usted, no ve usted -dijo- que es lo único que puede explicar estos dos enigmas? Uno, es el martillo ligero; el otro, el golpe formidable. El herrero pudo asestar el golpe, pero no hubiera empleado ese martillo. Su mujer pudo emplear ese martillo, pero nunca asestar semejante golpe. Pero un loco pudo hacer las dos cosas. ¿Que el martillo era pequeño? Él es un loco: como asió ese martillo pudo asir cualquier otro objeto. Y en cuanto al golpe, ¿no sabe usted, acaso, doctor, que un loco, en un paroxismo tiene la fuerza de diez hombres?
El doctor, lanzando un profundo suspiro, contestó:
-¡Diantre! Creo que ha dado usted en el clavo.
El padre Brown había estado contemplando a Bohun con tanta atención como si quisiera demostrarle que sus grandes ojos grises, ojos de buey, no eran tan insignificantes como el resto de su persona. Cuando los otros callaron, dijo con el mayor respeto:
-Mr. Bohun, la teoría que usted propone es la única que resiste un examen atento, y como hipótesis, lo explica todo. Merece usted, pues, que le diga, fundado en mi conocimiento de los hechos, que es completamente falsa.
Y, dicho esto, el hombrecillo se alejó un poco, para dedicarse otra vez al famoso martillo.
-Este sujeto parece saber más de lo que le convendría saber -murmuró el malhumorado doctor al oído de Bohun-. Estos sacerdotes papistas son unos socarrones probados.
-No, no -dijo Bohun con expresión de fatiga-. Fue el loco, fue el loco.
El grupo formado por el doctor y los dos clérigos se había quedado aparte del grupo oficial, en que figuraban el inspector y el herrero. Pero, al disolverse a su vez, el primer grupo se puso en contacto con el segundo. El sacerdote alzó y bajó
los ojos tranquilamente al oír al maestro herrero que decía en voz alta:
-Creo que le he convencido a usted, señor inspector. Soy, como usted dice, hombre bastante fuerte, pero no tanto que pueda lanzar mi martillo desde Greenford hasta aquí. Mi martillo no tiene alas para venir volando sobre valles y montañas.
El inspector rió amistosamente, y dijo:
-No; usted puede considerarse libre de toda sospecha, aunque, verdaderamente, es una de las, coincidencias más singulares que he visto en mi vida. Sólo le ruego a usted que nos ayude con todo empeño a buscar otro hombre tan fuerte y talludo como usted. ¡Por san Jorge!; usted podrá sernos muy útil, aunque sea para coger al criminal. ¿Usted no tiene sospecha de ningún hombre?
-Sí, tengo una sospecha; pero no de un hombre -dijo, pálido, el herrero.
Y viendo que todos los ojos, asustados, se dirigían hacia el banco en que estaba su mujer, puso sobre el hombro de ésta su robusta mano, y añadió:
-Tampoco de una mujer.
-¿Qué quiere usted decir? -preguntó el inspector, muy risueño-. Supongo que no creerá usted que las vacas son capaces de manejar un martillo, ¿no es cierto?
-Yo creo que ningún ser de carne y hueso ha movido ese martillo -continuó el maestro con voz abogada-. Hablando en términos humanos, yo creo que ese hombre ha muerto solo.
Wilfrid hizo un movimiento hacia delante, y miró al herrero con ojos ardientes.
-¿Quiere usted decir, entonces, Barnes -dijo con voz áspera el zapatero-, que el martillo saltó solo y le aplastó la cabeza?
-¡Oh, caballeros! -exclamó Simon-. Bien pueden ustedes extrañarse y burlarse; ustedes, sacerdotes, que nos cuentan todos los domingos cuán misteriosamente castigó el Señor a Senaquerib. Yo creo que Aquel que ronda invisiblemente todas las casas, quiso defender la honra de la mía, e hizo perecer al corruptor frente a mi puerta. Yo creo que la fuerza de este martillazo no es más que la fuerza de los terremotos.
Wilfrid, con indescriptible voz, dijo entonces:
-Yo mismo le había dicho a Norman que temiera el rayo de Dios.
A lo cual el inspector contestó, con leve sonrisa:
-Sólo que ese agente queda fuera de mi jurisdicción.
-Pero usted no queda fuera de la suya -contestó el herrero-. Recuérdelo usted.
Y volviendo la robusta espalda, entró en su casa.
El padre Brown, con aquella su amable facilidad de maneras, alejó de allí al conmovido Bohun:
-Vámonos de esté horrible sitio, Mr. Bohun -le dijo-. ¿Puedo asomarme un poco a su iglesia? Me han dicho que es una de las más antiguas de Inglaterra. Y, ya comprende usted... -añadió con un gesto cómico-, nosotros nos interesamos mucho por las iglesias antiguas de Inglaterra.
Wilfrid Bohun no pudo sonreír, porque el humorismo no era su fuerte; pero asintió con la cabeza, sintiéndose más que dispuesto a mostrar los esplendores del gótico a quien podría apreciarlos mejor que el herrero presbiteriano o el zapatero anticlerical.
-Naturalmente -dijo-. Entremos por aquí.
Y lo condujo a la entrada lateral, donde se abría la puerta con escalones al patio. Iba en la primera grada el padre Brown, cuando sintió una mano sobre su hombro y, volviéndose, vio la figura negra y esbelta del doctor, cuyo rostro estaba también negro de sospechas.
-Señor -dijo el médico con brusquedad-, usted parece conocer algunos secretos de este feo negocio. ¿Puedo preguntar a usted si se propone guardárselos para sí?
-¡Cómo, doctor! -contestó el sacerdote sonriendo plácidamente-. Hay una razón decisiva para que un hombre de mi profesión se calle las cosas cuando no está seguro de ellas, y es lo acostumbrado que está a callárselas cuando está cierto de ellas. Pero si le parece a usted que he sido reticente hasta la descortesía con usted o con cualquiera, violentaré mi costumbre todo lo que me sea posible. Le voy a dar a usted dos indicios.
-¿Y son? preguntó el doctor, muy solemne.
-Primero -contestó el padre Brown-, algo que le compete a usted: es un punto de ciencia física. El herrero se equivoca, no quizás en asegurar que se trate de un acto divino, sino en figurarse que es un milagro. Aquí no hay milagro, doctor, sino hasta donde el hombre mismo dotado como está de un corazón extraño, perverso y, con todo, semiheroico, es un milagro. La fuerza que destruyó ese cráneo es una fuerza bien conocida de los hombres de ciencia: una de las leyes de la Naturaleza más frecuentemente discutidas.
El doctor, que le contemplaba con sañuda atención, preguntó simplemente:
-¿Y luego?
-El otro indicio es éste -contestó el sacerdote-. ¿Recuerda usted que el herrero, aunque cree en el milagro, hablaba con burla de la posibilidad de que su martillo tuviera alas y hubiera venido volando por el campo desde una distancia de media milla?
-Sí -dijo el doctor-; lo recuerdo.
-Bueno -añadió el padre Brown con una sonrisa llena de sencillez-. Pues esa suposición fantástica es la más cercana a la verdad de cuantas hoy se han propuesto.
Y dicho esto, subió las gradas para reunirse con el cura.
El reverendo Wilfrid le había estado esperando, pálido e impaciente, como si esta pequeña tardanza agotara la resistencia de sus nervios. Lo condujo derechamente a su rincón favorito, a aquella parte de la galería que estaba más cerca del techo labrado, iluminada por la admirable ventana del ángel. Todo lo vio y admiró con el mayor cuidado el sacerdote latino, hablando incesantemente, aunque en voz baja. Cuando, en el curso de sus exploraciones, dio con la salida lateral y la escalera de caracol por donde Wilfrid bajó para ver a su hermano muerto, el padre Brown, en lugar de bajar, trepó con la agilidad de un mono, y desde arriba se dejó oír su clara voz:
-Suba usted, Mr. Bohun. Este aire le hará a usted bien.
Bohun subió, y se encontró en una especie de galería o balcón de piedra, desde el cual se dominaba la ilimitada llanura donde se alzaba la colinilla del pueblo, llena de vegetación hasta el término rojizo del horizonte, y salpicada aquí y allá de aldeas y granjas. Bajo ellos, como un cuadro blanco y pequeño, se veía el patio de la fragua, donde el inspector seguía tomando notas, y el cadáver yacía aún a modo de una mosca aplastada.
-Esto parece un mapamundi, ¿no es verdad? -observó el padre Brown.
-Sí -dijo Bohun gravemente, y movió la cabeza.
Debajo y alrededor de ellos las líneas del edificio gótico se hundían en el vacío con una agilidad vertiginosa y suicida. En la arquitectura de la Edad Media hay una energía titánica que, bajo cualquier aspecto que se la vea, siempre parece precipitarse como un caballo furioso. Aquella iglesia había sido labrada en roca antigua y silenciosa, barbada de musgo y manchada con los nidos de los pájaros. Pero cuando se la contemplaba desde abajo, parecía saltar hasta las estrellas como una fuente; y cuando, como ahora, se la contemplaba desde arriba, caía como una catarata en un abismo sin ecos.
Aquellos dos hombres se encontraban, así, solos frente al aspecto más terrible del gótico: la contradicción y desproporción monstruosas, las perspectivas vertiginosas, el vislumbre de la grandeza de las cosas pequeñas y la pequeñez de las grandes: un torbellino de piedra en mitad del aire. Detalles de la piedra, enormes por su proximidad, se destacaban sobre campos y granjas que, a la distancia, aparecían diminutos. Un pájaro o fiera labrado en un ángulo resultaba un enorme dragón capaz de devorar todos los pastos y las aldeas del contorno. La atmósfera misma era embriagadora y peligrosa, y los hombres se sentían como suspendidos en el aire sobre las alas vibradoras de un genio colosal. La iglesia toda, enorme y rica como una catedral, parecía caer cual un aguacero sobre aquellos campos asoleados.
-Creo que andar por estas alturas, aun para rezar, es arriesgado -observó el padre Brown-. Las alturas fueron hechas para ser admiradas desde abajo, no desde arriba.
-¿Quiere usted decir que puede uno caer? -preguntó Wilfrid.
-Quiero decir que, aunque el cuerpo no caiga, se le cae a uno el alma -contestó el otro.
-No le entiendo a usted -dijo Bohun.
-Pues considere usted, por ejemplo, al herrero -continuó el padre Brown-. Es un buen hombre, pero no un cristiano: es duro, imperioso, incapaz de perdonar. Su religión escocesa es la obra de hombres que oraban en lo alto de las montañas y los precipicios, y se acostumbraron más bien a considerar el mundo desde arriba que no a ver el cielo desde abajo. La humildad es madre de los gigantes. Desde el valle se aprecian muy bien las eminencias y las cosas grandes. Desde la cumbre sólo se ven las cosas minúsculas.
-Pero, en todo caso, él no lo hizo -dijo Bohun con tremenda inquietud.
-No -dijo el otro con un acento singular-. Bien sabemos que no fue él.
Y, después de un instante, contemplando tranquilamente la llanura con sus pálidos ojos grises, continuó:
-Conocí a un hombre que comenzó por arrodillarse ante el altar como los demás, pero que se fue enamorando de los sitios altos y solitarios para entregarse a sus oraciones, como, por ejemplo, los rincones y nichos de los campanarios y chapiteles. Una vez allí, donde el mundo todo le parecía girar a sus pies como una rueda, su mente también se trastornaba, y se figuraba ser Dios. Y así, aunque era un hombre bueno, cometió un gran crimen.
Wilfrid tenía vuelto el rostro a otra parte, pero sus huesudas manos, cogidas al parapeto de piedra, se pusieron blancas y azules.
-Ese hombre creyó que a él le tocaba juzgar al mundo y castigar al pecador. Nunca se le hubiera ocurrido eso si hubiera tenido la costumbre de arrodillarse en el suelo, como los demás hombres. Pero, desde arriba, los hombres le parecían insectos. Un día distinguió, a sus pies, justamente debajo de él, uno que se pavoneaba muy orgulloso, y que era muy visible porque llevaba un sombrero verde: ¡casi un insecto ponzoñoso!
Las cornejas graznaban por los rincones del campanario, pero no se oyó ningún otro ruido.
El padre Brown continuó:
-Había algo más para tentarle: tenía en su mano uno de los instrumentos más terribles de la Naturaleza; quiero decir, la ley de la gravedad, esa energía loca y feroz en virtud de la cual todas las criaturas de la tierra vuelan hacia el corazón de la tierra en cuanto pueden hacerlo. Mire usted: el inspector pasea ahora precisamente allá abajo, en el patio de la fragua. Si yo le tiro una piedrecita desde este parapeto, cuando llegue a él llevará la fuerza de una bala. Si le dejo caer un martillo, aunque sea un martillo pequeño...
Wilfrid Bohun pasó una pierna por encima del parapeto, y el padre Brown le saltó ágilmente al cuello para retenerle.
-No por esa puerta -le dijo con mucha dulzura-. Esa puerta lleva al infierno.
Bohun, tambaleándose, se recostó en el muro y miró al padre Brown con ojos de espanto.
-¿Cómo sabe usted todo eso? -gritó-. ¿Es usted el diablo?
-Soy un hombre --contestó gravemente el padre Brown-. Por consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón. Escúcheme usted.
Y, tras una pausa, prosiguió:
-Sé lo que usted ha hecho, o, al menos, adivino lo esencial. Cuando se separó usted de su hermano estaba poseído de ira, una ira no injustificada, al extremo que cogió usted al paso un martillo, sintiendo un deseo sordo de matarle en el sitio mismo del pecado. Pero, dominándose, se lo guardó usted en su levita abotonada y se metió usted en la iglesia. Estuvo rezando aquí y allá sin saber lo que hacía: bajo la vidriera del ángel en la plataforma de arriba, en otra de más arriba, desde donde podía usted ver el sombrero oriental del coronel como el verde dorso de un escarabajo rampante. Algo estalló entonces dentro de su alma, y obedeciendo a un impulso súbito de procedencia indefinible, dejó usted caer el rayo de Dios.
Wilfrid se llevó una mano a la cabeza una mano temblorosa- y preguntó con voz sofocada:
-¿Cómo sabe usted que su sombrero parecía un escarabajo verde?
-¡Oh, eso es cosa de sentido común! -dijo el otro con una sombra de sonrisa-.
Pero, escúcheme usted un poco más. He dicho que sé todo esto, pero nadie más lo sabrá. El próximo paso es usted quien tiene que darlo; yo no doy más pasos: yo sello esto con el sello de la confesión. Si me pregunta usted por qué, me sobran razones, y sólo una le importa a usted. Dejo a usted en libertad de obrar, porque no está usted aún muy corrompido, como suelen estarlo los asesinos. Usted no quiso contribuir a la acusación del herrero, cuando era la cosa más fácil, ni a la de su mujer, que tampoco era difícil. Usted trató de echar la culpa al idiota, sabiendo que no se le podía castigar. Y ese solo hecho es un vislumbre de salvación, y el encontrar tales vislumbres en los asesinos lo tengo yo por oficio propio. Y ahora, baje usted al pueblo, y haga usted lo que quiera, que está usted tan libre como el viento. Porque yo ya he dicho mi última palabra.
Bajaron la escalera de caracol en el mayor silencio, y salieron frente a la fragua, a la luz del sol- Wilfrid Bohun levantó cuidadosamente la aldaba, abrió la puerta de la cerca de palo y, dirigiéndose al inspector, dijo:
-Me entrego a la justicia: he matado a m hermano.
Los Bohun eran una de las contadas familias aristocráticas que realmente datan de la Edad Media, y su pendón había flotado en Palestina. Pero es un gran error suponer que estas familias mantienen la tradición; salvo los pobres, muy pocos conservan las tradiciones. Los aristócratas no viven de tradiciones, sino de modas. Los Bohun habían sido pícaros bajo la reina Ana y petimetres bajo la reina Victoria. Pero, al igual de muchas antiguas casas, durante estos últimos tiempos habían degenerado en simples borrachos y gomosos perversos, y, al fin, se produjeron en la familia ciertos vagos síntomas de locura. Realmente había algo de inhumano en la feroz sed de placeres del coronel, y aquella su resolución crónica de no volver a casa hasta la madrugada tenía mucho de la horrible lucidez del insomnio. Era un animal esbelto y hermoso y, aunque entrado en años, su cabello era de un rubio admirable. Era blando y leonado, pero sus ojos azules, a fuerza de hundidos, resultaban negros. Además, los tenía muy juntos. Tenía unos bigotazos amarillos, y, junto a las guías, desde las fosas nasales hasta las quijadas, unos pliegues o surcos; de suerte que su cara parecía cortada por una risa burlona. Sobre el frac llevaba un gabán amarillo pálido, tan ligero, que casi parecía una bata, y echado hacia la nuca, un sombrero de alas anchas color verde claro, sin duda una curiosidad oriental comprada por ahí casualmente. Estaba muy orgulloso dé su elegancia incongruente, porque se jactaba de hacerla parecer congruente.
Su hermano el cura tenía también los cabellos rubios y el tipo elegante, pero iba vestido de negro, abrochados todos los botones, completamente afeitado; era muy pulcro y algo nervioso. Parecía vivir sólo para la religión; pero algunos aseguraban (particularmente el herrero, que era presbiteriano) que aquello, más que amor a Dios era amor a la arquitectura gótica, y que si andaba siempre como una sombra rondando por la iglesia, esto no era más que un nuevo aspecto, superior sin duda, de la misma enloquecedora sed de belleza que arrojaba al otro hermano a la vorágine de las mujeres y el vino. El cargo no parecía justo: la piedad práctica del sacerdote era innegable. En verdad, esta acusación provenía de la ininteligencia por el amor a la soledad y al secreto de la oración, y se fundaba sólo en que solían encontrar al sacerdote arrodillado, no ante el altar, sino en sitios como criptas o galerías, y hasta en el campanario.
El sacerdote se dirigía a la iglesia, pasando por el patio de la fragua, cuando se detuvo, arrugando el ceño, al ver a su hermano, que, con sus cavernosos ojos, estaba mirando en la misma dirección. Ni por un momento se le ocurrió que el coronel se interesara por la iglesia. Sólo quedaba, pues, la fragua, y aunque el herrero, como presbiteriano, no pertenecía a su rebaño, Wilfrid Bohun había oído hablar de ciertos escándalos y de cierta mujer del herrero, célebre por su belleza. Miró al soportal de la fragua con desconfianza, y el coronel se levantó, riendo, a hablar con él.
-Buenos días Wilfrid -dijo-. Aquí me tienes, como buen señor, desvelado por cuidar a mi gente. Vengo a buscar al herrero.
Wilfrid, mirando al suelo, contestó:
-El herrero está ausente. Ha ido a Greenford.
-Lo sé -dijo el otro, sonriendo-. Por eso, precisamente, vengo a buscarle.
-Norman -dijo el clérigo, siempre mirando al suelo--, ¿no has temido nunca que te mate un rayo?
-¿Qué quieres decir? ¿Te ha dado ahora por la meteorología?
-Quiero decir --contestó Wilfrid sin alzar los ojos- que si no has temido nunca que te castiguen en mitad de una calle.
-¡Ah, perdona! Ahora caigo: te ha dado por e1 folklore.
-Y a ti por la blasfemia -dijo el religioso, herido en lo más vivo de su ser-. Pero si no temes a Dios, no te faltarán razones para temer a los hombres.
El mayor arqueó las cejas cortésmente.
-¿Temer a los hombres?
-Barnes, el herrero -dijo el clérigo, precisando-, es el hombre más robusto y fuerte en cuarenta millas a la redonda. Y sé que tú no eres cobarde ni endeble, pero él podría arrojarte por encima de esa pared.
Como esto era verdad, hizo efecto. Y, en la cara de su hermano, la línea de las fosas nasales a la mandíbula se hizo más profunda y negra. La mueca burlona duró un instante, pero pronto el coronel Bohun recobró su cruel buen humor, y rió, dejando ver bajo sus bigotes amarillos dos hileras de dientes de perro.
-En tal caso, mi querido Wilfrid -dijo con indiferencia-, será prudente que el último de los Bohun ande revestido de armaduras, aunque sea en parte.
Y quitándose el extravagante sombrero verde, hizo ver que estaba forrado de acero. Wilfrid reconoció en el forro de acero un ligero casco japonés o chino arrancado de un trofeo que adornaba los muros del salón familiar.
-Es el primer sombrero que encontré a mano -explicó Norman alegremente-. Yo estoy siempre por el primer sombrero y por la primera mujer que encuentro a mano.
-El herrero salió para Greenford -dijo Wilfrid gravemente-. No se sabe cuándo volverá.
Y siguió su camino hacia la iglesia con la cabeza inclinada, santiguándose como quien desea libertarse de un mal espíritu. Estaba ansioso de olvidar las groserías de su hermano en la fresca penumbra de aquellos altísimos claustros góticos. Pero estaba de Dios que aquella mañana el ciclo de sus ejercicios religiosos había de ser interrumpido constantemente por pequeños accidentes. Al entrar en la iglesia, que siempre estaba desierta a estas horas, vio que una figura arrodillada se levantaba precipitadamente y corría hacia la puerta, por donde entraba ya la luz del día. El cura, al verla, se quedó rígido de sorpresa: aquel feligrés madrugador era nada menos que el idiota del pueblo, un sobrino del herrero, un infortunado incapaz de preocuparse de la iglesia ni de ninguna cosa. Le llamaban Juan Loco, y parece que no tenía otro nombre. Era un muchacho moreno, fuerte, cargado de hombros, con una carota pálida, cabellos negros e híspidos, y siempre boquiabierto. Al pasar junto al sacerdote, su monstruosa cara no dejó adivinar lo que podía haber estado haciendo allí. Hasta entonces nadie le había visto rezar. ¿Qué extraños rezos podían esperarse de aquel hombre?
Wilfrid Bohun se quedó como clavado en el suelo largo rato, contemplando al idiota, que salió a la calle, bañada ya por el sol, y a su hermano, que lo llamó, al verlo venir con una familiaridad alegre de tío que se dirige a un sobrino. Finalmente vio que su hermano lanzaba piezas de a penique a la boca abierta de Juan Loco como quien tira al blanco.
Aquel horrible cuadro de la estupidez y la crueldad de la tierra hizo que el asceta se apresurara a consagrarse a sus plegarias, para purificarse y cambiar de ideas. Se dirigió a un banco de la galería, bajo una vidriera de colores que tenía el don de tranquilizar su ánimo: era una vidriera azul donde había un ángel con un ramo de lirios. Aquí el sacerdote comenzó a olvidarse del idiota de la cara lívida y la boca de pez. Fue pensando cada vez menos en su perverso hermano, león hambriento que anda en busca de presa. Cada vez se entregó más a los halagadores y frescos tonos del cielo de zafiro y flores de plata de la vidriera.
Una media hora más tarde le encontró allí Gibbs, el zapatero del pueblo, que venía a buscarle muy apresurado. El sacerdote se levantó al instante, comprendiendo que sólo algo grave podía obligar a Gibbs a buscarle en aquel sitio. El remendón, en efecto, como en muchos pueblos acontece, era un ateo, y su aparición en la iglesia todavía más extraña que la de Juan el Loco. Aquélla era, decididamente, una mañana de enigmas teológicos.
-¿Qué pasa? preguntó Wilfrid Bohun, aparentando serenidad, pero cogiendo el sombrero con mano temblorosa.
El ateo contestó con una voz que, para ser era extraordinariamente respetuosa y hasta denotaba cierta simpatía:
-Perdóneme usted, señor -dijo-; pero nos pareció indebido que no lo supiera usted de una vez. El caso es que ha pasado algo horrible. El caso es que su hermano...
Wilfrid juntó sus flacas manos, y, sin poderse reprimir, exclamó:
-¿Qué nueva atrocidad está haciendo?
-No, señor -dijo el zapatero, tosiendo-. Ya no le es dable hacer nada, ni desear nada, porque ya rindió cuentas. Lo mejor es que venga usted y lo vea.
El cura siguió al zapatero. Bajaron una escalerilla de caracol y llegaron a una puerta que estaba a nivel más alto que la calle. Desde allí, Bohun pudo apreciar al primer vistazo toda la tragedia, como en un panorama. En el patio de la fragua había unos cinco o seis hombres vestidos de negro, y entre ellos un inspector de Policía. Allí estaban el doctor, el ministro presbiteriano, el sacerdote católico, en cuya feligresía contaba la mujer del herrero. El sacerdote católico hablaba aparte con ésta, en voz baja. Ella una magnífica mujer de cabellos de oro- sollozaba sentada en un banco. Entre los dos grupos, y junto a un montón de martillos y mazos, yacía un hombre vestido de frac, abierto de brazos y piernas, y vuelto boca abajo. Wilfrid, desde su altura, reconoció todos los detalles de su traje y apariencia, y vio en su mano los anillos de la familia Bohun. Pero el cráneo no era más que una horrible masa aplastada, como una estrella negra y sangrienta.
Wilfrid Bohun no hizo más que mirar aquello y bajar corriendo al patio de la fragua. El doctor, el médico de la familia, vino a saludarle, pero Wilfrid no se dio cuenta. Sólo pudo balbucear:
-¡Mi hermano muerto! ¿Qué ha pasado? Qué horrible misterio es éste?
Nadie contestó una palabra. Al fin, el remendón, el más atrevido de los presentes, dijo así:
-Sí, señor; muy horrible; pero misterio, no.
-¿Por qué? preguntó el lívido Wilfrid.
-La cosa es muy clara -contestó Gibbs-. En cuarenta millas a la redonda sólo hay un hombre capaz de asestar un golpe como éste, y precisamente es el único hombre que tenía razón para hacerlo.
-No hay que prejuzgar más -dijo nerviosamente el doctor, que era un hombre alto, de barba negra-. Pero me corresponde corroborar lo que dice Mr. Gibbs sobre la naturaleza del golpe: es realmente un golpe increíble. Mr. Gibbs dice que, en el distrito, sólo hay un hombre capaz de haberlo dado. Yo me atrevo a afirmar que no hay ninguno.
Por el cuerpo frágil del cura pasó un estremecimiento supersticioso.
-Apenas entiendo -dijo.
-Mr. Bohun -continuó el doctor en voz baja-, me faltan imágenes para explicarlo; decir que el cráneo ha sido destrozado como un cascarón de huevo, todavía es poco. Dentro del cuerpo mismo han entrado algunos fragmentos óseos, y también han entrado en el suelo, como entrarían las balas en una pared blanda. Esto parece obra de un gigante.
Calló un instante. Tras las gafas relumbraban sus ojos. Después prosiguió:
-Esto tiene una ventaja: que, por lo menos, deja libre de toda sospecha a mucha gente. Si usted, o yo, o cualquier persona normal del pueblo fuera acusada de este crimen, se nos pondría libres al instante, como se pondría libre a un niño acusado de robar la columna de Nelson.
-Eso es lo que yo digo -repitió el obstinado zapatero-. Sólo hay un hombre capaz de haberlo hecho, y es también el que pudo verse en el caso de hacerlo. ¿Dónde está Simon Barnes, el maestro?
-Está en Greenford -tartamudeó el cura.
-Más fácil es que esté en Francia -gruñó el zapatero.
-No; ni en uno ni en otro sitio -dijo una vocecita descolorida, la voz del pequeño sacerdote católico, que acababa de reunirse al grupo-. Evidentemente, ahora mismo viene por el camino.
El sacerdote no era hombre de aspecto interesante. Tenía unos cabellos opacos y una cara redonda y vulgar. Pero, así hubiera sido tan bello como Apolo, nadie habría vuelto la cabeza para mirarle. Todos la volvieron hacia el camino que atravesaba el llano. En efecto: por allá se veía venir, con sus grandes trancos y su martillo al hombro, a Simon el herrero. Era hombre huesudo y gigantesco; tenía unos ojos profundos, negros, siniestros, y una barba negra. Venía acompañado de dos hombres, con quienes charlaba tranquilamente, y aunque no era de suyo alegre, parecía contento.
-¡Dios mío! -gritó el ateo remendón-. ¡Y trae al hombro el martillo asesino!
-No -dijo el inspector, hombre de aspecto sensible, que usaba un bigote pardo y hablaba ahora por vez primera-. El martillo que sirvió para el crimen está allí, junto al muro de la iglesia. Lo mismo que el cadáver, lo hemos dejado en el sitio en que lo encontramos.
Todos buscaron el martillo con la mirada. El sacerdote pequeño dio unos pasos y fue a examinar el instrumento de cerca. Era uno de los martillos más ligeros, más pequeños que hay en las fraguas, y sólo por eso llamaba la atención. Pero en el hierro podía verse una mancha de sangre y un mechón de cabellos amarillos.
Tras una pausa, el pequeño sacerdote, sin alzar los ojos, comenzó a hablar, por cierto con voz algo alterada:
-No tenía razón Mr. Gibbs -dijo- en asegurar que aquí no hay misterio. Porque, cuando menos, queda el misterio de cómo ese hombre tan fuerte pudo emplear para semejante golpe un martillo tan pequeño.
-Eso no importa -dijo Gibbs, febril-. ¿Qué hacemos con Simon Barnes?
-Dejarle -dijo el sacerdote tranquilamente-. El viene aquí por su propio pie. Conozco a sus dos acompañantes. Son buenos vecinos de Greenford. Ahora estarán ya a la altura de la capilla presbiteriana.
Y en este momento el fornido herrero dobló la esquina de la iglesia y entró en su patio. Se detuvo, se quedó inmóvil: cayó de su mano el martillo. El inspector, que había conservado una corrección impenetrable, fue hacia él al instante.
-Yo no le pregunto a usted, Mr. Barnes -dijo- si sabe lo que ha sucedido aquí. No está usted obligado a declararlo. Espero y deseo que, o ignore usted, y que pueda usted probar su ignorancia. Pero tengo la obligación de arrestarle a usted en nombre del rey por la muerte del coronel Norman Bohun.
-No está usted obligado a confesar nada -dijo el zapatero con oficiosa diligencia-. A otros toca probar. Todavía no está probado que ese cuerpo con la cabeza aplastada sea el del coronel Bohun.
-Eso no tiene duda -dijo el doctor aparte al sacerdote-. Este asunto no da lugar a historias detectivescas. Yo he sido el médico del coronel y conozco el cuerpo de este hombre mejor que lo conocía él mismo. Tenía unas manos hermosas, pero con una singularidad: que los dedos segundo y tercero, el índice y el medio, eran de igual tamaño. No hay duda de que éste es el coronel.
Y echó una mirada al cadáver. Los ojos de hierro del inmóvil maestro de fragua siguieron su mirada y fueron a dar también en el cadáver.
-¿Que ha muerto el coronel Bohun? -dijo e1 maestro tranquilamente-. Quiere decir que a estas horas está ya condenado.
-¡No diga usted nada! ¡No diga usted nada! -gritó el zapatero ateo, bailando casi en un éxtasis de admiración por el sistema legal inglés-, porque no hay legalistas como los descreídos.
El herrero volvió hacia él una cara augusta de lunático.
-A vosotros, los infieles, os está bien escurriros como ardillas donde las leyes del mundo lo consienten -dijo-. Pero a los suyos Dios los guarda. Ahora mismo lo vas a ver.
Y después, señalando el cadáver del coronel, preguntó:
-¿Cuándo murió este perro pecador?
-Modere usted su lenguaje -dijo el médico.
-Que modere su lenguaje la Biblia y yo moderaré el mío. ¿Cuándo murió?
-A las seis de la mañana todavía estaba vivo -balbuceó Wilfrid Bohun.
-Dios es bueno -dijo el herrero-. Señor inspector: no tengo el menor inconveniente en dejarme arrestar. Usted es quien debe tener inconvenientes para arrestarme. A mí no me aflige salir del juicio limpio de mancha. A usted sí le afligirá, sin duda, salir del juicio con un contratiempo en su carrera.
Por primera vez el robusto inspector miró al herrero con ojos terribles. Lo mismo hicieron los demás, menos el singular pequeño sacerdote, que seguía contemplando el martillo que había servido para asestar aquel golpe tan tremendo.
-A la puerta de la fragua hay dos hombres -continuó el herrero con grave lucidez-. Son buenos comerciantes de Greenford, a quienes conocen todos ustedes. Ellos jurarán que me han visto desde antes de la medianoche hasta el amanecer, y aun mucho después, en la sala de sesiones de nuestra Misión Religiosa, que ha trabajado toda la noche en salvar almas. En Greenford hay otros veinte que jurarán lo mismo. Si yo fuera un gentil, señor inspector, le dejaría a usted precipitarse a su ruina. Pero como cristiano, estoy obligado a ofrecerle la salvación, y preguntarle si quiere usted recibir la prueba de mi coartada antes de llevarme a juicio.
El inspector, algo desconcertado, repuso:
-Naturalmente que preferiría yo absolverle a usted de una vez.
El herrero, con aire desembarazado, salió del patio y se reunió con sus dos amigos de Greenford, que, en efecto, eran amigos de todos los presentes. Y ambos, en efecto, dijeron unas cuantas palabras que nadie pensó siquiera en poner e duda. Cuando los testigos hubieron declarado, 1a inocencia de Simon quedó establecida tan sólidamente como la misma iglesia que servía de fondo al cuadro.
Y entonces sobrevino uno de esos silencios más angustiosos que todas las palabras. El cura, Al sólo por hablar algo, dijo al sacerdote católico:
-Padre Brown: parece que a usted le intriga mucho el martillo.
-Es verdad -contestó éste-. ¿Cómo es posible que sea tan pequeño el instrumento del crimen?
El doctor volvió la cabeza.
-¡Cierto, por san Jorge! -exclamó-. ¿Quién pudo servirse de un martillo tan ligero, habiendo a la mano tantos martillos más pesados y fuertes?
Después, bajando la voz, dijo al oído del cura:
-Sólo una persona incapaz de manejar uno más pesado. La diferencia entre los sexos no es cuestión de valor o fuerza, sino de robustez, para levantar pesos en los músculos de los hombres. Una mujer atrevida puede cometer cien asesinatos con un martillo ligero, y ser incapaz de matar un escarabajo con un martillo pesado.
Wilfrid Bohun se le quedó mirando como hipnotizado de horror; mientras que el padre Brown escuchaba muy atentamente, con la cabeza inclinada a un lado. El doctor continuó explicándose con más énfasis:
-¿Por qué suponen estos imbéciles que la única persona que odia al amante de una mujer es el marido de ésta? Nueve veces, de cada diez, quien más odia al amante es la mujer misma. ¿Quién sabe qué insolencias o traiciones habrá descubierto el amante a los ojos de ella...? Miren ustedes eso.
Y, con un ademán, señaló a la rubia, que seguía sentada en el banco. Al fin había levantado la cabeza, y las lágrimas comenzaban a secarse en sus hermosas mejillas. Pero los ojos parecían prendidos con un hilo eléctrico al cadáver del coronel, con una fijeza que tenía algo de idiotismo.
El reverendo Wilfrid Bohun hizo un ademán, como dando a entender que renunciaba a averiguar nada. Pero el padre Brown, sacudiéndose algunas cenizas de la fragua que acababan de caerle en la manga, dijo con su característico tono indiferente:
-A usted le pasa lo que a muchos otros médicos. Su ciencia del espíritu es arrebatadora; pero su ciencia física es completamente imposible. Yo convengo con usted en que la mujer suele tener más deseos de matar al cómplice que los que pudiera tener el mismo injuriado. Y también acepto que una mujer prefiera siempre un martillo ligero a uno pesado. Pero aquí el problema está en una imposibilidad física absoluta. No hay mujer en el mundo capaz de aplastar un cráneo de un golpe en esta forma.
Y, tras una pausa reflexiva, continuó:
-Esta gente no se ha dado cuenta del caso. Note usted que este hombre llevaba un casco de hierro debajo del sombrero, y que el golpe lo ha destrozado como se rompe un vidrio. Observe usted a esa mujer: vea usted sus brazos.
Hubo un nuevo silencio, y después dijo el doctor, amoscado:
-Bueno, puede ser que yo me engañe. En este mundo todo tiene su pro y su contra. Pero vamos a lo esencial: sólo un idiota, teniendo a la mano estos martillos, -pudo escoger el más ligero.
Al oír esto, Wilfrid Bohun se llevó a la cabeza las flacas y temblorosas manos, como quisiera arrancarse los ralos cabellos amarillos Después, dejándolas caer de nuevo, exclamó:
-Ésa era la palabra que me estaba haciende falta. Usted lo ha dicho.
Y, dominándose, continuó:
-Usted ha dicho: «Sólo un idiota.»
-Sí. ¿Y qué?
-Pues, que, en efecto, esto sólo un idiota 1o ha hecho -concluyó el cura.
Los otros se miraron desconcertados, mientras él proseguía con una agitación femenina y febril:
-Yo soy sacerdote; un sacerdote no puede derramar sangre. Quiero decir que no puede llevar a nadie a la horca. Y doy gracias a Dios porque ahora veo bien quién es el delincuente, y es un delincuente que no puede ser llevado a la horca.
-¿Se propone usted no denunciarlo? -preguntó el doctor.
-No le podrán colgar aun cuando yo lo denuncie -contestó Wilfrid con una sonrisa llena de extraña alegría-. Esta mañana, al venir a la iglesia, me encontré allí a un loco rezando, a ese desdichado Juan, el idiota. Dios sabe lo que habrá rezado; pero no es inverosímil suponer en un loco que las plegarias fueran al revés de lo debido. Es muy posible que un loco rece antes de matar a un hombre. Cuando vi por última vez al pobre Juan, éste estaba con mi hermano. Mi hermano estaba burlándose de él.
-¡By Jove! -gritó el doctor-. ¡Al fin! ¡Esta es hablar claro! Pero, ¿cómo explicarse entonces...?
El reverendo Wilfrid temblaba casi, al sentirse cerca de la verdad:
-¿No ve usted, no ve usted -dijo- que es lo único que puede explicar estos dos enigmas? Uno, es el martillo ligero; el otro, el golpe formidable. El herrero pudo asestar el golpe, pero no hubiera empleado ese martillo. Su mujer pudo emplear ese martillo, pero nunca asestar semejante golpe. Pero un loco pudo hacer las dos cosas. ¿Que el martillo era pequeño? Él es un loco: como asió ese martillo pudo asir cualquier otro objeto. Y en cuanto al golpe, ¿no sabe usted, acaso, doctor, que un loco, en un paroxismo tiene la fuerza de diez hombres?
El doctor, lanzando un profundo suspiro, contestó:
-¡Diantre! Creo que ha dado usted en el clavo.
El padre Brown había estado contemplando a Bohun con tanta atención como si quisiera demostrarle que sus grandes ojos grises, ojos de buey, no eran tan insignificantes como el resto de su persona. Cuando los otros callaron, dijo con el mayor respeto:
-Mr. Bohun, la teoría que usted propone es la única que resiste un examen atento, y como hipótesis, lo explica todo. Merece usted, pues, que le diga, fundado en mi conocimiento de los hechos, que es completamente falsa.
Y, dicho esto, el hombrecillo se alejó un poco, para dedicarse otra vez al famoso martillo.
-Este sujeto parece saber más de lo que le convendría saber -murmuró el malhumorado doctor al oído de Bohun-. Estos sacerdotes papistas son unos socarrones probados.
-No, no -dijo Bohun con expresión de fatiga-. Fue el loco, fue el loco.
El grupo formado por el doctor y los dos clérigos se había quedado aparte del grupo oficial, en que figuraban el inspector y el herrero. Pero, al disolverse a su vez, el primer grupo se puso en contacto con el segundo. El sacerdote alzó y bajó
los ojos tranquilamente al oír al maestro herrero que decía en voz alta:
-Creo que le he convencido a usted, señor inspector. Soy, como usted dice, hombre bastante fuerte, pero no tanto que pueda lanzar mi martillo desde Greenford hasta aquí. Mi martillo no tiene alas para venir volando sobre valles y montañas.
El inspector rió amistosamente, y dijo:
-No; usted puede considerarse libre de toda sospecha, aunque, verdaderamente, es una de las, coincidencias más singulares que he visto en mi vida. Sólo le ruego a usted que nos ayude con todo empeño a buscar otro hombre tan fuerte y talludo como usted. ¡Por san Jorge!; usted podrá sernos muy útil, aunque sea para coger al criminal. ¿Usted no tiene sospecha de ningún hombre?
-Sí, tengo una sospecha; pero no de un hombre -dijo, pálido, el herrero.
Y viendo que todos los ojos, asustados, se dirigían hacia el banco en que estaba su mujer, puso sobre el hombro de ésta su robusta mano, y añadió:
-Tampoco de una mujer.
-¿Qué quiere usted decir? -preguntó el inspector, muy risueño-. Supongo que no creerá usted que las vacas son capaces de manejar un martillo, ¿no es cierto?
-Yo creo que ningún ser de carne y hueso ha movido ese martillo -continuó el maestro con voz abogada-. Hablando en términos humanos, yo creo que ese hombre ha muerto solo.
Wilfrid hizo un movimiento hacia delante, y miró al herrero con ojos ardientes.
-¿Quiere usted decir, entonces, Barnes -dijo con voz áspera el zapatero-, que el martillo saltó solo y le aplastó la cabeza?
-¡Oh, caballeros! -exclamó Simon-. Bien pueden ustedes extrañarse y burlarse; ustedes, sacerdotes, que nos cuentan todos los domingos cuán misteriosamente castigó el Señor a Senaquerib. Yo creo que Aquel que ronda invisiblemente todas las casas, quiso defender la honra de la mía, e hizo perecer al corruptor frente a mi puerta. Yo creo que la fuerza de este martillazo no es más que la fuerza de los terremotos.
Wilfrid, con indescriptible voz, dijo entonces:
-Yo mismo le había dicho a Norman que temiera el rayo de Dios.
A lo cual el inspector contestó, con leve sonrisa:
-Sólo que ese agente queda fuera de mi jurisdicción.
-Pero usted no queda fuera de la suya -contestó el herrero-. Recuérdelo usted.
Y volviendo la robusta espalda, entró en su casa.
El padre Brown, con aquella su amable facilidad de maneras, alejó de allí al conmovido Bohun:
-Vámonos de esté horrible sitio, Mr. Bohun -le dijo-. ¿Puedo asomarme un poco a su iglesia? Me han dicho que es una de las más antiguas de Inglaterra. Y, ya comprende usted... -añadió con un gesto cómico-, nosotros nos interesamos mucho por las iglesias antiguas de Inglaterra.
Wilfrid Bohun no pudo sonreír, porque el humorismo no era su fuerte; pero asintió con la cabeza, sintiéndose más que dispuesto a mostrar los esplendores del gótico a quien podría apreciarlos mejor que el herrero presbiteriano o el zapatero anticlerical.
-Naturalmente -dijo-. Entremos por aquí.
Y lo condujo a la entrada lateral, donde se abría la puerta con escalones al patio. Iba en la primera grada el padre Brown, cuando sintió una mano sobre su hombro y, volviéndose, vio la figura negra y esbelta del doctor, cuyo rostro estaba también negro de sospechas.
-Señor -dijo el médico con brusquedad-, usted parece conocer algunos secretos de este feo negocio. ¿Puedo preguntar a usted si se propone guardárselos para sí?
-¡Cómo, doctor! -contestó el sacerdote sonriendo plácidamente-. Hay una razón decisiva para que un hombre de mi profesión se calle las cosas cuando no está seguro de ellas, y es lo acostumbrado que está a callárselas cuando está cierto de ellas. Pero si le parece a usted que he sido reticente hasta la descortesía con usted o con cualquiera, violentaré mi costumbre todo lo que me sea posible. Le voy a dar a usted dos indicios.
-¿Y son? preguntó el doctor, muy solemne.
-Primero -contestó el padre Brown-, algo que le compete a usted: es un punto de ciencia física. El herrero se equivoca, no quizás en asegurar que se trate de un acto divino, sino en figurarse que es un milagro. Aquí no hay milagro, doctor, sino hasta donde el hombre mismo dotado como está de un corazón extraño, perverso y, con todo, semiheroico, es un milagro. La fuerza que destruyó ese cráneo es una fuerza bien conocida de los hombres de ciencia: una de las leyes de la Naturaleza más frecuentemente discutidas.
El doctor, que le contemplaba con sañuda atención, preguntó simplemente:
-¿Y luego?
-El otro indicio es éste -contestó el sacerdote-. ¿Recuerda usted que el herrero, aunque cree en el milagro, hablaba con burla de la posibilidad de que su martillo tuviera alas y hubiera venido volando por el campo desde una distancia de media milla?
-Sí -dijo el doctor-; lo recuerdo.
-Bueno -añadió el padre Brown con una sonrisa llena de sencillez-. Pues esa suposición fantástica es la más cercana a la verdad de cuantas hoy se han propuesto.
Y dicho esto, subió las gradas para reunirse con el cura.
El reverendo Wilfrid le había estado esperando, pálido e impaciente, como si esta pequeña tardanza agotara la resistencia de sus nervios. Lo condujo derechamente a su rincón favorito, a aquella parte de la galería que estaba más cerca del techo labrado, iluminada por la admirable ventana del ángel. Todo lo vio y admiró con el mayor cuidado el sacerdote latino, hablando incesantemente, aunque en voz baja. Cuando, en el curso de sus exploraciones, dio con la salida lateral y la escalera de caracol por donde Wilfrid bajó para ver a su hermano muerto, el padre Brown, en lugar de bajar, trepó con la agilidad de un mono, y desde arriba se dejó oír su clara voz:
-Suba usted, Mr. Bohun. Este aire le hará a usted bien.
Bohun subió, y se encontró en una especie de galería o balcón de piedra, desde el cual se dominaba la ilimitada llanura donde se alzaba la colinilla del pueblo, llena de vegetación hasta el término rojizo del horizonte, y salpicada aquí y allá de aldeas y granjas. Bajo ellos, como un cuadro blanco y pequeño, se veía el patio de la fragua, donde el inspector seguía tomando notas, y el cadáver yacía aún a modo de una mosca aplastada.
-Esto parece un mapamundi, ¿no es verdad? -observó el padre Brown.
-Sí -dijo Bohun gravemente, y movió la cabeza.
Debajo y alrededor de ellos las líneas del edificio gótico se hundían en el vacío con una agilidad vertiginosa y suicida. En la arquitectura de la Edad Media hay una energía titánica que, bajo cualquier aspecto que se la vea, siempre parece precipitarse como un caballo furioso. Aquella iglesia había sido labrada en roca antigua y silenciosa, barbada de musgo y manchada con los nidos de los pájaros. Pero cuando se la contemplaba desde abajo, parecía saltar hasta las estrellas como una fuente; y cuando, como ahora, se la contemplaba desde arriba, caía como una catarata en un abismo sin ecos.
Aquellos dos hombres se encontraban, así, solos frente al aspecto más terrible del gótico: la contradicción y desproporción monstruosas, las perspectivas vertiginosas, el vislumbre de la grandeza de las cosas pequeñas y la pequeñez de las grandes: un torbellino de piedra en mitad del aire. Detalles de la piedra, enormes por su proximidad, se destacaban sobre campos y granjas que, a la distancia, aparecían diminutos. Un pájaro o fiera labrado en un ángulo resultaba un enorme dragón capaz de devorar todos los pastos y las aldeas del contorno. La atmósfera misma era embriagadora y peligrosa, y los hombres se sentían como suspendidos en el aire sobre las alas vibradoras de un genio colosal. La iglesia toda, enorme y rica como una catedral, parecía caer cual un aguacero sobre aquellos campos asoleados.
-Creo que andar por estas alturas, aun para rezar, es arriesgado -observó el padre Brown-. Las alturas fueron hechas para ser admiradas desde abajo, no desde arriba.
-¿Quiere usted decir que puede uno caer? -preguntó Wilfrid.
-Quiero decir que, aunque el cuerpo no caiga, se le cae a uno el alma -contestó el otro.
-No le entiendo a usted -dijo Bohun.
-Pues considere usted, por ejemplo, al herrero -continuó el padre Brown-. Es un buen hombre, pero no un cristiano: es duro, imperioso, incapaz de perdonar. Su religión escocesa es la obra de hombres que oraban en lo alto de las montañas y los precipicios, y se acostumbraron más bien a considerar el mundo desde arriba que no a ver el cielo desde abajo. La humildad es madre de los gigantes. Desde el valle se aprecian muy bien las eminencias y las cosas grandes. Desde la cumbre sólo se ven las cosas minúsculas.
-Pero, en todo caso, él no lo hizo -dijo Bohun con tremenda inquietud.
-No -dijo el otro con un acento singular-. Bien sabemos que no fue él.
Y, después de un instante, contemplando tranquilamente la llanura con sus pálidos ojos grises, continuó:
-Conocí a un hombre que comenzó por arrodillarse ante el altar como los demás, pero que se fue enamorando de los sitios altos y solitarios para entregarse a sus oraciones, como, por ejemplo, los rincones y nichos de los campanarios y chapiteles. Una vez allí, donde el mundo todo le parecía girar a sus pies como una rueda, su mente también se trastornaba, y se figuraba ser Dios. Y así, aunque era un hombre bueno, cometió un gran crimen.
Wilfrid tenía vuelto el rostro a otra parte, pero sus huesudas manos, cogidas al parapeto de piedra, se pusieron blancas y azules.
-Ese hombre creyó que a él le tocaba juzgar al mundo y castigar al pecador. Nunca se le hubiera ocurrido eso si hubiera tenido la costumbre de arrodillarse en el suelo, como los demás hombres. Pero, desde arriba, los hombres le parecían insectos. Un día distinguió, a sus pies, justamente debajo de él, uno que se pavoneaba muy orgulloso, y que era muy visible porque llevaba un sombrero verde: ¡casi un insecto ponzoñoso!
Las cornejas graznaban por los rincones del campanario, pero no se oyó ningún otro ruido.
El padre Brown continuó:
-Había algo más para tentarle: tenía en su mano uno de los instrumentos más terribles de la Naturaleza; quiero decir, la ley de la gravedad, esa energía loca y feroz en virtud de la cual todas las criaturas de la tierra vuelan hacia el corazón de la tierra en cuanto pueden hacerlo. Mire usted: el inspector pasea ahora precisamente allá abajo, en el patio de la fragua. Si yo le tiro una piedrecita desde este parapeto, cuando llegue a él llevará la fuerza de una bala. Si le dejo caer un martillo, aunque sea un martillo pequeño...
Wilfrid Bohun pasó una pierna por encima del parapeto, y el padre Brown le saltó ágilmente al cuello para retenerle.
-No por esa puerta -le dijo con mucha dulzura-. Esa puerta lleva al infierno.
Bohun, tambaleándose, se recostó en el muro y miró al padre Brown con ojos de espanto.
-¿Cómo sabe usted todo eso? -gritó-. ¿Es usted el diablo?
-Soy un hombre --contestó gravemente el padre Brown-. Por consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón. Escúcheme usted.
Y, tras una pausa, prosiguió:
-Sé lo que usted ha hecho, o, al menos, adivino lo esencial. Cuando se separó usted de su hermano estaba poseído de ira, una ira no injustificada, al extremo que cogió usted al paso un martillo, sintiendo un deseo sordo de matarle en el sitio mismo del pecado. Pero, dominándose, se lo guardó usted en su levita abotonada y se metió usted en la iglesia. Estuvo rezando aquí y allá sin saber lo que hacía: bajo la vidriera del ángel en la plataforma de arriba, en otra de más arriba, desde donde podía usted ver el sombrero oriental del coronel como el verde dorso de un escarabajo rampante. Algo estalló entonces dentro de su alma, y obedeciendo a un impulso súbito de procedencia indefinible, dejó usted caer el rayo de Dios.
Wilfrid se llevó una mano a la cabeza una mano temblorosa- y preguntó con voz sofocada:
-¿Cómo sabe usted que su sombrero parecía un escarabajo verde?
-¡Oh, eso es cosa de sentido común! -dijo el otro con una sombra de sonrisa-.
Pero, escúcheme usted un poco más. He dicho que sé todo esto, pero nadie más lo sabrá. El próximo paso es usted quien tiene que darlo; yo no doy más pasos: yo sello esto con el sello de la confesión. Si me pregunta usted por qué, me sobran razones, y sólo una le importa a usted. Dejo a usted en libertad de obrar, porque no está usted aún muy corrompido, como suelen estarlo los asesinos. Usted no quiso contribuir a la acusación del herrero, cuando era la cosa más fácil, ni a la de su mujer, que tampoco era difícil. Usted trató de echar la culpa al idiota, sabiendo que no se le podía castigar. Y ese solo hecho es un vislumbre de salvación, y el encontrar tales vislumbres en los asesinos lo tengo yo por oficio propio. Y ahora, baje usted al pueblo, y haga usted lo que quiera, que está usted tan libre como el viento. Porque yo ya he dicho mi última palabra.
Bajaron la escalera de caracol en el mayor silencio, y salieron frente a la fragua, a la luz del sol- Wilfrid Bohun levantó cuidadosamente la aldaba, abrió la puerta de la cerca de palo y, dirigiéndose al inspector, dijo:
-Me entrego a la justicia: he matado a m hermano.
La Cruz Azul - G. K. Chesterton
Bajo la cinta de plata de la mañana, y sobre
el reflejo azul del mar, el bote llegó a la costa de Harwich y soltó, como
enjambre de moscas, un montón de gente, entre la cual ni se distinguía ni
deseaba hacerse notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir.
No; nada en él era extraordinario, salvo el ligero contraste entre su
alegre y festivo traje y la seriedad oficial que había en su rostro. Vestía un
chaqué gris pálido, un chaleco, y llevaba sombrero de paja con una cinta casi
azul. Su rostro, delgado, resultaba trigueño, y se prolongaba en una barba
negra y corta que le daba un aire español y hacía echar de menos la gorguera
isabelina. Fumaba un cigarrillo con parsimonia de hombre desocupado. Nada hacia
presumir que aquel chaqué claro ocultaba una pistola cargada, que en aquel
chaleco blanco iba una tarjeta de policía, que aquel sombrero de paja encubría
una de las cabezas más potentes de Europa. Porque aquel hombre era nada menos
que Valentin, jefe de la Policía parisiense, y el más famoso investigador del
mundo. Venía de Bruselas a Londres para hacer la captura más comentada del
siglo.
Flambeau estaba en Inglaterra. La Policía de tres países había seguido
la pista al delincuente de Gante a Bruselas, y de Bruselas al Hoek van Holland.
Y se sospechaba que trataría de disimularse en Londres, aprovechando el
trastorno que por entonces causaba en aquella ciudad la celebración del
Congreso Eucarístico. No sería difícil que adoptara, para viajar, el disfraz de
eclesiástico menor, o persona relacionada con el Congreso. Pero Valentin no
sabía nada a punto fijo. Sobre Flambeau nadie sabía nada a punto fijo.
Hace muchos años que este coloso del crimen desapareció súbitamente,
tras de haber tenido al mundo en zozobra; y a su muerte, como a la muerte de
Rolando, puede decirse que hubo una gran quietud en la tierra. Pero en sus
mejores días -es decir, en sus peores días-, Flambeau era una figura tan
estatuaria e internacional como el Káiser. Casi diariamente los periódicos de
la mañana anunciaban que había logrado escapar a las consecuencias de un delito
extraordinario, cometiendo otro peor.
Era un gascón de estatura gigantesca y gran acometividad física. Sobre
sus rasgos de buen humor atlético se contaban las cosas más estupendas: un
día cogió al juez de instrucción y lo puso de cabeza «para despejarle la
cabeza». Otro día corrió por la calle de Rivoli con un policía bajo cada brazo.
Y hay que hacerle justicia: esta fuerza casi fantástica sólo la empleaba en
ocasiones como las descritas: aunque poco decentes, no sanguinarias.
Sus delitos eran siempre hurtos ingeniosos y de alta categoría. Pero
cada uno de sus robos merecía historia aparte, y podría considerarse como una
especie inédita del pecado. Fue él quien lanzó el negocio de la «Gran Compañía
Tirolesa» de Londres, sin contar con una sola lechería, una sola vaca, un solo
carro, una gota de leche, aunque sí con algunos miles de suscriptores. Y a
éstos los servía por el sencillísimo procedimiento de acercar a sus puertas
los botes que los lecheros dejaban junto a las puertas de los vecinos. Fue él
quien mantuvo una estrecha y misteriosa correspondencia con una joven, cuyas
cartas eran invariablemente interceptadas, valiéndose del procedimiento
extraordinario de sacar fotografías infinitamente pequeñas de las cartas en
los portaobjetos del microscopio. Pero la mayor parte de sus hazañas se
distinguían por una sencillez abrumadora. Cuentan que una vez repintó,
aprovechándose de la soledad de la noche, todos los números de una calle, con
el solo fin de hacer caer en una trampa a un forastero.
No cabe duda que él es el inventor de un buzón portátil, que solía
apostar en las bocacalles de los quietos suburbios, por si los transeúntes
distraídos depositaban algún giro postal. últimamente se había revelado como
acróbata formidable; a pesar de su gigantesca. mole, era capaz de saltar como
un saltamontes y de esconderse en la copa de los árboles como un mono. Por todo
lo cual el gran Valentin, cuando recibió la orden de buscar a Flambeau,
comprendió muy bien que sus aventuras no acabarían en el momento de descubrirlo.
Y ¿cómo arreglárselas para descubrirlo? Sobre este punto las ideas del
gran Valentin estaban todavía en embrión.
Algo había que Flambeau no podía ocultar, a despecho de todo su arte
para disfrazarse, y este algo era su enorme estatura. Valentin estaba, pues,
decidido, en cuanto cayera bajo su mirada vivaz alguna vendedora de frutas de
desmedida talla, o un granadero corpulento, o una duquesa medianamente
desproporcionada, a arrestarlos al punto. Pero en todo el tren no había topado
con nadie que tuviera trazas de ser un Flambeau disimulado, a menos que los
gatos pudieran ser jirafas disimuladas.
Respecto a los viajeros que venían en su mismo vagón, estaba
completamente tranquilo. Y la gente que había subido al tren en Harwich o en
otras estaciones no pasaba de seis pasajeros. Uno era un empleado del
ferrocarril -pequeño él-, que se dirigía al punto terminal de la línea. Dos
estaciones más allá habían recogido a tres verduleras lindas y pequeñitas, a
una señora viuda -diminuta- que procedía de una pequeña ciudad de Essex, y a
un sacerdote catolicorromano -muy bajo también- que procedía de un pueblecito
de Essex.
Al examinar, pues, al último viajero, Valentin renunció a descubrir a su
hombre, y casi se echó a reír: el curita era la esencia misma de aquellos
insulsos habitantes de la zona oriental; tenía una cara redonda y roma, como
pudín de Norfolk; unos ojos tan vacíos como el mar del Norte, y traía varios
paquetitos de papel de estraza que no acertaba a juntar. Sin duda el Congreso
Eucarístico había sacado de su estancamiento local a muchas criaturas
semejantes, tan ciegas e ineptas como topos desenterrados. Valentin era un
escéptico del más severo estilo francés, y no sentía amor por el sacerdocio.
Pero sí podía sentir compasión, y aquel triste cura bien podía provocar
lástima en cualquier alma. Llevaba una sombrilla enorme, usada ya, que a cada
rato se le caía. Al parecer, no podía distinguir entre los dos extremos de su
billete cuál era el de ida y cuál el de vuelta. A todo el mundo le contaba, con
una monstruosa candidez, que tenía que andar con mucho cuidado, porque entre
sus paquetes de papel traía alguna cosa de legítima plata con unas piedras
azules. Esta curiosa mezcolanza de vulgaridad -condición de Essex- y santa
simplicidad divirtieron mucho al francés, hasta la estación de Stratford, donde
el cura logró bajarse, quién sabe cómo, con todos sus paquetes a cuestas,
aunque todavía tuvo que regresar por su sombrilla. Cuando le vio volver,
Valentin, en un rapto de buena intención, le aconsejó que, en adelante, no le
anduviera contando a todo el mundo lo del objeto de plata que traía. Pero
Valentin, cuando hablaba con cualquiera, parecía estar tratando de descubrir a
otro; a todos, ricos y pobres, machos o hembras, los consideraba atentamente,
calculando si medirían los seis pies, porque el hombre a quien buscaba tenía
seis pies y cuatro pulgadas:
Apeóse en la calle de Liverpool, enteramente seguro de que, hasta allí,
el criminal no se le había escapado. Se dirigió a Scotland Yard -la oficina de
Policía- para regularizar su situación y prepararse los auxilios necesarios,
por si se daba el caso; después encendió otro cigarrillo y se echó a pasear por
las calles de Londres. Al pasar la plaza de Victoria se detuvo de pronto. Era
una plaza elegante, tranquila, muy típica de Londres, llena de accidental
quietud. Las casas, grandes y espaciosas, que la rodeaban, tenían aire, a la
vez, de riqueza y de soledad; el pradito verde que había en el centro parecía
tan desierto como una verde isla del Pacífico. De las cuatro calles que
circundaban la plaza, una era mucho más alta que las otras, como para formar un
estrado, y esta calle estaba rota por uno de esos admirables disparates de
Londres: un restaurante, que parecía extraviado en aquel sitio y venido del
barrio de Soho. Era un objeto absurdo y atractivo, lleno de tiestos con plantas
enanas y visillos listados de blanco y amarillo limón. Aparecía en lo alto de
la calle, y, según los modos de construir habituales en Londres, un vuelo de
escalones subía de la calle hacia la puerta principal, casi a manera de escala
de salvamento sobre la ventana de un primer piso. Valentin se detuvo, fumando,
frente a los visillos listados, y se quedó un rato contemplándolos.
Lo más increíble de los milagros está en que acontezcan. A veces se
juntan las nubes del cielo para figurar el extraño contorno de un ojo humano;
a veces, en el fondo de un paisaje equívoco, un árbol asume la elaborada figura
de un signo de interrogación. Yo mismo he visto estas cosas hace pocos días.
Nelson muere en el instante de la victoria, y un hombre llamado Williams da la
casualidad de que asesina un día a otro llamado Williamson; ¡una especie de
infanticidio! En suma, la vida posee cierto elemento de coincidencia
fantástica, que la gente, acostumbrada a contar sólo con lo prosaico, nunca
percibe. Como lo expresa muy bien la paradoja de Poe, la prudencia debiera
contar siempre con lo imprevisto.
Arístides Valentin era
profundamente francés, y la inteligencia francesa es, especial y únicamente,
inteligencia. Valentin no era «máquina pensante» insensata frase, hija del
fatalismo y el materialismo modernos-. La máquina solamente es máquina, por cuanto
no puede pensar. Pero él era un hombre pensante y, al mismo tiempo, un hombre
claro. Todos sus éxitos, tan admirables que parecían cosa de magia, se debían
a la lógica, a esa ideación francesa clara y llena de buen sentido. Los
franceses electrizan al mundo, no lanzando una paradoja, sino realizando una
evidencia. Y la realizan al extremo que puede verse por la Revolución francesa.
Pero, por lo mismo que Valentin entendía el uso de la razón, Palpaba sus
limitaciones. Sólo el ignorante en motorismo puede hablar de motores sin
petróleo; sólo el ignorante en cosas de la razón puede creer que se razone sin
sólidos e indisputables Primeros principios. Y en el caso no había sólidos
primeros principios. A Flambeau le habían perdido la pista en Harwich, y si estaba
en Londres podría encontrársele en toda la escala que va desde un gigantesco
trampista, que recorre los arrabales de Wimbledon, hasta un gigantesco
toastmaster[1] en algún banquete del «Hotel Métropole». Cuando sólo contaba
con noticias tan vagas, Valentin solía tomar un camino y un método que le eran
propios.
En casos cómo éste, Valentin se fiaba de lo imprevisto. En casos como
éste, cuando no era posible seguir un proceso racional, seguía, fría y
cuidadosamente, el proceso de lo irracional. En vez de ir a los lugares más
indicados -Bancos, puestos de Policía, sitios de reunión-, Valentin asistía
sistemáticamente a los menos indicados: llamaba a las casas vacías, se metía
por las calles cerradas, recorría todas las callejas bloqueadas de escombros,
se dejaba ir por todas las transversales que le alejaran inútilmente de las
arterias céntricas. Y defendía muy lógicamente este procedimiento absurdo.
Decía que, a tener algún vislumbre, nada hubiera sido peor que aquello; pero,
a falta de toda noticia, aquello era lo mejor, porque había al menos
probabilidades de que la misma extravagancia que había llamado la atención del
perseguidor hubiera impresionado antes al perseguido. El hombre tiene que
empezar sus investigaciones por algún sitio, y lo mejor era empezar donde
otro hombre pudo detenerse. El aspecto de aquella escalinata, la misma quietud
y curiosidad del restaurante, todo aquello conmovió la romántica imaginación
del policía y le sugirió la idea de probar fortuna.. Subió las gradas y,
sentándose en una mesa junto a la ventana, pidió una taza de café solo.
Aún no había almorzado. Sobre la mesa, las ligeras angarillas que habían
servido para otro desayuno le recordaron su apetito; pidió, además, un huevo escalfado, y procedió, pensativo, a
endulzar su café, sin olvidar un punto a Flambeau. Pensaba cómo Flambeau había
escapado en una ocasión gracias a un incendio; otra vez, con pretexto de pagar
por una carta falta de franqueo, y otra, poniendo a unos a ver por el telescopio
un cometa que iba a destruir el mundo. Y Valentin se decía -con razón- que su
cerebro de detective y el del criminal eran igualmente poderosos. Pero también
se daba cuenta de su propia des-, ventaja: El criminal pensaba sonriendo- es el
artista creador, mientras que el detective es sólo el crítico.» Y levantó
lentamente su taza de café hasta los labios..., pero la separó al instante: le
había puesto sal en vez de azúcar.
Examinó el objeto en que le habían servido la sal; era un azucarero, tan
inequívocamente destinado al azúcar como lo está la botella de champaña para
el champaña. No entendía cómo habían' podido servirle sal. Buscó por allí algún
azucarero ortodoxo...; sí, allí había dos saleros llenos. Tal vez reservaban
alguna sorpresa. Probó el contenido de los saleros, era azúcar. Entonces
extendió la vista en derredor con aire de interés, buscando algunas huellas de
aquel singular gusto artístico que llevaba a poner el azúcar en los saleros y
la sal en los azucareros. Salvo un manchón de líquido oscuro, derramado sobre
una de las pare' des, empapeladas de blanco, todo lo demás aparecía limpio,
agradable, normal. Llamó al timbre. Cuando el camarero acudió presuroso,
despeinado y algo torpe todavía a aquella hora de la mañana, el detective -que
no carecía de gusto por las bromas sencillas- le pidió que probara el azúcar y
dijera si aquello estaba a la altura de la reputación de la casa. El resultado
fue que el camarero bostezó y acabó de despertarse.
-¿Y todas las mañanas gastan ustedes a sus clientes estas bromitas?
preguntó Valentin-.
¿No les resulta nunca cansada la bromita de
trocar la sal y el azúcar?
El camarero, cuando acabó de entender la ironía, le aseguró
tartamudeante, que no era tal la intención del establecimiento, que aquello era
una equivocación inexplicable. Cogió el azucarero y lo contempló, y lo mismo
hizo con el salero, manifestando un creciente asombro. Al fin, pidió excusas
precipitadamente, se alejó corriendo, y volvió pocos segundos después
acompañado del propietario. El propietario examinó también los dos recipientes,
y también se manifestó muy asombrado.
De pronto, el camarero soltó un chorro inarticulado de palabras.
-Yo creo -dijo tartamudeando- que fueron esos dos sacerdotes.
-¿Qué sacerdotes?
-Esos que arrojaron la sopa a la pared -dijo.
-¿Que arrojaron la sopa a la pared? -preguntó Valentin, figurándose que
aquélla era alguna singular metáfora italiana.
-Sí, sí -dijo el criado con mucha animación, señalando la mancha oscura
que se veía sobre el papel blanco-; la arrojaron allí, a la pared.
Valentin miró, con aire de curiosidad al propietario. Éste satisfizo su
curiosidad con el siguiente relato:
-Sí, caballero, así es la verdad, aunque no creo que tenga ninguna
relación con esto de la sal y el azúcar. Dos sacerdotes vinieron muy temprano
y pidieron una sopa, en cuanto abrimos la casa. Parecían gente muy tranquila y
respetable. Uno de ellos pagó la cuenta y salió. El otro, que era más pausado
en sus movimientos, estuvo algunos minutos recogiendo sus cosas, y al cabo
salió también. Pero antes de hacerlo tomó deliberadamente la taza (no se la
había bebido toda), y arrojó la sopa a la pared. El camarero y yo estábamos en
el interior; así apenas pudimos llegar a tiempo para ver la mancha en el muro
y el salón ya completamente desierto. No es un daño muy grande, pero es una
gran desvergüenza. Aunque quise alcanzar a los dos hombres, ya iban muy lejos.
Sólo pude advertir que doblaban la esquina de la calle de Carstairs.
El policía se había levantado, puesto el sombrero y empuñado el bastón.
En la completa oscuridad en que se movía, estaba decidido a seguir el único
indicio anormal que se le ofrecía; y el caso era, en efecto, bastante anormal.
Pagó, cerró de golpe tras de sí la
puerta de cristales y pronto había doblado también la esquina de la calle.
Por fortuna, aun en los instantes de mayor fiebre conservaba alerta los
ojos. Algo le llamó la atención frente a una tienda, y al punto retrocedió
unos pasos para observarlo. La tienda era un almacén popular de comestibles y
frutas, y al '' aire libre estaban expuestos algunos artículos con sus nombres
y precios, entre los cuales se destacaban un montón de naranjas y un montón de
nueces. Sobre el montón de nueces había un tarjetón que ponía, con letras
azules: «Naranjas finas de Tánger, dos por un penique› Y sobre las naranjas,
una inscripción semejante e igualmente exacta, decía: «Nueces finas del
Brasil, a cuatro la libra› Valentin, considerando los dos tarjetones, pensó que
aquella forma de humorismo no le era desconocida, por su experiencia de hacía
poco rato. Llamó la atención del frutero sobre el caso. El frutero, con su
carota bermeja y su aire estúpido, miró a uno y otro lado de la calle como
preguntándose la causa de aquella confusión. Y, sin decir nada, colocó cada
letrero en su sitio. El policía, apoyado con elegancia en su bastón, siguió
examinando la tienda. Al fin exclamó:
-Perdone usted, señor mío, mi indiscreción: quisiera hacerle a usted una
pregunta referente a la psicología experimental y a la asociación de ideas.
El caribermejo comerciante le miró de un modo amenazador. El detective,
blandiendo el bastoncillo en el aire, continuó alegremente:
-¿Qué hay de común entre dos anuncios mal colocados en una frutería y el
sombrero de teja de alguien que ha venido a pasar a Londres un día de fiesta?
O, para ser más claro: ¿qué relación mística existe entre estas nueces,
anunciadas como naranjas, y la idea de dos clérigos, uno muy alto y otro muy
pequeño?
Los ojos del tendero parecieron salírsele de la cabeza, como los de un
caracol.
Por un instante se dijera que se iba a arrojar sobre el extranjero. Y,
al fin, exclamó, ira. cundo:
-No sé lo que tendrá usted que ver con ellos, pero si son amigos de
usted, dígales de mi parte que les voy a estrellar la cabeza, aunque sean
párrocos, como vuelvan a tumbarme mis manzanas.
-¿De veras? -preguntó el detective con mucho interés-. ¿Le tumbaron a
usted las manzanas?
-Como que uno de ellos -repuso el enfurecido frutero- las echó a rodar
por la calle le buena gana le hubiera yo cogido, pero tuve que entretenerme en
arreglar otra vez el montón.
-Y ¿hacia dónde se encaminaron los párrocos?
-Por la segunda calle, a mano izquierda y después cruzaron la plaza.
-Gracias -dijo Valentin, y desapareció como por encanto.
A las dos calles se encontró con un guardia, y le dijo:
-Oiga usted, guardia, un asunto urgente: ¿Ha visto usted pasar a dos
clérigos con sombrero de teja?
El guardia trató de recordar.
-Sí, señor, los he visto. Por cierto que uno de ellos me pareció ebrio:
estaba en mitad de la calle como atontado...
-¿Por qué calle tomaron? -le interrumpió Valentin.
-Tomaron uno de aquellos ómnibus amarillos que van a Hampstead.
Valentin exhibió su tarjeta oficial y dijo precipitadamente:
-Llame usted a dos de los suyos, que vengan conmigo en persecución de
esos hombres.
Y cruzó la calle con una energía tan contagiosa que el pesado guardia
se echó a andar también con una obediente agilidad. Antes de dos minutos, un
inspector y un hombre en traje de paisano se reunieron al detective francés.
-¿Qué se le ofrece, caballero? -comenzó el inspector, con una sonrisa de
importancia. Valentin señaló con el
bastón.
-Ya se lo diré a usted cuando estemos en aquel ómnibus -contestó,
escurriéndose y abriéndose paso por entre el tráfago de la calle. Cuando los
tres, jadeantes, se encontraron en la imperial del amarillo vehículo, el
inspector dijo:
-Iríamos cuatro veces más de prisa en un taxi.
-Es verdad -le contestó el jefe plácidamente-, siempre que supiéramos
adónde íbamos. -Pues, ¿adónde quiere
usted que vayamos? -le replicó el otro, asombrado.
Valentin, con aire ceñudo, continuó fumando
en silencio unos segundos, y después,
apartando el cigarrillo, dijo:
-Si usted sabe lo que va a hacer un hombre, adelántesele. Pero si usted
quiere descubrir lo que hace, vaya detrás de él. Extravíese donde él se
extravíe, deténgase cuando él se detenga, y viaje tan lentamente como él.
Entonces verá usted lo mismo que ha visto él y podrá usted adivinar sus
acciones y obrar en consecuencia. Lo único que podemos hacer es llevar la
mirada alerta para descubrir cualquier objeto extravagante.
-¿Qué clase de objeto extravagante?
-Cualquiera -contestó Valentin, y se hundió en un obstinado mutismo.
El ómnibus amarillo recorría las carreteras del Norte. El tiempo
transcurría, inacabable. El gran detective no podía dar más explicaciones, y
acaso sus ayudantes empezaban a sentir una creciente y silenciosa
desconfianza. Acaso también empezaban a experimentar un apetito creciente y
silencioso, porque la hora del almuerzo ya había pasado, y las inmensas
carreteras de los suburbios parecían alargarse cada vez más, como las piezas
de un infernal telescopio. Era aquél uno de esos viajes en que el hombre no
puede menos de sentir que se va acercando al término del universo, aunque a
poco se da cuenta de que simplemente ha llegado a la entrada del parque de
Tufnell. Londres se deshacía ahora en miserables tabernas y en repelentes
andrajos de ciudad, y más allá volvía a renacer en calles altas y
deslumbrantes y hoteles opulentos. Parecía aquél un viaje a través de trece ciudades
consecutivas. El crepúsculo invernal comenzaba ya a vislumbrarse -amenazador-
frente a ellos; pero el detective parisiense seguía sentado sin hablar,
mirando a todas partes, no perdiendo un rasgo de las calles que ante él se
desarrollaban. Ya habían dejado atrás el barrio de Camden, y los policías iban
medio dormidos. De pronto, Valentin se levantó y, poniendo una mano sobre el
hombro de cada uno de sus ayudantes, dio orden de parar. Los ayudantes dieron
un salto.
Y bajaron por la escalerilla a la calle, sin saber con qué objeto los
hablan hecho bajar. Miraron en torno, como tratando de averiguar la razón, y
Valentin les señaló triunfalmente una ventana que había a la izquierda, en un
café suntuoso lleno de adornos dorados. Aquél era el departamento reservado a
las comidas de lujo. Había un letrero: Restaurante. La ventana, como todas las
de la fachada, tenía una vidriera escarchada y ornamental. Pero en medio de la
vidriera había una rotura grande, negra, como una estrella entre los hielos.
-¡Al fin¡, hemos dado con un indicio -dijo Valentin, blandiendo el
bastón-. Aquella vidriera rota...
-¿Qué vidriera? ¿Qué indicio? -preguntó el inspector-. ¿Qué prueba
tenemos para suponer que eso sea obra de ellos?
Valentin casi rompió su bambú de rabia.
-¿Pues no pide prueba este hombre, Dios mío? -exclamó-. Claro que hay
veinte probabilidades contra una. Pero, ¿qué otra cosa podemos hacer? ¿No ve
usted que estamos en el caso de seguir la más nimia sospecha, o de renunciar e
irnos a casa a dormir tranquilamente?
Empujó la puerta del café, seguido de sus ayudantes, y pronto se
encontraron todos sentados ante un lunch tan tardío como anhelado. De tiempo
en tiempo echaban una mirada a la vidriera rota. Pero no por eso veían más
claro en el asunto.
Al pagar la cuenta, Valentin le dijo al camarero:
-Veo que se ha roto la vidriera, ¿eh,.
-Sí, señor -dijo éste, muy preocupado con darle el cambio, y sin hacer
mucho caso de Valentin.
Valentin, en silencio, añadió una propina considerable. Ante esto, el
camarero se puso comunicativo:
-Sí, señor; una cosa increíble.
-¿De veras? Cuéntenos usted cómo fue -dijo el detective, como sin darle
mucha importancia.
-Verá usted: entraron dos curas, dos párrocos forasteros de esos que
andan ahora por aquí. Pidieron alguna cosilla de comer, comieron muy
quietecitos, uno de ellos pagó y se salió. El otro iba a salir también, cuando
yo advertí que me habían pagado el triple de lo debido. Oiga usted (le dije a
mi hombre, que ya iba por la puerta), me han pagado ustedes más de la cuenta.»
¿Ah?», me contestó con mucha indiferencia. «Sí», le dije, y le enseñé la
nota.... Bueno: lo que pasó es inexplicable.
-¿Por qué?
-Porque yo hubiera jurado por la santísima Biblia que había escrito en
la nota cuatro chelines, y me encontré ahora con la cifra de catorce chelines.
-¿Y después? -dijo Valentin lentamente, pero con los ojos llameantes.
-Después, el párroco que estaba en la puerta me dijo muy tranquilamente:
«Lamento enredarle á usted sus cuentas; pero es que voy a pagar por la
vidriera.» «¿Qué vidriera?» «La que ahora mismo voy a romper»; y descargó allí
la sombrilla.
Los tres lanzaron una exclamación de asombro, y el inspector preguntó
en voz baja: -¿Se trata de locos
escapados?
El camarero continuó, complaciéndose manifiestamente en su extravagante
relato:
-Me quedé tan espantado, que no supe qué hacer. El párroco se reunió al
compañero y doblaron por aquella esquina. Y después se dirigieron tan de prisa
hacia la calle de Bullock, que no pude darles alcance, aunque eché a correr
tras ellos.
-¡A la calle de Bullock! -ordenó el detective.
Y salieron disparados hacia allá, tan veloces como sus perseguidos.
Ahora se encontraron entre callecitas enladrilladas que tenían aspecto de
túneles; callecitas oscuras que parecían formadas por la espalda de todos los
edificios. La niebla comenzaba a envolverlos, y aun los policías londinenses
se sentían extraviados por aquellos parajes. Pero el inspector tenía la
seguridad de que saldrían por cualquier parte al parque de Hampstead.
Súbitamente, una vidriera iluminada por luz de gas apareció en la oscuridad de
la calle, como una linterna. Valentin se detuvo ante ella: era una confitería. Vaciló
un instante y, al fin, entró hundiéndose entre los brillos y los alegres
colores de la confitería. Con toda gravedad y mucha parsimonia compró hasta
trece cigarrillos de chocolate. Estaba buscando el mejor medio para entablar un
diálogo; pero no necesitó él comenzarlo.
Una señora de cara angulosa que le había despachado, sin prestar más que
una atención mecánica al aspecto elegante del comprador, al ver destacarse en
la puerta el uniforme azul del policía que le acompañaba, pareció volver en sí,
y dijo:
-Si vienen ustedes por el paquete, ya lo remití a su destino.
dad. ¡El paquete! -repitió Valentin con
curiosidad-. El paquete que dejó ese señor, ese señor párroco.
-Por favor, señora -dijo entonces Valentin,
dejando ver por primera vez su ansiedad-, por
amor de Dios, díganos usted puntualmente de qué se trata.
La mujer, algo inquieta, explicó:
-Pues verá usted: esos señores estuvieron aquí hará una media hora,
bebieron un poco de menta, charlaron y después se encaminaron al parque de
Hampstead. Pero a poco uno de ellos volvió y me dijo: «¿Me he dejado aquí un
paquete?» Yo no encontré ninguno por más que busqué. «Bueno -me dijo él-, si
luego aparece por ahí, tenga usted la bondad de enviarlo a estas señas.» Y con
la dirección, me dejó un chelín por la molestia. Y, en efecto, aunque yo estaba
segura de haber buscado bien, poco después me encontré con un paquetito de
papel de estraza, y lo envié al sitio indicado. No me acuerdo bien adónde era:
era por Westminster. Como parecía ser cosa de importancia, pensé que tal vez la
Policía había venido a buscarlo.
-Sí -dijo Valentin-, a eso vine. ¿Está cerca de aquí el parque de
Hampstead?
-A unos quince minutos. Y por aquí saldrá usted derecho a la puerta del
parque.
Valentin salió de la confitería precipitadamente, y echó a correr en
aquella dirección; sus ayudantes le seguían con un trotecillo de mala gana.
La calle que recorrían era tan estrecha y oscura, que cuando salieron
al aire libre se asombraron de ver que había todavía tanta luz. Una hermosa
cúpula celeste, color verde pavo, se hundía entre fulgores dorados, donde
resaltaban las masas oscuras de los árboles, ahogadas en lejanías violetas. El
verde fulgurante era ya lo bastante oscuro para dejar ver, como unos puntitos
de cristal, algunas estrellas. Todo lo que aún quedaba de la luz del día caía
en reflejos dorados por los términos de Hampstead y aquellas cuestas que el
pueblo gusta de frecuentar y reciben el nombre de Valle de la Salud. Los
obreros, endomingados, aún no habían desaparecido; ', quedaban, ya borrosas en
la media luz, unas cuantas parejas por los bancos, y aquí y allá, a lo lejos,
una muchacha se mecía, gritando, en un columpio. En torno a la sublime
vulgaridad del hombre, la gloria del cielo se iba haciendo cada vez más
profunda y oscura. Y de arriba de la
cuesta, Valentin se detuvo a contemplar el valle.
Entre los grupitos negros que parecían irse ' deshaciendo a distancia,
había uno, negro entre todos, que no parecía deshacerse: un grupito de dos
figuras vestidas con hábitos clericales. Aunque estaban tan lejos que parecían
insectos, Valentin pudo darse cuenta de que una de las dos figuras era más
pequeña que la otra. Y aunque el otro hombre andaba algo inclinado, como
hombre de estudio, y cual si tratara de no hacerse notar, a Valentin le
pareció que bien medía seis pies de talla. Apretó los dientes y, cimbreando el
bambú, se encaminó hacia aquel grupo con impaciencia. Cuando logró disminuir la
distancia y agrandar las dos figuras negras cual con ayuda de microscopio, notó
algo más, algo que le sorprendió mucho, aunque, en cierto modo, ya lo
esperaba. Fuera quien fuera el mayor de los dos, no cabía duda respecto a la
identidad del menor: era su compañero del tren de Harwich, aquel cura pequeñín
y regordete de Essex, a quien él había aconsejado no andar diciendo lo que
traía en sus paquetitos de papel de estraza.
Hasta aquí todo se presentaba muy racionalmente. Valentin había logrado
averiguar aquella mañana que un tal padre Brown, que venía de Essex, traía
consigo una cruz de plata con zafiros, reliquia de considerable valor, para
mostrarla a los sacerdotes extranjeros que venían al Congreso. Aquél era, sin
duda, el objeto de plata con piedras azules», y el padre Brown, sin duda, era
el propio y diminuto paleto que venía en el tren. No había nada de extraño en
el hecha de que Flambeau tropezara con la misma extrañeza en que Valentin había
reparado. Flambeau no perdía nada de cuanto pasaba junto a él. Y nada de
extraño tenía el hecho de que, al oír hablar Flambeau de una cruz de zafiros,
se le ocurriera robársela: aquello era lo más natural del mundo. Y de seguro
que Flambeau se saldría con la suya, teniendo que habérselas con aquel pobre
cordero de la sombrilla y los paquetitos, Era el tipo de hombre en quien todo
el mundo puede hacer su voluntad, atarlo con una cuerda y llevárselo hasta el Polo
Norte. No era de extrañar que un hombre como Flambeau, disfrazado de cura,
hubiera logrado arrastrarlo hasta Hampstead Heath. La intención delictuosa era
manifiesta. Y el detective compadecía al pobre curita desamparado, y casi
desdeñaba a Flambeau por encarnizarse en víctimas tan indefensas. Pero cuando
Valentin recorría la serie de hechos que le habían llevado al éxito de sus
pesquisas, en vano se atormentaba tratando de descubrir en todo el proceso el
menor ritmo de razón. ¿Qué tenía de común el robo de una cruz de plata y
piedras azules con el hecho de arrojar la sopa a la pared? ¿Qué relación había
entre esto y el llamar nueces a las naranjas, o el pagar de antemano los
vidrios que se van a romper? Había llegado al término de la caza, pero no sabía
por cuáles caminos. Cuando fracasaba y pocas veces le sucedía- solía dar
siempre con la clave del enigma, aunque perdiera al delincuente. Aquí había
cogido al delincuente, pero la clave del enigma se le escapaba.
Las dos figuras se deslizaban como moscas sobre una colina verde.
Aquellos hombres parecían enfrascados en animada charla y no darse cuenta de
adónde iban; pero ello es que se encaminaban a lo más agreste y apartado del
parque. Sus perseguidores tuvieron que adoptar las poco dignas actitudes de la
caza al acecho, ocultarse tras los matojos y aun arrastrarse escondidos entre
la hierba. Gracias a este desagradable procedimiento, los cazadores lograron
acercarse a la presa lo bastante para oír el murmullo de la discusión; pero no
lograban entender más que la palabra «razón», frecuentemente repetida en una
voz chillona y casi infantil. Una vez, la presa se les perdió en una
profundidad y tras un muro de espesura. Pasaron diez minutos de angustia antes
de que lograran verlos de nuevo, y después reaparecieron los dos hombres sobre
la cima de una loma que dominaba un anfiteatro, el cual a estas horas era un
escenario desolado bajo las últimas claridades del sol. En aquel sitio
ostensible, aunque agreste, había, debajo de un árbol, un banco de palo,
desvencijado. Allí se sentaron los dos curas, siempre discutiendo con mucha
animación. Todavía el suntuoso verde y oro era perceptible hacia el horizonte;
pero ya la cúpula ; celeste había pasado del verde pavo al azul pavo, y las
estrellas se destacaban más y más como joyas sólidas. Por señas, Valentin
indicó a sus ayudantes que procuraran acercarse por detrás del árbol sin hacer
ruido. Allí lograron, por primera vez, oír las palabras de aquellos extraños
clérigos.
Tras de haber escuchado unos dos minutos, se apoderó de Valentin una
duda atroz: ¿Si habría arrastrado a los dos policías ingleses hasta aquellos
nocturnos campos para una empresa tan loca como sería la de buscar higos entre
los cardos? Porque aquellos dos sacerdotes hablaban realmente como verdaderos
sacerdotes, piadosamente, con erudición y compostura, de los más abstrusos
enigmas teológicos. El curita de Essex hablaba con la mayor sencillez, de cara
hacia las nacientes estrellas. El otro inclinaba la cabeza, como si fuera
indigno de contemplarlas. Pero no hubiera sido posible encontrar una charla
más clerical e ingenua en ningún blanco claustro de Italia o en ninguna negra
catedral española.
Lo primero que oyó fue el final de una
frase del padre Brown que decía:, «...que era lo que en la Edad Media
significaban con aquello de:, . los cielos incorruptibles».
El sacerdote alto movió la cabeza y repuso:
-¡Ah, sí i. Los modernos infieles apelan a su razón;! Pero, ¿quién puede
contemplar estos millones de mundos sin sentir que hay todavía universos
maravillosos donde tal vez nuestra razón resulte irracional?
-No -dijo el otro-. La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun
en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de
rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la
tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo
está sujeto por la razón.
El otro levantó la austera cabeza hacia el cielo estrellado, e insistió:
-Sin embargo, ¿quién sabe si en este infinito universo...?
-Infinito sólo físicamente -dijo el curita agitándose en el asiento-,
pero no infinito en el sentido de que pueda escapar a las leyes de la verdad.
Valentin, tras del árbol, crispaba los puños con muda desesperación. Ya
le parecía oír las burlas de los policías ingleses a quienes había arrastrado
en tan loca persecución, sólo para hacerles asistir al chismorreo metafísico
de los dos viejos y amables párrocos. En su impaciencia, no oyó la elaborada
respuesta del cura gigantesco, y cuando pudo oír otra vez el padre Brown estaba
diciendo:
-La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más
remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y
zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le
ocurra; piense usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de
brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino.
Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pueda afectar a los
principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en
escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: «No
robarás.»
Valentin estaba para cesar en aquella actitud violenta y alejarse
sigilosamente, confesando aquel gran fracaso de su vida; pero el silencio del
sacerdote gigantesco le impresionó de un modo que quiso esperar su respuesta.
Cuando éste se decidió, por fin, a hablar dijo simplemente, inclinando la
cabeza y apoyando las manos en las rodillas:
-Bueno; yo creo, con todo, que ha de haber otros mundos superiores a la
razón humana. Impenetrable es el misterio del cielo, y ante él humillo mi
frente.
Y después, siempre en la misma actitud, y sin cambiar de tono de voz,
añadió:
-Vamos, déme usted ahora mismo la cruz de zafiros que trae. Estamos
solos y puedo destrozarle a usted como a un muñeco.
Aquella voz y aquella actitud inmutables chocaban violentamente con el
cambio de. asunto. El guardián de la reliquia apenas volvió la cabeza. Parecía
seguir contemplando las estrellas. Tal vez, no entendió. Tal vez entendió, pero
el terror le había paralizado.
-Sí -dijo el sacerdote gigantesco
sin inmutarse-, sí, yo soy Flambeau.
Y, tras una pausa, añadió:
-Vamos, ¿quiere usted darme la cruz?
-No -dijo el otro; y aquel monosílabo tuvo una extraña sonoridad.
Flambeau depuso entonces sus pretensiones pontificales. El gran ladrón
se retrepó en el respaldo del banco y soltó la risa.
-No -dijo-, no quiere usted dármela, orgulloso prelado. No quiere usted
dármela, célibe borrico. ¿Quiere usted que le diga por qué? Pues porque ya la tengo en el bolsillo del pecho.
El hombrecillo de Essex volvió hacia él, en l penumbra una cara que
debió de reflejar el asombro, y con la tímida sinceridad del «Secretario
Privado», exclamó:
-Pero, ¿está usted seguro?
Flambeau aulló con deleite:
-Verdaderamente -dijo- es usted tan divertido como una farsa en tres
actos. Sí, hombre de Dios, estoy enteramente seguro. He tenido L buena idea de
hacer una falsificación del paquete, y ahora, amigo mío, usted se ha quedado
con el duplicado y yo con la alhaja. Una estratagema muy antigua, padre Brown,
muy antigua.
-Sí -dijo el padre Brown alisándose los cabellos con el mismo aire
distraído-, ya he oído hablar de ella.
El coloso del crimen se inclinó entonces hacia el rústico sacerdote con
un interés repentino.
-¿Usted ha oído hablar de ella? ¿Dónde?
-Bueno -dijo el hombrecillo' con mucha candidez-. Ya comprenderá usted
que no voy ; decirle el nombre. Se trata de un penitente, un hijo de confesión.
¿Sabe usted? Había logrado vivir durante veinte años con gran comodidad gracias
al sistema de falsificar los paquetes de papel de estraza. Y así, cuando
comencé a sospechar de usted,, me acordé al punto de los procedimientos de
aquel pobre hombre.
-¿Sospechar de mí? -repitió el delincuente con curiosidad cada vez
mayor-. ¿Tal vez tuvo usted la perspicacia de sospechar cuando vio usted que yo
le conducía a estas soledades?
-No, no -dijo Brown, como quien pide ex-
cosas-. No, verá usted: yo comencé a sospechar de usted en el momento en
que por primera vez nos encontrarnos, debido al bulto que hace en su manga el
brazalete de la cadena que suelen ustedes llevar.
-Pero, ¿cómo demonios ha oído usted hablar siquiera del brazalete?
-¡Qué quiere usted; nuestro pobre rebaño ...! -dijo el padre Brown,
arqueando las cejas con aire indiferente-. Cuando yo era cura de Hartlepool
había allí tres con el brazalete... De modo que, habiendo desconfiado de usted
desde el primer momento, como usted comprende, quise asegurarme de que la cruz
quedaba a salvo de cualquier contratiempo. Y hasta creo que me he visto en el
caso de vigilarle a usted, ¿sabe usted? Finalmente, vi que usted cambiaba los
paquetes. Y entonces, vea usted, yo los volví a cambiar. Y después, dejé el
verdadero por el camino.
-¿Que lo dejó usted? -repitió Flambeau; y por la primera vez, el tono de
su voz no fue ya triunfal.
-Vea usted cómo fue -continuó el curita con el mismo tono de voz-.
Regresé a la confitería aquélla y pregunté s; me había dejado por ahí un
paquete, y di ciertas señas para que lo remitieran si acaso aparecía después.
Yo sabía que no me había dejado antes nada, pero cuando regresé a buscar lo de
p realmente. Así, en vez de correr tras de mí col el valioso paquete, lo han
enviado a estas horas a casa de un amigo mío que vive en Westminster. -Y luego
añadió, amargamente-: También esto lo aprendí de un pobre sujeto que había en
Hartlepool. Tenía la costumbre de hacerlo con las maletas que robaba en las
estaciones; ahora el pobre está en un monasterio. ¡Oh, tiene uno que aprender
muchas cosas, ¿sabe usted? prosiguió sacudiendo la cabeza con el mismo aire del
que pide excusas-. No puede uno menos de portarse como sacerdote. La gente
viene a nosotros y nos lo cuenta todo.
Flambeau sacó de su bolsillo un paquete de
papel de estraza y lo hizo pedazos. No contenía más que papeles y unas barritas
de plomo. Saltó sobre sus pies revelando su gigantesca estatura, y gritó:
-No le creo a usted. No puedo creer que un patán como usted sea capaz de
eso. Yo creo que trae usted consigo la pieza, y si usted se resiste a
dármela..., ya ve usted, estamos solos, la tomaré por fuerza.
-No -dijo con naturalidad el padre Brown; y también se puso de pie-. No
la tomará usted por fuerza. Primero, porque realmente no la llevo conmigo. Y
segundo, porque no estamos solos.
Flambeau se quedó suspenso.
-Detrás de este árbol -dijo el padre Brown señalándolo- están dos
forzudos policías, y con ellos el detective más notable que hay en la tierra.
¿Me pregunta usted que cómo vinieron? ¡Pues porque yo los atraje, naturalmente!
¿Que cómo lo hice? Pues se lo contaré a usted si se empeña. ¡Por Dios! ¿No
comprende usted que, trabajando entre la clase criminal, aprendemos muchísimas
cosas? Desde luego, yo no estaba seguro de que usted fuera un delincuente, y
nunca es conveniente hacer un escándalo contra un miembro de nuestra propia
Iglesia. Así, procuré antes probarle a usted, para ver si, a la provocación se
descubría usted de algún modo. Es de suponer que todo hombre hace algún
aspaviento si se encuentra con que su café está salado; si no lo hace, es que
tiene buenas razones para no llamar sobre sí la atención de la gente. Cambié,
pues, la sal y el azúcar, y advertí que usted no protestaba. Todo hombre
protesta si le cobran tres veces más de lo que debe. Y si se conforma con la
cuenta exagerada, es que le importa pasar inadvertido. Yo alteré la nota, y
usted la pagó sin decir palabra.
Parecía que el mundo todo estuviera esperando que Flambeau, de un
momento a otro, saltara como un tigre. Pero, por el contrario, se estuvo
quieto, como si le hubieran amansado con un conjuro; la curiosidad más aguda le
tenía como petrificado.
-Pues bien -continuó el padre Brown con pausada lucidez-, como usted no
dejaba rastro a la Policía, era necesario que alguien lo dejara, en su lugar. Y
adondequiera que fuimos juntos, procuré hacer algo que diera motivo a que se
hablara de nosotros para todo el resto del día. No causé daños muy graves por
lo demás;, una pared manchada, unas manzanas por el suelo, una vidriera rota...
Pero, en todo caso, salvé la cruz,
porque hay que salvar siempre la cruz. A esta hora está en Westminster.
Yo hasta me maravillo de que no lo haya usted estorbado con el «silbido del
asno».
-¿El qué? preguntó Flambeau.
-Vamos, me alegro de que nunca haya usted oído hablar de eso -dijo el
sacerdote con una muequecilla-. Es una atrocidad. Ya estaba yo seguro de que
usted era demasiado bueno, en el fondo, para ser un "silbador". Yo no
hubiera podido en tal caso contrarrestarlo, ni siquiera con el procedimiento
de las "marcas"; no tengo bastante fuerza en las piernas:
-Pero, ¿de q_ qué me está usted hablando? -preguntó el otro.
-Hombre, creí que conocía usted las «marcas" -dijo el padre Brown
agradablemente sorprendido-. Ya veo que no está usted tan envilecido.
-Pero, ¿cómo diablos está usted al cabo de tantos horrores? -gritó
Flambeau.
La sombra de una sonrisa cruzó por la cara redonda y sencillota del
clérigo.
-¡Oh, probablemente a causa de ser un borrico célibe! -repuso-. ¿No se
le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace más que oír los
pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia?
Además, debo confesarle a usted que otra condición de mi oficio me convenció
de que usted no era un sacerdote.
-¿Y qué fue ello? preguntó el ladrón, alelado.
-Que usted atacó la razón; y eso es de mala teología.
Y como se volviera en este instante para recoger sus paquetes, los tres
policías salieron de entre los árboles penumbrosos. Flambeau era un artista, y
también un deportista. Dio un paso atrás y saludó con una cortés reverencia a
Valentin.
-No; a mí, no, mon ami -dijo éste con nitidez argentina-. Inclinémonos
los dos ante nuestro común maestro.
Y ambos se descubrieron con respeto, mientras el curita de Essex hacía
como que buscaba su sombrilla.
[1] El que dirige los brindis.
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